Posts tagged: Buena Nueva

Marco 16, 15-18

Texto del evangelio (Mc 16, 15-18)

En aquel tiempo, Jesús se apareció a los once y les dijo: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará. Éstas son las señales que acompañarán a los que crean: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán en lenguas nuevas, agarrarán serpientes en sus manos y aunque beban veneno no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien».

Reflexión: Mc 16, 15-18

Hoy es un día muy importante para la Iglesia. Conmemoramos o recordamos la conversión de Pablo. Pablo fue un gran apóstol, que paso de perseguidor de cristianos, a ferviente seguidor de Jesús. Así, es un ejemplo de CONVERSIÓN, ese cambio profundo que sólo puede ser obrado por Dios, en el alma de quien lo busca sinceramente. Es el símbolo de la conversión y patrono del MCC (Movimiento de Cursillos de Cristiandad) al cual pertenezco. Es pues alguien que nos recuerda, que este camino es posible. Que hay que perseverar. Que hay que ser, además, valiente y decidido. Que hay que entregarse con alma, vida y corazón…Que vale la pena. Que es posible dejarlo todo por Cristo. Que Cristo cambiará radicalmente tu vida…De perseguidor a perseguido, es como de blanco a negro, de norte a sur, de agua a fuego…Eso solo es posible para Dios, y lo hará, con quien de veras lo busque.

…Por eso nos sentimos tan cercanos a Pablo, un hombre fuerte, un hombre leal a sus principios, un hombre probo, que trataba de hacer las cosas bien en su vida, un hombre recto, insobornable, que de pronto se encuentra con Jesús y cambia diametralmente y todo lo que ya tenía de valor, lo pone al servicio del Señor, con la misma tenacidad y fuerza, pero ahora fortalecido más aun por el Espíritu Santo, por la Fe, por la Gracia infinita que Dios otorga a quien se pone en marcha en Su Camino.

Y, de esto es de lo que finalmente nos habla el Evangelio de hoy. De la lectura del Evangelio dominical que hacíamos ayer, donde se anunciaba la Misión hemos pasado a momentos previos a la Ascensión, donde Jesús ya había cumplido prácticamente su Misión y la encomienda a sus discípulos, once solamente, pues ya sabemos el triste papel y desenlace que le tocó jugar a Judas.

Jesús nos ofrece conferir todo su poder aquél que de veras se convierte. A aquel que “crea”. Y esta es una promesa que cumple a lo largo de la historia en innumerables ocasiones. Ahí están nuestros Santos para testificarlo. Son miles y miles, conocidos y desconocidos, que han movido multitudes y desarrollados verdaderos prodigios. Y no es cierto que ya no existan, pues aun hoy tenemos grandes ejemplos de santidad, de hombres y mujeres que sin nada o con muy poco entre las manos han desarrollado verdaderos “imperios” al servicio de los demás.

He mencionado varias veces a un Jesuita ejemplar en Arequipa (el Padre Pozzo), que con su sencillez y humildad, sin tener nada más que la fuerza de su Fe y perseverancia y a nombre de Cristo, desarrolló, entre otras cosas una cadena de más de 20 colegios en los pueblos jóvenes de Arequipa. Los colegio de CIRCA (Círculos Católicos) que constituyen un verdadero ejemplo de organización, motivados por principios trascendentes, que tienen su cimiento en la fe cristiana.

Así hay muchos ejemplos en cada localidad…unos del dominio público y otros que pasan desapercibidos. Pero Dios obra verdaderos prodigios en quienes se ponen plenamente al servicio del Reino. Habría que preguntarnos qué clase de cristianos somos…¿Somos de los tibios (ni chicha ni limonada), o somos de los que dan su vida por Él? Porque eso es lo que nos pide, y no en sentido figurativo, sino real y concreto.

Oremos:

Padre Santo, con San Francisco queremos pedirte ahora, que nos hagas instrumentos de tu Fe…

Señor, hazme Instrumento de Tu paz.
Donde haya odio, siembre yo amor;
Donde haya injuria, perdón;
Donde haya duda, Fe;
Donde haya desaliento, esperanza;
Donde haya oscuridad, luz;
Y donde haya tristeza, alegría. 
  
