Posts tagged: discípulos

Mateo 5, 17-19

Texto del evangelio (Mt 5, 17-19)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento. Sí, os lo aseguro: el cielo y la tierra pasarán antes que pase una i o una tilde de la Ley sin que todo suceda. Por tanto, el que traspase uno de estos mandamientos más pequeños y así lo enseñe a los hombres, será el más pequeño en el Reino de los Cielos; en cambio, el que los observe y los enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos».

Reflexión: Mt 5, 17-19

Algo que podemos constatar muy rápido tras estas palabras. Cristo no corrige el Antiguo Testamento, no lo modifica, sino que lo profundiza. No es que queda abolido, sino que se cumple. Él es el Salvador, el Mesías del que se habla a lo largo de muchas profecías. El esperado, el anunciado, ya está aquí. En un sentido, diríamos que se ha cumplido el ciclo. Por eso la división entre Antiguo y Nuevo Testamento.

La Antigua Alianza es a de la esperanza, la de la promesa. Dios Padre sabrá acordarse de nosotros y nos salvará. Los creyentes,  hemos de vivir de un modo que se condiga con los Mandamientos de la Ley de Dios. Esto es lo menos que se espera de un creyente antes de Cristo.

Con Cristo y a partir de Cristo, centro de la historia, se da cumplimiento al Antiguo Testamento, porque la promesa ha llegado, está aquí y nos ha Salvado. Con Cristo comienza otra historia, que es continuación de la primera; que se hace sobre la primera. Es en este sentido que, como dice Jesús, “No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento.”

El Nuevo Testamento es, diríamos, el penúltimo paso en la historia de la Salvación. Penúltimo, porque el último nos toca a nosotros.  Jesús ha restaurado la Alianza que por su soberbia había roto el hombre con Dios Padre. Jesús, con su vida, con su muerte en la cruz y con su resurrección, es decir con su sangre, ha sellado la alianza. Nos ha enseñado un Mandamiento que está en el fondo, por encima y más allá de los Mandamientos de la Ley de Dios: el del Amor. Esa es la nueva era que ha venido a inaugurar. Esa es la esencia del Nuevo Testamento.

No es pues, entonces, que ya los 10 Mandamientos han sido abolidos, sino todo lo contrario. La exigencia del Amor va más allá que cualquier ley. El amar a Dios por sobre todas la cosas y a nuestros hermanos como a nosotros mismos,  es el resumen de todas las leyes. No se puede cumplir esta ley, si cumplir las otras… Jesús nos enseña esta ley, con su vida misma, ganando para nosotros la vida eterna. El puente ha sido restaurado; el camino está trazado. El último paso debemos escribirlo nosotros, con nuestra vida. Aceptamos la propuesta de Jesús y transitamos por el Camino, o simplemente lo rechazamos y nos perdemos.

Dios Padre ha cumplido su promesa. Ha enviado a su Hijo, al Salvador. No habrá más señal. La tomamos o la dejamos.  Aunque lo aconsejable, obviamente es tomarla, somos libres de decidir, así que podemos hacer lo que queramos.  Recordando que “el que traspase uno de estos mandamientos más pequeños y así lo enseñe a los hombres, será el más pequeño en el Reino de los Cielos; en cambio, el que los observe y los enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos”.

Oremos:

Padre Santo, danos fe abundante para vivir según Jesús, amando a nuestros hermanos, sin importar la circunstancia, ni mucho menos el trato que nos dan.  Que amemos por sobre todo y al extremo que Jesús. Fortalece nuestro espíritu, para que sepamos afrontar  los embates del enemigo, que en cada esquina y recoveco está tentándonos con lo fácil, lo insensible, lo egoísta, como si todo se redujera a nuestra propia y exclusiva satisfacción temporal… Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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Mateo 23, 1-12

Texto del evangelio (Mt 23, 1-12)

En aquel tiempo, Jesús se dirigió a la gente y a sus discípulos y les dijo: «En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos. Haced, pues, y observad todo lo que os digan; pero no imitéis su conducta, porque dicen y no hacen. Atan cargas pesadas y las echan a las espaldas de la gente, pero ellos ni con el dedo quieren moverlas. Todas sus obras las hacen para ser vistos por los hombres; se hacen bien anchas las filacterias y bien largas las orlas del manto; quieren el primer puesto en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas, que se les salude en las plazas y que la gente les llame “Rabbí”.

»Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar “Rabbí”, porque uno solo es vuestro Maestro; y vosotros sois todos hermanos. Ni llaméis a nadie “Padre” vuestro en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre: el del cielo. Ni tampoco os dejéis llamar “Doctores”, porque uno solo es vuestro Doctor: Cristo. El mayor entre vosotros será vuestro servidor. Pues el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado».

Reflexión: Mt 23, 1-12

Muy claramente, para que no quepa dudas, Jesús nos indica cual debe ser nuestra actitud en el mundo. Cómo debemos pasar por él, sin aspavientos, sin pretensiones. Nosotros debemos estar al servicio de los demás.

Cuando uno adquiere un puesto de importancia, adquiere también responsabilidades, a veces muy difíciles de cumplir. Necesita de la colaboración de todos y para eso tiene que actuar como líder. Tiene que saber motivar y arrastrar a los demás en la dirección correcta, a fin de lograr las metas que se ha propuesto o que los jefes esperan de él.

Siempre habremos de preguntarnos si lo que hacemos es correcto, si ello nos conducirá y conducirá a los que trabajan con nosotros a la perfección, a la construcción del Reino, a un bien superior. No hemos de aceptar, pues, tareas destructivas, que hagan daño a los hombres o al mundo en el que vivimos. Tenemos que ser críticos y aplicar nuestro buen juicio; para ello tenemos a nuestro Maestro, Jesús, que nos ayudará a dilucidar lo conveniente, lo correcto.

Porque nosotros, los cristianos, no podemos tener una vida doble, una vida dual, en la que una cosa es lo que hacemos y otra la que decimos y confesamos, sin importar el cargo que desempeñemos. Así es como actúan los fariseos, nos lo recuerda el Señor. Dicen una cosa, pero hacen otra. Y ponen cargas a sus empleados, a sus siervos, a sus seguidores, que ellos no llevarían ni por un segundo en sus espaldas. Qué fácil es culpar a los demás, exigir comportamientos, responsabilidades y tareas imposibles, que anulan sus vidas, que les restan libertad, que los inutilizan, que los deprimen, que los hunden, al no poder lograr las metas, pese a los múltiples esfuerzos y sacrificios que realizan y encima no obtener reconocimiento alguno, precisamente porque no lograron lo que se les exigía.

