may 31 2010

Luca 1, 39-56

Texto del evangelio (Lc 1, 39-56)

En aquellos días, se levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y sucedió que, en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, e Isabel quedó llena del Espíritu Santo; y exclamando con gran voz, dijo: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; y ¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí? Porque, apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno. ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!».

Y dijo María: «Engrandece mi alma al Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava, por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso, Santo es su nombre y su misericordia alcanza de generación en generación a los que le temen. Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los que son soberbios en su propio corazón. Derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes y despidió a los ricos sin nada. Acogió a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia -como había anunciado a nuestros padres- en favor de Abraham y de su linaje por los siglos». María permaneció con ella unos tres meses, y se volvió a su casa.

Reflexión: Lc 1, 39-56

Estamos frente a un hecho sagrado, que a veces no le damos la importancia que tiene, o pasamos desapercibido, como si no fuera desde ya un portento más obrado por Dios Padre, con el fin de llevarnos hacia Él. Pudiendo serlo, nada es casual en la Historia de la Salvación, sino que todo obedece a un Plan que se va desplegando ante nuestros ojos y que muestra el profundo amor de Dios Padre a nosotros.

Cada quien juega un papel en esta historia. Nosotros, cada uno, tenemos nuestro propio rol, nuestra propia misión, nuestra propia encomienda. Cada quien tiene su encargo y debe preservarlo y cultivarlo con mucho empeño, con mucho cuidado, como lo más importante.

Lamentablemente estamos viviendo en un mundo en el que los valores se encuentran trastocados, de cabeza. Se da prioridad a los bienes materiales, a las comodidades, a los certificados, a los nombramientos, a los homenajes, a las distinciones y sobre todo y antes que nada a la situación económica. Los jóvenes no se casan y si se llegan a casar, no quieren tener hijos hasta no tener todas sus demandas materiales cubiertas. Los que no lo hacen por hedonismo, por comodidad, lo hacen a nombre de una supuesta responsabilidad demasiado calculadora, por la cual asumen que no deben traer niños al mundo hasta no poder darles el mínimo de bienes materiales y comodidades que ellos han establecido como necesarios e indispensables para sus hijos…

Claro que esta última actitud descrita puede ser fácilmente tildada de amorosa y responsable y nadie podría dudar de la bondad, de la buena intención que la promueve. ¿Pero quién, sino solo Dios, tiene el poder y la potestad para resolver y asegurar de modo absoluto y perenne todas nuestras necesidades? ¿Quién puede agregar un segundo más a su vida, por más que se lo proponga?

Si eres mayor de edad, relativamente maduro, es decir mayor de 21, 22 o 23 años…probablemente ya con estudios superiores culminados, y haz vivido un noviazgo de algunos años…2, 3, 4 años…¿Por qué no puedes unirte en Santo Matrimonio? ¿Es decir, casarte por la Iglesia y formar una familia? ¿No es por que queremos preservar el estatus social y económico heredado y aun acrecentarlo? No pretendemos decir que ello no sea loable, pero no puede ser el más importante móvil, el determinante, en nuestras vidas. El amor debía estar primero. El amor completo, entero y bien entendido. El amor que es vida y vida en abundancia y no la negación a la vida, por una “excesiva” responsabilidad, que termina por anular la Voluntad de Dios en nuestras vidas y la Fe.

Difícil reflexión, seguramente.  Más aun, cuando actuamos como todos, presos de nuestra “cultura”, del modo de proceder estándar, de aquél que todos los jóvenes Europeos y Norte Americanos parecen haber hecho norma, como el único medio de asegurar los medios mínimos de subsistencia, en primer lugar, para cada individuo, luego para cada pareja y por último, para uno o máximo dos hijos.

Pero al aferrarnos a esta norma, a esta exigencia, hemos dejado de lado otras formas de vida, seguramente más exigentes, pero distintas y con seguridad, más humanas. Hemos dejado el campo, el oficio humilde, la artesanía, para hacernos todos exitosos profesionales citadinos, comerciantes, empresarios…Y es que todos queremos tener más, acumular más, más comodidades, más tecnología, más títulos, más honores…más cosas, más propiedades, más dinero, más, más…Y hemos olvidado lo único importante: la Vida, el Amor.

Ojala que la actitud de María frente a su embarazo y el de su prima, nos inspiren a reflexionar entorno a lo que es de veras importante en la vida. A meditar en torno a nuestra escala de valores. No aquella que recitamos, sino la que transmitimos a través de nuestros actos, de nuestras decisiones, de nuestra vida misma.

Oremos:

Señor, acrecienta nuestra Fe, para que vivamos como verdaderos Hijos Tuyos, amándonos los unos a los otros, ayudándonos, sirviéndonos, preocupándonos de los demás, ayudando a los más humildes, pero por sobre todo, poniendo al amor antes que nada, confiados plenamente en Tí. Danos perseverancia y valor, para ser consecuentes. Que no seamos un factor de discordia más, sino que por el contrario, procuremos siempre la paz y la unidad. Que no nos hagamos esclavos de la comodidad y del hedonismo, sino que aprendamos a valorar cada segundo de nuestra preciosa vida, más aun del poder compartirla con cada miembro de nuestra familia, esa que nos has dado y que has dispuesto que tengamos, de la cual muchas veces nos privamos por acumular más bienes materiales, más comodidades, más “bienestar”…  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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may 12 2010

Juan 16, 12-15

Texto del evangelio (Jn 16, 12-15)

En aquel tiempo, Jesús habló así a sus discípulos: «Mucho tengo todavía que deciros, pero ahora no podéis con ello. Cuando venga Él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa; pues no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga, y os anunciará lo que ha de venir. Él me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso he dicho: Recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros».