Oh Divino Maestro,
 
Haz que no busque ser consolado sino consolar;
Que no busque ser comprendido sino comprender;
Que no busque ser amado sino amar;
Porque dando es como recibimos;
Perdonando es como Tú nos perdonas;
Y muriendo en Ti es como nacemos en Vida Eterna.
… Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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Mateo 1, 14-20

Texto del evangelio (Mt 1, 14-20)

Después que Juan fue entregado, marchó Jesús a Galilea; y proclamaba la Buena Nueva de Dios: «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva». Bordeando el mar de Galilea, vio a Simón y Andrés, el hermano de Simón, largando las redes en el mar, pues eran pescadores. Jesús les dijo: «Venid conmigo, y os haré llegar a ser pescadores de hombres». Al instante, dejando las redes, le siguieron. Caminando un poco más adelante, vio a Santiago, el de Zebedeo, y a su hermano Juan; estaban también en la barca arreglando las redes; y al instante los llamó. Y ellos, dejando a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros, se fueron tras Él.

Reflexión: Mt 1, 14-20

Todo se cumple conforme a la Escrituras, conforme al Plan trazado por Dios Padre. Jesús tiene una Misión muy clara y específica: proclamaba la Buena Nueva de Dios: «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva». Esta es la misma misión que nosotros, sus seguidores debemos asumir. Nuestra vida llega a tener sentido en tanto, en cuanto la cumplamos.

En qué consiste esta Buena Nueva: pues en saber que aquello que esperábamos ya llegó. No hay nada más que esperar. Él, nuestro Salvador, está aquí, entre nosotros, tal como lo prometió desde siempre. Este es un primer dato importante que debe cambiar nuestra perspectiva de la vida. Jesús, el Mesías ha venido. Dios Padre, como no podía ser de otro modo, ha cumplido su promesa y nos ha enviado un Salvador: nada menos que a Su Hijo.

Lo segundo…”el Reino de Dios está cerca”. ¿Qué tan cerca? ¿Dónde está? ¿Por qué no lo vemos? Todas estas preguntas están respondidas de uno u otro modo en los Evangelios. En resumen podemos afirmar que está aquí, que nos rodea; que está en ti…que crece a nuestro alrededor, como el grano de mostaza, como el fermento…No lo vemos, porque hemos visto muchas películas de Spilberg y quisiéramos ver ejércitos uniformados de gente distinta, más grande, más blanca (o más negra, dependiendo de la raza), con poderes extraordinarios, tele transportándose de aquí a allá y haciendo prodigios asombrosos.

Y en cambio, Jesús, el Hijo de Dios, nació en el seno de una familia humilde, en un pesebre. Vivió, cumplió su misión y proclamó el Evangelio entre los más pobres y humildes, entre el pueblo de una nación oprimida. Es que Jesús, verdadero Hombre y verdadero Dios, nos trae un mensaje distinto. No está sujeto a nuestros criterios, a nuestra perspectiva, a nuestra forma de ver las cosas. Él rompe esquemas…En realidad rompe cadenas y nos libera de las ataduras de este mundo, para proponernos una perspectiva distinta y no por eso menos asequible. Acostumbrados a velar egoístamente por nosotros mismos, y habiendo hecho de este el modo de vida por excelencia, Jesús nos dice que estamos equivocados, que ese no es el camino, que hemos sido creados para el amor y que es por allí que debemos transitar.

Y, el amor exige desprendimiento, generosidad, sacrificio…Una perspectiva distinta, radicalmente distinta. Es solo así que podemos comprender por qué Jesús nace en un hogar pobre, en el seno de un pueblo oprimido y una familia perseguida. No, no es fácil seguir a Jesús…pero tampoco es imposible, sino no nos hubiera llamado a “hacernos pescadores de hombres”. Esa es nuestra misión: Creer en Dios y luego, o  conjuntamente, llevarlo a los demás. En eso consiste el Reino, y va creciendo…Es una “plaga” que crece incesante desde hace más de 2 mil años, que se propaga por el mundo. Que a veces en forma velada, y otras en forma abierta; que a veces en forma tergiversada, manipulada y no tan ortodoxa, tal vez, sin embargo sigue transmitiéndose, de aquí a allí y brota en los lugares menos esperados, sorprendiéndonos gratamente. ¡Dios está aquí! ¡El Amor está aquí! Solo hay que dejarlo crecer…Para eso, debemos cambiar; enderezar nuestros caminos…

Oremos:

