jul 08 2010

Mateo 10, 7-15

Texto del evangelio (Mt 10, 7-15)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus Apóstoles: «Id proclamando que el Reino de los Cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, purificad leprosos, expulsad demonios. Gratis lo recibisteis; dadlo gratis. No os procuréis oro, ni plata, ni calderilla en vuestras fajas; ni alforja para el camino, ni dos túnicas, ni sandalias, ni bastón; porque el obrero merece su sustento. En la ciudad o pueblo en que entréis, informaos de quién hay en él digno, y quedaos allí hasta que salgáis. Al entrar en la casa, saludadla. Si la casa es digna, llegue a ella vuestra paz; mas si no es digna, vuestra paz se vuelva a vosotros. Y si no se os recibe ni se escuchan vuestras palabras, salid de la casa o de la ciudad aquella sacudiendo el polvo de vuestros pies. Yo os aseguro: el día del Juicio habrá menos rigor para la tierra de Sodoma y Gomorra que para aquella ciudad».

Reflexión: Mt 10, 7-15

Las lecturas del evangelio estos días insisten en el papel misionero que debemos jugar todos los cristianos. No puede haber cristiano que no asuma la tarea de evangelizar. Eso es algo que debemos dar por sentado. El mundo necesita ser evangelizado, cristianizado; no podemos ser indiferentes ante esta tarea. Tenemos que involucrarnos y ser parte de ella. La misión es parte consustancial del ser cristiano. O para decirlo de otro modo, no hay cristiano sin misión.

El cristianismo es como un virus, que debe ser transmitido, contagiado. No se trata de una experiencia “muy personal”, que “llevo a mi modo” y que no trato de difundir porque “soy muy respetuoso de las creencias personales de cada quien”. No. Esta argumentación individualista, propia del siglo XXI quiere hacernos consentir que la fe es algo muy intimo y personal, que está ubicada en el ámbito personal y que por lo tanto cada quien tiene el derecho a ejercer o expresar a su modo. Así, cada quien “mata sus pulgas a su modo” y todos nos liberamos de responsabilidad.

Nada más adecuado para el Príncipe de la tinieblas, para el enemigo de Cristo, de la Luz y la Verdad, que dejar lo concerniente a la fe, al ámbito individual, personal y subjetivo, en el que nadie tiene que ver y por el que nadie debe pedir razones, como si estuviera bien que cada quien decida lo que le venga en gana. Es decir librado al relativismo moral.  Así, lo que está bien, lo que te conviene, depende de ti…depende de cada uno. Para alguno ha de ser esto, para otro, aquello. Es decir que lo Bueno, lo Justo, la Verdad queda librada al juicio individual, al juicio de cada quien…Esto parece lo correcto, sin embargo se trata de una argumentación falsa una celada tendida por el demonio para fomentar el individualismo, el relativismo y el egoísmo. Cada quien vela por sí mismo y responde por sí y a nadie le interesa nada más que su propio pellejo. Como si la Felicidad y la Vida Eterna se pudieran alcanzar sin que influya para nada, sin que tenga que ver para nada nuestra relación con los demás, lo que es TOTALMENTE FALSO.

Los evangelios de estos días nos lo recuerdan a cada paso. Tenemos una misión que se cumple en el mundo, en nuestra relación con los demás. Que no puede ser ejercida en la soledad de la montaña o en una isla, real o ficticia, en la que sólo importe yo. Y es importante notar que la misión no se ejerce con proclamas, con discursos, con citas memorizadas, dadas a conocer en plazas públicas…La misión se ejerce con hechos, con obras: “Curad enfermos, resucitad muertos, purificad leprosos, expulsad demonios.”

Se trata de transformar el mundo por el ejemplo y por la fe. No es lo que diga, sino lo que hago, lo que ha de arrastrar. No es a mí, sino a Jesús y al Padre al que habrán de descubrir quienes nos sigan, quienes busquen explicación de nuestro proceder. Hemos de ser sumamente delicados y cuidadosos con eso. Jesús, a través nuestro, llama y convoca a todos, a vivir en paz, en armonía, en el amor. Es de esto que debemos dar testimonio. En esto consiste nuestra misión. A esto nos manda Jesús al mundo; esta es la tarea que se nos encomienda. “Id proclamando que el Reino de los Cielos está cerca.”

Oremos:

Padre Santo, haznos dignos de la Misión encomendada. Permite purificar nuestros espíritus, nuestros corazones, para poner cada cosa en su lugar, empezando por la razón que estamos en este mundo, que no es otra que cumplir con Tu Voluntad. Que entendamos que ello no es ajeno a la vida, sino todo lo contrario, que ello da sentido a nuestras vidas. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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jul 07 2010

Mateo 10, 1-7

Texto del evangelio (Mt 10, 1-7)

En aquel tiempo, llamando a sus doce discípulos, les dio poder sobre los espíritus inmundos para expulsarlos, y para curar toda enfermedad y toda dolencia. Los nombres de los doce Apóstoles son éstos: primero Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago el de Zebedeo y su hermano Juan; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo el publicano; Santiago el de Alfeo y Tadeo; Simón el Cananeo y Judas el Iscariote, el mismo que le entregó. A éstos doce envió Jesús, después de darles estas instrucciones: «No toméis camino de gentiles ni entréis en ciudad de samaritanos; dirigíos más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Id proclamando que el Reino de los Cielos está cerca».

Reflexión: Mt 10, 1-7

Jesús nos escoge y llama a cada uno de nosotros por nuestro nombre y nos envía a evangelizar a “las ovejas perdidas de Israel”. No se trata pues de escoger lo fácil,  de procurar mantenerse aséptico y solo juntarse con los que obran y piensan como uno. Se trata de anunciar el Reino a todos, procurando que cambien de vida, sembrando luz, verdad y vida.

El Señor nos da todo el poder, para trabajar allí donde realmente somos necesarios, donde las condiciones son difíciles e incluso adversas. Para eso somos envestidos; para eso hemos de procurar configurarnos con Él. El Reino tiene que ser proclamado a todos, pero especialmente entre quines no lo conocen, entre quienes lo rechazan, entre los que no lo aceptan…entre las ovejas perdidas.

