Category: Lucas

Lucas 11, 14-23

Texto del evangelio (Lc 11, 14-23)

En aquel tiempo, Jesús estaba expulsando un demonio que era mudo; sucedió que, cuando salió el demonio, rompió a hablar el mudo, y las gentes se admiraron. Pero algunos de ellos dijeron: «Por Beelzebul, Príncipe de los demonios, expulsa los demonios». Otros, para ponerle a prueba, le pedían una señal del cielo. Pero Él, conociendo sus pensamientos, les dijo: «Todo reino dividido contra sí mismo queda asolado, y casa contra casa, cae. Si, pues, también Satanás está dividido contra sí mismo, ¿cómo va a subsistir su reino?, porque decís que yo expulso los demonios por Beelzebul. Si yo expulso los demonios por Beelzebul, ¿por quién los expulsan vuestros hijos? Por eso, ellos serán vuestros jueces. Pero si por el dedo de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios. Cuando uno fuerte y bien armado custodia su palacio, sus bienes están en seguro; pero si llega uno más fuerte que él y le vence, le quita las armas en las que estaba confiado y reparte sus despojos. El que no está conmigo, está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama».

Reflexión: Lc 11, 14-23

El mal espíritu, el demonio, está rondándonos todo el tiempo, como un ave carroñera. Espera nuestro error, nuestro momento de debilidad para tentarnos y hacernos caer. Es absurdo pretender que no existe e ingenuamente ignorarlo, pues su cola está metida en toda controversia, en toda discusión, en toda desavenencia, procurando profundizarla y haciéndola irreconciliable.

No existe peor enemigo del alma que el demonio. Este quiere corromperla, debilitarla, asustarla…persuadirla de estupideces y miserias. A veces entra en forma tan sutil, que difícilmente nos damos cuenta. No por nada el mismo Jesús lo llama el Príncipe de este mundo; es pues, el Príncipe del engaño. Es astuto, muta, cambia…y está permanentemente al acecho. No da tregua.

Tras la denominación de Príncipe debemos entender que estamos frente alguien muy poderoso. No podemos taparnos los ojos frente a esta realidad. Príncipe es aquel que pretende heredar el Reino. Así de grande es su ambición y decisión. Sabemos que ello jamás será posible, porque Rey hay solo uno: Dios. Y, el jamás lo permitirá. Precisamente envió a Su Hijo, a Su legítimo heredero para decirnos cuál es Su Voluntad. Y esta es que nos salvemos. Que nos amemos unos a otros y a Dios por sobre todas las cosas, que de este modo salvaremos nuestra alma y alcanzaremos la Vida Eterna.

“Yo he vencido al mundo”, nos dirá en otro pasaje Jesús, aludiendo precisamente a la derrota del mal y con él, la derrota del demonio. Sino que este se resiste a abandonar el mundo, sin llevarse de encuentro a algunos de nosotros. ¿Podrá? Dependerá de nuestra firmeza, de nuestra fortaleza…Si soltamos la mano de Jesús que nos guía, que nos conduce por el Camino, es posible que este nos arrastre y nos empuje a la perdición, al engaño, al egoísmo. Pero si nos mantenemos unidos al Señor, como la vid a los sarmientos, esto será imposible. Por eso hoy Cristo nos recuerda que “El que no está conmigo, está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama.”

Estas son palabras muy fuertes, que nos obligan a meditar y reflexionar en torno a nuestro proceder cotidiano. ¿Somos de los que recogen o por el contrario, todo lo que hacemos es desparramar? No hay términos medios; no hay medias tintas. Recordemos que en otro pasaje, Jesús nos dice que “a los tibios los vomitaré”; es pues otra forma de decirnos que no hay términos medios: o estamos con Él o estamos contra Él. “El que pone la manos sobre el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino”. Estamos ante una gran responsabilidad, que comportan la vida misma. Nuestra salvación depende de lo que hagamos con nuestra vida. O la mandamos al tacho, siguiendo la tentadora propuesta del Príncipe, que en el fondo solo quiere nuestra perdición, aunque nos la presente como el más atractivo manjar, o reconocemos humildemente nuestra debilidad, nuestra incapacidad para afrontarlo solo y nos unimos a Jesús, para derrotarlo de una vez por todas y erradicarlo de nuestras vidas. Jesús es nuestra mejor garantía de Salvación, de corrección…con Él, no tenemos pierde.

No hay cosas buenas, que parecen malas. El mal jamás podrá traer bien. No nos engañemos, ni dejemos que nos engañen. Si pretendes un bien para tu hermano, si pretendes un bien para tu institución, no puedes esperar que este sea el fruto, el resultado de una mala obra, de una mala acción que finalmente se compondrá. Lo que brota y nace de las malas intenciones, no podrá enderezarse sin la intervención Divina. Y esta, no congenia ni anda con contemplaciones y componendas con el Demonio. O eres justo y procuras el bien tangible en todo cuanto haces, o estás contribuyendo a la destrucción del mundo, a la infelicidad y perdición de tus hermanos. O estas con Dios, o estás contra Él…No hay términos medios.

 

Oremos:

Oh Buen Jesús, no permitas que abandonemos el Camino que Tú nos has enseñado. Permite asirnos fuertemente a Tu mano generosa, para afrontar exitosamente toda tentación, toda trampa, toda celada preparada por el demonio. No dejes que caigamos en tentación. Ayúdanos a frecuentar lo Sacramentos, especialmente el de la Eucaristía, donde encontramos nuestra fortaleza. Que vivamos en oración permanente y demos testimonio de ello con nuestras propias vidas.  Sin Ti, no somos nada y seremos agitados, como trigo al viento; en cambio, contigo, lo tenemos todo. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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Lucas 4, 24-30

Texto del evangelio (Lc 4, 24-30)

En aquel tiempo, Jesús dijo a la gente reunida en la sinagoga de Nazaret: «En verdad os digo que ningún profeta es bien recibido en su patria. Os digo de verdad: muchas viudas había en Israel en los días de Elías, cuando se cerró el cielo por tres años y seis meses, y hubo gran hambre en todo el país; y a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda de Sarepta de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue purificado sino Naamán, el sirio».

Oyendo estas cosas, todos los de la sinagoga se llenaron de ira; y, levantándose, le arrojaron fuera de la ciudad, y le llevaron a una altura escarpada del monte sobre el cual estaba edificada su ciudad, para despeñarle. Pero Él, pasando por medio de ellos, se marchó.

Reflexión: Lc 4, 24-30

Todo está en que empecemos, realmente, a tratar de convencer a quienes más nos conocen, que se burlarán de nosotros, pues ya nos tienen medidos y saben de qué pie cojeamos, para que den demasiado crédito a lo que decimos o hacemos. Buscarán alguna explicación en nuestra historia personal, que conocen muy bien, para desprestigiarnos, para desmerecer lo que hacemos.

