mar 13 2010

Lucas 18, 9-14

Texto del evangelio (Lc 18, 9-14)

En aquel tiempo, Jesús dijo también a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, esta parábola: «Dos hombres subieron al templo a orar; uno fariseo, otro publicano. El fariseo, de pie, oraba en su interior de esta manera: ‘¡Oh Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás hombres, rapaces, injustos, adúlteros, ni tampoco como este publicano. Ayuno dos veces por semana, doy el diezmo de todas mis ganancias’. En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se atrevía ni a alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: ‘¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!’. Os digo que éste bajó a su casa justificado y aquél no. Porque todo el que se ensalce será humillado; y el que se humille será ensalzado».

Reflexión: Lc 18, 9-14

Somos muy propensos a juzgar a los demás. Es que es mucho más fácil y cómodo ver defectos en los demás, que reconocer los propios. Todo lo mejor, somos nosotros. Todo lo malo, proviene de los demás…Sin embargo fíjense que el Señor precisamente en eso, nos enseña lo contrario. Lo malo no viene de afuera, sino de adentro. Es de nosotros que brota y sale la maldad, no de afuera. “No es lo que entra, sino lo que sale…” nos dirá en otro pasaje.

Debemos expresarnos con más humildad y sobre todo, no creernos la última coca cola del desierto, porque no lo somos. No somos los únicos que podemos, no somos los únicos que comprendemos, no somos los únicos que lo hacen bien, no somos los elegidos, ni los únicos que podemos y sabemos. Antes que nosotros, el universo ya existía y después también lo hará.

Si nosotros somos algo, si valemos algo, es porque Dios nos ama; y Él nos ama incondicionalmente, no como respuesta, ni como resultado de ninguna de nuestras obras. Él nos ama desde siempre y nos amará por siempre, ni más ni menos que aquél al que desprecias, aquel que juzgas y condenas…Así que evita, abstente de calificar a nadie. Cuídate de la maledicencia, que no tienes la capacidad, ni está en tus manos juzgar. “Se perfecto” como nuestro Padre que está en los cielos lo es.

No te compares, ni repares en el bien o el mal que hacen los demás, antes bien, procura tú hacer siempre el bien. Da, sin esperar recibir. Ama y comprende, sin esperar ser amado o comprendido. No sabes lo que a tu hermano le cuesta ser como es. Esfuérzate tú por ser mejor cada día.

Oremos:

Señor, dame humildad; dame sencillez. Que no me envanezca por ninguna de las Gracias o dones recibidos, que me los diste gratuitamente y no hice ningún merito para tenerlos. Hazme dichoso al compartir, con los que menos tienen, con los que sufren, con los pobres, con los débiles, con los enfermos. Haz de mi, un don para los demás. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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feb 13 2010

Marcos 8, 1-10

Texto del evangelio (Mc 8, 1-10)

En aquel tiempo, habiendo de nuevo mucha gente con Jesús y no teniendo qué comer, Él llama a sus discípulos y les dice: «Siento compasión de esta gente, porque hace ya tres días que permanecen conmigo y no tienen qué comer. Si los despido en ayunas a sus casas, desfallecerán en el camino, y algunos de ellos han venido de lejos». Sus discípulos le respondieron: «¿Cómo podrá alguien saciar de pan a éstos aquí en el desierto?». Él les preguntaba: «¿Cuántos panes tenéis?». Ellos le respondieron: «Siete».

Entonces Él mandó a la gente acomodarse sobre la tierra y, tomando los siete panes y dando gracias, los partió e iba dándolos a sus discípulos para que los sirvieran, y ellos los sirvieron a la gente. Tenían también unos pocos pececillos. Y, pronunciando la bendición sobre ellos, mandó que también los sirvieran. Comieron y se saciaron, y recogieron de los trozos sobrantes siete espuertas. Fueron unos cuatro mil; y Jesús los despidió. Subió a continuación a la barca con sus discípulos y se fue a la región de Dalmanuta.

Reflexión: Mc 8, 1-10

Este seguramente es uno de los fundamentos de aquel famoso dicho: “Dios proveerá”. Es que a quien lo sigue Él da y da a manos llenas, suficiente para saciarse y que todavía sobre. Así de generoso es Jesús con los suyos, con los humildes, con los que por seguirlo han abandonado todo, olvidando incluso necesidades primordiales, como el pan de cada día. El reto está en creerle y seguirle.

