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Marcos 6, 7-13

Texto del evangelio (Mc 6, 7-13)

En aquel tiempo, Jesús llamó a los Doce y comenzó a enviarlos de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus inmundos. Les ordenó que nada tomasen para el camino, fuera de un bastón: ni pan, ni alforja, ni calderilla en la faja; sino: «Calzados con sandalias y no vistáis dos túnicas». Y les dijo: «Cuando entréis en una casa, quedaos en ella hasta marchar de allí. Si algún lugar no os recibe y no os escuchan, marchaos de allí sacudiendo el polvo de la planta de vuestros pies, en testimonio contra ellos». Y, yéndose de allí, predicaron que se convirtieran; expulsaban a muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.

Reflexión: Mc 6, 7-13

Quien está con el Señor, no necesita más. Él es todo, suficiente y de sobra. Es así como debemos sentir, y es así como debemos vivir. Pero, la verdad es que nuestra fe es muy pequeña, muy precaria, muy corta, muy de conveniencia. Creemos, pero hasta cierto punto nomás. Nos erigimos en interpretes de La Palabra y pretendemos que hay que entenderla aplicando cierto criterio…Y ahí empiezan los acomodos e interpretaciones que dan por resultado una serie de caricaturas de cristianos, cada cual a su modo…Todos exigiéndose según su interpretación…Todos muy lindos y condescendientes unos con otros; todos tibios y ninguno comprometido realmente, sino solo hasta que le molesta el zapato…entonces lo tira y lo cambia por otros más cómodos, que se ajusten a su pie.

Y sin embargo, el Señor, al que pretendemos seguir, a cuyas órdenes nos hemos puesto, nos pide otra cosa. Él necesita una actitud distinta: hombres y mujeres nuevos, que no se aferren tanto a las comodidades de este mundo, que no anden haciendo cálculos de conveniencia, que, libres de equipaje, estén dispuestos a entregarse a fondo a la causa de la Verdad, la Justicia, la Paz y el Amor…Es decir, a la construcción del Reino.

Sino, fijémonos cómo manda a sus discípulos: sin alforja, sin agua, ni pan…Es decir sin nada que asegure su sustento. Sin tener resuelto aquello que nos agobia tanto, de lo que hemos hecho el propósito de nuestras vidas: el sustento diario, de qué viviremos. Esa es nuestra constante preocupación y por resolverlo “adecuadamente” damos nuestra vida entera, porque nunca estamos satisfechos. Nos volvemos exigentes y la palabra “adecuado” se va haciendo tan elástica, ampliando sus límites hasta una posición e la que siempre estamos por alcanzarla, pero como hace falta algo más, nunca llegamos. Así pasamos toda la vida persiguiendo una quimera.

Cuando queremos reaccionar, nos damos cuenta que hemos caído presos, esclavos de un modo de vida, del que no podemos sacudirnos. Y sin embargo, Dios Padre nos creó libres; y así nos convocó el Señor, a evangelizar el mundo. Libres, sin nada que nos ate, más que el fervor evangélico. Eso es lo que espera Cristo de nosotros. Eso nos pide. Fe y entrega total a la causa.

Nosotros, ¿qué le respondemos? Un momentito, espera, que voy a acomodar esto o aquello, que voy a terminar de asegurar esto otro…Estoy ocupado cobrando, o sembrando o cosechando…Un momento que voy a ver a mis padres, a mis hijos, a mi esposa, a mi casa, a mi negocio…Un momento que me sacudo de todos estos compromisos; espera un segundo, que aquí me necesitan…resuelvo esto y voy…Y finalmente, nunca vamos, porque tenemos tanto que hacer…Y cuando decidimos marchar, empezamos a ver y a medir la tarea y empieza nuestra interminable relación de todo lo que necesitamos para emprenderla. Y el Señor nos dice, no lleven nada. Ni si quiera dos túnicas…

 

Oremos:

Señor, que lleguemos a comprender que Tú bastas. Que quien te tiene a Ti, lo tiene todo, no necesita más nada. Que así, con ese espíritu nos entreguemos a la Misión que nos has encomendado. Que no flaqueemos. Que hagamos vida el evangelio. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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Lucas 1, 29-39

Texto del evangelio (Lc 1, 29-39)

En aquel tiempo, Jesús, saliendo de la sinagoga se fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre; y le hablan de ella. Se acercó y, tomándola de la mano, la levantó. La fiebre la dejó y ella se puso a servirles.

Al atardecer, a la puesta del sol, le trajeron todos los enfermos y endemoniados; la ciudad entera estaba agolpada a la puerta. Jesús curó a muchos que se encontraban mal de diversas enfermedades y expulsó muchos demonios. Y no dejaba hablar a los demonios, pues le conocían.

De madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se levantó, salió y fue a un lugar solitario y allí se puso a hacer oración. Simón y sus compañeros fueron en su busca; al encontrarle, le dicen: «Todos te buscan». El les dice: «Vayamos a otra parte, a los pueblos vecinos, para que también allí predique; pues para eso he salido». Y recorrió toda Galilea, predicando en sus sinagogas y expulsando los demonios.

Reflexión: Lc 1, 29-39

El Señor tiene una Misión y está aquí para cumplirla. Él es consciente todo el tiempo de ella; esto es lo que tenemos que imitar. Podemos hacer muchas cosas, ocuparnos de mil tareas en la vida, sin embargo no podemos dejar de lado nuestra Misión, no podemos perderla de vista y todo debe de algún modo confluir a ella.

Es importante la forma en que distribuimos nuestro tiempo; ello habla realmente de lo que somos y creemos. ¿Cuáles son nuestra prioridades? Hagamos como el Señor, que comienza el día apartándose y orando. ¿Cómo podemos hacer o pretender hacer la Voluntad de nuestro Padre, si no nos ponemos en contacto con Él. Es verdad, la vida toda debe ser una oración, pero no debemos dejar de buscar momentos expresamente dedicados a la oración durante el día…Y qué mejor que empezar y terminar el día orando.  En la mañana, pidiendo luz y poniéndonos a sus órdenes, en sus manos…En la noche, haciendo un balance de lo realizado, agradeciendo por las oportunidades y proponiendo alguna corrección para nuestros errores, para finalmente volvernos a poner en sus manos, para dormir en paz…

No perder de vista la Misión es fundamental. El Señor iba predicando, oyendo y curando, pero no se hizo “esclavo” de las necesidades de aquellos hombres y mujeres, que eran muchas. Si, las atendía, porque no podía ser indiferente y mientras estaba a su alcance y era posible, pues las atendía. Sin embargo cuanto más curaba, más crecía su fama y más gente lo buscaba…Aún sabiendo ello, aun conmoviéndose, no se entrega ciega y totalmente a esta tarea, sino que pone las cosas en orden. Ustedes quisieran que yo siga aliviando sus penas, sus dolores y sus males, y yo lo haré mientras pueda, pero…«Vayamos a otra parte, a los pueblos vecinos, para que también allí predique; pues para eso he salido».

Predicar, anunciar el Reino, la Buena Nueva, esa es la Misión, para eso he salido. Para eso tenemos que salir cada día. Para eso estamos aquí. Para eso vivimos. “Eso” es lo que da sentido a nuestras vidas: anunciar el evangelio.

Oremos:

Señor, que no perdamos de vista lo verdaderamente importante. Que no dejemos de orar y anunciar el evangelio con nuestras vidas. No permitas que seamos atrapados por nada; aun cuando nuestro trabajo sea tan noble como curar a los que sufren, a los que padecen, que no dejemos por eso de anunciarte y de orar a nuestro Padre.  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
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Mateo 15, 29-37

Texto del evangelio (Mt 15, 29-37)

En aquel tiempo, pasando de allí, Jesús vino junto al mar de Galilea; subió al monte y se sentó allí. Y se le acercó mucha gente trayendo consigo cojos, lisiados, ciegos, mudos y otros muchos; los pusieron a sus pies, y Él los curó. De suerte que la gente quedó maravillada al ver que los mudos hablaban, los lisiados quedaban curados, los cojos caminaban y los ciegos veían; y glorificaron al Dios de Israel.

Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: «Siento compasión de la gente, porque hace ya tres días que permanecen conmigo y no tienen qué comer. Y no quiero despedirlos en ayunas, no sea que desfallezcan en el camino». Le dicen los discípulos: «¿Cómo hacernos en un desierto con pan suficiente para saciar a una multitud tan grande?». Díceles Jesús: «¿Cuántos panes tenéis?». Ellos dijeron: «Siete, y unos pocos pececillos». El mandó a la gente acomodarse en el suelo. Tomó luego los siete panes y los peces y, dando gracias, los partió e iba dándolos a los discípulos, y los discípulos a la gente. Comieron todos y se saciaron, y de los trozos sobrantes recogieron siete espuertas llenas.

