Category: Mateo

ago 18 2010

Mateo 20, 1-16

Texto del evangelio (Mt 20, 1-16)

En aquel tiempo, Jesús dijo a los discípulos esta parábola: «El Reino de los Cielos es semejante a un propietario que salió a primera hora de la mañana a contratar obreros para su viña. Habiéndose ajustado con los obreros en un denario al día, los envió a su viña. Salió luego hacia la hora tercia y al ver a otros que estaban en la plaza parados, les dijo: ‘Id también vosotros a mi viña, y os daré lo que sea justo’. Y ellos fueron. Volvió a salir a la hora sexta y a la nona e hizo lo mismo. Todavía salió a eso de la hora undécima y, al encontrar a otros que estaban allí, les dice: ‘¿Por qué estáis aquí todo el día parados?’. Dícenle: ‘Es que nadie nos ha contratado’. Díceles: ‘Id también vosotros a la viña’.

»Al atardecer, dice el dueño de la viña a su administrador: ‘Llama a los obreros y págales el jornal, empezando por los últimos hasta los primeros’. Vinieron, pues, los de la hora undécima y cobraron un denario cada uno. Al venir los primeros pensaron que cobrarían más, pero ellos también cobraron un denario cada uno. Y al cobrarlo, murmuraban contra el propietario, diciendo: ‘Estos últimos no han trabajado más que una hora, y les pagas como a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el calor’. Pero él contestó a uno de ellos: ‘Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No te ajustaste conmigo en un denario? Pues toma lo tuyo y vete. Por mi parte, quiero dar a este último lo mismo que a ti. ¿Es que no puedo hacer con lo mío lo que quiero? ¿O va a ser tu ojo malo porque yo soy bueno?’. Así, los últimos serán primeros y los primeros, últimos».

Reflexión: Mt 20, 1-16

Todos estamos invitados a participar en el Reino, aunque es verdad que no a todos se les llama a la misma hora, al mismo tiempo. A cada quien se dirige el Señor en el momento más oportuno, y de la forma más adecuada. Todos los invitados, que hacen caso a las exigencias del Señor, por lo menos a partir del llamado, recibirán la misma recompensa. Es que el amor del Padre es único y lo da a todos por igual.

Del mismo modo en que algo es inmoral o es moral, nuestro proceder debe ser bueno y no más o menos bueno. O estamos con el bien o estamos con el mal. Así, todos los que estamos con el Señor, estamos del mismo lado y no tiene ninguna importancia, si tu estuviste en el Camino antes que los demás. No te ufanes de ser el primero, más bien alégrate porque otros más oyen el llamado, aun cuando sea a la última hora. Todos somos llamados, todos hemos sido invitados…y qué bueno que alguien se de cuenta y acuda a este llamado, aun cuando sea segundos antes de expirar. Tenía que tomar una decisión y lo hizo mientras pudo.

De algún modo nuevamente esta parábola nos recuerda que todos somos hijos del Padre y a todos nos quiere por igual. No importa la hora, ni el tiempo en que acudimos a su llamado. Él tiene puestas sus esperanzas en todos. Para todos es posible alcanzarlo, solo hay que estar dispuestos. Y no debemos enredarnos ni perdernos en los “merecimientos”, que son puras mezquindades propias del demonio, tentaciones que debemos superar. ¡Alégrate porque un hermano más es llamado!

Todos necesitamos comer y respirar. Todos tenemos derecho a la vida, no unos más que otros. Esas distinciones, esas categorías que hemos creado nosotros los humanos, por tentación del demonio que busaca dividirnos a toda costa, son tonterías que el Señor no las acepta. El Padre Eterno, nos quiere a todos por igual y quiere darnos a todos la misma herencia. Por ello no ha escatimado ningún sacrificio. Incluso envió a su propio Hijo, para que muriendo en la cruz nos redimiera de todos nuestros pecados y resucitando nos hiciera merecedores de la Vida Eterna. El es el Puente, el Camino, para todos…no solo para algunos, o para algunos más que para otros…

Finalmente esta lectura nos debe servir para abrigar esperanzas siempre y no dejar de predicar, no dejar de luchar por la verdad, porque al momento menos pensado, aquél corazón duro, aquel “enemigo” se arrepiente y se enmienda; hay que contar con ello.

Oremos:

Pidamos al Señor que aparte de nosotros toda tentación mezquina, todo deseo de ganar algo en exclusiva. Que por el contrario, nos de un corazón generoso, para participar a todos lo que tenemos, para compartirlo y alegrarnos con el que recibe, sin importar cuánto, cómo ni a qué hora. Hagamos el bien, sin mirar a quién. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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ago 16 2010

Mateo 19, 16-22

Texto del evangelio (Mt 19, 16-22)

En aquel tiempo, un joven se acercó a Jesús y le dijo: «Maestro, ¿qué he de hacer de bueno para conseguir vida eterna?». Él le dijo: «¿Por qué me preguntas acerca de lo bueno? Uno solo es el Bueno. Mas si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos». «¿Cuáles?» —le dice él—. Y Jesús dijo: «No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre, y amarás a tu prójimo como a ti mismo». Dícele el joven: «Todo eso lo he guardado; ¿qué más me falta?». Jesús le dijo: «Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven, y sígueme». Al oír estas palabras, el joven se marchó entristecido, porque tenía muchos bienes.

Reflexión: Mt 19, 16-22

Nosotros tenemos la respuesta, pero nos hacemos los tontos porque es muy fuerte, es demasiado exigente y no estamos dispuestos a actuar en función de ella, por eso preferimos hacernos los sordos, los despistados, los que no entendemos. ¿Cómo vamos a dejar tanto? ¿Cómo vamos a vender todo y dárselo a los pobres? Jesús debe estar loco, o está hablándonos en forma figurativa…Sí, eso debe ser…¿Qué querrá decirnos? Y en esas disquisiciones nos perdemos, porque en realidad no queremos escucharle, no queremos hacer su voluntad, sino la nuestra o una buena combinación de ambas…pero esa posición no existe. O estamos con Él o contra Él.

