abr 29 2010

Juan 13, 16-20

Texto del evangelio (Jn 13, 16-20)

Después de lavar los pies a sus discípulos, Jesús les dijo: «En verdad, en verdad os digo: no es más el siervo que su amo, ni el enviado más que el que le envía. Sabiendo esto, dichosos seréis si lo cumplís. No me refiero a todos vosotros; yo conozco a los que he elegido; pero tiene que cumplirse la Escritura: el que come mi pan ha alzado contra mí su talón. Os lo digo desde ahora, antes de que suceda, para que, cuando suceda, creáis que Yo Soy. En verdad, en verdad os digo: quien acoja al que yo envíe me acoge a mí, y quien me acoja a mí, acoge a Aquel que me ha enviado».

Reflexión: Jn 13, 16-20

A Dios no lo conocemos sino a través de Jesús. Él nos revela la Bondad y la Voluntad de nuestro Padre. Todo lo que ha dicho y hecho, de lo que hemos sido testigos, lo ha dicho y hecho por voluntad del Padre. Por ello, no hay otra forma de llegar al Padre que a través o por medio de Jesús . Por eso el mismo dice: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida.”

Hay quienes como Judas, pretendemos seguirlo y hacer lo que nos dice, pero en el fondo tenemos nuestros propios planes, nuestras propias motivaciones y aspiraciones. Por eso, llegado el momento de la verdad, no tenemos ningún reparo en hacernos para un costado, en desentendernos e incluso en traicionarlo. Así actúan los fariseos, que dicen una cosa, proclaman una cosa en público, pero son distintos, obran de otro modo en su vida privada, como si fueran cosas diferentes, lo que se dice y lo que se hace. Esta doble vida los condena…Y, ay de aquellos que ni entrar, ni dejan entrar.

El Señor nos envía a evangelizar con el mismo poder y autoridad que Él ha sido enviado por el Padre. Eso es muy claro en esta lectura. El asunto está en que realmente creamos. Y me parece que el mayor problema está precisamente allí: no creemos.

Y es que el creer no sólo debe ser confesado con palabras, sino más que eso, con lo actos de la propia vida. “Por sus hechos los conoceréis”, dice el Señor. Eso es lo que se espera de nosotros en nuestra vida cotidiana, que demos testimonio de aquél por el cual hemos sido enviados, haciendo Su Voluntad.

Para esto, es preciso llevar una vida de oración y recogimiento. ¿Cómo podemos saber cuál es Su Voluntad, si no dedicamos un tiempo en nuestra jornada diaria para entrar en contacto con Él y oír Su Voz, Su mandato con respecto a cada una de las circunstancias de nuestra vida? ¿De qué otra forma podemos entrar en contacto con el Padre, si no es imitando a Jesús y apartándonos unos instantes a dialogar con Él, a escucharle, a orar? ¿Cómo podemos saber Su Voluntad, cómo podemos llegar a conocerla si no disponemos de un tiempo especial para tan importante encuentro?

Sí, es verdad que lo llevas dentro, que todo el tiempo está a tu lado, orientándote, aconsejándote…Pero ello es tan cierto como que debes tener un tiempo para hacer un balance diario, para hacer planes y poner todo en sus manos. “…y las ovejas escuchan su voz; y a sus ovejas las llama una por una y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas, va delante de ellas, y las ovejas le siguen, porque conocen su voz.” Eh ahí…Debemos conocer su voz y oír su voz. Él nos llama uno por uno…

 

Oremos:

Señor Jesús, danos una vida rica en oración. No permitas que nos alejemos de Ti. Muy por el contrario, acrecienta nuestra fe y mándanos ir a Ti. Que sin excusas, día a día, busquemos un espacio significativo para unos de los aspectos más importantes de nuestra  vida: La oración. Que nuestra vida toda sea un testimonio de la luz recibida. Que, siguiendo el ejemplo de Jesús,  aprendamos a amar sin límites. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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mar 20 2010

Juan 7, 40-53

Texto del evangelio (Jn 7, 40-53)

En aquel tiempo, muchos entre la gente, que habían escuchado a Jesús, decían: «Éste es verdaderamente el profeta». Otros decían: «Éste es el Cristo». Pero otros replicaban: «¿Acaso va a venir de Galilea el Cristo? ¿No dice la Escritura que el Cristo vendrá de la descendencia de David y de Belén, el pueblo de donde era David?».

