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Este
proceso de búsqueda de lo original, de persecución
de lo auténtico data de poco -tres o cuatro años
a lo sumo- pero los resultados alcanzados son ya importantes.
La tarea empero continúa y así van poco a poco
desapareciendo los coloreados estucos que mortificaban la
pureza de los grandes muros, las recargadas ornamentaciones
que oscurecían el interior de los templos, las construcciones
arbitrarias que rompían perspectivas naturales. Es
un trabajo de amor y de sabiduría que va pacientemente
descubriendo el rostro, "el claro rostro", de la
villa.
La consecuencia
de todo esto es que hay ahora, para propios y extraños,
una nueva Arequipa que no es sin embargo más que la
verdadera, la de siempre, pero despojada de los velos y ropajes
con que la ocultaron por siglos, el mal gusto, la incomprensión,
la desidia o una malentendida modernidad. Pasear por ella,
recorrerla paso a paso (el caminar aquí ha vuelto a
ser un placer) es como participar de una aventura fascinante
en que se va de sorpresa en sorpresa, de un deslumbramiento
a otro; es como seguir las etapas de un itinerario de siempre
renovada maravilla. Es de este viaje por la antigua (recién
descubierta) ciudad del que ahora quisiéramos hablar.
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