Juan 15,1-8 – mi Padre es el viñador

Texto del evangelio (Juan 15,1-8) – mi Padre es el viñador

En aquel tiempo, Jesús habló así a sus discípulos: «Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador. Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo corta, y todo el que da fruto, lo limpia, para que dé más fruto. Vosotros estáis ya limpios gracias a la Palabra que os he anunciado. Permaneced en mí, como yo en vosotros. Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid; así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada. Si alguno no permanece en mí, es arrojado fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen, los echan al fuego y arden. Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y lo conseguiréis. La gloria de mi Padre está en que deis mucho fruto, y seáis mis discípulos».

Reflexión: Jn 15,1-8

Hay aquí un par de ideas de las que ya hemos hablado, pero que merece que reflexionemos un poco más. Como ya hemos dicho antes la Palabra del Señor, especialmente esta parte narrada y conocida como “el testamento de Jesús”, es riquísima, para meditar y sacar mucho provecho de ella. Sin embargo vamos a centrarnos en estas dos ideas. La primera, mi Padre es el Viñador.

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Juan 14,27-31a – Os dejo la paz

Texto del evangelio (Juan 14,27-31a) – Os dejo la paz

En aquel tiempo, Jesús habló así a sus discípulos: «Os dejo la paz, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón ni se acobarde. Habéis oído que os he dicho: ‘Me voy y volveré a vosotros’. Si me amarais, os alegraríais de que me fuera al Padre, porque el Padre es más grande que yo. Y os lo digo ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda creáis. Ya no hablaré muchas cosas con vosotros, porque llega el Príncipe de este mundo. En mí no tiene ningún poder; pero ha de saber el mundo que amo al Padre y que obro según el Padre me ha ordenado».

Reflexión: Jn 14,27-31a

La paz que nos da el Señor, ha de ser como un bálsamo que nos cubre y protege, como el mismo dice, de toda turbación. Esta es parte de la renta, del beneficio de la fe. La paz es el resultado de la fe; es un sub producto, por decirlo de algún modo. Si tienes fe, nada debe turbarte y debemos tenerlo en cuenta precisamente para los momentos que se presentan como difíciles o tormentosos. Serán precisamente un reto a nuestra fe. Tenemos que recordar más que nunca en esos momentos, que la victoria nuestra, al lado del Señor, está más que garantizada. Todas estas no son más que escaramuzas; pequeñas batallas que posiblemente nos asusten o nos sorprendan, pero no debemos vacilar; tenemos que seguir adelante confiando en el Señor, que es quien nos conduce. No nos dejemos angustiar…Os dejo la paz, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón ni se acobarde.

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Juan 15,1-8 – Yo soy la vid

Texto del evangelio (Juan 15,1-8) – Yo soy la vid

En aquel tiempo, Jesús habló así a sus discípulos: «Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador. Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo corta, y todo el que da fruto, lo limpia, para que dé más fruto. Vosotros estáis ya limpios gracias a la Palabra que os he anunciado. Permaneced en mí, como yo en vosotros. Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid; así tampoco vosotros si no permanecéis en mí.

»Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada. Si alguno no permanece en mí, es arrojado fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen, los echan al fuego y arden. Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y lo conseguiréis. La gloria de mi Padre está en que deis mucho fruto, y seáis mis discípulos».

Reflexión: Jn 15,1-8

Hablando de las promesas de Cristo, que mejores que las que nos hace en estos versículos. La figura realmente es precisa y preciosa: Yo soy la vid (nos dice Cristo), los sarmientos (nosotros) y el viñador (nuestro Padre). ¿Qué puede querer el viñador, es decir el dueño de la viña, sino que su viñedo de mucho fruto? Meditemos en las lecciones de esta figura, para aplicarlas a nuestra vida corriente. ¿Cómo ha de tratar el viñador a cada una de sus plantas, sino es con sumo cuidado, abonándolas, espantando a los cuervos y sacando cualquier maleza que pudiera afectar su crecimiento y por ende sus frutos. Regarla, cuidarla, limpiarla, sostenerla, amarrarla, podarla, en fin todo aquello que conforme a la buena práctica sea necesario para obtener los mejores frutos a su tiempo. Podemos dar por descontado que esto hará cualquier viñador, ¡cuanto más si este es Dios! Nos está diciendo que El nos quiere. Que somos parte de su huerto. Él es viñador, no es cualquier tipo de trabajador, ganadero o comerciante. Es viñador. Es decir que se dedica al cultivo y la producción de vid. No somos una más de sus ocupaciones, sino la principal. Él se distingue por eso, por ser un viñador. Y como todo buen viñador, quiere lo mejor para sus plantas y no escatimará esfuerzo por verlas crecer y fructificar.