Señor, haznos fieles seguidores tuyos. Que no claudiquemos ante la comodidad, ante la tentación egoísta. Sabemos que no es por allí que llegamos a Ti. Sabemos que Tú eres nuestra Salvación, que Tú solo quieres nuestro bien…Danos fe para entregarnos plenamente y seguirte confiadamente, sabiendo que donde hay amor estás Tú y por eso mismo, no transigiendo con el rencor, la envidia, la soberbia y todas esas manifestaciones de desamor… Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Lucas 7, 19-23

Texto del evangelio (Lc 7, 19-23)

 
En aquel tiempo, Juan envió a dos de sus discípulos a decir al Señor: «¿Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?». Llegando donde Él aquellos hombres, dijeron: «Juan el Bautista nos ha enviado a decirte: ‘¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?’».

En aquel momento curó a muchos de sus enfermedades y dolencias, y de malos espíritus, y dio vista a muchos ciegos. Y les respondió: «Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído: Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, se anuncia a los pobres la Buena Nueva; ¡y dichoso aquel que no halle escándalo en mí!».

Reflexión: Lc 7, 19-23

¿Qué es lo importante para el Señor? No lo que se diga, no los discurso, no el verbo florido con el que uno puede pretender adornarse. Lo importante es lo que haces. Primero es el testimonio. Así, los discípulos de Juan vieron primero lo que hacía…fueron testigos. Luego escucharon lo que decía la gente. Estas fueron las evidencias que requerían para saber de quién se trataba.

Jesús nos da el ejemplo. Así debe ser nuestra vida, un testimonio del Amor a Dios y al prójimo. No se trata de hacer filosofía, ni de dar discursos. Se trata de brindar evidencias prácticas con la vida misma. El cristiano no tiene que andar diciendo por ahí, ojo, soy cristiano. No tiene que andar dando discursos con palabras rebuscadas del porqué de su proceder. No son explicaciones verbales las que lo distinguen…sino, su proceder cotidiano, en cada momento. No es lo que él diga, sino lo que dicen los demás.

El cristianismo es vida compartida, vida comprometida. El cristiano no busca en primer lugar su comodidad, su seguridad, la satisfacción de sus necesidades, sino el bien y el provecho de los demás. El cristiano tiene el deber de poner la luz y la verdad en cada situación que le toca vivir. No pasa indiferente y mucho menos espera que otro lo haga. Él toma la iniciativa y sin violencia, con paz, asume la defensa de los pobres, de los humildes, de los desposeídos, de los que son víctimas de segregación, de atropello a sus derechos, de los que sufren…

Ser cristiano es tomar partido, no mental, no teórico, sino en la vida y con la vida misma. Al cristiano se le reconoce por lo que hace públicamente, no por la forma en que se expresa o por las hermosas palabras que recita en una función o como parte de una parodia. El proceder cristiano salta a la vista, porque está impregnado de amor; porque en él sólo se puede apreciar intensiones puras; porque el fin último de sus obras es el bien de los demás, aun acosta de sacrificar su propia vida. No concibe el bien como una transacción en la que el debe obtener algún provecho…

Esa es la imagen que nos presenta Cristo en el evangelio. Eso es de lo que pueden dar testimonio los discípulos de Juan. ¿Podrán nuestros hermanos decir lo mismo de nosotros? ¿Viendo lo que hacemos y oyendo lo que se dice de nosotros (en segundo lugar), podrán concluir que efectivamente era Cristo el que tenía que venir?

Oremos:

Señor, ayúdanos a dar testimonio de Ti con nuestra propia vida. Que nuestros actos arrastren a Ti. No permitas que hayan nubes, en nuestro proceder…Que todo sea transparente y claro, lo suficiente para desbaratar cualquier treta del demonio que siempre está tratando de urdir engaños y tejiendo mentiras…

Permítenos vivir SIEMPRE en Gracia, aun cuando aparentemente estamos solos o cuando se trata de “nuestra vida privada”. No debe haber nada en nosotros que no pueda ser expuesto a la luz del medio día. Ayúdanos a enmendar nuestros errores y a limpiar nuestro corazón.

Que hagamos del servicio nuestra primera razón para existir. Amén.

