Lucas 14, 1.7-11

Texto del evangelio (Lc 14,1.7-11)

 
Un sábado, sucedió que, habiendo ido Jesús a casa de uno de los jefes de los fariseos para comer, ellos le estaban observando. Notando cómo los invitados elegían los primeros puestos, les dijo una parábola: «Cuando seas convidado por alguien a una boda, no te pongas en el primer puesto, no sea que haya sido convidado por él otro más distinguido que tú, y viniendo el que os convidó a ti y a él, te diga: ‘Deja el sitio a éste’, y entonces vayas a ocupar avergonzado el último puesto. Al contrario, cuando seas convidado, vete a sentarte en el último puesto, de manera que, cuando venga el que te convidó, te diga: ‘Amigo, sube más arriba’. Y esto será un honor para ti delante de todos los que estén contigo a la mesa. Porque todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado».

Reflexión: Lc 14,1.7-11

Siempre estamos buscando notoriedad y distinción. Queremos que nos reconozcan, que nos respeten, y que se inclinen si es preciso frente a nuestras cualidades, frente a nuestro poder, frente a nuestro lujo, frente a nuestro dinero o frente a nuestra inteligencia y sabiduría.

Estamos en una carrera y vamos acumulando todo lo que sea en esta vida, con tal de lograr comodidad y un sitial preferente donde nos afecten lo menos posible  todas aquellas “lacras” que afectan a los pobres, a los humildes, a los que tienen menos o a los que no tienen nada. Entonces, nos convencemos que tener es poder y que una vida orientada al tener es una vida bien orientada. Mientras más tengas, mejor, más seguro, menos peligro, menos fatigas.

Si tener es lo más importante, si tener es el objetivo y razón de tu vida, entonces no puedes menos que ser esclavo de lo que tienes. Es decir que tu primera obligación será acumular y la segunda, evitar que nada merme lo que tienes, es decir, cuidar a todo costo lo que tienes, lo que has alcanzado.

Si esas son tus motivaciones, saltan a la vista en tu trato a los demás, porque o no existen, es decir los ignoras o compartirás con ellos sólo lo que te sobra, lo que reboza tu capacidad de acumular, tus graneros, tus depósitos, tus cuentas, tu mesa…Los demás no existen, no son parte de tu vida, sino sólo en la medida en que te ayudan para acumular más, que para ti se ha convertido en ser más.

Y si eres más, ¿cómo no aspirar a los primeros lugares cuando te invitan? ¿Cuándo podré mostrar y lucir los beneficios de mi privilegiada posesión? La fama, el orgullo y la soberbia sobrevienen a los que atesoran riqueza y poder. Necesitan aplausos y reconocimiento, por eso buscan y sienten que merecen los primeros lugares. Y es verdad. Una sociedad hecha según esta medida, según estas motivaciones, según estas aspiraciones, otorga a los que más tienen posiciones privilegiadas. Pero aun estos fatuos egoístas han de estar prevenidos que siempre podrá haber alguien que tenga más y que por esto “merezca” más distinción.

Sin embargo, este no es el único modo de ver y afrontar la vida, y ciertamente no es el de Jesús. Entonces…¡cuidado! Nosotros hemos sido todos convidados a esta boda, a esta vida. Porque la vida es el primero y más importante Don que hemos recibido de Dios, es un regalo, es un obsequio que hemos sido invitados a compartir, junto con otros. Disfrutemos de ella junto con los demás, agradeciendo lo que recibimos y compartiéndolo; poniéndonos al servicio de los demás, procurando que todos pasen y se sirvan también lo que les corresponde, no tratando de ocupar el primer puesto, acaparándolo todo, como si lo tuviéramos merecido.

La vida es un Don, un obsequio, un regalo…una Boda a la que todos hemos sido invitados. ¿Cuál será nuestra actitud frente a Aquel que nos ha invitado?¿Qué busca nuestro Anfitrión? ¿Qué quiere? Después de todo, Él nos ha invitado…¿No tendríamos que estar atentos a Su Voluntad?

Oremos:

Señor, que no busquemos privilegios en esta vida. Que no nos esclavicemos del acumular, del tener, ni fama ni fortuna. Que tomemos esta vida como el más preciado obsequio que Tú nos has podido dar y que la usemos para cumplir Tu Voluntad.

Danos Tú luz para descubrir y ver con claridad lo que quieres y esperas de cada uno de nosotros.

Que te seamos fieles hoy y siempre. Amén.

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Lucas 14, 1-6

Texto del evangelio (Lc 14,1-6)

Un sábado, Jesús fue a casa de uno de los jefes de los fariseos para comer, ellos le estaban observando. Había allí, delante de Él, un hombre hidrópico. Entonces preguntó Jesús a los legistas y a los fariseos: «¿Es lícito curar en sábado, o no?». Pero ellos se callaron. Entonces le tomó, le curó, y le despidió. Y a ellos les dijo: «¿A quién de vosotros se le cae un hijo o un buey a un pozo en día de sábado y no lo saca al momento?». Y no pudieron replicar a esto.

Reflexión: Lc 14,1-6

Jesús andaba con todos. No tenía reparos en juntarse incluso con fariseos. Pero donde estaba y con quien estaba actuaba correctamente, llevando luz, verdad y vida. Toda ocasión era propicia para hacer el bien y esta, que se nos presenta en el evangelio de hoy, con mayor razón. No deja de curar porque fuera sábado y nos da así una lección. El hombre no está sujeto a las leyes, sino las leyes al hombre.

