Category: Marcos

ago 06 2010

Marcos 9, 2-10

Texto del evangelio (Mc 9, 2-10)

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, Santiago y Juan, y los lleva, a ellos solos, aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos, y sus vestidos se volvieron resplandecientes, muy blancos, tanto que ningún batanero en la tierra sería capaz de blanquearlos de ese modo.

Se les aparecieron Elías y Moisés, y conversaban con Jesús. Toma la palabra Pedro y dice a Jesús: «Rabbí, bueno es estarnos aquí. Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías» -pues no sabía qué responder ya que estaban atemorizados-.

Entonces se formó una nube que les cubrió con su sombra, y vino una voz desde la nube: «Éste es mi Hijo amado, escuchadle». Y de pronto, mirando en derredor, ya no vieron a nadie más que a Jesús solo con ellos. Y cuando bajaban del monte les ordenó que a nadie contasen lo que habían visto hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos.

Ellos observaron esta recomendación, discutiendo entre sí qué era eso de «resucitar de los muertos».

Reflexión: Mc 9, 2-10

Este pasaje sin duda es hermoso y enternecedor, tanto por los hechos extraordinarios que narra, como por la reacción de los apóstoles que tuvieron la dicha de ser elegidos por el Señor para presenciar, para ser testigos anticipados de su Gloria.

Estaban pues con el Hijo de Dios y por si todavía les quedaba alguna duda, después de lo que habían visto frente a sus ojos, el Padre mismo se los reveló con una voz que vino desde la nube: “Este es mi Hijo amado, escuchadle”. Podemos imaginar lo sorprendidos y embobados que quedaron Pedro, Santiago y Juan. Se asustaron, se estremecieron…No sabían qué decir. Por otro lado experimentaban una paz, una dicha incomparable, que provenía entre otras cosas de ser testigos excepcionales de la procedencia Divina de Cristo, de su Maestro, a quien venían acompañando y oyendo, siendo testigos del poder extraordinario que desplegaba entre los más humildes, entre los más pobres, entre los afligidos, entre los pecadores. Se encontraban, sin duda, frente al Salvador, frente al Mesías anunciado. Por ello no atinaron a nada más que manifestar lo augustos que se sentían allí y su deseo de permanecer allí por todo el tiempo que el Señor dispusiera… «Rabbí, bueno es estarnos aquí. Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías»

¡Imagínense observar la Gloria de Dios, aun cuando sea por unos segundos! ¡Nadie querría moverse de allí! Eso ocurrió más o menos con estos apóstoles. Balbuceaban. Sin embargo muy rápidamente el Señor los “trajo a tierra”, recordándoles que tenía que cumplir una misión. Sin embargo, estos discípulos con los que había vivido tanto, todavía no entendían o no querían entender aquello de “hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos.

Es que estamos muy dispuestos a tomar la cruz, a aceptar la misión, pero sin el dolor que esta conlleva. Y es que siempre habrá un “cierto dolor” en el desprendimiento, en el olvidarse de uno mismo, en el poner primero a los demás, en amar. No se trata de masoquismo, sino de entrega. De saber que dando se recibe. De estar convencido de este principio, hasta el extremo, hasta ser capaz de dar la vida por los hermanos, como Cristo. Esta es una exigencia. No hay otra forma de alcanzar la Vida Eterna. No hay otra forma de ser cristiano.

Oremos:

Señor, danos el valor de seguirte aun cuando las cosas parecen no ir también, aun en el dolor y la pena. No permitas que huyamos del sacrificio cuando este sea necesario para salvar a nuestros hermanos. Que no cuidemos tanto de nuestra integridad, como de la felicidad y el bien de los demás.  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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jun 05 2010

Marcos 12, 38-44

Texto del evangelio (Mc 12, 38-44)

En aquel tiempo, dijo Jesús a las gentes en su predicación: «Guardaos de los escribas, que gustan pasear con amplio ropaje, ser saludados en las plazas, ocupar los primeros asientos en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y que devoran la hacienda de las viudas so capa de largas oraciones. Esos tendrán una sentencia más rigurosa».

Jesús se sentó frente al arca del Tesoro y miraba cómo echaba la gente monedas en el arca del Tesoro: muchos ricos echaban mucho. Llegó también una viuda pobre y echó dos moneditas, o sea, una cuarta parte del as. Entonces, llamando a sus discípulos, les dijo: «Os digo de verdad que esta viuda pobre ha echado más que todos los que echan en el arca del Tesoro. Pues todos han echado de lo que les sobraba, ésta, en cambio, ha echado de lo que necesitaba, todo cuanto poseía, todo lo que tenía para vivir».

Reflexión: Mc 12, 38-44

Una nueva lección nos da Jesús hoy. No importa mucho cuanto das…puede ser muchísimo para quien lo recibe y por supuesto que será bienvenido, y probablemente nadie deje de reconocerlo y agradecerlo, por cuanto lo que diste alivió muchas carencias…Eso definitivamente será bueno. Sin embargo, desde el punto de vista personal, tal vez lo que diste no representó ningún esfuerzo y mucho menos sacrificio alguno. Entonces ello no representará ningún mérito para ti…¡Claro! Estás dando de lo que te sobra y tienes tanto que en realidad no afecta un milímetro tu posición, por más que para los necesitados haya sido muchísimo y un alivio muy grande.

Uno puede mostrar una “generosidad” muy grande cuando puede dar mucho y lo da. Bienvenido y bendito sea. ¿Cuántas donaciones de personas ricas y aun países ricos se canalizan y alivian grandes necesidades de los pobres, de los menos favorecidos en el mundo? ¡Qué bueno que así sea!

Sin embargo aquí el Señor nos invita a todos a reflexionar en cuan significativo es lo que damos, con respecto a lo que tenemos y atesoramos. Es que no podemos, ni debemos engañarnos. Bill Gates y como el muchos ricos dan millones y millones de dólares de “ayuda” a los pobres. Es algo muy plausible. Pero, ¿para cuantos de ellos esta donación representa reamente un sacrificio, una pequeña incomodidad, un dejar algo que realmente necesitaban?

