Posts tagged: Cristo

Mateo 23, 1-12

Texto del evangelio (Mt 23, 1-12)

En aquel tiempo, Jesús se dirigió a la gente y a sus discípulos y les dijo: «En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos. Haced, pues, y observad todo lo que os digan; pero no imitéis su conducta, porque dicen y no hacen. Atan cargas pesadas y las echan a las espaldas de la gente, pero ellos ni con el dedo quieren moverlas. Todas sus obras las hacen para ser vistos por los hombres; se hacen bien anchas las filacterias y bien largas las orlas del manto; quieren el primer puesto en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas, que se les salude en las plazas y que la gente les llame “Rabbí”.

»Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar “Rabbí”, porque uno solo es vuestro Maestro; y vosotros sois todos hermanos. Ni llaméis a nadie “Padre” vuestro en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre: el del cielo. Ni tampoco os dejéis llamar “Doctores”, porque uno solo es vuestro Doctor: Cristo. El mayor entre vosotros será vuestro servidor. Pues el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado».

Reflexión: Mt 23, 1-12

Muy claramente, para que no quepa dudas, Jesús nos indica cual debe ser nuestra actitud en el mundo. Cómo debemos pasar por él, sin aspavientos, sin pretensiones. Nosotros debemos estar al servicio de los demás.

Cuando uno adquiere un puesto de importancia, adquiere también responsabilidades, a veces muy difíciles de cumplir. Necesita de la colaboración de todos y para eso tiene que actuar como líder. Tiene que saber motivar y arrastrar a los demás en la dirección correcta, a fin de lograr las metas que se ha propuesto o que los jefes esperan de él.

Siempre habremos de preguntarnos si lo que hacemos es correcto, si ello nos conducirá y conducirá a los que trabajan con nosotros a la perfección, a la construcción del Reino, a un bien superior. No hemos de aceptar, pues, tareas destructivas, que hagan daño a los hombres o al mundo en el que vivimos. Tenemos que ser críticos y aplicar nuestro buen juicio; para ello tenemos a nuestro Maestro, Jesús, que nos ayudará a dilucidar lo conveniente, lo correcto.

Porque nosotros, los cristianos, no podemos tener una vida doble, una vida dual, en la que una cosa es lo que hacemos y otra la que decimos y confesamos, sin importar el cargo que desempeñemos. Así es como actúan los fariseos, nos lo recuerda el Señor. Dicen una cosa, pero hacen otra. Y ponen cargas a sus empleados, a sus siervos, a sus seguidores, que ellos no llevarían ni por un segundo en sus espaldas. Qué fácil es culpar a los demás, exigir comportamientos, responsabilidades y tareas imposibles, que anulan sus vidas, que les restan libertad, que los inutilizan, que los deprimen, que los hunden, al no poder lograr las metas, pese a los múltiples esfuerzos y sacrificios que realizan y encima no obtener reconocimiento alguno, precisamente porque no lograron lo que se les exigía.

El Señor nos exige empatía con nuestros empleados, con nuestros siervos. E incluso, como siempre, va más allá. Debemos actuar como siervos, en lugar de estar regocijándonos con loas y reconocimientos a nuestra embestidura. Nuestro proceder debe hacer evidente a los demás que tenemos un solo Maestro, un solo Padre  y un solo Doctor, del que proviene la sabiduría, el amor y el servicio.

Se trata, pues, de actuar como hombres y mujeres nuevos, al servicio del Reino, y por lo tanto, al servicio de los demás. Oír, atender, escuchar…ser sensible a las necesidades de los demás, más aún si contigo se encuentran al servicio de una empresa, de un negocio. Tener en cuenta siempre las altas metas que el Señor nos propone, que están por encima de los fines particulares de cualquier emprendimiento mundano, que habrán de perseguir la promoción del ser humano y nunca su humillación. Nada justifica humillar a tu hermano. Por el contrario, si de humillación se trata, debe empezar por ti. Eso es lo que nos enseña Jesús…No a salvar nuestro “buen nombre” y reputación a costa de un “infeliz”, de un “pobre diablo”, como lamentablemente tendemos a hacer. Nos comparamos, juzgamos y nos sentimos superiores a los humildes y por lo tanto, menos merecedores de humillación. Si alguien habrá de salir perdedor y humillado de esta contienda, será siempre el otro, porque “yo soy harina de otro costal”. “No sabe con quién se ha metido…” son las palabras de quien no reconoce, ni admite humillación alguna posible. “Antes, muerto”….

Un momentito…¿Por qué no te detienes a meditar un poco en torno al escenario? ¿Qué está pasando? ¿Estás seguro que la verdad está contigo? ¿Esta “verdad” implica pasar como una aplanadora por encima de las vidas de algunos o de alguien en especial? ¿Crees que eso puede venir de un Dios que es Padre? ¿Al servicio de quién estás: de este Padre, tuyo o del demonio? Piensa, medita, reflexiona, ora….

Oremos:

Señor, danos tu luz para ver claramente en nuestras vidas, que seguimos el Camino correcto, que no nos estamos engañando, huyendo solamente de la humillación o buscando solamente que nos ensalcen, porque somos incapaces de equivocarnos, porque de nosotros solo pueden venir cosas buenas…porque la razón nos acompaña en todo, porque somos superiores, elegidos…¡Danos humildad para reconocer nuestras faltas, nuestra imperfección! Sobre todo, danos sensibilidad para sentir y amar como Tú. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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Mateo 16, 13-19

Texto del evangelio (Mt 16, 13-19)

En aquel tiempo, llegado Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?». Ellos dijeron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías, otros, que Jeremías o uno de los profetas». Díceles Él: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Simón Pedro contestó: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo».

