sep 03 2010

Lucas 5, 33-39

Texto del evangelio (Lc 5, 33-39)

En aquel tiempo, los fariseos y los maestros de la Ley dijeron a Jesús: «Los discípulos de Juan ayunan frecuentemente y recitan oraciones, igual que los de los fariseos, pero los tuyos comen y beben». Jesús les dijo: «¿Podéis acaso hacer ayunar a los invitados a la boda mientras el novio está con ellos? Días vendrán en que les será arrebatado el novio; entonces ayunarán en aquellos días».

Les dijo también una parábola: «Nadie rompe un vestido nuevo para echar un remiendo a uno viejo; de otro modo, desgarraría el nuevo, y al viejo no le iría el remiendo del nuevo. Nadie echa tampoco vino nuevo en pellejos viejos; de otro modo, el vino nuevo reventaría los pellejos, el vino se derramaría, y los pellejos se echarían a perder; sino que el vino nuevo debe echarse en pellejos nuevos. Nadie, después de beber el vino añejo, quiere del nuevo porque dice: ‘El añejo es el bueno’».

Reflexión: Lc 5, 33-39

Que el Señor vino aquí y estuvo viviendo físicamente, como cualquier hombre entre nosotros, es un acontecimiento extraordinario, único en la historia de la humanidad, que el mismo Jesús se encarga de relevar. “¿Podéis acaso hacer ayunar a los invitados a la boda mientras el novio está con ellos?”

Este es un primer aspecto de la lectura que no podemos pasar por alto. Cristo es el centro de la historia. La importancia de su venida es vital. Por ello fue anunciada siglos antes que ocurriera y profetizada con detalle. Y no es sólo por relievar la figura de Cristo, o por enaltecerla sin más, sino que Dios Padre no encontró mejor modo de llamar la atención a nuestra inteligencia y libertad, que enviarnos a su propio Hijo, para mostrarnos el Camino de la Salvación. Para que viéndolo, lo siguiéramos, alcanzando de este modo la Vida Eterna.

Es decir que la presencia de Cristo en la Tierra es un signo, una señal del inconmensurable amor que nos tiene el Padre, que nos amó desde siempre y nos quiere de vuelta con Él. Eso es algo que Cristo sabe sobradamente –y ¿cómo no?-, y se encarga de propalarlo en cuanta ocasión le es permitido  y específicamente en esta.

Por otro lado, parece claro que lo que el Señor viene a proponernos es una Vida Nueva, una vida distinta a la anterior. No se trata de parcharla, de reformarla, de aplicar estos nuevos criterios a la vida vieja. Se trata de cambiar nuestra vida toda. Se trata de “volver a nacer” nos dirá en otro pasaje. Y la pregunta lógica es: “¿cómo puede volver a nacer un hombre viejo?” Pues la respuesta es, lo que es imposible para el hombre, es posible para Dios. Hay que volver a nacer del Agua y del Espíritu, es decir, de Dios.

Jesús nos viene a proponer una Vida Nueva. Nos cuesta comprenderlo, porque no nos dejamos llevar, porque no nos entregamos, porque nos falta fe. Creemos que se trata de repetir algunas fórmulas, de llevar una vida secreta, de hacer algunos cambios de decoración y no es así. El Señor pide un cambio drástico, radical, total; al punto que nos exige una Vida Nueva. Solo de este modo sintonizaremos con su Palabra y con el Padre; solo así lograremos comprender que de lo que se trata es de cumplir la Voluntad del Padre, que solo entonces nuestra vida adquiere valor, el verdadero valor que Dios aquilata y que si le damos vueltas, si lo meditamos en profundidad, encontraremos que este es el verdadero sentido de la Vida, que para eso fuimos creados; que allí estará nuestra dicha, nuestra felicidad, nuestra realización; que es lo mejor que podemos hacer.

