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Lucas 21, 1-4

Texto del evangelio (Lc 21, 1-4)

En aquel tiempo, alzando la mirada, Jesús vio a unos ricos que echaban sus donativos en el arca del Tesoro; vio también a una viuda pobre que echaba allí dos moneditas, y dijo: «De verdad os digo que esta viuda pobre ha echado más que todos. Porque todos éstos han echado como donativo de lo que les sobraba, ésta en cambio ha echado de lo que necesitaba, todo cuanto tenía para vivir».

Reflexión: Lc 21, 1-4

No se trata de un episodio más en el evangelio de Lucas, ni es casual que la Iglesia lo haya escogido, dedicándole un día para su reflexión y meditación. Se trata de relievar la importancia que tiene el dar a Dios todo cuanto tenemos y somos. Esta es la actitud de la viuda pobre, que no escatima el mínimo esfuerzo, que no se guarda nada para sí, que da todo lo que tiene, incluso “todo cuanto tenía para vivir.”

Muy pocos estamos dispuestos a dar incluso de lo que nos sobra ¿Cuántos seremos capaces de imitar el desprendimiento de la viuda pobre? Esta es la lección que debemos aprender hoy. Si somos cristianos, no podemos, no debemos andar con mezquindades, midiendo lo que damos, en función de lo que habremos de recibir a cambio. O dando simplemente de aquello que no nos cuesta, de aquello que nos sobra y que no nos afecta. Eso lo hace cualquiera.

En cambio los seguidores de Cristo, los que viven en la Verdad, en la Luz, se involucran, hasta el extremo de poner en juego su vida, que es el don más preciado y junto con ello todo lo que poseen, con tal de lograr la paz, la justicia y el amor. El verdadero cristiano es indiferente a toda posesión. No anda preocupado por atesorar, por acumular, por preservar y aun acrecentar lo que tiene, porque sabe que todo esto vale solo en tanto le ayuda a cumplir con su misión, es decir con la misión encomendada por Cristo, que es, evangelizar al mundo, cristianizar al mundo, anunciar el Reino, perdonar (reconciliar), sanar y curar.

Todo esto no es un ideal utópico al que están llamados unos cuantos. Es la exigente vida que nos propone el Señor, dejando de ser idólatras y esclavos, para escoger LIBREMENTE la felicidad, nuestra felicidad, que consiste en “amar a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos”. Es la vida de santidad a la que estamos llamados TODOS. El que así obra, el que así escoge, el que así decide, cuenta además, con el apoyo incondicional de Cristo, el cual es una garantía para el éxito. ¡Qué mayor garantía podemos pedir! Y este no es un cuento, una invención o una interpretación mía. El Señor señala expresamente que quien lo sigue, quien está con Él, será capaz de prodigios aun más grandes. Por eso en el MCC (Movimiento de Cursillos de Cristiandad) solemos decir “Cristo y yo somos mayoría”. El que tiene a Cristo, el que tiene a Dios, lo tiene todo…no necesita nada más.

Por eso podemos decir junto con Santa Teresa de Jesús: “quien a Dios tiene nada le falta sólo Dios basta.”

Oremos:

Señor Jesús, ayúdanos a ser generosos, a dar sin medida todo lo que somos, todo lo que poseemos. Que no andemos mezquinando ni regateando nada; por el contrario que seamos capaces de poner en juego cuanto tenemos y poseemos por el Reino, convencidos que no existe causa superior para la cual debamos acumular o preservar nada. Que estemos dispuestos a dar incluso nuestra vida.

Aparta de nosotros la cobardía. Que no temamos nada más que a perder nuestra alma.

Acrecienta nuestra Fe. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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Reflexión Lc 6,27-38

Lc 6,27-38

La Palabra del Señor siempre será como el ácido que ayuda a separar las impurezas de nuestra alma. Estamos llamados a tener siempre con todos una buena disposición de ánimo, pero mucho más con quienes nos maltratan, con quienes no nos quieren. Esto es realmente difícil. En eso precisamente consiste el reto de ser cristianos. Jesús nos pide siempre ir más allá. No se trata de hacer lo que todos hacen, lo que todos acostumbran, lo que es común mente lógico y aceptable. Se trata de exigirnos y dar un paso más. Así es siempre con las cosas del Señor. No se trata de ser justo, nada más…se trata de amar. Y el amor siempre será superior a la justicia.

