Category: Marcos

Marcos 12, 28b-34

Texto del evangelio (Mc 12, 28b-34)

En aquel tiempo, uno de los maestros de la Ley se acercó a Jesús y le hizo esta pregunta: «¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?». Jesús le contestó: «El primero es: ‘Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas’. El segundo es: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. No existe otro mandamiento mayor que éstos».

Le dijo el escriba: «Muy bien, Maestro; tienes razón al decir que Él es único y que no hay otro fuera de Él, y amarle con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a si mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios». Y Jesús, viendo que le había contestado con sensatez, le dijo: «No estás lejos del Reino de Dios». Y nadie más se atrevía ya a hacerle preguntas.

Reflexión: Mc 12, 28b-34

El Señor resume así todas las enseñanzas y los mandamientos. No hay que darle más vueltas. No hay matices, ni tampoco hay nada más allá de esto, ni en otra perspectiva. No tratemos de encontrar otras explicaciones, porque no existen…Son puras tretas del demonio, que trata de engañarnos, de enredarnos. El mensaje es así de simple y si sólo pudiéramos quedarnos con estas líneas del evangelio, bastaría para trazar una vida recta, al servicio de Dios y nuestros hermanos, que es todo lo que quiere enseñarnos el Señor.

Es verdad que alguien podría decir, entonces por qué la “tremenda” Biblia…incluso el Nuevo Testamento, es decir los Evangelios y las cartas de los Apóstoles le podrían resultar extensos. Ello se explica, porque somos duros para entender y Dios Padre se toma todo el tiempo necesario para enseñarnos de diversas maneras y en diversas circunstancias esta gran verdad, este único mensaje. Jesús mismo lo reitera una y otra vez y de distintas maneras.

El mensaje es único y contundente, por eso “nadie más se atrevía ya a hacerle preguntas.” ¿Qué podían decir? El Señor había hablado con autoridad y había revelado con suma claridad toda su prédica, toda la verdad. No se trata de interpretaciones…Además, ni si quiera hay lugar a ellas. Se trata de ordenar la vida al servicio de Dios y de nuestros hermanos. Dios, nuestro Padre, nos ha dado todo…a Él debemos tornarlo a través de nuestros hermanos. Amando y sirviendo a ellos, le amamos y servimos a Él.

No necesitamos exégetas, ni sabios, ni teólogos para interpretar estas palabras. El Señor no habla en difícil para que luego lo interpreten los escogidos, los especialistas. El Señor habla en lenguaje sencillo, al alcance de todos, para que todos lo conozcamos y nos convirtamos, es decir, para que cambiemos y ordenemos nuestra vida en función de esta verdad revelada. ¿Cómo? Haciendo que en cada paso, en cada ocasión, tengamos en cuenta la voluntad de Dios, poniéndonos al servicio del Reino y por ende, de nuestros hermanos. No hay más vuelta que darle. ¿Cómo has de hacer esto en tu vida? Es algo que tú debes discernir, siendo honesto y sincero contigo mismo. Pues tu sabes mejor que nadie de qué se trata. No le busques 5 pies al gato. Hazte este buen propósito y trata de cumplirlo HOY.

Oremos:

Padre Santo, ayúdanos para saber discernir y orientar nuestra vida al servicio del Reino y por lo tanto al servicio de nuestros hermanos. Que aprendamos a verte en cada uno de ellos. Que por nada los dejemos abandonados, librados a su suerte. Que intervengamos con decisión, pero sobre todo con amor, allí donde debamos. Que dejemos las excusas, las disculpas y los miedos…que nos desinstalemos, porque es solo dando que se recibe. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Marcos 8, 14-21

Texto del evangelio (Mc 8, 14-21)

En aquel tiempo, los discípulos se habían olvidado de tomar panes, y no llevaban consigo en la barca más que un pan. Jesús les hacía esta advertencia: «Abrid los ojos y guardaos de la levadura de los fariseos y de la levadura de Herodes». Ellos hablaban entre sí que no tenían panes. Dándose cuenta, les dice: «¿Por qué estáis hablando de que no tenéis panes? ¿Aún no comprendéis ni entendéis? ¿Es que tenéis la mente embotada? ¿Teniendo ojos no veis y teniendo oídos no oís? ¿No os acordáis de cuando partí los cinco panes para los cinco mil? ¿Cuántos canastos llenos de trozos recogisteis?». «Doce», le dicen. «Y cuando partí los siete entre los cuatro mil, ¿cuántas espuertas llenas de trozos recogisteis?» Le dicen: «Siete». Y continuó: «¿Aún no entendéis?».

Reflexión: Mc 8, 14-21

Efectivamente, nos cuesta entender y creer. Vemos que ocurre ante nuestros ojos a cada rato, una y mil veces. Pero aún así no creemos. Somos duros; somos testarudos.  Por eso hasta el Señor se llega a exasperar, sobre todo con los que están más cerca de Él, con los que han sido testigos de excepción, con sus favoritos.

La verdad es que no solo los discípulos que lo acompañaron físicamente hace 2 mil años, han podido ver sus maravillas. A nosotros también nos ha cabido la ocasión de contemplarlas. En más de una oportunidad en nuestras vidas hemos tenido la certeza de haber recibido un favor suyo, algo que no hubiera podido ser sin su participación, algo que definitivamente no merecíamos. Lo malo es que, después de un tiempo, tendemos a minimizarlo, a banalizarlo. Muy pronto lo olvidamos y hasta nos parece mentira que haya ocurrido…Es bueno que así sea, pues nos recuperemos de nuestras heridas, pero es malo que efectivamente olvidemos que estuvimos en presencia de un auténtico milagro.

Nuestras vidas están plagadas de ellos. Pero es nuestra soberbia, que pretende que somos autosuficientes, que somos extraordinarios (en verdad lo somos) y que por lo tanto nos merecemos todo (eso no tanto).  De este modo, muy pronto volvemos a las andadas, dudando y pecando. Por eso el Señor como a sus discípulos nos repite: “¿Aún no entendéis?”.

¿Qué necesitamos? ¿Ver volar una ballena llevando una gacela en sus espaldas? No seamos incrédulos. No seamos necios. No hagamos que se nos repita una y otra vez la misma lección. ¡Hasta cuando!

