Category: Juan

ago 10 2010

Juan 12, 24-26

Texto del evangelio (Jn 12, 24-26)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto. El que ama su vida, la pierde; y el que odia su vida en este mundo, la guardará para una vida eterna. Si alguno me sirve, que me siga, y donde yo esté, allí estará también mi servidor. Si alguno me sirve, el Padre le honrará».

Reflexión: Jn 12, 24-26

¡Eh ahí el secreto! La esencia, el centro, la médula. Salir de nosotros; olvidarnos de nosotros. Estar con el Señor, donde Él dispone. Tenemos que tener un norte distinto a “mi, me, conmigo”. Nuestro norte, nuestro Camino es Él. Hemos de actuar como el nos pide y seguirlo donde va, porque con Él todo lo podemos.

No se trata de poderes mágicos, o como está de moda, de “super poderes”, como si fuéramos “superhéroes”. Se trata de tener fe en Él y seguirlo por el Camino, haciendo Su Voluntad, que es la Voluntad del Padre. Construyendo el Reino…Ese debe ser nuestro empeño toda la vida. No solamente convencidos que esa será la única manera de alcanzar la recompensa prometida, sino convencidos primeramente y antes que nada, que es el amor que lo hace todo posible, que debemos actuar guiados por el amor, iluminados por el amor, convencidos que todo estará bien, en tanto amemos…Para decirlo en palabras de San Agustín “Ama y haz lo que quieras”.

El que ama, llega al extremo de entregar su vida. Debemos estar dispuestos a ello. Solo en la medida en que salgamos de nosotros y nos volquemos a los demás, haciendo de nuestra vida un don para los demás, estaremos cumpliendo la Voluntad de nuestro Padre, siguiendo su consejo, cumpliendo sus órdenes, su mandato. Es un mandato porque está inscrito como tal en toda la Biblia y como lo resume Jesús, la ley y los profetas consiste en “amar a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos”. Eso es todo. Hemos de vivir así, aun cuando ello signifique nuestra muerte…Parece una paradoja, pero no lo es. Si queremos alcanzar la Vida Eterna, debemos estar dispuestos a ello, como el Señor lo dice en esta misma lectura: “El que ama su vida, la pierde; y el que odia su vida en este mundo, la guardará para una vida eterna.”

¿Dónde está nuestro tesoro? Allí estarán nuestros pensamientos, nuestras intenciones…Guardémoslo allí, donde no entra el ladrón, ni la polilla. Si hemos hecho el cumplir con la Voluntad del Padre nuestro mayor tesoro, lo demás será lo de menos. ¿Qué puede querer nuestro Padre, sino nuestro bien? Por ello debemos tener Fe en Él y seguirlo ciegamente. Eso es lo único que nos pide.

Oremos:

Señor Jesús, permítenos entender que no hay mejor elección que seguir el Camino que nos propones, que no está exento de sacrificios, pero que es el único que conduce al lugar que nos tienes preparado desde siempre. Que solo hay una forma de alcanzarlo y es amando. Que este debe ser entonces el patrón al que debemos someter todo lo que hacemos. Si es amor, bienvenido sea. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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jul 29 2010

Juan 11, 19-27

Texto del evangelio (Jn 11, 19-27)

En aquel tiempo, muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María, para darles el pésame por su hermano. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa. Y dijo Marta a Jesús: “Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá.” Jesús le dijo: “Tu hermano resucitará.” Marta respondió: “Sé que resucitará en la resurrección del último día.” Jesús le dice: “Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?” Ella le contestó: “Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.

Reflexión: Jn 11, 19-27

Este es un nuevo encuentro con Marta y María, en un momento ingrato, pues acababa de morir su hermano. Marta que en el encuentro anterior había estado tan ocupada y ajetreada en la casa, ocupada en una serie de cosas, ciertamente importantes, pero no tanto como para desatender y dejar de oír a Jesús, siempre ansiosa y algo desenfocada, viene esta vez a reprocharle a Jesús el no haber estado presente. Si hubieras estado aquí otra sería la historia: “si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano.”

¿Cuántas veces reprochamos a Dios su ausencia? Le culpamos por lo que nos ocurre. Es que Él no está aquí, nos decimos, sino otro sería el fin. Pero debemos reflexionar en las palabras de Jesús, en la respuesta que le da a Marta. ¿Tú sabes quién soy? ¿Crees en mí? ¿Entonces de qué te preocupas? Entonces el problema no es que no esté el Señor, es que no tenemos fe. Así de simple, sino otra sería nuestra actitud en la vida. Esto es lo que nos pide el Señor…Tener fe, creer en Él, con eso basta.

En las dos ocasiones en las que se encuentra con Marta de una u otra manera se lo remarca: “Una sola cosa es importante, María la ha escogido y no se le quitará”.

¿Cómo enfocarnos adecuadamente aun en esos momentos de angustia, de tristeza, en los que parece que enfrentáramos algo irreparable, como es la muerte de algún ser querido? ¿Cómo mantener nuestra fe, cuando parecemos asistir al fin de alguien que amamos? Ese es tal vez uno de los retos más exigentes de la fe…Pero es precisamente para estos momentos que debemos cultivarla. Es en estos momentos que debemos pedir que aflore.

