ago 07 2010

Mateo 17, 14-20

Texto del evangelio (Mt 17, 14-20)

En aquel tiempo, se acercó a Jesús un hombre que, arrodillándose ante Él, le dijo: «Señor, ten piedad de mi hijo, porque es lunático y está mal; pues muchas veces cae en el fuego y muchas en el agua. Se lo he presentado a tus discípulos, pero ellos no han podido curarle». Jesús respondió: «¡Oh generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo estaré con vosotros? ¿Hasta cuándo habré de soportaros? ¡Traédmelo acá!». Jesús le increpó y el demonio salió de él; y quedó sano el niño desde aquel momento.

Entonces los discípulos se acercaron a Jesús, en privado, y le dijeron: «¿Por qué nosotros no pudimos expulsarle?». Díceles: «Por vuestra poca fe. Porque yo os aseguro: si tenéis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: “Desplázate de aquí allá”, y se desplazará, y nada os será imposible».

Reflexión: Mt 17, 14-20

¿Cómo tomar este pasaje? ¿Se trata de un hecho anecdótico? Creo que en el fondo así lo tomamos, por eso lo leemos y pasamos de largo, como si no tuviera mayor importancia en el contexto de la Verdad revelada. Preferimos pasar por alto el significado literal de estas palabras, como si se tratara de algo que habría que interpretar, pero no siendo fundamental, dejamos de lado…a fin de no entramparnos.

Sin embargo, el cuestionamiento que hace Jesús de la fe de sus discípulos y por lo tanto también de nuestra fe, es muy serio y constituye una revelación en sí. ¡No tenemos fe! Eso es lo primero que debemos constatar, sino otra sería nuestra relación con el mundo.

No somos capaces de atender y remediar las exigencias de nuestro prójimo, que viene con sus dolencias, padecimientos y sufrimientos a nosotros, simplemente por nuestra falta de fe. Eso es lo que mortifica a Jesús. Somos tibios y con nuestra tibieza no caminamos a ninguna parte.

No se trata de ser tibios, timoratos, como si dudáramos de la corrección de nuestros actos. No hay que confundir humildad con falta de firmeza. Si estamos convencidos de la corrección de nuestros actos, si procuramos oir y hacer la Voluntad del Padre, entonces, por qué actuar con dudas, con indecisión, con timidez. Debemos hablar, proponer y actuar con autoridad, aquella que viene de la convicción y de la fe.

No se trata de magia, ni de prodigios asombrosos desarrollados para las tribunas, para el pueblo, con el propósito de hacernos famosos. Se trata de cumplir la Voluntad del Padre. Si ese en nuestro empeño, si ese nuestro Camino, nada ni nadie podrá impedirlo. No habrá obstáculo capaz de impedir que se realice la voluntad del Padre. Si estamos en su sintonía y tenemos fe “como un grano de mostaza, diréis a este monte: “Desplázate de aquí allá”, y se desplazará, y nada os será imposible”.

Así que, si no estamos logrando lo que nos proponemos, si nos invade una sensación de inutilidad, porque sentimos que no avanzamos, tal vez debemos empezar preguntándonos ¿Qué estamos haciendo? ¿Qué tiene que ver lo que hacemos con el Reino? ¿Estamos bien encaminados? Porque quizás ahí este el origen de los pobres resultados que alcanzamos. Porque si estamos con Dios, nada ni nadie podrán detenernos. Y estar con Dios no quiere decir solamente llevarlo dentro, sino actuar cada día, en cada momento, según su Voluntad.

Oremos:

Señor, tenemos fe, pero ayúdanos a acrecentarla. Que nuestra vida sea un símbolo, una muestra de la fe que profesamos.  Que demos testimonio de Ti en cada uno de nuestros actos. Que ello evidencie nuestra fe y al mismo tiempo la fortalezca. Señor, haznos un instrumento de fe, de amor, de paz…Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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ago 03 2010

Mateo 14, 22-36

Texto del evangelio (Mt 14, 22-36)

En aquellos días, cuando la gente hubo comido, Jesús obligó a los discípulos a subir a la barca y a ir por delante de Él a la otra orilla, mientras Él despedía a la gente. Después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar; al atardecer estaba solo allí.

La barca se hallaba ya distante de la tierra muchos estadios, zarandeada por las olas, pues el viento era contrario. Y a la cuarta vigilia de la noche vino Él hacia ellos, caminando sobre el mar. Los discípulos, viéndole caminar sobre el mar, se turbaron y decían: «Es un fantasma», y de miedo se pusieron a gritar. Pero al instante les habló Jesús diciendo: «¡Animo!, que soy yo; no temáis». Pedro le respondió: «Señor, si eres tú, mándame ir donde tú sobre las aguas». «¡Ven!», le dijo. Bajó Pedro de la barca y se puso a caminar sobre las aguas, yendo hacia Jesús. Pero, viendo la violencia del viento, le entró miedo y, como comenzara a hundirse, gritó: «¡Señor, sálvame!». Al punto Jesús, tendiendo la mano, le agarró y le dice: «Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?». Subieron a la barca y amainó el viento. Y los que estaban en la barca se postraron ante él diciendo: «Verdaderamente eres Hijo de Dios».

Terminada la travesía, llegaron a tierra en Genesaret. Los hombres de aquel lugar, apenas le reconocieron, pregonaron la noticia por toda aquella comarca y le presentaron todos los enfermos. Le pedían que tocaran siquiera la orla de su manto; y cuantos la tocaron quedaron salvados.

Reflexión: Mt 14, 22-36

Lo primero que podemos notar en este pasaje es que el Señor dedica mucho tiempo a orar, a hablar con el Padre y que para ello se aparta, se va a la montaña. Algo que sin duda debemos aprender. No podemos pretender ser cristianos, amar a Dios, seguir su Voluntad si no dedicamos un tiempo significativo a la oración. Ella ha de estar presente toda nuestra vida, pero fundamentalmente antes y después de nuestras acciones. Primero para motivarlas y orientarlas y al final, para agradecer las gracias recibidas. Es verdad que específicamente aquí no se nos da cuanta nada más que estuvo a solas orando por varias horas. Jesús, el Enviado, nuestro ejemplo, oraba por largas horas al Padre…

Luego debemos destacar su inmenso poder, que viene precisamente del Padre y que le permite caminar sobre las aguas y apaciguarlas. Si realmente creemos, eso y mucho más podremos hacer. Esta es una muestra evidente del poder de Cristo y de la importancia de confiar en Él, de tener fe, teniendo la plena seguridad que él jamás nos abandonará. Si él nos ha tendido la mano, todo será posible, si no dudamos. Son nuestras dudas las que nos traen abajo, las que nos hunden.

Quizás nuestra oración debe estar fundamentalmente orientada a pedir esta fe, esta confianza en los mandatos del Señor, en su compañía, en los prodigios que Él es capaz de obrar en nuestras vidas, si dejamos que él nos acompañe. Su presencia es inesperada. Se aparece donde menos esperábamos. Es sorprendente para cualquiera. Sin embargo, nosotros con una mente y un espíritu más amplio, debíamos estar dispuestos a verlo, a reconocerlo, porque él está con nosotros, nos acompaña, aun en aquellos momentos difíciles, de duda, de desolación, de agitación, en loa que la misma naturaleza parece implacable…Él está ahí. El asunto es que creamos.

Finalmente, un hecho remarcado en esta lectura es que cuantos tocaron la orla de su manto, quedaron salvados. No dice que quedaron curados…Hay que tener fe para hablar así. Jesús tiene el poder de Salvar, que va mucho más allá que resolver un problema se salud, o económico o social de cualquier tipo que nos puede estar afligiendo en un momento en la vida. La salvación del Señor tiene que ver con algo que está más allá, que incumbe a nuestra alma, a nuestro espíritu, a la dignidad de Hijos de Dios. Jesús nos la devuelve…Se la da a quien cree en Él. Esa es la única condición.

