Mateo 5, 17-19

Texto del evangelio (Mt 5, 17-19)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento. Sí, os lo aseguro: el cielo y la tierra pasarán antes que pase una i o una tilde de la Ley sin que todo suceda. Por tanto, el que traspase uno de estos mandamientos más pequeños y así lo enseñe a los hombres, será el más pequeño en el Reino de los Cielos; en cambio, el que los observe y los enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos».

Reflexión: Mt 5, 17-19

Algo que podemos constatar muy rápido tras estas palabras. Cristo no corrige el Antiguo Testamento, no lo modifica, sino que lo profundiza. No es que queda abolido, sino que se cumple. Él es el Salvador, el Mesías del que se habla a lo largo de muchas profecías. El esperado, el anunciado, ya está aquí. En un sentido, diríamos que se ha cumplido el ciclo. Por eso la división entre Antiguo y Nuevo Testamento.

La Antigua Alianza es a de la esperanza, la de la promesa. Dios Padre sabrá acordarse de nosotros y nos salvará. Los creyentes,  hemos de vivir de un modo que se condiga con los Mandamientos de la Ley de Dios. Esto es lo menos que se espera de un creyente antes de Cristo.

Con Cristo y a partir de Cristo, centro de la historia, se da cumplimiento al Antiguo Testamento, porque la promesa ha llegado, está aquí y nos ha Salvado. Con Cristo comienza otra historia, que es continuación de la primera; que se hace sobre la primera. Es en este sentido que, como dice Jesús, “No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento.”

El Nuevo Testamento es, diríamos, el penúltimo paso en la historia de la Salvación. Penúltimo, porque el último nos toca a nosotros.  Jesús ha restaurado la Alianza que por su soberbia había roto el hombre con Dios Padre. Jesús, con su vida, con su muerte en la cruz y con su resurrección, es decir con su sangre, ha sellado la alianza. Nos ha enseñado un Mandamiento que está en el fondo, por encima y más allá de los Mandamientos de la Ley de Dios: el del Amor. Esa es la nueva era que ha venido a inaugurar. Esa es la esencia del Nuevo Testamento.

No es pues, entonces, que ya los 10 Mandamientos han sido abolidos, sino todo lo contrario. La exigencia del Amor va más allá que cualquier ley. El amar a Dios por sobre todas la cosas y a nuestros hermanos como a nosotros mismos,  es el resumen de todas las leyes. No se puede cumplir esta ley, si cumplir las otras… Jesús nos enseña esta ley, con su vida misma, ganando para nosotros la vida eterna. El puente ha sido restaurado; el camino está trazado. El último paso debemos escribirlo nosotros, con nuestra vida. Aceptamos la propuesta de Jesús y transitamos por el Camino, o simplemente lo rechazamos y nos perdemos.

Dios Padre ha cumplido su promesa. Ha enviado a su Hijo, al Salvador. No habrá más señal. La tomamos o la dejamos.  Aunque lo aconsejable, obviamente es tomarla, somos libres de decidir, así que podemos hacer lo que queramos.  Recordando que “el que traspase uno de estos mandamientos más pequeños y así lo enseñe a los hombres, será el más pequeño en el Reino de los Cielos; en cambio, el que los observe y los enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos”.

Oremos:

Padre Santo, danos fe abundante para vivir según Jesús, amando a nuestros hermanos, sin importar la circunstancia, ni mucho menos el trato que nos dan.  Que amemos por sobre todo y al extremo que Jesús. Fortalece nuestro espíritu, para que sepamos afrontar  los embates del enemigo, que en cada esquina y recoveco está tentándonos con lo fácil, lo insensible, lo egoísta, como si todo se redujera a nuestra propia y exclusiva satisfacción temporal… Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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No penséis que he venido a ab…

No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento

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Mateo 18, 21-35

Texto del evangelio (Mt 18, 21-35)

 
En aquel tiempo, Pedro se acercó entonces y le dijo: «Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?». Dícele Jesús: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.