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Mateo 9,35-10,1.6-8

Texto del evangelio (Mt 9, 35-10,1.6-8)

 
En aquel tiempo, Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y sanando toda enfermedad y toda dolencia. Y al ver a la muchedumbre, sintió compasión de ella, porque estaban vejados y abatidos como ovejas que no tienen pastor. Entonces dice a sus discípulos: «La mies es mucha y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies».

Reflexión: Mt 9, 35-10, 1.6-8

Hay tanto por hacer y en realidad somos tan pocos. No hay tiempo que perder. El Señor nos envía a cumplir con nuestra urgente misión. Ahora como entonces, el mundo anda confuso, desmoralizado…parece que no hubiera razones para luchar, para perseverar. Vemos tanto, que llegamos a preguntarnos si valdrá la pena esforzarnos por hacer el bien. Que tal si mejor nos hacemos los locos y dejamos todo como está, si total, parece que a nadie le interesa…¿Por qué debemos sacrificarnos? Estas son dudas que nos asaltan cuando nos vemos tentados a dejar el camino, cuando parece que todo está en contra y que nadie quisiera esforzarse nada más que por salvar su pellejo.

Por eso hay que echar cimientos sobre la roca, no sobre la arena. Precisamente para pasar estos momentos turbulentos, en los que todo pareciera confabularse contra uno. Es aquí cuando debemos redoblar nuestra oración y pedir que el Señor fortalezca y acreciente nuestra fe.

Y es que no debemos aferrarnos a lo material, porque tarde o temprano se agota, se acaba, se esfuma. Tenemos que edificar allá donde no entra la polilla. Para eso debemos ser perseverantes y no perder de vista el Camino, la perspectiva que nos propone Jesús. Tenemos que saber mirar con sus ojos y trascender, ir más allá de lo cotidiano. No dejarnos envolver por la serpiente.

“La mies es mucha y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies.” No hay duda, a veces nos sentimos muy solos, muy solos, nadando contra corriente…Tenemos que orar para que el Señor envíe más obreros. No hay que desanimar…¡Sí se puede!…Con el Señor somos mayoría, pero no hay que dejar de pedir, de orar por más conversiones, por más cristianos verdaderos, no fariseos hipócritas, que ni entran ni dejan entrar. Y es que lo fariseos pretende que están adentro y se erigen como modelo…entonces los que quieren entrar llegan a creer que actuar como ellos es estar adentro; llegan a creer que todo es cuestión de pose, de palabra, sin llegar realmente a involucrarse. Y el cambio que el mundo necesita sólo se logrará con gente involucrada.

Oremos:

Señor fortalécenos. No permitas que desistamos, que nos rindamos. Esta es una misión de largo alcance, que ocupa toda la vida.

Envíanos más vocaciones cristianas y religiosas. Necesitamos pastores, comprometidos con el mundo. Y si habrán de ser laicos, que sean de los buenos.

Ayúdanos a pasar todas las dificultades que encontramos en el camino. Amén.

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Reflexión: Lc 9,1-6

Lc 9,1-6

¿Qué nos llama la atención en esta lectura? En primer lugar, proclamar y curar; es decir que la palabra tiene que ir unida a la acción: esa es nuestra Misión. Nuestra vida debe estar dedicada a esta Misión, donde quiera que estemos y nos desenvolvamos. Todo lo que hagamos debe estar impregnado de esta Misión y lo debemos hacer de tal modo, que no quede duda que lo que hacemos es Anunciar el Reino de Dios. Se trata de asumir un modo de vida que en sí constituya un anuncio, porque en seguida el Señor dará las instrucciones respecto a lo que necesitamos y cómo debemos ir: “No toméis nada para el camino, ni bastón, ni alforja, ni pan, ni plata; ni tengáis dos túnicas cada uno.”

Así de integra, así de entera debe ser nuestra entrega a la Misión. Sucede que nosotros tenemos demasiados apegos. Nos encanta rodearnos de cosas, atesorarlas y luego hacerlas imprescindibles. Sin ellas no podemos vivir; sin ellas no podemos desenvolvernos, e incluso llegamos a depender tanto de ellas, que si no las tenemos, no somos. ¡A qué extremo ha llegado nuestra idolatría! Lo peor es que no nos damos cuenta. Esta brota y condiciona nuestra vida con tanta naturalidad…Nos hemos vuelto dependientes de los objetos, de las cosas. Necesitamos de muchas cosas; exigimos muchas condiciones…El Señor nos recuerda que una sola cosa es importante: Amar a Dios.