No debemos olvidar que el hombre es libre, es decir que nada lo sujeta, ni si quiera la ley. Pero si el hombre es libre y está por encima de la ley es porque ha sido creado para el amor, y el amor está por encima de todo. La ley, indudablemente es un indicador y es lo menos que podemos hacer: cumplir la ley. Pero nosotros, los cristianos, estamos llamados a ir más allá de la ley. Nuestras exigencias son mayores.

¿Por qué? Porque nosotros hemos visto, porque se nos ha dado la luz, porque sabemos que no estamos sujetos a este cuerpo, ni a este mundo, ni a sus limitaciones. Porque ellas son poca cosa para nosotros y tenemos el deber de enseñar a nuestros hermanos de dónde procede nuestra dignidad y cómo es que ellos también la tienen, porque Dios lo ha querido así. No hemos nacido para arrastrarnos, sino para volar y levantarnos sobre todas las cosas, sobre el horizonte.

No debemos aferrarnos a nada ni nadie…sólo a Dios. Todo es pasajero y útil en la medida en que nos ayuda a amar y servir a nuestro Señor. Por ello, tanto debemos acercarnos a las cosas o alejarnos de ellas, en tanto nos sean de utilidad o no para nuestro fin. No debemos preferir ni salud ni enfermedad, ni riqueza ni pobreza…Todas estas son palabras de San Ignacio que recién vamos entendiendo.

Donde está nuestro tesoro ahí estará nuestra mente y nuestro corazón. Por eso debemos tener nuestro tesoro allí en lo alto, donde no puede llegar la polilla ni nada ni nadie que lo corrompa. Nuestro tesoro es Jesús.

Oremos:

Padre Santo, has que viva mi día en consecuencia con lo que proclamo. Que te sirva en cada uno de mis actos. Líbrame de toda clase de impurezas y tentaciones, empezando por las frivolidades que tantas veces salen de mi boca.

Quiero ser tu fiel servidor, ahora y siempre. Amen

Roguemos al Señor

Te lo pedimos señor.

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Reflexión Mt 10, 34-11,1

Mt 10, 34-11,1

Todo el tiempo estamos buscando nuestra seguridad, nuestro “bienestar”. Creemos que la felicidad está en lograr una vida sin altibajos, sin problemas, sin sobresaltos. En eso consiste para muchos de nosotros la felicidad: distanciarnos del sufrimiento y de la muerte, del dolor, del sacrificio, del hambre, de la enfermedad, de la pobreza. Y cuando cualquiera de estos “enemigos” sobreviene, tratamos de eliminarlos por todos los medios y si no podemos, hacemos lo imposible por ignorarlos. Es así que cuando no tenemos dinero para “comprar nuestra felicidad”, es decir para impedir que todo aquello nos afecte, aislándonos, excluyéndonos, poniendo mil barreras, “salvándonos”, nos evadimos recurriendo al alcohol, a las drogas o a cualquier enfermedad psicológica que nos impida ver la realidad.

De algún modo el demonio nos ha hecho consentir en que podemos encontrar la felicidad aislándonos de los demás o por sobre los demás, es decir utilizando a los demás. Hemos construido toda una “civilización” sobre el principio que tú, tu felicidad, tu seguridad, tu riqueza, tu apetito, tu disfrute, deben estar por sobre los demás. Que la felicidad sólo la alcanzarás en la medida en que te satisfagas a ti mismo, sin importar los demás. Que la felicidad es un bien efímero, que si lo alcanzas en algún momento, debes procurar mantenerlo a cualquier precio sabiendo que solo la muerte te la podrá arrebatar. Entonces, mientras puedas escabullirte a la muerte, sin importar el precio, puedes ser feliz y cuando veas amenazada tu vida o sientas que ya no hay esperanza de salvarla, cuando creas que ya no hay más remedio, como ya no habrás de ser feliz, mejor acabar con tu vida. Ese es en síntesis la concepción que el demonio quiere que consintamos que está inscrita en nuestros genes. Ese es el engaño que pretende hacernos creer. Pero la verdad es otra muy distinta.

El Señor Jesucristo, que es la Luz, la Verdad y la Vida nos muestra con su Palabra y su vida el Camino. No es así. No está en el proceder egoísta nuestra salvación. Todo lo contrario. Nuestra salvación y por lo tanto nuestra felicidad está en el amor, está en amar a los demás; esto quiere decir en procurar el bien del prójimo antes que el nuestro, en procurar que los demás tengan salud, bienestar y dicha; en procurar que nuestros hermanos tengan qué comer, cómo cobijarse del frío y defenderse de las inclemencias del clima. El que es capaz de dar su vida para que otros alcancen la felicidad, ese alcanzará la vida eterna y con ella, la felicidad y la dicha plenas.

