dic 31 2009

Juan 1, 1-18

Texto del evangelio (Jn 1, 1-18)

En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios. Ella estaba en el principio con Dios. Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto existe. En ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres, y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron.

Hubo un hombre, enviado por Dios: se llamaba Juan. Éste vino para un testimonio, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por Él. No era él la luz, sino quien debía dar testimonio de la luz.

La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre; la cual no nació de sangre, ni de deseo de hombre, sino que nació de Dios. Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad.

Juan da testimonio de Él y clama: «Éste era del que yo dije: El que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo». Pues de su plenitud hemos recibido todos, y gracia por gracia. Porque la Ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo. A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, Él lo ha contado.

Reflexión: Jn 1, 1-18

La lectura propuesta es la misma que la del 25…Así que podemos aplicar la misma meditación, aprovechando adicionalmente para reflexionar en torno a lo que significa el fin de un año y el comienzo de otro. Períodos muy marcados por nuestra naturaleza humana, que necesita sentir que se cumplen ciertas etapas…que cierra un libro para comenzar otro.

Es bueno tener la posibilidad de decir hasta aquí escribí un libro, ahora comienzo otro…”borrón y cuenta nueva” como se dice. Ello puede darnos la esperanza que el siguiente período probablemente sea mejor, distinto. Nos da también la ilusión, que podría ser cierta, de comenzar de nuevo. Podría ser cierta, digo, porque en realidad eso es lo que nos pide el Señor: que conociéndole, lo acojamos, pero como hombres y mujeres nuevos. Podría ser entonces que efectivamente decidamos finalmente cambiar, dejando en el olvido todo lo pasado y empezando una Vida Nueva. ¡Eso es lo que pide el Señor, a quien de veras pretende convertirse!

Vino nuevo en odres nuevos…Nadie parcha una tela vieja con un pedazo de tela nueva, porque echará ambos a perder. Nuestro mundo necesita de hombres y mujeres nuevos. Ojala esta fiestas de fin de año nos sirvan para reflexionar en todo lo que hemos hecho o dejado de hacer, que hagamos un buen propósito de enmienda y que nos propongamos cambiar el próximo año. Pero, recordemos que no podremos hacerlo si no mantenemos en nosotros la Gracia de Dios. Es decir que no debemos apelar sólo a nuestras fuerzas. Debemos dejar que Dios entre en nuestras vidas y con Él, confiando plenamente en sus fuerzas, todo lo podremos. No habrá “Misión Imposible”. Todo lo podemos en Cristo que nos fortalece.

Oremos:

Padre Santo, te pedimos que nos ilumines y nos llenes de Tu Gracia Infinita, para que reconociendo nuestras fallas, nuestros tropiezos y limitaciones, el próximo año nos esforcemos por caminar rectamente, siguiendo tus mandatos, siendo humildes, sencillos y amando a nuestro prójimo. Que no vivamos para nosotros, sino para Tí y para los demás, empezando por los más cercanos…nuestras esposas y esposos, nuestros hijos, nuestros padres, nuestros amigos, nuestros compañeros de trabajo, nuestra sociedad…No para hacer sus caprichos, sino para conducirlos a Tí, porque este es el verdadero sentido de la Vida. ¡Amén!

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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dic 30 2009

Lucas 2, 36-40

Texto del evangelio (Lc 2, 36-40)

 
Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, de edad avanzada; después de casarse había vivido siete años con su marido, y permaneció viuda hasta los ochenta y cuatro años; no se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día en ayunos y oraciones. Como se presentase en aquella misma hora, alababa a Dios y hablaba del Niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.

Así que cumplieron todas las cosas según la Ley del Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El Niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre Él.

Reflexión: Lc 2, 36-40

Las lecturas de estos días tienen por objeto hacernos ver y constatar en forma reiterada que el nacimiento de Cristo estuvo precedido de muchos signos y señales, de muchas profecías. No hay en ello nada más que el cumplimiento de las promesas de Dios. No se trata de un hecho aislado o que surge inexplicablemente…Todo tiene sentido y ocurre dentro de una lógica histórica, que fue anunciada muchos siglos antes. Estamos pues ante hechos históricos, que forman parte de la Historia Sagrada, esa historia que se refiere a la permanente relación de Dios con su pueblo elegido, en el que se encarnan y representan todas las vicisitudes de la humanidad.

Es a través de este pueblo que Dios Padre nos comunica su voluntad. Es por boca de sus profetas que se dirige a todos  nosotros. Él se Revela a través de ellos a toda la humanidad. Del mismo modo, es un heredero de esta tradición, un representante de este pueblo, en realidad el mayor, el más destacado, del que hablaron todas las Escrituras, el que sellará la alianza definitiva entre Dios Padre y la humanidad entera. Ese es Jesucristo, verdadero Dios y verdadero Hombre, al que tres años de vida pública le bastaron para revolucionar el mundo, para ponerlo en marcha, en una dirección, en un Camino que lo eleva, devolviéndole la esperanza, devolviéndole la dignidad y haciendo posible la Reconciliación definitiva con nuestro Padre, Creador del Universo.