Bien, pero no nos vayamos a los extremos. Dejemos de ocuparnos de los extremadamente ricos y de los extremadamente pobres. No se trata de polarizar. El Señor del amor y la paz no puede buscar la polarización. El quiere que reflexionemos en torno a nosotros mismos, en torno a lo que está a nuestro alcance hacer y dar. Tenemos una Misión. Anteriormente nos ha recordado los dos mandamientos fundamentales, que pueden resumirse en uno: amar a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos.  ¿Cuánto de lo que tenemos somos capaces de poner en el azadón para cumplir con este mandato? ¿Qué representa este mandato en nuestras vidas? ¿Veinte o treinta céntimos en nuestra misa dominical? ¿Cuánto somos capaces de incomodarnos por El Reino?

A eso nos llama el Señor. A hacer una reflexión personal respecto a lo que somos capaces de dar y el valor que tiene ello, en función de lo que tenemos, de lo que nos cuesta, de lo que hemos recibido. Al que más ha recibido, más se le pide, más se le exige, más se le reclama. Y no estamos hablando solamente de dinero o propiedades. Nuestro Dios, ya lo hemos dicho antes, no es un Dios castigador, ni mucho menos calculador, como lo conceptuamos muchas veces, llevando cuentas de lo que hacemos o dejamos de hacer. El no ha venido a juzgarnos. Somos nosotros mismos los que nos juzgamos, condenamos o salvamos al decidir el camino que tomamos: vamos por la luz, la verdad y la vida o vamos por la oscuridad, el pecado y la muerte. Damos generosamente lo que tenemos o nos lo guardamos egoísta y mezquinamente solo para nosotros…

Oremos:

Padre Santo, haznos dignos de Ti. Que llevemos una vida santa, sin apegos, en la que siempre estemos dispuestos a dar, a ceder, a favorecer a los demás antes que a nosotros mismos…Que aprendamos a condolernos de las necesidades, del sufrimiento y de los dolores ajenos. Que sepamos estar ahí donde nos necesitan y que siempre seamos portadores de paz y esperanza.  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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jun 03 2010

Marcos 12, 28-34

Texto del evangelio (Mc 12, 28-34)

En aquel tiempo, se llego uno de los escribas y le preguntó: «¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?». Jesús le contestó: «El primero es: ‘Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas’. El segundo es: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. No existe otro mandamiento mayor que éstos».

Le dijo el escriba: «Muy bien, Maestro; tienes razón al decir que Él es único y que no hay otro fuera de Él, y amarle con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a si mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios».

Y Jesús, viendo que le había contestado con sensatez, le dijo: «No estás lejos del Reino de Dios». Y nadie más se atrevía ya a hacerle preguntas.

Reflexión: Mc 12, 28-34

Eh aquí un resumen de la ley y los profetas, como dirá Jesús en otro pasaje. No hay nada más que recordar, nada más que aprender, nada más que practicar y cumplir.  No es realmente tan complicado como algunos intencionalmente pretenden hacerlo ver. Se trata de una “doctrina” muy simple, con solo dos principios, dos mandamientos: “Amar a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos”. Eso es todo. ¿Podría ser más simple? ¿Qué tan difícil de comprender o recordar puede ser?

No se necesita gran erudición para comprender estos mandamientos. Lo que ocurre, en realidad, es que no estamos dispuestos a obedecerlos, a cumplirlos. Nos cuesta. Y es que nos hemos acostumbrado a ponernos a nosotros mismos por sobre todas las cosas y lo que propone Jesús es un cambio de concepción, de visión, de actitud, que en muchos casos significa un viraje en 180 grados en la forma de vida que hemos adoptado. ¡Ese es el problema!

Para decirlo de otro modo, el seguimiento de Jesús exige de nosotros Amor y nos hemos acostumbrado a vivir egoístamente, a velar y cuidar solo de nuestro pellejo. No queremos enterarnos realmente de lo que ocurre a nuestro alrededor; no queremos involucrarnos, mucho menos si ello podría significar el tener que desprendernos de parte de la riqueza, propiedades, bienestar o comodidad que hemos acumulado. No estamos dispuestos al menor sacrificio…Nos duele. Hemos hecho del “buen vivir” un fin, por el que estamos dispuestos a todo, antes que vernos afectados de algún modo. Para alcanzar este objetivo, este estatus, no importan a cuantos y a quienes debamos sacrificar a nuestro alrededor, mientras no seamos nosotros mismos.

Esto es así de simple: Mientras el Señor nos exige mirar hacia arriba y a nuestro alrededor, nosotros insistimos en mirar hacia adentro. Mientras el Señor exige amar, servir y dar…Nosotros queremos que nos amen, que nos sirvan y nos den. No hay maldad en las cosas, por sí mismas. No es malo lo que viene de afuera. Malo es lo que brota de nosotros, nuestra actitud. Y en verdad, como dice el Señor, no podemos servir a dos Señores: o estamos con uno, o estamos con el otro. O ponemos a Dios y nuestros hermanos por encima de todo (Amor) o nos ponemos a nosotros mismos al centro y por encima de todo (egoísmo). O estamos con la vida, o estamos con la muerte. O estamos con la luz y la Verdad o preferimos las sombras, las tinieblas, la oscuridad y la mentira. O permanecemos libres, como hemos sido creados o nos hacemos esclavos, de las riquezas, del placer, de las comodidades, del egoísmo…

Oremos:

Señor Jesús, permítenos dar testimonio de nuestra fe con nuestra vida misma…Que nos bajemos del pedestal donde siempre queremos permanecer, desde el que queremos espectar el mundo, encerrados en nuestra burbuja de cristal. Que aprendamos a ser más humanos, a condolernos, a solidarizarnos con nuestros hermanos, sobre todo con los que más sufren, con los que menos tienen, con los desposeídos…Que no tengamos temor en participar, en comprometernos, en dar, aun cuando ello pudiera significar un sacrificio, un desprendernos de algo que pudiera ser muy preciado para nosotros… Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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jun 02 2010

Marcos 12, 18-27

Texto del evangelio (Mc 12, 18-27)

En aquel tiempo, se le acercaron a Jesús unos saduceos, que niegan que haya resurrección, y le preguntaban: «Maestro, Moisés nos dejó escrito que si muere el hermano de alguno y deja mujer y no deja hijos, que su hermano tome a la mujer para dar descendencia a su hermano. Eran siete hermanos: el primero tomó mujer, pero murió sin dejar descendencia; también el segundo la tomó y murió sin dejar descendencia; y el tercero lo mismo. Ninguno de los siete dejó descendencia. Después de todos, murió también la mujer. En la resurrección, cuando resuciten, ¿de cuál de ellos será mujer? Porque los siete la tuvieron por mujer».