Amar a tal extremo no es fácil, pero en ello consiste el verdadero “secreto de la felicidad”. El mejor ejemplo lo encontramos en Jesucristo, Hijo de Dios, que nos amo al extremo de dar la vida por nosotros, aun cuando éramos pecadores. Es decir que no nos pidió nada a cambio, ni lo hizo por nuestros méritos y merecimientos…simplemente lo hizo por amor. ¿Seremos capaces de seguirlo?

Ese es el Camino que Él nos propone. Pero Dios Padre nos ama tanto, tiene en tan alto aprecio nuestra dignidad, que no nos fuerza, nos deja libres, para que nosotros optemos. Pero no sólo eso. Nos envía a su Hijo para que nos muestre el Camino y al Espíritu Santo para que nos fortalezca y nos guie, iluminando el camino, para que optemos por el bien, por la luz, por nuestra felicidad, por el amor y la vida eterna. Depende de nosotros. ¡No nos dejemos engañar! Este es el Camino que debemos seguir: es estrecho, es exigente, no es fácil…pero es el la única vía. Esta es la Cruz que debemos coger y llevar, para lo que contamos con la Gracia de Dios. Todo lo que se diga en contra, está en contra de los evangelios, en contra de Cristo y en contra de nuestra felicidad y salvación.

Tenemos que ser fuertes para soportar los embates del maligno que se nos presenta disfrazado de oveja, pero que no quiere nada más que confundirnos, engañarnos y echarnos a perder. En Dios y el Amor está la salvación y la felicidad. Hemos sido enviados entre lobos, por lo que tenemos que ser astutos y sencillos, pero nunca jamás violentos. Sigamos el ejemplo de Jesús. No nos dejemos engañar con los que tiene el poder para matar el cuerpo, pero no el alma.

Oremos:

Señor, permítenos serte siempre fieles, en todo momento y no caer en la tentación de la soberbia, el orgullo, la vanidad y el egoísmo.

Tú nos diste la Vida, permítenos entregártela sin ningún temor cuando llegue el momento, más aún si con ella podemos salvar el alma de nuestros hermanos. Haznos partícipes del sacrificio de la cruz. Queremos ayudarte a cargar con el dolor, el sufrimiento y los pecados de nuestros hermanos.

 

Roguemos al Señor

Te lo pedimos señor.

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Reflexión: Jn 15,9-17

Jn 15,9-17

El evangelio de Juan, capítulo 15 es repetido insistentemente por nuestra Madre Iglesia estos días, supongo que porque este realmente nos revela la Voluntad del Padre y nuestra misión. El Señor insiste en dos cosas importantes: somos sus amigos, no sus siervos, porque Él nos ha revelado todo. Él nos ha escogido, este es otro dato fundamental. Esto nos recuerda que Él nos amó primero, que no son nuestros méritos los que nos han permitido alcanzar la Gracia de Dios, sino Su Voluntad.

 

Algo que también me parece importante es el pedido de permanecer en este amor. Eso es lo que debemos procurar por todos los medios. Permanecer en Su Amor. Y eso sólo lo podemos si hacemos lo que Él nos manda y qué nos manda, que nos amemos los unos a los otros. Solo así daremos mucho fruto, dando gozo a nuestro Padre que nos ayudará para que estos frutos sean abundantes y ello dará gozo a Jesús y nos traerá gozo a nosotros.

 

El Señor quiere nuestra alegría, nuestra felicidad. Eso nos traerá el cumplir Su Palabra. El Señor es portador de paz y consuelo para quien de veras lo ama y lo sigue. Si esto es lo que nos pide y ofrece, ¡hagámoslo! No seamos necios.

 

 

 

Oremos:

 

Haznos dignos hijos tuyos. Que guardemos y cumplamos tu Palabra. Que nos amemos los unos a los otros. Que te llenemos de dicha y llenándote de dicha demos alegría al mundo, alegría a los nuestros y alegría a nosotros mismos. Amén.

 

 

 

Roguemos al Señor…

 

Te lo pedimos Señor.