Cristo es el Centro de la Historia. Es el Puente, el Camino, la Luz, la Verdad y la Vida. Por Él llegamos a Dios Padre. Él restaura la relación filial que el Padre siempre mantuvo con nosotros, pero de la cual renegamos. Él hace posible que enmendemos nuestro camino, sabiendo que tenemos un Padre amoroso, que nos espera desde siempre con los brazos abiertos. De este modo, nos devuelve “el sentido de la vida”.

Pero todas estas palabras que pueden parecer poéticas y sublimes, tienen una contrapartida objetiva y concreta en la vida cotidiana de todos los hombres, que se llama Amor. Esto quiere decir, en buena cuenta y en resumen, que toda esta prédica puede sintetizarse en la frase de San Agustín: “Ama y haz lo que quieras”.  

El Señor, que ha venido por amor, nos ha enseñado el verdadero camino del amor y nos pide que lo sigamos. ¿Estamos con Él? Solo hay dos respuestas posibles: Si o no. “El que no recoge conmigo, desparrama”, dice el Señor.
 

Oremos:

Padre Santo, te pedimos que nos ayudes a concretar en nuestra vida diaria el amor. Que so se trate de una prédica teórica, poética y descarnada. Que día a día, empezando hoy, ahora mismo, evidenciemos el amor en cada uno de nuestros actos. Moldéanos, transfórmanos. Haznos fieles seguidores tuyos, para que nuestros hermanos vean Tú luz en nosotros.  ¡Amén!

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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dic 29 2009

Lucas 2, 22-35

Texto del evangelio (Lc 2, 22-35)

Cuando se cumplieron los días de la purificación según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarle al Señor, como está escrito en la Ley del Señor: Todo varón primogénito será consagrado al Señor y para ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o dos pichones, conforme a lo que se dice en la Ley del Señor.

Y he aquí que había en Jerusalén un hombre llamado Simeón; este hombre era justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y en él estaba el Espíritu Santo. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor. Movido por el Espíritu, vino al Templo; y cuando los padres introdujeron al Niño Jesús, para cumplir lo que la Ley prescribía sobre Él, le tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz; porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel».

Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de Él. Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: «Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción -¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!- a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones».

Reflexión: Lc 2, 22-35

Todos estos sucesos fueron previstos con mucha anticipación. Fueron profetizados y precisamente su cumplimiento debe ser razón suficiente para que creamos, ya que finalmente, todas estas previsiones, no son sino intervenciones de Dios en nuestra historia.

Dios ha querido salvarnos con nuestra propia intervención. Él que es Todopoderoso, no ha querido, sin embargo, hacer nada sin nuestro consentimiento y nuestra propia participación. Él necesita, exige que participemos. No se trata de sentarnos a mirar desde la tribuna…Tenemos que actuar. En cada una de sus manifestaciones, a la par que se hace imposible negar su existencia, su inspiración o su intervención, podemos ver que en ella siempre juegan un papel especial hombres y mujeres, comunes y corrientes, que muchas veces, como en este caso, actúan movidos y llenos del Espíritu Santo.

¿Qué se nos dice de Simeón? Que era justo y piadoso. Esto es lo que mínimamente se puede pedir a una persona correcta.  Que sea justa, es decir que de a cada quien lo que le corresponde y que sea piadosa, es decir que se incline humildemente ante el creador, que le reconozca y predisponga su espíritu para entrar en contacto con Dios permanentemente. Que sea Dios quien inspire su vida. Ese es un hombre piadoso, que puede ver y reconocer la presencia cotidiana de Dios, que espera en Él, que está en Su búsqueda permanentemente, que puede ver sus manifestaciones a cada paso…

Simeón ha encontrado el sentido de la vida. No hay nada más importante que su encuentro con Jesucristo, con el Salvador. Y es capaz de reconocer inmediatamente una gran Verdad, que cimienta toda la vida y prédica de Jesús: que Él es la luz que ha venido al mundo. Que el que cree en Él y sigue lo que Él ordena, tendrá vida eterna. Que Jesús es, finalmente, como el ácido aquél que sirve para separar el metal precioso de las impurezas. La sola presencia del Señor en nuestras vidas sirve para que inmediatamente los hombres nos decantemos: por un lado los que estamos con Él y por otro los que están en su contra. O recogemos o esparcimos. Para Él, no hay términos medios: “Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción… a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones”

Frente a Jesús, hay que tomar partido. No podemos permanecer indiferentes, ni postergarlo. Estás o no estás. Y es el Amor, la exigencia suprema. Para Dios, no basta la justicia. Es en la caridad que seremos examinados. Y la caridad es superior a la justicia, va más allá.

Oremos:

Padre Santo, concédenos la gracia de vivir en la caridad, de ir siempre en nuestras vidas más allá de la justicia mundana; de aspirar siempre a la mayor gloria de Dios.  ¡Amén!

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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dic 25 2009

Juan 1, 1-18

Texto del evangelio (Jn 1, 1-18)

En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios. Ella estaba en el principio con Dios. Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto existe. En ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres, y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron.

Hubo un hombre, enviado por Dios: se llamaba Juan. Éste vino para un testimonio, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por él. No era él la luz, sino quien debía dar testimonio de la luz.

La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre; la cual no nació de sangre, ni de deseo de hombre, sino que nació de Dios. Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad.