»Por eso el Reino de los Cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos. Al empezar a ajustarlas, le fue presentado uno que le debía 10.000 talentos. Como no tenía con qué pagar, ordenó el señor que fuese vendido él, su mujer y sus hijos y todo cuanto tenía, y que se le pagase. Entonces el siervo se echó a sus pies, y postrado le decía: ‘Ten paciencia conmigo, que todo te lo pagaré’. Movido a compasión el señor de aquel siervo, le dejó en libertad y le perdonó la deuda.

»Al salir de allí aquel siervo se encontró con uno de sus compañeros, que le debía cien denarios; le agarró y, ahogándole, le decía: ‘Paga lo que debes’. Su compañero, cayendo a sus pies, le suplicaba: ‘Ten paciencia conmigo, que ya te pagaré’. Pero él no quiso, sino que fue y le echó en la cárcel, hasta que pagase lo que debía. Al ver sus compañeros lo ocurrido, se entristecieron mucho, y fueron a contar a su señor todo lo sucedido. Su señor entonces le mandó llamar y le dijo: ‘Siervo malvado, yo te perdoné a ti toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también compadecerte de tu compañero, del mismo modo que yo me compadecí de ti?’. Y encolerizado su señor, le entregó a los verdugos hasta que pagase todo lo que le debía. Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si no perdonáis de corazón cada uno a vuestro hermano».

Reflexión: Mt 18, 21-35

Qué rápidos somos para pedir privilegios y ventajas para nosotros mismos. Queremos ser los primeros en la cola, que nos pongan en los primeros lugares, en los que se oye mejor, se ve mejor. Al momento del reparto, queremos ser los primeros, a los que les toque la mejor parte, la más grande, la más sabrosa, la mejor ubicada. Si se trata de pagar, que se nos indulte, que se nos perdone, que se nos rebaje…Pero cuando se trata de cobrar, que sea hasta el último centavo, que sea con creces. “Me las pagará”, decimos…

Pedimos misericordia a Dios, un trato benevolente. Pero no somos capaces de prodigarlo. Somos más proclives y estamos más dispuestos a poner cargas en las espaldas de nuestro prójimo, que nosotros no soportaríamos ni llevaríamos por un instante. Claro, siempre encontramos una excusa para nuestra exigencia con los demás y para la tolerancia con nosotros mismos.

No nos medimos con la misma vara que medimos a nuestros hermanos. Aquí el Señor nos recuerda que debemos ser tan tolerantes y contemplativos con los demás, y sobre todo, tan compasivos, como quisiéramos que fueran con nosotros.  Estamos nuevamente ante una lección de amor…Ama y serás amado. Da y recibirás…Solo recuerda que el primer paso debe ser tuyo, debes darlo tú; no debes esperar que el otro comience, que el otro lo haga, que el otro se allane. Hazlo tú, por amor, por Dios…Hazlo, sin esperar nada a cambio, y obtendrás la recompensa más grande, a la que puede aspirar ser humano alguno: la Vida Eterna, un lugar en el Paraíso, un asiento en la Mesa del Señor.

No lleves cuentas, como el Señor tampoco las lleva contigo. Cuando perdones, perdona de corazón de una sola vez y para siempre. Para eso no puede ni debe haber límites. Perdona las veces que sea necesario. “Hasta setenta veces siete”…Es decir, siempre, sin cuenta…

 

Oremos:

Señor, que no me fije tanto en lo que me dan, en lo que he de recibir, como en lo que doy y hago por los demás. Que esté siempre dispuesto a servirte; que acuda al primer llamado. Que no espere ruegos y súplicas; que me deje conmover por mis hermanos.   Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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¿cuántas veces tengo que per…

¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas de mi hermano? Dícele Jesús: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.

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Lucas 4, 24-30

Texto del evangelio (Lc 4, 24-30)

En aquel tiempo, Jesús dijo a la gente reunida en la sinagoga de Nazaret: «En verdad os digo que ningún profeta es bien recibido en su patria. Os digo de verdad: muchas viudas había en Israel en los días de Elías, cuando se cerró el cielo por tres años y seis meses, y hubo gran hambre en todo el país; y a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda de Sarepta de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue purificado sino Naamán, el sirio».