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Reflexión: Jn 15,12-17

Jn 15,12-17

“Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos”. Este es el ejemplo que nos reclama seguir Jesús. Amar al extremo que Él lo ha hecho. Eso implica vivir poniendo por delante, antes que todo el amor. Poner la caridad antes que nada, haciendo de ella nuestra principal motivación, nuestro principal objetivo. Debemos examinar bien cada uno de nuestros actos para descartar de ellos cualquier otra motivación espuria, egoísta, interesada. Hay que aplicar el discernimiento, orar y poner todo en manos de Dios, a fin de evitar el engaño del demonio, que nos hace ver como bueno, como correcto y honesto hasta el más ruin de nuestros propósitos. A nosotros sólo debe guiarnos el amor, por eso, si en lo que vamos a hacer observamos cierta incomodidad, si ello nos trae desolación en vez de consolación, debemos revisarlo, pues algo malo puede haber. Tenemos que evitar hacer daño. Dios no quiere violencia, agresión ni daño. Todo lo contrario. Cristo es muy claro: Lo que os mando es que os améis los unos a los otros.” Así que ese debe ser nuestro norte, ese nuestro único objetivo cada día. Cuidemos que nuestras actitudes, nuestros actos, nuestras intenciones, nuestros fines, nuestra labor esté regida, signada por el amor

 

Seremos examinados en el amor, así que no hay nada, NADA que valga la pena hacer si en ello no hay amor. Ahora podemos entender cuando San Agustín dice: “Ama y haz lo que quieras”. Y es que el que ama, construye, edifica, orienta, tiene paciencia…en fin, será imposible que podamos exponerlos mejor que en I Corintios 13

 

¡Sí! ¡Seamos portadores de paz, de consuelo! ¡Que no nos mueva el rencor, la revancha, la venganza, el odio, la envidia, la gula, la avaricia, la vanidad…!

 

 

Oremos:

 

Señor, haznos dignos de tu amista y que obremos como San Francisco, poniendo amor, unión, consuelo y alivio en cada uno de nuestros actos.

 

¡Danos humildad, para saber reconocer nuestros errores y enmendarlos!

 

¡Danos un corazón inmenso, en el que sólo quepa el amor!

 

 

Roguemos al Señor…

 

Te lo pedimos Señor.

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Reflexión: Jn 15,9-17

Jn 15,9-17

Creo que hoy nos debemos quedar con la certeza que El Señor nos ha escogido a nosotros. No estamos entre los suyos por nuestros méritos, por o bien que hemos hecho aquí o allí, por lo brillantes que somos, por lo sabios, por lo espirituales, por lo profundos, por los serenos…¡No! No somos contados entre los suyos por nada que hayamos hecho antes, no estamos por ningún mérito propio. Este no es un premio al esfuerzo y ni si quiera a la perseverancia. Es una Gracia de Dios. Él nos ha escogido, Él ha querido hacernos SUS AMIGOS.

 

Una vez que hemos reconocido esto, es decir que la Gracia viene de Dios y se derrama abundantemente sobre nosotros, porque Él así lo ha dispuesto, porque Él así lo quiere, no por merecimiento alguno, nuestra actitud debe ser de gratitud…¿Padre me das tanto, qué quieres que haga? Y su respuesta es, que se amen unos a otros. Ojo, esta no es una sugerencia, no es una propuesta…es una orden.

 

Es decir, Yo te he dado todo eso que constituye tu salvación, finalmente tu realización, tu alegría, tu felicidad, la Vida Eterna, a cambio de algo muy simple y además gratificante, porque no es un castigo, sino todo lo contrario: Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado.”

 

¿Qué debeos hacer? Dejarnos de orgullos, de vanidades, de elucubraciones magistrales y practicar una sola cosa: EL AMOR.

 

¿Cómo debemos ama? “Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. No os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer.”

 

El buen amigo, el amigo que tiene como modelo a Jesús,  es franco, es sincero, es transparente, es leal, es constante, no esconde razones, te acoge, te orienta, te habla a la luz, te enseña, te muestra todas las cartas. Seamos nosotros así con todos, con nuestras familias, con nuestros compañeros de trabajo…con nuestros amigos, con el mundo entero.

 

¡Seamos portadores de paz!

 

 

Oremos:

 

Padre Santo, haznos entender que no es por nuestros méritos que hemos sido convocados, que hemos sido salvados; que es Tú inmenso amor el que así lo ha querido, el que así lo ha dispuesto.

 

Que no debemos pretender abrirnos camino y anar respeto por la acumulación de nada, ni de dinero, ni de propiedades, ni de diplomas y certificados, que lo único por lo que debemos aspirar a ser reconocidos es por el amor.

 

Que amar sea nuestro propósito hoy y siempre.

 

¡Condúcenos, llévanos por la senda del amor! Amén.

 

 

 

Roguemos al Señor…

 

Te lo pedimos Señor.

