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1. Introducción
Tradicionalmente,
en el mundo del entrenamiento deportivo es admitida la existencia de unas fases
en las que el efecto del entrenamiento tiene un resultado especial. Estas fases
determinarán el entrenamiento adecuado a la edad.
Tal y
como señala Baur (1991), los períodos de la vida en los cuales se
adquieren rápidamente modelos específicos de comportamiento, es decir, en los
que se responde con mayor sensibilidad e intensidad, se denominan fases
sensibles. Todo parece indicar que estas fases son cronológicamente delimitadas
para cada cualidad.
Por su
parte, Winter (1987) entiende por fase crítica " aquel período
que aparece dentro de la fase sensible, durante el cual deben aplicarse
estímulos de una determinada orientación si se quiere alcanzar los niveles
máximos potenciales de rendimiento". En parecidos términos se expresa
Gutiérrez Salgado (1990) en relación a la adolescencia, "los momentos
más delicados y más vulnerables en la evolución del niño y del adolescente
corresponden al crecimiento y a la pubertad".
El
desarrollo de la resistencia en el período prepuberal y puberal coincide con un
aumento y mejora del nivel neuromuscular que se produce en el organismo, la
coordinación muscular y la coordinación general en los movimientos y gestos
mejora muchísimo, lo que posibilita la realización de todo tipo de actividades
de manera económica (Hahn, 1988). Kobayashi (1978), encontró que la
capacidad aeróbica aumenta en relación con la edad de máximo crecimiento en
estatura. En este mismo sentido se pronuncian Gómez, H.R. y col. (1980),
quienes encuentran una clara sincronía entre el crecimiento cardíaco y el
corporal.
Los
niños tienen una mayor capacidad de generación energética por el Ciclo de
Krebs, esto facilitado por una mayor densidad relativa de mitocondrias y una
gran actividad de las enzimas aeróbicas. Tienen, además, una mayor
concentración de lípidos intracelulares en comparación a los adultos. En
adolescentes, después de un ejercicio intenso de larga duración, no
encontramos una disminución significativa de la glucosa en sangre pero sí
vemos una mayor concentración de ácidos grasos libres y glicerol, hasta cinco
veces superior a los valores de reposo. Esto significa una mayor y mejor
movilización de los lípidos como combustible en estas edades (D. Cerani,
1993).
A nivel
metabólico, los objetivos que se plantean en esta fase son el desarrollo de las
capacidades aeróbica y anaeróbica aláctica, para las cuales el organismo del
niño está capacitado. El trabajo aeróbico primará sobre los demás,
habiéndose establecido una relación de 1:3 de trabajo anaeróbico sobre el
aeróbico. En estas edades se iniciará el trabajo no sistemático de la
potencia aeróbica (Martín y col, 1992).
Beeraldo
y Polletti (1991) afirman que la resistencia es una de las primeras
capacidades que se desarrollan en los muy jóvenes, señalan que los efectos
adaptativos que produce son los siguientes:
-
Aumento del diámetro y del
número de capilares; mejor recambio periférico.
-
Aumento de la musculatura
cardiaca (hipertrofia y volumen); regulación de la distribución sanguínea (en
esfuerzo y reposo).
-
Aumento del volumen de sangre y,
en parte, de los glóbulos rojos.
Numerosos
fisiólogos, entrenadores y pedagogos se manifiestan de acuerdo en la
importancia de la resistencia aeróbica como componente básico a desarrollar en
este período. (Hollman, 1978; Martín, 1982; Hann, 1982; Sánchez Bañuelos,
1984; Weinek, 1988, etc.).