No hay nada que hacer…Tenemos que examinarnos a fondo, pues estas palabras no son para el joven aquél, distante dos mil años de nosotros. ¡No! Son para nosotros…Para cada uno de nosotros. Todos tenemos mucho que guardar, mucho que preservar, mucho que no queremos perder, que no estamos dispuestos a dejar por nadie. Nos encantan las frases y posturas poéticas. Vestir en forma extravagante; leer y cantar canciones contestatarias. Hasta escribimos mensajes sumamente exigentes y humanos…Pero, ¿cuánto de lo que decimos somos capaces o estamos dispuestos a hacer?

La fórmulas declarativas son muy fáciles de recitar, de escribir, de dibujar, de representar…Pero ¿Somos capaces de vivir según las exigencias del Señor? «Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven, y sígueme».

¡Qué pequeños y mezquinos nos sentimos frente a esta exigencia! Y es que se trata de vivir día a día para los demás. De no guardarse ni reservarse nada para uno. Ahí tenemos el Camino, ahí el itinerario, allí la marca, allí el tope. No nos hagamos entonces los desentendidos, los extraños, los que no hemos oído, los que no sabemos. El Señor no se anda con rodeos. Entonces ¿Cómo es? ¿Somos o no somos?

Oremos:

Señor Jesús, danos la velentia para seguirte, para no atollarnos en la soberbia, en la ambición, en el egoísmo. Danos un corazón sensible y generoso. Que no nos guardemos nada para nosotros. Que no ambicionemos nada más que servirte y aliviar la pena y el dolor a los demás. Ser portadores de paz, amor y esperanza. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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ago 14 2010

Mateo 19, 13-15

Texto del evangelio (Mt 19, 13-15)

En aquel tiempo, le presentaron a Jesús unos niños para que les impusiera las manos y orase; pero los discípulos les reñían. Mas Jesús les dijo: «Dejad que los niños vengan a mí, y no se lo impidáis porque de los que son como éstos es el Reino de los Cielos». Y, después de imponerles las manos, se fue de allí.

Reflexión: Mt 19, 13-15

No puede ser más claro el Señor. Son los humildes, los de corazón sencillo, los puros, aquellos que no tienen intenciones retorcidas, los ingenuos, los que son capaces de asombrarse, los que confían y creen, los que son capaces de amar, los que se conmueven, porque no conocen la hipocresía ni la doblez. Aquellos libros abiertos cuyas páginas están a la espera de un buen escritor, que sea capaz de sacar de ellos lo mejor, para iluminar, para guiar, para asombrar a sus hermanos. Aquellas sonrisas generosas, aquel beso, aquella caricia, que no le importa que traje llevas puesto, ni si te lavaste o no la cara, si hueles, ni cómo apellidas, ni cuántos años tienes o si perteneces a tal o cual clan social.

Un niño es el mejor ejemplo de las virtudes que ha de reunir quien quiera entrar al Reino de los Cielos. Hemos de ser como ellos, vivir como ellos, creer y amar como ellos. Un niño no piensa dos veces para invitarte de lo mismo que él está comiendo y si es preciso se saca de la boca lo que tiene y lo parte en dos o en tres…

Qué distante estamos de aquella actitud, mientras más doctos, más letrados. Qué difícil se hace llevar a la práctica estas palabras, mientras más ricos, más poderosos, más “sabios” y soberbios nos volvemos. ¡Qué pena da, en realidad, ese pobre hombre que dejó de ser niño, para convertirse en adulto, ensamblado, adecuado a un patrón, al que debe corresponder según la época, lugar, clase social en que vive…Aquél adulto esclavo de “la razón”, que no puede permitirse libertad alguna, que debe actuar según un libreto preconcebido, en el que no se admiten improvisaciones ni cambios, bajo pena de pérdida de prestigio, estatus o riqueza. Que no es capaz de ir contra corriente, que nos es capaz de dejar que afloren sus sentimientos, que busca la adulación, la fama y el prestigio, antes que el amor, la justicia y la paz.

Un niño, es una creatura indefensa, que se reconoce como tal y se entrega sin condiciones a quien le ama, sin entrar en definiciones ni disquisiciones. Un niño no tiene prejuicios. Un niño responde generosamente al amor y está dispuesto a creerlo y darlo todo por amor. Un niño no tiene deudas ni acreencias; su padre lo sostiene, depende de él.

Así, como niños debemos ser nosotros frente a nuestro Padre.  Creer, esperar, seguirlo con fe y darlo todo por Él. Como el niño aquél que subido a un estrado o a un mostrador, se lanza confiado a los brazos de sus padre, sabiendo que habrá de sostenerlo.

Oremos:

Padre Santo, ayúdanos a ser como niños, a confiar como niños, a creer en ti como niños. A darnos y entregarnos a nuestros hermanos generosamente, sin pedir nada a cambio; solo por ver la sonrisa, la alegría, la felicidad en los demás. Que busquemos aligerar la carga ajena, antes que la nuestra.  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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ago 12 2010

Mateo 18, 21 – 19, 1

Texto del evangelio (Mt 18, 21 – 19, 1)

En aquel tiempo, Pedro preguntó a Jesús: «Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?». Dícele Jesús: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Por eso el Reino de los Cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos. Al empezar a ajustarlas, le fue presentado uno que le debía 10.000 talentos. Como no tenía con qué pagar, ordenó el señor que fuese vendido él, su mujer y sus hijos y todo cuanto tenía, y que se le pagase. Entonces el siervo se echó a sus pies, y postrado le decía: «Ten paciencia conmigo, que todo te lo pagaré». Movido a compasión el señor de aquel siervo, le dejó en libertad y le perdonó la deuda.

»Al salir de allí aquel siervo se encontró con uno de sus compañeros, que le debía cien denarios; le agarró y, ahogándole, le decía: «Paga lo que debes». Su compañero, cayendo a sus pies, le suplicaba: «Ten paciencia conmigo, que ya te pagaré». Pero él no quiso, sino que fue y le echó en la cárcel, hasta que pagase lo que debía. Al ver sus compañeros lo ocurrido, se entristecieron mucho, y fueron a contar a su señor todo lo sucedido. Su señor entonces le mandó llamar y le dijo: «Siervo malvado, yo te perdoné a ti toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también compadecerte de tu compañero, del mismo modo que yo me compadecí de ti?». Y encolerizado su señor, le entregó a los verdugos hasta que pagase todo lo que le debía. Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si no perdonáis de corazón cada uno a vuestro hermano».