No es pues fácil construir el Reino, empezando por los nuestros. Sin embargo es por allí por donde debemos empezar. En todo caso, no porque sea difícil, debemos abandonarlos; todo lo contrario. Sin embargo, aquí el Señor nos advierte, nos anticipa sobre esta dificultad, que debemos tener en cuenta. Pero aún ahí, y pese a la dificultad, no debemos abandonar nuestra misión, tal como nos los enseña Jesús, que llegó a desatar la ira de quienes, por conocerlo, seguramente, lo despreciaban, lo ninguneaban, a tal punto, que estuvieron a punto de matarlo…

Jesús tuvo que emplearse a fondo, entonces, y haciendo uso de toda su astucia y de los poderes de los que estaba envestido “pasando por medio de ellos, se marchó.” Es que Jesús es el Hijo de Dios, y no era en aquella ocasión, ni en aquellas manos que tenía que morir. Es obvio que Dios Padre, velaba por Él. Siempre me ha asombrado este pequeño fragmento…Era tal el poder divino que emanaba de Él, que llegado el momento, pudo pasar por en medio de ellos, sin que ofrecieran resistencia alguna. Su presencia, su mirada, su semblante, su decisión eran tales, que amilanaban al más pintado, al punto de hacerse de lado y dejarlo pasar, de no atreverse, finalmente, a ponerle un dedo encima…La escena es conmovedora. Pasó por en medio de ellos…

Es quizás, también, un ejemplo de la confianza que debemos tener en Dios, que sabrá apoyarnos y ayudarnos a salir de las situaciones más difíciles, más riesgosas, si nos damos íntegramente por Él, aun entre quienes menos posibilidades tenemos, como son aquellos que ya nos tienen catalogados, medidos…Llegado el momento, Él sabrá sacarnos de en medio de la situación más violenta y quizás esta sea la lección que haga falta a muchos de nosotros, para finalmente convencernos, que “aquí hay algo más”, algo más que Jonás, algo más que Moisés…

 

Oremos:

Padre Santo, danos confianza, danos fe para creer ciegamente en Ti, para abandonarnos en Tus manos, para hacernos instrumento en Tus manos sabias y poderosas, confiando en que Tú sabrás escribir las páginas más hermosas, allí donde nosotros no hubiéramos atinado a trazar ni siquiera un garabato. Acrecienta nuestra fe, nuestra confianza en Ti, dándonos la convicción íntima y personal que sin Ti, no somos nada, en cambio contigo, nada nos falta, todo es posible. Que estas no sean palabras huecas que repetimos sin sentido, sino que salga a relucir a cada paso en nuestra vida cotidiana. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Lucas 13, 1-9

Texto del evangelio (Lc 13, 1-9)

En aquel tiempo, llegaron algunos que contaron a Jesús lo de los galileos, cuya sangre había mezclado Pilato con la de sus sacrificios. Les respondió Jesús: «¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que todos los demás galileos, porque han padecido estas cosas? No, os lo aseguro; y si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo. O aquellos dieciocho sobre los que se desplomó la torre de Siloé matándolos, ¿pensáis que eran más culpables que los demás hombres que habitaban en Jerusalén? No, os lo aseguro; y si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo».

Les dijo esta parábola: «Un hombre tenía plantada una higuera en su viña, y fue a buscar fruto en ella y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: ‘Ya hace tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro; córtala; ¿para qué va a cansar la tierra?’. Pero él le respondió: ‘Señor, déjala por este año todavía y mientras tanto cavaré a su alrededor y echaré abono, por si da fruto en adelante; y si no da, la cortas’».

Reflexión: Lc 13, 1-9

Tendemos a pensar que tras toda desgracia, tras toda muerte trágica está Dios, que envía su castigo sobre los que no le siguen, sobre los que no se comportan como Él lo ha dispuesto. Es decir que, para muchos de nosotros, Dios envía castigos a los malos y a veces, incluso castiga sin discriminar, a buenos y malos, por culpa de unos cuantos. Es decir que nuestro buen Dios aplica aquél viejo adagio que dice: “justos pagan por pecadores”. Esa es la imagen que muchos nos hemos forjado de Dios: severo y castigador, que a cada paso nos pide cuentas y que blande su espada justiciera sobre todo brazo, pierna o cabeza que no hace lo que Él ha dispuesto.

Ante esa imagen que nos hemos forjado ancestralmente para explicar de algún modo las desgracias, qué nos dice Jesús. Nos presenta a un Dios que es Padre, y por tanto, es muy distinto a aquella amenaza que erróneamente hemos forjado en nuestra imaginación, ya por ignorancia, ya por obra del demonio, que con argucias quiere alejarnos de nuestro Buen Padre, nuestro Padre Eterno.

Es que no puede ser de otro modo. Como Jesús mismo nos lo dirá en otro pasaje, “si nosotros sabemos dar cosas buenas a nuestros hijos, cuanto más nuestro Padre nos dará el Espíritu Divino a quien se lo pide”. Y no hay, ni puede haber Bien más precioso que este…Si nos da lo más, lo mayor, cuanto más nos dará “el pan de cada día”.

Nuestra vida aquí en la tierra, es finita. y está sujeta a las leyes naturales. Inundaciones, terremotos, cataclismos, son tan propios de nuestro planeta, como el invierno, el verano, la primavera…la lluvia, la cosecha, las plantas, los bosques, los animales…Nosotros debemos tratar con respeto y moderación toda la Creación, porque ha sido puesta a nuestro servicio, al servicio de todas las generaciones que habrán de poblar la tierra, hasta que llegue su fin, que indudablemente llegará algún día…mañana, dentro de 20 años, dentro de cinco mil o en varios millones o miles de millones más.

Debemos hacer uso correcto de todo lo recibido, empezando por nuestra vida misma. No podemos desperdiciarla, ni dejarla escurrir, como el agua entre nuestros dedos. Tenemos que hacer lo más que podemos, en función del Reino, en función de ese destino superior que llevamos como una impronta en nuestros genes, en nuestro espíritu y que Jesús nos ha Revelado y Confirmado.

Somos hijos de Dios. ¡¿Puede alguien imaginar honor más grande?! Y ese Dios, Padre nuestro, es la encarnación del Amor Eterno. Por lo tanto, solo puede querer y quiere nuestro bien, lo mejor de nosotros, como nos lo dice una y otra vez Jesús. Él nos pide que demos un paso más, que nos exijamos un poco más, porque sabe de lo que somos capaces, porque sabe lo que podemos. No nos pide nada más que carguemos con nuestra propia cruz. No la de Él, no la de nuestros hermanos, sino la nuestra.

Y, ¿en qué consiste esa “cruz”? En hacer cada día lo que nos corresponde. En hacer lo mejor que podamos todo lo que debemos hacer, esforzándonos por dar más. En no conformarnos con la mediocridad, la desidia, la flojera, la comodidad…porque ello acarrea consecuencias sobre los demás. En actuar responsablemente, solidariamente, procurando el bien ajeno, antes que el propio. Es decir, amando. ¡Eso es lo que nos pide el Señor! “Que nos amemos los unos a los otros, como Él nos ha amado”. ¿Cómo nos amó Jesús? Al extremo de morir por nosotros, para salvarnos…Esa es la medida.

Es así como espera nuestro Padre que vivamos cada día. Él no nos castiga; el por el contrario, es como aquél que pide al dueño de la viña: ‘Señor, déjala por este año todavía y mientras tanto cavaré a su alrededor y echaré abono, por si da fruto en adelante; y si no da, la cortas’». Siempre está buscando, procurando, prodigándonos una nueva oportunidad. ¡Ese es nuestro Padre, el Padre que Jesús nos presenta!