Reflexión: Jn 16, 12-15

Un anuncio muy claro de la venida del Espíritu Santo.  En realidad este es un anuncio constante en las últimas lecturas. Me parece importante recordar que es de este modo que el mismo Jesús da a conocer a las tres personas que conforman el Dios en el que creemos: el Padre, cuya Voluntad es que nos salvemos, que ni uno de sus hijos se pierda; el Hijo, Jesús, que ha venido a hacer la Voluntad del Padre, restaurando de este modo el Puente, el Camino al Padre y el Espíritu Santo, que constituye la fortaleza inquebrantable, el apoyo, la presencia de Dios mismo en este mundo, en la Creación, en nuestra vida cotidiana, y en nuestro interior. Presencia, esta última, incuestionable, evidente, que hace posible alcanzar la Gracia de Dios, que de otro modo nos sería imposible.
Hay pues una fuerza poderosa, a cuya custodia nos ha encomendado Jesús, en la cual debemos confiar y a la cual hemos de acudir: esta es el Espíritu Santo, que no es ni más ni menos que el Espíritu de Dios mismo, uno y trino. Él debe iluminar cada uno de nuestros pasos. Él nos guiará hacia la luz. El abrirá nuestras entendederas, nuestra inteligencia y hará posible lo que de otro modo sería imposible. Es a Él a quien debemos abandonarnos, seguros que ha de llevarnos al Padre, y con Él, a la Vida Eterna.
¿Cómo no hemos de acudir constantemente a los Sacramentos, si son estos precisamente los que por intercesión Divina y por el Espíritu Santo nos permiten alcanzar una unión más íntima y vital con Dios? En ellos, misteriosamente nos reencontramos de un modo muy especial con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Oremos:

Ven Espíritu Santo
Llena los corazones de tus fieles
Y enciende en ellos el Fuego de Tu Amor.
Envía Tu Espíritu y todo será creado
Y renovarás la faz de la tierra.
Oh Dios, que has iluminado a tus hijos con la luz del Espíritu Santo
Haznos dóciles a tu Espíritu para obrar rectamente
Y gozar siempre de su consuelo,
Por Cristo Nuestro Señor. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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abr 24 2010

Juan 6, 60-69

Texto del evangelio (Jn 6, 60-69)

En aquel tiempo, muchos de sus discípulos, al oírle, dijeron: «Es duro este lenguaje. ¿Quién puede escucharlo?». Pero sabiendo Jesús en su interior que sus discípulos murmuraban por esto, les dijo: «¿Esto os escandaliza? ¿Y cuando veáis al Hijo del hombre subir adonde estaba antes?. El espíritu es el que da vida; la carne no sirve para nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida. Pero hay entre vosotros algunos que no creen». Porque Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que no creían y quién era el que lo iba a entregar. Y decía: «Por esto os he dicho que nadie puede venir a mí si no se lo concede el Padre».

Desde entonces muchos de sus discípulos se volvieron atrás y ya no andaban con Él. Jesús dijo entonces a los Doce: «¿También vosotros queréis marcharos?». Le respondió Simón Pedro: «Señor, ¿a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios».

Reflexión: Jn 6, 60-69

Espíritu y Vida, dos conceptos, dos Verdades reveladas por el Señor. Es el Espíritu el que da la Vida. Todo lo demás no tiene importancia. Es más, el Señor nos dice que “no sirve para nada”. Ciertamente son duras sus palabras y por eso muchos, entonces como ahora, lo dejan.

Lo más importante, lo verdaderamente importante es la Vida que podemos alcanzar por el Espíritu. Es en ello que tenemos que empeñarnos. Es esta la que debemos proponernos alcanzar, aquí y ahora, porque lo demás “no sirve para nada”. ¿Pero, cómo alcanzamos esa Vida por el Espíritu?

En verdad no está en nuestras manos. Es Gracia que Dios concede a quien de veras y muy sinceramente se lo pide. Es requisito indispensable creer. Y el creer se demuestra con la vida misma. Si crees o no, se evidencia en tu forma de vida. No es cuestión de confesar solamente que crees…Ese tal vez puede ser un inicio. Pero si realmente crees, tu vida estará ordenada en forma tal, que no habrá duda que el Espíritu sopla en ti y te sostiene. Ese ha de ser el testimonio cristiano que debemos dar a cada instante, en cada lugar y en toda circunstancia.

No se trata  de un accionar calculado, en el que primero pongo a buen recaudo todos aquellos bienes que he acumulado, sin los cuales siento que es imposible vivir, para recién entonces ver si puedo involucrarme en un tema que afecta los derechos de mis hermanos, en un motivo de justicia o caridad. Se trata de desprenderse, de nos esclavizarse a todo aquello que, como dice el Señor, “no sirve para nada” e involucrarse inmediatamente, procurando el bien  de nuestros hermanos, sin importar raza o condición social, y ni si quiera, si serás reconocido o agradecido por ello. Se trata de dar, sin esperar recibir; de amar sin medida ni condiciones.

Todo esto se dice muy fácil…pero, ¿quién lo practica? Sin embargo esta es la exigencia del Señor. Él no se anda con medias tintas, con rodeos. Por eso muchos nos alejamos. No tenemos el coraje de seguirlo. Estamos aferrados a minucias, a tonterías en realidad, de las que nos hemos hecho esclavos. Preferimos rendirles culto a todas estas tonterías que en realidad “no sirven para nada”, antes que seguir al Señor. Nos sentimos desamparados sin todos estos adefesios: títulos, reconocimientos, propiedades, cuentas, tarjetas, prestigio, riquezas…

Ponemos las manos en el arado, pero no miramos adelante, sino atrás, y así “no servimos para el reino”. El seguimiento de Jesús exige en primer lugar creer; y quien cree, renuncia a todo menos al Espíritu, que guía sus pasos y lo conduce finalmente a lo más valioso, a la Vida Eterna, frente a la cual todo lo demás es realmente despreciable, no vale nada.

¿Crees realmente? No digas palabra. Revisa tu vida. Ella ha de ser la evidencia. Si tu mismo no puedes encontrar  que ella es un testimonio de amor de Dios, de la Verdad revelada, pide fervientemente a Dios Padre que te conceda esta Gracia.