Desde la
perspectiva fisiológica se reconoce, así mismo, que ante estímulos de larga
duración, presentan fenómenos de adaptación similares a los adultos (Luchterg,
1978; Weinek, 1988). Investigaciones llevadas a cabo en los últimos años,
parecen confirmar la entrenabilidad de la resistencia ya desde edades muy
tempranas; algunos fijan estas edades a partir, incluso, de los cuatro años,
como Gianpietro, Berlutti y Caldarone (1989) que basan la capacidad para
realizar esfuerzos prolongados hasta los 12 años, alcanzando la mejor relación
de VO2 máx. / Kg. entre los 12 y 14 años en las mujeres y entre los
14 y 17 años en los varones (Gianpietro, Berlutti y Caldarone, 1989).
Actualmente sabemos que niños y adolescentes muestran los mismos fenómenos de
adaptación que los adultos frente a las cargas de resistencia (Köeler,
1997).
La causa
de la menor potencia aeróbica de las chicas, es atribuible al hecho de que
éstas presentan un volumen sistólico y una masa sanguínea inferior, factores
que limitan el aumento de la capacidad cardiaca (Halmgren 1967, op. cit.
Documenti, C. 1986). Los niños entrenados en resistencia pueden tener
volúmenes cardíacos relativos de unos 15-18 ml/kg (Chrustschow y Col.
1975).
Si algo
caracteriza al niño en estas edades, es la gran capacidad para desarrollar
esfuerzos continuos pero moderados a alta frecuencia cardiaca (García y
García 1985). Esta mayor frecuencia cardiaca del niño respecto al adulto
es origen de diferentes factores anatomo-fisiológicos: menor tamaño del
corazón (70-80 %), pulso basal mayor (20%), respuesta cardiaca mayor, menor
desarrollo de la arteria aorta y de la red capilar periférica y aumento mayor
de la masa muscular esquelética respecto a la del miocardio (Martin 1989).
Como consecuencia de estos factores, algunos
autores opinan que los niños prepúberes no deben ser entrenados en
resistencia, dada su insuficiencia cardiovascular (Marcos 1989). Por
el contrario, y como ha sido mostrado en repetidas ocasiones, un trabajo de
carácter aeróbico bien dosificado, para el cual el niño está bien dotado,
ocasiona una hipertrofia del miocardio, una mejora de la circulación sanguínea
y un proceso ventilatorio y respiratorio más adaptado al esfuerzo físico (Bar
Or 1983; García y García. 1985; Marcos 1989). El tamaño del corazón en
proporción es igual que el del adulto (Zintl, 1991).
La
potencia aeróbica de los niños, normalizada con respecto al peso corporal es
similar a la de los adultos jóvenes (Robinson, 1938). No obstante el VO2
máx. dependen sobre todo de la masa corporal, su relación con el peso corporal
del sujeto, constituye un índice más fiel para la valoración de la capacidad
de trabajo de tipo aeróbico (Saltin B., Astrand, P.O. 1967, op. cit.
Documenti, C. 1986).
El coste
en O2 de la marcha de la carrera y posiblemente de otras tareas es,
sin embargo. relativamente mayor en los niños que en los adultos. Así pues,
" la reserva metabólica" de los niños es menor (Bar-or, 1983),
limitando su capacidad para mantener actividades submáximas de alta intensidad.
Por el contrario, su respuesta cardiopulmonar es similar a la del adulto para
actividades prolongadas a una intensidad que no exceda el 60% del VO2
máx. (Mácek y Col. 1976).
Las
chicas generalmente muestran una disminución del VO2 máx. con la
edad, especialmente de los 12 a los 13 años. Las variaciones del VO2máx.
entre los 9 y los 15 años de edad, se hallan en relación con la variabilidad
del peso corporal y, en menor grado, con la estatura y la obesidad. (Cunningham
op. cit. López Calbet, 1986).
La
diferencia arterio-venosa de O2 es mayor en los niños de más edad.
Este parámetro aumenta de forma estable entre los 10 y los 13 años. Según Cunningham
(op. cit. López Calbet, 1986), la máxima diferencia arterio-venosa
encontrada en chicos prepúberes es menor que 1a encontrada en adultos.
