Category: Lucas

sep 03 2010

Lucas 5, 33-39

Texto del evangelio (Lc 5, 33-39)

En aquel tiempo, los fariseos y los maestros de la Ley dijeron a Jesús: «Los discípulos de Juan ayunan frecuentemente y recitan oraciones, igual que los de los fariseos, pero los tuyos comen y beben». Jesús les dijo: «¿Podéis acaso hacer ayunar a los invitados a la boda mientras el novio está con ellos? Días vendrán en que les será arrebatado el novio; entonces ayunarán en aquellos días».

Les dijo también una parábola: «Nadie rompe un vestido nuevo para echar un remiendo a uno viejo; de otro modo, desgarraría el nuevo, y al viejo no le iría el remiendo del nuevo. Nadie echa tampoco vino nuevo en pellejos viejos; de otro modo, el vino nuevo reventaría los pellejos, el vino se derramaría, y los pellejos se echarían a perder; sino que el vino nuevo debe echarse en pellejos nuevos. Nadie, después de beber el vino añejo, quiere del nuevo porque dice: ‘El añejo es el bueno’».

Reflexión: Lc 5, 33-39

Que el Señor vino aquí y estuvo viviendo físicamente, como cualquier hombre entre nosotros, es un acontecimiento extraordinario, único en la historia de la humanidad, que el mismo Jesús se encarga de relevar. “¿Podéis acaso hacer ayunar a los invitados a la boda mientras el novio está con ellos?”

Este es un primer aspecto de la lectura que no podemos pasar por alto. Cristo es el centro de la historia. La importancia de su venida es vital. Por ello fue anunciada siglos antes que ocurriera y profetizada con detalle. Y no es sólo por relievar la figura de Cristo, o por enaltecerla sin más, sino que Dios Padre no encontró mejor modo de llamar la atención a nuestra inteligencia y libertad, que enviarnos a su propio Hijo, para mostrarnos el Camino de la Salvación. Para que viéndolo, lo siguiéramos, alcanzando de este modo la Vida Eterna.

Es decir que la presencia de Cristo en la Tierra es un signo, una señal del inconmensurable amor que nos tiene el Padre, que nos amó desde siempre y nos quiere de vuelta con Él. Eso es algo que Cristo sabe sobradamente –y ¿cómo no?-, y se encarga de propalarlo en cuanta ocasión le es permitido  y específicamente en esta.

Por otro lado, parece claro que lo que el Señor viene a proponernos es una Vida Nueva, una vida distinta a la anterior. No se trata de parcharla, de reformarla, de aplicar estos nuevos criterios a la vida vieja. Se trata de cambiar nuestra vida toda. Se trata de “volver a nacer” nos dirá en otro pasaje. Y la pregunta lógica es: “¿cómo puede volver a nacer un hombre viejo?” Pues la respuesta es, lo que es imposible para el hombre, es posible para Dios. Hay que volver a nacer del Agua y del Espíritu, es decir, de Dios.

Jesús nos viene a proponer una Vida Nueva. Nos cuesta comprenderlo, porque no nos dejamos llevar, porque no nos entregamos, porque nos falta fe. Creemos que se trata de repetir algunas fórmulas, de llevar una vida secreta, de hacer algunos cambios de decoración y no es así. El Señor pide un cambio drástico, radical, total; al punto que nos exige una Vida Nueva. Solo de este modo sintonizaremos con su Palabra y con el Padre; solo así lograremos comprender que de lo que se trata es de cumplir la Voluntad del Padre, que solo entonces nuestra vida adquiere valor, el verdadero valor que Dios aquilata y que si le damos vueltas, si lo meditamos en profundidad, encontraremos que este es el verdadero sentido de la Vida, que para eso fuimos creados; que allí estará nuestra dicha, nuestra felicidad, nuestra realización; que es lo mejor que podemos hacer.

De esto trata el Evangelio, la prédica de Jesús. Hay un solo Camino y nosotros estamos llamados a transitarlo. Dichosos los que entran por esta “Puerta angosta”, porque ellos heredarán el Reino de los Cielos. Ancho es el camino de la perdición…Hemos pues de tomar decisiones. ¿Creemos o no creemos? ¿Estamos con Él o estamos contra Él? Porque, recordemos que Él mismo nos lo dice, no hay términos medios. Nadie comete el disparate de “romper un vestido nuevo para echar un remiendo a uno viejo.”

¡Alegrémonos que el Señor está con nosotros y vivamos según Él, amando a Dios y a nuestros hermanos como a nosotros mismos! Esto es lo primero y lo único a lo que debemos tener consideración…lo demás se dará por añadidura.

Oremos:

Padre Santo, permítenos entender que en Ti está nuestra felicidad. Que no podemos hacer nada mejor que elegir el Camino que nos propones. Danos el coraje para asumir esta Vida Nueva y dedicarla a Ti.  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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ago 31 2010

Lucas 4, 31-37

Texto del evangelio (Lc 4, 31-37)

En aquel tiempo, Jesús bajó a Cafarnaúm, ciudad de Galilea, y los sábados les enseñaba. Quedaban asombrados de su doctrina, porque hablaba con autoridad. Había en la sinagoga un hombre que tenía el espíritu de un demonio inmundo, y se puso a gritar a grandes voces: «¡Ah! ¿Qué tenemos nosotros contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Sé quién eres tú: el Santo de Dios». Jesús entonces le conminó diciendo: «Cállate, y sal de él». Y el demonio, arrojándole en medio, salió de él sin hacerle ningún daño. Quedaron todos pasmados, y se decían unos a otros: «¡Qué palabra ésta! Manda con autoridad y poder a los espíritus inmundos y salen». Y su fama se extendió por todos los lugares de la región.

Reflexión: Lc 4, 31-37

Estamos hoy frente al Hijo de Dios. El hablar con autoridad es propio de la coherencia, de quien vive íntimamente lo que comparte, lo que hace y dice. No hay dudas en Él, porque todo lo sabe, tolo lo puede, todo lo cree. Es pues, la encarnación de nuestra fe en acción.

Así, Jesús ofrece en otro momento al que lo sigue, al que cree en Él, hacer estas y aun otras cosas mayores. Pero todo está relacionado con la fe. Si la tenemos de corazón, si la vivimos, entonces haremos la Voluntad del Padre y si este es nuestro propósito, si este es nuestro programa, no habrá fuerza capaz de detenernos, porque estaremos en armonía con nuestro Creador y su Obra.

Habla con Autoridad, quien tiene absoluta confianza en lo que dice, porque sabe que lo que dice no proviene de él, sino del Espíritu, de Dios. Hemos de vivir y actuar así. Con coherencia, aun en nuestro momentos de privacidad, de intimidad, sabiendo que el Señor está siempre con nosotros, en todo momento y lugar.

