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Lucas 13, 1-9

Texto del evangelio (Lc 13, 1-9)

En aquel tiempo, llegaron algunos que contaron a Jesús lo de los galileos, cuya sangre había mezclado Pilato con la de sus sacrificios. Les respondió Jesús: «¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que todos los demás galileos, porque han padecido estas cosas? No, os lo aseguro; y si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo. O aquellos dieciocho sobre los que se desplomó la torre de Siloé matándolos, ¿pensáis que eran más culpables que los demás hombres que habitaban en Jerusalén? No, os lo aseguro; y si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo».

Les dijo esta parábola: «Un hombre tenía plantada una higuera en su viña, y fue a buscar fruto en ella y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: ‘Ya hace tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro; córtala; ¿para qué va a cansar la tierra?’. Pero él le respondió: ‘Señor, déjala por este año todavía y mientras tanto cavaré a su alrededor y echaré abono, por si da fruto en adelante; y si no da, la cortas’».

Reflexión: Lc 13, 1-9

Tendemos a pensar que tras toda desgracia, tras toda muerte trágica está Dios, que envía su castigo sobre los que no le siguen, sobre los que no se comportan como Él lo ha dispuesto. Es decir que, para muchos de nosotros, Dios envía castigos a los malos y a veces, incluso castiga sin discriminar, a buenos y malos, por culpa de unos cuantos. Es decir que nuestro buen Dios aplica aquél viejo adagio que dice: “justos pagan por pecadores”. Esa es la imagen que muchos nos hemos forjado de Dios: severo y castigador, que a cada paso nos pide cuentas y que blande su espada justiciera sobre todo brazo, pierna o cabeza que no hace lo que Él ha dispuesto.

Ante esa imagen que nos hemos forjado ancestralmente para explicar de algún modo las desgracias, qué nos dice Jesús. Nos presenta a un Dios que es Padre, y por tanto, es muy distinto a aquella amenaza que erróneamente hemos forjado en nuestra imaginación, ya por ignorancia, ya por obra del demonio, que con argucias quiere alejarnos de nuestro Buen Padre, nuestro Padre Eterno.

Es que no puede ser de otro modo. Como Jesús mismo nos lo dirá en otro pasaje, “si nosotros sabemos dar cosas buenas a nuestros hijos, cuanto más nuestro Padre nos dará el Espíritu Divino a quien se lo pide”. Y no hay, ni puede haber Bien más precioso que este…Si nos da lo más, lo mayor, cuanto más nos dará “el pan de cada día”.

Nuestra vida aquí en la tierra, es finita. y está sujeta a las leyes naturales. Inundaciones, terremotos, cataclismos, son tan propios de nuestro planeta, como el invierno, el verano, la primavera…la lluvia, la cosecha, las plantas, los bosques, los animales…Nosotros debemos tratar con respeto y moderación toda la Creación, porque ha sido puesta a nuestro servicio, al servicio de todas las generaciones que habrán de poblar la tierra, hasta que llegue su fin, que indudablemente llegará algún día…mañana, dentro de 20 años, dentro de cinco mil o en varios millones o miles de millones más.

Debemos hacer uso correcto de todo lo recibido, empezando por nuestra vida misma. No podemos desperdiciarla, ni dejarla escurrir, como el agua entre nuestros dedos. Tenemos que hacer lo más que podemos, en función del Reino, en función de ese destino superior que llevamos como una impronta en nuestros genes, en nuestro espíritu y que Jesús nos ha Revelado y Confirmado.

Somos hijos de Dios. ¡¿Puede alguien imaginar honor más grande?! Y ese Dios, Padre nuestro, es la encarnación del Amor Eterno. Por lo tanto, solo puede querer y quiere nuestro bien, lo mejor de nosotros, como nos lo dice una y otra vez Jesús. Él nos pide que demos un paso más, que nos exijamos un poco más, porque sabe de lo que somos capaces, porque sabe lo que podemos. No nos pide nada más que carguemos con nuestra propia cruz. No la de Él, no la de nuestros hermanos, sino la nuestra.

Y, ¿en qué consiste esa “cruz”? En hacer cada día lo que nos corresponde. En hacer lo mejor que podamos todo lo que debemos hacer, esforzándonos por dar más. En no conformarnos con la mediocridad, la desidia, la flojera, la comodidad…porque ello acarrea consecuencias sobre los demás. En actuar responsablemente, solidariamente, procurando el bien ajeno, antes que el propio. Es decir, amando. ¡Eso es lo que nos pide el Señor! “Que nos amemos los unos a los otros, como Él nos ha amado”. ¿Cómo nos amó Jesús? Al extremo de morir por nosotros, para salvarnos…Esa es la medida.

Es así como espera nuestro Padre que vivamos cada día. Él no nos castiga; el por el contrario, es como aquél que pide al dueño de la viña: ‘Señor, déjala por este año todavía y mientras tanto cavaré a su alrededor y echaré abono, por si da fruto en adelante; y si no da, la cortas’». Siempre está buscando, procurando, prodigándonos una nueva oportunidad. ¡Ese es nuestro Padre, el Padre que Jesús nos presenta!

