ago 09 2010

Mateo 17, 22-27

Texto del evangelio (Mt 17, 22-27)

En aquel tiempo, yendo un día juntos por Galilea, Jesús dijo a sus discípulos: «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres; le matarán, y al tercer día resucitará». Y se entristecieron mucho.

Cuando entraron en Cafarnaúm, se acercaron a Pedro los que cobraban el didracma y le dijeron: «¿No paga vuestro Maestro el didracma?». Dice Él: «Sí». Y cuando llegó a casa, se anticipó Jesús a decirle: «¿Qué te parece, Simón?; los reyes de la tierra, ¿de quién cobran tasas o tributo, de sus hijos o de los extraños?». Al contestar Él: «De los extraños», Jesús le dijo: «Por tanto, libres están los hijos. Sin embargo, para que no les sirvamos de escándalo, vete al mar, echa el anzuelo, y el primer pez que salga, cógelo, ábrele la boca y encontrarás un estárter. Tómalo y dáselo por mí y por ti».

Reflexión: Mt 17, 22-27

Tuvimos que recurrir a Google para buscar los significados de “didracma” y “estárter”. No fue fácil encontrar ambas…Pero finalmente sabemos que un didracma es dos dracmas (una moneda griega) y un estárter equivalía a 4 dracmas. Es decir que Jesús envió a Pedro a pagar el impuesto anual que se pedía en aquél entonces, tanto por él como por Pedro, con el fin de no generar escándalos. ni chismes, ni habladurías.

No quería Jesús que lo encontraran culpable de infringir alguna de estas leyes y que por ella lo acusaran o se distrajeran y tuvieran una excusas para difamarlo, cuestionarlo o dejarlo. El estaba aquí como uno más de nosotros y aunque como Hijo de Dios, no le correspondía pagar ningún impuesto, lo pagaba como hombre, como cualquiera…Ese me parece el mensaje. No buscaba privilegios para sí, sino allanarse a las leyes y costumbres de los hombres, del pueblo del que se hizo parte.

Sin embargo ¿Qué podría decir Pedro de la forma en que se agenció del dinero aquél? ¿Qué podríamos decir nosotros? Este es un episodio que me llama la atención y en el que creo se encuentra parte de la lección de esta lectura. Jesús paga. No tiene problemas para hacerlo por él y por Pedro. ¿Por él y por nosotros? A Pedro, quien está con él, le quita está preocupación al resolverla como sólo él podía hacerlo, por ser hombre, pero al mismo tiempo Dios.

Pero, ¿por qué no hizo aparecer simplemente la moneda y listo? Porque el Señor necesita de nuestra participación, necesita de nuestro esfuerzo, de nuestra disposición a hacer lo que él nos manda, lo que él nos pide. ¡Necesita que participemos! ¡¡No basta decir sí, creo! ¡Hay que llevar la fe a la acción! Esa me parece que es la gran lección de hoy.

El Señor está con nosotros, está con quienes le aman. No nos abandona ni aun en estas necesidades que parecen tan triviales. El está con nosotros, nos acompaña y nos ayuda a resolverlas; pero para eso tenemos que estar dispuestos a hacer lo que Él nos manda, lo que Él nos pide.  Tenemos que tener Fe y luego actuar en función de ella. Nuestros actos deben revelar nuestra fe. Fe y acción son así dos caras de una misma moneda.

Oremos:

Padre Santo, ayúdanos a comprender que no existe una fe sin obras, que una fe sin obras es una fe muerta, que no sirve para nada. Que la fe debe movernos a actuar en la dirección que le Señor nos señala y a hacer lo que nos dice. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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abr 16 2010

Juan 6, 1-15

Texto del evangelio (Jn 6, 1-15)

En aquel tiempo, se fue Jesús a la otra ribera del mar de Galilea, el de Tiberíades, y mucha gente le seguía porque veían las señales que realizaba en los enfermos. Subió Jesús al monte y se sentó allí en compañía de sus discípulos. Estaba próxima la Pascua, la fiesta de los judíos. Al levantar Jesús los ojos y ver que venía hacia Él mucha gente, dice a Felipe: «¿Dónde vamos a comprar panes para que coman éstos?». Se lo decía para probarle, porque Él sabía lo que iba a hacer. Felipe le contestó: «Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno tome un poco». Le dice uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro: «Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero ¿qué es eso para tantos?».