Para muchos de nosotros, son precisamente esos momentos de intimidad, de soledad, los que debemos purificar hasta llegar al extremo de actuar siempre igual, aun cuando nadie nos ve, y, aun en los detalles aparentemente más nimios. De esta forma estaremos purificando nuestra alma, para mayor Gloria de Dios. Entonces seremos coherentes y hablaremos con Autoridad, sin doblez, en armonía absoluta.

Oremos:

Señor, ayúdame a ser coherente toda mi vida, aun en aquellos momentos de intimidad, de soledad, en los que en realidad me encuentro sólo contigo. Con mayor razón entonces, para dar muestras de mi fe y mi vida orientada a Tí. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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ago 08 2010

Lucas 12, 32-48

Texto del evangelio (Lc 12, 32-48)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «No temas, pequeño rebaño, porque a vuestro Padre le ha parecido bien daros a vosotros el Reino. Vended vuestros bienes y dad limosna. Haceos bolsas que no se deterioran, un tesoro inagotable en los cielos, donde no llega el ladrón, ni la polilla; porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón. Estén ceñidos vuestros lomos y las lámparas encendidas, y sed como hombres que esperan a que su señor vuelva de la boda, para que, en cuanto llegue y llame, al instante le abran. Dichosos los siervos, que el señor al venir encuentre despiertos: yo os aseguro que se ceñirá, los hará ponerse a la mesa y, yendo de uno a otro, les servirá. Que venga en la segunda vigilia o en la tercera, si los encuentra así, ¡dichosos de ellos! Entendedlo bien: si el dueño de casa supiese a qué hora iba a venir el ladrón, no dejaría que le horadasen su casa. También vosotros estad preparados, porque en el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre».

Dijo Pedro: «Señor, ¿dices esta parábola para nosotros o para todos?». Respondió el Señor: «¿Quién es, pues, el administrador fiel y prudente a quien el señor pondrá al frente de su servidumbre para darles a su tiempo su ración conveniente? Dichoso aquel siervo a quien su señor, al llegar, encuentre haciéndolo así. De verdad os digo que le pondrá al frente de toda su hacienda. Pero si aquel siervo se dice en su corazón: ‘Mi señor tarda en venir’, y se pone a golpear a los criados y a las criadas, a comer y a beber y a emborracharse, vendrá el señor de aquel siervo el día que no espera y en el momento que no sabe, le separará y le señalará su suerte entre los infieles. Aquel siervo que, conociendo la voluntad de su señor, no ha preparado nada ni ha obrado conforme a su voluntad, recibirá muchos azotes; el que no la conoce y hace cosas dignas de azotes, recibirá pocos; a quien se le dio mucho, se le reclamará mucho; y a quien se confió mucho, se le pedirá más».

Reflexión: Lc 12, 32-48

No sé por qué siempre que hacemos una lectura como esta, tendemos a fijarnos más en el castigo y lo sentimos como una amenaza o una advertencia, que nos obliga a actuar bien, para evitar el castigo. Sin embargo, creo que el Señor trata de persuadirnos más bien de actuar con sentido común. Si sabemos que es lo correcto, qué es lo conveniente, ¿no debíamos concentrarnos en proceder de este modo?

Volvemos al tema que revisábamos estos días…Es un asunto de fe. Lo oímos, pero no queremos escucharlo, no queremos entenderlo. Se trata de decidir, de elegir lo que más nos conviene, pero tenemos tantas ofertas, que finalmente escogemos las que nos deslumbran, preferimos aquellas que nos ofrecen satisfacción inmediata, las que nos ofrecen deleite, placer, sin costo ni sacrificio alguno. No queremos promesas de largo alcance, no queremos proyectos de vida, queremos la felicidad plena y total, aquí y ahora.

Y, lamentablemente las hay. Hay propuestas ligeras, livianas, frívolas, que parecieran calzar con nuestras expectativas. Qué deseo de tomarlas…¿Por qué hacer lo que nos encargó el dueño de la hacienda? ¿Por qué no disfrutar? ¿Por qué no organizar una gran fiesta, un gran banquete mientras haya con qué? ¿Y después? Después ya veremos…

Caemos en la tentación de disfrutar el momento, de escoger la senda fácil, sin advertir que tenemos una misión encomendada por nuestro Señor. Misión a la que debemos dedicar toda nuestra vida, no sólo algunos momentos, porque es el cumplimiento de esta tarea lo que más nos conviene, porque solo así acumulamos riqueza  “donde no llega el ladrón, ni la polilla”.

Es un tema de fe, porque está dicho hasta el cansancio que si sabemos dónde se encuentra el tesoro más valioso, la perla más hermosa, lo razonable sería que vendiéramos todos y compráramos aquél lugar, sabiendo que de este modo no perderíamos, sino que por el contrario nos aseguraríamos el mayor tesoro. Siendo esto lo que dicta el sentido común, no lo hacemos ¿Por qué? Pues simplemente porque no le creemos al Señor; porque no importa cómo nos lo diga, ni cuantas veces nos lo demuestre, finalmente dudamos y entonces nos hundimos. Es un problema de fe.

El Señor no manda ir al templo los domingos, ni disponer una hora o un tiempo determinado para la oración. El Señor quiere que vivamos cristianamente SIEMPRE, no sólo en determinados momentos u ocasiones. Y solo somos cristianos si amamos a Dios por sobre todas las cosas y a nuestros hermanos como a nosotros mismos. Este ha de ser nuestro proceder SIEMPRE. Ese es el mandato y esta la actitud en la que espera encontrarnos.

Oremos:

Padre Santo, te damos gracias porque has querido darnos el mayor tesoro, porque nos has querido a tu lado, porque nos has hecho partícipes del Reino. Permítenos vivir conscientes de este gran don, que Te ha parecido bueno entregarnos. Que vivamos como dignos hijos tuyos, manteniendo este tesoro y compartiéndolo con los demás. ¡Danos fe! Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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ago 01 2010

Lucas 12, 13-21

Texto del evangelio (Lc 12, 13-21)

En aquel tiempo, uno de la gente le dijo: «Maestro, di a mi hermano que reparta la herencia conmigo». Él le respondió: «¡Hombre!, ¿quién me ha constituido juez o repartidor entre vosotros?». Y les dijo: «Mirad y guardaos de toda codicia, porque, aun en la abundancia, la vida de uno no está asegurada por sus bienes».

