abr 03 2010

Sábado Santo

Hoy, propiamente, no hay “evangelio” para meditar o —mejor dicho— se debería meditar todo el Evangelio en mayúscula (la Buena Nueva), porque todo él desemboca en lo que hoy recordamos: la entrega de Jesús a la Muerte para resucitar y darnos una Vida Nueva.

Hoy, la Iglesia no se separa del sepulcro del Señor, meditando su Pasión y su Muerte. No celebramos la Eucaristía hasta que haya terminado el día, hasta mañana, que comenzará con la Solemne Vigilia de la resurrección. Hoy es día de silencio, de dolor, de tristeza, de reflexión y de espera. Hoy no encontramos la Reserva Eucarística en el sagrario. Hay sólo el recuerdo y el signo de su “amor hasta el extremo”, la Santa Cruz que adoramos devotamente.

Hoy es el día para acompañar a María, la madre. La tenemos que acompañar para poder entender un poco el significado de este sepulcro que velamos. Ella, que con ternura y amor guardaba en su corazón de madre los misterios que no acababa de entender de aquel Hijo que era el Salvador de los hombres, está triste y dolida: «Vino a los suyos, pero los suyos no le recibieron» (Jn 1,11). Es también la tristeza de la otra madre, la Santa Iglesia, que se duele por el rechazo de tantos hombres y mujeres que no han acogido a Aquel que para ellos era la Luz y la Vida.

Hoy, rezando con estas dos madres, el seguidor de Cristo reflexiona y va repitiendo la antífona de la plegaria de Laudes: «Cristo se hizo por nosotros obediente hasta la muerte y una muerte de cruz. Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre» (cf. Flp 2,8-9).

Hoy, el fiel cristiano escucha la Homilía Antigua sobre el Sábado Santo que la Iglesia lee en la liturgia del Oficio de Lectura: «Hoy hay un gran silencio en la tierra. Un gran silencio y soledad. Un gran silencio porque el Rey duerme. La tierra se ha estremecido y se ha quedado inmóvil porque Dios se ha dormido en la carne y ha resucitado a los que dormían desde hace siglos. Dios ha muerto en la carne y ha despertado a los del abismo».

Preparémonos con María de la Soledad para vivir el estallido de la Resurrección y para celebrar y proclamar —cuando se acabe este día triste— con la otra madre, la Santa Iglesia: ¡Jesús ha resucitado tal como lo había anunciado! (cf. Mt 28,6).

Comentario: Rev. D. Joan BUSQUETS i Masana (Sabadell, Barcelona, España)
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feb 18 2010

Lucas 9, 22-25

Texto del evangelio (Lc 9, 22-25)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «El Hijo del hombre debe sufrir mucho, y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar al tercer día». Decía a todos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ése la salvará. Pues, ¿de qué le sirve al hombre haber ganado el mundo entero, si él mismo se pierde o se arruina?».

Reflexión: Lc 9, 22-25

Es esta una lectura muy corta, pero muy densa; riquísima en lo que respecta a la esencia del cristianismo: la vida, la pasión, la muerte y resurrección de Cristo, que ha de ser imitada por nosotros tomando nuestra cruz, negándonos a nosotros mismos y siguiéndolo.

Es el primer jueves de cuaresma. Ese tiempo especial en el que precisamente recordamos el sacrificio del Señor, su muerte y resurrección. Aquí lo anticipa a sus discípulos que, luego de ver tanto prodigio, no pueden creerlo, ni entenderlo. Cómo este Señor que puede tanto, que hasta las olas le obedecen va a tener que pasar por todo aquél itinerario que Él mismo señala…parece imposible. Los discípulos, que andaban a su lado, no entendían…veremos estos días varios pasajes en los que precisamente le pregunta a Jesús sobre su forma de hablar, sobre lo que realmente quería decir, porque no podían dar crédito a estas palabras.

Incluso podríamos decir que a partir de entonces Judas empieza a urdir la traición, porque no podía entender lo que Jesús le decía. Había oído hablar del Reino y había visto de lo que era capaz Jesús y ahora esto…Seguramente pensó para sí, este debe estar loco. Por eso, a la primera que pudo lo entregó y fue tarde ya cuando logró entenderlo todo y no aguantando su sentimiento de culpa, su remordimiento, al haber fallado a la confianza de Jesús, se mató.

Si bien los demás discípulos no siguieron el mismo camino extremo, la verdad es que cuando las papas quemaron, lo abandonaron, lo negaron, se desentendieron. Tenían mucho temor por lo que podía ocurrirles a ellos mismos y no llegaban a entender. Tenía que morir Jesús, luego resucitar y enviar el Espíritu Santo, para que se les abrieran sus mentes y pudieran atar cabos y entender el menaje global, total de Jesús.

