jun 12 2010

Lucas 2, 41-51

Texto del evangelio (Lc 2, 41-51)

Los padres de Jesús iban todos los años a Jerusalén a la fiesta de la Pascua. Cuando tuvo doce años, subieron ellos como de costumbre a la fiesta y, al volverse, pasados los días, el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin saberlo sus padres. Pero creyendo que estaría en la caravana, hicieron un día de camino, y le buscaban entre los parientes y conocidos; pero al no encontrarle, se volvieron a Jerusalén en su busca.

Y sucedió que, al cabo de tres días, le encontraron en el Templo sentado en medio de los maestros, escuchándoles y preguntándoles; todos los que le oían, estaban estupefactos por su inteligencia y sus respuestas. Cuando le vieron, quedaron sorprendidos, y su madre le dijo: «Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando». Él les dijo: «Y ¿por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?». Pero ellos no comprendieron la respuesta que les dio. Bajó con ellos y vino a Nazaret, y vivía sujeto a ellos. Su madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón.

Reflexión: Lc 2, 41-51

Una referencia, diríamos histórica o biográfica, al niño tan especial que debió ser Jesús, desde siempre ocupado en las cosas de Su Padre. Una muy temprana indicación de la orientación que tendría su vida y a quién habría de dedicarla. En realidad , si tenemos en cuenta la anunciación y todos los signos que acompañaron su nacimiento, tendríamos que decir que fue una reiteración de algo que, claro, por momentos hasta sus padres olvidaban, por más devotos que fueran…Que estaban frente al Hijo de Dios, el Mesías, el Salvador, el Anunciado…que había venido a este mundo a cumplir una Misión, la Voluntad del Padre, como no se cansaría de revelarlo; la cual le tenía deparada una vida corta, pero suficiente para iluminar a la humanidad entera, por los siglos de los siglos…Aun a pesar de la ejecución de la que sería objeto, muriendo crucificado entre ladrones, entre la escoria y lo más despreciable de la sociedad, sería alzado por lo alto, Glorificando a Dios Padre con Su Resurrección y sellando una alianza santa con toda la humanidad, restaurando nuestra condición de Hijos de Dios y por lo tanto herederos del Reino.

Un niño precoz…¿Qué otra cosa podíamos esperar de quien, como Jesús, sabía la urgencia de su tarea y el poco tiempo del cual disponía? Es aquí también un ejemplo del imperativo y la urgencia con que debemos ponernos manos a la obra, ordenando nuestra vida en concordancia con la Misión encomendada. Todos somos constructores del Reino, obreros a órdenes de Nuestro Señor. No hay tiempo para disquisiciones, para postergaciones ni evasiones. La tarea es urgente. Ya en otro momento Jesús aclarará que su padre, su madre y sus hermanos son los que le oyen y hacen la Voluntad del Padre, los que creen. Se trata pues, de un cambio radical de actitud frente a la vida, frente al mundo que nos rodea.  No es desamor, como alguien mal intencionadamente pudiera querer interpretar…Se trata de poner la vida y todo cuanto a ella concierne, en el orden correcto.

¿Cómo podríamos endilgar desamor a un Dios que por el contrario es Amor? Lo que ocurre es que el Señor pone al descubierto todas nuestras intenciones. Frente a su mensaje, debemos adoptar partido, y nos cuesta. No por nuestro padres y hermanos, no por nuestros cónyuges o nuestra familia…En realidad nos cuesta por nosotros, porque debemos abandonar ciertas actitudes egoístas a las que nos hemos acostumbrado, por las cuales siempre estamos primero nosotros, aunque digamos lo contrario, aunque pongamos como excusa a nuestras familias…En el fondo lo que ocurre es que no queremos exponernos a perder nuestra seguridad, nuestra comodidad…Es a nosotros a quienes protegemos…No queremos dar el paso radical del amor, por no quedar al descubierto, desnudos y vulnerables…No queremos perder seguridad.

Pues en vano y efímero fin hemos puesto toda nuestra confianza. Si sabemos que la vida es corta y que no hay nada que podamos tener, poseer o atesorar que sea suficientemente fuerte y grande para librarnos de nuestro destino mortal, solo Dios, solo el Amor tiene el poder para salvarnos, para redimirnos. Por lo tanto es de necios hacerle la contra.