Todos pasamos por estos momentos en la vida y muchas veces, seguramente, en el transcurso de la misma, por más corta que esta sea.  Es entonces que nuestra fe debe ser confirmada, reafirmada, frente a Dios y frente a los demás. Si creo, si confío en Dios, se entiende que esté apenado, pero no afligido, como si todo hubiera terminado irremediablemente. ¿Creo o no creo? Es cuestión de optar, de decidir; y esa decisión debe perdurar toda mi vida, aun en estos momentos y mientras sea consciente, hasta la muerte.

Oremos:

Te pedimos Padre Santo que aumentes nuestra fe, que la solidifiques, para que podamos mostrarla aun en esto momentos “difíciles” de la vida.  Que demos testimonio de esperanza a todos cuantos nos rodean; una esperanza sólida, una esperanza que se muestra con nuestros actos, con nuestro testimonio cotidiano, en la forma en que enfrentamos la vida, aun en esos momentos. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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jul 22 2010

Juan 20, 1-2.11-18

Texto del evangelio (Jn 20, 1-2.11-18)

El primer día de la semana va María Magdalena de madrugada al sepulcro cuando todavía estaba oscuro, y ve la piedra quitada del sepulcro. Echa a correr y llega donde Simón Pedro y donde el otro discípulo a quien Jesús quería y les dice: «Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto».

Estaba María junto al sepulcro, fuera, llorando. Y mientras lloraba se inclinó hacia el sepulcro, y ve dos ángeles de blanco, sentados donde había estado el cuerpo de Jesús, uno a la cabecera y otro a los pies. Dícenle ellos: «Mujer, ¿por qué lloras?». Ella les respondió: «Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto». Dicho esto, se volvió y vio a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús. Le dice Jesús: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?». Ella, pensando que era el encargado del huerto, le dice: «Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo me lo llevaré». Jesús le dice: «María». Ella se vuelve y le dice en hebreo: «Rabbuní» —que quiere decir: “Maestro”—. Dícele Jesús: «No me toques, que todavía no he subido al Padre. Pero vete donde mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios». Fue María Magdalena y dijo a los discípulos que había visto al Señor y que había dicho estas palabras.

Reflexión: Jn 20, 1-2.11-18

El Señor es fiel a su Palabra. Cumple lo que nos ofrece, lo que nos promete. Lo que pasa es que nosotros no estamos dispuestos a creerle, por más evidencias que nos ofrezca …¡Somos tan incrédulos! No queremos dar crédito a lo que ven nuestros ojos. Dudamos de todo. Decimos. “no puede ser”, e inventamos historias “lógicas” para explicar lo que en realidad es un milagro evidente, que se ha producido frente a nuestros ojos.

“No puede ser”. ¿Cómo que no puede ser, si lo estás viendo ante tus ojos? Ha de ser un truco; debe haber habido un error. Y sin embargo, no. Los hechos están ahí. El Señor ha actuado frente a nuestros ojos, pero no es suficiente, no creemos…queremos más.

Será que sentimos que no lo merecemos o tal vez, que ha sido una coincidencia. Finalmente, nuestras dudas son tan grandes, que  llegamos a negar las evidencias. Eso nunca paso. Fue producto de mi imaginación. De cualquier modo lo minimizamos y seguimos adelante, sin añadir ni un ápice a nuestra fe. Lo merecemos todo, incluso “eso” por lo que rogamos tanto antes, sabiendo que sólo la intervención Divina podía cambiarlo. El Señor accedió a nuestras plegarias y produjo el milagro, sin embargo, una vez recibido, lo ponemos en duda. Así de ingratos somos…Por eso el Señor nos dice: “¡Generación malvada y adúltera! Una señal pide, y no se le dará otra señal que la señal del profeta Jonás.”

En el pasaje de hoy, ´María Magdalena se tropieza con Jesús, lo tiene al frente…incluso habla con Él y no está dispuesta a creer. No puede ver lo evidente, hasta que Jesús se lo hace notar de modo insistente. El hecho que aún a María le suceda, puede servirnos de consuelo, pues qué se puede esperar de nosotros…Pero debemos tener más abiertos los ojos y destapados los oídos. ¡No es posible que no percibamos lo evidente!

El Señor ha venido a este mundo en cumplimiento de la Voluntad del Padre. Ha venido a mostrarnos el Camino. Ha venido a Salvarnos. ¡Esa es su Voluntad! Todo lo que pide de nosotros es que creamos en Él y que nos amemos los unos a los otros. Un “millón” de pruebas nos ofrece para que le creamos..Decenas están escritas en los Evangelios; miles en la historia y muchísimas en nuestra vida cotidiana. Pero no hay peor ciego que el que no quiere ver.