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Reflexión: Jn 3,16-21

Jn 3,16-21

Tenemos que obrar correctamente siempre, no sólo cuando estamos en público, no sólo cuando estamos en presencia de alguien, sino SIEMPRE. Es cuestión de hábito. De práctica constante, de controlarse, de dominarse…de orientarse a donde uno debe y no siempre a donde uno quiere, por convicción.

Todo en este mundo debe ser tamizado y evaluado, bajo la perspectiva del hombre nuevo. Desde el punto de vista que el Señor nos ha enseñado con su Vida, las cosas se ven de otro modo. No como queremos que sean o como nos gustaría que fueran, sino como son. Porque la Verdad es una, la Luz es una, el Camino único.

Si podemos revestirnos con la perspectiva del Señor, si podemos configurarnos con Él, veremos todo como es y seríamos unos necios si no actuamos en función de esta realidad: SIEMPRE.

Me parece importante la acotación que hago con mayúsculas, porque creo que ese es uno de nuestros grandes peligros cuando procuramos seguir el Camino; caemos en la tentación de creer que nuestra vida privada, nuestra vida intima, no tiene por qué ser iluminada por la Luz, sino que podemos reservárnoslas para nosotros, como si fuera nuestro “pequeño feudo de libertad”, en el que somos y hacemos lo que queremos…Solo así uno se explica lo que viene pasando con el Presidente Paraguayo, anteriormente Obispo Fernando Lugo…que resulta que tiene dos hijos y sólo sabe Dios qué otras cosas que ocultar…

Cuando hemos avanzado en el Camino, estamos tentados a realizar esa separación de nuestra vida pública y nuestra vida privada. Yo también lo he hecho…Creo que todos caemos en este error, que es signo de inmadurez espiritual, de pequeñez, de mezquindad. Es que no hemos comprendido que el Señor ha venido a hacernos libres y a salvarnos por completo…No tan sólo una parte de nosotros; no sólo nuestra vida pública, sino también la privada, porque somos una unidad. No es cuestión de aparentar, sino de ser, y de ser siempre, en todo lugar y bajo toda circunstancia. ¿Es difícil? ¡Claro que lo és! Pero cuando uno está convencido, cuando uno ha visto la Luz, no puede andarse con medias tintas, porque se engañará a sí mismo y pretenderá engañar a los demás y, tarde o temprano, todo saldrá a la luz. Y entonces…¿cómo quedaremos? Como unos infelices más, como unos hipócritas, como cualquier fariseo…Como Fernando Lugo.

Las palabras de todo este evangelio son sumamente ricas y claras. ¡Ay, si pudiéramos entenderlas en su profundidad, y hacerlas vida! Debemos leerlo y releerlo todo muchas veces…es imposible citar una parte, sin citarlo todo. Solo quiero subrayar que todo es obra del inconmensurable amor de Dios por nosotros. Este quizás debía ser la idea principal que debía iluminar nuestro entendimiento. Todo fue hecho por amor…por el Amor más grande que podría existir, el más vasto…aquél del que nuestro amor es sólo un reflejo: el Amor de Dios, el Amor divino.

Si Dios que todo lo ve, que todo lo sabe, me ha amado tanto y me indica cual ha de ser mi camino…y si para iluminar mi falta de entendimiento y mi dureza de corazón, me envía a su propio Hijo, para que me muestre el Camino y no lo entiendo y no lo sigo, es porque soy un necio. No hay otra explicación. Soy libre para elegirlo, pero entre la luz y la sombra, prefiero la sombra, las tinieblas o la oscuridad…esa es mi elección…ese mi juicio.

Oremos:

Señor ayúdame a vivir siempre en la luz. Que no desfallezca, que no me rinda, que no caiga en la tentación de creer que sin ti soy libre, todo lo contrario.

Gracias por darme la libertad y permitirme conocerte y seguirte. Dame fe para reconocerte y seguirte siempre, aun entre las dificultades y el dolor.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
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Reflexión: Jn 21,1-14

Jn 21,1-14

El Señor viene a nosotros y nos dice lo que debemos hacer; dónde debemos pescar. Sin embargo nosotros no siempre estamos dispuestos a verlo y somos tan necios que no hacemos lo que nos dice. No aceptamos su palabra, dudamos de ella, nos resistimos a comprenderla…queremos interpretarla, cuando el es tan claro. Pero como siempre, no hay peor ciego que el que no quiere ver…Y la verdad es que no queremos ver lo evidente, porque nos incomoda, porque preferimos seguir haciendo lo que queremos, como queremos y donde queremos. Y sin embargo nos llamamos cristianos. Queremos acomodar todo a nuestra conveniencia y como no siempre lo logramos, entonces nos decimos que no entendemos lo que nos quiere decir…¡Claro! No queremos entenderlo, porque lo que a lo mejor nos está diciendo es que dejemos de hacer lo que estamos haciendo y que hagamos lo correcto, lo que debemos hacer.