Sin embargo la predicación de Jesús es hasta cierto punto reiterativa, Una y otra vez está tras lo mismo. Respondió Jesús: «Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuese de este mundo, mi gente habría combatido para que no fuese entregado a los judíos: pero mi Reino no es de aquí.» (Juan 18,36) Este versículo alude precisamente a esto. No es que debemos ir, viajar o trasladarnos a otro mundo para pertenecer al Reino o para participar en su construcción. Lo que quiere decir es que Él y su prédica no encajan en la forma en que llevamos las cosas, en la forma en que nos hemos organizado. En otras palabras, este mundo está de cabeza, no lo conozco, qué es esto. El dinero, las posesiones, los privilegios, los lujos, la ostentación y la fama se han puesto en primer lugar. ¡Así no es!, nos grita el Señor. ¡Así no vamos a ninguna parte! ¡Ese es un camino equivocado que sólo traerá odio, dolor, destrucción y muerte!

Por eso en otro lado dirá “Y el juicio está en que vino la luz al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas.” (Juan 3, 19) Este es el gran problema en realidad. No queremos vivir según la propuesta de Dios. Se nos hace difícil aceptarla. No estamos dispuestos a seguir el exigente camino que el Señor hoy nos propone, porque tenemos demasiado, porque nos hemos hecho esclavos de lo que tenemos, porque nos aferramos con uñas y dientes a lo que tenemos…y, así no vamos a ninguna parte. Si realmente queremos avanzar, si realmente queremos salvar a este mundo, que tiene solución, porque el mismísimo Jesucristo, Hijo de Dios ha sido portador de ella…Si queremos ayudar en la obra salvadora de Jesús, «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ése la salvará.”

El camino es claro, que no es lo mismo que fácil. Pero quien de veras cree, encuentra la fortaleza en Jesús, porque Él no abandona a los que le siguen y por el contrario, los protege, los consuela, los acompaña, los levanta, los limpia, les da paz, los llena de amor. ¡Cristo y yo, somos mayoría!”.

Oremos:

Señor, ayúdanos a ser consecuentes, a actuar n función del Reino; a configurarnos, a semejanza tuya, en hombres y mujeres nuevos. Enséñanos a amar. Que no nos queramos tanto a nosotros mismos, como a los demás. Que llegado el extremo, sepamos elegir siempre lo correcto. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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feb 18 2010

Lucas 9, 22-25

Texto del evangelio (Lc 9, 22-25)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «El Hijo del hombre debe sufrir mucho, y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar al tercer día». Decía a todos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ése la salvará. Pues, ¿de qué le sirve al hombre haber ganado el mundo entero, si él mismo se pierde o se arruina?».

Reflexión: Lc 9, 22-25

Es esta una lectura muy corta, pero muy densa; riquísima en lo que respecta a la esencia del cristianismo: la vida, la pasión, la muerte y resurrección de Cristo, que ha de ser imitada por nosotros tomando nuestra cruz, negándonos a nosotros mismos y siguiéndolo.

Es el primer jueves de cuaresma. Ese tiempo especial en el que precisamente recordamos el sacrificio del Señor, su muerte y resurrección. Aquí lo anticipa a sus discípulos que, luego de ver tanto prodigio, no pueden creerlo, ni entenderlo. Cómo este Señor que puede tanto, que hasta las olas le obedecen va a tener que pasar por todo aquél itinerario que Él mismo señala…parece imposible. Los discípulos, que andaban a su lado, no entendían…veremos estos días varios pasajes en los que precisamente le pregunta a Jesús sobre su forma de hablar, sobre lo que realmente quería decir, porque no podían dar crédito a estas palabras.

Incluso podríamos decir que a partir de entonces Judas empieza a urdir la traición, porque no podía entender lo que Jesús le decía. Había oído hablar del Reino y había visto de lo que era capaz Jesús y ahora esto…Seguramente pensó para sí, este debe estar loco. Por eso, a la primera que pudo lo entregó y fue tarde ya cuando logró entenderlo todo y no aguantando su sentimiento de culpa, su remordimiento, al haber fallado a la confianza de Jesús, se mató.