Oremos:

Señor Jesús, ayúdanos a entender tu mensaje y ponernos en camino, bajo tus órdenes. Que no perdamos el tiempo buscando excusas para rehuir nuestra responsabilidad. Danos valor para hacer lo que debemos a cada paso, a cada instante. Que sintamos como Tú, que todo el que hace la Voluntad del Padre es nuestro hermano, nuestro padre y madre, nuestra familia…Que no perdamos el sentido de la urgencia, que no nos envanezcamos en la comodidad y el egoísmo. Haznos conscientes que esta es nuestra oportunidad, que es ahora cuando debemos actuar, a ejemplo del niño Jesús, que no esperó a ser adulto, a “tenerlo todo”, a “controlarlo todo”, para poner en orden su vida y actuar en consecuencia. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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mar 06 2010

Lucas 15, 1-3.11-32

Texto del evangelio (Lc 15, 1-3.11-32)

En aquel tiempo, viendo que todos los publicanos y los pecadores se acercaban a Jesús para oírle, los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: «Este acoge a los pecadores y come con ellos». Entonces les dijo esta parábola. «Un hombre tenía dos hijos; y el menor de ellos dijo al padre: ‘Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde’. Y él les repartió la hacienda. Pocos días después el hijo menor lo reunió todo y se marchó a un país lejano donde malgastó su hacienda viviendo como un libertino. Cuando hubo gastado todo, sobrevino un hambre extrema en aquel país, y comenzó a pasar necesidad. Entonces, fue y se ajustó con uno de los ciudadanos de aquel país, que le envió a sus fincas a apacentar puercos. Y deseaba llenar su vientre con las algarrobas que comían los puercos, pero nadie se las daba. Y entrando en sí mismo, dijo: ‘¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, mientras que yo aquí me muero de hambre! Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, pequé contra el cielo y ante ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros’. Y, levantándose, partió hacia su padre.

»Estando él todavía lejos, le vio su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente. El hijo le dijo: ‘Padre, pequé contra el cielo y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo’. Pero el padre dijo a sus siervos: ‘Traed aprisa el mejor vestido y vestidle, ponedle un anillo en su mano y unas sandalias en los pies. Traed el novillo cebado, matadlo, y comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado’. Y comenzaron la fiesta.

»Su hijo mayor estaba en el campo y, al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y las danzas; y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. El le dijo: ‘Ha vuelto tu hermano y tu padre ha matado el novillo cebado, porque le ha recobrado sano’. Él se irritó y no quería entrar. Salió su padre, y le suplicaba. Pero él replicó a su padre: ‘Hace tantos años que te sirvo, y jamás dejé de cumplir una orden tuya, pero nunca me has dado un cabrito para tener una fiesta con mis amigos; y ¡ahora que ha venido ese hijo tuyo, que ha devorado tu hacienda con prostitutas, has matado para él el novillo cebado!’ Pero él le dijo: ‘Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero convenía celebrar una fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto, y ha vuelto a la vida; estaba perdido, y ha sido hallado’».

Reflexión: Lc 15, 1-3.11-32

Estamos probablemente ante una de las lecturas más bellas y conmovedoras del Nuevo Testamento. Aquí Jesús nos revela al Padre en toda su dimensión. Y lo hace precisamente a propósito de la acusación de los fariseos: «Este acoge a los pecadores y come con ellos». ¿Qué mejor testimonio del Padre? ¿Qué mejor forma de mostrarnos el camino, de enseñarnos nuestra misión? ¿Puede haber una actitud más esperanzadora que esta? El Señor no solamente dice lo que hay que hacer, lo muestra con hechos, con su ejemplo.

La respuesta de Jesús, la parábola tan conocida del Hijo Pródigo, es el sustento, la explicación de su proceder. Y no puede haber nada más alentador, más estimulante, más esperanzador, para quienes nos sentimos poca cosa, marginados, despreciados, pecadores, que la respuesta del Señor. Y en esta, no hace otra cosa que presentarnos al Padre Eterno, al Padre Creador, al Padre Amoroso, que todo lo que quiere es ver a su hijo de vuelta. Que sale a recibirlo, a darle alcance no bien lo ve venir, lo abraza y hace una gran fiesta “porque este hermano tuyo estaba muerto, y ha vuelto a la vida; estaba perdido, y ha sido hallado”.