Sacando un ejemplo de nuestra vida cotidiana, nos cuesta creer que Jesús se encuentra en los Sacramentos. No aceptamos la mano que nos tiende para consagrar nuestro matrimonio, por ejemplo, para sacarlo adelante. No creemos, y nos hundimos.

Oremos:

Señor Jesús, ayúdanos a creer que estás presente en nuestra vida cotidiana, que estás aquí, entre nosotros, de diversas formas. Muchas veces en nuestros hermanos y otras en lo que hacemos, en nuestras oraciones y en los sacramentos, que son la presencia visible de algo que es invisible: tu Gracia.  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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jul 30 2010

Mateo 13, 54-58

Texto del evangelio (Mt 13, 54-58)

En aquel tiempo, Jesús viniendo a su patria, les enseñaba en su sinagoga, de tal manera que decían maravillados: «¿De dónde le viene a éste esa sabiduría y esos milagros? ¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? Y sus hermanas, ¿no están todas entre nosotros? Entonces, ¿de dónde le viene todo esto?». Y se escandalizaban a causa de Él. Mas Jesús les dijo: «Un profeta sólo en su patria y en su casa carece de prestigio». Y no hizo allí muchos milagros, a causa de su falta de fe.

Reflexión: Mt 13, 54-58

En general somos escépticos. Por eso es muy difícil que nos sorprenda alguien que conocemos. No estamos dispuestos a admitir que puede haber cambiado, que puede haber mejorado, que puede haber superado aquellas taras, hábitos o limitaciones de la juventud; o aquellas herencias de familia. ¿De dónde le viene tanta sabiduría? ¿Quién es este para enseñarnos? ¿No es el hijo de fulano o de la menganita esa que todos conocimos? ¿De dónde las ínfulas?
 
El escepticismo y la costumbre, cuando no la incredulidad, nos impiden asombrarnos como lo hacíamos cuando niños con casi cualquier cosa. Nos hacemos grandes y ya nos resulta difícil “que nos vengan con cuentos”. Y ahora, en este siglo XXI, que la televisión e internet nos muestran todo con lujo de detalles, peor aún. Nada nos llama la atención. Todo nos parece natural y normal.  ¡Imagínate si nos van a asombrar nuestros amigos, nuestros vecinos o familiares! Tal vez un desconocido…

Andamos en busca de novedades, buscando cosas, hechos que nos llamen la atención…¡Qué difícil resulta cautivar la atención con hechos o palabras de la vida cotidiana! De allí que los maestros se las vean en figuritas para que los alumnos atiendan. Son tantos los distractivos que compiten por la atención de cualquier auditorio, que hace falta una buena dosis de voluntad de parte de los receptores para lograr que reciban un mensaje. Peor aun, si este viene de alguien que ya ha sido etiquetado, que conocemos, cuyo prestigio no es precisamente destacado.

Eso que le pasa a Jesús con sus paisanos, nos pasa a nosotros a cada nada. Difícilmente estamos dispuestos a prestar atención y crédito a alguien a quien conocemos, a quien estamos acostumbrados. Personas, palabras, objetos, situaciones, se desvirtúan, como que van perdiendo su valor cuando nos acostumbramos a ellas. Es una pena que así suceda, pero ocurre. El pasto del jardín vecino nos llega a parecer más verde que el nuestro.

Tal vez eso viene ocurriendo con nuestra Iglesia Católica. Templos antes atestados, ahora lucen holgados los domingos…Si caminas, sin embargo encontrarás que mucha gente asiste a algún tipo de ceremonia religiosa y muchos, muchísimos forman parte de sectas que, de algún modo, son herederas de esta Iglesia única y universal. Es decir que, probablemente no existirían si no fuera por la Iglesia Católica de la cual se desprendieron, de la cual se revelaron, a la cual pretenden contestar, cuestionar y aun enderezar.

Prefirieron salirse. Se dejaron seducir por el jardín del vecino. Dejaron de aquilatar lo que tenían; lo despreciaron; lo encontraron insípido, poco atractivo.  No se sintieron identificados, por lo tanto tampoco asumieron ninguna responsabilidad sobre este barco…Prefirieron abandonarlo por aquel otro más bullangero, más llamativo o tal vez más cálido.

Si duda los que quedamos debemos estar dispuestos a autocriticarnos, a revisar nuestro comportamiento, a analizarlo, en búsqueda de la responsabilidad que pudiera cabernos. Si, es verdad que finalmente la decisión es de cada uno y que somos libres para optar por lo que más nos conviene, por lo correcto, por la Verdad, la Luz y la Vida, pero, tampoco podemos dejar de desconocer que tal vez algo pudimos hacer para evitar estas deserciones. Porque, qué fácil es culpar a los demás, haciéndonos los ajenos. Sin embargo, esta casa, esta Iglesia, es nuestra, la formamos nosotros y no solamente los curas o las monjas. Así que todos somos responsables por ella. Esta es parte de nuestra misión; parte de la evangelización. Todos estamos llamados a cumplir este rol, no para ser más fuertes, ni más grandes, ni más numerosos, sino en orden a la salvación, que es el cumplimiento de la Voluntad del Padre.

Oremos:

Señor Jesús, no permitas que caigamos en el tedio, la costumbre o la desidia. Por el contrario insúflanos un ánimo nuevo, renovado, para que junto a la Iglesia sepamos conducir nuevas alma al encuentro con nuestro Padre.  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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jul 03 2010

Juan 20, 24-29

Texto del evangelio (Jn 20, 24-29)

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré».

Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo: «La paz con vosotros». Luego dice a Tomás: «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente». Tomás le contestó: «Señor mío y Dios mío». Dícele Jesús: «Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído».

Reflexión: Jn 20, 24-29

¡Qué difícil es tener fe! ¡Qué difícil se nos hace creer efectivamente en el Señor, no sólo de palabra, sino de obra! Necesitamos pruebas…Son muchas las que nos ha dado el Señor, sin embargo necesitamos más. Nuestro deseo de seguridad plena y total, basada en pruebas palpables aquí y ahora es insaciable. Queremos que se nos convenza nuevamente, que se nos pruebe una y otra vez…

Esto es lo que ocurre con Tomás. Y sin embargo Tomás fue uno de los que acompañó a Jesús durante toda su peregrinación y vio seguramente muchos de los milagros increíbles que se narran en los Evangelios…Como el del paralítico que veíamos tan sólo antes de ayer. Pero no era suficiente para él. Tenía que tocar…

Hemos, pues de concluir que la Fe es un Don que debemos pedir que el Señor derrame en forma abundante sobre nosotros. No podemos dejarlo librado a nuestras propias fuerzas, a nuestra capacidad, porque siempre será insuficiente, pese a que hayamos tenido evidencias palpables en más de una ocasión en nuestras vidas. Tendemos a olvidar, a poner en tela de juicio y a dudar. Somos incrédulos.

Nos resulta fácil dudar cuando nuestro razonamiento sobre el mundo empírico, nos dice que esto o aquello contraviene sus reglas; cuando encontramos aliento en los demás; cuando tenemos el respaldo de la mayoría. Llegamos a desestimar y aún a negar aquél milagro del que fuimos testigos. A la distancia, empezamos a dudar de aquella ocasión en que tuvimos evidencias palpables de la presencia del Señor e nuestras vidas. La desestimamos y muy pronto empezamos a buscar una explicación “coherente” con “nuestra lógica científica”, “objetiva”.  Así, terminamos por invalidar, descartar aquella prueba y queremos una nueva. Con esta sí creeremos, nos decimos, pero la verdad es que siempre tendremos dudas, siempre volveremos a dudar.