Esa es nuestra Misión. En este sentido, todos somos misioneros. Nadie puede renunciar a anunciar el Reino. Y el anuncio no se hace tan sólo de palabra, sino de obra, con la vida misma. Es tu ejemplo el que debe arrastrar y convencer. No es tanto lo que dices, como lo que haces. “Brille pues así nuestra luz”. Los grandes discursos, llenos de palabras grandilocuentes, no son necesarios…es más, pueden llegar a ser inútiles. De lo que se trata de de mostrar el Camino, con el ejemplo. ¡Eh ahí!

 

Oremos:

Señor Jesús, ayúdanos a caminar siempre en la luz…que no nos dejemos tentar, ni desviar. Que no trancemos con el mal; que no seamos extremadamente tolerantes y laxos, al extremo de no poder distinguir entre lo que está bien y lo que está mal. Que seamos conscientes que son nuestros actos los que iluminan o llevan a las tinieblas. Que actuemos con responsabilidad, meditando y reflexionando, pero también confiando en Ti. Danos Fe y valor para seguirte. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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jul 04 2010

Lucas 10, 1-12.17-20

Texto del evangelio (Lc 10 1-12.17-20)

En aquel tiempo, designó el Señor otros setenta y dos y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir Él. Y les decía: «La mies es abundante y los obreros pocos: rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies. ¡Poneos en camino! Mirad que os envío como corderos en medio de lobos. No llevéis talega, ni alforja, ni sandalias; y no os detengáis a saludar a nadie por el camino. Cuando entréis en una casa, decid primero: ‘Paz a esta casa’. Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros. Quedaos en la misma casa, comed y bebed de lo que tengan: porque el obrero merece su salario. No andéis cambiando de casa.

»Si entráis en un pueblo y os reciben bien, comed lo que os pongan, curad a los enfermos que haya, y decid: ‘Está cerca de vosotros el Reino de Dios’. Cuando entréis en un pueblo y no os reciban, salid a la plaza y decid: ‘Hasta el polvo de vuestro pueblo, que se nos ha pegado a los pies, nos lo sacudimos sobre vosotros. De todos modos, sabed que está cerca el Reino de Dios’. Os digo que aquel día será más llevadero para Sodoma que para ese pueblo».

Los setenta y dos volvieron muy contentos y le dijeron: «Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre». Él les contestó: «Veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad: os he dado potestad para pisotear serpientes y escorpiones y todo el ejército del enemigo. Y no os hará daño alguno. Sin embargo, no estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo».

Reflexión: Lc 10, 1-12.17-20

El Señor nos envía a proclamar el Reino, manteniendo una actitud peculiar: no debemos preocuparnos por llevar nada, porque recibiremos todo lo que necesitamos; debemos, eso sí,  llevar paz a quienes estén dispuestos a aceptarla y quedarnos con ellos, sin más que lo que nos ofrezcan. No se trata de andar cambiando de casa, buscando probablemente la mejor, la que más nos acomoda, la que más nos brinda, no, sino más bien de aquilatar y apreciar lo que nos dan de corazón, porque cada quien recibe el fruto de su esfuerzo y si esto es lo que te ofrece compartir, debes aceptarlo, porque él lo tiene merecido.

El Señor confiere todo su poder a quien de este modo se dispone a seguirlo, cumpliendo con la Voluntad del Padre.  Estamos nuevamente frente a una situación que depende de la fe. El Señor da poder a quien de veras elige proclamar la Buena Nueva del Reino, a quien decide anunciarlo. El enemigo, el demonio está ahí, saldrá a nuestro encuentro, sin embargo no hemos de temer nada, porque tenemos poder para curar enfermos, expulsar demonios,  “para pisotear serpientes y escorpiones y todo el ejército del enemigo.”

La oferta del Señor es incomparable, para quien decide aliarse con Él, para quien decide ponerse a sus órdenes y marchar anunciando el Reino. No hemos de temer, porque el Señor nos ha dado todo el poder para derrotar al enemigo. Sin embargo aun aquí también el Señor nos hace una observación, una advertencia sobre cuál debe ser nuestra actitud. No se trata de vanagloriarnos por lo que conseguimos, no, sino de estar alegres porque cumplimos la Voluntad del Señor, porque hemos sido escogidos, porque tenemos un lugar reservado al lado del Padre. “No estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo.”

Esta debe ser nuestra perspectiva todo el tiempo. Tener nuestros tesoros allí donde no entra la polilla, ni corroe el gusano. Es por Él que nos movemos, es por Él que somos y actuamos. Es por Él que tenemos el poder y por Él que nuestra vida adquiere otro valor.

Oremos:

Señor Jesús, danos fe suficiente para andar por Tus caminos, sin doblegarnos, sin dudar, sin temer a nadie, sin más defensa y más precaución que Tu Palabra. Permítenos anunciar el Reino con nuestra propia vida. Que seamos portadores de alegría y paz a los corazones de todos nuestros hermanos. Que no seamos motivo de discordia, ni entremos en disputa por bienes materiales. No permitas que estas cosas nos dividan, nos enfrenten y separen. Antes bien, que entreguemos generosamente lo que nos reclaman, y nos alegremos por hacer lo que te agrada. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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jun 06 2010

Lucas 9, 11b-17

Texto del evangelio (Lc 9, 11b-17)

En aquel tiempo, Jesús les hablaba acerca del Reino de Dios, y curaba a los que tenían necesidad de ser curados. Pero el día había comenzado a declinar, y acercándose los Doce, le dijeron: «Despide a la gente para que vayan a los pueblos y aldeas del contorno y busquen alojamiento y comida, porque aquí estamos en un lugar deshabitado». Él les dijo: «Dadles vosotros de comer». Pero ellos respondieron: «No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos nosotros a comprar alimentos para toda esta gente».

Pues había como cinco mil hombres. Él dijo a sus discípulos: «Haced que se acomoden por grupos de unos cincuenta». Hicieron acomodarse a todos. Tomó entonces los cinco panes y los dos peces, y levantando los ojos al cielo, pronunció sobre ellos la bendición y los partió, y los iba dando a los discípulos para que los fueran sirviendo a la gente. Comieron todos hasta saciarse. Se recogieron los trozos que les habían sobrado: doce canastos.

