Mateo 19, 13-15
Texto del evangelio (Mt 19, 13-15)
En aquel tiempo, le presentaron a Jesús unos niños para que les impusiera las manos y orase; pero los discípulos les reñían. Mas Jesús les dijo: «Dejad que los niños vengan a mí, y no se lo impidáis porque de los que son como éstos es el Reino de los Cielos». Y, después de imponerles las manos, se fue de allí.
Reflexión: Mt 19, 13-15
No puede ser más claro el Señor. Son los humildes, los de corazón sencillo, los puros, aquellos que no tienen intenciones retorcidas, los ingenuos, los que son capaces de asombrarse, los que confían y creen, los que son capaces de amar, los que se conmueven, porque no conocen la hipocresía ni la doblez. Aquellos libros abiertos cuyas páginas están a la espera de un buen escritor, que sea capaz de sacar de ellos lo mejor, para iluminar, para guiar, para asombrar a sus hermanos. Aquellas sonrisas generosas, aquel beso, aquella caricia, que no le importa que traje llevas puesto, ni si te lavaste o no la cara, si hueles, ni cómo apellidas, ni cuántos años tienes o si perteneces a tal o cual clan social.
Un niño es el mejor ejemplo de las virtudes que ha de reunir quien quiera entrar al Reino de los Cielos. Hemos de ser como ellos, vivir como ellos, creer y amar como ellos. Un niño no piensa dos veces para invitarte de lo mismo que él está comiendo y si es preciso se saca de la boca lo que tiene y lo parte en dos o en tres…
Qué distante estamos de aquella actitud, mientras más doctos, más letrados. Qué difícil se hace llevar a la práctica estas palabras, mientras más ricos, más poderosos, más “sabios” y soberbios nos volvemos. ¡Qué pena da, en realidad, ese pobre hombre que dejó de ser niño, para convertirse en adulto, ensamblado, adecuado a un patrón, al que debe corresponder según la época, lugar, clase social en que vive…Aquél adulto esclavo de “la razón”, que no puede permitirse libertad alguna, que debe actuar según un libreto preconcebido, en el que no se admiten improvisaciones ni cambios, bajo pena de pérdida de prestigio, estatus o riqueza. Que no es capaz de ir contra corriente, que nos es capaz de dejar que afloren sus sentimientos, que busca la adulación, la fama y el prestigio, antes que el amor, la justicia y la paz.
Un niño, es una creatura indefensa, que se reconoce como tal y se entrega sin condiciones a quien le ama, sin entrar en definiciones ni disquisiciones. Un niño no tiene prejuicios. Un niño responde generosamente al amor y está dispuesto a creerlo y darlo todo por amor. Un niño no tiene deudas ni acreencias; su padre lo sostiene, depende de él.
Así, como niños debemos ser nosotros frente a nuestro Padre. Creer, esperar, seguirlo con fe y darlo todo por Él. Como el niño aquél que subido a un estrado o a un mostrador, se lanza confiado a los brazos de sus padre, sabiendo que habrá de sostenerlo.
Oremos:
Padre Santo, ayúdanos a ser como niños, a confiar como niños, a creer en ti como niños. A darnos y entregarnos a nuestros hermanos generosamente, sin pedir nada a cambio; solo por ver la sonrisa, la alegría, la felicidad en los demás. Que busquemos aligerar la carga ajena, antes que la nuestra. Amén.
Roguemos al Señor…
Te lo pedimos Señor.
(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

