ago 05 2010

Mateo 16, 13-23

Texto del evangelio (Mt 16, 13-23)

En aquellos días, llegado Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?». Ellos dijeron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías, otros, que Jeremías o uno de los profetas». Díceles Él: «Y vosotros ¿quién decís que soy yo?». Simón Pedro contestó: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo». Replicando Jesús le dijo: «Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos». Entonces mandó a sus discípulos que no dijesen a nadie que Él era el Cristo.

Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que Él debía ir a Jerusalén y sufrir mucho de parte de los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, y ser matado y resucitar al tercer día. Tomándole aparte Pedro, se puso a reprenderle diciendo: «¡Lejos de ti, Señor! ¡De ningún modo te sucederá eso!». Pero Él, volviéndose, dijo a Pedro: «¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Escándalo eres para mí, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres!».

Reflexión: Mt 16, 13-23

¿Quién es para nosotros Jesús? Esa ha de ser la pregunta que debemos procurar responder hoy. Y no es desde la razón que debemos responder, sino desde la Fe. Claro está, que la razón puede ayudar a quien así lo dispone, a no ser necio, a no negar tercamente algo de lo que ya ha tenido evidencia, a recordar aquellas manifestaciones de la Gracia, aquellas evidencias recibidas, como en este caso lo hace Pedro…La gente puede decir lo que quiera, pero para Pedro que andaba con el Señor, que había presenciado tantos prodigios y que había oído Su palabra, no había duda…

Pues para nosotros que caminamos en su compañía e iluminados por su presencia, tampoco debía haber duda. El Señor se revela a los que le aman, a los que le oyen, a los que deciden seguirlo. La firmeza, la constancia, la perseverancia, son Gracias que debemos pedir, de modo tal que recibida la Verdad, no se diluya en nuestra memoria y luego, interrogada por la razón o exigida por a realidad, prefiera ser negada y se esconda cobardemente tras la duda, que resulta así la mejor aliada de la oscuridad, del egoísmo, del Príncipe de las tinieblas.

En esta respuesta que da Jesús a Pedro, la Iglesia ha visto siempre el origen del mandato de Pedro y de sus sucesores, los Papas. Es algo que no discutiremos. Sin embargo ello no debe impedirnos reflexionar en lo que nos dice a cada uno de nosotros. Hemos de poner la fe en primer lugar…una fe que además ha sido refrendada en nuestra propia historia personal, porque son innumerables las veces que por Gracia de Dios hemos tenido evidencias de su participación en nuestra vida cotidiana, una fe que, entonces, proviene de hechos irrefutables de los que nuestra memoria y nuestra razón guardan evidencia. ¿Cómo negarla?

Si sostenemos con firmeza nuestra fe y aun la acrecentamos, de allí vendrá el poder que señala Cristo de atar y desatar en la tierra y en los cielos. Y es que quien tiene fe, ama a Dios y quien le ama, hace Su Voluntad; y a quien hace Su Voluntad, se le allanan los caminos en la tierra, pues está haciendo lo que ha sido dispuesto por Dios en los cielos. De esta forma podemos ver en el cielo lo que ocurre en la tierra y viceversa, como si fuera un espejo.

Pero todo este descubrimiento realizado por Pedro y ahora realizado por nosotros, no aparta a Jesús del sacrificio de la cruz, que será necesario como la mayor muestra de amor…Lo que quiere decir que a nosotros tampoco nos ha de eximir de estar dispuestos a amar al extremo. Esa ha de ser la respuesta de la fe en nuestras vidas y cualquier duda, o retroceso en esta línea será una concesión al demonio, que no debemos permitir. Tenemos una misión que cumplir…Así que, como Cristo debemos decir a toda tentación que pretenda alejarnos del Camino: ¡Quítate de mi vista, Satanás!

Oremos:

Padre Santos, denos fuerza de voluntad y perseverancia para seguir a Jesús, aun a  través de las dificultades, confiando en que finalmente habremos de salir triunfantes, si hacemos lo que has dispuesto, lo que nos has mandado: amarte a Ti, por sobre todas las cosas y a nuestros hermanos como a nosotros mismos.  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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jun 20 2010

Lucas 9, 18-24

Texto del evangelio (Lc 9, 18-24)

Y sucedió que mientras Jesús estaba orando a solas, se hallaban con Él los discípulos y Él les preguntó: «¿Quién dice la gente que soy yo?». Ellos respondieron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que un profeta de los antiguos había resucitado». Les dijo: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Pedro le contestó: «El Cristo de Dios». Pero les mandó enérgicamente que no dijeran esto a nadie.

Dijo: «El Hijo del hombre debe sufrir mucho, y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar al tercer día». Decía a todos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ése la salvará».

Reflexión: Lc 9, 18-24

¿Quién dicen que soy y quien soy en verdad? El Señor nos invita a hacer esta reflexión, a propósito de sí mismo. Nos damos a conocer por lo que hacemos. Las personas se forman juicios a partir de lo que ven. Así, a Jesús, quienes lo conocen, quienes lo ven, lo tienen definitivamente como alguien extraordinario, entre los más destacados…pero muy pocos llegan a ubicarlo en el lugar que realmente le corresponde; solo sus discípulos, a quienes les pide que callen, porque tenía una misión que cumplir, un itinerario que parece imposible, inverosímil y sin embargo así será.

Pero algo más agrega el Señor, el que quiera seguirme, tendrá que hacer lo mismo. Tendrá que coger su cruz y negarse a sí mismo. Allí está la clave, en negarse a sí mismo. No se trata de una posición masoquista que busque el sufrimiento por el sufrimiento, no…Se trata de ordenar la vida, de disponerlo todo en el orden correcto, poniéndonos al final. No es nada fácil, porque incluso instintivamente –sobre todo así- siempre procuramos primero nuestro bien, nuestra comodidad, nuestro beneficio. Incluso, cuando lo logramos, nos conformamos y ya no queremos esforzarnos más, no vaya a ser que perdamos lo alcanzado. No nos exigimos ir más allá…es más, llega un punto en el que preferimos conformarnos…Así estamos bien, para qué más. Y es que estamos primeros en nuestra lista y no nos interesa dar cabida a nadie más. Que cada quien vea por lo suyo….