Si bien os demás discípulos no siguieron el mismo camino extremo, la verdad es que cuando las papas quemaron, lo abandonaron, lo negaron, se desentendieron. Tenían mucho temor por lo que podía ocurrirles a ellos mismos y no llegaban a entender. Tenía que morir Jesús, luego resucitar y enviar el Espíritu Santo, para que se les abrieran sus mentes y pudieran atar cabos y entender el menaje global, total de Jesús.

Sin embargo la predicación de Jesús es hasta cierto punto reiterativa, Una y otra vez está tras lo mismo. Respondió Jesús: «Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuese de este mundo, mi gente habría combatido para que no fuese entregado a los judíos: pero mi Reino no es de aquí.» (Juan 18,36) Este versículo alude precisamente a esto. No es que debemos ir, viajar o trasladarnos a otro mundo para pertenecer al Reino o para participar en su construcción. Lo que quiere decir es que Él y su prédica no encajan en la forma en que llevamos las cosas, en la forma en que nos hemos organizado. En otras palabras, este mundo está de cabeza, no lo conozco, qué es esto. El dinero, las posesiones, los privilegios, los lujos, la ostentación y la fama se han puesto en primer lugar. ¡Así no es!, nos grita el Señor. ¡Así no vamos a ninguna parte! ¡Ese es un camino equivocado que sólo traerá odio, dolor, destrucción y muerte!

Por eso en otro lado dirá “Y el juicio está en que vino la luz al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas.” (Juan 3, 19) Este es el gran problema en realidad. No queremos vivir según la propuesta de Dios. Se nos hace difícil aceptarla. No estamos dispuestos a seguir el exigente camino que el Señor hoy nos propone, porque tenemos demasiado, porque nos hemos hecho esclavos de lo que tenemos, porque nos aferramos con uñas y dientes a lo que tenemos…y, así no vamos a ninguna parte. Si realmente queremos avanzar, si realmente queremos salvar a este mundo, que tiene solución, porque el mismísimo Jesucristo, Hijo de Dios ha sido portador de ella…Si queremos ayudar en la obra salvadora de Jesús, «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ése la salvará.”

El camino es claro, que no es lo mismo que fácil. Pero quien de veras cree, encuentra la fortaleza en Jesús, porque Él no abandona a los que le siguen y por el contrario, los protege, los consuela, los acompaña, los levanta, los limpia, les da paz, los llena de amor. “¡Cristo y yo, somos mayoría!”.

Oremos:

Señor, ayúdanos a ser consecuentes, a actuar n función del Reino; a configurarnos, a semejanza tuya, en hombres y mujeres nuevos. Enséñanos a amar. Que no nos queramos tanto a nosotros mismos, como a los demás. Que llegado el extremo, sepamos elegir siempre lo correcto. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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nov 04 2009

Lucas 14, 25-33

Texto del evangelio (Lc 14,25-33)

 
En aquel tiempo, caminaba con Jesús mucha gente, y volviéndose les dijo: «Si alguno viene donde mí y no odia a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas y hasta su propia vida, no puede ser discípulo mío. El que no lleve su cruz y venga en pos de mí, no puede ser discípulo mío.

»Porque ¿quién de vosotros, que quiere edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, y ver si tiene para acabarla? No sea que, habiendo puesto los cimientos y no pudiendo terminar, todos los que lo vean se pongan a burlarse de él, diciendo: ‘Este comenzó a edificar y no pudo terminar’. O ¿qué rey, que sale a enfrentarse contra otro rey, no se sienta antes y delibera si con diez mil puede salir al paso del que viene contra él con veinte mil? Y si no, cuando está todavía lejos, envía una embajada para pedir condiciones de paz. Pues, de igual manera, cualquiera de vosotros que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío.

Reflexión: Lc 14,25-33

Estamos nuevamente ante la figura de nuestros Salvador. Su mensaje es muy claro y contundente; no deja lugar a dudas ni especulaciones. Pero nosotros queremos hacerlo inocuo. Es que posiblemente “de buena fe” queremos seguirlo; queremos ser cristianos. De algún modo Cristo nos ha deslumbrado…su Palabra, su mensaje ha calado hondo; no podemos desconocerlo…Nos conmueve. ¿Cómo no hacerlo, si habla de amor, el más sublime de los sentimientos?

Todos o casi todos hemos experimentado alguna vez el amor. Ya sea como padres, ya sea como hijos, ya sea como novios, como esposos o como amigos. Sobre todo cuando niños, cuando más inocentes y frágiles somos, el amor ha dejado en nosotros su huella indeleble. Sabemos en carne propia cuán grande puede ser el amor, sobre todo porque así lo hemos recibido, sobre todo en nuestra familia.

