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Mateo 9, 27-31

Texto del evangelio (Mt 9, 27-31)

Cuando Jesús se iba de allí, al pasar le siguieron dos ciegos gritando: «¡Ten piedad de nosotros, Hijo de David!». Y al llegar a casa, se le acercaron los ciegos, y Jesús les dice: «¿Creéis que puedo hacer eso?». Dícenle: «Sí, Señor». Entonces les tocó los ojos diciendo: «Hágase en vosotros según vuestra fe». Y se abrieron sus ojos. Jesús les ordenó severamente: «¡Mirad que nadie lo sepa!». Pero ellos, en cuanto salieron, divulgaron su fama por toda aquella comarca.

Reflexión: Mt 9, 27-31

El Señor necesita de nuestra fe…Necesita que creamos primero en Él y que lo demostremos con hechos…Más que demostrarlo, porque no es que nos pida una demostración, quiere que nos pongamos manos a la obra. Mi fe debe ser evidenciada por mis actos. O, dicho de otro modo, mi fe me pone en marcha, me pone en camino. Lo que yo de, entonces, el Señor sabrá multiplicarlo con creces.

Es interesante observar que se trataba de dos ciegos. Ambos suplicaban…Es decir tenían y mantenía una actitud de oración, basada en su fe. Sabían a quien se estaban dirigiendo. Luego, juntos se las arreglaron para seguir a Jesús, aun cuando no podían ver. Juntos, ayudándose mutuamente, seguramente, afrontaron cuanto obstáculo se les presento. Asumieron el reto de seguirlo a donde fuera. Tenían que llegar hasta Él, porque sabían que Él podía curarlos. Tenían fe. Precisamente es sobre eso que les preguntará Jesús al verlos: «¿Creéis que puedo hacer eso?».

Si realmente creemos, debemos hacer nuestra parte…Él estará ahí para darnos, para apoyarnos, según nuestra fe. Es Su voluntad que se haga según nuestra fe. Se trata de una fe que nos pone en marcha para conseguir aquello que queremos. Pero no se trata de magia, se trata de cumplir la Voluntad del Señor. Ponerse en marcha significa empezar a caminar hacia Él, poner todos los medios a nuestro alcance para alcanzarle, para ponernos en camino, tras sus pasos.

Quien así hace, obra con justicia, con verdad, con amor…pues solo así se puede seguir al Señor y a quien lo sigue de este modo, el Señor le dará todo lo que con fe se ha propuesto alcanzar, y aun mucho más. Cuando orientamos nuestras velas hacia el Señor, empezamos a tener el “viento” a nuestro favor. El Señor multiplica con creces nuestro esfuerzo, porque cuida, poda y limpia la vid que da frutos…para que de más frutos.

Oremos:

Señor danos fe, para seguirte por tus caminos. Que confiados plenamente en Ti, sepamos arrojarnos a tus brazos en cuanto ocasión se presente en nuestras vidas. No dejes que el demonio abra o siembre ni el menor resquicio de duda, de sombra.

Somos tuyos para siempre y así queremos permanecer. Danos el valor para hacer Tu Voluntad ¡ahora!…No mañana, ni más tarde, sino a cada instante, a partir de ahora. Amén.

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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Marcos 10, 46-52

Texto del evangelio (Mc 10,46-52)

En aquel tiempo, cuando Jesús salía de Jericó, acompañado de sus discípulos y de una gran muchedumbre, el hijo de Timeo (Bartimeo), un mendigo ciego, estaba sentado junto al camino. Al enterarse de que era Jesús de Nazaret, se puso a gritar: «¡Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí!». Muchos le increpaban para que se callara. Pero él gritaba mucho más: «¡Hijo de David, ten compasión de mí!». Jesús se detuvo y dijo: «Llamadle». Llaman al ciego, diciéndole: «¡Ánimo, levántate! Te llama». Y él, arrojando su manto, dio un brinco y vino donde Jesús. Jesús, dirigiéndose a él, le dijo: «¿Qué quieres que te haga?». El ciego le dijo: «Rabbuní, ¡que vea!». Jesús le dijo: «Vete, tu fe te ha salvado». Y al instante, recobró la vista y le seguía por el camino.