Ahora, no es casual que los discípulos estén pescando y que entonces el les diga dónde deben echar la red para recoger abundante pesca. Hay que recordar que cuando Jesús llama a Pedro, su hermano y los que estaban con él, les dice: “Venid conmigo y yo os haré pescadores de hombres”. Esto no es sanscrito…No se trata de un lenguaje oculto que todos debemos tratar de comprender e interpretar para aplicarlo a nuestras vidas. Es mucho más sencillo que eso. No tenemos que darle tantas vueltas, ni pasarlo por veinte tamices, hasta que calce con lo que yo quiero. Se trata de hacer lo que el quiere, lo que el nos pide y donde el nos indica: entonces tendremos éxito, como los discípulos en esta escena del evangelio.

¡No interpretes! ¿Qué es lo que quiere Jesús? Quiere hacernos pescadores de hombres. ¿Qué quiere decir eso? Obviamente no vamos a empezar a seguir a todo el mundo con un anzuelo de los que se usa para pescar, eso sí sería pura demencia. Se trata de llevarlos, de atraerlos a Jesús. De mostrarles el Camino, la Verdad y la Vida. Mostrarles a Jesús tal como nosotros lo hemos conocido e invitarlos a seguirlo. Pero esto no se muestra con palabras…se muestra con actos, con hechos. Lo tenemos que mostrar con nuestra vida misma. ¿Cómo? Muy sencillo: amando. No importa donde estés, con quien te toque estar y lo que estés haciendo: ¡Ama! Como diría San Agustín: “Ama y haz lo que quieras”.

¿Qué quiere decir esto? Que si eres bombero, soldado, oficial, profesor, futbolista, abogado, ama de casa, hermano, juez, burócrata, congresista, monja o presidente, desde que empieza el día, hasta que termina, en cada uno de tus actos debes manifestar amor al prójimo, es decir a aquél que siempre u ocasionalmente está contigo. Si tú das siempre este testimonio de amor, estarás obrando cristianamente y atraerás con tus actos a los demás, estarás pescando. Y si estás atento a las indicaciones del Señor, el te dirá donde echar la red para que tengas una pesca abundante y así, los resultados de tus acciones rendirán con creces.

Así, no es tan difícil entender a Jesús…¿No te parece? Lo difícil es amar…amar siempre y a todos. Siempre tenemos la tentación de jalar agua para nuestro molino. Siguiendo el ejemplo de la pesca, es como si teniendo un “patrón” para el que trabajamos –Jesús-, que es tan generoso que siempre nos dará lo que necesitamos y en abundancia, a pesar de saber ello, quisiéramos guardarnos, escondernos unos peces para nosotros…¿Por qué habríamos de hacerlo, sino por ambición desmedida, por egoísmo, por mezquindad o por estupidez? Sin embargo, muchas veces obramos así…

Oremos:

Señor perdóname por las veces que he sido mezquino contigo, procurando hacer mi propia pesca, llevando agua para mi molino, pretendiendo “hacerme el loco”, cuando conozco perfectamente cuál es tu voluntad y cuál es mi misión.

Dame la valentía, el coraje para amar siempre a todos, sin distinción. Guía mis actos…empújame, si es preciso. ¡Quiero servirte siempre, pues sé que no hay mejor misión, ni mejor tarea que estar a tus órdenes, siempre!

Roguemos al Señor…

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Reflexión: Mc 12,28b-34

Jesús nos presenta el gran resumen de su predicación. No hay más. Es así de simple y sencillo. El problema es que no estamos dispuestos a verlo o no queremos aceptarlo y entonces empezamos a crear argumentaciones que sólo obstaculizan el entendimiento, destinadas a justificar todo aquello que en realidad nos aleja del evangelio.

No estamos dispuestos a sacrificar, a incomodarnos, a dejar todo lo que “atesoramos”, todo lo que nos distingue y nos pone sobre los demás, todo lo que nos da poder y sirve para que los más humildes nos rindan honores. Hacemos de la vida una incógnita indescifrable, solo apta para eruditos , poderosos o ricos, y pretendemos ocultar a la verdad tras estos disfraces.

