Category: Juan

Juan 2, 1-12

Texto del evangelio (Jn 2, 1-12)

En aquel tiempo, se celebraba una boda en Caná de Galilea y estaba allí la madre de Jesús. Fue invitado también a la boda Jesús con sus discípulos. Y, como faltara vino, porque se había acabado el vino de la boda, le dice a Jesús su madre: «No tienen vino». Jesús le responde: «¿Qué tengo yo contigo, mujer? Todavía no ha llegado mi hora». Dice su madre a los sirvientes: «Haced lo que Él os diga».

Había allí seis tinajas de piedra, puestas para las purificaciones de los judíos, de dos o tres medidas cada una. Les dice Jesús: «Llenad las tinajas de agua». Y las llenaron hasta arriba. «Sacadlo ahora, les dice, y llevadlo al maestresala». Ellos lo llevaron. Cuando el maestresala probó el agua convertida en vino, como ignoraba de dónde era (los sirvientes, los que habían sacado el agua, sí que lo sabían), llama el maestresala al novio y le dice: «Todos sirven primero el vino bueno y cuando ya están bebidos, el inferior. Pero tú has guardado el vino bueno hasta ahora».

Así, en Caná de Galilea, dio Jesús comienzo a sus señales. Y manifestó su gloria, y creyeron en Él sus discípulos. Después bajó a Cafarnaúm con su madre y sus hermanos y sus discípulos, pero no se quedaron allí muchos días.

Reflexión: Jn 2, 1-12

Esta lectura nos da a conocer dos aspectos muy importantes de Jesús. Primero su humanidad, como consecuencia de la cual es sumamente sensible y perceptivo a  nuestras necesidades y debilidades. Tiene una madre, María, a cuyas órdenes y deseos no puede sustraerse. ¡Es su madre! Así, es notable que sea ella el morito de su primer milagro; que sea ella la que altera el programa que tenía trazado Jesús. Que sea ella la que le diga cuando ha llegado el momento de empezar y dónde. Jesús, como todo buen hijo es respetuoso y cariñoso con su madre, pero al mismo tiempo sabe lo que tiene que hacer, por eso le dice: «¿Qué tengo yo contigo, mujer? Todavía no ha llegado mi hora». Dice su madre a los sirvientes: «Haced lo que Él os diga».

Sin embargo, María insiste, con la autoridad y confianza que tiene toda madre en su hijo, al que le está pidiendo algo bueno…bueno para los demás, algo que exige desprendimiento, romper esquemas, salir del libreto, alterar los planes…pero que sin embargo sabe que es bueno. ¿Por qué no aquí? ¿Por qué no ahora? Parece decir María.

¿Cómo era aquél momento? Era, seguramente, de alegría, de confraternidad, de amistad, de amor. Era seguramente uno de esos momentos que algunos hemos tenido la suerte de vivir en familia. Esos momentos en que todos se reúnen en torno a un acontecimiento trascendente para la familia ampliada  y los amigos. Todos celebran felices un acontecimiento que dejará huella en sus vidas: un matrimonio. El sello que muchas veces sirve para unir dos grandes vertientes, dos familias. Matrimonio, símbolo de unión familiar, de profundo amor humano.

Risas, llantos, abrazos, promesas, recuerdos, planes, anécdotas, regaños, súplicas, reproches, alegría, baile, cariño, emoción, tertulia, buena comida, buen vino y mucho, mucho amor…Todos hemos tenido oportunidad de participar alguna vez de una de estas reuniones familiares, que han quedado guardadas en lo más profundo de nuestro corazón y muchas veces recordamos con nostalgia…¡Oh, la casa paterna! ¡Cómo se fueron aquellos años…!

Es precisamente en esa ocasión tan importante para la familia de Jesús, con la que Él había crecido, que su madre, María, le pide que resuelva un pequeño problema logístico o doméstico. Se acabó el vino; algo que podríamos pasar como suntuario. Sin embargo era importante para la celebración aquella. María había observado seguramente que algunos de los invitados estaban quedando algo desairados…quizás habían excedido en el número esperado. Quizás los novios y sus familias eran más populares y queridos de lo que pensaban…quizás había faltado algo de previsión, o quizás simplemente no habían tenido recursos suficientes para comprar lo necesario. Por lo que fuere, María quedó conmovida y sintió en su corazón que podía resolverlo, con la participación de su hijo. Y como cualquier madre haría, se lo pidió.

Jesús, aunque argumenta en son de reproche, no puede negarse a María. ¡Eh ahí un fundamento esencial de la devoción Mariana! Jesús oye a su madre y finalmente consiente en su pedido. No había nada malo en ello y aunque tenía otros planes, no encontró razón para no atender la súplica de su madre, para no complacerla.

Esas son las bodas de Caná. Un momento pleno de alegría y felicidad familiar, en el que Jesús, el enviado del Padre no puede dejar de manifestar también su alegría, derramando su Gracia en forma abundante. Dios está aquí y presta oídos a nuestras necesidades. Él no nos abandona nunca y goza con nosotros cuando se trata de celebrar el amor.