“No necesitan médico los sanos, sino los enfermos” nos dirá en otro pasaje. Es que como Jesús mismo nos lo revela, Él ha venido a nosotros cumpliendo la Voluntad del Padre. Es Él que nos quiere de vuelta en Su casa, que es la nuestra; es Él que impaciente nos espera a que regresemos y cuando nos ve a lo lejos llegar, sale a nuestro encuentro, con los brazos abiertos.

Veamos y meditemos en torno a la historia de este hijo, que podría ser la historia de cualquiera de nosotros, que con mucha soberbia y ambición, renegamos de nuestro Padre y decidimos abandonarlo, para hacer uso de nuestro patrimonio, de nuestra vida, como nos da la gana, sin reparar en nada y prestando oídos sordos a sus consejos, a sus ruegos, a sus disposiciones. Viejo de miércoles, llegamos a decir, seguramente y lo mandamos a rodar, con la pretensión de liberarnos de Él, de sus órdenes, de su dependencia. No quisimos saber nada con Él, ni que se inmiscuyera en nuestros asuntos. De espaldas a Él, quisimos edificar nuestra vida y sin embargo todo lo que conseguimos fue dilapidar el patrimonio que nos fue confiado por un tiempo.

¿Qué has hecho de tu vida? ¿Qué frutos puedes exhibir? ¿Sigues viviendo en aquella farra que parece interminable o ya estás comiendo las sobras de los puercos? ¡Despierta! ¡Reacciona! No tienes que seguir hundiéndote…¡Vuelve al Padre, que Él te espera con los brazos abiertos!

Jesús viene y va precisamente a la gente despreciada, a los pecadores, para anunciarles el Evangelio; para anunciarles esta noticia: “Dios es tu Padre. Deja las tonterías que estás haciendo, arrepiéntete de la mala vida que has estado llevando y vuelve a Él, que te espera impaciente en el portal de tu casa.” Él inmediatamente te restaurará como hijo Suyo: te hará poner el mejor vestido, te pondrá el anillo, en señal de heredad y hará una fiesta por ti. ¿Qué esperas? Vuelve a la casa del Padre. Él te espera y te quiere como solo el Padre Eterno puede querer.

Oremos:

Señor, danos humildad para reconocer nuestros errores, para pedir perdón por ellos y volver a tu Camino. No dejes que la soberbia nos pierda, ni mucho menos la envidia por aquellos hermanos que acoges con cariño, porque supieron reconocer sus pecados y volver a ti. Gracias Padre Santo por tu bondad. Perdóname por cuantas veces te he defraudado, pretendiendo prescindir de Ti. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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nov 09 2009

Juan 2, 13-22

Texto del evangelio (Jn 2,13-22)

Cuando se acercaba la Pascua de los judíos, Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas en sus puestos. Haciendo un látigo con cuerdas, echó a todos fuera del Templo, con las ovejas y los bueyes; desparramó el dinero de los cambistas y les volcó las mesas; y dijo a los que vendían palomas: «Quitad esto de aquí. No hagáis de la Casa de mi Padre una casa de mercado». Sus discípulos se acordaron de que estaba escrito: El celo por tu Casa me devorará.

Los judíos entonces le replicaron diciéndole: «Qué señal nos muestras para obrar así?». Jesús les respondió: «Destruid este templo y en tres días lo levantaré». Los judíos le contestaron: «Cuarenta y seis años se han tardado en construir este Santuario, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?». Pero Él hablaba del Santuario de su cuerpo. Cuando resucitó, pues, de entre los muertos, se acordaron sus discípulos de que había dicho eso, y creyeron en la Escritura y en las palabras que había dicho Jesús.

Reflexión: Jn 2,13-22

Nosotros siempre tratamos de dar interpretaciones de la Palabra del Señor, ajustadas a nuestros intereses, a lo que queremos oírle decir. Pero el Señor tiene un lenguaje claro y más allá de lo que quisiéramos o de la forma en que cada quien trata de adaptarla a su vida, Él nos comunica La Verdad.