Reflexión: Lc 9, 11b-17

Estamos frente a uno de los pasajes más asombrosos y a la vez conocidos del Nuevo Testamento…la multiplicación de los panes y los peces. Como estamos a la distancia y en pleno siglo XXI, tendemos a pasar por alto este pasaje, como algo anecdótico, una parte de la doctrina de Jesús que debemos asimilar y aceptar, aun cuando la consideramos realmente inverosímil y, digámoslo francamente, sin mayor importancia.  No necesitamos este pasaje para creer en Jesús, nos decimos…No sentimos que podemos defenderlo…Es algo irracional, quizás producto del estilo literario de quien nos hizo llegar hasta aquí la palabra de Jesús. Es algo que no se puede tragar un hombre razonable del siglo XXI. Podrá quizás entender la necesidad de amarnos los unos a os otros y razonablemente aceptarlo como la solución a los problemas de este mundo, pero de allí a aceptar que cinco panes y dos peces pudieron servir para alimentar a cinco mil personas…Ha de ser pura fantasía del escritor…una forma de expresión literaria, uno de tantos pasajes anecdóticos que tienen los evangelios, escritos seguramente para atrapar el interés de las gentes sencillas de aquellos tiempos…

¿Es lícito hacer esta distinción? ¿Podemos filtrar así la Palabra del Señor? ¿Es que se trata de pasajes que debemos interpretar? ¿Qué tal si no fueron cinco mil? ¿Por qué tanta precisión? ¿Y si solo fueron tres mil ochocientos cincuenta y cuatro? ¿Tiene alguna importancia? ¿Qué es pues aquí lo realmente importante?

Ofrezco aquí humildemente mi interpretación. La reflexión que me produce este pasaje evangélico. Es un hecho que había una multitud, más grande de la que podía ser alimentada con cinco panes y dos peces. Y sin embargo todos comieron e incluso sobró. ¿Qué tuvieron que hacer los apóstoles para que Jesús realizara este prodigio? Pues ponerse manos a la obra y hacer exactamente lo que él les indicó, es decir, hacer Su Voluntad. Ponerse a trabajar, confiando en que el Señor haría lo suyo. ¡Y así fue!

¿Cuántas veces nos encontramos en la vida ante situaciones similares, en las que nos invade el pesimismo frente a una tarea que nos parece descomunal e imposible? ¿Qué vamos a poder lograrlo!? Nos preguntamos. ¡Será imposible! Es posible que efectivamente para nosotros sea imposible, pero no para Dios. Eh allí, en estas ocasiones en las que debemos recordar este pasaje…¡Hagamos lo correcto! ¡Hagamos lo que está bien! Pongamos todos lo que está a nuestro alcance, todo lo que tenemos y confiemos en Dios, Él hará su parte. Si hacemos su voluntad, si hacemos lo que Él nos pide, con seguridad alcanzaremos el bien anhelado, por más imposible que nos pueda parecer en un comienzo.

Lo hemos comentado muchas veces anteriormente. Nuestra historia reciente, incluso nuestra historia personal está plagada de muchos ejemplos, de muchos episodios en los que nos bastó poner los medios, empeñar con voluntad todo lo que estaba a nuestro alcance, para lograr metas que jamás hubiéramos imaginado. No es magia, ni son fuerzas extrasensoriales, ni la sintonía con “el secreto” lo que hace posible que ocurran estos “imposibles”…¡Es la Voluntad de Dios! Él lo dice expresamente, y no en tono figurativo. Se trata de creer, de confiar, de ponernos en camino, de hacer nuestro mejor esfuerzo por El Reino. Y, ¿Cuándo trabajamos por el Reino? Cuando trabajamos por los demás, para los demás. Cuando nos desprendemos de nosotros mismos y procuramos el alivio de las penas y  necesidades de nuestro prójimo. Cuando abandonamos el egocentrismo de nuestra vida cotidiana, entonces podemos constatar como el bien se multiplica…Todo está en empezar. Toda obra, por más gigantesca que parezca o sea, comienza con un primer paso. Eso es lo que nos pide el Señor. ¡Demos lo que tenemos!

Oremos:

Señor Jesús, muévenos, empújanos si es preciso, para que hagamos a cada paso lo que debemos. Que no pasemos indiferentes, que no nos hagamos los desentendidos…Siempre hay algo que podemos hacer, algo que está en nuestras manos hacer, que quizás sea muy poco para nosotros, pero que tal vez marque la diferencia para quien lo recibe. Quizás sea el gesto que otros hermanos necesitan para seguirte, para obrar bien, para comprometerse, para sumar…O tal vez solo sirva de consuelo, pero aún si así fuera, podría ser bastante…Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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mar 16 2010

Juan 5, 1-3.5-16

Texto del evangelio (Jn 5, 1-3.5-16)

Era el día de fiesta de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. Hay en Jerusalén, junto a la Probática, una piscina que se llama en hebreo Betsaida, que tiene cinco pórticos. En ellos yacía una multitud de enfermos, ciegos, cojos, paralíticos, esperando la agitación del agua. Había allí un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo. Jesús, viéndole tendido y sabiendo que llevaba ya mucho tiempo, le dice: «¿Quieres curarte?». Le respondió el enfermo: «Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se agita el agua; y mientras yo voy, otro baja antes que yo». Jesús le dice: «Levántate, toma tu camilla y anda». Y al instante el hombre quedó curado, tomó su camilla y se puso a andar.

Pero era sábado aquel día. Por eso los judíos decían al que había sido curado: «Es sábado y no te está permitido llevar la camilla». Él le respondió: «El que me ha curado me ha dicho: ‘Toma tu camilla y anda’». Ellos le preguntaron: «¿Quién es el hombre que te ha dicho: ‘Tómala y anda?’». Pero el curado no sabía quién era, pues Jesús había desaparecido porque había mucha gente en aquel lugar. Más tarde Jesús le encuentra en el Templo y le dice: «Mira, estás curado; no peques más, para que no te suceda algo peor». El hombre se fue a decir a los judíos que era Jesús el que lo había curado. Por eso los judíos perseguían a Jesús, porque hacía estas cosas en sábado.

Reflexión: Jn 5, 1-3.5-16

Lo primero que surge a mi mente es la mezquindad del hombre, atado a la ley, a los preceptos, al cumplimiento mecánico e irracional de disposiciones. Habiendo sido creados libres, preferimos hacernos esclavos. La sujeción a la norma nos da seguridad; además es a esta a la que muchas veces debemos nuestro estatus y cuestionarla, ponerla en entredicho podría acarrear la pérdida de nuestros privilegios…Preferimos que las cosas sigan así, como están. Nada de novedades, ni cuestionamientos. Nada de reflexión, ni interpretación.

