Posts tagged: Espíritu Santo

Lucas 4, 1-13

Texto del evangelio (Lc 4, 1-13)

En aquel tiempo, Jesús, lleno de Espíritu Santo, se volvió del Jordán, y era conducido por el Espíritu en el desierto, durante cuarenta días, tentado por el diablo. No comió nada en aquellos días y, al cabo de ellos, sintió hambre. Entonces el diablo le dijo: «Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan». Jesús le respondió: «Esta escrito: ‘No sólo de pan vive el hombre’».

Llevándole a una altura le mostró en un instante todos los reinos de la tierra; y le dijo el diablo: «Te daré todo el poder y la gloria de estos reinos, porque a mí me ha sido entregada, y se la doy a quien quiero. Si, pues, me adoras, toda será tuya». Jesús le respondió: «Está escrito: ‘Adorarás al Señor tu Dios y sólo a Él darás culto’».

Le llevó a Jerusalén, y le puso sobre el alero del Templo, y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo; porque está escrito: ‘A sus ángeles te encomendará para que te guarden’. Y: ‘En sus manos te llevarán para que no tropiece tu pie en piedra alguna’». Jesús le respondió: «Está dicho: ‘No tentarás al Señor tu Dios’». Acabada toda tentación, el diablo se alejó de Él hasta un tiempo oportuno.

Reflexión: Lc 4, 1-13)

El demonio, como no podía ser de otro modo, es un sin vergüenza y con toda desfachatez pretende tentar al mismísimo Jesucristo. Es una primera lección que debemos aprender…Con la tentación no se juega. No podemos pretender coquetear con el demonio, con el pecado, pensando que con nosotros no podrá. Es preferible evitar. Quien juega con fuego, corre el peligro de quemarse. El demonio siempre tratará de tentar aun al más pintado.

Hay situaciones en la vida que todos atravesamos parecidas al desierto que atraviesa Jesús. Situaciones en las que no parece salirnos nada, en las que nos sentimos totalmente solos y abandonados. En las que pareciera que nadie se anima a darnos una mano. Todos nos dan palmadas en el hombro, pero nadie realmente nos ayuda. Nadie se incomoda por ayudarte a parar la olla, como se dice. Todos a tu alrededor tienen, todos pueden…Es más, son tus amigos, y te ven como remontas los rápidos casi sin poder respirar, casi ahogándote, pero nadie te hecha la mano…Todos esperan, seguramente a que grites, que te rindas, que digas no puedo más…¡Denme una mano! Solo entonces es posible que te ayuden.

¿Por qué seremos a veces, así tan duros? No sabemos dar…Nos cuesta desprendernos, así, sin más. Si sabemos que nuestro amigo está pasando por un mal momento, por qué no tirarle una tabla. ¿Por qué no invitarlo a almorzar? ¿Por qué no llenar un día su despensa o su refrigeradora, si está a nuestro alcance? ¿Será por no humillarlo o será más bien porque en el fondo no somos capaces de desprendernos de nada? No somos capaces de un gesto noble y generoso…Nos cuesta. No queremos ver mermado en un ápice nuestro patrimonio.

Por otro lado, somos tan indiferentes, tan egoístas, que estamos enfrascados y absortos con lo nuestro, con lograr más utilidades, con maximizar nuestras ganancias y minimizar nuestros gastos, a tal punto, que ni si quiera nos damos cuenta, ni vemos a nuestros amigos o nuestros familiares más cercanos, muchos de los cuales están pasando dificultades. Lo peor de todo es que lo sabemos, porque estas situaciones son más o menos públicas dentro de la familia o del círculo íntimo de amigos, sin embargo, pasamos de largo…¿Qué queremos? ¿Qué nos extiendan la mano? ¿Qué nos toque la puerta? ¿Por qué somos tan duros?

Es en estos momentos, precisamente, cuando el demonio, frotándose las manos, relamiéndose, empieza a rondarnos, metiéndonos ideas absurdas en la cabeza. Carroñero, como él solo, es precisamente cuando más débiles nos encontramos que empieza a tentarnos con aquello que más precisamos. Debemos tener en cuenta el ejemplo de Jesús y no claudicar por nada del mundo. No hay nada que pueda justificar un trato con el demonio: ni el hambre, ni el frío, ni la pompa, ni el poder y ni si quiera el abandonarnos a la buena de Dios. Tenemos que sobreponernos y seguir luchando. Haciendo el bien por donde vamos, sin empeñar nuestros principio ni nuestra libertad por un plato de lentejas. Tenemos que mantenernos firmes, que ya el Señor sabrá prodigarnos en abundancia aquello que necesitamos, que definitivamente no es aquello que el demonio nos propone. ‘No sólo de pan vive el hombre’

Oremos:

Padre Santo, no nos dejes caer en tentación. Si habremos de pasar por escabrosos senderos, que sea siempre asidos a tu mano amorosa. No permitas que claudiquemos y nos abandonemos al enemigo. Que no prestemos oídos a sus falsas promesas. Que sepamos mantener nuestra integridad y dignidad. Y que estemos siempre dispuestos a compartir con quienes menos tienen. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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Lucas 2, 22-40

Texto del evangelio (Lc 2, 22-40)

Cuando se cumplieron los días de la purificación de ellos, según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarle al Señor, como está escrito en la Ley del Señor: «Todo varón primogénito será consagrado al Señor» y para ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o dos pichones, conforme a lo que se dice en la Ley del Señor.

