sep 03 2010

Lucas 5, 33-39

Texto del evangelio (Lc 5, 33-39)

En aquel tiempo, los fariseos y los maestros de la Ley dijeron a Jesús: «Los discípulos de Juan ayunan frecuentemente y recitan oraciones, igual que los de los fariseos, pero los tuyos comen y beben». Jesús les dijo: «¿Podéis acaso hacer ayunar a los invitados a la boda mientras el novio está con ellos? Días vendrán en que les será arrebatado el novio; entonces ayunarán en aquellos días».

Les dijo también una parábola: «Nadie rompe un vestido nuevo para echar un remiendo a uno viejo; de otro modo, desgarraría el nuevo, y al viejo no le iría el remiendo del nuevo. Nadie echa tampoco vino nuevo en pellejos viejos; de otro modo, el vino nuevo reventaría los pellejos, el vino se derramaría, y los pellejos se echarían a perder; sino que el vino nuevo debe echarse en pellejos nuevos. Nadie, después de beber el vino añejo, quiere del nuevo porque dice: ‘El añejo es el bueno’».

Reflexión: Lc 5, 33-39

Que el Señor vino aquí y estuvo viviendo físicamente, como cualquier hombre entre nosotros, es un acontecimiento extraordinario, único en la historia de la humanidad, que el mismo Jesús se encarga de relevar. “¿Podéis acaso hacer ayunar a los invitados a la boda mientras el novio está con ellos?”

Este es un primer aspecto de la lectura que no podemos pasar por alto. Cristo es el centro de la historia. La importancia de su venida es vital. Por ello fue anunciada siglos antes que ocurriera y profetizada con detalle. Y no es sólo por relievar la figura de Cristo, o por enaltecerla sin más, sino que Dios Padre no encontró mejor modo de llamar la atención a nuestra inteligencia y libertad, que enviarnos a su propio Hijo, para mostrarnos el Camino de la Salvación. Para que viéndolo, lo siguiéramos, alcanzando de este modo la Vida Eterna.

Es decir que la presencia de Cristo en la Tierra es un signo, una señal del inconmensurable amor que nos tiene el Padre, que nos amó desde siempre y nos quiere de vuelta con Él. Eso es algo que Cristo sabe sobradamente –y ¿cómo no?-, y se encarga de propalarlo en cuanta ocasión le es permitido  y específicamente en esta.

Por otro lado, parece claro que lo que el Señor viene a proponernos es una Vida Nueva, una vida distinta a la anterior. No se trata de parcharla, de reformarla, de aplicar estos nuevos criterios a la vida vieja. Se trata de cambiar nuestra vida toda. Se trata de “volver a nacer” nos dirá en otro pasaje. Y la pregunta lógica es: “¿cómo puede volver a nacer un hombre viejo?” Pues la respuesta es, lo que es imposible para el hombre, es posible para Dios. Hay que volver a nacer del Agua y del Espíritu, es decir, de Dios.

Jesús nos viene a proponer una Vida Nueva. Nos cuesta comprenderlo, porque no nos dejamos llevar, porque no nos entregamos, porque nos falta fe. Creemos que se trata de repetir algunas fórmulas, de llevar una vida secreta, de hacer algunos cambios de decoración y no es así. El Señor pide un cambio drástico, radical, total; al punto que nos exige una Vida Nueva. Solo de este modo sintonizaremos con su Palabra y con el Padre; solo así lograremos comprender que de lo que se trata es de cumplir la Voluntad del Padre, que solo entonces nuestra vida adquiere valor, el verdadero valor que Dios aquilata y que si le damos vueltas, si lo meditamos en profundidad, encontraremos que este es el verdadero sentido de la Vida, que para eso fuimos creados; que allí estará nuestra dicha, nuestra felicidad, nuestra realización; que es lo mejor que podemos hacer.

De esto trata el Evangelio, la prédica de Jesús. Hay un solo Camino y nosotros estamos llamados a transitarlo. Dichosos los que entran por esta “Puerta angosta”, porque ellos heredarán el Reino de los Cielos. Ancho es el camino de la perdición…Hemos pues de tomar decisiones. ¿Creemos o no creemos? ¿Estamos con Él o estamos contra Él? Porque, recordemos que Él mismo nos lo dice, no hay términos medios. Nadie comete el disparate de “romper un vestido nuevo para echar un remiendo a uno viejo.”

¡Alegrémonos que el Señor está con nosotros y vivamos según Él, amando a Dios y a nuestros hermanos como a nosotros mismos! Esto es lo primero y lo único a lo que debemos tener consideración…lo demás se dará por añadidura.

Oremos:

Padre Santo, permítenos entender que en Ti está nuestra felicidad. Que no podemos hacer nada mejor que elegir el Camino que nos propones. Danos el coraje para asumir esta Vida Nueva y dedicarla a Ti.  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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jul 19 2010

Mateo 12, 38-42

Texto del evangelio (Mt 12, 38-42)

 
En aquel tiempo, le interpelaron algunos escribas y fariseos: «Maestro, queremos ver una señal hecha por ti». Mas Él les respondió: «¡Generación malvada y adúltera! Una señal pide, y no se le dará otra señal que la señal del profeta Jonás. Porque de la misma manera que Jonás estuvo en el vientre del cetáceo tres días y tres noches, así también el Hijo del hombre estará en el seno de la tierra tres días y tres noches. Los ninivitas se levantarán en el Juicio con esta generación y la condenarán; porque ellos se convirtieron por la predicación de Jonás, y aquí hay algo más que Jonás. La reina del Mediodía se levantará en el Juicio con esta generación y la condenará; porque ella vino de los confines de la tierra a oír la sabiduría de Salomón, y aquí hay algo más que Salomón».

Reflexión: Mt 12, 38-42

El que no quiere creer, simplemente, no cree. Ya podrá culpar a una u otra cosa, a la falta de pruebas o a lo que sea. Hay que hacer un esfuerzo, hay que poner de nuestra parte, hay que empezar por tener la actitud adecuada. Al que no quiere creer puedes ponerle la prueba más contundente, que siempre le encontrará un pero para salir por la tangente. Es cuestión de actitud.

Sin embargo ha habido señales suficientes para todos…No solo aquellas de las que habla el Señor y que están escritas en el Evangelio, sino otras que cada uno de nosotros hemos tenido en nuestras vidas. Señales inequívocas de la presencia de Dios, de la Paternidad de Dios, del amor preferente y especial que nos tiene, sin el cual no hubiéramos podido sobrevivir un segundo en este Planeta…Pero, siempre como hijos incrédulos y escépticos, queremos más.

Como hay tantos derechos y se promueve a ultranza el relativismo moral, no es difícil encontrar respaldo a nuestras pretensiones, justificación a nuestras exigencias. Así que exigimos más. Somos muy “razonables”, muy letrados…sabemos demasiado. Somos soberbios…Nos consideramos especiales y mucho más exigentes que la plebe, que aquellos humildes miserables que por ignorantes son capaces de creer cualquier cosa. Nuestra “alcurnia” científica y cultural exige más…No nos vamos a dejar sorprender con cualquier cosa…Por ello no vamos a aceptar que alguien que vivió hace 2 mil años, pretenda decirnos como debemos vivir ahora, cómo debemos resolver los asuntos de economía, contaminación, población, etc ahora…¿Fe, amor, fraternidad, Dios trino, único, Mesías, religión? Recursos y muletas de ignorantes, de pueblos atrasados o de ricos para sojuzgar y explotar a pobres.

En pleno siglo XXI, las cosas son distintas. Hemos aprendido a razonar y no necesitamos a un Dios que explique nuestras existencias y que nos de motivos para vivir o para ser cuidadosos con nuestro planeta…Son cosas racionales que caen por su propio peso…¿Y la caridad? Es una palabra incomprensible, que alude a una realidad a una situación incomprensible.

Sin embargo, aquí el Señor en esta lectura nos advierte que hemos recibido todo…que hemos tenido todas las señales necesarias y que no habrá otras…Depende de nosotros dar este paso necesario para avanzar. ¿Lo daremos o nos quedaremos? Es nuestra decisión.