Mácek
y Vávra (1976) encontraron que los niños de 10 a 13 años tienen una menor
capacidad anaeróbica que los adultos, pero consiguen suministrar aeróbicamente
el 50% de la energía cesaría en el primer medio minuto de ejercicios
submáximos (VO2 máx. alcanzado en 4 ó 5 minutos. Y obteniendo la
frecuencia cardiaca máxima a los 2 minutos (La Vallee y Shephard 1977).
Por otro
lado, el volumen sistólico guarda relación con el tamaño corporal, en
particular, en los niños comprendidos entre los 12 y 14 años. Para niños no
entrenados, el VO2 máx. oscila alrededor de 40-48 ml/Kg/min.
Mientras que para niños entrenados llega hasta 60 ml/min o incluso más (Zintl,
1991).
En el desarrollo del
corazón en niños y adolescentes en el período entre los 11 y 15 años, el
peso y el volumen cardíaco aumenta en un 50% mientras que el resto de la
musculatura esquelética lo hace en un 70%. Podríamos decir que la capacidad de
trabajo muscular puede ser mayor que la del corazón entre los 11 y 15 años.
Esto ha hecho formular la frase: "Existe una insuficiencia cardiaca
relativa frente al trabajo en esa edad", Legido (1985). En
proporción el tamaño del corazón de un niño y de un adulto son iguales. (Zintl
1991).
Durante
el transcurso del proceso evolutivo, el tamaño del corazón aumenta
paralelamente al peso corporal, y también el de la contractilidad miocárdica
en función del aumento de hormonas anabolizantes, hasta que se alcanza el peso
definitivo, alrededor de los 18 años en los chicos. En las chicas, el
desarrollo se lentifica a partir de los 12 años para estancarse definitivamente
a los 16 años (Nöcker, 1980)
Según
estudios de Letunov y Molileanskaia (op. cit. Barranco Villar, 1990), la
"hipertrofia del entrenamiento" no se da en todos los deportistas de
la misma forma. Este corazón de deportista, o corazón de esfuerzo, se
manifiesta en tres fases del desarrollo: La primera, consiste en modificaciones
menores, es seguida con el agrandamiento del ventrículo izquierdo, en volumen,
y termina con la hipertrofia muscular de los ventrículos.
Parece
ser que el mecanismo fisiológico implicado en demostrar la mejora de la
elevación del consumo máximo de oxígeno "VO2 máx",
producido por efecto del ejercicio físico en el período puberal, puede
obedecer a un aumento del volumen de eyección sistólica, Hamilton y Andrew
(op. cit. Prat y col. 1987).
Otros
autores, (Horan y Flowers, 1983; Brauwald, 1983; Oakley, 1987; deVries, 1983)
destacan que la aparición de dilatación e hipertrofia cardiaca, con
crecimiento de las cavidades ventriculares, son adaptaciones de sujetos muy
entrenados, que están dentro de lo normal, como cualquier músculo
esquelético.
En otra
línea, Upton y col. (1984) destacan del llamado "Corazón de
atleta", cuya capacidad de generar un volumen sistólico grande no es el
resultado de un mayor llenado (mayor cavidad) y subsiguiente estiramiento del
miocardio en la sístole, sino, mas bien, el de una eyección sistólica aún
mas potente y un mayor vaciado ventricular. En estudios realizados por S.
lsrael de Leipzig (op. cit. Alvarez del Villar 1983), comparando el corazón
de deportistas entrenados y no entrenados, se evidenció que el corazón de los
primeros era más grande que los otros, especialmente en los de pruebas de larga
duración.
Por otra
parte a nivel hemodinámico el claro aumento durante la pubertad y la
adolescencia de factores significativos en la capacidad de transporte de
oxígeno en la sangre, como los niveles de hemoglobina y eritrocitos en sangre,
según Mugrage y Andersen (op cit. Gómez, H.R y Col. 1980), con una
velocidad de crecimiento a los 15- 16 años en los varones y en las mujeres a
los 12 - 13 años.