El Señor nos exige empatía con nuestros empleados, con nuestros siervos. E incluso, como siempre, va más allá. Debemos actuar como siervos, en lugar de estar regocijándonos con loas y reconocimientos a nuestra embestidura. Nuestro proceder debe hacer evidente a los demás que tenemos un solo Maestro, un solo Padre  y un solo Doctor, del que proviene la sabiduría, el amor y el servicio.

Se trata, pues, de actuar como hombres y mujeres nuevos, al servicio del Reino, y por lo tanto, al servicio de los demás. Oír, atender, escuchar…ser sensible a las necesidades de los demás, más aún si contigo se encuentran al servicio de una empresa, de un negocio. Tener en cuenta siempre las altas metas que el Señor nos propone, que están por encima de los fines particulares de cualquier emprendimiento mundano, que habrán de perseguir la promoción del ser humano y nunca su humillación. Nada justifica humillar a tu hermano. Por el contrario, si de humillación se trata, debe empezar por ti. Eso es lo que nos enseña Jesús…No a salvar nuestro “buen nombre” y reputación a costa de un “infeliz”, de un “pobre diablo”, como lamentablemente tendemos a hacer. Nos comparamos, juzgamos y nos sentimos superiores a los humildes y por lo tanto, menos merecedores de humillación. Si alguien habrá de salir perdedor y humillado de esta contienda, será siempre el otro, porque “yo soy harina de otro costal”. “No sabe con quién se ha metido…” son las palabras de quien no reconoce, ni admite humillación alguna posible. “Antes, muerto”….

Un momentito…¿Por qué no te detienes a meditar un poco en torno al escenario? ¿Qué está pasando? ¿Estás seguro que la verdad está contigo? ¿Esta “verdad” implica pasar como una aplanadora por encima de las vidas de algunos o de alguien en especial? ¿Crees que eso puede venir de un Dios que es Padre? ¿Al servicio de quién estás: de este Padre, tuyo o del demonio? Piensa, medita, reflexiona, ora….

Oremos:

Señor, danos tu luz para ver claramente en nuestras vidas, que seguimos el Camino correcto, que no nos estamos engañando, huyendo solamente de la humillación o buscando solamente que nos ensalcen, porque somos incapaces de equivocarnos, porque de nosotros solo pueden venir cosas buenas…porque la razón nos acompaña en todo, porque somos superiores, elegidos…¡Danos humildad para reconocer nuestras faltas, nuestra imperfección! Sobre todo, danos sensibilidad para sentir y amar como Tú. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Lucas 6, 36-38

Texto del evangelio (Lc 6, 36-38)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo. No juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados. Dad y se os dará; una medida buena, apretada, remecida, rebosante pondrán en el halda de vuestros vestidos. Porque con la medida con que midáis se os medirá».

Reflexión: Mc 6, 36-38

El Señor hoy nos invita a la prudencia. No andar por ahí despotricando de todo el mundo, porque del mismo modo en que juzgamos a los demás, seremos juzgados, con la misma medida. Así que, aunque sea por nuestro propio bien, debemos procurar ser un poco más tolerantes con los demás. Debemos darles cierta holgura, cierto margen…el mismo que procuramos para nosotros. Muchas veces reclamamos comprensión, reclamamos empatía…Pero, ¿somos comprensivos con los demás? ¿Somos empáticos?

Qué fácil es mirar la paja en el ojo ajeno, pero que difícil se nos hace percatarnos del tronco que tenemos en el nuestro. No pongamos sobre los hombros de los otros cargas que nosotros mismos no podríamos cargar. Seamos comprensivos, tolerantes. Ayudemos, facilitemos, mientras esté en nuestras manos. No seamos un obstáculo más. Seamos parte de la solución.

Si hemos de criticar, que nuestra crítica sea constructiva y no destructiva. Cuidemos nuestras palabras para no herir innecesariamente a nadie. Si habremos de ser severos, apliquemos la misma severidad con la que nos gustaría ser tratados, la misma severidad que estaríamos dispuestos a soportar.

Recordemos que nuestra misión ha de ser esperanzadora. Debemos llevar paz, debemos llevar amor. Si lo que hacemos no despierta estos buenos sentimientos en los demás, si para transmitir el mensaje debo exasperarme, perder la paciencia y encolerizarme…Revisémoslo todo, que es posible que por algún lado se esté filtrando el mal espíritu, pues las divisiones, las rencillas, las incomprensiones e intolerancias, son obras del demonio. Donde mete su cola, siembra discordia.

Nosotros somos portadores de la Buena Nueva del Reino. Nuestro lenguaje ha de ser amable, ponderado…buscando armonía, acuerdo, consenso. Hemos de promover a las personas, pensando antes que en nada, en su dignidad de Hijos de Dios, de Hijos de un mismo Padre. Cada quien es un tesoro valioso para nuestro Padre. Tratemos de ver a nuestro prójimo con los ojos que Él los ve y no les exijamos más de lo que a nosotros mismos nos gustaría que nos exijan.

Oremos:

El Buen Espíritu es producto de la oración…Oremos intensamente y pidamos al Señor que derrame sobre nosotros copiosamente su Espíritu Divino, para que veamos este mundo con los ojos que Él lo ve, lleno de esperanza e ilusión. Para que seamos portadores de esperanza, de consuelo y paz. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Mateo 5, 43-48

Texto del evangelio (Mt 5, 43-48)

 
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Habéis oído que se dijo: ‘Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo’. Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa vais a tener? ¿No hacen eso mismo también los publicanos? Y si no saludáis más que a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de particular? ¿No hacen eso mismo también los gentiles? Vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial».

Reflexión: Mt 5, 43-48

El llamado del Señor es exigente. No se trata de hacer lo que más nos gusta y acomoda…se trata siempre de ir más allá. No basta con tratar bien a quienes también nos tratan bien…hay que hacerlo con los que nos aborrecen, con los que no nos quieren, con los que preferiríamos evitar. ¿Díganme si este es un camino fácil? Hay que tener mucho valor y coraje para hacerlo. Hay que ser fuertes…Hay que tener muy claro los motivos por los que estás dispuesto a nadar contra corriente. ¡Sí! Eso es lo que espera de ti el Señor, que seas capaz de ir contra corriente. Por eso nos pide nacer de nuevo…Es que el seguimiento del Señor exige otro esquema mental, otros valores, una óptica, una perspectiva distinta.

