ago 03 2010

Mateo 14, 22-36

Texto del evangelio (Mt 14, 22-36)

En aquellos días, cuando la gente hubo comido, Jesús obligó a los discípulos a subir a la barca y a ir por delante de Él a la otra orilla, mientras Él despedía a la gente. Después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar; al atardecer estaba solo allí.

La barca se hallaba ya distante de la tierra muchos estadios, zarandeada por las olas, pues el viento era contrario. Y a la cuarta vigilia de la noche vino Él hacia ellos, caminando sobre el mar. Los discípulos, viéndole caminar sobre el mar, se turbaron y decían: «Es un fantasma», y de miedo se pusieron a gritar. Pero al instante les habló Jesús diciendo: «¡Animo!, que soy yo; no temáis». Pedro le respondió: «Señor, si eres tú, mándame ir donde tú sobre las aguas». «¡Ven!», le dijo. Bajó Pedro de la barca y se puso a caminar sobre las aguas, yendo hacia Jesús. Pero, viendo la violencia del viento, le entró miedo y, como comenzara a hundirse, gritó: «¡Señor, sálvame!». Al punto Jesús, tendiendo la mano, le agarró y le dice: «Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?». Subieron a la barca y amainó el viento. Y los que estaban en la barca se postraron ante él diciendo: «Verdaderamente eres Hijo de Dios».

Terminada la travesía, llegaron a tierra en Genesaret. Los hombres de aquel lugar, apenas le reconocieron, pregonaron la noticia por toda aquella comarca y le presentaron todos los enfermos. Le pedían que tocaran siquiera la orla de su manto; y cuantos la tocaron quedaron salvados.

Reflexión: Mt 14, 22-36

Lo primero que podemos notar en este pasaje es que el Señor dedica mucho tiempo a orar, a hablar con el Padre y que para ello se aparta, se va a la montaña. Algo que sin duda debemos aprender. No podemos pretender ser cristianos, amar a Dios, seguir su Voluntad si no dedicamos un tiempo significativo a la oración. Ella ha de estar presente toda nuestra vida, pero fundamentalmente antes y después de nuestras acciones. Primero para motivarlas y orientarlas y al final, para agradecer las gracias recibidas. Es verdad que específicamente aquí no se nos da cuanta nada más que estuvo a solas orando por varias horas. Jesús, el Enviado, nuestro ejemplo, oraba por largas horas al Padre…

Luego debemos destacar su inmenso poder, que viene precisamente del Padre y que le permite caminar sobre las aguas y apaciguarlas. Si realmente creemos, eso y mucho más podremos hacer. Esta es una muestra evidente del poder de Cristo y de la importancia de confiar en Él, de tener fe, teniendo la plena seguridad que él jamás nos abandonará. Si él nos ha tendido la mano, todo será posible, si no dudamos. Son nuestras dudas las que nos traen abajo, las que nos hunden.

Quizás nuestra oración debe estar fundamentalmente orientada a pedir esta fe, esta confianza en los mandatos del Señor, en su compañía, en los prodigios que Él es capaz de obrar en nuestras vidas, si dejamos que él nos acompañe. Su presencia es inesperada. Se aparece donde menos esperábamos. Es sorprendente para cualquiera. Sin embargo, nosotros con una mente y un espíritu más amplio, debíamos estar dispuestos a verlo, a reconocerlo, porque él está con nosotros, nos acompaña, aun en aquellos momentos difíciles, de duda, de desolación, de agitación, en loa que la misma naturaleza parece implacable…Él está ahí. El asunto es que creamos.

Finalmente, un hecho remarcado en esta lectura es que cuantos tocaron la orla de su manto, quedaron salvados. No dice que quedaron curados…Hay que tener fe para hablar así. Jesús tiene el poder de Salvar, que va mucho más allá que resolver un problema se salud, o económico o social de cualquier tipo que nos puede estar afligiendo en un momento en la vida. La salvación del Señor tiene que ver con algo que está más allá, que incumbe a nuestra alma, a nuestro espíritu, a la dignidad de Hijos de Dios. Jesús nos la devuelve…Se la da a quien cree en Él. Esa es la única condición.

Sacando un ejemplo de nuestra vida cotidiana, nos cuesta creer que Jesús se encuentra en los Sacramentos. No aceptamos la mano que nos tiende para consagrar nuestro matrimonio, por ejemplo, para sacarlo adelante. No creemos, y nos hundimos.

Oremos:

Señor Jesús, ayúdanos a creer que estás presente en nuestra vida cotidiana, que estás aquí, entre nosotros, de diversas formas. Muchas veces en nuestros hermanos y otras en lo que hacemos, en nuestras oraciones y en los sacramentos, que son la presencia visible de algo que es invisible: tu Gracia.  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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feb 08 2010

Marcos 6, 53-56

Texto del evangelio (Mc 6, 53-56)

En aquel tiempo, cuando Jesús y sus discípulos hubieron terminado la travesía, llegaron a tierra en Genesaret y atracaron. Apenas desembarcaron, le reconocieron en seguida, recorrieron toda aquella región y comenzaron a traer a los enfermos en camillas adonde oían que Él estaba. Y dondequiera que entraba, en pueblos, ciudades o aldeas, colocaban a los enfermos en las plazas y le pedían que les dejara tocar la orla de su manto; y cuantos la tocaron quedaban salvados.

Reflexión: Mc 6, 53-56

Hay algo en esta lectura en lo que no siempre reparamos tan rápidamente: “le pedían que les dejara tocar la orla de su manto; y cuantos la tocaron quedaban salvados.” Estamos frente a un acto de fe profunda…del que da testimonio Marcos. Es verdad que el Señor iba curando a cuanto enfermo le traían, pero algo más importante y no tan evidente ocurría con quienes lograban tocarlo: quedaban salvados.