Replicando Jesús le dijo: «Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos».

Reflexión: Mt 16, 13-19)

Qué duda cabe. De aquí proviene la autoridad de Pedro y de sus sucesores en la Iglesia. Del mismo modo en que Jesucristo reconoce que es Dios Padre quien le ha revelado quien es Jesucristo a Pedro, y con la misma autoridad del Padre es que Jesús instituye su Iglesia, poniendo a Pedro como cimiento, como piedra fundamental sobre la cual “edificaré mi iglesia”.

Este es el papel y el tremendo poder que Dios Padre, por medio de Jesucristo, otorga a Pedro en la Iglesia y con él, a todos sus sucesores hasta Benedicto XVI. Sin duda ha habido tipos en el sillón de Pedro que no lo merecían, que no debieron sucederlo, probablemente, que han hecho más daño que bien. Sin embargo este también es el recuerdo que la Iglesia de Cristo está conformada por hombres, falibles, imperfectos, pero que tienen una gran Misión, que no es otra que la de Cristo. Como toda organización humana, necesitamos una cabeza. Esta es el Papa, que tiene toda la autoridad de atar y desatar…Debemos orar asiduamente por nuestro pastor, para que sople el Espíritu Santo sobre él, y sepa conducir responsablemente y a la altura de la Misión encomendada a la Iglesia, fiel y leal a Cristo, ayudando a construir la ansiada civilización del amor.

Debemos procurar entender que todos los cristianos, es decir, los seguidores de Cristo, tenemos una misma y única misión: propagar el evangelio, que no es otra cosa que acrecentar el Reino. En ese sentido somos un mismo cuerpo, el Cuerpo Místico de Cristo, al servicio de la humanidad, al servicio de la Salvación. Configurados con Cristo, es decir hechos uno con Él, tenemos la misma misión. Es como piedra de toque, como cimiento de este cuerpo, que Cristo nombra y confiere autoridad a Pedro. Es, sin duda, la responsabilidad más grande que ha podido ser conferida a persona alguna. Responsabilidad que, sin embargo, todos compartimos de algún modo, pues todos tenemos la misma misión.

Tenemos pues que conformar una gran comunidad, incluyente, universal. Eso es lo que pretende, con muchos errores, seguramente, la Iglesia Católica, la Iglesia Universal. Ninguno de nosotros puede renunciar a este deber y a esta responsabilidad. En la medida en que cada uno de nosotros actúe apropiadamente, la Iglesia irá cumpliendo su Misión. Somos un solo Cuerpo, que tiene a Cristo a la cabeza, representado aquí por el Papa.

Oremos:

Padre Santo, permítenos entender esta organización que a veces se nos antoja misteriosa, tal vez por tantos ataques que recibe y por qué no, también, por los muchos errores cometidos. Haznos fieles y leales siervos tuyos, entendiendo que solo podemos servirte, sirviendo y amando a nuestros hermanos. Siendo unidos y manifestando amor entre nosotros como partes de un mismo  cuerpo, de una misma Iglesia, porque así te ha parecido bueno. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Lucas 2, 22-40

Texto del evangelio (Lc 2, 22-40)

Cuando se cumplieron los días de la purificación de ellos, según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarle al Señor, como está escrito en la Ley del Señor: «Todo varón primogénito será consagrado al Señor» y para ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o dos pichones, conforme a lo que se dice en la Ley del Señor.

Y he aquí que había en Jerusalén un hombre llamado Simeón; este hombre era justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y estaba en él el Espíritu Santo. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor. Movido por el Espíritu, vino al Templo; y cuando los padres introdujeron al niño Jesús, para cumplir lo que la Ley prescribía sobre Él, le tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz; porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel». Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de Él.

Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: «Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción —¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!— a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones».

Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, de edad avanzada; después de casarse había vivido siete años con su marido, y permaneció viuda hasta los ochenta y cuatro años; no se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día en ayunos y oraciones. Como se presentase en aquella misma hora, alababa a Dios y hablaba del Niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén. Así que cumplieron todas las cosas según la Ley del Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El Niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre Él.

Reflexión: Lc 2, 22-40

La complacencia y el alago gratuito no son precisamente la cosecha del cristiano. Quien obra con rectitud, no puede esperar, lamentablemente, ser aplaudido por quienes ostentan el poder, por aquellos cuyos intereses precisamente se ven afectados por el recto proceder cristiano. Es penoso y a veces duele, pero basta afrontar una situación con dignidad y reclamando justicia, para que inmediatamente salten como lobos aquellos que deben ceder un milímetro de sus prerrogativas, de su posición, de su patrimonio. No están dispuestos a hacerlo por ningún motivo. Menos si son obligados por las circunstancias o por algún miserable de aquellos a los que dejan comer las migajas que caen de su mesa.

¡Cómo puede osar alguno de estos miserables a exigirle dar, lo que da de pura bondad, porque así se lo ha impuesto a sí mismo, sin tener obligación alguna! ¡A qué vienen aquellas exigencias! ¡No me vengan con derechos! ¡Yo doy a quien me place y cuanto me place, lo único que pido es lealtad (sumisión, en realidad)!