En verdad asumimos una actitud infantil y queremos hacernos los que no comprendemos, porque no queremos vivir como Jesús nos propone. No queremos sacrificarnos, ni queremos exponernos al hambre, el dolor, a la tristeza y la miseria. Así, no nos fiamos de Jesús y queremos tenerlo todo previsto, todo fríamente calculado, contando con todo lo necesario para cumplir nuestra misión, sin tener que poner en juego nada, muchísimo menos lo poco que tenemos. Así, ellos, estando con Jesús, hablaban sin embargo acerca de su preocupación porque “no tenían panes”.  ¿No es para  exasperar a cualquiera? Como si fueran nuevos, como si recién estuvieran conociendo y descubriendo a Jesús. Por eso Él les dice: “¿Es que tenéis la mente embotada? ¿Teniendo ojos no veis y teniendo oídos no oís?” Podríamos muy bien traducirlo a “¿es que sois tontos o os hacéis? Es que ya antes, como se los recuerda,  delante de ellos había realizado el milagro de la multiplicación de los panes y peces, hasta en dos oportunidades…

Oremos:

Señor, aparta de mi la necedad, la bobería. No permitas que sea un lloricón, que a todo le teme y que no está dispuesto a confiar en Ti cuando hay que jugársela, porque para eso nos has convocado, para eso nos has llamado, para eso nos has preparado. ¡Hasta cuando! Ya vamos a entregar nuestros huesos y seguimos temiendo al cuco…? Aparta de nuestros labios la excusa pueril. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Marcos 8, 11-13

Texto del evangelio (Mc 8, 11-13)

En aquel tiempo, salieron los fariseos y comenzaron a discutir con Jesús, pidiéndole una señal del cielo, con el fin de ponerle a prueba. Dando un profundo gemido desde lo íntimo de su ser, dice: «¿Por qué esta generación pide una señal? Yo os aseguro: no se dará a esta generación ninguna señal». Y, dejándolos, se embarcó de nuevo, y se fue a la orilla opuesta.

Reflexión: Mc 8, 11-13

El Señor se exaspero. Pocas veces muestra esta mortificación, esta molestia. Ahora solo puedo recordar la expulsión de los comerciantes del templo. Sin embargo se me antoja que esta es similar. Con el perdón de mi Señor, es casi un “ajo” nuestro…No, en realidad es mucho más que eso. Es una santa impaciencia con estos hipócritas, que andan buscando cualquier excusa, cualquier pretexto para sacudirse de la responsabilidad. No están dispuestos a creer si no tienen el show lleno de luces y fanfarria frente a sus ojos…Y aun si lo ven hoy, lo volverán a pedir mañana. Es que en realidad no están dispuestos a seguir a Jesús, nada más que de boca.

¡¿Qué más quieren?! Parece querer decir Jesús. ¡No sean cínicos! ¡No sean mentirosos! ¡¿A quién pretenden engañar?! ¡Ya basta de tonterías! ¡Déjense de excusas! Eso es lo que me parece oír en ese “profundo gemido desde lo íntimo de su ser.”

Detengámonos ahí, que no es cualquier cosa. Es una sensación que lo envuelve todo, que brota incontenible y trasunta todo. Puedo ver a Jesús desencajado, decepcionado. No quiere oírlos más. No quiere saber nada más de ellos. Tanto que “dejándolos, se embarcó de nuevo, y se fue a la orilla opuesta.”

El Señor no puede soportar a estos cínicos. Los fariseos de entonces, como los de ahora, son aquellos que están a la puerta y ni entran, ni dejan entrar. Son pura pose, puro gesto, pura máscara, pura decoración. Sepulcros blanqueados: blancos por fuera, pero podridos y agusanados por dentro. A los tibios los vomitaré, dice en otra parte el Señor. Eso es lo que siente Jesús en ese momento…asco, nauseas.

No dejará que estos hijos del demonio, seguidores del príncipe de las tinieblas, que prefieren andar por la oscuridad, porque es vergonzoso lo que hacen…No dejará, decíamos, que estos le impongan una agenda.  El tiene sus propios Planes, y en ellos no está el darles gusto, el complacerlos, ni mucho menos ser su payaso, dispuesto a atender sus caprichos y exigencias. ¡Así que ahora quieren señales! No les basta con lo que han visto, lo que han recibido y lo que les han contado…Quieren más. Pero… “Yo os aseguro: no se dará a esta generación ninguna señal.”

Así que desde ya estamos advertidos; vano es el esfuerzo que hacemos por inventar excusas. Nosotros sabemos muy bien quien es Jesús y qué nos pide. No andemos pidiéndole evidencias que no nos las dará. No pongamos excusas para dejar de hacer lo que debemos, que ni nosotros nos las creemos, ni mucho menos Jesús. Digamos francamente que no nos interesa, pero no andemos con engaños y más aun, tengamos cuidado de no hacer caer a nuestros hermanos con nuestro cinismo…más nos valdría que nos pusieran una rueda de molino y nos echaran al mar.

Ese es Jesús. Esa su exigencia, así que basta de contemplaciones y medias tintas. O estamos o no estamos.

 

Oremos:

Señor Jesús, no queremos ser como estos fariseos, buscando excusas para evadir nuestras responsabilidades. No nos dejes caer en el engaño del demonio, que en todo mete su cola, para desviarnos del camino, sembrando dudas, temores y poniendo obstáculos absurdos. Queremos trabajar en la construcción del Reino. Danos salud y energía suficientes para avanzar en esa dirección. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Marcos 8, 1-10

Texto del evangelio (Mc 8, 1-10)

En aquel tiempo, habiendo de nuevo mucha gente con Jesús y no teniendo qué comer, Él llama a sus discípulos y les dice: «Siento compasión de esta gente, porque hace ya tres días que permanecen conmigo y no tienen qué comer. Si los despido en ayunas a sus casas, desfallecerán en el camino, y algunos de ellos han venido de lejos». Sus discípulos le respondieron: «¿Cómo podrá alguien saciar de pan a éstos aquí en el desierto?». Él les preguntaba: «¿Cuántos panes tenéis?». Ellos le respondieron: «Siete».