Juan da testimonio de Él y clama: «Éste era del que yo dije: El que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo». Pues de su plenitud hemos recibido todos, y gracia por gracia. Porque la Ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo. A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, Él lo ha contado.

Reflexión: Jn 1, 1-18

Hasta que llegamos a la Fiesta principal del cristianismo. La celebración del nacimiento de nuestro Salvador. Juan nos describe este acontecimiento con palabras muy bellas y profundas, inspiradas por el Espíritu Santo. Dios que existió desde siempre, que es la luz, la verdad, la gracia, la vida…quiso hacerse partícipe de nuestra historia y vino a nosotros hecho hombre en Jesucristo.

Todas las señales que precedieron su nacimiento, incluyendo la predicación de Juan el Bautista, convergen en Jesucristo, el centro de la historia. Y es centro no sólo porque desde allí para adelante o para atrás empezamos a ubicar cualquier fecha histórica, sino porque en realidad es la Verdad y la Luz, es quien da sentido a nuestra vida. Es el centro porque en torno a Él debemos construir nuestra vida si queremos que tenga significado alguno. La piedra descartada por los constructores, ha venido a convertirse en la piedra angular. Él estuvo en el principio, y está en el fin…pero por su inmensa gracia, no ha querido dejarnos solos, y nos ha enviado su único Hijo, para que nos ilumine con su luz y nos muestre el Camino, para asegurarse que vayamos por él y a Él. Esa es la maravilla que celebramos hoy.

Hay algo más que me gustaría escudriñar en las palabras de Juan: “Porque la Ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo.”  La Ley es una exigencia, es aquello que de algún modo todos debemos cumplir para asegurar la convivencia y la integración social. La Ley es una norma impuesta, contra la que no podemos ir, porque terminaríamos por destruirnos a nosotros mismos y a la sociedad. La Ley es lo menos que se puede exigir. Sin embargo Jesucristo trae algo que está por encima de la Ley, de toda ley: la gracia y la verdad.

La Gracia…la capacidad de entender la Verdad revelada. Una capacidad que va más allá de nuestra inteligencia, que es un Don Divino. Esta Gracia es un regalo de Dios, que nos llega por su infinita bondad, por amor. Y la Verdad, absoluta y total: que hemos sido creados por Dios, por un Dios que es Amor…que nos amó primero, que nos ha amado siempre, porque es nuestro Padre, porque somos sus hijos y por lo tanto no quiere nada más que nuestro bien y nuestra felicidad. Quiere que vivamos eternamente a su lado. Y para asegurarse que así sea, nos envía a su Único Hijo, Jesucristo, para que nos muestre el Camino. Él es el Camino, la Verdad y la Vida. Por Él llegamos al Padre. ¿Qué quiere decir esto? Que debemos seguirlo, que debemos ser como Él, que debemos vivir como Él. ¿Y cuál es el distintivo de Jesús o cómo podríamos saber si somos o estamos viviendo como Él? Muy fácil, al menos de decir, aunque no sea igualmente de fácil de vivir: su distintivo es el Amor.

Ama a Dios por sobre todas las cosas y a tu prójimo como a ti mismo. El que así vive, tiene asegurada la gloria de Dios. Eso es lo que nos viene a revelar Jesucristo, el único que ha visto al Padre y lo conoce desde siempre. Él nos tiene reservada una morada a su lado desde siempre y para siempre. Pero para alcanzarla NOS PROPONE vivir en la Verdad. Esa es la diferencia con la Ley. La ley es una exigencia que estamos obligados a cumplir; la Verdad revelada por Jesucristo es  una propuesta, que al final se traduce en una exigencia mayor, es decir que demanda mucho más esfuerzo probablemente que cumplir la ley, porque nos exige ir MAS ALLÁ, pero no se nos impone, sino que se nos propone, porque Dios ha querido respetar nuestra dignidad, nuestra libertad. No somos esclavos; somos hijos suyos. Tendríamos que escoger el bien mejor, el bien mayor, sin embargo somos libres de acogerlo o rechazarlo. Ese es el Dios del que tenemos que aprender, el Dios que Jesucristo nos revela.

Oremos:

Padre Santo, ilumínanos para preferir y escoger siempre el bien. Que caminemos en la luz y la verdad. Que hagamos tu Voluntad, sabiendo que Tu no puedes querer otra cosa que lo mejor para nuestras vidas. Si pudiéramos aferrarnos a ella, abrazarnos a ella y no dejarla jamás, qué dichosos seríamos. Danos tu Gracia abundante para ver claramente el Camino que nos propones y seguirlo, sin desviaciones de ninguna clase. Perdona nuestros pecados. Perdona nuestra soberbia, nuestro orgullo, nuestra vanidad. Haznos humildes, portadores de paz y amor. ¡Amén!