Somos duros para abandonarnos es sus brazos, para dejarnos atrapar por su voluntad, siguiéndola ciegamente, convencidos que ella es la respuesta a todas nuestras interrogantes e inquietudes. Nos falta fe. Nuestros pasos son calculados, dubitativos. Como Pedro, somos incapaces de caminar sobre el agua, aun cuando sea el mismo Jesús el que nos invita. Tenemos miedo, dudamos. Por eso es que seguramente queremos ver tanto prodigio realizado y aun viéndolo, no nos convencemos plenamente.

«Siento compasión de esta gente, porque hace ya tres días que permanecen conmigo y no tienen qué comer. Si los despido en ayunas a sus casas, desfallecerán en el camino, y algunos de ellos han venido de lejos». El Señor se conmueve y siente compasión por aquel que lo busca, por aquél que lo sigue. Si, algún sacrificio es necesario, seguramente, como el de esta gente que ya lo seguía 3 días en el desierto…Ojo con este dato, en el desierto y en ayunas…En el desierto no hay nada, ni dónde comprar una bebida o algo para comer y en aquel entonces, menos. El desierto es el vacío, la soledad, la inclemencia, la gran dificultad, la imposibilidad de conseguir si quiera algo para saciar el hambre y la sed. En esta situación y solos, lo más probable es que moriríamos. La prudencia nos diría que no podemos alejarnos mucho ni por tanto tiempo, porque a más lejanía y a más tiempo, mayor el peligro de no poder volver, de no poder seguir.

Sin embargo, en nada de esto pensaron quienes seguían a Jesús. Por eso, Él, conociendo sus necesidades, sintió compasión, e intervino. Pero hay algo sumamente importante e su intervención. No hizo aparecer unos panes y unos peces de la nada, como seguramente hubiera podido hacer, sino que hizo poner en común todo lo que tenían. Fue al compartir que se enriquecieron y pudieron saciar todos su apetito, al extremo que sobró.

¿Cuántos en tales circunstancias estaríamos dispuestos a compartir lo poco que tenemos? Así es la vida. Esta es una regla de oro. Todos vamos atravesando “nuestro desierto”, pero algunos vamos muy premunidos de cuanto creemos necesitar, y sin embargo no estamos dispuestos a compartir nada por temor a que no nos alcance y nos guardamos todo para nosotros, sin importarnos los demás. Quizás en algún momento sentimos pena y arrojamos unas migajas, pero somos incapaces de poner todo en común y sin embargo eso es lo que nos pide Jesús. Quien así lo hace, recibe de sus manos todo cuanto necesita y más.

Esta es la “ley” que hoy debemos aprender. Finalmente una anotación siempre importante: lo que sobra, se guarda…no se desperdicia, no se vota ni sirve para ostentar. Hay que guardar lo que sobra. Pero no puedes pretender guardar y atesorar, mientras haya necesidad. Haz tu mejor esfuerzo con lo que tienes, que Dios hará lo suyo. Comparte y confía. Ten fe.

Oremos:

Señor Jesús, ayúdame a compartir lo que tengo, sobre todo mi tiempo y mi atención; que los de generosamente a cuantos me lo piden y a cuantos lo necesitan, especialmente a mi familia, que muchas veces tengo abandonada por el trabajo o por mis mil obsesiones y temores de lograr algo, sin darme cuenta que ya lo tengo… y que solo debo compartirlo.  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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feb 06 2010

Marcos 6, 30-34

Texto del evangelio (Mc 6, 30-34)

En aquel tiempo, los Apóstoles se reunieron con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y lo que habían enseñado. Él, entonces, les dice: «Venid también vosotros aparte, a un lugar solitario, para descansar un poco». Pues los que iban y venían eran muchos, y no les quedaba tiempo ni para comer. Y se fueron en la barca, aparte, a un lugar solitario. Pero les vieron marcharse y muchos cayeron en cuenta; y fueron allá corriendo, a pie, de todas las ciudades y llegaron antes que ellos. Y al desembarcar, vio mucha gente, sintió compasión de ellos, pues estaban como ovejas que no tienen pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas.