Se originó, pues, una disensión entre la gente por causa de Él. Algunos de ellos querían detenerle, pero nadie le echó mano. Los guardias volvieron donde los sumos sacerdotes y los fariseos. Estos les dijeron: «¿Por qué no le habéis traído?». Respondieron los guardias: «Jamás un hombre ha hablado como habla ese hombre». Los fariseos les respondieron: «¿Vosotros también os habéis dejado embaucar? ¿Acaso ha creído en Él algún magistrado o algún fariseo? Pero esa gente que no conoce la Ley son unos malditos».

Reflexión: Jn 7, 40-53

Nadie queda indiferente ante las palabras del Señor. Es asombrosa la reacción de los guardias que debían apresarle. Cómo se refieren al Él: “Jamás un hombre ha hablado como habla ese hombre”. Es que realmente Jesús es “La Verdad”, y esta tiene la virtud de llegar hasta a los corazones más endurecidos, e iluminarlos.

Es la gente hueca, superficial, la que se queda en la periferia de las cosas, la única que no es capaz de comprender, porque tiene demasiados prejuicios, porque, además, en el fondo se resisten a creer en nada que cuestione su poder, su mundo, su orden, en el que detentan poder y privilegios, que no están dispuestos a ver mellados por nadie, mucho menos por un “don nadie”, cuyas credenciales para ellos no son suficientes. “Un tipo de tal apellido, con tal apariencia física, de tal raza, que viene de no sé qué pueblucho, ¿me va a enseñar a mi algo? Anda primero, lávate la cara y después veremos si hablamos” ¿No somos muchas veces así de duros?

Estamos llenos de prejuicios, y en general no somos capaces de admitir que una persona humilde pueda enseñarnos algo. Es que nos hemos sumido en un mundo en el que los valores están tan tergiversados, que hemos llegado a confundir poder con sabiduría. Y ya vemos que Jesús viene de abajo, nace en un pesebre; es decir se hace como el más humilde, como el más pobre, precisamente para enseñarnos que no es del dinero ni del poder que brota la Verdad. No es por esa vía que lograremos la salvación. Es más bien por el amor; y el amor es servicial, es humilde…todo lo cree, todo lo espera.

El que no es capaz de amar, no es capaz de encontrar la Verdad. La Verdad sólo se alcanza a ver, -como diría el Principito- con los ojos del corazón.  Para justificar nuestro egoísmo y miseria, hemos creado un mundo artificial, efectivamente a nuestra imagen y semejanza; un mundo donde convivimos con el pecado, como un mal necesario…En el que todo depende; en el que el individualismo y el relativismo, que son dos caras de una misma moneda, reinan. Nuestras ansias de poder y dinero, nos ciegan y nos hacen capaces de todo con tal de obtenerlo, como si en ello estuviera la diferencia entre la vida y la muerte. Pero bien sabemos que esto es una ilusión. No hay nadie tan poderoso, ni tan rico que haya podido evitar la muerte o que se haya ido a la otra vida, con si quiera un gramo de lo que atesoró. Entonces, ¿por qué tanto afán?

Hemos sido cegados por el Príncipe de este mundo.  Efectivamente, el pretende y muchas veces logra que veamos el mundo desde su perspectiva superficial, perentoria, sumergiéndonos en la vorágine de la vida, sin ninguna perspectiva superior, perdiéndonos en el día a día, como si sólo importaran nuestro poder y satisfacción personales. El resto, que se hundan, me tienen sin cuidado. Cada quien debe velar por sí mismo…Esa es la cultura que este maldito propicia y en cuyas garras caemos. Todo lo queremos para hoy y para mí.

Por eso, como los ricos, los sacerdotes y los fariseos que condenan a Jesús, que incluso se atreven a condenar su procedencia, aun teniendo conocimiento de las escrituras, las que toman muy superficialmente, acomodándolas a sus intereses, no estamos dispuestos a que ningún “pelagatos” nos venga a enmendar la plana. “Para hablar conmigo y hacerme cambiar de opinión, tienes que haber leído por lo menos tantos libros a la semana, debes tener dos o tres maestrías o algún doctorado, debes mostrarme tu título de Harvard, debes tener tal apellido, la tez de tal color y haber sido aprobado por mi círculo de amigos, o por aquellos que admiro y envidio, cuya posición deseo alcanzar algún día.” Ese es nuestro patrón de comportamiento…Figúrense si realmente vamos a dejar que Jesús entre en nuestras vidas…Lo usaremos, como tantas otras cosas de las que nos valemos para acrecentar nuestro poder, pero jamás le permitiremos que se apodere de nuestras vidas. No estamos dispuestos a ceder un ápice de nuestra fama, de nuestro poder…