Conocemos también el dolor, el sufrimiento y el sacrificio. Algunos lo hemos experimentado en carne propia, otros lo hemos visto y comprendido también en familia. Lo vimos en nuestros padres, en nuestros abuelos, en nuestros hermanos o en algún pariente cercano. Aprendimos a valorarlos como parte de la vida y por sobre todos ellos, al amor, que se mantuvo inamovible cuando más arreció la tormenta.

Fue entonces que muchos conocimos a Jesús, el ejemplo más sublime de Amor; el Amor de Dios; el Amor del Padre Eterno, que no contento con crearnos y regalarnos la vida, interviene en nuestra historia, sin desmedro de nuestra libertad, para mostrarnos el Camino y no tiene reparos en enviar a Su propio Hijo para ello. Jesús, viviendo como nosotros, muriendo en la cruz por nuestros pecados y resucitando, nos muestra el Camino, nos muestra el Amor llevado al extremo. Es El Modelo. Es La Pauta, La Norma…

Por eso dice Jesús: “El que no lleve su cruz y venga en pos de mí, no puede ser discípulo mío.”

Todo esto es lo que hemos aprendido por enseñanza de nuestra Santa Madre Iglesia,  por enseñanza de nuestros padres, de nuestra familia. Todo esto lo conocemos y sabemos muy bien los cristianos. Pero incluso los que no lo son, llevan esta impronta de Dios en el alma, que les permite tomar contacto y conocer esta realidad. Porque el hombre es una creatura Divina, creada para el Amor.

Sin embargo, aunque casi todos lo sabemos y lo hemos experimentado, pocos estamos dispuesto a seguirle, tal como nos lo propone en la lectura de hoy. Así, elevamos el seguimiento de Jesús a nivel de poesía, de declaraciones líricas hermosas, incluso de canciones, pero no nos dejamos transformar, ni transformamos el mundo con Su Palabra, como Él lo exige. Es que oírlo y comprenderlo es una cosa, pero de ahí a hacer lo que dice, hay un trecho muy grande y exigente, que preferimos obviar. Ese es el drama de nuestro tiempo. Por eso tanta pobreza, tanta injusticia, tanto dolor y sufrimiento. Cuando tenemos todo en nuestras manos, para cambiar la historia, paradójicamente hemos renunciado a salvarnos, por retenerlo y atesorarlo todo. Nos hemos vuelto idólatras…hemos perdido la perspectiva.

Oremos:

Padre Santo, ayúdanos a retomar el Camino, a volver por el Sendero del Amor, del seguimiento a Cristo, Tú Hijo.

Acrecienta nuestra Fe y danos el valor para dejar lo que tengamos que dejar, con tal de seguirte a Ti, que sólo quieres nuestra Salvación.

Danos un corazón inmenso, grande y noble, para amar. Para amar a todos, sin distinción y sin límites. Amén

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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jul 16 2009

Reflexión: Mt 11,28-30

Mt 11,28-30

¿A qué nos invita Jesús hoy? A llevar su cruz. Y, por increíble que parezca nos hace ver algo que en realidad es lógico, pero de lo que difícilmente nos damos cuenta. Que su “carga es ligera” y su yugo suave. ¡¿Cómo puede ser?! Es que así será si la cargamos con Él, si procuramos llevar su cruz, es decir, si seguimos el camino que Él nos indica.

En otras palabras, si hacemos lo que Él nos pide todo será más fácil. ¡Eh aquí la paradoja de la que se sirve el demonio para desviarnos! Este nos hace creer que llevar la cruz de Cristo es poco menos que imposible, que se requieren dotes especiales, que sólo los iniciados, envestidos de un poder especial pueden llevarla…¡Nada más falso! El Señor nos lo dice hoy. “Mi yugo es suave y mi carga ligera”.

Por si fuera poco agrega: “aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas.” Es decir que se trata de acatar, aceptar y seguir la voluntad del Padre. Ser manso y humilde. Aceptar con fe lo que nuestro Padre nos propone. Si lo hacemos, tendremos todo ganado. Todo será mucho más fácil. Por eso llama a Sí a todos los fatigados y sobrecargados, para darles descanso. Es que cuando hacemos lo que Dios Padre ha dispuesto, todo es más fácil, porque contamos con la ayuda de Cristo, que ha asumido la Cruz por nosotros. ¡Es lógico! ¡Es claro! Es el demonio que mete su cola y lo enreda todo.

Si tuviéramos el coraje de decirle Sí al Señor, todo sería más fácil. Lo que pasa es que no le creemos, que en realidad no tenemos Fe. Ese es nuestro principal problema; ese nuestro principal obstáculo. Esa falta de fe es la que nos aleja de su Camino, de la Verdad, de la Luz, del Amor.

