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AREQUIPA
es todavía una ciudad a escala humana. Su ritmo de
crecimiento y el impulso del progreso no sólo no la
han convertido en una de esas urbes gigantescas, verdaderas
babeles modernas, en las que las distancias desmesuradas,
la plétora agobiante, la implacable lucha por la supervivencia
y la atroz incomunicación, son la dolorosa contrapartida
de la por otro lado extremadamente avanzada civilización
del siglo veinte, sino que, además, adelanto y expansión
no han logrado arruinar como en otros lugares lo fundamental
de la ciudad.
Más
aún: bien podría decirse que en Arequipa, en
lo que a arquitectura se refiere, se ha descubierto en los
últimos tiempos una poco común dimensión
del progreso, aquella que, paradójicamente, consiste
más en destruir que en edificar, más en deshacer
que en hacer pero deshacimiento y destrucción he aquí
lo importante de lo postizo, lo artificial, lo sobrepuesto,
Esta es, pienso, la clave que explica la reciente transformación
urbana de Arequipa, el secreto del milagro que cantan hoy
albeantes, brillando al sol las piedras de esta ciudad que
vieja ya de cuatrocientos años vive ahora una nueva
juventud.
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