Oremos:

Padre Santo, concédenos la Gracia de vivir cada día en la virtud, procurando siempre el bien de los demás, exigiéndonos a nosotros mismos, antes que a los demás. Danos humildad para servir a nuestros hermanos. Que no busquemos privilegios, ni prebendas. Que en toda circunstancia y situación sepamos actuar iluminados por tu luz, en función de la construcción del Reino. Que no caigamos en la tentación. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Lucas 15, 1-3.11-32

Texto del evangelio (Lc 15, 1-3.11-32)

En aquel tiempo, viendo que todos los publicanos y los pecadores se acercaban a Jesús para oírle, los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: «Este acoge a los pecadores y come con ellos». Entonces les dijo esta parábola. «Un hombre tenía dos hijos; y el menor de ellos dijo al padre: ‘Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde’. Y él les repartió la hacienda. Pocos días después el hijo menor lo reunió todo y se marchó a un país lejano donde malgastó su hacienda viviendo como un libertino. Cuando hubo gastado todo, sobrevino un hambre extrema en aquel país, y comenzó a pasar necesidad. Entonces, fue y se ajustó con uno de los ciudadanos de aquel país, que le envió a sus fincas a apacentar puercos. Y deseaba llenar su vientre con las algarrobas que comían los puercos, pero nadie se las daba. Y entrando en sí mismo, dijo: ‘¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, mientras que yo aquí me muero de hambre! Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, pequé contra el cielo y ante ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros’. Y, levantándose, partió hacia su padre.

»Estando él todavía lejos, le vio su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente. El hijo le dijo: ‘Padre, pequé contra el cielo y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo’. Pero el padre dijo a sus siervos: ‘Traed aprisa el mejor vestido y vestidle, ponedle un anillo en su mano y unas sandalias en los pies. Traed el novillo cebado, matadlo, y comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado’. Y comenzaron la fiesta.

»Su hijo mayor estaba en el campo y, al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y las danzas; y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. El le dijo: ‘Ha vuelto tu hermano y tu padre ha matado el novillo cebado, porque le ha recobrado sano’. Él se irritó y no quería entrar. Salió su padre, y le suplicaba. Pero él replicó a su padre: ‘Hace tantos años que te sirvo, y jamás dejé de cumplir una orden tuya, pero nunca me has dado un cabrito para tener una fiesta con mis amigos; y ¡ahora que ha venido ese hijo tuyo, que ha devorado tu hacienda con prostitutas, has matado para él el novillo cebado!’ Pero él le dijo: ‘Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero convenía celebrar una fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto, y ha vuelto a la vida; estaba perdido, y ha sido hallado’».

Reflexión: Lc 15, 1-3.11-32

Estamos probablemente ante una de las lecturas más bellas y conmovedoras del Nuevo Testamento. Aquí Jesús nos revela al Padre en toda su dimensión. Y lo hace precisamente a propósito de la acusación de los fariseos: «Este acoge a los pecadores y come con ellos». ¿Qué mejor testimonio del Padre? ¿Qué mejor forma de mostrarnos el camino, de enseñarnos nuestra misión? ¿Puede haber una actitud más esperanzadora que esta? El Señor no solamente dice lo que hay que hacer, lo muestra con hechos, con su ejemplo.

La respuesta de Jesús, la parábola tan conocida del Hijo Pródigo, es el sustento, la explicación de su proceder. Y no puede haber nada más alentador, más estimulante, más esperanzador, para quienes nos sentimos poca cosa, marginados, despreciados, pecadores, que la respuesta del Señor. Y en esta, no hace otra cosa que presentarnos al Padre Eterno, al Padre Creador, al Padre Amoroso, que todo lo que quiere es ver a su hijo de vuelta. Que sale a recibirlo, a darle alcance no bien lo ve venir, lo abraza y hace una gran fiesta “porque este hermano tuyo estaba muerto, y ha vuelto a la vida; estaba perdido, y ha sido hallado”.

“No necesitan médico los sanos, sino los enfermos” nos dirá en otro pasaje. Es que como Jesús mismo nos lo revela, Él ha venido a nosotros cumpliendo la Voluntad del Padre. Es Él que nos quiere de vuelta en Su casa, que es la nuestra; es Él que impaciente nos espera a que regresemos y cuando nos ve a lo lejos llegar, sale a nuestro encuentro, con los brazos abiertos.

Veamos y meditemos en torno a la historia de este hijo, que podría ser la historia de cualquiera de nosotros, que con mucha soberbia y ambición, renegamos de nuestro Padre y decidimos abandonarlo, para hacer uso de nuestro patrimonio, de nuestra vida, como nos da la gana, sin reparar en nada y prestando oídos sordos a sus consejos, a sus ruegos, a sus disposiciones. Viejo de miércoles, llegamos a decir, seguramente y lo mandamos a rodar, con la pretensión de liberarnos de Él, de sus órdenes, de su dependencia. No quisimos saber nada con Él, ni que se inmiscuyera en nuestros asuntos. De espaldas a Él, quisimos edificar nuestra vida y sin embargo todo lo que conseguimos fue dilapidar el patrimonio que nos fue confiado por un tiempo.

¿Qué has hecho de tu vida? ¿Qué frutos puedes exhibir? ¿Sigues viviendo en aquella farra que parece interminable o ya estás comiendo las sobras de los puercos? ¡Despierta! ¡Reacciona! No tienes que seguir hundiéndote…¡Vuelve al Padre, que Él te espera con los brazos abiertos!

Jesús viene y va precisamente a la gente despreciada, a los pecadores, para anunciarles el Evangelio; para anunciarles esta noticia: “Dios es tu Padre. Deja las tonterías que estás haciendo, arrepiéntete de la mala vida que has estado llevando y vuelve a Él, que te espera impaciente en el portal de tu casa.” Él inmediatamente te restaurará como hijo Suyo: te hará poner el mejor vestido, te pondrá el anillo, en señal de heredad y hará una fiesta por ti. ¿Qué esperas? Vuelve a la casa del Padre. Él te espera y te quiere como solo el Padre Eterno puede querer.

Oremos:

Señor, danos humildad para reconocer nuestros errores, para pedir perdón por ellos y volver a tu Camino. No dejes que la soberbia nos pierda, ni mucho menos la envidia por aquellos hermanos que acoges con cariño, porque supieron reconocer sus pecados y volver a ti. Gracias Padre Santo por tu bondad. Perdóname por cuantas veces te he defraudado, pretendiendo prescindir de Ti. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Lucas 16, 19-31

Texto del evangelio (Lc 16, 19-31)

En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos: «Era un hombre rico que vestía de púrpura y lino, y celebraba todos los días espléndidas fiestas. Y un pobre, llamado Lázaro, que, echado junto a su portal, cubierto de llagas, deseaba hartarse de lo que caía de la mesa del rico pero hasta los perros venían y le lamían las llagas.