El que pretende seguirlo siendo uno más, haciendo lo que todos hacen, comportándose como siempre, sin ningún esfuerzo y dando “ojo por ojo y diente por diente”, ese está totalmente equivocado. Ese es el camino fácil, el camino de la multitud. Nosotros estamos llamados a atravesar la puerta estrecha, a pasar por al lugar que todos descartan, a atender al despreciado, al marginado, al que nadie quiere.

No, hasta ahí no llegamos…Yo, saludar al antipático aquél, que encima me hizo quedar mal y me maltrató frente a mis amigos. Contestarle y tratarlo por lo menos en forma educada y condescendiente a aquél que no tuvo reparo en decirme animal y humillarme delante de todos, porque había cometido un error…¡Jamás!

Eso somos. Así somos. Por eso no servimos para el Reino. ¿Creías que seguir a Jesús consistía en comprar estampitas, poner cara de bueno y no meterse con nadie, procurando pasar desapercibido? Estás muy equivocado. El camino del Señor es para hombres y mujeres INTEGROS, valientes, humildes…Capaces de elevarse por encima de sus mezquindades y mirar al mundo desde otra perspectiva…Desde la perspectiva de Cristo, desde la perspectiva de la Salvación, desde la perspectiva de la Vida Eterna.

No puedes quedarte atrapado en minucias, ni darte por satisfecho con hacer lo mínimo, lo que todos hacen. Y no se trata de ser un nazi, un totalitario que exige a todo el mundo…Se trata de exigirte a ti mismo. Tú tienes que pasar por el crisol y templarte como el acero. Esos son los discípulos a los que llama el Señor. ¿Qué no puedes? ¡Claro que sí! Recuerda que no estás solo. Recuerda que tu y Cristo son mayoría…No necesitas más. Ruega que el Espíritu Santo venga sobre ti, y con eso tendrás de sobra. Mantente firme, mantente en línea. Escoge la senda correcta aun cuando te parezca imposible, aun cuando los demás la abandonen, aun cuando te dejen solo…Si estás por el camino del bien, en realidad nunca estarás solo, el Señor irá contigo. Solamente tienes que ser valiente, arrojado, decidido…El camino del Señor es difícil, pero no imposible. Tu anda la primera milla, el te ayudará a caminar la segunda.

Oremos:

Padre Santo, mientras tenga vida, dame la fuerza y el valor para servirte, en todo lugar, en toda ocasión. Que no caiga preso de mis debilidades, de mis temores. Permite que me sobreponga a todo contigo en mi mente y en mi corazón. Que no tema hacer el ridículo, ni humillarme, si debo correr este riesgo para alcanzarte. Que no deje de sentir compasión por mis hermanos. Que no se endurezca jamás mi corazón…

Concede descanso eterno a las víctimas del terremoto de Chile y dales consuelo a los hombres, mujeres y niños que han perdido un familiar, que lo han perdido todo, que se han quedado sin techo, sin comida, sin agua…Mueve a los corazones generosos y solidarios, para que se hagan cargo de ellos. Permíteme poner mi grano de arena… Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Mateo 5, 20-26

Texto del evangelio (Mt 5, 20-26) 

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Os digo que, si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los cielos. Habéis oído que se dijo a los antepasados: ‘No matarás; y aquel que mate será reo ante el tribunal’. Pues yo os digo: Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal; pero el que llame a su hermano “imbécil”, será reo ante el Sanedrín; y el que le llame “renegado”, será reo de la gehenna de fuego.

»Si, pues, al presentar tu ofrenda en el altar te acuerdas entonces de que un hermano tuyo tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelves y presentas tu ofrenda. Ponte enseguida a buenas con tu adversario mientras vas con él por el camino; no sea que tu adversario te entregue al juez y el juez al guardia, y te metan en la cárcel. Yo te aseguro: no saldrás de allí hasta que no hayas pagado el último céntimo».

Reflexión: Mt 5, 20-26

Qué fácil es ofendernos. Hablar mal de alguien que no está, que está ausente, en presencia de otros, solo para desprestigiarlo o para justificar nuestro proceder con él. Queremos tener siempre la razón, así que si hemos cometido una injusticia, por ignorancia o simplemente por error, por falta de análisis o comprensión de los hechos, en lugar de enmendarlo, muchas veces por soberbia, insistimos en él, sin reparar en el daño que hacemos.

Estos últimos años hemos inventado o por lo menos redescubierto y relanzado muchos términos nuevos; uno de ellos es la “empatía”, que en pocas palabras significa ponernos en los zapatos del otro…tratar de ver las cosas desde su perspectiva; tratar de entender ese lado en cualquier situación, pero sobre todo en aquellas que muchas veces nos enfrentan inútilmente. ¿Por qué insistir en el insulto, en la diatriba, cuando es posible que si hubiéramos estado en sus pantalones hubiéramos obrado igual? Y si llegamos a ese convencimiento, ¿por qué no enmendar nuestro proceder, bajando la guardia y dejando de apuntar toda nuestra demoledora artillería contra esa persona? ¿Por qué ensañarnos? Definitivamente, aquí Jesús nos dice que esta es obra del mal espíritu; es obra del demonio, que se regodea en la división, en la envidia, en el odio, en las rencillas…

El cristiano está llamado a ir más allá de la justicia. Al cristiano no le interesa cumplir la ley, es muy poco para él. La única ley, la cual debemos esforzarnos por cumplir, es la de la caridad, la del amor, que está más allá y por encima de toda ley. Para quienes no logran entender esta simple pero muy profunda declaración, pasamos a explicar. La ley fija en mi país un “salario mínimo vital” con el cual todo el mundo, empezando por los legisladores (es decir los que dan la ley) saben que no alcanza para vivir. Los empresarios también lo saben. Sin embargo, muchos de ellos, teniendo cómo mejorar la situación de sus trabajadores, prefieren mantenerlos con el sueldo mínimo, ya que de este modo, se justifican, “están cumpliendo con la ley, por lo que nadie tiene nada que objetarles.  Son justos”. . .

Pero esta no es la justicia que manda el Señor. La justicia Divina va más allá. Tiene que ver con la caridad, con el amor. Obliga a este empresario a reconocer que esta es una mala ley, que hay error en ella y que mientras pueda y esté realmente a su alcance, se esforzará en enmendarla. Le costará, seguramente muchos disgustos, pues muchos de sus socios y accionistas no estarán dispuestos a comprender…Tendrá que convencerlos…Esta será, tal vez, su forma de evangelizar al mundo y ayudar a los menos favorecidos, en este caso, a sus trabajadores y sus familias…Es que el cristiano está obligado a ir más allá de la ley.