Por eso son tan importantes las palabras del Señor, que nos invita no sólo a coger nuestra cruz, sino a negarnos a nosotros mismos. ¡Qué difícil resulta negarnos a nosotros mismos! Renunciar a uno mismo, para poner al otro como nuestra prioridad. ¿Tú quieres que lo haga? Por ti lo haré, si eso te hace feliz. Claro, no se trata de hacer algo malo, no. Pero en la vida cotidiana hay tantas cosas que nos piden nuestros hermanos, nuestros esposos o esposas, nuestros amigos, cosas que a veces parecen nimias, pero que no estamos dispuestos a hacer, porque nos incomodarían, porque significarían un esfuerzo que no estamos dispuesto a realizar.

Oremos:

Señor, ayúdanos a seguirte fielmente, procurando siempre dar lo mejor que tenemos, lo mejor que somos, sin medida, sin condiciones. Perdónanos nuestras debilidades. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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abr 27 2010

Juan 10, 22-30

Texto del evangelio (Jn 10, 22-30)

Se celebró por entonces en Jerusalén la fiesta de la Dedicación. Era invierno. Jesús se paseaba por el Templo, en el pórtico de Salomón. Le rodearon los judíos, y le decían: «¿Hasta cuándo vas a tenernos en vilo? Si tú eres el Cristo, dínoslo abiertamente». Jesús les respondió: «Ya os lo he dicho, pero no me creéis. Las obras que hago en nombre de mi Padre son las que dan testimonio de mí; pero vosotros no creéis porque no sois de mis ovejas. Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy vida eterna y no perecerán jamás, y nadie las arrebatará de mi mano. El Padre, que me las ha dado, es más grande que todos, y nadie puede arrebatar nada de la mano del Padre. Yo y el Padre somos uno».

Reflexión: Jn 10, 22-30

No hay peor sordo que el que no quiere oir, ni peor ciego que el que no quiere ver. Los judíos, como muchos de nosotros, saben lo que es correcto, lo que es verdadero, lo que está bien, pero no lo hacen, porque, como algunos dudan, otros tienen temor y a la mayoría simplemente no parece importarles, quieren que alguien haga por ellos, lo que ellos deben hacer. Quieren responsabilizar a Jesús de su falta de fe, de su incredulidad, de su falta de valor…Es decir que a tenor de lo que dicen, es por culpa de Jesús que aun no se definen: “¿Hasta cuándo vas a tenernos en vilo? Si tú eres el Cristo, dínoslo abiertamente.”

Queremos que nuestra vida sea transformada automáticamente, como por arte de magia. Sin ningún esfuerzo de nuestra parte, nos gustaría ser arrastrados, forzados a asumir la posición correcta y sin la menor duda, adquiriendo inmediatamente una coraza contundente e impenetrable, que nos permita sostenernos de manera firme e inquebrantable. Queremos pruebas irrefutables de que Cristo es Dios y ha venido a salvarnos. Que si hacemos lo que Él nos dice, seremos salvos. Queremos que nos de un certificado, un documento firmado de puño y letra, que sea incuestionable, que a su sola presentación nos abran paso sus enemigos, que serían entonces nuestros enemigos. Un salvo conducto que nos asegure el libre tránsito por la vida, que a su sola presentación, nos abran campo, nos abran las puertas y se inclinen ante nosotros, del más grande al más chico; que desate admiración y respeto.

Pero no es así. No se trata de magia, ni el Señor ha venido a avasallar nuestra libertad, aunque sea por nuestro bien. Tenemos temor a ser libres, por eso queremos hacernos inmediatamente esclavos de alguien que asuma la responsabilidad de nuestra libertad. Nos falta valor. Nos falta convicción.

Para eso ha venido el Señor. Para mostrarnos el Camino y alentarnos a seguirlo. Para iluminar nuestras mentes, nuestro espíritu y nuestro corazón. Hemos sido creados libres por Dios nuestro Padre y hemos sido dotados de inteligencia y voluntad. Hemos de aplicar estas facultades para dirigir nuestra vida hacia lo mejor, hacia lo que más nos conviene y esto es la Verdad, la Luz, la Vida, el Amor…

Nadie elegirá esta senda por nosotros y mucho menos Dios, que respeta nuestra dignidad de Hijos suyos. Hemos de ser nosotros mismos los que decidamos. ¿Queremos seguir siendo libres o preferimos ser esclavos? ¿Queremos levantarnos y caminar al Padre o preferimos arrastrarnos por la oscuridad, aferrándonos a riquezas, poder, fama, placeres, que hoy están y mañana no sabemos?

Es nuestra decisión: la eternidad o la finitud.

El Señor ilumina con su Luz esta decisión. Nos llama, nos deja oír su voz; nos muestra el Camino, la Verdad y la Vida, pero no nos hace, ni nos quiere esclavos. Hemos sido creados libres y ese es nuestro mejor destino: mantenernos libres y hacer lo que más nos conviene, lo mejor, lo correcto. Esta decisión es la que el Señor viene a iluminar. “Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy vida eterna y no perecerán jamás, y nadie las arrebatará de mi mano.”

 

Oremos:

Padre Santo, no permitas que nos apartemos de Ti. Danos el valor, el coraje de seguir a Jesús, por el Camino que Él nos señala. Danos Fe, para no dudar ni sentirnos atemorizados cuando todos parecen abandonarnos e ir por otro camino. Si seguimos a Cristo, no necesitamos más garantías.  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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abr 08 2010

Lucas 24, 35-48

Texto del evangelio (Lc 24, 35-48)

En aquel tiempo, los discípulos contaron lo que había pasado en el camino y cómo habían conocido a Jesús en la fracción del pan. Estaban hablando de estas cosas, cuando Él se presentó en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros». Sobresaltados y asustados, creían ver un espíritu. Pero Él les dijo: «¿Por qué os turbáis, y por qué se suscitan dudas en vuestro corazón? Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo. Palpadme y ved que un espíritu no tiene carne y huesos como veis que yo tengo». Y, diciendo esto, les mostró las manos y los pies. Como ellos no acabasen de creerlo a causa de la alegría y estuviesen asombrados, les dijo: «¿Tenéis aquí algo de comer?». Ellos le ofrecieron parte de un pez asado. Lo tomó y comió delante de ellos.