“mientras Marta estaba atareada en muchos quehaceres. Acercándose, pues, dijo: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en el trabajo? Dile, pues, que me ayude.»  
Le respondió el Señor: «Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas;  
y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola. María ha elegido la parte buena, que no le será quitada. » (Lc 10,40-42)

En segundo lugar,  no por ello menos importante, es El Señor el que convoca, el que llama y el que envía. El Señor nos da todo lo que necesitamos: autoridad y poder para cumplir nuestra Misión. Autoridad y poder sobre los demonios, sobre el mal y sobre las enfermedades.

Aquí debemos recordar que el Señor, con su muerte en la cruz y su resurrección, ha vencido al mundo, ha vencido a la muerte, ha vencido al pecado, ha vencido al mal…ha vencido al Príncipe de este mundo, al demonio. ¡Esa es la garantía de nuestra victoria definitiva y final! Es con esa confianza que debemos arremeter a todo lo que nos salga al encuentro en el cumplimiento de nuestra Misión. Para ello es que tenemos Autoridad y Poder.

Hay muchísimas muestras de cómo actúa la Autoridad y el Poder que el Señor confiere a sus seguidores. Ahí están cada una de las órdenes religiosas, que inspiradas por el Espíritu Santo e iniciadas por humildes servidores del Señor,  cuya pobreza y entrega han quedado registradas en la historia, los han sobrevivido por siglos, inspirando a cientos, cuando no a miles de seguidores.

Localmente, en cada país, en cada pueblo existen innumerables ejemplos de hombres probos, fieles seguidores de Cristo, de cuyas obras hablan y dan testimonio los humildes. Para muestra un botón: Sea motivo para rendir tributo en Arequipa, Perú, al Padre Pozzo sj. Un humilde sacerdote Genovés fallecido hace un par de años que fundó CIRCA (Círculos Católicos) en Arequipa y que gracias a su FE, en primer lugar y a su empuje y tesón logró construir más de 25 colegios en Arequipa; colegios católicos, al servicio de los más pobres.

O, el Padre John Foley sj en Chicago, que inspirado por la experiencia que vivió hace cerca de 40 años en el Perú, ha promovido y creado una red de más de una docena de colegios en Estados Unidos dedicados a los jóvenes pobres, a los marginados.

Estas son solo algunas pruebas de cómo el Señor multiplica nuestros esfuerzos, cuando estos están encaminados a la Misión. Entonces tendremos la Autoridad y el Poder suficientes.

Oremos:

Señor, acrecienta nuestra fe. Danos firmeza y perseverancia para cumplir nuestra Misión, aquella que Tú nos has encomendado. Que sea ello lo primero en nuestras vidas. Amén

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Reflexión: Lc 8,1-3

Lc 8,1-3

El evangelio de hoy llama la atención por lo corto y por su simplicidad. Muy pocas palabras; las necesarias para decir lo que hacía Jesús en resumidas cuentas. Un párrafo adicional para hacer notar que no iba solo, que lo acompañaba el grupo de sus seguidores, dedicándole un poco más de espacio a mencionar a las mujeres: quienes era, por qué lo seguían y de qué se ocupaban.

Una primera cosa es detenernos en aquello que hay que imitar, aquello que constituye nuestra misión, que en lugar de llenarla de muchas palabras rebuscadas y pomposas, de una agenda complicadísimas y llena de actividades en diferentes niveles y con diferente público, debiéramos poderla resumir como Jesús, nuestro Redentor, cuya actividad en el cumplimiento de su misión podría resumirse en: “iba por ciudades y pueblos, proclamando y anunciando la Buena Nueva del Reino de Dios”.

A eso debemos dedicar nuestra vida y en eso se debe resumir nuestra actividad diaria. ¡Qué fácil se dice! Otra cosa es hacerlo, más aun, testificarlo. Es decir que otros viendo lo que hemos hecho, puedan decir de nosotros eso. ¡Cómo me gustaría ver ese epitafio en mi tumba!

Lo segundo que me parece importante resaltar es que aún Jesús, Hijo de Dios, no iba solo. Necesitaba a su comunidad, a su gente; cada quien dedicado a sus obligaciones. Es que la vida cristiana es comunitaria; se vive y desarrolla en comunidad. En ella todos deben jugar un papel; todos tienen algo que dar, algo que aportar, cada quien desde sus capacidades, habilidades y ubicación, incluyendo a los marginados, a los humildes.