 Oremos:

Querido Señor Jesucristo retira de nuestro camino todo aquello que nos impide dar el primer paso. Haznos dóciles y humildes como Tú.

¡Acrecienta nuestra Fe! ¡Es tanto lo que nos ofreces y tan poco lo que nos pides, pero somos tan cobardes…!

¡Danos Fe!

 
Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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jul 13 2009

Reflexión Mt 10, 34-11,1

Mt 10, 34-11,1

Todo el tiempo estamos buscando nuestra seguridad, nuestro “bienestar”. Creemos que la felicidad está en lograr una vida sin altibajos, sin problemas, sin sobresaltos. En eso consiste para muchos de nosotros la felicidad: distanciarnos del sufrimiento y de la muerte, del dolor, del sacrificio, del hambre, de la enfermedad, de la pobreza. Y cuando cualquiera de estos “enemigos” sobreviene, tratamos de eliminarlos por todos los medios y si no podemos, hacemos lo imposible por ignorarlos. Es así que cuando no tenemos dinero para “comprar nuestra felicidad”, es decir para impedir que todo aquello nos afecte, aislándonos, excluyéndonos, poniendo mil barreras, “salvándonos”, nos evadimos recurriendo al alcohol, a las drogas o a cualquier enfermedad psicológica que nos impida ver la realidad.

De algún modo el demonio nos ha hecho consentir en que podemos encontrar la felicidad aislándonos de los demás o por sobre los demás, es decir utilizando a los demás. Hemos construido toda una “civilización” sobre el principio que tú, tu felicidad, tu seguridad, tu riqueza, tu apetito, tu disfrute, deben estar por sobre los demás. Que la felicidad sólo la alcanzarás en la medida en que te satisfagas a ti mismo, sin importar los demás. Que la felicidad es un bien efímero, que si lo alcanzas en algún momento, debes procurar mantenerlo a cualquier precio sabiendo que solo la muerte te la podrá arrebatar. Entonces, mientras puedas escabullirte a la muerte, sin importar el precio, puedes ser feliz y cuando veas amenazada tu vida o sientas que ya no hay esperanza de salvarla, cuando creas que ya no hay más remedio, como ya no habrás de ser feliz, mejor acabar con tu vida. Ese es en síntesis la concepción que el demonio quiere que consintamos que está inscrita en nuestros genes. Ese es el engaño que pretende hacernos creer. Pero la verdad es otra muy distinta.

El Señor Jesucristo, que es la Luz, la Verdad y la Vida nos muestra con su Palabra y su vida el Camino. No es así. No está en el proceder egoísta nuestra salvación. Todo lo contrario. Nuestra salvación y por lo tanto nuestra felicidad está en el amor, está en amar a los demás; esto quiere decir en procurar el bien del prójimo antes que el nuestro, en procurar que los demás tengan salud, bienestar y dicha; en procurar que nuestros hermanos tengan qué comer, cómo cobijarse del frío y defenderse de las inclemencias del clima. El que es capaz de dar su vida para que otros alcancen la felicidad, ese alcanzará la vida eterna y con ella, la felicidad y la dicha plenas.

Amar a tal extremo no es fácil, pero en ello consiste el verdadero “secreto de la felicidad”. El mejor ejemplo lo encontramos en Jesucristo, Hijo de Dios, que nos amo al extremo de dar la vida por nosotros, aun cuando éramos pecadores. Es decir que no nos pidió nada a cambio, ni lo hizo por nuestros méritos y merecimientos…simplemente lo hizo por amor. ¿Seremos capaces de seguirlo?

Ese es el Camino que Él nos propone. Pero Dios Padre nos ama tanto, tiene en tan alto aprecio nuestra dignidad, que no nos fuerza, nos deja libres, para que nosotros optemos. Pero no sólo eso. Nos envía a su Hijo para que nos muestre el Camino y al Espíritu Santo para que nos fortalezca y nos guie, iluminando el camino, para que optemos por el bien, por la luz, por nuestra felicidad, por el amor y la vida eterna. Depende de nosotros. ¡No nos dejemos engañar! Este es el Camino que debemos seguir: es estrecho, es exigente, no es fácil…pero es el la única vía. Esta es la Cruz que debemos coger y llevar, para lo que contamos con la Gracia de Dios. Todo lo que se diga en contra, está en contra de los evangelios, en contra de Cristo y en contra de nuestra felicidad y salvación.