Reflexión: Mc 10,46-52

¿Qué nos quiere decir Jesús con esta respuesta? Al que tiene fe se le concede lo que pida. Primero hay que tener fe. Jesús vela por nosotros. Está atento a nuestras necesidades, por lo que no debemos cejar en pedir…No debemos dejar que nos silencien. Él sabe cuán importante es para nosotros aquello que pedimos y no dejará de escucharnos. Pidamos con esa fe que nace de la vida misma, que invade todo nuestro ser, que no es  mera decoración, que no es un barniz convencional que usamos para lucir bien en determinada ocasión.  ¿Qué cosa más importante, qué cosa más significativa podía darle a un ciego de nacimiento que la vista? La pide y se la concede.

¿Qué hizo el ciego una vez recuperada la vista? Le seguía por el camino. Pidamos al Señor que aparte todo obstáculo que nos impide seguirlo, todo aquello que nos ata, que nos impida movernos, que nos lastra. No lo dejemos pasar de largo, aun cuando para muchos seas insignificante, aun cuando traten de persuadirte que no eres nadie para molestarlo, que eres poca cosa para que se detenga y se fije en ti. No los oigas, no te dejes amilanar…Insiste, búscale, llámale…¡No lo dejes pasar! Él te quiere a ti…Él viene por ti. Él sabe qué es de veras importante para un hombre de fe. Eso es todo lo que pide: Fe. Si la tienes, lo que le pidas te será concedido.

El que tiene fe, está en el camino, porque no de otra forma se muestra la fe. Y si en el camino encuentras un obstáculo, ten por seguro que Él te concederá superarlo. Si estás con Él, te concederá allanarlo, superarlo, no importa lo que sea, tal como hizo con el ciego. Entonces, ¿a qué temes? Solo debes temer a quien en verdad puede quitarte la vida y mandarte al infierno. Ni el dolor, ni la enfermedad, ni el hambre, ni la pobreza tienen este poder…No les temas. Sigue al Señor, que Él sabrá concederte oportunamente lo que necesitas, hasta que decida enviarte a sus ángeles, para que te recojan y te lleven definitivamente con Él.

Oremos:

Señor Jesús, danos la fe de este ciego, para seguirte por tus caminos. Que no pongamos excusas. Que nos mantengamos firmes, aun en la tormenta, aun en la soledad.

Concédenos superar todo obstáculo; que nada nos impida llegar a Ti. Allana nuestro camino y permítenos superar cualquiera que sean las barreras que nos impiden llegar a Ti. No dejes que nos acobardemos, que nos amilanemos.

Padre Santo, que nos comportemos siempre como dignos Hijos Tuyos. Amén.

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Reflexión: Lc 7,36-50

Lc 7,36-50

Aun ahora, a la distancia, Jesús no deja de desconcertarnos, sobre todo en el sentido que no nos sentimos capaces de imitarlo. Como el fariseo aquél, andamos juzgando a todos y aun sabiendo que tenemos faltas, que tenemos mucho de qué avergonzarnos, porque no siempre obramos como decimos o como exigimos a otros, somos muy propensos a juzgar a los demás con mayor severidad que a nosotros mismos. Sí, nos decimos, puede que yo haya fallado, pero aquél o aquella nos apestan. Nos creemos dignos de ser perdonados, pero no toleramos que a otros también se les conceda el mismo perdón.

Algo que tampoco puede dejarnos de asombrar en esta lectura es  que Jesús no teme mezclarse con los despreciados, con los cínicos (como el fariseo), ni con los pecadores, como la prostituta. No está cuidando su reputación, para evitar ser comidilla de los chismosos que siempre hay en todas las sociedades humanas. Él tiene una misión y es consciente que está por encima de estas ridiculeces y mezquindades. Él ha venido a salvarnos y esto pasa por perdonar. “A quien poco se le perdona, poco amor muestra”.