Y he aquí que había en Jerusalén un hombre llamado Simeón; este hombre era justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y estaba en él el Espíritu Santo. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor. Movido por el Espíritu, vino al Templo; y cuando los padres introdujeron al niño Jesús, para cumplir lo que la Ley prescribía sobre Él, le tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz; porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel». Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de Él.

Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: «Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción —¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!— a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones».

Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, de edad avanzada; después de casarse había vivido siete años con su marido, y permaneció viuda hasta los ochenta y cuatro años; no se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día en ayunos y oraciones. Como se presentase en aquella misma hora, alababa a Dios y hablaba del Niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén. Así que cumplieron todas las cosas según la Ley del Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El Niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre Él.

Reflexión: Lc 2, 22-40

La complacencia y el alago gratuito no son precisamente la cosecha del cristiano. Quien obra con rectitud, no puede esperar, lamentablemente, ser aplaudido por quienes ostentan el poder, por aquellos cuyos intereses precisamente se ven afectados por el recto proceder cristiano. Es penoso y a veces duele, pero basta afrontar una situación con dignidad y reclamando justicia, para que inmediatamente salten como lobos aquellos que deben ceder un milímetro de sus prerrogativas, de su posición, de su patrimonio. No están dispuestos a hacerlo por ningún motivo. Menos si son obligados por las circunstancias o por algún miserable de aquellos a los que dejan comer las migajas que caen de su mesa.

¡Cómo puede osar alguno de estos miserables a exigirle dar, lo que da de pura bondad, porque así se lo ha impuesto a sí mismo, sin tener obligación alguna! ¡A qué vienen aquellas exigencias! ¡No me vengan con derechos! ¡Yo doy a quien me place y cuanto me place, lo único que pido es lealtad (sumisión, en realidad)!

 Este es el orden que viene a subvertir Jesús. Por eso Él y sus seguidores serán tan impopulares. Serán perseguidos y tendrán que obrar en la clandestinidad o someterse a los castigos y suplicios que los poderosos dictan en su contra.

Eso parece historia antigua, historia de circo, leones y cristianos…Sin embargo no lo es. Es muy cierto que Occidente asumió e hizo más digerible al cristianismo, al punto que países e imperios enteros se declararon cristianos y junto con ellos, sus gobernantes y sus clases dominantes. Sin embargo todo ello fue logrado a costa de acomodos y tergiversaciones tendientes a hacer inocuo el Evangelio. No por eso dejaron de existir los verdaderos cristianos, que siempre han actuado como dedo en la llaga, señalando la injusticia, el atropello, los abusos y la idolatría, de quienes llamándose muchas veces cristianos, han puesto por encima del amor, por encima de sus hermanos, el bienestar, la comodidad y las riquezas.

“Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción”, y ello será por siempre, mientras no se haya expandido el Reino en todo el mundo, mientras haya injusticia, mientras haya pobres, mientras haya hambre…mientras no hayamos aprendido a vivir como hermanos, compartiéndolo todo y poniendo como centro al Amor.

Estas preguntas pueden ser duras, sin embargo creo que pueden ayudarnos a desinstalarnos, a reflexionar en torno a lo que hacemos. Tú te dices cristiano y sin embargo solo cosechas aplausos y halagos por donde te mueves…¿Será que la Palabra del Señor se ha vuelto inocua o será más bien que la suavizas y degradas a tal extremo, que no constituye ya exigencia para nadie, y mucho menos para ti? ¿Vives cómodamente instalado, tienes todo lo que necesitas, sin ser rico quizás, mientras tus hermanos padecen todo tipo de necesidades…Será que te has vuelto insensible y egoísta, que no quieres ver ni involucrarte, para no afectar tu privilegiada situación? ¿Eres de los “intelectuales” de la fe y la religión, capaces de dar brillantes discursos, que sin embargo no dicen nada de tu propia vida? ¿Podemos hablar de cristianismo, sin que este se encarne en la vida misma? ¿La Verdad para ti se ha vuelto un hecho controversial, es decir que depende del ángulo del que se la mire? ¿Te has vuelto relativista? ¿Es Jesús relativista?

 

Oremos:

Señor, no permitas que nos perdamos. Que solo tu Luz ilumine nuestras vidas. Que busquemos y defendamos siempre la Verdad, la Justicia y el Amor. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Lucas 1, 1-4. 4,14-21

Texto del evangelio (Lc 1, 1-4. 4, 14-21)

Excelentísimo Teófilo: Muchos han emprendido la tarea de componer un relato de los hechos que se han verificado entre nosotros, siguiendo las tradiciones transmitidas por los que primero fueron testigos oculares y luego predicadores de la palabra. Yo también, después de comprobarlo todo exactamente desde el principio, he resuelto escribírtelos por su orden, para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido.