Reflexión: Mt 15, 29-37

Un primer punto que observar quizás sea que a Jesús le traían a todos los que sufren…¿Somos de aquellos que conducen a Jesús a todo aquél que sufre? ¿O tal vez somos de los que proponen otro tipo de remedios? Hay aquí una importante distinción. No solamente creemos y nos conformamos con ello, sino que ayudamos a creer. Es decir, que ponemos de nuestra parte, conduciendo a nuestros hermanos, especialmente a aquellos que sufre, poniéndolos a los pies del Señor. Ese conducir, ya es un acto de Fe. Eso es todo lo que nos pide el Señor. Él hace el resto…Él los cura, Él nos cura, para Gloria de Dios…

Jesús comprende las necesidades de quien lo deja todo para seguirlo. No lo abandona, no lo deja solo, sino que se compadece de sus necesidades, de su dolor, de su sufrimiento. Él está, con quienes están con Él. Él está con quienes se comprometen con Él, con quienes se la juegan por Él. Él solo pide que hagamos nuestra parte, es decir, que nos dispongamos a seguirlo dando los primeros pasos…Es a partir de ese momento que Él hace lo suyo. Él no deja a su cuenta a quienes lo aman, a quienes lo dejan todo y van tras Él.

Aun en el desierto y de la nada Él sacará suficiente para saciarnos, e inclusive sobrará, no para desperdiciarlo, sino para guardarlo de reserva. Esto quiere decir que aun en la situación más difícil podemos y debemos confiar en Dios, que si allí nos encontramos por seguirlo, Él sabrá atender nuestras necesidades. Solo debemos confiar en Él y hacer lo que nos dice.

Jesús no lo hace todo solo…Él nos pide hacer nuestra parte, involucrarnos en aquello que queremos alcanzar, que no ha de ser otra cosa que el Bien y la Verdad. Obremos conforme a la Misión encomendada, pongamos todo lo que tenemos de nuestra parte, sin escatimar nada, y el resto lo hará Él. Ese es el origen de muchas de las grandes obras de la Iglesia. Si observamos, en sus orígenes encontraremos a hombres o mujeres humildes, pobres, pero decididos, capaces de servir al Señor y amarlo plenamente. Es a estos “pequeños gestos” a los que Dios responde con generosidad infinita, dejándonos pasmados.

Hagamos confiadamente nuestra parte y dejemos el resto al Señor, que Él sabrá multiplicar nuestros esfuerzos.

Oremos:

Señor ayúdanos a ser pescadores de hombres…que sepamos conducir a todo aquél que sufre a tus pies, confiando en que allí encontrará la curación o el perdón que busca.

Padre Santo, que no dejemos de hacer nuestra parte, aun cuando sólo sea conducir a los demás a Ti. ¿Habrá mejor obra que nos podamos proponer?

No permitas que caigamos en la soberbia, ni en la inconsecuencia. Que sepamos ser ejemplo, que cautive, que arrastre. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Lucas 14, 1-6

Texto del evangelio (Lc 14,1-6)

Un sábado, Jesús fue a casa de uno de los jefes de los fariseos para comer, ellos le estaban observando. Había allí, delante de Él, un hombre hidrópico. Entonces preguntó Jesús a los legistas y a los fariseos: «¿Es lícito curar en sábado, o no?». Pero ellos se callaron. Entonces le tomó, le curó, y le despidió. Y a ellos les dijo: «¿A quién de vosotros se le cae un hijo o un buey a un pozo en día de sábado y no lo saca al momento?». Y no pudieron replicar a esto.

Reflexión: Lc 14,1-6

Jesús andaba con todos. No tenía reparos en juntarse incluso con fariseos. Pero donde estaba y con quien estaba actuaba correctamente, llevando luz, verdad y vida. Toda ocasión era propicia para hacer el bien y esta, que se nos presenta en el evangelio de hoy, con mayor razón. No deja de curar porque fuera sábado y nos da así una lección. El hombre no está sujeto a las leyes, sino las leyes al hombre.

Esto es algo que olvidamos con suma frecuencia. Que esgrimimos como la fuente y razón de nuestros actos. “Es que la ley dice…” “No puedo ir contra la ley…” “Mis abogados dicen…” De esta forma y con estos argumentos pretendemos evadir nuestra responsabilidad en actos inhumanos, crueles y que afectan a los demás. “Nosotros estamos cumpliendo con la ley…”

La ley decía que ni negros ni indios tenían alma. Se llegó a discutir si eran humanos. Las leyes avalaban la esclavitud, por eso algunos no tuvieron reparo en tratarlos peor que a bestias. La ley daba derechos a los hombres, mientras que ignoraba a las mujeres y a los niños…por eso no estudiaban, tenían prohibido el voto, se les prohibía el ingreso a ciertos lugares y no se normaba su jornada laboral. Así tuvimos “amas de casa” que eran verdaderas esclavas de sus maridos y niños dedicados a las tareas más degradantes y ruines, sin la menor consideración ni reconocimiento.

Así llegó un dictador y decretó que una raza era superior y que había que exterminar a los judíos y todos los eunucos mentales lo siguieron, porque así lo mandaba la ley, porque era legal.