En otro pasaje dirá el Señor que ha venido por los enfermos, los extraviados, los perdidos. Claro, si una lleva una vida recta, tiene muy poco de qué pedir perdón y es posible entonces que no llegue a comprender el enorme significad del perdón. Lo peor que puede pasar, entonces, es que nos creamos así de buenos, simplemente por falta de discernimiento y reflexión respecto a lo que hemos recibido y lo que damos. Tenemos que aprender de Jesús a comprender a los que sufren por este gran dolor del alma y a perdonar, como Él lo hizo.

Claro, es verdad que sólo Él tiene el poder de Perdonar los pecados y restaurar el espíritu: curar, limpiar. Él y a los queÉl quiere concederlo. Pero esto es posible por la fe. “Tu fe te ha salvado. Vete en paz.” Ese es el perdón que debemos buscar, que sólo se alcanza con el verdadero arrepentimiento y fe.

Oremos:

Padre, te pido que me ayudes a perdonar, pero de verdad. Me cuesta demasiado tolerar a quien por uno u otro motivo siento que me ha fallado. Hazme generosos, para olvidar y dar nuevas oportunidades…tantas como sea necesario. Tantas como las que Tú me das.

Permíteme agradecerte por tantas Gracias recibidas, entre ellas la restauración del Perdón. Dame la fortaleza para llevarla a mis hermanos. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Reflexión: Mt 15,21-28

Mt 15,21-28

Hoy escuchamos a menudo expresiones como “ya no queda fe”, y lo dicen personas que piden a nuestras comunidades el bautizo de sus hijos o la catequesis de los niños o el sacramento del matrimonio. Esta palabra ve el mundo en negativo, muestra el convencimiento de que cualquier tiempo pasado fue mejor y que ahora estamos al final de una etapa en la que no hay nada nuevo que decir, ni tampoco nada nuevo por hacer. Evidentemente, se trata de personas jóvenes que, en su mayoría, ven con un cierto tono de tristeza que el mundo ha cambiado tanto, desde sus padres, que quizás vivían una fe más popular, que ellos no se han sabido adaptar. Esta experiencia les deja insatisfechos y sin capacidad de reacción cuando, de hecho, quizás están a la entrada de una nueva etapa que conviene aprovechar.

Este pasaje del Evangelio capta la atención de aquella madre cananea que pide una gracia para su hija, reconociendo en Jesús al Hijo de David: «¡Ten piedad de mí, Señor, hijo de David! Mi hija está malamente endemoniada» (Mt 15,22). El Maestro queda sorprendido: «Mujer, grande es tu fe», y no puede hacer otra cosa que actuar a favor de aquellas personas: «que te suceda como deseas» (Mt 15,28), aunque parezca que no entran en sus esquemas. No obstante, en la realidad humana se manifiesta la gracia de Dios.

La fe no es patrimonio de unos cuantos, ni tampoco es propiedad de los que se creen buenos o de los que lo han sido, que tienen esta etiqueta social o eclesial. La acción de Dios precede a la acción de la Iglesia y el Espíritu Santo está actuando ya en personas de las que no hubiéramos sospechado que nos traerían un mensaje de parte de Dios, una solicitud a favor de los más necesitados. Dice san León: «Amados míos, la virtud y la sabiduría de la fe cristiana son el amor a Dios y al prójimo: no falta a ninguna obligación de piedad quien procura dar culto a Dios y ayudar a su hermano».

Rev. D. Jordi CASTELLET i Sala (Sant Hipòlit de Voltregà, Barcelona, España)

 

Oremos:

Señor, ayúdanos a cumplir nuestra Misión, preferencialmente con los más pobres y necesitados, con los más humildes, con los que de uno u otro modo dejas sentir tu amor preferente.