¿Cómo saber que estaban salvados? ¿Cómo se siente el haber sido salvado? Me aventuro más allá: ¿Alguno de nosotros ha sido salvado? ¿Cuál es la evidencia? ¿Cuál es la garantía?

Estamos frente a dilemas que la gente, los fariseos y aun los escribas en aquél tiempo también le plantearon. Revisemos Mateo 9, 1-8 y allí encontraremos también esta pregunta, a la que el Señor responde:  “Jesús, conociendo sus pensamientos, dijo: «¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil, decir: “Tus pecados te son perdonados”, o decir: “Levántate y anda”? Pues para que sepáis que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder de perdonar pecados – dice entonces al paralítico -: “Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa”.» El se levantó y se fue a su casa.

Así que si nos avergonzamos de aquella pregunta, sepamos que ya le fue hecha a Jesús y fue respondida. El problema es de Fe. Si creemos que el Señor nos ha salvado…Si real y profundamente lo creemos en el fondo de nuestros corazones, sin engaño posible, pues ciertamente es así.

Ocurre este mismo milagro cada vez que acudimos a la Eucaristía y le rogamos: “No soy digno que entres en mi casa, pero una palabra Tuya bastará para salvarme”. ¿Creemos realmente lo que decimos? Y demos un paso más: ¿Creemos que el Señor dice aquella palabra que buscamos? Se trata de un acto de Fe.

¿Creemos o no? Esta debe ser nuestra reflexión de hoy. ¿Creemos que el Señor tiene el poder de salvarnos? ¿Y qué es salvarnos? ¿No nos habrá salvado ya? ¿Somos de los que han llegado a tocar su “la orla de su manto”?

 

Oremos:

Señor, tenemos Fe, pero necesitamos que la fortalezcas y acrecientes… Transfórmanos, cámbianos. Permítenos ser testigos de tu amor, de tu resurrección, de la salvación que haz traído para toda la humanidad, del amor del Padre, de Tú amor. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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ene 13 2010

Lucas 1, 29-39

Texto del evangelio (Lc 1, 29-39)

En aquel tiempo, Jesús, saliendo de la sinagoga se fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre; y le hablan de ella. Se acercó y, tomándola de la mano, la levantó. La fiebre la dejó y ella se puso a servirles.

Al atardecer, a la puesta del sol, le trajeron todos los enfermos y endemoniados; la ciudad entera estaba agolpada a la puerta. Jesús curó a muchos que se encontraban mal de diversas enfermedades y expulsó muchos demonios. Y no dejaba hablar a los demonios, pues le conocían.

De madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se levantó, salió y fue a un lugar solitario y allí se puso a hacer oración. Simón y sus compañeros fueron en su busca; al encontrarle, le dicen: «Todos te buscan». El les dice: «Vayamos a otra parte, a los pueblos vecinos, para que también allí predique; pues para eso he salido». Y recorrió toda Galilea, predicando en sus sinagogas y expulsando los demonios.

Reflexión: Lc 1, 29-39

El Señor tiene una Misión y está aquí para cumplirla. Él es consciente todo el tiempo de ella; esto es lo que tenemos que imitar. Podemos hacer muchas cosas, ocuparnos de mil tareas en la vida, sin embargo no podemos dejar de lado nuestra Misión, no podemos perderla de vista y todo debe de algún modo confluir a ella.

Es importante la forma en que distribuimos nuestro tiempo; ello habla realmente de lo que somos y creemos. ¿Cuáles son nuestra prioridades? Hagamos como el Señor, que comienza el día apartándose y orando. ¿Cómo podemos hacer o pretender hacer la Voluntad de nuestro Padre, si no nos ponemos en contacto con Él. Es verdad, la vida toda debe ser una oración, pero no debemos dejar de buscar momentos expresamente dedicados a la oración durante el día…Y qué mejor que empezar y terminar el día orando.  En la mañana, pidiendo luz y poniéndonos a sus órdenes, en sus manos…En la noche, haciendo un balance de lo realizado, agradeciendo por las oportunidades y proponiendo alguna corrección para nuestros errores, para finalmente volvernos a poner en sus manos, para dormir en paz…

No perder de vista la Misión es fundamental. El Señor iba predicando, oyendo y curando, pero no se hizo “esclavo” de las necesidades de aquellos hombres y mujeres, que eran muchas. Si, las atendía, porque no podía ser indiferente y mientras estaba a su alcance y era posible, pues las atendía. Sin embargo cuanto más curaba, más crecía su fama y más gente lo buscaba…Aún sabiendo ello, aun conmoviéndose, no se entrega ciega y totalmente a esta tarea, sino que pone las cosas en orden. Ustedes quisieran que yo siga aliviando sus penas, sus dolores y sus males, y yo lo haré mientras pueda, pero…«Vayamos a otra parte, a los pueblos vecinos, para que también allí predique; pues para eso he salido».

Predicar, anunciar el Reino, la Buena Nueva, esa es la Misión, para eso he salido. Para eso tenemos que salir cada día. Para eso estamos aquí. Para eso vivimos. “Eso” es lo que da sentido a nuestras vidas: anunciar el evangelio.

Oremos:

Señor, que no perdamos de vista lo verdaderamente importante. Que no dejemos de orar y anunciar el evangelio con nuestras vidas. No permitas que seamos atrapados por nada; aun cuando nuestro trabajo sea tan noble como curar a los que sufren, a los que padecen, que no dejemos por eso de anunciarte y de orar a nuestro Padre.  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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