Con el advenimiento de la era industrial se hicieron evidentes una serie de abusos que se cometían contra los trabajadores de las fábricas, ya fuera por ignorancia o por necesidad. Se aceleró la acumulación de riqueza en unas cuantas y pocas manos, y se impuso una gran diferencia entre asalariados y dueños de los medios de producción, todo refrendado por innumerables leyes vigentes, que de no existir, se creaban, al servicio de quien ostentaba el poder.

Es contra esta apretada síntesis de la historia que el Señor se revela. El hombre, dotado de inteligencia y voluntad, nacido para el amor, no puede estar sujeto a estas leyes o no puede esgrimirlas como impedimento para obrar el bien. La Caridad y la Verdad, están por encima de la ley.

Esto quiere decir que no porque a nadie le importe, y la ley no lo norme, yo puedo abusar de una mujer, de un niño o de un trabajador.  A cada quien se le debe lo que le corresponde. Y esta medida, para el que es justo, está por encima de la ley. Así, no tengo por qué pagar S/ 550.00 a un trabajador amparándome en que estoy cumpliendo la ley que dice que este es “el sueldo mínimo vital”, cuando tengo enormes ingresos y estoy en posibilidad de pagarle muchísimo mejor.

Oremos:

Señor, danos sencillez y humildad. Modera nuestro lenguaje, si es preciso. No queremos ser motivo de rencor, sino de armonía. Pero que no dejemos de denunciar y llamar las cosas por su nombre, aunque duela.

Si hay un camino mejor, muéstranoslo. Amén.

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Lucas 6, 12-19

Texto del evangelio (Lc 6,12-19)

En aquellos días, Jesús se fue al monte a orar, y se pasó la noche en oración con Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, y eligió doce de entre ellos, a los que llamó también apóstoles. A Simón, a quien llamó Pedro, y a su hermano Andrés; a Santiago y Juan, a Felipe y Bartolomé, a Mateo y Tomás, a Santiago de Alfeo y Simón, llamado Zelotes; a Judas de Santiago, y a Judas Iscariote, que llegó a ser un traidor.

Bajando con ellos se detuvo en un paraje llano; había una gran multitud de discípulos suyos y gran muchedumbre del pueblo, de toda Judea, de Jerusalén y de la región costera de Tiro y Sidón, que habían venido para oírle y ser curados de sus enfermedades. Y los que eran molestados por espíritus inmundos quedaban curados. Toda la gente procuraba tocarle, porque salía de Él una fuerza que sanaba a todos.

Reflexión: Lc 6,12-19

Estos son algunos datos que saltan a la vista inmediatamente en esta lectura:

Primero: Jesús oraba y lo hacía intensamente: “se fue al monte a orar, y se pasó la noche en oración con Dios”. Es decir que para Jesús, siendo Hijo de Dios, la oración no es algo accesorio, algo de poca importancia a lo que dedica fracciones de tiempo. La oración es fundamental y a ello puede dedicar, como en esta ocasión, toda la noche. Es la oración la que precede e inspira la acción. Es la oración de donde proviene su fuerza; es de esta relación con Dios de donde proviene su decisión y su autoridad. Es Dios el que guía sus pasos, lo que es posible porque permanece unido a Él a través de la oración constante e intensa.

¿Cuántas veces en nuestra vida hemos sostenido una oración semejante? ¿Es que nosotros no necesitamos orar tanto? ¿Será que por eso nuestro accionar es insignificante? ¿Qué lugar ocupa la oración en nuestras vidas? ¿Y así, podemos llamarnos seguidores de Cristo?

Segundo: Es la oración la que sustenta, la que está tras las grandes decisiones, la que las soporta. Es después de esta noche intensa de oración que Jesús escogerá a los doce. ¡Qué importante ocasión! Estaba decidiendo nada menos que quienes serían los cimientos de la Iglesia, sobre que hombros habría de reposar. No fue una elección al azar. Jesús conocía a cada uno de ellos y seguramente repitió y consultó sus nombres a Dios Padre. Para cada uno había una razón; cada quién tendría un papel. “Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, y eligió doce de entre ellos.”

Y, en tercer lugar, es imposible no notar que de Él salía “una fuerza que sanaba a todos”.  La multitud con sus mil problemas, con sus mil aflicciones lo esperaba. Venían de todas partes “para oírle y ser curados de sus enfermedades”. Jesús convoca, atrae, arrastra, tanto por lo que dice, como por lo que hace.  Se puede entender que los enfermos quieran que los sane…¿Quién no quiere dejar de padecer por cualquier enfermedad que lo debilita, que lo disminuye, que lo ata, que lo sujeta? Pero también quieren oírle, porque sus palabras desatan nudos, liberan espíritus, revelan la Verdad profunda del ser humano; sus palabras son luz, son consuelo, son esperanza, son inspiración…Definitivamente, de Él sale una fuerza…¡Es la fuerza de Dios! ¡Es la fuerza del Espíritu! ¡Es la fuerza que El nos ha dejado! ¡Es la fuerza que todos tenemos a nuestra disposición, si llevamos una vida coherente, inspirada en la oración, que no es otra cosa que la Voluntad del Padre! Es la fuerza de quien vive unido Dios, en Gracia de Dios; de quien vive la Gracia de modo Consciente, Creciente y Compartida.