Entonces Él mandó a la gente acomodarse sobre la tierra y, tomando los siete panes y dando gracias, los partió e iba dándolos a sus discípulos para que los sirvieran, y ellos los sirvieron a la gente. Tenían también unos pocos pececillos. Y, pronunciando la bendición sobre ellos, mandó que también los sirvieran. Comieron y se saciaron, y recogieron de los trozos sobrantes siete espuertas. Fueron unos cuatro mil; y Jesús los despidió. Subió a continuación a la barca con sus discípulos y se fue a la región de Dalmanuta.

Reflexión: Mc 8, 1-10

Este seguramente es uno de los fundamentos de aquel famoso dicho: “Dios proveerá”. Es que a quien lo sigue Él da y da a manos llenas, suficiente para saciarse y que todavía sobre. Así de generoso es Jesús con los suyos, con los humildes, con los que por seguirlo han abandonado todo, olvidando incluso necesidades primordiales, como el pan de cada día. El reto está en creerle y seguirle.

Somos duros para abandonarnos es sus brazos, para dejarnos atrapar por su voluntad, siguiéndola ciegamente, convencidos que ella es la respuesta a todas nuestras interrogantes e inquietudes. Nos falta fe. Nuestros pasos son calculados, dubitativos. Como Pedro, somos incapaces de caminar sobre el agua, aun cuando sea el mismo Jesús el que nos invita. Tenemos miedo, dudamos. Por eso es que seguramente queremos ver tanto prodigio realizado y aun viéndolo, no nos convencemos plenamente.

«Siento compasión de esta gente, porque hace ya tres días que permanecen conmigo y no tienen qué comer. Si los despido en ayunas a sus casas, desfallecerán en el camino, y algunos de ellos han venido de lejos». El Señor se conmueve y siente compasión por aquel que lo busca, por aquél que lo sigue. Si, algún sacrificio es necesario, seguramente, como el de esta gente que ya lo seguía 3 días en el desierto…Ojo con este dato, en el desierto y en ayunas…En el desierto no hay nada, ni dónde comprar una bebida o algo para comer y en aquel entonces, menos. El desierto es el vacío, la soledad, la inclemencia, la gran dificultad, la imposibilidad de conseguir si quiera algo para saciar el hambre y la sed. En esta situación y solos, lo más probable es que moriríamos. La prudencia nos diría que no podemos alejarnos mucho ni por tanto tiempo, porque a más lejanía y a más tiempo, mayor el peligro de no poder volver, de no poder seguir.

Sin embargo, en nada de esto pensaron quienes seguían a Jesús. Por eso, Él, conociendo sus necesidades, sintió compasión, e intervino. Pero hay algo sumamente importante e su intervención. No hizo aparecer unos panes y unos peces de la nada, como seguramente hubiera podido hacer, sino que hizo poner en común todo lo que tenían. Fue al compartir que se enriquecieron y pudieron saciar todos su apetito, al extremo que sobró.

¿Cuántos en tales circunstancias estaríamos dispuestos a compartir lo poco que tenemos? Así es la vida. Esta es una regla de oro. Todos vamos atravesando “nuestro desierto”, pero algunos vamos muy premunidos de cuanto creemos necesitar, y sin embargo no estamos dispuestos a compartir nada por temor a que no nos alcance y nos guardamos todo para nosotros, sin importarnos los demás. Quizás en algún momento sentimos pena y arrojamos unas migajas, pero somos incapaces de poner todo en común y sin embargo eso es lo que nos pide Jesús. Quien así lo hace, recibe de sus manos todo cuanto necesita y más.

Esta es la “ley” que hoy debemos aprender. Finalmente una anotación siempre importante: lo que sobra, se guarda…no se desperdicia, no se vota ni sirve para ostentar. Hay que guardar lo que sobra. Pero no puedes pretender guardar y atesorar, mientras haya necesidad. Haz tu mejor esfuerzo con lo que tienes, que Dios hará lo suyo. Comparte y confía. Ten fe.

Oremos:

Señor Jesús, ayúdame a compartir lo que tengo, sobre todo mi tiempo y mi atención; que los de generosamente a cuantos me lo piden y a cuantos lo necesitan, especialmente a mi familia, que muchas veces tengo abandonada por el trabajo o por mis mil obsesiones y temores de lograr algo, sin darme cuenta que ya lo tengo… y que solo debo compartirlo.  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Marcos 7, 31-37

Texto del evangelio (Mc 7, 31-37)

En aquel tiempo, Jesús se marchó de la región de Tiro y vino de nuevo, por Sidón, al mar de Galilea, atravesando la Decápolis. Le presentan un sordo que, además, hablaba con dificultad, y le ruegan imponga la mano sobre él. Él, apartándole de la gente, a solas, le metió sus dedos en los oídos y con su saliva le tocó la lengua. Y, levantando los ojos al cielo, dio un gemido, y le dijo: «Effatá», que quiere decir: “¡Ábrete!”.

Se abrieron sus oídos y, al instante, se soltó la atadura de su lengua y hablaba correctamente. Jesús les mandó que a nadie se lo contaran. Pero cuanto más se lo prohibía, tanto más ellos lo publicaban. Y se maravillaban sobremanera y decían: «Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos».

Reflexión: Mc 7, 31-37

En tres cosas me quedo pensando después de esta lectura: la primera, que Jesús lleva a este sordo mudo a un lugar apartado de al gente; la segunda, que como siempre Jesús manda que no se lo contaran a nadie y sin embargo no le hacen caso y lo publican; la tercera, que todo el mundo quedó maravillado y decían, “todo lo ha hecho bien”…

Reflexionemos en cada una de estas escenas. ¿Por qué el Señor obra “apartándole de la gente y a solas”? Y me pregunto incluso más allá, ¿Por qué tenía que hacer estos gestos, cuando en otras ocasiones hizo milagros semejantes sin ellos? Es algo que no puedo responder. Solo Él sabe. Sin embargo me queda clara una lección, no importa lo que tengas que hacer, si puedes hacer algo para ayudar a superar un problema a uno de tus hermanos, si sabes que de este modo resolverás el problema, hazlo. Y no hagas un circo de lo que has hecho. Debes procurar discreción. No se trata de hacer un show para que todos vean, se asombren y sepan lo que eres capaz de hacer y cómo lo haces. Se trata de hacer lo mejor, de hacerlo bien y con discreción. Que tu mano derecha no sepa o que hace la izquierda.