Oremos:

Pidamos al Señor que abra nuestras entendederas, que seamos más rectos al juzgar las evidencias, que seamos justos y le demos al Señor el crédito que merece, ante las obras que despliega frente a nuestros ojos. Que no seamos tercos y necios, empecinándonos en negar lo evidente. Que por el contrario sirvan estos milagros para fortalecer nuestra fe y proclamar el Evangelio. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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jul 03 2010

Juan 20, 24-29

Texto del evangelio (Jn 20, 24-29)

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré».

Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo: «La paz con vosotros». Luego dice a Tomás: «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente». Tomás le contestó: «Señor mío y Dios mío». Dícele Jesús: «Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído».

Reflexión: Jn 20, 24-29

¡Qué difícil es tener fe! ¡Qué difícil se nos hace creer efectivamente en el Señor, no sólo de palabra, sino de obra! Necesitamos pruebas…Son muchas las que nos ha dado el Señor, sin embargo necesitamos más. Nuestro deseo de seguridad plena y total, basada en pruebas palpables aquí y ahora es insaciable. Queremos que se nos convenza nuevamente, que se nos pruebe una y otra vez…

Esto es lo que ocurre con Tomás. Y sin embargo Tomás fue uno de los que acompañó a Jesús durante toda su peregrinación y vio seguramente muchos de los milagros increíbles que se narran en los Evangelios…Como el del paralítico que veíamos tan sólo antes de ayer. Pero no era suficiente para él. Tenía que tocar…

Hemos, pues de concluir que la Fe es un Don que debemos pedir que el Señor derrame en forma abundante sobre nosotros. No podemos dejarlo librado a nuestras propias fuerzas, a nuestra capacidad, porque siempre será insuficiente, pese a que hayamos tenido evidencias palpables en más de una ocasión en nuestras vidas. Tendemos a olvidar, a poner en tela de juicio y a dudar. Somos incrédulos.

Nos resulta fácil dudar cuando nuestro razonamiento sobre el mundo empírico, nos dice que esto o aquello contraviene sus reglas; cuando encontramos aliento en los demás; cuando tenemos el respaldo de la mayoría. Llegamos a desestimar y aún a negar aquél milagro del que fuimos testigos. A la distancia, empezamos a dudar de aquella ocasión en que tuvimos evidencias palpables de la presencia del Señor e nuestras vidas. La desestimamos y muy pronto empezamos a buscar una explicación “coherente” con “nuestra lógica científica”, “objetiva”.  Así, terminamos por invalidar, descartar aquella prueba y queremos una nueva. Con esta sí creeremos, nos decimos, pero la verdad es que siempre tendremos dudas, siempre volveremos a dudar.

Por eso hemos de pedir a Dios que fortalezca nuestra fe, que la acreciente día a día, como el grano de mostaza, que de ser la semilla más pequeña, se convierte en el árbol más grande.

Oremos:

Padre Santo, creo en Ti, pero aumenta mi fe. No permitas que el enemigo se entrometa y me debilite, sembrando dudas donde no hay o haciéndome consentir que estas son fundamentales; que necesito pruebas, cuando me las has dado de sobra y cuando hace mucho tiempo admití que así era. Que de ninguna manera se debilite mi convicción que lo mejor que puedo hacer con mi vida es entregártela a Ti y al Evangelio. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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may 22 2010

Juan 21, 20-25

Texto del evangelio (Jn 21, 20-25)

En aquel tiempo, volviéndose Pedro vio que le seguía aquel discípulo a quién Jesús amaba, que además durante la cena se había recostado en su pecho y le había dicho: «Señor, ¿quién es el que te va a entregar?». Viéndole Pedro, dice a Jesús: «Señor, y éste, ¿qué?». Jesús le respondió: «Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿qué te importa? Tú, sígueme». Corrió, pues, entre los hermanos la voz de que este discípulo no moriría. Pero Jesús no había dicho a Pedro: «No morirá», sino: «Si quiero que se quede hasta que yo venga».

Éste es el discípulo que da testimonio de estas cosas y que las ha escrito, y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero. Hay además otras muchas cosas que hizo Jesús. Si se escribieran una por una, pienso que ni todo el mundo bastaría para contener los libros que se escribieran.

Reflexión: Jn 21, 20-25

El Señor, nuestro Dios, sabe las historias íntimas de cada uno de nosotros; nos conoce al dedillo, de tal manera que no hay nada que podamos ocultarle. Así que Él sabe lo que espera y exige a cada quien. Por eso, nosotros, no debemos detenernos a juzgar y a preguntar por qué este, o este está bien, pero aquél…Debemos ocuparnos de nosotros mismos y asegurarnos que realmente seguimos al Señor. Eso es lo que importa: Jesús le respondió: «Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿qué te importa? Tú, sígueme».

El Señor no quiere chismes, ni prejuicios, ni comparaciones. Así que no estemos con reproches en nuestras oraciones. No nos detengamos a examinar qué hizo el otro, que hace, que suerte tiene, cómo le va. Asegurémonos de hacer nosotros las cosas bien…¿qué te importa? Tú, sígueme.

El llamado es personal. Aunque es muy cierto que el testimonio se da en la comunidad, con nuestra vida misma, en la vida cotidiana y entre los que nos rodean, el llamado sigue siendo personal. A ti me dirijo…Tú, ven, sígueme.