Oremos:

Padre Santo, ayúdanos con Tu intervención divina a resolver tantos malos entendidos y dificultades que encontramos en nuestras relaciones familiares. Ayúdanos a ceder, a dar el primer paso, a procurar siempre el entendimiento…a deponer nuestra altivez, nuestra resolución, por el bien de los demás, por la alegría y felicidad de los demás. Que seamos constructores de la unión familiar…que nos esforcemos por conseguirla. Que no nos conformemos con la tibieza y menos con el distanciamiento, como si no hubiera más remedio. ¡Ayúdanos, Señor. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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Juan 1, 43-51

Texto del evangelio (Jn 1, 43-51)

En aquel tiempo, Jesús quiso partir para Galilea. Se encuentra con Felipe y le dice: «Sígueme». Felipe era de Bestsaida, de la ciudad de Andrés y Pedro. Felipe se encuentra con Natanael y le dice: «Ése del que escribió Moisés en la Ley, y también los profetas, lo hemos encontrado: Jesús el hijo de José, el de Nazaret». Le respondió Natanael: «¿De Nazaret puede haber cosa buena?». Le dice Felipe: «Ven y lo verás».

Vio Jesús que se acercaba Natanael y dijo de él: «Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño». Le dice Natanael: «¿De qué me conoces?». Le respondió Jesús: «Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi». Le respondió Natanael: «Rabbí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel». Jesús le contestó: «¿Por haberte dicho que te vi debajo de la higuera, crees? Has de ver cosas mayores». Y le añadió: «En verdad, en verdad os digo: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre».

Reflexión: Jn 1, 43-51

El encuentro con Jesús no es casual. Él ha estado esperando por cada uno de nosotros. Él sabe donde estamos, quienes somos y qué hacemos. Él sale a nuestro encuentro. Y es imposible negarlo o dejar de reconocerlo cuando lo vemos.

Podemos tratar de engañarnos, fingir que no lo vimos, que no lo escuchamos, que no supimos donde estaba ni quién era, sin embargo no podremos engañar a nuestro corazón y una vez que lo hayamos encontrado, difícilmente podremos perderlo de vista, ignorarlo en nuestras vidas.

Y es que todos estos encuentros fueron previstos desde antes que viéramos la luz. No, no estamos hablando de un determinismo o una predestinación, en el sentido que estuviéramos siendo manipulados o hubiéramos perdido la libertad. No. Siempre tendremos frente a nosotros la opción de seguirlo o dejarlo marcha, dejarlo pasar. Pero si lo hacemos, seremos unos estúpidos, pues aplicando nuestra razón y si somos consecuentes, caeremos en la cuenta que toda nuestra vida estuvimos buscándolo o, si se quiere, caminando hacia Él…Entonces ¿Cómo dejarlo marchar, si Él mismo sale a nuestro encuentro? Lo lógico sería adherir a Él…¿Qué nos detiene? Ya sé…Tenemos tanto…Tanto que preservar, tanto que proteger, tanto que mantener, tanto que perder…

Es que nos falta fe. Fe para entender que Él es el Bien Superior; que no hay nada sobre Él…que no hay nada más allá de Él o por encima de Él. Que quien lo tiene a Él, lo tiene todo…no necesita más. Si lo pudiéramos entender, seríamos como San Francisco o tantos otros santos que supieron abandonarlo todo, todo por Él.  “Deja que los muertos entierren a sus muertos…” “Quien pone la mano en el arado y mira hacia a tras, no es apto para el Reino”…Esas son palabras de Jesús. Así de radical es su llamado, así de exigente. Y, si lo pensamos bien, no podía ser de otro modo. Si estamos hablando del “Bien Superior”, ¿cómo tendría que ser su llamado? Tu mismo no le dirías a tu hijo: “oye niño, ven por aquí, que yo se qué es lo que te conviene”…Y si tu serías capaz de tanto bien, imagínate de lo que será capaz nuestro Padre Celestial, que tiene cada uno de nuestros cabellos contados…

¡Aleluya!

Oremos:

¡Bendito seas Dios mío, Padre de nuestros Señor Jesucristo, que nos permites ver tanta bondad…Que nos has deparado tan dichoso y vivificante encuentro! Todo lo abarcas, todo lo llenas…Nuestra alma reboza de alegría ante tu sola presencia. Gracias Señor. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Juan 1, 35-42

Texto del evangelio (Jn 1, 35-42)

En aquel tiempo, Juan se encontraba de nuevo allí con dos de sus discípulos. Fijándose en Jesús que pasaba, dice: «He ahí el Cordero de Dios». Los dos discípulos le oyeron hablar así y siguieron a Jesús. Jesús se volvió, y al ver que le seguían les dice: «¿Qué buscáis?». Ellos le respondieron: «Rabbí —que quiere decir, “Maestro”— ¿dónde vives?». Les respondió: «Venid y lo veréis». Fueron, pues, vieron dónde vivía y se quedaron con Él aquel día. Era más o menos la hora décima. Andrés, el hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que habían oído a Juan y habían seguido a Jesús. Éste se encuentra primeramente con su hermano Simón y le dice: «Hemos encontrado al Mesías» —que quiere decir, Cristo—. Y le llevó donde Jesús. Jesús, fijando su mirada en él, le dijo: «Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas» —que quiere decir, “Piedra”.