La norma política, económica o social, esa que muchas veces no está ni siquiera escrita, dice que no debo hacer esto o aquello o que por el contrario debo hacer esto otro, pues así lo hago, no sea que los que tienen el poder y el prestigio me condenen y a eso sí que le temo, porque afecta inmediatamente mi prestigio y posición.

Por ejemplo, muchos de los funcionarios que se hacen cargo de una empresa o negocio privado, tienen como precepto, como norma procurar sacar la vuelta a las leyes y normas existentes, para no pagar lo establecido a sus trabajadores y de este modo, por el sacrificio de aquellos, maximizar sus ganancias.   Esta no es una norma escrita, pero está profundamente arraigada entre nuestros empresarios y/o sus representantes. Incluso sus servidores, sus administradores muchas veces son más duros y extreman las medidas, procurando algún beneficio adicional extra para ellos y buscando, así mismo, el reconocimiento y agrado de sus accionistas, de sus empleadores. Así lo vemos a cada nada. No hay en esto nada de originalidad…es una constante.

Así, difícilmente encontraremos –si lo hay-, un funcionario (un Gerente, un Administrador, un Director) que viendo surgir un sindicato entre los trabajadores a su servicio, no reaccione como el más vil tirano y diezme, decapite, desbarranque o mande al patíbulo sin ninguna contemplación a los sospechosos de “sedición”; porque esto es para ellos, la sola idea del sindicato. Son extremistas, subversivos, mal agradecidos, comunistas, detestables, conflictivos…los que no se contentan con las migajas, los que se cansan de las arbitrariedades, los que osan cuestionar sus métodos, sus estilos, su poder, su orden, su injusticia…No hay lugar al dialogo, mientras este no sea de arriba abajo y en completa sumisión. El diálogo será cuando ellos dispongan, en el tono que les agrade y versará sobre lo que ellos decidan. El trabajador no puede pensar, ni decir otra cosa que: así sea. De otro modo, hay un millón llamando a la puerta para hacer aun por menos, lo que el reclama…

Ese es el orden, esa la ley por la que pretenden condenar a Cristo. ¡Ha curado en sábado! ¡Imagínense! Importa un rábano el bien causado a este pobre infeliz, que hacía treintaiocho años que esperaba esta curación milagrosa, que le sería imposible alcanzar sin la ayuda de los demás, sin la solidaridad de los demás, sin que los demás se conmuevan y haciendo un sacrificio lo pongan a él en primer lugar. Claro, todos sufrían y estaban desesperados por curar sus males. Podría haber quizás algunos que se conmovieran, pero era muy difícil que todos se pusieran de acuerdo para darle a este una oportunidad…

Pero lo que es imposible para los hombres, es posible para Jesús. Por eso el Señor va y es a este hombre precisamente, al más indefenso, al menos favorecido, al más desdichado y despreciado posiblemente entre sus congéneres, al que curará, importándole un comino aquella norma que no puede estar por encima del hombre, que no puede impedirle hacer el bien, porque no hay nada ni nadie que pueda impedir que se haga el bien, cuando y donde sea. El Señor sabía a lo que se exponía, pero su Misión está por encima de amenazas y de mezquinos razonamientos: Por eso los judíos perseguían a Jesús, porque hacía estas cosas en sábado.

Elevémonos también nosotros y rompamos estas ataduras que nos esclavizan, al servicio del status quo, del bien egoísta de unos pocos, en desmedro de las mayorías, oprimidas, atemorizadas, empobrecidas…

Oremos:

Padre Santo, danos el coraje de seguirte y proclamarte con nuestra vida, sin importar la hora ni el lugar. Tú nos has enviado a aliviar las penas y el dolor de los que sufren; que tengamos el coraje de hacerlo, aun por encima de la contrariedad de quienes detentan el poder, de quienes ven como amenaza a todo aquél que no se somete incondicionalmente a sus disposiciones. Aparta de nosotros cualquier tentación revanchista o violenta. Que caminemos en la senda de la luz, la verdad y el amor. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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feb 04 2010

Marcos 6, 7-13

Texto del evangelio (Mc 6, 7-13)

En aquel tiempo, Jesús llamó a los Doce y comenzó a enviarlos de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus inmundos. Les ordenó que nada tomasen para el camino, fuera de un bastón: ni pan, ni alforja, ni calderilla en la faja; sino: «Calzados con sandalias y no vistáis dos túnicas». Y les dijo: «Cuando entréis en una casa, quedaos en ella hasta marchar de allí. Si algún lugar no os recibe y no os escuchan, marchaos de allí sacudiendo el polvo de la planta de vuestros pies, en testimonio contra ellos». Y, yéndose de allí, predicaron que se convirtieran; expulsaban a muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.

Reflexión: Mc 6, 7-13

Quien está con el Señor, no necesita más. Él es todo, suficiente y de sobra. Es así como debemos sentir, y es así como debemos vivir. Pero, la verdad es que nuestra fe es muy pequeña, muy precaria, muy corta, muy de conveniencia. Creemos, pero hasta cierto punto nomás. Nos erigimos en interpretes de La Palabra y pretendemos que hay que entenderla aplicando cierto criterio…Y ahí empiezan los acomodos e interpretaciones que dan por resultado una serie de caricaturas de cristianos, cada cual a su modo…Todos exigiéndose según su interpretación…Todos muy lindos y condescendientes unos con otros; todos tibios y ninguno comprometido realmente, sino solo hasta que le molesta el zapato…entonces lo tira y lo cambia por otros más cómodos, que se ajusten a su pie.

Y sin embargo, el Señor, al que pretendemos seguir, a cuyas órdenes nos hemos puesto, nos pide otra cosa. Él necesita una actitud distinta: hombres y mujeres nuevos, que no se aferren tanto a las comodidades de este mundo, que no anden haciendo cálculos de conveniencia, que, libres de equipaje, estén dispuestos a entregarse a fondo a la causa de la Verdad, la Justicia, la Paz y el Amor…Es decir, a la construcción del Reino.