Por eso hemos de pedir a Dios que fortalezca nuestra fe, que la acreciente día a día, como el grano de mostaza, que de ser la semilla más pequeña, se convierte en el árbol más grande.

Oremos:

Padre Santo, creo en Ti, pero aumenta mi fe. No permitas que el enemigo se entrometa y me debilite, sembrando dudas donde no hay o haciéndome consentir que estas son fundamentales; que necesito pruebas, cuando me las has dado de sobra y cuando hace mucho tiempo admití que así era. Que de ninguna manera se debilite mi convicción que lo mejor que puedo hacer con mi vida es entregártela a Ti y al Evangelio. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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jun 26 2010

Mateo 8, 5-17

Texto del evangelio (Mt 5, 8-17)

 
En aquel tiempo, al entrar en Cafarnaúm, se le acercó un centurión y le rogó diciendo: «Señor, mi criado yace en casa paralítico con terribles sufrimientos». Dícele Jesús: «Yo iré a curarle». Replicó el centurión: «Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano. Porque también yo, que soy un subalterno, tengo soldados a mis órdenes, y digo a éste: ‘Vete’, y va; y a otro: ‘Ven’, y viene; y a mi siervo: ‘Haz esto’, y lo hace». Al oír esto Jesús quedó admirado y dijo a los que le seguían: «Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie una fe tan grande. Y os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se pondrán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los Cielos, mientras que los hijos del Reino serán echados a las tinieblas de fuera; allí será el llanto y el rechinar de dientes». Y dijo Jesús al centurión: «Anda; que te suceda como has creído». Y en aquella hora sanó el criado.

Al llegar Jesús a casa de Pedro, vio a la suegra de éste en cama, con fiebre. Le tocó la mano y la fiebre la dejó; y se levantó y se puso a servirle. Al atardecer, le trajeron muchos endemoniados; Él expulsó a los espíritus con una palabra, y curó a todos los enfermos, para que se cumpliera el oráculo del profeta Isaías: «Él tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades».

Reflexión: Mt 5, 8-17

Es la fe la que nos distingue unos de otros. La fe se refleja en nuestra forma de vida, en lo que hacemos. La fe no es una palabra, ni solamente una confesión. Quienes nos conocen, quienes nos ven, quienes siguen nuestro proceder, son testigos de nuestra fe. Si es poco lo que pueden decir al respecto, será porque no damos testimonio de ella.

Sin embargo, cuántos de nosotros hemos nacido en hogares católicos, cuantos hemos sido “educados en la fe”, hemos recibido una catequesis en el colegio, hemos hecho nuestra primera comunión, hemos sido confirmados, etc., pero nada de esto ha cambiado nuestras vidas o no lo hemos sabido apreciar, como si se tratara solamente de un barniz, de una etiqueta, que no significa nada en nuestras vidas o importa muy poco, al extremo que a la primera, hemos estado dispuestos a criticar y reprochar a todo el mundo, como si la Iglesia no fuera nuestra, como si nosotros mismos no fuéramos la Iglesia y la hemos abandonado.

Qué poco aprecio exhibimos por la fe heredada. Miles de “católicos” engrosan cada día las filas de las sextas y otras confesiones. ¿Por qué? Podemos tratar de buscar responsables en todas partes: la falta de cantos, los sermones aburridos, la falta de calor humano, la indiferencia, tradiciones descarnadas, curas y monjas anticuados, clero rico, curas pedófilos, mentiras, escándalos…Todos ocasionados por terceros, por ellos, por los otros. ¿Y, tú, qué haces?

Ese creo que es el principal problema. El no sentirnos identificados, el no habernos apropiado de la fe y haberla hecho vida. Por eso el Señor nos dice hoy: “Y os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se pondrán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los Cielos, mientras que los hijos del Reino serán echados a las tinieblas de fuera; allí será el llanto y el rechinar de dientes”.

Todo lo que hemos recibido ha caído en tierra eriaza, no ha prendido. Así, somos portadores de una fe muerta, una fe que no se expresa en nuestras vidas, que no determina nuestra forma de actuar, que es tan solo un mero elemento decorativo que nos ponemos y quitamos según la ocasión, según nuestro interés. “Esta sal” insípida, completamente desvirtuada es la que entregamos a nuestros hijos, a nuestros hermanos. Estos la reciben como un pegote, un lastre del que se desprenden a la primera y con ella, de todo un sistema de vida, de principios fundamentales que no llegaron jamás a cristalizar en sus vida…¿De quién es esta responsabilidad? ¿Del Papa, de los curas, de las monjas, o tuya? ¿Qué has hecho tú por tú fe? ¿Le dedicaste un tiempo para profundizarla, para conocerla, para cuestionarte seriamente? Tu haz recibido un patrimonio invalorable, incalculable…¿Lo supiste apreciar o simplemente lo desechaste porque no tiene muy buena cotización en la bolsa, porque todos los demás lo hacen, porque a nadie se le ocurre ahora examinar “esas tonterías”?

Sin embargo, hay gente, como este oficial romano, que nos dan lecciones de fe, sin haber tenido las mismas oportunidades que nosotros. Esa es su grandeza y nuestra desgracia.

Oremos:

Pidamos al Señor, que fortalezca nuestra fe, que nos haga conscientes de ella, que sepamos acrecentarla y compartirla. Que asumamos y afrontemos nuestra responsabilidad evangelizadora. Que seamos capaces de predicar con el ejemplo. Que depongamos nuestra soberbia y egoísmo y que sepamos brindarnos a los demás, atendiendo sus necesidades y dándoles esperanza. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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may 28 2010

Marcos 11, 11-25

Texto del evangelio (Mc 11, 11-25)

En aquel tiempo, después de que la gente lo había aclamado, Jesús entró en Jerusalén, en el Templo. Y después de observar todo a su alrededor, siendo ya tarde, salió con los Doce para Betania.

Al día siguiente, saliendo ellos de Betania, sintió hambre. Y viendo de lejos una higuera con hojas, fue a ver si encontraba algo en ella; acercándose a ella, no encontró más que hojas; es que no era tiempo de higos. Entonces le dijo: «¡Que nunca jamás coma nadie fruto de ti!». Y sus discípulos oían esto.

Llegan a Jerusalén; y entrando en el Templo, comenzó a echar fuera a los que vendían y a los que compraban en el Templo; volcó las mesas de los cambistas y los puestos de los vendedores de palomas y no permitía que nadie transportase cosas por el Templo. Y les enseñaba, diciéndoles: «¿No está escrito: ‘Mi Casa será llamada Casa de oración para todas las gentes?’.¡Pero vosotros la tenéis hecha una cueva de bandidos!». Se enteraron de esto los sumos sacerdotes y los escribas y buscaban cómo podrían matarle; porque le tenían miedo, pues toda la gente estaba asombrada de su doctrina. Y al atardecer, salía fuera de la ciudad.

Al pasar muy de mañana, vieron la higuera, que estaba seca hasta la raíz. Pedro, recordándolo, le dice: «¡Rabbí, mira!, la higuera que maldijiste está seca». Jesús les respondió: «Tened fe en Dios. Yo os aseguro que quien diga a este monte: ‘Quítate y arrójate al mar’ y no vacile en su corazón sino que crea que va a suceder lo que dice, lo obtendrá. Por eso os digo: todo cuanto pidáis en la oración, creed que ya lo habéis recibido y lo obtendréis. Y cuando os pongáis de pie para orar, perdonad, si tenéis algo contra alguno, para que también vuestro Padre, que está en los cielos, os perdone vuestras ofensas».