Esto es algo que olvidamos con suma frecuencia. Que esgrimimos como la fuente y razón de nuestros actos. “Es que la ley dice…” “No puedo ir contra la ley…” “Mis abogados dicen…” De esta forma y con estos argumentos pretendemos evadir nuestra responsabilidad en actos inhumanos, crueles y que afectan a los demás. “Nosotros estamos cumpliendo con la ley…”

La ley decía que ni negros ni indios tenían alma. Se llegó a discutir si eran humanos. Las leyes avalaban la esclavitud, por eso algunos no tuvieron reparo en tratarlos peor que a bestias. La ley daba derechos a los hombres, mientras que ignoraba a las mujeres y a los niños…por eso no estudiaban, tenían prohibido el voto, se les prohibía el ingreso a ciertos lugares y no se normaba su jornada laboral. Así tuvimos “amas de casa” que eran verdaderas esclavas de sus maridos y niños dedicados a las tareas más degradantes y ruines, sin la menor consideración ni reconocimiento.

Así llegó un dictador y decretó que una raza era superior y que había que exterminar a los judíos y todos los eunucos mentales lo siguieron, porque así lo mandaba la ley, porque era legal.

Con el advenimiento de la era industrial se hicieron evidentes una serie de abusos que se cometían contra los trabajadores de las fábricas, ya fuera por ignorancia o por necesidad. Se aceleró la acumulación de riqueza en unas cuantas y pocas manos, y se impuso una gran diferencia entre asalariados y dueños de los medios de producción, todo refrendado por innumerables leyes vigentes, que de no existir, se creaban, al servicio de quien ostentaba el poder.

Es contra esta apretada síntesis de la historia que el Señor se revela. El hombre, dotado de inteligencia y voluntad, nacido para el amor, no puede estar sujeto a estas leyes o no puede esgrimirlas como impedimento para obrar el bien. La Caridad y la Verdad, están por encima de la ley.

Esto quiere decir que no porque a nadie le importe, y la ley no lo norme, yo puedo abusar de una mujer, de un niño o de un trabajador.  A cada quien se le debe lo que le corresponde. Y esta medida, para el que es justo, está por encima de la ley. Así, no tengo por qué pagar S/ 550.00 a un trabajador amparándome en que estoy cumpliendo la ley que dice que este es “el sueldo mínimo vital”, cuando tengo enormes ingresos y estoy en posibilidad de pagarle muchísimo mejor.

Oremos:

Señor, danos sencillez y humildad. Modera nuestro lenguaje, si es preciso. No queremos ser motivo de rencor, sino de armonía. Pero que no dejemos de denunciar y llamar las cosas por su nombre, aunque duela.

Si hay un camino mejor, muéstranoslo. Amén.

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Lucas 13, 31-35

Texto del evangelio (Lc 13,31-35)

En aquel tiempo, algunos fariseos se acercaron a Jesús y le dijeron: «Sal y vete de aquí, porque Herodes quiere matarte». Y Él les dijo: «Id a decir a ese zorro: ‘Yo expulso demonios y llevo a cabo curaciones hoy y mañana, y al tercer día soy consumado. Pero conviene que hoy y mañana y pasado siga adelante, porque no cabe que un profeta perezca fuera de Jerusalén’.

»¡Oh Jerusalén, Jerusalén!, la que mata a los profetas y apedrea a los que le son enviados. ¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como una gallina su nidada bajo las alas, y no habéis querido! Pues bien, se os va a dejar vuestra casa. Os digo que no me volveréis a ver hasta que llegue el día en que digáis: ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!».

Reflexión: Lc 13,31-35

El Señor da aquí una clara muestra de valentía. Él tiene una Misión que cumplir que está muy por encima de lo que quiera decirle Herodes, y no va a ser él quien lo detenga o atemorice.

Este debe ser el camino para nosotros; este es el mejor ejemplo. Hay cosas que debemos hacer; hay deberes que tenemos que cumplir, que no pueden estar sujetos al temor, a la amenaza. Cuanto más temor y amenaza, más oración debemos realizar para mantenernos firmes, para fortalecernos en nuestra posición.

Nuestra lucha va más allá de intereses personales, de mi bienestar, de mi beneficio. Nosotros estamos luchando por propagar el mensaje de salvación de Cristo y no podemos detenernos frente al enemigo. Si precisamente gran parte de nuestra misión consiste en combatirlo, en erradicarlo, en hacerlo retroceder. Y, tenemos el poder para ello. Mientras el bien avanza, el mal retrocede. Pero el bien avanza y tiene garantizado el triunfo, porque Cristo con su muerte en cruz y su resurrección, ha vencido al mundo y constituye la mejor garantía del triunfo.

Entonces, no se trata de rencillas personales, de motivaciones mezquinas. Nuestra lucha, nuestra misión, no se agota tras cada escaramuza; tenemos un trabajo de largo alcance que realizar y no terminará hasta que el mundo haya sido totalmente cristianizado. Tenemos, así, una misión que puede tomarnos toda la vida o todo el tiempo que el Señor disponga. Estamos a su servicio y el dirá si habremos de terminar aquí, o si habremos de consagrarle toda la vida, como tantos otros que nos precedieron.

Nuestra lucha ha de ser por unir, por armonizar, por lograr la paz y el amor entre hermanos. Si por eso hemos de ser perseguidos y aún morir, pues, dejaremos este mundo con la certeza que llegará el momento del triunfo final: “Os digo que no me volveréis a ver hasta que llegue el día en que digáis: ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!”