Lo justo y lo injusto en criterios mundanos, es lo mínimo que todo el mundo está dispuesto a cumplir. Es lo menos que se puede exigir a cualquier persona, a cualquier ser humano. Pero no podemos olvidarnos que estas leyes han sido hechas por hombres, muchas veces limitados por su conveniencia o su estrecho entender. Así el Señor Feudal tenía derechos sobre la mujer de sus siervos y ninguna mujer podía acceder a cargos públicos, a votar o usar pantalones…El cristiano no puede escudarse en la ley. Tiene que examinar su corazón y asegurarse que obra con caridad, guiado por el Espíritu Santo.

Oremos:

Señor, ayúdanos a perdonar. Que no guardemos rencor por nadie ni nada. Y que mientras esté a nuestro alcance, tratemos de reconciliarnos con todos, reconociéndonos como hermanos, hijos de un mismo Padre. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Lucas 5, 27-32

Texto del evangelio (Lc 5, 27-32)

En aquel tiempo, Jesús salió y vio a un publicano llamado Leví, sentado en el despacho de impuestos, y le dijo: «Sígueme». El, dejándolo todo, se levantó y le siguió. Leví le ofreció en su casa un gran banquete. Había un gran número de publicanos, y de otros que estaban a la mesa con ellos. Los fariseos y sus escribas murmuraban diciendo a los discípulos: «¿Por qué coméis y bebéis con los publicanos y pecadores?». Les respondió Jesús: «No necesitan médico los que están sanos, sino los que están mal. No he venido a llamar a conversión a justos, sino a pecadores».

Reflexión: Lc 5, 27-32

La argumentación del Señor es contundente, indiscutible. Nos da a conocer muy claramente lo que espera de nosotros, nuestra Misión. Se trata de salir de nuestro círculo, de desinstalarnos y buscar a los que necesitan a Jesús. Se trata de evangelizar, es decir de anunciar el Reino y la conversión. ¿A quiénes habremos de acudir? Pues lógicamente a quienes no conocen a Jesús, sin ningún temor a ser señalados por las juntas que frecuentamos, ya que el mismo Señor lo hizo así. Es posible que allí, como en el caso de Leví (nada menos que el evangelista Mateo), encontremos más fe que entre los mismos “creyentes”.

La tarea encomendada es urgente, así que debemos elegir dónde vamos y con quién nos reunimos. No podemos estar perdiendo el tiempo. Lo hacemos cuando nos dejamos estar, cuando nos acomodamos y no asumimos un papel activo en la evangelización. No se trata de observar cómodamente el mundo desde la “tribuna de los conversos”, aquellos de conducta intachable y de modales irreprochables…Se trata de ir a buscar al “enfermo”…Es decir a todo aquél que no ha tenido la oportunidad de conocer a Jesús. Y sabemos que no basta con decir que fue un tipo que vivió hace poco más de 2mil años en el que algunos creen. Se trata de predicar y arrastrar con el ejemplo. De mostrar que hoy Jesús está más vigente que nunca.

Es esta una tarea muy difícil en la actualidad, en un mundo totalmente desacralizado, en el que prima el hedonismo y el egoísmo, en el que el mundo entero parece empeñado en conseguir más para sí, a cualquier precio. Un mundo en el que hemos puesto todas nuestras esperanzas en la riqueza y en las posibilidades de generarla, así como en el mayor disfrute, como razón de ser y explicación de todo nuestro proceder. Un mundo del que se ha erradicado a Dios, como si fuera un símbolo de debilidad e ignorancia. En un mundo que pretende que Dios no existe y que se puede edificar una sociedad al margen de Él, incluso de espaldas a Él.

El Señor nos manda a actuar allí. No a replegarnos y juntarnos sólo entre nosotros, como hacen muchas sectas, sino a salir y “fermentar de evangelio” todos los ambientes. Pero esto no se hace parándose en la plaza y predicando el evangelio con un megáfono, sino viviendo cristianamente en toda ocasión…¡Qué no es fácil! Siendo un “ejemplo de vida cristiana”, que no necesariamente es lo mismo que siendo “el buenito”, sino sabiendo proclamar y defender en cuanta ocasión se presenta los valores del evangelio, luchando contra la injusticia y la prepotencia, empezando por amar al prójimo, al más débil, al pobre…tratándonos como hijos de un mismo Padre, que quiere que seamos capaces de construir el Reino, donde El Amor es la amalgama que une cada ladrillo.

La llamada del Señor es irresistible, así que debemos actuar confiadamente, sembrando el evangelio, allí donde nos toca. Podemos andar por allí, sabiendo que el Señor hará brotar sólidas vocaciones para el Reino, en los lugares más insólitos, porque cuando Él llama, no hay nadie que se le resista. Sigamos tirando nuestra red una y otra vez, aun allí donde creemos que no hay pesca, que el Señor, como siempre,  hará el milagro.

Oremos:

Señor, danos perseverancia, para no dejarnos seducir por la comodidad y el sistema…Que seamos capaces de actuar cristianamente en cuanta ocasión se nos presenta. Que no temamos mostrarnos firmes a nuestros principios, aun cuando ello no sea del agrado de quienes ostenta el poder social y económico. Que busquemos activamente el imperio de la justicia y la caridad. Que no andemos cuidando nuestra “imagen” y “prestigio” sino sólo ante Ti. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Mateo 9, 14-15

Texto del evangelio (Mt 9, 14-15)

En aquel tiempo, se le acercan los discípulos de Juan y le dicen: «¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos, y tus discípulos no ayunan?». Jesús les dijo: «Pueden acaso los invitados a la boda ponerse tristes mientras el novio está con ellos? Días vendrán en que les será arrebatado el novio; entonces ayunarán».

Reflexión: Mt 9, 14-15)

El ayuno es un precepto de la Iglesia, y en ese sentido es sabio, como toda aquella disposición que emana de nuestra Santa Madre Iglesia, que en cualquier caso nos corresponde a los fieles acatar, pero sobre el cual, tenemos derecho a reflexionar, sin que ello lo invalide. Lo malo es que muchas veces por el catecismo aprendemos de memoria estas enseñanzas, y así, descarnadas, no tienen sentido y nos revelamos contra ellas, porque nos resistimos a hacer lo que hay que hacer, simplemente por eso, porque hay que hacerlo. Es decir que sin una explicación razonable y lógica, no estamos dispuestos a nada. No resistimos a cumplir, simplemente porque todo el mundo lo hace o por tradición.