Oyendo estas cosas, todos los de la sinagoga se llenaron de ira; y, levantándose, le arrojaron fuera de la ciudad, y le llevaron a una altura escarpada del monte sobre el cual estaba edificada su ciudad, para despeñarle. Pero Él, pasando por medio de ellos, se marchó.

Reflexión: Lc 4, 24-30

Todo está en que empecemos, realmente, a tratar de convencer a quienes más nos conocen, que se burlarán de nosotros, pues ya nos tienen medidos y saben de qué pie cojeamos, para que den demasiado crédito a lo que decimos o hacemos. Buscarán alguna explicación en nuestra historia personal, que conocen muy bien, para desprestigiarnos, para desmerecer lo que hacemos.

No es pues fácil construir el Reino, empezando por los nuestros. Sin embargo es por allí por donde debemos empezar. En todo caso, no porque sea difícil, debemos abandonarlos; todo lo contrario. Sin embargo, aquí el Señor nos advierte, nos anticipa sobre esta dificultad, que debemos tener en cuenta. Pero aún ahí, y pese a la dificultad, no debemos abandonar nuestra misión, tal como nos los enseña Jesús, que llegó a desatar la ira de quienes, por conocerlo, seguramente, lo despreciaban, lo ninguneaban, a tal punto, que estuvieron a punto de matarlo…

Jesús tuvo que emplearse a fondo, entonces, y haciendo uso de toda su astucia y de los poderes de los que estaba envestido “pasando por medio de ellos, se marchó.” Es que Jesús es el Hijo de Dios, y no era en aquella ocasión, ni en aquellas manos que tenía que morir. Es obvio que Dios Padre, velaba por Él. Siempre me ha asombrado este pequeño fragmento…Era tal el poder divino que emanaba de Él, que llegado el momento, pudo pasar por en medio de ellos, sin que ofrecieran resistencia alguna. Su presencia, su mirada, su semblante, su decisión eran tales, que amilanaban al más pintado, al punto de hacerse de lado y dejarlo pasar, de no atreverse, finalmente, a ponerle un dedo encima…La escena es conmovedora. Pasó por en medio de ellos…

Es quizás, también, un ejemplo de la confianza que debemos tener en Dios, que sabrá apoyarnos y ayudarnos a salir de las situaciones más difíciles, más riesgosas, si nos damos íntegramente por Él, aun entre quienes menos posibilidades tenemos, como son aquellos que ya nos tienen catalogados, medidos…Llegado el momento, Él sabrá sacarnos de en medio de la situación más violenta y quizás esta sea la lección que haga falta a muchos de nosotros, para finalmente convencernos, que “aquí hay algo más”, algo más que Jonás, algo más que Moisés…

 

Oremos:

Padre Santo, danos confianza, danos fe para creer ciegamente en Ti, para abandonarnos en Tus manos, para hacernos instrumento en Tus manos sabias y poderosas, confiando en que Tú sabrás escribir las páginas más hermosas, allí donde nosotros no hubiéramos atinado a trazar ni siquiera un garabato. Acrecienta nuestra fe, nuestra confianza en Ti, dándonos la convicción íntima y personal que sin Ti, no somos nada, en cambio contigo, nada nos falta, todo es posible. Que estas no sean palabras huecas que repetimos sin sentido, sino que salga a relucir a cada paso en nuestra vida cotidiana. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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En verdad os digo que ningún …

En verdad os digo que ningún profeta es bien recibido en su patria.

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“le llevaron a una altura esca…

“le llevaron a una altura escarpada del monte…, para despeñarle. Pero Él, pasando por medio de ellos, se marchó. “

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Actualización semanal de Twitter en 2010-03-07

  • "Dad y se os dará; una medida buena, apretada, remecida, rebosante (…) Porque con la medida con que midáis se os medirá." #
  • El mayor entre vosotros será vuestro servidor. Pues el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado». #
  • el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo #
  • "…el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos." #
  • ‘Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se convencerán, aunque un muerto resucite’». #
  • entre nosotros y vosotros se interpone un gran abismo, de modo que los que quieran pasar de aquí a vosotros, no puedan; ni viceversa’. #
  • "La piedra que los constructores desecharon, en piedra angular se ha convertido" #
  • "convenía celebrar una fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto, y ha vuelto a la vida; estaba perdido, y ha sido hallado" #
  • Señor, déjala por este año todavía y mientras tanto cavaré a su alrededor y echaré abono, por si da fruto en adelante; y si no da, la cortas #