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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dic 24 2009

Lucas 1, 67-79

Texto del evangelio (Lc 1, 67-79)

 
En aquel tiempo, Zacarías, el padre de Juan, quedó lleno de Espíritu Santo, y profetizó diciendo: «Bendito el Señor Dios de Israel porque ha visitado y redimido a su pueblo y nos ha suscitado una fuerza salvadora en la casa de David, su siervo, como había prometido desde tiempos antiguos, por boca de sus santos profetas, que nos salvaría de nuestros enemigos y de las manos de todos los que nos odiaban haciendo misericordia a nuestros padres y recordando su santa alianza y el juramento que juró a Abraham nuestro padre, de concedernos que, libres de manos enemigas, podamos servirle sin temor en santidad y justicia delante de Él todos nuestros días. Y tú, niño, serás llamado profeta del Altísimo, pues irás delante del Señor para preparar sus caminos y dar a su pueblo conocimiento de salvación por el perdón de sus pecados, por las entrañas de misericordia de nuestro Dios, que harán que nos visite una Luz de la altura, a fin de iluminar a los que habitan en tinieblas y sombras de muerte y guiar nuestros pasos por el camino de la paz».

Reflexión: Lc 1, 67-79

Estamos a tan sólo unas horas del suceso más extraordinario en la historia del universo. Nuestro Creador, fiel a Sus promesas, formuladas por boca de los profetas desde tiempos inmemoriales, nos enviará al Salvador, al Mesías, al Redentor. Y lo hará con intervención nuestra, pues María, la Virgen María, ha aceptado el Plan que Dios Padre tuvo desde siempre, para hacer que su Hijo, Jesucristo, naciera como cualquier hombre, de su seno materno.

El misterio maravilloso al que asistimos trasunta a un Dios que es Amor, que nos amó primero, a tal extremo de enviar a Su Hijo para que hecho hombre, tal como cualquiera de nosotros, nos proponga el Camino, sin mellar en modo alguno nuestra dignidad y nuestra libertad. Si Jesucristo hecho hombre, pudo vivir el amor, al extremo de morir en la cruz para redimirnos, y enseñarnos el Camino de la Paz y del Amor, fue tan solo para decirnos que Dios es nuestro Padre, que nos ama desde siempre y quiere lo mejor para nosotros. Que Él quiere que vivamos eternamente, y que para eso hay un único Camino: “que amemos a Dios como el nos ama y a nuestro prójimo como a nosotros mismos”.

Es esto lo que Zacarías, padre de Juan el Bautista, anuncia tras su inspirado discurso. Recordemos que Zacarías era un anciano, como muchos de aquellos que dejamos de lado, porque al parecer ni oyen ni hablan, y los tenemos como bultos a nuestro lado, pues algunos los ignoramos descaradamente en nuestras conversaciones, como si no existieran, sólo por el hecho de ser ancianos y estar enfermos. Hablamos entre nosotros e incluso muchas veces hablamos mal de ellos o de sus intimidades delante de ellos, como si fueran objetos…De tanto ignorarlos, vamos dejando que se hundan en tal depresión, que llega un momento en que realmente se sienten incapaces de tomar la palabra, de dar su opinión. Así imagino que se encontraba postrado Zacarías cuando rompió su silencio para dar este hermoso discurso que dejó maravillados a todos los que, conociéndolo, lo oyeron. Es que para Dios, nada es imposible. Si fuera preciso, hasta las piedras alabarían su Santo Nombre…

Oremos:

Padre Santo, permite que participemos de modo muy especial en el Sacramento de la Reconciliación…pidamos al Señor perdón de nuestras faltas y dispongámonos a recibirlo con el Alma pura y limpia. Que solo quepa Él, que lo ilumine todo, que lo purifique todo. Que nos sintamos llenos y rebosantes de alegría y que la llevemos a los demás. ¡Amén!

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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dic 23 2009

Lucas 1, 57-66

Texto del evangelio (Lc 1, 57-66)

Se le cumplió a Isabel el tiempo de dar a luz, y tuvo un hijo. Oyeron sus vecinos y parientes que el Señor le había hecho gran misericordia, y se congratulaban con ella. Y sucedió que al octavo día fueron a circuncidar al niño, y querían ponerle el nombre de su padre, Zacarías, pero su madre, tomando la palabra, dijo: «No; se ha de llamar Juan». Le decían: «No hay nadie en tu parentela que tenga ese nombre». Y preguntaban por señas a su padre cómo quería que se le llamase. Él pidió una tablilla y escribió: «Juan es su nombre». Y todos quedaron admirados. Y al punto se abrió su boca y su lengua, y hablaba bendiciendo a Dios. Invadió el temor a todos sus vecinos, y en toda la montaña de Judea se comentaban todas estas cosas; todos los que las oían las grababan en su corazón, diciendo: «Pues, ¿qué será este niño?». Porque, en efecto, la mano del Señor estaba con él.

Reflexión: Lc 1, 57-66

El nacimiento de Jesús, el Mesías, va precedido de varios hechos extraordinarios, que lamentablemente muchas veces pasan desapercibidos para quien no conoce un poco de Historia Sagrada, y entonces no llega a entender estos sucesos a cabalidad. Y es que no es solamente lo que dice Jesucristo, que por supuesto muy bien podría bastar y sobrar para alcanzar la conversión. Estamos frente a Dios, frente a intervenciones divinas, que se suceden una tras otra en la historia de la humanidad, por su propia Voluntad, que siguen una pauta, un modelo coherente, destinado a que admitamos, mediante la razón, que todo este trabajo de siglos, no es pura ni mera coincidencia. La huella, la marca de Dios es incuestionable, para quien realmente lo busca y lo quiere encontrar. En realidad, ha de ser evidente para cualquiera que aplica objetivamente los sentidos recibidos, especialmente la inteligencia.