No es cuestión de acomodarnos, entonces, y pretender justificarnos en lo que hacen los demás. Si Perico no lo hace, porque habré de hacerlo yo…O, si él lo hace, porque no yo también. No andemos mirando la paja en el ojo ajeno, cuando en el nuestro tenemos una viga…Exijámonos a nosotros mismos. Hagamos lo que el Señor ha dispuesto, hagamos su Voluntad, sin juzgar ni poner en lo que hagan los demás nuestra medida. Lo que se te pide a ti, no es lo mismo que lo que se le pide a tu hermano, porque ambos tienen historias distintas, porque cada uno es distinto, único e irrepetible para Dios. Da tú lo mejor de ti. Haz tu mejor esfuerzo…Comprométete a fondo con el Señor, sin reparar en la medida de los demás. No critiques, ni reproches…Solo mira adelante, síguelo y confía en Él.

Oremos:

Señor, no permitas que nos distraigamos en chismes y mucho menos en maledicencias. Que no salga de nuestra boca juicio a nuestros hermanos. Más bien que nos empeñemos por hacer los que nos mandas, en cumplir acertadamente y hasta el fin con nuestra misión.  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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may 21 2010

Juan 21, 15-19

Texto del evangelio (Jn 21, 15-19)

Habiéndose aparecido Jesús a sus discípulos y comiendo con ellos, dice Jesús a Simón Pedro: «Simón de Juan, ¿me amas más que éstos?» Le dice él: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Le dice Jesús: «Apacienta mis corderos». Vuelve a decirle por segunda vez: «Simón de Juan, ¿me amas?». Le dice él: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Le dice Jesús: «Apacienta mis ovejas». Le dice por tercera vez: «Simón de Juan, ¿me quieres?». Se entristeció Pedro de que le preguntase por tercera vez: «¿Me quieres?» y le dijo: «Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero». Le dice Jesús: «Apacienta mis ovejas. En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías, e ibas a donde querías; pero cuando llegues a viejo, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará a donde tú no quieras». Con esto indicaba la clase de muerte con que iba a glorificar a Dios. Dicho esto, añadió: «Sígueme».

Reflexión: Jn 21, 15-19

Efectivamente, llegará el momento en el que no podremos hacer lo que queremos, entonces, quien podrá juzgarnos por lo que hacemos o dejamos de hacer…Pero mientras somos capaces de responder, mientras somos conscientes y dueños de nuestra voluntad y libertad, debemos hacer lo correcto, lo que el Señor nos manda. Esto me dice a mi también, que no a todos se les pide y exige lo mismo, cada quien según su capacidad y conciencia. Se espera más de quien más recibe, de quien más dueño de sí es. Muy poco podemos esperar y reclamar a aquel que debe ser trasladado  y ayudado aun en lo más simple y vital…¿Cómo podremos juzgarlo? Pero a ti que lo tienes todo, que entendiste el mensaje, que hubo quien te lo aclarara, que pudiste meditarlo y aun orarlo, ¿cómo se te puede tolerar que no seas consecuente?

¿Qué nos pide el Señor? Que mostremos con hechos y no con palabras que le amamos. El que me ama, apaciente mis ovejas. No basta decirlo y pregonarlo a los cuatro vientos, tiene que ser demostrado con hechos. Y me parece sumamente importante, no es accesoria la responsabilidad, la obligación, el compromiso que Jesús, a través de Pedro, nos pide a todos: “apacienta mis ovejas”. No dice que las alimente, tampoco que las suelte o libere, ni si quiera que luche por ellas…sino que las apaciente.

Es decir que nuestro primer deber, nuestra primera obligación es con los demás, con el rebaño del Señor, con nuestros hermanos; y lo que debemos llevar y procurar es la Paz. Apacentarlos…¿Qué implica? Puede significar y demandar muchas cosas, sin embargo si lo que hacemos no acarrea, no lleva a la paz, no estamos haciendo lo que el Señor nos pide. Él quiere que busquemos y procuremos la paz…Sólo puede tener paz quien tiene esperanza; quien, sobre cualquier aflicción de la vida, puede sobreponerse, puede poner por encima la seguridad, la fe en quien tiene poder para resolver esto y mucho más…

Nuestro deber es APACENTAR…Es algo que n o debemos olvidar y que debe bañar en impregnar toda nuestra acción. Lo que hacemos no tendrá sentido, ni estará de acuerdo con la voluntad del Señor, si no trae paz, si por el contrario trae rencillas, disputas, odios, venganza…Si esto se desata a propósito de nuestra participación, debemos procurar intenciones limpias y rectas, y esforzarnos por llevar la paz y la reconciliación, que por su puesto no tiene porqué hacerse sobre a injusticia, pero tampoco sobre la venganza.

