jul 24 2010

Mateo 13, 24-30

Texto del evangelio (Mt 13, 24-30)

En aquel tiempo, Jesús propuso a las gentes otra parábola, diciendo: «El Reino de los Cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo. Pero, mientras su gente dormía, vino su enemigo, sembró encima cizaña entre el trigo, y se fue. Cuando brotó la hierba y produjo fruto, apareció entonces también la cizaña. Los siervos del amo se acercaron a decirle: ‘Señor, ¿no sembraste semilla buena en tu campo? ¿Cómo es que tiene cizaña?’. Él les contestó: ‘Algún enemigo ha hecho esto’. Dícenle los siervos: ‘¿Quieres, pues, que vayamos a recogerla?’. Díceles: ‘No, no sea que, al recoger la cizaña, arranquéis a la vez el trigo. Dejad que ambos crezcan juntos hasta la siega. Y al tiempo de la siega, diré a los segadores: Recoged primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo recogedlo en mi granero’».

Reflexión: Mt 13, 24-30

Tarde o temprano llegará el tiempo de la ciega, entonces no habrá forma de aparentar, ni de mimetizarse, ni de pasar desapercibido. El bien y el mal pueden crecer juntos, robándole oxígeno el segundo al primero, distrayendo, engañando, estorbando…pero esa historia tendrá fin, cuando el cegador venga a separar la mala hierba del trigo. ¡Ese tiempo llegará! No se trata de una amenaza, ni de una advertencia. Se trata de un anuncio que debía persuadirnos de procurar siempre el bien, lo mejor, la Verdad, la Luz, la Justicia, el Amor.

Podemos engañar a muchos, a los que nos rodean y aun incluso a nosotros mismos, pero a Dios no lograremos engañarlo. El nos pide, nos exige definiciones en la vida. Es tolerante y perdona el error, pero no tonto. No podemos pretender vivir engañándolo siempre, porque la verdad es que ni por un segundo se traga nuestras mentiras e hipocresías. Él sabe nuestras intenciones más recónditas, aun mucho antes que las formulemos, así que no seamos necios. A Él no podemos engañarle.

¿Qué nos pide? Que creamos en Él y por lo tanto que vivamos rectamente. ¿En qué consiste vivir rectamente? Todos los sabemos, así que no nos hagamos los ingenuos. En hacer lo correcto en cada ocasión…Pero para decirlo en sus palabras que abarcan todos los aspectos e impiden incurrir en error, “en amar a Dios por sobre todas las cosas y a nuestro prójimo como a nosotros mismos”. En eso se resume la ley y los profetas.

¿Dónde está lo difícil de entender? No existe…no hay. Lo que pasa es que es difícil de vivir, sobre todo cuando tenemos tanto que acumular, tanto que proteger. Por eso es que resulta tan difícil que un rico entre en el Reino de los Cielos, que antes pasará un camello por el hueco de una aguja…No es una maldición, ni una premonición, ni una profecía. Es solamente el conocimiento de la naturaleza humana, que fácilmente se entrega a la tentación del poder, de la riqueza, del querer ser como dioses, que es el engaño del Maligno, del Príncipe de la tinieblas.

Nos cuesta dejar lo que tenemos. Nos aferramos a ello, como si de ello dependiera nuestra vida y felicidad y nos olvidamos de lo más importante. Nos engañamos, engañamos a los demás y pretendemos engañar a Dios. “Una sola cosa es importante. María la ha escogido y no se le quitará” El que tenga oídos, que oiga.

Oremos:

Padre Santo, ayúdanos a vivir en la Verdad. A ser generosos con TODO lo que tenemos, especialmente con nuestra propia vida. Que no la guardemos mezquinamente para nosotros; que no nos protejamos ni dejemos de defender la Verdad y la Justicia, aun a costa de nuestro bienestar y de nuestras propias vidas. Danos valor para pasar de la vana repetición de palabras huecas y sin sentido, a la acción, a la obra. Haznos constructores de Tú Reino. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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jul 23 2010

Mateo 13, 18-23

Texto del evangelio (Mt 13, 18-23)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Vosotros, pues, escuchad la parábola del sembrador. Sucede a todo el que oye la Palabra del Reino y no la comprende, que viene el Maligno y arrebata lo sembrado en su corazón: éste es el que fue sembrado a lo largo del camino. El que fue sembrado en pedregal, es el que oye la Palabra, y al punto la recibe con alegría; pero no tiene raíz en sí mismo, sino que es inconstante y, cuando se presenta una tribulación o persecución por causa de la Palabra, sucumbe enseguida. El que fue sembrado entre los abrojos, es el que oye la Palabra, pero las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas ahogan la Palabra, y queda sin fruto. Pero el que fue sembrado en tierra buena, es el que oye la Palabra y la comprende: éste sí que da fruto y produce, uno ciento, otro sesenta, otro treinta».

Reflexión: Mt 13, 18-23

No se trata, pues, de tomar la Palabra como sea. No da lo mismo, ni tampoco depende de cada quién. Es decir que, efectivamente, la Palabra transformará nuestras vidas si nosotros somos capaces de tomarla con la seriedad del caso, si le damos su lugar, preponderante y determinante en nuestras vidas. Claro, si nuestro Padre nos da un mensaje vital y nosotros lo enterramos, lo guardamos, lo escondemos o hacemos caso omiso del mismo, nos perderemos, pero no será culpa del mensaje, sino de nuestra actitud frente a él.

Es la vasija, el contenedor, el receptor el que está mal. Hay que reconocer el desorden en el que vivimos, la falta de criterio y prioridades. Un desorden que es propiciado por el Maligno, como bien dice Jesús. El se encuentra presente en nuestra vida cotidiana, buscando enredarnos, procurando nuestras reacciones y actitudes egoístas, sembrando dudas, justificando nuestra soberbia, nuestro orgullo, nuestra maldad. El quiere que perdamos nuestra alma, que seamos frívolos, necios, torpes, inútiles…Que nos enfrasquemos en discusiones estúpidas, bizantinas, que al final tuerzan nuestros criterios y dejemos de hacer lo que estamos llamados a hacer.