Y sucedió que, cuando acabó Jesús estos discursos, partió de Galilea y fue a la región de Judea, al otro lado del Jordán.

Reflexión: Mt 18, 21 – 19, 1

Todo lo queremos para nosotros. Que nos traten bien, que nos tengan consideración, que no nos atropellen. ¿Pero, que hay de lo que damos a los demás? ¿Qué hay de los más débiles, de los más pequeños? ¿Procuramos que reciban trato digno y justo? Es más, llegado el momento ¿damos a nuestros hermanos menores, a los más humildes e indefensos, el trato de Hijos de Dios que merecen?

Lamentablemente muchas veces, arrastrados por la rutina y el sistema, somos nosotros mismos los que propinamos el mal trato. ¡Tenemos que sacudirnos de las cadenas de la rutina, de la indiferencia! ¡Tenemos que dejar de actuar como autómatas, a los que nos domina la costumbre, la práctica inhumana y salvaje! ¡Tenemos que dejar de protegernos a nosotros mismos y pensar un poco más en los demás! ¡No se trata de salvarnos a nosotros, aun cuando con ello hundamos a los demás!

¡Tenemos que ser promotores y dar oportunidad a cuantos nos lo piden y está en nuestras manos atender! Es verdad que las cosas suceden por algo, pero no debemos dejarnos manipular, ni mucho menos arrastrar por la inercia, que así se hacen la mayoría de cosas en este mundo y así se comenten las peores injusticias. Tenemos que saber tomar las riendas y orientar adecuadamente, sino ya los acontecimientos, por lo menos nuestra participación en ellos. No podemos actuar como cualquiera, como lo hubiera hecho cualquier otro…Esa no puede ser nuestra excusa, nuestra justificación…¡Tenemos que actuar cristianamente en toda ocasión! Especialmente cuando se involucra a los más débiles y humildes.

Nuestra paciencia y tolerancia, especialmente con los menores, no puede someterse a las leyes humanas, a la costumbre, a lo que dicen las prácticas profesionales, a lo que establece el sistema. Tenemos que aprender a ir más allá, convencidos que tratamos con seres humanos, con personas que tienen trazada una trayectoria, tal vez distinta a la nuestra, pero a las que el Padre las quiere y espera igual que a nosotros. Por ello, la misma exigencia que aplicamos sobre los demás la hemos de aplicar sobre nosotros. O para decirlo de otro modo, hemos de tratar a los demás con la misma tolerancia y paciencia que reclamamos para nosotros.

Recordemos que con la misma vara que medimos seremos medidos. No se trata de poner cargas insoportables en los hombros de los demás y exigirles sin contemplación, más allá de sus posibilidades. Hemos de aprender a perdonar “hasta setenta veces siete.”

Debemos dar el ejemplo en todo lo que hacemos. No debemos dejarnos arrastrar por los acontecimientos, por la costumbre, por lo normado o por lo que “dicta la buena práctica profesional”. Tenemos que recordar que no somos esclavos de nada ni de nadie; que estamos llamados a ir más allá. Más allá de la justicia, más allá de la costumbre, más allá de lo establecido y comúnmente aceptado. Tenemos que actuar con CARIDAD, que es el amor llevado al extremo.

Oremos:

Padre Santo, perdónanos todas las veces que impulsados por la inercia y la costumbre actuamos como autómatas, haciendo lo prescrito y causando dolor en el corazón ajeno. Perdona nuestra soberbia e indolencia. Danos sensibilidad y valor para actuar correctamente, aun cuando ello nos traiga inestabilidad y enemistad. Es Tú amor, que es el amor a los demás, el que hemos de preservar y difundir por sobre todas las cosas. Perdona nuestros errores y no permitas que a quienes tratamos mal se pierdan por este motivo. Ayúdanos a reparar las faltas allí donde se pueda. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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ago 11 2010

Mateo 18, 15-20

Texto del evangelio (Mt 18, 15-20)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Si tu hermano llega a pecar, vete y repréndele, a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no te escucha, toma todavía contigo uno o dos, para que todo asunto quede zanjado por la palabra de dos o tres testigos. Si les desoye a ellos, díselo a la comunidad. Y si hasta a la comunidad desoye, sea para ti como el gentil y el publicano. Yo os aseguro: todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo. Os aseguro también que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, sea lo que fuere, lo conseguirán de mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».

Reflexión: Mt 18, 15-20

Hemos pues de luchar por nuestros hermanos, hasta agotar todos los recursos a nuestro alcance. No debemos darnos tan fácilmente, pero tan poco seguir insistiendo más allá de lo aconsejado. La estrategia propuesta es excelente y debemos tenerla en cuenta. Es que no se trata de imponer mis ideas y de salir ganando a cualquier precio, no. Debe haber un acuerdo razonable; por eso es menester que participen los demás hermanos y la comunidad. No vaya a ser que estemos equivocados…En cambio, si logramos apoyo, no necesariamente mayoritario (no lo dice), tendremos mayor certeza y si además lo hemos meditado y resuelto en oración, a la luz de la Verdad, podemos proponer este razonamiento a nuestro hermano equivocado, procurando que se rectifique. Ya si ni aun frente a la comunidad reconoce su error, dejémosle, como a un desconocido. El Señor, que sopla para todos, verá la forma de confrontarlo, persuadirlo y llegado el momento, de pedirle cuentas, pero tú habrás actuado como debías.

Es importante destacar la repetición de esta frase que generalmente se aplica a los sacerdotes, relacionándola con el Sacramento de la Penitencia, Reconciliación o Confesión: “Yo os aseguro: todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo.”