Jesús les contestó: «¿No estáis en un error precisamente por esto, por no entender las Escrituras ni el poder de Dios? Pues cuando resuciten de entre los muertos, ni ellos tomarán mujer ni ellas marido, sino que serán como ángeles en los cielos. Y acerca de que los muertos resucitan, ¿no habéis leído en el libro de Moisés, en lo de la zarza, cómo Dios le dijo: Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? No es un Dios de muertos, sino de vivos. Estáis en un gran error».

Reflexión: Mc 12, 18-27

Si será así o asá en el más allá, es algo que no nos debe inquietar. ¡Qué más da! Podemos estar seguros que será lo que tenga que ser y si de nuestro Dios depende, será lo justo, lo correcto, lo adecuado. Pero no es esto lo que nos debe quitar el sueño, sino nuestra vida misma.

Nuestro Dios, “no es un Dios de muertos, sino de vivos”. ¿Qué me dice a mi el Señor en este pasaje? Pues que no me debo ocupar, ni preocupar por lo que será, o cómo habrá de ser la vida futura. Ello no tiene importancia; ningún sentido. Es una pérdida de tiempo y denota falta de entendimiento del mensaje del Señor, el estar ocupado, dedicado a meditar, pensar, reflexionar o especular respecto a cómo será aquella vida.

Habremos de Resucitar y estaremos eternamente con Dios Padre, que es Amor y como tal es Luz, Alegría, Paz, Vida Eterna…Esto debía ser suficiente. Especular más allá, es entrar en el plano de la imaginación y quedarse anclado allí es escapar de la realidad; y si buscamos una razón, un sentido basándonos en estas teorías, pues terminaremos por tergiversar el mensaje del Señor, que es acerca de los vivos y no de los muertos.

Es de vivir bien la vida actual, de lo que trata la prédica y el seguimiento al Señor. Amar al prójimo, no tiene otra connotación. No se trata de cómo lo amaré, o si lo hubiera amado…Se trata del Hoy, del Ahora. Como dice la canción, “lo que pasó, pasó…” Sí, es importante reflexionar sobre ello, para pedir perdón o perdonar y rectificar. Pero esto lo debemos hacer Hoy, Ahora. No mañana, ni en el futuro, ni mucho menos en la “vida futura”. Hoy y Ahora tenemos la OBLIGACIÓN, el DEBER de Amar a nuestros hermanos, como el Señor nos ha enseñado. Sin reparos, sin medida, sin condiciones…Porque nuestro Dios, nuestro Padre, es un Dios, un Padre nuestro, es decir de todos nosotros…Tuyo y mío; de todos los que estamos aquí y ahora en este barco, en esta nave. Lleva una vida recta, que no puede ser otra cosa u otra forma de decir: ama a tus semejantes y, como decía San Agustín, haz lo que quieras.

Esto es lo que nos pide el Señor, nuestro Dios…Y en ello debe estar puesto todo nuestro empeño. “Ama y haz lo que quieras”, pero primero ama. Ama hoy, ama ahora, ama en este momento…Amar no es otra cosa que hacer lo correcto, que hacer el bien; amar no es otra cosa que servir, que dar, que ser para los demás, que vivir para los demás…que llegar a ser “verdadera comida y verdadera bebida”. Ese ha de ser nuestro empeño…transfigurarnos…llegar a ser como Jesús.

Oremos:

Padre Santo, ayúdanos a cumplir nuestra misión. Que por donde pasemos y con quien estemos sólo demos testimonio de Tu amor. Que si alguien quiere buscar explicación de nuestros actos, los encuentre allí. Que abandonemos todo temor y razón mezquina, para obrar en función del bien común, procurando el bien ajeno, antes que el nuestro. Que seamos testigos de fe, ejemplos de amor. Aparta de nosotros toda tentación y fortalece nuestro espíritu para que cuando llegue, sepamos superar la adversidad, sin perder la paz y sin dejar de obrar rectamente y movidos por el amor. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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jun 01 2010

Marcos 12, 13-17

Texto del evangelio (Mc 12, 13-17)

En aquel tiempo, enviaron a Jesús algunos fariseos y herodianos, para cazarle en alguna palabra. Vienen y le dicen: «Maestro, sabemos que eres veraz y que no te importa por nadie, porque no miras la condición de las personas, sino que enseñas con franqueza el camino de Dios: ¿Es lícito pagar tributo al César o no? ¿Pagamos o dejamos de pagar?».

Mas Él, dándose cuenta de su hipocresía, les dijo: «¿Por qué me tentáis? Traedme un denario, que lo vea». Se lo trajeron y les dice: «¿De quién es esta imagen y la inscripción?». Ellos le dijeron: «Del César». Jesús les dijo: «Lo del César, devolvédselo al César, y lo de Dios, a Dios». Y se maravillaban de Él.

Reflexión: Mc 12, 13-17

Es vana pretensión la de querer engañar a Jesús, nuestro salvador.  No pretendamos justificarnos con alguna ambigüedad, con un supuesto mal entendido. Recordemos que Él todo lo ve y sabe. Conoce lo más profundo de nuestras intenciones. Entonces…¿para qué o por qué hacernos los desentendidos?

No se trata de aparentar nada, de hacer creer a nadie. Podremos engañar a nuestros hermanos y quizás tratar de engañarnos hasta a nosotros mismos, pero con Dios jamás podremos.  Así que, no andemos con tretas. No podemos caminar por el medio. O recogemos con Él o esparcimos…Así de simple. O estamos con Él o estamos contra Él. Es Jesús quien nos exige esta definición, que no la hacemos para la galería, para los aplausos, ni aprobación de nadie, sino por una íntima convicción. Y, una vez que hemos decidido, nuestro proceder dará testimonio de nuestra elección. Serán nuestros hechos y no nuestras palabras las que hablen.