Se regocija con nuestros enredos intelectuales, con el relativismo moral, con el individualismo, con el hedonismo y la perdición. Él nos empuja a crear esperpentos como la “religión maradoniana” y otras estupideces por el estilo. Y nos hace llamar intransigentes, intolerantes a quienes no estamos dispuestos a aceptar estas tonterías, a quienes pretendemos llamar cada cosa por su nombre: al pan pan, y al vino vino. Es que no hay caminos intermedios…o estas con Dios o estas con el Demonio.

Y el Maligno no es aquel ser verde, con cachos y cola, que vota fuego por la nariz…El demonio es aquel que tuerce tus intenciones rectas y poco a poco te va seduciendo y llevando por el camino del mal y de la perdición, haciéndote creer que todos tienen derecho a vivir como les plazca, mientras no se metan con los demás,  que el bien es relativo, que el hombre puede aspirar a lo que quiera, siempre y cuando se sienta augusto…Como si no hubiera una dirección en la vida, como si no hubiera un norte, como si no existiera La Verdad, La Justicia y La Luz. En cada situación, el fiel de la balanza es o ha de ser EL AMOR. Si no hay amor, si no se consigue el Bien, está mal y punto. No hay medias tintas. Con el demonio y la tentación no se contemporiza, pues el riesgo es que te seduzca y te pierdas irremediablemente, así de simple.

Por eso dice el Señor que Él no ha venido a condenar. El juicio está en que vino La Luz a nosotros y los hombres prefirieron las tinieblas, las sombras, la oscuridad.

Reconocer que hay miseria en el mundo, que hay pobreza, que hay marginados no debe llevarnos a concluir que resolvemos el problema reconociéndolos legalmente. Ya, reconozco que eres pobre, que eres marginal por tal o cual condición, así que mostrando mi “amplitud de criterio”, mi “grandeza de espíritu”, mi “generosidad”, consagro tus derechos en la constitución. Listo, problema resuelto…ya tenemos los mismos derechos…¿esa es la solución? ¿No es nada más que un espejismo, una vana ilusión que sólo ha servido para tranquilizar mi conciencia, para engañar a los tontos e ingenuos, mientras todo sigue igual?

¿Qué se resuelve en realidad con estas leyes, sino se legaliza más bien la diferencia? Sabemos que el problema es más profundo y requiere un cambio radical de actitud, un cambio de orientación en nuestras vidas. No podemos seguir viviendo en las sombras, en las tinieblas. La Luz, La Verdad, La Justicia y El Amor son la respuesta adecuada. No se trata de tolerancia, que significa más bien haz lo que quieras y como quieras, mientras no me friegues ni te metas conmigo, sino de amor. Si no hay amor, no tengo nada, de nada sirve.

El mensaje, la semilla exige una respuesta una tierra. ¿Qué respuesta daremos? ¿Qué tierra somos? ¿Se justifica la fatalidad? Ah, es que yo soy así…¡No señor! ¡Tú puedes cambiar! ¡Basta que quieras! ¡Es una cuestión de decisión! ¡Has sido creado Libre! ¡De ti depende!

Oremos:

Pidamos al Señor que nos ayude a usar responsablemente nuestra libertad, que nos ayude a decidir por el Bien, la Justicia, la Verdad, la Vida, el Amor. Que nos de capacidad de discernimiento cuando nos encontremos en situaciones difíciles, enredadas, oscuras…Que sepamos siempre seguir la luz. Danos la certeza de seguir al amor, de seguirte a Ti Danos el valor de hacerlo, aun cuando nos cueste, aun cuando sea doloroso, sabiendo que al final del camino te hemos de encontrar. Tenemos fe…pero acreciéntala. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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jul 21 2010

Mateo 13, 1-9

Texto del evangelio (Mt 13, 1-9)

En aquel tiempo, salió Jesús de casa y se sentó a orillas del mar. Y se reunió tanta gente junto a Él, que hubo de subir a sentarse en una barca, y toda la gente quedaba en la ribera. Y les habló muchas cosas en parábolas. Decía: «Una vez salió un sembrador a sembrar. Y al sembrar, unas semillas cayeron a lo largo del camino; vinieron las aves y se las comieron. Otras cayeron en pedregal, donde no tenían mucha tierra, y brotaron enseguida por no tener hondura de tierra; pero en cuanto salió el sol se agostaron y, por no tener raíz, se secaron. Otras cayeron entre abrojos; crecieron los abrojos y las ahogaron. Otras cayeron en tierra buena y dieron fruto, una ciento, otra sesenta, otra treinta. El que tenga oídos, que oiga».

Reflexión: Mt 13, 1-9

El Señor se dirige a nosotros de varias maneras. Esta vez nos habla en parábolas, fáciles de entender, teniendo en cuenta que su audiencia eran fundamentalmente campesinos, gente del pueblo, habituada a sus términos y expresiones.

El hecho es que de una u otra forma y en diferentes ocasiones y contextos, el Señor se nos revela. Se nos da a conocer, pero nosotros no siempre estamos dispuestos a aceptarlo. No es que no comprendamos, porque tenemos oídos y podemos escucharlo, pero no queremos prestarle atención. Es así de simple.

Nuestra salvación está n nuestras manos. Depende de nosotros. Es una decisión que debemos tomar. Como dirá en otro lado, el Juicio consiste en eso precisamente, en que vino la Luz y la Verdad y la rechazamos, no la aceptamos. Entonces, la condenación o salvación no es el resultado de una obra, de un gesto o una acción del Señor…Es el resultado de nuestra decisión.

Como nos dirá en otro pasaje, no he venido a juzgar, ni mucho menos a condenar al mundo, porque el juicio consiste en eso precisamente, en que vino la luz y los hombres la rechazaron, porque preferían las tinieblas, la oscuridad. Se trata pues de una decisión nuestra. Eso es lo que estamos viendo estos días. Por eso nos dice el Señor: “El que tenga oídos, que oiga”.

