Category: Mateo

Mateo 5, 17-19

Texto del evangelio (Mt 5, 17-19)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento. Sí, os lo aseguro: el cielo y la tierra pasarán antes que pase una i o una tilde de la Ley sin que todo suceda. Por tanto, el que traspase uno de estos mandamientos más pequeños y así lo enseñe a los hombres, será el más pequeño en el Reino de los Cielos; en cambio, el que los observe y los enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos».

Reflexión: Mt 5, 17-19

Algo que podemos constatar muy rápido tras estas palabras. Cristo no corrige el Antiguo Testamento, no lo modifica, sino que lo profundiza. No es que queda abolido, sino que se cumple. Él es el Salvador, el Mesías del que se habla a lo largo de muchas profecías. El esperado, el anunciado, ya está aquí. En un sentido, diríamos que se ha cumplido el ciclo. Por eso la división entre Antiguo y Nuevo Testamento.

La Antigua Alianza es a de la esperanza, la de la promesa. Dios Padre sabrá acordarse de nosotros y nos salvará. Los creyentes,  hemos de vivir de un modo que se condiga con los Mandamientos de la Ley de Dios. Esto es lo menos que se espera de un creyente antes de Cristo.

Con Cristo y a partir de Cristo, centro de la historia, se da cumplimiento al Antiguo Testamento, porque la promesa ha llegado, está aquí y nos ha Salvado. Con Cristo comienza otra historia, que es continuación de la primera; que se hace sobre la primera. Es en este sentido que, como dice Jesús, “No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento.”

El Nuevo Testamento es, diríamos, el penúltimo paso en la historia de la Salvación. Penúltimo, porque el último nos toca a nosotros.  Jesús ha restaurado la Alianza que por su soberbia había roto el hombre con Dios Padre. Jesús, con su vida, con su muerte en la cruz y con su resurrección, es decir con su sangre, ha sellado la alianza. Nos ha enseñado un Mandamiento que está en el fondo, por encima y más allá de los Mandamientos de la Ley de Dios: el del Amor. Esa es la nueva era que ha venido a inaugurar. Esa es la esencia del Nuevo Testamento.

No es pues, entonces, que ya los 10 Mandamientos han sido abolidos, sino todo lo contrario. La exigencia del Amor va más allá que cualquier ley. El amar a Dios por sobre todas la cosas y a nuestros hermanos como a nosotros mismos,  es el resumen de todas las leyes. No se puede cumplir esta ley, si cumplir las otras… Jesús nos enseña esta ley, con su vida misma, ganando para nosotros la vida eterna. El puente ha sido restaurado; el camino está trazado. El último paso debemos escribirlo nosotros, con nuestra vida. Aceptamos la propuesta de Jesús y transitamos por el Camino, o simplemente lo rechazamos y nos perdemos.

Dios Padre ha cumplido su promesa. Ha enviado a su Hijo, al Salvador. No habrá más señal. La tomamos o la dejamos.  Aunque lo aconsejable, obviamente es tomarla, somos libres de decidir, así que podemos hacer lo que queramos.  Recordando que “el que traspase uno de estos mandamientos más pequeños y así lo enseñe a los hombres, será el más pequeño en el Reino de los Cielos; en cambio, el que los observe y los enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos”.

Oremos:

Padre Santo, danos fe abundante para vivir según Jesús, amando a nuestros hermanos, sin importar la circunstancia, ni mucho menos el trato que nos dan.  Que amemos por sobre todo y al extremo que Jesús. Fortalece nuestro espíritu, para que sepamos afrontar  los embates del enemigo, que en cada esquina y recoveco está tentándonos con lo fácil, lo insensible, lo egoísta, como si todo se redujera a nuestra propia y exclusiva satisfacción temporal… Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

Bookmark and Share

Mateo 18, 21-35

Texto del evangelio (Mt 18, 21-35)

 
En aquel tiempo, Pedro se acercó entonces y le dijo: «Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?». Dícele Jesús: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.

»Por eso el Reino de los Cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos. Al empezar a ajustarlas, le fue presentado uno que le debía 10.000 talentos. Como no tenía con qué pagar, ordenó el señor que fuese vendido él, su mujer y sus hijos y todo cuanto tenía, y que se le pagase. Entonces el siervo se echó a sus pies, y postrado le decía: ‘Ten paciencia conmigo, que todo te lo pagaré’. Movido a compasión el señor de aquel siervo, le dejó en libertad y le perdonó la deuda.

»Al salir de allí aquel siervo se encontró con uno de sus compañeros, que le debía cien denarios; le agarró y, ahogándole, le decía: ‘Paga lo que debes’. Su compañero, cayendo a sus pies, le suplicaba: ‘Ten paciencia conmigo, que ya te pagaré’. Pero él no quiso, sino que fue y le echó en la cárcel, hasta que pagase lo que debía. Al ver sus compañeros lo ocurrido, se entristecieron mucho, y fueron a contar a su señor todo lo sucedido. Su señor entonces le mandó llamar y le dijo: ‘Siervo malvado, yo te perdoné a ti toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también compadecerte de tu compañero, del mismo modo que yo me compadecí de ti?’. Y encolerizado su señor, le entregó a los verdugos hasta que pagase todo lo que le debía. Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si no perdonáis de corazón cada uno a vuestro hermano».

Reflexión: Mt 18, 21-35

Qué rápidos somos para pedir privilegios y ventajas para nosotros mismos. Queremos ser los primeros en la cola, que nos pongan en los primeros lugares, en los que se oye mejor, se ve mejor. Al momento del reparto, queremos ser los primeros, a los que les toque la mejor parte, la más grande, la más sabrosa, la mejor ubicada. Si se trata de pagar, que se nos indulte, que se nos perdone, que se nos rebaje…Pero cuando se trata de cobrar, que sea hasta el último centavo, que sea con creces. “Me las pagará”, decimos…

Pedimos misericordia a Dios, un trato benevolente. Pero no somos capaces de prodigarlo. Somos más proclives y estamos más dispuestos a poner cargas en las espaldas de nuestro prójimo, que nosotros no soportaríamos ni llevaríamos por un instante. Claro, siempre encontramos una excusa para nuestra exigencia con los demás y para la tolerancia con nosotros mismos.

