Una ciudad levantada
con las cenizas de sus volcanes

Mirador de Yanahuara

 

Plazuela de Yanahuara

Este proceso de búsqueda de lo original, de persecución de lo auténtico data de poco -tres o cuatro años a lo sumo- pero los resultados alcanzados son ya importantes. La tarea empero continúa y así van poco a poco desapareciendo los coloreados estucos que mortificaban la pureza de los grandes muros, las recargadas ornamentaciones que oscurecían el interior de los templos, las construcciones arbitrarias que rompían perspectivas naturales. Es un trabajo de amor y de sabiduría que va pacientemente descubriendo el rostro, "el claro rostro", de la villa.

La consecuencia de todo esto es que hay ahora, para propios y extraños, una nueva Arequipa que no es sin embargo más que la verdadera, la de siempre, pero despojada de los velos y ropajes con que la ocultaron por siglos, el mal gusto, la incomprensión, la desidia o una malentendida modernidad. Pasear por ella, recorrerla paso a paso (el caminar aquí ha vuelto a ser un placer) es como participar de una aventura fascinante en que se va de sorpresa en sorpresa, de un deslumbramiento a otro; es como seguir las etapas de un itinerario de siempre renovada maravilla. Es de este viaje por la antigua (recién descubierta) ciudad del que ahora quisiéramos hablar.

 
Plaza de San Francisco de Asis
Patio de Casa del Fierro
Arequipa la Blanca Ciudad
Claustro de la Compañía
Pila de la Plaza de Aramas (Tuturutu)

 


Arequipa

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