Oremos:

Padre Santo, concédenos la Gracia de vivir cada día en la virtud, procurando siempre el bien de los demás, exigiéndonos a nosotros mismos, antes que a los demás. Danos humildad para servir a nuestros hermanos. Que no busquemos privilegios, ni prebendas. Que en toda circunstancia y situación sepamos actuar iluminados por tu luz, en función de la construcción del Reino. Que no caigamos en la tentación. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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Mateo 21, 33-43.45-46

Texto del evangelio (Mt 21, 33-43.45-46)

En aquel tiempo, Jesús dijo a los grandes sacerdotes y a los notables del pueblo: «Escuchad otra parábola. Era un propietario que plantó una viña, la rodeó de una cerca, cavó en ella un lagar y edificó una torre; la arrendó a unos labradores y se ausentó. Cuando llegó el tiempo de los frutos, envió sus siervos a los labradores para recibir sus frutos. Pero los labradores agarraron a los siervos, y a uno le golpearon, a otro le mataron, a otro le apedrearon. De nuevo envió otros siervos en mayor número que los primeros; pero los trataron de la misma manera. Finalmente les envió a su hijo, diciendo: ‘A mi hijo le respetarán’. Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron entre sí: ‘Este es el heredero. Vamos, matémosle y quedémonos con su herencia’. Y agarrándole, le echaron fuera de la viña y le mataron. Cuando venga, pues, el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?».

Dícenle: «A esos miserables les dará una muerte miserable y arrendará la viña a otros labradores, que le paguen los frutos a su tiempo». Y Jesús les dice: «¿No habéis leído nunca en las Escrituras: La piedra que los constructores desecharon, en piedra angular se ha convertido; fue el Señor quien hizo esto y es maravilloso a nuestros ojos? Por eso os digo: se os quitará el Reino de Dios para dárselo a un pueblo que rinda sus frutos».

Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír sus parábolas, comprendieron que estaba refiriéndose a ellos. Y trataban de detenerle, pero tuvieron miedo a la gente porque le tenían por profeta.

Reflexión: Mt 21, 33-43.45-46

¿Cómo aplicar aquí y ahora, a nosotros estás palabras? Lo hemos recibido todo, lo tenemos todo y sin embargo no hemos sido capaces de encaminar adecuadamente nuestra vida. La hemos desperdiciado, dedicándola a fines egoístas, ajenos a aquello para lo cual se nos entregó semejante patrimonio. Lo recibimos en custodia, con la autoridad suficiente para emplearlo de un modo tal que permitiera incrementarlo, acrecentarlo, en orden a la salvación, en orden a la construcción del Reino…¿Y, qué hemos hecho? Estas son las cuentas que nos pide el dueño de la viña.

Si recibimos tanto y en un momento no supimos qué hacer, el nos envió emisarios para explicarnos, para aclararnos y para pedirnos cuentas. ¿A quiénes? ¿Cuándo? Revisa tu vida y responde tu mismo estas preguntas. Se honesto. ¿Nunca se te dijo lo que debías hacer? ¿Lo hiciste? ¿Hiciste caso o más bien te agazapaste en ti y con mucha soberbia rechazaste aquella corrección? Sabías lo que tenías que hacer, y sin embargo preferiste la comodidad, la “tranquilidad”…Huiste del compromiso, y en vez de procurar los frutos que el dueño de la viña esperaba, te dedicaste a otra cosa. Te enviaron dinero para que adquirieras nutrientes, abono, agua para la viña, y tu preferiste emplearlos en otra cosa, descuidando la viña y dejando que la mala yerba crezca por doquier…

Preferiste la farra, la jarana, “el buen vivir”, antes que el trabajo abnegado y sacrificado para lograr los mejores frutos con el patrimonio que se te confió. Obraste posiblemente como muchos, como todos…Desechaste la piedra angular; despreciaste a cuanto emisario y oportunidad de corrección se te dio. No eres digno del Reino…se te quitará para dárselo a otro.

Así de duras y exigentes son las palabras del Señor. Por eso, debemos hacer un alto. Meditar y reflexionar lo que estamos haciendo con nuestra vida. No podemos seguir ciegamente por donde nos empujen, por donde nos llevan los demás. No porque todos lo hacen, yo debo hacerlo. Tengo en mis manos la posibilidad de emplear adecuadamente el patrimonio que se me ha confiado…Y no hay mayor patrimonio que la vida misma. He de orientarla como corresponde y esforzarme porque rinda los frutos que espera el dueño de la viña.

Oremos:

Padre Santo, permite que viva de tal modo que al final pueda decirte con alegría y paz: toma mi vida…Tú me la diste y a ti te la devuelvo. Ilumíname para llevar una vida santa, humilde, fructífera. Enséñame a amar cada día y a ver y oír tu voluntad en cada uno de mis hermanos, en cada acontecimiento. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Marcos 4, 1-20

Texto del evangelio (Mc 4, 1-20)

En aquel tiempo, Jesús se puso otra vez a enseñar a orillas del mar. Y se reunió tanta gente junto a Él que hubo de subir a una barca y, ya en el mar, se sentó; toda la gente estaba en tierra a la orilla del mar. Les enseñaba muchas cosas por medio de parábolas. Les decía en su instrucción: «Escuchad. Una vez salió un sembrador a sembrar. Y sucedió que, al sembrar, una parte cayó a lo largo del camino; vinieron las aves y se la comieron. Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde no tenía mucha tierra, y brotó enseguida por no tener hondura de tierra; pero cuando salió el sol se agostó y, por no tener raíz, se secó. Otra parte cayó entre abrojos; crecieron los abrojos y la ahogaron, y no dio fruto. Otras partes cayeron en tierra buena y, creciendo y desarrollándose, dieron fruto; unas produjeron treinta, otras sesenta, otras ciento». Y decía: «Quien tenga oídos para oír, que oiga».