Oremos:

Señor, danos tu firmeza y fortaleza para seguirte sin importar cuan sinuoso, pendiente o difícil se muestra a veces el camino. No son las amenazas ni el temor los que pondrán fin a nuestra Misión, que habremos de seguirla hasta que tu dispongas y cueste lo que cueste. Mientras tengamos un hálito de vida, permítenos trabajar para el Reino. Amén.

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Lucas 6, 12-19

Texto del evangelio (Lc 6,12-19)

En aquellos días, Jesús se fue al monte a orar, y se pasó la noche en oración con Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, y eligió doce de entre ellos, a los que llamó también apóstoles. A Simón, a quien llamó Pedro, y a su hermano Andrés; a Santiago y Juan, a Felipe y Bartolomé, a Mateo y Tomás, a Santiago de Alfeo y Simón, llamado Zelotes; a Judas de Santiago, y a Judas Iscariote, que llegó a ser un traidor.

Bajando con ellos se detuvo en un paraje llano; había una gran multitud de discípulos suyos y gran muchedumbre del pueblo, de toda Judea, de Jerusalén y de la región costera de Tiro y Sidón, que habían venido para oírle y ser curados de sus enfermedades. Y los que eran molestados por espíritus inmundos quedaban curados. Toda la gente procuraba tocarle, porque salía de Él una fuerza que sanaba a todos.

Reflexión: Lc 6,12-19

Estos son algunos datos que saltan a la vista inmediatamente en esta lectura:

Primero: Jesús oraba y lo hacía intensamente: “se fue al monte a orar, y se pasó la noche en oración con Dios”. Es decir que para Jesús, siendo Hijo de Dios, la oración no es algo accesorio, algo de poca importancia a lo que dedica fracciones de tiempo. La oración es fundamental y a ello puede dedicar, como en esta ocasión, toda la noche. Es la oración la que precede e inspira la acción. Es la oración de donde proviene su fuerza; es de esta relación con Dios de donde proviene su decisión y su autoridad. Es Dios el que guía sus pasos, lo que es posible porque permanece unido a Él a través de la oración constante e intensa.

¿Cuántas veces en nuestra vida hemos sostenido una oración semejante? ¿Es que nosotros no necesitamos orar tanto? ¿Será que por eso nuestro accionar es insignificante? ¿Qué lugar ocupa la oración en nuestras vidas? ¿Y así, podemos llamarnos seguidores de Cristo?

Segundo: Es la oración la que sustenta, la que está tras las grandes decisiones, la que las soporta. Es después de esta noche intensa de oración que Jesús escogerá a los doce. ¡Qué importante ocasión! Estaba decidiendo nada menos que quienes serían los cimientos de la Iglesia, sobre que hombros habría de reposar. No fue una elección al azar. Jesús conocía a cada uno de ellos y seguramente repitió y consultó sus nombres a Dios Padre. Para cada uno había una razón; cada quién tendría un papel. “Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, y eligió doce de entre ellos.”

Y, en tercer lugar, es imposible no notar que de Él salía “una fuerza que sanaba a todos”.  La multitud con sus mil problemas, con sus mil aflicciones lo esperaba. Venían de todas partes “para oírle y ser curados de sus enfermedades”. Jesús convoca, atrae, arrastra, tanto por lo que dice, como por lo que hace.  Se puede entender que los enfermos quieran que los sane…¿Quién no quiere dejar de padecer por cualquier enfermedad que lo debilita, que lo disminuye, que lo ata, que lo sujeta? Pero también quieren oírle, porque sus palabras desatan nudos, liberan espíritus, revelan la Verdad profunda del ser humano; sus palabras son luz, son consuelo, son esperanza, son inspiración…Definitivamente, de Él sale una fuerza…¡Es la fuerza de Dios! ¡Es la fuerza del Espíritu! ¡Es la fuerza que El nos ha dejado! ¡Es la fuerza que todos tenemos a nuestra disposición, si llevamos una vida coherente, inspirada en la oración, que no es otra cosa que la Voluntad del Padre! Es la fuerza de quien vive unido Dios, en Gracia de Dios; de quien vive la Gracia de modo Consciente, Creciente y Compartida.

Oremos:

Señor, ayúdanos a comprender  la importancia de la oración. Que entendamos que no podemos pretender llamarnos cristianos, si no llevamos una vida de oración. La oración nos inspira y purifica nuestras intenciones. En oración es que logramos contactar a Dios nuestro Padre y discernir su Voluntad para cada momento y ocasión en nuestra vidas. Solo entonces podremos actuar con autoridad y fuerza. Es Dios el que transforma el mundo a través nuestro, pero para eso debemos estar en sintonía con Él. Haz que nuestra acción sea inspirada por la oración, Amén

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Lucas 13, 18-21

Texto del evangelio (Lc 13,18-21)

En aquel tiempo, Jesús decía: «¿A qué es semejante el Reino de Dios? ¿A qué lo compararé? Es semejante a un grano de mostaza, que tomó un hombre y lo puso en su jardín, y creció hasta hacerse árbol, y las aves del cielo anidaron en sus ramas». Dijo también: «¿A qué compararé el Reino de Dios? Es semejante a la levadura que tomó una mujer y la metió en tres medidas de harina, hasta que fermentó todo».