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Juan 14,7-14 – el que crea en mí

Texto del evangelio (Juan 14,7-14) – el que crea en mí

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre; desde ahora lo conocéis y lo habéis visto». Le dice Felipe: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta». Le dice Jesús: «¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: ‘Muéstranos al Padre’? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí? Las palabras que os digo, no las digo por mi cuenta; el Padre que permanece en mí es el que realiza las obras.

»Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Al menos, creedlo por las obras. En verdad, en verdad os digo: el que crea en mí, hará él también las obras que yo hago, y hará mayores aún, porque yo voy al Padre. Y todo lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si pedís algo en mi nombre, yo lo haré».

Reflexión: Jn 14,7-14

La única condición para alcanzar la Vida Eterna es creer que Cristo es Hijo de Dios, enviado del Padre. Y creer no es tan fácil y sencillo como esta confesión de fe que hacemos en el Credo, que siendo muy rica, la recitamos mecánicamente, casi sin darnos cuenta de lo que decimos. El creer se manifiesta en una actitud, en una disposición que abarca toda la vida, cada uno de nuestros actos, por más insignificantes que sean. El que cree, incluso en privado y en la aparente soledad total, actúa del mismo modo, porque sabe que nunca está solo, porque sabe que donde quiera que vaya el Espíritu de Dios le acompaña y está presente con él. ¿Cómo no mantener la compostura del caso? No se trata, entonces, de una mera actitud decorativa, ni de una pose histriónica, se trata de una forma de vida. Por eso es que Jesús nos dice que el que crea en mí, hará él también las obras que yo hago, y hará mayores aún.

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Juan 14,1-6 – Creéis en Dios: creed también en mí.

Texto del evangelio (Juan 14,1-6) – Creéis en Dios: creed también en mí.

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios: creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas mansiones; si no, os lo habría dicho; porque voy a prepararos un lugar. Y cuando haya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os tomaré conmigo, para que donde esté yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy sabéis el camino». Le dice Tomás: «Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?». Le dice Jesús: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí».

Reflexión: Jn 14,1-6

No hay por qué confundirse, ni porque andar preocupado, atareándonos y cargándonos con mil responsabilidades y cosas que cumplir. Las tareas importantes son más simples de lo que parecen, para el que en verdad cree. Si el Señor está con nosotros, no existe obstáculo que no podamos pasar, que no podamos sortear exitosamente. El punto está en mantenerse enfocado y eso es lo que muchas veces nos cuesta. Esto que es tan cierto para cualquier actividad, es fundamental en el seguimiento de Jesús. Es más, es precisamente este enfoque el que debe primar en nuestras vidas, lo demás es accesorio, anecdótico. Importa poco que cargo o puesto o actividad desempeñamos para ganarnos el sustento de cada día; lo que realmente interesa es que lo hagamos BIEN. Y lo ponemos así en mayúsculas, porque nos estamos refiriendo a un Valor superior. No se trata solo de ser eficientes en nuestra tarea, sin importarte el entorno y lo que hacemos en realidad. Se trata de ser eficaces, es decir, tener en cuenta que esta actividad y la forma en que la desarrollamos, debe encuadrarse dentro del Plan de Salvación, dentro de la tarea evangelizadora que a todos nos compete. Todo lo que hagamos en nuestra vida ha de tener este ÚNICO sentido. Si no lo tiene, no debe merecer nuestra atención, peor aun si es contrario. Apliquemos el discernimiento, pero que no se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios: creed también en mí.

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Juan 14,6-14 – Yo soy el camino, la verdad y la vida

Texto del evangelio (Juan 14,6-14) – Yo soy el camino, la verdad y la vida

En aquel tiempo, Jesús dijo a Tomás: «Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre; desde ahora lo conocéis y lo habéis visto». Le dice Felipe: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta». Le dice Jesús: «¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: ‘Muéstranos al Padre’? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí? Las palabras que os digo, no las digo por mi cuenta; el Padre que permanece en mí es el que realiza las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Al menos, creedlo por las obras. En verdad, en verdad os digo: el que crea en mí, hará él también las obras que yo hago, y hará mayores aún, porque yo voy al Padre. Y todo lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré».