Mi segunda reflexión va en torno al “mandato” del Señor. Fíjense que no es un pedido, sino un mandato, es decir una orden, una instrucción dada con autoridad, que por lo tanto es recomendable cumplir y sin embargo nadie lo hace. Esta es una escena que se repite varias veces en los evangelios. El Señor manda, ordena que no se lo cuenten a nadie y sin embargo no le hacen caso y por el contrario lo publican a los cuatro vientos.

¿Qué podemos decir al respecto? Es muy difícil callar las buenas noticias, todo aquello que nos hace bien, que nos permite superar un escollo que sin la ayuda divina hubiera sido imposible remontar. Tan grande era la imposibilidad, como grandes serán las ansias de comunicarlo a todo el mundo. Es difícil quedarse callado frente a un prodigio que ocurre frente a nuestros ojos…¿cómo callarlo? Sin embargo el Señor manda discreción, silencio, prudencia…Posiblemente porque no debemos quedar atrapados en estos hechos, al extremo que hagamos de ellos nuestra razón de actuar, nuestra razón para creer, nuestra razón para seguirlo.

No quiere Jesús que sigamos todos detrás de Él porque hace prodigios. ¡Claro que los hace y tiene el poder para hacer que cualquiera de nosotros también los haga y así mismo lo promete a quien lo siga! Y cómo no va a poder, si es Hijo de Dios! Pero no es cegados o asombrados por estos prodigios que el Señor quiere que le sigamos, sino por AMOR. Es decir, ante todo, porque siendo libres, ofrecemos todo lo que tenemos y somos por el bien de los demás. Porque queremos tanto el bien de nuestros hermanos, que haremos lo que esté a nuestro alcance por lograrlo, siguiendo el ejemplo de Cristo, que dio su vida para redimirnos de la muerte y del pecado. Ese es el fondo, ese El Camino. Quien se queda en los prodigios, quien pretende seguirlo por el asombro, corre el peligro de olvidarse de sus hermanos. Quien se queda embobado mirando al cielo, corre el peligro de olvidar que su mirada debe ser horizontal, que a Dios se le encuentra y se le sirve en los demás, en el prójimo.

Finalmente, “todo lo ha hecho bien”, es la exclamación de todos al ver lo que hacía. Y efectivamente es cierto, pero no sólo por aquello de lo que dan crédito sus ojos, sino por toda su vida misma, por lo que nos enseñó, por todas aquellas lecciones que culminan con su muerte y resurrección. Es preciso que nos convenzamos de ello: “todo lo ha hecho bien”. Es el mismo reconocimiento que leemos en el Génesis: “Y vio Dios que era bueno…” Siendo así, qué duda cabe que debemos empeñarnos en conocerle y seguirle, porque solamente quiere nuestro bien.

Claro está, que debe ser un modelo de actuación, pero no sólo por lo bien que hace las cosas, que es una perfección divina a la que debemos aspirar: “sed perfectos como mi Padre que está en los cielos”…Sino por la fidelidad y el amor que debemos prodigar. Recordemos que por encima de todo ha de estar el amor. “Aunque hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo caridad, soy como bronce que suena o címbalo que retiñe.”

Oremos:

Señor Jesús, danos discreción al obrar el bien, pero sobre todo voluntad y amor, para no detenernos ante el primer obstáculo. Que no busquemos recompensa alguna. Que procuremos ante todo el bien de nuestros hermanos. Que nos empeñemos en esta tarea con todo lo que somos y tenemos, dándonos por completo y de la mejor manera. Danos tino para actuar y humildad.  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Marcos 7, 24-30

Texto del evangelio (Mc 7, 24-30)

En aquel tiempo, Jesús partiendo de allí, se fue a la región de Tiro, y entrando en una casa quería que nadie lo supiese, pero no logró pasar inadvertido, sino que, en seguida, habiendo oído hablar de Él una mujer, cuya hija estaba poseída de un espíritu inmundo, vino y se postró a sus pies. Esta mujer era pagana, sirofenicia de nacimiento, y le rogaba que expulsara de su hija al demonio. Él le decía: «Espera que primero se sacien los hijos, pues no está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos». Pero ella le respondió: «Sí, Señor; que también los perritos comen bajo la mesa migajas de los niños». Él, entonces, le dijo: «Por lo que has dicho, vete; el demonio ha salido de tu hija». Volvió a su casa y encontró que la niña estaba echada en la cama y que el demonio se había ido.

Reflexión: Mc 7, 24-30

Esta es una lectura fuerte para mí, que siempre estoy mirando hacia afuera, tratando de ser luz para los demás y olvidando mi casa. “Candil de la calle y oscuridad de la casa”. Eso no puede ser, no debe ser. El Señor nos enseña claramente cuál debe ser el orden y la prioridad, aun cuando si alguien más allá estuviera muy dispuesto a recibirlo, lo hará, de todos modos.

Y aquí viene la segunda parte, que se refiere a la fe, que es en definitiva la que salva al hombre. El Señor se rinde ante la fe, que es Gracia que Dios concede a cualquiera de nuestros hermanos, sin distinción. Por ello no es de extrañar que de pronto seamos sorprendidos encontrando en alguien insospechado, en alguien que habíamos descartado o pasado por alto, más fe que cualquiera de nosotros juntos.

Esta constatación nos debe llevar a ser humildes, a no rechazar a nadie basado en prejuicios, para lo cual somos campeones y nos debe enseñar a esperar, que de donde menos creemos, puede brotar la luz, la esperanza y la fe.

Finalmente, es verdad, la lectura también trata sobre la oración. La forma en que esta mujer se acerca a Jesús, Nuestro Señor, a pedirle humildemente y por sobre todo aquello que podría hacerla indigna, un bien, no para ella, sino para su hija amada. El Señor se conmueve ante la oración; es su debilidad.

Tenemos que aprender a acercarnos al Padre y pedirle cuanta gracia queremos que nos conceda. Jesús nos lo recuerda en varias oportunidades. Nuestro Padre, que está en el cielo, quiere concedernos aquello que pedimos con humildad, que pedimos por amor, que realmente se configura con su Voluntad y por lo tanto con nuestro bien. Él quiere nuestro bien…Por eso nos anima a tocar, que Él nos abrirá, a pedir y Él nos concederá, exactamente como hace cualquiera de nosotros con sus hijos, incluso mejor, pues cuanto más Él dará el Espíritu Santo a quien se lo pide.