 Oremos:

Padre Santo, danos la Gracia de vivir según el Espíritu y en el Espíritu. Haznos instrumentos de fe. Que vivas Tú en mí y que cada paso, cada acción cada obra, cada palabra que salga de mi boca sea antes que nada para alabarte y agradecerte. Purifícame Padre Bueno, para que merezca alcanzar la Vida Eterna, dando gloria a Ti en cada segundo de mi vida. Transfórmame. Levántame y mándame ir a Ti.  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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abr 15 2010

Juan 3,31-36

Texto del evangelio (Jn 3, 31-36)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «El que viene de arriba está por encima de todos: el que es de la tierra, es de la tierra y habla de la tierra. El que viene del cielo, da testimonio de lo que ha visto y oído, y su testimonio nadie lo acepta. El que acepta su testimonio certifica que Dios es veraz. Porque aquel a quien Dios ha enviado habla las palabras de Dios, porque da el Espíritu sin medida. El Padre ama al Hijo y ha puesto todo en su mano. El que cree en el Hijo tiene vida eterna; el que rehusa creer en el Hijo, no verá la vida, sino que la cólera de Dios permanece sobre él».

Reflexión: Jn 3, 31-36

Hoy, el Evangelio nos invita a dejar de ser “terrenales”, a dejar de ser hombres que sólo hablan de cosas mundanas, para hablar y movernos como «el que viene de arriba» (Jn 3,31), que es Jesús. En este texto vemos —una vez más— que en la radicalidad evangélica no hay término medio. Es necesario que en todo momento y circunstancia nos esforcemos por tener el pensamiento de Dios, ambicionemos tener los mismos sentimientos de Cristo y aspiremos a mirar a los hombres y las circunstancias con la misma mirada del Verbo hecho hombre. Si actuamos como “el que viene de arriba” descubriremos el montón de cosas positivas que pasan continuamente a nuestro alrededor, porque el amor de Dios es acción continua a favor del hombre. Si venimos de lo alto amaremos a todo el mundo sin excepción, siendo nuestra vida una tarjeta de invitación para hacer lo mismo.

«El que viene de arriba está por encima de todos» (Jn 3,31), por esto puede servir a cada hombre y a cada mujer justo en aquello que necesita; además «da testimonio de lo que ha visto y oído» (Jn 3,32). Y su servicio tiene el sello de la gratuidad. Esta actitud de servir sin esperar nada a cambio, sin necesitar la respuesta del otro, crea un ambiente profundamente humano y de respeto al libre albedrío de la persona; esta actitud se contagia y los otros se sienten libremente movidos a responder y actuar de la misma manera.

Servicio y testimonio siempre van juntos, el uno y el otro se identifican. Nuestro mundo tiene necesidad de aquello que es auténtico: ¿qué más auténtico que las palabras de Dios?, ¿qué más auténtico que quien «da el Espíritu sin medida» (Jn 3,34)? Es por esto que «el que acepta su testimonio certifica que Dios es veraz» (Jn 3,33).

“Creer en el Hijo” quiere decir tener vida eterna, significa que el día del Juicio no pesa encima del creyente porque ya ha sido juzgado y con un juicio favorable; en cambio, «el que rehusa creer en el Hijo, no verá la vida, sino que la cólera de Dios permanece sobre él» (Jn 3,36)…, mientras no crea.

Comentario: Rev. D. Melcior QUEROL i Solà (Ribes de Freser, Girona, España)

Oremos:

Padre Santo, viene ahora a mi mente aquella oración que repetimos tanto antes de la Eucaristía…”No soy digno de Ti, pero una palabra Tuya bastará para sanarme”.  Quiero ir a Ti, no quiero alejarme jamás. Dame voluntad, valentía, humildad, sabiduría, templanza, modestia, alegría…para ser verdadero testimonio de Tu Amor. Haz de mi vida un camino hacia Ti. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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abr 13 2010

Juan 3,7-15

Texto del evangelio (Jn 3, 7-15)

 
En aquel tiempo, Jesús dijo a Nicodemo: «No te asombres de que te haya dicho: ‘Tenéis que nacer de lo alto’. El viento sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que nace del Espíritu». Respondió Nicodemo: «¿Cómo puede ser eso?». Jesús le respondió: «Tú eres maestro en Israel y ¿no sabes estas cosas? En verdad, en verdad te digo: nosotros hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto, pero vosotros no aceptáis nuestro testimonio. Si al deciros cosas de la tierra, no creéis, ¿cómo vais a creer si os digo cosas del cielo? Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre. Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga por él vida eterna».

Reflexión: Jn 3, 7-15

“Nacer de lo alto”, implica una transformación total de nuestras vidas; cambiar el orden que heredamos, que nos transmiten. Implica romper las ataduras, los lazos que nos unen a la tierra, haciéndonos esclavos de nuestra naturaleza y de nuestras limitaciones. El que nace de la tierra, aspira a los bienes terrenales; aspira a alcanzar lo que es tenido por lo mejor y digno de alcanzar en la tierra: fama, dinero, poder, honor…

En cambio, el que “nace de lo alto”, es como el viento, que no sabe de dónde viene ni a donde va. Está en manos del Espíritu Santo, confía en Él y se deja llevar, sabiendo que así cumple la Voluntad del Padre. No es pues fácil. Se trata de realizar una profunda transformación en nosotros, que sólo puede ser alcanzada por el agua y el Espíritu. Es decir que debemos convertirnos, purificarnos. Cambiar nuestras categorías mentales y espirituales por las de Cristo.  Tenemos que tener Fe en Él, esforzarnos por comprenderlo y por seguirlo, siendo como Él.

Tenemos que tener nuestros ojos puestos en Cristo, Él es el Modelo, Él la Meta, la Revelación, el Camino, la Luz. Todo lo que hizo estaba escrito y fue profetizado antas que sucediera en las Escrituras y no fue otra cosa que la Voluntad del Padre. Hemos tenido todas las señales que podíamos pedir y más. Nos toca dar una respuesta de Fe. Ello exige una disposición especial, una perspectiva distinta. No podemos pretender ver, comprender ni juzgar estas cosas, sin adoptar esta Nueva Visión que nos propone Cristo: tiene que “Nacer de lo Alto”. Y si allí están sus raíces, evidentemente los frutos serán distintos, serán otros: aquellos que el Espíritu propone, promueve e inspira.