Reflexión: Mc 6, 30-34

Cómo poder ser de aquellos discípulos a los que el mismos Señor les pide: “Venid también vosotros aparte, a un lugar solitario, para descansar un poco.” Poder terminar nuestro día con la satisfacción de la tarea cumplida. Todo lo que pude haber hecho, lo hice y claro, Tú eres el artífice, porque me puse en Tus manos e hice Tu Voluntad.

Esa debe ser nuestra oración cada noche al tomar nuestro merecido descanso. Hacer nuestro examen de conciencia, como quien le cuenta al Señor todo lo actuado. Si estamos a su servicio, si actuamos bajo sus órdenes, es a Él al que debemos rendir cuentas. Qué mejor que con una oración nocturna, antes de dormir. Así podremos quedar en Su paz, con la plena seguridad que el Señor sabrá aquilatar nuestros esfuerzos y nos mandará “a descansar un poco”.

No hay tiempo para mucho. La obra es urgente y demanda nuestro esfuerzo sostenido y cotidiano. No podemos evadir nuestra responsabilidad. Es tal la exigencia y necesidad, que podemos ver al Señor cómo luego de Él mismo propiciar el retiro a descansar, no puede abstraerse a la desolación de la gente que lo seguía, “sintió compasión de ellos, pues estaban como ovejas que no tienen pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas.”

Es decir que en el fondo, no hay lugar para el descanso, para la vacación…no cuando se está al servicio del Señor. Sin embargo Él sabe y reconoce nuestras limitaciones y avala nuestro natural y necesario descanso diario. Sabe que estamos hechos de carne y hueso, pero no quiere que nos olvidemos de la urgencia. La Misión encomendada es para toda la vida y debe abarcar todos los espacios de la misma, desde que abrimos los ojos, hasta que los cerramos. No hay ni puede haber espacios en los que mi fe no cuenta, en los que me sacudo de misión, en los que dejo de ser “cristiano activo”. El cristianismo es para toda la vida, en todo tiempo y lugar mientras estemos conscientes…

Oremos:

Señor Jesús, permítenos seguirte leal y fielmente cada día, en toda ocasión. Que sepamos dar testimonio de nuestra fe y de Tu Palabra en donde nos encontremos y con quien estemos. Que no renunciemos nunca a cristianizar, mientras nos quede un hálito de fuerza. Haznos dóciles a Tu Espíritu para obrar rectamente y gozar siempre de Su consuelo. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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ene 14 2010

Marcos 1, 40-45

Texto del evangelio (Mc 1, 40-45)

 
En aquel tiempo, vino a Jesús un leproso suplicándole y, puesto de rodillas, le dice: «Si quieres, puedes limpiarme». Compadecido de él, extendió su mano, le tocó y le dijo: «Quiero; queda limpio». Y al instante, le desapareció la lepra y quedó limpio. Le despidió al instante prohibiéndole severamente: «Mira, no digas nada a nadie, sino vete, muéstrate al sacerdote y haz por tu purificación la ofrenda que prescribió Moisés para que les sirva de testimonio».

Pero él, así que se fue, se puso a pregonar con entusiasmo y a divulgar la noticia, de modo que ya no podía Jesús presentarse en público en ninguna ciudad, sino que se quedaba a las afueras, en lugares solitarios. Y acudían a Él de todas partes.

Reflexión: Mc 1, 40-45

Observo varias cosas que debemos reflexionar es esta lectura. La primera es obvia…la fe del leproso, que sabe y confía en que Jesús puede curarle. La segunda es que, pese a que anteriormente Jesús nos dijo que para eso había venido, refiriéndose a predicar, no puede dejar de conmoverse ante la súplica del leproso. El Señor siempre está atento a nuestras súplicas. Siente empatía por nuestro dolor y sufrimiento. No es indiferente.

¿Cómo somos nosotros ante el sufrimiento de nuestros hermanos? ¿Nos dejamos conmover e involucramos inmediatamente procurando una solución, o más bien nos hacemos los desentendidos y pasamos de largo, mirando a otro lado? Hay un peligro, al involucrarse y el Señor lo sabe. Sin embargo, no por eso se detiene. Esta es otra lección. Aun sabiendo que después no te dejarán en paz, corriendo ese riesgo, no puedes dejar de hacer el bien, si está a tu alcance.