Así, sólo si sabes mucho puedes alcanzar el respeto de los demás, incluyendo ricos y poderosos, entonces debes hacer de tu vida una carrera sin fin por devorar todo conocimiento y hacer gala de él en cuanta ocasión se presenta, de este modo logras admiración y con ello la narcótica fama.

Si tienes riquezas, puedes comprar todos los títulos y todo aquello que te ayude a hacer ostentación, sin necesidad de sabiduría alguna. Todos te respetarán y admirarán por lo que tienes y los que no, puedes apagarlos, desaparecerlos, rodeándote tan solo de admiradores, aunque sea pagados.

Finalmente, el que tiene poder, no necesita ninguno de los otros dos, pues obtiene el respeto imponiéndose, trabando, enredando, poniendo exigencias tan pesadas, que todos le imploren piedad, compasión, justicia. De este modo alcanza popularidad y fama, pues solo con un chasquido de sus dedos es capaz de obtener aplausos y reconocimientos de los más débiles, de los que son oprimidos, de los que sufren y esto le llena de satisfacción, lo envanece, lo lleva al delirio.

Todo esto, riqueza, poder, “sabiduría”, fama, nos impiden ver el sencillo mandato del Señor, que tenemos toda una vida para ponerlo en práctica y de este modo alcanzar el Reino, dando el Verdadero y Único sentido a nuestras vidas: Amar a Dios con todo lo que somos y a nuestro prójimo como a nosotros mismos

Oremos:

Dame fuerza, valor, lucidez, para pasar mi vida amando a mis hermanos. No me dejes caer en la tentación.

Hazme puro, sencillo, humilde, para estar siempre más dispuesto a dar, a servir que a pedir privilegios y posiciones.

Que no busque la fama, el poder, la “sabiduría” o la riqueza, antes bien que me ponga a tu servicio siempre.

Roguemos al Señor…

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Reflexión: Mt 5,17-19

Mt 5,17-19

No, no hay incoherencia entre el antiguo y el nuevo testamento. Lo que hay es continuidad. A Jesús se referían las profecías; de Él hablaban las escrituras. Como diría en aquél pasaje en el cual entra a la Sinagoga y luego de leer a Isaías dice: “Comenzó, pues, a decirles: «Esta Escritura, que acabáis de oír, se ha cumplido hoy.»” (Lucas 4,21)
Esto es muy importante y debe tenerse en cuenta. Diríamos que el Señor es la perfección de la ley, pues el que cumple con lo que él mismo resume como “la ley y los profetas”, es decir, el que ama a sus hermanos como a sí mismo y a Dios por sobre todo, no puede dejar de cumplir la ley. Entendámonos, no es que diga “amo, entonces debo de cumplir la ley…” ¡No! Lo que pasa es que como diría San Agustín, amando, realmente amando encuentra el hombre su plena realización, su felicidad, su fin, su misión. Por eso San Agustín resume: “Ama y haz lo que quieras”. Por su puesto, ello pasa en primer lugar por entender lo que es el amor…Allí podríamos tener una dificultad, si tenemos visiones distorsionadas o parcializadas, si simplemente desconocemos El Amor en su verdadera magnitud.

Si profundizamos un poco más, caeremos en la cuenta que Dios es Amor, es decir la Perfección, a la cual nosotros debemos tender, que no alcanzaremos seguramente, pero que no por eso tendremos que dejar de buscar. ¿Y cómo se busca, cómo se avanza en esta senda? Muy fácil, al menos de decir: amando.

Jesús era lo que buscaba el Antiguo Testamento, era a donde dirigían sus miradas, por ello Jesús dice que ha venido a dar cumplimiento. Aquello que Dios anunció por boca de los profetas, aquello que esperaban, llegó, se cumplió.

Y qué nos va a venir a decir Jesús: que no hay una ley más perfecta que el Amor. Que el Amor lo engloba e incluye todo. Así, todo lo que hay de bueno en las aspiraciones del hombre por construir un mundo mejor para todos, inclusivo, en el que no haya hambre, ni pobreza, ni injusticia; donde todos puedan vivir con esperanza, donde cada niño, cada anciano y cada persona pueda amar y ser amada…

Oremos:

Señor, permítenos comprender en qué consiste el amor, el verdadero amor y vivir según él.

Haznos sentir en nuestro corazón como Santa Teresa, que “quien a Dios tiene, nada le falta”.

Haznos bondadosos y caritativos, que sepamos perdonar y llevar alegría a los que sufren.

Roguemos al Señor…

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Reflexión: Mt 20,17-28

Qué fácil es pedir y buscar para nosotros privilegios…ser los primeros, ser los más grandes. No dejamos de pensar e imaginar el Cielo con nuestras categorías, por eso queremos estar siempre adelante, arriba, primeros.