Dijo Jesús: «Haced que se recueste la gente». Había en el lugar mucha hierba. Se recostaron, pues, los hombres en número de unos cinco mil. Tomó entonces Jesús los panes y, después de dar gracias, los repartió entre los que estaban recostados y lo mismo los peces, todo lo que quisieron. Cuando se saciaron, dice a sus discípulos: «Recoged los trozos sobrantes para que nada se pierda». Los recogieron, pues, y llenaron doce canastos con los trozos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido. Al ver la gente la señal que había realizado, decía: «Éste es verdaderamente el profeta que iba a venir al mundo». Dándose cuenta Jesús de que intentaban venir a tomarle por la fuerza para hacerle rey, huyó de nuevo al monte Él solo.

Reflexión: Jn 6, 1-15

Hoy leemos el Evangelio de la multiplicación de los panes: «Tomó entonces Jesús los panes y, después de dar gracias, los repartió entre los que estaban recostados y lo mismo los peces, todo lo que quisieron» (Jn 6,11). El agobio de los Apóstoles ante tanta gente hambrienta nos hace pensar en una multitud actual, no hambrienta, sino peor aún: alejada de Dios, con una “anorexia espiritual”, que impide participar de la Pascua y conocer a Jesús. No sabemos cómo llegar a tanta gente… Aletea en la lectura de hoy un mensaje de esperanza: no importa la falta de medios, sino los recursos sobrenaturales; no seamos “realistas”, sino “confiados” en Dios. Así, cuando Jesús pregunta a Felipe dónde podían comprar pan para todos, en realidad «se lo decía para probarle, porque Él sabía lo que iba a hacer» (Jn 6,5-6). El Señor espera que confiemos en Él.

Al contemplar esos “signos de los tiempos”, no queremos pasividad (pereza, languidez por falta de lucha…), sino esperanza: el Señor, para hacer el milagro, quiere la dedicación de los Apóstoles y la generosidad del joven que entrega unos panes y peces. Jesús aumenta nuestra fe, obediencia y audacia, aunque no veamos enseguida el fruto del trabajo, como el campesino no ve despuntar el tallo después de la siembra. «Fe, pues, sin permitir que nos domine el desaliento; sin pararnos en cálculos meramente humanos. Para superar los obstáculos, hay que empezar trabajando, metiéndonos de lleno en la tarea, de manera que el mismo esfuerzo nos lleve a abrir nuevas veredas» (San Josemaría), que aparecerán de modo insospechado.

No esperemos el momento ideal para poner lo que esté de nuestra parte: ¡cuanto antes!, pues Jesús nos espera para hacer el milagro. «Las dificultades que presenta el panorama mundial en este comienzo del nuevo milenio nos inducen a pensar que sólo una intervención de lo alto puede hacer esperar un futuro menos oscuro», escribió Juan Pablo II. Acompañemos, pues, con el Rosario a la Virgen, pues su intercesión se ha hecho notar en tantos momentos delicados por los que ha surcado la historia de la Humanidad.

Comentario: Rev. D. Llucià POU i Sabater (Vic, Barcelona, España)

Oremos:

Padre Santo, viene ahora a mi mente aquella oración que repetimos tanto antes de la Eucaristía…”No soy digno de Ti, pero una palabra Tuya bastará para sanarme”.  Quiero ir a Ti, no quiero alejarme jamás. Dame voluntad, valentía, humildad, sabiduría, templanza, modestia, alegría…para ser verdadero testimonio de Tu Amor. Haz de mi vida un camino hacia Ti. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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mar 28 2010

Lucas 22,14-23,56

Texto del evangelio (Lc 22,14-23,56)

Llegada la hora, se sentó Jesús con sus discípulos, y les dijo: «He deseado enormemente comer esta comida pascual con vosotros antes de padecer, porque os digo que ya no la volveré a comer hasta que se cumpla en el Reino de Dios». Y tomando una copa, dio gracias y dijo: «Tomad esto, repartidlo entre vosotros; porque os digo que no beberé desde ahora del fruto de la vid hasta que venga el Reino de Dios».