Sino, fijémonos cómo manda a sus discípulos: sin alforja, sin agua, ni pan…Es decir sin nada que asegure su sustento. Sin tener resuelto aquello que nos agobia tanto, de lo que hemos hecho el propósito de nuestras vidas: el sustento diario, de qué viviremos. Esa es nuestra constante preocupación y por resolverlo “adecuadamente” damos nuestra vida entera, porque nunca estamos satisfechos. Nos volvemos exigentes y la palabra “adecuado” se va haciendo tan elástica, ampliando sus límites hasta una posición e la que siempre estamos por alcanzarla, pero como hace falta algo más, nunca llegamos. Así pasamos toda la vida persiguiendo una quimera.

Cuando queremos reaccionar, nos damos cuenta que hemos caído presos, esclavos de un modo de vida, del que no podemos sacudirnos. Y sin embargo, Dios Padre nos creó libres; y así nos convocó el Señor, a evangelizar el mundo. Libres, sin nada que nos ate, más que el fervor evangélico. Eso es lo que espera Cristo de nosotros. Eso nos pide. Fe y entrega total a la causa.

Nosotros, ¿qué le respondemos? Un momentito, espera, que voy a acomodar esto o aquello, que voy a terminar de asegurar esto otro…Estoy ocupado cobrando, o sembrando o cosechando…Un momento que voy a ver a mis padres, a mis hijos, a mi esposa, a mi casa, a mi negocio…Un momento que me sacudo de todos estos compromisos; espera un segundo, que aquí me necesitan…resuelvo esto y voy…Y finalmente, nunca vamos, porque tenemos tanto que hacer…Y cuando decidimos marchar, empezamos a ver y a medir la tarea y empieza nuestra interminable relación de todo lo que necesitamos para emprenderla. Y el Señor nos dice, no lleven nada. Ni si quiera dos túnicas…

 

Oremos:

Señor, que lleguemos a comprender que Tú bastas. Que quien te tiene a Ti, lo tiene todo, no necesita más nada. Que así, con ese espíritu nos entreguemos a la Misión que nos has encomendado. Que no flaqueemos. Que hagamos vida el evangelio. Amén.

Roguemos al Señor…

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ene 13 2010

Lucas 1, 29-39

Texto del evangelio (Lc 1, 29-39)

En aquel tiempo, Jesús, saliendo de la sinagoga se fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre; y le hablan de ella. Se acercó y, tomándola de la mano, la levantó. La fiebre la dejó y ella se puso a servirles.

Al atardecer, a la puesta del sol, le trajeron todos los enfermos y endemoniados; la ciudad entera estaba agolpada a la puerta. Jesús curó a muchos que se encontraban mal de diversas enfermedades y expulsó muchos demonios. Y no dejaba hablar a los demonios, pues le conocían.

De madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se levantó, salió y fue a un lugar solitario y allí se puso a hacer oración. Simón y sus compañeros fueron en su busca; al encontrarle, le dicen: «Todos te buscan». El les dice: «Vayamos a otra parte, a los pueblos vecinos, para que también allí predique; pues para eso he salido». Y recorrió toda Galilea, predicando en sus sinagogas y expulsando los demonios.

Reflexión: Lc 1, 29-39

El Señor tiene una Misión y está aquí para cumplirla. Él es consciente todo el tiempo de ella; esto es lo que tenemos que imitar. Podemos hacer muchas cosas, ocuparnos de mil tareas en la vida, sin embargo no podemos dejar de lado nuestra Misión, no podemos perderla de vista y todo debe de algún modo confluir a ella.

Es importante la forma en que distribuimos nuestro tiempo; ello habla realmente de lo que somos y creemos. ¿Cuáles son nuestra prioridades? Hagamos como el Señor, que comienza el día apartándose y orando. ¿Cómo podemos hacer o pretender hacer la Voluntad de nuestro Padre, si no nos ponemos en contacto con Él. Es verdad, la vida toda debe ser una oración, pero no debemos dejar de buscar momentos expresamente dedicados a la oración durante el día…Y qué mejor que empezar y terminar el día orando.  En la mañana, pidiendo luz y poniéndonos a sus órdenes, en sus manos…En la noche, haciendo un balance de lo realizado, agradeciendo por las oportunidades y proponiendo alguna corrección para nuestros errores, para finalmente volvernos a poner en sus manos, para dormir en paz…

No perder de vista la Misión es fundamental. El Señor iba predicando, oyendo y curando, pero no se hizo “esclavo” de las necesidades de aquellos hombres y mujeres, que eran muchas. Si, las atendía, porque no podía ser indiferente y mientras estaba a su alcance y era posible, pues las atendía. Sin embargo cuanto más curaba, más crecía su fama y más gente lo buscaba…Aún sabiendo ello, aun conmoviéndose, no se entrega ciega y totalmente a esta tarea, sino que pone las cosas en orden. Ustedes quisieran que yo siga aliviando sus penas, sus dolores y sus males, y yo lo haré mientras pueda, pero…«Vayamos a otra parte, a los pueblos vecinos, para que también allí predique; pues para eso he salido».

Predicar, anunciar el Reino, la Buena Nueva, esa es la Misión, para eso he salido. Para eso tenemos que salir cada día. Para eso estamos aquí. Para eso vivimos. “Eso” es lo que da sentido a nuestras vidas: anunciar el evangelio.

Oremos:

Señor, que no perdamos de vista lo verdaderamente importante. Que no dejemos de orar y anunciar el evangelio con nuestras vidas. No permitas que seamos atrapados por nada; aun cuando nuestro trabajo sea tan noble como curar a los que sufren, a los que padecen, que no dejemos por eso de anunciarte y de orar a nuestro Padre.  Amén.

Roguemos al Señor…

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dic 02 2009

Mateo 15, 29-37

Texto del evangelio (Mt 15, 29-37)

En aquel tiempo, pasando de allí, Jesús vino junto al mar de Galilea; subió al monte y se sentó allí. Y se le acercó mucha gente trayendo consigo cojos, lisiados, ciegos, mudos y otros muchos; los pusieron a sus pies, y Él los curó. De suerte que la gente quedó maravillada al ver que los mudos hablaban, los lisiados quedaban curados, los cojos caminaban y los ciegos veían; y glorificaron al Dios de Israel.

Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: «Siento compasión de la gente, porque hace ya tres días que permanecen conmigo y no tienen qué comer. Y no quiero despedirlos en ayunas, no sea que desfallezcan en el camino». Le dicen los discípulos: «¿Cómo hacernos en un desierto con pan suficiente para saciar a una multitud tan grande?». Díceles Jesús: «¿Cuántos panes tenéis?». Ellos dijeron: «Siete, y unos pocos pececillos». El mandó a la gente acomodarse en el suelo. Tomó luego los siete panes y los peces y, dando gracias, los partió e iba dándolos a los discípulos, y los discípulos a la gente. Comieron todos y se saciaron, y de los trozos sobrantes recogieron siete espuertas llenas.

Reflexión: Mt 15, 29-37

Un primer punto que observar quizás sea que a Jesús le traían a todos los que sufren…¿Somos de aquellos que conducen a Jesús a todo aquél que sufre? ¿O tal vez somos de los que proponen otro tipo de remedios? Hay aquí una importante distinción. No solamente creemos y nos conformamos con ello, sino que ayudamos a creer. Es decir, que ponemos de nuestra parte, conduciendo a nuestros hermanos, especialmente a aquellos que sufre, poniéndolos a los pies del Señor. Ese conducir, ya es un acto de Fe. Eso es todo lo que nos pide el Señor. Él hace el resto…Él los cura, Él nos cura, para Gloria de Dios…

Jesús comprende las necesidades de quien lo deja todo para seguirlo. No lo abandona, no lo deja solo, sino que se compadece de sus necesidades, de su dolor, de su sufrimiento. Él está, con quienes están con Él. Él está con quienes se comprometen con Él, con quienes se la juegan por Él. Él solo pide que hagamos nuestra parte, es decir, que nos dispongamos a seguirlo dando los primeros pasos…Es a partir de ese momento que Él hace lo suyo. Él no deja a su cuenta a quienes lo aman, a quienes lo dejan todo y van tras Él.

Aun en el desierto y de la nada Él sacará suficiente para saciarnos, e inclusive sobrará, no para desperdiciarlo, sino para guardarlo de reserva. Esto quiere decir que aun en la situación más difícil podemos y debemos confiar en Dios, que si allí nos encontramos por seguirlo, Él sabrá atender nuestras necesidades. Solo debemos confiar en Él y hacer lo que nos dice.

Jesús no lo hace todo solo…Él nos pide hacer nuestra parte, involucrarnos en aquello que queremos alcanzar, que no ha de ser otra cosa que el Bien y la Verdad. Obremos conforme a la Misión encomendada, pongamos todo lo que tenemos de nuestra parte, sin escatimar nada, y el resto lo hará Él. Ese es el origen de muchas de las grandes obras de la Iglesia. Si observamos, en sus orígenes encontraremos a hombres o mujeres humildes, pobres, pero decididos, capaces de servir al Señor y amarlo plenamente. Es a estos “pequeños gestos” a los que Dios responde con generosidad infinita, dejándonos pasmados.

Hagamos confiadamente nuestra parte y dejemos el resto al Señor, que Él sabrá multiplicar nuestros esfuerzos.

Oremos:

Señor ayúdanos a ser pescadores de hombres…que sepamos conducir a todo aquél que sufre a tus pies, confiando en que allí encontrará la curación o el perdón que busca.

Padre Santo, que no dejemos de hacer nuestra parte, aun cuando sólo sea conducir a los demás a Ti. ¿Habrá mejor obra que nos podamos proponer?

No permitas que caigamos en la soberbia, ni en la inconsecuencia. Que sepamos ser ejemplo, que cautive, que arrastre. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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oct 30 2009

Lucas 14, 1-6

Texto del evangelio (Lc 14,1-6)

Un sábado, Jesús fue a casa de uno de los jefes de los fariseos para comer, ellos le estaban observando. Había allí, delante de Él, un hombre hidrópico. Entonces preguntó Jesús a los legistas y a los fariseos: «¿Es lícito curar en sábado, o no?». Pero ellos se callaron. Entonces le tomó, le curó, y le despidió. Y a ellos les dijo: «¿A quién de vosotros se le cae un hijo o un buey a un pozo en día de sábado y no lo saca al momento?». Y no pudieron replicar a esto.

Reflexión: Lc 14,1-6

Jesús andaba con todos. No tenía reparos en juntarse incluso con fariseos. Pero donde estaba y con quien estaba actuaba correctamente, llevando luz, verdad y vida. Toda ocasión era propicia para hacer el bien y esta, que se nos presenta en el evangelio de hoy, con mayor razón. No deja de curar porque fuera sábado y nos da así una lección. El hombre no está sujeto a las leyes, sino las leyes al hombre.

Esto es algo que olvidamos con suma frecuencia. Que esgrimimos como la fuente y razón de nuestros actos. “Es que la ley dice…” “No puedo ir contra la ley…” “Mis abogados dicen…” De esta forma y con estos argumentos pretendemos evadir nuestra responsabilidad en actos inhumanos, crueles y que afectan a los demás. “Nosotros estamos cumpliendo con la ley…”

La ley decía que ni negros ni indios tenían alma. Se llegó a discutir si eran humanos. Las leyes avalaban la esclavitud, por eso algunos no tuvieron reparo en tratarlos peor que a bestias. La ley daba derechos a los hombres, mientras que ignoraba a las mujeres y a los niños…por eso no estudiaban, tenían prohibido el voto, se les prohibía el ingreso a ciertos lugares y no se normaba su jornada laboral. Así tuvimos “amas de casa” que eran verdaderas esclavas de sus maridos y niños dedicados a las tareas más degradantes y ruines, sin la menor consideración ni reconocimiento.

Así llegó un dictador y decretó que una raza era superior y que había que exterminar a los judíos y todos los eunucos mentales lo siguieron, porque así lo mandaba la ley, porque era legal.

Con el advenimiento de la era industrial se hicieron evidentes una serie de abusos que se cometían contra los trabajadores de las fábricas, ya fuera por ignorancia o por necesidad. Se aceleró la acumulación de riqueza en unas cuantas y pocas manos, y se impuso una gran diferencia entre asalariados y dueños de los medios de producción, todo refrendado por innumerables leyes vigentes, que de no existir, se creaban, al servicio de quien ostentaba el poder.