Les dijo una parábola: «Los campos de cierto hombre rico dieron mucho fruto; y pensaba entre sí, diciendo: ‘¿Qué haré, pues no tengo donde reunir mi cosecha?’. Y dijo: ‘Voy a hacer esto: Voy a demoler mis graneros, edificaré otros más grandes y reuniré allí todo mi trigo y mis bienes, y diré a mi alma: Alma, tienes muchos bienes en reserva para muchos años. Descansa, come, bebe, banquetea’. Pero Dios le dijo: ‘¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma; las cosas que preparaste, ¿para quién serán?’. Así es el que atesora riquezas para sí, y no se enriquece en orden a Dios».

Reflexión: Lc 12, 13-21

Enriquecerse en orden a Dios…¿Qué significa? Habrá quienes traten de interpretar esta frase a su modo, pensando que Dios santifica su riqueza, siempre y cuando la hagan teniéndolo en cuenta. Y de algún modo así podría ser. Si obrando el bien, si obrando siempre por amor e incluso sin proponérmelo, el Señor me recompensa con riqueza, bienvenida sea.

Sin embargo, para quienes seguimos día a día el Evangelio, tratando de hacer de este nuestra forma de vida, es claro que lo que el Señor quiere decirnos es otra cosa. Por supuesto que todo bien material es bendito, desde que Dios mismo lo ha creado y puesto a nuestra disposición. Pero el Señor pide guardarnos de tener aquella actitud de dependencia con respecto a los bienes materiales, como si en su acumulación estuviera nuestra felicidad, como si de ella dependiera nuestra seguridad. No es sobre su abundancia o carencia que debemos edificar nuestro provenir.

Si alguna riqueza hemos de acumular, es aquella que proviene del Señor. Es decir que, debemos ser ricos en afectos, ricos en consideraciones para nuestros hermanos, desprendidos de lo que tenemos y somos, en bien de nuestros hermanos. Generosos con todo lo que hemos recibido, que hoy está y mañana quién sabe. Es otra actitud la que nos reclama el Señor frente a los bienes materiales o terrenales. No es en ellos que debemos depositar nuestra esperanza. ¿Para qué los acumulamos, si de pronto hoy, en medio de sueños, partimos al encuentro definitivo con el Señor? ¿Para qué acumulamos?

Si hemos de acumular algo, que sean horas de servicio, que sean horas de amor, de acción por y para los demás, horas de oración. Si esta es nuestra riqueza, bendita sea.

Hay algo muy fuerte en lo que además incide el Señor y hay que traducirlo y leerlo con valentía para nosotros mismos, para tenerlo en cuenta cuando llegue el momento, que lamentablemente nos llega a unos y otros, tarde o temprano. El momento aquel de la división de la herencia. Porque el finado o la finada, como acostumbremos llamarlos con respeto, se fueron de este mundo habiendo acumulado algunos bienes…muchos o pocos, pero que hay que dividir, de donde provienen la mayor parte de los pleitos y enemistades familiares. Surgen los consejos maliciosos, las tentaciones; la ambición nos asalta y nos nubla, y terminamos peleando por la repartición.

Si aquel difunto hubiera actuado cristianamente, no hubiera dejado nada, porque no tendría nada, no hubiera acumulado nada. O, en todo caso, hubiera tenido la precaución de dividir en vida lo poco que tenía para evitar estos problemas, de los que Jesús no quiere ser juez. Es que aún nuestras decisiones en este aspecto tienen que ver con aquella gran decisión que pone en nuestras manos el Señor: El que no está conmigo, está contra mí.

Jesús no ha venido a juzgar al mudo. El juicio está en nosotros; radica en nuestra decisión. O estamos con Él o no estamos con Él. Y esta decisión abarca toda la vida, todos los aspectos de nuestra vida, incluso estos tan cotidianos que muchas veces son la raíz de nuestras divisiones y rencillas.

Oremos:

Padre Santo, no permitas que cegados por la ambición, por la acumulación de bienes materiales, por la riqueza y el bienestar material, abandonemos el Camino. Que no sirvan estos bienes para separarnos, sino por el contrario, para unirnos.  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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jul 04 2010

Lucas 10, 1-12.17-20

Texto del evangelio (Lc 10 1-12.17-20)

En aquel tiempo, designó el Señor otros setenta y dos y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir Él. Y les decía: «La mies es abundante y los obreros pocos: rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies. ¡Poneos en camino! Mirad que os envío como corderos en medio de lobos. No llevéis talega, ni alforja, ni sandalias; y no os detengáis a saludar a nadie por el camino. Cuando entréis en una casa, decid primero: ‘Paz a esta casa’. Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros. Quedaos en la misma casa, comed y bebed de lo que tengan: porque el obrero merece su salario. No andéis cambiando de casa.

»Si entráis en un pueblo y os reciben bien, comed lo que os pongan, curad a los enfermos que haya, y decid: ‘Está cerca de vosotros el Reino de Dios’. Cuando entréis en un pueblo y no os reciban, salid a la plaza y decid: ‘Hasta el polvo de vuestro pueblo, que se nos ha pegado a los pies, nos lo sacudimos sobre vosotros. De todos modos, sabed que está cerca el Reino de Dios’. Os digo que aquel día será más llevadero para Sodoma que para ese pueblo».

Los setenta y dos volvieron muy contentos y le dijeron: «Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre». Él les contestó: «Veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad: os he dado potestad para pisotear serpientes y escorpiones y todo el ejército del enemigo. Y no os hará daño alguno. Sin embargo, no estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo».

Reflexión: Lc 10, 1-12.17-20

El Señor nos envía a proclamar el Reino, manteniendo una actitud peculiar: no debemos preocuparnos por llevar nada, porque recibiremos todo lo que necesitamos; debemos, eso sí,  llevar paz a quienes estén dispuestos a aceptarla y quedarnos con ellos, sin más que lo que nos ofrezcan. No se trata de andar cambiando de casa, buscando probablemente la mejor, la que más nos acomoda, la que más nos brinda, no, sino más bien de aquilatar y apreciar lo que nos dan de corazón, porque cada quien recibe el fruto de su esfuerzo y si esto es lo que te ofrece compartir, debes aceptarlo, porque él lo tiene merecido.

El Señor confiere todo su poder a quien de este modo se dispone a seguirlo, cumpliendo con la Voluntad del Padre.  Estamos nuevamente frente a una situación que depende de la fe. El Señor da poder a quien de veras elige proclamar la Buena Nueva del Reino, a quien decide anunciarlo. El enemigo, el demonio está ahí, saldrá a nuestro encuentro, sin embargo no hemos de temer nada, porque tenemos poder para curar enfermos, expulsar demonios,  “para pisotear serpientes y escorpiones y todo el ejército del enemigo.”