No nos medimos con la misma vara que medimos a nuestros hermanos. Aquí el Señor nos recuerda que debemos ser tan tolerantes y contemplativos con los demás, y sobre todo, tan compasivos, como quisiéramos que fueran con nosotros.  Estamos nuevamente ante una lección de amor…Ama y serás amado. Da y recibirás…Solo recuerda que el primer paso debe ser tuyo, debes darlo tú; no debes esperar que el otro comience, que el otro lo haga, que el otro se allane. Hazlo tú, por amor, por Dios…Hazlo, sin esperar nada a cambio, y obtendrás la recompensa más grande, a la que puede aspirar ser humano alguno: la Vida Eterna, un lugar en el Paraíso, un asiento en la Mesa del Señor.

No lleves cuentas, como el Señor tampoco las lleva contigo. Cuando perdones, perdona de corazón de una sola vez y para siempre. Para eso no puede ni debe haber límites. Perdona las veces que sea necesario. “Hasta setenta veces siete”…Es decir, siempre, sin cuenta…

 

Oremos:

Señor, que no me fije tanto en lo que me dan, en lo que he de recibir, como en lo que doy y hago por los demás. Que esté siempre dispuesto a servirte; que acuda al primer llamado. Que no espere ruegos y súplicas; que me deje conmover por mis hermanos.   Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

Bookmark and Share

Mateo 21, 33-43.45-46

Texto del evangelio (Mt 21, 33-43.45-46)

En aquel tiempo, Jesús dijo a los grandes sacerdotes y a los notables del pueblo: «Escuchad otra parábola. Era un propietario que plantó una viña, la rodeó de una cerca, cavó en ella un lagar y edificó una torre; la arrendó a unos labradores y se ausentó. Cuando llegó el tiempo de los frutos, envió sus siervos a los labradores para recibir sus frutos. Pero los labradores agarraron a los siervos, y a uno le golpearon, a otro le mataron, a otro le apedrearon. De nuevo envió otros siervos en mayor número que los primeros; pero los trataron de la misma manera. Finalmente les envió a su hijo, diciendo: ‘A mi hijo le respetarán’. Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron entre sí: ‘Este es el heredero. Vamos, matémosle y quedémonos con su herencia’. Y agarrándole, le echaron fuera de la viña y le mataron. Cuando venga, pues, el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?».

Dícenle: «A esos miserables les dará una muerte miserable y arrendará la viña a otros labradores, que le paguen los frutos a su tiempo». Y Jesús les dice: «¿No habéis leído nunca en las Escrituras: La piedra que los constructores desecharon, en piedra angular se ha convertido; fue el Señor quien hizo esto y es maravilloso a nuestros ojos? Por eso os digo: se os quitará el Reino de Dios para dárselo a un pueblo que rinda sus frutos».

Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír sus parábolas, comprendieron que estaba refiriéndose a ellos. Y trataban de detenerle, pero tuvieron miedo a la gente porque le tenían por profeta.

Reflexión: Mt 21, 33-43.45-46

¿Cómo aplicar aquí y ahora, a nosotros estás palabras? Lo hemos recibido todo, lo tenemos todo y sin embargo no hemos sido capaces de encaminar adecuadamente nuestra vida. La hemos desperdiciado, dedicándola a fines egoístas, ajenos a aquello para lo cual se nos entregó semejante patrimonio. Lo recibimos en custodia, con la autoridad suficiente para emplearlo de un modo tal que permitiera incrementarlo, acrecentarlo, en orden a la salvación, en orden a la construcción del Reino…¿Y, qué hemos hecho? Estas son las cuentas que nos pide el dueño de la viña.

Si recibimos tanto y en un momento no supimos qué hacer, el nos envió emisarios para explicarnos, para aclararnos y para pedirnos cuentas. ¿A quiénes? ¿Cuándo? Revisa tu vida y responde tu mismo estas preguntas. Se honesto. ¿Nunca se te dijo lo que debías hacer? ¿Lo hiciste? ¿Hiciste caso o más bien te agazapaste en ti y con mucha soberbia rechazaste aquella corrección? Sabías lo que tenías que hacer, y sin embargo preferiste la comodidad, la “tranquilidad”…Huiste del compromiso, y en vez de procurar los frutos que el dueño de la viña esperaba, te dedicaste a otra cosa. Te enviaron dinero para que adquirieras nutrientes, abono, agua para la viña, y tu preferiste emplearlos en otra cosa, descuidando la viña y dejando que la mala yerba crezca por doquier…

Preferiste la farra, la jarana, “el buen vivir”, antes que el trabajo abnegado y sacrificado para lograr los mejores frutos con el patrimonio que se te confió. Obraste posiblemente como muchos, como todos…Desechaste la piedra angular; despreciaste a cuanto emisario y oportunidad de corrección se te dio. No eres digno del Reino…se te quitará para dárselo a otro.

Así de duras y exigentes son las palabras del Señor. Por eso, debemos hacer un alto. Meditar y reflexionar lo que estamos haciendo con nuestra vida. No podemos seguir ciegamente por donde nos empujen, por donde nos llevan los demás. No porque todos lo hacen, yo debo hacerlo. Tengo en mis manos la posibilidad de emplear adecuadamente el patrimonio que se me ha confiado…Y no hay mayor patrimonio que la vida misma. He de orientarla como corresponde y esforzarme porque rinda los frutos que espera el dueño de la viña.

Oremos:

Padre Santo, permite que viva de tal modo que al final pueda decirte con alegría y paz: toma mi vida…Tú me la diste y a ti te la devuelvo. Ilumíname para llevar una vida santa, humilde, fructífera. Enséñame a amar cada día y a ver y oír tu voluntad en cada uno de mis hermanos, en cada acontecimiento. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

Bookmark and Share

Mateo 20, 17-28

Texto del evangelio (Mt 20, 17-28)

En aquel tiempo, cuando Jesús iba subiendo a Jerusalén, tomó aparte a los Doce, y les dijo por el camino: «Mirad que subimos a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado a los sumos sacerdotes y escribas; le condenarán a muerte y le entregarán a los gentiles, para burlarse de Él, azotarle y crucificarle, y al tercer día resucitará».

Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos, y se postró como para pedirle algo. Él le dijo: «¿Qué quieres?». Dícele ella: «Manda que estos dos hijos míos se sienten, uno a tu derecha y otro a tu izquierda, en tu Reino». Replicó Jesús: «No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber la copa que yo voy a beber?». Dícenle: «Sí, podemos». Díceles: «Mi copa, sí la beberéis; pero sentarse a mi derecha o mi izquierda no es cosa mía el concederlo, sino que es para quienes está preparado por mi Padre».