¿Cómo es que en toda la Biblia asistimos precisamente al anuncio de la llegada del Mesías, cuyo nacimiento nos anuncian los evangelios en estos días? ¿Cómo es que profecías, escrituras y salmos anticipan una serie de detalles relacionados con este prodigio, sino es gracias al Espíritu de Dios, a Su presencia en la historia? Estamos frente a una historia humana (valga la redundancia) con siglos de coherencia, llena de señas y avisos respecto a quien constituye el Centro de la Historia, Jesucristo, el Hijo de Dios, nuestro Salvador.

Y si su nacimiento es extraordinario, no lo son menos los hechos que lo preceden de forma inmediata y que fueron profetizados con mucha anticipación.  Isabel, pariente de María, una mujer ya mayor, que hacía rato había pasado la edad de concebir, queda en cinta y da a luz a “Juan el Bautista”, que habría de anticipar la llegada del Señor. La sola selección de su nombre es una muestra de la intervención divina, en la que Zacarías, su padre, un anciano enfermo, que se encontraba postrado y no podía ni oír ni hablar, interviene recuperando todos los sentidos sólo para afirmar que tenía que llamarse Juan y alabar a Dios.

Todo ha sido preparado para la llegada del Señor…¿Estás tú también preparado para recibirlo?

Oremos:

Padre Santo, concédeme la Gracia de purificar mi alma para estar en condiciones de recibir al Señor. Perdóname mis pecados, mis faltas, mi egoísmo, mi vanidad, mi soberbia…Hazme humilde y dame tu luz, para llevar sabiduría y esperanza a mis hermanos. ¡Hazme portador de paz y amor! ¡Que brille Tu luz en mí! Amén.

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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dic 22 2009

Lucas 1, 46-56

Texto del evangelio (Lc 1, 46-56)

 
En aquel tiempo, dijo María: «Engrandece mi alma al Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava, por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso, Santo es su nombre y su misericordia alcanza de generación en generación a los que le temen. Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los que son soberbios en su propio corazón. Derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes y despidió a los ricos sin nada. Acogió a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia —como había anunciado a nuestros padres— en favor de Abraham y de su linaje por los siglos».

Reflexión: Lc 1, 46-56

Es, pues, la Gracia que inunda a María la que la lleva a hacer esta declaración de fe profunda, esta exaltación a la Gloria y el Poder de Dios, que ha querido intervenir en nuestra historia, apiadándose de nosotros y manteniendo sus promesas, haciendo posible nuestra Salvación, gracias a su Hijo, que se hace hombre y viene a nosotros a través de María.

Qué otra cosa podemos sentir después de esta lectura, sino una gran consolación, que nos llega a través de las luminosas y sabias palabras de María, que sintetizan todo el evangelio en esta hermosa plegaria, inspirada por el Espíritu Santo.

Hemos sido colmados con toda clase de bienes materiales, espirituales y celestiales. Ha querido Dios en su grandeza, poner sus ojos y su esperanza en cada uno de nosotros. Ha querido hacernos partícipes de su Vida Divina, porque así le ha parecido bueno. Él, que nos amó primero, que nos amó desde siempre, nos convoca, nos invita a alcanzar la felicidad plena, lo que sólo es posible con nuestro consentimiento. Esta es la gran paradoja que nos cuesta entender: Dios, Todo Poderoso, no se impone a nosotros, sino que nos propone el camino, el mejor, para nuestros intereses y felicidad, sin embargo nos deja libres para que escojamos lo que queremos. Esta es la mejor muestra del respeto incondicional que Dios tiene hacia nuestra dignidad. Nos ha creado libres, nos ha dado inteligencia y voluntad…De nosotros depende nuestra salvación.

Diremos con María “Sí”, “•Sí, Señor, lo que Tú quieras”, Eh aquí la esclava del Señor, hágase en mí según Tu Palabra”. O rechazaremos esta invitación a participar en el Reino, porque tenemos muchas cosas que atender, mucho que cuidar, mucho que preservar, mucho que alcanzar…Tal vez cuando nos decidamos sea demasiado tarde. Dios quiera que no.

Oremos:

Señor queremos seguirte, queremos abandonarnos a Tu entera Voluntad. Danos el coraje, la decisión y la firmeza para acogerte y no abandonarte cuando las olas del mar arremetan bravamente contra nosotros. Amén.

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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dic 21 2009

Lucas 1, 39-45

Texto del evangelio (Lc 1, 31-45)

En aquellos días, se levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y sucedió que, en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, e Isabel quedó llena de Espíritu Santo; y exclamando con gran voz, dijo: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; y ¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí? Porque, apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno. ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!».

Reflexión: Lc 1, 31-45

Quien tiene fe ve a Dios en todo lado, en cada cosa que le sucede…Todo es signo de la presencia de Dios en su vida, y todo lo medita y acoge como una señal. La vida está llena de “señales luminosas” que indican el camino, los peligros y sobre todo de certidumbre por el camino que debe seguir. Por ello, el que tiene fe, no puede estar triste, todo lo contrario, lleno de optimismo conduce a los demás hacia el fin más alto, que es alcanzar la voluntad del Señor.