Después les dijo: «Éstas son aquellas palabras mías que os hablé cuando todavía estaba con vosotros: ‘Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí’». Y, entonces, abrió sus inteligencias para que comprendieran las Escrituras, y les dijo: «Así está escrito que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día y se predicara en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén. Vosotros sois testigos de estas cosas».

Reflexión: Lc 24, 35-48

Jesús resucitado se presenta a los discípulos, pero estos no acaban de convencerse que se trata de Él mismo y no de un espíritu. Como a ellos, el temor nos impide creer. No nos damos íntegramente por temor.  ¿Y si no fuera cierto?, nos preguntamos…¿Y si perdemos? ¿Y si nos hacen fraude? ¿Y si nos ganan?  Todos esto temores nos impiden seguir a Jesús.

¿Por qué nos aferraremos así, de este modo a la vida y a las comodidades? Estamos dispuestos a sacrificar muy poco; quizás solamente lo que nos sobra, aquello de lo que podemos prescindir; aquello que no nos hace falta. No estamos dispuestos a comprometer y mucho menos sacrificar nuestra vida.

Muy fácilmente hablamos de amor, de ética, de moral y de preceptos cristianos, pero estamos dispuestos a pasarlos por alto si su cumplimiento nos exige algún sacrificio significativo. No entendemos o no queremos darnos por enterados que el seguimiento de Cristo tiene que ver con la vida misma. No se trata de recitar nada o de presentar argumentaciones sumamente razonables y lógicas; no es una actividad intelectual. Se trata de manifestarlo en cada una de las acciones de nuestra vida. Es en cómo encaramos la vida, cómo nos comportamos que se nos ha de reconocer, exactamente como los discípulos contaron que habían reconocido al Señor.

De eso se trata, de dar ejemplo, de dar testimonio…de dar que hablar, por lo que somos y hacemos, no por lo que decimos. “Así está escrito que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día y se predicara en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones…” Pero esta predicación, que muchas veces entendemos como la proclamación de la Palabra por plazas y calles, ha de ser sobre todo con el ejemplo. Es el ejemplo el que arrastra. Nosotros, si creemos en Cristo, si hemos de seguirle, tenemos como misión “predicar la conversión”, para ello debemos ser conversos nosotros mismos. Este proceso tiene que darse en nosotros y no será algo que pueda o deba leerse en nuestro DNI o en alguno de nuestros títulos, sino que se verá y los demás lo reconocerán.

Oremos:

Padre Santo, permíteme salir de la vorágine de las presiones y responsabilidades mundanas, para ver las cosas con otra perspectiva, desde la óptica de Cristo, para actuar y desenvolverme en cada momento, en cada acto, cristianamente, sin tranzar en nada con el demonio, es decir, sin llevar una doble vida. Que se imponga el seguimiento a mi Señor, antes que mis intereses o el quedar bien con tal o cual. Que aprenda a vivir en la caridad, y el mundo entero lo vea y reconozca, como señal de conversión. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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abr 07 2010

Lucas 24,13-35

Texto del evangelio (Lc 24,13-35)

Aquel mismo día iban dos de ellos a un pueblo llamado Emaús, que distaba sesenta estadios de Jerusalén, y conversaban entre sí sobre todo lo que había pasado. Y sucedió que, mientras ellos conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió con ellos; pero sus ojos estaban retenidos para que no le conocieran.

Él les dijo: «¿De qué discutís entre vosotros mientras vais andando?». Ellos se pararon con aire entristecido. Uno de ellos llamado Cleofás le respondió: «¿Eres tú el único residente en Jerusalén que no sabe las cosas que estos días han pasado en ella?». Él les dijo: «¿Qué cosas?». Ellos le dijeron: «Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo; cómo nuestros sumos sacerdotes y magistrados le condenaron a muerte y le crucificaron. Nosotros esperábamos que sería Él el que iba a librar a Israel; pero, con todas estas cosas, llevamos ya tres días desde que esto pasó. El caso es que algunas mujeres de las nuestras nos han sobresaltado, porque fueron de madrugada al sepulcro, y, al no hallar su cuerpo, vinieron diciendo que hasta habían visto una aparición de ángeles, que decían que Él vivía. Fueron también algunos de los nuestros al sepulcro y lo hallaron tal como las mujeres habían dicho, pero a Él no le vieron». Él les dijo: «¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?». Y, empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que había sobre Él en todas las Escrituras.

Al acercarse al pueblo a donde iban, Él hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le forzaron diciéndole: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado». Y entró a quedarse con ellos. Y sucedió que, cuando se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando.

Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron, pero Él desapareció de su lado. Se dijeron uno a otro: «¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?». Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén y encontraron reunidos a los Once y a los que estaban con ellos, que decían: «¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!». Ellos, por su parte, contaron lo que había pasado en el camino y cómo le habían conocido en la fracción del pan.

Reflexión: Lc 24,13-35

Hoy el Evangelio nos asegura que Jesús está vivo y continúa siendo el centro sobre el cual se construye la comunidad de los discípulos. Es precisamente en este contexto eclesial —en el encuentro comunitario, en el diálogo con los hermanos que comparten la misma fe, en la escucha comunitaria de la Palabra de Dios, en el amor compartido en gestos de fraternidad y de servicio— que los discípulos pueden realizar la experiencia del encuentro con Jesús resucitado.

Los discípulos cargados de tristes pensamientos, no imaginaban que aquel desconocido fuese precisamente su Maestro, ya resucitado. Pero sentían «arder» su corazón (cf. Lc 24,32), cuando Él les hablaba, «explicando» las Escrituras. La luz de la Palabra disipaba la dureza de su corazón y «sus ojos se abrieron» (Lc 24, 31).

