Arequipa
vuelve a ser la blanca ciudad

Callejón de Toledo

AREQUIPA es todavía una ciudad a escala humana. Su ritmo de crecimiento y el impulso del progreso no sólo no la han convertido en una de esas urbes gigantescas, verdaderas babeles modernas, en las que las distancias desmesuradas, la plétora agobiante, la implacable lucha por la supervivencia y la atroz incomunicación, son la dolorosa contrapartida de la por otro lado extremadamente avanzada civilización del siglo veinte, sino que, además, adelanto y expansión no han logrado arruinar como en otros lugares lo fundamental de la ciudad.

Más aún: bien podría decirse que en Arequipa, en lo que a arquitectura se refiere, se ha descubierto en los últimos tiempos una poco común dimensión del progreso, aquella que, paradójicamente, consiste más en destruir que en edificar, más en deshacer que en hacer pero deshacimiento y destrucción he aquí lo importante de lo postizo, lo artificial, lo sobrepuesto, Esta es, pienso, la clave que explica la reciente transformación urbana de Arequipa, el secreto del milagro que cantan hoy albeantes, brillando al sol las piedras de esta ciudad que vieja ya de cuatrocientos años vive ahora una nueva juventud.

 

Pila en la Casona del Fierro

 
Interiores de Santa Catalina

 


Arequipa

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