Oremos:

Señor Jesús, enséñanos a ser humildes; a buscar y ver la Verdad en el corazón de nuestros hermanos. Que seamos capaces de escuchar, de atender, de comprender, de condolernos, de congraciarnos. Danos sabiduría para superar nuestras miserias, para superar nuestro egoísmo, para romper las cadenas que nos atan y esclavizan en la oscuridad. Danos tu luz. ¡Haznos dóciles a Tu Espíritu! Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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ene 24 2010

Lucas 1, 1-4. 4,14-21

Texto del evangelio (Lc 1, 1-4. 4, 14-21)

Excelentísimo Teófilo: Muchos han emprendido la tarea de componer un relato de los hechos que se han verificado entre nosotros, siguiendo las tradiciones transmitidas por los que primero fueron testigos oculares y luego predicadores de la palabra. Yo también, después de comprobarlo todo exactamente desde el principio, he resuelto escribírtelos por su orden, para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido.

En aquel tiempo, Jesús volvió a Galilea con la fuerza del Espíritu; y su fama se extendió por toda la comarca. Enseñaba en las sinagogas, y todos lo alababan. Fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el libro del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista. Para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor.» Y, enrollando el libro, lo devolvió al que le ayudaba y se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos fijos en él. Y él se puso a decirles: – «Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír.».

Reflexión: Lc 1, 1-4. 4, 14-21

Lucas escribe a Teófilo, pero de algún modo, lo que hace en realidad es escribirnos a nosotros, dando cuenta de lo que había oído, de lo que la gente daba testimonio, de lo que se decía y se sabía en aquél entonces de Jesús, para que conozcamos “la solidez de las enseñanzas recibidas”. Es importante notar que todo esto había sido anticipado por los profetas, tal como Jesús lo recuerda a los asistentes a la sinagoga: con Él se cumplen las profecías de Isaías. Hay, pues, una coherencia histórica.

Todo ocurre conforme a un Proyecto Divino, a un Plan de Salvación trazado por Dios desde siempre y dado a conocer con mucha anticipación a los hombres, por medio de los profetas. Nada ha sido dejado al azar, a la suerte, al temperamento, a la coyuntura.

No está señalada solamente su venida, sino incluso su Misión, su Plan de acción, su hoja de ruta, que es la misma que debemos a sumir nosotros, sus seguidores. “Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista. Para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor.”

Quizás algunos podemos quedarnos enganchado con aquello de “el año de gracia del Señor”. No podemos tomarlo literalmente. Es un modo de decir el inicio de otro tiempo, de otra época, de otro período. De aquí para adelante. Tal como efectivamente contamos los años en occidente: antes de Cristo y después de Cristo. Es que hemos entrado en otro período, en otra etapa en la historia de la Salvación. Estamos en el año de Gracia del Señor. Es la mismísima Trinidad actuando en la historia, iluminándola para hacer posible nuestra Salvación. A eso se refieren las Escrituras. Y es esto lo que nos dice el Señor que se ha cumplido.

Esta es la Buena Nueva. Hemos entrado en un nuevo período de la historia. Se han abierto las puertas del cielo; hemos sido liberados. Se ha restaurado la alianza. Jesús, nuestro Redentor, lo ha hecho posible. Impulsado por el Espíritu Santo, Él es el Puente, El es el Camino hacia el Padre.

El Señor ha venido para ser alimento de los pobres, de los oprimidos, de los ciegos, de los afligidos, de los perseguidos. Él es el remanso de paz que buscamos, el comienzo de una nueva vida, de una nueva historia, la del Nuevo Testamento, la del Año de Gracia del Señor. Toda la vida misma está impregnada de esa Gracia. Estamos viviendo nuevos tiempos. Podemos mirar hacia adelante con esperanza, porque se ha sellado el pacto, con la Sangre de Cristo. Muriendo en la cruz y resucitando, ha abierto para nosotros las puertas del Cielo. El Camino está trazado y restaurado. Transitemos por este año de gracia, hacia los brazos del Padre, que impacientemente nos espera desde siempre para ocupar el lugar que nos tiene reservado. ¡Qué mejor noticia!