En aquel tiempo, Jesús volvió a Galilea con la fuerza del Espíritu; y su fama se extendió por toda la comarca. Enseñaba en las sinagogas, y todos lo alababan. Fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el libro del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista. Para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor.» Y, enrollando el libro, lo devolvió al que le ayudaba y se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos fijos en él. Y él se puso a decirles: – «Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír.».

Reflexión: Lc 1, 1-4. 4, 14-21

Lucas escribe a Teófilo, pero de algún modo, lo que hace en realidad es escribirnos a nosotros, dando cuenta de lo que había oído, de lo que la gente daba testimonio, de lo que se decía y se sabía en aquél entonces de Jesús, para que conozcamos “la solidez de las enseñanzas recibidas”. Es importante notar que todo esto había sido anticipado por los profetas, tal como Jesús lo recuerda a los asistentes a la sinagoga: con Él se cumplen las profecías de Isaías. Hay, pues, una coherencia histórica.

Todo ocurre conforme a un Proyecto Divino, a un Plan de Salvación trazado por Dios desde siempre y dado a conocer con mucha anticipación a los hombres, por medio de los profetas. Nada ha sido dejado al azar, a la suerte, al temperamento, a la coyuntura.

No está señalada solamente su venida, sino incluso su Misión, su Plan de acción, su hoja de ruta, que es la misma que debemos a sumir nosotros, sus seguidores. “Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista. Para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor.”

Quizás algunos podemos quedarnos enganchado con aquello de “el año de gracia del Señor”. No podemos tomarlo literalmente. Es un modo de decir el inicio de otro tiempo, de otra época, de otro período. De aquí para adelante. Tal como efectivamente contamos los años en occidente: antes de Cristo y después de Cristo. Es que hemos entrado en otro período, en otra etapa en la historia de la Salvación. Estamos en el año de Gracia del Señor. Es la mismísima Trinidad actuando en la historia, iluminándola para hacer posible nuestra Salvación. A eso se refieren las Escrituras. Y es esto lo que nos dice el Señor que se ha cumplido.

Esta es la Buena Nueva. Hemos entrado en un nuevo período de la historia. Se han abierto las puertas del cielo; hemos sido liberados. Se ha restaurado la alianza. Jesús, nuestro Redentor, lo ha hecho posible. Impulsado por el Espíritu Santo, Él es el Puente, El es el Camino hacia el Padre.

El Señor ha venido para ser alimento de los pobres, de los oprimidos, de los ciegos, de los afligidos, de los perseguidos. Él es el remanso de paz que buscamos, el comienzo de una nueva vida, de una nueva historia, la del Nuevo Testamento, la del Año de Gracia del Señor. Toda la vida misma está impregnada de esa Gracia. Estamos viviendo nuevos tiempos. Podemos mirar hacia adelante con esperanza, porque se ha sellado el pacto, con la Sangre de Cristo. Muriendo en la cruz y resucitando, ha abierto para nosotros las puertas del Cielo. El Camino está trazado y restaurado. Transitemos por este año de gracia, hacia los brazos del Padre, que impacientemente nos espera desde siempre para ocupar el lugar que nos tiene reservado. ¡Qué mejor noticia!

Oremos:

Gracias Padre, por cada nueva oportunidad que nos das, cada día, para seguir a Jesús y alcanzarte finalmente. Permítenos ser signo de amor, de unión y de paz para todos nuestros hermanos. Que seamos portadores de esperanza, transmisores de esta Buena Nueva, de este amor infinito. Danos consuelo, para llevarlo a nuestros hermanos… Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Lucas 3, 15-16.21-22

Texto del evangelio (Lc 3, 15-16.21-22)

En aquel tiempo, como el pueblo estaba a la espera, andaban todos pensando en sus corazones acerca de Juan, si no sería él el Cristo; respondió Juan a todos, diciendo: «Yo os bautizo con agua; pero viene el que es más fuerte que yo, y no soy digno de desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará en Espíritu Santo y fuego».

Sucedió que cuando todo el pueblo estaba bautizándose, bautizado también Jesús y puesto en oración, se abrió el cielo, y bajó sobre Él el Espíritu Santo en forma corporal, como una paloma; y vino una voz del cielo: «Tú eres mi hijo; yo hoy te he engendrado».

Reflexión: Lc 3, 15-16.21-22

Todos andamos ansiosos y esperando que alguien  finalmente nos señale el camino o convalide el que hemos tomado… Lo que ocurre es que no miramos al lugar adecuado. Nuestros ojos no están puestos en quien debíamos. Como la gente aquella que miraba a Juan, esperando que fuera él. Sin embargo sabía Juan que “viene el que es más fuerte que yo, y no soy digno de desatarle la correa de sus sandalias.”