En la vida, hay muchas cosas de las que tenemos que valernos, pero no confundamos los medios con el fin…No hagamos de estos medios un fin. Cada cosa en su lugar y por encima de todo, Dios. Nada ni nadie puede hacernos claudicar de este principio, de este fundamento. Por ello Jesús señala en esta lectura que hay que darle a cada quien lo que le corresponde. Teniendo en cuenta esto, no podemos concluir, sin embargo, que el Señor está indicando que cada uno está al mismo nivel, no. Solo dice que a cada quien hay que darle lo que le corresponde, siendo obvio que Dios está por sobre todas las cosas y que por tanto nos debemos a Él en primer lugar. Y, quién sabe en qué lugar debía estar en nuestras vidas el dinero y todo lo que representa…Recordemos que son medios y no fines, a los que valga dedicar nuestras vidas, con tanto esfuerzo depositadas, como el don más grande, entre nuestras manos…¿Qué haremos con ella?
 

Oremos:

Padre Santo, haz que vivamos coherentemente, guardando nuestra propia vida y la de nuestros hermanos como el más preciado tesoro que podríamos haber recibido de Tus manos. Que no mal gastemos nuestro tiempo en tonterías, en frivolidades, dedicados a incrementar nuestros ingresos…Que por el contrario, sepamos valorar a las personas con las que compartimos día a día nuestras vidas. Que nos empeñemos en hacer el bien, en llevar la paz, la esperanza y el amor. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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may 29 2010

Marcos 11, 27-33

Texto del evangelio (Mc 11, 27-33)

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos volvieron a Jerusalén y, mientras paseaba por el Templo, se le acercan los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos, y le decían: «¿Con qué autoridad haces esto?, o ¿quién te ha dado tal autoridad para hacerlo?». Jesús les dijo: «Os voy a preguntar una cosa. Respondedme y os diré con qué autoridad hago esto. El bautismo de Juan, ¿era del cielo o de los hombres? Respondedme».

Ellos discurrían entre sí: «Si decimos: ‘Del cielo’, dirá: ‘Entonces, ¿por qué no le creísteis?’. Pero, ¿vamos a decir: ‘De los hombres’?». Tenían miedo a la gente; pues todos tenían a Juan por un verdadero profeta. Responden, pues, a Jesús: «No sabemos». Jesús entonces les dice: «Tampoco yo os digo con qué autoridad hago esto».

Reflexión: Mc 11, 27-33

Una lección muy clara de aquél dicho popular, que “no hay peor sordo que el que no quiere oír”. Es que muchas veces queremos disfrazar la verdad, queremos que las cosas sean como nos gustaría o como estamos dispuestos a aceptar que sean, porque no estamos dispuestos a ceder ni a aceptar que pueden ser y son distintas a lo que más nos agrada o acomoda. Nos cuesta ceder un centímetro de nuestro poder, de nuestro orgullo, de nuestra posición. Más allá de la razón, muchas veces es solo una cuestión de prevalencia: por qué voy a ceder yo…que seda él o ella. En el fondo, es soberbia, orgullo, falta de humildad.

Queremos entrar en componendas con el Señor, hacerle pasar aspas de molino, cuando sabemos que el no entra en estas cosas, que el no las acepta. Nos queremos hacer de la vista gorda y aplicamos hacia nuestras actitudes y nuestro proceder una tolerancia que jamás estaríamos dispuestos a brindárselas a nadie. Aplicamos una ética y una moral laxa para nosotros y pretendemos que el Señor nos la avale, cuando en el fondo sabemos que Él jamás lo hará. Pero los hijos de la luz no podemos entrar en estos acomodos y contubernios, debemos proceder según la Verdad.

No se trata de hacer creer a nadie nada, se trata de obrar rectamente, de ser auténticos. Nosotros sabemos en nuestro corazón cual es la verdad. El Espíritu nos la revela. No podemos hacernos los tontos, los ciegos ante nuestra conciencia. Superados el orgullo, la soberbia, la indiferencia, la complacencia, la desidia…ella está ahí, gritándonos la verdad, lo correcto…Otra cosa es que no lo queramos ver y pretendamos ocultarla bajo una serie de triquiñuelas, razonamientos torcidos y excusas…La verdad estará siempre ahí, desnuda y dispuesta a revelarse en el momento menos esperado….Porque Dios es Verdad y la Verdad ya ha triunfado sobre el engaño, sobre la mentira, sobre el pecado, la destrucción, la desesperanza y la muerte. Podemos estar seguros que la Verdad siempre se sabrá y finalmente triunfará, donde fuere. Puede tardar, quizás, pero su hora llegará y finalmente saldrá a la luz, para condenar a los mentirosos, a los tramposos, a quienes se valieron de propósitos torcidos, del engaño, de las malas artes, de su poder, de su posición…a quienes abusaron de los humildes, de los pequeños, de los menores, solo porque no tenían voz, porque eran indefensos…

Entonces, no seamos necios como los sumos sacerdotes en el templo, que pretenden engañar a Jesús. Dios todo lo sabe, y nosotros al menos eso sabemos. ¡Hagamos las cosas bien! No por quedar bien con nadie, no por agradar  a nadie que nos sea Dios…¡Hagámoslo porque eso es lo correcto, porque la armonía universal nos lo exige, porque ello constituye nuestra convicción más profunda, y nosotros lo sabemos…porque en estos movimientos del Espíritu está Él!

Oremos:

Señor, no permitas que nos engañemos a nosotros mismos, que evadamos nuestra responsabilidad, que tratemos de aplacar nuestras conciencias y de apagar ese fuego que nos dice lo que debemos hacer, lo que es correcto…No permitas que andemos por senderos torcidos, pedregoso, oscuros…Que prefiramos la luz, la verdad, aunque duela y a veces nos cueste…Que no acumulemos nada en la oscuridad, en el engaño, en la mentira…  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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may 28 2010

Marcos 11, 11-25

Texto del evangelio (Mc 11, 11-25)

En aquel tiempo, después de que la gente lo había aclamado, Jesús entró en Jerusalén, en el Templo. Y después de observar todo a su alrededor, siendo ya tarde, salió con los Doce para Betania.

Al día siguiente, saliendo ellos de Betania, sintió hambre. Y viendo de lejos una higuera con hojas, fue a ver si encontraba algo en ella; acercándose a ella, no encontró más que hojas; es que no era tiempo de higos. Entonces le dijo: «¡Que nunca jamás coma nadie fruto de ti!». Y sus discípulos oían esto.