Pero este no es el fundamento del ayuno, como no lo es el de la fe que profesa la Iglesia. El fundamento es Cristo o si preferimos el Amor. Isaias nos da la pauta para el verdadero ayuno: “Parte con el hambriento tu pan, y a los pobres y peregrinos mételos en tu casa; cuando vieres al desnudo, cúbrelo; no los rehuyas, que son hermanos.” (Is 58,7)  No se trata entonces de privarnos, tan solo, sino de compartir lo que tenemos. Y, ese es el verdadero espíritu cristiano que debe prevalecer tras el ayuno. Es decir, una ocasión para exigirnos un poco más. Si siempre estamos buscando el bien, si siempre estamos procurando dar y compartir, en estas ocasiones excepcionales, como el primer viernes de cuaresma, la Iglesia nos recuerda de modo especial este precepto, que debe estar en el fondo de nuestro proceder cotidiano, como cristianos.

Así que ese es el verdadero sentido del ayuno…No tanto privarte, como compartir, aunque ello signifique privarte. Practicar la empatía y la solidaridad con los menos favorecidos, recordando que son hermanos tuyos. Si bien los cristianos estamos llamados a vivir así siempre, hoy debemos recordarlo y practicarlo de modo especial, con mayor conciencia y tal vez con mayor exigencia.

Oremos:

Señor, buscaremos de modo especial el día de hoy ocasiones para expresar con mayor énfasis nuestra empatía y solidaridad con los menos favorecidos que viven a nuestro alrededor, dando siempre testimonio de Ti. Danos tus ojos, tus oídos, tu corazón para ver, oir y sentir como Tú. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Mateo 6, 1-6.16-18

Texto del evangelio (Mt 6, 1-6.16-18)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial. Por tanto, cuando hagas limosna, no lo vayas trompeteando por delante como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles, con el fin de ser honrados por los hombres; en verdad os digo que ya reciben su paga. Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.

»Y cuando oréis, no seáis como los hipócritas, que gustan de orar en las sinagogas y en las esquinas de las plazas bien plantados para ser vistos de los hombres; en verdad os digo que ya reciben su paga. Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como los hipócritas, que desfiguran su rostro para que los hombres vean que ayunan; en verdad os digo que ya reciben su paga. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu rostro, para que tu ayuno sea visto, no por los hombres, sino por tu Padre que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará».

Reflexión: Mt 6, 1-6.16-18

El Señor nos habla aquí de la actitud que debemos tener los cristianos en la vida. Se trata de agradar a Dios, de ser agradecido, y por lo tanto comportarnos con la misma generosidad con la que Él nos da, con nuestros hermanos. Si tenemos en cuenta que en el fondo todo lo hacemos por Él, que de Él viene todo y que Él ve todo lo que hacemos, no debemos buscar el reconocimiento frívolo de la gente. No es necesario andar publicando lo que hacemos. Es más, nadie tiene por qué saberlo, porque nosotros no buscamos ninguna recompensa, ni reconocimiento aquí en la Tierra. No la negaremos, si llega, porque caeríamos en soberbia, pero ese no ha de ser el motivo de vuestra acción.

Debemos meditar y reflexionar en lo que hacemos cada día, exactamente como lo hacemos al emprender cualquier tarea profana (si existe). Las técnicas de gestión y administración moderna, por ejemplo, nos exigen planificar cada evento, cada tarea, con el propósito de alcanzar una meta, en las que debemos tener en cuenta varios aspectos, como son los productos, los precios, la logística, el embalaje, el traslado, el marketing, la venta, la instalación, la post venta y, el más importante, las personas de las que dependerá la misión, comúnmente conocidos como recursos humanos…

¿Si toda esta ciencia y técnica la desplegamos para desarrollar nuestras tareas cotidianas, por qué no somos capaces de dedicar serena y organizadamente unos minutos diarios a Dios, revisando lo que hicimos hoy, examinando en qué nos equivocamos y cómo podemos enmendarlo, y planificando minuciosamente nuestro próximo día, para que, por lo menos en lo que a nosotros respecta se desarrolle completamente al servicio del Señor?

Eso es lo que nos pide Jesús. En todo lo que hacemos debemos tener en cuenta que hay un Plan Superior, una Misión que está por encima, que no puede estar sujeta a nuestra rutina “mundana”. Es verdad que debemos desplegar ciertas tareas rutinarias, ciertas actividades propias de nuestro trabajo, pero ninguna de estas nos puede esclavizar, ninguna de estas puede significar la postergación del Plan del Señor. Por lo tanto debemos reflexionar a cada paso lo que hacemos. Esto es, ponernos en manos del Señor, pedir su luz y actuar en función de la construcción del Reino. Y esto no lo podremos hacer si no meditamos…Pero más aún, si no oramos. La oración, que es la comunicación, el vínculo que mantenemos con nuestro Padre, debe ser constante, amplia, abierta, íntima, privada…

Tenemos que poner a Su consideración todo lo que hacemos y debemos lograr su aprobación. Esa es la única que nos interesa. Pero ojo, que eso no podrá ser logrado si no estamos en íntima sintonía con Él y eso solo se logra a través de la oración. Tenemos pues que aprender a orar y hacerlo siempre, hasta que la vida misma se convierta en oración.

Quien así actúa, será distinguido por el profundo amor que revelan sus obras, así como por su humildad y desprendimiento. El espíritu del verdadero cristiano, lo inclina a la austeridad. Se trata, pues, de agradar al Padre, y a Él no le interesa toda esta lisonja. Él se contenta con que amemos a nuestro prójimo, como Él nos ha amado. ¡Vaya programa! ¡Vaya misión en la vida!

De eso se trata. De ser sensibles, de ser comprensivos, de ser solidarios…y de hacerlo todo por amor, que exige salir de uno mismo, para entender y compartir la necesidad ajena, sus aflicciones, sus angustias y si es posible, aliviarlas o por lo menos llevar consuelo y esperanza. ¡Dios ha vencido al mundo!

Oremos:

Padre Santo, ayúdanos a perseverar en la dificultad, a no dejarnos seducir por la fama y el poder. A superar la tristeza de la autocompasión. A salir de nosotros mismos, procurando ver y sentir lo que siente nuestro prójimo inmediato…Llevándole consuelo y esperanza, cuando no por lo menos la caricia, el cariño y sobre todo, el amor, cuya fuente infinita eres Tú. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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Lucas 6, 17.20-26

Texto del evangelio (Lc 6, 17.20-26)

En aquel tiempo, Jesús bajó de la montaña y se detuvo con sus discípulos en un paraje llano; había una gran multitud de discípulos suyos y gran muchedumbre del pueblo, de toda Judea, de Jerusalén y de la región costera de Tiro y Sidón. Y Él, alzando los ojos hacia sus discípulos, decía: «Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios. Bienaventurados los que tenéis hambre ahora, porque seréis saciados. Bienaventurados los que lloráis ahora, porque reiréis. Bienaventurados seréis cuando los hombres os odien, cuando os expulsen, os injurien y proscriban vuestro nombre como malo, por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, que vuestra recompensa será grande en el cielo. Pues de ese modo trataban sus padres a los profetas. 