Oremos:

Padre Santo, danos paz, para ver el horizonte y el mundo desde tu perspectiva. Danos sabiduría para poder entender e interpretar aquello que nos enseñas cada día. Danos convicción para sobreponernos al maltrato o al desprecio. Danos humildad para reconocer nuestros errores. Aparta de nosotros la soberbia, el engaño y la mentira. Danos poder de persuasión y concédenos ser acogidos, para alcanzar las metas que permitan una subsistencia digna para nuestras familias. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Marcos 7, 14-23

Texto del evangelio (Mc 7, 14-23)

En aquel tiempo, Jesús llamó a la gente y les dijo: «Oídme todos y entended. Nada hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda contaminarle; sino lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre. Quien tenga oídos para oír, que oiga».

Y cuando, apartándose de la gente, entró en casa, sus discípulos le preguntaban sobre la parábola. Él les dijo: «¿Así que también vosotros estáis sin inteligencia? ¿No comprendéis que todo lo que de fuera entra en el hombre no puede contaminarle, pues no entra en su corazón, sino en el vientre y va a parar al excusado?» —así declaraba puros todos los alimentos—. Y decía: «Lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre. Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas: fornicaciones, robos, asesinatos, adulterios, avaricias, maldades, fraude, libertinaje, envidia, injuria, insolencia, insensatez. Todas estas perversidades salen de dentro y contaminan al hombre».

Reflexión: Mc 7, 14-23

¿Qué nos quiere decir el Señor con estas palabras? Pienso que, siempre estamos fijándonos en lo que hacen los demás, juzgando a los demás, culpando a los demás por todo lo que nos sucede. Es decir que siempre argumentamos que todo lo malo proviene de afuera, de lo que dicen o hacen otros. De este modo, nosotros no asumimos responsabilidad por lo que hacemos. Son los demás los que elaboran la agenda; los demás los que nos obligan a actuar de uno u otro modo. Ellos son responsables, porque nosotros somos buenos; tan buenos, que si dependiera de nosotros las cosas probablemente serían distintas, más justas, más rectas…pero como no depende de nosotros, como nosotros tenemos que ajustarnos, que adaptarnos, no hay nada que hacer. Las cosas son como son y no hay nada que podamos hacer al respecto.

Así, nos declaramos inocentes de todo. Incluso nos erigimos en víctimas, pues nos llegamos a convencer que lo más prudente es no actuar, porque no lograríamos cambiar nada y solo perjudicaríamos nuestra situación. Nadie nos entendería y todo el mundo nos condenaría. Así que si todos quieren vivir así, si todos aprueban cómo estamos, yo no voy a ir en contra…callaré y me adaptaré, aunque Dios sabe que no estoy de acuerdo, pero es lo mejor…

¿Lo mejor para quién? Para ti seguramente, que te escudas en los demás, para no hacer lo que te corresponde según tú conciencia y tu libre albedrío. ¡Prefieres hacerte esclavo, antes de ver comprometido tu bienestar! ¡Esa es la verdad! ¡Reconócela valientemente y no te andes escudando en los demás! ¡Tú no haces lo que debes por temor! Y muy por el contrario andas fomentando rencillas entre tus hermanos, intrigas para desprestigiar, para desmerecer y de esta forma ganar reconocimiento, mejorando tu posición en aquel mundo que íntimamente condenas, pero que públicamente defiendes, porque así defiendes tu “bienestar”, del que has hecho tu razón de ser y existir.
 
Es eso lo que condena Jesús con sus palabras en este Evangelio. No es lo que proviene de afuera, no son los demás en quienes te escudas…Eres tú, es lo que viene de ti, es lo que sale de tu interior. Es lo que haces, lo que te condena. ¡No busques excusas! Es que era domingo; es que no lo ví; es que no era mi responsabilidad; es que yo no soy el jefe; es que a mí no me incube; es que qué puedo hacer yo solo…Todas son excusas para taparse los ojos, los oídos y la boca. Nos hemos amordazado…Nos hemos hecho esclavos. Vino la luz y preferimos las tinieblas, porque nuestros actos eran impuros…¡Esa es la verdad!

Reconozcámoslo valientemente y dejemos de hablar y consentir estupideces. ¡Culpable soy yo!, debemos reconocerlo, como dice el Puma en una de sus canciones. Solo entonces podremos aspirar al perdón y a la redención. Solo entonces podremos aspirar al cambio, cuando este empiece por lo que decimos y hacemos, antes que por lo que dicen y hacen los demás.

Oremos:

Padre Santo, ayúdanos a entender que debemos cuidarnos del mal que sale de nosotros. Que somos nosotros los que debemos empezar a cambiar…Que somos nosotros los que debemos amar a nuestros hermanos sin esperar nada a cambio. La iniciativa tiene que ser nuestra. Somos nosotros los que debemos dar sentido a nuestra vida…Danos el valor para comprenderlo y sobre todo para actuar consecuentemente. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Marcos 7, 1-13

Texto del evangelio (Mc 7, 1-13)

En aquel tiempo, se reunieron junto a Jesús los fariseos, así como algunos escribas venidos de Jerusalén. Y al ver que algunos de sus discípulos comían con manos impuras, es decir no lavadas, -es que los fariseos y todos los judíos no comen sin haberse lavado las manos hasta el codo, aferrados a la tradición de los antiguos, y al volver de la plaza, si no se bañan, no comen; y hay otras muchas cosas que observan por tradición, como la purificación de copas, jarros y bandejas-.

Por ello, los fariseos y los escribas le preguntan: «¿Por qué tus discípulos no viven conforme a la tradición de los antepasados, sino que comen con manos impuras?». Él les dijo: «Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, según está escrito: ‘Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me rinden culto, ya que enseñan doctrinas que son preceptos de hombres’. Dejando el precepto de Dios, os aferráis a la tradición de los hombres». Les decía también: «¡Qué bien violáis el mandamiento de Dios, para conservar vuestra tradición! Porque Moisés dijo: ‘Honra a tu padre y a tu madre y: el que maldiga a su padre o a su madre, sea castigado con la muerte’. Pero vosotros decís: ‘Si uno dice a su padre o a su madre: Lo que de mí podrías recibir como ayuda lo declaro “Korbán” -es decir: ofrenda-’, ya no le dejáis hacer nada por su padre y por su madre, anulando así la Palabra de Dios por vuestra tradición que os habéis transmitido; y hacéis muchas cosas semejantes a éstas».