Reflexión: Jn 14,6-14

Este es como el corolario final del mensaje de Jesús. La síntesis definitiva. Todo aquello que ha querido comunicarnos una y otra vez los últimos días se encierra aquí. Incluso la pregunta del “ingenuo” Felipe, que no hace nada más que reeditar las preguntas de los judíos y las nuestras, que persiguen el único fin de postergar nuestra decisión, como si necesitáramos siempre una prueba más…la última. Pero el Señor ya lo dijo antes:

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Juan 12,44-50 – su mandato es vida eterna

Texto del evangelio (Juan 12,44-50) – su mandato es vida eterna

En aquel tiempo, Jesús gritó y dijo: «El que cree en mí, no cree en mí, sino en aquel que me ha enviado; y el que me ve a mí, ve a aquel que me ha enviado. Yo, la luz, he venido al mundo para que todo el que crea en mí no siga en las tinieblas. Si alguno oye mis palabras y no las guarda, yo no le juzgo, porque no he venido para juzgar al mundo, sino para salvar al mundo. El que me rechaza y no recibe mis palabras, ya tiene quien le juzgue: la Palabra que yo he hablado, ésa le juzgará el último día; porque yo no he hablado por mi cuenta, sino que el Padre que me ha enviado me ha mandado lo que tengo que decir y hablar, y yo sé que su mandato es vida eterna. Por eso, lo que yo hablo lo hablo como el Padre me lo ha dicho a mí».

Reflexión: Jn 12,44-50

Hacer todo a mayor gloria de Dios, debe ser nuestro objetivo, como lo es el de Cristo. No siempre es fácil, pero es lo que tenemos que oír, elegir y hacer. Aunque no parezca, nuestro principal enemigo es la rutina, la costumbre, el hábito. Por ello debemos hacernos esclavos de los buenos hábitos. Dios Padre nos habla y ordena cada día a través de los acontecimientos, a través de cada una de las cosas que suceden a nuestro alrededor, muchas de las cuales tratamos de pasarlas por alto, por comodidad, por no desinstalarnos, por no dejar de hacer nuestra rutina, por no enfrentar situaciones desafiantes, por no ensuciarnos las manos. Preferimos dejar que otros lo hagan, que otros se encarguen. Tenemos que despabilarnos, porque tal como nos dice Jesús: su mandato es vida eterna .

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Juan 10,22-30 – Yo y el Padre somos uno

Texto del evangelio (Juan 10,22-30) – Yo y el Padre somos uno

Se celebró por entonces en Jerusalén la fiesta de la Dedicación. Era invierno. Jesús se paseaba por el Templo, en el pórtico de Salomón. Le rodearon los judíos, y le decían: «¿Hasta cuándo vas a tenernos en vilo? Si tú eres el Cristo, dínoslo abiertamente». Jesús les respondió: «Ya os lo he dicho, pero no me creéis. Las obras que hago en nombre de mi Padre son las que dan testimonio de mí; pero vosotros no creéis porque no sois de mis ovejas. Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy vida eterna y no perecerán jamás, y nadie las arrebatará de mi mano. El Padre, que me las ha dado, es más grande que todos, y nadie puede arrebatar nada de la mano del Padre. Yo y el Padre somos uno».

Reflexión: Jn 10,22-30

Las palabras del Señor son chino para quien en realidad se esfuerza por no entenderlas. Y es que siempre queremos oír lo que nos gusta, no lo que nos cuestiona e incomoda. Así, los judíos persiguen a Cristo exigiéndole que les diga de una buena vez que lo que hacen está bien o en todo caso que con un chasquido de dedos les muestre de un modo para ellos irrefutable, que es Cristo. Pero la verdad es que no hay nada que pueda decir o hacer que sea suficiente. Ellos han presenciado muchas de sus obras, pero no le han creído. Como dice el Señor, porque no sois de mis ovejas. Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy vida eterna y no perecerán jamás, y nadie las arrebatará de mi mano. El Padre, que me las ha dado, es más grande que todos, y nadie puede arrebatar nada de la mano del Padre. Yo y el Padre somos uno .