Al oír esto los otros diez, se indignaron contra los dos hermanos. Mas Jesús los llamó y dijo: «Sabéis que los jefes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder. No ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo; de la misma manera que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos».

Reflexión: Mt 20, 17-28

El Señor nos hace ver muy claramente cual debe ser nuestra actitud, como cristianos. Nosotros debemos ponernos al servicio de los demás. “…el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo.”  El Señor no habla figurativamente; no hay que interpretar sus palabras, como muchos pretendemos, acomodándolas a nuestros intereses. Sus palabras son claras y concretas, al mismo tiempo que exigentes. Es que no se puede pretender cambiar el mundo con paños tibios, con medias tintas. Esta tarea exige valor, sacrificio y un cambio diametralmente opuesto en lo que son nuestras aspiraciones.

Ver las cosas como Jesús las ve, no es fácil. Exige un tono espiritual que solo podemos alcanzar con la oración humilde. Acercarnos a Dios Padre cada día, pidiendo que se haga Su Voluntad. Pedirle el valor, la entereza, la fortaleza para ponernos a su disposición cada día, allá donde nos ponga, de modo tal que sea Él y no nosotros el que brille y alumbre la senda a nuestros hermanos. Ponernos al servicio del Reino del mismo modo “que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos”.

No se trata, pues de pedir privilegios ni defenderlos. Como diría San Ignacio, se trata de hacernos indiferentes. Pretender los bienes de este mundo y usarlos, en tanto nos ayuden a Servir al Señor y su Reino, y apartarnos de ellos, desprendernos, dejar de pretenderlos y alejarnos de ellos, en tanto constituyan un impedimento para hacer la Voluntad del Padre. Esta es la ley del “tanto cuanto” que debe guiar nuestras vidas. Pero esto sólo ocurrirá, cuando comprendamos que todo en nuestra vida debe estar al Servicio del Señor. Que todo lo que hacemos y somos debe estar orientado a Su mayor Gloria. No se trata de momentos, ni de ciertas palabras, que erróneamente llamamos “oraciones”, que repetimos como loros y que no tienen nada que ver con nuestras vidas, no. Se trata de la vida misma.

Tenemos que desprendernos a tal punto, o si se quiere, entregarnos a la Voluntad del Padre a tal extremo, que seamos indiferentes y no pretendamos, como la madre de los hijos de Zebedeo y ellos mismos, obtener posición ni privilegio alguno, ni aquí, ni mucho menos en el Reino. ¿Es difícil? ¡Claro que sí! Pero nada es imposible para el Señor y para quien está con Él. Es por eso que debemos pedir que venga su abundante Gracia sobre nosotros. Sin Él, somos nada. Con Él, lo tenemos todo. Con Él, lograremos esto y muchísimo más. Es cuestión de fe. Pongámonos en sus manos.

Oremos:

Padre Santo, purifica nuestros espíritus, límpianos, sánanos, y mándanos ir a Ti. Que no caigamos en la tentación de salirnos de El Camino, que es amarte y servirte con todo lo que tenemos y somos. Que nos entreguemos plenamente al servicio de la construcción del Reino, que no es otro que el servicio a nuestros hermanos. Que no escatimemos esfuerzos y cuando nos sintamos agotados, que seas Tú nuestro descanso. Acrecienta nuestra fe, para que no dejemos de tirar las redes allí donde Tú dispones. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

Bookmark and Share

Mateo 23, 1-12

Texto del evangelio (Mt 23, 1-12)

En aquel tiempo, Jesús se dirigió a la gente y a sus discípulos y les dijo: «En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos. Haced, pues, y observad todo lo que os digan; pero no imitéis su conducta, porque dicen y no hacen. Atan cargas pesadas y las echan a las espaldas de la gente, pero ellos ni con el dedo quieren moverlas. Todas sus obras las hacen para ser vistos por los hombres; se hacen bien anchas las filacterias y bien largas las orlas del manto; quieren el primer puesto en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas, que se les salude en las plazas y que la gente les llame “Rabbí”.

»Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar “Rabbí”, porque uno solo es vuestro Maestro; y vosotros sois todos hermanos. Ni llaméis a nadie “Padre” vuestro en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre: el del cielo. Ni tampoco os dejéis llamar “Doctores”, porque uno solo es vuestro Doctor: Cristo. El mayor entre vosotros será vuestro servidor. Pues el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado».

Reflexión: Mt 23, 1-12

Muy claramente, para que no quepa dudas, Jesús nos indica cual debe ser nuestra actitud en el mundo. Cómo debemos pasar por él, sin aspavientos, sin pretensiones. Nosotros debemos estar al servicio de los demás.

Cuando uno adquiere un puesto de importancia, adquiere también responsabilidades, a veces muy difíciles de cumplir. Necesita de la colaboración de todos y para eso tiene que actuar como líder. Tiene que saber motivar y arrastrar a los demás en la dirección correcta, a fin de lograr las metas que se ha propuesto o que los jefes esperan de él.

Siempre habremos de preguntarnos si lo que hacemos es correcto, si ello nos conducirá y conducirá a los que trabajan con nosotros a la perfección, a la construcción del Reino, a un bien superior. No hemos de aceptar, pues, tareas destructivas, que hagan daño a los hombres o al mundo en el que vivimos. Tenemos que ser críticos y aplicar nuestro buen juicio; para ello tenemos a nuestro Maestro, Jesús, que nos ayudará a dilucidar lo conveniente, lo correcto.

Porque nosotros, los cristianos, no podemos tener una vida doble, una vida dual, en la que una cosa es lo que hacemos y otra la que decimos y confesamos, sin importar el cargo que desempeñemos. Así es como actúan los fariseos, nos lo recuerda el Señor. Dicen una cosa, pero hacen otra. Y ponen cargas a sus empleados, a sus siervos, a sus seguidores, que ellos no llevarían ni por un segundo en sus espaldas. Qué fácil es culpar a los demás, exigir comportamientos, responsabilidades y tareas imposibles, que anulan sus vidas, que les restan libertad, que los inutilizan, que los deprimen, que los hunden, al no poder lograr las metas, pese a los múltiples esfuerzos y sacrificios que realizan y encima no obtener reconocimiento alguno, precisamente porque no lograron lo que se les exigía.