Es contra esta apretada síntesis de la historia que el Señor se revela. El hombre, dotado de inteligencia y voluntad, nacido para el amor, no puede estar sujeto a estas leyes o no puede esgrimirlas como impedimento para obrar el bien. La Caridad y la Verdad, están por encima de la ley.

Esto quiere decir que no porque a nadie le importe, y la ley no lo norme, yo puedo abusar de una mujer, de un niño o de un trabajador.  A cada quien se le debe lo que le corresponde. Y esta medida, para el que es justo, está por encima de la ley. Así, no tengo por qué pagar S/ 550.00 a un trabajador amparándome en que estoy cumpliendo la ley que dice que este es “el sueldo mínimo vital”, cuando tengo enormes ingresos y estoy en posibilidad de pagarle muchísimo mejor.

Oremos:

Señor, danos sencillez y humildad. Modera nuestro lenguaje, si es preciso. No queremos ser motivo de rencor, sino de armonía. Pero que no dejemos de denunciar y llamar las cosas por su nombre, aunque duela.

Si hay un camino mejor, muéstranoslo. Amén.

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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oct 28 2009

Lucas 6, 12-19

Texto del evangelio (Lc 6,12-19)

En aquellos días, Jesús se fue al monte a orar, y se pasó la noche en oración con Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, y eligió doce de entre ellos, a los que llamó también apóstoles. A Simón, a quien llamó Pedro, y a su hermano Andrés; a Santiago y Juan, a Felipe y Bartolomé, a Mateo y Tomás, a Santiago de Alfeo y Simón, llamado Zelotes; a Judas de Santiago, y a Judas Iscariote, que llegó a ser un traidor.

Bajando con ellos se detuvo en un paraje llano; había una gran multitud de discípulos suyos y gran muchedumbre del pueblo, de toda Judea, de Jerusalén y de la región costera de Tiro y Sidón, que habían venido para oírle y ser curados de sus enfermedades. Y los que eran molestados por espíritus inmundos quedaban curados. Toda la gente procuraba tocarle, porque salía de Él una fuerza que sanaba a todos.

Reflexión: Lc 6,12-19

Estos son algunos datos que saltan a la vista inmediatamente en esta lectura:

Primero: Jesús oraba y lo hacía intensamente: “se fue al monte a orar, y se pasó la noche en oración con Dios”. Es decir que para Jesús, siendo Hijo de Dios, la oración no es algo accesorio, algo de poca importancia a lo que dedica fracciones de tiempo. La oración es fundamental y a ello puede dedicar, como en esta ocasión, toda la noche. Es la oración la que precede e inspira la acción. Es la oración de donde proviene su fuerza; es de esta relación con Dios de donde proviene su decisión y su autoridad. Es Dios el que guía sus pasos, lo que es posible porque permanece unido a Él a través de la oración constante e intensa.

¿Cuántas veces en nuestra vida hemos sostenido una oración semejante? ¿Es que nosotros no necesitamos orar tanto? ¿Será que por eso nuestro accionar es insignificante? ¿Qué lugar ocupa la oración en nuestras vidas? ¿Y así, podemos llamarnos seguidores de Cristo?

Segundo: Es la oración la que sustenta, la que está tras las grandes decisiones, la que las soporta. Es después de esta noche intensa de oración que Jesús escogerá a los doce. ¡Qué importante ocasión! Estaba decidiendo nada menos que quienes serían los cimientos de la Iglesia, sobre que hombros habría de reposar. No fue una elección al azar. Jesús conocía a cada uno de ellos y seguramente repitió y consultó sus nombres a Dios Padre. Para cada uno había una razón; cada quién tendría un papel. “Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, y eligió doce de entre ellos.”

Y, en tercer lugar, es imposible no notar que de Él salía “una fuerza que sanaba a todos”.  La multitud con sus mil problemas, con sus mil aflicciones lo esperaba. Venían de todas partes “para oírle y ser curados de sus enfermedades”. Jesús convoca, atrae, arrastra, tanto por lo que dice, como por lo que hace.  Se puede entender que los enfermos quieran que los sane…¿Quién no quiere dejar de padecer por cualquier enfermedad que lo debilita, que lo disminuye, que lo ata, que lo sujeta? Pero también quieren oírle, porque sus palabras desatan nudos, liberan espíritus, revelan la Verdad profunda del ser humano; sus palabras son luz, son consuelo, son esperanza, son inspiración…Definitivamente, de Él sale una fuerza…¡Es la fuerza de Dios! ¡Es la fuerza del Espíritu! ¡Es la fuerza que El nos ha dejado! ¡Es la fuerza que todos tenemos a nuestra disposición, si llevamos una vida coherente, inspirada en la oración, que no es otra cosa que la Voluntad del Padre! Es la fuerza de quien vive unido Dios, en Gracia de Dios; de quien vive la Gracia de modo Consciente, Creciente y Compartida.

Oremos:

Señor, ayúdanos a comprender  la importancia de la oración. Que entendamos que no podemos pretender llamarnos cristianos, si no llevamos una vida de oración. La oración nos inspira y purifica nuestras intenciones. En oración es que logramos contactar a Dios nuestro Padre y discernir su Voluntad para cada momento y ocasión en nuestra vidas. Solo entonces podremos actuar con autoridad y fuerza. Es Dios el que transforma el mundo a través nuestro, pero para eso debemos estar en sintonía con Él. Haz que nuestra acción sea inspirada por la oración, Amén

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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oct 01 2009

Reflexión: Lc 10,1-12

Lc 10,1-12

Que la misión es urgente y que hay muchísimo que hacer para cristianizar el mundo, queda muy claro. No es fácil, sin embargo el Señor nos pide que no llevemos nada, y es que así debe ser el transitar de un seguidor de Jesús por el mundo: ligero de equipaje.

Nos cuesta realmente entender y vivir estas palabras. Pero la verdad es que el cristiano no puede adaptarse al mundo y aceptarlo mientras haya injusticia, mientras haya rencillas entre hermanos, mientras no haya paz, mientras la caridad no se imponga, mientras lo gobiernen las pasiones.