Oremos:

Señor, ayúdanos a tener fe, a reconocerte en nuestras vidas, en nuestro mundo. Tenemos fe, pero necesitamos que la incrementes y fortalezcas. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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jun 11 2010

Lucas 15, 3-7

Texto del evangelio (Lc 15, 3-7)

En aquel tiempo, Jesús dijo esta parábola a los fariseos y maestros de la Ley: «¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto, y va a buscar la que se perdió hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, contento, la pone sobre sus hombros; y llegando a casa, convoca a los amigos y vecinos, y les dice: ‘Alegraos conmigo, porque he hallado la oveja que se me había perdido’. Os digo que, de igual modo, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión».

Reflexión: Lc 15, 3-7

El Señor Jesús pone las cosas en orden, bajo la perspectiva Divina, siempre distinta a la nuestra, aun cuando valiéndose de nuestras motivaciones. Es verdad que nos esforzamos por encontrar lo perdido y nos alegramos cuando lo encontramos…Sin embargo, difícilmente aceptamos que el Señor se alegre tanto al recuperar a los perdidos, a los pecadores. Y sin embargo esa es su Voluntad; esa su intención y su mayor satisfacción. De allí la importancia de la Evangelización, de llevar al Señor y su Palabra a todos los rincones de la tierra, empezando por aquellos ambientes en los que pareciera abundar la perdición y el pecado. Quien tiene este atrevimiento, esta osadía, cuanta más alegría lleva al Señor.

Esto es lo que hacen mis hermanos del Movimiento de Cursillos de Cristiandad (MCC) en todo el mundo, por quienes invito a orar de modo muy especial hoy día, en que, por el mundo entero se realizan decenas de Cursillos, donde centenas de hombres y mujeres tienen la oportunidad de encontrarse con Cristo, gracias a este movimiento evangelizador que no busca otro fin que conducir a nuevos hermanos y hermanas a la conversión, que significa cambiar, transformar sus corazones, sus espíritus para poner Gracia, donde había pecado.

Esta es la Misión de todo cristiano, llevar el mensaje de Dios a todo los rincones del mundo, empezando por los más cercanos a nosotros, por nuestros vecinos, por nuestros familiares y amigos. No podemos ser indiferentes ante los demás. Ya vemos que el Señor no promueve ni le alegra la reunión aséptica de los justos, de aquellos que se cierran en sí mismos por no contaminarse, de aquellos que solamente se juntan entre ellos, para aplaudirse, alabarse y vanagloriarse, como si lo único importante fuera su propia salvación, la que dan por hecha, porque observan una conducta intachable, al menos a sus ojos y según su juicio…¿Pero, qué hay de los demás? El Cristiano no puede convivir con el pecado, ni con el pecador, en actitud indiferente o marcando distancias para no contaminarse…El cristiano tiene que procurar la evangelización y conversión del mundo entero, tanto más si los que le rodean son pecadores, porque esta conversión será la mayor alegría del Señor…Será como el retorno del Hijo Pródigo. ¡Eso es lo que debemos perseguir! ¡Eso lo que debemos proponernos! ¡Eso lo que debemos lograr!

No se trata pues, entonces, de pasar indemne y con la nariz respingada, haciendo ascos a los pecadores, se trata de involucrase, de meter las manos, de comprometerse, sabiendo guardarse, es verdad, pero no aislándose, ni abandonando al mundo por nuestra propia salvación. Nos salvamos juntos o no nos salvamos, decimos en el MCC. Se trata pues entonces, de cambiar el mundo, de santificarlo, de evangelizarlo, con nuestras obras, sin dejar de lado , ni excluir a los pecadores…todo lo contrario, procurando recuperarlos y convertirlos.

Oremos:

Señor Jesús, haznos activos militantes tuyos, que realmente luchemos por la evangelización del mundo en nuestra vida cotidiana, en cada uno de nuestros actos comunes y corrientes. Que no busquemos gestos grandilocuentes, pero que tampoco caigamos en la indiferencia y en la comodidad de los tibios. ¡Cámbianos! ¡Conviértenos en esa piedra angular, en sal y luz del mundo! Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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jun 10 2010

Mateo 5, 20-26

Texto del evangelio (Mt 5, 20-26)

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos.

»Habéis oído que se dijo a los antepasados: ‘No matarás; y aquel que mate será reo ante el tribunal’. Pues yo os digo: Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal; pero el que llame a su hermano “imbécil”, será reo ante el Sanedrín; y el que le llame “renegado”, será reo de la gehenna de fuego.

Reflexión: Mt 5, 20-26

El seguimiento del Señor es exigente. Nos impide conformarnos con aquello que todos aceptan, con aquello que posiblemente nuestros líderes y autoridades se conforman. No se trata de alcanzar una justicia aparente o aceptable a los ojos de la ley y de los hombres. Se trata de alcanzar la verdadera justicia, aquella que fluye de la mano de Dios.

Los cristianos no podemos ser indiferentes y encogernos de hombros cuando vemos que se abusa o atropella a los más débiles, solo por eso, es decir porque son débiles y no tienen quien haga escuchar sus voces. El verdadero cristiano tiene que pararse firme y denunciar con valor el atropello y la injusticia. No puede abandonar a su hermano a su suerte, confiando en la justicia de los hombres, a sabiendas que no funciona y la mayoría de veces es injusta, torcida, vendida, sobornada. No puede abandonarlo sin hacerse cómplice, partícipe del atropello y la injusticia.

El verdadero cristiano no es zalamero, no habla ni declara tanto, en vez de ello prefiere actuar, sabiendo que no siempre su proceder será el más popular, el más atractivo, pero sin embargo siempre será el correcto, porque ha sido obra de la meditación, de la oración y la inspiración divina. El verdadero cristiano acepta el reto y se compromete, convencido que en última instancia es a Jesús a quien sigue, es Su Voluntad la que procura, es Su Bendición la que busca.

El Buen cristiano tiene encima el reto de buscar la reconciliación y la paz, aun entre aquellos que no le comprendieron, que fueron injustos, que le traicionaron y ofendieron; aun con aquellos que lo entregaron. ¿Díganme si no es exigente el rol del cristiano en este mundo? Así mismo fue para Jesús, que tuvo que morir por nosotros en la cruz, en medio de la soledad y la incomprensión de los que le rodeaban, incluso de los suyos. No es fácil el camino que nos ha mostrado y sin embargo es el único que conduce a la salvación. Y en esto no hay matices intermedios. O recogemos o desparramamos; o estamos con Él o estamos contra Él; o estamos con la Luz o preferimos la oscuridad; o defendemos la Verdad y la Justicia o estamos contra ella…

Y, el juicio está en que vino la Luz y los hombres prefirieron la oscuridad…Así que no seamos necios…¡Basta de culpar a Dios! Somos nosotros los que decidimos salvarnos o condenarnos. Oportunidades de escoger, de elegir y decidir en la vida tenemos muchas: de nosotros depende.

Oremos:

Señor guíanos y condúcenos a la Verdad; danos el valor para seguirte siempre, para no flaquear mi dudar de hacer lo correcto siempre. No hay mejor tiempo, hora ni lugar para hacer el bien; debemos hacerlo siempre. Aparta de nosotros el cálculo frio y mezquino que solo nos conduce a preservarnos, a cuidarnos y a mantenernos indiferentes frente al atropello e injusticia que sufren nuestros hermanos. ¡Líbranos de la indiferencia y la cobardía! Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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jun 01 2010

Marcos 12, 13-17

Texto del evangelio (Mc 12, 13-17)

En aquel tiempo, enviaron a Jesús algunos fariseos y herodianos, para cazarle en alguna palabra. Vienen y le dicen: «Maestro, sabemos que eres veraz y que no te importa por nadie, porque no miras la condición de las personas, sino que enseñas con franqueza el camino de Dios: ¿Es lícito pagar tributo al César o no? ¿Pagamos o dejamos de pagar?».

Mas Él, dándose cuenta de su hipocresía, les dijo: «¿Por qué me tentáis? Traedme un denario, que lo vea». Se lo trajeron y les dice: «¿De quién es esta imagen y la inscripción?». Ellos le dijeron: «Del César». Jesús les dijo: «Lo del César, devolvédselo al César, y lo de Dios, a Dios». Y se maravillaban de Él.

Reflexión: Mc 12, 13-17

Es vana pretensión la de querer engañar a Jesús, nuestro salvador.  No pretendamos justificarnos con alguna ambigüedad, con un supuesto mal entendido. Recordemos que Él todo lo ve y sabe. Conoce lo más profundo de nuestras intenciones. Entonces…¿para qué o por qué hacernos los desentendidos?