Tú tienes oídos; yo tengo oídos…Todos tenemos oídos. ¿Por qué no le oímos? Porque no queremos. Eso es todo. Lo demás son pamplinas. No, no se trata de algo que hay que interpretar, de algo intrincadamente difícil, solo al alcance de iniciados. No…Todo eso es falso. Son argumentos que los amigos de la oscuridad han tendido para enredarnos, para que no veamos la simplicidad del mensaje del Señor de la Luz y la Verdad.

¿A qué universidad hay que ir para entender que la Palabra del Señor es como la Semilla, que si cae en buena tierra dará frutos, según la capacidad de cada quien? En algunos casos 100, en otros 60 y en otros 30. Pero si la rechazamos, si no la aceptamos, si nos tapamos los oídos o nos hacemos los locos, o la tomamos superficialmente o solamente por aparentar, esta palabra no hará ninguna mella en nosotros, no cambiará nuestras vidas y seguiremos obstinadamente en las sombras, en tinieblas o en la oscuridad. Y como dice el Señor, el que no está conmigo está contra mí, el que no recoge conmigo, desparrama, porque no se puede servir a dos señores. Así que de nada vale hacerse los tontos, pues no hay vías alternas…Hay UNA SOLA VÍA y se nos ha propuesto. La tomamos o la dejamos. Esa es nuestra decisión. Luego no digamos que no oímos, pues consta que tenemos oídos.

El juicio y la salvación están en nuestras manos. Es algo a lo que podemos optar libremente o rechazar, porque así lo ha querido Dios Padre, que nos ha amado tanto, que no ha querido mellar en modo alguno nuestra dignidad, nuestra libertad. Así que, lo tomamos o lo dejamos. Un camino nos lleva al Reino, el otro a la perdición. Es tiempo de decidir. Estamos en la edad. Tenemos la capacidad. Solo hay dos alternativas: el Bien o el Mal…No hay vías intermedias, no hay matices. El relativismo moral es un invento para arrastrarte al mal, para hacerte comulgar con ruedas de molino…es una trampa, es una celada del Príncipe de las tinieblas. ¿Estás con él o vienes con el Señor?

Oremos:

Padre Santo, danos lucidez para optar cada día, cada segundo en cada uno de nuestros actos por el amor, por ti. Quien ama, quien da, no se equivoca. Porque el amor es la respuesta, porque amando se alcanzan los mejores frutos, aquellos que nos propones. Que tu luz nos ayude muy claramente a decidir cada día donde debemos estar, cuál debe ser nuestra posición y nuestra actitud. No permitas que caigamos en la tentación del egoísmo, de la arrogancia, del orgullo, de la soberbia. Haznos humildes y sencillos. Que vivamos para servir. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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may 14 2010

Juan 15, 9-17

Texto del evangelio (Jn 15, 9-17)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor.

»Os he dicho esto, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea colmado. Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado. Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. No os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca; de modo que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo conceda. Lo que os mando es que os améis los unos a los otros».

Reflexión: Jn 15, 9-17

Es frecuente pensar que nosotros elegimos seguir a Cristo, creer en Él, amarle y servirle…Pero eh aquí que el Señor nos revela que Él nos ha escogido a nosotros y “nos ha destinado a que demos fruto y que este permanezca; de modo que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo conceda. Lo que os mando es que os améis los unos a los otros”.

Todo consiste en que nos amemos los unos a los otros, como Jesús mismo nos ha amado. Él ha puesto la medida: “Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando.”

De eso se trata, entonces. De amarnos los unos a los otros, hasta llegar a dar la vida por nuestros amigos, por nuestros hermanos. Tenemos que dar el mismo amor recibido. Debemos ser cauce, para que el amor de Dios transite por nosotros a los demás. Nada hay por encima de esta tarea, de esta misión.
Jesús nos envía a dar frutos abundantes y estos están asegurados si obramos por amor, si el amor es nuestra razón, nuestra guía, nuestro norte…Entonces, todo lo que pidamos al Padre nos será concedido, porque esa es su Voluntad.

Nada le da mayor satisfacción, mayor gozo al Señor, que hacer la Voluntad del Padre. Ese mismo gozo será colmado en nosotros si hacemos lo que Cristo nos propone. Es decir que el Camino propuesto, para el que cree, para el que tiene Fe, es un camino gozoso, alegre, amplio, oxigenado, atractivo, estimulante, lleno de paz. No puede ser triste, porque no puede haber mayor alegría, mayor satisfacción que hacer la Voluntad del Padre, que servirlo, que amarlo, que participar en la construcción del Reino y ver cómo se van dando los frutos de esta semilla del amor, plantada por doquier. Regarla, preservarla, es nuestro deber, en el que no estamos solos y en el cual recibimos la fortaleza y alegría del Espíritu Santo. Él ha de ser nuestro mayor consuelo y motivo de alegría y esperanza. Él nos conducirá a la salida, hacia la Vida Eterna.

Oremos:

Señor Jesús, que con tu vida nos diste el ejemplo sublime de amor y servicio, danos la fortaleza para seguir, para no flaquear ni dejarnos tentar  por la posibilidad de pasar por la puerta ancha, por donde todos transitan aprobándose mutuamente, sin tener en cuenta Tu Voluntad, Tu Mandato. Hemos de tener nuestros ojos puestos en los tesoros del cielo, donde no entra la polilla ni carcome el gusano. ¡Tengo fe, pero acreciéntala Señor!. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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mar 07 2010

Lucas 13, 1-9

Texto del evangelio (Lc 13, 1-9)

En aquel tiempo, llegaron algunos que contaron a Jesús lo de los galileos, cuya sangre había mezclado Pilato con la de sus sacrificios. Les respondió Jesús: «¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que todos los demás galileos, porque han padecido estas cosas? No, os lo aseguro; y si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo. O aquellos dieciocho sobre los que se desplomó la torre de Siloé matándolos, ¿pensáis que eran más culpables que los demás hombres que habitaban en Jerusalén? No, os lo aseguro; y si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo».

Les dijo esta parábola: «Un hombre tenía plantada una higuera en su viña, y fue a buscar fruto en ella y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: ‘Ya hace tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro; córtala; ¿para qué va a cansar la tierra?’. Pero él le respondió: ‘Señor, déjala por este año todavía y mientras tanto cavaré a su alrededor y echaré abono, por si da fruto en adelante; y si no da, la cortas’».