“Si me amas, debes ser portador de paz” eso es lo que nos dice el Señor en esta lectura. Y es entorno a esta misión que debemos reflexionar y orar. Tenemos un compromiso y una responsabilidad, que va más allá de las palabras, que exige participación y compromiso. No la protesta fácil, ni los improperios, ni los actos hostiles o de venganza que nos pongan a la altura de quienes nos agravian, sino la búsqueda de la armonía y la comprensión, para que las cosas se resuelvan en paz y todos los involucrados puedan sentir esa paz…”Si me amas, apacienta mis ovejas”. Debemos ser constructores de paz…Eh ahí el gran reto en nuestra vida cotidiana.

 Oremos:

Señor, ayúdanos a ser sembradores de paz, por donde vayamos, con quien estemos y ante cualquier circunstancia en la vida. Que no nos dejemos llevar por malos sentimientos. No permitas que estos nos invadan, ni aun cuando seamos víctimas de un ataque…Que sepamos ver siempre claramente al mundo bajo Tu Luz. Haznos constructores de Tú Paz. Esto es seguramente lo que entendió San Francisco…

Señor, hazme Instrumento de Tu paz.
Donde haya odio, siembre yo amor;
Donde haya injuria, perdón;
Donde haya duda, Fe;
Donde haya desaliento, esperanza;
Donde haya oscuridad, luz;
Y donde haya tristeza, alegría.
 
 
Oh Divino Maestro,
 
Haz que no busque ser consolado sino consolar;
Que no busque ser comprendido sino comprender;
Que no busque ser amado sino amar;
Porque dando es como recibimos;
Perdonando es como Tú nos perdonas;
Y muriendo en Ti es como nacemos en Vida Eterna.

Ayúdanos a perseverar en esta línea.  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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may 19 2010

Juan 17, 11b-19

Texto del evangelio (Jn 17, 11b-19)

En aquel tiempo, Jesús, alzando los ojos al cielo, dijo: «Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros. Cuando estaba yo con ellos, yo cuidaba en tu nombre a los que me habías dado. He velado por ellos y ninguno se ha perdido, salvo el hijo de perdición, para que se cumpliera la Escritura. Pero ahora voy a ti, y digo estas cosas en el mundo para que tengan en sí mismos mi alegría colmada. Yo les he dado tu Palabra, y el mundo los ha odiado, porque no son del mundo, como yo no soy del mundo. No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del Maligno. Ellos no son del mundo, como yo no soy del mundo. Santifícalos en la verdad: tu Palabra es verdad. Como tú me has enviado al mundo, yo también los he enviado al mundo. Y por ellos me santifico a mí mismo, para que ellos también sean santificados en la verdad».

Reflexión: Jn 17, 11b-19

Jesús sigue pidiendo por nosotros al Padre, para que seamos capaces de santificarnos en la verdad, como Él lo ha sido. El Señor quiere que lleguemos a ser sinceros, abiertos, puros. Que no haya en nosotros intención torcida; que no haya revés. Que no midamos nuestras palabras, ocultando nuestras intenciones, ni buscando hacer caer a nadie. El Señor quiere que nuestra vida sea como un libro abierto, en plena luz del día y en el lugar más público que podamos conocer.

Tenemos la obligación de andar por la senda del bien, de la transparencia, de la honestidad, de la sinceridad, de la verdad. No se trata de actuar como “Pepe el vivo”, que se jacta de hacer caer a todos en su trampa, que hábilmente procura sacar provecho de cada situación, de toda persona que se cruza en su camino. No se trata de servirse de nadie, sino por el contrario, de servir a los demás, tal como lo hizo Jesucristo, al extremo de dar su vida por nosotros.

La Verdad nos santifica. Ojala aprendiéramos desde niños a vivir y actuar en la verdad, a no tener dos caras, a no ocultar nada, a no guardarnos nada en nuestro provecho. Ojalá aprendiéramos a mantenernos en la verdad aun a costa de perder privilegios, aun a costa de defraudar expectativas. Ojala tuviéramos a la Santidad como el mayor logro, el mayor premio, el mayor don.

Oremos para que el Señor preserve nuestros espíritus y nos mantenga puros, siempre apegados a la verdad y dispuestos a que nos espulguen hasta lo más intimo, sin ningún temor a lo que se pudiera descubrir, sabiendo que no tenemos nada que ocultar, más allá del pudor natural.

Oremos:

Señor, mantennos firmes como la roca. Que no flaqueemos, aun cuando gima en nuestro mástil feroz el huracán…”Me arrollará quizás entre su espuma, mas negar que me amaste y que te amé…Negar que fui tu hijo y que en tus brazo, se paso como un sueño mi niñez…¡Eso nunca lo haré Madre querida, eso nunca, nunca lo haré! 
 ¡Ayúdanos Señor en este propósito!  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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may 18 2010

Juan 17, 1-11a

Texto del evangelio (Jn 17, 1-11a)

En aquel tiempo, Jesús, alzando los ojos al cielo, dijo: «Padre, ha llegado la hora; glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti. Y que según el poder que le has dado sobre toda carne, dé también vida eterna a todos los que tú le has dado. Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo. Yo te he glorificado en la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste realizar.