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Juan 10,1-10 – Yo soy la puerta

Texto del evangelio (Juan 10,1-10) – Yo soy la puerta

En aquel tiempo, Jesús habló así: «En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que escala por otro lado, ése es un ladrón y un salteador; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A éste le abre el portero, y las ovejas escuchan su voz; y a sus ovejas las llama una por una y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas, va delante de ellas, y las ovejas le siguen, porque conocen su voz. Pero no seguirán a un extraño, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños». Jesús les dijo esta parábola, pero ellos no comprendieron lo que les hablaba.

Entonces Jesús les dijo de nuevo: «En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido delante de mí son ladrones y salteadores; pero las ovejas no les escucharon. Yo soy la puerta; si uno entra por mí, estará a salvo; entrará y saldrá y encontrará pasto. El ladrón no viene más que a robar, matar y destruir. Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia».

Reflexión: Jn 10,1-10

El Señor escoge figuras tan precisas, tan claras, que no hay posibilidad de confusión ni error. El buen Pastor conoce a cada una de sus ovejas y las llama por su nombre, y las ovejas conocen su voz. Estas son figuras de un mundo bucólico y pastoril, como lo era aquél tiempo en el que vivió Jesús y estaban muchísimo más familiarizados con estas realidades tomadas de su vida cotidiana. Nosotros hemos crecido entre cemento y fierro, alejados del campo y algunos, solo por cultura general, estamos enterados de este singular comportamiento de las ovejas. Es que así son la mayoría de los animales domésticos. Conocen su nombre y la voz de su amo. El buen pastor llega a ser así para sus ovejas. Es, cómo solía decir un fallecido comentarista deportivo, música para los oídos. “Oído a la música”, decía él cuando soltaba alguno de sus chismes deportivos…Eso es la voz del buen pastor para las ovejas de su rebaño. Viene cada mañana a buscarlas y a sacarlas a pastar a donde el quiere, a donde él tiene planeado, a donde él tiene pensado y es por eso que también nos dice: Yo soy la puerta.

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Juan 10,11-18 – Yo soy el buen pastor

Texto del evangelio (Juan 10,11-18) – Yo soy el buen pastor

En aquel tiempo, Jesús habló así: «Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas. Pero el asalariado, que no es pastor, a quien no pertenecen las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye, y el lobo hace presa en ellas y las dispersa, porque es asalariado y no le importan nada las ovejas. Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas y las mías me conocen a mí, como me conoce el Padre y yo conozco a mi Padre y doy mi vida por las ovejas.

»También tengo otras ovejas, que no son de este redil; también a ésas las tengo que conducir y escucharán mi voz; y habrá un solo rebaño, un solo pastor. Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida, para recobrarla de nuevo. Nadie me la quita; yo la doy voluntariamente. Tengo poder para darla y poder para recobrarla de nuevo; esa es la orden que he recibido de mi Padre».

Reflexión: Jn 10,11-18

El programa de Cristo es muy sencillo y claro. Reunir a todas las ovejas del rebaño; de este y del otro. Es decir, no solo de los que ya estamos aquí escuchando su voz, sino de los que están dispersos o más allá y por eso no han oído su voz. Él hace esto voluntariamente. Nadie se lo ha exigido. Lo hace, porque ama al Padre como el Padre lo ama a Él y quiere hacer la voluntad del Padre. Está tan empeñado en esto que es capaz de dar su vida por ello. Es muy claro en este aspecto: el da y recupera su vida, porque quiere. Nadie lo fuerza u obliga. Él quiere hacerlo. Todo esto no es más que la descripción de un proceder ejemplar. ¡Eso es lo que quiere ser Jesús! ¡Un verdadero ejemplo para nosotros! ¡El mejor ejemplo! Yo soy el buen pastor.

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Juan 6,60-69 – Tú tienes palabras de vida eterna

Texto del evangelio (Juan 6,60-69) – Tú tienes palabras de vida eterna

En aquel tiempo, muchos de sus discípulos, al oírle, dijeron: «Es duro este lenguaje. ¿Quién puede escucharlo?». Pero sabiendo Jesús en su interior que sus discípulos murmuraban por esto, les dijo: «¿Esto os escandaliza? ¿Y cuando veáis al Hijo del hombre subir adonde estaba antes?. El espíritu es el que da vida; la carne no sirve para nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida. Pero hay entre vosotros algunos que no creen». Porque Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que no creían y quién era el que lo iba a entregar. Y decía: «Por esto os he dicho que nadie puede venir a mí si no se lo concede el Padre».