Oremos:

Señor, ayúdanos a comprender  la importancia de la oración. Que entendamos que no podemos pretender llamarnos cristianos, si no llevamos una vida de oración. La oración nos inspira y purifica nuestras intenciones. En oración es que logramos contactar a Dios nuestro Padre y discernir su Voluntad para cada momento y ocasión en nuestra vidas. Solo entonces podremos actuar con autoridad y fuerza. Es Dios el que transforma el mundo a través nuestro, pero para eso debemos estar en sintonía con Él. Haz que nuestra acción sea inspirada por la oración, Amén

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Reflexión: Lc 10,1-12

Lc 10,1-12

Que la misión es urgente y que hay muchísimo que hacer para cristianizar el mundo, queda muy claro. No es fácil, sin embargo el Señor nos pide que no llevemos nada, y es que así debe ser el transitar de un seguidor de Jesús por el mundo: ligero de equipaje.

Nos cuesta realmente entender y vivir estas palabras. Pero la verdad es que el cristiano no puede adaptarse al mundo y aceptarlo mientras haya injusticia, mientras haya rencillas entre hermanos, mientras no haya paz, mientras la caridad no se imponga, mientras lo gobiernen las pasiones.

Somos indiferentes, mientras no se nos toca. Y procuramos por todos los medios que no se nos toque. Preferimos el estatus quo y estamos dispuestos a alinearnos con lo que venga, mientras no nos afecte. Pero esto es un error, pues no hay nada que aquí podamos cuidar de tal modo que prevalezca para siempre. Nosotros mismos estamos limitados y en el momento que menos pensemos o esperemos, podemos perder lo más preciado: nuestro trabajo, el crédito, nuestra reputación, nuestro carro, nuestra casa, un hijo, una esposa o esposo…un ojo, una pierna…la vida.

Si esto ha de ser así, ¿cómo y en qué debemos emplear el don más preciado que hemos recibido? El Señor nos manda y nos da una Misión. “Id; mirad que os envío como corderos en medio de lobos. No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias. Y no saludéis a nadie en el camino.” (…)”En la ciudad en que entréis y os reciban, comed lo que os pongan; curad los enfermos que haya en ella, y decidles: ‘El Reino de Dios está cerca de vosotros’”.

Esa es nuestra misión. Es a esto que debemos dedicar el don más preciado que hemos recibido: nuestra vida. Ser cristianos, ser como Él. Claro, nadie da lo que no tiene…Entonces debemos conocerle, pero no podemos usar esto como excusa tampoco, porque entonces diremos, todavía no lo conozco lo suficiente, así que hay que esperar…

El Señor conoce muy bien lo que hay en nuestros corazones. El que lo ve todo, nos indicará el camino. Solo hay que saberlo escuchar a través de la oración. Por eso no debemos dejar que la Vida de Gracia decrezca en nosotros…todo lo contrario, debemos fortalecerla. Recurrir constantemente a la oración y los sacramentos. Sin Él nada podemos…en cambio con Él, nada podrá interponerse en nuestra misión y podremos seguirla hasta alcanzar la Vida Eterna.

Oremos:

Señor, condúcenos por esta vida; no permitas que por ningún motivo nos apartemos de Ti Que no caigamos en la tentación de la soberbia, de la mentira, de los privilegios. Que caminemos rectamente hacia Ti, ya sea que llueva o truene.

Haznos capaces de conmovernos ante el dolor y el sufrimiento de los demás. Danos un corazón sencillo y simple. Danos serenidad. Que no alberguemos malos sentimientos, que los dominemos y nos sobrepongamos a ellos.

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Reflexión: Lc 9,1-6

Lc 9,1-6

¿Qué nos llama la atención en esta lectura? En primer lugar, proclamar y curar; es decir que la palabra tiene que ir unida a la acción: esa es nuestra Misión. Nuestra vida debe estar dedicada a esta Misión, donde quiera que estemos y nos desenvolvamos. Todo lo que hagamos debe estar impregnado de esta Misión y lo debemos hacer de tal modo, que no quede duda que lo que hacemos es Anunciar el Reino de Dios. Se trata de asumir un modo de vida que en sí constituya un anuncio, porque en seguida el Señor dará las instrucciones respecto a lo que necesitamos y cómo debemos ir: “No toméis nada para el camino, ni bastón, ni alforja, ni pan, ni plata; ni tengáis dos túnicas cada uno.”