Reflexión: Lc 13, 1-9

Tendemos a pensar que tras toda desgracia, tras toda muerte trágica está Dios, que envía su castigo sobre los que no le siguen, sobre los que no se comportan como Él lo ha dispuesto. Es decir que, para muchos de nosotros, Dios envía castigos a los malos y a veces, incluso castiga sin discriminar, a buenos y malos, por culpa de unos cuantos. Es decir que nuestro buen Dios aplica aquél viejo adagio que dice: “justos pagan por pecadores”. Esa es la imagen que muchos nos hemos forjado de Dios: severo y castigador, que a cada paso nos pide cuentas y que blande su espada justiciera sobre todo brazo, pierna o cabeza que no hace lo que Él ha dispuesto.

Ante esa imagen que nos hemos forjado ancestralmente para explicar de algún modo las desgracias, qué nos dice Jesús. Nos presenta a un Dios que es Padre, y por tanto, es muy distinto a aquella amenaza que erróneamente hemos forjado en nuestra imaginación, ya por ignorancia, ya por obra del demonio, que con argucias quiere alejarnos de nuestro Buen Padre, nuestro Padre Eterno.

Es que no puede ser de otro modo. Como Jesús mismo nos lo dirá en otro pasaje, “si nosotros sabemos dar cosas buenas a nuestros hijos, cuanto más nuestro Padre nos dará el Espíritu Divino a quien se lo pide”. Y no hay, ni puede haber Bien más precioso que este…Si nos da lo más, lo mayor, cuanto más nos dará “el pan de cada día”.

Nuestra vida aquí en la tierra, es finita. y está sujeta a las leyes naturales. Inundaciones, terremotos, cataclismos, son tan propios de nuestro planeta, como el invierno, el verano, la primavera…la lluvia, la cosecha, las plantas, los bosques, los animales…Nosotros debemos tratar con respeto y moderación toda la Creación, porque ha sido puesta a nuestro servicio, al servicio de todas las generaciones que habrán de poblar la tierra, hasta que llegue su fin, que indudablemente llegará algún día…mañana, dentro de 20 años, dentro de cinco mil o en varios millones o miles de millones más.

Debemos hacer uso correcto de todo lo recibido, empezando por nuestra vida misma. No podemos desperdiciarla, ni dejarla escurrir, como el agua entre nuestros dedos. Tenemos que hacer lo más que podemos, en función del Reino, en función de ese destino superior que llevamos como una impronta en nuestros genes, en nuestro espíritu y que Jesús nos ha Revelado y Confirmado.

Somos hijos de Dios. ¡¿Puede alguien imaginar honor más grande?! Y ese Dios, Padre nuestro, es la encarnación del Amor Eterno. Por lo tanto, solo puede querer y quiere nuestro bien, lo mejor de nosotros, como nos lo dice una y otra vez Jesús. Él nos pide que demos un paso más, que nos exijamos un poco más, porque sabe de lo que somos capaces, porque sabe lo que podemos. No nos pide nada más que carguemos con nuestra propia cruz. No la de Él, no la de nuestros hermanos, sino la nuestra.

Y, ¿en qué consiste esa “cruz”? En hacer cada día lo que nos corresponde. En hacer lo mejor que podamos todo lo que debemos hacer, esforzándonos por dar más. En no conformarnos con la mediocridad, la desidia, la flojera, la comodidad…porque ello acarrea consecuencias sobre los demás. En actuar responsablemente, solidariamente, procurando el bien ajeno, antes que el propio. Es decir, amando. ¡Eso es lo que nos pide el Señor! “Que nos amemos los unos a los otros, como Él nos ha amado”. ¿Cómo nos amó Jesús? Al extremo de morir por nosotros, para salvarnos…Esa es la medida.

Es así como espera nuestro Padre que vivamos cada día. Él no nos castiga; el por el contrario, es como aquél que pide al dueño de la viña: ‘Señor, déjala por este año todavía y mientras tanto cavaré a su alrededor y echaré abono, por si da fruto en adelante; y si no da, la cortas’». Siempre está buscando, procurando, prodigándonos una nueva oportunidad. ¡Ese es nuestro Padre, el Padre que Jesús nos presenta!

Oremos:

Padre Santo, concédenos la Gracia de vivir cada día en la virtud, procurando siempre el bien de los demás, exigiéndonos a nosotros mismos, antes que a los demás. Danos humildad para servir a nuestros hermanos. Que no busquemos privilegios, ni prebendas. Que en toda circunstancia y situación sepamos actuar iluminados por tu luz, en función de la construcción del Reino. Que no caigamos en la tentación. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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mar 05 2010

Mateo 21, 33-43.45-46

Texto del evangelio (Mt 21, 33-43.45-46)

En aquel tiempo, Jesús dijo a los grandes sacerdotes y a los notables del pueblo: «Escuchad otra parábola. Era un propietario que plantó una viña, la rodeó de una cerca, cavó en ella un lagar y edificó una torre; la arrendó a unos labradores y se ausentó. Cuando llegó el tiempo de los frutos, envió sus siervos a los labradores para recibir sus frutos. Pero los labradores agarraron a los siervos, y a uno le golpearon, a otro le mataron, a otro le apedrearon. De nuevo envió otros siervos en mayor número que los primeros; pero los trataron de la misma manera. Finalmente les envió a su hijo, diciendo: ‘A mi hijo le respetarán’. Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron entre sí: ‘Este es el heredero. Vamos, matémosle y quedémonos con su herencia’. Y agarrándole, le echaron fuera de la viña y le mataron. Cuando venga, pues, el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?».

Dícenle: «A esos miserables les dará una muerte miserable y arrendará la viña a otros labradores, que le paguen los frutos a su tiempo». Y Jesús les dice: «¿No habéis leído nunca en las Escrituras: La piedra que los constructores desecharon, en piedra angular se ha convertido; fue el Señor quien hizo esto y es maravilloso a nuestros ojos? Por eso os digo: se os quitará el Reino de Dios para dárselo a un pueblo que rinda sus frutos».

Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír sus parábolas, comprendieron que estaba refiriéndose a ellos. Y trataban de detenerle, pero tuvieron miedo a la gente porque le tenían por profeta.

Reflexión: Mt 21, 33-43.45-46

¿Cómo aplicar aquí y ahora, a nosotros estás palabras? Lo hemos recibido todo, lo tenemos todo y sin embargo no hemos sido capaces de encaminar adecuadamente nuestra vida. La hemos desperdiciado, dedicándola a fines egoístas, ajenos a aquello para lo cual se nos entregó semejante patrimonio. Lo recibimos en custodia, con la autoridad suficiente para emplearlo de un modo tal que permitiera incrementarlo, acrecentarlo, en orden a la salvación, en orden a la construcción del Reino…¿Y, qué hemos hecho? Estas son las cuentas que nos pide el dueño de la viña.

Si recibimos tanto y en un momento no supimos qué hacer, el nos envió emisarios para explicarnos, para aclararnos y para pedirnos cuentas. ¿A quiénes? ¿Cuándo? Revisa tu vida y responde tu mismo estas preguntas. Se honesto. ¿Nunca se te dijo lo que debías hacer? ¿Lo hiciste? ¿Hiciste caso o más bien te agazapaste en ti y con mucha soberbia rechazaste aquella corrección? Sabías lo que tenías que hacer, y sin embargo preferiste la comodidad, la “tranquilidad”…Huiste del compromiso, y en vez de procurar los frutos que el dueño de la viña esperaba, te dedicaste a otra cosa. Te enviaron dinero para que adquirieras nutrientes, abono, agua para la viña, y tu preferiste emplearlos en otra cosa, descuidando la viña y dejando que la mala yerba crezca por doquier…

Preferiste la farra, la jarana, “el buen vivir”, antes que el trabajo abnegado y sacrificado para lograr los mejores frutos con el patrimonio que se te confió. Obraste posiblemente como muchos, como todos…Desechaste la piedra angular; despreciaste a cuanto emisario y oportunidad de corrección se te dio. No eres digno del Reino…se te quitará para dárselo a otro.

Así de duras y exigentes son las palabras del Señor. Por eso, debemos hacer un alto. Meditar y reflexionar lo que estamos haciendo con nuestra vida. No podemos seguir ciegamente por donde nos empujen, por donde nos llevan los demás. No porque todos lo hacen, yo debo hacerlo. Tengo en mis manos la posibilidad de emplear adecuadamente el patrimonio que se me ha confiado…Y no hay mayor patrimonio que la vida misma. He de orientarla como corresponde y esforzarme porque rinda los frutos que espera el dueño de la viña.

Oremos:

Padre Santo, permite que viva de tal modo que al final pueda decirte con alegría y paz: toma mi vida…Tú me la diste y a ti te la devuelvo. Ilumíname para llevar una vida santa, humilde, fructífera. Enséñame a amar cada día y a ver y oír tu voluntad en cada uno de mis hermanos, en cada acontecimiento. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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ene 27 2010

Marcos 4, 1-20

Texto del evangelio (Mc 4, 1-20)

En aquel tiempo, Jesús se puso otra vez a enseñar a orillas del mar. Y se reunió tanta gente junto a Él que hubo de subir a una barca y, ya en el mar, se sentó; toda la gente estaba en tierra a la orilla del mar. Les enseñaba muchas cosas por medio de parábolas. Les decía en su instrucción: «Escuchad. Una vez salió un sembrador a sembrar. Y sucedió que, al sembrar, una parte cayó a lo largo del camino; vinieron las aves y se la comieron. Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde no tenía mucha tierra, y brotó enseguida por no tener hondura de tierra; pero cuando salió el sol se agostó y, por no tener raíz, se secó. Otra parte cayó entre abrojos; crecieron los abrojos y la ahogaron, y no dio fruto. Otras partes cayeron en tierra buena y, creciendo y desarrollándose, dieron fruto; unas produjeron treinta, otras sesenta, otras ciento». Y decía: «Quien tenga oídos para oír, que oiga».

Cuando quedó a solas, los que le seguían a una con los Doce le preguntaban sobre las parábolas. El les dijo: «A vosotros se os ha dado comprender el misterio del Reino de Dios, pero a los que están fuera todo se les presenta en parábolas, para que por mucho que miren no vean, por mucho que oigan no entiendan, no sea que se conviertan y se les perdone».

Y les dice: «¿No entendéis esta parábola? ¿Cómo, entonces, comprenderéis todas las parábolas? El sembrador siembra la Palabra. Los que están a lo largo del camino donde se siembra la Palabra son aquellos que, en cuanto la oyen, viene Satanás y se lleva la Palabra sembrada en ellos. De igual modo, los sembrados en terreno pedregoso son los que, al oír la Palabra, al punto la reciben con alegría, pero no tienen raíz en sí mismos, sino que son inconstantes; y en cuanto se presenta una tribulación o persecución por causa de la Palabra, sucumben enseguida. Y otros son los sembrados entre los abrojos; son los que han oído la Palabra, pero las preocupaciones del mundo, la seducción de las riquezas y las demás concupiscencias les invaden y ahogan la Palabra, y queda sin fruto. Y los sembrados en tierra buena son aquellos que oyen la Palabra, la acogen y dan fruto, unos treinta, otros sesenta, otros ciento».

Reflexión: Mc 4, 1-20

 Todos estamos llamados a seguir al Señor. Él va esparciendo su palabra entre todos los que le siguen. Sin embargo no todos la comprenden. Es que hay que tener una disposición para comprenderla. Es el típico dicho aquél, “no hay peor sordo que el que no quiere oír; o peor ciego que el que no quiere ver”. Es que cuando uno ha tomado una determinación y quiere que las cosas sean como él quiere, ya puede venir Jesucristo a tratar de convencerlo, nadie le hará cambiar de parecer. Infinidad de veces seguramente nos hemos topado con este tipo de gente…Ya podemos plantarnos de cabeza, no lograremos convencerlos ni que cambien de opinión. Jesús también conoce a esta gente, también se ha tropezado con ellos y por eso lanza esta advertencia que cuesta un poco comprender: «A vosotros se os ha dado comprender el misterio del Reino de Dios, pero a los que están fuera todo se les presenta en parábolas, para que por mucho que miren no vean, por mucho que oigan no entiendan, no sea que se conviertan y se les perdone». .