Estamos, pues frente a dos vías distintas. Hemos de elegir. No hay términos medios. No existe una tercera vía “moderada”, contemporizadora. El que no está conmigo, está contra mí. El que no recoge conmigo, desparrama. Eso es todo. Así de claro. Hemos de optar, sabiendo que nuestro Padre Celestial nos espera con los brazos abiertos, en la senda que Cristo nos ha señalado con su vida, muerte y resurrección. Somos libres; tenemos la palabra. No podemos quejarnos. Si algo podríamos reprocharle (si cabe el término) a Dios Padre es sólo su impaciencia por reunirse con nosotros, por vernos caminar por el Camino del Bien, por vernos florecer y fructificar, por vernos haciendo la ruta correcta, la que más nos conviene. ¿Puede ello reprochársele a un padre? ¿Por qué entonces no hemos de aceptar las exigencias amorosamente comunicadas por nuestro Padre Eterno a través de Jesucristo?

Dejémonos llevar por donde sopla el viento del Espíritu, que sin duda nos guiará a la Luz y la Verdad. Como Jesús, pongamos nuestro mayor empeño en oír la Voluntad del Padre y en seguirla.

Oremos:

Padre Santo, transfórmanos, para ver el mundo como Tú lo ves, desde la perspectiva del Espíritu, desde “lo alto”. Haz que vivamos según el Espíritu, en Gracia y en Verdad. ¡Que nos dejemos transformar! Danos humildad para oírte y ponernos a Tus órdenes en cada ocasión. No permitas que nos apartemos de Ti. Danos la Paz.  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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abr 12 2010

Juan 3,1-8

Texto del evangelio (Jn 3, 1-8)

Había entre los fariseos un hombre llamado Nicodemo, magistrado judío. Fue éste donde Jesús de noche y le dijo: «Rabbí, sabemos que has venido de Dios como maestro, porque nadie puede realizar las señales que tú realizas si Dios no está con él». Jesús le respondió: «En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de lo alto no puede ver el Reino de Dios». Dícele Nicodemo: «¿Cómo puede uno nacer siendo ya viejo? ¿Puede acaso entrar otra vez en el seno de su madre y nacer?». Respondió Jesús: «En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo nacido de la carne, es carne; lo nacido del Espíritu, es espíritu. No te asombres de que te haya dicho: ‘Tenéis que nacer de lo alto’. El viento sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que nace del Espíritu».

Reflexión: Jn 3, 1-8

El seguimiento del Señor exige una transformación. Esto es lo que llamamos conversión. El cambio es tan radical, que como dice Jesús, “hay que nacer de de lo alto”. Tiene que darse en nosotros una transformación total a partir de un nuevo nacimiento de agua y Espíritu. Tenemos que dar paso al “Hombre Nuevo”. Exactamente como la mariposa deja atrás la crisálida, pasando de gusano a mariposa…

Este cambio no se puede dar sin la intervención del Espíritu de Dios, sin su Gracia. Para ello nosotros debemos disponer nuestro espíritu, orar, purificar nuestros pensamientos, nuestras palabras, nuestras actitudes…Obrar el bien…Pedir perdón por nuestros pecados; abandonar las sombras, la oscuridad y caminar hacia la luz. Dejar las tentaciones y el egoísmo, que pretenden esclavizarnos al hombre viejo y amar a Dios por sobre todas las cosas y nuestro prójimo como a nosotros mismos. Se dice muy fácilmente, pero es imposible de lograr, si no nacemos de lo alto: En agua y en Espíritu. Esta es la Gracia que debemos pedir incesantemente y que el Señor nos regala a través de los Sacramentos, empezando por el Bautismo, y siguiendo por la Confesión (el perdón de los pecados), la Confirmación, la Eucaristía, el Matrimonio, el Orden Sacerdotal y la Unción de los Enfermos…

Cada momento importante de nuestras vidas es santificado por la intervención especial del Espíritu de Dios a través de los Sacramentos. Estos, así, son Gracia abundante derramada sobre el que realmente quiere purificarse con el “agua sagrada” y nacer del Espíritu.  Pero no está en nuestras manos obtenerlo…Es Gracia de Dios que Él concede a quien le ama. Por eso debemos hacer todo lo que depende de nosotros por llevar una vida santa y pedir constantemente su intervención, recordando que si estamos con Él, nada ni nadie podrá vencernos.

“…el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo nacido de la carne, es carne; lo nacido del Espíritu, es espíritu.” Eh ahí la transformación que debemos alcanzar. Dejar de ser esclavos de la tierra, de nuestra naturaleza, para levantarnos con la dignidad de Hijos de Dios y mirar con otra perspectiva el Mundo. ¿Cómo lograr esta transformación? Es un proceso que llamamos de “Conversión”. No está únicamente en nuestra manos lograrlo, sino que es Gracia de Dios que debemos pedir incesantemente. Él nos invita a pedirlo insistentemente: “llamad y se os abrirá; pedid y se os dará en una medida rebosante”, llena, plena…Para ello, debemos vivir en Gracia y orar insistentemente al Padre.

La Gracia solo recae sobre quien vive rectamente, sobre quien ama.

Oremos:

Señor Jesús, hazme digno de alcanzar el perdón y la Gracia de Dios. Quiero vivir con la dignidad de un hijo de Dios. Dejar de arrastrarme y volar hacia la luz, para alcanzar el Reino y   la Vida Eterna. Ayúdame a sacudir y dejar estas cadenas que me atan: el egoísmo, la soledad, la indiferencia, la mezquindad, la comodidad, la falta de solidaridad…Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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abr 11 2010

Juan 20,19-31

Texto del evangelio (Jn 20, 19-31)

 
Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros». Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: «La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío». Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré».

Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo: «La paz con vosotros». Luego dice a Tomás: «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente». Tomás le contestó: «Señor mío y Dios mío». Dícele Jesús: «Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído».