El Señor nos exige empatía con nuestros empleados, con nuestros siervos. E incluso, como siempre, va más allá. Debemos actuar como siervos, en lugar de estar regocijándonos con loas y reconocimientos a nuestra embestidura. Nuestro proceder debe hacer evidente a los demás que tenemos un solo Maestro, un solo Padre  y un solo Doctor, del que proviene la sabiduría, el amor y el servicio.

Se trata, pues, de actuar como hombres y mujeres nuevos, al servicio del Reino, y por lo tanto, al servicio de los demás. Oír, atender, escuchar…ser sensible a las necesidades de los demás, más aún si contigo se encuentran al servicio de una empresa, de un negocio. Tener en cuenta siempre las altas metas que el Señor nos propone, que están por encima de los fines particulares de cualquier emprendimiento mundano, que habrán de perseguir la promoción del ser humano y nunca su humillación. Nada justifica humillar a tu hermano. Por el contrario, si de humillación se trata, debe empezar por ti. Eso es lo que nos enseña Jesús…No a salvar nuestro “buen nombre” y reputación a costa de un “infeliz”, de un “pobre diablo”, como lamentablemente tendemos a hacer. Nos comparamos, juzgamos y nos sentimos superiores a los humildes y por lo tanto, menos merecedores de humillación. Si alguien habrá de salir perdedor y humillado de esta contienda, será siempre el otro, porque “yo soy harina de otro costal”. “No sabe con quién se ha metido…” son las palabras de quien no reconoce, ni admite humillación alguna posible. “Antes, muerto”….

Un momentito…¿Por qué no te detienes a meditar un poco en torno al escenario? ¿Qué está pasando? ¿Estás seguro que la verdad está contigo? ¿Esta “verdad” implica pasar como una aplanadora por encima de las vidas de algunos o de alguien en especial? ¿Crees que eso puede venir de un Dios que es Padre? ¿Al servicio de quién estás: de este Padre, tuyo o del demonio? Piensa, medita, reflexiona, ora….

Oremos:

Señor, danos tu luz para ver claramente en nuestras vidas, que seguimos el Camino correcto, que no nos estamos engañando, huyendo solamente de la humillación o buscando solamente que nos ensalcen, porque somos incapaces de equivocarnos, porque de nosotros solo pueden venir cosas buenas…porque la razón nos acompaña en todo, porque somos superiores, elegidos…¡Danos humildad para reconocer nuestras faltas, nuestra imperfección! Sobre todo, danos sensibilidad para sentir y amar como Tú. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

Bookmark and Share

Mateo 5, 43-48

Texto del evangelio (Mt 5, 43-48)

 
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Habéis oído que se dijo: ‘Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo’. Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa vais a tener? ¿No hacen eso mismo también los publicanos? Y si no saludáis más que a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de particular? ¿No hacen eso mismo también los gentiles? Vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial».

Reflexión: Mt 5, 43-48

El llamado del Señor es exigente. No se trata de hacer lo que más nos gusta y acomoda…se trata siempre de ir más allá. No basta con tratar bien a quienes también nos tratan bien…hay que hacerlo con los que nos aborrecen, con los que no nos quieren, con los que preferiríamos evitar. ¿Díganme si este es un camino fácil? Hay que tener mucho valor y coraje para hacerlo. Hay que ser fuertes…Hay que tener muy claro los motivos por los que estás dispuesto a nadar contra corriente. ¡Sí! Eso es lo que espera de ti el Señor, que seas capaz de ir contra corriente. Por eso nos pide nacer de nuevo…Es que el seguimiento del Señor exige otro esquema mental, otros valores, una óptica, una perspectiva distinta.

El que pretende seguirlo siendo uno más, haciendo lo que todos hacen, comportándose como siempre, sin ningún esfuerzo y dando “ojo por ojo y diente por diente”, ese está totalmente equivocado. Ese es el camino fácil, el camino de la multitud. Nosotros estamos llamados a atravesar la puerta estrecha, a pasar por al lugar que todos descartan, a atender al despreciado, al marginado, al que nadie quiere.

No, hasta ahí no llegamos…Yo, saludar al antipático aquél, que encima me hizo quedar mal y me maltrató frente a mis amigos. Contestarle y tratarlo por lo menos en forma educada y condescendiente a aquél que no tuvo reparo en decirme animal y humillarme delante de todos, porque había cometido un error…¡Jamás!

Eso somos. Así somos. Por eso no servimos para el Reino. ¿Creías que seguir a Jesús consistía en comprar estampitas, poner cara de bueno y no meterse con nadie, procurando pasar desapercibido? Estás muy equivocado. El camino del Señor es para hombres y mujeres INTEGROS, valientes, humildes…Capaces de elevarse por encima de sus mezquindades y mirar al mundo desde otra perspectiva…Desde la perspectiva de Cristo, desde la perspectiva de la Salvación, desde la perspectiva de la Vida Eterna.

No puedes quedarte atrapado en minucias, ni darte por satisfecho con hacer lo mínimo, lo que todos hacen. Y no se trata de ser un nazi, un totalitario que exige a todo el mundo…Se trata de exigirte a ti mismo. Tú tienes que pasar por el crisol y templarte como el acero. Esos son los discípulos a los que llama el Señor. ¿Qué no puedes? ¡Claro que sí! Recuerda que no estás solo. Recuerda que tu y Cristo son mayoría…No necesitas más. Ruega que el Espíritu Santo venga sobre ti, y con eso tendrás de sobra. Mantente firme, mantente en línea. Escoge la senda correcta aun cuando te parezca imposible, aun cuando los demás la abandonen, aun cuando te dejen solo…Si estás por el camino del bien, en realidad nunca estarás solo, el Señor irá contigo. Solamente tienes que ser valiente, arrojado, decidido…El camino del Señor es difícil, pero no imposible. Tu anda la primera milla, el te ayudará a caminar la segunda.