Debemos tener en cuenta que el Señor nos confiere este enorme poder, de abrir o cerrar las puertas del cielo. Es que si estamos cumpliendo con la Voluntad del Señor, si estamos haciendo lo que nos manda, nuestros surcos quedarán marcados  en el cielo. Procuraremos desatar, nos esforzaremos por hacerlo, sabiendo que aquello que finalmente condenemos, quedará condenado. Es una gran responsabilidad la que pone el Señor en nuestras manos. Debemos usarla con caridad, con amor.

Debemos buscar y procurar el acuerdo, la reflexión, no la imposición. Debemos apelar al diálogo a la persuasión mediante la palabra y la exposición de razones. Incluso ir más allá…apelar a la amistad, a la autoridad de aquel al que todos apreciamos y especialmente, aquél al que tratamos de persuadir de hacer lo correcto, lo que le conviene. No debemos desistir de usar todos los medios a nuestro alcance para lograr el cambio que buscamos. Solo cuando hemos hecho todo lo posible, si ya no logramos el cambio, recién entonces, actuaremos con él, como si fuera un gentil, un publicano…Es decir prácticamente como un desconocido, pero no un enemigo…ojo.

Oremos:

Padre Santo, ayúdanos a llevar la concordia, la paz, el diálogo, la comprensión; nunca la división, la rencilla o el odio. Que busquemos el acuerdo, la razón, el convencimiento. Que hagamos de ello una tarea, una actitud permanente. Que no desistamos a la primera. Que nos esforcemos por hacer siempre lo correcto teniendo en cuenta la gran responsabilidad que nos has confiado. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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ago 09 2010

Mateo 17, 22-27

Texto del evangelio (Mt 17, 22-27)

En aquel tiempo, yendo un día juntos por Galilea, Jesús dijo a sus discípulos: «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres; le matarán, y al tercer día resucitará». Y se entristecieron mucho.

Cuando entraron en Cafarnaúm, se acercaron a Pedro los que cobraban el didracma y le dijeron: «¿No paga vuestro Maestro el didracma?». Dice Él: «Sí». Y cuando llegó a casa, se anticipó Jesús a decirle: «¿Qué te parece, Simón?; los reyes de la tierra, ¿de quién cobran tasas o tributo, de sus hijos o de los extraños?». Al contestar Él: «De los extraños», Jesús le dijo: «Por tanto, libres están los hijos. Sin embargo, para que no les sirvamos de escándalo, vete al mar, echa el anzuelo, y el primer pez que salga, cógelo, ábrele la boca y encontrarás un estárter. Tómalo y dáselo por mí y por ti».

Reflexión: Mt 17, 22-27

Tuvimos que recurrir a Google para buscar los significados de “didracma” y “estárter”. No fue fácil encontrar ambas…Pero finalmente sabemos que un didracma es dos dracmas (una moneda griega) y un estárter equivalía a 4 dracmas. Es decir que Jesús envió a Pedro a pagar el impuesto anual que se pedía en aquél entonces, tanto por él como por Pedro, con el fin de no generar escándalos. ni chismes, ni habladurías.

No quería Jesús que lo encontraran culpable de infringir alguna de estas leyes y que por ella lo acusaran o se distrajeran y tuvieran una excusas para difamarlo, cuestionarlo o dejarlo. El estaba aquí como uno más de nosotros y aunque como Hijo de Dios, no le correspondía pagar ningún impuesto, lo pagaba como hombre, como cualquiera…Ese me parece el mensaje. No buscaba privilegios para sí, sino allanarse a las leyes y costumbres de los hombres, del pueblo del que se hizo parte.

Sin embargo ¿Qué podría decir Pedro de la forma en que se agenció del dinero aquél? ¿Qué podríamos decir nosotros? Este es un episodio que me llama la atención y en el que creo se encuentra parte de la lección de esta lectura. Jesús paga. No tiene problemas para hacerlo por él y por Pedro. ¿Por él y por nosotros? A Pedro, quien está con él, le quita está preocupación al resolverla como sólo él podía hacerlo, por ser hombre, pero al mismo tiempo Dios.

Pero, ¿por qué no hizo aparecer simplemente la moneda y listo? Porque el Señor necesita de nuestra participación, necesita de nuestro esfuerzo, de nuestra disposición a hacer lo que él nos manda, lo que él nos pide. ¡Necesita que participemos! ¡¡No basta decir sí, creo! ¡Hay que llevar la fe a la acción! Esa me parece que es la gran lección de hoy.

El Señor está con nosotros, está con quienes le aman. No nos abandona ni aun en estas necesidades que parecen tan triviales. El está con nosotros, nos acompaña y nos ayuda a resolverlas; pero para eso tenemos que estar dispuestos a hacer lo que Él nos manda, lo que Él nos pide.  Tenemos que tener Fe y luego actuar en función de ella. Nuestros actos deben revelar nuestra fe. Fe y acción son así dos caras de una misma moneda.

Oremos:

Padre Santo, ayúdanos a comprender que no existe una fe sin obras, que una fe sin obras es una fe muerta, que no sirve para nada. Que la fe debe movernos a actuar en la dirección que le Señor nos señala y a hacer lo que nos dice. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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ago 07 2010

Mateo 17, 14-20

Texto del evangelio (Mt 17, 14-20)

En aquel tiempo, se acercó a Jesús un hombre que, arrodillándose ante Él, le dijo: «Señor, ten piedad de mi hijo, porque es lunático y está mal; pues muchas veces cae en el fuego y muchas en el agua. Se lo he presentado a tus discípulos, pero ellos no han podido curarle». Jesús respondió: «¡Oh generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo estaré con vosotros? ¿Hasta cuándo habré de soportaros? ¡Traédmelo acá!». Jesús le increpó y el demonio salió de él; y quedó sano el niño desde aquel momento.

Entonces los discípulos se acercaron a Jesús, en privado, y le dijeron: «¿Por qué nosotros no pudimos expulsarle?». Díceles: «Por vuestra poca fe. Porque yo os aseguro: si tenéis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: “Desplázate de aquí allá”, y se desplazará, y nada os será imposible».