»Sucedió, pues, que murió el pobre y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. Murió también el rico y fue sepultado. Estando en el Hades entre tormentos, levantó los ojos y vio a lo lejos a Abraham, y a Lázaro en su seno. Y, gritando, dijo: ‘Padre Abraham, ten compasión de mí y envía a Lázaro a que moje en agua la punta de su dedo y refresque mi lengua, porque estoy atormentado en esta llama’. Pero Abraham le dijo: ‘Hijo, recuerda que recibiste tus bienes durante tu vida y Lázaro, al contrario, sus males; ahora, pues, él es aquí consolado y tú atormentado. Y además, entre nosotros y vosotros se interpone un gran abismo, de modo que los que quieran pasar de aquí a vosotros, no puedan; ni de ahí puedan pasar donde nosotros’.

»Replicó: ‘Con todo, te ruego, padre, que le envíes a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que les dé testimonio, y no vengan también ellos a este lugar de tormento’. Díjole Abraham: ‘Tienen a Moisés y a los profetas; que les oigan’. Él dijo: ‘No, padre Abraham; sino que si alguno de entre los muertos va donde ellos, se convertirán’. Le contestó: ‘Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se convencerán, aunque un muerto resucite’».

Reflexión: Lc 16, 19-31

Por alguna razón, somos selectivos en lo que estamos dispuestos a creer y lo que rechazamos como inverosímil o tomamos como algo meramente referencial y figurativo. Así, nos decimos cristianos, confesamos creer en Dios Padre, pero rechazamos la idea del demonio y del infierno, con el argumento, muy conveniente y convincente, que siendo nuestro Padre tan bueno, no lo puede permitir. Entonces armamos una serie de teorías, entre las que con más frecuencia encuentro una que dice: “todo lo que se hace aquí, aquí se paga,” que es una forma de negar precisamente el infierno…Y nos quedamos pensado en torno a ello, como el resultado de la sabiduría popular, que tiene tanto de sabia y nos preguntamos, ¿por qué no podría ser cierto? Y, lo dejamos ahí, como algo en lo que no nos gusta reflexionar mucho, una hondura en la que no queremos meternos…

Y sin embargo, Jesucristo que a develado para nosotros el misterio del Padre, hace una alusión muy concreta al infierno en esta lectura, dando cuenta de ciertas características muy precisas: hay un abismo insalvable entre el “seno de Abraham” y el Hades. No hay forma que allí alguien alivie tus tormentos. No hay forma de reparar allí lo que aquí hiciste. Cosecharás inevitablemente lo que sembraste, sin marcha atrás. Por más buenas intenciones que tuvieras entonces, incluso con tu prójimo, no habrá forma de advertirles para evitarles este sufrimiento, nada más que las que ya tenemos, como son los testimonios de los santos, de los profetas y de Jesucristo mismo, que nos señala el Camino de la salvación y de la Vida Eterna.

Si no escuchamos este llamado, si no escuchamos estas advertencias, nos perderemos irremediablemente. Si, es verdad, solo tenemos una vida, solo tenemos esta vida para decidir nuestro futuro eterno. O iremos a nuestro Padre, que nos llama y ha salido con los brazos abiertos a recibirnos, que tiene un sitio especialmente preparado para nosotros desde siempre, o nos condenamos a la oscuridad, al fuego eterno, al dolor y al sufrimiento, junto al Príncipe de este Mundo.

No, el Señor no nos amenaza. Nos advierte, nos da a a conocer el peligro que corremos y nos invita insistentemente a recorrer el camino correcto. El nos quiere y quiere que vayamos a reunirnos con el Padre. Él quiere a tal punto que nos salvemos, que se ha hecho hombre para mostrarnos El Camino, y no ha escatimado esfuerzo por nosotros, llegando incluso a dar su vida. Aparte de Cristo ¿Qué otro amigo conoces que haya dado la vida por ti?

Precisamente para que creamos y le sigamos en este ejemplo de amor extremo, resucitó, es decir que venció a la muerte, constituyéndose así en la garantía de salvación que buscamos. No hay ni se nos darán más pruebas. Las tomamos, creemos, las seguimos y nos salvamos, o nos perdemos para siempre. Esa es nuestra elección. No olvidemos que Dios nos ha creado LIBRES. Nos ha dado la razón y la voluntad para seguirlo o rechazarlo. Es nuestra decisión.

O nos apegamos como este hombre rico a los bienes terrenales, disfrutando egoístamente y con total indiferencia a quienes tenemos a nuestro alrededor, a quienes padecen hambre y sed, a quienes les bastarían nuestras sobras para saciarse, o nos desprendemos y repartimos generosamente lo que tenemos. Seremos bienaventurados, si miramos con amor al mundo que nos rodea y actuamos en consecuencia. El amor no tiene límites. “Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta.” El amor no acaba nunca.

Así, mientras tengamos vida demos todo lo que somos y tenemos, y recibiremos una medida colmada y rebosante. No actuemos como aquellos ricos que han puesto toda su esperanza en su fortuna, que creen que atesorándola y manteniéndola y aun acrecentándola a toda costa, tienen asegurada su felicidad. No nos aferremos a los bienes materiales, que hoy están y mañana no los tenemos; guardemos más bien nuestros tesoros allí donde no entra la polilla y no carcome el gusano. Seamos perfectos, como nuestro Padre que está en el cielo. Amemos a nuestro prójimo como a nosotros mismos y a Dios por encima de todo y al final de nuestros días, nos reuniremos con Lázaro en el seno de Abraham.

Oremos:

Padre Nuestro, enséñanos a amar, a ser generosos con nuestros hermanos. Que no escatimemos nada con tal de aliviar sus penas, su dolor, su sufrimiento. No permitas que pasemos indiferentes, preocupados y centrados solo en nosotros. Abre nuestros ojos y oídos, para que veamos y escuchemos. Haznos solidarios, compasivos, justos, caritativos. Amén.

Roguemos al Señor…

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Lucas 6, 36-38

Texto del evangelio (Lc 6, 36-38)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo. No juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados. Dad y se os dará; una medida buena, apretada, remecida, rebosante pondrán en el halda de vuestros vestidos. Porque con la medida con que midáis se os medirá».

Reflexión: Mc 6, 36-38

El Señor hoy nos invita a la prudencia. No andar por ahí despotricando de todo el mundo, porque del mismo modo en que juzgamos a los demás, seremos juzgados, con la misma medida. Así que, aunque sea por nuestro propio bien, debemos procurar ser un poco más tolerantes con los demás. Debemos darles cierta holgura, cierto margen…el mismo que procuramos para nosotros. Muchas veces reclamamos comprensión, reclamamos empatía…Pero, ¿somos comprensivos con los demás? ¿Somos empáticos?

Qué fácil es mirar la paja en el ojo ajeno, pero que difícil se nos hace percatarnos del tronco que tenemos en el nuestro. No pongamos sobre los hombros de los otros cargas que nosotros mismos no podríamos cargar. Seamos comprensivos, tolerantes. Ayudemos, facilitemos, mientras esté en nuestras manos. No seamos un obstáculo más. Seamos parte de la solución.

Si hemos de criticar, que nuestra crítica sea constructiva y no destructiva. Cuidemos nuestras palabras para no herir innecesariamente a nadie. Si habremos de ser severos, apliquemos la misma severidad con la que nos gustaría ser tratados, la misma severidad que estaríamos dispuestos a soportar.