La oferta del Señor es incomparable, para quien decide aliarse con Él, para quien decide ponerse a sus órdenes y marchar anunciando el Reino. No hemos de temer, porque el Señor nos ha dado todo el poder para derrotar al enemigo. Sin embargo aun aquí también el Señor nos hace una observación, una advertencia sobre cuál debe ser nuestra actitud. No se trata de vanagloriarnos por lo que conseguimos, no, sino de estar alegres porque cumplimos la Voluntad del Señor, porque hemos sido escogidos, porque tenemos un lugar reservado al lado del Padre. “No estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo.”

Esta debe ser nuestra perspectiva todo el tiempo. Tener nuestros tesoros allí donde no entra la polilla, ni corroe el gusano. Es por Él que nos movemos, es por Él que somos y actuamos. Es por Él que tenemos el poder y por Él que nuestra vida adquiere otro valor.

Oremos:

Señor Jesús, danos fe suficiente para andar por Tus caminos, sin doblegarnos, sin dudar, sin temer a nadie, sin más defensa y más precaución que Tu Palabra. Permítenos anunciar el Reino con nuestra propia vida. Que seamos portadores de alegría y paz a los corazones de todos nuestros hermanos. Que no seamos motivo de discordia, ni entremos en disputa por bienes materiales. No permitas que estas cosas nos dividan, nos enfrenten y separen. Antes bien, que entreguemos generosamente lo que nos reclaman, y nos alegremos por hacer lo que te agrada. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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jun 27 2010

Lucas 9, 51-62

Texto del evangelio (Lc 9, 51-62)

Sucedió que como se iban cumpliendo los días de su asunción, Jesús se afirmó en su voluntad de ir a Jerusalén, y envió mensajeros delante de sí, que fueron y entraron en un pueblo de samaritanos para prepararle posada; pero no le recibieron porque tenía intención de ir a Jerusalén. Al verlo sus discípulos Santiago y Juan, dijeron: «Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma?». Pero volviéndose, les reprendió; y se fueron a otro pueblo.

Mientras iban caminando, uno le dijo: «Te seguiré adondequiera que vayas». Jesús le dijo: «Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza». A otro dijo: «Sígueme». Él respondió: «Déjame ir primero a enterrar a mi padre». Le respondió: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el Reino de Dios». También otro le dijo: «Te seguiré, Señor; pero déjame antes despedirme de los de mi casa». Le dijo Jesús: «Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios».

Reflexión: Lc 9, 51-62

Estamos entre riscos…El camino es empinado, exigente, difícil y sin embargo debes hacerlo, sin esperar consuelo, ni ayuda, ni que alguien salve por ti los obstáculos. No, no se retirarán de tu vida esos malos ratos, ese dolor, aquella tragedia. No, aunque no lo creas es verdad; aquello sucedió, fue así. Ojala no hubiera pasado, pero pasó. La vida no es fácil. Pero si tú crees que la tienes difícil, mira no más a tu alrededor; encontrarás a muchos que les va peor.

No, no es un competencia por saber quien aguanta más dolor, quien puede soportar mejor el sufrimiento, no. No se trata de eso. Pero la vida, nuestra vida es finita, es limitada; y tiene muchos altibajos, propios de la vida misma. No pretendas que sea otra cosa. No pretendas pasar indemne, sin sentir hambre, sin sentir frio, sin sentir dolor, sin perder a un hermano, a un amigo, a un padre.

No se pueden hacer tortillas sin romper huevos…¡Atrévete a vivir! Asume el reto…acéptalo. Haz lo que esté a tu alcance para que quienes van contigo, vayan siempre adelante, avancen, salten, sufran menos y tengan esperanza. No, no mires atrás. Anda, camina, se fuerte, resiste, pon tu mirada en la cumbre…Y cuando te sientas desfallecer, cuando las piernas parezcan flaquear, cuando estés por rendirte, por retirarte, por claudicar, recuerda a Jesús, que ya hizo esta camino y cuando estaba por llegar, entre empellones y burlas y con el peso de la cruz a cuestas, siguió para adelante, hasta la cumbre, hasta el fin, sabiendo que el Padre allí le esperaba para tomar su espíritu, aquél que jamás dejaría morir.

No, no es masoquismo, es la vida que tiene un sentido, que debes seguir, que nada ni nadie se puede escabullir. Si no avanzas retrocedes y no avanza el que huye, el que evita la pena, el hambre o el dolor, el que mira a otro lado  pretendiendo que lo que no le pasa, no pasa, que lo que no le afecta no ocurre, porque tarde o temprano le pasa y le ocurre y no hay nada ni nadie que pueda librarlo de ser. Que si está vivo es para ser, y ser es nacer, vivir y morir. La vida es todo un paquete, en el que viene todo junto y no puedes escoger solo aquello que equívocamente alguien te enseñó a gustar. No se trata de ti, de lo que a ti te gusta, de lo que a ti te afecta.

La vida y su gracia, su encanto y su ley están en lo que tu hermano, tu padre y tu madre pueden sentir. Mira a tu alrededor, alivia el dolor; lava, calma, cura, perdona; alumbra, contrarresta, serena y conduce. No te guardes. Entrégate, que dando se recibe y muriendo se alcanza la Vida Eterna.

Oremos:

Padre Santo, ayúdanos a entender el amor…a comprender que hemos sido creados para el amor, que en el amor está nuestra realización, que solo amando viviremos…que solo vive quien ama, que solo ama quien da, que dar es olvidarse de uno mismo y que solo así se alcanza la Vida Eterna. Amén.

Roguemos al Señor…

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jun 24 2010

Lucas 1, 57-66.80

Texto del evangelio (Lc 1, 57-66.80)

Se le cumplió a Isabel el tiempo de dar a luz, y tuvo un hijo. Oyeron sus vecinos y parientes que el Señor le había hecho gran misericordia, y se congratulaban con ella. Y sucedió que al octavo día fueron a circuncidar al niño, y querían ponerle el nombre de su padre, Zacarías, pero su madre, tomando la palabra, dijo: «No; se ha de llamar Juan». Le decían: «No hay nadie en tu parentela que tenga ese nombre». Y preguntaban por señas a su padre cómo quería que se le llamase. Él pidió una tablilla y escribió: ‘Juan es su nombre’. Y todos quedaron admirados.

Y al punto se abrió su boca y su lengua, y hablaba bendiciendo a Dios. Invadió el temor a todos sus vecinos, y en toda la montaña de Judea se comentaban todas estas cosas; todos los que las oían las grababan en su corazón, diciendo: «Pues ¿qué será este niño?». Porque, en efecto, la mano del Señor estaba con él. El niño crecía y su espíritu se fortalecía; vivió en los desiertos hasta el día de su manifestación a Israel.