Desde entonces muchos de sus discípulos se volvieron atrás y ya no andaban con Él. Jesús dijo entonces a los Doce: «¿También vosotros queréis marcharos?». Le respondió Simón Pedro: «Señor, ¿a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios».

Reflexión: Jn 6,60-69

Es cierto lo que ya algunos de sus discípulos reconocen y dicen: Es duro este lenguaje. ¿Quién puede escucharlo? Y a muchos de nosotros nos sucede lo mismo. Queremos oír algo que justifique lo que hacemos, nuestro modo de vida, nuestro modo de ver las cosas. Pero en las palabras de Cristo encontramos una crítica demoledora a todo lo que consideramos grato y atractivo para nosotros. Quisiéramos que fuera más condescendiente y contemplativo con nosotros. Pero por el contrario, sus palabras queman, así que preferimos dejarlo, no profundizar más. De este modo nos hacemos cristianos “a nuestra manera”. Nos conformamos con conocerle como quien conoce Kamchatca, por alguna oída, alguna vez; pero no sabemos ni donde queda, ni como es en verdad. Así, nos presentamos como koryaks, es decir nativos de Kamchatca y ni la conocemos. Otros, encima, se dan el lujo de despotricar de los koryaks y luego con mucho despecho abandonan su identidad y abrazan otra. Y es que, como muchos, no estamos dispuestos a reconocer que Tú tienes palabras de vida eterna.

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Juan 15,1-8 – el que coma este pan vivirá para siempre

Texto del evangelio (Juan 15,1-8) – el que coma este pan vivirá para siempre

En aquel tiempo, los judíos se pusieron a discutir entre sí y decían: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?». Jesús les dijo: «En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él. Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí. Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron vuestros padres, y murieron; el que coma este pan vivirá para siempre». Esto lo dijo enseñando en la sinagoga, en Cafarnaúm.

Reflexión: Jn 15,1-8

Si alguien viene y te dice lo que Jesús nos está diciendo…¿Qué harías? Una de dos: dirías como los judíos “cómo puede darnos de comer su carne”, está loco y no le harías caso o te dispondrías inmediatamente a comer lo que te dice y como te dice, pues ahí encontrarías el elixir de la vida con el que soñamos desde siempre: el que coma este pan vivirá para siempre.

Pero la pregunta persiste…¿Cómo podemos comer de Él? Eh ahí uno de los misterios de nuestra Fe. Empecemos por creer y creyendo reconozcamos que no hay nada imposible para Dios. Esas palabras se dicen muy fácilmente, pero realmente ¿somos conscientes de lo que estamos diciendo? ¿Qué quiere decir que no hay nada imposible para Dios? Meditemos…¿Lo decimos en modo figurativo? ¿Se trata de una figura metafórica? O es que efectivamente no hay nada imposible para Dios. Jesús, Hijo del Padre, que vino en su Nombre a salvarnos, hizo muchas cosas mientras estuvo aquí entre nosotros. Convirtió el agua en vino, a pedido de su madre en las bodas de Canaán; curó a muchos enfermos y expulso a demonios, devolviendo los sentidos o la razón a muchos posesos; curo leprosos; caminó sobre las aguas; increpó al mar para que se calme, y lo hizo; curó a una mujer que tocó su manto; curó a la distancia al siervo del oficial romano aquél que se lo pidió, reconociendo con fe que el también tenía quien hiciera sus encargos; resucitó a su amigo Lázaro; resucitó a una niña; multiplicó los panes y los peces…Muchas más señales hizo Jesús, unas que no se han escrito y otras que no recuerdo. He dejado para el final las dos más importantes, cuyo autor es el Padre, de quien el Hijo solo hace Su Voluntad. Engendró al Hijo de Dios en una mujer virgen, de nombre María, que desde entonces en venerada por todos los que tenemos fe…Y la última, la más importante, Él mismo RESUCITÓ de entre los muertos. Hemos de creer, entonces que el que coma este pan vivirá para siempre ?

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