Reflexión: Lc 13,18-21

Me parece sumamente importante en esta lectura que es Jesús el que hace estas revelaciones respecto al Reino de Dios…No es nuestra opinión, ni lo que nosotros creemos al respecto lo que vale, lo que importa en este caso. Es lo que Él dice, y en este sentido es una Revelación. El Reino de Dios está aquí y ES. Eso en primer lugar…

Luego, como digo, más allá de nuestra opinión subjetiva, de nuestro parecer e incluso de lo que hagamos, siendo como la semilla más pequeña, una vez sembrada se transforma en el árbol más grande. Una vez sembrada la Semilla del Reino de Dios, va creciendo y abarcándolo todo. Me parece importante también observar que esta es una propiedad de Reino, no depende de nosotros, ni de nuestro parecer: está aquí y crece…

Luego, ¿qué debemos nosotros? Paciencia y fe. Ambas confiando en lo que dice el Señor. Una vez sembrada la semilla –que es lo que debemos procurar por donde vamos- tener fe en que poco a poco irás teniendo efecto, irá creciendo, irá transformándolo todo –como el fermento- hasta abarcarlo todo, hasta convertirse en le planta más grande. Tenemos que saber esperar…No desesperarnos, el tiempo llegará. Tenemos que tener fe. Una vez puesta la Semilla, será el Señor el que actúe y su obra no cesará de crecer y fructificar. Debemos tener paciencia y perseverancia.

 Oremos:

Señor, bendito seas porque te has querido quedar entre nosotros y porque nos revelas Tu proyecto y Tu poder. Acrecienta nuestra fe, para que no nos dejemos influenciar por posiciones fatalistas, pesimistas, derrotistas, que pretenden hacernos ver que todo está perdido, que todo se hunde irremediablemente, cuando por el contrario, el Reino está creciendo cada día más y más.

Danos fe para seguir sembrando, confiando y esperando. El tiempo ha de llegar. Amén

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Lucas 13, 10-17

Texto del evangelio (Lc 13,10-17)

En aquel tiempo, estaba Jesús un sábado enseñando en una sinagoga, y había una mujer a la que un espíritu tenía enferma hacía dieciocho años; estaba encorvada, y no podía en modo alguno enderezarse. Al verla Jesús, la llamó y le dijo: «Mujer, quedas libre de tu enfermedad». Y le impuso las manos. Y al instante se enderezó, y glorificaba a Dios.

Pero el jefe de la sinagoga, indignado de que Jesús hubiese hecho una curación en sábado, decía a la gente: «Hay seis días en que se puede trabajar; venid, pues, esos días a curaros, y no en día de sábado». Le replicó el Señor: «¡Hipócritas! ¿No desatáis del pesebre todos vosotros en sábado a vuestro buey o vuestro asno para llevarlos a abrevar? Y a ésta, que es hija de Abraham, a la que ató Satanás hace ya dieciocho años, ¿no estaba bien desatarla de esta ligadura en día de sábado?». Y cuando decía estas cosas, sus adversarios quedaban confundidos, mientras que toda la gente se alegraba con las maravillas que hacía.

Reflexión: Lc 13,10-17

El Señor nos vuelve a recordar que las leyes, las normas, el estado, la organización, en fin, todo aquello que creamos los hombres para hacer más fácil la convivencia, para hacerla más civilizada, no pueden estar por encima de los hombres, sino a su servicio. El hombre está primero y con él, todas sus necesidades y todo lo que sea justo y necesario concederle en algún momento.

Por otro lado, nos enseña que no hay mejor tiempo y lugar para hacer el bien. Nunca habremos de abstenernos de hacer el bien por cumplir con un precepto terrenal, sea cual fuere. El bien siempre habrá de estar por encima, más aún si se trata, como en este caso, de acabar con una atadura del demonio. Contra el demonio no hay vacaciones, no hay feriados, no hay descanso.

Para decirlo en positivo, con San Ignacio de Loyola, estamos aquí para reverenciar y servir a Dios nuestro Señor, y mediante esto salvar nuestra alma; todo lo demás sobre la tierra ha sido creado para el hombre, es decir, para que nos ayude a conseguir el fin para el que hemos sido creados. De donde se sigue, que tanto hemos de usar de ellas, cuanto nos ayuden a nuestro fin, y tanto alejarnos, cuanto nos lo impidan. Por lo cual es menester hacernos indiferentes a todo lo creado, en todo lo concerniente a nuestra libertad, en todo lo que no nos está prohibido; de tal forma que, de nuestra parte, no queramos más salud que enfermedad, riqueza que pobreza, honor que deshonor, vida larga que corta y así en todo lo demás; deseando y eligiendo solamente lo que más nos conduce al fin para el que hemos sido creados. Así de simple…así de sintético es el “Principio y Fundamento” que nos enseña San Ignacio.

No queremos dejar de reflexionar aquí en el milagro mismo, asombroso de por sí, que no podemos pasar de largo, como no lo hacían las multitudes que seguían a Jesús. En este caso no vemos, como en otros, que la mujer se lo pida, aunque quizás podía estarlo haciendo en su interior, lo que el Señor había dado muestras de conocer y oír en tantas ocasiones, pero no hay un pedido evidenciado en las escrituras…Sin embargo, “al verla Jesús, la llamó y le dijo: «Mujer, quedas libre de tu enfermedad». Y le impuso las manos. Y al instante se enderezó, y glorificaba a Dios.”

El mal, el sufrimiento, no pasa desapercibido para el Señor y está siempre dispuesto a curarlo a quién se acerca a él con fe, sin importar dónde, cómo o cuando.