Porque, muchas veces nos excusamos de hacer algo, porque después el beneficiado no nos va a dejar ni a sol ni a sombra esperando que nuevamente aliviemos sus penas, su dolor, su sufrimiento…y, no queremos involucrarnos a tal extremo. Entonces, anticipándonos a esta situación, preferimos abstenernos. Y nuestros motivos, nuestras reflexiones al respecto parecen razonables…Convencen a cualquiera, menos a Jesús.

Vemos como Jesús, aun sabiendo que este hombre luego de curado iba a ir por todo lado pregonándolo, lo cura. Él sabía, podía anticipar cuales serían las consecuencias, por eso le “prohibió severamente” que lo dijera a nadie. Pero el leproso, sin reparar en nada -¡cuál sería su euforia al verse sano!- lo empezó a pregonar a los cuatro vientos. Su alegría podía más que cualquier recato. Lo obnubiló y cegó completamente…Estaba colmado y no tenía oídos, ojos ni corazón para más…Desbordaba. Esa es para mi la explicación…Por eso salió saltando, lleno de júbilo, pregonando incontenible lo que le había sucedido…No podía contener su alegría, y la advertencia del Señor quedó en el olvido…Quizás la oyó, pero no la escuchó (no la reflexionó, no la hizo suya, no la asimiló).

En este punto me parece también importante notar que el Señor no puso condiciones. Fue después de curado que le hizo la advertencia, a la que este hombre no hizo caso. Las consecuencias fueron que ya no podía Jesús presentarse en público en ninguna ciudad, sino que se quedaba a las afueras, en lugares solitarios. Y acudían a Él de todas partes. Tuvo que cambiar de estrategias, seguramente, pero no se detuvo ante el bien

 

Oremos:

Padre Santo, haz que seamos instrumentos de bien, siempre, en todo lugar y ocasión. Que no escatimemos ni pongamos excusas cuando se trata de ser sensible al dolor y sufrimiento de nuestros hermanos. Que no demos excusas. Que corramos el riesgo.  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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dic 05 2009

Mateo 9,35-10,1.6-8

Texto del evangelio (Mt 9, 35-10,1.6-8)

 
En aquel tiempo, Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y sanando toda enfermedad y toda dolencia. Y al ver a la muchedumbre, sintió compasión de ella, porque estaban vejados y abatidos como ovejas que no tienen pastor. Entonces dice a sus discípulos: «La mies es mucha y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies».

Reflexión: Mt 9, 35-10, 1.6-8

Hay tanto por hacer y en realidad somos tan pocos. No hay tiempo que perder. El Señor nos envía a cumplir con nuestra urgente misión. Ahora como entonces, el mundo anda confuso, desmoralizado…parece que no hubiera razones para luchar, para perseverar. Vemos tanto, que llegamos a preguntarnos si valdrá la pena esforzarnos por hacer el bien. Que tal si mejor nos hacemos los locos y dejamos todo como está, si total, parece que a nadie le interesa…¿Por qué debemos sacrificarnos? Estas son dudas que nos asaltan cuando nos vemos tentados a dejar el camino, cuando parece que todo está en contra y que nadie quisiera esforzarse nada más que por salvar su pellejo.

Por eso hay que echar cimientos sobre la roca, no sobre la arena. Precisamente para pasar estos momentos turbulentos, en los que todo pareciera confabularse contra uno. Es aquí cuando debemos redoblar nuestra oración y pedir que el Señor fortalezca y acreciente nuestra fe.

Y es que no debemos aferrarnos a lo material, porque tarde o temprano se agota, se acaba, se esfuma. Tenemos que edificar allá donde no entra la polilla. Para eso debemos ser perseverantes y no perder de vista el Camino, la perspectiva que nos propone Jesús. Tenemos que saber mirar con sus ojos y trascender, ir más allá de lo cotidiano. No dejarnos envolver por la serpiente.

“La mies es mucha y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies.” No hay duda, a veces nos sentimos muy solos, muy solos, nadando contra corriente…Tenemos que orar para que el Señor envíe más obreros. No hay que desanimar…¡Sí se puede!…Con el Señor somos mayoría, pero no hay que dejar de pedir, de orar por más conversiones, por más cristianos verdaderos, no fariseos hipócritas, que ni entran ni dejan entrar. Y es que lo fariseos pretende que están adentro y se erigen como modelo…entonces los que quieren entrar llegan a creer que actuar como ellos es estar adentro; llegan a creer que todo es cuestión de pose, de palabra, sin llegar realmente a involucrarse. Y el cambio que el mundo necesita sólo se logrará con gente involucrada.