De esto trata el Evangelio, la prédica de Jesús. Hay un solo Camino y nosotros estamos llamados a transitarlo. Dichosos los que entran por esta “Puerta angosta”, porque ellos heredarán el Reino de los Cielos. Ancho es el camino de la perdición…Hemos pues de tomar decisiones. ¿Creemos o no creemos? ¿Estamos con Él o estamos contra Él? Porque, recordemos que Él mismo nos lo dice, no hay términos medios. Nadie comete el disparate de “romper un vestido nuevo para echar un remiendo a uno viejo.”

¡Alegrémonos que el Señor está con nosotros y vivamos según Él, amando a Dios y a nuestros hermanos como a nosotros mismos! Esto es lo primero y lo único a lo que debemos tener consideración…lo demás se dará por añadidura.

Oremos:

Padre Santo, permítenos entender que en Ti está nuestra felicidad. Que no podemos hacer nada mejor que elegir el Camino que nos propones. Danos el coraje para asumir esta Vida Nueva y dedicarla a Ti.  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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ago 31 2010

Lucas 4, 31-37

Texto del evangelio (Lc 4, 31-37)

En aquel tiempo, Jesús bajó a Cafarnaúm, ciudad de Galilea, y los sábados les enseñaba. Quedaban asombrados de su doctrina, porque hablaba con autoridad. Había en la sinagoga un hombre que tenía el espíritu de un demonio inmundo, y se puso a gritar a grandes voces: «¡Ah! ¿Qué tenemos nosotros contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Sé quién eres tú: el Santo de Dios». Jesús entonces le conminó diciendo: «Cállate, y sal de él». Y el demonio, arrojándole en medio, salió de él sin hacerle ningún daño. Quedaron todos pasmados, y se decían unos a otros: «¡Qué palabra ésta! Manda con autoridad y poder a los espíritus inmundos y salen». Y su fama se extendió por todos los lugares de la región.

Reflexión: Lc 4, 31-37

Estamos hoy frente al Hijo de Dios. El hablar con autoridad es propio de la coherencia, de quien vive íntimamente lo que comparte, lo que hace y dice. No hay dudas en Él, porque todo lo sabe, tolo lo puede, todo lo cree. Es pues, la encarnación de nuestra fe en acción.

Así, Jesús ofrece en otro momento al que lo sigue, al que cree en Él, hacer estas y aun otras cosas mayores. Pero todo está relacionado con la fe. Si la tenemos de corazón, si la vivimos, entonces haremos la Voluntad del Padre y si este es nuestro propósito, si este es nuestro programa, no habrá fuerza capaz de detenernos, porque estaremos en armonía con nuestro Creador y su Obra.

Habla con Autoridad, quien tiene absoluta confianza en lo que dice, porque sabe que lo que dice no proviene de él, sino del Espíritu, de Dios. Hemos de vivir y actuar así. Con coherencia, aun en nuestro momentos de privacidad, de intimidad, sabiendo que el Señor está siempre con nosotros, en todo momento y lugar.

Para muchos de nosotros, son precisamente esos momentos de intimidad, de soledad, los que debemos purificar hasta llegar al extremo de actuar siempre igual, aun cuando nadie nos ve, y, aun en los detalles aparentemente más nimios. De esta forma estaremos purificando nuestra alma, para mayor Gloria de Dios. Entonces seremos coherentes y hablaremos con Autoridad, sin doblez, en armonía absoluta.

Oremos:

Señor, ayúdame a ser coherente toda mi vida, aun en aquellos momentos de intimidad, de soledad, en los que en realidad me encuentro sólo contigo. Con mayor razón entonces, para dar muestras de mi fe y mi vida orientada a Tí. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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ago 22 2010

Actualización semanal de Twitter en 2010-08-22

  • «Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven, y sígueme». #

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ago 18 2010

Mateo 20, 1-16

Texto del evangelio (Mt 20, 1-16)

En aquel tiempo, Jesús dijo a los discípulos esta parábola: «El Reino de los Cielos es semejante a un propietario que salió a primera hora de la mañana a contratar obreros para su viña. Habiéndose ajustado con los obreros en un denario al día, los envió a su viña. Salió luego hacia la hora tercia y al ver a otros que estaban en la plaza parados, les dijo: ‘Id también vosotros a mi viña, y os daré lo que sea justo’. Y ellos fueron. Volvió a salir a la hora sexta y a la nona e hizo lo mismo. Todavía salió a eso de la hora undécima y, al encontrar a otros que estaban allí, les dice: ‘¿Por qué estáis aquí todo el día parados?’. Dícenle: ‘Es que nadie nos ha contratado’. Díceles: ‘Id también vosotros a la viña’.