Juan debe ser un ejemplo para nosotros, a fin de no pretender con sobervia que somos quienes en realidad no somos. No nos dejemos confundir por las adulaciones o por los aparentes “éxitos” personales. No hay nada que podamos hacer si Dios no lo permite. Sin Él nada somos…Así que es a Él a quien deben tornar los ojos quienes de algún modo nos siguen. Debemos tener especial cuidado en aclararlo. No se trata de agigantarse, de crear un club de fans o una secta personalista. Nosotros seguimos al Dios del Amor, al Único, al Creador…todo lo demás es solamente un camino hacia Él…

No es de nosotros, de nuestros gustos o preferencias, de nuestras inclinaciones, temperamento o ideología que deben prendarse los demás, sino de Jesús, a quien debemos transmitir, facilitando aquel encuentro preparado desde siglos. Para cada quien nuestro Padre tiene separado un espacio en su morada…Sólo hay que facilitar el encuentro, hacer que caigan en la cuenta que Él los espera con los brazos abiertos. Que sabe lo que tiene guardado en su corazón, lo que le inquieta, lo que quisiera poder alcanzar. A Dios no se le escapa nada. ¡No hay nada que esperar! ¡Dejemos de esperar! ¡El está aquí, entre nosotros, en nuestra mente, en nuestra vida, en nuestros corazones! ¡Dios está aquí! ¡Abramos los ojos! ¡Dejemos las ataduras! ¡Vamos tras Él!

Oremos:

Señor, permite que nuestra vida sea un fiel testimonio del dichoso encuentro contigo, el encuentro que nos marcó para siempre, dando sentido a nuestra existencia. Antes deambulábamos, buscando el camino, buscando respuestas. Hasta que viniste Tú y lo llenaste todo. Sólo en Ti descansa nuestra alma. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Lucas 2, 22-35

Texto del evangelio (Lc 2, 22-35)

Cuando se cumplieron los días de la purificación según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarle al Señor, como está escrito en la Ley del Señor: Todo varón primogénito será consagrado al Señor y para ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o dos pichones, conforme a lo que se dice en la Ley del Señor.

Y he aquí que había en Jerusalén un hombre llamado Simeón; este hombre era justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y en él estaba el Espíritu Santo. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor. Movido por el Espíritu, vino al Templo; y cuando los padres introdujeron al Niño Jesús, para cumplir lo que la Ley prescribía sobre Él, le tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz; porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel».

Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de Él. Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: «Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción -¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!- a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones».

Reflexión: Lc 2, 22-35

Todos estos sucesos fueron previstos con mucha anticipación. Fueron profetizados y precisamente su cumplimiento debe ser razón suficiente para que creamos, ya que finalmente, todas estas previsiones, no son sino intervenciones de Dios en nuestra historia.

Dios ha querido salvarnos con nuestra propia intervención. Él que es Todopoderoso, no ha querido, sin embargo, hacer nada sin nuestro consentimiento y nuestra propia participación. Él necesita, exige que participemos. No se trata de sentarnos a mirar desde la tribuna…Tenemos que actuar. En cada una de sus manifestaciones, a la par que se hace imposible negar su existencia, su inspiración o su intervención, podemos ver que en ella siempre juegan un papel especial hombres y mujeres, comunes y corrientes, que muchas veces, como en este caso, actúan movidos y llenos del Espíritu Santo.

¿Qué se nos dice de Simeón? Que era justo y piadoso. Esto es lo que mínimamente se puede pedir a una persona correcta.  Que sea justa, es decir que de a cada quien lo que le corresponde y que sea piadosa, es decir que se incline humildemente ante el creador, que le reconozca y predisponga su espíritu para entrar en contacto con Dios permanentemente. Que sea Dios quien inspire su vida. Ese es un hombre piadoso, que puede ver y reconocer la presencia cotidiana de Dios, que espera en Él, que está en Su búsqueda permanentemente, que puede ver sus manifestaciones a cada paso…

Simeón ha encontrado el sentido de la vida. No hay nada más importante que su encuentro con Jesucristo, con el Salvador. Y es capaz de reconocer inmediatamente una gran Verdad, que cimienta toda la vida y prédica de Jesús: que Él es la luz que ha venido al mundo. Que el que cree en Él y sigue lo que Él ordena, tendrá vida eterna. Que Jesús es, finalmente, como el ácido aquél que sirve para separar el metal precioso de las impurezas. La sola presencia del Señor en nuestras vidas sirve para que inmediatamente los hombres nos decantemos: por un lado los que estamos con Él y por otro los que están en su contra. O recogemos o esparcimos. Para Él, no hay términos medios: “Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción… a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones”

Frente a Jesús, hay que tomar partido. No podemos permanecer indiferentes, ni postergarlo. Estás o no estás. Y es el Amor, la exigencia suprema. Para Dios, no basta la justicia. Es en la caridad que seremos examinados. Y la caridad es superior a la justicia, va más allá.