Reflexión: Mc 11, 11-25

La lectura recomendada nos trae varios episodios distintos cuya relación no alcanzamos a ver inmediatamente. Trataremos de escudriñar y en cualquier caso, obtener una enseñanza e inspiración para nuestra vida cotidiana, confiados en que la Palabra del Señor, no podrá traer nada más que luz a nuestras vidas.

Este paso del Señor  por el Templo, teniendo ya multitudes que lo aclamaban y seguían, no resulta casual. Era necesario que los que le seguían y nosotros, recibiéramos una lección respecto a lo que debe ser el Templo. El Señor ha venido a enderezar, los caminos. A Mostrarnos  cual debe ser nuestro comportamiento, nuestra actitud cotidiana. No se trata de servirnos de la fe, de utilizarla para nuestros intereses y conveniencias, como los mercaderes del templo, que en realidad aprovechan  o pretenden aprovechar la fe de la gente, valerse de ella, para venderles sus productos. Es decir que estos crecen como parásitos en torno a la fe del pueblo; la usan para sus intereses, sin ningún escrúpulo y sin más intención que lograr mejorar sus utilidades, sus ingresos. Para maximizar sus ingresos no tienen ningún reparo. Son capaces incluso de proclamarse creyentes y de proclamar su fe -por su puesto, tan solo de palabra- con tal de vender.

El Señor, por eso, el primer día observa y se siente seguramente asqueado, conmovido, ante este triste espectáculo. ¿Qué es esto? ¿Esto es fe? ¿Qué derecho tienen estos mercaderes de usar y valerse de la fe del pueblo? ¿Qué testimonio están dando, a vista y paciencia de los sumos sacerdotes y autoridades judías? Él, que ha venido a mostrarnos al Padre, a darnos a conocer al Padre y promover la fe en Él,  no puede pasar y permanecer indiferente ante esta actitud, ante este proceder…Por eso, con una furia santa, imbuido del poder, la energía y la firmeza necesarias, expulsa a los mercaderes, volcando mesas y puestos. Alguien tenía que decirles muy claramente y con ellos a todos nosotros, que eso no está bien, que eso no es del agrado de Dios, que la fe en Dios y el Templo, lugar de oración y por lo tanto de fe, no puede ni debe ser un centro de transacciones comerciales, un centro de comercio, ni aun cuando sea para vender “animales para los supuestos sacrificios o cambiar monedas para la limosna”.

Estas son cosas propias de paganos. Dios, nuestro Dios Padre, no quiere esas tonterías. No es cuestión de vivir como sea y luego aplacar a Dios con unas monedas, con unos sacrificios, encima todo comprado y arreglado en el templo. Pretendiendo con ello hacer a Dios cómplice de esta actitud. Ese no es el Dios que ha venido a presentarnos; ese no es el Dios Padre cuya Voluntad ha venido a realizar Jesús.

El Dios de Jesús, el Dios de los cristianos, es Padre, es luz, es amor, es verdad…Y nos pide que creamos en Él. Para el que realmente cree en Él, para el que tiene fe, no hay imposibles. Porque el que cree, procurará, se esforzará en cumplir la Voluntad del Señor y caminando en esa dirección, no habrá nada que pidamos al Señor que no sea concedido, porque como dice el Señor: “…os aseguro que quien diga a este monte: ‘Quítate y arrójate al mar’ y no vacile en su corazón sino que crea que va a suceder lo que dice, lo obtendrá.”

Oremos:

Señor, danos fe, como el grano de mostaza…Ilumínanos y permítenos llevar una vida recta, justa, buena…que persigamos la paz, la reconciliación…que promovamos la esperanza, el encuentro, el perdón, el amor…Haznos instrumentos de fe….Danos valor para actuar con la energía y firmeza suficientes cuando sea necesario, para no actuar con condescendencia ni complicidad con el pecado, con el mal, la soberbia y la ambición…  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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abr 11 2010

Juan 20,19-31

Texto del evangelio (Jn 20, 19-31)

 
Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros». Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: «La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío». Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré».

Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo: «La paz con vosotros». Luego dice a Tomás: «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente». Tomás le contestó: «Señor mío y Dios mío». Dícele Jesús: «Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído».

Jesús realizó en presencia de los discípulos otras muchas señales que no están escritas en este libro. Éstas han sido escritas para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre.

Reflexión: Jn 20, 19-31

El encuentro con el Señor es íntimo, personal. El viene y se presenta ante nosotros en ese momento de intimidad, en el que cerrando las puertas  nos encontramos con nosotros mismos. Es aquella actitud penitente, reflexiva, humilde asumida por esta primera comunidad cristiana, la  de los discípulos de Jesús, que es iluminada, fortalecida por la presencia de Jesús. Es sobre esta comunidad y en esa actitud que el Señor sopla el Espíritu Santo.

Es pues este el ejemplo de recogimiento y de oración comunitaria que debemos seguir, sabiéndonos humildes e indefensos sin Él, pero al mismo tiempo invencibles en la construcción del Reino, de cuyo triunfo nos ha dado garantía absoluta.

Es verdad, es cuestión de fe y no hay peor sordo o peor ciego que el que no quiere oír o ver. Nada le convencerá al escéptico, que como Tomás, necesita tocar las heridas para convencerse. Es posible que aún a aquél incrédulo el Señor, en su divina providencia tenga a bien presentarle señales tan claras, tan obvias e irrefutables como las mostradas a Tomas.

Sin embargo, no debemos esperar ello para creer. No debemos ser tan necios. Tenemos sobradas señales tan claras como que dos más dos es cuatro,  para creer. Las evidencias están escritas y narradas en La Biblia, tal como Jesús les hizo comprender a los discípulos camino a Emaus. Toda esta Historia Sagrada, de cientos de años, tiene una lógica. Es una historia de amor. Del Amor inconmensurable de nuestro Padre Creador, que espera impaciente reunirse con nosotros; que nos quiere a todos de vuelta; que no quiere que se pierda ni uno solo…Que nos amó al extremo de no reparar en sacrificio alguno por tenernos a su lado. Un Padre que envió a su único Hijo, con una Misión: hacer Su Voluntad. Esta es, “salvarnos de la muerte y del pecado” a toda costa, incluso de su preciosa sangre.

Esto fue lo que hizo Jesús. Murió por nosotros en la Cruz y Resucitando nos reconcilió con el Padre, abriéndonos el Camino de la Vida Eterna. Sí, es verdad, estamos en camino…Hay todavía unas cuantas pendientes, algunos valles y uno que otro desierto que remontar, pero Jesús va adelante, señalándonos el camino, iluminándolo cuando es necesario, ayudándonos, jalándonos, animándonos. El Padre ya se ha incorporado y está saliendo apresurado a la verja, con los brazos abiertos…ya nos ha divisado. ¿Vamos a dejarlo por falta de fe? ¿Vamos a desairarlo y tomar otro camino, después de todo lo que ha hecho Jesús por orientarnos y encaminarnos?

¡Qué más evidencia queremos! ¿Qué otra prueba? ¡No se darán más pruebas que las de Jonás! ¡No pongamos excusas! ¡No nos dejemos engañar por el demonio! ¡Si ponemos las manos en el arado y miramos hacia atrás, no servimos para el Reino!

Hagamos pues una reflexión íntima y sincera…¿A qué tememos? ¿Qué es lo que nos impide ver a Jesús? ¿Qué estamos haciendo para que entre en nuestras vidas; para verlo presente ante nosotros? ¿No ha venido hoy a ti o es tal vez que no has querido verle? Medita con mucho recogimiento estas palabras. Ábrete; sincérate, el Señor está contigo diciéndote lo que debes hacer.