»Al atardecer, dice el dueño de la viña a su administrador: ‘Llama a los obreros y págales el jornal, empezando por los últimos hasta los primeros’. Vinieron, pues, los de la hora undécima y cobraron un denario cada uno. Al venir los primeros pensaron que cobrarían más, pero ellos también cobraron un denario cada uno. Y al cobrarlo, murmuraban contra el propietario, diciendo: ‘Estos últimos no han trabajado más que una hora, y les pagas como a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el calor’. Pero él contestó a uno de ellos: ‘Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No te ajustaste conmigo en un denario? Pues toma lo tuyo y vete. Por mi parte, quiero dar a este último lo mismo que a ti. ¿Es que no puedo hacer con lo mío lo que quiero? ¿O va a ser tu ojo malo porque yo soy bueno?’. Así, los últimos serán primeros y los primeros, últimos».

Reflexión: Mt 20, 1-16

Todos estamos invitados a participar en el Reino, aunque es verdad que no a todos se les llama a la misma hora, al mismo tiempo. A cada quien se dirige el Señor en el momento más oportuno, y de la forma más adecuada. Todos los invitados, que hacen caso a las exigencias del Señor, por lo menos a partir del llamado, recibirán la misma recompensa. Es que el amor del Padre es único y lo da a todos por igual.

Del mismo modo en que algo es inmoral o es moral, nuestro proceder debe ser bueno y no más o menos bueno. O estamos con el bien o estamos con el mal. Así, todos los que estamos con el Señor, estamos del mismo lado y no tiene ninguna importancia, si tu estuviste en el Camino antes que los demás. No te ufanes de ser el primero, más bien alégrate porque otros más oyen el llamado, aun cuando sea a la última hora. Todos somos llamados, todos hemos sido invitados…y qué bueno que alguien se de cuenta y acuda a este llamado, aun cuando sea segundos antes de expirar. Tenía que tomar una decisión y lo hizo mientras pudo.

De algún modo nuevamente esta parábola nos recuerda que todos somos hijos del Padre y a todos nos quiere por igual. No importa la hora, ni el tiempo en que acudimos a su llamado. Él tiene puestas sus esperanzas en todos. Para todos es posible alcanzarlo, solo hay que estar dispuestos. Y no debemos enredarnos ni perdernos en los “merecimientos”, que son puras mezquindades propias del demonio, tentaciones que debemos superar. ¡Alégrate porque un hermano más es llamado!

Todos necesitamos comer y respirar. Todos tenemos derecho a la vida, no unos más que otros. Esas distinciones, esas categorías que hemos creado nosotros los humanos, por tentación del demonio que busaca dividirnos a toda costa, son tonterías que el Señor no las acepta. El Padre Eterno, nos quiere a todos por igual y quiere darnos a todos la misma herencia. Por ello no ha escatimado ningún sacrificio. Incluso envió a su propio Hijo, para que muriendo en la cruz nos redimiera de todos nuestros pecados y resucitando nos hiciera merecedores de la Vida Eterna. El es el Puente, el Camino, para todos…no solo para algunos, o para algunos más que para otros…

Finalmente esta lectura nos debe servir para abrigar esperanzas siempre y no dejar de predicar, no dejar de luchar por la verdad, porque al momento menos pensado, aquél corazón duro, aquel “enemigo” se arrepiente y se enmienda; hay que contar con ello.