Jesús realizó en presencia de los discípulos otras muchas señales que no están escritas en este libro. Éstas han sido escritas para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre.

Reflexión: Jn 20, 19-31

El encuentro con el Señor es íntimo, personal. El viene y se presenta ante nosotros en ese momento de intimidad, en el que cerrando las puertas  nos encontramos con nosotros mismos. Es aquella actitud penitente, reflexiva, humilde asumida por esta primera comunidad cristiana, la  de los discípulos de Jesús, que es iluminada, fortalecida por la presencia de Jesús. Es sobre esta comunidad y en esa actitud que el Señor sopla el Espíritu Santo.

Es pues este el ejemplo de recogimiento y de oración comunitaria que debemos seguir, sabiéndonos humildes e indefensos sin Él, pero al mismo tiempo invencibles en la construcción del Reino, de cuyo triunfo nos ha dado garantía absoluta.

Es verdad, es cuestión de fe y no hay peor sordo o peor ciego que el que no quiere oír o ver. Nada le convencerá al escéptico, que como Tomás, necesita tocar las heridas para convencerse. Es posible que aún a aquél incrédulo el Señor, en su divina providencia tenga a bien presentarle señales tan claras, tan obvias e irrefutables como las mostradas a Tomas.

Sin embargo, no debemos esperar ello para creer. No debemos ser tan necios. Tenemos sobradas señales tan claras como que dos más dos es cuatro,  para creer. Las evidencias están escritas y narradas en La Biblia, tal como Jesús les hizo comprender a los discípulos camino a Emaus. Toda esta Historia Sagrada, de cientos de años, tiene una lógica. Es una historia de amor. Del Amor inconmensurable de nuestro Padre Creador, que espera impaciente reunirse con nosotros; que nos quiere a todos de vuelta; que no quiere que se pierda ni uno solo…Que nos amó al extremo de no reparar en sacrificio alguno por tenernos a su lado. Un Padre que envió a su único Hijo, con una Misión: hacer Su Voluntad. Esta es, “salvarnos de la muerte y del pecado” a toda costa, incluso de su preciosa sangre.

Esto fue lo que hizo Jesús. Murió por nosotros en la Cruz y Resucitando nos reconcilió con el Padre, abriéndonos el Camino de la Vida Eterna. Sí, es verdad, estamos en camino…Hay todavía unas cuantas pendientes, algunos valles y uno que otro desierto que remontar, pero Jesús va adelante, señalándonos el camino, iluminándolo cuando es necesario, ayudándonos, jalándonos, animándonos. El Padre ya se ha incorporado y está saliendo apresurado a la verja, con los brazos abiertos…ya nos ha divisado. ¿Vamos a dejarlo por falta de fe? ¿Vamos a desairarlo y tomar otro camino, después de todo lo que ha hecho Jesús por orientarnos y encaminarnos?

¡Qué más evidencia queremos! ¿Qué otra prueba? ¡No se darán más pruebas que las de Jonás! ¡No pongamos excusas! ¡No nos dejemos engañar por el demonio! ¡Si ponemos las manos en el arado y miramos hacia atrás, no servimos para el Reino!

Hagamos pues una reflexión íntima y sincera…¿A qué tememos? ¿Qué es lo que nos impide ver a Jesús? ¿Qué estamos haciendo para que entre en nuestras vidas; para verlo presente ante nosotros? ¿No ha venido hoy a ti o es tal vez que no has querido verle? Medita con mucho recogimiento estas palabras. Ábrete; sincérate, el Señor está contigo diciéndote lo que debes hacer.

Oremos:

Padre Santo, no dejes que el ruido de la calle, el ruido de mis compromisos, de mis deseos, de mis angustias, de mis temores y anhelos, me impidan ver a Jesús, que irrumpe en mi vida para mostrarme el Camino. Acrecienta mi fe… Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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mar 25 2010

Luca 1, 26-38

Texto del evangelio (Lc 1, 26-38)

Al sexto mes fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. Y entrando, le dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». Ella se conturbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo. El ángel le dijo: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin».

María respondió al ángel: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?». El ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios. Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y este es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril, porque ninguna cosa es imposible para Dios». Dijo María: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». Y el ángel dejándola se fue.

Reflexión: Lc 1, 26-38

Nada es imposible para Dios. Eso es algo que debemos retener en nuestra memoria. El tiene sus Planes, y estos se realizarán de todas maneras, aun cuando a nosotros nos parezca que en tales circunstancias y con tal gente podría ser imposible. Este hecho debía llenarnos de fe y de valor, sabiendo que si estamos obrando conforme Él lo ha dispuesto, no habrá nada que pueda interponerse con suficiente contundencia en nuestro camino, como para obligarnos a retroceder o cambiar de rumbo. Si estamos con Dios, nada nos podrá detener. Como decimos en el MCC (Movimiento de Cursillos de Cristiandad), Cristo y yo, somos mayoría.
 
Debemos pues reflexionar cada día y orar pidiendo a Dios que nos ilumine y nos permita elegir y caminar por la senda correcta, teniendo la plena seguridad que entonces no habrá nada ni nadie que interponiéndose en nuestro camino, evite que cumplamos nuestra Misión.

Lo que muchas veces flaquea es nuestra fe. Es que no llegamos a creernos del todo lo que el Señor nos propone. Dudamos, y ante la presión, ante la exigencia, titubeamos. Es en estas circunstancias en las que debemos aprender la lección de María, que acepta la propuesta y como sabemos, le exigirá una serie de decisiones y acciones en el futuro, destinadas a mantenerse en la Misión y el papel que concientemente asume. No escatimará esfuerzo para ello.

Pero nada de esto es posible sin La Gracia. Eso es lo que debemos procurar. Mantener una relación muy profunda con Dios, a través de la oración, rogando y pidiendo cada día su Gracia, la que vendrá en abundancia sobre nosotros si llevamos una vida recta, si nos empeñamos por hacer su voluntad, en amar a los demás, haciéndoles sentir lo mucho que les ama nuestro Padre, si llevamos una vida de oración y frecuentamos los Sacramentos…

Vivamos en la virtud y pidamos al Señor que derrame su abundante Gracia sobre nosotros; así conoceremos Su Voluntad para nuestra vida y no habrá nada que se interponga e impida su realización, porque para Dios, nada es imposible. “Hará cantar a las piedras, si fuera necesario”.

