nov 05 2009

Lucas 15, 1-10

Texto del evangelio (Lc 15,1-10)

En aquel tiempo, todos los publicanos y los pecadores se acercaban a Jesús para oírle, y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: «Éste acoge a los pecadores y come con ellos».

Entonces les dijo esta parábola. «¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto, y va a buscar la que se perdió hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, la pone contento sobre sus hombros; y llegando a casa, convoca a los amigos y vecinos, y les dice: ‘Alegraos conmigo, porque he hallado la oveja que se me había perdido’. Os digo que, de igual modo, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión.

»O, ¿qué mujer que tiene diez dracmas, si pierde una, no enciende una lámpara y barre la casa y busca cuidadosamente hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, convoca a las amigas y vecinas, y dice: ‘Alegraos conmigo, porque he hallado la dracma que había perdido’. Del mismo modo, os digo, se produce alegría ante los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta».

Reflexión: Lc 15,1-10

Es reconfortante saber que para el Señor, somos un tesoro…somos el tesoro más preciado. Para Él cada uno de nosotros cuenta y contrariamente a lo que imaginamos o a lo que constituye nuestra costumbre y nuestra forma de valorar, el comienza contando precisamente con los despreciados, los olvidados, los pecadores. Porque, claro, si queremos cambiar el mundo, debemos empezar por cambiar a aquellos que no están convencidos, aquellos que hacen la contraria, que van en dirección opuesta, que constituyen un lastre, un peligro, una desviación.

Debemos luchar contra todo aquello que obstaculiza, que frena. Debemos allanar el camino. Es curiosos que nosotros siempre prefiramos los que nos son afines, los que piensan como nosotros, los que nos quieren, los que están compartiendo más o menos el mismo paso, el mismo ritmo. Y en cambio el Señor nos hace ver la importancia de ir por el extraviado, por el perdido, sacando una figura de nuestra propia vida cotidiana…

Es lo que perdemos o lo que estamos por perder lo que primero nos mueve y nos pone en guardia para tratar de recuperarlo, para que no se extravíe y si lo hizo, ponemos todo nuestro esfuerzo y empeño en recuperarlo. Si así obramos con nuestras cosas, ¿por qué no lo hacemos con las del Señor?

¿Qué es lo que le importa a Él, o que le interesa? Indudablemente cada uno de nosotros…Todos somos importantes, pues hasta nuestros cabellos están contados, pero su mayor atención, como la nuestra, debe estar sobre aquellos perdidos, sobre aquellos que no pueden encontrar el camino, sobre los extraviados, sobre los enfermos. Porque los sanos no necesitan médico…

Debemos concentrarnos, entonces, en atraer a los rechazados, a los marginados, a los excluidos. Esa es la actitud cristiana que nos reclama Jesús. Luchemos por armonizar, no por separar y hundir. Busquemos la unidad en Jesús, en el amor.

Oremos:

Oh buen Jesús, que no me empeñe tanto en diferenciarme como en atraer, en distinguirme como en enseñar. Que busque al extraviado, al perdido, no para señalarlo, ni hundirlo, sino para enseñarle el camino que lleva al Padre. Que me esfuerce y procure por todos los medios, atraerlo. Que me ocupe en construir, no en destruir. Amén.

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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