No se trata de aparentar nada, de hacer creer a nadie. Podremos engañar a nuestros hermanos y quizás tratar de engañarnos hasta a nosotros mismos, pero con Dios jamás podremos.  Así que, no andemos con tretas. No podemos caminar por el medio. O recogemos con Él o esparcimos…Así de simple. O estamos con Él o estamos contra Él. Es Jesús quien nos exige esta definición, que no la hacemos para la galería, para los aplausos, ni aprobación de nadie, sino por una íntima convicción. Y, una vez que hemos decidido, nuestro proceder dará testimonio de nuestra elección. Serán nuestros hechos y no nuestras palabras las que hablen.

En la vida, hay muchas cosas de las que tenemos que valernos, pero no confundamos los medios con el fin…No hagamos de estos medios un fin. Cada cosa en su lugar y por encima de todo, Dios. Nada ni nadie puede hacernos claudicar de este principio, de este fundamento. Por ello Jesús señala en esta lectura que hay que darle a cada quien lo que le corresponde. Teniendo en cuenta esto, no podemos concluir, sin embargo, que el Señor está indicando que cada uno está al mismo nivel, no. Solo dice que a cada quien hay que darle lo que le corresponde, siendo obvio que Dios está por sobre todas las cosas y que por tanto nos debemos a Él en primer lugar. Y, quién sabe en qué lugar debía estar en nuestras vidas el dinero y todo lo que representa…Recordemos que son medios y no fines, a los que valga dedicar nuestras vidas, con tanto esfuerzo depositadas, como el don más grande, entre nuestras manos…¿Qué haremos con ella?
 

Oremos:

Padre Santo, haz que vivamos coherentemente, guardando nuestra propia vida y la de nuestros hermanos como el más preciado tesoro que podríamos haber recibido de Tus manos. Que no mal gastemos nuestro tiempo en tonterías, en frivolidades, dedicados a incrementar nuestros ingresos…Que por el contrario, sepamos valorar a las personas con las que compartimos día a día nuestras vidas. Que nos empeñemos en hacer el bien, en llevar la paz, la esperanza y el amor. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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abr 02 2010

Juan 18, 1-19,42

Texto del evangelio (Jn 18, 1-19,42)

En aquel tiempo, Jesús pasó con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto, en el que entraron él y sus discípulos. Pero también Judas, el que le entregaba, conocía el sitio, porque Jesús se había reunido allí muchas veces con sus discípulos. Judas, pues, llega allí con la cohorte y los guardias enviados por los sumos sacerdotes y fariseos, con linternas, antorchas y armas. Jesús, que sabía todo lo que le iba a suceder, se adelanta y les pregunta: «¿A quién buscáis?». Le contestaron: «A Jesús el Nazareno». Díceles: «Yo soy». Judas, el que le entregaba, estaba también con ellos. Cuando les dijo: «Yo soy», retrocedieron y cayeron en tierra. Les preguntó de nuevo: «¿A quién buscáis?». Le contestaron: «A Jesús el Nazareno». Respondió Jesús: «Ya os he dicho que yo soy; así que si me buscáis a mí, dejad marchar a éstos». Así se cumpliría lo que había dicho: «De los que me has dado, no he perdido a ninguno». Entonces Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó e hirió al siervo del Sumo Sacerdote, y le cortó la oreja derecha. El siervo se llamaba Malco. Jesús dijo a Pedro: «Vuelve la espada a la vaina. La copa que me ha dado el Padre, ¿no la voy a beber?».

Entonces la cohorte, el tribuno y los guardias de los judíos prendieron a Jesús, le ataron y le llevaron primero a casa de Anás, pues era suegro de Caifás, el Sumo Sacerdote de aquel año. Caifás era el que aconsejó a los judíos que convenía que muriera un solo hombre por el pueblo. Seguían a Jesús Simón Pedro y otro discípulo. Este discípulo era conocido del Sumo Sacerdote y entró con Jesús en el atrio del Sumo Sacerdote, mientras Pedro se quedaba fuera, junto a la puerta. Entonces salió el otro discípulo, el conocido del Sumo Sacerdote, habló a la portera e hizo pasar a Pedro. La muchacha portera dice a Pedro: «¿No eres tú también de los discípulos de ese hombre?». Dice él: «No lo soy». Los siervos y los guardias tenían unas brasas encendidas porque hacía frío, y se calentaban. También Pedro estaba con ellos calentándose. El Sumo Sacerdote interrogó a Jesús sobre sus discípulos y su doctrina. Jesús le respondió: «He hablado abiertamente ante todo el mundo; he enseñado siempre en la sinagoga y en el Templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he hablado nada a ocultas. ¿Por qué me preguntas? Pregunta a los que me han oído lo que les he hablado; ellos saben lo que he dicho». Apenas dijo esto, uno de los guardias que allí estaba, dio una bofetada a Jesús, diciendo: «¿Así contestas al Sumo Sacerdote?». Jesús le respondió: «Si he hablado mal, declara lo que está mal; pero si he hablado bien, ¿por qué me pegas?». Anás entonces le envió atado al Sumo Sacerdote Caifás. Estaba allí Simón Pedro calentándose y le dijeron: «¿No eres tú también de sus discípulos?». El lo negó diciendo: «No lo soy». Uno de los siervos del Sumo Sacerdote, pariente de aquel a quien Pedro había cortado la oreja, le dice: «¿No te vi yo en el huerto con Él?». Pedro volvió a negar, y al instante cantó un gallo.

De la casa de Caifás llevan a Jesús al pretorio. Era de madrugada. Ellos no entraron en el pretorio para no contaminarse y poder así comer la Pascua. Salió entonces Pilato fuera donde ellos y dijo: «¿Qué acusación traéis contra este hombre?». Ellos le respondieron: «Si éste no fuera un malhechor, no te lo habríamos entregado». Pilato replicó: «Tomadle vosotros y juzgadle según vuestra Ley». Los judíos replicaron: «Nosotros no podemos dar muerte a nadie». Así se cumpliría lo que había dicho Jesús cuando indicó de qué muerte iba a morir. Entonces Pilato entró de nuevo al pretorio y llamó a Jesús y le dijo: «¿Eres tú el Rey de los judíos?». Respondió Jesús: «¿Dices eso por tu cuenta, o es que otros te lo han dicho de mí?». Pilato respondió: «¿Es que yo soy judío? Tu pueblo y los sumos sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?». Respondió Jesús: «Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuese de este mundo, mi gente habría combatido para que no fuese entregado a los judíos: pero mi Reino no es de aquí». Entonces Pilato le dijo: «¿Luego tú eres Rey?». Respondió Jesús: «Sí, como dices, soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz». Le dice Pilato: «¿Qué es la verdad?». Y, dicho esto, volvió a salir donde los judíos y les dijo: «Yo no encuentro ningún delito en Él. Pero es costumbre entre vosotros que os ponga en libertad a uno por la Pascua. ¿Queréis, pues, que os ponga en libertad al Rey de los judíos?». Ellos volvieron a gritar diciendo: «¡A ése, no; a Barrabás!». Barrabás era un salteador.

Pilato entonces tomó a Jesús y mandó azotarle. Los soldados trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza y le vistieron un manto de púrpura; y, acercándose a Él, le decían: «Salve, Rey de los judíos». Y le daban bofetadas. Volvió a salir Pilato y les dijo: «Mirad, os lo traigo fuera para que sepáis que no encuentro ningún delito en Él». Salió entonces Jesús fuera llevando la corona de espinas y el manto de púrpura. Díceles Pilato: «Aquí tenéis al hombre». Cuando lo vieron los sumos sacerdotes y los guardias, gritaron: «¡Crucifícalo, crucifícalo!». Les dice Pilato: «Tomadlo vosotros y crucificadle, porque yo ningún delito encuentro en Él». Los judíos le replicaron: «Nosotros tenemos una Ley y según esa Ley debe morir, porque se tiene por Hijo de Dios». Cuando oyó Pilato estas palabras, se atemorizó aún más. Volvió a entrar en el pretorio y dijo a Jesús: «¿De dónde eres tú?». Pero Jesús no le dio respuesta. Dícele Pilato: «¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo poder para soltarte y poder para crucificarte?». Respondió Jesús: «No tendrías contra mí ningún poder, si no se te hubiera dado de arriba; por eso, el que me ha entregado a ti tiene mayor pecado». Desde entonces Pilato trataba de librarle. Pero los judíos gritaron: «Si sueltas a ése, no eres amigo del César; todo el que se hace rey se enfrenta al César». Al oír Pilato estas palabras, hizo salir a Jesús y se sentó en el tribunal, en el lugar llamado Enlosado, en hebreo Gabbatá. Era el día de la Preparación de la Pascua, hacia la hora sexta. Dice Pilato a los judíos: «Aquí tenéis a vuestro Rey». Ellos gritaron: «¡Fuera, fuera! ¡Crucifícale!». Les dice Pilato: «¿A vuestro Rey voy a crucificar?». Replicaron los sumos sacerdotes: «No tenemos más rey que el César». Entonces se lo entregó para que fuera crucificado.