Cuando quedó a solas, los que le seguían a una con los Doce le preguntaban sobre las parábolas. El les dijo: «A vosotros se os ha dado comprender el misterio del Reino de Dios, pero a los que están fuera todo se les presenta en parábolas, para que por mucho que miren no vean, por mucho que oigan no entiendan, no sea que se conviertan y se les perdone».

Y les dice: «¿No entendéis esta parábola? ¿Cómo, entonces, comprenderéis todas las parábolas? El sembrador siembra la Palabra. Los que están a lo largo del camino donde se siembra la Palabra son aquellos que, en cuanto la oyen, viene Satanás y se lleva la Palabra sembrada en ellos. De igual modo, los sembrados en terreno pedregoso son los que, al oír la Palabra, al punto la reciben con alegría, pero no tienen raíz en sí mismos, sino que son inconstantes; y en cuanto se presenta una tribulación o persecución por causa de la Palabra, sucumben enseguida. Y otros son los sembrados entre los abrojos; son los que han oído la Palabra, pero las preocupaciones del mundo, la seducción de las riquezas y las demás concupiscencias les invaden y ahogan la Palabra, y queda sin fruto. Y los sembrados en tierra buena son aquellos que oyen la Palabra, la acogen y dan fruto, unos treinta, otros sesenta, otros ciento».

Reflexión: Mc 4, 1-20

 Todos estamos llamados a seguir al Señor. Él va esparciendo su palabra entre todos los que le siguen. Sin embargo no todos la comprenden. Es que hay que tener una disposición para comprenderla. Es el típico dicho aquél, “no hay peor sordo que el que no quiere oír; o peor ciego que el que no quiere ver”. Es que cuando uno ha tomado una determinación y quiere que las cosas sean como él quiere, ya puede venir Jesucristo a tratar de convencerlo, nadie le hará cambiar de parecer. Infinidad de veces seguramente nos hemos topado con este tipo de gente…Ya podemos plantarnos de cabeza, no lograremos convencerlos ni que cambien de opinión. Jesús también conoce a esta gente, también se ha tropezado con ellos y por eso lanza esta advertencia que cuesta un poco comprender: «A vosotros se os ha dado comprender el misterio del Reino de Dios, pero a los que están fuera todo se les presenta en parábolas, para que por mucho que miren no vean, por mucho que oigan no entiendan, no sea que se conviertan y se les perdone». .

Echa tu pluma…Revísate con sinceridad. Es muy fácil encontrar la paja en el ojo ajeno, pero…. ¿No eres tú de esos que no quiere comprender? ¿Qué se hace el difícil, simplemente porque no quiere dar su brazo a torcer? Cuando se nos pide sacrificios, cuando debemos postergar nuestros intereses e incomodarnos, nos hacemos los locos, los que no entendemos. ¿Pero, a quién vamos a engañar? Desde luego, a Jesús no, y seguramente a nosotros mismos tampoco.

La Palabra del Señor es como la semilla: debe dar fruto, para poder reconocer que efectivamente fue sembrada. Si no da fruto, no sirve de nada. ¡Qué más da si tuviste un encuentro “trascendente” con el mayor gurú espiritual, si recibiste la fórmula secreta de la quinta esencia de manos del más connotado intelectual del planeta, del más ilustre científico! ¡Si no das fruto, para nada sirves! Al cristiano no se le conoce por como enarbola los ojos frente a las imágenes, o por la cantidad de oraciones que efectúa durante el día, ni por la cantidad de estampas y medallas que porta sobre su hábito…

Al cristiano se le conoce por sus obras. Son sus obras, es decir sus frutos, los que hablan por él. Unos producen treinta, otros sesenta y otros cien…Cuánto demos, puede depender de muchas cosas, seguramente…Pero lo que no podemos hacer es dejar de dar. ¡No tenemos excusa! O somos de los que recogen, o somos de los que esparcen. O estamos con Dios, o estamos con el demonio. O construimos, o destruimos…No hay términos medios. No hay posiciones inocuas, algo menos comprometidas, pero igualmente cristianas. ¡Eres o no eres! Punto.

Oremos:

Señor Jesús, te pedimos perdón por todas las veces que nos hemos excusado, para no incomodarnos, para no perder algunos de nuestros privilegios; para no comprometer nuestro patrimonio…Perdónanos. Nosotros sabemos cuando hemos obrado así. ¡Perdónanos! Ayúdanos a dar fruto. Nada de lo que tenemos o hemos recibido tiene sentido si no nos sirve para dar fruto. ¡Que sirva este fruto para dar testimonio de Ti! Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Lucas 13, 1-9

Texto del evangelio (Lc 13,1-9)

En aquel tiempo, llegaron algunos que le contaron lo de los galileos, cuya sangre había mezclado Pilato con la de sus sacrificios. Les respondió Jesús: «¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que todos los demás galileos, porque han padecido estas cosas? No, os lo aseguro; y si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo. O aquellos dieciocho sobre los que se desplomó la torre de Siloé matándolos, ¿pensáis que eran más culpables que los demás hombres que habitaban en Jerusalén? No, os lo aseguro; y si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo».