Reflexión: Jn 1, 35-42

Los encuentros de Jesús con sus discípulos no dejan de ser menos extraordinarios. Es que ciertamente tanto ellos habían sido preparados por Juan y por su formación previa, como Jesús salió a su encuentro. No había lugar a dudas. De Él se la habían pasado hablando seguramente muchas veces, esperando su llegada y ahora, tal como les había sido anticipado, lo tenían delante. 

El encuentro con Jesús es definitivo para quien realmente lo busca. La respuesta a la pregunta “¿dónde vives”? ha de ser totalmente cautivante, al extremo de no querer abandonarlo jamás, de seguirlo por donde vaya. Ese es Jesús: llena todo, colma todo, abarca todo. No hay nada más allá y quien lo conoce, no puede conformarse con menos.

Pero, para realmente conocer a Jesús tenemos que haber preparado nuestros corazones previamente. Jesús se da plenamente a quien lo quiere sinceramente, a quien es capaz de abrirse por sobre todas sus ataduras, a quien es capaz de levantarse por encima de sus miserias, tratando de mirar más alto, más lejos. A quien tiene vocación. Eso es lo que tenían los discípulos. Eso es lo que han tenido tanta gente santa y honesta que nos ha precedido. Vocación. La firme convicción que Dios está por encima de todo, que Él lo gobierna todo, que Él es nuestro creador, que Él es nuestro Padre y que a Él nos debemos cada día. Que no hay causa más noble que consagrar a Él la vida entera…Finalmente y resumiendo, que el AMOR está por encima de todo.

Eso lo ven y encuentran los discípulos desde la primera vez que cruzan sus miradas con la de Él. Luego, van con Él, lo siguen, lo oyen…y ya no pueden dejarlo. El Proyecto que el Señor propone para nuestras vidas es cautivante, es único…Una vez que los haz oído, no lo puedes abandonar. El siempre estará allí, esperándote, con los brazos abiertos, como la primera vez. Por eso los santos, los hombres rectos, nunca lo dejan.

Oremos:

Padre Santo, danos la Gracia de encontrar a Jesús en nuestras vidas, abrazarlo y no dejarlo jamás. Sin Él, nos hundiríamos, como Pedro en el lago. Solo siendo fieles lograremos alcanzar la meta que nos propone. Danos la luz, para ver claramente el Camino; el coraje para seguirlo y la Fe para abandonarnos confiadamente a Su Voluntad. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Juan 1, 1-18

Texto del evangelio (Jn 1, 1-18)

En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios. Ella estaba en el principio con Dios. Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto existe. En ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres, y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron.

Hubo un hombre, enviado por Dios: se llamaba Juan. Éste vino para un testimonio, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por Él. No era él la luz, sino quien debía dar testimonio de la luz.

La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre; la cual no nació de sangre, ni de deseo de hombre, sino que nació de Dios. Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad.

Juan da testimonio de Él y clama: «Éste era del que yo dije: El que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo». Pues de su plenitud hemos recibido todos, y gracia por gracia. Porque la Ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo. A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, Él lo ha contado.

Reflexión: Jn 1, 1-18

La lectura propuesta es la misma que la del 25…Así que podemos aplicar la misma meditación, aprovechando adicionalmente para reflexionar en torno a lo que significa el fin de un año y el comienzo de otro. Períodos muy marcados por nuestra naturaleza humana, que necesita sentir que se cumplen ciertas etapas…que cierra un libro para comenzar otro.

Es bueno tener la posibilidad de decir hasta aquí escribí un libro, ahora comienzo otro…”borrón y cuenta nueva” como se dice. Ello puede darnos la esperanza que el siguiente período probablemente sea mejor, distinto. Nos da también la ilusión, que podría ser cierta, de comenzar de nuevo. Podría ser cierta, digo, porque en realidad eso es lo que nos pide el Señor: que conociéndole, lo acojamos, pero como hombres y mujeres nuevos. Podría ser entonces que efectivamente decidamos finalmente cambiar, dejando en el olvido todo lo pasado y empezando una Vida Nueva. ¡Eso es lo que pide el Señor, a quien de veras pretende convertirse!

Vino nuevo en odres nuevos…Nadie parcha una tela vieja con un pedazo de tela nueva, porque echará ambos a perder. Nuestro mundo necesita de hombres y mujeres nuevos. Ojala esta fiestas de fin de año nos sirvan para reflexionar en todo lo que hemos hecho o dejado de hacer, que hagamos un buen propósito de enmienda y que nos propongamos cambiar el próximo año. Pero, recordemos que no podremos hacerlo si no mantenemos en nosotros la Gracia de Dios. Es decir que no debemos apelar sólo a nuestras fuerzas. Debemos dejar que Dios entre en nuestras vidas y con Él, confiando plenamente en sus fuerzas, todo lo podremos. No habrá “Misión Imposible”. Todo lo podemos en Cristo que nos fortalece.

Oremos:

Padre Santo, te pedimos que nos ilumines y nos llenes de Tu Gracia Infinita, para que reconociendo nuestras fallas, nuestros tropiezos y limitaciones, el próximo año nos esforcemos por caminar rectamente, siguiendo tus mandatos, siendo humildes, sencillos y amando a nuestro prójimo. Que no vivamos para nosotros, sino para Tí y para los demás, empezando por los más cercanos…nuestras esposas y esposos, nuestros hijos, nuestros padres, nuestros amigos, nuestros compañeros de trabajo, nuestra sociedad…No para hacer sus caprichos, sino para conducirlos a Tí, porque este es el verdadero sentido de la Vida. ¡Amén!