Oremos:

Padre Santo, concédenos la gracia de vivir en la caridad, de ir siempre en nuestras vidas más allá de la justicia mundana; de aspirar siempre a la mayor gloria de Dios.  ¡Amén!

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Lucas 1, 67-79

Texto del evangelio (Lc 1, 67-79)

 
En aquel tiempo, Zacarías, el padre de Juan, quedó lleno de Espíritu Santo, y profetizó diciendo: «Bendito el Señor Dios de Israel porque ha visitado y redimido a su pueblo y nos ha suscitado una fuerza salvadora en la casa de David, su siervo, como había prometido desde tiempos antiguos, por boca de sus santos profetas, que nos salvaría de nuestros enemigos y de las manos de todos los que nos odiaban haciendo misericordia a nuestros padres y recordando su santa alianza y el juramento que juró a Abraham nuestro padre, de concedernos que, libres de manos enemigas, podamos servirle sin temor en santidad y justicia delante de Él todos nuestros días. Y tú, niño, serás llamado profeta del Altísimo, pues irás delante del Señor para preparar sus caminos y dar a su pueblo conocimiento de salvación por el perdón de sus pecados, por las entrañas de misericordia de nuestro Dios, que harán que nos visite una Luz de la altura, a fin de iluminar a los que habitan en tinieblas y sombras de muerte y guiar nuestros pasos por el camino de la paz».

Reflexión: Lc 1, 67-79

Estamos a tan sólo unas horas del suceso más extraordinario en la historia del universo. Nuestro Creador, fiel a Sus promesas, formuladas por boca de los profetas desde tiempos inmemoriales, nos enviará al Salvador, al Mesías, al Redentor. Y lo hará con intervención nuestra, pues María, la Virgen María, ha aceptado el Plan que Dios Padre tuvo desde siempre, para hacer que su Hijo, Jesucristo, naciera como cualquier hombre, de su seno materno.

El misterio maravilloso al que asistimos trasunta a un Dios que es Amor, que nos amó primero, a tal extremo de enviar a Su Hijo para que hecho hombre, tal como cualquiera de nosotros, nos proponga el Camino, sin mellar en modo alguno nuestra dignidad y nuestra libertad. Si Jesucristo hecho hombre, pudo vivir el amor, al extremo de morir en la cruz para redimirnos, y enseñarnos el Camino de la Paz y del Amor, fue tan solo para decirnos que Dios es nuestro Padre, que nos ama desde siempre y quiere lo mejor para nosotros. Que Él quiere que vivamos eternamente, y que para eso hay un único Camino: “que amemos a Dios como el nos ama y a nuestro prójimo como a nosotros mismos”.

Es esto lo que Zacarías, padre de Juan el Bautista, anuncia tras su inspirado discurso. Recordemos que Zacarías era un anciano, como muchos de aquellos que dejamos de lado, porque al parecer ni oyen ni hablan, y los tenemos como bultos a nuestro lado, pues algunos los ignoramos descaradamente en nuestras conversaciones, como si no existieran, sólo por el hecho de ser ancianos y estar enfermos. Hablamos entre nosotros e incluso muchas veces hablamos mal de ellos o de sus intimidades delante de ellos, como si fueran objetos…De tanto ignorarlos, vamos dejando que se hundan en tal depresión, que llega un momento en que realmente se sienten incapaces de tomar la palabra, de dar su opinión. Así imagino que se encontraba postrado Zacarías cuando rompió su silencio para dar este hermoso discurso que dejó maravillados a todos los que, conociéndolo, lo oyeron. Es que para Dios, nada es imposible. Si fuera preciso, hasta las piedras alabarían su Santo Nombre…

Oremos:

Padre Santo, permite que participemos de modo muy especial en el Sacramento de la Reconciliación…pidamos al Señor perdón de nuestras faltas y dispongámonos a recibirlo con el Alma pura y limpia. Que solo quepa Él, que lo ilumine todo, que lo purifique todo. Que nos sintamos llenos y rebosantes de alegría y que la llevemos a los demás. ¡Amén!

 

Roguemos al Señor…

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Lucas 1, 39-45

Texto del evangelio (Lc 1, 31-45)

En aquellos días, se levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y sucedió que, en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, e Isabel quedó llena de Espíritu Santo; y exclamando con gran voz, dijo: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; y ¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí? Porque, apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno. ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!».

Reflexión: Lc 1, 31-45

Quien tiene fe ve a Dios en todo lado, en cada cosa que le sucede…Todo es signo de la presencia de Dios en su vida, y todo lo medita y acoge como una señal. La vida está llena de “señales luminosas” que indican el camino, los peligros y sobre todo de certidumbre por el camino que debe seguir. Por ello, el que tiene fe, no puede estar triste, todo lo contrario, lleno de optimismo conduce a los demás hacia el fin más alto, que es alcanzar la voluntad del Señor.