Oremos:

Señor Jesús, que procuremos siempre el bien. Que no nos dejemos atar por preceptos absurdos y ridículos; que en todo caso ellos no nos impidan hacer el bien donde estemos, a quien sea y cuando sea. Que no nos dejemos esclavizar por la norma, por la ley…Más allá de todo está Tu Voluntad, con la que debemos cumplir y Tú nos has pedido que te amemos a Ti, por sobre todo y a nuestros hermanos como a nosotros mismos. Amén.

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Marcos 10, 46-52

Texto del evangelio (Mc 10,46-52)

En aquel tiempo, cuando Jesús salía de Jericó, acompañado de sus discípulos y de una gran muchedumbre, el hijo de Timeo (Bartimeo), un mendigo ciego, estaba sentado junto al camino. Al enterarse de que era Jesús de Nazaret, se puso a gritar: «¡Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí!». Muchos le increpaban para que se callara. Pero él gritaba mucho más: «¡Hijo de David, ten compasión de mí!». Jesús se detuvo y dijo: «Llamadle». Llaman al ciego, diciéndole: «¡Ánimo, levántate! Te llama». Y él, arrojando su manto, dio un brinco y vino donde Jesús. Jesús, dirigiéndose a él, le dijo: «¿Qué quieres que te haga?». El ciego le dijo: «Rabbuní, ¡que vea!». Jesús le dijo: «Vete, tu fe te ha salvado». Y al instante, recobró la vista y le seguía por el camino.

Reflexión: Mc 10,46-52

¿Qué nos quiere decir Jesús con esta respuesta? Al que tiene fe se le concede lo que pida. Primero hay que tener fe. Jesús vela por nosotros. Está atento a nuestras necesidades, por lo que no debemos cejar en pedir…No debemos dejar que nos silencien. Él sabe cuán importante es para nosotros aquello que pedimos y no dejará de escucharnos. Pidamos con esa fe que nace de la vida misma, que invade todo nuestro ser, que no es  mera decoración, que no es un barniz convencional que usamos para lucir bien en determinada ocasión.  ¿Qué cosa más importante, qué cosa más significativa podía darle a un ciego de nacimiento que la vista? La pide y se la concede.

¿Qué hizo el ciego una vez recuperada la vista? Le seguía por el camino. Pidamos al Señor que aparte todo obstáculo que nos impide seguirlo, todo aquello que nos ata, que nos impida movernos, que nos lastra. No lo dejemos pasar de largo, aun cuando para muchos seas insignificante, aun cuando traten de persuadirte que no eres nadie para molestarlo, que eres poca cosa para que se detenga y se fije en ti. No los oigas, no te dejes amilanar…Insiste, búscale, llámale…¡No lo dejes pasar! Él te quiere a ti…Él viene por ti. Él sabe qué es de veras importante para un hombre de fe. Eso es todo lo que pide: Fe. Si la tienes, lo que le pidas te será concedido.

El que tiene fe, está en el camino, porque no de otra forma se muestra la fe. Y si en el camino encuentras un obstáculo, ten por seguro que Él te concederá superarlo. Si estás con Él, te concederá allanarlo, superarlo, no importa lo que sea, tal como hizo con el ciego. Entonces, ¿a qué temes? Solo debes temer a quien en verdad puede quitarte la vida y mandarte al infierno. Ni el dolor, ni la enfermedad, ni el hambre, ni la pobreza tienen este poder…No les temas. Sigue al Señor, que Él sabrá concederte oportunamente lo que necesitas, hasta que decida enviarte a sus ángeles, para que te recojan y te lleven definitivamente con Él.

Oremos:

Señor Jesús, danos la fe de este ciego, para seguirte por tus caminos. Que no pongamos excusas. Que nos mantengamos firmes, aun en la tormenta, aun en la soledad.

Concédenos superar todo obstáculo; que nada nos impida llegar a Ti. Allana nuestro camino y permítenos superar cualquiera que sean las barreras que nos impiden llegar a Ti. No dejes que nos acobardemos, que nos amilanemos.

Padre Santo, que nos comportemos siempre como dignos Hijos Tuyos. Amén.

 

Roguemos al Señor…

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Lucas 13, 1-9

Texto del evangelio (Lc 13,1-9)

En aquel tiempo, llegaron algunos que le contaron lo de los galileos, cuya sangre había mezclado Pilato con la de sus sacrificios. Les respondió Jesús: «¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que todos los demás galileos, porque han padecido estas cosas? No, os lo aseguro; y si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo. O aquellos dieciocho sobre los que se desplomó la torre de Siloé matándolos, ¿pensáis que eran más culpables que los demás hombres que habitaban en Jerusalén? No, os lo aseguro; y si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo».

Les dijo esta parábola: «Un hombre tenía plantada una higuera en su viña, y fue a buscar fruto en ella y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: ‘Ya hace tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro; córtala; ¿para qué va a cansar la tierra?’. Pero él le respondió: ‘Señor, déjala por este año todavía y mientras tanto cavaré a su alrededor y echaré abono, por si da fruto en adelante; y si no da, la cortas’».

Reflexión: Lc 13,1-9

Muerto y bien muerto quedará el que no de fruto en su vida. La muerte, no importa cómo, igualmente le alcanza a todo aquél que no da fruto. ¡Esa es la muerte que debemos temer! ¡De esa muerte nos habla Jesús! ¡Sobre esa muerte nos advierte!