Les dijo esta parábola: «Un hombre tenía plantada una higuera en su viña, y fue a buscar fruto en ella y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: ‘Ya hace tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro; córtala; ¿para qué va a cansar la tierra?’. Pero él le respondió: ‘Señor, déjala por este año todavía y mientras tanto cavaré a su alrededor y echaré abono, por si da fruto en adelante; y si no da, la cortas’».

Reflexión: Lc 13,1-9

Muerto y bien muerto quedará el que no de fruto en su vida. La muerte, no importa cómo, igualmente le alcanza a todo aquél que no da fruto. ¡Esa es la muerte que debemos temer! ¡De esa muerte nos habla Jesús! ¡Sobre esa muerte nos advierte!

El Señor, como el viñador, nos limpia, nos cuida, nos riega, nos abona y nos tiene paciencia…Un año, otro año…espera y espera que finalmente habremos de tomar conciencia del enorme Don recibido y que habremos de hacer con él lo correcto: ponerlo al servicio de Dios, ponerlo al servicio de los demás, ponerlo al servicio de la vida, del amor…

Una y otra vez nos corrige. Una y otra vez nos ayuda a levantar. Una y otra vez nos perdona. Nos vuelve a dar otra oportunidad. Como la higuera, estamos llamados a dar fruto, y Él lo espera. Es paciente…nos comprende y nos pule. Quiere que vivamos para siempre.

Como la higuera, tenemos una misión en la vida. Para algo estamos aquí. Nuestra vida no puede ser inútil y lo será, si nos guardamos para nosotros mismos, si no nos damos, si no damos fruto.

Una cosa nos pide el Señor, que nos hará distintos a los demás. Una sola cosa que impedirá que muramos como los demás: CONVERSIÓN.   “…si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo”.

Pero, ¿Qué cosa es convertirse, en qué consiste? Para decirlo de modo sencillo y rápido, mirar al mundo como Jesús lo ve. Vivir, ser, actuar como Él.  Seguir a Jesús. En resumen, hacer la Voluntad del Padre. ¿Y qué quiere el Padre de nosotros? Que le amemos a Él por sobre todas las cosas y que amemos a los demás, a nuestro prójimo, como a nosotros mismos. Eso es todo. Como nos dirá Jesús: en eso se resume toda la ley y los mandamientos.

Entonces, no es en realidad tan complicado el mensaje del Señor…Lo hemos resumido en un solo párrafo. El problema es que se dice muy fácil, pero hacerlo es otra cosa.

Oremos:

Señor, límpianos, purifícanos, para que veamos así de claro el Camino que nos propones. Danos Tu Luz y ayúdanos a seguirte con valor, sin dudas.

Aparta de nosotros la maldad, la codicia, la avaricia, la lujuria, la soberbia…todo aquello que engañosamente nos enreda; todas esas argucias del demonio que nos hacen creer que te servimos, cuando en el fondo, en realidad pretendemos servirnos de Ti y de los demás, para nuestros propios mezquinos  intereses.

Aparta de nuestro camino toda tentación. Ayúdanos a ser fuertes y a mantenernos puros. Amén.

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Reflexión: Lc 8,4-15

Lc 8,4-15

Qué mejor descripción de nuestro proceder, que no por humano justifica esta falta de consecuencia. Ocurre que vivimos engañados. Yo diría que el demonio también ha hecho su labor, nublando nuestra razón, torciendo nuestras intenciones y haciéndonos creer que es velando por nosotros mismos que alcanzaremos la felicidad. El ha puesto en nosotros la tentación de desentendernos de los demás y buscar exclusivamente nuestra comodidad, en última instancia nuestra salvación, como si ello efectivamente estuviera en nuestras manos, a condición de soltar las amarras, los lazos que nos unen a los demás.

¡Imposible! Nos dice el Señor. Tú sólo te salvas si amas. Y el que ama no puede ponerse a sí mismo en primer lugar, sino a sus hermanos: a sus esposo o esposa, a sus hijos, a sus padres, a sus hermanos, a sus vecinos, a sus compañeros de trabajo, a sus paisanos. Y qué es poner primero al prójimo, sino posponer tus caprichos, tus necesidades, tu bienestar, tu comodidad, finalmente, tu salvación. Esto quiere decir que ante una situación exigente seas capaz de posponerte a ti mismo, por el bien de los demás.  Eso es amor.

Claramente podemos ver cómo frente a la Palabra del Señor cada uno se decanta. Estamos los que oímos sin oír, como si se tratara de poesía, bonita pero irreal. Nos parece lindo, pero impracticable y desde el saque, precisamente porque somos “pragmáticos” descartamos de plano el mensaje, bueno para idiotas. El mundo no es así, nos decimos y volteamos la página para seguir nuestro instinto, nuestra estrategia y el ejemplo de tantos “triunfadores” que encontramos en la vida.

De otro lado, estamos aquellos a los que la Palabra nos llega a cautivar,  la reconocemos como válida e incluso la citamos. Nos proclamamos cristianos y pretendemos actuar cristianamente, pero a nuestro modo; solo hasta el punto en que ello no demande exigencias mayores, pues en el fondo no estamos tan convencidos y por lo tanto, no estamos dispuestos a dejar lo que tenemos, a sacrificar nuestra comodidad, nuestras propiedades, nuestros bienes, por el mensaje. Defendemos “lo nuestro” aún a costa de enemistarnos con medio mundo, y es que el bienestar material para nosotros está por encima de todo. Queremos atesorarlo…Somos capaces de dar, pero no de sacrificar. Damos de lo que nos sobra, es decir, mientras ello no ponga en riesgo lo que tenemos, lo que hemos atesorado.