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Juan 1, 1-18

Texto del evangelio (Jn 1, 1-18)

En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios. Ella estaba en el principio con Dios. Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto existe. En ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres, y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron.

Hubo un hombre, enviado por Dios: se llamaba Juan. Éste vino para un testimonio, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por él. No era él la luz, sino quien debía dar testimonio de la luz.

La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre; la cual no nació de sangre, ni de deseo de hombre, sino que nació de Dios. Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad.

Juan da testimonio de Él y clama: «Éste era del que yo dije: El que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo». Pues de su plenitud hemos recibido todos, y gracia por gracia. Porque la Ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo. A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, Él lo ha contado.

Reflexión: Jn 1, 1-18

Hasta que llegamos a la Fiesta principal del cristianismo. La celebración del nacimiento de nuestro Salvador. Juan nos describe este acontecimiento con palabras muy bellas y profundas, inspiradas por el Espíritu Santo. Dios que existió desde siempre, que es la luz, la verdad, la gracia, la vida…quiso hacerse partícipe de nuestra historia y vino a nosotros hecho hombre en Jesucristo.

Todas las señales que precedieron su nacimiento, incluyendo la predicación de Juan el Bautista, convergen en Jesucristo, el centro de la historia. Y es centro no sólo porque desde allí para adelante o para atrás empezamos a ubicar cualquier fecha histórica, sino porque en realidad es la Verdad y la Luz, es quien da sentido a nuestra vida. Es el centro porque en torno a Él debemos construir nuestra vida si queremos que tenga significado alguno. La piedra descartada por los constructores, ha venido a convertirse en la piedra angular. Él estuvo en el principio, y está en el fin…pero por su inmensa gracia, no ha querido dejarnos solos, y nos ha enviado su único Hijo, para que nos ilumine con su luz y nos muestre el Camino, para asegurarse que vayamos por él y a Él. Esa es la maravilla que celebramos hoy.

Hay algo más que me gustaría escudriñar en las palabras de Juan: “Porque la Ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo.”  La Ley es una exigencia, es aquello que de algún modo todos debemos cumplir para asegurar la convivencia y la integración social. La Ley es una norma impuesta, contra la que no podemos ir, porque terminaríamos por destruirnos a nosotros mismos y a la sociedad. La Ley es lo menos que se puede exigir. Sin embargo Jesucristo trae algo que está por encima de la Ley, de toda ley: la gracia y la verdad.

La Gracia…la capacidad de entender la Verdad revelada. Una capacidad que va más allá de nuestra inteligencia, que es un Don Divino. Esta Gracia es un regalo de Dios, que nos llega por su infinita bondad, por amor. Y la Verdad, absoluta y total: que hemos sido creados por Dios, por un Dios que es Amor…que nos amó primero, que nos ha amado siempre, porque es nuestro Padre, porque somos sus hijos y por lo tanto no quiere nada más que nuestro bien y nuestra felicidad. Quiere que vivamos eternamente a su lado. Y para asegurarse que así sea, nos envía a su Único Hijo, Jesucristo, para que nos muestre el Camino. Él es el Camino, la Verdad y la Vida. Por Él llegamos al Padre. ¿Qué quiere decir esto? Que debemos seguirlo, que debemos ser como Él, que debemos vivir como Él. ¿Y cuál es el distintivo de Jesús o cómo podríamos saber si somos o estamos viviendo como Él? Muy fácil, al menos de decir, aunque no sea igualmente de fácil de vivir: su distintivo es el Amor.

Ama a Dios por sobre todas las cosas y a tu prójimo como a ti mismo. El que así vive, tiene asegurada la gloria de Dios. Eso es lo que nos viene a revelar Jesucristo, el único que ha visto al Padre y lo conoce desde siempre. Él nos tiene reservada una morada a su lado desde siempre y para siempre. Pero para alcanzarla NOS PROPONE vivir en la Verdad. Esa es la diferencia con la Ley. La ley es una exigencia que estamos obligados a cumplir; la Verdad revelada por Jesucristo es  una propuesta, que al final se traduce en una exigencia mayor, es decir que demanda mucho más esfuerzo probablemente que cumplir la ley, porque nos exige ir MAS ALLÁ, pero no se nos impone, sino que se nos propone, porque Dios ha querido respetar nuestra dignidad, nuestra libertad. No somos esclavos; somos hijos suyos. Tendríamos que escoger el bien mejor, el bien mayor, sin embargo somos libres de acogerlo o rechazarlo. Ese es el Dios del que tenemos que aprender, el Dios que Jesucristo nos revela.

Oremos:

Padre Santo, ilumínanos para preferir y escoger siempre el bien. Que caminemos en la luz y la verdad. Que hagamos tu Voluntad, sabiendo que Tu no puedes querer otra cosa que lo mejor para nuestras vidas. Si pudiéramos aferrarnos a ella, abrazarnos a ella y no dejarla jamás, qué dichosos seríamos. Danos tu Gracia abundante para ver claramente el Camino que nos propones y seguirlo, sin desviaciones de ninguna clase. Perdona nuestros pecados. Perdona nuestra soberbia, nuestro orgullo, nuestra vanidad. Haznos humildes, portadores de paz y amor. ¡Amén!