 Este es el orden que viene a subvertir Jesús. Por eso Él y sus seguidores serán tan impopulares. Serán perseguidos y tendrán que obrar en la clandestinidad o someterse a los castigos y suplicios que los poderosos dictan en su contra.

Eso parece historia antigua, historia de circo, leones y cristianos…Sin embargo no lo es. Es muy cierto que Occidente asumió e hizo más digerible al cristianismo, al punto que países e imperios enteros se declararon cristianos y junto con ellos, sus gobernantes y sus clases dominantes. Sin embargo todo ello fue logrado a costa de acomodos y tergiversaciones tendientes a hacer inocuo el Evangelio. No por eso dejaron de existir los verdaderos cristianos, que siempre han actuado como dedo en la llaga, señalando la injusticia, el atropello, los abusos y la idolatría, de quienes llamándose muchas veces cristianos, han puesto por encima del amor, por encima de sus hermanos, el bienestar, la comodidad y las riquezas.

“Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción”, y ello será por siempre, mientras no se haya expandido el Reino en todo el mundo, mientras haya injusticia, mientras haya pobres, mientras haya hambre…mientras no hayamos aprendido a vivir como hermanos, compartiéndolo todo y poniendo como centro al Amor.

Estas preguntas pueden ser duras, sin embargo creo que pueden ayudarnos a desinstalarnos, a reflexionar en torno a lo que hacemos. Tú te dices cristiano y sin embargo solo cosechas aplausos y halagos por donde te mueves…¿Será que la Palabra del Señor se ha vuelto inocua o será más bien que la suavizas y degradas a tal extremo, que no constituye ya exigencia para nadie, y mucho menos para ti? ¿Vives cómodamente instalado, tienes todo lo que necesitas, sin ser rico quizás, mientras tus hermanos padecen todo tipo de necesidades…Será que te has vuelto insensible y egoísta, que no quieres ver ni involucrarte, para no afectar tu privilegiada situación? ¿Eres de los “intelectuales” de la fe y la religión, capaces de dar brillantes discursos, que sin embargo no dicen nada de tu propia vida? ¿Podemos hablar de cristianismo, sin que este se encarne en la vida misma? ¿La Verdad para ti se ha vuelto un hecho controversial, es decir que depende del ángulo del que se la mire? ¿Te has vuelto relativista? ¿Es Jesús relativista?

 

Oremos:

Señor, no permitas que nos perdamos. Que solo tu Luz ilumine nuestras vidas. Que busquemos y defendamos siempre la Verdad, la Justicia y el Amor. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Lucas 3, 15-16.21-22

Texto del evangelio (Lc 3, 15-16.21-22)

En aquel tiempo, como el pueblo estaba a la espera, andaban todos pensando en sus corazones acerca de Juan, si no sería él el Cristo; respondió Juan a todos, diciendo: «Yo os bautizo con agua; pero viene el que es más fuerte que yo, y no soy digno de desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará en Espíritu Santo y fuego».

Sucedió que cuando todo el pueblo estaba bautizándose, bautizado también Jesús y puesto en oración, se abrió el cielo, y bajó sobre Él el Espíritu Santo en forma corporal, como una paloma; y vino una voz del cielo: «Tú eres mi hijo; yo hoy te he engendrado».

Reflexión: Lc 3, 15-16.21-22

Todos andamos ansiosos y esperando que alguien  finalmente nos señale el camino o convalide el que hemos tomado… Lo que ocurre es que no miramos al lugar adecuado. Nuestros ojos no están puestos en quien debíamos. Como la gente aquella que miraba a Juan, esperando que fuera él. Sin embargo sabía Juan que “viene el que es más fuerte que yo, y no soy digno de desatarle la correa de sus sandalias.”

Juan debe ser un ejemplo para nosotros, a fin de no pretender con sobervia que somos quienes en realidad no somos. No nos dejemos confundir por las adulaciones o por los aparentes “éxitos” personales. No hay nada que podamos hacer si Dios no lo permite. Sin Él nada somos…Así que es a Él a quien deben tornar los ojos quienes de algún modo nos siguen. Debemos tener especial cuidado en aclararlo. No se trata de agigantarse, de crear un club de fans o una secta personalista. Nosotros seguimos al Dios del Amor, al Único, al Creador…todo lo demás es solamente un camino hacia Él…

No es de nosotros, de nuestros gustos o preferencias, de nuestras inclinaciones, temperamento o ideología que deben prendarse los demás, sino de Jesús, a quien debemos transmitir, facilitando aquel encuentro preparado desde siglos. Para cada quien nuestro Padre tiene separado un espacio en su morada…Sólo hay que facilitar el encuentro, hacer que caigan en la cuenta que Él los espera con los brazos abiertos. Que sabe lo que tiene guardado en su corazón, lo que le inquieta, lo que quisiera poder alcanzar. A Dios no se le escapa nada. ¡No hay nada que esperar! ¡Dejemos de esperar! ¡El está aquí, entre nosotros, en nuestra mente, en nuestra vida, en nuestros corazones! ¡Dios está aquí! ¡Abramos los ojos! ¡Dejemos las ataduras! ¡Vamos tras Él!