»Pero ¡ay de vosotros, los ricos!, porque habéis recibido vuestro consuelo. ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis hartos!, porque tendréis hambre. ¡Ay de los que reís ahora!, porque tendréis aflicción y llanto. ¡Ay cuando todos los hombres hablen bien de vosotros!, pues de ese modo trataban sus padres a los falsos profetas».

Reflexión: Lc 6, 17.20-26

El seguimiento del Señor no es un lecho de rosas. Es un reto, es exigente. Requiere de mucha fuerza de voluntad y perseverancia, porque la mayor parte del tiempo hay que ir contra corriente y como decía Juan Pablo II, remar mar adentro. No podemos quedarnos afuera, en la orilla mojándonos la punta de los pies. Es necesario que entremos allá, donde se encuentran nuestros hermanos, en aguas muchas veces turbulentas.

¡Qué difícil! ¡Qué miedo! Es verdad, si estuviéramos solos probablemente sería una misión imposible. Pero no lo es para nosotros, porque contamos con el apoyo de Cristo, y con Él, como decimos en el MCC, somos mayoría…No hay fuerza que pueda doblegarnos, no hay poder en el mundo que pueda detenerlo: ¡Cristo, ha vencido al mundo! Es decir que, resucitando a derrotado a la muerte, al demonio y al pecado y ha ganado para nosotros la Vida Eterna, al reconciliarnos con nuestro Padre Dios, que está en el cielo.

Esto sólo ha sido posible por Cristo, Hijo de Dios Padre, quien amándonos tanto, envió a su único hijo para que muriendo en la cruz, redimiera todos nuestros pecados y resucitando nos diera Vida Eterna. Esta es la razón de nuestra fe, de nuestra esperanza y nuestra perseverancia. Pero Dios Padre, no contento con todo lo que ha hecho por nosotros, nos ha enviado al Espíritu Santo, la tercera persona de la Trinidad, para que nos fortalezca, nos de ánimo y multiplique nuestras fuerzas todo lo que sea necesario para alcanzar nuestra meta, para cumplir nuestra misión, que es llevar la Buena Nueva a nuestros hermanos, curando a los enfermos, perdonando los pecados y bautizando.

El Señor se apiada de los pobres, de los que sufren por cualquier motivo…Sin embargo, es -me parece- importante notar que, en este evangelio el Señor se dirige en primer lugar a sus discípulos, porque es “alzando los ojos hacia sus discípulos” que lanza este sermón. Y es que, de este modo, les está anticipando el camino por el que han de transitar para cumplir su misión. Es que son benditos, los pobres, los que sufren injusticias y persecución, pero cuanto más si es por causa del Reino. Este ha de ser un indicador de una vida recta y buena. Por el contrario, el que lo tiene todo, el que está harto, el que ríe, porque incluso goza de fama, de prestigio ya que todo el mundo habla bien de él, debe tener cuidado, debe ponerse en guardia, porque seguramente no está haciendo lo posible por sus hermanos, no está exigiéndose al máximo, no se está comprometiendo, está caminando siempre por las orillas o buscando las aguas mansas y así, ni se conduce a sí mismo al Padre, ni mucho menos a los demás.

Si lo has tenido todo y no has sido capaz de inquietarte, de incomodarte por lo demás, si no has sido capaz de compartir, vendrá el tiempo en que no tendrás nada, que serás despojado de todo y entonces lloraras, pero será demasiado tarde, porque ya no habrá más tiempo ni espacio para revertir lo que hiciste…”Entonces será el rechinar de dientes…”

Los verdaderos cristianos, los discípulos de Jesús, tenemos que ser capaces de leer en las Bienaventuranzas nuestro itinerario. Mientras haya pobreza, injusticia, hambre y dolor, mientras no haya amor, no podemos darnos por satisfechos y pasar indiferentes por el mundo.

Es bueno aclarar aquí, que no es que el Señor quiera que seamos pobres y que suframos y que solo entonces salvaremos nuestra alma. ¡No! La pobreza, el dolor, el hambre, el sufrimiento, no son buenos per se. No estamos ante un Dios masoquista. ¡No! El Señor quiere que nos amemos los unos a los otros, como Él nos ha amado. Y él fue capaz de entregar su vida por nosotros. Lo que espera es que tengamos la decisión de amar hasta ese extremo, si fuera necesario. Que estemos dispuestos al sacrificio, que no seamos indiferentes. No podremos dar por concluida la Misión encomendada, ni regodearnos con nada, mientras haya hermanos que sufren, que padecen pobreza, hambre, frio, dolor, injusticia…Si en esta lucha tú también tienes que padecer hambre, pobreza, frio , dolor, humillación, persecución e incluso muerte, ¡Bendito seas!, porque lo has hecho por el Reino y serás recompensado con creces por nuestro Padre que está en el cielo, desde donde lo ve y siente todo. Por medio del Espíritu Santo, el te dará su mano cálida cuando sea necesario.

Oremos:

Padre Santo, dame voluntad y coraje para perseverar. No permitas que flaquee. Que sin titubear acepte los retos que me propones y me de alegre a mi misión, confiado que en ella me acompañas, y que habiendo vencido al mundo, no hay razón para estar tristes. Que lleve consuelo y esperanza a quienes más lo necesitan. Que sepa compartir lo que soy y tengo, con desprendimiento. Que no tema navegar mar adentro, ni en aguas turbulentas, porque contigo nada me falta. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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Marcos 8, 1-10

Texto del evangelio (Mc 8, 1-10)

En aquel tiempo, habiendo de nuevo mucha gente con Jesús y no teniendo qué comer, Él llama a sus discípulos y les dice: «Siento compasión de esta gente, porque hace ya tres días que permanecen conmigo y no tienen qué comer. Si los despido en ayunas a sus casas, desfallecerán en el camino, y algunos de ellos han venido de lejos». Sus discípulos le respondieron: «¿Cómo podrá alguien saciar de pan a éstos aquí en el desierto?». Él les preguntaba: «¿Cuántos panes tenéis?». Ellos le respondieron: «Siete».

Entonces Él mandó a la gente acomodarse sobre la tierra y, tomando los siete panes y dando gracias, los partió e iba dándolos a sus discípulos para que los sirvieran, y ellos los sirvieron a la gente. Tenían también unos pocos pececillos. Y, pronunciando la bendición sobre ellos, mandó que también los sirvieran. Comieron y se saciaron, y recogieron de los trozos sobrantes siete espuertas. Fueron unos cuatro mil; y Jesús los despidió. Subió a continuación a la barca con sus discípulos y se fue a la región de Dalmanuta.