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Juan 18, 33-37

Texto del evangelio (Jn 18, 33-37)

En aquel tiempo, Pilato dijo a Jesús: «¿Eres tú el Rey de los judíos?». Respondió Jesús: «¿Dices eso por tu cuenta, o es que otros te lo han dicho de mí?». Pilato respondió: «¿Es que yo soy judío? Tu pueblo y los sumos sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?». Respondió Jesús: «Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuese de este mundo, mi gente habría combatido para que no fuese entregado a los judíos: pero mi Reino no es de aquí». Entonces Pilato le dijo: «¿Luego tú eres Rey?». Respondió Jesús: «Sí, como dices, soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz».

Reflexión: Jn 18, 33-37

Nuevamente, para quienes no queremos escucharlo ni entenderlo, para quienes estamos esperando un rey a nuestra medida, un rey que avale todo lo que hacemos, que esté de acuerdo con todas nuestras ambiciones, que bendiga nuestras pretensiones, comodidades y riquezas humanas, aquellas de las que no queremos desprendernos ni por un segundo, Jesús se presenta como el Rey de un Reino que no es de este mundo.

Ojo con este detalle. No quiere decir solamente, como siempre tratamos de interpretar, que se refiere al más allá, a un Reino que corresponde a otra vida, a otro dimensión…No. Lo que pasa es que no podemos tratar de entender al Señor si nos sumimos en nuestra óptica mundana, egoísta, en la que primero soy yo, después yo, y finalmente yo. No podemos pretender entender  y seguir al Señor, ver y comprender su Reino, si nos aferramos a este mundo, a las comodidades, al acumular, al tener, a la soberbia, a la ambición, al tratar de obtener siempre reconocimiento, siempre los primeros lugares. Si nos volvemos esclavos de este mundo, si vivimos para él, si no somos capaces de desprendernos, no podremos ver su reino, no podremos entenderlo y mucho menos servirlo. No seremos parte de Él.

Es la misma idea  expresada una y otra vez, de una y otra forma: No se puede servir a dos Señores; el que no recoge, desparrama; el que no está conmigo, está contra mí. Los hijos de la Luz, no pueden caminar en la sombra. El Príncipe de este mundo, el engaño, la oscuridad y la mentira, se oponen a la Verdad, a la Vida y a la Luz.

La única forma de alcanzar al Señor, de seguirle, de servirle, es caminar en la Verdad. “Todo el que es de la verdad, escucha mi voz”.

Eso es en lo que tenemos que meditar hoy. ¿Eres de la Verdad? ¿Buscas la Verdad? ¿Te rindes ante la Verdad, aunque te cueste prestigio, dinero o comodidad? ¿Caminas en la Verdad? ¿Puedes exponer tu vida toda a la luz, sin ningún temor? ¿Aspiras a la verdad o prefieres las sombras, las tinieblas, los acomodos, los enredos, los chismes, las mentiras?

Oremos:

Padre Santo, somos Tus hijos…No permitas que nos arrebate la mentira, el cinismo, la oscuridad y la muerte. Danos temor a quien puede matar lo que realmente vale en nosotros: nuestro espíritu. Que no temamos perder nuestras cosas, nuestras propiedades, ni el reconocimiento mundano, con tal de preservar nuestra alma. Haznos constructores del Reino, servidores de la Verdad y de la Luz. Amén.
 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Juan 2, 13-22

Texto del evangelio (Jn 2,13-22)

Cuando se acercaba la Pascua de los judíos, Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas en sus puestos. Haciendo un látigo con cuerdas, echó a todos fuera del Templo, con las ovejas y los bueyes; desparramó el dinero de los cambistas y les volcó las mesas; y dijo a los que vendían palomas: «Quitad esto de aquí. No hagáis de la Casa de mi Padre una casa de mercado». Sus discípulos se acordaron de que estaba escrito: El celo por tu Casa me devorará.

Los judíos entonces le replicaron diciéndole: «Qué señal nos muestras para obrar así?». Jesús les respondió: «Destruid este templo y en tres días lo levantaré». Los judíos le contestaron: «Cuarenta y seis años se han tardado en construir este Santuario, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?». Pero Él hablaba del Santuario de su cuerpo. Cuando resucitó, pues, de entre los muertos, se acordaron sus discípulos de que había dicho eso, y creyeron en la Escritura y en las palabras que había dicho Jesús.

Reflexión: Jn 2,13-22

Nosotros siempre tratamos de dar interpretaciones de la Palabra del Señor, ajustadas a nuestros intereses, a lo que queremos oírle decir. Pero el Señor tiene un lenguaje claro y más allá de lo que quisiéramos o de la forma en que cada quien trata de adaptarla a su vida, Él nos comunica La Verdad.

Su mensaje es Único, es decir que no se acomoda  según el marchante, ni según las circunstancias. O somos, o no somos. No podemos quedarnos en el medio tratando de quedar bien con Dios y con el Diablo. Es lo que finalmente nos dice al expulsar a estos mercaderes. Estamos parados a la puerta del templo. Es decir, estamos a la orilla. El Señor no llama adentro, pero tenemos tanto que negociar, tanto que vender, tanto que tranzar, tanto que convenir, que no nos atrevemos a entrar.