Reflexión: Lc 1, 57-66.80

Juan antecedió a Jesús y vino a preparar el camino. Puede pasar desapercibido muchas veces. Nos declaramos cristianos, es decir, seguidores de Cristo y minimizamos la importancia de los santos, que como en el caso de Juan, son evidentes manifestaciones de la Divinidad, es decir, de la Voluntad del Señor.

Juan era tan solo unos meses mayor que Cristo, pero salió a la vida publica mucho antes, anunciando al Mesías…Todas las circunstancias que rodean su nacimiento constituyen un verdadero prodigio, así que la intervención Divina se hace obvia, para quien quiere verlo. Sus padres eran dos ancianos, por lo tanto a Isabel ya se le había pasado el tiempo para tener un hijo y sin embargo así fue. Luego están los testimonios de los que les conocieron, dando cuenta de cualidades excepcionales en Juan, las mismas que se manifestaron desde su nacimiento. Sin embargo él mismo dirá que no es capaz de ajustar las sandalias de Jesús y luego lo bautizará en el río Jordán.

Hoy celebramos en la Iglesia a este santo y con él, no podemos dejar de pensar en todos los que antecedieron y sucedieron a Jesús, muchos de cuyos nombres a lo mejor ni recordamos ni honramos, a través de los cuales habló el Señor a cada una de las generaciones de este mundo. .

La Voluntad del Padre ha sido puesta en forma evidente a lo largo de la historia y han sido y son muchos hombres y mujeres escogidos los encargados de transmitirla. Dios ha intervenido de este modo en nuestras vidas, porque es nuestro Padre y solo quiere lo mejor para nosotros, lo que pasa por “amarnos los unos a los otros”, como hijos de un mismo padre, como hermanos. Es en el amor que se encuentra la respuesta a todos nuestros desafíos, a todos los retos que nos plantea este mundo. Sin embargo y lamentablemente, el Príncipe de las tinieblas, el traidor pretende hacernos consentir que nada bueno sacaremos de los demás, que solo debemos cuidarnos a nosotros mismos, que en el acumular y guardar para mi, antes que para nadie, está mi esperanza.

Se trata pues de dos caras opuestas de una misma moneda.  De la luz y la oscuridad; de la vida y la muerte; de la Verdad y la mentira; de subir o bajar; de pasar por la puerta angosta o la ancha; de avanzar o retroceder; de amar y servir a los demás o servirse egoístamente de los demás, ocupándonos exclusivamente del bienestar personal, sin que nos importen un rábano los demás. Son dos posiciones opuestas, que como el agua y el aceite, no pueden combinarse ni mezclarse. Por eso el Señor dirá: el que no está conmigo  está en mi contra; el que no recoge conmigo, esparce.

A ejemplo de tantos santos, conocidos o no, de aquellos que tenemos la fortuna de encontrar en nuestras vidas, debemos optar por Jesús, y ello exige valor, decisión y entrega. El seguimiento del Señor no es fácil, y exige muchas veces remar contra corriente, remar mar adentro, por aguas turbulentas, sin más arma que la Fe. Pero para quien ha comprendido al Señor y se empeña en cumplir su Palabra y Voluntad, esta le basta.
 

Oremos:

Pidamos al Señor, nuestro Dios, que en esta fecha memorable, en la que recordamos a unos de sus siervos más destacados, nos de la misma humildad de Juan y la capacidad de renuncia a todo bien material, con tal de perseguir la verdad, la paz y el amor. Que nos haga dignos hijos suyos, para que podamos llevar paz y esperanza a los más afligidos y que, como Juan, procuremos cumplir su Voluntad, aun a costa de nuestras vidas…. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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jun 20 2010

Lucas 9, 18-24

Texto del evangelio (Lc 9, 18-24)

Y sucedió que mientras Jesús estaba orando a solas, se hallaban con Él los discípulos y Él les preguntó: «¿Quién dice la gente que soy yo?». Ellos respondieron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que un profeta de los antiguos había resucitado». Les dijo: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Pedro le contestó: «El Cristo de Dios». Pero les mandó enérgicamente que no dijeran esto a nadie.

Dijo: «El Hijo del hombre debe sufrir mucho, y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar al tercer día». Decía a todos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ése la salvará».

Reflexión: Lc 9, 18-24

¿Quién dicen que soy y quien soy en verdad? El Señor nos invita a hacer esta reflexión, a propósito de sí mismo. Nos damos a conocer por lo que hacemos. Las personas se forman juicios a partir de lo que ven. Así, a Jesús, quienes lo conocen, quienes lo ven, lo tienen definitivamente como alguien extraordinario, entre los más destacados…pero muy pocos llegan a ubicarlo en el lugar que realmente le corresponde; solo sus discípulos, a quienes les pide que callen, porque tenía una misión que cumplir, un itinerario que parece imposible, inverosímil y sin embargo así será.

Pero algo más agrega el Señor, el que quiera seguirme, tendrá que hacer lo mismo. Tendrá que coger su cruz y negarse a sí mismo. Allí está la clave, en negarse a sí mismo. No se trata de una posición masoquista que busque el sufrimiento por el sufrimiento, no…Se trata de ordenar la vida, de disponerlo todo en el orden correcto, poniéndonos al final. No es nada fácil, porque incluso instintivamente –sobre todo así- siempre procuramos primero nuestro bien, nuestra comodidad, nuestro beneficio. Incluso, cuando lo logramos, nos conformamos y ya no queremos esforzarnos más, no vaya a ser que perdamos lo alcanzado. No nos exigimos ir más allá…es más, llega un punto en el que preferimos conformarnos…Así estamos bien, para qué más. Y es que estamos primeros en nuestra lista y no nos interesa dar cabida a nadie más. Que cada quien vea por lo suyo….

Por eso son tan importantes las palabras del Señor, que nos invita no sólo a coger nuestra cruz, sino a negarnos a nosotros mismos. ¡Qué difícil resulta negarnos a nosotros mismos! Renunciar a uno mismo, para poner al otro como nuestra prioridad. ¿Tú quieres que lo haga? Por ti lo haré, si eso te hace feliz. Claro, no se trata de hacer algo malo, no. Pero en la vida cotidiana hay tantas cosas que nos piden nuestros hermanos, nuestros esposos o esposas, nuestros amigos, cosas que a veces parecen nimias, pero que no estamos dispuestos a hacer, porque nos incomodarían, porque significarían un esfuerzo que no estamos dispuesto a realizar.