Oremos:

Señor, permite que nuestra vida sea un fiel testimonio del dichoso encuentro contigo, el encuentro que nos marcó para siempre, dando sentido a nuestra existencia. Antes deambulábamos, buscando el camino, buscando respuestas. Hasta que viniste Tú y lo llenaste todo. Sólo en Ti descansa nuestra alma. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Juan 1, 35-42

Texto del evangelio (Jn 1, 35-42)

En aquel tiempo, Juan se encontraba de nuevo allí con dos de sus discípulos. Fijándose en Jesús que pasaba, dice: «He ahí el Cordero de Dios». Los dos discípulos le oyeron hablar así y siguieron a Jesús. Jesús se volvió, y al ver que le seguían les dice: «¿Qué buscáis?». Ellos le respondieron: «Rabbí —que quiere decir, “Maestro”— ¿dónde vives?». Les respondió: «Venid y lo veréis». Fueron, pues, vieron dónde vivía y se quedaron con Él aquel día. Era más o menos la hora décima. Andrés, el hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que habían oído a Juan y habían seguido a Jesús. Éste se encuentra primeramente con su hermano Simón y le dice: «Hemos encontrado al Mesías» —que quiere decir, Cristo—. Y le llevó donde Jesús. Jesús, fijando su mirada en él, le dijo: «Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas» —que quiere decir, “Piedra”.

Reflexión: Jn 1, 35-42

Los encuentros de Jesús con sus discípulos no dejan de ser menos extraordinarios. Es que ciertamente tanto ellos habían sido preparados por Juan y por su formación previa, como Jesús salió a su encuentro. No había lugar a dudas. De Él se la habían pasado hablando seguramente muchas veces, esperando su llegada y ahora, tal como les había sido anticipado, lo tenían delante. 

El encuentro con Jesús es definitivo para quien realmente lo busca. La respuesta a la pregunta “¿dónde vives”? ha de ser totalmente cautivante, al extremo de no querer abandonarlo jamás, de seguirlo por donde vaya. Ese es Jesús: llena todo, colma todo, abarca todo. No hay nada más allá y quien lo conoce, no puede conformarse con menos.

Pero, para realmente conocer a Jesús tenemos que haber preparado nuestros corazones previamente. Jesús se da plenamente a quien lo quiere sinceramente, a quien es capaz de abrirse por sobre todas sus ataduras, a quien es capaz de levantarse por encima de sus miserias, tratando de mirar más alto, más lejos. A quien tiene vocación. Eso es lo que tenían los discípulos. Eso es lo que han tenido tanta gente santa y honesta que nos ha precedido. Vocación. La firme convicción que Dios está por encima de todo, que Él lo gobierna todo, que Él es nuestro creador, que Él es nuestro Padre y que a Él nos debemos cada día. Que no hay causa más noble que consagrar a Él la vida entera…Finalmente y resumiendo, que el AMOR está por encima de todo.

Eso lo ven y encuentran los discípulos desde la primera vez que cruzan sus miradas con la de Él. Luego, van con Él, lo siguen, lo oyen…y ya no pueden dejarlo. El Proyecto que el Señor propone para nuestras vidas es cautivante, es único…Una vez que los haz oído, no lo puedes abandonar. El siempre estará allí, esperándote, con los brazos abiertos, como la primera vez. Por eso los santos, los hombres rectos, nunca lo dejan.

Oremos:

Padre Santo, danos la Gracia de encontrar a Jesús en nuestras vidas, abrazarlo y no dejarlo jamás. Sin Él, nos hundiríamos, como Pedro en el lago. Solo siendo fieles lograremos alcanzar la meta que nos propone. Danos la luz, para ver claramente el Camino; el coraje para seguirlo y la Fe para abandonarnos confiadamente a Su Voluntad. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Mateo 1, 1-17

Texto del evangelio (Mt 1, 1-17)

 
Libro de la generación de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham: Abraham engendró a Isaac, Isaac engendró a Jacob, Jacob engendró a Judá y a sus hermanos, Judá engendró, de Tamar, a Fares y a Zara, Fares engendró a Esrom, Esrom engendró a Aram, Aram engendró a Aminadab, Aminadab engrendró a Naassón, Naassón engendró a Salmón, Salmón engendró, de Rajab, a Booz, Booz engendró, de Rut, a Obed, Obed engendró a Jesé, Jesé engendró al rey David.

David engendró, de la que fue mujer de Urías, a Salomón, Salomón engendró a Roboam, Roboam engendró a Abiá, Abiá engendró a Asaf, Asaf engendró a Josafat, Josafat engendró a Joram, Joram engendró a Ozías, Ozías engendró a Joatam, Joatam engendró a Acaz, Acaz engendró a Ezequías, Ezequías engendró a Manasés, Manasés engendró a Amón, Amón engendró a Josías, Josías engendró a Jeconías y a sus hermanos, cuando la deportación a Babilonia.

Después de la deportación a Babilonia, Jeconías engendró a Salatiel, Salatiel engendró a Zorobabel, Zorobabel engendró a Abiud, Abiud engendró a Eliakim, Eliakim engendró a Azor, Azor engendró a Sadoq, Sadoq engendró a Aquim, Aquim engendró a Eliud, Eliud engendró a Eleazar, Eleazar engendró a Mattán, Mattán engendró a Jacob, y Jacob engendró a José, el esposo de María, de la que nació Jesús, llamado Cristo. Así que el total de las generaciones son: desde Abraham hasta David, catorce generaciones; desde David hasta la deportación a Babilonia, catorce generaciones; desde la deportación a Babilonia hasta Cristo, catorce generaciones.