Echa tu pluma…Revísate con sinceridad. Es muy fácil encontrar la paja en el ojo ajeno, pero…. ¿No eres tú de esos que no quiere comprender? ¿Qué se hace el difícil, simplemente porque no quiere dar su brazo a torcer? Cuando se nos pide sacrificios, cuando debemos postergar nuestros intereses e incomodarnos, nos hacemos los locos, los que no entendemos. ¿Pero, a quién vamos a engañar? Desde luego, a Jesús no, y seguramente a nosotros mismos tampoco.

La Palabra del Señor es como la semilla: debe dar fruto, para poder reconocer que efectivamente fue sembrada. Si no da fruto, no sirve de nada. ¡Qué más da si tuviste un encuentro “trascendente” con el mayor gurú espiritual, si recibiste la fórmula secreta de la quinta esencia de manos del más connotado intelectual del planeta, del más ilustre científico! ¡Si no das fruto, para nada sirves! Al cristiano no se le conoce por como enarbola los ojos frente a las imágenes, o por la cantidad de oraciones que efectúa durante el día, ni por la cantidad de estampas y medallas que porta sobre su hábito…

Al cristiano se le conoce por sus obras. Son sus obras, es decir sus frutos, los que hablan por él. Unos producen treinta, otros sesenta y otros cien…Cuánto demos, puede depender de muchas cosas, seguramente…Pero lo que no podemos hacer es dejar de dar. ¡No tenemos excusa! O somos de los que recogen, o somos de los que esparcen. O estamos con Dios, o estamos con el demonio. O construimos, o destruimos…No hay términos medios. No hay posiciones inocuas, algo menos comprometidas, pero igualmente cristianas. ¡Eres o no eres! Punto.

Oremos:

Señor Jesús, te pedimos perdón por todas las veces que nos hemos excusado, para no incomodarnos, para no perder algunos de nuestros privilegios; para no comprometer nuestro patrimonio…Perdónanos. Nosotros sabemos cuando hemos obrado así. ¡Perdónanos! Ayúdanos a dar fruto. Nada de lo que tenemos o hemos recibido tiene sentido si no nos sirve para dar fruto. ¡Que sirva este fruto para dar testimonio de Ti! Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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oct 24 2009

Lucas 13, 1-9

Texto del evangelio (Lc 13,1-9)

En aquel tiempo, llegaron algunos que le contaron lo de los galileos, cuya sangre había mezclado Pilato con la de sus sacrificios. Les respondió Jesús: «¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que todos los demás galileos, porque han padecido estas cosas? No, os lo aseguro; y si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo. O aquellos dieciocho sobre los que se desplomó la torre de Siloé matándolos, ¿pensáis que eran más culpables que los demás hombres que habitaban en Jerusalén? No, os lo aseguro; y si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo».

Les dijo esta parábola: «Un hombre tenía plantada una higuera en su viña, y fue a buscar fruto en ella y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: ‘Ya hace tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro; córtala; ¿para qué va a cansar la tierra?’. Pero él le respondió: ‘Señor, déjala por este año todavía y mientras tanto cavaré a su alrededor y echaré abono, por si da fruto en adelante; y si no da, la cortas’».

Reflexión: Lc 13,1-9

Muerto y bien muerto quedará el que no de fruto en su vida. La muerte, no importa cómo, igualmente le alcanza a todo aquél que no da fruto. ¡Esa es la muerte que debemos temer! ¡De esa muerte nos habla Jesús! ¡Sobre esa muerte nos advierte!

El Señor, como el viñador, nos limpia, nos cuida, nos riega, nos abona y nos tiene paciencia…Un año, otro año…espera y espera que finalmente habremos de tomar conciencia del enorme Don recibido y que habremos de hacer con él lo correcto: ponerlo al servicio de Dios, ponerlo al servicio de los demás, ponerlo al servicio de la vida, del amor…

Una y otra vez nos corrige. Una y otra vez nos ayuda a levantar. Una y otra vez nos perdona. Nos vuelve a dar otra oportunidad. Como la higuera, estamos llamados a dar fruto, y Él lo espera. Es paciente…nos comprende y nos pule. Quiere que vivamos para siempre.

Como la higuera, tenemos una misión en la vida. Para algo estamos aquí. Nuestra vida no puede ser inútil y lo será, si nos guardamos para nosotros mismos, si no nos damos, si no damos fruto.

Una cosa nos pide el Señor, que nos hará distintos a los demás. Una sola cosa que impedirá que muramos como los demás: CONVERSIÓN.   “…si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo”.

Pero, ¿Qué cosa es convertirse, en qué consiste? Para decirlo de modo sencillo y rápido, mirar al mundo como Jesús lo ve. Vivir, ser, actuar como Él.  Seguir a Jesús. En resumen, hacer la Voluntad del Padre. ¿Y qué quiere el Padre de nosotros? Que le amemos a Él por sobre todas las cosas y que amemos a los demás, a nuestro prójimo, como a nosotros mismos. Eso es todo. Como nos dirá Jesús: en eso se resume toda la ley y los mandamientos.

Entonces, no es en realidad tan complicado el mensaje del Señor…Lo hemos resumido en un solo párrafo. El problema es que se dice muy fácil, pero hacerlo es otra cosa.

Oremos:

Señor, límpianos, purifícanos, para que veamos así de claro el Camino que nos propones. Danos Tu Luz y ayúdanos a seguirte con valor, sin dudas.

Aparta de nosotros la maldad, la codicia, la avaricia, la lujuria, la soberbia…todo aquello que engañosamente nos enreda; todas esas argucias del demonio que nos hacen creer que te servimos, cuando en el fondo, en realidad pretendemos servirnos de Ti y de los demás, para nuestros propios mezquinos  intereses.

Aparta de nuestro camino toda tentación. Ayúdanos a ser fuertes y a mantenernos puros. Amén.