El icono de los discípulos de Emaús nos sirve para guiar el largo camino de nuestras dudas, inquietudes y a veces amargas desilusiones. El divino Viajante sigue siendo nuestro compañero para introducirnos, con la interpretación de las Escrituras, en la comprensión de los misterios de Dios. Cuando el encuentro se vuelve pleno, la luz de la Palabra sigue a la luz que brota del «Pan de vida», por el cual Cristo cumple de modo supremo su promesa de «yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20).

El Papa Benedicto XVI explica que «el anuncio de la Resurrección del Señor ilumina las zonas oscuras del mundo en el que vivimos».

 

Comentario: P. Luis PERALTA Hidalgo SDB (Lisboa, Portugal)

Oremos:

Señor mío Jesucristo, perdóname por las veces que he pasado indiferente delante de ti, por las veces que me he hecho el tonto, el que no te oigo, el que no te conozco. Perdona mi falta de valor, mi egoísmo, mi indiferencia. Aleja de mi toda tentación. Hazme donación generosa para todo aquél que te busca con avidez. Que mi vida sea un testimonio de tu amor. Gracias por todo lo que me das abundante y generosamente, que sin embargo no veo o dejo pasar inadvertido, por tener tanto que hacer. Gracias por mi esposa, mi familia y mis amigos. Gracias por mi cuerpo, mis sentidos y mi salud… Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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mar 20 2010

Juan 7, 40-53

Texto del evangelio (Jn 7, 40-53)

En aquel tiempo, muchos entre la gente, que habían escuchado a Jesús, decían: «Éste es verdaderamente el profeta». Otros decían: «Éste es el Cristo». Pero otros replicaban: «¿Acaso va a venir de Galilea el Cristo? ¿No dice la Escritura que el Cristo vendrá de la descendencia de David y de Belén, el pueblo de donde era David?».

Se originó, pues, una disensión entre la gente por causa de Él. Algunos de ellos querían detenerle, pero nadie le echó mano. Los guardias volvieron donde los sumos sacerdotes y los fariseos. Estos les dijeron: «¿Por qué no le habéis traído?». Respondieron los guardias: «Jamás un hombre ha hablado como habla ese hombre». Los fariseos les respondieron: «¿Vosotros también os habéis dejado embaucar? ¿Acaso ha creído en Él algún magistrado o algún fariseo? Pero esa gente que no conoce la Ley son unos malditos».

Reflexión: Jn 7, 40-53

Nadie queda indiferente ante las palabras del Señor. Es asombrosa la reacción de los guardias que debían apresarle. Cómo se refieren al Él: “Jamás un hombre ha hablado como habla ese hombre”. Es que realmente Jesús es “La Verdad”, y esta tiene la virtud de llegar hasta a los corazones más endurecidos, e iluminarlos.

Es la gente hueca, superficial, la que se queda en la periferia de las cosas, la única que no es capaz de comprender, porque tiene demasiados prejuicios, porque, además, en el fondo se resisten a creer en nada que cuestione su poder, su mundo, su orden, en el que detentan poder y privilegios, que no están dispuestos a ver mellados por nadie, mucho menos por un “don nadie”, cuyas credenciales para ellos no son suficientes. “Un tipo de tal apellido, con tal apariencia física, de tal raza, que viene de no sé qué pueblucho, ¿me va a enseñar a mi algo? Anda primero, lávate la cara y después veremos si hablamos” ¿No somos muchas veces así de duros?

Estamos llenos de prejuicios, y en general no somos capaces de admitir que una persona humilde pueda enseñarnos algo. Es que nos hemos sumido en un mundo en el que los valores están tan tergiversados, que hemos llegado a confundir poder con sabiduría. Y ya vemos que Jesús viene de abajo, nace en un pesebre; es decir se hace como el más humilde, como el más pobre, precisamente para enseñarnos que no es del dinero ni del poder que brota la Verdad. No es por esa vía que lograremos la salvación. Es más bien por el amor; y el amor es servicial, es humilde…todo lo cree, todo lo espera.

El que no es capaz de amar, no es capaz de encontrar la Verdad. La Verdad sólo se alcanza a ver, -como diría el Principito- con los ojos del corazón.  Para justificar nuestro egoísmo y miseria, hemos creado un mundo artificial, efectivamente a nuestra imagen y semejanza; un mundo donde convivimos con el pecado, como un mal necesario…En el que todo depende; en el que el individualismo y el relativismo, que son dos caras de una misma moneda, reinan. Nuestras ansias de poder y dinero, nos ciegan y nos hacen capaces de todo con tal de obtenerlo, como si en ello estuviera la diferencia entre la vida y la muerte. Pero bien sabemos que esto es una ilusión. No hay nadie tan poderoso, ni tan rico que haya podido evitar la muerte o que se haya ido a la otra vida, con si quiera un gramo de lo que atesoró. Entonces, ¿por qué tanto afán?

Hemos sido cegados por el Príncipe de este mundo.  Efectivamente, el pretende y muchas veces logra que veamos el mundo desde su perspectiva superficial, perentoria, sumergiéndonos en la vorágine de la vida, sin ninguna perspectiva superior, perdiéndonos en el día a día, como si sólo importaran nuestro poder y satisfacción personales. El resto, que se hundan, me tienen sin cuidado. Cada quien debe velar por sí mismo…Esa es la cultura que este maldito propicia y en cuyas garras caemos. Todo lo queremos para hoy y para mí.