Oremos:

Pidamos al Señor que aparte de nosotros toda tentación mezquina, todo deseo de ganar algo en exclusiva. Que por el contrario, nos de un corazón generoso, para participar a todos lo que tenemos, para compartirlo y alegrarnos con el que recibe, sin importar cuánto, cómo ni a qué hora. Hagamos el bien, sin mirar a quién. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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ago 16 2010

Mateo 19, 16-22

Texto del evangelio (Mt 19, 16-22)

En aquel tiempo, un joven se acercó a Jesús y le dijo: «Maestro, ¿qué he de hacer de bueno para conseguir vida eterna?». Él le dijo: «¿Por qué me preguntas acerca de lo bueno? Uno solo es el Bueno. Mas si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos». «¿Cuáles?» —le dice él—. Y Jesús dijo: «No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre, y amarás a tu prójimo como a ti mismo». Dícele el joven: «Todo eso lo he guardado; ¿qué más me falta?». Jesús le dijo: «Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven, y sígueme». Al oír estas palabras, el joven se marchó entristecido, porque tenía muchos bienes.

Reflexión: Mt 19, 16-22

Nosotros tenemos la respuesta, pero nos hacemos los tontos porque es muy fuerte, es demasiado exigente y no estamos dispuestos a actuar en función de ella, por eso preferimos hacernos los sordos, los despistados, los que no entendemos. ¿Cómo vamos a dejar tanto? ¿Cómo vamos a vender todo y dárselo a los pobres? Jesús debe estar loco, o está hablándonos en forma figurativa…Sí, eso debe ser…¿Qué querrá decirnos? Y en esas disquisiciones nos perdemos, porque en realidad no queremos escucharle, no queremos hacer su voluntad, sino la nuestra o una buena combinación de ambas…pero esa posición no existe. O estamos con Él o contra Él.

No hay nada que hacer…Tenemos que examinarnos a fondo, pues estas palabras no son para el joven aquél, distante dos mil años de nosotros. ¡No! Son para nosotros…Para cada uno de nosotros. Todos tenemos mucho que guardar, mucho que preservar, mucho que no queremos perder, que no estamos dispuestos a dejar por nadie. Nos encantan las frases y posturas poéticas. Vestir en forma extravagante; leer y cantar canciones contestatarias. Hasta escribimos mensajes sumamente exigentes y humanos…Pero, ¿cuánto de lo que decimos somos capaces o estamos dispuestos a hacer?

La fórmulas declarativas son muy fáciles de recitar, de escribir, de dibujar, de representar…Pero ¿Somos capaces de vivir según las exigencias del Señor? «Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven, y sígueme».

¡Qué pequeños y mezquinos nos sentimos frente a esta exigencia! Y es que se trata de vivir día a día para los demás. De no guardarse ni reservarse nada para uno. Ahí tenemos el Camino, ahí el itinerario, allí la marca, allí el tope. No nos hagamos entonces los desentendidos, los extraños, los que no hemos oído, los que no sabemos. El Señor no se anda con rodeos. Entonces ¿Cómo es? ¿Somos o no somos?

Oremos:

Señor Jesús, danos la velentia para seguirte, para no atollarnos en la soberbia, en la ambición, en el egoísmo. Danos un corazón sensible y generoso. Que no nos guardemos nada para nosotros. Que no ambicionemos nada más que servirte y aliviar la pena y el dolor a los demás. Ser portadores de paz, amor y esperanza. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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ago 16 2010

«Si quieres ser perfecto, and…

«Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven, y sígueme».

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ago 15 2010

Actualización semanal de Twitter en 2010-08-15

  • No temas, pequeño rebaño, porque a vuestro Padre le ha parecido bien daros a vosotros el Reino. Vended vuestros bienes y dad limosna. #
  • "vete al mar, echa el anzuelo, y el primer pez que salga, cógelo, ábrele la boca y encontrarás un estárter. Tómalo y dáselo por mí y por ti" #
  • El que ama su vida, la pierde; y el que odia su vida en este mundo, la guardará para una vida eterna. #
  • Yo os aseguro: todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo. #
  • Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos». #
  • "…¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano?…No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete." #
  • «Dejad que los niños vengan a mí, y no se lo impidáis porque de los que son como éstos es el Reino de los Cielos» #

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ago 14 2010

Mateo 19, 13-15

Texto del evangelio (Mt 19, 13-15)

En aquel tiempo, le presentaron a Jesús unos niños para que les impusiera las manos y orase; pero los discípulos les reñían. Mas Jesús les dijo: «Dejad que los niños vengan a mí, y no se lo impidáis porque de los que son como éstos es el Reino de los Cielos». Y, después de imponerles las manos, se fue de allí.