Nuestro afán por acomodarnos llega a tal extremo, que nos ubicamos en la periferia del templo, en sus alrededores. Escogemos como lugar para nuestros negocios, las cercanías del templo. No queremos perderle de vista, Así es nuestra fe: periférica. Como los mercaderes, que distraen y obstaculizan el ingreso. Ni entramos, ni dejamos entrar.

Esta es pues una de las pocas veces que vemos al Señor perder la calma…creo que la única. Y es que como dice al comienzo de este pasaje: “Cuando se acercaba la Pascua de los judíos, Jesús subió a Jerusalén.” Es decir que se acerca el día y le impacienta ver que no cambiamos. Somos como los mercaderes, que nos quedamos a la puerta del templo. Y en el templo, es decir en nosotros mismos, habita el Padre, a quien despreciamos por llevar una vida superflua, sustentada en una aparatosa parafernalia, en una tremenda decoración externa, que creemos imprescindible para ser, para sentirnos algo, alguien, para ser felices. Cuando la verdadera felicidad no está en ninguna de estas cosas, sino en nosotros mismos, pues allí habita nuestro Padre y Él no necesita nada de esto. Nada de lo que nos afanamos por tener, por cuidar, por incrementar. Para Él, nosotros somos importantes, nosotros somos su templo y es una verdadera lástima que nosotros mismos no lo sintamos, ni lo veamos, ni lo vivamos así.

Todo lo demás, que si había realmente un templo (como lo hubo) y que podría aplicarse a otros templos, se deriva de ahí y es realmente secundario. El Señor nos pide a cada uno de nosotros que cambiemos y se impacienta por nuestro pertinaz apego a la cosas y a seguir haciendo siempre lo mismo. ¡Hasta cuando! ¡Ya está por llegar el día en que habrás de rendir cuentas y sigues en lo mismo! ¡Es por eso que saca su látigo y echa todo por tierra! Y es que nos cegamos y nos negamos a entender Su Palabra.

Examinemos nuestras vidas…¿No estará pasando eso con nosotros? ¿No estaremos actuando como los mercaderes, aferrándonos a toda esta “mercadería”, que ni si quiera es nuestra, porque debemos tranzarla para poder vivir, como si fuera lo más importante, como si fuera imprescindible, olvidándonos que lo que está adentro, lo que está al fondo es lo mejor y no tiene precio? ¿No seremos de los que obstaculizan la entrada y ni entramos, ni dejamos entrar?

¡Basta ya de excusas! ¡O recoges conmigo o desparramas! ¡O entras, o sales…pero no puedes quedarte al medio! ¡El Señor te está invitando a entrar, con impaciencia!

Oremos:

Señor, no permitas que andemos por el mundo como tibios testigos, que no son ni chicha ni limonada. Danos el coraje de decidir, ¡ya! Y seguirte para siempre, confiando en Ti. Contigo lo tenemos todo. Sin Ti, no somos nada.

Danos hoy la oportunidad de servirte. No permitas que flaqueemos. Que seamos consecuentes en todo lo que decimos y hacemos. Amén.

 

Roguemos al Señor…

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Reflexión: Jn 1,47-51

Jn 1,47-51

Natanael habría de ser un hombre muy sencillo y de una gran fe, pues le faltó un simple gesto de Jesús para creer en Él. Es verdad que seguramente le conocía, como muchos de sus contemporáneos en aquellas tierras; habría oído de Él, sus mensajes y sus prodigiosos milagros. Es probable además que conociera las escrituras y tan solo le faltaba ese contacto con el Señor, que se da cuando le dice “te vi”. Es que la forma en que ve Jesús es realmente conmovedora y nada ni nadie puede escapar a su efecto…Eso es lo que termina confesando Natanael: “Rabbí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel”.

Jesús nos revela su divinidad y la relación tan profunda y  la vez misteriosa que tiene con Dios y la humanidad. Los ángeles de Dios suben y baja sobre Él…Es que es el Hijo del hombre. Dios y Hombre al mismo tiempo. Pero es “el Hombre”, es decir aquél en el que se reúnen todos los atributos humanos; aquél, además –y quizás esto es lo más importante- que asume sobre sus espaldas todos los pecados de la humanidad. Aquél por cuyo sacrificio todos hemos sido perdonados. El Único que podía hacerlo. Aquél que constituye la Llave, o más aún, la Puerta que nos ha de llevar al Cielo. El Nexo entre Dios y los hombres, gracias al cual recuperamos nuestra dignidad de Hijos de Dios. El Sacrificio perfecto: el Hijo del hombre.

 

Oremos:

Señor, dame tu luz para entender estos misterios y hacerlos míos. Dame fe para amarte tanto como Tú nos has amado. Dame coraje para servirte hasta dar mi vida si es preciso, como Tú lo hiciste por nosotros. Amén.

Permíteme mostrar con mi vida la “fe viva” que tu reclamas.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Reflexión: Jn 12,24-26

Jn 12,24-26

Un evangelio muy corto el de hoy, pero tan rico y trascendente. Contiene en en realidad una síntesis de lo que debe ser la filosofía y el modo de vida del cristiano. Nuestro mayor problema está en que no lo entendemos o no lo queremos entender y por lo tanto mucho menos estamos dispuestos a hacer de él nuestro estilo de vida.