María está alegre por la parte, por el papel que le ha tocado en la historia de La Salvación e Isabel también comparte esta alegría. Es contagiante y la transmite por su sola presencia. 

El que cree, es portador del Espíritu Santo y este lo acompaña en cada uno de sus actos. El Señor jamás abandona a los suyos. Todo lo contrario: consuela, anima, empuja, ayuda…

Nuestra historia ha sido transformada por Jesús. Dejémosle entrar en nuestra vida, para que también estas sean transformadas por su poder único y afrontaremos el futuro y todo lo que nos salga al paso, con serenidad, con alegría y confianza, sabiendo que Él tendrá la última palabra. ¡Ánimo, el Señor ha vencido al Mundo!

Oremos:

Señor Jesús, danos una fe inquebrantable, que crezca en nosotros como el grano de mostaza, hasta convertirse en inmensa, más allá de nuestro ser y nuestras limitaciones. Que vayamos por el mundo irradiando Tu alegría. Amén.

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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dic 18 2009

Mateo 1, 18-24

Texto del evangelio (Mt 1, 18-24)

La generación de Jesucristo fue de esta manera: Su madre, María, estaba desposada con José y, antes de empezar a estar juntos ellos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo. Su marido José, como era justo y no quería ponerla en evidencia, resolvió repudiarla en secreto.

Así lo tenía planeado, cuando el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: «José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en Ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados». Todo esto sucedió para que se cumpliese el oráculo del Señor por medio del profeta: «Ved que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel, que traducido significa: “Dios con nosotros”». Despertado José del sueño, hizo como el Ángel del Señor le había mandado, y tomó consigo a su mujer.

Reflexión: Mt 1, 18-24

En la Salvación, todos debemos jugar un papel. Todos tenemos un papel. El Señor no nos impone la Salvación; no nos salva a la fuerza. El Señor propone, no impone. Esto quiere decir que necesita de nuestra anuencia, de nuestro consentimiento y aun diría más: necesita de nuestra participación activa.

No se trata, pues, de un chasquido de dedos. La Salvación no es cuestión de magia. Para nacer Jesús entre nosotros, requiere de nuestra intervención, de la participación humana. Primero fue necesario que María abrazara y viviera por convicción una vida llena de Gracia. Su vida era virtuosa. Una persona humilde, sacrificada, abnegada, buena, amorosa, solidaria, sensible…Luego tenía que aceptar el Plan de Dios…Era necesario el “Sí” con todas sus consecuencias.

Pero la participación de José, que muchas veces no es tenida en cuenta, también es importante. José, más allá de las costumbres, del qué dirán, de cualquier influencia externa, que podría haberlo llevado a repudiar a su amada, decide, valientemente, amarla por encima de cualquier convención, de cualquier opinión o tradición; incluso por encima de cualquier ley. Hace de María, de su amor, una ley superior. Es por ella que está dispuesto a todo, aun antes de la Revelación del Ángel.

Evidentemente, después de aquél sueño, asume plenamente su papel. En todo este pasaje podemos ver cómo Dios interviene en nuestra historia, pero no lo hace sin nuestro consentimiento. Y este no puede ser tan solo de pensamiento, debe llevarnos a actuar. Si consentimos en que Dios intervenga en nuestras vidas, ello será evidenciado por nuestros actos; ello nos obligará a un proceder determinado frente a las diversas situaciones que nos toca vivir. Las vidas de José y María son un ejemplo heroico de ello.

Oremos:

Padre Santo, permítenos entender Tu propuesta, verla cada mañana en nuestras vidas y asumirla. Haznos instrumentos de Fe. Que viéndonos los demás, crean. Amén.

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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dic 17 2009

Mateo 1, 1-17

Texto del evangelio (Mt 1, 1-17)

 
Libro de la generación de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham: Abraham engendró a Isaac, Isaac engendró a Jacob, Jacob engendró a Judá y a sus hermanos, Judá engendró, de Tamar, a Fares y a Zara, Fares engendró a Esrom, Esrom engendró a Aram, Aram engendró a Aminadab, Aminadab engrendró a Naassón, Naassón engendró a Salmón, Salmón engendró, de Rajab, a Booz, Booz engendró, de Rut, a Obed, Obed engendró a Jesé, Jesé engendró al rey David.

David engendró, de la que fue mujer de Urías, a Salomón, Salomón engendró a Roboam, Roboam engendró a Abiá, Abiá engendró a Asaf, Asaf engendró a Josafat, Josafat engendró a Joram, Joram engendró a Ozías, Ozías engendró a Joatam, Joatam engendró a Acaz, Acaz engendró a Ezequías, Ezequías engendró a Manasés, Manasés engendró a Amón, Amón engendró a Josías, Josías engendró a Jeconías y a sus hermanos, cuando la deportación a Babilonia.

Después de la deportación a Babilonia, Jeconías engendró a Salatiel, Salatiel engendró a Zorobabel, Zorobabel engendró a Abiud, Abiud engendró a Eliakim, Eliakim engendró a Azor, Azor engendró a Sadoq, Sadoq engendró a Aquim, Aquim engendró a Eliud, Eliud engendró a Eleazar, Eleazar engendró a Mattán, Mattán engendró a Jacob, y Jacob engendró a José, el esposo de María, de la que nació Jesús, llamado Cristo. Así que el total de las generaciones son: desde Abraham hasta David, catorce generaciones; desde David hasta la deportación a Babilonia, catorce generaciones; desde la deportación a Babilonia hasta Cristo, catorce generaciones.