Reflexión: Mt 19, 13-15

No puede ser más claro el Señor. Son los humildes, los de corazón sencillo, los puros, aquellos que no tienen intenciones retorcidas, los ingenuos, los que son capaces de asombrarse, los que confían y creen, los que son capaces de amar, los que se conmueven, porque no conocen la hipocresía ni la doblez. Aquellos libros abiertos cuyas páginas están a la espera de un buen escritor, que sea capaz de sacar de ellos lo mejor, para iluminar, para guiar, para asombrar a sus hermanos. Aquellas sonrisas generosas, aquel beso, aquella caricia, que no le importa que traje llevas puesto, ni si te lavaste o no la cara, si hueles, ni cómo apellidas, ni cuántos años tienes o si perteneces a tal o cual clan social.

Un niño es el mejor ejemplo de las virtudes que ha de reunir quien quiera entrar al Reino de los Cielos. Hemos de ser como ellos, vivir como ellos, creer y amar como ellos. Un niño no piensa dos veces para invitarte de lo mismo que él está comiendo y si es preciso se saca de la boca lo que tiene y lo parte en dos o en tres…

Qué distante estamos de aquella actitud, mientras más doctos, más letrados. Qué difícil se hace llevar a la práctica estas palabras, mientras más ricos, más poderosos, más “sabios” y soberbios nos volvemos. ¡Qué pena da, en realidad, ese pobre hombre que dejó de ser niño, para convertirse en adulto, ensamblado, adecuado a un patrón, al que debe corresponder según la época, lugar, clase social en que vive…Aquél adulto esclavo de “la razón”, que no puede permitirse libertad alguna, que debe actuar según un libreto preconcebido, en el que no se admiten improvisaciones ni cambios, bajo pena de pérdida de prestigio, estatus o riqueza. Que no es capaz de ir contra corriente, que nos es capaz de dejar que afloren sus sentimientos, que busca la adulación, la fama y el prestigio, antes que el amor, la justicia y la paz.

Un niño, es una creatura indefensa, que se reconoce como tal y se entrega sin condiciones a quien le ama, sin entrar en definiciones ni disquisiciones. Un niño no tiene prejuicios. Un niño responde generosamente al amor y está dispuesto a creerlo y darlo todo por amor. Un niño no tiene deudas ni acreencias; su padre lo sostiene, depende de él.

Así, como niños debemos ser nosotros frente a nuestro Padre.  Creer, esperar, seguirlo con fe y darlo todo por Él. Como el niño aquél que subido a un estrado o a un mostrador, se lanza confiado a los brazos de sus padre, sabiendo que habrá de sostenerlo.

Oremos:

Padre Santo, ayúdanos a ser como niños, a confiar como niños, a creer en ti como niños. A darnos y entregarnos a nuestros hermanos generosamente, sin pedir nada a cambio; solo por ver la sonrisa, la alegría, la felicidad en los demás. Que busquemos aligerar la carga ajena, antes que la nuestra.  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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ago 14 2010

«Dejad que los niños vengan …

«Dejad que los niños vengan a mí, y no se lo impidáis porque de los que son como éstos es el Reino de los Cielos»

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ago 12 2010

Mateo 18, 21 – 19, 1

Texto del evangelio (Mt 18, 21 – 19, 1)

En aquel tiempo, Pedro preguntó a Jesús: «Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?». Dícele Jesús: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Por eso el Reino de los Cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos. Al empezar a ajustarlas, le fue presentado uno que le debía 10.000 talentos. Como no tenía con qué pagar, ordenó el señor que fuese vendido él, su mujer y sus hijos y todo cuanto tenía, y que se le pagase. Entonces el siervo se echó a sus pies, y postrado le decía: «Ten paciencia conmigo, que todo te lo pagaré». Movido a compasión el señor de aquel siervo, le dejó en libertad y le perdonó la deuda.