Por eso, como los ricos, los sacerdotes y los fariseos que condenan a Jesús, que incluso se atreven a condenar su procedencia, aun teniendo conocimiento de las escrituras, las que toman muy superficialmente, acomodándolas a sus intereses, no estamos dispuestos a que ningún “pelagatos” nos venga a enmendar la plana. “Para hablar conmigo y hacerme cambiar de opinión, tienes que haber leído por lo menos tantos libros a la semana, debes tener dos o tres maestrías o algún doctorado, debes mostrarme tu título de Harvard, debes tener tal apellido, la tez de tal color y haber sido aprobado por mi círculo de amigos, o por aquellos que admiro y envidio, cuya posición deseo alcanzar algún día.” Ese es nuestro patrón de comportamiento…Figúrense si realmente vamos a dejar que Jesús entre en nuestras vidas…Lo usaremos, como tantas otras cosas de las que nos valemos para acrecentar nuestro poder, pero jamás le permitiremos que se apodere de nuestras vidas. No estamos dispuestos a ceder un ápice de nuestra fama, de nuestro poder…

Oremos:

Señor Jesús, enséñanos a ser humildes; a buscar y ver la Verdad en el corazón de nuestros hermanos. Que seamos capaces de escuchar, de atender, de comprender, de condolernos, de congraciarnos. Danos sabiduría para superar nuestras miserias, para superar nuestro egoísmo, para romper las cadenas que nos atan y esclavizan en la oscuridad. Danos tu luz. ¡Haznos dóciles a Tu Espíritu! Amén.

Roguemos al Señor…

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mar 19 2010

Mateo 1,16.18-21.24a

Texto del evangelio (Mt 1,16.18-21.24a)

Jacob engendró a José, el esposo de María, de la que nació Jesús, llamado Cristo. La generación de Jesucristo fue de esta manera: Su madre, María, estaba desposada con José y, antes de empezar a estar juntos ellos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo. Su marido José, como era justo y no quería ponerla en evidencia, resolvió repudiarla en secreto.

Así lo tenía planeado, cuando el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: «José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados». Despertado José del sueño, hizo como el Ángel del Señor le había mandado.

Reflexión: Mt 1,16.18-21.24a

Estamos frente a uno de los capítulos más importantes en la historia de la Salvación. María engendra un hijo por obra y gracia del Espíritu Santo. La tercera persona de la Trinidad interviene en la historia, pero para ello necesita de nuestra colaboración. Primero de la Virgen María, pura e inmaculada, quien había sido preparada desde siempre para este acontecimiento y que a su corta edad, ya había meditado profundamente en estos misterios, dándoles cabida con su propia vida y con aquél “Sí” que la eleva a los altares, como Santa, Madre de toda la humanidad, pues es a través de ella que llega la salvación a todos.

Pero, después de ella, tan digna de aprecio y respeto es la actitud de José, de quien el evangelio dice que “era justo”. En esta sola palabra y en la actitud que asumió frente a estos acontecimientos, podemos tener la medida exacta de la valentía, de la generosidad, de la integridad de José. En primer lugar, no actuó como todos con “derecho” hubieran actuado. No hizo lo que cualquiera hubiera hecho en su lugar, sino que con mucha fortaleza de espíritu y demostrando el gran amor que sentía por María, su profundo respeto y aprecio,  que no estaba dispuesto a poner en boca de todos, para que se ensañen con ella y la juzguen, decidió repudiarla en secreto. Una gran muestra de lealtad, de humildad, de amor. Prefirió callar, y tragarse en silencio aquel dolor, antes que herir o mellar de alguno a María. ¡Cómo debió amarla!

No debió ser fácil para José aceptar este hecho, sin embargo puso todo de sí para adoptar la actitud que menos pudiera afectar a María. Fue prudente. Y el tiempo le dio la razón, porque el Ángel del Señor finalmente le reveló el misterio aquél y estuvo dispuesto a comprender que se trataba de una intervención divina, quizás una de las más importantes en la historia de la salvación, para la cual habían sido escogidos, teniendo cada quien que jugar un rol especial. José, no sería un obstáculo, ni se amilanaría ante el papel que le tocó.

Hay sucesos, como estos, en la vida de todos, que a veces nos cuesta entender. Pero debemos aprender a ser prudentes, a tener paciencia y esperar, porque la Voluntad de Dios Padre es que nos salvemos, que seamos felices, aun cuando a veces nos cueste entenderlo. Él tiene un Plan para cada uno de nosotros. Todos tenemos un papel que jugar en la construcción del Reino, en la Salvación de la Humanidad…Descubrirlo y aplicarnos a vivir en consecuencia, es el reto. ¿Para qué estoy aquí? ¿Cómo desde mi posición puedo contribuir a la Salvación, a la construcción del Reino?

Oremos:

Padre Santo, ilumínanos para entender nuestra Misión en el mundo; danos el valor para seguirla y la prudencia para saber esperar. Que nos esforcemos por no herir ni mellar reputaciones, que antes bien, tomando el ejemplo de José, seamos constructores de paz, armonía y amor. Que sobreponiéndome a cualquier temor, sepa ponerme a Tús órdenes. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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mar 02 2010

Mateo 23, 1-12

Texto del evangelio (Mt 23, 1-12)

En aquel tiempo, Jesús se dirigió a la gente y a sus discípulos y les dijo: «En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos. Haced, pues, y observad todo lo que os digan; pero no imitéis su conducta, porque dicen y no hacen. Atan cargas pesadas y las echan a las espaldas de la gente, pero ellos ni con el dedo quieren moverlas. Todas sus obras las hacen para ser vistos por los hombres; se hacen bien anchas las filacterias y bien largas las orlas del manto; quieren el primer puesto en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas, que se les salude en las plazas y que la gente les llame “Rabbí”.

»Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar “Rabbí”, porque uno solo es vuestro Maestro; y vosotros sois todos hermanos. Ni llaméis a nadie “Padre” vuestro en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre: el del cielo. Ni tampoco os dejéis llamar “Doctores”, porque uno solo es vuestro Doctor: Cristo. El mayor entre vosotros será vuestro servidor. Pues el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado».

Reflexión: Mt 23, 1-12

Muy claramente, para que no quepa dudas, Jesús nos indica cual debe ser nuestra actitud en el mundo. Cómo debemos pasar por él, sin aspavientos, sin pretensiones. Nosotros debemos estar al servicio de los demás.

Cuando uno adquiere un puesto de importancia, adquiere también responsabilidades, a veces muy difíciles de cumplir. Necesita de la colaboración de todos y para eso tiene que actuar como líder. Tiene que saber motivar y arrastrar a los demás en la dirección correcta, a fin de lograr las metas que se ha propuesto o que los jefes esperan de él.