Llegan a Jerusalén; y entrando en el Templo, comenzó a echar fuera a los que vendían y a los que compraban en el Templo; volcó las mesas de los cambistas y los puestos de los vendedores de palomas y no permitía que nadie transportase cosas por el Templo. Y les enseñaba, diciéndoles: «¿No está escrito: ‘Mi Casa será llamada Casa de oración para todas las gentes?’.¡Pero vosotros la tenéis hecha una cueva de bandidos!». Se enteraron de esto los sumos sacerdotes y los escribas y buscaban cómo podrían matarle; porque le tenían miedo, pues toda la gente estaba asombrada de su doctrina. Y al atardecer, salía fuera de la ciudad.

Al pasar muy de mañana, vieron la higuera, que estaba seca hasta la raíz. Pedro, recordándolo, le dice: «¡Rabbí, mira!, la higuera que maldijiste está seca». Jesús les respondió: «Tened fe en Dios. Yo os aseguro que quien diga a este monte: ‘Quítate y arrójate al mar’ y no vacile en su corazón sino que crea que va a suceder lo que dice, lo obtendrá. Por eso os digo: todo cuanto pidáis en la oración, creed que ya lo habéis recibido y lo obtendréis. Y cuando os pongáis de pie para orar, perdonad, si tenéis algo contra alguno, para que también vuestro Padre, que está en los cielos, os perdone vuestras ofensas».

Reflexión: Mc 11, 11-25

La lectura recomendada nos trae varios episodios distintos cuya relación no alcanzamos a ver inmediatamente. Trataremos de escudriñar y en cualquier caso, obtener una enseñanza e inspiración para nuestra vida cotidiana, confiados en que la Palabra del Señor, no podrá traer nada más que luz a nuestras vidas.

Este paso del Señor  por el Templo, teniendo ya multitudes que lo aclamaban y seguían, no resulta casual. Era necesario que los que le seguían y nosotros, recibiéramos una lección respecto a lo que debe ser el Templo. El Señor ha venido a enderezar, los caminos. A Mostrarnos  cual debe ser nuestro comportamiento, nuestra actitud cotidiana. No se trata de servirnos de la fe, de utilizarla para nuestros intereses y conveniencias, como los mercaderes del templo, que en realidad aprovechan  o pretenden aprovechar la fe de la gente, valerse de ella, para venderles sus productos. Es decir que estos crecen como parásitos en torno a la fe del pueblo; la usan para sus intereses, sin ningún escrúpulo y sin más intención que lograr mejorar sus utilidades, sus ingresos. Para maximizar sus ingresos no tienen ningún reparo. Son capaces incluso de proclamarse creyentes y de proclamar su fe -por su puesto, tan solo de palabra- con tal de vender.

El Señor, por eso, el primer día observa y se siente seguramente asqueado, conmovido, ante este triste espectáculo. ¿Qué es esto? ¿Esto es fe? ¿Qué derecho tienen estos mercaderes de usar y valerse de la fe del pueblo? ¿Qué testimonio están dando, a vista y paciencia de los sumos sacerdotes y autoridades judías? Él, que ha venido a mostrarnos al Padre, a darnos a conocer al Padre y promover la fe en Él,  no puede pasar y permanecer indiferente ante esta actitud, ante este proceder…Por eso, con una furia santa, imbuido del poder, la energía y la firmeza necesarias, expulsa a los mercaderes, volcando mesas y puestos. Alguien tenía que decirles muy claramente y con ellos a todos nosotros, que eso no está bien, que eso no es del agrado de Dios, que la fe en Dios y el Templo, lugar de oración y por lo tanto de fe, no puede ni debe ser un centro de transacciones comerciales, un centro de comercio, ni aun cuando sea para vender “animales para los supuestos sacrificios o cambiar monedas para la limosna”.

Estas son cosas propias de paganos. Dios, nuestro Dios Padre, no quiere esas tonterías. No es cuestión de vivir como sea y luego aplacar a Dios con unas monedas, con unos sacrificios, encima todo comprado y arreglado en el templo. Pretendiendo con ello hacer a Dios cómplice de esta actitud. Ese no es el Dios que ha venido a presentarnos; ese no es el Dios Padre cuya Voluntad ha venido a realizar Jesús.

El Dios de Jesús, el Dios de los cristianos, es Padre, es luz, es amor, es verdad…Y nos pide que creamos en Él. Para el que realmente cree en Él, para el que tiene fe, no hay imposibles. Porque el que cree, procurará, se esforzará en cumplir la Voluntad del Señor y caminando en esa dirección, no habrá nada que pidamos al Señor que no sea concedido, porque como dice el Señor: “…os aseguro que quien diga a este monte: ‘Quítate y arrójate al mar’ y no vacile en su corazón sino que crea que va a suceder lo que dice, lo obtendrá.”

Oremos:

Señor, danos fe, como el grano de mostaza…Ilumínanos y permítenos llevar una vida recta, justa, buena…que persigamos la paz, la reconciliación…que promovamos la esperanza, el encuentro, el perdón, el amor…Haznos instrumentos de fe….Danos valor para actuar con la energía y firmeza suficientes cuando sea necesario, para no actuar con condescendencia ni complicidad con el pecado, con el mal, la soberbia y la ambición…  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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abr 11 2010

Marcos 16, 9-15

Texto del evangelio (Mc 16, 9-15)

Jesús resucitó en la madrugada, el primer día de la semana, y se apareció primero a María Magdalena, de la que había echado siete demonios. Ella fue a comunicar la noticia a los que habían vivido con Él, que estaban tristes y llorosos. Ellos, al oír que vivía y que había sido visto por ella, no creyeron. Después de esto, se apareció, bajo otra figura, a dos de ellos cuando iban de camino a una aldea. Ellos volvieron a comunicárselo a los demás; pero tampoco creyeron a éstos. Por último, estando a la mesa los once discípulos, se les apareció y les echó en cara su incredulidad y su dureza de corazón, por no haber creído a quienes le habían visto resucitado. Y les dijo: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación».

Reflexión: Mc 16, 9-15

Hoy, el Evangelio nos ofrece la oportunidad de meditar algunos aspectos de los que cada uno de nosotros tiene experiencia: estamos seguros de amar a Jesús, lo consideramos el mejor de nuestros amigos; no obstante, ¿quién de nosotros podría afirmar no haberlo traicionado nunca? Pensemos si no lo hemos mal vendido, por lo menos alguna vez, por un bien ilusorio, del peor oropel. En segundo lugar, aunque frecuentemente estamos tentados a sobrevalorarnos en cuanto cristianos, sin embargo el testimonio de nuestra propia conciencia nos impone callar y humillarnos, a imitación del publicano que no osaba ni tan sólo levantar la cabeza, golpeándose el pecho, mientras repetía: «Oh Dios, ven junto a mí a ayudarme, que soy un pecador» (Lc 18,13).