El que ama su vida, la pierde; y el que odia su vida en este mundo, la guardará para una vida eterna. Si nos ponemos a reflexionar, encontraremos que aquí está La Respuesta a tantas inquietudes que tenemos en la vida. ¿Cómo debemos vivir? ¿Cómo debemos comportarnos? ¿Qué orden deben tener nuestros afectos en la vida? ¿Qué debe ser primero o tal vez debíamos decir, quién debe ser primero? Las respuestas a estas preguntas son elementales, pero muchos de nosotros pasamos la vida sin planteárnoslas. ¿Cómo podemos construir una sociedad justa, solidaria, acogedora, en la que nuestros hermanos quieran vivir? ¿Cómo podemos construir la “ansiada civilización del amor” si no hemos hecho una profunda reflexión de este cuestionamiento?

El Señor no dice cualquier cosa, por salir del paso. No dice si quiera bonitas palabras que luego debemos interpretar si queremos adoptarlas en nuestra vida. ¡No! El Señor nos comunica sabiduría. Nos da su luz.  Aquí nos dice concretamente cómo debemos vivir. ¿Cuál debe ser nuestra postura en la vida, cuál nuestra actitud? ¿Cómo debemos vivir? Pero nosotros, lamentablemente, hacemos todo lo contrario y nos pasamos buscando respuestas, cuando aquí está LA RESPUESTA.

Un solo mandamiento nos da Jesús, en el cual se resumen todas las escrituras, las leyes y los profetas: “Amar a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos”. Eso es todo. De eso se trata. Eso es lo que debemos hacer y hoy nos lo recuerda de otro modo. La vida es un don que has recibido, si quieres un talento (acordándonos de la parábola de los talentos) que has recibido, no para ti, sino para compartirlo, para darlo a los demás. Si la cuidas para ti, la perderás inexorablemente…Y, ¿no es esto lo que nos afanamos en logra todo el tiempo? Cuidarnos, preservarnos, mantenernos asépticos, impecables, bellos…Mi, me, conmigo…Yo primero, antes que todos. El egoísmo es la prédica del demonio que lamentablemente ha prendido en nuestra sociedad y se ha regado en cada esquina, en cada vericueto. El egoísmo es contrario al amor, por ello nuestra sociedad se está destruyendo. Porque no tenemos amor, porque nos preservamos para nosotros…porque no damos frutos, porque somos miopes y pretendemos vivir cuidándonos para nosotros mismos: esa es nuestra perdición.

Oremos:

Padre Santo, haznos capaces de salir de nosotros mismo, de desinstalarnos y vivir permanentemente al servicio de nuestros hermanos, que es sirviéndoles a ellos como te servimos a Ti.

Danos un corazón generoso, que no busque nuestra comodidad, nuestra satisfacción…si no que por el contrario esté siempre atento a las necesidades de los demás. Procurando atenderlas y resolverlas. Haznos sensibles, solidarios y generosos.

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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Reflexión: Jn 6,1-15

Jn 6,1-15

Hoy, podemos contemplar cómo se forja en nuestro interior tanto el amor humano como el amor sobrenatural, ya que tenemos un mismo corazón para amar a Dios y a los otros.

Generalmente, el amor va abriéndose paso en el corazón humano cuando se descubre el atractivo del otro: su simpatía, su bondad. Es el caso del «muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces» (Jn 6,9). Da a Jesús todo lo que lleva, los panes y los peces, porque se ha dejado conquistar por el atractivo de Jesús. -He descubierto el atractivo del Señor?
A continuación, el enamoramiento, fruto de sentirse correspondido. Dice que «mucha gente le seguía porque veían las señales que realizaba en los enfermos» (Jn 6,2). Jesús les escuchaba, les hacía caso, porque sabía lo que necesitaban.

Jesucristo siente un poderoso atractivo por mí y quiere mi realización humana y sobrenatural. Me ama tal como soy, con mis miserias, porque pido perdón y, con su ayuda, sigo esforzándome.

«Dándose cuenta Jesús de que intentaban venir a tomarle por la fuerza para hacerle rey, huyó de nuevo al monte Él solo» (Jn 6,15). Les dirá al día siguiente: «En verdad, en verdad os digo: vosotros me buscáis, no porque habéis visto señales, sino porque habéis comido de los panes y os habéis saciado» (Jn 6,26). Escribe san Agustín: «¡Cuántos hay que buscan a Jesús, guiados solamente por intereses temporales! (…) Apenas se busca a Jesús por Jesús».

La plenitud del amor es el amor de donación; cuando se busca el bien del amado, sin esperar nada a cambio, aunque sea al precio del sacrificio personal.

Hoy, yo le puedo decir: «Señor, que nos haces participar del milagro de la Eucaristía: te pedimos que no te escondas, que vivas con nosotros, que te veamos, que te toquemos, que te sintamos, que queramos estar siempre a tu lado, que seas el Rey de nuestras vidas y de nuestros trabajos» (San Josemaría).