Reflexión: Mt 1, 1-17

Todos venimos de alguien. Todos procedemos de una familia, a la que quizás no podemos rastrear tanto a la distancia como la de Jesús. Sin embargo, es verdad que de algún modo somos herederos de las decisiones que tomaron nuestros antepasados y aunque no seamos conscientes, hay seguramente algunas decisiones  que han sido determinantes incluso para nuestras vidas. Por ejemplo, quizás la más obvia sea el lugar de nacimiento. Se nos dificultad hacer un seguimiento 4 o 5 generaciones a tras, pero muchos encontramos que nuestros ante pasados llegaron a este lugar a luchar por adaptarse, dejando familia, amistades y otros, que nosotros asumimos como nuestros desde el nacimiento…

Es decir, que seamos conscientes o no, somos producto de una historia. No somos el resultado de una generación espontánea. ¿Cómo determina eso nuestra vida, nuestro accionar cotidiano? Eso es algo que algunas ciencias sociales se empeñan en estudiar, descubrir y escudriñar.

A nosotros bástenos decir que tras cada uno hay una extensa historia que nos sostiene. Historia que muchas veces desconocemos, pero que está seguramente llena de virtud y pecado…No lo sabemos. Tendemos a recordar y perennizar lo bueno, como es lógico y a olvidar y echar tierrita a lo malo.

El caso de Jesús no es distinto, aunque su genealogía puede ser seguida por muchas generaciones, tal como podemos apreciar en la lectura. ¿Qué nos quiere decir con la mención de esta larga lista?  Que estamos ante un Jesús que como cualquiera de nosotros, se hizo hombre, enraizándose profundamente en nuestra naturaleza. Proviene de una familia llena de historia, en la que encontramos pecado y virtud, como en la de todos, pero que en este caso sí ha sido registrada por siglos…Historia que asume y carga Jesús, como todas nuestras historias. Es sobre ella o a partir de ella que está llamado a marcar y señalar el camino. Como cualquiera de nosotros. No podemos renunciar ni cambiar nuestro pasado…De allí venimos. Pero si podemos edificar nuestro presente y nuestro futuro, siguiendo a Jesús.

Por otro lado, esta genealogía nos permite reconocer que Dios tiene un Plan de Salvación para nosotros. Que hay toda una historia anterior a Jesús, una historia muy humana, muy nuestra que lo precede por siglos, en la que se prepara su llegada. No irrumpe de un momento a otro, sino que es anunciado con muchísima anticipación, lo que nos da la certeza que se trata de una intervención divina en nuestra historia. Intervención que sólo persigue mostrarnos el Camino de Salvación, para que basados en nuestra inteligencia y voluntad, elijamos lo correcto. Dios ha querido así darnos argumentos suficientes, contundentes, para que no tengamos la menor duda. Resulta pues todo tan evidente, que solamente no lo ve, quien no quiere hacerlo, cumpliéndose así aquello de “no hay peor ciego que el que no quiere ver”, o “el que tiene oídos que oiga.”

Oremos:

Padre Santo, permítenos ver en nuestras vidas Tu intervención cotidiana. Cómo a cada paso nos sales al encuentro, mostrándonos el Camino.

Danos fe para seguir a Tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo, cada momento, cada segundo de nuestras vidas. Que merezcamos la confianza para hacernos constructores del Reino. Amén.

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Lucas 23, 33.39-43

Texto del evangelio (Lc 23,33.39-43)

 
Cuando los soldados llegaron al lugar llamado Calvario, crucificaron allí a Jesús y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Uno de los malhechores colgados le insultaba: «¿No eres tú el Cristo? Pues ¡sálvate a ti y a nosotros!». Pero el otro le respondió diciendo: «¿Es que no temes a Dios, tú que sufres la misma condena? Y nosotros con razón, porque nos lo hemos merecido con nuestros hechos; en cambio, éste nada malo ha hecho». Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino». Jesús le dijo: «Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso».

Reflexión: Lc 23,33.39-43

Los tiempos de Dios no son los mismos que los nuestros. Él está por encima, fuera de nuestras categorías. Por eso, el ofrecimiento a este malhechor –que muchas veces distinguimos como el “buen ladrón”-, a aquel que por lo menos en trance de muerte, reconoce sus pecados y se inclina ante la bondad de Jesús, pidiéndole que lo tenga en cuenta en Su Reino.

Poco o nada sabemos de este malhechor, quién fue, qué hizo, de qué se le acusaba. Lo importante es que en este, su último momento, reconoció sus faltas. Es este gesto el que conmueve a Jesús. Ya no había más nada que hacer y en aquél último momento pide que se le tenga en cuenta. Lo que había en su alma, su aflicción y lo profundo de su ruego, no pasaron desapercibidos para el Señor.

Es esta una lección más. No debemos ser soberbios, ni mucho menos dejar que esta soberbia nos ciegue hasta el final. Debemos procurar humildemente reconocer nuestros pecados y si ya no podemos enmendarlos, por lo menos arrepentirnos y pedir perdón al Señor. Ojala esa fuera nuestra actitud cada día; ojala dedicáramos un espacio de tiempo cada día para revisar nuestras vidas, lo que hemos hecho, lo que hemos dejado de hacer y arrepentidos, procuráramos enmendar nuestros errores, aquellos en los que hemos fallado a nuestros hermanos, a nuestro prójimo y a Dios. 

El malhechor sabía que su tiempo estaba llegando a su fin, era obvio. Nosotros no sabemos cuándo será…¿Nos encontrará al lado de Jesús? ¿Tendremos tiempo para arrepentirnos, pedir perdón y encomendarnos a Él? Hagamos de ello una forma de vida y no dejemos de dedicar unos minutos del día a examinar nuestras conciencias y a prepararnos, como si supiéramos que hoy habremos de partir.