Afirmado todo esto, no puede sorprendernos la conducta de los discípulos. Han conocido personalmente a Jesús, le han apreciado los dotes de mente, de corazón, las cualidades incomparables de su predicación. Con todo, cuando Jesucristo ya había resucitado, una de las mujeres del grupo —María Magdalena— «fue a comunicar la noticia a los que habían vivido con Él, que estaban tristes y llorosos» (Mc 16,10) y, en lugar de interrumpir las lágrimas y comenzar a bailar de alegría, no le creen. Es la señal de que nuestro centro de gravedad es la tierra.

Los discípulos tenían ante sí el anuncio inédito de la Resurrección y, en cambio, prefieren continuar compadeciéndose de ellos mismos. Hemos pecado, ¡sí! Le hemos traicionado, ¡sí! Le hemos celebrado una especie de exequias paganas, ¡sí! De ahora en adelante, que no sea más así: después de habernos golpeado el pecho, lancémonos a los pies, con la cabeza bien alta mirando arriba, y… ¡adelante!, ¡en marcha tras Él!, siguiendo su ritmo. Ha dicho sabiamente el escritor francés Gustave Flaubert: «Creo que si mirásemos sin parar al cielo, acabaríamos teniendo alas». El hombre, que estaba inmerso en el pecado, en la ignorancia y en la tibieza, desde hoy y para siempre ha de saber que, gracias a la Resurrección de Cristo, «se encuentra como inmerso en la luz del mediodía».

Comentario: P. Raimondo M. SORGIA Mannai OP (San Domenico di Fiesole, Florencia, Italia)

Oremos:

Padre Sato, perdónanos nuestro egoísmo, nuestra falta de sensibilidad y ayúdanos a salir de nosotros mismos, para darnos a los demás, especialmente a los que tenemos más cerca, a los que tenemos casi el deber de amar, de hacer felices, de llevar esperanza y paz. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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mar 12 2010

Marcos 12, 28b-34

Texto del evangelio (Mc 12, 28b-34)

En aquel tiempo, uno de los maestros de la Ley se acercó a Jesús y le hizo esta pregunta: «¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?». Jesús le contestó: «El primero es: ‘Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas’. El segundo es: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. No existe otro mandamiento mayor que éstos».

Le dijo el escriba: «Muy bien, Maestro; tienes razón al decir que Él es único y que no hay otro fuera de Él, y amarle con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a si mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios». Y Jesús, viendo que le había contestado con sensatez, le dijo: «No estás lejos del Reino de Dios». Y nadie más se atrevía ya a hacerle preguntas.

Reflexión: Mc 12, 28b-34

El Señor resume así todas las enseñanzas y los mandamientos. No hay que darle más vueltas. No hay matices, ni tampoco hay nada más allá de esto, ni en otra perspectiva. No tratemos de encontrar otras explicaciones, porque no existen…Son puras tretas del demonio, que trata de engañarnos, de enredarnos. El mensaje es así de simple y si sólo pudiéramos quedarnos con estas líneas del evangelio, bastaría para trazar una vida recta, al servicio de Dios y nuestros hermanos, que es todo lo que quiere enseñarnos el Señor.

Es verdad que alguien podría decir, entonces por qué la “tremenda” Biblia…incluso el Nuevo Testamento, es decir los Evangelios y las cartas de los Apóstoles le podrían resultar extensos. Ello se explica, porque somos duros para entender y Dios Padre se toma todo el tiempo necesario para enseñarnos de diversas maneras y en diversas circunstancias esta gran verdad, este único mensaje. Jesús mismo lo reitera una y otra vez y de distintas maneras.

El mensaje es único y contundente, por eso “nadie más se atrevía ya a hacerle preguntas.” ¿Qué podían decir? El Señor había hablado con autoridad y había revelado con suma claridad toda su prédica, toda la verdad. No se trata de interpretaciones…Además, ni si quiera hay lugar a ellas. Se trata de ordenar la vida al servicio de Dios y de nuestros hermanos. Dios, nuestro Padre, nos ha dado todo…a Él debemos tornarlo a través de nuestros hermanos. Amando y sirviendo a ellos, le amamos y servimos a Él.

No necesitamos exégetas, ni sabios, ni teólogos para interpretar estas palabras. El Señor no habla en difícil para que luego lo interpreten los escogidos, los especialistas. El Señor habla en lenguaje sencillo, al alcance de todos, para que todos lo conozcamos y nos convirtamos, es decir, para que cambiemos y ordenemos nuestra vida en función de esta verdad revelada. ¿Cómo? Haciendo que en cada paso, en cada ocasión, tengamos en cuenta la voluntad de Dios, poniéndonos al servicio del Reino y por ende, de nuestros hermanos. No hay más vuelta que darle. ¿Cómo has de hacer esto en tu vida? Es algo que tú debes discernir, siendo honesto y sincero contigo mismo. Pues tu sabes mejor que nadie de qué se trata. No le busques 5 pies al gato. Hazte este buen propósito y trata de cumplirlo HOY.

Oremos:

Padre Santo, ayúdanos para saber discernir y orientar nuestra vida al servicio del Reino y por lo tanto al servicio de nuestros hermanos. Que aprendamos a verte en cada uno de ellos. Que por nada los dejemos abandonados, librados a su suerte. Que intervengamos con decisión, pero sobre todo con amor, allí donde debamos. Que dejemos las excusas, las disculpas y los miedos…que nos desinstalemos, porque es solo dando que se recibe. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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feb 16 2010

Marcos 8, 14-21

Texto del evangelio (Mc 8, 14-21)

En aquel tiempo, los discípulos se habían olvidado de tomar panes, y no llevaban consigo en la barca más que un pan. Jesús les hacía esta advertencia: «Abrid los ojos y guardaos de la levadura de los fariseos y de la levadura de Herodes». Ellos hablaban entre sí que no tenían panes. Dándose cuenta, les dice: «¿Por qué estáis hablando de que no tenéis panes? ¿Aún no comprendéis ni entendéis? ¿Es que tenéis la mente embotada? ¿Teniendo ojos no veis y teniendo oídos no oís? ¿No os acordáis de cuando partí los cinco panes para los cinco mil? ¿Cuántos canastos llenos de trozos recogisteis?». «Doce», le dicen. «Y cuando partí los siete entre los cuatro mil, ¿cuántas espuertas llenas de trozos recogisteis?» Le dicen: «Siete». Y continuó: «¿Aún no entendéis?».