Tenemos que ser fuertes para soportar los embates del maligno que se nos presenta disfrazado de oveja, pero que no quiere nada más que confundirnos, engañarnos y echarnos a perder. En Dios y el Amor está la salvación y la felicidad. Hemos sido enviados entre lobos, por lo que tenemos que ser astutos y sencillos, pero nunca jamás violentos. Sigamos el ejemplo de Jesús. No nos dejemos engañar con los que tiene el poder para matar el cuerpo, pero no el alma.

Oremos:

Señor, permítenos serte siempre fieles, en todo momento y no caer en la tentación de la soberbia, el orgullo, la vanidad y el egoísmo.

Tú nos diste la Vida, permítenos entregártela sin ningún temor cuando llegue el momento, más aún si con ella podemos salvar el alma de nuestros hermanos. Haznos partícipes del sacrificio de la cruz. Queremos ayudarte a cargar con el dolor, el sufrimiento y los pecados de nuestros hermanos.

 

Roguemos al Señor

Te lo pedimos señor.

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feb 26 2009

Reflexión: Lc 9,22-25

Lc 9,22-25

Jesús insiste por estos días en hacer notar a sus discípulos que tendrá que sufrir mucho, que tienen una Misión que lo llevará a la reprobación de todos aquellos considerados sabios, de todos aquellos que cuentan con prestigio frente al pueblo y que incluso será matado…Hasta ese extremo habrá de llegar. No se trata pues de pasar solamente un mal rato, es que acabarán con él, o por lo menos eso será lo que pretenderán. Sin embargo no podrán, porque finalmente resucitará, con lo que sellará definitivamente su triunfo sobre la muerte y el pecado.

Es decir que la razón de su sufrimiento, la razón de su predicación, la Verdad de su mensaje queda confirmada con su resurrección. Y todo ocurre conforme estaba escrito.

Esto es lo que ocurrirá con Jesús. Este es el ejemplo. Entonces, nosotros ¿Qué debemos hacer? Pues, seguirlo, como nos dice Él mismo, llevando nuestra propia cruz.

¿En qué consiste el seguimiento de Jesús? Es todo un cambio de actitud, todo un salto que debemos dar. No se trata de cuidarnos, de procurar no molestar a nadie, de conformarse con todo y sobre todo de no hacer olas para salvar nuestro propio pellejo. Se trata de poner en juego nuestra vida, si es preciso, por la verdad, porque sólo si eres capaz de perder tu vida por los demás la salvarás. En cambio si te empeñas por no sufrir, por pasar incólume, sin rasguño, pues lo que habrás logrado finalmente será perder tu propia vida. Y ¿Qué hay más importante que la vida misma?

Se trata de toda una filosofía, de todo un modo de afrontar y ver la vida, dando por sentado que primero y antes que nada están nuestros hermanos, están los demás. Este es el verdadero significado de la palabra: amor. El que ama verdaderamente, como lo manda Jesús, tiene un programa en el que su nombre figura al final. Es como el capitán del barco que se hunde, que sólo saltará cuando haya terminado de salvar al último.

Oremos:

Señor, danos el valor para ir y salir siempre en pos de la verdad. Que no nos escondamos, que no huyamos buscando nuestra protección, sino antes bien, que estemos dispuestos a sacrificarnos por ella, sabiendo que ello será la salvación de muchos o aun cuando sea de uno.

Haznos capaces de amar verdaderamente. Que dejemos el egoísmo, la comodidad, el hedonismo y sobre todo el engaño del demonio, que en nuestras mentes trata de justificarlo todo, usando argumentaciones de todo tipo, con tal de no comprometernos, de librarnos del dolor y del sufrimiento. No somos masoquistas, pero no podemos ir por la vida engañándonos, pensando que podemos pasar sin sufrir, cuando hay tantos millones de hermanos nuestros que padecen mil penurias cada día.

Haznos sensibles al dolor y al sufrimiento de nuestros hermanos, sobre todo de los que tenemos alrededor nuestro. Quita de nosotros la indiferencia.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
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feb 20 2009

Reflexión: Mc 8,34-9,1

Mc 8,34-9,1

La vida tiene un sentido, sólo uno. Por eso es importante encontrar el sentido de la vida. Jesús nos lo dice muy clara y directamente. Si no que no estamos dispuestos a oír; no queremos entender…queremos interpretar, palabras que no tienen interpretación, sino que son muy claras y concretas.
¿Cuál es el bien más preciado que poseemos? ¿Cuál es el primero de todos, sin el cual no tendríamos ninguno de los demás? ¿No es la vida? Si estamos de acuerdo con ello, ¿no debía ser lo más importante preservarla?
¿Cómo y qué podemos hacer para preservarla?
Empecemos poniéndonos de acuerdo en que si preservar la vida es lo más importante, icuparnos en descubrir qué y cómo podemos hacer para lograrlo debía ser la ocupación más importante.