Reflexión: Mc 7, 1-13

El Señor es siempre muy claro, para aquél que realmente quiere oírlo. Nosotros hemos sido creados libres, por lo tanto no debemos sometimiento a nada ni nadie, sino solo a Dios nuestro creador. ¿Y qué es lo que quiere Dios de nosotros? Que hagamos lo mejor, lo que más nos conviene. Así, si somos inteligentes, porque así hemos sido creados y somos libres, es tonto que escojamos ir contra Dios, porque Él, en toda su sabiduría ha escogido lo mejor para nosotros y nos lo propone, no nos lo impone.

Sin embargo, muchos de nosotros, lamentablemente, preferimos no hacerle caso, darle las espaldas, e ir en contra, a sabiendas que terminaremos mal, prestándole oídos al demonio, que de este modo triunfa parcialmente en nosotros. Y es que así es de claro, de simple y de sencillo. “Quien no está conmigo –nos dice Jesús- está contra mí”. “El que no recoge conmigo, esparce”.

¿Qué tiene que ver con la lectura? Pues que los escribas y fariseos pretenden condenar a los discípulos de Jesús porque no cumplen con las tradiciones y estas no son buenas necesariamente, solo por el hecho de haber sido establecidas desde hace mucho y porque todo el mundo las sigue. ¡Eso es lo que les recuerda Jesús! “El sábado ha sido creado para el hombre y no el hombre para el sábado”. Nosotros somos libres y no hay nada que tengamos que hacer o que esté por encima de amar a nuestro prójimo, porque sólo así amamos a Dios.

Jesús aquí mismo desenmascara una tradición por la cual los judíos de aquella época trataban de justificar su desatención a sus padres, es decir a uno de sus prójimos más cercanos. Claro, y encima se justificaban diciendo que lo que debían dárselo a ellos se lo habían dado como ofrenda a Dios. ¡Eso no es ni puede ser lo que quiere Dios! Y así de claro lo expresa Jesús. “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí.” Es que a Dios no se le ama mirando al cielo y blanqueando los ojos…A Dios se le honra y se le ama, cuando amamos a nuestro prójimo. ¡Eso es lo primero!, y no las leyes, ni tradiciones…El hombre ha de ser primero. Amándole a él, amaremos a Dios.

 

Oremos:

Señor Jesús, que comprendamos que en realidad toda la ley, las profecías y los evangelios se reducen a: “Amar a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos”. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Marcos 6, 53-56

Texto del evangelio (Mc 6, 53-56)

En aquel tiempo, cuando Jesús y sus discípulos hubieron terminado la travesía, llegaron a tierra en Genesaret y atracaron. Apenas desembarcaron, le reconocieron en seguida, recorrieron toda aquella región y comenzaron a traer a los enfermos en camillas adonde oían que Él estaba. Y dondequiera que entraba, en pueblos, ciudades o aldeas, colocaban a los enfermos en las plazas y le pedían que les dejara tocar la orla de su manto; y cuantos la tocaron quedaban salvados.

Reflexión: Mc 6, 53-56

Hay algo en esta lectura en lo que no siempre reparamos tan rápidamente: “le pedían que les dejara tocar la orla de su manto; y cuantos la tocaron quedaban salvados.” Estamos frente a un acto de fe profunda…del que da testimonio Marcos. Es verdad que el Señor iba curando a cuanto enfermo le traían, pero algo más importante y no tan evidente ocurría con quienes lograban tocarlo: quedaban salvados.

¿Cómo saber que estaban salvados? ¿Cómo se siente el haber sido salvado? Me aventuro más allá: ¿Alguno de nosotros ha sido salvado? ¿Cuál es la evidencia? ¿Cuál es la garantía?

Estamos frente a dilemas que la gente, los fariseos y aun los escribas en aquél tiempo también le plantearon. Revisemos Mateo 9, 1-8 y allí encontraremos también esta pregunta, a la que el Señor responde:  “Jesús, conociendo sus pensamientos, dijo: «¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil, decir: “Tus pecados te son perdonados”, o decir: “Levántate y anda”? Pues para que sepáis que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder de perdonar pecados – dice entonces al paralítico -: “Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa”.» El se levantó y se fue a su casa.

Así que si nos avergonzamos de aquella pregunta, sepamos que ya le fue hecha a Jesús y fue respondida. El problema es de Fe. Si creemos que el Señor nos ha salvado…Si real y profundamente lo creemos en el fondo de nuestros corazones, sin engaño posible, pues ciertamente es así.

Ocurre este mismo milagro cada vez que acudimos a la Eucaristía y le rogamos: “No soy digno que entres en mi casa, pero una palabra Tuya bastará para salvarme”. ¿Creemos realmente lo que decimos? Y demos un paso más: ¿Creemos que el Señor dice aquella palabra que buscamos? Se trata de un acto de Fe.

¿Creemos o no? Esta debe ser nuestra reflexión de hoy. ¿Creemos que el Señor tiene el poder de salvarnos? ¿Y qué es salvarnos? ¿No nos habrá salvado ya? ¿Somos de los que han llegado a tocar su “la orla de su manto”?

 

Oremos:

Señor, tenemos Fe, pero necesitamos que la fortalezcas y acrecientes… Transfórmanos, cámbianos. Permítenos ser testigos de tu amor, de tu resurrección, de la salvación que haz traído para toda la humanidad, del amor del Padre, de Tú amor. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Marcos 6, 30-34

Texto del evangelio (Mc 6, 30-34)

En aquel tiempo, los Apóstoles se reunieron con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y lo que habían enseñado. Él, entonces, les dice: «Venid también vosotros aparte, a un lugar solitario, para descansar un poco». Pues los que iban y venían eran muchos, y no les quedaba tiempo ni para comer. Y se fueron en la barca, aparte, a un lugar solitario. Pero les vieron marcharse y muchos cayeron en cuenta; y fueron allá corriendo, a pie, de todas las ciudades y llegaron antes que ellos. Y al desembarcar, vio mucha gente, sintió compasión de ellos, pues estaban como ovejas que no tienen pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas.