El Señor, como el viñador, nos limpia, nos cuida, nos riega, nos abona y nos tiene paciencia…Un año, otro año…espera y espera que finalmente habremos de tomar conciencia del enorme Don recibido y que habremos de hacer con él lo correcto: ponerlo al servicio de Dios, ponerlo al servicio de los demás, ponerlo al servicio de la vida, del amor…

Una y otra vez nos corrige. Una y otra vez nos ayuda a levantar. Una y otra vez nos perdona. Nos vuelve a dar otra oportunidad. Como la higuera, estamos llamados a dar fruto, y Él lo espera. Es paciente…nos comprende y nos pule. Quiere que vivamos para siempre.

Como la higuera, tenemos una misión en la vida. Para algo estamos aquí. Nuestra vida no puede ser inútil y lo será, si nos guardamos para nosotros mismos, si no nos damos, si no damos fruto.

Una cosa nos pide el Señor, que nos hará distintos a los demás. Una sola cosa que impedirá que muramos como los demás: CONVERSIÓN.   “…si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo”.

Pero, ¿Qué cosa es convertirse, en qué consiste? Para decirlo de modo sencillo y rápido, mirar al mundo como Jesús lo ve. Vivir, ser, actuar como Él.  Seguir a Jesús. En resumen, hacer la Voluntad del Padre. ¿Y qué quiere el Padre de nosotros? Que le amemos a Él por sobre todas las cosas y que amemos a los demás, a nuestro prójimo, como a nosotros mismos. Eso es todo. Como nos dirá Jesús: en eso se resume toda la ley y los mandamientos.

Entonces, no es en realidad tan complicado el mensaje del Señor…Lo hemos resumido en un solo párrafo. El problema es que se dice muy fácil, pero hacerlo es otra cosa.

Oremos:

Señor, límpianos, purifícanos, para que veamos así de claro el Camino que nos propones. Danos Tu Luz y ayúdanos a seguirte con valor, sin dudas.

Aparta de nosotros la maldad, la codicia, la avaricia, la lujuria, la soberbia…todo aquello que engañosamente nos enreda; todas esas argucias del demonio que nos hacen creer que te servimos, cuando en el fondo, en realidad pretendemos servirnos de Ti y de los demás, para nuestros propios mezquinos  intereses.

Aparta de nuestro camino toda tentación. Ayúdanos a ser fuertes y a mantenernos puros. Amén.

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Lucas 12, 54-59

Texto del evangelio (Lc 12,54-59)

En aquel tiempo, Jesús decía a la gente: «Cuando veis una nube que se levanta en el occidente, al momento decís: ‘Va a llover’, y así sucede. Y cuando sopla el sur, decís: ‘Viene bochorno’, y así sucede. ¡Hipócritas! Sabéis explorar el aspecto de la tierra y del cielo, ¿cómo no exploráis, pues, este tiempo? ¿Por qué no juzgáis por vosotros mismos lo que es justo? Cuando vayas con tu adversario al magistrado, procura en el camino arreglarte con él, no sea que te arrastre ante el juez, y el juez te entregue al alguacil y el alguacil te meta en la cárcel. Te digo que no saldrás de allí hasta que no hayas pagado el último céntimo».

Reflexión: Lc 12,54-59

Tendemos a hacernos los inocentes. A buscar culpables en los demás…Pero, ¿qué hay de nosotros? ¿Es que no sabemos lo que es bueno y lo que es malo? ¿Y si lo sabemos, por qué no actuamos? ¡Qué fácilmente nos lavamos las manos! Muy guapos para reprochar y criticarlo todo, para meter cizaña, pero sin ningún principio a la hora de hacer frente a lo que decimos…Inmediatamente soplamos la pluma y tiramos dedo, como los adolescentes “malcriados”, que culpan a sus compañeros de sus “travesuras”. Solo que ya no somos adolescentes, ni se trata de travesuras.

La Palabra del Señor tiene estas virtudes: es clara, es precisa, es verdadera, es fiable, lo ilumina todo, nos decanta, nos compromete, nos une…No podemos “hacernos los locos”, los desentendidos. Es de nosotros que habla; es a nosotros que se dirige. No a tu vecino, no a tu enemigo, no a quien tienes al frente…Se dirige a ti. ¿Qué hablas? ¿Qué sabes? ¿Qué haces? No puedes lavarte las manos y luego golpearte el pecho, porque entonces el Señor te dirá que no quiere tus ofrendas, porque tus manos están tintas con sangre de inocentes…justicia y compasión, eso es lo que quiere.

Nuestro Dios no es pues, una “malagua” que se acomoda a cualquier recipiente. Nuestro Dios es como el ácido que nos revela, mostrándonos tal como somos. No se trata de contemporizar con el mal…se trata de optar por el bien, siempre. Se trata de amar, y nosotros distinguimos perfectamente entre amor y odio, así que no nos hagamos los desentendidos, pues sabemos muy bien de qué se está hablando.

Podemos anticipar tantas cosas. Somos tan hábiles y eruditos para anticiparlo todo, para interpretar y dilucidar lo que ocurrirá a partir de ciertas evidencias y sin embargo, a la hora de optar entre el bien y el mal, pretendemos hacernos los desentendidos, los que no sabemos, los inocentes…¿A quién queremos engañar? Porque es obvio que ni a nosotros, ni al Señor le podemos engañar…Entonces, ¿queremos engañar a los demás? Puede ser por un tiempo; pero no podremos engañar a todos, todo el tiempo. Y, lo sabemos. Por eso el Señor nos dice: ¡Hipócritas! No se lo dice a ese, a aquél…Te lo dice a ti, que sabiendo cómo y dónde, no actúas, porque quieres quedar bien con el mal ¡Qué disparate! ¡Qué insensato! Pues llegará el momento “que te arrastre ante el juez, “Te digo que no saldrás de allí hasta que no hayas pagado el último céntimo.” ¿O crees que el mal te tendrá compasión porque fuiste alguna vez su cómplice? El mal no tiene escrúpulos, ni bandera y mucho menos es compasivo…Lo quiere todo, tal como tú ahora, sin importar a qué precio.