Siempre habremos de preguntarnos si lo que hacemos es correcto, si ello nos conducirá y conducirá a los que trabajan con nosotros a la perfección, a la construcción del Reino, a un bien superior. No hemos de aceptar, pues, tareas destructivas, que hagan daño a los hombres o al mundo en el que vivimos. Tenemos que ser críticos y aplicar nuestro buen juicio; para ello tenemos a nuestro Maestro, Jesús, que nos ayudará a dilucidar lo conveniente, lo correcto.

Porque nosotros, los cristianos, no podemos tener una vida doble, una vida dual, en la que una cosa es lo que hacemos y otra la que decimos y confesamos, sin importar el cargo que desempeñemos. Así es como actúan los fariseos, nos lo recuerda el Señor. Dicen una cosa, pero hacen otra. Y ponen cargas a sus empleados, a sus siervos, a sus seguidores, que ellos no llevarían ni por un segundo en sus espaldas. Qué fácil es culpar a los demás, exigir comportamientos, responsabilidades y tareas imposibles, que anulan sus vidas, que les restan libertad, que los inutilizan, que los deprimen, que los hunden, al no poder lograr las metas, pese a los múltiples esfuerzos y sacrificios que realizan y encima no obtener reconocimiento alguno, precisamente porque no lograron lo que se les exigía.

El Señor nos exige empatía con nuestros empleados, con nuestros siervos. E incluso, como siempre, va más allá. Debemos actuar como siervos, en lugar de estar regocijándonos con loas y reconocimientos a nuestra embestidura. Nuestro proceder debe hacer evidente a los demás que tenemos un solo Maestro, un solo Padre  y un solo Doctor, del que proviene la sabiduría, el amor y el servicio.

Se trata, pues, de actuar como hombres y mujeres nuevos, al servicio del Reino, y por lo tanto, al servicio de los demás. Oír, atender, escuchar…ser sensible a las necesidades de los demás, más aún si contigo se encuentran al servicio de una empresa, de un negocio. Tener en cuenta siempre las altas metas que el Señor nos propone, que están por encima de los fines particulares de cualquier emprendimiento mundano, que habrán de perseguir la promoción del ser humano y nunca su humillación. Nada justifica humillar a tu hermano. Por el contrario, si de humillación se trata, debe empezar por ti. Eso es lo que nos enseña Jesús…No a salvar nuestro “buen nombre” y reputación a costa de un “infeliz”, de un “pobre diablo”, como lamentablemente tendemos a hacer. Nos comparamos, juzgamos y nos sentimos superiores a los humildes y por lo tanto, menos merecedores de humillación. Si alguien habrá de salir perdedor y humillado de esta contienda, será siempre el otro, porque “yo soy harina de otro costal”. “No sabe con quién se ha metido…” son las palabras de quien no reconoce, ni admite humillación alguna posible. “Antes, muerto”….

Un momentito…¿Por qué no te detienes a meditar un poco en torno al escenario? ¿Qué está pasando? ¿Estás seguro que la verdad está contigo? ¿Esta “verdad” implica pasar como una aplanadora por encima de las vidas de algunos o de alguien en especial? ¿Crees que eso puede venir de un Dios que es Padre? ¿Al servicio de quién estás: de este Padre, tuyo o del demonio? Piensa, medita, reflexiona, ora….

Oremos:

Señor, danos tu luz para ver claramente en nuestras vidas, que seguimos el Camino correcto, que no nos estamos engañando, huyendo solamente de la humillación o buscando solamente que nos ensalcen, porque somos incapaces de equivocarnos, porque de nosotros solo pueden venir cosas buenas…porque la razón nos acompaña en todo, porque somos superiores, elegidos…¡Danos humildad para reconocer nuestras faltas, nuestra imperfección! Sobre todo, danos sensibilidad para sentir y amar como Tú. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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feb 22 2010

Mateo 16, 13-19

Texto del evangelio (Mt 16, 13-19)

En aquel tiempo, llegado Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?». Ellos dijeron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías, otros, que Jeremías o uno de los profetas». Díceles Él: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Simón Pedro contestó: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo».

Replicando Jesús le dijo: «Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos».

Reflexión: Mt 16, 13-19)

Qué duda cabe. De aquí proviene la autoridad de Pedro y de sus sucesores en la Iglesia. Del mismo modo en que Jesucristo reconoce que es Dios Padre quien le ha revelado quien es Jesucristo a Pedro, y con la misma autoridad del Padre es que Jesús instituye su Iglesia, poniendo a Pedro como cimiento, como piedra fundamental sobre la cual “edificaré mi iglesia”.

Este es el papel y el tremendo poder que Dios Padre, por medio de Jesucristo, otorga a Pedro en la Iglesia y con él, a todos sus sucesores hasta Benedicto XVI. Sin duda ha habido tipos en el sillón de Pedro que no lo merecían, que no debieron sucederlo, probablemente, que han hecho más daño que bien. Sin embargo este también es el recuerdo que la Iglesia de Cristo está conformada por hombres, falibles, imperfectos, pero que tienen una gran Misión, que no es otra que la de Cristo. Como toda organización humana, necesitamos una cabeza. Esta es el Papa, que tiene toda la autoridad de atar y desatar…Debemos orar asiduamente por nuestro pastor, para que sople el Espíritu Santo sobre él, y sepa conducir responsablemente y a la altura de la Misión encomendada a la Iglesia, fiel y leal a Cristo, ayudando a construir la ansiada civilización del amor.

Debemos procurar entender que todos los cristianos, es decir, los seguidores de Cristo, tenemos una misma y única misión: propagar el evangelio, que no es otra cosa que acrecentar el Reino. En ese sentido somos un mismo cuerpo, el Cuerpo Místico de Cristo, al servicio de la humanidad, al servicio de la Salvación. Configurados con Cristo, es decir hechos uno con Él, tenemos la misma misión. Es como piedra de toque, como cimiento de este cuerpo, que Cristo nombra y confiere autoridad a Pedro. Es, sin duda, la responsabilidad más grande que ha podido ser conferida a persona alguna. Responsabilidad que, sin embargo, todos compartimos de algún modo, pues todos tenemos la misma misión.