Oremos:
Señor, ayúdame a hacer un alto en el camino, preguntarme quien soy yo y quién dicen los demás que soy. Luego con esas respuestas procurar ponerlas a tus pies…¿Cuál es mi misión? ¿Estoy haciendo lo que esperas de mí? ¿Qué debo hacer?.
Ayúdame a grabar en mi corazón estas tres preguntas, que iluminen todos mis actos…No puedo ir por el mundo desconcertado, aceptando todo, huyéndoles a todo y menos indiferente.
Haz Señor que estas tres preguntas me sirvan siempre para iluminar, para dar luz, claridad y coherencia a mi vida: ¿Quién soy? ¿Quién dicen que soy? ¿Cuál es tu voluntad…qué debo hacer?
¡Hazme un instrumento de tu fe!
Te doy todo lo que soy, todo lo que siento, todo lo que pienso…¡Tómalo Señor y haz con ello lo que gustes!

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
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sep 26 2008

Reflexión: Lc 9,18-22

Nuevamente se nos hace un poco difícil entender estas palabras, si no podemos ubicarlas en el contexto histórico. Y a ello contribuye “Les doy una Buena Noticia” escrito por el padre Manuel Cavanna. Allí nos explica por qué la reacción de Jesús ante la afirmación de Pedro. Y es que él, como los demás discípulos y los judíos en general estaban a la espera de un Mesías que los liberaría del yugo Romano, de la opresión. Es decir, en otras palabras, esperaban la manifestación del poder de Dios en contra de sus enemigos.
Pero Jesús viene a restaurar una Nueva Alianza, basada en la Voluntad del Padre, que tiene muy poco que ver con este guerrero al que esperaban los Judíos. Cristo viene a enseñarnos otro camino y para que se cumpla, todavía tiene que padecer el Sacrificio de la Cruz, tan lejano a lo que esperaban los discípulos, y tan lejana muchas veces a nuestra comprensión.
El puede ser un “subversivo”, pero no de la clase que muchos de nosotros esperaríamos. No empuñará las armas, no realizará campañas, ni sembrará terror. La revolución que nos trae es la de la esperanza, la paz y el amor. El viene a reconciliarnos entre hermanos y a reconciliarnos con el Padre, que lo único que pide es que nos amemos los unos a los otros, como Él nos ha amado.
Este mensaje, como la más pequeña de las semillas, crecerá hasta cambiarlo y revolucionarlo todo. Este es un mensaje revolucionario y subversivo, porque se estrella contra todas nuestras categorías, contra todos nuestros esquemas. Porque nos propone la defensa de la vida a toda costa. Si llegamos a dar nuestra vida, será en defensa de la vida misma. Daremos la nuestra, antes que quitar la de otros…¡Esa es la lección!
¿Pero cuántos de nosotros somos capaces de sacrificarnos a nosotros mismos, antes de sacrificar a los demás? Gritamos ¡No hay derecho! Y exigimos: ¡primero lo nuestro, a cualquier precio, luego hablaremos!

Oremos:

Señor, danos tu luz para entender cómo debemos actuar a cada paso en nuestra vida; cómo podemos ser redentores y no jueces inflexibles verdugos de los demás.
Pon en nuestras bocas la palabra precisa, el gesto oportuno, la claridad para conducir a nuestros hermanos menores.
Danos sabiduría y discernimiento para doblegar toda aquella argumentación banal del demonio.
Haznos instrumentos eficaces de tu fe.
¡Qué nuestra vida sea un ejemplo para los demás y que al seguirnos, te sigan a Ti!
Perdona mis temores, mis dudas, mi falta de consecuencia y acción oportuna. ¡Dame el poder para luchar contra estas debilidades y que la virtud salga siempre airosa!