Tomaron, pues, a Jesús, y Él cargando con su cruz, salió hacia el lugar llamado Calvario, que en hebreo se llama Gólgota, y allí le crucificaron y con Él a otros dos, uno a cada lado, y Jesús en medio. Pilato redactó también una inscripción y la puso sobre la cruz. Lo escrito era: «Jesús el Nazareno, el Rey de los judíos». Esta inscripción la leyeron muchos judíos, porque el lugar donde había sido crucificado Jesús estaba cerca de la ciudad; y estaba escrita en hebreo, latín y griego. Los sumos sacerdotes de los judíos dijeron a Pilato: «No escribas: ‘El Rey de los judíos’, sino: ‘Éste ha dicho: Yo soy Rey de los judíos’». Pilato respondió: «Lo que he escrito, lo he escrito». Los soldados, después que crucificaron a Jesús, tomaron sus vestidos, con los que hicieron cuatro lotes, un lote para cada soldado, y la túnica. La túnica era sin costura, tejida de una pieza de arriba abajo. Por eso se dijeron: «No la rompamos; sino echemos a suertes a ver a quién le toca». Para que se cumpliera la Escritura: «Se han repartido mis vestidos, han echado a suertes mi túnica». Y esto es lo que hicieron los soldados. Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego dice al discípulo: «Ahí tienes a tu madre». Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa.

Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura, dice: «Tengo sed». Había allí una vasija llena de vinagre. Sujetaron a una rama de hisopo una esponja empapada en vinagre y se la acercaron a la boca. Cuando tomó Jesús el vinagre, dijo: «Todo está cumplido». E inclinando la cabeza entregó el espíritu.

Los judíos, como era el día de la Preparación, para que no quedasen los cuerpos en la cruz el sábado —porque aquel sábado era muy solemne— rogaron a Pilato que les quebraran las piernas y los retiraran. Fueron, pues, los soldados y quebraron las piernas del primero y del otro crucificado con Él. Pero al llegar a Jesús, como lo vieron ya muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua. El que lo vio lo atestigua y su testimonio es válido, y él sabe que dice la verdad, para que también vosotros creáis. Y todo esto sucedió para que se cumpliera la Escritura: «No se le quebrará hueso alguno». Y también otra Escritura dice: «Mirarán al que traspasaron».

Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús, aunque en secreto por miedo a los judíos, pidió a Pilato autorización para retirar el cuerpo de Jesús. Pilato se lo concedió. Fueron, pues, y retiraron su cuerpo. Fue también Nicodemo —aquel que anteriormente había ido a verle de noche— con una mezcla de mirra y áloe de unas cien libras. Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en vendas con los aromas, conforme a la costumbre judía de sepultar. En el lugar donde había sido crucificado había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo, en el que nadie todavía había sido depositado. Allí, pues, porque era el día de la Preparación de los judíos y el sepulcro estaba cerca, pusieron a Jesús.

Reflexión: Jn 18, 1-19,42

Todo ocurre conforme estaba escrito. La intervención de Dios es nuestra historia, en nuestra salvación, no es antojadiza, ni mucho menos improvisada. Obedece a un Plan, trazado mucho antes que viniéramos a este mundo. Dios nos crea a su imagen y semejanza. Esto quiere decir que en lo más recóndito de nuestro ser, en el núcleo, en el centro, en la esencia o como queramos llamar a aquello fundamental que nos distingue de todas las creaturas vivientes, está la impronta de Dios, su huella indeleble, que nos hace tender a Él, volver a Él, para hacernos uno, con Él.

Este es el camino natural, lógico por el que debíamos transitar, erguidos, levantando la mirada y dirigiéndonos al Padre. No hemos sido creados para arrastrarnos por la tierra como serpientes, ni para escondernos como sabandijas, entre las sobras. Somos hijos de la Luz y por lo tanto debemos permanecer en ella, caminar por ella hacia La Verdad.

Sin embargo el Demonio aparece en esta escena, pretendiendo que nada de esto es cierto. Que podemos prescindir de Dios, porque nosotros mismos somos como Dios. Viene a sembrar confusión entre nosotros, haciéndonos asumir como la verdad, historias tejidas por hombres, destinadas a justificarse, a respaldar sus actitudes egocéntricas, pequeñas, mezquinas, llenas de soberbia y ambición. Historias finitas, que pretenden que no hay más allá, que Dios no existe, que no existe otra razón de ser en la vida que lograr la propia satisfacción personal, entronizándose a sí mismos, como el centro del universo.

El hombre, creado libre por Dios, tendiendo hacia Él, puede sin embargo escoger el mal, y eso lo sabe el Príncipe de las tinieblas, que no pierde oportunidad para tentarlo y perderlo, pretendiendo hacerle creer que puede ser feliz por sobre los demás o sin tenerlos en cuenta. Por eso el Padre, que nos amó desde siempre, que no quiere que nos perdamos, ni restarnos libertad, envía a su propio Hijo, para dar testimonio de Él, para enseñarnos el Camino, que no es otro que el de el Amor. Esto es lo que celebramos en estas fechas: el Amor de Dios. Este es el misterio que debemos develar. La muerte de Jesús en la cruz, no es otra cosa que una muestra de amor llevada al extremo. Es el mayor testimonio de amor, porque no hay amor más grande que el de aquel que es capaz de dar la vida por los que ama. Esa fue la Voluntad del Padre, que Jesús vino a cumplir, tal como se lo dice a Pedro y con él a todos nosotros: «Vuelve la espada a la vaina. La copa que me ha dado el Padre, ¿no la voy a beber?»

No se trata de un acto simbólico, de un cuento o de una leyenda, sino de un hecho histórico, real, que ocurrió hace poco más de 2mil años, que evidencia el amor de Dios por los hombres. Un amor eterno, revelado por Jesús con su vida muerte y resurrección, convirtiéndose en el centro de nuestra historia, en el hito más importante, que marca un antes y un después, tanto en la historia de la humanidad, como en la historia de cada una de las personas que tienen la Gracia de encontrase con Él a lo largo de su vida.

Oremos:

Señor mío Jesucristo, perdóname por las veces que he pasado indiferente delante de ti, por las veces que me he hecho el tonto, el que no te oigo, el que no te conozco. Perdona mi falta de valor, mi egoísmo, mi indiferencia. Aleja de mi toda tentación. Hazme donación generosa para todo aquél que te busca con avidez. Que mi vida sea un testimonio de tu amor. Gracias por todo lo que me das abundante y generosamente, que sin embargo no veo o dejo pasar inadvertido, por tener tanto que hacer. Gracias por mi esposa, mi familia y mis amigos. Gracias por mi cuerpo, mis sentidos y mi salud… Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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mar 27 2010

Juan 11, 45-56

Texto del evangelio (Jn 11, 45-56)

En aquel tiempo, muchos de los judíos que habían venido a casa de María, viendo lo que había hecho, creyeron en Él. Pero algunos de ellos fueron donde los fariseos y les contaron lo que había hecho Jesús. Entonces los sumos sacerdotes y los fariseos convocaron consejo y decían: «¿Qué hacemos? Porque este hombre realiza muchas señales. Si le dejamos que siga así, todos creerán en Él y vendrán los romanos y destruirán nuestro Lugar Santo y nuestra nación». Pero uno de ellos, Caifás, que era el Sumo Sacerdote de aquel año, les dijo: «Vosotros no sabéis nada, ni caéis en la cuenta que os conviene que muera uno solo por el pueblo y no perezca toda la nación». Esto no lo dijo por su propia cuenta, sino que, como era Sumo Sacerdote aquel año, profetizó que Jesús iba a morir por la nación —y no sólo por la nación, sino también para reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos—. Desde este día, decidieron darle muerte.