Oremos:

Gracias Padre, por cada nueva oportunidad que nos das, cada día, para seguir a Jesús y alcanzarte finalmente. Permítenos ser signo de amor, de unión y de paz para todos nuestros hermanos. Que seamos portadores de esperanza, transmisores de esta Buena Nueva, de este amor infinito. Danos consuelo, para llevarlo a nuestros hermanos… Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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nov 26 2009

Lucas 21, 20-28

Texto del evangelio (Lc 21, 20-28)

 
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Cuando veáis a Jerusalén cercada por ejércitos, sabed entonces que se acerca su desolación. Entonces, los que estén en Judea, huyan a los montes; y los que estén en medio de la ciudad, que se alejen; y los que estén en los campos, que no entren en ella; porque éstos son días de venganza, y se cumplirá todo cuanto está escrito.

¡Ay de las que estén encinta o criando en aquellos días! Habrá, en efecto, una gran calamidad sobre la tierra, y cólera contra este pueblo; y caerán a filo de espada, y serán llevados cautivos a todas las naciones, y Jerusalén será pisoteada por los gentiles, hasta que se cumpla el tiempo de los gentiles. Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra, angustia de las gentes, perplejas por el estruendo del mar y de las olas, muriéndose los hombres de terror y de ansiedad por las cosas que vendrán sobre el mundo; porque las fuerzas de los cielos serán sacudidas. Y entonces verán venir al Hijo del hombre en una nube con gran poder y gloria. Cuando empiecen a suceder estas cosas, cobrad ánimo y levantad la cabeza porque se acerca vuestra liberación».

Reflexión: Lc 21, 20-28

Esta parece la ratificación del Señor de aquel dicho: “nunca es más oscuro que cuando va a amanecer”. Tendemos a fijarnos en el tremendismo del anuncio. Realmente es tétrico el panorama que se pinta. Pero si nos detenemos un momento e inspirados en esta lectura, en los trágicos sucesos que allí se anuncian y los comparamos un poco con los vaticinios que hacen los científicos respecto a las consecuencias del calentamiento global, no suenan tan descabellados y exagerados estos anuncios. ¿O sí?

Pero, ¿qué pretende el Señor con este mensaje?…¿Amedrentarnos? ¿Asustarnos e inmovilizarnos por el miedo? ¿Trabajarnos al susto, para que le sigamos y obremos correctamente…atentos a la amenaza que pende sobre nuestras cabezas?

No, aun cuando comprensiblemente tendemos a asustarnos y a interpretarlo así, eso no es lo que el Señor de la Vida, de la Luz, de la Verdad y de la Esperanza puede querer decirnos.

La naturaleza humana es finita. Eso lo intuimos desde que nacemos y aprendemos a reconocerlo a lo largo de la vida. El que no llega a comprenderlo, o le falta un tornillo, o pretende aferrarse con tal fuerza a esta vida, que ha perdido la perspectiva de la realidad. Ver morir a tus abuelos, padre, hermanos y amigos, debía haberte persuadido de esta realidad y prepararte para ella; estar alerta.

Sin embargo, con mucha frecuencia y en la práctica, vivimos de espaldas a esta realidad. Pretendemos que no ocurrirá, simplemente porque no la miramos, porque tratamos de ignorarla. Pero ella inexorablemente llegará, cuando menos lo pensemos, cuando menos la esperemos. Si esto es así, entonces ¿por qué no vivir de otro modo? ¿Por qué no vivir hoy como si fuera el último día de tu vida? Hemos recibido inmerecidamente tanto, por qué no usarlo para dejar una huella profunda…No para mal, sino para bien, porque para eso hemos venido a este mundo. Y no hay nadie que tenga tan poco que no pueda dar nada, aunque solo sea una sonrisa, una palmada…

La humanidad ciertamente atraviesa por momentos difíciles…¿pero alguna vez habrá sido distinto? ¿Qué sintió la humanidad toda, pero especialmente Japón cuando Hiroshima y Nagasaki? ¿Qué han sentido y siente nuestros hermanos de Afganistán e Irak? ¿Qué sintió estados Unidos y la humanidad toda cuando lo de las Torres Gemelas? ¿Qué siente el pueblo Palestino sitiado y acosado por Israel? ¿Qué sintieron los peruanos cuando hace poco más de un siglo fueron arrasados por las hordas chilenas? ¿Qué debieron sentir los Incas al ver llegar a esos centauros despidiendo fuego y acribillando a su pueblo? ¿Qué sintieron los Romanos ante las invasiones de la “chusma” bárbara?