Desde el punto de
vista fisiológico, resulta contraindicado favorecer el engrosamiento del
miocardio, sin antes haber desarrollado la cavidad interna. Se ha demostrado que
los esfuerzos anaeróbicos provocan en los niños y preadolescentes una elevada
dosis de catecolaminas, diez veces superior a los adultos. Una tasa elevada de
las mismas se considera antifisiológica y nefasta para los niños (Weineck,
1988).
Debe ser
a partir de los 12 años, cuando el trabajo de resistencia comienza a
diferenciarse y cobrar especificidad. El condicionante a desarrollar será la
resistencia aeróbica.
De los 12
a 14 años, se deberá persistir en la mejora de la capacidad aeróbica,
paralelamente comienza el trabajo de potencia aeróbica que, hacia los 14 años,
debe estar consolidado. También, en este final puede aparecer esporádicamente,
dentro de actividades de potencia aeróbica, alguna breve penetración en el
terreno anaeróbico. El entrenamiento puede cobrar carácter sistematizado.
La
máxima velocidad de crecimiento (peak height velocity) es alcanzada entre los
13 y los 14 años (para los chicos un poco antes las chicas). El punto de
máxima velocidad en el incremento del VO2máx. se alcanza 4 meses
después y coincide con el pico de máxima secreción de testosterona. Estudios
realizados por Kobayashi (1978) han demostrado que entrenar antes de los
12 años tiene un pobre efecto sobre la capacidad aeróbica, mientras que
entrenar en el año previo al pico de máximo crecimiento en altura (PHV), y
desde este momento en adelante, resulta en un incremento de los valores de VO2máx.
en relación a los que se podía esperar genéticamente. Tales resultados apoyan
la hipótesis de la existencia de un periodo crítico para el desarrollo del VO2
máx. se trataría de aumentar la actividad física en el periodo de crecimiento
rápido.
El
incremento de la capacidad anaeróbica no guarda relación con el acelerón
puberal del crecimiento. Para una edad comprendida entre 11 y 15 años no se
observan diferencias significativas en la capacidad anaeróbica de los niños
que han madurado precozmente, con respecto a aquellos que lo han hecho más
tardíamente. Sin embargo, los niños puberalmente más tardíos podrían
desarrollar una capacidad anaeróbica superior más allá de los 15 años (Paterson,
op cit. López Calbet, 1987).
Hacia los 14 - 15
años se podrá iniciar de modo no sistemático, la resistencia anaeróbica
láctica, si con gran prudencia y según el desarrollo aeróbico del individuo.
Al final de la adolescencia el entrenamiento ya se asemeja mucho al del adulto (Grosser
y col. 1981, en Hahn, 1988).
El niño
de 14 años de edad como promedio puede correr 1,5 kilómetros casi dos veces
más deprisa que el de 5 años, pero los valores de la VO2 máx. por
kilogramo para los dos niños será similar. Asimismo, la reserva funcional
cardiaca (relativa a la masa corporal) puede ser menor en los niños que en los
adultos jóvenes. Y el alcance metabólico, la proporción entre el consumo
máximo de oxígeno y el consumo de éste en reposo, aumenta de forma sostenida
durante la niñez, lo cual implica que la capacidad de reserva para el
transporte de oxigeno mejora a pesar de que haya una VO2 máx. por
kilogramo de peso estable (Rowland, 1989).
De
acuerdo con el Dr. Andrivet (1967, en Dessons y col. 1986), el trabajo de
resistencia general constituye un excelente medio de formación cardiaca,
muscular y respiratoria, podemos, en definitiva, inferir que la resistencia
aeróbica es un factor básico a desarrollar durante la infancia y la
adolescencia. En la misma línea se expresa Appel (1979), a través de la
influencia del entrenamiento de resistencia se produce un alargamiento de los
vasos capilares que posibilita un ensanchamiento de la superficie de intercambio
entre estos vasos y las fibras musculares.
La
función respiratoria responde de la misma manera ante la reiteración
sistemática de esfuerzos prolongados de baja intensidad, adaptándose a la
situación que los mismos demandan e imponiendo sus efectos metabólicos.