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Lucas 13, 1-9

Texto del evangelio (Lc 13, 1-9)

En aquel tiempo, llegaron algunos que contaron a Jesús lo de los galileos, cuya sangre había mezclado Pilato con la de sus sacrificios. Les respondió Jesús: «¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que todos los demás galileos, porque han padecido estas cosas? No, os lo aseguro; y si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo. O aquellos dieciocho sobre los que se desplomó la torre de Siloé matándolos, ¿pensáis que eran más culpables que los demás hombres que habitaban en Jerusalén? No, os lo aseguro; y si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo».

Les dijo esta parábola: «Un hombre tenía plantada una higuera en su viña, y fue a buscar fruto en ella y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: ‘Ya hace tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro; córtala; ¿para qué va a cansar la tierra?’. Pero él le respondió: ‘Señor, déjala por este año todavía y mientras tanto cavaré a su alrededor y echaré abono, por si da fruto en adelante; y si no da, la cortas’».

Reflexión: Lc 13, 1-9

Tendemos a pensar que tras toda desgracia, tras toda muerte trágica está Dios, que envía su castigo sobre los que no le siguen, sobre los que no se comportan como Él lo ha dispuesto. Es decir que, para muchos de nosotros, Dios envía castigos a los malos y a veces, incluso castiga sin discriminar, a buenos y malos, por culpa de unos cuantos. Es decir que nuestro buen Dios aplica aquél viejo adagio que dice: “justos pagan por pecadores”. Esa es la imagen que muchos nos hemos forjado de Dios: severo y castigador, que a cada paso nos pide cuentas y que blande su espada justiciera sobre todo brazo, pierna o cabeza que no hace lo que Él ha dispuesto.

Ante esa imagen que nos hemos forjado ancestralmente para explicar de algún modo las desgracias, qué nos dice Jesús. Nos presenta a un Dios que es Padre, y por tanto, es muy distinto a aquella amenaza que erróneamente hemos forjado en nuestra imaginación, ya por ignorancia, ya por obra del demonio, que con argucias quiere alejarnos de nuestro Buen Padre, nuestro Padre Eterno.

Es que no puede ser de otro modo. Como Jesús mismo nos lo dirá en otro pasaje, “si nosotros sabemos dar cosas buenas a nuestros hijos, cuanto más nuestro Padre nos dará el Espíritu Divino a quien se lo pide”. Y no hay, ni puede haber Bien más precioso que este…Si nos da lo más, lo mayor, cuanto más nos dará “el pan de cada día”.

Nuestra vida aquí en la tierra, es finita. y está sujeta a las leyes naturales. Inundaciones, terremotos, cataclismos, son tan propios de nuestro planeta, como el invierno, el verano, la primavera…la lluvia, la cosecha, las plantas, los bosques, los animales…Nosotros debemos tratar con respeto y moderación toda la Creación, porque ha sido puesta a nuestro servicio, al servicio de todas las generaciones que habrán de poblar la tierra, hasta que llegue su fin, que indudablemente llegará algún día…mañana, dentro de 20 años, dentro de cinco mil o en varios millones o miles de millones más.

Debemos hacer uso correcto de todo lo recibido, empezando por nuestra vida misma. No podemos desperdiciarla, ni dejarla escurrir, como el agua entre nuestros dedos. Tenemos que hacer lo más que podemos, en función del Reino, en función de ese destino superior que llevamos como una impronta en nuestros genes, en nuestro espíritu y que Jesús nos ha Revelado y Confirmado.

Somos hijos de Dios. ¡¿Puede alguien imaginar honor más grande?! Y ese Dios, Padre nuestro, es la encarnación del Amor Eterno. Por lo tanto, solo puede querer y quiere nuestro bien, lo mejor de nosotros, como nos lo dice una y otra vez Jesús. Él nos pide que demos un paso más, que nos exijamos un poco más, porque sabe de lo que somos capaces, porque sabe lo que podemos. No nos pide nada más que carguemos con nuestra propia cruz. No la de Él, no la de nuestros hermanos, sino la nuestra.