 

Oremos:

Señor, haznos dóciles a tu Espíritu para que entendamos cual es nuestra misión y la cumplamos cada día.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Reflexión: Mt 9,32-38

Mt 9,32-38

Qué mezquinos somos los humanos…Cuantas veces sospechamos de los que sólo hacen el bien. Como ladrones, juzgamos a todos de nuestra condición. “Qué se traerá este entre manos –nos decimos- ya que hace tanto bien”. No somos capaces de creer en la bondad de las personas. Y sin embargo, existen muchas buenas personas en el mundo, dispuestas a dar sin recibir nada a cambio.

El Señor se compadece al ver tanto sufrimiento y falta de fe. Va enseñando, proclamando el Reino y sanando, porque una fe sin obras es una fe muerta. Como Hijo de Dios, que es Amor, no puede pasar por el mundo sin prodigar a mor a quienes se le cruzan por el camino. Pero entonces, como ahora, Jesús constata que hay tanto por hacer, hay tanta gente desconsolada, tantos que sufren y padecen, que es necesario orar para que el Dueño de la mies envíe más obreros a su mies.

 

Oremos:

Señor, haz de nosotros un instrumento eficaz para la evangelización del mundo. Que llevemos tu palabra a tantos hombres que la esperan ávidos, sedientos.

Danos el valor para cumplir nuestra misión, confiados en que si nosotros ponemos lo mejor que tenemos, tu harás el resto.

Queremos ser obreros en tu mies, pues no existe mejor ocupación para nuestras vidas. Que actuemos siempre y en todo lugar en tu nombre, siendo siempre portadores de unión, esperanza, paz y amor.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
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Reflexión: Mc 16, 15-20

Mc 16, 15-20

Como parte del Plan de Dios ya trazado desde siempre llega el momento en que Jesús debe volver al Padre de donde salió y vino para hacerse hombre, como nosotros, viviendo y muriendo crucificado para el perdón de nuestros pecados y venciendo a la muerte, sello definitivamente la alianza con nuestro Padre.

 

De algún modo reitera nuevamente que Él no ha venido a condenar a nadie; sólo, el que no crea, se condena a sí mismo. Nos manda a proclamar la Buena Nueva a todo el mundo, dándonos el poder para cumplir nuestra misión. ¿Cómo hemos de entender la referencia a estos poderes especiales de los que nos enviste? Supongo que esta es la parte en la que muchos se detienen y luego buscan una interpretación, ya sea para no dejar de aceptar estas palabras o para rechazarlas.

 

Quizás la pregunta debe ser personal, no colectiva, ni a una segunda o tercera persona. Debo preguntarme a mí mismo y con sinceridad ¿he alcanzado la fe que el Señor me pide? ¿Le sigo con la exigencia que Él me propone? ¿Soy de los que cree firmemente o soy más bien de los que no cree y sólo se condena? ¿O es que quizás soy un tibio más de los que dicen creer, que hace ciertos gestos que parecieran proceder de la fe, pero que en realidad no le llega a creer? Entonces, ¿cómo puedo poner en duda su promesa, su ofrecimiento? ¡Claro que no puedo hablar en lenguas extranjeras, claro que no puedo hacer que me entiendan, si ni en mi propia lengua me entienden, ni tampoco puedo agarrar serpiente, ni salvarme del veneno, ni mucho menos curar enfermos…! ¡No puedo nada de eso!! ¿Entonces no tengo fe? ¿Es que si no puedo es que no tengo fe? Es precisamente al revés…no puedo porque no tengo fe. La fe ha de ser primero.

 

 

 

Oremos:

 

¡Creo, pero no es suficiente! Señor, aumenta mi fe.

 

Si tuviera la fe del tamaño de un grano de mostaza…¡Dame fe!

 

 

 

Roguemos al Señor…

 

Te lo pedimos Señor.

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Reflexión: Mc 16,15-20

Mc 16,15-20

Este es el mandato de Cristo que debemos cumplir en forma imperativa. Es la misión que nos encomienda, y viniendo de Él, si verdaderamente tenemos Fe, no puede haber nada más importante, ni prioritario. Si realmente ordenamos nuestra vida y ponemos cada cosa en su lugar, si somos creyentes sinceros, no puede haber nada más urgente que cumplir lo que el Señor nos ordena: “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará.”