»Ahora, Padre, glorifícame tú, junto a ti, con la gloria que tenía a tu lado antes que el mundo fuese. He manifestado tu Nombre a los hombres que tú me has dado tomándolos del mundo. Tuyos eran y tú me los has dado; y han guardado tu Palabra. Ahora ya saben que todo lo que me has dado viene de ti; porque las palabras que tú me diste se las he dado a ellos, y ellos las han aceptado y han reconocido verdaderamente que vengo de ti, y han creído que tú me has enviado.

»Por ellos ruego; no ruego por el mundo, sino por los que tú me has dado, porque son tuyos; y todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío; y yo he sido glorificado en ellos. Yo ya no estoy en el mundo, pero ellos sí están en el mundo, y yo voy a ti».

Reflexión: Jn 17, 1-11a

Una hermosa oración de Cristo por todos nosotros, sus discípulos sus seguidores. No puede dejar de conmovernos la forma en que Cristo, siendo Hijo y Dios también, ruega humildemente al Padre por todos “los que tú me has dado, porque son tuyos”.

Esta es una lección que debemos aprender en primer lugar. A orar al Padre con humildad, por todos los suyos, aquellos que en el fondo de sus corazones han decidido guardarlo y seguirlo. No somos nadie para juzgarlos, ni podemos saber exactamente quienes y cuántos son, pero por todos ellos hemos de orar, para que Dios Padre mantenga rectas sus intenciones, y sean la luz y sal del mundo.

Al orar por ellos, hemos de orar por nosotros mismos también, para que sepamos actuar a la altura de las circunstancias, para que demos testimonio de Cristo. Si realmente creemos en Dios, hemos de dar testimonio de Él.  Si somos hijos de la luz, hemos de alumbrar, porque nadie enciende una lámpara para ocultarla bajo la cama o bajo la mesa, sino que la pone en lo alto para que todos la vean, para que ilumine a todos a su alrededor.

En esto debemos reflexionar hoy. En nuestro papel y actuación en el medio, en las circunstancias en las que nos ha tocado vivir. ¿Es que nos amoldamos a ellas, mimetizándonos con el mundo, de modo tal que nuestra identidad queda totalmente oculta y resguardada? ¿O es que somos testimonio vivo de Cristo en cuanta ocasión y circunstancia nos toca vivir y afrontar, sin temor a ser luz, por el contrario, procurando iluminar conscientemente el camino de nuestros hermanos menores?

No es una expresión literaria, ni tan solo un modo de decir lo que el Señor nos revela en esta lectura de forma clara e inconfundible: “Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo.”

Eso es todo. En ello hemos de meditar; entorno a ello hemos de orar…¿Conocemos a Dios? ¿Conocemos a Jesucristo? ¿Qué ha de significar el conocerlos en nuestras vidas? ¿Qué tendría que significar el conocerlos para nuestra sociedad? ¿Qué debe hacer el que conoce? ¿Para qué se enciende una luz? ¿Para ocultarla? Estamos llamados a dar testimonio de la Luz…¿Cómo habremos de hacer esto en nuestras vidas, en nuestras circunstancias?

Oremos:

Padre Nuestro, se nos hace a veces muy difícil seguirte; tenemos temor a poner en juego lo que tenemos, lo que atesoramos, aquellas cosas que nos dan seguridad en esta vida, como si pudiéramos aferrarnos a ellas eternamente y asegurar que nunca nos faltarán. Es decir, en el fondo, nos falta fe. Tenemos más confianza en lo tangible, en lo contante y sonante y estamos dispuestos a hacernos de la vista gorda ante cualquier cosa, si a cambio recibimos una paga…Nos resistimos, pero finalmente llega un momento en el que se pone precio a nuestros principios, a nuestra fe…¡No permitas que caigamos en esta tentación! ¡Ayúdanos a rechazar con firmeza todas estas tretas del demonio! ¡Acrecienta nuestra fe!  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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may 17 2010

Juan 16, 29-33

Texto del evangelio (Jn 16, 29-33)

En aquel tiempo, los discípulos dijeron a Jesús: «Ahora sí que hablas claro, y no dices ninguna parábola. Sabemos ahora que lo sabes todo y no necesitas que nadie te pregunte. Por esto creemos que has salido de Dios». Jesús les respondió: «¿Ahora creéis? Mirad que llega la hora (y ha llegado ya) en que os dispersaréis cada uno por vuestro lado y me dejaréis solo. Pero no estoy solo, porque el Padre está conmigo. Os he dicho estas cosas para que tengáis paz en mí. En el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo!: yo he vencido al mundo».

Reflexión: Jn 16, 29-33

El Señor nos advierte que no es fácil su seguimiento…Tendremos tribulación. Sin embargo, no debemos desmayar ni desanimarnos:   “¡ánimo!: yo he vencido al mundo”.

Estas son palabras que deben resonar constantemente en nuestro interior. De ellas debemos sacar la fuerza para proseguir. Y cuando todo parezca oscuro, difícil, imposible, que hay momentos así en la vida, debemos recordar que Jesús ha vencido al mundo, que la victoria está asegurada, que finalmente triunfará la verdad. No debemos dejarnos desmoralizar, desesperanzar…Todo lo contrario, a ejemplo de Jesús, debemos animarnos unos a otros y animarnos nosotros mismos.

