Mateo 10, 7-15
Texto del evangelio (Mt 10, 7-15)
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus Apóstoles: «Id proclamando que el Reino de los Cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, purificad leprosos, expulsad demonios. Gratis lo recibisteis; dadlo gratis. No os procuréis oro, ni plata, ni calderilla en vuestras fajas; ni alforja para el camino, ni dos túnicas, ni sandalias, ni bastón; porque el obrero merece su sustento. En la ciudad o pueblo en que entréis, informaos de quién hay en él digno, y quedaos allí hasta que salgáis. Al entrar en la casa, saludadla. Si la casa es digna, llegue a ella vuestra paz; mas si no es digna, vuestra paz se vuelva a vosotros. Y si no se os recibe ni se escuchan vuestras palabras, salid de la casa o de la ciudad aquella sacudiendo el polvo de vuestros pies. Yo os aseguro: el día del Juicio habrá menos rigor para la tierra de Sodoma y Gomorra que para aquella ciudad».
Reflexión: Mt 10, 7-15
Las lecturas del evangelio estos días insisten en el papel misionero que debemos jugar todos los cristianos. No puede haber cristiano que no asuma la tarea de evangelizar. Eso es algo que debemos dar por sentado. El mundo necesita ser evangelizado, cristianizado; no podemos ser indiferentes ante esta tarea. Tenemos que involucrarnos y ser parte de ella. La misión es parte consustancial del ser cristiano. O para decirlo de otro modo, no hay cristiano sin misión.
El cristianismo es como un virus, que debe ser transmitido, contagiado. No se trata de una experiencia “muy personal”, que “llevo a mi modo” y que no trato de difundir porque “soy muy respetuoso de las creencias personales de cada quien”. No. Esta argumentación individualista, propia del siglo XXI quiere hacernos consentir que la fe es algo muy intimo y personal, que está ubicada en el ámbito personal y que por lo tanto cada quien tiene el derecho a ejercer o expresar a su modo. Así, cada quien “mata sus pulgas a su modo” y todos nos liberamos de responsabilidad.
Nada más adecuado para el Príncipe de la tinieblas, para el enemigo de Cristo, de la Luz y la Verdad, que dejar lo concerniente a la fe, al ámbito individual, personal y subjetivo, en el que nadie tiene que ver y por el que nadie debe pedir razones, como si estuviera bien que cada quien decida lo que le venga en gana. Es decir librado al relativismo moral. Así, lo que está bien, lo que te conviene, depende de ti…depende de cada uno. Para alguno ha de ser esto, para otro, aquello. Es decir que lo Bueno, lo Justo, la Verdad queda librada al juicio individual, al juicio de cada quien…Esto parece lo correcto, sin embargo se trata de una argumentación falsa una celada tendida por el demonio para fomentar el individualismo, el relativismo y el egoísmo. Cada quien vela por sí mismo y responde por sí y a nadie le interesa nada más que su propio pellejo. Como si la Felicidad y la Vida Eterna se pudieran alcanzar sin que influya para nada, sin que tenga que ver para nada nuestra relación con los demás, lo que es TOTALMENTE FALSO.
Los evangelios de estos días nos lo recuerdan a cada paso. Tenemos una misión que se cumple en el mundo, en nuestra relación con los demás. Que no puede ser ejercida en la soledad de la montaña o en una isla, real o ficticia, en la que sólo importe yo. Y es importante notar que la misión no se ejerce con proclamas, con discursos, con citas memorizadas, dadas a conocer en plazas públicas…La misión se ejerce con hechos, con obras: “Curad enfermos, resucitad muertos, purificad leprosos, expulsad demonios.”
Se trata de transformar el mundo por el ejemplo y por la fe. No es lo que diga, sino lo que hago, lo que ha de arrastrar. No es a mí, sino a Jesús y al Padre al que habrán de descubrir quienes nos sigan, quienes busquen explicación de nuestro proceder. Hemos de ser sumamente delicados y cuidadosos con eso. Jesús, a través nuestro, llama y convoca a todos, a vivir en paz, en armonía, en el amor. Es de esto que debemos dar testimonio. En esto consiste nuestra misión. A esto nos manda Jesús al mundo; esta es la tarea que se nos encomienda. “Id proclamando que el Reino de los Cielos está cerca.”
Oremos:
Padre Santo, haznos dignos de la Misión encomendada. Permite purificar nuestros espíritus, nuestros corazones, para poner cada cosa en su lugar, empezando por la razón que estamos en este mundo, que no es otra que cumplir con Tu Voluntad. Que entendamos que ello no es ajeno a la vida, sino todo lo contrario, que ello da sentido a nuestras vidas. Amén.
Roguemos al Señor…
Te lo pedimos Señor.
(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