Oremos:

Padre Santo, no dejes que el ruido de la calle, el ruido de mis compromisos, de mis deseos, de mis angustias, de mis temores y anhelos, me impidan ver a Jesús, que irrumpe en mi vida para mostrarme el Camino. Acrecienta mi fe… Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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mar 28 2010

Lucas 22,14-23,56

Texto del evangelio (Lc 22,14-23,56)

Llegada la hora, se sentó Jesús con sus discípulos, y les dijo: «He deseado enormemente comer esta comida pascual con vosotros antes de padecer, porque os digo que ya no la volveré a comer hasta que se cumpla en el Reino de Dios». Y tomando una copa, dio gracias y dijo: «Tomad esto, repartidlo entre vosotros; porque os digo que no beberé desde ahora del fruto de la vid hasta que venga el Reino de Dios».

Y tomando pan, dio gracias; lo partió y se lo dio diciendo: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía». Después de cenar, hizo lo mismo con la copa diciendo: «Esta copa es la Nueva Alianza sellada con mi sangre, que se derrama por vosotros. Pero mirad: la mano del que me entrega está con la mía en la mesa. Porque el Hijo del Hombre se va según lo establecido; pero ¡ay de ése que lo entrega!».

Ellos empezaron a preguntarse unos a otros quién de ellos podía ser el que iba a hacer eso. Los discípulos se pusieron a disputar sobre quién de ellos debía ser tenido como el primero. Jesús les dijo: «Los reyes de los gentiles los dominan y los que ejercen la autoridad se hacen llamar bienhechores. Vosotros no hagáis así, sino que el primero entre vosotros pórtese como el menor, y el que gobierne, como el que sirve. Porque, ¿quién es más, el que está en la mesa o el que sirve?, ¿verdad que el que está en la mesa? Pues yo estoy en medio de vosotros como el que sirve. Vosotros sois los que habéis perseverado conmigo en mis pruebas, y yo os transmito el Reino como me lo transmitió mi Padre a mí: comeréis y beberéis a mi mesa en mi Reino, y os sentaréis en tronos para regir a las doce tribus de Israel».

Y añadió: «Simón, Simón, mira que Satanás os ha reclamado para cribaros como trigo. Pero yo he pedido por ti para que tu fe no se apague. Y tú, cuando te recobres, da firmeza a tus hermanos». Él le contestó: «Señor, contigo estoy dispuesto a ir incluso a, la cárcel y a la muerte». Jesús le replicó: «Te digo, Pedro, que no cantará hoy el gallo antes que tres veces hayas negado conocerme».

Y dijo a todos: «Cuando os envié sin bolsa ni alforja, ni sandalias, ¿os faltó algo?». Contestaron: «Nada». Él añadió: «Pero ahora, el que tenga bolsa que la coja, y lo mismo la alforja; y el que no tiene espada que venda su manto y compre una. Porque os aseguro que tiene que cumplirse en mí lo que está escrito: ‘Fue contado con los malhechores’. Lo que se refiere a mí toca a su fin». Ellos dijeron: «Señor, aquí hay dos espadas». Él les contestó: «Basta».

Y salió Jesús como de costumbre al monte de los Olivos, y lo siguieron los discípulos. Al llegar al sitio, les dijo: «Orad, para no caer en la tentación». Él se arrancó de ellos, alejándose como a un tiro de piedra y arrodillado, oraba diciendo: «Padre, si quieres, aparta de mí ese cáliz. Pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya». Y se le apareció un ángel del cielo que lo animaba. En medio de su angustia oraba con más insistencia. Y le bajaba el sudor a goterones, como de sangre, hasta el suelo. Y, levantándose de la oración, fue hacia sus discípulos, los encontró dormidos por la pena, y les dijo: «¿Por qué dormís? Levantaos y orad, para no caer en la tentación».

Todavía estaba hablando, cuando aparece gente: y los guiaba el llamado Judas, uno de los Doce. Y se acercó a besar a Jesús. Jesús le dijo: «Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del Hombre?». Al darse cuenta los que estaban con él de lo que iba a pasar, dijeron: «Señor, ¿herimos con la espada?». Y uno de ellos hirió al criado del Sumo Sacerdote, y le cortó la oreja derecha. Jesús intervino diciendo: «Dejadlo, basta». Y, tocándole la oreja, lo curó. Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los oficiales del templo, y a los ancianos que habían venido contra Él: «¿Habéis salido con espadas y palos a caza de un bandido? A diario estaba en el templo con vosotros, y no me echasteis mano. Pero ésta es vuestra hora: la del poder de las tinieblas».

Ellos lo prendieron, se lo llevaron y lo hicieron entrar en casa del sumo sacerdote. Pedro lo seguía desde lejos. Ellos encendieron fuego en medio del patio, se sentaron alrededor y Pedro se sentó entre ellos. Al verlo una criada sentado junto a la lumbre, se le quedó mirando y le dijo: «También éste estaba con Él». Pero él lo negó diciendo: «No lo conozco, mujer». Poco después lo vio otro y le dijo: «Tú también eres uno de ellos. Pedro replicó: «Hombre, no lo soy». Pasada cosa de una hora, otro insistía: «Sin duda, también éste estaba con Él, porque es galileo». Pedro contestó: «Hombre, no sé de qué hablas». Y estaba todavía hablando cuando cantó un gallo. El Señor, volviéndose, le echó una mirada a Pedro, y Pedro se acordó de la palabra que el Señor le había dicho: «Antes de que cante hoy el gallo, me negarás tres veces». Y, saliendo afuera, lloró amargamente.

Y los hombres que sujetaban a Jesús se burlaban de Él dándole golpes. Y, tapándole la cara, le preguntaban: «Haz de profeta: ¿quién te ha pegado?». Y proferían contra Él otros muchos insultos.

Cuando se hizo de día, se reunió el senado del pueblo, o sea, sumos sacerdotes y letrados, y, haciéndole comparecer ante su Sanedrín, le dijeron: «Si tú eres el Mesías, dínoslo». Él les contestó: «Si os lo digo, no lo vais a creer; y si os pregunto no me vais a responder. Desde ahora el Hijo del Hombre estará sentado a la derecha de Dios todopoderoso». Dijeron todos: «Entonces, ¿tú eres el Hijo de Dios?». Él les contestó: «Vosotros lo decís, yo lo soy». Ellos dijeron: «¿Qué necesidad tenemos ya de testimonios? Nosotros mismos lo hemos oído de su boca».

El senado del pueblo o sea, sumos sacerdotes y letrados, se levantaron y llevaron a Jesús a presencia de Pilato. Y se pusieron a acusarlo diciendo: «Hemos comprobado que éste anda amotinando a nuestra nación, y oponiéndose a que se paguen tributos al César, y diciendo que Él es el Mesías rey». Pilato preguntó a Jesús: «¿Eres tú el rey de los judíos?». Él le contestó: «Tú lo dices». Pilato dijo a los sumos sacerdotes y a la turba: «No encuentro ninguna culpa en este hombre». Ellos insistían con más fuerza diciendo: «Solivianta al pueblo enseñando por toda Judea, desde Galilea hasta aquí». Pilato, al oírlo, preguntó si era galileo; y al enterarse que era de la jurisdicción de Herodes se lo remitió. Herodes estaba precisamente en Jerusalén por aquellos días.

Herodes, al ver a Jesús, se puso muy contento; pues hacía bastante tiempo que quería verlo, porque oía hablar de Él y esperaba verlo hacer algún milagro. Le hizo un interrogatorio bastante largo; pero Él no le contestó ni palabra. Estaban allí los sumos sacerdotes y los letrados acusándolo con ahínco. Herodes, con su escolta, lo trató con desprecio y se burló de Él; y, poniéndole una vestidura blanca, se lo remitió a Pilato. Aquel mismo día se hicieron amigos Herodes y Pilato, porque antes se llevaban muy mal.