Pues todos sintieron como sintieron nuestros abuelos, nuestros padres, nuestros hermanos y amigos, que su fin había llegado. Después de todo, he llegado a pensar, qué importa cómo, el hecho es que morirás…Degollado, aplastado, ahogado o de un síncope, muerte es muerte. ¿Qué más da cómo? Claro, un sufrimiento prolongado, será menos sufrible…Pero lo importante no es cómo mueras, sino ¿Qué has hecho con tu vida? ¿Qué hiciste con ese don precioso, con ese magnífico regalo que recibiste?

Porque detrás de esa respuesta, en el horizonte está la promesa de Cristo: “Cuando empiecen a suceder estas cosas, cobrad ánimo y levantad la cabeza porque se acerca vuestra liberación”. Lo que se nos viene, tras la muerte, es la liberación. La liberación de esta naturaleza finita, de tantas esclavitudes que nos encadenan a la tierra. Del tener, del atesorar, del prestigio, de la seguridad, de la salud…Tanto que nos obsesiona por tener y poseer. Hemos puesto nuestras esperanzas en tantas cosas y una sola es importante: “María la ha sabido escoger”

«Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola. María ha elegido la mejor parte, que no le será quitada».

Entonces, recordando al P. Alberto (Tito) Tapia sj, más aún ahora que estamos celebrando 50 años del Movimiento de Cursillos de Cristiandad en Arequipa, repitamos con Cristo y con él:

 ¡Ánimo!

Oremos:

Haz Señor que vivamos transmitiendo esperanza, una esperanza basada en la Fe. Que seamos consecuentes. Que no tengamos miedo a morir, sino a no vivir correctamente, a tener una vida estéril, vacía, hueca.

Llénanos de tu Alegría, para que vayamos por el mundo llevándola y compartiéndola.

Que nuestra sola presencia lleve ánimo a todos aquellos que lo necesitan. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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nov 09 2009

Juan 2, 13-22

Texto del evangelio (Jn 2,13-22)

Cuando se acercaba la Pascua de los judíos, Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas en sus puestos. Haciendo un látigo con cuerdas, echó a todos fuera del Templo, con las ovejas y los bueyes; desparramó el dinero de los cambistas y les volcó las mesas; y dijo a los que vendían palomas: «Quitad esto de aquí. No hagáis de la Casa de mi Padre una casa de mercado». Sus discípulos se acordaron de que estaba escrito: El celo por tu Casa me devorará.

Los judíos entonces le replicaron diciéndole: «Qué señal nos muestras para obrar así?». Jesús les respondió: «Destruid este templo y en tres días lo levantaré». Los judíos le contestaron: «Cuarenta y seis años se han tardado en construir este Santuario, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?». Pero Él hablaba del Santuario de su cuerpo. Cuando resucitó, pues, de entre los muertos, se acordaron sus discípulos de que había dicho eso, y creyeron en la Escritura y en las palabras que había dicho Jesús.

Reflexión: Jn 2,13-22

Nosotros siempre tratamos de dar interpretaciones de la Palabra del Señor, ajustadas a nuestros intereses, a lo que queremos oírle decir. Pero el Señor tiene un lenguaje claro y más allá de lo que quisiéramos o de la forma en que cada quien trata de adaptarla a su vida, Él nos comunica La Verdad.

Su mensaje es Único, es decir que no se acomoda  según el marchante, ni según las circunstancias. O somos, o no somos. No podemos quedarnos en el medio tratando de quedar bien con Dios y con el Diablo. Es lo que finalmente nos dice al expulsar a estos mercaderes. Estamos parados a la puerta del templo. Es decir, estamos a la orilla. El Señor no llama adentro, pero tenemos tanto que negociar, tanto que vender, tanto que tranzar, tanto que convenir, que no nos atrevemos a entrar.

Nuestro afán por acomodarnos llega a tal extremo, que nos ubicamos en la periferia del templo, en sus alrededores. Escogemos como lugar para nuestros negocios, las cercanías del templo. No queremos perderle de vista, Así es nuestra fe: periférica. Como los mercaderes, que distraen y obstaculizan el ingreso. Ni entramos, ni dejamos entrar.

Esta es pues una de las pocas veces que vemos al Señor perder la calma…creo que la única. Y es que como dice al comienzo de este pasaje: “Cuando se acercaba la Pascua de los judíos, Jesús subió a Jerusalén.” Es decir que se acerca el día y le impacienta ver que no cambiamos. Somos como los mercaderes, que nos quedamos a la puerta del templo. Y en el templo, es decir en nosotros mismos, habita el Padre, a quien despreciamos por llevar una vida superflua, sustentada en una aparatosa parafernalia, en una tremenda decoración externa, que creemos imprescindible para ser, para sentirnos algo, alguien, para ser felices. Cuando la verdadera felicidad no está en ninguna de estas cosas, sino en nosotros mismos, pues allí habita nuestro Padre y Él no necesita nada de esto. Nada de lo que nos afanamos por tener, por cuidar, por incrementar. Para Él, nosotros somos importantes, nosotros somos su templo y es una verdadera lástima que nosotros mismos no lo sintamos, ni lo veamos, ni lo vivamos así.