»Al salir de allí aquel siervo se encontró con uno de sus compañeros, que le debía cien denarios; le agarró y, ahogándole, le decía: «Paga lo que debes». Su compañero, cayendo a sus pies, le suplicaba: «Ten paciencia conmigo, que ya te pagaré». Pero él no quiso, sino que fue y le echó en la cárcel, hasta que pagase lo que debía. Al ver sus compañeros lo ocurrido, se entristecieron mucho, y fueron a contar a su señor todo lo sucedido. Su señor entonces le mandó llamar y le dijo: «Siervo malvado, yo te perdoné a ti toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también compadecerte de tu compañero, del mismo modo que yo me compadecí de ti?». Y encolerizado su señor, le entregó a los verdugos hasta que pagase todo lo que le debía. Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si no perdonáis de corazón cada uno a vuestro hermano».

Y sucedió que, cuando acabó Jesús estos discursos, partió de Galilea y fue a la región de Judea, al otro lado del Jordán.

Reflexión: Mt 18, 21 – 19, 1

Todo lo queremos para nosotros. Que nos traten bien, que nos tengan consideración, que no nos atropellen. ¿Pero, que hay de lo que damos a los demás? ¿Qué hay de los más débiles, de los más pequeños? ¿Procuramos que reciban trato digno y justo? Es más, llegado el momento ¿damos a nuestros hermanos menores, a los más humildes e indefensos, el trato de Hijos de Dios que merecen?

Lamentablemente muchas veces, arrastrados por la rutina y el sistema, somos nosotros mismos los que propinamos el mal trato. ¡Tenemos que sacudirnos de las cadenas de la rutina, de la indiferencia! ¡Tenemos que dejar de actuar como autómatas, a los que nos domina la costumbre, la práctica inhumana y salvaje! ¡Tenemos que dejar de protegernos a nosotros mismos y pensar un poco más en los demás! ¡No se trata de salvarnos a nosotros, aun cuando con ello hundamos a los demás!

¡Tenemos que ser promotores y dar oportunidad a cuantos nos lo piden y está en nuestras manos atender! Es verdad que las cosas suceden por algo, pero no debemos dejarnos manipular, ni mucho menos arrastrar por la inercia, que así se hacen la mayoría de cosas en este mundo y así se comenten las peores injusticias. Tenemos que saber tomar las riendas y orientar adecuadamente, sino ya los acontecimientos, por lo menos nuestra participación en ellos. No podemos actuar como cualquiera, como lo hubiera hecho cualquier otro…Esa no puede ser nuestra excusa, nuestra justificación…¡Tenemos que actuar cristianamente en toda ocasión! Especialmente cuando se involucra a los más débiles y humildes.

Nuestra paciencia y tolerancia, especialmente con los menores, no puede someterse a las leyes humanas, a la costumbre, a lo que dicen las prácticas profesionales, a lo que establece el sistema. Tenemos que aprender a ir más allá, convencidos que tratamos con seres humanos, con personas que tienen trazada una trayectoria, tal vez distinta a la nuestra, pero a las que el Padre las quiere y espera igual que a nosotros. Por ello, la misma exigencia que aplicamos sobre los demás la hemos de aplicar sobre nosotros. O para decirlo de otro modo, hemos de tratar a los demás con la misma tolerancia y paciencia que reclamamos para nosotros.

Recordemos que con la misma vara que medimos seremos medidos. No se trata de poner cargas insoportables en los hombros de los demás y exigirles sin contemplación, más allá de sus posibilidades. Hemos de aprender a perdonar “hasta setenta veces siete.”

Debemos dar el ejemplo en todo lo que hacemos. No debemos dejarnos arrastrar por los acontecimientos, por la costumbre, por lo normado o por lo que “dicta la buena práctica profesional”. Tenemos que recordar que no somos esclavos de nada ni de nadie; que estamos llamados a ir más allá. Más allá de la justicia, más allá de la costumbre, más allá de lo establecido y comúnmente aceptado. Tenemos que actuar con CARIDAD, que es el amor llevado al extremo.