Oremos:

Señor, ayúdame a vivir hoy con la actitud de aquél que sabe que hoy podría ser el último día de su vida. Que trabaje incansablemente y no deje nada para mañana…podría ser demasiado tarde. Que ordene mi vida de tal forma, que cumpla con lo más importante primero, dejando todo aquello suntuario, el placer, la gratificación, el descanso, la distracción, el orgullo, la vanidad para otro momento.

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Reflexión: Mc 9,38-43.45.47-48

Mc 9,38-43.45.47-48

Nadie obra el bien, si no está con Dios, sea que lo reconozca o no. Y, si hace el bien, si hace milagros, no puede estar contra el Señor. En ese sentido debemos ser abiertos, tolerantes, comprensivos. Es el bien y el amor lo que necesita nuestro mundo. Si quien lo imparte, aliviando el sufrimiento y el dolor no conoce a Cristo, es seguro que Dios está obrando en Él. “El que no recoge, desparrama”, “el que no están conmigo está contra mí”. No se puede servir a dos Señores…

Ahora que si en este proceder hubiera engaño, si alguien obrara aparentemente el bien, engañando a la gente para luego traicionarla, o valerse de ella con otros fines, el Señor advierte que más le valdría atarle una piedra al cuello y lanzarlo al mar. El Señor no tolera el engaño, la falsedad, ni la hipocresía.

Finalmente el Señor nos pide un esfuerzo por reconocer aquello que nos daña, aquello que nos perjudica en nuestra Misión, todo aquello que constituye un lastre en nuestra vida. Debemos ser capaces de vernos, de examinarnos y cortar con todo aquello que nos daña, con nuestras debilidades, con nuestros vicios. Cuesta decirlo, pero parece ser que también debemos reconocer entre nosotros a quienes  en realidad nos dañan, y alejarnos de ellos. Un mal amigo, una relación nociva, es preferible cortarla, aunque duela. A veces debemos tomar este tipo de decisiones por el bien del resto del cuerpo. Es como un cáncer, que es preferible extirparlo cuando recién se detecta, de otro modo termina por corromperlo todo.

Son duras las implicancias de estas palabras en una comunidad. Pero a veces es preciso tomar medidas para preservar al resto. Será preciso “extirpar” el fruto podrido, el árbol torcido. ¿Cuándo y cómo hacerlo? El Señor nos recomienda todo un procedimiento previo. Primero, estar dispuestos a comprender y perdonar todo lo que sea necesario…hasta setenta veces siete. Luego, hablar a solas, tratando de hacerle ver sus errores. Si persiste en los mismos, ir con un amigo, con un testigo y procurar que se rectifique. Si aun así no logramos el cambio esperado, exponerlo a la comunidad entera y si aún así no logras el cambio, que sea para ti como un desconocido, peor aún, alguien con el que es preferible no juntarse, como si fuera el representante de un enemigo, de un invasor, de un opresor. Marcar distancia. Hacerse indiferente, hasta donde sea posible, sin faltar a la caridad.

“Si tu hermano llega a pecar, vete y repréndele, a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano.  
Si no te escucha, toma todavía contigo uno o dos, para que todo asunto quede zanjado por la palabra de dos o tres testigos.  
Si les desoye a ellos, díselo a la comunidad. Y si hasta a la comunidad desoye, sea para ti como el gentil y el publicano.”(Mc 18,15-17)

 

Oremos:

Señor, danos paciencia y comprensión para tratar a nuestros hermanos. Que seamos tolerantes y comprensivos en la corrección. Sin embargo, cuando hay que cortar de raíz, danos el valor y la caridad para hacerlo del modo menos doloroso posible, pero con firmeza y decisión.

No hay nada más peligroso que ser tolerante  y condescendiente con el mal. Debemos evitar actuar con simpatía con quien tiene el poder para condenarnos.

Danos ti Gracia abundante Señor, para extirpar cualquier rastro de mal y pecado en nosotros.

 Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Reflexión: Lc 9,18-22

Lc 9,18-22

Nos cuesta entender al Señor, no porque sea difícil, no. Lo que pasa es que no queremos oír lo que dice. Nos incomoda, nos mortifica. ¿Por qué Cristo habría de querer que no se diga quién era?

Es que no iba a escudarse en ello, ni valerse de lo que con toda naturalidad nosotros hubiéramos echado mano: Su Poder. Si nuestra salvación dependiera de Su Poder o mejor dicho, si hubiera querido Dios Padre que nuestra salvación dependiera de Su Poder o del Poder de Cristo, en primer lugar no hubiera enviado a Jesús, ni lo hubiera dejado padecer para salvarnos. Hubiera chasqueado los dedos y listo…¡Todos salvos! ¡Qué lindo!

Pero eso hubiera sido denigrante, hubiera ido en contra de nuestra dignidad. ¿No fuimos creados LIBRES? ¿Cómo podía Dios respetar nuestra libertad si al mismo tiempo nos impedía decidir? Podemos darle un millón de vueltas, finalmente tendremos que concluir en que Dios lo hizo todo bien. No podía ser de otro modo, tratándose de un Dios que es Amor.

Somos nosotros los que nos alocamos, los que perdemos la paciencia, los que dejamos de perseverar. ¿Queremos tenerlo todo, sin que nos cueste nada, sin el menor esfuerzo, sin el menor sacrificio. Queremos servir a dos Señores y como nos lo recordó Jesucristo, eso es imposible. No podemos estar con Dios y con el Diablo al mismo tiempo. O estamos en la luz o estamos en la oscuridad. O estamos con la verdad o estamos con la mentira.