 

Oremos:

Padre Santo, derrama sobre nosotros Tu abundante Gracia, para que sepamos hacer tu Voluntad en nuestro día a día, en cada instante de nuestras vidas; siendo una luz de esperanza para quienes se sienten afligidos, solos, abandonados; para quienes se sienten excluidos, olvidados. Danos esa mirada tuya, para saber leer y comprender el corazón de nuestros hermanos. Sobre todo, danos valor y firmeza para seguirte, aun en la dificultad, sabiendo que finalmente el triunfo será tuyo, será nuestro, si nos mantenemos en Ti. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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mar 19 2010

Mateo 1,16.18-21.24a

Texto del evangelio (Mt 1,16.18-21.24a)

Jacob engendró a José, el esposo de María, de la que nació Jesús, llamado Cristo. La generación de Jesucristo fue de esta manera: Su madre, María, estaba desposada con José y, antes de empezar a estar juntos ellos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo. Su marido José, como era justo y no quería ponerla en evidencia, resolvió repudiarla en secreto.

Así lo tenía planeado, cuando el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: «José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados». Despertado José del sueño, hizo como el Ángel del Señor le había mandado.

Reflexión: Mt 1,16.18-21.24a

Estamos frente a uno de los capítulos más importantes en la historia de la Salvación. María engendra un hijo por obra y gracia del Espíritu Santo. La tercera persona de la Trinidad interviene en la historia, pero para ello necesita de nuestra colaboración. Primero de la Virgen María, pura e inmaculada, quien había sido preparada desde siempre para este acontecimiento y que a su corta edad, ya había meditado profundamente en estos misterios, dándoles cabida con su propia vida y con aquél “Sí” que la eleva a los altares, como Santa, Madre de toda la humanidad, pues es a través de ella que llega la salvación a todos.

Pero, después de ella, tan digna de aprecio y respeto es la actitud de José, de quien el evangelio dice que “era justo”. En esta sola palabra y en la actitud que asumió frente a estos acontecimientos, podemos tener la medida exacta de la valentía, de la generosidad, de la integridad de José. En primer lugar, no actuó como todos con “derecho” hubieran actuado. No hizo lo que cualquiera hubiera hecho en su lugar, sino que con mucha fortaleza de espíritu y demostrando el gran amor que sentía por María, su profundo respeto y aprecio,  que no estaba dispuesto a poner en boca de todos, para que se ensañen con ella y la juzguen, decidió repudiarla en secreto. Una gran muestra de lealtad, de humildad, de amor. Prefirió callar, y tragarse en silencio aquel dolor, antes que herir o mellar de alguno a María. ¡Cómo debió amarla!

No debió ser fácil para José aceptar este hecho, sin embargo puso todo de sí para adoptar la actitud que menos pudiera afectar a María. Fue prudente. Y el tiempo le dio la razón, porque el Ángel del Señor finalmente le reveló el misterio aquél y estuvo dispuesto a comprender que se trataba de una intervención divina, quizás una de las más importantes en la historia de la salvación, para la cual habían sido escogidos, teniendo cada quien que jugar un rol especial. José, no sería un obstáculo, ni se amilanaría ante el papel que le tocó.

Hay sucesos, como estos, en la vida de todos, que a veces nos cuesta entender. Pero debemos aprender a ser prudentes, a tener paciencia y esperar, porque la Voluntad de Dios Padre es que nos salvemos, que seamos felices, aun cuando a veces nos cueste entenderlo. Él tiene un Plan para cada uno de nosotros. Todos tenemos un papel que jugar en la construcción del Reino, en la Salvación de la Humanidad…Descubrirlo y aplicarnos a vivir en consecuencia, es el reto. ¿Para qué estoy aquí? ¿Cómo desde mi posición puedo contribuir a la Salvación, a la construcción del Reino?

Oremos:

Padre Santo, ilumínanos para entender nuestra Misión en el mundo; danos el valor para seguirla y la prudencia para saber esperar. Que nos esforcemos por no herir ni mellar reputaciones, que antes bien, tomando el ejemplo de José, seamos constructores de paz, armonía y amor. Que sobreponiéndome a cualquier temor, sepa ponerme a Tús órdenes. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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feb 21 2010

Lucas 4, 1-13

Texto del evangelio (Lc 4, 1-13)

En aquel tiempo, Jesús, lleno de Espíritu Santo, se volvió del Jordán, y era conducido por el Espíritu en el desierto, durante cuarenta días, tentado por el diablo. No comió nada en aquellos días y, al cabo de ellos, sintió hambre. Entonces el diablo le dijo: «Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan». Jesús le respondió: «Esta escrito: ‘No sólo de pan vive el hombre’».

Llevándole a una altura le mostró en un instante todos los reinos de la tierra; y le dijo el diablo: «Te daré todo el poder y la gloria de estos reinos, porque a mí me ha sido entregada, y se la doy a quien quiero. Si, pues, me adoras, toda será tuya». Jesús le respondió: «Está escrito: ‘Adorarás al Señor tu Dios y sólo a Él darás culto’».

Le llevó a Jerusalén, y le puso sobre el alero del Templo, y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo; porque está escrito: ‘A sus ángeles te encomendará para que te guarden’. Y: ‘En sus manos te llevarán para que no tropiece tu pie en piedra alguna’». Jesús le respondió: «Está dicho: ‘No tentarás al Señor tu Dios’». Acabada toda tentación, el diablo se alejó de Él hasta un tiempo oportuno.

Reflexión: Lc 4, 1-13)

El demonio, como no podía ser de otro modo, es un sin vergüenza y con toda desfachatez pretende tentar al mismísimo Jesucristo. Es una primera lección que debemos aprender…Con la tentación no se juega. No podemos pretender coquetear con el demonio, con el pecado, pensando que con nosotros no podrá. Es preferible evitar. Quien juega con fuego, corre el peligro de quemarse. El demonio siempre tratará de tentar aun al más pintado.