Y, ¿en qué consiste esa “cruz”? En hacer cada día lo que nos corresponde. En hacer lo mejor que podamos todo lo que debemos hacer, esforzándonos por dar más. En no conformarnos con la mediocridad, la desidia, la flojera, la comodidad…porque ello acarrea consecuencias sobre los demás. En actuar responsablemente, solidariamente, procurando el bien ajeno, antes que el propio. Es decir, amando. ¡Eso es lo que nos pide el Señor! “Que nos amemos los unos a los otros, como Él nos ha amado”. ¿Cómo nos amó Jesús? Al extremo de morir por nosotros, para salvarnos…Esa es la medida.

Es así como espera nuestro Padre que vivamos cada día. Él no nos castiga; el por el contrario, es como aquél que pide al dueño de la viña: ‘Señor, déjala por este año todavía y mientras tanto cavaré a su alrededor y echaré abono, por si da fruto en adelante; y si no da, la cortas’». Siempre está buscando, procurando, prodigándonos una nueva oportunidad. ¡Ese es nuestro Padre, el Padre que Jesús nos presenta!

Oremos:

Padre Santo, concédenos la Gracia de vivir cada día en la virtud, procurando siempre el bien de los demás, exigiéndonos a nosotros mismos, antes que a los demás. Danos humildad para servir a nuestros hermanos. Que no busquemos privilegios, ni prebendas. Que en toda circunstancia y situación sepamos actuar iluminados por tu luz, en función de la construcción del Reino. Que no caigamos en la tentación. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Señor, déjala por este año …

Señor, déjala por este año todavía y mientras tanto cavaré a su alrededor y echaré abono, por si da fruto en adelante; y si no da, la cortas

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Lucas 15, 1-3.11-32

Texto del evangelio (Lc 15, 1-3.11-32)

En aquel tiempo, viendo que todos los publicanos y los pecadores se acercaban a Jesús para oírle, los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: «Este acoge a los pecadores y come con ellos». Entonces les dijo esta parábola. «Un hombre tenía dos hijos; y el menor de ellos dijo al padre: ‘Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde’. Y él les repartió la hacienda. Pocos días después el hijo menor lo reunió todo y se marchó a un país lejano donde malgastó su hacienda viviendo como un libertino. Cuando hubo gastado todo, sobrevino un hambre extrema en aquel país, y comenzó a pasar necesidad. Entonces, fue y se ajustó con uno de los ciudadanos de aquel país, que le envió a sus fincas a apacentar puercos. Y deseaba llenar su vientre con las algarrobas que comían los puercos, pero nadie se las daba. Y entrando en sí mismo, dijo: ‘¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, mientras que yo aquí me muero de hambre! Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, pequé contra el cielo y ante ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros’. Y, levantándose, partió hacia su padre.

»Estando él todavía lejos, le vio su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente. El hijo le dijo: ‘Padre, pequé contra el cielo y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo’. Pero el padre dijo a sus siervos: ‘Traed aprisa el mejor vestido y vestidle, ponedle un anillo en su mano y unas sandalias en los pies. Traed el novillo cebado, matadlo, y comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado’. Y comenzaron la fiesta.

»Su hijo mayor estaba en el campo y, al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y las danzas; y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. El le dijo: ‘Ha vuelto tu hermano y tu padre ha matado el novillo cebado, porque le ha recobrado sano’. Él se irritó y no quería entrar. Salió su padre, y le suplicaba. Pero él replicó a su padre: ‘Hace tantos años que te sirvo, y jamás dejé de cumplir una orden tuya, pero nunca me has dado un cabrito para tener una fiesta con mis amigos; y ¡ahora que ha venido ese hijo tuyo, que ha devorado tu hacienda con prostitutas, has matado para él el novillo cebado!’ Pero él le dijo: ‘Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero convenía celebrar una fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto, y ha vuelto a la vida; estaba perdido, y ha sido hallado’».