Oremos:

Padre Santo, mientras tenga vida, dame la fuerza y el valor para servirte, en todo lugar, en toda ocasión. Que no caiga preso de mis debilidades, de mis temores. Permite que me sobreponga a todo contigo en mi mente y en mi corazón. Que no tema hacer el ridículo, ni humillarme, si debo correr este riesgo para alcanzarte. Que no deje de sentir compasión por mis hermanos. Que no se endurezca jamás mi corazón…

Concede descanso eterno a las víctimas del terremoto de Chile y dales consuelo a los hombres, mujeres y niños que han perdido un familiar, que lo han perdido todo, que se han quedado sin techo, sin comida, sin agua…Mueve a los corazones generosos y solidarios, para que se hagan cargo de ellos. Permíteme poner mi grano de arena… Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

Bookmark and Share

Mateo 5, 20-26

Texto del evangelio (Mt 5, 20-26) 

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Os digo que, si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los cielos. Habéis oído que se dijo a los antepasados: ‘No matarás; y aquel que mate será reo ante el tribunal’. Pues yo os digo: Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal; pero el que llame a su hermano “imbécil”, será reo ante el Sanedrín; y el que le llame “renegado”, será reo de la gehenna de fuego.

»Si, pues, al presentar tu ofrenda en el altar te acuerdas entonces de que un hermano tuyo tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelves y presentas tu ofrenda. Ponte enseguida a buenas con tu adversario mientras vas con él por el camino; no sea que tu adversario te entregue al juez y el juez al guardia, y te metan en la cárcel. Yo te aseguro: no saldrás de allí hasta que no hayas pagado el último céntimo».

Reflexión: Mt 5, 20-26

Qué fácil es ofendernos. Hablar mal de alguien que no está, que está ausente, en presencia de otros, solo para desprestigiarlo o para justificar nuestro proceder con él. Queremos tener siempre la razón, así que si hemos cometido una injusticia, por ignorancia o simplemente por error, por falta de análisis o comprensión de los hechos, en lugar de enmendarlo, muchas veces por soberbia, insistimos en él, sin reparar en el daño que hacemos.

Estos últimos años hemos inventado o por lo menos redescubierto y relanzado muchos términos nuevos; uno de ellos es la “empatía”, que en pocas palabras significa ponernos en los zapatos del otro…tratar de ver las cosas desde su perspectiva; tratar de entender ese lado en cualquier situación, pero sobre todo en aquellas que muchas veces nos enfrentan inútilmente. ¿Por qué insistir en el insulto, en la diatriba, cuando es posible que si hubiéramos estado en sus pantalones hubiéramos obrado igual? Y si llegamos a ese convencimiento, ¿por qué no enmendar nuestro proceder, bajando la guardia y dejando de apuntar toda nuestra demoledora artillería contra esa persona? ¿Por qué ensañarnos? Definitivamente, aquí Jesús nos dice que esta es obra del mal espíritu; es obra del demonio, que se regodea en la división, en la envidia, en el odio, en las rencillas…

El cristiano está llamado a ir más allá de la justicia. Al cristiano no le interesa cumplir la ley, es muy poco para él. La única ley, la cual debemos esforzarnos por cumplir, es la de la caridad, la del amor, que está más allá y por encima de toda ley. Para quienes no logran entender esta simple pero muy profunda declaración, pasamos a explicar. La ley fija en mi país un “salario mínimo vital” con el cual todo el mundo, empezando por los legisladores (es decir los que dan la ley) saben que no alcanza para vivir. Los empresarios también lo saben. Sin embargo, muchos de ellos, teniendo cómo mejorar la situación de sus trabajadores, prefieren mantenerlos con el sueldo mínimo, ya que de este modo, se justifican, “están cumpliendo con la ley, por lo que nadie tiene nada que objetarles.  Son justos”. . .

Pero esta no es la justicia que manda el Señor. La justicia Divina va más allá. Tiene que ver con la caridad, con el amor. Obliga a este empresario a reconocer que esta es una mala ley, que hay error en ella y que mientras pueda y esté realmente a su alcance, se esforzará en enmendarla. Le costará, seguramente muchos disgustos, pues muchos de sus socios y accionistas no estarán dispuestos a comprender…Tendrá que convencerlos…Esta será, tal vez, su forma de evangelizar al mundo y ayudar a los menos favorecidos, en este caso, a sus trabajadores y sus familias…Es que el cristiano está obligado a ir más allá de la ley.

Lo justo y lo injusto en criterios mundanos, es lo mínimo que todo el mundo está dispuesto a cumplir. Es lo menos que se puede exigir a cualquier persona, a cualquier ser humano. Pero no podemos olvidarnos que estas leyes han sido hechas por hombres, muchas veces limitados por su conveniencia o su estrecho entender. Así el Señor Feudal tenía derechos sobre la mujer de sus siervos y ninguna mujer podía acceder a cargos públicos, a votar o usar pantalones…El cristiano no puede escudarse en la ley. Tiene que examinar su corazón y asegurarse que obra con caridad, guiado por el Espíritu Santo.

Oremos:

Señor, ayúdanos a perdonar. Que no guardemos rencor por nadie ni nada. Y que mientras esté a nuestro alcance, tratemos de reconciliarnos con todos, reconociéndonos como hermanos, hijos de un mismo Padre. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

Bookmark and Share

Mateo 7, 7-12

Texto del evangelio (Mt 7, 7-12) 

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide recibe; el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá. ¿O hay acaso alguno entre vosotros que al hijo que le pide pan le dé una piedra; o si le pide un pez, le dé una culebra? Si, pues, vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que se las pidan! Por tanto, todo cuanto queráis que os hagan los hombres, hacédselo también vosotros a ellos; porque ésta es la Ley y los Profetas».

Reflexión: Mt 7, 7-12

Pide, busca, llama. A eso nos anima Jesús. No estamos solos. Él está con nosotros. Entonces, no tenemos excusas para no hacer la voluntad del Padre. No es siempre fácil. Tenemos que armarnos de valor y amar a todo el mundo. No solo a quienes les caemos bien, a quienes nos aman, sino incluso a quienes no nos aman, a quienes nos aborrecen, a quienes nos maltratan. Esta es la única forma de levantarse por encima de todos y cumplir con lo que Dios nos manda.

Pero, no dejemos de pedir. No pongamos todo sobre nuestros hombros, como si estuviéramos solos. ¡No!, no estamos solos. El Señor nos acompaña siempre, y no nos abandona ni en las buenas, ni en las malas. Ese es su ofrecimiento hoy.