Todo lo demás, que si había realmente un templo (como lo hubo) y que podría aplicarse a otros templos, se deriva de ahí y es realmente secundario. El Señor nos pide a cada uno de nosotros que cambiemos y se impacienta por nuestro pertinaz apego a la cosas y a seguir haciendo siempre lo mismo. ¡Hasta cuando! ¡Ya está por llegar el día en que habrás de rendir cuentas y sigues en lo mismo! ¡Es por eso que saca su látigo y echa todo por tierra! Y es que nos cegamos y nos negamos a entender Su Palabra.

Examinemos nuestras vidas…¿No estará pasando eso con nosotros? ¿No estaremos actuando como los mercaderes, aferrándonos a toda esta “mercadería”, que ni si quiera es nuestra, porque debemos tranzarla para poder vivir, como si fuera lo más importante, como si fuera imprescindible, olvidándonos que lo que está adentro, lo que está al fondo es lo mejor y no tiene precio? ¿No seremos de los que obstaculizan la entrada y ni entramos, ni dejamos entrar?

¡Basta ya de excusas! ¡O recoges conmigo o desparramas! ¡O entras, o sales…pero no puedes quedarte al medio! ¡El Señor te está invitando a entrar, con impaciencia!

Oremos:

Señor, no permitas que andemos por el mundo como tibios testigos, que no son ni chicha ni limonada. Danos el coraje de decidir, ¡ya! Y seguirte para siempre, confiando en Ti. Contigo lo tenemos todo. Sin Ti, no somos nada.

Danos hoy la oportunidad de servirte. No permitas que flaqueemos. Que seamos consecuentes en todo lo que decimos y hacemos. Amén.

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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may 27 2009

Reflexión: Jn 17, 11b-19

Jn 17, 11b-19

Cada palabra de estos evangelios debe ser meditada, pues son riquísimas en el mensaje que Cristo ha venido a darnos. Nos recuerdan que debemos permanecer en Él como Él permanece en el Padre…Que no somos del mundo, y aunque no nos pide sacarnos le pide al Padre que nos proteja y que nos haga conocer y vivir en la Verdad.

 

Esta debe ser nuestra oración de cada día, para que el Señor nos fortalezca y nos mantenga en esa unión cimentada en la Verdad. Necesitamos valor porque la Verdad es incómoda para muchos y andar en ella nos granjeará enemigos muchas veces poderosos, que procurarán por todos los medios sacarnos de su camino. Pero nosotros tenemos un deber y una misión que cumplir, que por ningún motivo debemos evadir.

 

Debemos recordar que contamos con la Gracia y Espíritu de Dios como aliados, por lo que no hay nada a lo que debamos temer. Sin embargo la tarea no es fácil. Exige firmeza, que sólo la puede dar la unión permanente con Dios y la oración. El Señor nos ha dejado muchas herramientas, muchos recursos para permanecer en Él, para no desfallecer. ¡Seamos claros! ¡Seamos sinceros! ¡Seamos luz!

Y, no olvidemos la alegría que nos debe acompañar siempre. Alegría por la convicción que Nuestro Señor ha vencido al mundo, lo que constituye la mejor garantía de nuestros triunfo.

 

 

 

Oremos:

 

Padre Santo danos el don de la Alegría permanente, cimentada en la Fe en Ti y en el Amor. Que no desistamos de andar en la Verdad, sin temor.

 

 

 

Roguemos al Señor…

 

Te lo pedimos Señor.

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may 07 2009

Reflexión: Jn 13,16-20

Jn 13,16-20

Jesús nos aclara que Él y el Padre en realidad son el mismo Dios. No es más uno que otro y quien recibe a Cristo, recibe al Padre. Cristo ha venido a Salvarnos por orden del Padre. Así, lo que Él nos dice, lo que Él hace es por bien nuestro y por disposición de Dios. Lo más importante, en donde radica nuestra salvación es en que CREAMOS.