Y tomando pan, dio gracias; lo partió y se lo dio diciendo: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía». Después de cenar, hizo lo mismo con la copa diciendo: «Esta copa es la Nueva Alianza sellada con mi sangre, que se derrama por vosotros. Pero mirad: la mano del que me entrega está con la mía en la mesa. Porque el Hijo del Hombre se va según lo establecido; pero ¡ay de ése que lo entrega!».

Ellos empezaron a preguntarse unos a otros quién de ellos podía ser el que iba a hacer eso. Los discípulos se pusieron a disputar sobre quién de ellos debía ser tenido como el primero. Jesús les dijo: «Los reyes de los gentiles los dominan y los que ejercen la autoridad se hacen llamar bienhechores. Vosotros no hagáis así, sino que el primero entre vosotros pórtese como el menor, y el que gobierne, como el que sirve. Porque, ¿quién es más, el que está en la mesa o el que sirve?, ¿verdad que el que está en la mesa? Pues yo estoy en medio de vosotros como el que sirve. Vosotros sois los que habéis perseverado conmigo en mis pruebas, y yo os transmito el Reino como me lo transmitió mi Padre a mí: comeréis y beberéis a mi mesa en mi Reino, y os sentaréis en tronos para regir a las doce tribus de Israel».

Y añadió: «Simón, Simón, mira que Satanás os ha reclamado para cribaros como trigo. Pero yo he pedido por ti para que tu fe no se apague. Y tú, cuando te recobres, da firmeza a tus hermanos». Él le contestó: «Señor, contigo estoy dispuesto a ir incluso a, la cárcel y a la muerte». Jesús le replicó: «Te digo, Pedro, que no cantará hoy el gallo antes que tres veces hayas negado conocerme».

Y dijo a todos: «Cuando os envié sin bolsa ni alforja, ni sandalias, ¿os faltó algo?». Contestaron: «Nada». Él añadió: «Pero ahora, el que tenga bolsa que la coja, y lo mismo la alforja; y el que no tiene espada que venda su manto y compre una. Porque os aseguro que tiene que cumplirse en mí lo que está escrito: ‘Fue contado con los malhechores’. Lo que se refiere a mí toca a su fin». Ellos dijeron: «Señor, aquí hay dos espadas». Él les contestó: «Basta».

Y salió Jesús como de costumbre al monte de los Olivos, y lo siguieron los discípulos. Al llegar al sitio, les dijo: «Orad, para no caer en la tentación». Él se arrancó de ellos, alejándose como a un tiro de piedra y arrodillado, oraba diciendo: «Padre, si quieres, aparta de mí ese cáliz. Pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya». Y se le apareció un ángel del cielo que lo animaba. En medio de su angustia oraba con más insistencia. Y le bajaba el sudor a goterones, como de sangre, hasta el suelo. Y, levantándose de la oración, fue hacia sus discípulos, los encontró dormidos por la pena, y les dijo: «¿Por qué dormís? Levantaos y orad, para no caer en la tentación».

Todavía estaba hablando, cuando aparece gente: y los guiaba el llamado Judas, uno de los Doce. Y se acercó a besar a Jesús. Jesús le dijo: «Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del Hombre?». Al darse cuenta los que estaban con él de lo que iba a pasar, dijeron: «Señor, ¿herimos con la espada?». Y uno de ellos hirió al criado del Sumo Sacerdote, y le cortó la oreja derecha. Jesús intervino diciendo: «Dejadlo, basta». Y, tocándole la oreja, lo curó. Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los oficiales del templo, y a los ancianos que habían venido contra Él: «¿Habéis salido con espadas y palos a caza de un bandido? A diario estaba en el templo con vosotros, y no me echasteis mano. Pero ésta es vuestra hora: la del poder de las tinieblas».