Oremos:

Señor, qué fuertes palabras…qué exigente es Tu Camino. Dame Tu Gracia para transitarlo, para seguirlo a cualquier precio, llevándote siempre en el corazón. Enséñame a amar, a ser compasivo, a comprender, a guiar…Que no torne mi mirada para dejar de ver aquello que duele, que me interpela, que me exige. Que no sea indiferente. Que puesto a escoger, sin dudarlo, te prefiera siempre a Ti, al Bien, al Amor. Amén.

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)
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Lucas 12, 49-53

Texto del evangelio (Lc 12,49-53)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «He venido a prender fuego en el mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo! Tengo que pasar por un bautismo. ¡y qué angustia hasta que se cumpla! ¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división. En adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos: el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra».

Reflexión: Lc 12,49-53

Este es el Jesús que nos negamos a ver, que nos resistimos a conocer. Qué lindo es ver una imagen medio bobalicona en estampitas y figuras de yeso. Pero qué distante está ese Jesús inocuo, que nos acepta a todos por igual, no importa lo que estemos haciendo, no importa lo que acabamos de hacer -aun cuando tengamos sangre fresca de nuestros hermanos en las manos- de aquél Jesús que nos habla en las Escrituras. “He venido a prender fuego en el mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo!”

El Señor no se anda con rodeos. Él sabe, como nosotros, que hay tareas urgentes que realizar, tareas urgentes que afrontar, que deben ser encaradas inmediatamente, con valentía y decisión, que no hay tiempo para estar con contemplaciones y medias tintas. ¡No podemos pretender conciliar el bien con el mal! Y eso, traerá división.  ¡Sí! Porque tenemos que decantarnos…O estamos con uno o estamos con otro. ¡No podemos estar con los dos!

Estas no son palabras pías, simbólicas, metafóricas. Son crudas y descarnadas. ¿Eres o no eres? Si no eres, sal de aquí, salpica, ¡fuera…! ¡Basta de enjuagues! ¡A los tibios, los vomitaré!

Si eres, respira profundo y agarra con firmeza el timón, para que resistas la arremetida de los cobardes, de los traidores, de los mediocres, de los débiles…de los que no creen en Dios, de los que han hecho de Dios una mascarada que les abre muchas puertas y les da comodidad, de los que han tergiversado a nuestro Dios…

Si eres, confía en este Tu Dios, pues Él es bueno, y con esta misma claridad con la que nos habla hoy, nos ha ofrecido estar con nosotros HASTA EL FIN DEL MUNDO. Él es nuestra roca fuerte; Él nuestra fortaleza; Él nuestro Guía. Sin Él nada somos, nada podemos…Con Él, lo tenemos todo.

Recuerda que estamos navegando por un mar en que el maligno es el Príncipe, que en todo mete su cola, tergiversando todo, engañando, coqueteando, sobornando, amedrentando, coimeando, chantajeando, “endulzando”, en fin, tratando de hacerte creer que es posible una postura intermedia, que es posible estar con uno y con otro. ¡Pero no es cierto!

Recuerda también que El Señor, con su muerte y resurrección, ha vencido al Mundo; que Él es REY. Que Él está en la antípoda. Que venciendo a la muerte, ha vencido al maligno. Ese es el camino que nos invita a transitar. ¡Saquemos también nosotros a este pestilente demonio de nuestras vidas! Solos, no podremos…¡Con la ayuda del Señor, nada será imposible!

Oremos:

Señor, ven en nuestro auxilio. Nos hemos alineado en tus huestes. Somos tus fieles servidores. ¡Ordénanos! Protégenos…no permitas que decaigamos, que aflojemos, por el contrario, fortalécenos con Tu espíritu, para que te seamos fieles, leales, aun en la tormenta.

Señor, danos Tú consuelo. Amén.

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Lucas 12, 39-48

Texto del evangelio (Lc 12,39-48)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Entendedlo bien: si el dueño de casa supiese a qué hora iba a venir el ladrón, no dejaría que le horadasen su casa. También vosotros estad preparados, porque en el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre».

Dijo Pedro: «Señor, ¿dices esta parábola para nosotros o para todos?». Respondió el Señor: «¿Quién es, pues, el administrador fiel y prudente a quien el señor pondrá al frente de su servidumbre para darles a su tiempo su ración conveniente? Dichoso aquel siervo a quien su señor, al llegar, encuentre haciéndolo así. De verdad os digo que le pondrá al frente de toda su hacienda. Pero si aquel siervo se dice en su corazón: ‘Mi señor tarda en venir’, y se pone a golpear a los criados y a las criadas, a comer y a beber y a emborracharse, vendrá el señor de aquel siervo el día que no espera y en el momento que no sabe, le separará y le señalará su suerte entre los infieles.

»Aquel siervo que, conociendo la voluntad de su señor, no ha preparado nada ni ha obrado conforme a su voluntad, recibirá muchos azotes; el que no la conoce y hace cosas dignas de azotes, recibirá pocos; a quien se le dio mucho, se le reclamará mucho; y a quien se confió mucho, se le pedirá más».