Pilato, convocando a los sumos sacerdotes, a las autoridades y al pueblo, les dijo: «Me habéis traído a este hombre, alegando que alborota al pueblo; y resulta que yo le he interrogado delante de vosotros, y no he encontrado en este hombre ninguna de las culpas que le imputáis; ni Herodes tampoco, porque nos lo ha remitido: ya veis que nada digno de muerte se le ha probado. Así que le daré un escarmiento y lo soltaré». Por la fiesta tenía que soltarles a uno. Ellos vociferaron en masa diciendo: «¡Fuera ése! Suéltanos a Barrabás». A éste lo habían metido en la cárcel por una revuelta acaecida en la ciudad y un homicidio. Pilato volvió a dirigirles la palabra con intención de soltar a Jesús. Pero ellos seguían gritando: «¡Crucifícalo, crucifícalo!». Él les dijo por tercera vez: «Pues, ¿qué mal ha hecho éste? No he encontrado en Él. ningún delito que merezca la muerte. Así es que le daré un escarmiento y lo soltaré». Ellos se le echaban encima pidiendo a gritos que lo crucificara; e iba creciendo el griterío. Pilato decidió que se cumpliera su petición: soltó al que le pedían (al que había metido en la cárcel por revuelta y homicidio), y a Jesús se lo entregó a su arbitrio.

Mientras lo conducían, echaron mano de un cierto Simón de Cirene, qué volvía del campo, y le cargaron la cruz para que la llevase detrás de Jesús. Lo seguía un gran gentío del pueblo, y de mujeres que se daban golpes y lanzaban lamentos por Él. Jesús se volvió hacia ellas y les dijo: «Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos, porque mirad que llegará el día en que dirán: ‘Dichosas las estériles y los vientres que no han dado a luz y los pechos que no han criado’. Entonces empezarán a decirles a los montes: ‘Desplomaos sobre nosotros’, y a las colinas: ‘Sepultadnos’; porque si así tratan al leño verde, ¿qué pasará con el seco?».

Conducían también a otros dos malhechores para ajusticiarlos con Él. Y cuando llegaron al lugar llamado “La Calavera”, lo crucificaron allí, a Él y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Jesús decía: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». Y se repartieron sus ropas, echándolas a suerte. El pueblo estaba mirando. Las autoridades le hacían muecas diciendo: «A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si Él es el Mesías de Dios, el Elegido». Se burlaban de Él también los soldados, ofreciéndole vinagre y diciendo: «Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo». Había encima un letrero en escritura griega, latina y hebrea: «Éste es el rey de los judíos».

Uno de los malhechores crucificados lo insultaba diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros». Pero el otro le increpaba: «¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en el mismo suplicio? Y lo nuestro es justo, porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha faltado en nada». Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino». Jesús le respondió: «Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso».

Era ya eso de mediodía y vinieron las tinieblas sobre toda la región, hasta la media tarde; porque se oscureció el sol. El velo del templo se rasgó por medio. Y Jesús, clamando con voz potente, dijo: «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu». Y dicho esto, expiró.

El centurión, al ver lo que pasaba, daba gloria a Dios diciendo: «Realmente, este hombre era justo». Toda la muchedumbre que había acudido a este espectáculo, habiendo visto lo que ocurría, se volvían dándose golpes de pecho. Todos sus conocidos se mantenían a distancia, y lo mismo las mujeres que lo habían seguido desde Galilea y que estaban mirando.

Un hombre llamado José, que era senador, hombre bueno y honrado (que no había votado a favor de la decisión y del crimen de ellos), que era natural de Arimatea y que aguardaba el Reino de Dios, acudió a Pilato a pedirle el cuerpo de Jesús. Y, bajándolo, lo envolvió en una sábana y lo colocó en un sepulcro excavado en la roca, donde no habían puesto a nadie todavía. Era el día de la Preparación y rayaba el sábado. Las mujeres que lo habían acompañado desde Galilea fueron detrás a examinar el sepulcro y cómo colocaban su cuerpo. A la vuelta prepararon aromas y ungüentos. Y el sábado guardaron reposo, conforme al mandamiento.

Reflexión: Lc 22,14-23,56

La Iglesia nos propone la meditación de un evangelio muy largo y rico el día de hoy. Se trata en realidad de varios episodios, que nos ponen frente a Jesús en los momentos previos a su sacrificio en la cruz. El Señor, nuestro Dios hecho hombre, sabe lo que vendrá, lo que tendrá que pasar, aun cuando sus discípulos no lo comprendan. Ellos están un poco al margen, distantes, como ajenos a los sucesos que Jesús vive y que están por llegar a su fin.

Han logrado formar una comunidad en torno a Jesús y se sienten fraternalmente unidos. Nada parece perturbarlos ni amenazarlos. De este modo, se siente suficientemente unidos y fortalecidos para rechazar cualquier amenaza que se cierna sobre ellos o sobre Jesús. Venga de donde venga. Parece poco creíble que en tan solo unas horas se dispersarán, desconcertados, asustados, perdidos, con el peso de una traición y el temor paralizante, que los lleva a esconderse e incluso a dar muestras de flaqueza extrema, como es el caso de Pedro, el más fuerte, aquél al que Jesús le encomendó la sucesión, que llegaría a negarlo hasta tres veces, antes que cantara el gallo, tal como Jesús se lo había anticipado.

Es que todo tenía que cumplirse tal como estaba escrito. El Señor tiene sus propios caminos, muchas veces distintos a los nuestros y los cumple, aún por encima de nuestras flaquezas y temores. En ese sentido, no depende de nosotros, aun cuando amable y cariñosamente nos invita a seguirlo. Y es que, no se trata de ir a la pelea, de ser el primero, de imponerse…Se trata de servir, de vencer dando, de convencer amando, al extremo de morir en la cruz. Solo así dará testimonio de Dios Padre, que es Amor, que no opone la fuerza, ni el poder para rechazar las falsas acusaciones, ni los expedientes que engañosamente se habían levantado en su contra. Y es que no había nada de qué acusarlo, salvo de dar muchas señales, de levantar mucho polvo, de constituir una amenaza al estatus quo, a la convivencia que habían logrado los sumos sacerdotes y los fariseos poderosos, con el inmenso poder político y militar romano. Este, Jesús, ponía en peligro sus privilegios…Había que matarlo. Eso era todo.

Jesús sabía cuál sería el desenlace, Sabía que tenía que pasar por este sacrificio.  “Para eso he venido”, nos dirá. Y no se corre, porque sabe que ha llegado la hora. Eso sí, ora al Padre, pidiendo fortaleza. Toda su prédica culmina aquí. Había dicho que nos amaba al extremo de ser capaz de dar su vida por nosotros, por nuestra salvación, y eso haría. Siendo Dios, se abajó a la altura del más humilde e indefenso hombre, aquél del que nadie tiene reparo en hacer escarnio,  en castigar, en insultar y flagelar…Solo, completamente solo, enfrenta a los guardias, a las autoridades y a la turba…Ya había dicho lo que tenía que decir y muchos fueron testigos de su vida pública; no tenía más que decir y no haría nada por defenderse…¿Hasta dónde somos capaces de ensañarnos con el indefenso, con aquél que carece de padrinos, con aquel del que todos hacen mofa y burla, con aquel que no ofrece resistencia? ¿Cuánto más nos irrita que no pida clemencia, que no pida perdón, que ni si quiera abra la boca para quejarse? Cómo nos ofende esa actitud, cuando Él sabe que está en nuestras manos salvarlo, cediendo ante el primer pedido de clemencia, pero nada. Ni una palabra.