Reflexión: Mc 8, 14-21

Efectivamente, nos cuesta entender y creer. Vemos que ocurre ante nuestros ojos a cada rato, una y mil veces. Pero aún así no creemos. Somos duros; somos testarudos.  Por eso hasta el Señor se llega a exasperar, sobre todo con los que están más cerca de Él, con los que han sido testigos de excepción, con sus favoritos.

La verdad es que no solo los discípulos que lo acompañaron físicamente hace 2 mil años, han podido ver sus maravillas. A nosotros también nos ha cabido la ocasión de contemplarlas. En más de una oportunidad en nuestras vidas hemos tenido la certeza de haber recibido un favor suyo, algo que no hubiera podido ser sin su participación, algo que definitivamente no merecíamos. Lo malo es que, después de un tiempo, tendemos a minimizarlo, a banalizarlo. Muy pronto lo olvidamos y hasta nos parece mentira que haya ocurrido…Es bueno que así sea, pues nos recuperemos de nuestras heridas, pero es malo que efectivamente olvidemos que estuvimos en presencia de un auténtico milagro.

Nuestras vidas están plagadas de ellos. Pero es nuestra soberbia, que pretende que somos autosuficientes, que somos extraordinarios (en verdad lo somos) y que por lo tanto nos merecemos todo (eso no tanto).  De este modo, muy pronto volvemos a las andadas, dudando y pecando. Por eso el Señor como a sus discípulos nos repite: “¿Aún no entendéis?”.

¿Qué necesitamos? ¿Ver volar una ballena llevando una gacela en sus espaldas? No seamos incrédulos. No seamos necios. No hagamos que se nos repita una y otra vez la misma lección. ¡Hasta cuando!

En verdad asumimos una actitud infantil y queremos hacernos los que no comprendemos, porque no queremos vivir como Jesús nos propone. No queremos sacrificarnos, ni queremos exponernos al hambre, el dolor, a la tristeza y la miseria. Así, no nos fiamos de Jesús y queremos tenerlo todo previsto, todo fríamente calculado, contando con todo lo necesario para cumplir nuestra misión, sin tener que poner en juego nada, muchísimo menos lo poco que tenemos. Así, ellos, estando con Jesús, hablaban sin embargo acerca de su preocupación porque “no tenían panes”.  ¿No es para  exasperar a cualquiera? Como si fueran nuevos, como si recién estuvieran conociendo y descubriendo a Jesús. Por eso Él les dice: “¿Es que tenéis la mente embotada? ¿Teniendo ojos no veis y teniendo oídos no oís?” Podríamos muy bien traducirlo a “¿es que sois tontos o os hacéis? Es que ya antes, como se los recuerda,  delante de ellos había realizado el milagro de la multiplicación de los panes y peces, hasta en dos oportunidades…

Oremos:

Señor, aparta de mi la necedad, la bobería. No permitas que sea un lloricón, que a todo le teme y que no está dispuesto a confiar en Ti cuando hay que jugársela, porque para eso nos has convocado, para eso nos has llamado, para eso nos has preparado. ¡Hasta cuando! Ya vamos a entregar nuestros huesos y seguimos temiendo al cuco…? Aparta de nuestros labios la excusa pueril. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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feb 15 2010

Marcos 8, 11-13

Texto del evangelio (Mc 8, 11-13)

En aquel tiempo, salieron los fariseos y comenzaron a discutir con Jesús, pidiéndole una señal del cielo, con el fin de ponerle a prueba. Dando un profundo gemido desde lo íntimo de su ser, dice: «¿Por qué esta generación pide una señal? Yo os aseguro: no se dará a esta generación ninguna señal». Y, dejándolos, se embarcó de nuevo, y se fue a la orilla opuesta.

Reflexión: Mc 8, 11-13

El Señor se exaspero. Pocas veces muestra esta mortificación, esta molestia. Ahora solo puedo recordar la expulsión de los comerciantes del templo. Sin embargo se me antoja que esta es similar. Con el perdón de mi Señor, es casi un “ajo” nuestro…No, en realidad es mucho más que eso. Es una santa impaciencia con estos hipócritas, que andan buscando cualquier excusa, cualquier pretexto para sacudirse de la responsabilidad. No están dispuestos a creer si no tienen el show lleno de luces y fanfarria frente a sus ojos…Y aun si lo ven hoy, lo volverán a pedir mañana. Es que en realidad no están dispuestos a seguir a Jesús, nada más que de boca.

¡¿Qué más quieren?! Parece querer decir Jesús. ¡No sean cínicos! ¡No sean mentirosos! ¡¿A quién pretenden engañar?! ¡Ya basta de tonterías! ¡Déjense de excusas! Eso es lo que me parece oír en ese “profundo gemido desde lo íntimo de su ser.”

Detengámonos ahí, que no es cualquier cosa. Es una sensación que lo envuelve todo, que brota incontenible y trasunta todo. Puedo ver a Jesús desencajado, decepcionado. No quiere oírlos más. No quiere saber nada más de ellos. Tanto que “dejándolos, se embarcó de nuevo, y se fue a la orilla opuesta.”

El Señor no puede soportar a estos cínicos. Los fariseos de entonces, como los de ahora, son aquellos que están a la puerta y ni entran, ni dejan entrar. Son pura pose, puro gesto, pura máscara, pura decoración. Sepulcros blanqueados: blancos por fuera, pero podridos y agusanados por dentro. A los tibios los vomitaré, dice en otra parte el Señor. Eso es lo que siente Jesús en ese momento…asco, nauseas.

No dejará que estos hijos del demonio, seguidores del príncipe de las tinieblas, que prefieren andar por la oscuridad, porque es vergonzoso lo que hacen…No dejará, decíamos, que estos le impongan una agenda.  El tiene sus propios Planes, y en ellos no está el darles gusto, el complacerlos, ni mucho menos ser su payaso, dispuesto a atender sus caprichos y exigencias. ¡Así que ahora quieren señales! No les basta con lo que han visto, lo que han recibido y lo que les han contado…Quieren más. Pero… “Yo os aseguro: no se dará a esta generación ninguna señal.”