Reflexión: Mt 17, 14-20

¿Cómo tomar este pasaje? ¿Se trata de un hecho anecdótico? Creo que en el fondo así lo tomamos, por eso lo leemos y pasamos de largo, como si no tuviera mayor importancia en el contexto de la Verdad revelada. Preferimos pasar por alto el significado literal de estas palabras, como si se tratara de algo que habría que interpretar, pero no siendo fundamental, dejamos de lado…a fin de no entramparnos.

Sin embargo, el cuestionamiento que hace Jesús de la fe de sus discípulos y por lo tanto también de nuestra fe, es muy serio y constituye una revelación en sí. ¡No tenemos fe! Eso es lo primero que debemos constatar, sino otra sería nuestra relación con el mundo.

No somos capaces de atender y remediar las exigencias de nuestro prójimo, que viene con sus dolencias, padecimientos y sufrimientos a nosotros, simplemente por nuestra falta de fe. Eso es lo que mortifica a Jesús. Somos tibios y con nuestra tibieza no caminamos a ninguna parte.

No se trata de ser tibios, timoratos, como si dudáramos de la corrección de nuestros actos. No hay que confundir humildad con falta de firmeza. Si estamos convencidos de la corrección de nuestros actos, si procuramos oir y hacer la Voluntad del Padre, entonces, por qué actuar con dudas, con indecisión, con timidez. Debemos hablar, proponer y actuar con autoridad, aquella que viene de la convicción y de la fe.

No se trata de magia, ni de prodigios asombrosos desarrollados para las tribunas, para el pueblo, con el propósito de hacernos famosos. Se trata de cumplir la Voluntad del Padre. Si ese en nuestro empeño, si ese nuestro Camino, nada ni nadie podrá impedirlo. No habrá obstáculo capaz de impedir que se realice la voluntad del Padre. Si estamos en su sintonía y tenemos fe “como un grano de mostaza, diréis a este monte: “Desplázate de aquí allá”, y se desplazará, y nada os será imposible”.

Así que, si no estamos logrando lo que nos proponemos, si nos invade una sensación de inutilidad, porque sentimos que no avanzamos, tal vez debemos empezar preguntándonos ¿Qué estamos haciendo? ¿Qué tiene que ver lo que hacemos con el Reino? ¿Estamos bien encaminados? Porque quizás ahí este el origen de los pobres resultados que alcanzamos. Porque si estamos con Dios, nada ni nadie podrán detenernos. Y estar con Dios no quiere decir solamente llevarlo dentro, sino actuar cada día, en cada momento, según su Voluntad.

Oremos:

Señor, tenemos fe, pero ayúdanos a acrecentarla. Que nuestra vida sea un símbolo, una muestra de la fe que profesamos.  Que demos testimonio de Ti en cada uno de nuestros actos. Que ello evidencie nuestra fe y al mismo tiempo la fortalezca. Señor, haznos un instrumento de fe, de amor, de paz…Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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ago 05 2010

Mateo 16, 13-23

Texto del evangelio (Mt 16, 13-23)

En aquellos días, llegado Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?». Ellos dijeron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías, otros, que Jeremías o uno de los profetas». Díceles Él: «Y vosotros ¿quién decís que soy yo?». Simón Pedro contestó: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo». Replicando Jesús le dijo: «Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos». Entonces mandó a sus discípulos que no dijesen a nadie que Él era el Cristo.

Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que Él debía ir a Jerusalén y sufrir mucho de parte de los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, y ser matado y resucitar al tercer día. Tomándole aparte Pedro, se puso a reprenderle diciendo: «¡Lejos de ti, Señor! ¡De ningún modo te sucederá eso!». Pero Él, volviéndose, dijo a Pedro: «¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Escándalo eres para mí, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres!».

Reflexión: Mt 16, 13-23

¿Quién es para nosotros Jesús? Esa ha de ser la pregunta que debemos procurar responder hoy. Y no es desde la razón que debemos responder, sino desde la Fe. Claro está, que la razón puede ayudar a quien así lo dispone, a no ser necio, a no negar tercamente algo de lo que ya ha tenido evidencia, a recordar aquellas manifestaciones de la Gracia, aquellas evidencias recibidas, como en este caso lo hace Pedro…La gente puede decir lo que quiera, pero para Pedro que andaba con el Señor, que había presenciado tantos prodigios y que había oído Su palabra, no había duda…

Pues para nosotros que caminamos en su compañía e iluminados por su presencia, tampoco debía haber duda. El Señor se revela a los que le aman, a los que le oyen, a los que deciden seguirlo. La firmeza, la constancia, la perseverancia, son Gracias que debemos pedir, de modo tal que recibida la Verdad, no se diluya en nuestra memoria y luego, interrogada por la razón o exigida por a realidad, prefiera ser negada y se esconda cobardemente tras la duda, que resulta así la mejor aliada de la oscuridad, del egoísmo, del Príncipe de las tinieblas.

En esta respuesta que da Jesús a Pedro, la Iglesia ha visto siempre el origen del mandato de Pedro y de sus sucesores, los Papas. Es algo que no discutiremos. Sin embargo ello no debe impedirnos reflexionar en lo que nos dice a cada uno de nosotros. Hemos de poner la fe en primer lugar…una fe que además ha sido refrendada en nuestra propia historia personal, porque son innumerables las veces que por Gracia de Dios hemos tenido evidencias de su participación en nuestra vida cotidiana, una fe que, entonces, proviene de hechos irrefutables de los que nuestra memoria y nuestra razón guardan evidencia. ¿Cómo negarla?

Si sostenemos con firmeza nuestra fe y aun la acrecentamos, de allí vendrá el poder que señala Cristo de atar y desatar en la tierra y en los cielos. Y es que quien tiene fe, ama a Dios y quien le ama, hace Su Voluntad; y a quien hace Su Voluntad, se le allanan los caminos en la tierra, pues está haciendo lo que ha sido dispuesto por Dios en los cielos. De esta forma podemos ver en el cielo lo que ocurre en la tierra y viceversa, como si fuera un espejo.