¡Eh ahí la paradoja! Como Judas y tantos otros, llegamos a creer que podríamos salvarlo, si tan solo ofreciera resistencia, si tan solo desatara su poder contra estos enemigos. Hay muchos dispuestos a desenvainar la espada, a su solo gesto, pero Jesús nada. No dará gusto ni a unos ni a otros…Seguirá con su misión, con la Voluntad del Padre. Con su sufrimiento, con su dolor y con su muerte, nos salvará.

Este es el Misterio que celebramos cada día en la Eucaristía. El inmenso amor de Jesús, que muere en la cruz para salvarnos y resucitando restaura los lazos con nuestro Padre, haciéndonos acreedores a la Vida Eterna junto con Él.

Oremos:

Padre Santo, permítenos entender el Sacrificio de la Cruz, que está en el centro de nuestra historia y de nuestra vida. Permítenos entender que sin cruz no hay salvación posible. Que no hubo ni hay otra forma de salvarnos que amando a nuestros hermanos. Que solo dando se recibe, que solo amando hasta la muerte, se resucita a la vida eterna.  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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mar 18 2010

Juan 5,31-47

Texto del evangelio (Jn 5,31-47)

En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: «Si yo diera testimonio de mí mismo, mi testimonio no sería válido. Otro es el que da testimonio de mí, y yo sé que es válido el testimonio que da de mí. Vosotros mandasteis enviados donde Juan, y él dio testimonio de la verdad. No es que yo busque testimonio de un hombre, sino que digo esto para que os salvéis. Él era la lámpara que arde y alumbra y vosotros quisisteis recrearos una hora con su luz. Pero yo tengo un testimonio mayor que el de Juan; porque las obras que el Padre me ha encomendado llevar a cabo, las mismas obras que realizo, dan testimonio de mí, de que el Padre me ha enviado. Y el Padre, que me ha enviado, es el que ha dado testimonio de mí. Vosotros no habéis oído nunca su voz, ni habéis visto nunca su rostro, ni habita su palabra en vosotros, porque no creéis al que Él ha enviado.

»Vosotros investigáis las escrituras, ya que creéis tener en ellas vida eterna; ellas son las que dan testimonio de mí; y vosotros no queréis venir a mí para tener vida. La gloria no la recibo de los hombres. Pero yo os conozco: no tenéis en vosotros el amor de Dios.

»Yo he venido en nombre de mi Padre, y no me recibís; si otro viene en su propio nombre, a ése le recibiréis. ¿Cómo podéis creer vosotros, que aceptáis gloria unos de otros, y no buscáis la gloria que viene del único Dios? No penséis que os voy a acusar yo delante del Padre. Vuestro acusador es Moisés, en quién habéis puesto vuestra esperanza. Porque, si creyerais a Moisés, me creeríais a mí, porque él escribió de mí. Pero, si no creéis en sus escritos, ¿cómo vais a creer en mis palabras?».

Reflexión: Jn 5, 31-47

En el estilo de Juan, que es muy erudito y tiene una lógica muy contundente y algo poética, Jesús se nos vuelve a presentar como el Hijo de Dios, el Mesías, enviado por el Padre para salvarnos, del cual hablan y dan testimonio todas las escrituras que lo precedieron, desde Moisés.

Este ha de ser Jesús para nosotros: testimonio del Amor del Padre. Es a través de Él, de sus parábolas, de sus enseñanzas, que conocemos al Padre, a quién el Hijo se encuentra profundamente ligado. Él hace, lo que Dios Padre ha dispuesto. El está aquí para cumplir la Voluntad del Padre y es lo que hace, hasta el extremo de morir en la cruz. Aunque siempre es preciso recordar, en este punto, que si bien se sacrificó hasta ese extremo por redimirnos, por salvarnos del pecado y la muerte, por renovar nuestra antigua Alianza con Dios, Resucitó, venciendo a la muerte, cerrando de este modo su mensaje de esperanza y dando testimonio, como Él mismo nos dice, de la Voluntad del Padre, como es, que todos resucitemos con Él y tengamos Vida Eterna.

He aquí una de las claves de nuestra Fe: nosotros creemos en un Dios resucitado, en un Dios vivo, en un Dios Eterno, en un Dios que es Redentor, que ha vencido a la muerte y al pecado, restaurando de este modo el Puente, el Camino, los Lazos que nos unen desde siempre con nuestro Padre Creador.

Luego del testimonio que con su vida nos dio Jesús, siento que estas palabras del Señor, escritas por Juan, este discurso está dirigido a obtener de nosotros una respuesta de Fe. Está llamado a lograr la adhesión voluntaria que expresamos en el Credo.

“Creo en Dios, Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra. Creo en Jesucristo, su único Hijo, Nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo…”  Nosotros elegimos, decidimos creer. A esto nos convoca Jesús. Para eso nos ha dado Su testimonio. Esta es la respuesta que espera, no de boca, como muchas veces recitamos en esta fórmula, que repetida de memoria, no tiene sentido alguno. Jesús espera mover nuestra voluntad, nuestra decisión, nuestra libre opción a seguirlo, cumpliendo de este modo la Voluntad del Padre. Porque en ello radica la salvación: en cumplir la Voluntad del Padre. Él quiere que nos salvemos y nos da la fórmula; nos dice cómo, a través de Jesús…Le creemos y le seguimos, o lo rechazamos y nos perdemos. Esa es nuestra decisión. Sin embargo, Jesús no escatimará esfuerzo alguno por convencernos, con sus obras, con su Palabra y con su ejemplo, trazando con su preciosísima sangre la ruta que debemos seguir. Nos ha amado hasta ese extremo.

Esto es lo que llego a entender en esta lectura. Una invitación a confesar mi fe, y compartir la misión de Jesús, el Hijo Predilecto, el Enviado del Padre, hasta el extremo. Amar, hasta llegar a dar la vida misma por cumplir la Voluntad del Padre, que es la que debe regir nuestra vida.

Oremos:

Padre Santo, permítenos reconocer Tu Voluntad en nuestra vida y seguirla ciegamente, sabiendo que en ello radica precisamente nuestra salvación y la de la humanidad entera. Ilumina nuestro día a día y no nos dejes caer en tentación. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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dic 04 2009

Mateo 9, 27-31

Texto del evangelio (Mt 9, 27-31)

Cuando Jesús se iba de allí, al pasar le siguieron dos ciegos gritando: «¡Ten piedad de nosotros, Hijo de David!». Y al llegar a casa, se le acercaron los ciegos, y Jesús les dice: «¿Creéis que puedo hacer eso?». Dícenle: «Sí, Señor». Entonces les tocó los ojos diciendo: «Hágase en vosotros según vuestra fe». Y se abrieron sus ojos. Jesús les ordenó severamente: «¡Mirad que nadie lo sepa!». Pero ellos, en cuanto salieron, divulgaron su fama por toda aquella comarca.

Reflexión: Mt 9, 27-31

El Señor necesita de nuestra fe…Necesita que creamos primero en Él y que lo demostremos con hechos…Más que demostrarlo, porque no es que nos pida una demostración, quiere que nos pongamos manos a la obra. Mi fe debe ser evidenciada por mis actos. O, dicho de otro modo, mi fe me pone en marcha, me pone en camino. Lo que yo de, entonces, el Señor sabrá multiplicarlo con creces.

Es interesante observar que se trataba de dos ciegos. Ambos suplicaban…Es decir tenían y mantenía una actitud de oración, basada en su fe. Sabían a quien se estaban dirigiendo. Luego, juntos se las arreglaron para seguir a Jesús, aun cuando no podían ver. Juntos, ayudándose mutuamente, seguramente, afrontaron cuanto obstáculo se les presento. Asumieron el reto de seguirlo a donde fuera. Tenían que llegar hasta Él, porque sabían que Él podía curarlos. Tenían fe. Precisamente es sobre eso que les preguntará Jesús al verlos: «¿Creéis que puedo hacer eso?».