Así que desde ya estamos advertidos; vano es el esfuerzo que hacemos por inventar excusas. Nosotros sabemos muy bien quien es Jesús y qué nos pide. No andemos pidiéndole evidencias que no nos las dará. No pongamos excusas para dejar de hacer lo que debemos, que ni nosotros nos las creemos, ni mucho menos Jesús. Digamos francamente que no nos interesa, pero no andemos con engaños y más aun, tengamos cuidado de no hacer caer a nuestros hermanos con nuestro cinismo…más nos valdría que nos pusieran una rueda de molino y nos echaran al mar.

Ese es Jesús. Esa su exigencia, así que basta de contemplaciones y medias tintas. O estamos o no estamos.

 

Oremos:

Señor Jesús, no queremos ser como estos fariseos, buscando excusas para evadir nuestras responsabilidades. No nos dejes caer en el engaño del demonio, que en todo mete su cola, para desviarnos del camino, sembrando dudas, temores y poniendo obstáculos absurdos. Queremos trabajar en la construcción del Reino. Danos salud y energía suficientes para avanzar en esa dirección. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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feb 13 2010

Marcos 8, 1-10

Texto del evangelio (Mc 8, 1-10)

En aquel tiempo, habiendo de nuevo mucha gente con Jesús y no teniendo qué comer, Él llama a sus discípulos y les dice: «Siento compasión de esta gente, porque hace ya tres días que permanecen conmigo y no tienen qué comer. Si los despido en ayunas a sus casas, desfallecerán en el camino, y algunos de ellos han venido de lejos». Sus discípulos le respondieron: «¿Cómo podrá alguien saciar de pan a éstos aquí en el desierto?». Él les preguntaba: «¿Cuántos panes tenéis?». Ellos le respondieron: «Siete».

Entonces Él mandó a la gente acomodarse sobre la tierra y, tomando los siete panes y dando gracias, los partió e iba dándolos a sus discípulos para que los sirvieran, y ellos los sirvieron a la gente. Tenían también unos pocos pececillos. Y, pronunciando la bendición sobre ellos, mandó que también los sirvieran. Comieron y se saciaron, y recogieron de los trozos sobrantes siete espuertas. Fueron unos cuatro mil; y Jesús los despidió. Subió a continuación a la barca con sus discípulos y se fue a la región de Dalmanuta.

Reflexión: Mc 8, 1-10

Este seguramente es uno de los fundamentos de aquel famoso dicho: “Dios proveerá”. Es que a quien lo sigue Él da y da a manos llenas, suficiente para saciarse y que todavía sobre. Así de generoso es Jesús con los suyos, con los humildes, con los que por seguirlo han abandonado todo, olvidando incluso necesidades primordiales, como el pan de cada día. El reto está en creerle y seguirle.

Somos duros para abandonarnos es sus brazos, para dejarnos atrapar por su voluntad, siguiéndola ciegamente, convencidos que ella es la respuesta a todas nuestras interrogantes e inquietudes. Nos falta fe. Nuestros pasos son calculados, dubitativos. Como Pedro, somos incapaces de caminar sobre el agua, aun cuando sea el mismo Jesús el que nos invita. Tenemos miedo, dudamos. Por eso es que seguramente queremos ver tanto prodigio realizado y aun viéndolo, no nos convencemos plenamente.

«Siento compasión de esta gente, porque hace ya tres días que permanecen conmigo y no tienen qué comer. Si los despido en ayunas a sus casas, desfallecerán en el camino, y algunos de ellos han venido de lejos». El Señor se conmueve y siente compasión por aquel que lo busca, por aquél que lo sigue. Si, algún sacrificio es necesario, seguramente, como el de esta gente que ya lo seguía 3 días en el desierto…Ojo con este dato, en el desierto y en ayunas…En el desierto no hay nada, ni dónde comprar una bebida o algo para comer y en aquel entonces, menos. El desierto es el vacío, la soledad, la inclemencia, la gran dificultad, la imposibilidad de conseguir si quiera algo para saciar el hambre y la sed. En esta situación y solos, lo más probable es que moriríamos. La prudencia nos diría que no podemos alejarnos mucho ni por tanto tiempo, porque a más lejanía y a más tiempo, mayor el peligro de no poder volver, de no poder seguir.

Sin embargo, en nada de esto pensaron quienes seguían a Jesús. Por eso, Él, conociendo sus necesidades, sintió compasión, e intervino. Pero hay algo sumamente importante e su intervención. No hizo aparecer unos panes y unos peces de la nada, como seguramente hubiera podido hacer, sino que hizo poner en común todo lo que tenían. Fue al compartir que se enriquecieron y pudieron saciar todos su apetito, al extremo que sobró.

¿Cuántos en tales circunstancias estaríamos dispuestos a compartir lo poco que tenemos? Así es la vida. Esta es una regla de oro. Todos vamos atravesando “nuestro desierto”, pero algunos vamos muy premunidos de cuanto creemos necesitar, y sin embargo no estamos dispuestos a compartir nada por temor a que no nos alcance y nos guardamos todo para nosotros, sin importarnos los demás. Quizás en algún momento sentimos pena y arrojamos unas migajas, pero somos incapaces de poner todo en común y sin embargo eso es lo que nos pide Jesús. Quien así lo hace, recibe de sus manos todo cuanto necesita y más.

Esta es la “ley” que hoy debemos aprender. Finalmente una anotación siempre importante: lo que sobra, se guarda…no se desperdicia, no se vota ni sirve para ostentar. Hay que guardar lo que sobra. Pero no puedes pretender guardar y atesorar, mientras haya necesidad. Haz tu mejor esfuerzo con lo que tienes, que Dios hará lo suyo. Comparte y confía. Ten fe.

Oremos:

Señor Jesús, ayúdame a compartir lo que tengo, sobre todo mi tiempo y mi atención; que los de generosamente a cuantos me lo piden y a cuantos lo necesitan, especialmente a mi familia, que muchas veces tengo abandonada por el trabajo o por mis mil obsesiones y temores de lograr algo, sin darme cuenta que ya lo tengo… y que solo debo compartirlo.  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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