Reflexión: Mc 6, 30-34

Cómo poder ser de aquellos discípulos a los que el mismos Señor les pide: “Venid también vosotros aparte, a un lugar solitario, para descansar un poco.” Poder terminar nuestro día con la satisfacción de la tarea cumplida. Todo lo que pude haber hecho, lo hice y claro, Tú eres el artífice, porque me puse en Tus manos e hice Tu Voluntad.

Esa debe ser nuestra oración cada noche al tomar nuestro merecido descanso. Hacer nuestro examen de conciencia, como quien le cuenta al Señor todo lo actuado. Si estamos a su servicio, si actuamos bajo sus órdenes, es a Él al que debemos rendir cuentas. Qué mejor que con una oración nocturna, antes de dormir. Así podremos quedar en Su paz, con la plena seguridad que el Señor sabrá aquilatar nuestros esfuerzos y nos mandará “a descansar un poco”.

No hay tiempo para mucho. La obra es urgente y demanda nuestro esfuerzo sostenido y cotidiano. No podemos evadir nuestra responsabilidad. Es tal la exigencia y necesidad, que podemos ver al Señor cómo luego de Él mismo propiciar el retiro a descansar, no puede abstraerse a la desolación de la gente que lo seguía, “sintió compasión de ellos, pues estaban como ovejas que no tienen pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas.”

Es decir que en el fondo, no hay lugar para el descanso, para la vacación…no cuando se está al servicio del Señor. Sin embargo Él sabe y reconoce nuestras limitaciones y avala nuestro natural y necesario descanso diario. Sabe que estamos hechos de carne y hueso, pero no quiere que nos olvidemos de la urgencia. La Misión encomendada es para toda la vida y debe abarcar todos los espacios de la misma, desde que abrimos los ojos, hasta que los cerramos. No hay ni puede haber espacios en los que mi fe no cuenta, en los que me sacudo de misión, en los que dejo de ser “cristiano activo”. El cristianismo es para toda la vida, en todo tiempo y lugar mientras estemos conscientes…

Oremos:

Señor Jesús, permítenos seguirte leal y fielmente cada día, en toda ocasión. Que sepamos dar testimonio de nuestra fe y de Tu Palabra en donde nos encontremos y con quien estemos. Que no renunciemos nunca a cristianizar, mientras nos quede un hálito de fuerza. Haznos dóciles a Tu Espíritu para obrar rectamente y gozar siempre de Su consuelo. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Marcos 6, 14-29

Texto del evangelio (Mc 6, 14-29)

En aquel tiempo, se había hecho notorio el nombre de Jesús y llegó esto a noticia del rey Herodes. Algunos decían: «Juan el Bautista ha resucitado de entre los muertos y por eso actúan en él fuerzas milagrosas». Otros decían: «Es Elías»; otros: «Es un profeta como los demás profetas». Al enterarse Herodes, dijo: «Aquel Juan, a quien yo decapité, ése ha resucitado». Es que Herodes era el que había enviado a prender a Juan y le había encadenado en la cárcel por causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo, con quien Herodes se había casado. Porque Juan decía a Herodes: «No te está permitido tener la mujer de tu hermano». Herodías le aborrecía y quería matarle, pero no podía, pues Herodes temía a Juan, sabiendo que era hombre justo y santo, y le protegía; y al oírle, quedaba muy perplejo, y le escuchaba con gusto.

Y llegó el día oportuno, cuando Herodes, en su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a los tribunos y a los principales de Galilea. Entró la hija de la misma Herodías, danzó, y gustó mucho a Herodes y a los comensales. El rey, entonces, dijo a la muchacha: «Pídeme lo que quieras y te lo daré». Y le juró: «Te daré lo que me pidas, hasta la mitad de mi reino». Salió la muchacha y preguntó a su madre: «¿Qué voy a pedir?». Y ella le dijo: «La cabeza de Juan el Bautista». Entrando al punto apresuradamente adonde estaba el rey, le pidió: «Quiero que ahora mismo me des, en una bandeja, la cabeza de Juan el Bautista». El rey se llenó de tristeza, pero no quiso desairarla a causa del juramento y de los comensales. Y al instante mandó el rey a uno de su guardia, con orden de traerle la cabeza de Juan. Se fue y le decapitó en la cárcel y trajo su cabeza en una bandeja, y se la dio a la muchacha, y la muchacha se la dio a su madre. Al enterarse sus discípulos, vinieron a recoger el cadáver y le dieron sepultura.

Reflexión: Mc 6, 14-29

Esta es una lamentable muestra del extremo al que puede llegar la necedad del hombre. ¿Cómo es posible que un tipo que aparentemente había reflexionado en torno a quién era Juan el Bautista, es decir, un tipo aparentemente inteligente y sensible, llegado el momento no tuvo ningún reparo , ningún escrúpulo en sacrificarlo, con tal de complacer el frívolo capricho de  de una seductora mujer y cumplir las palabras de las que había quedado preso? Por encima de vida alguna estaba su prestigio. Tenía que dar una lección; fiel a su fama, tenía que mostrarse indoblegable sea como fuere, y no tuvo reparos ni aun tratándose de Juan el Bautista, por quien realmente sentía una profunda admiración, ni aun con su propia conciencia, que le dictaba que estaba cometiendo un error, que se lo reprocharía por siempre…

Así de ligeros e inflexibles somos para juzgar y condenar a los demás.  Sobre todo a aquellos que de algún modo pueden atreverse a poner en entredicho nuestra situación, nuestro prestigio, la imagen que nos hemos forjado. Todo lo toleramos, menos que un “infeliz”, un lacayo nuestro, alguien que pretendemos debía estar agradeciéndonos su situación, su trabajo e incluso el aprecio que sentimos por él, venga de pronto a cuestionarnos, a poner en tela de juicio lo que somos y hacemos.

Como nos concebimos como el centro del mundo y mientras más elevados, mientras mejor posición ostentamos, más consentimos esta idea, no podemos tolerar otro sol en nuestro universo, y estamos dispuestos a apagar con un solo soplo a quien osa cuestionarnos, solo para mostrar nuestro poder, para mostrar quien manda realmente. Entonces, somos inflexibles con el débil, con aquél que dejamos tener alas, hasta donde quisimos…¿Creyó el infeliz que en realidad podía ser libre por sobre mi voluntad? Veamos ahora como lo desaparezco con un solo chasquido de mis dedos.