Por eso Jesús no andaba ya en público entre los judíos, sino que se retiró de allí a la región cercana al desierto, a una ciudad llamada Efraim, y allí residía con sus discípulos. Estaba cerca la Pascua de los judíos, y muchos del país habían subido a Jerusalén, antes de la Pascua para purificarse. Buscaban a Jesús y se decían unos a otros estando en el Templo: «¿Qué os parece? ¿Que no vendrá a la fiesta?». Los sumos sacerdotes y los fariseos habían dado órdenes de que, si alguno sabía dónde estaba, lo notificara para detenerle.

Reflexión: Jn 11, 45-56

Más claro, imposible. Los sumos sacerdotes condenan a muerte a Jesús para salvarse, para mantener el estatus, para no verse perjudicados por su prédica, ya que como ellos mismos reconocen: “este hombre realiza muchas señales. Si le dejamos que siga así, todos creerán en Él y vendrán los romanos y destruirán nuestro Lugar Santo y nuestra nación.”

¡Qué tal paradoja! ¡Qué tal juicio! Le condenan a muerte porque realiza muchas señales. Ni si quiera entran a calificar las señales. Si son buenas o malas, no está en discución. Eso a muchos no les importa. Mientras que otros, están dispuestos a creer y tolerar el mensaje del Señor, hasta cierto punto. Mientras no lo transgreda y pase con perfil bajo, es bueno y hasta simpático. Mientras no los comprometa, mientras no ponga en juego su posición, su situación, qué más da que el pueblo crea en esto o en aquello…Pero, este  “realiza muchas señales”. ¡Es peligroso! Puede llegar a ser intolerable para los romanos, para aquellos con los que convivimos en contubernio, en un acuerdo tácito, en el que respetamos mutuamente nuestros privilegios, a costa del mismo sufrido pueblo, que no tiene más alternativa que aguantarlos a ambos. No sea que los romanos, que son muy poderosos y han actuado con tolerancia nos castiguen. No están dispuestos a pagar por Jesús y su prédica, lo que para ellos supone un alto costo: la destrucción de su templo y de su nación. Seamos claros: en realidad su templo y la nación son meras excusas, pues para ellos significan poco. Lo que en realidad temen es perder sus privilegios, mantenidos bajo esta aparente pacífica convivencia.

Se acerca la Pascua, y con ella, la hora en que Jesús será entregado y sacrificado por todos nosotros. Es así que sin querer y sin saberlo Caifás profetiza la muerte de Jesús: “os conviene que muera uno solo por el pueblo y no perezca toda la nación.” Esta es una de las formas en que Dios interviene en la historia. Los hechos son los mismos…Y mientras “el consejo” (las autoridades del pueblo judío) encuentran la excusa perfecta para eliminarlo, seguramente sin presagiar todavía que sería en esa Pascua, ni que habrían de crucificarle públicamente, los planes del Señor siguen su curso, y pasan precisamente por su sacrificio en la cruz, por su muerte y resurrección, para salvarnos del pecado y la muerte, sellando así la nueva alianza.

Es así que mientras el Consejo decide eliminarle porque “realiza muchas señales”, precipitan precisamente la señal más grande e imperecedera, la muerte y resurrección de Jesús, que será la señal de los cristianos, el símbolo supremo de nuestra salvación. Por eso la cruz será el recuerdo eterno de nuestra redención, de nuestra salvación, de la nueva alianza forjada con la sangre de Jesús. Quisieron borrarlo, eliminarlo y desataron la señal más grande, que con muchas vicisitudes, seguramente, después de más de 2mil años, sigue tan radiante y fresca como entonces, promoviendo adhesiones sinceras, en gentes humildes, más allá de toda la propaganda que, como entonces desatan los poderosos en su contra, para no perder privilegios, fama y poder.

Oremos:

Señor Jesús, que no seamos uno más de aquellos que buscan sacrificarte, eliminarte, borrarte del mapa, porque nos perturba tu prédica. Por el contrario, que seamos de los que se aferran a tu cruz, sabiendo que con tu muerte y resurrección, haz vencido al mundo, perdonando nuestros pecados y restaurando la alianza con nuestro Padre, que nos espera con los brazos abiertos, teniendo reservado para nosotros un lugar a su lado, en el que viviremos eternamente.  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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mar 21 2010

Juan 8, 1-11

Texto del evangelio (Jn 8, 1-11)

En aquel tiempo, Jesús se fue al monte de los Olivos. Pero de madrugada se presentó otra vez en el Templo, y todo el pueblo acudía a Él. Entonces se sentó y se puso a enseñarles. Los escribas y fariseos le llevan una mujer sorprendida en adulterio, la ponen en medio y le dicen: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés nos mandó en la Ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú qué dices?». Esto lo decían para tentarle, para tener de qué acusarle. Pero Jesús, inclinándose, se puso a escribir con el dedo en la tierra.

Pero, como ellos insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: «Aquel de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra». E inclinándose de nuevo, escribía en la tierra. Ellos, al oír estas palabras, se iban retirando uno tras otro, comenzando por los más viejos; y se quedó solo Jesús con la mujer, que seguía en medio. Incorporándose Jesús le dijo: «Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado?». Ella respondió: «Nadie, Señor». Jesús le dijo: «Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más».

Reflexión: Jn 8, 1-11

El evangelio de hoy, es muy hermoso. Nos transmite la grandeza de Jesús. Como él mismo dice varias veces, “aquí hay alguien más grande…” Estamos ante Dios hecho hombre. Solo Él podría tener tal gesto, muy elocuente respecto a la autoridad que brotaba de su sola presencia. Era un tipo íntegro, cabal, al que no se atrevían a tocarlo si quiera. Contra toda una multitud violenta, exasperada, que traía arrastrando a una mujer, que sabiendo lo que le esperaba, seguramente venía suplicando…Una multitud enardecida, que ya había juzgado “conforme a la ley”, tenía su veredicto y estaban dispuestos a ejecutar la sentencia…Jalones, empellones, gritos, tumulto…

Frente a una multitud furiosa, dispuesta a dar muerte a su víctima, con la plena seguridad que lo merecía, pues “así estaba ordenado por la ley”, una turba entre los que no faltaban los morbosos tan culpables o más que la acusada, que sin embargo no podían refrenar su deseo de aplastar, de destrozar a su víctima, tal vez buscando en ella su venganza o simplemente dando rienda suelta a sus bajos instintos…

Toda esta horda vociferante y enardecida era seguida de cerca por escribas y fariseos que avalaban este hecho, como si se tratara de algo inevitable, de algo consumado…Había faltado a la Ley de Moisés, por lo que no había otro camino.

¡Cómo contrasta toda esta escena con la actitud de Jesús! Lo estaban desafiando a Él, a su autoridad…Tratando de poner en entre dicho toda su prédica…¡Veamos, qué hace ahora! ¡Qué dice! ¡Tanto hablar del Reino, del amor!…¡Los gallos se miden en la cancha! Para escribas y fariseos, Jesús estaba perdido…Tendría que abdicar  de todo lo que había dicho para defenderla o participar en el apedreamiento. De cualquier modo, estaba perdido. Finalmente lo tenían. Habían encontrado la excusa perfecta para borrarlo del mapa, para desacreditarlo y condenarlo como a un charlatán más…En eso andaban cavilando, cuando lo encontraron.

Sin embargo, la actitud el Señor es asombrosa. No dijo nada. No abrió la boca…Como si lloviera, “inclinándose, se puso a escribir con el dedo en la tierra”. ¡Qué paz! ¡Qué autoridad! ¡Qué seguridad! ¿Quién podría mantener tal calma en aquella situación, sino solo Dios? ¡Eso es lo que sintió aquél tumulto! Tenía que haber algo en Él, algo que podían percibir en el ambiente, en su presencia, en su sola mirada, en su voz…Algo que les impedía si quiera tocarle. Emanaba autoridad…

Pero como quiera que volviera a preguntarle, que prontos a perder la paciencia insistieran en exigirle una respuesta, “se incorporó y les dijo: «Aquel de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra». E inclinándose de nuevo, escribía en la tierra. Ellos, al oír estas palabras, se iban retirando uno tras otro, comenzando por los más viejos; y se quedó solo Jesús con la mujer, que seguía en medio. Incorporándose Jesús le dijo: «Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado?». Ella respondió: «Nadie, Señor». Jesús le dijo: «Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más».