Así de integra, así de entera debe ser nuestra entrega a la Misión. Sucede que nosotros tenemos demasiados apegos. Nos encanta rodearnos de cosas, atesorarlas y luego hacerlas imprescindibles. Sin ellas no podemos vivir; sin ellas no podemos desenvolvernos, e incluso llegamos a depender tanto de ellas, que si no las tenemos, no somos. ¡A qué extremo ha llegado nuestra idolatría! Lo peor es que no nos damos cuenta. Esta brota y condiciona nuestra vida con tanta naturalidad…Nos hemos vuelto dependientes de los objetos, de las cosas. Necesitamos de muchas cosas; exigimos muchas condiciones…El Señor nos recuerda que una sola cosa es importante: Amar a Dios.

“mientras Marta estaba atareada en muchos quehaceres. Acercándose, pues, dijo: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en el trabajo? Dile, pues, que me ayude.»  
Le respondió el Señor: «Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas;  
y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola. María ha elegido la parte buena, que no le será quitada. » (Lc 10,40-42)

En segundo lugar,  no por ello menos importante, es El Señor el que convoca, el que llama y el que envía. El Señor nos da todo lo que necesitamos: autoridad y poder para cumplir nuestra Misión. Autoridad y poder sobre los demonios, sobre el mal y sobre las enfermedades.

Aquí debemos recordar que el Señor, con su muerte en la cruz y su resurrección, ha vencido al mundo, ha vencido a la muerte, ha vencido al pecado, ha vencido al mal…ha vencido al Príncipe de este mundo, al demonio. ¡Esa es la garantía de nuestra victoria definitiva y final! Es con esa confianza que debemos arremeter a todo lo que nos salga al encuentro en el cumplimiento de nuestra Misión. Para ello es que tenemos Autoridad y Poder.

Hay muchísimas muestras de cómo actúa la Autoridad y el Poder que el Señor confiere a sus seguidores. Ahí están cada una de las órdenes religiosas, que inspiradas por el Espíritu Santo e iniciadas por humildes servidores del Señor,  cuya pobreza y entrega han quedado registradas en la historia, los han sobrevivido por siglos, inspirando a cientos, cuando no a miles de seguidores.

Localmente, en cada país, en cada pueblo existen innumerables ejemplos de hombres probos, fieles seguidores de Cristo, de cuyas obras hablan y dan testimonio los humildes. Para muestra un botón: Sea motivo para rendir tributo en Arequipa, Perú, al Padre Pozzo sj. Un humilde sacerdote Genovés fallecido hace un par de años que fundó CIRCA (Círculos Católicos) en Arequipa y que gracias a su FE, en primer lugar y a su empuje y tesón logró construir más de 25 colegios en Arequipa; colegios católicos, al servicio de los más pobres.

O, el Padre John Foley sj en Chicago, que inspirado por la experiencia que vivió hace cerca de 40 años en el Perú, ha promovido y creado una red de más de una docena de colegios en Estados Unidos dedicados a los jóvenes pobres, a los marginados.

Estas son solo algunas pruebas de cómo el Señor multiplica nuestros esfuerzos, cuando estos están encaminados a la Misión. Entonces tendremos la Autoridad y el Poder suficientes.

Oremos:

Señor, acrecienta nuestra fe. Danos firmeza y perseverancia para cumplir nuestra Misión, aquella que Tú nos has encomendado. Que sea ello lo primero en nuestras vidas. Amén

 

Roguemos al Señor…

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Reflexión: Jn 5,1-3.5-16

¡Que tontos que somos! Cuántas veces actuamos así, reaccionamos así. Pensamos que el hombre ha sido creado para las normas, para las reglas y no al revés, es decir que las normas y reglas deben estar al servicio del hombre, por lo tanto no nos pueden esclavizar ni cegar. Para hacer el bien no existen reglas, ni normas, ni mejores días u horas. Debemos actuar correctamente siempre. Y no podemos ni debemos andar meditando o midiendo si será pertinente ahora, en este momento. La verdad, la bondad deben ser expuestas en el momento y el lugar en que nos percatamos de ellas, en el momento y lugar que se nos solicitan…Incluso, a ejemplo de Jesús, cuando no se nos ha pedido. Basta que nos demos cuenta que son necesarias y que está en nuestras manos el realizarlas, para que sea la mejor hora y el mejor lugar.