Reflexión: Lc 12,39-48

Más claro, el agua. Siempre estamos dándole vueltas y vueltas a las Palabras del Señor para encontrar el resquicio que permita evadirlas, para tornarlas más dóciles y complacientes con nuestra falta de decisión, con nuestra inacción, con nuestra cobardía. Queremos hacerlas inocuas, para seguir obrando como tenemos costumbre. Como si se tratara de un estilo de vida opcional; nuevamente, una mascarada. Es que no queremos perder ni una sola de las comodidades a las que nos hemos acostumbrado. No estamos dispuestos a arriesgar nada por su Palabra. Queremos estar con Él y también con el demonio. Queremos tenerlo todo. ¡Eso no es posible!

Peor aún, aquellos que mucho han recibido, aquellos que han visto, aquellos que saben de qué va la cosa…No pueden hacerse los locos o las locas. Pueden tratar de engañarse a sí mismos, e incluso engañar a los demás por algún tiempo, pero al Señor no lo podrán engañar jamás. Del mismo modo que el agua y el aceite no se junta, tampoco se pueden juntar la Voluntad del Señor con la de Satán. Parecen palabras muy gruesas, para alguien tan sencillo como uno, nos decimos. ¡Qué fácil engañarnos y engañar a los demás! ¡Tú sabes lo que está mal y lo que está bien!

El fuego más grande comienza con una chispa. Alguna vez haz visto seguramente como se rompe un parabrisas…basta un solo golpecito, un pequeña fisura para que se corra y se rompa todo…como una media nylon. ¿Entonces, no digas que no sabes cómo algo tan pequeño puede causar una daño tan grande? No lo sabemos. Esa es parte de la historia de la humanidad ¿Cuánto mal pudimos evitar? ¿Cuánto bien impedimos realizar?

¿Cuál es pues, finalmente, el gran crimen del aborto? ¿Es solamente esa vida cegada, lo que ya es bastante? ¿O son también cuántas vidas que vendrían de ella? ¿Cuántas esperanzas? ¿Cuántas promesas? Todo por una decisión….No olvidemos que amar es tomar una decisión.

Con todo lo que me ha sido dado…con todo lo que he recibido en esta vida…¿He decidido amar? O estoy todavía a la espera ¿de qué? ¿Crees que alguien decidirá por ti? ¿Qué esperas? Ojala no sea demasiado tarde.

Oremos:

Padre Santo, danos tu luz para ver lo que tenemos que hacer. Danos Tu paz y Tu valor para resistir. No permitas que nadie sufra por nuestras decisiones, aquellas que tomamos en Tu Nombre. Ablanda los corazones de nuestros enemigos, para que vean ellos también Tu luz y caigan rendidos ante tu majestad. ¡Que triunfe el amor! Amén.

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Lucas 12, 35-38

Texto del evangelio (Lc 12,35-38)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Estén ceñidos vuestros lomos y las lámparas encendidas, y sed como hombres que esperan a que su señor vuelva de la boda, para que, en cuanto llegue y llame, al instante le abran. Dichosos los siervos, que el señor al venir encuentre despiertos: yo os aseguro que se ceñirá, los hará ponerse a la mesa y, yendo de uno a otro, les servirá. Que venga en la segunda vigilia o en la tercera, si los encuentra así, ¡dichosos de ellos!».

Reflexión: Lc 12,35-38

Estar siempre listos, como los scouts, eso es lo que nos pide el Señor. Si tomamos su Palabra y hacemos de ella nuestro norte, nuestra razón de ser y vivir, es decir que si dejamos que ella nos ilumine en cada acto por más pequeño e insignificante que este parezca, estaremos obrando como Él nos pide, y podrá venir a la hora que le plazca, pues siempre estaremos listos.

No podemos tener varias caras. No podemos ser de un modo alguna veces y en algunos momentos, y distintos en otro. Porque entonces, llegada la hora, podríamos pretender que no es y no abrirle, no escucharle. O somos, o no somos, como ya nos dijo antes: “el que no recoge conmigo, esparce”. Un reino dividido, cae.

En nuestras plegarias debemos pedir la Gracia de ser consecuentes, de ser constantes, de ser perseverantes. De no amilanarnos cuando se trata de defender la verdad, la dignidad, la libertad, aun, si es preciso, con nuestra vida. ¡Qué mayor sentido podría adquirir nuestra vida si la entregamos por los demás!

Debemos estar listos para responder siempre, en cualquier momento y lugar. Quien nada debe, nada teme. Si nos exigimos siempre trasparencia, siempre verdad, no tendremos nada que ocultar, nada que guardar, nada que preservar…Gustosos daremos todo cuanto somos y poseemos a nuestro Señor, cuando nos lo pida.

Tenemos que ser un libro abierto…

Oremos:

Señor, cuánto nos falta para vivir así, plenamente orientados y dirigidos a Ti. ¡Ayúdanos a ser consecuentes, a actuar como Tú siempre, sin importar la hora y el lugar!

Danos tu Gracia para mantenernos firmes frente a las tentaciones, para servirte como lo propone San Ignacio: “es menester hacernos indiferentes a todas las cosas criadas, en todo lo que es concedido a la libertad de nuestro libre albedrío, y no le está prohibido; en tal manera, que no queramos de nuestra parte más salud que enfermedad, riqueza que pobreza, honor que deshonor, vida larga que corta, y por consiguiente en todo lo demás; solamente deseando y eligiendo lo que más nos conduce para el fin que somos criados.”

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)
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