Si realmente entendemos que el Señor nos ha traído la Buena Nueva, la mejor noticia que podían darnos, seríamos necios si perdemos un segundo en esparcirla, empezando por quienes nos rodean, pero siguiendo por el mundo entero. No es tarea fácil, porque a muchos no les gusta, no les cuadra esta noticia, no es conveniente para sus intereses; al menos eso es lo que piensan.

Es que nos aferramos a lo que tenemos y nos da miedo perderlo. Andamos confundidos, pensando que son las cosas las que nos dan la felicidad, por eso mezquinamente las acaparamos y tratamos de no compartirlas con nadie. Rendimos culto a la posición, al tener más. La pasamos anhelando y deseando lo que otros tiene y somos infelices porque no tenemos tanto como ese o aquél. Entonces nos proponemos alcanzarlos y pasarlos, pero entonces surge alguien que tiene más y volvemos a ser infelices, hasta no pasar a este, ese y aquél. Vivimos en una carrera estúpida, constantemente de mal humor, comparándonos y sintiéndonos infelices y frustrados, porque nunca tenemos suficiente.

La mezquindad y el egoísmo son los primeros obstáculos a la Buena Nueva. Evangelizar esta tierra se hace difícil. Sin embargo, hay que recordar, como dice el Padre Manolo Cavanna sj, que esta es la tarea que Cristo nos ha encomendado, para la que no nos ha dejado solos. Esta es su obra, así que si nosotros ponemos los medios a nuestro alcance, el pondrá lo demás. Así ocurría entonces, como nos lo cuenta San Marcos: “Ellos salieron a predicar por todas partes, colaborando el Señor con ellos y confirmando la Palabra con las señales que la acompañaban.

Lo hemos visto en varios de los pasajes de los evangelios de los últimos días…Fue suficiente que los discípulos hicieran lo que les ordenaba el Señor, para que tuvieran éxito en lo que hacían, logrando con creces lo que se habían propuesto. Es que el Señor nos necesita, como nosotros a Él. Si hacemos lo que Él nos dice, si nos proponemos y empeñamos en cumplir la misión que nos ha encomendado, solo bastará con poner lo que esté a nuestro alcance, para que el multiplique generosamente nuestros esfuerzos. Todo está en empezar. Pongamos nuestras manos, nuestras mentes, nuestros corazones y todo nuestro ser a su disposición, que Él hará el resto.

Oremos:

Padre Santo, danos el coraje para proclamar la Buena Nueva por donde vamos, con quien estemos…Y proclamar como san Pablo: ¡Ay de mi si no evangelizara!

Que nuestra vida toda sea una Buena Nueva para los demás. Que llevemos paz, alegría, concordia y esperanza. Que seamos portadores de consuelo para los que sufren, ya sea por enfermedad, por injusticia o marginación.

Haznos instrumentos útiles al servicio de la evangelización del mundo.

Roguemos al Señor…

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Reflexión: Mc 16,9-15

Mc 16,9-15

¿Qué más? ¿Más claro? El agua.

El Señor está cerrando su predicación…su presencia como hombre, como Hijo de Dios entre nosotros. Todo lo que ha hecho y nos ha mostrado tiene sentido. O quizás debiéramos decir que lo tendrá, si nosotros hacemos lo que Él nos pide, lo que nos ordena: “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación”.

Tenemos un mandato. Como dijeron nuestros obispos en la V Conferencia General del Episcopado, en Aparecida: “No tenemos otro tesoro que este. No tenemos otra dicha ni otra prioridad que ser instrumentos del Espíritu de Dios, en Iglesia, para que Jesucristo sea encontrado, seguido, amado, adorado, anunciado y comunicado a todos, no obstante todas las dificultades y resistencias.”

Resistencias las ha habido siempre. Ya vemos que a sus mismos discípulos Cristo “les echó en cara su incredulidad y su dureza de corazón, por no haber creído a quienes le habían visto resucitado.” Pero creo que la principal resistencia está en nosotros mismos, que no queremos comprometernos, que no queremos incomodarnos. Y es que vivimos en el engaño permanente, pensando que todo puede pasar suavemente por nuestras vidas, sin “hacer olas”, sin jugárnoslas. Pero eso es mentira. Tarde o o temprano llegan las dificultades y finalmente la muerte, y si no hemos llevado una vida digna, en la que hayamos puesto en juego todos los dones recibidos, Jesús nos escupirá por tibios.