Haz que seamos consecuentes y sobre todo perseverantes. Que no nos cansemos de orar y confiar. Que no nos perdamos en la banalidad de la vida cotidiana, que pareciera transcurrir sin tiempo ni orientación, más allá de nuestra satisfacción egoísta.

Que sepamos ordenar nuestra vida conforme tu nos lo exiges, poniendo primero el amor a Dios y a nuestros hermanos.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Reflexión Jn 20, 24-29

Jn 20, 24-29

Nuevamente la Iglesia nos propone reflexionar sobre la importancia de la Fe. El Señor comprende nuestra dificultad para creer sin evidencia y nos la concede en repetidas oportunidades. Ayer, después de perdonar los pecados al paralítico, lo hizo andar, solo para probar su poder a los incrédulos. Pero no es solo en el poder de sanar en el que nos invita a reflexionar, sino en el poder de perdonar, de limpiarnos del pecado, de redimirnos y salvarnos.

Es un su mensaje de salvación en el que quiere que creamos. Conocerle, quererle, aceptarle y seguirle…en eso radica la salvación. Por ello dice el Señor: “Dichosos los que no han visto y han creído”.

De aquí nace la responsabilidad de transmitir fielmente el evangelio, para que otros creamos, como aquellos creyeron. El Señor nos brinda el auxilio de su Gracia, la luz y fuerza transformadora del Espíritu Santo para que creamos en Él, y creyendo, demos testimonio con nuestra vida. Porque de eso se trata; no tanto de decir, de hablar, como de actuar. La fe la debemos mostrar en nuestro proceder, en nuestro modo de vivir y afrontar cada día, con sus cosas buenas y con las dificultades cotidianas, sabiendo que finalmente el Señor ha vencido a la muerte y con ello ha ganado para todos nosotros la vida eterna. Sabiendo que nuestro paso por aquí es efímero, pero que mientras dure debemos iluminar a nuestros hermanos. Para que quieran hacer lo que queremos, para que quieran vivir como vivimos, para que quieran amar como amamos, para que, finalmente y a través nuestro descubran y quieran al Padre, pues según nos lo ha revelado el mismo Señor Jesucristo, en ello consiste la Vida Eterna.

 

Oremos:

Ser para dar, eso es lo que te pedimos querido Señor nuestro. Que demos testimonio de ti en cada uno de nuestros actos. Que vivas en nosotros y nosotros e Ti, como Tú en el Padre.

Danos fe, ahora y en la hora de las dificultades, el dolor y la muerte. Que sepamos mantener la dignidad de hijos del Padre siempre y que nos abandonemos en sus brazos como lo hacen las aves, las flores…

Danos un corazón grande…muy grande, en el que sólo quepa el amor.

Roguemos al Señor

Te lo pedimos señor.

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Reflexión: Mt 8,23-27

Mt 8, 23-27 

 

En realidad vamos en un barco a la deriva si estamos sin Ti; en cambio cuando te tenemos, no hay nada que temer. Esa es la fe que Tú nos exiges y reclamas. Si estamos contigo no hay fuerza, no hay circunstancia ni situación que pueda doblegarnos. Tú eres nuestra roca, tu el mejor cimiento. ¿Qué más podemos querer? ¿Qué otra seguridad debemos o podemos buscar?

 

Pero Tú estás siempre a nuestro lado, estás siempre con nosotros, velando por nosotros, aunque muchas veces seamos más bien nosotros los que no queremos estar contigo, los que no queremos verte, los que no queremos contar contigo. Queremos hacer nuestra vida sin Ti, prescindiendo de Ti Equívocamente consentimos en nuestras mentes, por influencia del demonio, que si estamos contigo no somos libres, somos esclavos, ya que no podemos hacer lo que queremos.