El hombre lleva el bien, la verdad y la luz en su corazón; es la impronta de Dios. Sin embargo necesita ser convencido que debe actuar siempre en función de la verdad y la luz. Necesita ser convencido que en el amor está su felicidad. Escribe millones de libros y versos declarándolo, pero difícilmente llega a vivirlo plenamente.

Es por eso que necesitamos de Cristo, para que Él nos enseñe el Camino. Y tendrá que llegar al extremo de padecer y morir en la cruz para que le entendamos. Entonces, recién después de pasar por este cáliz puede el Señor mostrar su poder Resucitando, venciendo a la Muerte. Es por esto que Cristo manda callar a Pedro. Conociéndonos, sabía que inmediatamente íbamos a querer apartarlo de su Misión, pidiendo que de una vez venza a los Romanos, sin tener que pasar por la humillación, por el calvario y la cruz.

Sin embargo hay un refrán popular que reza: “el que quiere celeste, que le cueste”. Este nos debe hacer recordar que el camino de la felicidad y el amor no es fácil. Parece paradójico, pero así es. Esto es lo que nos cuesta entender. Para Vivir, hay que ser capaz de morir.

Oremos:

Padre Santo, danos la luz del Espíritu Santo para que podamos entender la Verdad revelada por Tú Hijo, Nuestro Señor Jesucristo.

Que seamos fieles y leales a la Verdad. Danos valor, para no abandonarla aunque nos cueste, aunque duela, aunque tengamos que morir por ella. Amén.

 Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Reflexión: Jn 10,22-30

Jn 10,22-30

Nos carcome la impaciencia, no aguantamos más y como los judíos, queremos que el Señor se manifieste de una vez, tal como nosotros queremos, con la idea que nos hemos forjado interiormente. Es que no le conocemos y pretendemos un Cristo que nos muestre su poder, que nos muestre de una vez cuan poderoso es, resolviendo nuestros problemas, nuestras dudas y manifestándose de tal modo en nuestra vida, que sea contundente para que sin dudas podamos decir, orgullosos, satisfechos, triunfantes, este es nuestro Dios, el Dios en el que creemos…Miren, deposité mi fe en Él, creí en Él y vean, cómo ha obrado lo que esperaba, lo que quería, lo que le pedí. ¿No es esto lo que queremos? ¿No es esto lo que esperamos? ¿No es que con cierta decepción y llenos de dudas nos alejamos de Él, porque no ha obrado lo que nosotros queríamos, lo que esperábamos, lo que queríamos?

Por fin…¿Creemos o no creemos en Dios? ¿Creemos o no creemos en Jesucristo, el Hijo de Dios, enviado por nuestro Padre para Salvarnos? ¿Creemos que Él vino al mundo para redimirnos de nuestros pecados y Salvarnos? ¿Creemos en Él? ¿Creemos que hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios? ¿Qué quiere decir esto? ¿Lo hemos comprendido en realidad? ¿Hemos comprendido que Dios es nuestro Padre?

¿O es que más bien creemos en un Dios semejante a nosotros, creado en realidad por nuestra imaginación, del que esperamos fervientemente haga nuestra voluntad? ¿Somos nosotros los que pretendemos señalarle el Camino? ¿Somos nosotros los que habremos de decirle por donde ir y cómo hacer las cosas? ¿No nos está faltando humildad, tanta que pretendemos enmendarle la plana y que ponemos ello como condición para creerle, para seguirle?

Por fin…¿Es nuestro pastor y nos guía por donde debemos ir, procurando lo que más nos conviene, dándonos lo que su infinita bondad y su corazón han visto por más conveniente para nosotros? ¿O pretendemos más bien erigirnos en su pastor y decir que es lo que conviene y qué no?

Oremos:

Padre Santo, danos humildad y sabiduría para entender tus designios, para comprender tu voluntad en nuestras vidas, para adherirnos a Ti, y seguirte con Fe, sabiendo que Tú solo haz de querer lo mejor para nosotros en cada momento, sea que lo podamos comprender o no. Que pongamos los medios para que se haga Tú Voluntad.

Roguemos al Señor…

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Reflexión: Lc 24,35-48

Lc 24,35-48

Como los discípulos entonces, nosotros hasta ahora no salimos de nuestra perplejidad. No nos creemos todo lo que se nos ha dicho. No nos creemos lo que nos ha enseñado Jesús. Queremos interpretarlo y adaptarlo a nuestra comprensión, a nuestra razón , que por si fuera poco está distorsionada por una serie de complejos, traumas, limitaciones, prejuicios y mil obstáculos que hemos ido creando a lo largo de nuestra vida para que todo parezca y sea como nosotros queremos. Así, con tanta basura acumulada, con tatos parches, mentiras, hipocresías, superficialidades y castillos edificados sobre la arena, así con estos lentes contra el astigmatismo, cuando en realidad tenemos miopía, es imposible verlo. Y sin embargo Él está aquí, al lado de cada uno de nosotros, rodeándonos, abrazándonos, envolviéndonos, guiándonos, llevándonos, levantándonos, cuidándonos, empujándonos, propiciando cada situación, dándonos amor, dándonos vida.