Recordemos que nuestra misión ha de ser esperanzadora. Debemos llevar paz, debemos llevar amor. Si lo que hacemos no despierta estos buenos sentimientos en los demás, si para transmitir el mensaje debo exasperarme, perder la paciencia y encolerizarme…Revisémoslo todo, que es posible que por algún lado se esté filtrando el mal espíritu, pues las divisiones, las rencillas, las incomprensiones e intolerancias, son obras del demonio. Donde mete su cola, siembra discordia.

Nosotros somos portadores de la Buena Nueva del Reino. Nuestro lenguaje ha de ser amable, ponderado…buscando armonía, acuerdo, consenso. Hemos de promover a las personas, pensando antes que en nada, en su dignidad de Hijos de Dios, de Hijos de un mismo Padre. Cada quien es un tesoro valioso para nuestro Padre. Tratemos de ver a nuestro prójimo con los ojos que Él los ve y no les exijamos más de lo que a nosotros mismos nos gustaría que nos exijan.

Oremos:

El Buen Espíritu es producto de la oración…Oremos intensamente y pidamos al Señor que derrame sobre nosotros copiosamente su Espíritu Divino, para que veamos este mundo con los ojos que Él lo ve, lleno de esperanza e ilusión. Para que seamos portadores de esperanza, de consuelo y paz. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Lucas 9, 28-36

Texto del evangelio (Lc 9, 28-36)

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, Juan y Santiago, y subió al monte a orar. Y sucedió que, mientras oraba, el aspecto de su rostro se mudó, y sus vestidos eran de una blancura fulgurante, y he aquí que conversaban con Él dos hombres, que eran Moisés y Elías; los cuales aparecían en gloria, y hablaban de su partida, que iba a cumplir en Jerusalén.

Pedro y sus compañeros estaban cargados de sueño, pero permanecían despiertos, y vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con Él. Y sucedió que, al separarse ellos de Él, dijo Pedro a Jesús: «Maestro, bueno es estarnos aquí. Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías», sin saber lo que decía. Estaba diciendo estas cosas cuando se formó una nube y los cubrió con su sombra; y al entrar en la nube, se llenaron de temor. Y vino una voz desde la nube, que decía: «Este es mi Hijo, mi Elegido; escuchadle». Y cuando la voz hubo sonado, se encontró Jesús solo. Ellos callaron y, por aquellos días, no dijeron a nadie nada de lo que habían visto.

Reflexión: Lc 9, 28-36

Uno de tantos episodios asombrosos en la vida de Jesús. Es realmente espectacular y con mucho respeto diría digno del mejor filme de Spilberg. No sé por qué frente a este acontecimiento tendemos a reaccionar como si se tratara de algo inverosímil y distinto a todo lo que hemos venido viendo en la vida pública de Jesús. ¿Acaso es menos “espectacular”, por llamarlo de algún modo, que Jesús perdone los pecados, que devuelva la vista a un ciego, el andar a un paralítico o la vida a un muerto o que alimente a 5mil con unos cuantos panes y peces?

Estamos, pues, en presencia de Dios hecho hombre. Cristo es el Hijo de Dios Padre Eterno, como tal pertenece a la misma divinidad. Él mismo nos lo ha revelado. No es producto de nuestra imaginación. No se trata de ciencia ficción. Sí, posiblemente de una dimensión que nos resulta difícil comprender. Dios, creador del mundo, del universo y de todo lo existente, vive eternamente. Es y se mueve en un plano superior, que incluye y abarca el nuestro. Pero, Él nos ha creado para que vayamos a Él y vivamos con Él eternamente.

Dado que no comprendimos este mensaje, nos envió a su propio Hijo para que nos muestre el camino. Él, muriendo en la cruz y resucitando, nos mostró el camino. En el poco tiempo de predicación que tuvo entre nosotros, nos lo mostró. Nos reveló a Dios Padre y Su Voluntad: que nos amemos unos a otros, como Él mismo nos ama.

Para que entendamos este mensaje, Cristo nos dio muchas, muchísimas señales, entre ellas, la Transfiguración. Fue realmente indescriptible, tanto que los tres discípulos que lo acompañaron quedaron embobados, casi paralizados… “Ellos callaron y, por aquellos días, no dijeron a nadie nada de lo que habían visto.” ¿Qué iban a decir? ¿Qué podían decir? Habían vivido una experiencia única, maravillosa, inexplicable. Algo que, como decimos en Cursillos, se tiene que vivir, que no se puede contar, que no se puede explicar, porque va más allá de nuestra razón, de nuestro pobre entendimiento…Algo que te llena de asombro, pero al mismo tiempo de paz, de esperanza, de alegría… “Pedro y sus compañeros estaban cargados de sueño, pero permanecían despiertos, y vieron su gloria…”

Más allá del asombro, fue tal la dicha que los embargó que “dijo Pedro a Jesús: «Maestro, bueno es estarnos aquí. Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías», sin saber lo que decía.” Esta es la Gloria de Dios…un lugar sin tiempo ni espacio, que te llena de paz, de alegría, de plenitud…que está más allá de todo, por encima de todo, que una vez experimentado, no quisiéramos dejar jamás. Estas son primicias del Reino que a estos tres discípulos embobados, desconcertados, asombrados, les estuvo permitido ver, sentir, vivir…

Y aún pudieron oír: «Este es mi Hijo, mi Elegido; escuchadle».

Todo empezó con Cristo subiendo al monte a orar. Y ocurrió mientras Jesús oraba. No es casual. Es claramente la muestra palpable del poder de la oración. De la importancia de la oración en la vida de Jesús y por lo tanto, también de lo que debe ser en nuestras vidas. La oración tiene esta capacidad de transformarnos, de elevarnos, de cambiarnos, de unirnos a Dios Padre, con Cristo y con todos aquellos que han hecho del cumplimiento de la Voluntad del Padre la razón de sus vidas…La oración nos une con Dios en un “plano”, en una “dimensión” sin tiempo ni espacio, donde Él habita, donde nos espera, donde estamos llamados a ir…La oración nos permite atisbar aquél horizonte que habremos de alcanzar siguiendo a Jesús.

Oremos:

Padre Celestial, ilumínanos para entender que por ningún motivo debemos alejarnos de Ti y que siempre te podremos encontrar, si somos capaces de apartarnos por un momento de todo cuanto nos aflige y perturba, para encontrarte en la Oración. ¿Cómo podremos oír tu voz si no oramos? Tú eres nuestra fortaleza, Tu nuestra roca. Sin Ti nada podemos, nada somos. Permítenos perseverar en la oración diaria. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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Lucas 11, 29-32

Texto del evangelio (Lc 11, 29-32)

En aquel tiempo, habiéndose reunido la gente, Jesús comenzó a decir: «Esta generación es una generación malvada; pide una señal, y no se le dará otra señal que la señal de Jonás. Porque, así como Jonás fue señal para los ninivitas, así lo será el Hijo del hombre para esta generación. La reina del Mediodía se levantará en el Juicio con los hombres de esta generación y los condenará: porque ella vino de los confines de la tierra a oír la sabiduría de Salomón, y aquí hay algo más que Salomón. Los ninivitas se levantarán en el Juicio con esta generación y la condenarán; porque ellos se convirtieron por la predicación de Jonás, y aquí hay algo más que Jonás».