Reflexión: Mc 8, 1-10

Este seguramente es uno de los fundamentos de aquel famoso dicho: “Dios proveerá”. Es que a quien lo sigue Él da y da a manos llenas, suficiente para saciarse y que todavía sobre. Así de generoso es Jesús con los suyos, con los humildes, con los que por seguirlo han abandonado todo, olvidando incluso necesidades primordiales, como el pan de cada día. El reto está en creerle y seguirle.

Somos duros para abandonarnos es sus brazos, para dejarnos atrapar por su voluntad, siguiéndola ciegamente, convencidos que ella es la respuesta a todas nuestras interrogantes e inquietudes. Nos falta fe. Nuestros pasos son calculados, dubitativos. Como Pedro, somos incapaces de caminar sobre el agua, aun cuando sea el mismo Jesús el que nos invita. Tenemos miedo, dudamos. Por eso es que seguramente queremos ver tanto prodigio realizado y aun viéndolo, no nos convencemos plenamente.

«Siento compasión de esta gente, porque hace ya tres días que permanecen conmigo y no tienen qué comer. Si los despido en ayunas a sus casas, desfallecerán en el camino, y algunos de ellos han venido de lejos». El Señor se conmueve y siente compasión por aquel que lo busca, por aquél que lo sigue. Si, algún sacrificio es necesario, seguramente, como el de esta gente que ya lo seguía 3 días en el desierto…Ojo con este dato, en el desierto y en ayunas…En el desierto no hay nada, ni dónde comprar una bebida o algo para comer y en aquel entonces, menos. El desierto es el vacío, la soledad, la inclemencia, la gran dificultad, la imposibilidad de conseguir si quiera algo para saciar el hambre y la sed. En esta situación y solos, lo más probable es que moriríamos. La prudencia nos diría que no podemos alejarnos mucho ni por tanto tiempo, porque a más lejanía y a más tiempo, mayor el peligro de no poder volver, de no poder seguir.

Sin embargo, en nada de esto pensaron quienes seguían a Jesús. Por eso, Él, conociendo sus necesidades, sintió compasión, e intervino. Pero hay algo sumamente importante e su intervención. No hizo aparecer unos panes y unos peces de la nada, como seguramente hubiera podido hacer, sino que hizo poner en común todo lo que tenían. Fue al compartir que se enriquecieron y pudieron saciar todos su apetito, al extremo que sobró.

¿Cuántos en tales circunstancias estaríamos dispuestos a compartir lo poco que tenemos? Así es la vida. Esta es una regla de oro. Todos vamos atravesando “nuestro desierto”, pero algunos vamos muy premunidos de cuanto creemos necesitar, y sin embargo no estamos dispuestos a compartir nada por temor a que no nos alcance y nos guardamos todo para nosotros, sin importarnos los demás. Quizás en algún momento sentimos pena y arrojamos unas migajas, pero somos incapaces de poner todo en común y sin embargo eso es lo que nos pide Jesús. Quien así lo hace, recibe de sus manos todo cuanto necesita y más.

Esta es la “ley” que hoy debemos aprender. Finalmente una anotación siempre importante: lo que sobra, se guarda…no se desperdicia, no se vota ni sirve para ostentar. Hay que guardar lo que sobra. Pero no puedes pretender guardar y atesorar, mientras haya necesidad. Haz tu mejor esfuerzo con lo que tienes, que Dios hará lo suyo. Comparte y confía. Ten fe.

Oremos:

Señor Jesús, ayúdame a compartir lo que tengo, sobre todo mi tiempo y mi atención; que los de generosamente a cuantos me lo piden y a cuantos lo necesitan, especialmente a mi familia, que muchas veces tengo abandonada por el trabajo o por mis mil obsesiones y temores de lograr algo, sin darme cuenta que ya lo tengo… y que solo debo compartirlo.  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Marcos 7, 1-13

Texto del evangelio (Mc 7, 1-13)

En aquel tiempo, se reunieron junto a Jesús los fariseos, así como algunos escribas venidos de Jerusalén. Y al ver que algunos de sus discípulos comían con manos impuras, es decir no lavadas, -es que los fariseos y todos los judíos no comen sin haberse lavado las manos hasta el codo, aferrados a la tradición de los antiguos, y al volver de la plaza, si no se bañan, no comen; y hay otras muchas cosas que observan por tradición, como la purificación de copas, jarros y bandejas-.

Por ello, los fariseos y los escribas le preguntan: «¿Por qué tus discípulos no viven conforme a la tradición de los antepasados, sino que comen con manos impuras?». Él les dijo: «Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, según está escrito: ‘Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me rinden culto, ya que enseñan doctrinas que son preceptos de hombres’. Dejando el precepto de Dios, os aferráis a la tradición de los hombres». Les decía también: «¡Qué bien violáis el mandamiento de Dios, para conservar vuestra tradición! Porque Moisés dijo: ‘Honra a tu padre y a tu madre y: el que maldiga a su padre o a su madre, sea castigado con la muerte’. Pero vosotros decís: ‘Si uno dice a su padre o a su madre: Lo que de mí podrías recibir como ayuda lo declaro “Korbán” -es decir: ofrenda-’, ya no le dejáis hacer nada por su padre y por su madre, anulando así la Palabra de Dios por vuestra tradición que os habéis transmitido; y hacéis muchas cosas semejantes a éstas».

Reflexión: Mc 7, 1-13

El Señor es siempre muy claro, para aquél que realmente quiere oírlo. Nosotros hemos sido creados libres, por lo tanto no debemos sometimiento a nada ni nadie, sino solo a Dios nuestro creador. ¿Y qué es lo que quiere Dios de nosotros? Que hagamos lo mejor, lo que más nos conviene. Así, si somos inteligentes, porque así hemos sido creados y somos libres, es tonto que escojamos ir contra Dios, porque Él, en toda su sabiduría ha escogido lo mejor para nosotros y nos lo propone, no nos lo impone.

Sin embargo, muchos de nosotros, lamentablemente, preferimos no hacerle caso, darle las espaldas, e ir en contra, a sabiendas que terminaremos mal, prestándole oídos al demonio, que de este modo triunfa parcialmente en nosotros. Y es que así es de claro, de simple y de sencillo. “Quien no está conmigo –nos dice Jesús- está contra mí”. “El que no recoge conmigo, esparce”.