Su mensaje es Único, es decir que no se acomoda  según el marchante, ni según las circunstancias. O somos, o no somos. No podemos quedarnos en el medio tratando de quedar bien con Dios y con el Diablo. Es lo que finalmente nos dice al expulsar a estos mercaderes. Estamos parados a la puerta del templo. Es decir, estamos a la orilla. El Señor no llama adentro, pero tenemos tanto que negociar, tanto que vender, tanto que tranzar, tanto que convenir, que no nos atrevemos a entrar.

Nuestro afán por acomodarnos llega a tal extremo, que nos ubicamos en la periferia del templo, en sus alrededores. Escogemos como lugar para nuestros negocios, las cercanías del templo. No queremos perderle de vista, Así es nuestra fe: periférica. Como los mercaderes, que distraen y obstaculizan el ingreso. Ni entramos, ni dejamos entrar.

Esta es pues una de las pocas veces que vemos al Señor perder la calma…creo que la única. Y es que como dice al comienzo de este pasaje: “Cuando se acercaba la Pascua de los judíos, Jesús subió a Jerusalén.” Es decir que se acerca el día y le impacienta ver que no cambiamos. Somos como los mercaderes, que nos quedamos a la puerta del templo. Y en el templo, es decir en nosotros mismos, habita el Padre, a quien despreciamos por llevar una vida superflua, sustentada en una aparatosa parafernalia, en una tremenda decoración externa, que creemos imprescindible para ser, para sentirnos algo, alguien, para ser felices. Cuando la verdadera felicidad no está en ninguna de estas cosas, sino en nosotros mismos, pues allí habita nuestro Padre y Él no necesita nada de esto. Nada de lo que nos afanamos por tener, por cuidar, por incrementar. Para Él, nosotros somos importantes, nosotros somos su templo y es una verdadera lástima que nosotros mismos no lo sintamos, ni lo veamos, ni lo vivamos así.

Todo lo demás, que si había realmente un templo (como lo hubo) y que podría aplicarse a otros templos, se deriva de ahí y es realmente secundario. El Señor nos pide a cada uno de nosotros que cambiemos y se impacienta por nuestro pertinaz apego a la cosas y a seguir haciendo siempre lo mismo. ¡Hasta cuando! ¡Ya está por llegar el día en que habrás de rendir cuentas y sigues en lo mismo! ¡Es por eso que saca su látigo y echa todo por tierra! Y es que nos cegamos y nos negamos a entender Su Palabra.

Examinemos nuestras vidas…¿No estará pasando eso con nosotros? ¿No estaremos actuando como los mercaderes, aferrándonos a toda esta “mercadería”, que ni si quiera es nuestra, porque debemos tranzarla para poder vivir, como si fuera lo más importante, como si fuera imprescindible, olvidándonos que lo que está adentro, lo que está al fondo es lo mejor y no tiene precio? ¿No seremos de los que obstaculizan la entrada y ni entramos, ni dejamos entrar?

¡Basta ya de excusas! ¡O recoges conmigo o desparramas! ¡O entras, o sales…pero no puedes quedarte al medio! ¡El Señor te está invitando a entrar, con impaciencia!

Oremos:

Señor, no permitas que andemos por el mundo como tibios testigos, que no son ni chicha ni limonada. Danos el coraje de decidir, ¡ya! Y seguirte para siempre, confiando en Ti. Contigo lo tenemos todo. Sin Ti, no somos nada.

Danos hoy la oportunidad de servirte. No permitas que flaqueemos. Que seamos consecuentes en todo lo que decimos y hacemos. Amén.

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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sep 05 2009

Reflexión: Lc 6,1-5

Lc 6,1-5

El amor no tiene un mejor momento, un día más o menos apropiado. No se le puede poner límites al amor. Nunca podrá ser prohibido ni reglamentado. Obviamente, Dios que es Amor, es igualmente ilimitado y nada ni nadie puede estar sobre Él, mucho menos las normas que por algún motivo ponemos los hombres, digámoslo positivamente, para enseñar o ayudar a preveer ciertas situaciones que podrían ser peligrosas, o podrían conducirnos al error.