Sin embargo el Señor nos recuerda algo que es central en su predicación y que debe serlo siempre en el proceder y en la actitud verdaderamente cristiana. El que quiera ser grande, el que tenga poder, debe hacerse servidor de los demás, el que quiera ser primero debe hacerse esclavo.

Incluso dice, podría darse el caso que alguno de nosotros esté dispuesto a llegar al sacrificio que Él está próximo a realizar, pero no depende de Él otorgar ningún privilegio en el Cielo. Pero Él mismo no ha venido a sacrificarse para ganar un puesto, sino para salvarnos. Es decir que antes que cualquier recompensa, antes que cualquier beneficio o ganancia a la que pudiéramos sentirnos merecedores, está el servir. Como siempre e invariablemente, primero están los demás. Esta es la verdadera actitud cristiana: dispuesta siempre a servir, aún hasta el sacrificio más grande por los demás…Lo que venga después, es cuestión que corresponde decidir a nuestro Padre amado.

Oremos:

Siempre estamos pensando en nuestros beneficios, en lo que estamos dispuestos a pagar por aquello que queremos ganar. Señor, que no pensemos tanto en nuestras ganancias como en el bien que podemos hacer a los demás.

Que nuestra mejor motivación sea el servicio a los demás. Antes y primero cualquiera de nuestros hermanos, después nosotros.

Queremos seguir tu ejemplo y servir al mundo tal como tú nos enseñaste. Si hemos de ser esclavos que sea del amor.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
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Reflexión: Mc 9,2-10

Estos son algunos de los prodigio de los que fueron testigos los discípulos más cercanos de Jesús, seguramente sus más íntimos, sus “preferidos”, aquellos a los que podía mostrarles estas cosas en espera que las comprendieran, pues tenían una cierta sintonía especial con Él. Quedaron realmente pasmados, estupefactos…Vieron y presenciaron un encuentro insólito. Elías y Moisés conversaban con Jesús. ¿Cómo podía ser? ¿Dónde estaban? Ambos habían vivido varios siglos antes de Jesús y con cientos de años de diferencia entre uno y otro. ¿Qué estaba pasando? Era realmente algo asombroso lo que estaban presenciando. Por eso no atinaban a decir nada. “Estaban asustados”.

Es que realmente era impactante lo que estaban presenciando. No lo podían comprender…Si nos trasladamos mentalmente a la escena y lo pensamos un poco, tampoco lo podríamos comprender ¿no es verdad? Se trata de hechos reservados para unos pocos, que sólo pueden ser comprendidos desde la fe. Luego fueron envueltos por una nube y escucharon nada menos que la voz de Dios Padre diciendo: «Este es mi Hijo amado, escuchadle».

Era como para perder el habla, para quedar petrificado, helado y balbucear cualquier cosa. Fue seguramente un encuentro extraordinario que marco las vidas de estos discípulos. Seguro que no lo pudieron olvidar jamás.

Y sin embargo, cuando bajan Jesús les “ordena” que no contaran lo que habían visto hasta que Resucitara. ¿Por qué? ¿No sería lo primero que quisieran contar a todos, lo primero que quisieran salir corriendo a proclamar, a gritar a todos? ¿No sería lo primero que cualquiera de nosotros hubiera querido hacer, i r a contar a todos los que acabábamos de presenciar?

Pero Jesús ORDENA ocultarlo hasta después que resucite. ¿Por qué?

Ensayo la siguiente explicación: Jesús no quería convencer a nadie por los hechos prodigiosos (a nuestros ojos) que como Dios podía realizar. Usar el poder de Dios para cambiarnos no era su prédica. El quería y quiere que libremente nos adhiramos al camino del amor que con su vida, muerte y resurrección nos propone.

No se trata de ganarnos por el asombro. Se trata de dejarnos cautivar por el amor. . Se trata de preferir el bien, de escoger el camino recto. Se trata de amar.

Oremos:

Pidamos al Señor que nos ayude a comprender su presencia milagrosa cada día en nuestras vidas. Pues así como hizo con Pedro y Juan, a cada rato nos da muestras que por sí solas bastarían para que creamos y lo sigamos, sin embargo, muy rápidamente las olvidamos, y luego de muy poco tiempo hasta las vemos con la naturalidad de un hecho corriente.

Danos fe, Señor, para seguirte fielmente y convertirnos en multiplicadores eficaces de tu Palabra.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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