Finalmente están los que oyen y ponen en práctica el mensaje. Son pocos, pero creo que más de los que suponemos. Estos nos sorprenden a cada nada por su desprendimiento, porque son capaces de dar lo que sea, lo que se les pide, sin esperar nada a cambio. La Gracia de Dios ha querido que sea testigo de muchos de estos casos. Estos son los que realmente siguen el Evangelio de Jesús, los que se han dejado transformar por Su Palabra, los que la han puesto en práctica y han hecho de ella su norte. Como dice el Señor, “conservan la Palabra con corazón bueno y recto, y dan fruto con perseverancia.” Y es que a quien da, se le da mucho más, como dice el Señor. Es casi una fórmula que podemos evidenciar a cada paso. Unidos a Cristo lo podemos todo. Si hacemos Su Voluntad los resultados de nuestros esfuerzos se multiplican con creces; todo lo podemos con Cristo. Así de simple. Para ello necesitamos tener fe y vivir rectamente, es decir en la Verdad y la Luz, amando y sirviendo a los demás.

 
Oremos:

Padre Santo, que seamos tierra fértil para el mensaje del Señor. Que no nos acobardemos a la primera. Que seamos perseverantes y demos permanente testimonio de tu amor.

Danos coraje para luchar contra nuestros vicios, nuestra quietud, nuestro conformismo, nuestra comodidad y nuestro carácter. Haznos dóciles a tu Espíritu y que el guie y gobierne siempre nuestros actos. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Reflexión: Jn 12,24-26

Jn 12,24-26

Un evangelio muy corto el de hoy, pero tan rico y trascendente. Contiene en en realidad una síntesis de lo que debe ser la filosofía y el modo de vida del cristiano. Nuestro mayor problema está en que no lo entendemos o no lo queremos entender y por lo tanto mucho menos estamos dispuestos a hacer de él nuestro estilo de vida.

El que ama su vida, la pierde; y el que odia su vida en este mundo, la guardará para una vida eterna. Si nos ponemos a reflexionar, encontraremos que aquí está La Respuesta a tantas inquietudes que tenemos en la vida. ¿Cómo debemos vivir? ¿Cómo debemos comportarnos? ¿Qué orden deben tener nuestros afectos en la vida? ¿Qué debe ser primero o tal vez debíamos decir, quién debe ser primero? Las respuestas a estas preguntas son elementales, pero muchos de nosotros pasamos la vida sin planteárnoslas. ¿Cómo podemos construir una sociedad justa, solidaria, acogedora, en la que nuestros hermanos quieran vivir? ¿Cómo podemos construir la “ansiada civilización del amor” si no hemos hecho una profunda reflexión de este cuestionamiento?

El Señor no dice cualquier cosa, por salir del paso. No dice si quiera bonitas palabras que luego debemos interpretar si queremos adoptarlas en nuestra vida. ¡No! El Señor nos comunica sabiduría. Nos da su luz.  Aquí nos dice concretamente cómo debemos vivir. ¿Cuál debe ser nuestra postura en la vida, cuál nuestra actitud? ¿Cómo debemos vivir? Pero nosotros, lamentablemente, hacemos todo lo contrario y nos pasamos buscando respuestas, cuando aquí está LA RESPUESTA.

Un solo mandamiento nos da Jesús, en el cual se resumen todas las escrituras, las leyes y los profetas: “Amar a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos”. Eso es todo. De eso se trata. Eso es lo que debemos hacer y hoy nos lo recuerda de otro modo. La vida es un don que has recibido, si quieres un talento (acordándonos de la parábola de los talentos) que has recibido, no para ti, sino para compartirlo, para darlo a los demás. Si la cuidas para ti, la perderás inexorablemente…Y, ¿no es esto lo que nos afanamos en logra todo el tiempo? Cuidarnos, preservarnos, mantenernos asépticos, impecables, bellos…Mi, me, conmigo…Yo primero, antes que todos. El egoísmo es la prédica del demonio que lamentablemente ha prendido en nuestra sociedad y se ha regado en cada esquina, en cada vericueto. El egoísmo es contrario al amor, por ello nuestra sociedad se está destruyendo. Porque no tenemos amor, porque nos preservamos para nosotros…porque no damos frutos, porque somos miopes y pretendemos vivir cuidándonos para nosotros mismos: esa es nuestra perdición.

Oremos:

Padre Santo, haznos capaces de salir de nosotros mismo, de desinstalarnos y vivir permanentemente al servicio de nuestros hermanos, que es sirviéndoles a ellos como te servimos a Ti.

Danos un corazón generoso, que no busque nuestra comodidad, nuestra satisfacción…si no que por el contrario esté siempre atento a las necesidades de los demás. Procurando atenderlas y resolverlas. Haznos sensibles, solidarios y generosos.

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Reflexión: Mt 13,18-23

Mt 13,18-23

Hoy contemplamos a Dios como un agricultor bueno y magnánimo, que siembra a manos llenas. No ha sido avaro en la redención del hombre, sino que lo ha gastado todo en su propio Hijo Jesucristo, que como grano enterrado (muerte y sepultura) se ha convertido en vida y resurrección nuestra gracias a su santa Resurrección.