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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sep 19 2009

Reflexión: Lc 8,4-15

Lc 8,4-15

Qué mejor descripción de nuestro proceder, que no por humano justifica esta falta de consecuencia. Ocurre que vivimos engañados. Yo diría que el demonio también ha hecho su labor, nublando nuestra razón, torciendo nuestras intenciones y haciéndonos creer que es velando por nosotros mismos que alcanzaremos la felicidad. El ha puesto en nosotros la tentación de desentendernos de los demás y buscar exclusivamente nuestra comodidad, en última instancia nuestra salvación, como si ello efectivamente estuviera en nuestras manos, a condición de soltar las amarras, los lazos que nos unen a los demás.

¡Imposible! Nos dice el Señor. Tú sólo te salvas si amas. Y el que ama no puede ponerse a sí mismo en primer lugar, sino a sus hermanos: a sus esposo o esposa, a sus hijos, a sus padres, a sus hermanos, a sus vecinos, a sus compañeros de trabajo, a sus paisanos. Y qué es poner primero al prójimo, sino posponer tus caprichos, tus necesidades, tu bienestar, tu comodidad, finalmente, tu salvación. Esto quiere decir que ante una situación exigente seas capaz de posponerte a ti mismo, por el bien de los demás.  Eso es amor.

Claramente podemos ver cómo frente a la Palabra del Señor cada uno se decanta. Estamos los que oímos sin oír, como si se tratara de poesía, bonita pero irreal. Nos parece lindo, pero impracticable y desde el saque, precisamente porque somos “pragmáticos” descartamos de plano el mensaje, bueno para idiotas. El mundo no es así, nos decimos y volteamos la página para seguir nuestro instinto, nuestra estrategia y el ejemplo de tantos “triunfadores” que encontramos en la vida.

De otro lado, estamos aquellos a los que la Palabra nos llega a cautivar,  la reconocemos como válida e incluso la citamos. Nos proclamamos cristianos y pretendemos actuar cristianamente, pero a nuestro modo; solo hasta el punto en que ello no demande exigencias mayores, pues en el fondo no estamos tan convencidos y por lo tanto, no estamos dispuestos a dejar lo que tenemos, a sacrificar nuestra comodidad, nuestras propiedades, nuestros bienes, por el mensaje. Defendemos “lo nuestro” aún a costa de enemistarnos con medio mundo, y es que el bienestar material para nosotros está por encima de todo. Queremos atesorarlo…Somos capaces de dar, pero no de sacrificar. Damos de lo que nos sobra, es decir, mientras ello no ponga en riesgo lo que tenemos, lo que hemos atesorado.

Finalmente están los que oyen y ponen en práctica el mensaje. Son pocos, pero creo que más de los que suponemos. Estos nos sorprenden a cada nada por su desprendimiento, porque son capaces de dar lo que sea, lo que se les pide, sin esperar nada a cambio. La Gracia de Dios ha querido que sea testigo de muchos de estos casos. Estos son los que realmente siguen el Evangelio de Jesús, los que se han dejado transformar por Su Palabra, los que la han puesto en práctica y han hecho de ella su norte. Como dice el Señor, “conservan la Palabra con corazón bueno y recto, y dan fruto con perseverancia.” Y es que a quien da, se le da mucho más, como dice el Señor. Es casi una fórmula que podemos evidenciar a cada paso. Unidos a Cristo lo podemos todo. Si hacemos Su Voluntad los resultados de nuestros esfuerzos se multiplican con creces; todo lo podemos con Cristo. Así de simple. Para ello necesitamos tener fe y vivir rectamente, es decir en la Verdad y la Luz, amando y sirviendo a los demás.

 
Oremos:

Padre Santo, que seamos tierra fértil para el mensaje del Señor. Que no nos acobardemos a la primera. Que seamos perseverantes y demos permanente testimonio de tu amor.

Danos coraje para luchar contra nuestros vicios, nuestra quietud, nuestro conformismo, nuestra comodidad y nuestro carácter. Haznos dóciles a tu Espíritu y que el guie y gobierne siempre nuestros actos. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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ago 10 2009

Reflexión: Jn 12,24-26

Jn 12,24-26

Un evangelio muy corto el de hoy, pero tan rico y trascendente. Contiene en en realidad una síntesis de lo que debe ser la filosofía y el modo de vida del cristiano. Nuestro mayor problema está en que no lo entendemos o no lo queremos entender y por lo tanto mucho menos estamos dispuestos a hacer de él nuestro estilo de vida.

El que ama su vida, la pierde; y el que odia su vida en este mundo, la guardará para una vida eterna. Si nos ponemos a reflexionar, encontraremos que aquí está La Respuesta a tantas inquietudes que tenemos en la vida. ¿Cómo debemos vivir? ¿Cómo debemos comportarnos? ¿Qué orden deben tener nuestros afectos en la vida? ¿Qué debe ser primero o tal vez debíamos decir, quién debe ser primero? Las respuestas a estas preguntas son elementales, pero muchos de nosotros pasamos la vida sin planteárnoslas. ¿Cómo podemos construir una sociedad justa, solidaria, acogedora, en la que nuestros hermanos quieran vivir? ¿Cómo podemos construir la “ansiada civilización del amor” si no hemos hecho una profunda reflexión de este cuestionamiento?

El Señor no dice cualquier cosa, por salir del paso. No dice si quiera bonitas palabras que luego debemos interpretar si queremos adoptarlas en nuestra vida. ¡No! El Señor nos comunica sabiduría. Nos da su luz.  Aquí nos dice concretamente cómo debemos vivir. ¿Cuál debe ser nuestra postura en la vida, cuál nuestra actitud? ¿Cómo debemos vivir? Pero nosotros, lamentablemente, hacemos todo lo contrario y nos pasamos buscando respuestas, cuando aquí está LA RESPUESTA.