¡Este es el Señor de Universo en el que creemos! ¡Él nos ha dado a conocer al Padre! ¡Qué paz, qué alegría, qué dicha podemos sentir después de conocer a nuestro Dios! ¿Eso no es lo que debió sentir esta mujer? Había estado a punto de morir apedreada por una turba enardecida, que estaba dispuesta a matarla y ella sabía muy bien por qué. No tenía salvación…No había salida. Había infligido la Ley y tanto ella como sus verdugos lo sabían…No había escapatoria.

Pero lo que es imposible para el hombre, es sin embargo posible para Dios. Jesús no hizo nada más que pronunciar una simple oración dirigida al corazón de cada uno de aquellos hombres, con tal contundencia, que no quedo ni uno solo que se sintiera en capacidad de condenarla. Es que si buscamos sinceramente en nuestro interior, encontraremos que todos hemos fallado alguna vez, y hemos sido culpables de faltas iguales o perores a aquellas que condenamos, sin embargo hemos sido dignos de perdón o cuando menos, no se ha sabido y hemos tenido una nueva oportunidad para rectificarnos…¿Por qué no habría de tenerla ella?

¿Si alguien supiera lo que he sido capaz de hacer yo?, se preguntaría seguramente cada una de estas personas y finalmente no se sintieron capaces de condenarla; empezando por los más viejos…Es que quienes más hemos vivido, podemos comprender más las flaquezas del hombre, porque nosotros mismos hemos caído y felizmente nadie nos condenó, por eso pudimos salir adelante…¿Cómo no darle una nueva oportunidad a esta mujer? Después de todo…¿Quién soy yo para condenar? Esa debió ser la conclusión a la que uno a uno fueron llegando.

Finalmente, perdonada por todos, recibió el perdón más importante…el perdón de Jesús: «Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más». ¡Imagínense la alegría de esta mujer! ¡Todo debió parecerle de otro color, todo distinto! ¡Había vuelto a nacer, gracias a Jesús! Este es un resumen de la historia de la Salvación, de nuestra Salvación.

Oremos:

Padre Santo, inspira en nuestro corazones el perdón; que no seamos tan propensos a condenar a todo el mundo, como a perdonar y comprender. Arranca de nuestros corazones la soberbia. No hay merecimiento alguno en nuestra Salvación, esta es solamente obra de Tu Infinita Gracia. Que caminemos así, con esta convicción por el mundo, dispuestos a amar y perdonar. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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mar 20 2010

Juan 7, 40-53

Texto del evangelio (Jn 7, 40-53)

En aquel tiempo, muchos entre la gente, que habían escuchado a Jesús, decían: «Éste es verdaderamente el profeta». Otros decían: «Éste es el Cristo». Pero otros replicaban: «¿Acaso va a venir de Galilea el Cristo? ¿No dice la Escritura que el Cristo vendrá de la descendencia de David y de Belén, el pueblo de donde era David?».

Se originó, pues, una disensión entre la gente por causa de Él. Algunos de ellos querían detenerle, pero nadie le echó mano. Los guardias volvieron donde los sumos sacerdotes y los fariseos. Estos les dijeron: «¿Por qué no le habéis traído?». Respondieron los guardias: «Jamás un hombre ha hablado como habla ese hombre». Los fariseos les respondieron: «¿Vosotros también os habéis dejado embaucar? ¿Acaso ha creído en Él algún magistrado o algún fariseo? Pero esa gente que no conoce la Ley son unos malditos».

Reflexión: Jn 7, 40-53

Nadie queda indiferente ante las palabras del Señor. Es asombrosa la reacción de los guardias que debían apresarle. Cómo se refieren al Él: “Jamás un hombre ha hablado como habla ese hombre”. Es que realmente Jesús es “La Verdad”, y esta tiene la virtud de llegar hasta a los corazones más endurecidos, e iluminarlos.

Es la gente hueca, superficial, la que se queda en la periferia de las cosas, la única que no es capaz de comprender, porque tiene demasiados prejuicios, porque, además, en el fondo se resisten a creer en nada que cuestione su poder, su mundo, su orden, en el que detentan poder y privilegios, que no están dispuestos a ver mellados por nadie, mucho menos por un “don nadie”, cuyas credenciales para ellos no son suficientes. “Un tipo de tal apellido, con tal apariencia física, de tal raza, que viene de no sé qué pueblucho, ¿me va a enseñar a mi algo? Anda primero, lávate la cara y después veremos si hablamos” ¿No somos muchas veces así de duros?

Estamos llenos de prejuicios, y en general no somos capaces de admitir que una persona humilde pueda enseñarnos algo. Es que nos hemos sumido en un mundo en el que los valores están tan tergiversados, que hemos llegado a confundir poder con sabiduría. Y ya vemos que Jesús viene de abajo, nace en un pesebre; es decir se hace como el más humilde, como el más pobre, precisamente para enseñarnos que no es del dinero ni del poder que brota la Verdad. No es por esa vía que lograremos la salvación. Es más bien por el amor; y el amor es servicial, es humilde…todo lo cree, todo lo espera.

El que no es capaz de amar, no es capaz de encontrar la Verdad. La Verdad sólo se alcanza a ver, -como diría el Principito- con los ojos del corazón.  Para justificar nuestro egoísmo y miseria, hemos creado un mundo artificial, efectivamente a nuestra imagen y semejanza; un mundo donde convivimos con el pecado, como un mal necesario…En el que todo depende; en el que el individualismo y el relativismo, que son dos caras de una misma moneda, reinan. Nuestras ansias de poder y dinero, nos ciegan y nos hacen capaces de todo con tal de obtenerlo, como si en ello estuviera la diferencia entre la vida y la muerte. Pero bien sabemos que esto es una ilusión. No hay nadie tan poderoso, ni tan rico que haya podido evitar la muerte o que se haya ido a la otra vida, con si quiera un gramo de lo que atesoró. Entonces, ¿por qué tanto afán?

Hemos sido cegados por el Príncipe de este mundo.  Efectivamente, el pretende y muchas veces logra que veamos el mundo desde su perspectiva superficial, perentoria, sumergiéndonos en la vorágine de la vida, sin ninguna perspectiva superior, perdiéndonos en el día a día, como si sólo importaran nuestro poder y satisfacción personales. El resto, que se hundan, me tienen sin cuidado. Cada quien debe velar por sí mismo…Esa es la cultura que este maldito propicia y en cuyas garras caemos. Todo lo queremos para hoy y para mí.

Por eso, como los ricos, los sacerdotes y los fariseos que condenan a Jesús, que incluso se atreven a condenar su procedencia, aun teniendo conocimiento de las escrituras, las que toman muy superficialmente, acomodándolas a sus intereses, no estamos dispuestos a que ningún “pelagatos” nos venga a enmendar la plana. “Para hablar conmigo y hacerme cambiar de opinión, tienes que haber leído por lo menos tantos libros a la semana, debes tener dos o tres maestrías o algún doctorado, debes mostrarme tu título de Harvard, debes tener tal apellido, la tez de tal color y haber sido aprobado por mi círculo de amigos, o por aquellos que admiro y envidio, cuya posición deseo alcanzar algún día.” Ese es nuestro patrón de comportamiento…Figúrense si realmente vamos a dejar que Jesús entre en nuestras vidas…Lo usaremos, como tantas otras cosas de las que nos valemos para acrecentar nuestro poder, pero jamás le permitiremos que se apodere de nuestras vidas. No estamos dispuestos a ceder un ápice de nuestra fama, de nuestro poder…

Oremos:

Señor Jesús, enséñanos a ser humildes; a buscar y ver la Verdad en el corazón de nuestros hermanos. Que seamos capaces de escuchar, de atender, de comprender, de condolernos, de congraciarnos. Danos sabiduría para superar nuestras miserias, para superar nuestro egoísmo, para romper las cadenas que nos atan y esclavizan en la oscuridad. Danos tu luz. ¡Haznos dóciles a Tu Espíritu! Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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mar 06 2010

Lucas 15, 1-3.11-32

Texto del evangelio (Lc 15, 1-3.11-32)

En aquel tiempo, viendo que todos los publicanos y los pecadores se acercaban a Jesús para oírle, los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: «Este acoge a los pecadores y come con ellos». Entonces les dijo esta parábola. «Un hombre tenía dos hijos; y el menor de ellos dijo al padre: ‘Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde’. Y él les repartió la hacienda. Pocos días después el hijo menor lo reunió todo y se marchó a un país lejano donde malgastó su hacienda viviendo como un libertino. Cuando hubo gastado todo, sobrevino un hambre extrema en aquel país, y comenzó a pasar necesidad. Entonces, fue y se ajustó con uno de los ciudadanos de aquel país, que le envió a sus fincas a apacentar puercos. Y deseaba llenar su vientre con las algarrobas que comían los puercos, pero nadie se las daba. Y entrando en sí mismo, dijo: ‘¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, mientras que yo aquí me muero de hambre! Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, pequé contra el cielo y ante ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros’. Y, levantándose, partió hacia su padre.