Tenemos pues que conformar una gran comunidad, incluyente, universal. Eso es lo que pretende, con muchos errores, seguramente, la Iglesia Católica, la Iglesia Universal. Ninguno de nosotros puede renunciar a este deber y a esta responsabilidad. En la medida en que cada uno de nosotros actúe apropiadamente, la Iglesia irá cumpliendo su Misión. Somos un solo Cuerpo, que tiene a Cristo a la cabeza, representado aquí por el Papa.

Oremos:

Padre Santo, permítenos entender esta organización que a veces se nos antoja misteriosa, tal vez por tantos ataques que recibe y por qué no, también, por los muchos errores cometidos. Haznos fieles y leales siervos tuyos, entendiendo que solo podemos servirte, sirviendo y amando a nuestros hermanos. Siendo unidos y manifestando amor entre nosotros como partes de un mismo  cuerpo, de una misma Iglesia, porque así te ha parecido bueno. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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feb 02 2010

Lucas 2, 22-40

Texto del evangelio (Lc 2, 22-40)

Cuando se cumplieron los días de la purificación de ellos, según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarle al Señor, como está escrito en la Ley del Señor: «Todo varón primogénito será consagrado al Señor» y para ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o dos pichones, conforme a lo que se dice en la Ley del Señor.

Y he aquí que había en Jerusalén un hombre llamado Simeón; este hombre era justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y estaba en él el Espíritu Santo. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor. Movido por el Espíritu, vino al Templo; y cuando los padres introdujeron al niño Jesús, para cumplir lo que la Ley prescribía sobre Él, le tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz; porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel». Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de Él.

Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: «Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción —¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!— a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones».

Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, de edad avanzada; después de casarse había vivido siete años con su marido, y permaneció viuda hasta los ochenta y cuatro años; no se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día en ayunos y oraciones. Como se presentase en aquella misma hora, alababa a Dios y hablaba del Niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén. Así que cumplieron todas las cosas según la Ley del Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El Niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre Él.

Reflexión: Lc 2, 22-40

La complacencia y el alago gratuito no son precisamente la cosecha del cristiano. Quien obra con rectitud, no puede esperar, lamentablemente, ser aplaudido por quienes ostentan el poder, por aquellos cuyos intereses precisamente se ven afectados por el recto proceder cristiano. Es penoso y a veces duele, pero basta afrontar una situación con dignidad y reclamando justicia, para que inmediatamente salten como lobos aquellos que deben ceder un milímetro de sus prerrogativas, de su posición, de su patrimonio. No están dispuestos a hacerlo por ningún motivo. Menos si son obligados por las circunstancias o por algún miserable de aquellos a los que dejan comer las migajas que caen de su mesa.

¡Cómo puede osar alguno de estos miserables a exigirle dar, lo que da de pura bondad, porque así se lo ha impuesto a sí mismo, sin tener obligación alguna! ¡A qué vienen aquellas exigencias! ¡No me vengan con derechos! ¡Yo doy a quien me place y cuanto me place, lo único que pido es lealtad (sumisión, en realidad)!

 Este es el orden que viene a subvertir Jesús. Por eso Él y sus seguidores serán tan impopulares. Serán perseguidos y tendrán que obrar en la clandestinidad o someterse a los castigos y suplicios que los poderosos dictan en su contra.

Eso parece historia antigua, historia de circo, leones y cristianos…Sin embargo no lo es. Es muy cierto que Occidente asumió e hizo más digerible al cristianismo, al punto que países e imperios enteros se declararon cristianos y junto con ellos, sus gobernantes y sus clases dominantes. Sin embargo todo ello fue logrado a costa de acomodos y tergiversaciones tendientes a hacer inocuo el Evangelio. No por eso dejaron de existir los verdaderos cristianos, que siempre han actuado como dedo en la llaga, señalando la injusticia, el atropello, los abusos y la idolatría, de quienes llamándose muchas veces cristianos, han puesto por encima del amor, por encima de sus hermanos, el bienestar, la comodidad y las riquezas.

“Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción”, y ello será por siempre, mientras no se haya expandido el Reino en todo el mundo, mientras haya injusticia, mientras haya pobres, mientras haya hambre…mientras no hayamos aprendido a vivir como hermanos, compartiéndolo todo y poniendo como centro al Amor.

Estas preguntas pueden ser duras, sin embargo creo que pueden ayudarnos a desinstalarnos, a reflexionar en torno a lo que hacemos. Tú te dices cristiano y sin embargo solo cosechas aplausos y halagos por donde te mueves…¿Será que la Palabra del Señor se ha vuelto inocua o será más bien que la suavizas y degradas a tal extremo, que no constituye ya exigencia para nadie, y mucho menos para ti? ¿Vives cómodamente instalado, tienes todo lo que necesitas, sin ser rico quizás, mientras tus hermanos padecen todo tipo de necesidades…Será que te has vuelto insensible y egoísta, que no quieres ver ni involucrarte, para no afectar tu privilegiada situación? ¿Eres de los “intelectuales” de la fe y la religión, capaces de dar brillantes discursos, que sin embargo no dicen nada de tu propia vida? ¿Podemos hablar de cristianismo, sin que este se encarne en la vida misma? ¿La Verdad para ti se ha vuelto un hecho controversial, es decir que depende del ángulo del que se la mire? ¿Te has vuelto relativista? ¿Es Jesús relativista?

 

Oremos:

Señor, no permitas que nos perdamos. Que solo tu Luz ilumine nuestras vidas. Que busquemos y defendamos siempre la Verdad, la Justicia y el Amor. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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ene 10 2010

Lucas 3, 15-16.21-22

Texto del evangelio (Lc 3, 15-16.21-22)

En aquel tiempo, como el pueblo estaba a la espera, andaban todos pensando en sus corazones acerca de Juan, si no sería él el Cristo; respondió Juan a todos, diciendo: «Yo os bautizo con agua; pero viene el que es más fuerte que yo, y no soy digno de desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará en Espíritu Santo y fuego».