Hay situaciones en la vida que todos atravesamos parecidas al desierto que atraviesa Jesús. Situaciones en las que no parece salirnos nada, en las que nos sentimos totalmente solos y abandonados. En las que pareciera que nadie se anima a darnos una mano. Todos nos dan palmadas en el hombro, pero nadie realmente nos ayuda. Nadie se incomoda por ayudarte a parar la olla, como se dice. Todos a tu alrededor tienen, todos pueden…Es más, son tus amigos, y te ven como remontas los rápidos casi sin poder respirar, casi ahogándote, pero nadie te hecha la mano…Todos esperan, seguramente a que grites, que te rindas, que digas no puedo más…¡Denme una mano! Solo entonces es posible que te ayuden.

¿Por qué seremos a veces, así tan duros? No sabemos dar…Nos cuesta desprendernos, así, sin más. Si sabemos que nuestro amigo está pasando por un mal momento, por qué no tirarle una tabla. ¿Por qué no invitarlo a almorzar? ¿Por qué no llenar un día su despensa o su refrigeradora, si está a nuestro alcance? ¿Será por no humillarlo o será más bien porque en el fondo no somos capaces de desprendernos de nada? No somos capaces de un gesto noble y generoso…Nos cuesta. No queremos ver mermado en un ápice nuestro patrimonio.

Por otro lado, somos tan indiferentes, tan egoístas, que estamos enfrascados y absortos con lo nuestro, con lograr más utilidades, con maximizar nuestras ganancias y minimizar nuestros gastos, a tal punto, que ni si quiera nos damos cuenta, ni vemos a nuestros amigos o nuestros familiares más cercanos, muchos de los cuales están pasando dificultades. Lo peor de todo es que lo sabemos, porque estas situaciones son más o menos públicas dentro de la familia o del círculo íntimo de amigos, sin embargo, pasamos de largo…¿Qué queremos? ¿Qué nos extiendan la mano? ¿Qué nos toque la puerta? ¿Por qué somos tan duros?

Es en estos momentos, precisamente, cuando el demonio, frotándose las manos, relamiéndose, empieza a rondarnos, metiéndonos ideas absurdas en la cabeza. Carroñero, como él solo, es precisamente cuando más débiles nos encontramos que empieza a tentarnos con aquello que más precisamos. Debemos tener en cuenta el ejemplo de Jesús y no claudicar por nada del mundo. No hay nada que pueda justificar un trato con el demonio: ni el hambre, ni el frío, ni la pompa, ni el poder y ni si quiera el abandonarnos a la buena de Dios. Tenemos que sobreponernos y seguir luchando. Haciendo el bien por donde vamos, sin empeñar nuestros principio ni nuestra libertad por un plato de lentejas. Tenemos que mantenernos firmes, que ya el Señor sabrá prodigarnos en abundancia aquello que necesitamos, que definitivamente no es aquello que el demonio nos propone. ‘No sólo de pan vive el hombre’

Oremos:

Padre Santo, no nos dejes caer en tentación. Si habremos de pasar por escabrosos senderos, que sea siempre asidos a tu mano amorosa. No permitas que claudiquemos y nos abandonemos al enemigo. Que no prestemos oídos a sus falsas promesas. Que sepamos mantener nuestra integridad y dignidad. Y que estemos siempre dispuestos a compartir con quienes menos tienen. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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feb 02 2010

Lucas 2, 22-40

Texto del evangelio (Lc 2, 22-40)

Cuando se cumplieron los días de la purificación de ellos, según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarle al Señor, como está escrito en la Ley del Señor: «Todo varón primogénito será consagrado al Señor» y para ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o dos pichones, conforme a lo que se dice en la Ley del Señor.

Y he aquí que había en Jerusalén un hombre llamado Simeón; este hombre era justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y estaba en él el Espíritu Santo. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor. Movido por el Espíritu, vino al Templo; y cuando los padres introdujeron al niño Jesús, para cumplir lo que la Ley prescribía sobre Él, le tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz; porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel». Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de Él.

Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: «Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción —¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!— a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones».

Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, de edad avanzada; después de casarse había vivido siete años con su marido, y permaneció viuda hasta los ochenta y cuatro años; no se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día en ayunos y oraciones. Como se presentase en aquella misma hora, alababa a Dios y hablaba del Niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén. Así que cumplieron todas las cosas según la Ley del Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El Niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre Él.

Reflexión: Lc 2, 22-40

La complacencia y el alago gratuito no son precisamente la cosecha del cristiano. Quien obra con rectitud, no puede esperar, lamentablemente, ser aplaudido por quienes ostentan el poder, por aquellos cuyos intereses precisamente se ven afectados por el recto proceder cristiano. Es penoso y a veces duele, pero basta afrontar una situación con dignidad y reclamando justicia, para que inmediatamente salten como lobos aquellos que deben ceder un milímetro de sus prerrogativas, de su posición, de su patrimonio. No están dispuestos a hacerlo por ningún motivo. Menos si son obligados por las circunstancias o por algún miserable de aquellos a los que dejan comer las migajas que caen de su mesa.

¡Cómo puede osar alguno de estos miserables a exigirle dar, lo que da de pura bondad, porque así se lo ha impuesto a sí mismo, sin tener obligación alguna! ¡A qué vienen aquellas exigencias! ¡No me vengan con derechos! ¡Yo doy a quien me place y cuanto me place, lo único que pido es lealtad (sumisión, en realidad)!

 Este es el orden que viene a subvertir Jesús. Por eso Él y sus seguidores serán tan impopulares. Serán perseguidos y tendrán que obrar en la clandestinidad o someterse a los castigos y suplicios que los poderosos dictan en su contra.