Si realmente creemos, debemos hacer nuestra parte…Él estará ahí para darnos, para apoyarnos, según nuestra fe. Es Su voluntad que se haga según nuestra fe. Se trata de una fe que nos pone en marcha para conseguir aquello que queremos. Pero no se trata de magia, se trata de cumplir la Voluntad del Señor. Ponerse en marcha significa empezar a caminar hacia Él, poner todos los medios a nuestro alcance para alcanzarle, para ponernos en camino, tras sus pasos.

Quien así hace, obra con justicia, con verdad, con amor…pues solo así se puede seguir al Señor y a quien lo sigue de este modo, el Señor le dará todo lo que con fe se ha propuesto alcanzar, y aun mucho más. Cuando orientamos nuestras velas hacia el Señor, empezamos a tener el “viento” a nuestro favor. El Señor multiplica con creces nuestro esfuerzo, porque cuida, poda y limpia la vid que da frutos…para que de más frutos.

Oremos:

Señor danos fe, para seguirte por tus caminos. Que confiados plenamente en Ti, sepamos arrojarnos a tus brazos en cuanto ocasión se presente en nuestras vidas. No dejes que el demonio abra o siembre ni el menor resquicio de duda, de sombra.

Somos tuyos para siempre y así queremos permanecer. Danos el valor para hacer Tu Voluntad ¡ahora!…No mañana, ni más tarde, sino a cada instante, a partir de ahora. Amén.

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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oct 25 2009

Marcos 10, 46-52

Texto del evangelio (Mc 10,46-52)

En aquel tiempo, cuando Jesús salía de Jericó, acompañado de sus discípulos y de una gran muchedumbre, el hijo de Timeo (Bartimeo), un mendigo ciego, estaba sentado junto al camino. Al enterarse de que era Jesús de Nazaret, se puso a gritar: «¡Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí!». Muchos le increpaban para que se callara. Pero él gritaba mucho más: «¡Hijo de David, ten compasión de mí!». Jesús se detuvo y dijo: «Llamadle». Llaman al ciego, diciéndole: «¡Ánimo, levántate! Te llama». Y él, arrojando su manto, dio un brinco y vino donde Jesús. Jesús, dirigiéndose a él, le dijo: «¿Qué quieres que te haga?». El ciego le dijo: «Rabbuní, ¡que vea!». Jesús le dijo: «Vete, tu fe te ha salvado». Y al instante, recobró la vista y le seguía por el camino.

Reflexión: Mc 10,46-52

¿Qué nos quiere decir Jesús con esta respuesta? Al que tiene fe se le concede lo que pida. Primero hay que tener fe. Jesús vela por nosotros. Está atento a nuestras necesidades, por lo que no debemos cejar en pedir…No debemos dejar que nos silencien. Él sabe cuán importante es para nosotros aquello que pedimos y no dejará de escucharnos. Pidamos con esa fe que nace de la vida misma, que invade todo nuestro ser, que no es  mera decoración, que no es un barniz convencional que usamos para lucir bien en determinada ocasión.  ¿Qué cosa más importante, qué cosa más significativa podía darle a un ciego de nacimiento que la vista? La pide y se la concede.

¿Qué hizo el ciego una vez recuperada la vista? Le seguía por el camino. Pidamos al Señor que aparte todo obstáculo que nos impide seguirlo, todo aquello que nos ata, que nos impida movernos, que nos lastra. No lo dejemos pasar de largo, aun cuando para muchos seas insignificante, aun cuando traten de persuadirte que no eres nadie para molestarlo, que eres poca cosa para que se detenga y se fije en ti. No los oigas, no te dejes amilanar…Insiste, búscale, llámale…¡No lo dejes pasar! Él te quiere a ti…Él viene por ti. Él sabe qué es de veras importante para un hombre de fe. Eso es todo lo que pide: Fe. Si la tienes, lo que le pidas te será concedido.

El que tiene fe, está en el camino, porque no de otra forma se muestra la fe. Y si en el camino encuentras un obstáculo, ten por seguro que Él te concederá superarlo. Si estás con Él, te concederá allanarlo, superarlo, no importa lo que sea, tal como hizo con el ciego. Entonces, ¿a qué temes? Solo debes temer a quien en verdad puede quitarte la vida y mandarte al infierno. Ni el dolor, ni la enfermedad, ni el hambre, ni la pobreza tienen este poder…No les temas. Sigue al Señor, que Él sabrá concederte oportunamente lo que necesitas, hasta que decida enviarte a sus ángeles, para que te recojan y te lleven definitivamente con Él.

Oremos:

Señor Jesús, danos la fe de este ciego, para seguirte por tus caminos. Que no pongamos excusas. Que nos mantengamos firmes, aun en la tormenta, aun en la soledad.

Concédenos superar todo obstáculo; que nada nos impida llegar a Ti. Allana nuestro camino y permítenos superar cualquiera que sean las barreras que nos impiden llegar a Ti. No dejes que nos acobardemos, que nos amilanemos.

Padre Santo, que nos comportemos siempre como dignos Hijos Tuyos. Amén.

 

Roguemos al Señor…

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sep 17 2009

Reflexión: Lc 7,36-50

Lc 7,36-50

Aun ahora, a la distancia, Jesús no deja de desconcertarnos, sobre todo en el sentido que no nos sentimos capaces de imitarlo. Como el fariseo aquél, andamos juzgando a todos y aun sabiendo que tenemos faltas, que tenemos mucho de qué avergonzarnos, porque no siempre obramos como decimos o como exigimos a otros, somos muy propensos a juzgar a los demás con mayor severidad que a nosotros mismos. Sí, nos decimos, puede que yo haya fallado, pero aquél o aquella nos apestan. Nos creemos dignos de ser perdonados, pero no toleramos que a otros también se les conceda el mismo perdón.

Algo que tampoco puede dejarnos de asombrar en esta lectura es  que Jesús no teme mezclarse con los despreciados, con los cínicos (como el fariseo), ni con los pecadores, como la prostituta. No está cuidando su reputación, para evitar ser comidilla de los chismosos que siempre hay en todas las sociedades humanas. Él tiene una misión y es consciente que está por encima de estas ridiculeces y mezquindades. Él ha venido a salvarnos y esto pasa por perdonar. “A quien poco se le perdona, poco amor muestra”.

En otro pasaje dirá el Señor que ha venido por los enfermos, los extraviados, los perdidos. Claro, si una lleva una vida recta, tiene muy poco de qué pedir perdón y es posible entonces que no llegue a comprender el enorme significad del perdón. Lo peor que puede pasar, entonces, es que nos creamos así de buenos, simplemente por falta de discernimiento y reflexión respecto a lo que hemos recibido y lo que damos. Tenemos que aprender de Jesús a comprender a los que sufren por este gran dolor del alma y a perdonar, como Él lo hizo.

Claro, es verdad que sólo Él tiene el poder de Perdonar los pecados y restaurar el espíritu: curar, limpiar. Él y a los queÉl quiere concederlo. Pero esto es posible por la fe. “Tu fe te ha salvado. Vete en paz.” Ese es el perdón que debemos buscar, que sólo se alcanza con el verdadero arrepentimiento y fe.

Oremos:

Padre, te pido que me ayudes a perdonar, pero de verdad. Me cuesta demasiado tolerar a quien por uno u otro motivo siento que me ha fallado. Hazme generosos, para olvidar y dar nuevas oportunidades…tantas como sea necesario. Tantas como las que Tú me das.

Permíteme agradecerte por tantas Gracias recibidas, entre ellas la restauración del Perdón. Dame la fortaleza para llevarla a mis hermanos. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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