Una lección de vida es que, quien siembra vientos, cosecha tempestades. Debemos pues tener cuidado con el trato que damos a nuestros hermanos. Dejar de lado la pedantería, que a veces asumimos como resultado de un cargo, de una distinción, de un reconocimiento. Nosotros debemos ser humildes siempre, cuanto más cuando nuestro interlocutor también lo es. No debemos andar por ahí haciendo aspavientos de lo que recibimos, todo lo contrario debemos promover la caridad. Debemos actuar con desprendimiento, sin aferrarnos a nada, recordando que las cosas tienen valor en tanto cuanto nos ayudan a cumplir nuestra misión, en consecuencia, debemos hacer uso de ellas en tanto nos acercan al Señor y alejarnos, en cuanto nos lo impiden.

Al empezar nuestro día, meditemos un poco en torno a él. Planifiquémoslo, para que no nos sorprenda, sobre todo en lo que respecta a la actitud que habremos de tener con los demás. No nos dejemos esclavizar por nuestro carácter. Hay algunos encuentros que podemos anticipar; hagamos que sean distintos, generosos, armónicos, pacíficos, esperanzadores, cariñosos, amistosos…No demos por hecho que con este o con aquél es imposible…Pongamos buen espíritu y buen corazón, y pidámosle al Señor que nos ayude en estos buenos propósitos.  Recordemos las palabras de esta lectura: “Por tanto, todo cuanto queráis que os hagan los hombres, hacédselo también vosotros a ellos; porque ésta es la Ley y los Profetas.”

Oremos:

Padre Santo, ayudanos en nuestro propósito de cambiar el mundo, de acercarlo cada día más a Ti. Que nuestros gestos, nuestras palabras sean señales de esperanza para cuantos nos rodean en cada ocasión, que permitan traslucir el Espíritu Santo, que es finalmente quien nos mueve y anima. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

Bookmark and Share

Mateo 6, 7-15

Texto del evangelio (Mt 6, 7-15) 

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Al orar, no charléis mucho, como los gentiles, que se figuran que por su palabrería van a ser escuchados. No seáis como ellos, porque vuestro Padre sabe lo que necesitáis antes de pedírselo.

»Vosotros, pues, orad así: ‘Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu Nombre; venga tu Reino; hágase tu Voluntad así en la tierra como en el cielo. Nuestro pan cotidiano dánosle hoy; y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros hemos perdonado a nuestros deudores; y no nos dejes caer en tentación, mas líbranos del mal’. Que si vosotros perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas».

Reflexión: Mt 6, 7-15

Me parece que no me equivoco al pensar que con el Padre Nuestro ocurre una paradoja. El Señor nos enseña una oración muy simple, pero de un significado muy profundo e íntegro, que prácticamente podría constituir el recuerdo de nuestra hoja de ruta, de nuestro plan de vida. Hemos de comportarnos así, es decir adoptando los valores y principios que nos propone esta oración. ¿Cómo no habría de reunir lo esencial, si fue el mismo Jesús que nos la enseñó, que nos la puso de modelo?

La paradoja está en que nos la enseñó Jesús para que no andemos llenándonos de palabras sin sentido al dirigirnos a Dios. Para que seamos concretos en lo que debemos pedir, siendo esta oración una manifestación de nuestra propia forma de vida. Porque no podemos orar de un modo y vivir de otro. La oración ha de ser un reflejo de la vida misma…Una confesión de fe; una adhesión a la Voluntad Divina en cada uno de los actos de nuestra vida cotidiana. De otro modo serán palabras huecas y sin sentido. Y eso es lo que lamentablemente hemos hecho del Padre Nuestro. La hemos aprendido de memoria y la recitamos quinientas veces, un millón de veces, sin reparar en lo que decimos, convirtiéndose, entonces, en una fórmula memorística, hueca y sin significado, tanto como el discurso interminable de aquellos que pretender palabrear, chamullar a Dios.

Ojala nos detuviéramos un momento a analizar lo que decimos y lo dijéramos de corazón. Con esta sola oración bastaría. Eso fue lo que nos reveló Jesús, para que no andemos con rodeos. Jesús nos llama a seguirlo; hemos pues de asumir el Padre Nuestro como nuestro programa.

“Padre nuestro”, es nuestra primera confesión, tras la cual estamos reconociendo que Dios es nuestro Padre, nuestro creador. Nosotros somos sus hijos y como tales, le debemos obediencia. Además, si todos somos sus hijos, quiere decir que somos hermanos, por lo tanto nos debemos amor fraterno. Mi prójimo no es cualquier cosa: es mi hermano, tanto si es rico, como pobre, lisiado, como intelectual o alcohólico…

“…que estás en los cielos, santificado sea tú Nombre”, es decir que nuestro Padre, ocupa un lugar de mucho respeto en nuestra vida. Todo lo ha hecho y creado para nosotros, por lo tanto, lo menos que podemos es honrarlo, usando todo como corresponde, de este modo estaremos santificando su Nombre. Cuando blasfemamos, cuando maldecimos, cuando nos impacientamos y descontrolamos, cuando actuamos violentamente, dejamos de reconocerlo y santificarlo en todo.

“Venga tu Reino”, es pues un reconocimiento de lo que queremos alcanzar, de cómo queremos vivir. El Reino de Dios es un Reino de amor y Jesús mismo nos lo dice, “no es de este mundo”. Quiere decir entonces que estamos dispuesto a nacer de nuevo, a cambiar, para guardar correspondencia con él. Si eso es lo que queremos, hemos de vivir como Él nos manda.

“…hágase tu Voluntad así en la tierra como en el cielo”, es la adhesión plena a lo que Dios disponga, sabiendo que todo lo  ha hecho bien y que estamos dispuestos a cumplir con lo que Él nos indique. Es aquí en la tierra donde a nosotros nos corresponde hacer su Voluntad. No tenemos que encerrarnos en elucubraciones filosóficas respecto al sentido de la vida, y la correspondencia que este puede tener con nuestra super hiper sofisticada vida…No. Se trata de hacer siempre lo correcto y de amar al prójimo…o exagerando, como diría San Agustín: “Ama y haz lo que quieras”. Es que si amas, no harás daño.