Cuanto más difícil y desoladora parece una situación, cuando tendemos a ver todo gris y oscuro, cuando nos sentimos solos e indefensos, cundo el mundo entero parece ensañarse contra nosotros, debemos buscar un momentito, apartarnos como Jesús y orar al Padre…el nos mostrará el camino, la salida…el soplará el Espíritu Santo que vendrá a darnos el consuelo y la esperanza necesarios.

Todo tiene algún motivo, aunque quizás ahora nos cueste verlo.  Dios nos ama y solo quiere nuestro bien. Ordenemos nuestra vida hacia él y no dejemos que nada nos desanime y aparte del camino. Él sabrá recompensarnos, confortarnos y darnos la fortaleza para mantenernos inquebrantables en su seguimiento.

No permitamos que desfallezca en nosotros el amor, que ha de ser el motivo de todos nuestros actos, de todos nuestros propósitos, de toda nuestra vida. No olvidemos que esta vida es finita y que hemos de transitar por ella “ligeros de equipaje”. Cuanto menos atesoremos, más libres seremos para servir y dar lo que tenemos. No nos hagamos esclavos de nada: ni del prestigio, ni de las propiedades, ni de la situación social o económica. “Hasta el último de nuestros cabellos está contado”. Seamos libres y vivamos para servir.

Oremos:

Padre Santo, danos tu consuelo eterno. No permitas que nos alejemos de ti y cuando más profundo y negro nos parezca el porvenir, permítenos ver la esperanza de Tu Reino. Permítenos tener ánimo aun cuando nos falta salud, aun cuando no tenemos trabajo, aun cuando el mundo entero parece ensañarse con nosotros…¡Danos esperanza, danos fe, danos paz, danos alegría, danos optimismo! Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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may 14 2010

Juan 15, 9-17

Texto del evangelio (Jn 15, 9-17)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor.

»Os he dicho esto, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea colmado. Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado. Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. No os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca; de modo que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo conceda. Lo que os mando es que os améis los unos a los otros».

Reflexión: Jn 15, 9-17

Es frecuente pensar que nosotros elegimos seguir a Cristo, creer en Él, amarle y servirle…Pero eh aquí que el Señor nos revela que Él nos ha escogido a nosotros y “nos ha destinado a que demos fruto y que este permanezca; de modo que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo conceda. Lo que os mando es que os améis los unos a los otros”.

Todo consiste en que nos amemos los unos a los otros, como Jesús mismo nos ha amado. Él ha puesto la medida: “Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando.”

De eso se trata, entonces. De amarnos los unos a los otros, hasta llegar a dar la vida por nuestros amigos, por nuestros hermanos. Tenemos que dar el mismo amor recibido. Debemos ser cauce, para que el amor de Dios transite por nosotros a los demás. Nada hay por encima de esta tarea, de esta misión.
Jesús nos envía a dar frutos abundantes y estos están asegurados si obramos por amor, si el amor es nuestra razón, nuestra guía, nuestro norte…Entonces, todo lo que pidamos al Padre nos será concedido, porque esa es su Voluntad.

Nada le da mayor satisfacción, mayor gozo al Señor, que hacer la Voluntad del Padre. Ese mismo gozo será colmado en nosotros si hacemos lo que Cristo nos propone. Es decir que el Camino propuesto, para el que cree, para el que tiene Fe, es un camino gozoso, alegre, amplio, oxigenado, atractivo, estimulante, lleno de paz. No puede ser triste, porque no puede haber mayor alegría, mayor satisfacción que hacer la Voluntad del Padre, que servirlo, que amarlo, que participar en la construcción del Reino y ver cómo se van dando los frutos de esta semilla del amor, plantada por doquier. Regarla, preservarla, es nuestro deber, en el que no estamos solos y en el cual recibimos la fortaleza y alegría del Espíritu Santo. Él ha de ser nuestro mayor consuelo y motivo de alegría y esperanza. Él nos conducirá a la salida, hacia la Vida Eterna.

Oremos:

Señor Jesús, que con tu vida nos diste el ejemplo sublime de amor y servicio, danos la fortaleza para seguir, para no flaquear ni dejarnos tentar  por la posibilidad de pasar por la puerta ancha, por donde todos transitan aprobándose mutuamente, sin tener en cuenta Tu Voluntad, Tu Mandato. Hemos de tener nuestros ojos puestos en los tesoros del cielo, donde no entra la polilla ni carcome el gusano. ¡Tengo fe, pero acreciéntala Señor!. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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may 13 2010

Juan 16, 16-20

Texto del evangelio (Jn 16, 16-20)

En aquel tiempo, Jesús habló así a sus discípulos: «Dentro de poco ya no me veréis, y dentro de otro poco me volveréis a ver». Entonces algunos de sus discípulos comentaron entre sí: «¿Qué es eso que nos dice: ‘Dentro de poco ya no me veréis y dentro de otro poco me volveréis a ver’ y ‘Me voy al Padre’?». Y decían: «¿Qué es ese ‘poco’? No sabemos lo que quiere decir». Se dio cuenta Jesús de que querían preguntarle y les dijo: «¿Andáis preguntándoos acerca de lo que he dicho: ‘Dentro de poco no me veréis y dentro de otro poco me volveréis a ver?’. En verdad, en verdad os digo que lloraréis y os lamentaréis, y el mundo se alegrará. Estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo».