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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sep 15 2008

Reflexión: Jn 19,25-27

Jn 19,25-27

La lectura de hoy es muy pequeña, pero de una significación que escapa a nuestro entendimiento e imaginación. Sin embargo, siguiendo las reflexiones del Padre Manolo Cavanna S.J. en la Primera Edición de “Les doy una Buena Noticia”, es claro que tras estas palabras une inseparablemente a su madre con sus discípulos. , representados por Juan, el más joven. De este modo hace a María Madre de todos, madre de la Iglesia, con aquellas palabras: “Mujer, ahí tienes a tu hijo” y al discípulo: “Ahí tienes a tu madre.”
María acoge a Juan como a su hijo, de este modo, en Juan, acoge con el corazón a todos los discípulos. Hay aquí un doble pedido…una doble acogida.
A María le pide que acoja, proteja, crie y ayude a los suyos, a sus discípulos a sus seguidores, encarnados por Juan, el más querido. Y a Juan se le pide que acoja a María en su corazón, como su madre. Cada uno tiene una misión en la Historia de la Salvación.

Oremos:

Señor, creo en Ti, pero aumenta mi Fe.

Permítenos entender el misterio de la Iglesia y la maternidad de María.
Enséñanos y danos fuerzas para ser leales hasta el fin.
Permite que acojamos a nuestra Santa Madre Iglesia con Amor., como quien, efectivamente acoge a tú Madre, ya que así lo quisiste.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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sep 15 2008

Reflexión: Jn 3,13-17

Jn 3,13-17

Realmente un misterio. Esa fue la voluntad de Dios…esa ES la voluntad de Dios: Salvarnos. ¿Qué cosa es salvarnos? Pues darnos una mano; sacarnos del abismo en que nos encontrábamos. Es que sin Dios no somos nada. Sin Dios nuestra vida no tiene sentido…eso es lo que no llegamos a entender.
Su voluntad es, fue y será…Los tiempos de Dios no son los nuestros. Este Dios, Creador, Infinito, se compadece de nosotros y quiere que disfrutemos con Él de la Vida de Gracia, de la Vida Eterna, del AMOR. Pero es tan grande, tan poderoso, tan inteligente, tan sabio, tan amoroso, que nos propone el camino para llegar a esta dicha eterna, pero no nos obliga a transitarlo, por el contrario, nos deja en libertad. Podemos seguirlo o no. Aun cuando lo más recomendable, lo más conveniente sería que lo sigamos, no nos obliga a hacerlo.
Este Dios nuestro, nos quiere y respeta tanto, que nos deja en libertad. Aun siendo tan pequeños e insignificantes, para Él somos dignos de respeto, de consideración, de amor. Es un Dios que nos mira la cara; que nos trata con cariño, como nadie sería capaz de hacerlo después del desprecio con que nosotros lo tratamos.
Él lo perdona todo, se humilla, se aviene a nuestra naturaleza y no contento con ello, muere sometido a insultos, infamia y crueldad, entre ladrones, como el más miserable de los seres humanos, todo para enseñarnos el Camino, para Salvarnos.
¿A cuántos más conoces que hayan dado la vida por ti?

Oremos:

Señor, dame sabiduría para entender el milagroso sacrificio de tu muerte en la cruz.
No permitas que me aleje de ti, que desprecie tu amor. Por el contrario, hazme agradecido seguidor tuyo.
Que sepa seguirte y llegue algún día a amar como tú.
Que tu sangre no haya sido derramada en vano; que ella me renueve y fortalezca cada día hasta que llegue el día en que seamos uno.
Permíteme servir a mis hermanos con humildad, no pidiendo nada para mí.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)
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ago 31 2008

Reflexión: Mt 16,21-27

Evangelio: Mt 16,21-27

El Señor habla claro y sin tapujos, no se viene con rodeos. Él señala el Camino. Y este sólo es uno:

Negarnos a nosotros mismos, cargar nuestra cruz y seguirlo.

Reflexionemos hoy entorno a estas palabras. ¿Cuándo, dónde, cómo debemos negarnos? Un poco menos de hacer nuestros caprichos siempre, de salir con nuestros gustos, de buscar la vía fácil. Dejar de buscar siempre nuestra comodidad, todo aquello que nos da placer y estar más atento a las necesidades de nuestros hermanos, de nuestros padres, de nuestros amigos, de todas aquellas personas que nos rodean, con las que tropezamos día a día, esperando siempre que nos den algo.
¿Por qué no hoy día, a pesar de todos nuestros dolores, de todos nuestros sufrimientos, de todas nuestras incomodidades y limitaciones, damos un poco de nosotros? ¿Por qué no esforzarnos un poco en ese sentido? Disponernos a dar, antes que exigir que se nos de.

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Esta podría ser nuestra oración de hoy:

“Señor, permítenos hoy salir de nuestro egoísmo, de esa fijación constante en nosotros mismos, en nuestra comodidad, para mirar al frente, a todos los que nos rodean y contribuir en algo a aliviar sus aflicciones”.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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