Oremos:

Señor, ayúdanos a seguirte fielmente, procurando siempre dar lo mejor que tenemos, lo mejor que somos, sin medida, sin condiciones. Perdónanos nuestras debilidades. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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jun 12 2010

Lucas 2, 41-51

Texto del evangelio (Lc 2, 41-51)

Los padres de Jesús iban todos los años a Jerusalén a la fiesta de la Pascua. Cuando tuvo doce años, subieron ellos como de costumbre a la fiesta y, al volverse, pasados los días, el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin saberlo sus padres. Pero creyendo que estaría en la caravana, hicieron un día de camino, y le buscaban entre los parientes y conocidos; pero al no encontrarle, se volvieron a Jerusalén en su busca.

Y sucedió que, al cabo de tres días, le encontraron en el Templo sentado en medio de los maestros, escuchándoles y preguntándoles; todos los que le oían, estaban estupefactos por su inteligencia y sus respuestas. Cuando le vieron, quedaron sorprendidos, y su madre le dijo: «Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando». Él les dijo: «Y ¿por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?». Pero ellos no comprendieron la respuesta que les dio. Bajó con ellos y vino a Nazaret, y vivía sujeto a ellos. Su madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón.

Reflexión: Lc 2, 41-51

Una referencia, diríamos histórica o biográfica, al niño tan especial que debió ser Jesús, desde siempre ocupado en las cosas de Su Padre. Una muy temprana indicación de la orientación que tendría su vida y a quién habría de dedicarla. En realidad , si tenemos en cuenta la anunciación y todos los signos que acompañaron su nacimiento, tendríamos que decir que fue una reiteración de algo que, claro, por momentos hasta sus padres olvidaban, por más devotos que fueran…Que estaban frente al Hijo de Dios, el Mesías, el Salvador, el Anunciado…que había venido a este mundo a cumplir una Misión, la Voluntad del Padre, como no se cansaría de revelarlo; la cual le tenía deparada una vida corta, pero suficiente para iluminar a la humanidad entera, por los siglos de los siglos…Aun a pesar de la ejecución de la que sería objeto, muriendo crucificado entre ladrones, entre la escoria y lo más despreciable de la sociedad, sería alzado por lo alto, Glorificando a Dios Padre con Su Resurrección y sellando una alianza santa con toda la humanidad, restaurando nuestra condición de Hijos de Dios y por lo tanto herederos del Reino.

Un niño precoz…¿Qué otra cosa podíamos esperar de quien, como Jesús, sabía la urgencia de su tarea y el poco tiempo del cual disponía? Es aquí también un ejemplo del imperativo y la urgencia con que debemos ponernos manos a la obra, ordenando nuestra vida en concordancia con la Misión encomendada. Todos somos constructores del Reino, obreros a órdenes de Nuestro Señor. No hay tiempo para disquisiciones, para postergaciones ni evasiones. La tarea es urgente. Ya en otro momento Jesús aclarará que su padre, su madre y sus hermanos son los que le oyen y hacen la Voluntad del Padre, los que creen. Se trata pues, de un cambio radical de actitud frente a la vida, frente al mundo que nos rodea.  No es desamor, como alguien mal intencionadamente pudiera querer interpretar…Se trata de poner la vida y todo cuanto a ella concierne, en el orden correcto.

¿Cómo podríamos endilgar desamor a un Dios que por el contrario es Amor? Lo que ocurre es que el Señor pone al descubierto todas nuestras intenciones. Frente a su mensaje, debemos adoptar partido, y nos cuesta. No por nuestro padres y hermanos, no por nuestros cónyuges o nuestra familia…En realidad nos cuesta por nosotros, porque debemos abandonar ciertas actitudes egoístas a las que nos hemos acostumbrado, por las cuales siempre estamos primero nosotros, aunque digamos lo contrario, aunque pongamos como excusa a nuestras familias…En el fondo lo que ocurre es que no queremos exponernos a perder nuestra seguridad, nuestra comodidad…Es a nosotros a quienes protegemos…No queremos dar el paso radical del amor, por no quedar al descubierto, desnudos y vulnerables…No queremos perder seguridad.

Pues en vano y efímero fin hemos puesto toda nuestra confianza. Si sabemos que la vida es corta y que no hay nada que podamos tener, poseer o atesorar que sea suficientemente fuerte y grande para librarnos de nuestro destino mortal, solo Dios, solo el Amor tiene el poder para salvarnos, para redimirnos. Por lo tanto es de necios hacerle la contra.

Oremos:

Señor Jesús, ayúdanos a entender tu mensaje y ponernos en camino, bajo tus órdenes. Que no perdamos el tiempo buscando excusas para rehuir nuestra responsabilidad. Danos valor para hacer lo que debemos a cada paso, a cada instante. Que sintamos como Tú, que todo el que hace la Voluntad del Padre es nuestro hermano, nuestro padre y madre, nuestra familia…Que no perdamos el sentido de la urgencia, que no nos envanezcamos en la comodidad y el egoísmo. Haznos conscientes que esta es nuestra oportunidad, que es ahora cuando debemos actuar, a ejemplo del niño Jesús, que no esperó a ser adulto, a “tenerlo todo”, a “controlarlo todo”, para poner en orden su vida y actuar en consecuencia. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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jun 11 2010

Lucas 15, 3-7

Texto del evangelio (Lc 15, 3-7)

En aquel tiempo, Jesús dijo esta parábola a los fariseos y maestros de la Ley: «¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto, y va a buscar la que se perdió hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, contento, la pone sobre sus hombros; y llegando a casa, convoca a los amigos y vecinos, y les dice: ‘Alegraos conmigo, porque he hallado la oveja que se me había perdido’. Os digo que, de igual modo, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión».

Reflexión: Lc 15, 3-7

El Señor Jesús pone las cosas en orden, bajo la perspectiva Divina, siempre distinta a la nuestra, aun cuando valiéndose de nuestras motivaciones. Es verdad que nos esforzamos por encontrar lo perdido y nos alegramos cuando lo encontramos…Sin embargo, difícilmente aceptamos que el Señor se alegre tanto al recuperar a los perdidos, a los pecadores. Y sin embargo esa es su Voluntad; esa su intención y su mayor satisfacción. De allí la importancia de la Evangelización, de llevar al Señor y su Palabra a todos los rincones de la tierra, empezando por aquellos ambientes en los que pareciera abundar la perdición y el pecado. Quien tiene este atrevimiento, esta osadía, cuanta más alegría lleva al Señor.

Esto es lo que hacen mis hermanos del Movimiento de Cursillos de Cristiandad (MCC) en todo el mundo, por quienes invito a orar de modo muy especial hoy día, en que, por el mundo entero se realizan decenas de Cursillos, donde centenas de hombres y mujeres tienen la oportunidad de encontrarse con Cristo, gracias a este movimiento evangelizador que no busca otro fin que conducir a nuevos hermanos y hermanas a la conversión, que significa cambiar, transformar sus corazones, sus espíritus para poner Gracia, donde había pecado.