Reflexión: Mt 1, 1-17

Todos venimos de alguien. Todos procedemos de una familia, a la que quizás no podemos rastrear tanto a la distancia como la de Jesús. Sin embargo, es verdad que de algún modo somos herederos de las decisiones que tomaron nuestros antepasados y aunque no seamos conscientes, hay seguramente algunas decisiones  que han sido determinantes incluso para nuestras vidas. Por ejemplo, quizás la más obvia sea el lugar de nacimiento. Se nos dificultad hacer un seguimiento 4 o 5 generaciones a tras, pero muchos encontramos que nuestros ante pasados llegaron a este lugar a luchar por adaptarse, dejando familia, amistades y otros, que nosotros asumimos como nuestros desde el nacimiento…

Es decir, que seamos conscientes o no, somos producto de una historia. No somos el resultado de una generación espontánea. ¿Cómo determina eso nuestra vida, nuestro accionar cotidiano? Eso es algo que algunas ciencias sociales se empeñan en estudiar, descubrir y escudriñar.

A nosotros bástenos decir que tras cada uno hay una extensa historia que nos sostiene. Historia que muchas veces desconocemos, pero que está seguramente llena de virtud y pecado…No lo sabemos. Tendemos a recordar y perennizar lo bueno, como es lógico y a olvidar y echar tierrita a lo malo.

El caso de Jesús no es distinto, aunque su genealogía puede ser seguida por muchas generaciones, tal como podemos apreciar en la lectura. ¿Qué nos quiere decir con la mención de esta larga lista?  Que estamos ante un Jesús que como cualquiera de nosotros, se hizo hombre, enraizándose profundamente en nuestra naturaleza. Proviene de una familia llena de historia, en la que encontramos pecado y virtud, como en la de todos, pero que en este caso sí ha sido registrada por siglos…Historia que asume y carga Jesús, como todas nuestras historias. Es sobre ella o a partir de ella que está llamado a marcar y señalar el camino. Como cualquiera de nosotros. No podemos renunciar ni cambiar nuestro pasado…De allí venimos. Pero si podemos edificar nuestro presente y nuestro futuro, siguiendo a Jesús.

Por otro lado, esta genealogía nos permite reconocer que Dios tiene un Plan de Salvación para nosotros. Que hay toda una historia anterior a Jesús, una historia muy humana, muy nuestra que lo precede por siglos, en la que se prepara su llegada. No irrumpe de un momento a otro, sino que es anunciado con muchísima anticipación, lo que nos da la certeza que se trata de una intervención divina en nuestra historia. Intervención que sólo persigue mostrarnos el Camino de Salvación, para que basados en nuestra inteligencia y voluntad, elijamos lo correcto. Dios ha querido así darnos argumentos suficientes, contundentes, para que no tengamos la menor duda. Resulta pues todo tan evidente, que solamente no lo ve, quien no quiere hacerlo, cumpliéndose así aquello de “no hay peor ciego que el que no quiere ver”, o “el que tiene oídos que oiga.”

Oremos:

Padre Santo, permítenos ver en nuestras vidas Tu intervención cotidiana. Cómo a cada paso nos sales al encuentro, mostrándonos el Camino.

Danos fe para seguir a Tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo, cada momento, cada segundo de nuestras vidas. Que merezcamos la confianza para hacernos constructores del Reino. Amén.

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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dic 16 2009

Lucas 7, 19-23

Texto del evangelio (Lc 7, 19-23)

 
En aquel tiempo, Juan envió a dos de sus discípulos a decir al Señor: «¿Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?». Llegando donde Él aquellos hombres, dijeron: «Juan el Bautista nos ha enviado a decirte: ‘¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?’».

En aquel momento curó a muchos de sus enfermedades y dolencias, y de malos espíritus, y dio vista a muchos ciegos. Y les respondió: «Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído: Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, se anuncia a los pobres la Buena Nueva; ¡y dichoso aquel que no halle escándalo en mí!».

Reflexión: Lc 7, 19-23

¿Qué es lo importante para el Señor? No lo que se diga, no los discurso, no el verbo florido con el que uno puede pretender adornarse. Lo importante es lo que haces. Primero es el testimonio. Así, los discípulos de Juan vieron primero lo que hacía…fueron testigos. Luego escucharon lo que decía la gente. Estas fueron las evidencias que requerían para saber de quién se trataba.

Jesús nos da el ejemplo. Así debe ser nuestra vida, un testimonio del Amor a Dios y al prójimo. No se trata de hacer filosofía, ni de dar discursos. Se trata de brindar evidencias prácticas con la vida misma. El cristiano no tiene que andar diciendo por ahí, ojo, soy cristiano. No tiene que andar dando discursos con palabras rebuscadas del porqué de su proceder. No son explicaciones verbales las que lo distinguen…sino, su proceder cotidiano, en cada momento. No es lo que él diga, sino lo que dicen los demás.