Oremos:

Señor fortalécenos. No permitas que desistamos, que nos rindamos. Esta es una misión de largo alcance, que ocupa toda la vida.

Envíanos más vocaciones cristianas y religiosas. Necesitamos pastores, comprometidos con el mundo. Y si habrán de ser laicos, que sean de los buenos.

Ayúdanos a pasar todas las dificultades que encontramos en el camino. Amén.

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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sep 10 2009

Reflexión Lc 6,27-38

Lc 6,27-38

La Palabra del Señor siempre será como el ácido que ayuda a separar las impurezas de nuestra alma. Estamos llamados a tener siempre con todos una buena disposición de ánimo, pero mucho más con quienes nos maltratan, con quienes no nos quieren. Esto es realmente difícil. En eso precisamente consiste el reto de ser cristianos. Jesús nos pide siempre ir más allá. No se trata de hacer lo que todos hacen, lo que todos acostumbran, lo que es común mente lógico y aceptable. Se trata de exigirnos y dar un paso más. Así es siempre con las cosas del Señor. No se trata de ser justo, nada más…se trata de amar. Y el amor siempre será superior a la justicia.

No debemos olvidar que el hombre es libre, es decir que nada lo sujeta, ni si quiera la ley. Pero si el hombre es libre y está por encima de la ley es porque ha sido creado para el amor, y el amor está por encima de todo. La ley, indudablemente es un indicador y es lo menos que podemos hacer: cumplir la ley. Pero nosotros, los cristianos, estamos llamados a ir más allá de la ley. Nuestras exigencias son mayores.

¿Por qué? Porque nosotros hemos visto, porque se nos ha dado la luz, porque sabemos que no estamos sujetos a este cuerpo, ni a este mundo, ni a sus limitaciones. Porque ellas son poca cosa para nosotros y tenemos el deber de enseñar a nuestros hermanos de dónde procede nuestra dignidad y cómo es que ellos también la tienen, porque Dios lo ha querido así. No hemos nacido para arrastrarnos, sino para volar y levantarnos sobre todas las cosas, sobre el horizonte.

No debemos aferrarnos a nada ni nadie…sólo a Dios. Todo es pasajero y útil en la medida en que nos ayuda a amar y servir a nuestro Señor. Por ello, tanto debemos acercarnos a las cosas o alejarnos de ellas, en tanto nos sean de utilidad o no para nuestro fin. No debemos preferir ni salud ni enfermedad, ni riqueza ni pobreza…Todas estas son palabras de San Ignacio que recién vamos entendiendo.

Donde está nuestro tesoro ahí estará nuestra mente y nuestro corazón. Por eso debemos tener nuestro tesoro allí en lo alto, donde no puede llegar la polilla ni nada ni nadie que lo corrompa. Nuestro tesoro es Jesús.

Oremos:

Padre Santo, has que viva mi día en consecuencia con lo que proclamo. Que te sirva en cada uno de mis actos. Líbrame de toda clase de impurezas y tentaciones, empezando por las frivolidades que tantas veces salen de mi boca.

Quiero ser tu fiel servidor, ahora y siempre. Amen

Roguemos al Señor

Te lo pedimos señor.

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jul 19 2009

Reflexión: Mc 6,30-34

Mc 6,30-34

Sin Ti Señor, somos como ovejas sin rebaño, no sabemos dónde ir. Permítenos volver a Ti siempre al final de cada día. Buscar un momento, encontrar un momento para apartarnos y descansar en Ti Aclarar nuestro corazón, nuestra mente, nuestro espíritu, en la soledad, apartados, sólo en tu presencia y compañía.

¡Qué difícil sería para nosotros los cristianos seguirte cada día, con fuerza renovadas, si no pudiéramos dedicar unos minutos a la oración. Es fundamental podernos apartar cada día a solas, para estar contigo. El Señor mismo nos llama a descansar en Él, en un lugar apartado, donde no nos interrumpa nada ni nadie. Es preciso contarle lo que hemos hecho, lo que hemos logrado, nuestros planes, nuestros problemas…Luego escucharle serenamente y por último, descansar en Él.