Pero todo este descubrimiento realizado por Pedro y ahora realizado por nosotros, no aparta a Jesús del sacrificio de la cruz, que será necesario como la mayor muestra de amor…Lo que quiere decir que a nosotros tampoco nos ha de eximir de estar dispuestos a amar al extremo. Esa ha de ser la respuesta de la fe en nuestras vidas y cualquier duda, o retroceso en esta línea será una concesión al demonio, que no debemos permitir. Tenemos una misión que cumplir…Así que, como Cristo debemos decir a toda tentación que pretenda alejarnos del Camino: ¡Quítate de mi vista, Satanás!

Oremos:

Padre Santos, denos fuerza de voluntad y perseverancia para seguir a Jesús, aun a  través de las dificultades, confiando en que finalmente habremos de salir triunfantes, si hacemos lo que has dispuesto, lo que nos has mandado: amarte a Ti, por sobre todas las cosas y a nuestros hermanos como a nosotros mismos.  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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ago 04 2010

Mateo 15, 21-28

Texto del evangelio (Mt 15, 21-28)

En aquel tiempo, Jesús se retiró hacia la región de Tiro y de Sidón. En esto, una mujer cananea, que había salido de aquel territorio, gritaba diciendo: «¡Ten piedad de mí, Señor, hijo de David! Mi hija está malamente endemoniada». Pero Él no le respondió palabra. Sus discípulos, acercándose, le rogaban: «Concédeselo, que viene gritando detrás de nosotros». Respondió Él: «No he sido enviado más que a las ovejas perdidas de la casa de Israel». Ella, no obstante, vino a postrarse ante Él y le dijo: «¡Señor, socórreme!». Él respondió: «No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos». «Sí, Señor -repuso ella-, pero también los perritos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos». Entonces Jesús le respondió: «Mujer, grande es tu fe; que te suceda como deseas». Y desde aquel momento quedó curada su hija.

Reflexión: Mt 15, 21-28

Tenemos una misión que cumplir y a ella debemos dedicar nuestro tiempo, nuestra vida. Esta ha de ser nuestra primera prioridad, sin embargo, no por ello habremos de discriminar, ni pasar por alto las exigencias y demandas de nuestro prójimo, aun de aquellos que por uno u otro motivo los tenemos catalogados entre aquellos que no merecen nuestra atención.
 
El Señor está dispuesto a obrar en todos sus maravillas, aun entre aquellos que no pertenecen a la Iglesia, al Pueblo escogido. Todos somos Hijos de Dios y herederos del Reino, por lo tanto, lo que realmente importa es la Fe.

Por eso es que debemos rezar constantemente pidiendo incrementar, acrecentar nuestra Fe. Ha de ser como la de esta mujer, que no teme importunar a Jesús, ni reclamar a gritos, si es necesario, lo que quiere, sabiendo que está en sus manos concedérselo y que ciertamente se lo dará.

Por otro lado, es inevitable dejar de observar la figura de  “los perritos”. Y es que cuantas veces reclamamos al Señor como si lo mereciéramos, como si fuéramos los escogidos, los únicos por los que debe velar. Que lección de humildad la de esta mujer, que acepta sin reparos conformarse aunque sea con las migajas…No reclama para sí un lugar central, ni el más rico manjar. Le basta con las sobras del Banquete del Reino, porque está convencida que aún en ella encontrará la Gracia de Dios. ¡Eso es Fe! Que si la tuviéramos del tamaño de un granito de mostaza…

Oremos:

Señor Jesús, tenemos Fe, pero es tan pequeña, tan débil…Aliméntala, increméntala, auméntala. ¡Regálanos un décimo de la fe de esta mujer! Ayúdanos a ordenar nuestras vidas en función de nuestra fe. Que vivamos según ella.  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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ago 03 2010

Mateo 14, 22-36

Texto del evangelio (Mt 14, 22-36)

En aquellos días, cuando la gente hubo comido, Jesús obligó a los discípulos a subir a la barca y a ir por delante de Él a la otra orilla, mientras Él despedía a la gente. Después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar; al atardecer estaba solo allí.

La barca se hallaba ya distante de la tierra muchos estadios, zarandeada por las olas, pues el viento era contrario. Y a la cuarta vigilia de la noche vino Él hacia ellos, caminando sobre el mar. Los discípulos, viéndole caminar sobre el mar, se turbaron y decían: «Es un fantasma», y de miedo se pusieron a gritar. Pero al instante les habló Jesús diciendo: «¡Animo!, que soy yo; no temáis». Pedro le respondió: «Señor, si eres tú, mándame ir donde tú sobre las aguas». «¡Ven!», le dijo. Bajó Pedro de la barca y se puso a caminar sobre las aguas, yendo hacia Jesús. Pero, viendo la violencia del viento, le entró miedo y, como comenzara a hundirse, gritó: «¡Señor, sálvame!». Al punto Jesús, tendiendo la mano, le agarró y le dice: «Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?». Subieron a la barca y amainó el viento. Y los que estaban en la barca se postraron ante él diciendo: «Verdaderamente eres Hijo de Dios».

Terminada la travesía, llegaron a tierra en Genesaret. Los hombres de aquel lugar, apenas le reconocieron, pregonaron la noticia por toda aquella comarca y le presentaron todos los enfermos. Le pedían que tocaran siquiera la orla de su manto; y cuantos la tocaron quedaron salvados.

Reflexión: Mt 14, 22-36

Lo primero que podemos notar en este pasaje es que el Señor dedica mucho tiempo a orar, a hablar con el Padre y que para ello se aparta, se va a la montaña. Algo que sin duda debemos aprender. No podemos pretender ser cristianos, amar a Dios, seguir su Voluntad si no dedicamos un tiempo significativo a la oración. Ella ha de estar presente toda nuestra vida, pero fundamentalmente antes y después de nuestras acciones. Primero para motivarlas y orientarlas y al final, para agradecer las gracias recibidas. Es verdad que específicamente aquí no se nos da cuanta nada más que estuvo a solas orando por varias horas. Jesús, el Enviado, nuestro ejemplo, oraba por largas horas al Padre…

Luego debemos destacar su inmenso poder, que viene precisamente del Padre y que le permite caminar sobre las aguas y apaciguarlas. Si realmente creemos, eso y mucho más podremos hacer. Esta es una muestra evidente del poder de Cristo y de la importancia de confiar en Él, de tener fe, teniendo la plena seguridad que él jamás nos abandonará. Si él nos ha tendido la mano, todo será posible, si no dudamos. Son nuestras dudas las que nos traen abajo, las que nos hunden.