Reflexión: Lc 11, 29-32

Tendemos a quedarnos observando desde lejos la Palabra del Señor. Entendemos lo que dice, pero no lo asimilamos, no lo comprendemos, no lo hacemos nuestro. Y es que la pregunta que debemos hacernos es ¿Qué me dice el Señor a mí, aquí y ahora? Sus palabras tienen aplicación práctica en mi vida…No son el relato de algo que sucedió a unos seres extraños, distantes en el tiempo y el espacio, que vaya usted a saber por qué reaccionaron de tal o cual modo.

Nosotros, que nos decimos cristianos, que hemos sido bautizados, que provenimos de una familia cristiana, que hemos sido educados en la fe, que hemos llegado  hasta aquí inquietos por la lectura de la Palabra del Señor, pertenecemos a un grupo privilegiado, posiblemente no tanto en lo económico o social, pero por algo superior a ello: porque hemos sido escogidos para recibir y conocer al Señor. Porque muchos hubieran querido ver y comprender lo que nosotros vemos y comprendemos, y sin embargo no actuamos en función de ello. Lo tenemos todo, lo hemos recibido todo y sin embargo no actuamos como debemos. ¡Ese es nuestro juicio!

¿Qué debo hacer? Nos preguntamos buscando justificarnos, como si no supiéramos. Pero al Señor que todo lo ve, que sabe lo que tenemos en nuestros corazones, no podemos engañarlo.

Tienes que esforzarte por ser un auténtico cristiano. Por ser el ejemplo que buscan en ti los que te rodean. ¿Cómo? Siendo justo siempre en todo lo que se te presenta; dando a cada quien lo que le corresponde; ayudando, solidarizándote con los menos favorecidos; llevando consuelo a los que sufren; compartiendo lo que tienes, sea mucho o poco, con quienes te rodean, preferencialmente con los que menos tienen, con los que más lo necesitan.

El Señor nos pide un cambio, que se refleje en nuestra vida cotidiana, en la forma en que afrontamos la vida, en lo que hacemos. Un cambio real, que vaya más allá del mundo íntimo al que a veces reducimos nuestro proceder cristiano. Se trata de un cambio objetivo, concreto y real. Se trata de hacernos partícipes en la construcción del Reino, que tiene al centro el amor al Padre y por lo tanto, el amor a nuestros hermanos, al prójimo. Y solo ama el que es capaz de desprenderse de sí mismo, el que es capaz no solo de dar, sino de darse.

Todo esto lo sabes…¿A qué esperas? Recuerda a Jonás que pasó tres días en el vientre de una ballena y bastó que los Ninivitas lo vieran salir vivo para que se convirtieran…¿Tu no crees que Jesús ha resucitado, venciendo a la muerte, para salvarnos? En lo más íntimo de tu ser, de tu corazón…¿lo crees o no? Porque es cuestión de decidir. No podemos andar con medias tintas. No podemos servir a dos Señores. “El que pone la mano en el arado y mira hacia atrás, no es bueno para el Reino”.

Oremos:

Padre Santo, ayúdanos a ser consecuentes con el amor y la fe que profesamos. Que nuestras obras den testimonio de Ti, por donde vayamos, especialmente a aquellos que más sufren, que menos tienen, que más padecen. Que seamos capaces de portar esperanza. Que seamos ejemplo para niños y jóvenes, por llevar una vida coherente con los principios del evangelio. Que seamos ejemplo de cristiandad. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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Lucas 4, 1-13

Texto del evangelio (Lc 4, 1-13)

En aquel tiempo, Jesús, lleno de Espíritu Santo, se volvió del Jordán, y era conducido por el Espíritu en el desierto, durante cuarenta días, tentado por el diablo. No comió nada en aquellos días y, al cabo de ellos, sintió hambre. Entonces el diablo le dijo: «Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan». Jesús le respondió: «Esta escrito: ‘No sólo de pan vive el hombre’».

Llevándole a una altura le mostró en un instante todos los reinos de la tierra; y le dijo el diablo: «Te daré todo el poder y la gloria de estos reinos, porque a mí me ha sido entregada, y se la doy a quien quiero. Si, pues, me adoras, toda será tuya». Jesús le respondió: «Está escrito: ‘Adorarás al Señor tu Dios y sólo a Él darás culto’».

Le llevó a Jerusalén, y le puso sobre el alero del Templo, y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo; porque está escrito: ‘A sus ángeles te encomendará para que te guarden’. Y: ‘En sus manos te llevarán para que no tropiece tu pie en piedra alguna’». Jesús le respondió: «Está dicho: ‘No tentarás al Señor tu Dios’». Acabada toda tentación, el diablo se alejó de Él hasta un tiempo oportuno.

Reflexión: Lc 4, 1-13)

El demonio, como no podía ser de otro modo, es un sin vergüenza y con toda desfachatez pretende tentar al mismísimo Jesucristo. Es una primera lección que debemos aprender…Con la tentación no se juega. No podemos pretender coquetear con el demonio, con el pecado, pensando que con nosotros no podrá. Es preferible evitar. Quien juega con fuego, corre el peligro de quemarse. El demonio siempre tratará de tentar aun al más pintado.

Hay situaciones en la vida que todos atravesamos parecidas al desierto que atraviesa Jesús. Situaciones en las que no parece salirnos nada, en las que nos sentimos totalmente solos y abandonados. En las que pareciera que nadie se anima a darnos una mano. Todos nos dan palmadas en el hombro, pero nadie realmente nos ayuda. Nadie se incomoda por ayudarte a parar la olla, como se dice. Todos a tu alrededor tienen, todos pueden…Es más, son tus amigos, y te ven como remontas los rápidos casi sin poder respirar, casi ahogándote, pero nadie te hecha la mano…Todos esperan, seguramente a que grites, que te rindas, que digas no puedo más…¡Denme una mano! Solo entonces es posible que te ayuden.

¿Por qué seremos a veces, así tan duros? No sabemos dar…Nos cuesta desprendernos, así, sin más. Si sabemos que nuestro amigo está pasando por un mal momento, por qué no tirarle una tabla. ¿Por qué no invitarlo a almorzar? ¿Por qué no llenar un día su despensa o su refrigeradora, si está a nuestro alcance? ¿Será por no humillarlo o será más bien porque en el fondo no somos capaces de desprendernos de nada? No somos capaces de un gesto noble y generoso…Nos cuesta. No queremos ver mermado en un ápice nuestro patrimonio.

Por otro lado, somos tan indiferentes, tan egoístas, que estamos enfrascados y absortos con lo nuestro, con lograr más utilidades, con maximizar nuestras ganancias y minimizar nuestros gastos, a tal punto, que ni si quiera nos damos cuenta, ni vemos a nuestros amigos o nuestros familiares más cercanos, muchos de los cuales están pasando dificultades. Lo peor de todo es que lo sabemos, porque estas situaciones son más o menos públicas dentro de la familia o del círculo íntimo de amigos, sin embargo, pasamos de largo…¿Qué queremos? ¿Qué nos extiendan la mano? ¿Qué nos toque la puerta? ¿Por qué somos tan duros?

