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El
enclave del siglo XVI prodigiosamente conservado a la sombra
de los muros catalinos, la ciudad monástica dentro
de la Arequipa civil, puede ser el punto de partida. Muchas
horas se pueden llenar perdiéndose por los vericuetos
de este microcosmos pródigo en valores arquitectónicos,
históricos, pictóricos, religiosos, cuyas excelencias
comienzan ya a ser conocidas en el mundo. Pero así
como el Cuzco no es solamente Machu Picchu, Arequipa no es
sólo Santa Catalina. A pocos metros del Monasterio
se encuentra ya otra maravilla: el conjunto de San Francisco
de una imponente, austera belleza, juego admirable de volúmenes,
espacios, perspectivas. Dos iglesias, la franciscana (extraordinaria
en su arquitectura de ladrillo y sillar) y la de la Tercera
Orden y una vieja casona, la del Fierro, hasta hace poco inadvertida,
configuran los límites de la plazoleta, pequeña
joya en piedra. Desde allí la vista fatigada por la
ciclópea imponencia de los contrafuertes de los templos,
puede descansar en las casitas del frente balcones, rejas,
flores o escapar por el largo callejón de arcos que
prolonga uno de los lados de la plaza. Si se acepta la invitación
de estos portales se llega de inmediato a San Lázaro,
el barrio más antiguo de Arequipa: iglesia diminuta,
plaza, puente y un laberinto de callejas de nombres bizarros:
del Violín, Cristales, de la Bayoneta.
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