 

¡Cuánta falsedad en este razonamiento! Cuando en verdad Tú nos has creado libres, y nos has dejado libres por amor. Pero es que libertad no es hacer lo que a uno le da la gana, lo que a uno le place, tal como torcidamente el demonio nos ha hecho concebir. Nuestra libertad debe llevarnos a hacer lo mejor, a optar por el bien, a cumplir con nuestro deber. Porque nosotros tenemos un deber, tenemos una obligación con nuestros hermanos y con nuestro planeta, que es nuestro hogar. Debemos procurar el bien, la justicia, la paz y el amor.

 

Y si nosotros rectamente optamos por el bien, por el amor, por la Verdad y la Vida, no hay forma que no estemos contigo y que Tú estés con nosotros…Y si estamos contigo, a qué podemos temer.

 

Hay que estar locos y extraviados para optar por aquello que nos hace daño, por aquello que nos lleva a la destrucción y a la muerte. Hay que estar ciegos, perturbados, necios y mal aconsejados para optar por el mal. Sin embargo, este siempre se disfraza de bien, se pone la piel de oveja, en realidad se nos muestra como lo más atractivo, como lo mejor….Por eso debemos pedir al Señor que nos libre de todo mal…de la codicia, del orgullo, de la vanidad, del egoísmo, del hedonismo, de la lujuria y de tanta tentación que lo único que pretende es sacarnos del camino recto…

 

 

Oremos:

 

Padre Santo, acrecienta nuestra Fe. Que no abandonemos el camino recto, por lo fácil, por lo cómodo, por todo aquello que en realidad constituye nuestra perdición. Por el contrario danos la confianza y la fe para seguir siempre unidos a ti, aun cuando arrecie la tormenta y nos sintamos tentados a abandonar el barco. Amén.

 

Roguemos al Señor

 

Te lo pedimos señor.

 

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Reflexión: Jn 4,43-54

Jesús se deja conmover ante las súplicas de este funcionario real. Pero no hay duda que aquí, como antes, el Señor ve el interior de las personas. Así pudo ver la fe con la que este hombre le pedía este milagro. Estaba convencido que si Jesús quería, tenía el poder de sanar a su hijo. De allí su forma de pedir, que si leemos detenidamente pues hasta parece impertinente. A la reflexión que hace Jesús respecto a las señales, el responde insistiendo en su pedido, quizás diciendo: “no busco señales; sé que lo puedes hacer; por favor te pido que lo hagas…”

El Señor, fiel a sus promesas, responde. Al que toca se le abre, el que busca encuentra…El Señor sabe lo que necesitamos aún antes que lo pidamos, pero debemos tener fe para alcanzarlo.

Seamos insistente en pedir, pero mucho más aún en acrecentar nuestra fe. Pero esta es un don , una gracia que nos concede Dios…Entonces vivamos intensamente nuestro cristianismo, sirviendo a los demás, buscando la paz, amando y orando a Dios Padre, reconociéndonos como pecadores hijos suyos, necesitados de su perdón y agradecidos por la redención.

Oremos:

Señor, danos fe del tamaño de un grano de mostaza, para alcanzar la luz, para seguir por tus Caminos. Que no busque ser amado, como amar, ser comprendido como comprender. Que entienda que dando se recibe.

Ayúdame a llevar una vida honesta, limpia, transparente. Que todo el mundo pueda ver y hurgar en ella, sin nada que me avergüence. Dame la gracia del perdón. Perdóname todos mis pecados, límpiame y ponme en tu camino de luz.

Que brille tu luz en mí para guiar a mis hermanos. Que no sea jamás motivo de perdición.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
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Reflexión: Mc 9,2-10

Estos son algunos de los prodigio de los que fueron testigos los discípulos más cercanos de Jesús, seguramente sus más íntimos, sus “preferidos”, aquellos a los que podía mostrarles estas cosas en espera que las comprendieran, pues tenían una cierta sintonía especial con Él. Quedaron realmente pasmados, estupefactos…Vieron y presenciaron un encuentro insólito. Elías y Moisés conversaban con Jesús. ¿Cómo podía ser? ¿Dónde estaban? Ambos habían vivido varios siglos antes de Jesús y con cientos de años de diferencia entre uno y otro. ¿Qué estaba pasando? Era realmente algo asombroso lo que estaban presenciando. Por eso no atinaban a decir nada. “Estaban asustados”.