»Estando él todavía lejos, le vio su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente. El hijo le dijo: ‘Padre, pequé contra el cielo y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo’. Pero el padre dijo a sus siervos: ‘Traed aprisa el mejor vestido y vestidle, ponedle un anillo en su mano y unas sandalias en los pies. Traed el novillo cebado, matadlo, y comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado’. Y comenzaron la fiesta.

»Su hijo mayor estaba en el campo y, al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y las danzas; y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. El le dijo: ‘Ha vuelto tu hermano y tu padre ha matado el novillo cebado, porque le ha recobrado sano’. Él se irritó y no quería entrar. Salió su padre, y le suplicaba. Pero él replicó a su padre: ‘Hace tantos años que te sirvo, y jamás dejé de cumplir una orden tuya, pero nunca me has dado un cabrito para tener una fiesta con mis amigos; y ¡ahora que ha venido ese hijo tuyo, que ha devorado tu hacienda con prostitutas, has matado para él el novillo cebado!’ Pero él le dijo: ‘Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero convenía celebrar una fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto, y ha vuelto a la vida; estaba perdido, y ha sido hallado’».

Reflexión: Lc 15, 1-3.11-32

Estamos probablemente ante una de las lecturas más bellas y conmovedoras del Nuevo Testamento. Aquí Jesús nos revela al Padre en toda su dimensión. Y lo hace precisamente a propósito de la acusación de los fariseos: «Este acoge a los pecadores y come con ellos». ¿Qué mejor testimonio del Padre? ¿Qué mejor forma de mostrarnos el camino, de enseñarnos nuestra misión? ¿Puede haber una actitud más esperanzadora que esta? El Señor no solamente dice lo que hay que hacer, lo muestra con hechos, con su ejemplo.

La respuesta de Jesús, la parábola tan conocida del Hijo Pródigo, es el sustento, la explicación de su proceder. Y no puede haber nada más alentador, más estimulante, más esperanzador, para quienes nos sentimos poca cosa, marginados, despreciados, pecadores, que la respuesta del Señor. Y en esta, no hace otra cosa que presentarnos al Padre Eterno, al Padre Creador, al Padre Amoroso, que todo lo que quiere es ver a su hijo de vuelta. Que sale a recibirlo, a darle alcance no bien lo ve venir, lo abraza y hace una gran fiesta “porque este hermano tuyo estaba muerto, y ha vuelto a la vida; estaba perdido, y ha sido hallado”.

“No necesitan médico los sanos, sino los enfermos” nos dirá en otro pasaje. Es que como Jesús mismo nos lo revela, Él ha venido a nosotros cumpliendo la Voluntad del Padre. Es Él que nos quiere de vuelta en Su casa, que es la nuestra; es Él que impaciente nos espera a que regresemos y cuando nos ve a lo lejos llegar, sale a nuestro encuentro, con los brazos abiertos.

Veamos y meditemos en torno a la historia de este hijo, que podría ser la historia de cualquiera de nosotros, que con mucha soberbia y ambición, renegamos de nuestro Padre y decidimos abandonarlo, para hacer uso de nuestro patrimonio, de nuestra vida, como nos da la gana, sin reparar en nada y prestando oídos sordos a sus consejos, a sus ruegos, a sus disposiciones. Viejo de miércoles, llegamos a decir, seguramente y lo mandamos a rodar, con la pretensión de liberarnos de Él, de sus órdenes, de su dependencia. No quisimos saber nada con Él, ni que se inmiscuyera en nuestros asuntos. De espaldas a Él, quisimos edificar nuestra vida y sin embargo todo lo que conseguimos fue dilapidar el patrimonio que nos fue confiado por un tiempo.

¿Qué has hecho de tu vida? ¿Qué frutos puedes exhibir? ¿Sigues viviendo en aquella farra que parece interminable o ya estás comiendo las sobras de los puercos? ¡Despierta! ¡Reacciona! No tienes que seguir hundiéndote…¡Vuelve al Padre, que Él te espera con los brazos abiertos!

Jesús viene y va precisamente a la gente despreciada, a los pecadores, para anunciarles el Evangelio; para anunciarles esta noticia: “Dios es tu Padre. Deja las tonterías que estás haciendo, arrepiéntete de la mala vida que has estado llevando y vuelve a Él, que te espera impaciente en el portal de tu casa.” Él inmediatamente te restaurará como hijo Suyo: te hará poner el mejor vestido, te pondrá el anillo, en señal de heredad y hará una fiesta por ti. ¿Qué esperas? Vuelve a la casa del Padre. Él te espera y te quiere como solo el Padre Eterno puede querer.

Oremos:

Señor, danos humildad para reconocer nuestros errores, para pedir perdón por ellos y volver a tu Camino. No dejes que la soberbia nos pierda, ni mucho menos la envidia por aquellos hermanos que acoges con cariño, porque supieron reconocer sus pecados y volver a ti. Gracias Padre Santo por tu bondad. Perdóname por cuantas veces te he defraudado, pretendiendo prescindir de Ti. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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mar 05 2010

Mateo 21, 33-43.45-46

Texto del evangelio (Mt 21, 33-43.45-46)

En aquel tiempo, Jesús dijo a los grandes sacerdotes y a los notables del pueblo: «Escuchad otra parábola. Era un propietario que plantó una viña, la rodeó de una cerca, cavó en ella un lagar y edificó una torre; la arrendó a unos labradores y se ausentó. Cuando llegó el tiempo de los frutos, envió sus siervos a los labradores para recibir sus frutos. Pero los labradores agarraron a los siervos, y a uno le golpearon, a otro le mataron, a otro le apedrearon. De nuevo envió otros siervos en mayor número que los primeros; pero los trataron de la misma manera. Finalmente les envió a su hijo, diciendo: ‘A mi hijo le respetarán’. Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron entre sí: ‘Este es el heredero. Vamos, matémosle y quedémonos con su herencia’. Y agarrándole, le echaron fuera de la viña y le mataron. Cuando venga, pues, el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?».

Dícenle: «A esos miserables les dará una muerte miserable y arrendará la viña a otros labradores, que le paguen los frutos a su tiempo». Y Jesús les dice: «¿No habéis leído nunca en las Escrituras: La piedra que los constructores desecharon, en piedra angular se ha convertido; fue el Señor quien hizo esto y es maravilloso a nuestros ojos? Por eso os digo: se os quitará el Reino de Dios para dárselo a un pueblo que rinda sus frutos».

Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír sus parábolas, comprendieron que estaba refiriéndose a ellos. Y trataban de detenerle, pero tuvieron miedo a la gente porque le tenían por profeta.

Reflexión: Mt 21, 33-43.45-46

¿Cómo aplicar aquí y ahora, a nosotros estás palabras? Lo hemos recibido todo, lo tenemos todo y sin embargo no hemos sido capaces de encaminar adecuadamente nuestra vida. La hemos desperdiciado, dedicándola a fines egoístas, ajenos a aquello para lo cual se nos entregó semejante patrimonio. Lo recibimos en custodia, con la autoridad suficiente para emplearlo de un modo tal que permitiera incrementarlo, acrecentarlo, en orden a la salvación, en orden a la construcción del Reino…¿Y, qué hemos hecho? Estas son las cuentas que nos pide el dueño de la viña.