Es en estos momentos, precisamente, cuando el demonio, frotándose las manos, relamiéndose, empieza a rondarnos, metiéndonos ideas absurdas en la cabeza. Carroñero, como él solo, es precisamente cuando más débiles nos encontramos que empieza a tentarnos con aquello que más precisamos. Debemos tener en cuenta el ejemplo de Jesús y no claudicar por nada del mundo. No hay nada que pueda justificar un trato con el demonio: ni el hambre, ni el frío, ni la pompa, ni el poder y ni si quiera el abandonarnos a la buena de Dios. Tenemos que sobreponernos y seguir luchando. Haciendo el bien por donde vamos, sin empeñar nuestros principio ni nuestra libertad por un plato de lentejas. Tenemos que mantenernos firmes, que ya el Señor sabrá prodigarnos en abundancia aquello que necesitamos, que definitivamente no es aquello que el demonio nos propone. ‘No sólo de pan vive el hombre’

Oremos:

Padre Santo, no nos dejes caer en tentación. Si habremos de pasar por escabrosos senderos, que sea siempre asidos a tu mano amorosa. No permitas que claudiquemos y nos abandonemos al enemigo. Que no prestemos oídos a sus falsas promesas. Que sepamos mantener nuestra integridad y dignidad. Y que estemos siempre dispuestos a compartir con quienes menos tienen. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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Lucas 5, 27-32

Texto del evangelio (Lc 5, 27-32)

En aquel tiempo, Jesús salió y vio a un publicano llamado Leví, sentado en el despacho de impuestos, y le dijo: «Sígueme». El, dejándolo todo, se levantó y le siguió. Leví le ofreció en su casa un gran banquete. Había un gran número de publicanos, y de otros que estaban a la mesa con ellos. Los fariseos y sus escribas murmuraban diciendo a los discípulos: «¿Por qué coméis y bebéis con los publicanos y pecadores?». Les respondió Jesús: «No necesitan médico los que están sanos, sino los que están mal. No he venido a llamar a conversión a justos, sino a pecadores».

Reflexión: Lc 5, 27-32

La argumentación del Señor es contundente, indiscutible. Nos da a conocer muy claramente lo que espera de nosotros, nuestra Misión. Se trata de salir de nuestro círculo, de desinstalarnos y buscar a los que necesitan a Jesús. Se trata de evangelizar, es decir de anunciar el Reino y la conversión. ¿A quiénes habremos de acudir? Pues lógicamente a quienes no conocen a Jesús, sin ningún temor a ser señalados por las juntas que frecuentamos, ya que el mismo Señor lo hizo así. Es posible que allí, como en el caso de Leví (nada menos que el evangelista Mateo), encontremos más fe que entre los mismos “creyentes”.

La tarea encomendada es urgente, así que debemos elegir dónde vamos y con quién nos reunimos. No podemos estar perdiendo el tiempo. Lo hacemos cuando nos dejamos estar, cuando nos acomodamos y no asumimos un papel activo en la evangelización. No se trata de observar cómodamente el mundo desde la “tribuna de los conversos”, aquellos de conducta intachable y de modales irreprochables…Se trata de ir a buscar al “enfermo”…Es decir a todo aquél que no ha tenido la oportunidad de conocer a Jesús. Y sabemos que no basta con decir que fue un tipo que vivió hace poco más de 2mil años en el que algunos creen. Se trata de predicar y arrastrar con el ejemplo. De mostrar que hoy Jesús está más vigente que nunca.

Es esta una tarea muy difícil en la actualidad, en un mundo totalmente desacralizado, en el que prima el hedonismo y el egoísmo, en el que el mundo entero parece empeñado en conseguir más para sí, a cualquier precio. Un mundo en el que hemos puesto todas nuestras esperanzas en la riqueza y en las posibilidades de generarla, así como en el mayor disfrute, como razón de ser y explicación de todo nuestro proceder. Un mundo del que se ha erradicado a Dios, como si fuera un símbolo de debilidad e ignorancia. En un mundo que pretende que Dios no existe y que se puede edificar una sociedad al margen de Él, incluso de espaldas a Él.

El Señor nos manda a actuar allí. No a replegarnos y juntarnos sólo entre nosotros, como hacen muchas sectas, sino a salir y “fermentar de evangelio” todos los ambientes. Pero esto no se hace parándose en la plaza y predicando el evangelio con un megáfono, sino viviendo cristianamente en toda ocasión…¡Qué no es fácil! Siendo un “ejemplo de vida cristiana”, que no necesariamente es lo mismo que siendo “el buenito”, sino sabiendo proclamar y defender en cuanta ocasión se presenta los valores del evangelio, luchando contra la injusticia y la prepotencia, empezando por amar al prójimo, al más débil, al pobre…tratándonos como hijos de un mismo Padre, que quiere que seamos capaces de construir el Reino, donde El Amor es la amalgama que une cada ladrillo.

La llamada del Señor es irresistible, así que debemos actuar confiadamente, sembrando el evangelio, allí donde nos toca. Podemos andar por allí, sabiendo que el Señor hará brotar sólidas vocaciones para el Reino, en los lugares más insólitos, porque cuando Él llama, no hay nadie que se le resista. Sigamos tirando nuestra red una y otra vez, aun allí donde creemos que no hay pesca, que el Señor, como siempre,  hará el milagro.

Oremos:

Señor, danos perseverancia, para no dejarnos seducir por la comodidad y el sistema…Que seamos capaces de actuar cristianamente en cuanta ocasión se nos presenta. Que no temamos mostrarnos firmes a nuestros principios, aun cuando ello no sea del agrado de quienes ostenta el poder social y económico. Que busquemos activamente el imperio de la justicia y la caridad. Que no andemos cuidando nuestra “imagen” y “prestigio” sino sólo ante Ti. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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Lucas 9, 22-25

Texto del evangelio (Lc 9, 22-25)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «El Hijo del hombre debe sufrir mucho, y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar al tercer día». Decía a todos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ése la salvará. Pues, ¿de qué le sirve al hombre haber ganado el mundo entero, si él mismo se pierde o se arruina?».

Reflexión: Lc 9, 22-25

Es esta una lectura muy corta, pero muy densa; riquísima en lo que respecta a la esencia del cristianismo: la vida, la pasión, la muerte y resurrección de Cristo, que ha de ser imitada por nosotros tomando nuestra cruz, negándonos a nosotros mismos y siguiéndolo.

Es el primer jueves de cuaresma. Ese tiempo especial en el que precisamente recordamos el sacrificio del Señor, su muerte y resurrección. Aquí lo anticipa a sus discípulos que, luego de ver tanto prodigio, no pueden creerlo, ni entenderlo. Cómo este Señor que puede tanto, que hasta las olas le obedecen va a tener que pasar por todo aquél itinerario que Él mismo señala…parece imposible. Los discípulos, que andaban a su lado, no entendían…veremos estos días varios pasajes en los que precisamente le pregunta a Jesús sobre su forma de hablar, sobre lo que realmente quería decir, porque no podían dar crédito a estas palabras.

Incluso podríamos decir que a partir de entonces Judas empieza a urdir la traición, porque no podía entender lo que Jesús le decía. Había oído hablar del Reino y había visto de lo que era capaz Jesús y ahora esto…Seguramente pensó para sí, este debe estar loco. Por eso, a la primera que pudo lo entregó y fue tarde ya cuando logró entenderlo todo y no aguantando su sentimiento de culpa, su remordimiento, al haber fallado a la confianza de Jesús, se mató.