Somos indiferentes, mientras no se nos toca. Y procuramos por todos los medios que no se nos toque. Preferimos el estatus quo y estamos dispuestos a alinearnos con lo que venga, mientras no nos afecte. Pero esto es un error, pues no hay nada que aquí podamos cuidar de tal modo que prevalezca para siempre. Nosotros mismos estamos limitados y en el momento que menos pensemos o esperemos, podemos perder lo más preciado: nuestro trabajo, el crédito, nuestra reputación, nuestro carro, nuestra casa, un hijo, una esposa o esposo…un ojo, una pierna…la vida.

Si esto ha de ser así, ¿cómo y en qué debemos emplear el don más preciado que hemos recibido? El Señor nos manda y nos da una Misión. “Id; mirad que os envío como corderos en medio de lobos. No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias. Y no saludéis a nadie en el camino.” (…)”En la ciudad en que entréis y os reciban, comed lo que os pongan; curad los enfermos que haya en ella, y decidles: ‘El Reino de Dios está cerca de vosotros’”.

Esa es nuestra misión. Es a esto que debemos dedicar el don más preciado que hemos recibido: nuestra vida. Ser cristianos, ser como Él. Claro, nadie da lo que no tiene…Entonces debemos conocerle, pero no podemos usar esto como excusa tampoco, porque entonces diremos, todavía no lo conozco lo suficiente, así que hay que esperar…

El Señor conoce muy bien lo que hay en nuestros corazones. El que lo ve todo, nos indicará el camino. Solo hay que saberlo escuchar a través de la oración. Por eso no debemos dejar que la Vida de Gracia decrezca en nosotros…todo lo contrario, debemos fortalecerla. Recurrir constantemente a la oración y los sacramentos. Sin Él nada podemos…en cambio con Él, nada podrá interponerse en nuestra misión y podremos seguirla hasta alcanzar la Vida Eterna.

Oremos:

Señor, condúcenos por esta vida; no permitas que por ningún motivo nos apartemos de Ti Que no caigamos en la tentación de la soberbia, de la mentira, de los privilegios. Que caminemos rectamente hacia Ti, ya sea que llueva o truene.

Haznos capaces de conmovernos ante el dolor y el sufrimiento de los demás. Danos un corazón sencillo y simple. Danos serenidad. Que no alberguemos malos sentimientos, que los dominemos y nos sobrepongamos a ellos.

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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sep 23 2009

Reflexión: Lc 9,1-6

Lc 9,1-6

¿Qué nos llama la atención en esta lectura? En primer lugar, proclamar y curar; es decir que la palabra tiene que ir unida a la acción: esa es nuestra Misión. Nuestra vida debe estar dedicada a esta Misión, donde quiera que estemos y nos desenvolvamos. Todo lo que hagamos debe estar impregnado de esta Misión y lo debemos hacer de tal modo, que no quede duda que lo que hacemos es Anunciar el Reino de Dios. Se trata de asumir un modo de vida que en sí constituya un anuncio, porque en seguida el Señor dará las instrucciones respecto a lo que necesitamos y cómo debemos ir: “No toméis nada para el camino, ni bastón, ni alforja, ni pan, ni plata; ni tengáis dos túnicas cada uno.”

Así de integra, así de entera debe ser nuestra entrega a la Misión. Sucede que nosotros tenemos demasiados apegos. Nos encanta rodearnos de cosas, atesorarlas y luego hacerlas imprescindibles. Sin ellas no podemos vivir; sin ellas no podemos desenvolvernos, e incluso llegamos a depender tanto de ellas, que si no las tenemos, no somos. ¡A qué extremo ha llegado nuestra idolatría! Lo peor es que no nos damos cuenta. Esta brota y condiciona nuestra vida con tanta naturalidad…Nos hemos vuelto dependientes de los objetos, de las cosas. Necesitamos de muchas cosas; exigimos muchas condiciones…El Señor nos recuerda que una sola cosa es importante: Amar a Dios.

“mientras Marta estaba atareada en muchos quehaceres. Acercándose, pues, dijo: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en el trabajo? Dile, pues, que me ayude.»  
Le respondió el Señor: «Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas;  
y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola. María ha elegido la parte buena, que no le será quitada. » (Lc 10,40-42)

En segundo lugar,  no por ello menos importante, es El Señor el que convoca, el que llama y el que envía. El Señor nos da todo lo que necesitamos: autoridad y poder para cumplir nuestra Misión. Autoridad y poder sobre los demonios, sobre el mal y sobre las enfermedades.

Aquí debemos recordar que el Señor, con su muerte en la cruz y su resurrección, ha vencido al mundo, ha vencido a la muerte, ha vencido al pecado, ha vencido al mal…ha vencido al Príncipe de este mundo, al demonio. ¡Esa es la garantía de nuestra victoria definitiva y final! Es con esa confianza que debemos arremeter a todo lo que nos salga al encuentro en el cumplimiento de nuestra Misión. Para ello es que tenemos Autoridad y Poder.

Hay muchísimas muestras de cómo actúa la Autoridad y el Poder que el Señor confiere a sus seguidores. Ahí están cada una de las órdenes religiosas, que inspiradas por el Espíritu Santo e iniciadas por humildes servidores del Señor,  cuya pobreza y entrega han quedado registradas en la historia, los han sobrevivido por siglos, inspirando a cientos, cuando no a miles de seguidores.

Localmente, en cada país, en cada pueblo existen innumerables ejemplos de hombres probos, fieles seguidores de Cristo, de cuyas obras hablan y dan testimonio los humildes. Para muestra un botón: Sea motivo para rendir tributo en Arequipa, Perú, al Padre Pozzo sj. Un humilde sacerdote Genovés fallecido hace un par de años que fundó CIRCA (Círculos Católicos) en Arequipa y que gracias a su FE, en primer lugar y a su empuje y tesón logró construir más de 25 colegios en Arequipa; colegios católicos, al servicio de los más pobres.

O, el Padre John Foley sj en Chicago, que inspirado por la experiencia que vivió hace cerca de 40 años en el Perú, ha promovido y creado una red de más de una docena de colegios en Estados Unidos dedicados a los jóvenes pobres, a los marginados.

Estas son solo algunas pruebas de cómo el Señor multiplica nuestros esfuerzos, cuando estos están encaminados a la Misión. Entonces tendremos la Autoridad y el Poder suficientes.

Oremos:

Señor, acrecienta nuestra fe. Danos firmeza y perseverancia para cumplir nuestra Misión, aquella que Tú nos has encomendado. Que sea ello lo primero en nuestras vidas. Amén

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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