Dios es un agricultor paciente. Los tiempos pertenecen al Padre, porque sólo Él conoce el día y la hora (cf. Mc 13,32) de la siega y la trilla. Dios espera. Y también nosotros debemos esperar sincronizando el reloj de nuestra esperanza con el designio salvador de Dios. Dice Santiago: «Ved como el labrador aguarda el fruto precioso de la tierra, esperando con paciencia las lluvias tempranas y tardías» (St 5,7). Dios espera la cosecha haciéndola crecer con su gracia. Nosotros tampoco podemos dormirnos, sino que debemos colaborar con la gracia de Dios prestando nuestra cooperación, sin poner obstáculos a esta acción transformadora de Dios.

El cultivo de Dios que nace y crece aquí en la tierra es un hecho visible en sus efectos; podemos verlos en los milagros auténticos y en los ejemplos clamorosos de santidad de vida. Son muchos los que, después de haber oído todas las palabras y el ruido de este mundo, sienten hambre y sed de escuchar la Palabra de Dios, auténtica, allí donde está viva y encarnada. Hay miles de personas que viven su pertenencia a Jesucristo y a la Iglesia con el mismo entusiasmo que al principio del Evangelio, ya que la palabra divina «halla la tierra donde germinar y dar fruto» (San Agustín); debemos, pues, levantar nuestra moral y encarar el futuro con una mirada de fe.

El éxito de la cosecha no radica en nuestras estrategias humanas ni en marketing, sino en la iniciativa salvadora de Dios “rico en misericordia” y en la eficacia del Espíritu Santo, que puede transformar nuestras vidas para que demos sabrosos frutos de caridad y de alegría contagiosa.

P. Josep de Calasanç Laplana OSB (Monje de Montserrat, Cataluña, España)

Oremos:

Pidamos al Señor que nos ayude a dar frutos, a cuidar apropiadamente de nuestra para que llegado el momento podamos dar una buena cosecha.

Pongámonos en sus manos llenos de fe y esperanza, sabiendo que en último término Él podrá hacer que nosotros demos los frutos que nuestros hermanos necesitan para su salvación.

Haznos instrumentos de fe.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Reflexión: Jn 15,12-17

Jn 15,12-17

“Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos”. Este es el ejemplo que nos reclama seguir Jesús. Amar al extremo que Él lo ha hecho. Eso implica vivir poniendo por delante, antes que todo el amor. Poner la caridad antes que nada, haciendo de ella nuestra principal motivación, nuestro principal objetivo. Debemos examinar bien cada uno de nuestros actos para descartar de ellos cualquier otra motivación espuria, egoísta, interesada. Hay que aplicar el discernimiento, orar y poner todo en manos de Dios, a fin de evitar el engaño del demonio, que nos hace ver como bueno, como correcto y honesto hasta el más ruin de nuestros propósitos. A nosotros sólo debe guiarnos el amor, por eso, si en lo que vamos a hacer observamos cierta incomodidad, si ello nos trae desolación en vez de consolación, debemos revisarlo, pues algo malo puede haber. Tenemos que evitar hacer daño. Dios no quiere violencia, agresión ni daño. Todo lo contrario. Cristo es muy claro: Lo que os mando es que os améis los unos a los otros.” Así que ese debe ser nuestro norte, ese nuestro único objetivo cada día. Cuidemos que nuestras actitudes, nuestros actos, nuestras intenciones, nuestros fines, nuestra labor esté regida, signada por el amor

 

Seremos examinados en el amor, así que no hay nada, NADA que valga la pena hacer si en ello no hay amor. Ahora podemos entender cuando San Agustín dice: “Ama y haz lo que quieras”. Y es que el que ama, construye, edifica, orienta, tiene paciencia…en fin, será imposible que podamos exponerlos mejor que en I Corintios 13

 

¡Sí! ¡Seamos portadores de paz, de consuelo! ¡Que no nos mueva el rencor, la revancha, la venganza, el odio, la envidia, la gula, la avaricia, la vanidad…!

 

 

Oremos:

 

Señor, haznos dignos de tu amista y que obremos como San Francisco, poniendo amor, unión, consuelo y alivio en cada uno de nuestros actos.

 

¡Danos humildad, para saber reconocer nuestros errores y enmendarlos!

 

¡Danos un corazón inmenso, en el que sólo quepa el amor!

 

 

Roguemos al Señor…

 

Te lo pedimos Señor.

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Reflexión: Jn 15,9-17

Jn 15,9-17

Creo que hoy nos debemos quedar con la certeza que El Señor nos ha escogido a nosotros. No estamos entre los suyos por nuestros méritos, por o bien que hemos hecho aquí o allí, por lo brillantes que somos, por lo sabios, por lo espirituales, por lo profundos, por los serenos…¡No! No somos contados entre los suyos por nada que hayamos hecho antes, no estamos por ningún mérito propio. Este no es un premio al esfuerzo y ni si quiera a la perseverancia. Es una Gracia de Dios. Él nos ha escogido, Él ha querido hacernos SUS AMIGOS.