María está alegre por la parte, por el papel que le ha tocado en la historia de La Salvación e Isabel también comparte esta alegría. Es contagiante y la transmite por su sola presencia. 

El que cree, es portador del Espíritu Santo y este lo acompaña en cada uno de sus actos. El Señor jamás abandona a los suyos. Todo lo contrario: consuela, anima, empuja, ayuda…

Nuestra historia ha sido transformada por Jesús. Dejémosle entrar en nuestra vida, para que también estas sean transformadas por su poder único y afrontaremos el futuro y todo lo que nos salga al paso, con serenidad, con alegría y confianza, sabiendo que Él tendrá la última palabra. ¡Ánimo, el Señor ha vencido al Mundo!

Oremos:

Señor Jesús, danos una fe inquebrantable, que crezca en nosotros como el grano de mostaza, hasta convertirse en inmensa, más allá de nuestro ser y nuestras limitaciones. Que vayamos por el mundo irradiando Tu alegría. Amén.

 

Roguemos al Señor…

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Mateo 1, 18-24

Texto del evangelio (Mt 1, 18-24)

La generación de Jesucristo fue de esta manera: Su madre, María, estaba desposada con José y, antes de empezar a estar juntos ellos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo. Su marido José, como era justo y no quería ponerla en evidencia, resolvió repudiarla en secreto.

Así lo tenía planeado, cuando el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: «José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en Ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados». Todo esto sucedió para que se cumpliese el oráculo del Señor por medio del profeta: «Ved que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel, que traducido significa: “Dios con nosotros”». Despertado José del sueño, hizo como el Ángel del Señor le había mandado, y tomó consigo a su mujer.

Reflexión: Mt 1, 18-24

En la Salvación, todos debemos jugar un papel. Todos tenemos un papel. El Señor no nos impone la Salvación; no nos salva a la fuerza. El Señor propone, no impone. Esto quiere decir que necesita de nuestra anuencia, de nuestro consentimiento y aun diría más: necesita de nuestra participación activa.

No se trata, pues, de un chasquido de dedos. La Salvación no es cuestión de magia. Para nacer Jesús entre nosotros, requiere de nuestra intervención, de la participación humana. Primero fue necesario que María abrazara y viviera por convicción una vida llena de Gracia. Su vida era virtuosa. Una persona humilde, sacrificada, abnegada, buena, amorosa, solidaria, sensible…Luego tenía que aceptar el Plan de Dios…Era necesario el “Sí” con todas sus consecuencias.

Pero la participación de José, que muchas veces no es tenida en cuenta, también es importante. José, más allá de las costumbres, del qué dirán, de cualquier influencia externa, que podría haberlo llevado a repudiar a su amada, decide, valientemente, amarla por encima de cualquier convención, de cualquier opinión o tradición; incluso por encima de cualquier ley. Hace de María, de su amor, una ley superior. Es por ella que está dispuesto a todo, aun antes de la Revelación del Ángel.

Evidentemente, después de aquél sueño, asume plenamente su papel. En todo este pasaje podemos ver cómo Dios interviene en nuestra historia, pero no lo hace sin nuestro consentimiento. Y este no puede ser tan solo de pensamiento, debe llevarnos a actuar. Si consentimos en que Dios intervenga en nuestras vidas, ello será evidenciado por nuestros actos; ello nos obligará a un proceder determinado frente a las diversas situaciones que nos toca vivir. Las vidas de José y María son un ejemplo heroico de ello.

Oremos:

Padre Santo, permítenos entender Tu propuesta, verla cada mañana en nuestras vidas y asumirla. Haznos instrumentos de Fe. Que viéndonos los demás, crean. Amén.

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Lucas 1, 26-38

Texto del evangelio (Lc 1, 26-38)

En aquel tiempo, fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María.

Y entrando, le dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». Ella se conturbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo. El ángel le dijo: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin». María respondió al ángel: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?». El ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios. Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y éste es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril, porque ninguna cosa es imposible para Dios». Dijo María: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». Y el ángel dejándola se fue.

Reflexión: Lc 1, 26-38

Hoy es un día muy importante para la historia de la humanidad y para la Iglesia toda:  la Inmaculada concepción, el “Sí” de María…Una mujer muy joven y humilde, descendiente de Abraham y sobre todo “llena de Gracia” ha sido elegida por Dios para jugar uno de los más importantes papeles en “el Plan de Salvación de Dios”, ser nada menos que la madre del Salvador, del Mesías, del Hijo de Dios, de Jesús.

El Señor, nuestro Dios, escoge, llama y propone. ¿Cuál ha de ser nuestra respuesta?  Si estamos en el Camino, si vivimos en Gracia, como María, no puede ser otra que “aquí estoy”, “hágase en mi según tu palabra”. Ese es el gran ejemplo de María…Una aceptación incondicional, dispuesta y disponible a lo que sea, con tal de servir a la Voluntad de Dios, a Sus Planes.