Es que realmente era impactante lo que estaban presenciando. No lo podían comprender…Si nos trasladamos mentalmente a la escena y lo pensamos un poco, tampoco lo podríamos comprender ¿no es verdad? Se trata de hechos reservados para unos pocos, que sólo pueden ser comprendidos desde la fe. Luego fueron envueltos por una nube y escucharon nada menos que la voz de Dios Padre diciendo: «Este es mi Hijo amado, escuchadle».

Era como para perder el habla, para quedar petrificado, helado y balbucear cualquier cosa. Fue seguramente un encuentro extraordinario que marco las vidas de estos discípulos. Seguro que no lo pudieron olvidar jamás.

Y sin embargo, cuando bajan Jesús les “ordena” que no contaran lo que habían visto hasta que Resucitara. ¿Por qué? ¿No sería lo primero que quisieran contar a todos, lo primero que quisieran salir corriendo a proclamar, a gritar a todos? ¿No sería lo primero que cualquiera de nosotros hubiera querido hacer, i r a contar a todos los que acabábamos de presenciar?

Pero Jesús ORDENA ocultarlo hasta después que resucite. ¿Por qué?

Ensayo la siguiente explicación: Jesús no quería convencer a nadie por los hechos prodigiosos (a nuestros ojos) que como Dios podía realizar. Usar el poder de Dios para cambiarnos no era su prédica. El quería y quiere que libremente nos adhiramos al camino del amor que con su vida, muerte y resurrección nos propone.

No se trata de ganarnos por el asombro. Se trata de dejarnos cautivar por el amor. . Se trata de preferir el bien, de escoger el camino recto. Se trata de amar.

Oremos:

Pidamos al Señor que nos ayude a comprender su presencia milagrosa cada día en nuestras vidas. Pues así como hizo con Pedro y Juan, a cada rato nos da muestras que por sí solas bastarían para que creamos y lo sigamos, sin embargo, muy rápidamente las olvidamos, y luego de muy poco tiempo hasta las vemos con la naturalidad de un hecho corriente.

Danos fe, Señor, para seguirte fielmente y convertirnos en multiplicadores eficaces de tu Palabra.

Roguemos al Señor…

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Reflexión: Mc 9,14-29

Mc 9,14-29

Otra vez estamos ante un milagro público. Se ve que los discípulos habían tomado la posta mientras él se había alejado. ¿A dónde fue? ¿Dónde estuvo? Sólo se lee que “bajo de la montaña”. Al parecer, era la costumbre del Señor. Alejarse y subir a la montaña a orar. Podemos presumir que eso es lo que estuvo haciendo, cuando encontró a sus discípulos en difícil trance: no podían curara al enfermo que les habían traído. Por fortuna llegó Jesús y se interesó en el tema.

Luego de oír la explicación, el Señor se propone curarlo. Es importante la aclaración que hace el Señor al padre del muchacho: «¡Qué es eso de si puedes! ¡Todo es posible para quien cree!». El milagro se da, si tenemos fe. Somos nosotros los que debemos cambiar, los que debemos creer. Sólo entonces podemos alcanzar lo que pedimos, lo que nos proponemos.

Sin embargo hace falta algo más. Es preciso implorar la intervención Divina. Para ello hay que orar a Dios Padre, puesto que es en realidad Su intervención la que hará posible la expulsión de los demonios. Es preciso, entonces, no solamente querer, aunque es necesario. Tampoco basta creer, tener fe. Debemos orar, ponernos en Sus manos; suplicar que se haga su voluntad.

La oración produce una actitud especial en quien la realiza. Orar es hablar con Dios. Pero para oírle, hay que acallar por dentro y por fuera todo aquello que nos inquieta, que perturba, que nos quita paz. Fe y oración deben acompañarnos siempre.