Debemos sacudirnos de todo prejuicio, de todo temor, de todo pesimismo. El Señor está con nosotros y ¡ha vencido al mundo! Pedir al Señor que purifique nuestra alma, nuestra mente y nuestro corazón. Que nos haga como niños, como una fuente cristalina de agua fresca y pura, como el día más transparente, templado y soleado, frescos como la brisa del mar que da sobre nuestro rostro cuando paseamos por una playa en primavera. Que nos haga dóciles para encontrarlo y verlo en nuestras vidas, allí donde menos esperamos…En realidad, allí donde posamos los ojos. Porque Él está en todas partes…acompañándonos, guiándonos, mostrándonos el Camino. El nos dice donde debemos dar el siguiente paso, donde debemos posar nuestros pies y nosotros le oímos, pero no siempre le hacemos caso.

Somos necios. No nos llegamos a creer todavía que Él está a nuestro lado y que sólo quiere nuestra felicidad; la de todos y cada uno de nosotros. Sólo debemos hacerle caso. Oír y hacer ciegamente lo que Él nos dice. No hay nada que nos proponga que no sea por nuestro bien y si nos cuesta, seguramente la recompensa será muchísimo mayor. Solamente tienes que tirar la red del lado que Él te indica y verás que la pesca será abundante.

“Así está escrito que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día y se predicara en su nombre la conversión para el perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén. Vosotros sois testigos de estas cosas”. Hemos sido testigos y somos los primeros beneficiarios de esta Gracia. Somos consientes de ello. Somos testigos. Los testigos están llamados a dar testimonio verás de lo que han visto, oído y creído.

Oremos:

Señor acrecienta nuestra Fe. Creemos en Ti, pero no lo suficiente, por eso a veces flaqueamos, dudamos, nos acobardamos. Haznos un instrumento de tu Fe.

Queremos andar confiadamente por los caminos, sabiendo que Tú estás siempre a nuestro lado.

Roguemos al Señor…

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Reflexión: Lc 24,35-48

Lc 24,35-48

Apareciendo nuevamente entre sus discípulos, con el saludo de la paz y pidiéndole algo de comer, Jesús trata de acabar con el desconcierto entre ellos, centrarlos y encaminarlos nuevamente en su misión. Todo lo que ha ocurrido ha sucedido como estaba escrito y, algo que es sumamente importante: ustedes son testigos de estas cosas.

Un testigo está llamado a dar testimonio. El Señor nos compromete a eso. Ustedes saben, ustedes conocen, porque lo han visto…están llamados a darlo a conocer, a testificar, a llevar la Buena Nueva, a evangelizar. Este es un mandado, es nuestro DEBER. Como dice el documento de nuestros obispos en Aparecida: NO ES OPCIONAL.

Esto quiere decir, en mi modesto entender, que por ello seremos juzgados, que de eso se nos pedirá cuentas; que de esta forma podemos dar muestra concreta de amor, es decir si con nuestros actos EVANGELIZAMOS. ¿Y cómo podemos evangelizar al mundo con nuestros actos? Pues siendo verdaderos cristianos…Y, ¿Qué hace un verdadero cristiano? ¿Cómo se puede reconocer a un verdadero cristiano? No por lo que dice, ciertamente, si no por lo que hace.

Un verdadero cristiano es un hombre de paz. Un hombre que lleva y da la paz, tal como lo hizo el Señor. No es por costumbre o un mero modismo, que Jesús saluda de este modo a sus discípulos a penas los ve: “La paz con vosotros”. Es que para quien ha comprendido el mensaje, para quien ha sido testigo de todo esto que el Señor resume con las siguientes palabras: “Éstas son aquellas palabras mías que os hablé cuando todavía estaba con vosotros: ‘Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí’”. Para quien ha entendido el mensaje del Señor, decía, no puede haber sino paz; la paz de quien ha resuelto todos los nudos, de quien ha encontrado por el fin el Camino, de quien ha encontrado explicación y sentido a la Vida. Es Cristo, su vida, muerte y resurrección quien da sentido a nuestras vidas…Quien ha sido testigo, y quien realmente lo ha comprendido, deber tener la paz del Señor y debe darla.

Tener la paz del Señor y darla implica hacer un alto en el camino, hacer una reingienería total a nuestras vidas y mirar el mundo con otros ojos. Implica poner primero el amor. Esto quiere decir, empezando desde este momento, desde este segundo, poner a nuestros hermanos en primer lugar y vivir para dar antes que para recibir. Dar, amar, quiere decir desprenderse. Es cambiar totalmente el eje central de nuestras vidas y por ende, todos nuestros planes y proyectos. Es vivir hoy y cada día como un verdadero cristiano, y esto sólo se logra si cada día, a cada instante, todo el tiempo amas. ¿Cómo? ¿A quién? Empezando por quien está a tu lado y siguiendo con cada creatura que vayas encontrando en este tu día. Todos tienen que saber de Cristo. La noticia es urgente, es prioritaria, no puede esperar. La darás a conocer no con bonitas y rebuscadas palabras, sino con tu vida, con tus actos, con tus actitudes, con tu proceder cotidiano, a cada instante.

Oremos:

Señor ayúdame a caminar por este mundo siendo tu testigo. Dame el valor para anunciarte en cada uno de mis actos, con cada gesto, desde que amanece hasta que termine el día. Que vaya derramando paz y amor por donde pase. Que no necesite abrir la boca para que te reconozcan y si en todo caso habré de hacerlo, que sólo sea para proclamarte. ¡Dame tu paz y tu amor!

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
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