Esta es la Misión de todo cristiano, llevar el mensaje de Dios a todo los rincones del mundo, empezando por los más cercanos a nosotros, por nuestros vecinos, por nuestros familiares y amigos. No podemos ser indiferentes ante los demás. Ya vemos que el Señor no promueve ni le alegra la reunión aséptica de los justos, de aquellos que se cierran en sí mismos por no contaminarse, de aquellos que solamente se juntan entre ellos, para aplaudirse, alabarse y vanagloriarse, como si lo único importante fuera su propia salvación, la que dan por hecha, porque observan una conducta intachable, al menos a sus ojos y según su juicio…¿Pero, qué hay de los demás? El Cristiano no puede convivir con el pecado, ni con el pecador, en actitud indiferente o marcando distancias para no contaminarse…El cristiano tiene que procurar la evangelización y conversión del mundo entero, tanto más si los que le rodean son pecadores, porque esta conversión será la mayor alegría del Señor…Será como el retorno del Hijo Pródigo. ¡Eso es lo que debemos perseguir! ¡Eso lo que debemos proponernos! ¡Eso lo que debemos lograr!

No se trata pues, entonces, de pasar indemne y con la nariz respingada, haciendo ascos a los pecadores, se trata de involucrase, de meter las manos, de comprometerse, sabiendo guardarse, es verdad, pero no aislándose, ni abandonando al mundo por nuestra propia salvación. Nos salvamos juntos o no nos salvamos, decimos en el MCC. Se trata pues entonces, de cambiar el mundo, de santificarlo, de evangelizarlo, con nuestras obras, sin dejar de lado , ni excluir a los pecadores…todo lo contrario, procurando recuperarlos y convertirlos.

Oremos:

Señor Jesús, haznos activos militantes tuyos, que realmente luchemos por la evangelización del mundo en nuestra vida cotidiana, en cada uno de nuestros actos comunes y corrientes. Que no busquemos gestos grandilocuentes, pero que tampoco caigamos en la indiferencia y en la comodidad de los tibios. ¡Cámbianos! ¡Conviértenos en esa piedra angular, en sal y luz del mundo! Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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jun 06 2010

Lucas 9, 11b-17

Texto del evangelio (Lc 9, 11b-17)

En aquel tiempo, Jesús les hablaba acerca del Reino de Dios, y curaba a los que tenían necesidad de ser curados. Pero el día había comenzado a declinar, y acercándose los Doce, le dijeron: «Despide a la gente para que vayan a los pueblos y aldeas del contorno y busquen alojamiento y comida, porque aquí estamos en un lugar deshabitado». Él les dijo: «Dadles vosotros de comer». Pero ellos respondieron: «No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos nosotros a comprar alimentos para toda esta gente».

Pues había como cinco mil hombres. Él dijo a sus discípulos: «Haced que se acomoden por grupos de unos cincuenta». Hicieron acomodarse a todos. Tomó entonces los cinco panes y los dos peces, y levantando los ojos al cielo, pronunció sobre ellos la bendición y los partió, y los iba dando a los discípulos para que los fueran sirviendo a la gente. Comieron todos hasta saciarse. Se recogieron los trozos que les habían sobrado: doce canastos.

Reflexión: Lc 9, 11b-17

Estamos frente a uno de los pasajes más asombrosos y a la vez conocidos del Nuevo Testamento…la multiplicación de los panes y los peces. Como estamos a la distancia y en pleno siglo XXI, tendemos a pasar por alto este pasaje, como algo anecdótico, una parte de la doctrina de Jesús que debemos asimilar y aceptar, aun cuando la consideramos realmente inverosímil y, digámoslo francamente, sin mayor importancia.  No necesitamos este pasaje para creer en Jesús, nos decimos…No sentimos que podemos defenderlo…Es algo irracional, quizás producto del estilo literario de quien nos hizo llegar hasta aquí la palabra de Jesús. Es algo que no se puede tragar un hombre razonable del siglo XXI. Podrá quizás entender la necesidad de amarnos los unos a os otros y razonablemente aceptarlo como la solución a los problemas de este mundo, pero de allí a aceptar que cinco panes y dos peces pudieron servir para alimentar a cinco mil personas…Ha de ser pura fantasía del escritor…una forma de expresión literaria, uno de tantos pasajes anecdóticos que tienen los evangelios, escritos seguramente para atrapar el interés de las gentes sencillas de aquellos tiempos…

¿Es lícito hacer esta distinción? ¿Podemos filtrar así la Palabra del Señor? ¿Es que se trata de pasajes que debemos interpretar? ¿Qué tal si no fueron cinco mil? ¿Por qué tanta precisión? ¿Y si solo fueron tres mil ochocientos cincuenta y cuatro? ¿Tiene alguna importancia? ¿Qué es pues aquí lo realmente importante?

Ofrezco aquí humildemente mi interpretación. La reflexión que me produce este pasaje evangélico. Es un hecho que había una multitud, más grande de la que podía ser alimentada con cinco panes y dos peces. Y sin embargo todos comieron e incluso sobró. ¿Qué tuvieron que hacer los apóstoles para que Jesús realizara este prodigio? Pues ponerse manos a la obra y hacer exactamente lo que él les indicó, es decir, hacer Su Voluntad. Ponerse a trabajar, confiando en que el Señor haría lo suyo. ¡Y así fue!

¿Cuántas veces nos encontramos en la vida ante situaciones similares, en las que nos invade el pesimismo frente a una tarea que nos parece descomunal e imposible? ¿Qué vamos a poder lograrlo!? Nos preguntamos. ¡Será imposible! Es posible que efectivamente para nosotros sea imposible, pero no para Dios. Eh allí, en estas ocasiones en las que debemos recordar este pasaje…¡Hagamos lo correcto! ¡Hagamos lo que está bien! Pongamos todos lo que está a nuestro alcance, todo lo que tenemos y confiemos en Dios, Él hará su parte. Si hacemos su voluntad, si hacemos lo que Él nos pide, con seguridad alcanzaremos el bien anhelado, por más imposible que nos pueda parecer en un comienzo.