Quizás nuestra oración debe estar fundamentalmente orientada a pedir esta fe, esta confianza en los mandatos del Señor, en su compañía, en los prodigios que Él es capaz de obrar en nuestras vidas, si dejamos que él nos acompañe. Su presencia es inesperada. Se aparece donde menos esperábamos. Es sorprendente para cualquiera. Sin embargo, nosotros con una mente y un espíritu más amplio, debíamos estar dispuestos a verlo, a reconocerlo, porque él está con nosotros, nos acompaña, aun en aquellos momentos difíciles, de duda, de desolación, de agitación, en loa que la misma naturaleza parece implacable…Él está ahí. El asunto es que creamos.

Finalmente, un hecho remarcado en esta lectura es que cuantos tocaron la orla de su manto, quedaron salvados. No dice que quedaron curados…Hay que tener fe para hablar así. Jesús tiene el poder de Salvar, que va mucho más allá que resolver un problema se salud, o económico o social de cualquier tipo que nos puede estar afligiendo en un momento en la vida. La salvación del Señor tiene que ver con algo que está más allá, que incumbe a nuestra alma, a nuestro espíritu, a la dignidad de Hijos de Dios. Jesús nos la devuelve…Se la da a quien cree en Él. Esa es la única condición.

Sacando un ejemplo de nuestra vida cotidiana, nos cuesta creer que Jesús se encuentra en los Sacramentos. No aceptamos la mano que nos tiende para consagrar nuestro matrimonio, por ejemplo, para sacarlo adelante. No creemos, y nos hundimos.

Oremos:

Señor Jesús, ayúdanos a creer que estás presente en nuestra vida cotidiana, que estás aquí, entre nosotros, de diversas formas. Muchas veces en nuestros hermanos y otras en lo que hacemos, en nuestras oraciones y en los sacramentos, que son la presencia visible de algo que es invisible: tu Gracia.  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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jul 31 2010

Mateo 14, 1-12

Texto del evangelio (Mt 14, 1-12)

En aquel tiempo, se enteró el tetrarca Herodes de la fama de Jesús, y dijo a sus criados: «Ese es Juan el Bautista; él ha resucitado de entre los muertos, y por eso actúan en él fuerzas milagrosas».

Es que Herodes había prendido a Juan, le había encadenado y puesto en la cárcel, por causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo. Porque Juan le decía: «No te es lícito tenerla». Y aunque quería matarle, temió a la gente, porque le tenían por profeta.

Mas llegado el cumpleaños de Herodes, la hija de Herodías danzó en medio de todos gustando tanto a Herodes, que éste le prometió bajo juramento darle lo que pidiese. Ella, instigada por su madre, «dame aquí, dijo, en una bandeja, la cabeza de Juan el Bautista». Entristecióse el rey, pero, a causa del juramento y de los comensales, ordenó que se le diese, y envió a decapitar a Juan en la cárcel. Su cabeza fue traída en una bandeja y entregada a la muchacha, la cual se la llevó a su madre. Llegando después sus discípulos, recogieron el cadáver y lo sepultaron; y fueron a informar a Jesús.

Reflexión: Mt 14, 1-12

Temor no es lo mismo que fe. Herodes tenía temor. Tenía un mal presagio con Juan a quien mandó decapitar tan solo por cumplir el capricho de una mujer que lo había seducido, deleitado y embobado. Cómo por un placer hedonista, por la promesa de un deleite sexual podemos ser capaces de cualquier cosa, incluso de obnubilarnos, de perder la cabeza, cometer un crimen atroz, abusivo y entregar nuestra libertad.

Este pasaje de Herodes nos muestra  precisamente a un hombre entregado a sus pasiones, esclavo de ellas. Vivía de tal manera, gobernado por el instinto, que le era imposible reflexionar, permitiendo que la razón se impusiera sobre las pasiones de las que era esclavo.  Es una muestra del extremo al que nos puede llevar el egoísmo desenfrenado. Antes estaba su palabra empeñada, su prestigio, que la vida de cualquiera, así fuera Juan, a quien tanto temía.

Y es que temor no es igual a fe. El temor puede ser instintivo o tal vez el aviso de un reparo de conciencia, de algo que en el fondo de nuestros corazones sabemos que no está bien. El escrúpulo que nace probablemente de aquella impronta, de aquella huella, de aquel sello dejado en nuestros espíritus por nuestro Creador, que nos hace distintos y superiores a los animales,  y por lo tanto aspirantes a lo Bueno, a lo Correcto, a lo que es mejor y más convenientes para nuestros congéneres.

El hombre, en la cúspide del poder, se hace esclavo de él y al perder su libertad, al hipotecarla, al entregarla a cambio del bienestar, de los goces hedonistas y pasajeros, pierde lo esencial, aquello que lo distingue del resto de la Creación, aquello que fue depositado en sus manos y con lo que Dios Padre cuenta para hacer posible nuestra salvación: la Libertad, la capacidad de optar y decidir…La capacidad de amar; de ver, guiado por la Luz y optar por el Bien, por Lo mejor.

Muchos, como Herodes, tenemos miedo a Dios. Algo, que le llamamos escrúpulos, nos frena, nos pone reparos para actuar de tal o cual modo. “Hasta eso no llego”, nos decimos. Por eso tal vez impedimos un mal mayor. ¿Eso nos hace buenos? Más aún, ¿Podemos decir que esto es fe? De cualquier modo, delata una fe débil, chata, mínima, insipiente. Y diría más bien, que evidencias dudas, más que fe.