Reflexión: Jn 16, 16-20

Definitivamente los discípulos no podían dar crédito a lo que ocurriría, a pesar que Jesús y el Antiguo Testamento, es decir las Escrituras que algunos de ellos conocían bastante bien, lo habían anunciado tantas veces. Jesús tenía que morir. A esto se refería en primer lugar el Señor…Luego resucitaría y ascendería al cielo. Es decir que de algún modo nos estaba dejando. Sin embargo, al hacerlo, no nos abandonó, sino que  nos dejó el Espíritu Santo, que es quien nos trae la luz y el consuelo, además de la fortaleza para perseverar en el seguimiento de Cristo. Es a todo esto a lo que se refiere Jesús en esta lectura…

Es a este “gozo” en que se habrá de convertir nuestra tristeza, al que nos invita Jesús. El que vive en Gracia, en permanente unión con el Espíritu Santo, a través de la oración y los Sacramentos, el que vive como Jesús, amando y sirviendo a los demás, alcanza este gozo, este consuelo, esta paz y alegría que son Dones del Espíritu Santo. A quien hace la Voluntad del Padre, Este derrama sobre él su abundante Gracia y sus numerosos frutos los podemos resumir en este “gozo” del que nos habla Jesús.

Es decir que la alegría del seguimiento del Señor no está reservada para la Vida Eterna, sino que podemos sentirla desde aquí, en nuestra vida cotidiana. Es que Jesús, Hijo de Dios Padre, nos ha traído una Buena Noticia que supera cuanta novedad podríamos recibir en este mundo. No hay nada más grande, nada más importante, nada que se le parezca y ni si quiera se asemeje a ella: somos Hijos de Dios y Él ha salido a buscarnos con los brazos abiertos, ha salido a nuestro encuentro, porque su Voluntad es que todos nos salvemos y alcancemos el gozo de la Vida Eterna.

Esta es la Verdad revelada por Jesús, que debe llenar nuestra vida y alegrarnos, así como inquietarnos por darla a conocer a los demás. Esta es nuestra misión: hacer que los demás también conozcan esta Verdad.

Oremos:

Padre Santo, ayúdanos a vivir como Jesús, a amarte como Él, a ser ejemplos de Fe, de amor, de caridad, de vida cristiana. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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may 12 2010

Juan 16, 12-15

Texto del evangelio (Jn 16, 12-15)

En aquel tiempo, Jesús habló así a sus discípulos: «Mucho tengo todavía que deciros, pero ahora no podéis con ello. Cuando venga Él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa; pues no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga, y os anunciará lo que ha de venir. Él me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso he dicho: Recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros».

Reflexión: Jn 16, 12-15

Un anuncio muy claro de la venida del Espíritu Santo.  En realidad este es un anuncio constante en las últimas lecturas. Me parece importante recordar que es de este modo que el mismo Jesús da a conocer a las tres personas que conforman el Dios en el que creemos: el Padre, cuya Voluntad es que nos salvemos, que ni uno de sus hijos se pierda; el Hijo, Jesús, que ha venido a hacer la Voluntad del Padre, restaurando de este modo el Puente, el Camino al Padre y el Espíritu Santo, que constituye la fortaleza inquebrantable, el apoyo, la presencia de Dios mismo en este mundo, en la Creación, en nuestra vida cotidiana, y en nuestro interior. Presencia, esta última, incuestionable, evidente, que hace posible alcanzar la Gracia de Dios, que de otro modo nos sería imposible.
Hay pues una fuerza poderosa, a cuya custodia nos ha encomendado Jesús, en la cual debemos confiar y a la cual hemos de acudir: esta es el Espíritu Santo, que no es ni más ni menos que el Espíritu de Dios mismo, uno y trino. Él debe iluminar cada uno de nuestros pasos. Él nos guiará hacia la luz. El abrirá nuestras entendederas, nuestra inteligencia y hará posible lo que de otro modo sería imposible. Es a Él a quien debemos abandonarnos, seguros que ha de llevarnos al Padre, y con Él, a la Vida Eterna.
¿Cómo no hemos de acudir constantemente a los Sacramentos, si son estos precisamente los que por intercesión Divina y por el Espíritu Santo nos permiten alcanzar una unión más íntima y vital con Dios? En ellos, misteriosamente nos reencontramos de un modo muy especial con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Oremos:

Ven Espíritu Santo
Llena los corazones de tus fieles
Y enciende en ellos el Fuego de Tu Amor.
Envía Tu Espíritu y todo será creado
Y renovarás la faz de la tierra.
Oh Dios, que has iluminado a tus hijos con la luz del Espíritu Santo
Haznos dóciles a tu Espíritu para obrar rectamente
Y gozar siempre de su consuelo,
Por Cristo Nuestro Señor. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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