Lo hemos comentado muchas veces anteriormente. Nuestra historia reciente, incluso nuestra historia personal está plagada de muchos ejemplos, de muchos episodios en los que nos bastó poner los medios, empeñar con voluntad todo lo que estaba a nuestro alcance, para lograr metas que jamás hubiéramos imaginado. No es magia, ni son fuerzas extrasensoriales, ni la sintonía con “el secreto” lo que hace posible que ocurran estos “imposibles”…¡Es la Voluntad de Dios! Él lo dice expresamente, y no en tono figurativo. Se trata de creer, de confiar, de ponernos en camino, de hacer nuestro mejor esfuerzo por El Reino. Y, ¿Cuándo trabajamos por el Reino? Cuando trabajamos por los demás, para los demás. Cuando nos desprendemos de nosotros mismos y procuramos el alivio de las penas y  necesidades de nuestro prójimo. Cuando abandonamos el egocentrismo de nuestra vida cotidiana, entonces podemos constatar como el bien se multiplica…Todo está en empezar. Toda obra, por más gigantesca que parezca o sea, comienza con un primer paso. Eso es lo que nos pide el Señor. ¡Demos lo que tenemos!

Oremos:

Señor Jesús, muévenos, empújanos si es preciso, para que hagamos a cada paso lo que debemos. Que no pasemos indiferentes, que no nos hagamos los desentendidos…Siempre hay algo que podemos hacer, algo que está en nuestras manos hacer, que quizás sea muy poco para nosotros, pero que tal vez marque la diferencia para quien lo recibe. Quizás sea el gesto que otros hermanos necesitan para seguirte, para obrar bien, para comprometerse, para sumar…O tal vez solo sirva de consuelo, pero aún si así fuera, podría ser bastante…Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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may 31 2010

Luca 1, 39-56

Texto del evangelio (Lc 1, 39-56)

En aquellos días, se levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y sucedió que, en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, e Isabel quedó llena del Espíritu Santo; y exclamando con gran voz, dijo: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; y ¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí? Porque, apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno. ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!».

Y dijo María: «Engrandece mi alma al Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava, por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso, Santo es su nombre y su misericordia alcanza de generación en generación a los que le temen. Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los que son soberbios en su propio corazón. Derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes y despidió a los ricos sin nada. Acogió a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia -como había anunciado a nuestros padres- en favor de Abraham y de su linaje por los siglos». María permaneció con ella unos tres meses, y se volvió a su casa.

Reflexión: Lc 1, 39-56

Estamos frente a un hecho sagrado, que a veces no le damos la importancia que tiene, o pasamos desapercibido, como si no fuera desde ya un portento más obrado por Dios Padre, con el fin de llevarnos hacia Él. Pudiendo serlo, nada es casual en la Historia de la Salvación, sino que todo obedece a un Plan que se va desplegando ante nuestros ojos y que muestra el profundo amor de Dios Padre a nosotros.

Cada quien juega un papel en esta historia. Nosotros, cada uno, tenemos nuestro propio rol, nuestra propia misión, nuestra propia encomienda. Cada quien tiene su encargo y debe preservarlo y cultivarlo con mucho empeño, con mucho cuidado, como lo más importante.

Lamentablemente estamos viviendo en un mundo en el que los valores se encuentran trastocados, de cabeza. Se da prioridad a los bienes materiales, a las comodidades, a los certificados, a los nombramientos, a los homenajes, a las distinciones y sobre todo y antes que nada a la situación económica. Los jóvenes no se casan y si se llegan a casar, no quieren tener hijos hasta no tener todas sus demandas materiales cubiertas. Los que no lo hacen por hedonismo, por comodidad, lo hacen a nombre de una supuesta responsabilidad demasiado calculadora, por la cual asumen que no deben traer niños al mundo hasta no poder darles el mínimo de bienes materiales y comodidades que ellos han establecido como necesarios e indispensables para sus hijos…

Claro que esta última actitud descrita puede ser fácilmente tildada de amorosa y responsable y nadie podría dudar de la bondad, de la buena intención que la promueve. ¿Pero quién, sino solo Dios, tiene el poder y la potestad para resolver y asegurar de modo absoluto y perenne todas nuestras necesidades? ¿Quién puede agregar un segundo más a su vida, por más que se lo proponga?

Si eres mayor de edad, relativamente maduro, es decir mayor de 21, 22 o 23 años…probablemente ya con estudios superiores culminados, y haz vivido un noviazgo de algunos años…2, 3, 4 años…¿Por qué no puedes unirte en Santo Matrimonio? ¿Es decir, casarte por la Iglesia y formar una familia? ¿No es por que queremos preservar el estatus social y económico heredado y aun acrecentarlo? No pretendemos decir que ello no sea loable, pero no puede ser el más importante móvil, el determinante, en nuestras vidas. El amor debía estar primero. El amor completo, entero y bien entendido. El amor que es vida y vida en abundancia y no la negación a la vida, por una “excesiva” responsabilidad, que termina por anular la Voluntad de Dios en nuestras vidas y la Fe.

Difícil reflexión, seguramente.  Más aun, cuando actuamos como todos, presos de nuestra “cultura”, del modo de proceder estándar, de aquél que todos los jóvenes Europeos y Norte Americanos parecen haber hecho norma, como el único medio de asegurar los medios mínimos de subsistencia, en primer lugar, para cada individuo, luego para cada pareja y por último, para uno o máximo dos hijos.

Pero al aferrarnos a esta norma, a esta exigencia, hemos dejado de lado otras formas de vida, seguramente más exigentes, pero distintas y con seguridad, más humanas. Hemos dejado el campo, el oficio humilde, la artesanía, para hacernos todos exitosos profesionales citadinos, comerciantes, empresarios…Y es que todos queremos tener más, acumular más, más comodidades, más tecnología, más títulos, más honores…más cosas, más propiedades, más dinero, más, más…Y hemos olvidado lo único importante: la Vida, el Amor.

Ojala que la actitud de María frente a su embarazo y el de su prima, nos inspiren a reflexionar entorno a lo que es de veras importante en la vida. A meditar en torno a nuestra escala de valores. No aquella que recitamos, sino la que transmitimos a través de nuestros actos, de nuestras decisiones, de nuestra vida misma.

Oremos:

Señor, acrecienta nuestra Fe, para que vivamos como verdaderos Hijos Tuyos, amándonos los unos a los otros, ayudándonos, sirviéndonos, preocupándonos de los demás, ayudando a los más humildes, pero por sobre todo, poniendo al amor antes que nada, confiados plenamente en Tí. Danos perseverancia y valor, para ser consecuentes. Que no seamos un factor de discordia más, sino que por el contrario, procuremos siempre la paz y la unidad. Que no nos hagamos esclavos de la comodidad y del hedonismo, sino que aprendamos a valorar cada segundo de nuestra preciosa vida, más aun del poder compartirla con cada miembro de nuestra familia, esa que nos has dado y que has dispuesto que tengamos, de la cual muchas veces nos privamos por acumular más bienes materiales, más comodidades, más “bienestar”…  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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