Reflexión: Lc 15, 1-3.11-32

Estamos probablemente ante una de las lecturas más bellas y conmovedoras del Nuevo Testamento. Aquí Jesús nos revela al Padre en toda su dimensión. Y lo hace precisamente a propósito de la acusación de los fariseos: «Este acoge a los pecadores y come con ellos». ¿Qué mejor testimonio del Padre? ¿Qué mejor forma de mostrarnos el camino, de enseñarnos nuestra misión? ¿Puede haber una actitud más esperanzadora que esta? El Señor no solamente dice lo que hay que hacer, lo muestra con hechos, con su ejemplo.

La respuesta de Jesús, la parábola tan conocida del Hijo Pródigo, es el sustento, la explicación de su proceder. Y no puede haber nada más alentador, más estimulante, más esperanzador, para quienes nos sentimos poca cosa, marginados, despreciados, pecadores, que la respuesta del Señor. Y en esta, no hace otra cosa que presentarnos al Padre Eterno, al Padre Creador, al Padre Amoroso, que todo lo que quiere es ver a su hijo de vuelta. Que sale a recibirlo, a darle alcance no bien lo ve venir, lo abraza y hace una gran fiesta “porque este hermano tuyo estaba muerto, y ha vuelto a la vida; estaba perdido, y ha sido hallado”.

“No necesitan médico los sanos, sino los enfermos” nos dirá en otro pasaje. Es que como Jesús mismo nos lo revela, Él ha venido a nosotros cumpliendo la Voluntad del Padre. Es Él que nos quiere de vuelta en Su casa, que es la nuestra; es Él que impaciente nos espera a que regresemos y cuando nos ve a lo lejos llegar, sale a nuestro encuentro, con los brazos abiertos.

Veamos y meditemos en torno a la historia de este hijo, que podría ser la historia de cualquiera de nosotros, que con mucha soberbia y ambición, renegamos de nuestro Padre y decidimos abandonarlo, para hacer uso de nuestro patrimonio, de nuestra vida, como nos da la gana, sin reparar en nada y prestando oídos sordos a sus consejos, a sus ruegos, a sus disposiciones. Viejo de miércoles, llegamos a decir, seguramente y lo mandamos a rodar, con la pretensión de liberarnos de Él, de sus órdenes, de su dependencia. No quisimos saber nada con Él, ni que se inmiscuyera en nuestros asuntos. De espaldas a Él, quisimos edificar nuestra vida y sin embargo todo lo que conseguimos fue dilapidar el patrimonio que nos fue confiado por un tiempo.

¿Qué has hecho de tu vida? ¿Qué frutos puedes exhibir? ¿Sigues viviendo en aquella farra que parece interminable o ya estás comiendo las sobras de los puercos? ¡Despierta! ¡Reacciona! No tienes que seguir hundiéndote…¡Vuelve al Padre, que Él te espera con los brazos abiertos!

Jesús viene y va precisamente a la gente despreciada, a los pecadores, para anunciarles el Evangelio; para anunciarles esta noticia: “Dios es tu Padre. Deja las tonterías que estás haciendo, arrepiéntete de la mala vida que has estado llevando y vuelve a Él, que te espera impaciente en el portal de tu casa.” Él inmediatamente te restaurará como hijo Suyo: te hará poner el mejor vestido, te pondrá el anillo, en señal de heredad y hará una fiesta por ti. ¿Qué esperas? Vuelve a la casa del Padre. Él te espera y te quiere como solo el Padre Eterno puede querer.

Oremos:

Señor, danos humildad para reconocer nuestros errores, para pedir perdón por ellos y volver a tu Camino. No dejes que la soberbia nos pierda, ni mucho menos la envidia por aquellos hermanos que acoges con cariño, porque supieron reconocer sus pecados y volver a ti. Gracias Padre Santo por tu bondad. Perdóname por cuantas veces te he defraudado, pretendiendo prescindir de Ti. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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“convenía celebrar una fiesta…

“convenía celebrar una fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto, y ha vuelto a la vida; estaba perdido, y ha sido hallado”

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