En la
adolescencia el trabajo de resistencia incide en el desarrollo de los pulmones,
gracias al ensanchamiento de la caja torácica, es decir, un incremento de
volumen pulmonar (Mellerowicz y Meller, 1972, en Weineck, 1988). No cabe
olvidar los efectos sobre la musculación respiratoria que contribuye a mejorar
su eficacia.
La gran cantidad de
cambios del púber; tanto a nivel somático como en la personalidad que se
producen en esta etapa, van a repercutir considerablemente en el comportamiento
motriz del mismo. La modificación de la imagen corporal y, por tanto, de la
conciencia corporal, con su favorable o inadecuada aceptación, va a originar
una mejor o peor disposición para el trabajo físico-deportivo. Así, mientras
habrá adolescentes que busquen en la actividad física el afianzamiento de su
esquema corporal, otros evitarán la práctica deportiva por la sobrecarga
física que les supone para su organismo, la cual se une a la fatiga
generalizada producida por los cambios morfológicos y funcionales.
En estos
últimos casos es fácil apreciar un estancamiento muy evidente del rendimiento
en actividades que requieran de la cualidad resistencia, dado que el aumento
considerable de peso que se produce en estas edades hace disminuir la capacidad
de rendimiento aeróbico, sobre todo para deportes que requieran de un
transporte del peso corporal, todo ello aunque se produce un aumento en el valor
absoluto del VO2 máx. (Mitra y Mogos, 1982).
En esta
etapa madurativa los objetivos de entrenamiento de la resistencia seguirán
siendo los de la etapa anterior, que se intentarán seguir perfeccionando, y se
ampliarán con nuevos objetivos. Así, se profundizará en el desarrollo de las
capacidades aeróbica y anaeróbica láctica, se sigue progresando en la mejora
de la potencia aeróbica máxima y se inicia una ejercitación no sistemática
de la capacidad anaeróbica láctica (Delgado y col. 1992).
En estas
edades además del trabajo con actividades continuas, comenzará a realizarse un
trabajo fraccionado con tiempos de trabajo y tiempos de recuperación (Fitness
Ontario Leadership Program, 1989). Las actividades continuas no deberán
tener una duración superior a 20-30 min. y siempre atendiendo a los intereses
de los niños (Delgado y col. 1992). Por su parte, las actividades
fraccionadas, no deberán tener un tiempo de trabajo máximo total de 4 a 6 min.
dando recuperaciones amplias, que podrán ser realizadas en reposo o más
convenientemente en movimiento (andando, trote suave o cambiando de actividad),
lo cual ocasiona una más rápida y mejor recuperación (Yessis, 1987).
El organismo comienza
a estar capacitado para poder realizar esfuerzos que impliquen las vías
metabólicas cuya obtención de energía va pareja a la acumulación de ácido
láctico. Este hecho está condicionado fundamentalmente por la mejora del
funcionamiento hormonal y enzimático ocasionado por la maduración sexual (Rowland,
1990).
A partir
de esta etapa, es común que muchos adolescentes se decidan por realizar un
entrenamiento más sistematizado fuera del ambiente escolar, bien en actividades
físico-deportivas extraescolares o a través de las actividades que fomentan
las asociaciones, patronatos, federaciones y otras entidades encargadas de la
promoción del deporte. Generalmente los púberes que acuden a estos tipos de
actividades son los que han tenido unos cambios anatómico-funcionales
ocasionados por la maduración sexual poco problemáticos y su organismo no
muestra trabas para realizar un programa de entrenamiento físico (Durand,
1987). A consecuencia de ello, es necesario diferenciar el tipo de trabajo
de resistencia que deben realizar estos púberes, respecto a aquellos que
evolucionan más desfavorablemente como consecuencia de la intensa fatiga
orgánica que les ocasiona la maduración orgánica y que sólo estarán
capacitados para realizar la educación física escolar obligatoria.