Así, el hombre no debía vivir sin Dios. En realidad no puede, pues cuando se aleja todo le sale mal y va perdiendo el sentido de la vida. Se desnaturaliza, aunque cueste a muchos aceptarlo. Todos los males que padece la humanidad o cuando menos gran parte de ellos tienen su origen en este error, que por ello constituye un pecado, porque atenta contra la vida, contra nosotros mismos, contra nuestra dignidad de creaturas creadas “a imagen y semejanza”.

De allí que con buena intención seguramente muchos pueblos se hayan empeñado en escribir normas y procurar su cumplimiento, castigando incluso a quienes las trasgreden. La intención es buena: preservar. Sin embargo, el hombre ha sido creado libre y por lo tanto no puede estar sujeto de tal modo a la norma que termine por perder su capacidad de discernimiento. De este modo, como vemos en el pasaje evangélico de hoy, hemos de obedecer la norma social puesta por nuestros mayores, con alguna sabiduría seguramente, de no trabajar en sábado, pero no al extremo de poner en peligro nuestras vidas y de evitar hacer algo bueno. La norma no puede atentar contra la vida ni impedir hacer el bien o tratar de programarlo. El bien, que ha de ser el resultado del amor, no tiene mejor hora ni lugar. Debe expresarse siempre.

 
Oremos:

Señor, no permitas que nos sujetemos tanto a la norma, que resulte una mordaza, una atadura, un impedimento para ver lo que está bien y lo que está mal. Que no anule nuestro discernimiento y que siempre obtemos por el bien, sin importar el momento ni el lugar.

Danos fuerzas para amar siempre y a todos. Que nuestra vida sea un ejemplo, más allá de lo que podamos decir. Que demos testimonio con nuestros actos.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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jul 17 2009

Reflexión: Mt 12,1-8

Mt 12,1-8

“Misericordia quiero y no sacrificio” es la clave del mensaje de hoy. ¿Qué quiere decirnos el Señor? Pues quizás que no estemos tan apegados a las leyes y el cumplimiento de las normas, que por encima de ellas está el bien del hombre. No podemos supeditar hacer el bien a una prescripción, a una costumbre, a una ley o una norma. Menos aún podemos relegar a nuestros hermanos en nombre de Dios; Él mismo nos lo dice. Antes que nada ha de estar el alivio al necesitado, la compasión, la solidaridad.

Qué sutiles pueden ser estas palabras, si nos ponemos a analizar en profundidad. Incluso podemos llegar al extremo de afirmar que el Señor prefiere que nos conmovamos y actuemos, antes de estar abocados todo el tiempo a la oración, a la reflexión o a la meditación, sobre todo si estas nos llevan al aislamiento. Todo esto es seguramente importante, pero no tiene sentido si no ordenamos nuestra vida de tal modo que esté dedicada al servicio y al amor de nuestros hermanos. La oración, la piedad no puede llevarnos a la exclusión…Todo lo contrario. Si queremos el bien para nuestros hermanos, no podemos menos que ponernos a trabajar por él, sin importar el tiempo y lugar. No hay mejor hora ni mejor lugar cuando se quiere hacer el bien.

Ojo con lo que nos dice el Señor, haciendo una cita del Antiguo testamento. No es sólo que pone un orden, sino que va más allá. No quiere los sacrificios. No están en segundo lugar, no; simplemente no los quiere. Lo que quiere es MISERICORDIA. He ahí el tema en el que debemos reflexionar el día de hoy. ¿En qué consiste la misericordia? ¿Qué es la misericordia?

Misericordia: La disposición a compadecerse de los trabajos y miserias ajenas. Se manifiesta en amabilidad, asistencia al necesitado, especialmente de perdón y reconciliación. Es más que un sentido de simpatía, es una práctica.

La misericordia es el amor en práctica:  Historia del Buen Samaritano, Lc 10, 27-37

Puedes profundizar más aquí:
http://www.corazones.org/diccionario/misericordia.htm

 Oremos:

Señor, ayúdanos a ser misericordiosos, como Tú. Que demos testimonio con obras y no con palabras ni ademanes. Que nos mueva el amor, antes que el prestigio, la fama y ni si quiera la gratitud.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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may 08 2009

Reflexión: Jn 14,1-6

Jn 14,1-6

Fácilmente nos olvidamos cuál es el sentido de la Vida, cuál debe ser nuestro camino, por donde debemos andar. El Señor nos lo recuerda. Solo hay un destino: “La casa de mi Padre”. Sólo un Camino, Jesucristo.