Rev. D. Pere Calmell i Turet (Barcelona, España)

Oremos:

Señor Te pedimos saber dar y poner lo nuestro confiadamente, sabiendo que Tú habrás de multiplicarlo con creces para que alcance para todos y aun sobre.

Te pedimos que nos enseñes a no desperdiciar. A compartir con todos los que nos rodean y a guardar lo que nos sobra una vez que todos los nuestros estén saciados. Debemos aprender a aprovechar todo lo que nos das, sin desperdicio alguno. Guardar para las futuras generaciones…

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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Reflexión: Jn 20,1-2.11-18

Jn 20, 1-2.11-18

Hoy celebramos la fiesta de Santa María Magdalena. Suele ser propio de la juventud apasionarse locamente por alguna película llegando a la identificación personal con alguno de los protagonistas. Los cristianos deberíamos ser siempre jóvenes en este sentido ante la vida del mismo Jesús de Nazaret, y sabernos identificar con esta gran mujer de la que habla el Evangelio, María Magdalena. Siguió los caminos de Jesús, escuchó su Palabra. Cristo supo corresponder y le concedió el privilegio histórico de ser la primera a quien le fue comunicado el hecho de la resurrección.
 
Dice el evangelista que ella al principio no lo reconoció, sino que lo confundió con un campesino del lugar. Pero cuando el Señor la llamó por su nombre:«María», tal vez por la manera peculiar de decírselo, entonces esta santa mujer no dudó ni un instante: «Ella se vuelve y le dice en hebreo: «Rabbuní —que quiere decir: “Maestro”—» (Jn 20,16). Después de su encuentro con Jesús, ella fue la primera que corrió a anunciarlo a los demás discípulos: «Fue María Magdalena y dijo a los discípulos que había visto al Señor y que había dicho estas palabras» (Jn 20,18).
 
El cristiano, que en su programa diario de vida cuida el trato con Cristo, en la Eucaristía haciendo un rato de oración contemplativa y cultiva la lectura asidua del Evangelio de Jesús, también tendrá el privilegio de escuchar la llamada personal del Señor. Es el mismo Cristo que nos llama personalmente por nuestro nombre y nos anima a seguir el camino firme de la santidad.
 
«La oración es conversación y diálogo con Dios: contemplación para los que se distraen, seguridad de las cosas que se esperan, igualdad de condición y de honor con los ángeles, progreso e incremento de los bienes, enmienda de los pecados, remedio de los males, fruto de los bienes presentes, garantía de los bienes futuros» (San Gregorio de Nisa).

Digámosle al Señor: —Jesús, que mi amistad contigo sea tan fuerte y tan profunda que, como María Magdalena, sea capaz de reconocerte en mi vida.

Comentario: Rev. D. Albert Sols i Lúcia (Barcelona, España)

Oremos:

Pidámosle al Señor: —Jesús, que nuestra amistad con Él sea tan fuerte y tan profunda que, como María Magdalena, seamos capaces de reconocerle en nuestra vida.

 Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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Reflexión Jn 20, 24-29

Jn 20, 24-29

Nuevamente la Iglesia nos propone reflexionar sobre la importancia de la Fe. El Señor comprende nuestra dificultad para creer sin evidencia y nos la concede en repetidas oportunidades. Ayer, después de perdonar los pecados al paralítico, lo hizo andar, solo para probar su poder a los incrédulos. Pero no es solo en el poder de sanar en el que nos invita a reflexionar, sino en el poder de perdonar, de limpiarnos del pecado, de redimirnos y salvarnos.

Es un su mensaje de salvación en el que quiere que creamos. Conocerle, quererle, aceptarle y seguirle…en eso radica la salvación. Por ello dice el Señor: “Dichosos los que no han visto y han creído”.

De aquí nace la responsabilidad de transmitir fielmente el evangelio, para que otros creamos, como aquellos creyeron. El Señor nos brinda el auxilio de su Gracia, la luz y fuerza transformadora del Espíritu Santo para que creamos en Él, y creyendo, demos testimonio con nuestra vida. Porque de eso se trata; no tanto de decir, de hablar, como de actuar. La fe la debemos mostrar en nuestro proceder, en nuestro modo de vivir y afrontar cada día, con sus cosas buenas y con las dificultades cotidianas, sabiendo que finalmente el Señor ha vencido a la muerte y con ello ha ganado para todos nosotros la vida eterna. Sabiendo que nuestro paso por aquí es efímero, pero que mientras dure debemos iluminar a nuestros hermanos. Para que quieran hacer lo que queremos, para que quieran vivir como vivimos, para que quieran amar como amamos, para que, finalmente y a través nuestro descubran y quieran al Padre, pues según nos lo ha revelado el mismo Señor Jesucristo, en ello consiste la Vida Eterna.

 

Oremos:

Ser para dar, eso es lo que te pedimos querido Señor nuestro. Que demos testimonio de ti en cada uno de nuestros actos. Que vivas en nosotros y nosotros e Ti, como Tú en el Padre.

Danos fe, ahora y en la hora de las dificultades, el dolor y la muerte. Que sepamos mantener la dignidad de hijos del Padre siempre y que nos abandonemos en sus brazos como lo hacen las aves, las flores…

Danos un corazón grande…muy grande, en el que sólo quepa el amor.

Roguemos al Señor

Te lo pedimos señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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