Si bien los demás discípulos no siguieron el mismo camino extremo, la verdad es que cuando las papas quemaron, lo abandonaron, lo negaron, se desentendieron. Tenían mucho temor por lo que podía ocurrirles a ellos mismos y no llegaban a entender. Tenía que morir Jesús, luego resucitar y enviar el Espíritu Santo, para que se les abrieran sus mentes y pudieran atar cabos y entender el menaje global, total de Jesús.

Sin embargo la predicación de Jesús es hasta cierto punto reiterativa, Una y otra vez está tras lo mismo. Respondió Jesús: «Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuese de este mundo, mi gente habría combatido para que no fuese entregado a los judíos: pero mi Reino no es de aquí.» (Juan 18,36) Este versículo alude precisamente a esto. No es que debemos ir, viajar o trasladarnos a otro mundo para pertenecer al Reino o para participar en su construcción. Lo que quiere decir es que Él y su prédica no encajan en la forma en que llevamos las cosas, en la forma en que nos hemos organizado. En otras palabras, este mundo está de cabeza, no lo conozco, qué es esto. El dinero, las posesiones, los privilegios, los lujos, la ostentación y la fama se han puesto en primer lugar. ¡Así no es!, nos grita el Señor. ¡Así no vamos a ninguna parte! ¡Ese es un camino equivocado que sólo traerá odio, dolor, destrucción y muerte!

Por eso en otro lado dirá “Y el juicio está en que vino la luz al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas.” (Juan 3, 19) Este es el gran problema en realidad. No queremos vivir según la propuesta de Dios. Se nos hace difícil aceptarla. No estamos dispuestos a seguir el exigente camino que el Señor hoy nos propone, porque tenemos demasiado, porque nos hemos hecho esclavos de lo que tenemos, porque nos aferramos con uñas y dientes a lo que tenemos…y, así no vamos a ninguna parte. Si realmente queremos avanzar, si realmente queremos salvar a este mundo, que tiene solución, porque el mismísimo Jesucristo, Hijo de Dios ha sido portador de ella…Si queremos ayudar en la obra salvadora de Jesús, «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ése la salvará.”

El camino es claro, que no es lo mismo que fácil. Pero quien de veras cree, encuentra la fortaleza en Jesús, porque Él no abandona a los que le siguen y por el contrario, los protege, los consuela, los acompaña, los levanta, los limpia, les da paz, los llena de amor. ¡Cristo y yo, somos mayoría!”.

Oremos:

Señor, ayúdanos a ser consecuentes, a actuar n función del Reino; a configurarnos, a semejanza tuya, en hombres y mujeres nuevos. Enséñanos a amar. Que no nos queramos tanto a nosotros mismos, como a los demás. Que llegado el extremo, sepamos elegir siempre lo correcto. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Lucas 9, 22-25

Texto del evangelio (Lc 9, 22-25)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «El Hijo del hombre debe sufrir mucho, y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar al tercer día». Decía a todos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ése la salvará. Pues, ¿de qué le sirve al hombre haber ganado el mundo entero, si él mismo se pierde o se arruina?».

Reflexión: Lc 9, 22-25

Es esta una lectura muy corta, pero muy densa; riquísima en lo que respecta a la esencia del cristianismo: la vida, la pasión, la muerte y resurrección de Cristo, que ha de ser imitada por nosotros tomando nuestra cruz, negándonos a nosotros mismos y siguiéndolo.

Es el primer jueves de cuaresma. Ese tiempo especial en el que precisamente recordamos el sacrificio del Señor, su muerte y resurrección. Aquí lo anticipa a sus discípulos que, luego de ver tanto prodigio, no pueden creerlo, ni entenderlo. Cómo este Señor que puede tanto, que hasta las olas le obedecen va a tener que pasar por todo aquél itinerario que Él mismo señala…parece imposible. Los discípulos, que andaban a su lado, no entendían…veremos estos días varios pasajes en los que precisamente le pregunta a Jesús sobre su forma de hablar, sobre lo que realmente quería decir, porque no podían dar crédito a estas palabras.

Incluso podríamos decir que a partir de entonces Judas empieza a urdir la traición, porque no podía entender lo que Jesús le decía. Había oído hablar del Reino y había visto de lo que era capaz Jesús y ahora esto…Seguramente pensó para sí, este debe estar loco. Por eso, a la primera que pudo lo entregó y fue tarde ya cuando logró entenderlo todo y no aguantando su sentimiento de culpa, su remordimiento, al haber fallado a la confianza de Jesús, se mató.

Si bien os demás discípulos no siguieron el mismo camino extremo, la verdad es que cuando las papas quemaron, lo abandonaron, lo negaron, se desentendieron. Tenían mucho temor por lo que podía ocurrirles a ellos mismos y no llegaban a entender. Tenía que morir Jesús, luego resucitar y enviar el Espíritu Santo, para que se les abrieran sus mentes y pudieran atar cabos y entender el menaje global, total de Jesús.

Sin embargo la predicación de Jesús es hasta cierto punto reiterativa, Una y otra vez está tras lo mismo. Respondió Jesús: «Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuese de este mundo, mi gente habría combatido para que no fuese entregado a los judíos: pero mi Reino no es de aquí.» (Juan 18,36) Este versículo alude precisamente a esto. No es que debemos ir, viajar o trasladarnos a otro mundo para pertenecer al Reino o para participar en su construcción. Lo que quiere decir es que Él y su prédica no encajan en la forma en que llevamos las cosas, en la forma en que nos hemos organizado. En otras palabras, este mundo está de cabeza, no lo conozco, qué es esto. El dinero, las posesiones, los privilegios, los lujos, la ostentación y la fama se han puesto en primer lugar. ¡Así no es!, nos grita el Señor. ¡Así no vamos a ninguna parte! ¡Ese es un camino equivocado que sólo traerá odio, dolor, destrucción y muerte!

Por eso en otro lado dirá “Y el juicio está en que vino la luz al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas.” (Juan 3, 19) Este es el gran problema en realidad. No queremos vivir según la propuesta de Dios. Se nos hace difícil aceptarla. No estamos dispuestos a seguir el exigente camino que el Señor hoy nos propone, porque tenemos demasiado, porque nos hemos hecho esclavos de lo que tenemos, porque nos aferramos con uñas y dientes a lo que tenemos…y, así no vamos a ninguna parte. Si realmente queremos avanzar, si realmente queremos salvar a este mundo, que tiene solución, porque el mismísimo Jesucristo, Hijo de Dios ha sido portador de ella…Si queremos ayudar en la obra salvadora de Jesús, «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ése la salvará.”

El camino es claro, que no es lo mismo que fácil. Pero quien de veras cree, encuentra la fortaleza en Jesús, porque Él no abandona a los que le siguen y por el contrario, los protege, los consuela, los acompaña, los levanta, los limpia, les da paz, los llena de amor. “¡Cristo y yo, somos mayoría!”.

Oremos:

Señor, ayúdanos a ser consecuentes, a actuar n función del Reino; a configurarnos, a semejanza tuya, en hombres y mujeres nuevos. Enséñanos a amar. Que no nos queramos tanto a nosotros mismos, como a los demás. Que llegado el extremo, sepamos elegir siempre lo correcto. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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