Eso parece historia antigua, historia de circo, leones y cristianos…Sin embargo no lo es. Es muy cierto que Occidente asumió e hizo más digerible al cristianismo, al punto que países e imperios enteros se declararon cristianos y junto con ellos, sus gobernantes y sus clases dominantes. Sin embargo todo ello fue logrado a costa de acomodos y tergiversaciones tendientes a hacer inocuo el Evangelio. No por eso dejaron de existir los verdaderos cristianos, que siempre han actuado como dedo en la llaga, señalando la injusticia, el atropello, los abusos y la idolatría, de quienes llamándose muchas veces cristianos, han puesto por encima del amor, por encima de sus hermanos, el bienestar, la comodidad y las riquezas.

“Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción”, y ello será por siempre, mientras no se haya expandido el Reino en todo el mundo, mientras haya injusticia, mientras haya pobres, mientras haya hambre…mientras no hayamos aprendido a vivir como hermanos, compartiéndolo todo y poniendo como centro al Amor.

Estas preguntas pueden ser duras, sin embargo creo que pueden ayudarnos a desinstalarnos, a reflexionar en torno a lo que hacemos. Tú te dices cristiano y sin embargo solo cosechas aplausos y halagos por donde te mueves…¿Será que la Palabra del Señor se ha vuelto inocua o será más bien que la suavizas y degradas a tal extremo, que no constituye ya exigencia para nadie, y mucho menos para ti? ¿Vives cómodamente instalado, tienes todo lo que necesitas, sin ser rico quizás, mientras tus hermanos padecen todo tipo de necesidades…Será que te has vuelto insensible y egoísta, que no quieres ver ni involucrarte, para no afectar tu privilegiada situación? ¿Eres de los “intelectuales” de la fe y la religión, capaces de dar brillantes discursos, que sin embargo no dicen nada de tu propia vida? ¿Podemos hablar de cristianismo, sin que este se encarne en la vida misma? ¿La Verdad para ti se ha vuelto un hecho controversial, es decir que depende del ángulo del que se la mire? ¿Te has vuelto relativista? ¿Es Jesús relativista?

 

Oremos:

Señor, no permitas que nos perdamos. Que solo tu Luz ilumine nuestras vidas. Que busquemos y defendamos siempre la Verdad, la Justicia y el Amor. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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ene 24 2010

Lucas 1, 1-4. 4,14-21

Texto del evangelio (Lc 1, 1-4. 4, 14-21)

Excelentísimo Teófilo: Muchos han emprendido la tarea de componer un relato de los hechos que se han verificado entre nosotros, siguiendo las tradiciones transmitidas por los que primero fueron testigos oculares y luego predicadores de la palabra. Yo también, después de comprobarlo todo exactamente desde el principio, he resuelto escribírtelos por su orden, para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido.

En aquel tiempo, Jesús volvió a Galilea con la fuerza del Espíritu; y su fama se extendió por toda la comarca. Enseñaba en las sinagogas, y todos lo alababan. Fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el libro del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista. Para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor.» Y, enrollando el libro, lo devolvió al que le ayudaba y se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos fijos en él. Y él se puso a decirles: – «Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír.».

Reflexión: Lc 1, 1-4. 4, 14-21

Lucas escribe a Teófilo, pero de algún modo, lo que hace en realidad es escribirnos a nosotros, dando cuenta de lo que había oído, de lo que la gente daba testimonio, de lo que se decía y se sabía en aquél entonces de Jesús, para que conozcamos “la solidez de las enseñanzas recibidas”. Es importante notar que todo esto había sido anticipado por los profetas, tal como Jesús lo recuerda a los asistentes a la sinagoga: con Él se cumplen las profecías de Isaías. Hay, pues, una coherencia histórica.

Todo ocurre conforme a un Proyecto Divino, a un Plan de Salvación trazado por Dios desde siempre y dado a conocer con mucha anticipación a los hombres, por medio de los profetas. Nada ha sido dejado al azar, a la suerte, al temperamento, a la coyuntura.

No está señalada solamente su venida, sino incluso su Misión, su Plan de acción, su hoja de ruta, que es la misma que debemos a sumir nosotros, sus seguidores. “Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista. Para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor.”

Quizás algunos podemos quedarnos enganchado con aquello de “el año de gracia del Señor”. No podemos tomarlo literalmente. Es un modo de decir el inicio de otro tiempo, de otra época, de otro período. De aquí para adelante. Tal como efectivamente contamos los años en occidente: antes de Cristo y después de Cristo. Es que hemos entrado en otro período, en otra etapa en la historia de la Salvación. Estamos en el año de Gracia del Señor. Es la mismísima Trinidad actuando en la historia, iluminándola para hacer posible nuestra Salvación. A eso se refieren las Escrituras. Y es esto lo que nos dice el Señor que se ha cumplido.

Esta es la Buena Nueva. Hemos entrado en un nuevo período de la historia. Se han abierto las puertas del cielo; hemos sido liberados. Se ha restaurado la alianza. Jesús, nuestro Redentor, lo ha hecho posible. Impulsado por el Espíritu Santo, Él es el Puente, El es el Camino hacia el Padre.

El Señor ha venido para ser alimento de los pobres, de los oprimidos, de los ciegos, de los afligidos, de los perseguidos. Él es el remanso de paz que buscamos, el comienzo de una nueva vida, de una nueva historia, la del Nuevo Testamento, la del Año de Gracia del Señor. Toda la vida misma está impregnada de esa Gracia. Estamos viviendo nuevos tiempos. Podemos mirar hacia adelante con esperanza, porque se ha sellado el pacto, con la Sangre de Cristo. Muriendo en la cruz y resucitando, ha abierto para nosotros las puertas del Cielo. El Camino está trazado y restaurado. Transitemos por este año de gracia, hacia los brazos del Padre, que impacientemente nos espera desde siempre para ocupar el lugar que nos tiene reservado. ¡Qué mejor noticia!

Oremos:

Gracias Padre, por cada nueva oportunidad que nos das, cada día, para seguir a Jesús y alcanzarte finalmente. Permítenos ser signo de amor, de unión y de paz para todos nuestros hermanos. Que seamos portadores de esperanza, transmisores de esta Buena Nueva, de este amor infinito. Danos consuelo, para llevarlo a nuestros hermanos… Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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