“Nuestro pan cotidiano dánosle hoy”, Tú sabes mejor que nadie cuales son nuestras necesidades, no dejes de atenderla hoy también. Nos conformamos con lo que hoy podemos recibir, porque a cada día debe corresponderle su afán. Nosotros debemos concentrarnos en hacer su Voluntad, cada día; no sólo algunos días o en algunos momentos. Ello debe llevarnos a desprendernos de nosotros mismos, de nuestra exigencias, de nuestras aspiraciones, de nuestro deseo de acumular para tenerlo todo asegurado hasta nuestra muerte y después de ella. En cambio el Señor nos aconseja pedir por lo que necesitamos hoy, nada más. Vivamos hoy, como si fuera el último día de nuestras vidas.

“… y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros hemos perdonado a nuestros deudores;” la condición para obtener perdón es perdonar. Si queremos que Dios nos perdone nuestras faltas hemos primero de perdonar a nuestro hermanos y no andar con rencillas, con odios, con injurias y con iras malsanas. Tenemos que aprender a perdonar, hoy. Que al llegar el fin del día, no tengamos deudas con nadie, y que hayamos perdonado de corazón a todos los que las tenían con nosotros…Entonces seremos dignos del perdón que pedimos.

“…y no nos dejes caer en tentación, mas líbranos del mal’”. No permitas que nos salgamos del camino, que nos desviemos, El demonio está al asecho todo el día, buscando tentarnos en nuestra debilidad, allí donde somos más vulnerables…No permitas Señor que esto ocurra. Aléjanos del mal, que existe, que nos rodea, que nos tienta…

Esta es la oración que nos pide Jesús cada día. Este el sentimiento que debe brotar tras el Padre Nuestro. El recuerdo de nuestro compromiso de seguir cada día el Programa, el Plan que nos propone Jesús.

Oremos:

Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu Nombre; venga tu Reino; hágase tu Voluntad así en la tierra como en el cielo. Nuestro pan cotidiano dánosle hoy; y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros hemos perdonado a nuestros deudores; y no nos dejes caer en tentación, mas líbranos del mal’. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

Bookmark and Share

Mateo 16, 13-19

Texto del evangelio (Mt 16, 13-19)

En aquel tiempo, llegado Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?». Ellos dijeron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías, otros, que Jeremías o uno de los profetas». Díceles Él: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Simón Pedro contestó: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo».

Replicando Jesús le dijo: «Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos».

Reflexión: Mt 16, 13-19)

Qué duda cabe. De aquí proviene la autoridad de Pedro y de sus sucesores en la Iglesia. Del mismo modo en que Jesucristo reconoce que es Dios Padre quien le ha revelado quien es Jesucristo a Pedro, y con la misma autoridad del Padre es que Jesús instituye su Iglesia, poniendo a Pedro como cimiento, como piedra fundamental sobre la cual “edificaré mi iglesia”.

Este es el papel y el tremendo poder que Dios Padre, por medio de Jesucristo, otorga a Pedro en la Iglesia y con él, a todos sus sucesores hasta Benedicto XVI. Sin duda ha habido tipos en el sillón de Pedro que no lo merecían, que no debieron sucederlo, probablemente, que han hecho más daño que bien. Sin embargo este también es el recuerdo que la Iglesia de Cristo está conformada por hombres, falibles, imperfectos, pero que tienen una gran Misión, que no es otra que la de Cristo. Como toda organización humana, necesitamos una cabeza. Esta es el Papa, que tiene toda la autoridad de atar y desatar…Debemos orar asiduamente por nuestro pastor, para que sople el Espíritu Santo sobre él, y sepa conducir responsablemente y a la altura de la Misión encomendada a la Iglesia, fiel y leal a Cristo, ayudando a construir la ansiada civilización del amor.

Debemos procurar entender que todos los cristianos, es decir, los seguidores de Cristo, tenemos una misma y única misión: propagar el evangelio, que no es otra cosa que acrecentar el Reino. En ese sentido somos un mismo cuerpo, el Cuerpo Místico de Cristo, al servicio de la humanidad, al servicio de la Salvación. Configurados con Cristo, es decir hechos uno con Él, tenemos la misma misión. Es como piedra de toque, como cimiento de este cuerpo, que Cristo nombra y confiere autoridad a Pedro. Es, sin duda, la responsabilidad más grande que ha podido ser conferida a persona alguna. Responsabilidad que, sin embargo, todos compartimos de algún modo, pues todos tenemos la misma misión.

Tenemos pues que conformar una gran comunidad, incluyente, universal. Eso es lo que pretende, con muchos errores, seguramente, la Iglesia Católica, la Iglesia Universal. Ninguno de nosotros puede renunciar a este deber y a esta responsabilidad. En la medida en que cada uno de nosotros actúe apropiadamente, la Iglesia irá cumpliendo su Misión. Somos un solo Cuerpo, que tiene a Cristo a la cabeza, representado aquí por el Papa.

Oremos:

Padre Santo, permítenos entender esta organización que a veces se nos antoja misteriosa, tal vez por tantos ataques que recibe y por qué no, también, por los muchos errores cometidos. Haznos fieles y leales siervos tuyos, entendiendo que solo podemos servirte, sirviendo y amando a nuestros hermanos. Siendo unidos y manifestando amor entre nosotros como partes de un mismo  cuerpo, de una misma Iglesia, porque así te ha parecido bueno. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

Bookmark and Share

Mateo 9, 14-15

Texto del evangelio (Mt 9, 14-15)

En aquel tiempo, se le acercan los discípulos de Juan y le dicen: «¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos, y tus discípulos no ayunan?». Jesús les dijo: «Pueden acaso los invitados a la boda ponerse tristes mientras el novio está con ellos? Días vendrán en que les será arrebatado el novio; entonces ayunarán».

Reflexión: Mt 9, 14-15)

El ayuno es un precepto de la Iglesia, y en ese sentido es sabio, como toda aquella disposición que emana de nuestra Santa Madre Iglesia, que en cualquier caso nos corresponde a los fieles acatar, pero sobre el cual, tenemos derecho a reflexionar, sin que ello lo invalide. Lo malo es que muchas veces por el catecismo aprendemos de memoria estas enseñanzas, y así, descarnadas, no tienen sentido y nos revelamos contra ellas, porque nos resistimos a hacer lo que hay que hacer, simplemente por eso, porque hay que hacerlo. Es decir que sin una explicación razonable y lógica, no estamos dispuestos a nada. No resistimos a cumplir, simplemente porque todo el mundo lo hace o por tradición.