El Señor es el remanso de agua fresca en nuestra vida. ¡Démonos un tiempo cada día para visitarle, disfrutar de su compañía, de su presencia y por último, bebamos de la fuente cristalina y pura que habrá de reconfortarnos y darnos la fuerza necesaria para afrontar la próxima jornada.

 Oremos:

Padre Santo, danos tu paz y la sabiduría para reconocer que sin Ti somos nada, que necesitamos cada día reencontrarnos contigo en una unión profunda, como único medio para acrecentar nuestra fe y asegurar que cada día nuestras palabras y obras sólo hablen de Ti.

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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mar 23 2009

Reflexión: Jn 4,43-54

Jesús se deja conmover ante las súplicas de este funcionario real. Pero no hay duda que aquí, como antes, el Señor ve el interior de las personas. Así pudo ver la fe con la que este hombre le pedía este milagro. Estaba convencido que si Jesús quería, tenía el poder de sanar a su hijo. De allí su forma de pedir, que si leemos detenidamente pues hasta parece impertinente. A la reflexión que hace Jesús respecto a las señales, el responde insistiendo en su pedido, quizás diciendo: “no busco señales; sé que lo puedes hacer; por favor te pido que lo hagas…”

El Señor, fiel a sus promesas, responde. Al que toca se le abre, el que busca encuentra…El Señor sabe lo que necesitamos aún antes que lo pidamos, pero debemos tener fe para alcanzarlo.

Seamos insistente en pedir, pero mucho más aún en acrecentar nuestra fe. Pero esta es un don , una gracia que nos concede Dios…Entonces vivamos intensamente nuestro cristianismo, sirviendo a los demás, buscando la paz, amando y orando a Dios Padre, reconociéndonos como pecadores hijos suyos, necesitados de su perdón y agradecidos por la redención.

Oremos:

Señor, danos fe del tamaño de un grano de mostaza, para alcanzar la luz, para seguir por tus Caminos. Que no busque ser amado, como amar, ser comprendido como comprender. Que entienda que dando se recibe.

Ayúdame a llevar una vida honesta, limpia, transparente. Que todo el mundo pueda ver y hurgar en ella, sin nada que me avergüence. Dame la gracia del perdón. Perdóname todos mis pecados, límpiame y ponme en tu camino de luz.

Que brille tu luz en mí para guiar a mis hermanos. Que no sea jamás motivo de perdición.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
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mar 17 2009

Reflexión: Mt 18,21-35

Mt 18,21-35

¿Cómo será el Reino?, nos preguntamos muchas veces. El Señor nos dice como es. Es decir, una primera idea que salta a la vista es que el Reino ES…no será. Ya hoy y aquí, como en aquel entonces, lo estamos construyendo, pero él es. Quizás podemos decir en proceso, en desarrollo, en un devenir…pero es.

La segunda idea es que nuestro perdón no debe tener límites. La expresión parece absurda, innecesaria y exagerada. Me recuerda a las discusiones que tenía con mis hermanos cuando era pequeño y uno decía infinito, el otro agregaba infinito más uno y finalmente supuestamente ganaba el que terciaba infinito más infinito…y la discusión se prolongaba interminablemente por precisar quien había dicho más. Está muy claro: Nuestra capacidad de perdonar no debe tener límites.

Y, finalmente toda la historia que nos relata nos recuerda ni más ni menos que al Padre Nuestro. Es la misma y única prédica de Cristo, abordada de otro modo. Como tratas, serás tratado. Con la misma vara que mides, será medido. Si quieres que Dios Padre te oiga, sea compasivo y te perdone, oye a tus hermanos, se compasivo y perdónalos primero. No es cuestión de decir Señor, Señor…Es cuestión de obrar, de amar, de pasar por el mundo como Él, haciendo el bien.

El Señor, nuestro Dios, es bueno y compasivo con nosotros. Ya lo ha sido, al enviar a su único Hijo a salvarnos, a redimirnos del pecado, a enseñarnos el Camino. Nosotros debemos actuar en consecuencia. Eso es lo que nuestro Padre Celestial espera.

Oremos:

Dios Santo, danos la capacidad, la paciencia, el amor y la sabiduría necesaria para perdonar a nuestros hermanos, pero de corazón, con hechos…no de palabra hueca y vacía. Que nuestra actitud, nuestra mirada, nuestro gesto sea otro, “hasta setenta veces siete”.