El cristianismo es vida compartida, vida comprometida. El cristiano no busca en primer lugar su comodidad, su seguridad, la satisfacción de sus necesidades, sino el bien y el provecho de los demás. El cristiano tiene el deber de poner la luz y la verdad en cada situación que le toca vivir. No pasa indiferente y mucho menos espera que otro lo haga. Él toma la iniciativa y sin violencia, con paz, asume la defensa de los pobres, de los humildes, de los desposeídos, de los que son víctimas de segregación, de atropello a sus derechos, de los que sufren…

Ser cristiano es tomar partido, no mental, no teórico, sino en la vida y con la vida misma. Al cristiano se le reconoce por lo que hace públicamente, no por la forma en que se expresa o por las hermosas palabras que recita en una función o como parte de una parodia. El proceder cristiano salta a la vista, porque está impregnado de amor; porque en él sólo se puede apreciar intensiones puras; porque el fin último de sus obras es el bien de los demás, aun acosta de sacrificar su propia vida. No concibe el bien como una transacción en la que el debe obtener algún provecho…

Esa es la imagen que nos presenta Cristo en el evangelio. Eso es de lo que pueden dar testimonio los discípulos de Juan. ¿Podrán nuestros hermanos decir lo mismo de nosotros? ¿Viendo lo que hacemos y oyendo lo que se dice de nosotros (en segundo lugar), podrán concluir que efectivamente era Cristo el que tenía que venir?

Oremos:

Señor, ayúdanos a dar testimonio de Ti con nuestra propia vida. Que nuestros actos arrastren a Ti. No permitas que hayan nubes, en nuestro proceder…Que todo sea transparente y claro, lo suficiente para desbaratar cualquier treta del demonio que siempre está tratando de urdir engaños y tejiendo mentiras…

Permítenos vivir SIEMPRE en Gracia, aun cuando aparentemente estamos solos o cuando se trata de “nuestra vida privada”. No debe haber nada en nosotros que no pueda ser expuesto a la luz del medio día. Ayúdanos a enmendar nuestros errores y a limpiar nuestro corazón.

Que hagamos del servicio nuestra primera razón para existir. Amén.

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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dic 15 2009

Mateo 21, 28-32

Texto del evangelio (Mt 21, 28-32)

En aquel tiempo, Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Llegándose al primero, le dijo: ‘Hijo, vete hoy a trabajar en la viña’. Y él respondió: ‘No quiero’, pero después se arrepintió y fue. Llegándose al segundo, le dijo lo mismo. Y él respondió: ‘Voy, Señor’, y no fue. ¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?». «El primero», le dicen. Díceles Jesús: «En verdad os digo que los publicanos y las rameras llegan antes que vosotros al Reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros por camino de justicia, y no creísteis en él, mientras que los publicanos y las rameras creyeron en él. Y vosotros, ni viéndolo, os arrepentisteis después, para creer en él».

Reflexión: Mt 21, 28-32

Estamos frente a dos ejemplos…El que escucha y lo pone en práctica y el que oye, aparentemente con mucha atención, pero se queda en eso…en apariencias, porque al final no hace nada de lo que se le dice, no obedece la voluntad del Señor.

La palabras del Señor son, como siempre, muy fuertes para estos últimos. No sé cómo hemos hecho para moderarlas y llegar a hacerlas inocuas.  El Señor no se va con rodeos, ni está con contemplaciones ni adulaciones. ¿De qué otro modo puede interpretarse esta advertencia a los sumos sacerdotes y ancianos, es decir, a lo más graneadito y respetable del pueblo, a quienes simbolizan la sabiduría, la razón y la ley…”En verdad os digo que los publicanos y las rameras llegan antes que vosotros al Reino de Dios.”

Es que no es cuestión de poses, de apariencias, de hacer creer. Se trata de actuar cristianamente. Incluso este, que al comienzo le cuesta, pero que va asimilando la orden recibida, la ha escuchado, es decir que la ha interiorizado y la viene digiriendo y asimilando, dándole vueltas, hasta que finalmente obra en forma sensata, porque ha llegado a comprender la importancia de la orden recibida y de quién proviene. Incluso este, que al comienzo duda, merece más respeto y mejor trato que el que se para en la puerta y ni entra, ni deja entrar. Esos, que se erigen como ejemplo, son los peores, por debajo de las rameras…Aquí no hay adulaciones ni medias tintas. Al pan, pan y al vino, vino.

Las cartas están echadas. El juego a empezado…¿De qué lado estamos? Por que no podemos estar a ambos lados. Tenemos que tomar partido, y aún el que no hace aparentemente nada, con su inacción, con su falta de compromiso, ha tomado partido. Así es. La vida y la palabra del Señor nos decantan.

¿A qué esperamos? No, no habrá otro momento después. No habrá otra oportunidad. Es ahora o nunca.

Oremos:

Señor, ayúdanos a ver la urgencia de la misión encomendada. Que no caigamos en el tedio, en el conformismo, en la mediocridad, de aquel que aparenta, que asiente y que incluso llega a predicar, pero no hace nada.

Danos la capacidad de enmendarnos, de corregirnos, de arrepentirnos…y la oportunidad para actuar finalmente conforme a Tú Voluntad.

No permitas que nos convirtamos en mercenarios…Amén.

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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