Esa es la triste historia de tantos Herodes que vemos a nuestro alrededor, que dominan los cargos públicos, que ostentan poder político, económico o social…Y de tantos Juanes que con su sola presencia, tal vez una sonrisa de más, un gesto o una palabra, una actitud o la exigencia de un derecho, osan cuestionar el poder, la fama o el prestigio de estos semi dioses, que se han levantado a sí mismos por encima de todo y se creen con derecho sobre la vida y la muerte de los “infelices” que los rodean.

Esa es la lógica malévola del Príncipe de este mundo, al que sirven con esmero, pretendiendo ser como dioses. Esta es la gran tentación “del árbol de la ciencia del bien y del mal”, que se reedita una y otra vez, siglo tras siglo en la historia de la naturaleza humana.

Pero no olvidemos algo que es fundamental. Hemos sido creados por Dios Padre LIBRES, y no hay atadura humana que nos pueda detener o esclavizar. Hemos recibido de Dios y por su Gracia, su misma dignidad, al crearnos a su imagen y semejanza y estamos llamados a volver a Él, atravesando la vida, por sobre toda las cosas, sin perder de vista este espléndido horizonte. Dios Padre está al final del camino, esperándonos con los brazos abiertos y Jesús y el Espíritu Santo están aquí para conducirnos. Jesús, venciendo a la muerte, ha vencido al Mundo y con él al Príncipe de las tinieblas, mostrándonos el camino y enseñándonos que Sí se puede. ¡No hemos sido, no somos, ni seremos más esclavos! Estamos llamados a transitar por el Camino de la Luz y la Verdad y este sólo nos puede llevar al Amor y  la Libertad.

Oremos:

Padre Santo, haznos fieles hijos tuyos. Que no flaqueemos frente a la adversidad, frente al enemigo. ¡Aparta de nosotros el temor! Que enfrentemos al demonio premunidos de Tu Gracia y Tu Luz, confiados en el Amor, sabiendo que la victoria, finalmente, habrá de ser nuestra. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Marcos 6, 7-13

Texto del evangelio (Mc 6, 7-13)

En aquel tiempo, Jesús llamó a los Doce y comenzó a enviarlos de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus inmundos. Les ordenó que nada tomasen para el camino, fuera de un bastón: ni pan, ni alforja, ni calderilla en la faja; sino: «Calzados con sandalias y no vistáis dos túnicas». Y les dijo: «Cuando entréis en una casa, quedaos en ella hasta marchar de allí. Si algún lugar no os recibe y no os escuchan, marchaos de allí sacudiendo el polvo de la planta de vuestros pies, en testimonio contra ellos». Y, yéndose de allí, predicaron que se convirtieran; expulsaban a muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.

Reflexión: Mc 6, 7-13

Quien está con el Señor, no necesita más. Él es todo, suficiente y de sobra. Es así como debemos sentir, y es así como debemos vivir. Pero, la verdad es que nuestra fe es muy pequeña, muy precaria, muy corta, muy de conveniencia. Creemos, pero hasta cierto punto nomás. Nos erigimos en interpretes de La Palabra y pretendemos que hay que entenderla aplicando cierto criterio…Y ahí empiezan los acomodos e interpretaciones que dan por resultado una serie de caricaturas de cristianos, cada cual a su modo…Todos exigiéndose según su interpretación…Todos muy lindos y condescendientes unos con otros; todos tibios y ninguno comprometido realmente, sino solo hasta que le molesta el zapato…entonces lo tira y lo cambia por otros más cómodos, que se ajusten a su pie.

Y sin embargo, el Señor, al que pretendemos seguir, a cuyas órdenes nos hemos puesto, nos pide otra cosa. Él necesita una actitud distinta: hombres y mujeres nuevos, que no se aferren tanto a las comodidades de este mundo, que no anden haciendo cálculos de conveniencia, que, libres de equipaje, estén dispuestos a entregarse a fondo a la causa de la Verdad, la Justicia, la Paz y el Amor…Es decir, a la construcción del Reino.

Sino, fijémonos cómo manda a sus discípulos: sin alforja, sin agua, ni pan…Es decir sin nada que asegure su sustento. Sin tener resuelto aquello que nos agobia tanto, de lo que hemos hecho el propósito de nuestras vidas: el sustento diario, de qué viviremos. Esa es nuestra constante preocupación y por resolverlo “adecuadamente” damos nuestra vida entera, porque nunca estamos satisfechos. Nos volvemos exigentes y la palabra “adecuado” se va haciendo tan elástica, ampliando sus límites hasta una posición e la que siempre estamos por alcanzarla, pero como hace falta algo más, nunca llegamos. Así pasamos toda la vida persiguiendo una quimera.

Cuando queremos reaccionar, nos damos cuenta que hemos caído presos, esclavos de un modo de vida, del que no podemos sacudirnos. Y sin embargo, Dios Padre nos creó libres; y así nos convocó el Señor, a evangelizar el mundo. Libres, sin nada que nos ate, más que el fervor evangélico. Eso es lo que espera Cristo de nosotros. Eso nos pide. Fe y entrega total a la causa.

Nosotros, ¿qué le respondemos? Un momentito, espera, que voy a acomodar esto o aquello, que voy a terminar de asegurar esto otro…Estoy ocupado cobrando, o sembrando o cosechando…Un momento que voy a ver a mis padres, a mis hijos, a mi esposa, a mi casa, a mi negocio…Un momento que me sacudo de todos estos compromisos; espera un segundo, que aquí me necesitan…resuelvo esto y voy…Y finalmente, nunca vamos, porque tenemos tanto que hacer…Y cuando decidimos marchar, empezamos a ver y a medir la tarea y empieza nuestra interminable relación de todo lo que necesitamos para emprenderla. Y el Señor nos dice, no lleven nada. Ni si quiera dos túnicas…

 

Oremos:

Señor, que lleguemos a comprender que Tú bastas. Que quien te tiene a Ti, lo tiene todo, no necesita más nada. Que así, con ese espíritu nos entreguemos a la Misión que nos has encomendado. Que no flaqueemos. Que hagamos vida el evangelio. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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