Que no llevemos cuentas de las ofensas, ni de los malos tratos. Esto lo solemos recordar inmediatamente y cambiamos de actitud. Que sepamos dominarnos y que voluntariamente, con valor y decisión obremos con quienes no nos quieren, con quienes han manifestado su antipatía hacia nosotros, incluso con aquellos que nos han hecho daño, como si fueran nuestro mejores amigos, sin reparo, sin medida, sin límites…¡Qué difícil, Señor! Pero con tu ayuda todo lo podemos.

Roguemos al Señor…

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mar 09 2009

Reflexión: Lc 6,36-38

Con la misma medida que aplicamos a los demás, seremos juzgados, nos recuerda el Señor. Como tantas veces antes, en forma reiterada nos hace notar que nuestra salvación está en función de los demás. Los otros, el mundo que está fuera de mí, mi familia, mis hermanos, mis padres, mis amigos…la sociedad en s conjunto juegan un papel importante en la salvación. Todo depende de cómo me porte con ellos. “Ellos” son importantes y son nombrados en forma explícita. No se trata de hacer una interpretación o de llegar a ellos por una extensión del perfeccionamiento de mi persona; en todo caso es precisamente al revés. Me perfeccionaré y entonces llegaré a Dios, mejorando mi trato con mi prójimo.

No es accidental o secundario el orden incluso en que a través de esta lectura se nos da nuestro lugar. Se trata que obremos nosotros primero en nuestros hermanos como queremos que Dios obre en nosotros. Primero damos para recibir. No nos sentamos de brazos cruzados esperando que el poder divino se muestre sobre nosotros, para entonces ponernos a actuar. Tampoco empezamos un proceso de perfeccionamiento personal que habrá de llevarnos a proyectarnos a los demás como el descubrimiento de que sólo a través de ellos nos podemos realizar. Los demás no están después de nosotros…¡Esto es un gran cambio de perspectiva!

Oremos:

Señor, ayúdanos a comprender que sin ti no somos nada, pero que solo llegaremos a ti, a través de nuestros hermanos.

Danos el coraje, la entereza y el amor suficientes para ver y atender las necesidades de nuestro prójimo en primer lugar.

Roguemos al Señor…

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oct 06 2008

Reflexión: Lc 10, 25-37

Lc 10, 25-37

Nuevamente el Señor habla muy claro, para aquél que realmente lo quiere escuchar. La parábola del Buen Samaritano, no deja dudas respecto a lo que se espera de nosotros, respecto al buen proceder que debe guiar siempre nuestras vidas. El ejemplo es claro y exigente. Se trata de comprometernos con nuestro prójimo, hasta donde sea necesario. Ojo, hasta donde él nos necesite.

No podemos ser indiferentes. Nosotros sabemos lo que tenemos que hacer, pero preferimos pasar de largo, haciéndonos los desentendidos, los que no sabemos, los que no nos damos cuenta…y sin embargo tomamos un rodeo.
Qué fácil, cerrar los ojos o mirar para otro lado. Qué difícil, pero qué necesario, mirar de frente, sentir compasión, curar las heridas, poner a buen recaudo al que sufre y velar por su recuperación definitiva. Comprometernos con él.
No sabemos a dónde iba el Samaritano, pero seguramente, como nosotros, tenía muchas cosas que hacer, obligaciones que atender, responsabilidades contraídas. Pero todo lo interrumpió para hacer lo primero. Nada hay más importante que la vida. Nada es más importante que aliviar el dolor del que sufre, atender al desvalido, al indefenso. Eso es lo que tenemos que hacer y nosotros lo sabemos muy bien: “Amar a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos.”
“Vete, y haz tu lo mismo”.

Oremos:

Señor, perdónanos por cuantas veces te hemos visto sufriendo, abandonado, adolorido, y hemos pasado de largo, pretendiendo ignorarte, como si las cosas no pasaran si no las miramos, si las ignoramos. Por actuar como el avestruz, perdónanos Señor.
Danos ojos compasivos y un corazón generoso. Danos el valor para sobreponernos al temor, a la duda, a la comodidad, a la rutina y actuar con misericordia con los que sufren.
Queremos servirte, Señor, allí donde seamos necesarios, sin condiciones, poniendo todo lo que somos, todo lo que tenemos. ¡Ayúdanos a cumplir con nuestra misión!
Danos un corazón misericordioso y compasivo.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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