Sucedió que cuando todo el pueblo estaba bautizándose, bautizado también Jesús y puesto en oración, se abrió el cielo, y bajó sobre Él el Espíritu Santo en forma corporal, como una paloma; y vino una voz del cielo: «Tú eres mi hijo; yo hoy te he engendrado».

Reflexión: Lc 3, 15-16.21-22

Todos andamos ansiosos y esperando que alguien  finalmente nos señale el camino o convalide el que hemos tomado… Lo que ocurre es que no miramos al lugar adecuado. Nuestros ojos no están puestos en quien debíamos. Como la gente aquella que miraba a Juan, esperando que fuera él. Sin embargo sabía Juan que “viene el que es más fuerte que yo, y no soy digno de desatarle la correa de sus sandalias.”

Juan debe ser un ejemplo para nosotros, a fin de no pretender con sobervia que somos quienes en realidad no somos. No nos dejemos confundir por las adulaciones o por los aparentes “éxitos” personales. No hay nada que podamos hacer si Dios no lo permite. Sin Él nada somos…Así que es a Él a quien deben tornar los ojos quienes de algún modo nos siguen. Debemos tener especial cuidado en aclararlo. No se trata de agigantarse, de crear un club de fans o una secta personalista. Nosotros seguimos al Dios del Amor, al Único, al Creador…todo lo demás es solamente un camino hacia Él…

No es de nosotros, de nuestros gustos o preferencias, de nuestras inclinaciones, temperamento o ideología que deben prendarse los demás, sino de Jesús, a quien debemos transmitir, facilitando aquel encuentro preparado desde siglos. Para cada quien nuestro Padre tiene separado un espacio en su morada…Sólo hay que facilitar el encuentro, hacer que caigan en la cuenta que Él los espera con los brazos abiertos. Que sabe lo que tiene guardado en su corazón, lo que le inquieta, lo que quisiera poder alcanzar. A Dios no se le escapa nada. ¡No hay nada que esperar! ¡Dejemos de esperar! ¡El está aquí, entre nosotros, en nuestra mente, en nuestra vida, en nuestros corazones! ¡Dios está aquí! ¡Abramos los ojos! ¡Dejemos las ataduras! ¡Vamos tras Él!

Oremos:

Señor, permite que nuestra vida sea un fiel testimonio del dichoso encuentro contigo, el encuentro que nos marcó para siempre, dando sentido a nuestra existencia. Antes deambulábamos, buscando el camino, buscando respuestas. Hasta que viniste Tú y lo llenaste todo. Sólo en Ti descansa nuestra alma. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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ene 04 2010

Juan 1, 35-42

Texto del evangelio (Jn 1, 35-42)

En aquel tiempo, Juan se encontraba de nuevo allí con dos de sus discípulos. Fijándose en Jesús que pasaba, dice: «He ahí el Cordero de Dios». Los dos discípulos le oyeron hablar así y siguieron a Jesús. Jesús se volvió, y al ver que le seguían les dice: «¿Qué buscáis?». Ellos le respondieron: «Rabbí —que quiere decir, “Maestro”— ¿dónde vives?». Les respondió: «Venid y lo veréis». Fueron, pues, vieron dónde vivía y se quedaron con Él aquel día. Era más o menos la hora décima. Andrés, el hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que habían oído a Juan y habían seguido a Jesús. Éste se encuentra primeramente con su hermano Simón y le dice: «Hemos encontrado al Mesías» —que quiere decir, Cristo—. Y le llevó donde Jesús. Jesús, fijando su mirada en él, le dijo: «Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas» —que quiere decir, “Piedra”.

Reflexión: Jn 1, 35-42

Los encuentros de Jesús con sus discípulos no dejan de ser menos extraordinarios. Es que ciertamente tanto ellos habían sido preparados por Juan y por su formación previa, como Jesús salió a su encuentro. No había lugar a dudas. De Él se la habían pasado hablando seguramente muchas veces, esperando su llegada y ahora, tal como les había sido anticipado, lo tenían delante. 

El encuentro con Jesús es definitivo para quien realmente lo busca. La respuesta a la pregunta “¿dónde vives”? ha de ser totalmente cautivante, al extremo de no querer abandonarlo jamás, de seguirlo por donde vaya. Ese es Jesús: llena todo, colma todo, abarca todo. No hay nada más allá y quien lo conoce, no puede conformarse con menos.

Pero, para realmente conocer a Jesús tenemos que haber preparado nuestros corazones previamente. Jesús se da plenamente a quien lo quiere sinceramente, a quien es capaz de abrirse por sobre todas sus ataduras, a quien es capaz de levantarse por encima de sus miserias, tratando de mirar más alto, más lejos. A quien tiene vocación. Eso es lo que tenían los discípulos. Eso es lo que han tenido tanta gente santa y honesta que nos ha precedido. Vocación. La firme convicción que Dios está por encima de todo, que Él lo gobierna todo, que Él es nuestro creador, que Él es nuestro Padre y que a Él nos debemos cada día. Que no hay causa más noble que consagrar a Él la vida entera…Finalmente y resumiendo, que el AMOR está por encima de todo.

Eso lo ven y encuentran los discípulos desde la primera vez que cruzan sus miradas con la de Él. Luego, van con Él, lo siguen, lo oyen…y ya no pueden dejarlo. El Proyecto que el Señor propone para nuestras vidas es cautivante, es único…Una vez que los haz oído, no lo puedes abandonar. El siempre estará allí, esperándote, con los brazos abiertos, como la primera vez. Por eso los santos, los hombres rectos, nunca lo dejan.

Oremos:

Padre Santo, danos la Gracia de encontrar a Jesús en nuestras vidas, abrazarlo y no dejarlo jamás. Sin Él, nos hundiríamos, como Pedro en el lago. Solo siendo fieles lograremos alcanzar la meta que nos propone. Danos la luz, para ver claramente el Camino; el coraje para seguirlo y la Fe para abandonarnos confiadamente a Su Voluntad. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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