Oremos:
Señor, danos fe, como un grano de mostaza para poder hacer tu voluntad y llevar tu palabra a todos nuestros hermanos.

Seremos capaces de actuar como tú, en tu ausencia física sólo si tenemos fé y llevamos una vida de oración. Haz que así sea, Señor.

El que ora no es soberbio; sabe que depende en última instancia de la voluntad Divina, la cual tiene obligación de escudriñar en cada acontecimiento. Haznos dóciles a tu Espíritu y proclives al diálogo permanente con Dios. Decía San Agustín: “La oración es la fuerza del hombre y la debilidad de Dios”

Roguemos al Señor…

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Reflexión: Lc 17, 1-6

Lc 17, 1-6

Escándalo, perdón y fe. Jesús habla de estos tres temas hoy. Es nuestro DEBER andar con cuidado, para no dar falso testimonio. Evitar la incoherencia, que finalmente termine por desorientar a nuestros hermanos. Lo peor que podemos hacer es escandalizar, a los que menos saben, a los sencillos, a los humildes, a los niños, que desconcertados pueden quedarse sin saber en qué creer.

Muy por el contrario, debemos preocuparnos por ser buenos ejemplos. No siempre todo habrá de estar en nuestras manos, pero en tal caso pidamos ayuda al Señor…Él vendrá en nuestro apoyo, si tan sólo tuviéramos fe “como un grano de mostaza”. No es casual que junto con el esforzarnos por ser fuertes, por ser coherentes, el Señor nos enseñe a perdonar y nos aliente a tener fe. No debemos doblegarnos; no debemos dejarnos vencer. Debemos seguir luchando, hasta el final. No claudicar, pero saber reconocer que nuestros hermanos son débiles, que son mortales, que son falibles y que por tanto merecen nuestro perdón siempre.

Oremos:
Pidamos al Señor que nos de la Gracia de saber perdonar, de no guardar rencor, de dar oportunidad a todo aquel que nos la pide.

Que nos de el coraje de llevar una vida decente, única, coherente. Que nadie se sienta engañado y mucho menos desengañado por nosotros.
Danos firmeza, para no claudicar ante cualquier pequeño embate y muy por el contrario, danos la fe necesaria para confiar en Ti siempre y jamás claudicar.

Roguemos al Señor…

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Reflexión: Lc 10, 1-9

Lc 10, 1-9

Jesús envía a sus misioneros y les dice cómo deben comportarse…Tenemos que ir anunciándole, si llevar nada más que su palabra, que es un mensaje de paz y amor, quedándonos con quien quiere recibirnos. No andar de aquí para allá, sino quedarnos y compartir todo con quien nos reciba.

La misión no es fácil, pero quien tiene a Dios, nada le falta. No es preciso nada. Confiar en Dios, apoyarnos entre nosotros y en quienes nos quieran recibir. Con solo estas recomendaciones y la advertencia que vamos como corderos en medio de lobos, debemos afrontar nuestra misión. No hay nada más que decir, pues ya nos ha dado todo. Hay que tener fe, y con la fuerza del Espíritu Santo, marchar adelante, anunciando la Buena Nueva a quienes quieran oírla.
Nuestra misión es anunciar.

Oremos:

Señor danos lucidez e inteligencia para entender cuál es nuestra misión, luego valor y perseverancia para cumplirla.
Que no andemos con tanto rodeo antes de ponernos en camino. Que entendamos que lo único que necesitamos, ya lo tenemos.
Que no nos detengamos, si no para recibir aquello que es justo y necesario.
Que no andemos como picaflores, aquí y allí, sino antes bien, que nos detengamos y profundicemos con quienes nos reciben, mientras permanecemos allí.
Que no nos detengamos, que no nos estanquemos. Que comprendamos que nuestra misión no estará culminada en tanto queden gentes que no conocen a Jesús, a Dios Padre y al Espíritu Santo. En tanto hay pobreza, injusticia y atropellos.
Que seamos portadores de la paz y el amor de Dios Padre.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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