Las palabras son muy claras. El asunto está en creerle y seguirle o rechazarlo. No hay nada más que esas dos posibilidades. Si le creemos, hemos de manifestarlo siguiéndolo…De otro modo, ¿cómo podríamos explicarlo? Creo, pero no te sigo, sería una incongruencia…no tendría sentido.

Hay un solo Puente, una sola Puerta y ese es Cristo. No hay otra forma de llegar al Padre que pasando por Cristo. Solo Él nos conduce al Padre y con Él a la felicidad, a la Vida Eterna. Sólo Él es el Norte. Solo Él es Vida. ¿Lo creo?

¿Responde mi vida a esta confesión? ¿Soy coherente? ¿Es que no entiendo o quizás, que no quiero entender? Qué puedo decir. ¿Tengo precisadas las prioridades en mi vida? ¿Vivo conforme a lo que proclamo y creo? ¿Soy incoherente? ¿No entiendo el evangelio? ¿Qué parte no me queda clara? ¿El amor?

“No hay amor más grande que el que entrega la vida por sus amigos”. ¿Necesito mayores referencias, mayores pistas, mayores explicaciones? ¿Qué es lo más importante? “Aunque hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo caridad, soy como bronce que suena o címbalo que retiñe… Aunque repartiera todos mis bienes, y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo caridad, nada me aprovecha.” (I Corintios 13).

Tengo el Programa, tengo el Plan entre mis manos…¿Qué voy a hacer?

Oremos:

Señor, dame fe para realmente creerte y FORTALEZA, valentía y decisión para seguirte. Quiero seguirte cada día de mi vida, a cada paso, cada segundo. ¡Que no respire si nos es por Ti y para Ti!

Sé que no llego a Ti si no es por mis hermanos…¡Haz que te vea a Ti en cada uno de ellos! ¡Que no me olvide jamás de la caridad!

Roguemos al Señor…

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mar 15 2009

Reflexión: Jn 2,13-25

Siguiendo la línea de comportamiento de Sacerdotes, Escribas y Fariseos, es de comprender en qué habían convertido el Templo del Señor. Y a Jesús esto realmente le molestaba. Era más un mercadillo donde se realizaban transacciones de todo tipo y donde los poderosos seguramente compraban las piezas más grandes y costosas para ofrecerlas en sacrificio, pretendiendo de esta forma hacer notar su fe en Dios, cuando todo el mundo sabía que llevaban una vida licenciosa, de la cual no se arrepentían. Buscaban, como ahora, con estos gestos y muestras de poder aplacar a Dios y conseguir perdón de sus pecados. Y es seguro que los Sacerdotes entraban en este juego y que hasta recibían de buen agrado sus donaciones y dádivas, mirándolos con satisfacción y poniéndolos como ejemplo, como si se pudiera comprara la paz, el amor y el perdón de Dios.

¿Cuántos de nosotros hemos reducido a esto nuestra fe? Pretendemos comprarla haciéndonos partícipes de un movimiento, de una cofradía a la que regalamos u donamos cosas materiales que nos permiten figurar entre la feligresía, destacar y recibir honores. ¿Pero llevamos una vida recta, somos humildes, nos arrepentimos de nuestros pecados y enmendamos nuestro comportamiento?

El amor y el perdón de Dios, la paz que proviene de Él, no se compran, pues constituyen una Gracia que el Señor libremente otorga a quienes están realmente de su lado.

¿Eres tú un verdadero cristiano? ¿O estarías entre los que el Señor arrojó a latigazos, por exasperarlo a tal extremo, con apariencias y engaños? No te olvides cómo concluye esta lectura: “Pero Jesús no se confiaba a ellos porque los conocía a todos y no tenía necesidad de que se le diera testimonio acerca de los hombres, pues Él conocía lo que hay en el hombre”.

Oremos:

Hazme, Señor, un auténtico cristiano, no de aquellos que hacemos un circo de tu fe, sino de los que vivimos auténticamente, amando, dando, con humildad y sencillez, sin esperar nada a cambio.

Dame fe, para creer profundamente, con mi vida entera en el evangelio y vivir al modo de Jesús.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
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