Y qué es lo que el Ángel nos confirma precisamente por medio de María: “ninguna cosa es imposible para Dios”. Eso es lo que debemos tener en cuenta siempre. Dios tiene planes para todos nosotros y sus planes son convenientes y buenos, como no podría ser de otro modo, tratándose de un Dios que es Amor. Si nos alineamos y nos ponemos en ese Camino, si nos disponemos a seguirlo con convicción, con decisión, confiando plenamente en Él y aceptando lo que nos ofrece, sin poner reparos, nada podrá detenernos, porque estamos con Él y para el no hay nada imposible. NADA.

Oremos:

Padre Santo, para que se haga Tu Voluntad quieres contar con nuestra decisión, con nuestra adhesión libre y voluntaria. Danos la Fe, el valor y la entrega para hacerlo como María, incondicionalmente, sabiendo que lo mejor que podemos hacer es arrojarnos a tus brazos ciegamente, como un niño a los brazos de su padre. No permitas que tontamente desdeñemos las oportunidades que nos regalas cada día…

Acrecienta nuestra Fe y ayúdanos a llevar una vida LLENA DE GRACIA. Amén

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias

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Lucas 10, 21-24

Texto del evangelio (Lc 10, 21-24)

En aquel momento, Jesús se llenó de gozo en el Espíritu Santo, y dijo: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; y quién es el Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar». Volviéndose a los discípulos, les dijo aparte: «¡Dichosos los ojos que ven lo que veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis, pero no lo vieron, y oír lo que vosotros oís, pero no lo oyeron».

Reflexión: Lc 10, 21-24

Los pequeños…¿Quiénes son los pequeños para Jesús? Pienso que él mismo nació en una familia “pequeña”. Pequeños son los niños, por cuanto el pide que se dejen que se acerquen a Él y nos dice algo más: hay que ser como ellos, pues de ellos es el Reino. Pequeños son los sencillos, los simples, los humildes…que al no tener riqueza, ni poder, ni fama, no tienen a qué aferrarse, ni son esclavos de nada, por tanto pueden ver con mayor facilidad que es aquello de amar a Dios y amarse unos a otros, que pide el Señor.

Pequeños son los de corazón puro, aquellos que han hecho de su vida una entrega permanente a la Voluntad del Señor; aquellos que han puesto “sus riquezas” allí donde la polilla no puede carcomer. Aquellos que como el buen Samaritano, han hecho del servir y amar a los demás, la razón de sus vidas.

El Señor se revela a ellos y solo ellos le pueden conocer, porque no hay nada en su corazón, en su alma, que obstaculice este conocimiento, nada que nuble o tergiverse la Verdad.  

Oremos:

Pidamos al Señor que nos haga así, sencillos, humildes, puros…como niños, para que podamos comprenderle y seguirle.

Agradezcámosle por lo que Él ha querido revelarnos: que todo procede ne Nuestro Padre que está en el Cielo. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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Lucas 12, 8-12

Texto del evangelio (Lc 12,8-12)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Yo os digo: Por todo el que se declare por mí ante los hombres, también el Hijo del hombre se declarará por él ante los ángeles de Dios. Pero el que me niegue delante de los hombres, será negado delante de los ángeles de Dios. A todo el que diga una palabra contra el Hijo del hombre, se le perdonará; pero al que blasfeme contra el Espíritu Santo, no se le perdonará.

»Cuando os lleven a las sinagogas, ante los magistrados y las autoridades, no os preocupéis de cómo o con qué os defenderéis, o qué diréis, porque el Espíritu Santo os enseñará en aquel mismo momento lo que conviene decir».

Reflexión: Lc 12,8-12

Esta es una lección que me resulta difícil entender. O tal vez deba decir que me falta un poco de fe, para abandonarme a ella, para abandonarme al Espíritu Santo, tal como lo propone Jesús. Cuando uno es enfrentado de esta manera –y me ha ocurrido-, surgen en su cabeza muchos temores, que además se evidencian físicamente, a veces, por más que uno intente evitarlos. Trato, me esfuerzo por ir con plena y total paz, pero me ocurre como al discípulo, que su falta de fe termina por hundirlo en el lago.

Por eso creo que debemos purificarnos. Debemos asegurarnos que nuestras razones son justas; debemos discernirlas en oración. Debemos pensarlas y repensarlas; ponerlas a los pies del Señor. Debemos pedir su luz, para que nos ayude a discernir y no tomar ninguna decisión en tiempo de desolación, tal como nos lo enseña San Ignacio.

Tenemos que pedir que la Gracia de Dios abunde en nosotros; que invada cada esquina, cada recodo; porque son en realidad nuestras debilidades las rendijas por donde se filtra el demonio. Y, a veces nos parece que una cosa tan íntima tan privada, como suelen ser “nuestras debilidades”, de las que nos cuidamos mucho por que no sean públicas, porque nadie las conozca, a tal extremo que nosotros mismos terminamos por difícilmente reconocerlas, decía, que nos parecen tan íntimas y privadas, que no vemos cómo pueden afectar, cómo pueden debilitar nuestra fe, debilitar nuestra fortaleza…Pero sin embargo lo hacen. Son las formas en que el demonio sutilmente nos va minando, sutilmente va sembrando dudas, sembrando sombras, sembrando contradicciones.