Es que podemos vivir como el avestruz, escondiendo la cabeza y pretendiendo que nada pasa, que nada nos toca, que nada nos incumbe, pero tarde o temprano llega la hora de dar cuentas y entonces será demasiado tarde. Tenemos que llegar a comprender que la vida sólo tiene sentido, cuando somos capaces de darla por los demás. El que trata de conservarla y preservarla para sí, en realidad la pierde. Para dar frutos la semilla tiene que morir…

Nos cuesta entender la vida y el sentido de ella. Sin embargo tenemos tantos ejemplos en nuestra propia vida de felicidad. Detente un momento y revisa sinceramente: ¿No has sido feliz cuando has podido dar algo de ti, algo que te ha costado? ¿No es la felicidad de los que quieres la que te hace a ti feliz? Pues he ahí una muestra.

Camina haciendo el bien y procura solamente prodigar felicidad a los demás, aunque te vaya la vida en ello. Comparte generosamente lo que tienes; esfuérzate un poco por llenar las vidas de los demás, no la tuya. Da, sin mirar a quién. Solamente da. Recuerda que tienes una misión y que tal como nos lo dijeron nuestros obispos en Aparecida “no es una tarea opcional, sino parte integrante de la identidad cristiana.”

Finalmente, nos recuerdan los obispos, “el discípulo misionero ha de ser un hombre o una mujer que hace visible el amor misericordioso del Padre, especialmente a los pobres y pecadores.”

Oremos:

Señor ayúdame a ser un verdadero emisario tuyo, a llevar la buena nueva por donde voy, con hechos, no con palabras. Que viva y me comporte cristianamente, SIEMPRE.

Quiero ser discípulo tuyo y no guardarme nada para mí. ¡Sacúdeme de esta modorra, esta tibieza, esta mediocridad! ¡Quítamela de encima, para que sea digno de llamarme hijo tuyo!

Roguemos al Señor…

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Reflexión: Mc 1,12-15

El Espíritu no solo guía, sino empuja al Señor. Quiere decir que no sólo vela por nosotros, que nos conduce, sino que a veces incluso nos empuja a aquello que nos conviene. El Espíritu necesita apartarse, necesita reflexión. Necesita silencio, sintonía para ver las cosas como Dios las ve y como quiere que las veamos. Se necesita una disposición especial, salir de uno mismo, de la rutina, de mis paradigmas, de mis normas, de mis estereotipos, para ver el mundo del modo que Dios lo ve. Solo entonces puedo comprender mi misión, aclarar mi mente y poner los medios para construir el Reino.

Una sola es la verdad, una sola mi misión, uno solo mi deber. “El tiempo se ha cumplido”. Es decir, ha llegado el momento. No hay nada más que esperar. Cristo nos ha develado la Verdad, es el Camino, la Luz y la Vida. No hay nada más que esperar. La tenemos al frente; o mejor aún, en nosotros, entre nosotros y debemos proclamarla. El Reino está por llegar. ¡Debemos acogerlo y anunciarlo!

¿Qué debemos hacer? Convertirnos y creer en la Buena Nueva. Este es todo el programa. Este es nuestro Plan, esta nuestra Misión. Al igual que Cristo, proclamar la Buena Nueva, con nuestra vida. No hay nada más que esperar. El tiempo se ha cumplido. Es decir que tenemos todos los elementos en nuestras manos. La Verdad ha sido revelada y nosotros la conocemos. Para eso vino el Señor y eso es lo que ha hecho. Ha llegado el tiempo de tomar partido.

La Salvación del mundo está en nuestras manos. Cristo lo ha hecho posible.

Oremos:

Señor, haznos instrumentos tuyos. Que guiados por tu luz andemos por el mundo dando testimonio de ti.

Danos discernimiento para distinguir en cada momento, en cada ocasión lo que esperas de nosotros, para que obremos conforme al Plan, para que nuestros hermanos te vean a ti a través nuestro y te sigan, convencidos, como lo estamos nosotros, que en ello consiste nuestra felicidad y nuestra salvación, que no otra cosa quieres para nosotros.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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