¿Qué tiene que ver con la lectura? Pues que los escribas y fariseos pretenden condenar a los discípulos de Jesús porque no cumplen con las tradiciones y estas no son buenas necesariamente, solo por el hecho de haber sido establecidas desde hace mucho y porque todo el mundo las sigue. ¡Eso es lo que les recuerda Jesús! “El sábado ha sido creado para el hombre y no el hombre para el sábado”. Nosotros somos libres y no hay nada que tengamos que hacer o que esté por encima de amar a nuestro prójimo, porque sólo así amamos a Dios.

Jesús aquí mismo desenmascara una tradición por la cual los judíos de aquella época trataban de justificar su desatención a sus padres, es decir a uno de sus prójimos más cercanos. Claro, y encima se justificaban diciendo que lo que debían dárselo a ellos se lo habían dado como ofrenda a Dios. ¡Eso no es ni puede ser lo que quiere Dios! Y así de claro lo expresa Jesús. “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí.” Es que a Dios no se le ama mirando al cielo y blanqueando los ojos…A Dios se le honra y se le ama, cuando amamos a nuestro prójimo. ¡Eso es lo primero!, y no las leyes, ni tradiciones…El hombre ha de ser primero. Amándole a él, amaremos a Dios.

 

Oremos:

Señor Jesús, que comprendamos que en realidad toda la ley, las profecías y los evangelios se reducen a: “Amar a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos”. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Marcos 5, 1-20

Texto del evangelio (Mc 5, 1-20)

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos llegaron al otro lado del mar, a la región de los gerasenos. Apenas saltó de la barca, vino a su encuentro, de entre los sepulcros, un hombre con espíritu inmundo que moraba en los sepulcros y a quien nadie podía ya tenerle atado ni siquiera con cadenas, pues muchas veces le habían atado con grillos y cadenas, pero él había roto las cadenas y destrozado los grillos, y nadie podía dominarle. Y siempre, noche y día, andaba entre los sepulcros y por los montes, dando gritos e hiriéndose con piedras. Al ver de lejos a Jesús, corrió y se postró ante Él y gritó con gran voz: «¿Qué tengo yo contigo, Jesús, Hijo de Dios Altísimo? Te conjuro por Dios que no me atormentes». Es que Él le había dicho: «Espíritu inmundo, sal de este hombre». Y le preguntó: «¿Cuál es tu nombre?». Le contesta: «Mi nombre es Legión, porque somos muchos». Y le suplicaba con insistencia que no los echara fuera de la región.

Había allí una gran piara de puercos que pacían al pie del monte; y le suplicaron: «Envíanos a los puercos para que entremos en ellos». Y se lo permitió. Entonces los espíritus inmundos salieron y entraron en los puercos, y la piara -unos dos mil- se arrojó al mar de lo alto del precipicio y se fueron ahogando en el mar. Los porqueros huyeron y lo contaron por la ciudad y por las aldeas; y salió la gente a ver qué era lo que había ocurrido. Llegan donde Jesús y ven al endemoniado, al que había tenido la Legión, sentado, vestido y en su sano juicio, y se llenaron de temor. Los que lo habían visto les contaron lo ocurrido al endemoniado y lo de los puercos. Entonces comenzaron a rogarle que se alejara de su término.

Y al subir a la barca, el que había estado endemoniado le pedía estar con Él. Pero no se lo concedió, sino que le dijo: «Vete a tu casa, donde los tuyos, y cuéntales lo que el Señor ha hecho contigo y que ha tenido compasión de ti». Él se fue y empezó a proclamar por la Decápolis todo lo que Jesús había hecho con él, y todos quedaban maravillados.

Reflexión: Mc 5, 1-20

Se trata de una historia algo más larga de lo usual, en la que el Señor actúa, como siempre, fiel al evangelio, a los mandatos de un Dios Padre, que es ante todo AMOR.

No deja de asombrarnos y preocuparnos como Cristo no tuvo ningún reparo en enviar a los demonios a una piara de cerdos, entre los que se contaban unos dos mil. Es decir, eran muchísimos y sin embargo fueron cambiados por la vida de este endemoniado. Creo que es notable lo que pone Jesús en la balanza y la forma en que resuelve. ¿Cuánto estaríamos dispuestos a sacrificar por un hombre? ¿Cuánto si se tratara de un desconocido o de uno de esos “loquitos” que vemos por las calles? Jesús no tiene ningún reparo en sacrificar a estos cerdos, con tal de liberar el espíritu de este hombre.

Sin embargo, cual es la actitud de los dueños de los cerdos…Se molestaron y le pidieron que se fuera. Era para ellos un precio demasiado alto por un “infeliz”.

¿Cuánto estamos dispuestos a dar, a sacrificar nosotros por la salvación de un alma? Esa creo que debe ser la reflexión de hoy. ¿En qué orden ponemos las cosas? ¿Qué es lo más importante? Lo que hacemos, las decisiones que adoptamos a cada instante revelan nuestra opción. No se trata de andar proclamando nuestros valores, nuestros principios. Se trata de vivirlos, de reflejarlos en cada uno de nuestros actos.

Por sus obras los conoceréis, dice el Señor, no por su ropa, ni por los amigos que frecuentan o lucen en determinadas ocasiones. No por la ostentación de títulos o conocimientos, ni por su dinero. No es la cara que pongas, ni las estampas, oraciones o cofradías a las que pertenezcas. Han de ser tus obras las que hablen del amor del Padre, del orden que llevas en tu vida, de tus prioridades.

El Señor no tuvo ningún reparo en sacrificar esta piara de cerdos. ¿Qué patrimonio representaban? No se dice…Tampoco de quien eran. No importó. En eso, que son nuestras categorías, no reparó Jesús. Los cerdos estaban allí e importaba muy poco de quien fueran. Los escrúpulos respecto a la propiedad de las cosas: lo tuyo, lo mío, lo de él…no están dentro de los cálculos del Señor. Nada importa más que la vida y la salvación de un alma. Para ello no puede ni debe haber reparos. El no los pone. ¿Y nosotros, los ponemos? A lo mejor muchos de nosotros estaremos dispuestos a sacrificar esto o aquello, según de quien se trate…¿no? Esa es la diferencia entre Jesús y nosotros; entre  lo que nos pide y lo que somos…
 

Oremos:

Señor, danos la Gracia de servirte sin reparos, sin medidas, sin mezquindad. Sin pensar en nuestros hermanos en función del bien que recibimos a cambio. Que no hagamos de nuestro proceder cristiano una mercancía más, dispuesta a ser entregada a quien paga el precio. Que seamos generosos y no andemos calculando nuestra caridad. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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