El asunto está en saber reconocerlas y luchar contra ellas, por más pequeñas e insignificantes que sean. No debemos contemporizar en situación alguna con el demonio. Recordemos, para nuestro consuelo, que el problema no está en haber caído…todos podemos caer; el problema está en no levantarse. Debemos arrepentirnos, pedir perdón y luchar contra esta debilidad. Esa debe ser nuestra actitud. Tener y alimentar nuestro propósito de enmienda. Es difícil luchar contra nuestras debilidades, más aún cuando las hemos dejado avanzar tanto que se han convertido en hábitos. Hábitos que nos avergonzarían, seguramente, si se llegaran a descubrir y por ellos, cuando somos confrontados viene el temor…Son pequeñas rendijas, pequeñas escisiones –como el talón de Aquiles- que nos imaginamos podrían quebrarnos totalmente…De allí nuestros temores, nuestras dudas, nuestra falta de firmeza.

Por eso, si queremos de veras seguir a Cristo, purifiquémonos; pidamos perdón por todo aquello que nos hace indignos, oremos y confiemos en Él, que sabrá poner en nosotros el gesto y la palabra justa en el momento oportuno. Preocupémonos, entonces, por andar por sus caminos siempre, aun cuando nadie nos ve, recordando que el siempre, SIEMPRE está a nuestro lado.

Una vez revestidos así, podrán decir cualquier cosa contra nosotros, incluso contra el Señor…pero contra el Espíritu Santo no podrán.

Oremos:

Señor, te pedimos que nos hagas fuertes para combatir todas esas pequeñas debilidades con las que convivimos y que tu muy bien conoces. Purifícanos, lávanos, límpianos. Queremos ser como el cáliz que está en tu altar. Queremos llevar una vida que pueda ser expuesta a todos y a cualquiera en cualquier momento y en cualquiera de sus facetas. Danos Tu Gracia abundante y Tú Espíritu que es lo único que lo hará posible. Amén

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Lucas 11, 5-13

Texto del evangelio (Lc 11,5-13)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Si uno de vosotros tiene un amigo y, acudiendo a él a medianoche, le dice: ‘Amigo, préstame tres panes, porque ha llegado de viaje a mi casa un amigo mío y no tengo qué ofrecerle’, y aquél, desde dentro, le responde: ‘No me molestes; la puerta ya está cerrada, y mis hijos y yo estamos acostados; no puedo levantarme a dártelos’, os aseguro, que si no se levanta a dárselos por ser su amigo, al menos se levantará por su importunidad, y le dará cuanto necesite.

»Yo os digo: Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá. ¿Qué padre hay entre vosotros que, si su hijo le pide un pez, en lugar de un pez le da una culebra; o, si pide un huevo, le da un escorpión? Si, pues, vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!».

Reflexión: Lc 11,5-13

Tenemos que aprender a pedir, insistentemente, y a esperar del Padre lo mejor. El Señor solo quiere nuestro bien, por eso en esta lectura nos revela algo que muchos no queremos oír…No se trata únicamente de pedir y recibir aquello que pedimos…Que es en lo que generalmente nos quedamos enganchados y postulamos que Dios es bueno, porque nos da todo lo que pedimos. Y pretendemos medir nuestra fe y su bondad por cuanto hemos pedido y nos ha sido concedido. Se trata de pedir y recibir aquello que nos convienen, aquellos que es mejor, aquello que constituye el bien más preciado que Dios nos puede ofrecer y que pone en nuestras manos. Este es más grande que cualquiera; por eso explícitamente lo señala Jesús: ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!

¿No es pues, entonces, el Espíritu Santo lo que debemos pedir? Si, es verdad, el Señor nos invita a pedir sin reparo todo lo que necesitamos. No debemos tener temor a importunarlo, pues es más que nuestro mejor amigo. Pero es precisamente por eso que debemos pedir el Espíritu Santo. Él llenará nuestros corazones y encenderá en nosotros el Fuego de su Amor. Con Su solo Espíritu TODO será creado y todo aquello que sea necesario, será Renovado.

Pidamos, solamente, ser dóciles, ser fieles a Su Espíritu. ¿No hay relación entre esta lectura y la de Marta y María? Una sola cosa es importante; María ha escogido la mejor y no le será quitada.

Oremos:

Señor, danos Tu luz; abre nuestros ojos, nuestra mente y nuestro espíritu, para que entendamos que no hay nada mejor que Tú, que no tenemos que pedir más. Que si te tenemos a Ti, lo tenemos todo. Y que tú estás ávido de entregarte a nosotros; solo debemos tener el coraje de recibirte y llevarte en nuestros corazones siempre. Amen

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)
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