Muchas veces tras esta reaccionamos con mezquindad ante el bien realizado por otros, o porque no fuimos nosotros los autores o porque envidiamos al que lo hizo o simplemente porque no nos gusta que otros sean felices. Nos quedamos en lo meramente externo porque nos creemos indispensables o porque no podemos admitir que otros también puedan obrar el bien, pues nos creemos dueños de la verdad y jueces, que debemos decidir cuando está bien y cuando está mal. Y generalmente sólo está bien, cuando nosotros somos los protagonistas, cuando nosotros decidimos el momento y lugar, cuando estamos en control. No podemos permitir ni admitir que otro también pueda hacerlo, algo tendremos que encontrar para condenarle, aunque sólo sea la regla quebrantada.

Oremos:

Señor, haznos generosos y comprensivos. Aparta de nosotros toda mezquindad. Que nos alegre la alegría y felicidad ajenas. Que no condenemos al que hace el bien solo porque no lo hicimos nosotros…

Que no andemos buscando tres pies al gato cuando vemos que nos necesitan. Danos el valor y la decisión de intervenir en el acto.

Haznos fieles defensores de la verdad, del bien y de la vida y que procedamos siempre con coherencia cuando se trata de obrar el bien, poniendo en primer lugar el amor.

Que comprendamos que la vida sólo tiene sentido cuando está dedicada a los demás, a dar felicidad a los demás, a aliviar sus penas, sus dolores, sus problemas allí donde podemos. Haz el bien, sin mirar a quién.

Roguemos al Señor…

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Reflexión: Lc 5,27-32

Dos cosas me sorprenden en este evangelio. La primera, el poder de persuasión; el tremendo poder que ejerce Jesús sobre las personas. Causa admiración y atrae, sin duda. No de otro modo me explico que pueda dirigirse a Levi en los términos que lo hace, según el evangelio. Bastó un “Sígueme”, para que este se levantará, lo dejara todo (así dice) y lo siguiera.

Luego Levi da un banquete, en que su principal invitado seguramente es Jesús y sus discípulos. Jesús no tiene reparo en participar, lo que origina las habladurías entre fariseos y escribas, que obviamente reprochan sus conducta: ¿Cómo se junta con esa gente pecadora?

Tanto que cuidamos las apariencias y entre estas, las buenas juntas. No queremos que se nos señale, que se nos confunda con algunos…Sin embargo, Jesús, el más grande de todos, no tiene problemas con los chismes y murmuraciones. Él tiene muy clara su misión y como se lo hace notar a los chismosos que andaban murmurando por ahí: ha venido a curar a los enfermos, a salvar a los pecadores.

El Señor ha venido por todos nosotros, no por la élite, la aristocracia de cualquier género. Los que saben mucho, los que tienen mucho, los que creen no necesitar a nadie o nada, seguramente se lo perderán. El que está satisfecho, el que está saciado, el que tiene todo, al que nada le falta…¿por qué habrá de incomodarse? Jesús pasará de largo por su lado, sin que lo note.

Oremos:

Señor, ¿seré yo de aquellos que te rechazan por soberbia, porque creo tenerlo todo, porque me siento dueño de la verdad y autosuficiente?

Dame humildad, para no cegarme por mi subjetivismo, por mis pretensiones. Que sepa recibirte, acogerte, oírte y seguirte dejándolo todo, como Levi.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
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Reflexión: Mc 2,1-12

Mc 2,1-12

La escena es clásica. Jesús atraía multitudes con su palabra y sus curaciones. La gente venía de todas partes a oírle, porque era muy sensible. Sus palabras sencillas, calaban en lo más hondo de quienes lo escuchaba, porque hablaba con la verdad, porque era transparente, porque hablaba del amor del Padre, de su bondad, de su voluntad…
Pero también eran conocidas sus curaciones y en este caso no había otra alternativa que descolgar al paralítico por el techo…Así de colmada estaba la casa; no había por donde pasar, todos se agolpaban, todos querían estar cerca, oírle y seguramente, si era posible, tocarle, mirarle.
Pero Jesús tan pronto sanaba el cuerpo como limpiaba, aclaraba, purificaba los espíritus. Jesús era portador de paz. Como Hijo de un Dios que es Amor, no podía dejar de sentirse conmovido por el dolor y el sufrimiento. Por ello, allí donde podía no dudaba en sanar, en aliviar el dolor. Así hizo con este paralítico. Pero hizo con él algo más extraordinario que los escribas reclamaron: le perdono sus pecados. Sí, pues, el Señor tiene el poder de perdonar los pecados, el mismo que después trasladaría a sus apóstoles y a través de ellos a los sacerdotes. «Yo os aseguro: todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo”, dice el Señor (Mt 18,18).