Es tan importante creer y que lo que creemos se manifieste en nuestra vida misma, que incluso nos anticipa la traición de Judas con estas palabras: “Sabiendo esto, dichosos seréis si lo cumplís. No me refiero a todos vosotros; yo conozco a los que he elegido; pero tiene que cumplirse la Escritura: El que come mi pan ha alzado contra mí su talón. Os lo digo desde ahora, antes de que suceda, para que, cuando suceda, creáis que Yo Soy.”

Estas palabras encierran un gran misterio y también una revelación. Algo que constituye una constante en los evangelios. Del mismo modo en que Jesucristo recibe el poder del Padre, nos lo confiere a quienes envía. Aquí hay un asunto clave en el que creo debemos meditar. Jesucristo nos ha dado su poder, el mismo poder que ha recibido de Dios, a quienes Él Envía. ¡Dios, queremos encontrarnos entre los escogidos!

Oremos:

No puedo encontrar mejor oración hoy que suplicarte encontrarme entre los escogidos, para convertirme como Tú en comida y bebida, para todos mis hermanos, para toda la humanidad…allí donde Tú me envíes. ¡Mándame ya!

Roguemos al Señor…

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abr 26 2009

Reflexión: Lc 24,35-48

Lc 24,35-48

Como los discípulos entonces, nosotros hasta ahora no salimos de nuestra perplejidad. No nos creemos todo lo que se nos ha dicho. No nos creemos lo que nos ha enseñado Jesús. Queremos interpretarlo y adaptarlo a nuestra comprensión, a nuestra razón , que por si fuera poco está distorsionada por una serie de complejos, traumas, limitaciones, prejuicios y mil obstáculos que hemos ido creando a lo largo de nuestra vida para que todo parezca y sea como nosotros queremos. Así, con tanta basura acumulada, con tatos parches, mentiras, hipocresías, superficialidades y castillos edificados sobre la arena, así con estos lentes contra el astigmatismo, cuando en realidad tenemos miopía, es imposible verlo. Y sin embargo Él está aquí, al lado de cada uno de nosotros, rodeándonos, abrazándonos, envolviéndonos, guiándonos, llevándonos, levantándonos, cuidándonos, empujándonos, propiciando cada situación, dándonos amor, dándonos vida.

Debemos sacudirnos de todo prejuicio, de todo temor, de todo pesimismo. El Señor está con nosotros y ¡ha vencido al mundo! Pedir al Señor que purifique nuestra alma, nuestra mente y nuestro corazón. Que nos haga como niños, como una fuente cristalina de agua fresca y pura, como el día más transparente, templado y soleado, frescos como la brisa del mar que da sobre nuestro rostro cuando paseamos por una playa en primavera. Que nos haga dóciles para encontrarlo y verlo en nuestras vidas, allí donde menos esperamos…En realidad, allí donde posamos los ojos. Porque Él está en todas partes…acompañándonos, guiándonos, mostrándonos el Camino. El nos dice donde debemos dar el siguiente paso, donde debemos posar nuestros pies y nosotros le oímos, pero no siempre le hacemos caso.

Somos necios. No nos llegamos a creer todavía que Él está a nuestro lado y que sólo quiere nuestra felicidad; la de todos y cada uno de nosotros. Sólo debemos hacerle caso. Oír y hacer ciegamente lo que Él nos dice. No hay nada que nos proponga que no sea por nuestro bien y si nos cuesta, seguramente la recompensa será muchísimo mayor. Solamente tienes que tirar la red del lado que Él te indica y verás que la pesca será abundante.

“Así está escrito que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día y se predicara en su nombre la conversión para el perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén. Vosotros sois testigos de estas cosas”. Hemos sido testigos y somos los primeros beneficiarios de esta Gracia. Somos consientes de ello. Somos testigos. Los testigos están llamados a dar testimonio verás de lo que han visto, oído y creído.

Oremos:

Señor acrecienta nuestra Fe. Creemos en Ti, pero no lo suficiente, por eso a veces flaqueamos, dudamos, nos acobardamos. Haznos un instrumento de tu Fe.

Queremos andar confiadamente por los caminos, sabiendo que Tú estás siempre a nuestro lado.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
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abr 15 2009

Reflexión: Lc 24,13-35

Lc 24,13-35

Son nuestros gestos, nuestras actitudes, nuestras acciones, las que deben permitir conocernos, las que deben distinguirnos, más que nuestras palabras. Esto les pasó a los discípulos de Emaus. No pudieron reconocer a Jesús que caminaba con ellos, ni si quiera cuando venía explicándoles tan detalladamente las escrituras…Fue tan solo al partir el pan que finalmente lo vieron.