Oremos:

Padre Santo, perdónanos todas las veces que impulsados por la inercia y la costumbre actuamos como autómatas, haciendo lo prescrito y causando dolor en el corazón ajeno. Perdona nuestra soberbia e indolencia. Danos sensibilidad y valor para actuar correctamente, aun cuando ello nos traiga inestabilidad y enemistad. Es Tú amor, que es el amor a los demás, el que hemos de preservar y difundir por sobre todas las cosas. Perdona nuestros errores y no permitas que a quienes tratamos mal se pierdan por este motivo. Ayúdanos a reparar las faltas allí donde se pueda. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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ago 12 2010

“…¿cuántas veces tengo que…

“…¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano?…No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.”

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ago 11 2010

Mateo 18, 15-20

Texto del evangelio (Mt 18, 15-20)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Si tu hermano llega a pecar, vete y repréndele, a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no te escucha, toma todavía contigo uno o dos, para que todo asunto quede zanjado por la palabra de dos o tres testigos. Si les desoye a ellos, díselo a la comunidad. Y si hasta a la comunidad desoye, sea para ti como el gentil y el publicano. Yo os aseguro: todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo. Os aseguro también que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, sea lo que fuere, lo conseguirán de mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».

Reflexión: Mt 18, 15-20

Hemos pues de luchar por nuestros hermanos, hasta agotar todos los recursos a nuestro alcance. No debemos darnos tan fácilmente, pero tan poco seguir insistiendo más allá de lo aconsejado. La estrategia propuesta es excelente y debemos tenerla en cuenta. Es que no se trata de imponer mis ideas y de salir ganando a cualquier precio, no. Debe haber un acuerdo razonable; por eso es menester que participen los demás hermanos y la comunidad. No vaya a ser que estemos equivocados…En cambio, si logramos apoyo, no necesariamente mayoritario (no lo dice), tendremos mayor certeza y si además lo hemos meditado y resuelto en oración, a la luz de la Verdad, podemos proponer este razonamiento a nuestro hermano equivocado, procurando que se rectifique. Ya si ni aun frente a la comunidad reconoce su error, dejémosle, como a un desconocido. El Señor, que sopla para todos, verá la forma de confrontarlo, persuadirlo y llegado el momento, de pedirle cuentas, pero tú habrás actuado como debías.

Es importante destacar la repetición de esta frase que generalmente se aplica a los sacerdotes, relacionándola con el Sacramento de la Penitencia, Reconciliación o Confesión: “Yo os aseguro: todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo.”

Debemos tener en cuenta que el Señor nos confiere este enorme poder, de abrir o cerrar las puertas del cielo. Es que si estamos cumpliendo con la Voluntad del Señor, si estamos haciendo lo que nos manda, nuestros surcos quedarán marcados  en el cielo. Procuraremos desatar, nos esforzaremos por hacerlo, sabiendo que aquello que finalmente condenemos, quedará condenado. Es una gran responsabilidad la que pone el Señor en nuestras manos. Debemos usarla con caridad, con amor.

Debemos buscar y procurar el acuerdo, la reflexión, no la imposición. Debemos apelar al diálogo a la persuasión mediante la palabra y la exposición de razones. Incluso ir más allá…apelar a la amistad, a la autoridad de aquel al que todos apreciamos y especialmente, aquél al que tratamos de persuadir de hacer lo correcto, lo que le conviene. No debemos desistir de usar todos los medios a nuestro alcance para lograr el cambio que buscamos. Solo cuando hemos hecho todo lo posible, si ya no logramos el cambio, recién entonces, actuaremos con él, como si fuera un gentil, un publicano…Es decir prácticamente como un desconocido, pero no un enemigo…ojo.

Oremos:

Padre Santo, ayúdanos a llevar la concordia, la paz, el diálogo, la comprensión; nunca la división, la rencilla o el odio. Que busquemos el acuerdo, la razón, el convencimiento. Que hagamos de ello una tarea, una actitud permanente. Que no desistamos a la primera. Que nos esforcemos por hacer siempre lo correcto teniendo en cuenta la gran responsabilidad que nos has confiado. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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