Nuestra salvación está en decidir libremente, pero con firmeza, seguir a Jesús, lo que ha de evidenciarse en nuestra vida misma. No se trata de temores intuitivos, de pálpitos. No se trata de dejar de hacer tal o cual cosa por el temor a Dios. Se trata de optar, de hacer por amor. Se trata de salir de uno mismos, de dejar de buscar el placer egoísta y la obsesión por preservar nuestro bienestar, para volcarnos a trabajar, a obrar por los demás, por nuestros hermanos, por los que nos rodean, poniendo en su felicidad, en su paz y esperanza, nuestra mayor satisfacción, muestro mayor motivo de alegría. Si tu estás feliz y alegre, entonces yo también lo estoy…Y no puede haber mayor fundamento para nuestra alegría que la noticia revelada por Jesús: que Dios es nuestro Padre y que nos tiene reservado un sitio a su lado, como herederos del Reino. Que para ello sólo debemos volver a Él, por el Camino que nos muestra Jesús.

Dejemos de ser esclavos de nuestras pasiones, que solo nos traen arrepentimiento y frustración; levantemos nuestra mirada al Padre y emprendamos el ascenso por la senda del Hijo del Hombre que nos llevará a la Mansión Infinita del Padre

Oremos:

Padre Santo, Tú que eres tan bueno, que has querido para nosotros lo mejor, permítenos descubrirte en nuestros hermanos y en cada detalle del mundo que nos rodea, especialmente en nuestro Planeta, que nos lo diste como un obsequio, para que lo compartamos entre todos, procurando siempre el Bien, Lo mejor…Danos Fe y danos Voluntad para seguir a Jesús, sin temor, aun por aquellas sendas que a veces se nos atojan difíciles.  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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jul 30 2010

Mateo 13, 54-58

Texto del evangelio (Mt 13, 54-58)

En aquel tiempo, Jesús viniendo a su patria, les enseñaba en su sinagoga, de tal manera que decían maravillados: «¿De dónde le viene a éste esa sabiduría y esos milagros? ¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? Y sus hermanas, ¿no están todas entre nosotros? Entonces, ¿de dónde le viene todo esto?». Y se escandalizaban a causa de Él. Mas Jesús les dijo: «Un profeta sólo en su patria y en su casa carece de prestigio». Y no hizo allí muchos milagros, a causa de su falta de fe.

Reflexión: Mt 13, 54-58

En general somos escépticos. Por eso es muy difícil que nos sorprenda alguien que conocemos. No estamos dispuestos a admitir que puede haber cambiado, que puede haber mejorado, que puede haber superado aquellas taras, hábitos o limitaciones de la juventud; o aquellas herencias de familia. ¿De dónde le viene tanta sabiduría? ¿Quién es este para enseñarnos? ¿No es el hijo de fulano o de la menganita esa que todos conocimos? ¿De dónde las ínfulas?
 
El escepticismo y la costumbre, cuando no la incredulidad, nos impiden asombrarnos como lo hacíamos cuando niños con casi cualquier cosa. Nos hacemos grandes y ya nos resulta difícil “que nos vengan con cuentos”. Y ahora, en este siglo XXI, que la televisión e internet nos muestran todo con lujo de detalles, peor aún. Nada nos llama la atención. Todo nos parece natural y normal.  ¡Imagínate si nos van a asombrar nuestros amigos, nuestros vecinos o familiares! Tal vez un desconocido…

Andamos en busca de novedades, buscando cosas, hechos que nos llamen la atención…¡Qué difícil resulta cautivar la atención con hechos o palabras de la vida cotidiana! De allí que los maestros se las vean en figuritas para que los alumnos atiendan. Son tantos los distractivos que compiten por la atención de cualquier auditorio, que hace falta una buena dosis de voluntad de parte de los receptores para lograr que reciban un mensaje. Peor aun, si este viene de alguien que ya ha sido etiquetado, que conocemos, cuyo prestigio no es precisamente destacado.

Eso que le pasa a Jesús con sus paisanos, nos pasa a nosotros a cada nada. Difícilmente estamos dispuestos a prestar atención y crédito a alguien a quien conocemos, a quien estamos acostumbrados. Personas, palabras, objetos, situaciones, se desvirtúan, como que van perdiendo su valor cuando nos acostumbramos a ellas. Es una pena que así suceda, pero ocurre. El pasto del jardín vecino nos llega a parecer más verde que el nuestro.

Tal vez eso viene ocurriendo con nuestra Iglesia Católica. Templos antes atestados, ahora lucen holgados los domingos…Si caminas, sin embargo encontrarás que mucha gente asiste a algún tipo de ceremonia religiosa y muchos, muchísimos forman parte de sectas que, de algún modo, son herederas de esta Iglesia única y universal. Es decir que, probablemente no existirían si no fuera por la Iglesia Católica de la cual se desprendieron, de la cual se revelaron, a la cual pretenden contestar, cuestionar y aun enderezar.

Prefirieron salirse. Se dejaron seducir por el jardín del vecino. Dejaron de aquilatar lo que tenían; lo despreciaron; lo encontraron insípido, poco atractivo.  No se sintieron identificados, por lo tanto tampoco asumieron ninguna responsabilidad sobre este barco…Prefirieron abandonarlo por aquel otro más bullangero, más llamativo o tal vez más cálido.

Si duda los que quedamos debemos estar dispuestos a autocriticarnos, a revisar nuestro comportamiento, a analizarlo, en búsqueda de la responsabilidad que pudiera cabernos. Si, es verdad que finalmente la decisión es de cada uno y que somos libres para optar por lo que más nos conviene, por lo correcto, por la Verdad, la Luz y la Vida, pero, tampoco podemos dejar de desconocer que tal vez algo pudimos hacer para evitar estas deserciones. Porque, qué fácil es culpar a los demás, haciéndonos los ajenos. Sin embargo, esta casa, esta Iglesia, es nuestra, la formamos nosotros y no solamente los curas o las monjas. Así que todos somos responsables por ella. Esta es parte de nuestra misión; parte de la evangelización. Todos estamos llamados a cumplir este rol, no para ser más fuertes, ni más grandes, ni más numerosos, sino en orden a la salvación, que es el cumplimiento de la Voluntad del Padre.

Oremos:

Señor Jesús, no permitas que caigamos en el tedio, la costumbre o la desidia. Por el contrario insúflanos un ánimo nuevo, renovado, para que junto a la Iglesia sepamos conducir nuevas alma al encuentro con nuestro Padre.  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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