En
relación a la educación física escolar se siguen los planteamientos de la
fase anterior pero se progresa lógicamente en cantidad y calidad (Lizaur y
Col. 1989). Así, las actividades continuas pueden llegar a tener una
duración de hasta 30 - 35 minutos, sin perder sus características de juego y
variedad.
Con los
púberes que han tenido una maduración poco problemática y que han decidido
realizar actividades físico-deportivas complementarias a la educación física
escolar, se podrán realizar trabajos más sistemáticos (Weineck 1988).
Así, la actividad continua podrá desarrollarse incluyendo cambios de ritmo,
que ocasionen esfuerzos que obliguen al corazón a trabajar a frecuencias
cardíacas cercanas a 170 ppm. Además, las actividades ya podrán estar
referidas a distancias a recorrer a tiempos de ejecución concretos, dado que el
adolescente puede llegar a tener un control más adecuado de la dosificación
del esfuerzo (Martin y Col. 1992).
Las
muestras de fatiga aparecen bajo una serie de signos externos que deben ser
controlados, palidez, asfixia, y pulso excesivamente acelerado entre otros,
deben conducir al cese de la actividad. Para evitar estos cuadros, es
conveniente enseñar al niño el control de su frecuencia cardiaca, tanto a
nivel de la arteria radial como de la carótida o femoral. Igualmente, la
agrupación de niños por niveles de capacidad, permitirá un esfuerzo más
adaptado a cada sujeto. La posibilidad de hablar correctamente mientras que se
realiza la actividad, puede servir de criterio para saber que la intensidad del
esfuerzo es adecuada (De la Cruz 1989; Martín y col. 1992).
En la
pubertad el adolescente poco a poco va teniendo gran parecido a las
posibilidades organizadas del adulto, lo que le permite realizar, en muchos
casos, un entrenamiento parecido. La capacidad aeróbica al esfuerzo físico del
adolescente llega a ser aproximadamente un 90% de la que dispone el adulto (Rowland,
1990).
En
líneas generales, el trabajo de resistencia en estas edades se caracteriza por
el aumento de la intensidad y volumen, y por el incremento en la especificidad
del entrenamiento. Esta especificidad se traduce en la mejora de las necesidades
concretas que plantea la actividad físico-deportiva del adolescente, atendiendo
al nivel de condición física alcanzado a estas edades y a la especialidad
deportiva elegida (Delgado y col. 1989).
La
mayoría de las experiencias realizadas con programas de entrenamiento a corto
plazo (4 meses), verifican incrementos significativos del VO2máx. o
reducción de la frecuencia cardiaca submáxima, tanto en chicos como en chicas.
Unos pocos estudios nos muestran cambios en estas variables, tal hallazgo puede
atribuirse a que se trate de individuos muy activos (atletas a los que el
programa de entrenamiento aporta poco), o bien que se trate de niños
prepúberes.
El
entrenamiento de la resistencia además de los factores anteriormente citados,
depende también de factores dimensionales del aparato respiratorio tales como
la capacidad vital, capacidad pulmonar total, capacidad residual funcional;
aunque algunas capacidades funcionales del aparato respiratorio, tales como la
ventilación del máximo flujo respiratorio por minuto, y la capacidad de
difusión pulmonar, son predominantes. Todos estos factores se encuentran en
pleno desarrollo y crecimiento durante el período puberal; la máxima potencia
aeróbica de los jóvenes está en aumento. Todo sumado, debemos subrayar el
hecho de que el entrenamiento deportivo y la participación sistemática de los
estudiantes durante la edad puberal a las clases de educación física, pueden
asegurar un notable aumento de la capacidad aeróbica, porque es bien conocido,
que el desarrollo de todos los factores (orgánicos y funcionales) que
contribuyen a alcanzar la máxima potencia aeróbica, pueden ser notablemente
favorecidos por el entrenamiento en la edad comprendida entre 10 y 20 años (Documenti
1986).
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