 

Una vez que hemos reconocido esto, es decir que la Gracia viene de Dios y se derrama abundantemente sobre nosotros, porque Él así lo ha dispuesto, porque Él así lo quiere, no por merecimiento alguno, nuestra actitud debe ser de gratitud…¿Padre me das tanto, qué quieres que haga? Y su respuesta es, que se amen unos a otros. Ojo, esta no es una sugerencia, no es una propuesta…es una orden.

 

Es decir, Yo te he dado todo eso que constituye tu salvación, finalmente tu realización, tu alegría, tu felicidad, la Vida Eterna, a cambio de algo muy simple y además gratificante, porque no es un castigo, sino todo lo contrario: Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado.”

 

¿Qué debeos hacer? Dejarnos de orgullos, de vanidades, de elucubraciones magistrales y practicar una sola cosa: EL AMOR.

 

¿Cómo debemos ama? “Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. No os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer.”

 

El buen amigo, el amigo que tiene como modelo a Jesús,  es franco, es sincero, es transparente, es leal, es constante, no esconde razones, te acoge, te orienta, te habla a la luz, te enseña, te muestra todas las cartas. Seamos nosotros así con todos, con nuestras familias, con nuestros compañeros de trabajo…con nuestros amigos, con el mundo entero.

 

¡Seamos portadores de paz!

 

 

Oremos:

 

Padre Santo, haznos entender que no es por nuestros méritos que hemos sido convocados, que hemos sido salvados; que es Tú inmenso amor el que así lo ha querido, el que así lo ha dispuesto.

 

Que no debemos pretender abrirnos camino y anar respeto por la acumulación de nada, ni de dinero, ni de propiedades, ni de diplomas y certificados, que lo único por lo que debemos aspirar a ser reconocidos es por el amor.

 

Que amar sea nuestro propósito hoy y siempre.

 

¡Condúcenos, llévanos por la senda del amor! Amén.

 

 

 

Roguemos al Señor…

 

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

 

 

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Reflexión: Jn 15,1-8

Jn 15,1-8

Este es el mismo evangelio que leímos el domingo pasado, que la Iglesia ha dispuesto por algún motivo que volvamos a repetirlo.  De cualquier modo nos viene bien el reflexionar nuevamente en que sólo podremos dar frutos si permanecemos unidos a la Vid. Esta no es obra nuestra, es obra de Dios. Entonces no podemos pretender afrontarla basados únicamente en nuestras fuerzas, en nuestras posibilidades, porque no tendremos éxito. Ahora vaya usted a saber qué significa esto.

 

¿Cuán determinante es la intervención divina en cada uno de nuestros actos? ¿O, cuan determinante debe ser? ¿Cómo interpretar estas palabras? ¿Hasta dónde habremos de hacer nosotros y desde donde habremos de dejarnos en sus manos, para que Él obre? Creo que es una cuestión de Fe. Y esto es lo que constantemente nos pide Jesús: Que creamos en Él. Creer en Él, creer en lo que nos dice, creer en sus promesas.

 

¡Caray! Esto implica un cambio de actitud que parece muy sutil, pero que es fundamental. Creer quiere decir fiarse…Fiarse de Él. Cuando tienes que intervenir en cualquier ocasión que te propone el diario vivir, cuando tienes que intervenir en nombre de Dios, porque sientes y ves que es necesario, disponerte a hacerlo, poner la decisión, actuar oyéndole, haciendo lo que Él dice y confiando en que –ahí viene lo difícil, lo que nos cuesta creer en realidad- Él pondrá en tu boca la palabra justa, el gesto preciso, en tus manos, la acción correcta.

 

Cuando tienes que dar un discurso, me parece que debía traducirse así: Piensa en las ideas y conceptos…ponlos en orden, luego invoca su ayuda y la luz del Espíritu Santo, y entrégate sinceramente a Él con la certeza que si esto está enmarcado en su obra, en lo que Él espera de ti, Él hará su parte. Como cuando estando por tirar la red, Él les dice a los discípulos a dónde. O como habiendo 5 panes y dos peces, que es todo lo que tenían, Él lo multiplica entre cinco mil y aun sobra.

 

Permanezcamos unidos a Él…se me ocurre decir que esta es nuestra parte y Él hará el resto. Incluso para cumplir esta parte debemos implorar su ayuda y para eso tenemos al Espíritu Santo. Solo mantengámonos fieles y unidos…¡Creamos en Él y daremos mucho fruto! Recordando siempre que una fe sin obras, es una fe muerta.

 

 

 

 

Oremos:

 

Señor mantennos unidos a Ti y danos una Fe tan grande que podamos confiar libremente nuestra vida toda a Ti, sabiendo que esto será lo mejor para nosotros y nuestros hermanos a los que tenemos el deber de evangelizar.

 

¡Encamínanos en tu obra cada día! Que salgamos a trabajar por Ti, desde que abrimos los ojos, hasta que los volvamos a cerrar por la noche!

 

¡Danos Fe!

 

 

 

Roguemos al Señor…

 

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

 

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Reflexión: Jn 15,1-8

Jn 15,1-8

Creo que tendríamos que empezar a leer este evangelio por el final. ¿Qué quiere Dios Padre de nosotros? Pues que demos mucho fruto; que lo demos en abundancia. Dicho en las palabras de Cristo: La gloria de mi Padre está en que deis mucho fruto, y seáis mis discípulos”.

