Lucas 9, 22-25
Texto del evangelio (Lc 9, 22-25)
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «El Hijo del hombre debe sufrir mucho, y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar al tercer día». Decía a todos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ése la salvará. Pues, ¿de qué le sirve al hombre haber ganado el mundo entero, si él mismo se pierde o se arruina?».
Reflexión: Lc 9, 22-25
Es esta una lectura muy corta, pero muy densa; riquísima en lo que respecta a la esencia del cristianismo: la vida, la pasión, la muerte y resurrección de Cristo, que ha de ser imitada por nosotros tomando nuestra cruz, negándonos a nosotros mismos y siguiéndolo.
Es el primer jueves de cuaresma. Ese tiempo especial en el que precisamente recordamos el sacrificio del Señor, su muerte y resurrección. Aquí lo anticipa a sus discípulos que, luego de ver tanto prodigio, no pueden creerlo, ni entenderlo. Cómo este Señor que puede tanto, que hasta las olas le obedecen va a tener que pasar por todo aquél itinerario que Él mismo señala…parece imposible. Los discípulos, que andaban a su lado, no entendían…veremos estos días varios pasajes en los que precisamente le pregunta a Jesús sobre su forma de hablar, sobre lo que realmente quería decir, porque no podían dar crédito a estas palabras.
Incluso podríamos decir que a partir de entonces Judas empieza a urdir la traición, porque no podía entender lo que Jesús le decía. Había oído hablar del Reino y había visto de lo que era capaz Jesús y ahora esto…Seguramente pensó para sí, este debe estar loco. Por eso, a la primera que pudo lo entregó y fue tarde ya cuando logró entenderlo todo y no aguantando su sentimiento de culpa, su remordimiento, al haber fallado a la confianza de Jesús, se mató.
Si bien los demás discípulos no siguieron el mismo camino extremo, la verdad es que cuando las papas quemaron, lo abandonaron, lo negaron, se desentendieron. Tenían mucho temor por lo que podía ocurrirles a ellos mismos y no llegaban a entender. Tenía que morir Jesús, luego resucitar y enviar el Espíritu Santo, para que se les abrieran sus mentes y pudieran atar cabos y entender el menaje global, total de Jesús.
Sin embargo la predicación de Jesús es hasta cierto punto reiterativa, Una y otra vez está tras lo mismo. Respondió Jesús: «Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuese de este mundo, mi gente habría combatido para que no fuese entregado a los judíos: pero mi Reino no es de aquí.» (Juan 18,36) Este versículo alude precisamente a esto. No es que debemos ir, viajar o trasladarnos a otro mundo para pertenecer al Reino o para participar en su construcción. Lo que quiere decir es que Él y su prédica no encajan en la forma en que llevamos las cosas, en la forma en que nos hemos organizado. En otras palabras, este mundo está de cabeza, no lo conozco, qué es esto. El dinero, las posesiones, los privilegios, los lujos, la ostentación y la fama se han puesto en primer lugar. ¡Así no es!, nos grita el Señor. ¡Así no vamos a ninguna parte! ¡Ese es un camino equivocado que sólo traerá odio, dolor, destrucción y muerte!
Por eso en otro lado dirá “Y el juicio está en que vino la luz al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas.” (Juan 3, 19) Este es el gran problema en realidad. No queremos vivir según la propuesta de Dios. Se nos hace difícil aceptarla. No estamos dispuestos a seguir el exigente camino que el Señor hoy nos propone, porque tenemos demasiado, porque nos hemos hecho esclavos de lo que tenemos, porque nos aferramos con uñas y dientes a lo que tenemos…y, así no vamos a ninguna parte. Si realmente queremos avanzar, si realmente queremos salvar a este mundo, que tiene solución, porque el mismísimo Jesucristo, Hijo de Dios ha sido portador de ella…Si queremos ayudar en la obra salvadora de Jesús, «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ése la salvará.”
El camino es claro, que no es lo mismo que fácil. Pero quien de veras cree, encuentra la fortaleza en Jesús, porque Él no abandona a los que le siguen y por el contrario, los protege, los consuela, los acompaña, los levanta, los limpia, les da paz, los llena de amor. ¡Cristo y yo, somos mayoría!”.
Oremos:
Señor, ayúdanos a ser consecuentes, a actuar n función del Reino; a configurarnos, a semejanza tuya, en hombres y mujeres nuevos. Enséñanos a amar. Que no nos queramos tanto a nosotros mismos, como a los demás. Que llegado el extremo, sepamos elegir siempre lo correcto. Amén.
Roguemos al Señor…
Te lo pedimos Señor.
(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