Un solo mandamiento nos da Jesús, en el cual se resumen todas las escrituras, las leyes y los profetas: “Amar a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos”. Eso es todo. De eso se trata. Eso es lo que debemos hacer y hoy nos lo recuerda de otro modo. La vida es un don que has recibido, si quieres un talento (acordándonos de la parábola de los talentos) que has recibido, no para ti, sino para compartirlo, para darlo a los demás. Si la cuidas para ti, la perderás inexorablemente…Y, ¿no es esto lo que nos afanamos en logra todo el tiempo? Cuidarnos, preservarnos, mantenernos asépticos, impecables, bellos…Mi, me, conmigo…Yo primero, antes que todos. El egoísmo es la prédica del demonio que lamentablemente ha prendido en nuestra sociedad y se ha regado en cada esquina, en cada vericueto. El egoísmo es contrario al amor, por ello nuestra sociedad se está destruyendo. Porque no tenemos amor, porque nos preservamos para nosotros…porque no damos frutos, porque somos miopes y pretendemos vivir cuidándonos para nosotros mismos: esa es nuestra perdición.

Oremos:

Padre Santo, haznos capaces de salir de nosotros mismo, de desinstalarnos y vivir permanentemente al servicio de nuestros hermanos, que es sirviéndoles a ellos como te servimos a Ti.

Danos un corazón generoso, que no busque nuestra comodidad, nuestra satisfacción…si no que por el contrario esté siempre atento a las necesidades de los demás. Procurando atenderlas y resolverlas. Haznos sensibles, solidarios y generosos.

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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jul 24 2009

Reflexión: Mt 13,18-23

Mt 13,18-23

Hoy contemplamos a Dios como un agricultor bueno y magnánimo, que siembra a manos llenas. No ha sido avaro en la redención del hombre, sino que lo ha gastado todo en su propio Hijo Jesucristo, que como grano enterrado (muerte y sepultura) se ha convertido en vida y resurrección nuestra gracias a su santa Resurrección.

Dios es un agricultor paciente. Los tiempos pertenecen al Padre, porque sólo Él conoce el día y la hora (cf. Mc 13,32) de la siega y la trilla. Dios espera. Y también nosotros debemos esperar sincronizando el reloj de nuestra esperanza con el designio salvador de Dios. Dice Santiago: «Ved como el labrador aguarda el fruto precioso de la tierra, esperando con paciencia las lluvias tempranas y tardías» (St 5,7). Dios espera la cosecha haciéndola crecer con su gracia. Nosotros tampoco podemos dormirnos, sino que debemos colaborar con la gracia de Dios prestando nuestra cooperación, sin poner obstáculos a esta acción transformadora de Dios.

El cultivo de Dios que nace y crece aquí en la tierra es un hecho visible en sus efectos; podemos verlos en los milagros auténticos y en los ejemplos clamorosos de santidad de vida. Son muchos los que, después de haber oído todas las palabras y el ruido de este mundo, sienten hambre y sed de escuchar la Palabra de Dios, auténtica, allí donde está viva y encarnada. Hay miles de personas que viven su pertenencia a Jesucristo y a la Iglesia con el mismo entusiasmo que al principio del Evangelio, ya que la palabra divina «halla la tierra donde germinar y dar fruto» (San Agustín); debemos, pues, levantar nuestra moral y encarar el futuro con una mirada de fe.

El éxito de la cosecha no radica en nuestras estrategias humanas ni en marketing, sino en la iniciativa salvadora de Dios “rico en misericordia” y en la eficacia del Espíritu Santo, que puede transformar nuestras vidas para que demos sabrosos frutos de caridad y de alegría contagiosa.

P. Josep de Calasanç Laplana OSB (Monje de Montserrat, Cataluña, España)

Oremos:

Pidamos al Señor que nos ayude a dar frutos, a cuidar apropiadamente de nuestra para que llegado el momento podamos dar una buena cosecha.

Pongámonos en sus manos llenos de fe y esperanza, sabiendo que en último término Él podrá hacer que nosotros demos los frutos que nuestros hermanos necesitan para su salvación.

Haznos instrumentos de fe.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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may 15 2009

Reflexión: Jn 15,12-17

Jn 15,12-17

“Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos”. Este es el ejemplo que nos reclama seguir Jesús. Amar al extremo que Él lo ha hecho. Eso implica vivir poniendo por delante, antes que todo el amor. Poner la caridad antes que nada, haciendo de ella nuestra principal motivación, nuestro principal objetivo. Debemos examinar bien cada uno de nuestros actos para descartar de ellos cualquier otra motivación espuria, egoísta, interesada. Hay que aplicar el discernimiento, orar y poner todo en manos de Dios, a fin de evitar el engaño del demonio, que nos hace ver como bueno, como correcto y honesto hasta el más ruin de nuestros propósitos. A nosotros sólo debe guiarnos el amor, por eso, si en lo que vamos a hacer observamos cierta incomodidad, si ello nos trae desolación en vez de consolación, debemos revisarlo, pues algo malo puede haber. Tenemos que evitar hacer daño. Dios no quiere violencia, agresión ni daño. Todo lo contrario. Cristo es muy claro: Lo que os mando es que os améis los unos a los otros.” Así que ese debe ser nuestro norte, ese nuestro único objetivo cada día. Cuidemos que nuestras actitudes, nuestros actos, nuestras intenciones, nuestros fines, nuestra labor esté regida, signada por el amor

 

Seremos examinados en el amor, así que no hay nada, NADA que valga la pena hacer si en ello no hay amor. Ahora podemos entender cuando San Agustín dice: “Ama y haz lo que quieras”. Y es que el que ama, construye, edifica, orienta, tiene paciencia…en fin, será imposible que podamos exponerlos mejor que en I Corintios 13

 

¡Sí! ¡Seamos portadores de paz, de consuelo! ¡Que no nos mueva el rencor, la revancha, la venganza, el odio, la envidia, la gula, la avaricia, la vanidad…!

 

 

Oremos:

 

Señor, haznos dignos de tu amista y que obremos como San Francisco, poniendo amor, unión, consuelo y alivio en cada uno de nuestros actos.

 

¡Danos humildad, para saber reconocer nuestros errores y enmendarlos!

 

¡Danos un corazón inmenso, en el que sólo quepa el amor!

 

 

Roguemos al Señor…

 

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

 

 

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