Oremos:

Señor, haznos portadores de tu mensaje de paz, de amor…Que donde vayamos, cuando hablemos, sólo salgan palabras de alivio, de esperanza, de gratitud.
Que nuestras palabras sirvan para dar ánimo y optimismo a nuestros hermanos. Que no nos ocupemos de hablar necedades, de chismes o de maledicencias.
Danos tu poder para hacer el bien, por donde pasemos y a quien nos lo pida. Que no reparemos en edad, color, posición social, prestigio…
Señor, tenemos fe, pero haz que ella crezca…transfórmanos.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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Reflexión: Lc 9,1-6

Lc 9,1-6

Otra vez me parece oír hablar al Señor de la Libertad. No llevar nada con uno…sólo lo indispensables. Y partir, dejando todo con una misión: hacer su voluntad. Trabajar con cada uno de los que encontramos en el camino, pero sin detenernos demasiado con aquellos que nos rechazan. Añadiría yo que hay demasiado que hacer, para estar deteniéndose a porfiar con alguien que no nos quiere. Sacudirnos el polvo de los zapatos y seguir adelante…Es decir, no dejarnos desalentar.
Envestidos del Poder que sólo Él es capaz de darnos, nos pide marchar a anunciar el Reino de Dios y a curar a los enfermos. Me parece importante tomar nota que sólo nos encarga dos tareas ¡sólo dos!
El enfermo, el disminuido, el que no puede valerse por sí mismo, el que está sufriendo, merece compasión y por lo tanto nuestra atención. Es a estos hermanos a los que el Señor nos envía a curar. Pero esta cura no es solamente física. Es que el Señor no sólo se refiere a los enfermos físicamente, sino a todo aquello que envenena el espíritu, aquello que tergiversa la realidad, que nubla la razón, que debilita o daña el alma. Es nuestro mandato: ¡curar!
Y en qué consiste anunciar el Reino. ¡Pues en llevar la Buena Nueva. En dar esperanzas a quien tiene un corazón dispuesto, a aquellos que sinceramente lo está buscando. “Dios, que es AMOR, es nuestro Padre. Y porque nos ama, quiere nuestra felicidad. El reino ya está aquí; está en nuestros corazones y viene creciendo y propagándose por el amor. Aprendamos a amar como El nos ha amado y alcanzaremos la Vida Eterna”.
El Reino se anuncia con la vida misma. Seamos portadores de la buena nueva allí donde estemos, por donde nos movamos.

Oremos:

Señor Jesús, dame la fortaleza para proclamarte con mi vida, allí por donde voy, con quien estoy, en todo lo que hago. ¡Que mis obras hablen de ti!
Hazme portador de consuelo para el que sufre, para el que no tiene nada, para el que ha sido abandonado y desahuciado.
Que no me preocupe tanto en lo que debo llevar, como en lo que debo dar. Que acoja generosamente al que sufre, compartiendo y comprendiendo su dolor. Si está en mis manos aliviarlo, Señor, que sea capaz del sacrificio y que no me corra cobardemente.
Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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Reflexión: Lc 8,1-3

Como explica el Padre Manolo en sus reflexiones, hay que ponerse en el tiempo y lugar. Cuando Lucas habla de estas mujeres, está hablando de las excluidas de la sociedad, de las menospreciadas. No era fácil estar caminado y exhibiéndose por ahí con mujeres y algunas de las que Cristo había curado habían tenido dudosa reputación. Pero el Señor es así. Rompe los esquemas y las formas tradicionales de obrar. Sus categorías son otras; no son las mismas que las nuestras. Lo que era aceptado y correcto para los hombres de prestigio de aquél entonces, no era lo que determinaba su proceder. Él va más allá; para el está primero la dignidad del ser humano y no el qué dirán.
¡Qué lección! Cuantas veces nosotros evitamos juntarnos con este o aquél, por no mancharnos, por no malograr nuestra reputación. ¿Cuánto remecería este hombre las bases de su sociedad, caminando con borrachos, cobradores de impuestos, pecadores, prostitutas? Lo debían tener entre ceja y oreja.
¿Quién podía ser este que encima de andar con gentuza se decía hijo de Dios?
¿A cuántos Cristos estaremos ahora juzgando y condenando simplemente porque no andan con los nuestros, porque no hacen lo que aprobamos, porque se juntan con la escoria de nuestra sociedad o con los pobres y humildes, con los excluidos?

Oremos:

Señor dame un corazón humilde, para seguirte sin vanagloria.

Dame fortaleza para no doblegarme ante el cansancio y la monotonía de la rutina diaria. Para dar testimonio de Ti, aun en aquellos momentos en los que el cansancio y la fatiga parecieran vencerme.
No me dejes solo, no me abandones, aun cuando mi obrar a veces te avergüence y decepcione. Permíteme hacer siempre un último esfuerzo por seguirte, hasta el fin.
¡Sé mi piloto; mi piloto automático!

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)
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