 

Esto que es tan simple, no lo llegamos a entender. Dios Padre quiere que demos frutos y frutos en abundancia…Pero no contento con este deseo, se compromete con nosotros en esta misión. La verdad es que sólo falta que nosotros también queramos, tanto como Él dar fruto. Basta que queramos, nos dispongamos…demos el primer paso, el resto nos lo facilita Él. Claro, es que nosotros tenemos que hacer algo; alguna señal tenemos que dar. Tenemos que hacernos disponibles. Tenemos que decir Ok, ponernos en la actitud adecuada y dar los primeros pasos. Como en la pesca milagrosa, debemos tirar la red donde Él nos indique. Tenemos que coger la red y tirarla, donde el nos indique. Es obvio que si no cogemos la red, ni la tiramos; o si la cogemos y la tiramos a otro lado, por necios, por tontos, no cogeremos nada. Pero si hacemos lo que Él nos dice ponemos nuestro esfuerzo en la dirección correcta, Él nos dará en abundancia.

 

Como cuando con cinco panes y dos peces alimentó hasta saciarte a más de cinco mil y todavía sobraron varios canastos con los trozos de pan y pescado. El Señor nos pide que pongamos algo de nuestra parte. Basta ese algo, para asegurar una cosecha abundante.

 

No hay lugar ni momento en que deje de recordarlo. Al que da más, más se le da; pero al que se guarda mezquinamente para sí lo poco que tiene, hasta ese podo ce le quitará.  Hoy nos lo recuerda cuando dice: “Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador. Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo corta, y todo el que da fruto, lo limpia, para que dé más fruto.” Es que Dios Padre quiere que demos fruto y que lo demos en abundancia…¡Ojo con estas palabras! Si estamos con Él, estamos en el mejor equipo; tenemos la ganancia asegurada. Sólo tenemos que participar y hacer nuestro mejor esfuerzo. Si así lo hacemos, Él viene, nos poda, nos limpia, para que demos más fruto.

 

¡Tenemos que permanecer en Cristo! ¡Sin Él no somos nada! ¡Con Él todo lo podemos! ¡Seamos sensatos! Dios Padre sólo quiere nuestro bien, solo quiere que seamos felices. Seremos felices si hacemos lo que Dios nos dice. ¿Y cómo sabemos esto? Porque para eso ha venido Cristo al Mundo, para revelarnos la voluntad del Padre. Si nosotros oímos lo que Cristo nos dice, si creemos en Él y permanecemos en Él, daremos mucho fruto y con ello estaremos glorificando a Dios Padre.

 

 

 

Oremos:

 

Padre Santo, danos una ñisca de entendimiento para comprender esto que nos ha revelado tu Hijo Jesús. Danos Fe para creerle, seguirle y hacer lo que nos diga.

 

¡Queremos dar fruto en abundancia! ¡Dinos donde debemos tirar la red!

 

 

 

Roguemos al Señor…

 

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

 

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Reflexión: Jn 12,20-33

Como muy pocas veces en los evangelios, encontramos a un Jesús cuya situación emocional me conmueve. No se describirla. No es preocupación lo que tiene. Es quizás algo de ansiedad por la hora que sabe llega. Él mismo lo dice: “Ahora mi alma está turbada”. Aquí nos revela su naturaleza profundamente humana. Pero acto seguido nos muestra la fortaleza, el valor y la firmeza de quien desde siempre supo cual era su misión, y no la abandona, ni la abandonará hasta el fin. “Y ¿qué voy a decir? ¡Padre, líbrame de esta hora! Pero ¡si he llegado a esta hora para esto! Padre, glorifica tu Nombre”.

Para dar frutos debemos ser capaces de llegar hasta el extremo. Sólo se da frutos muriendo. Debemos amar tanto, vivir tan intensamente, afrontar tan decididamente nuestra misión, que en su cumplimiento se nos vaya la vida. No debe haber ningún obstáculo que nos lo impida, que nos amilane, pues aun la muerte misma podrá hacernos nada, si estamos decididos. Además, el que muere empeñado en su misión, el que da su vida por ella, ese dará mucho fruto.

Tenemos que desinstalarnos, dejar la comodidad, dejar la autosatisfacción personal…la búsqueda constante de gratificación, de premio, de descanso, de comprensión, de misericordia, de compasión…Enfrentemos con valentía y decisión nuestra vida…¡Hagámonos cargo de las riendas y conduzcámosla por el camino que se nos ha señalado, sin temor, confiados en Jesús, que el sabrá darnos el coraje y fortaleza en los momentos difíciles, porque Él ha vencido al mundo y esa es nuestra mejor y mayor garantía que finalmente habremos de llegar a aquello que terminará por dar sentido a nuestra vida: los frutos.

Estamos llamados a dar mucho fruto. ¡No nos corramos de ello! Enfrentemos cada situación que nos toca, con la frente en alto y con el valor que proviene de Dios. ¡Al llegar el puente, lo cruzaremos!

Oremos:

Señor, danos el valor y decisión que hoy nos muestras, para seguirte por encima de todo, siempre fieles, leales y enérgicos. Sabiendo que la misión que Tú nos has deparado es muy alta, está por encima de todo y la lograremos si con sencillez y coraje alcanzamos guiar a alguno de los hermanos que nos has puesto en el camino. ¡Que no flaqueemos, Señor! ¡Fortalece nuestro espíritu! ¡Que no nos contentemos, que no nos demos por vencido, que perseveremos!

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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