Si recibimos tanto y en un momento no supimos qué hacer, el nos envió emisarios para explicarnos, para aclararnos y para pedirnos cuentas. ¿A quiénes? ¿Cuándo? Revisa tu vida y responde tu mismo estas preguntas. Se honesto. ¿Nunca se te dijo lo que debías hacer? ¿Lo hiciste? ¿Hiciste caso o más bien te agazapaste en ti y con mucha soberbia rechazaste aquella corrección? Sabías lo que tenías que hacer, y sin embargo preferiste la comodidad, la “tranquilidad”…Huiste del compromiso, y en vez de procurar los frutos que el dueño de la viña esperaba, te dedicaste a otra cosa. Te enviaron dinero para que adquirieras nutrientes, abono, agua para la viña, y tu preferiste emplearlos en otra cosa, descuidando la viña y dejando que la mala yerba crezca por doquier…

Preferiste la farra, la jarana, “el buen vivir”, antes que el trabajo abnegado y sacrificado para lograr los mejores frutos con el patrimonio que se te confió. Obraste posiblemente como muchos, como todos…Desechaste la piedra angular; despreciaste a cuanto emisario y oportunidad de corrección se te dio. No eres digno del Reino…se te quitará para dárselo a otro.

Así de duras y exigentes son las palabras del Señor. Por eso, debemos hacer un alto. Meditar y reflexionar lo que estamos haciendo con nuestra vida. No podemos seguir ciegamente por donde nos empujen, por donde nos llevan los demás. No porque todos lo hacen, yo debo hacerlo. Tengo en mis manos la posibilidad de emplear adecuadamente el patrimonio que se me ha confiado…Y no hay mayor patrimonio que la vida misma. He de orientarla como corresponde y esforzarme porque rinda los frutos que espera el dueño de la viña.

Oremos:

Padre Santo, permite que viva de tal modo que al final pueda decirte con alegría y paz: toma mi vida…Tú me la diste y a ti te la devuelvo. Ilumíname para llevar una vida santa, humilde, fructífera. Enséñame a amar cada día y a ver y oír tu voluntad en cada uno de mis hermanos, en cada acontecimiento. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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mar 04 2010

Lucas 16, 19-31

Texto del evangelio (Lc 16, 19-31)

En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos: «Era un hombre rico que vestía de púrpura y lino, y celebraba todos los días espléndidas fiestas. Y un pobre, llamado Lázaro, que, echado junto a su portal, cubierto de llagas, deseaba hartarse de lo que caía de la mesa del rico pero hasta los perros venían y le lamían las llagas.

»Sucedió, pues, que murió el pobre y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. Murió también el rico y fue sepultado. Estando en el Hades entre tormentos, levantó los ojos y vio a lo lejos a Abraham, y a Lázaro en su seno. Y, gritando, dijo: ‘Padre Abraham, ten compasión de mí y envía a Lázaro a que moje en agua la punta de su dedo y refresque mi lengua, porque estoy atormentado en esta llama’. Pero Abraham le dijo: ‘Hijo, recuerda que recibiste tus bienes durante tu vida y Lázaro, al contrario, sus males; ahora, pues, él es aquí consolado y tú atormentado. Y además, entre nosotros y vosotros se interpone un gran abismo, de modo que los que quieran pasar de aquí a vosotros, no puedan; ni de ahí puedan pasar donde nosotros’.

»Replicó: ‘Con todo, te ruego, padre, que le envíes a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que les dé testimonio, y no vengan también ellos a este lugar de tormento’. Díjole Abraham: ‘Tienen a Moisés y a los profetas; que les oigan’. Él dijo: ‘No, padre Abraham; sino que si alguno de entre los muertos va donde ellos, se convertirán’. Le contestó: ‘Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se convencerán, aunque un muerto resucite’».

Reflexión: Lc 16, 19-31

Por alguna razón, somos selectivos en lo que estamos dispuestos a creer y lo que rechazamos como inverosímil o tomamos como algo meramente referencial y figurativo. Así, nos decimos cristianos, confesamos creer en Dios Padre, pero rechazamos la idea del demonio y del infierno, con el argumento, muy conveniente y convincente, que siendo nuestro Padre tan bueno, no lo puede permitir. Entonces armamos una serie de teorías, entre las que con más frecuencia encuentro una que dice: “todo lo que se hace aquí, aquí se paga,” que es una forma de negar precisamente el infierno…Y nos quedamos pensado en torno a ello, como el resultado de la sabiduría popular, que tiene tanto de sabia y nos preguntamos, ¿por qué no podría ser cierto? Y, lo dejamos ahí, como algo en lo que no nos gusta reflexionar mucho, una hondura en la que no queremos meternos…

Y sin embargo, Jesucristo que a develado para nosotros el misterio del Padre, hace una alusión muy concreta al infierno en esta lectura, dando cuenta de ciertas características muy precisas: hay un abismo insalvable entre el “seno de Abraham” y el Hades. No hay forma que allí alguien alivie tus tormentos. No hay forma de reparar allí lo que aquí hiciste. Cosecharás inevitablemente lo que sembraste, sin marcha atrás. Por más buenas intenciones que tuvieras entonces, incluso con tu prójimo, no habrá forma de advertirles para evitarles este sufrimiento, nada más que las que ya tenemos, como son los testimonios de los santos, de los profetas y de Jesucristo mismo, que nos señala el Camino de la salvación y de la Vida Eterna.

Si no escuchamos este llamado, si no escuchamos estas advertencias, nos perderemos irremediablemente. Si, es verdad, solo tenemos una vida, solo tenemos esta vida para decidir nuestro futuro eterno. O iremos a nuestro Padre, que nos llama y ha salido con los brazos abiertos a recibirnos, que tiene un sitio especialmente preparado para nosotros desde siempre, o nos condenamos a la oscuridad, al fuego eterno, al dolor y al sufrimiento, junto al Príncipe de este Mundo.

No, el Señor no nos amenaza. Nos advierte, nos da a a conocer el peligro que corremos y nos invita insistentemente a recorrer el camino correcto. El nos quiere y quiere que vayamos a reunirnos con el Padre. Él quiere a tal punto que nos salvemos, que se ha hecho hombre para mostrarnos El Camino, y no ha escatimado esfuerzo por nosotros, llegando incluso a dar su vida. Aparte de Cristo ¿Qué otro amigo conoces que haya dado la vida por ti?

Precisamente para que creamos y le sigamos en este ejemplo de amor extremo, resucitó, es decir que venció a la muerte, constituyéndose así en la garantía de salvación que buscamos. No hay ni se nos darán más pruebas. Las tomamos, creemos, las seguimos y nos salvamos, o nos perdemos para siempre. Esa es nuestra elección. No olvidemos que Dios nos ha creado LIBRES. Nos ha dado la razón y la voluntad para seguirlo o rechazarlo. Es nuestra decisión.

O nos apegamos como este hombre rico a los bienes terrenales, disfrutando egoístamente y con total indiferencia a quienes tenemos a nuestro alrededor, a quienes padecen hambre y sed, a quienes les bastarían nuestras sobras para saciarse, o nos desprendemos y repartimos generosamente lo que tenemos. Seremos bienaventurados, si miramos con amor al mundo que nos rodea y actuamos en consecuencia. El amor no tiene límites. “Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta.” El amor no acaba nunca.

Así, mientras tengamos vida demos todo lo que somos y tenemos, y recibiremos una medida colmada y rebosante. No actuemos como aquellos ricos que han puesto toda su esperanza en su fortuna, que creen que atesorándola y manteniéndola y aun acrecentándola a toda costa, tienen asegurada su felicidad. No nos aferremos a los bienes materiales, que hoy están y mañana no los tenemos; guardemos más bien nuestros tesoros allí donde no entra la polilla y no carcome el gusano. Seamos perfectos, como nuestro Padre que está en el cielo. Amemos a nuestro prójimo como a nosotros mismos y a Dios por encima de todo y al final de nuestros días, nos reuniremos con Lázaro en el seno de Abraham.

Oremos:

Padre Nuestro, enséñanos a amar, a ser generosos con nuestros hermanos. Que no escatimemos nada con tal de aliviar sus penas, su dolor, su sufrimiento. No permitas que pasemos indiferentes, preocupados y centrados solo en nosotros. Abre nuestros ojos y oídos, para que veamos y escuchemos. Haznos solidarios, compasivos, justos, caritativos. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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