¿Cuál es la lección? Creo que es obvio que si queremos que nos reconozcan, que sepan quienes somos, qué somos, a quién seguimos, lo que decimos debemos acompañarlo de gestos y acciones reales. No basta hablar, aunque las palabras sean sabias y digan verdad. Lo importante es que estas palabras estén acompañadas por acciones coherentes, imitables, que lleven a la conclusión que no hay duda, que hacemos lo que predicamos. De otro modo, todo puede quedar en pura palabrería hueca, de aquella que viene el viento y se lleva.

Me parece importante que lo reconozcan, lo reconozcamos y nos reconozcan por estas dos cosas: bendecir el pan…es decir agradecer a Dios por todo lo que recibimos de palabra y de obra, porque acto seguido, lo compartió…se los dio. Eso es lo que espera el Señor de nosotros: que sepamos agradecer y compartir. Compartir siempre…por más poco que nos parezca tener. Nadie tiene tan poco que no tenga algo que compartir…y el que comparte, recibe de Dios con creces lo que dio.

Debemos ser generosos y solidarios. Generosos, dando no de lo que nos sobra, sino de aquello que incluso nos hace falta, poniendo primero a los demás. Poniendo a nuestro prójimo antes que nosotros. Lo que voy a comer, primero lo fracciono y luego lo reparto. No primero veo cuanto hay, saco mi parte y lo que sobra lo entrego. ¡No! Sin embargo eso es lo que hacemos siempre ¿o no?

Oremos:

Señor dame un corazón generoso como el de Jesús, que no piense primero en mi satisfacción, en saciarme para después repartir lo que me sobra…Que por el contrario, este siempre dispuesto a compartir lo que tengo, aun antes de hacer ningún cálculo. Si lo tengo, es de cuantos están conmigo y si no hay nadie, voy y los busco, los acompaño, estoy con ellos, los escucho…y sobre todo, comparto.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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sep 01 2008

Reflexión: Lc 4,16-30

Evangelio: Lc 4,16-30

De veras me preocupa ser uno más de aquellos que viéndolo y oyéndolo no lo pueda reconocer. Ninguno puede entender aquello de “Hoy se cumple esta escritura”. Él es el Salvador, el Mesías anunciado por los profetas y está entre nosotros. Pero no lo aceptamos, queremos pruebas, muestras de su poder, como las que dio en otro tiempo y lugar. Nos falta Fe. No nos sentimos de los suyos, de los que Él quiere. Nosotros también necesitamos pruebas.
Veamos, tratemos de entender. Jesús está en su pueblo, con su gente, en su templo y todos esperan ansiosos por lo que dirá y hará. Habiendo oído todo lo que había hecho en los pueblos alrededor, se preguntaban cómo sería acá. Pero Jesús, en lugar de hacer aquello que todos esperaban dice que la profecía leída se ha cumplido y que el Espíritu del Señor está con Él y da a conocer la Misión para la que ha sido enviado. Es claro que no los va a complacer. Porque los quiere, porque los conoce, comparte con ellos lo más íntimo, lo más grande. Su Misión va más allá del gesto efectista que todos pedimos. No ha venido a hacer un show y mucho menos lo hará con aquellos que conoce desde niño, entre los que seguramente había muchos y muy queridos amigos.
No se trata de ir mostrando y demostrando su poder, porque no está en esta demostración nuestra salvación. Si así fuera, ya hubiera transformado el mundo con un solo chasquido de sus dedos. Pero no se trata de eso. No es magia lo que ha venido a hacer. No se trata de un truco, porque entonces nada tendría sentido, seríamos títeres, muñecos. ¡Pero no! Él sabe, porque Él mismo nos lo revela, que somos hijos del Padre y con la dignidad que nos da esta extraordinaria filiación, somos libres de elegir aquello que Cristo nos propone, es decir, nuestra salvación o nuestra perdición. Somos libres para construir o para destruir. Somos LIBRES. Podemos elegir amar y entonces construir; o cerrarnos en nuestro egoísmo y destruirnos, buscando egoístamente nuestra propia salvación.
Vale la pena transcribir las palabras que usa el Señor:
“El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista; para dar libertad a los oprimidos, para anunciar el año de Gracia del Señor”
¿Y qué respuesta le damos? Será la misma que le deparó la gente de su pueblo, que casi lo echa por el barranco.
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Señor, danos lucidez para entender tu mensaje y fe para aplicarlo en nuestras vidas.
Roguemos al Señor…
Te lo pedimos Señor
(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)
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