Pero este no es el fundamento del ayuno, como no lo es el de la fe que profesa la Iglesia. El fundamento es Cristo o si preferimos el Amor. Isaias nos da la pauta para el verdadero ayuno: “Parte con el hambriento tu pan, y a los pobres y peregrinos mételos en tu casa; cuando vieres al desnudo, cúbrelo; no los rehuyas, que son hermanos.” (Is 58,7)  No se trata entonces de privarnos, tan solo, sino de compartir lo que tenemos. Y, ese es el verdadero espíritu cristiano que debe prevalecer tras el ayuno. Es decir, una ocasión para exigirnos un poco más. Si siempre estamos buscando el bien, si siempre estamos procurando dar y compartir, en estas ocasiones excepcionales, como el primer viernes de cuaresma, la Iglesia nos recuerda de modo especial este precepto, que debe estar en el fondo de nuestro proceder cotidiano, como cristianos.

Así que ese es el verdadero sentido del ayuno…No tanto privarte, como compartir, aunque ello signifique privarte. Practicar la empatía y la solidaridad con los menos favorecidos, recordando que son hermanos tuyos. Si bien los cristianos estamos llamados a vivir así siempre, hoy debemos recordarlo y practicarlo de modo especial, con mayor conciencia y tal vez con mayor exigencia.

Oremos:

Señor, buscaremos de modo especial el día de hoy ocasiones para expresar con mayor énfasis nuestra empatía y solidaridad con los menos favorecidos que viven a nuestro alrededor, dando siempre testimonio de Ti. Danos tus ojos, tus oídos, tu corazón para ver, oir y sentir como Tú. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

Bookmark and Share

Mateo 6, 1-6.16-18

Texto del evangelio (Mt 6, 1-6.16-18)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial. Por tanto, cuando hagas limosna, no lo vayas trompeteando por delante como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles, con el fin de ser honrados por los hombres; en verdad os digo que ya reciben su paga. Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.

»Y cuando oréis, no seáis como los hipócritas, que gustan de orar en las sinagogas y en las esquinas de las plazas bien plantados para ser vistos de los hombres; en verdad os digo que ya reciben su paga. Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como los hipócritas, que desfiguran su rostro para que los hombres vean que ayunan; en verdad os digo que ya reciben su paga. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu rostro, para que tu ayuno sea visto, no por los hombres, sino por tu Padre que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará».

Reflexión: Mt 6, 1-6.16-18

El Señor nos habla aquí de la actitud que debemos tener los cristianos en la vida. Se trata de agradar a Dios, de ser agradecido, y por lo tanto comportarnos con la misma generosidad con la que Él nos da, con nuestros hermanos. Si tenemos en cuenta que en el fondo todo lo hacemos por Él, que de Él viene todo y que Él ve todo lo que hacemos, no debemos buscar el reconocimiento frívolo de la gente. No es necesario andar publicando lo que hacemos. Es más, nadie tiene por qué saberlo, porque nosotros no buscamos ninguna recompensa, ni reconocimiento aquí en la Tierra. No la negaremos, si llega, porque caeríamos en soberbia, pero ese no ha de ser el motivo de vuestra acción.

Debemos meditar y reflexionar en lo que hacemos cada día, exactamente como lo hacemos al emprender cualquier tarea profana (si existe). Las técnicas de gestión y administración moderna, por ejemplo, nos exigen planificar cada evento, cada tarea, con el propósito de alcanzar una meta, en las que debemos tener en cuenta varios aspectos, como son los productos, los precios, la logística, el embalaje, el traslado, el marketing, la venta, la instalación, la post venta y, el más importante, las personas de las que dependerá la misión, comúnmente conocidos como recursos humanos…

¿Si toda esta ciencia y técnica la desplegamos para desarrollar nuestras tareas cotidianas, por qué no somos capaces de dedicar serena y organizadamente unos minutos diarios a Dios, revisando lo que hicimos hoy, examinando en qué nos equivocamos y cómo podemos enmendarlo, y planificando minuciosamente nuestro próximo día, para que, por lo menos en lo que a nosotros respecta se desarrolle completamente al servicio del Señor?

Eso es lo que nos pide Jesús. En todo lo que hacemos debemos tener en cuenta que hay un Plan Superior, una Misión que está por encima, que no puede estar sujeta a nuestra rutina “mundana”. Es verdad que debemos desplegar ciertas tareas rutinarias, ciertas actividades propias de nuestro trabajo, pero ninguna de estas nos puede esclavizar, ninguna de estas puede significar la postergación del Plan del Señor. Por lo tanto debemos reflexionar a cada paso lo que hacemos. Esto es, ponernos en manos del Señor, pedir su luz y actuar en función de la construcción del Reino. Y esto no lo podremos hacer si no meditamos…Pero más aún, si no oramos. La oración, que es la comunicación, el vínculo que mantenemos con nuestro Padre, debe ser constante, amplia, abierta, íntima, privada…

Tenemos que poner a Su consideración todo lo que hacemos y debemos lograr su aprobación. Esa es la única que nos interesa. Pero ojo, que eso no podrá ser logrado si no estamos en íntima sintonía con Él y eso solo se logra a través de la oración. Tenemos pues que aprender a orar y hacerlo siempre, hasta que la vida misma se convierta en oración.

Quien así actúa, será distinguido por el profundo amor que revelan sus obras, así como por su humildad y desprendimiento. El espíritu del verdadero cristiano, lo inclina a la austeridad. Se trata, pues, de agradar al Padre, y a Él no le interesa toda esta lisonja. Él se contenta con que amemos a nuestro prójimo, como Él nos ha amado. ¡Vaya programa! ¡Vaya misión en la vida!

De eso se trata. De ser sensibles, de ser comprensivos, de ser solidarios…y de hacerlo todo por amor, que exige salir de uno mismo, para entender y compartir la necesidad ajena, sus aflicciones, sus angustias y si es posible, aliviarlas o por lo menos llevar consuelo y esperanza. ¡Dios ha vencido al mundo!

Oremos:

Padre Santo, ayúdanos a perseverar en la dificultad, a no dejarnos seducir por la fama y el poder. A superar la tristeza de la autocompasión. A salir de nosotros mismos, procurando ver y sentir lo que siente nuestro prójimo inmediato…Llevándole consuelo y esperanza, cuando no por lo menos la caricia, el cariño y sobre todo, el amor, cuya fuente infinita eres Tú. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

Bookmark and Share

WordPress Themes

Better Tag Cloud