Ellos lo prendieron, se lo llevaron y lo hicieron entrar en casa del sumo sacerdote. Pedro lo seguía desde lejos. Ellos encendieron fuego en medio del patio, se sentaron alrededor y Pedro se sentó entre ellos. Al verlo una criada sentado junto a la lumbre, se le quedó mirando y le dijo: «También éste estaba con Él». Pero él lo negó diciendo: «No lo conozco, mujer». Poco después lo vio otro y le dijo: «Tú también eres uno de ellos. Pedro replicó: «Hombre, no lo soy». Pasada cosa de una hora, otro insistía: «Sin duda, también éste estaba con Él, porque es galileo». Pedro contestó: «Hombre, no sé de qué hablas». Y estaba todavía hablando cuando cantó un gallo. El Señor, volviéndose, le echó una mirada a Pedro, y Pedro se acordó de la palabra que el Señor le había dicho: «Antes de que cante hoy el gallo, me negarás tres veces». Y, saliendo afuera, lloró amargamente.

Y los hombres que sujetaban a Jesús se burlaban de Él dándole golpes. Y, tapándole la cara, le preguntaban: «Haz de profeta: ¿quién te ha pegado?». Y proferían contra Él otros muchos insultos.

Cuando se hizo de día, se reunió el senado del pueblo, o sea, sumos sacerdotes y letrados, y, haciéndole comparecer ante su Sanedrín, le dijeron: «Si tú eres el Mesías, dínoslo». Él les contestó: «Si os lo digo, no lo vais a creer; y si os pregunto no me vais a responder. Desde ahora el Hijo del Hombre estará sentado a la derecha de Dios todopoderoso». Dijeron todos: «Entonces, ¿tú eres el Hijo de Dios?». Él les contestó: «Vosotros lo decís, yo lo soy». Ellos dijeron: «¿Qué necesidad tenemos ya de testimonios? Nosotros mismos lo hemos oído de su boca».

El senado del pueblo o sea, sumos sacerdotes y letrados, se levantaron y llevaron a Jesús a presencia de Pilato. Y se pusieron a acusarlo diciendo: «Hemos comprobado que éste anda amotinando a nuestra nación, y oponiéndose a que se paguen tributos al César, y diciendo que Él es el Mesías rey». Pilato preguntó a Jesús: «¿Eres tú el rey de los judíos?». Él le contestó: «Tú lo dices». Pilato dijo a los sumos sacerdotes y a la turba: «No encuentro ninguna culpa en este hombre». Ellos insistían con más fuerza diciendo: «Solivianta al pueblo enseñando por toda Judea, desde Galilea hasta aquí». Pilato, al oírlo, preguntó si era galileo; y al enterarse que era de la jurisdicción de Herodes se lo remitió. Herodes estaba precisamente en Jerusalén por aquellos días.

Herodes, al ver a Jesús, se puso muy contento; pues hacía bastante tiempo que quería verlo, porque oía hablar de Él y esperaba verlo hacer algún milagro. Le hizo un interrogatorio bastante largo; pero Él no le contestó ni palabra. Estaban allí los sumos sacerdotes y los letrados acusándolo con ahínco. Herodes, con su escolta, lo trató con desprecio y se burló de Él; y, poniéndole una vestidura blanca, se lo remitió a Pilato. Aquel mismo día se hicieron amigos Herodes y Pilato, porque antes se llevaban muy mal.

Pilato, convocando a los sumos sacerdotes, a las autoridades y al pueblo, les dijo: «Me habéis traído a este hombre, alegando que alborota al pueblo; y resulta que yo le he interrogado delante de vosotros, y no he encontrado en este hombre ninguna de las culpas que le imputáis; ni Herodes tampoco, porque nos lo ha remitido: ya veis que nada digno de muerte se le ha probado. Así que le daré un escarmiento y lo soltaré». Por la fiesta tenía que soltarles a uno. Ellos vociferaron en masa diciendo: «¡Fuera ése! Suéltanos a Barrabás». A éste lo habían metido en la cárcel por una revuelta acaecida en la ciudad y un homicidio. Pilato volvió a dirigirles la palabra con intención de soltar a Jesús. Pero ellos seguían gritando: «¡Crucifícalo, crucifícalo!». Él les dijo por tercera vez: «Pues, ¿qué mal ha hecho éste? No he encontrado en Él. ningún delito que merezca la muerte. Así es que le daré un escarmiento y lo soltaré». Ellos se le echaban encima pidiendo a gritos que lo crucificara; e iba creciendo el griterío. Pilato decidió que se cumpliera su petición: soltó al que le pedían (al que había metido en la cárcel por revuelta y homicidio), y a Jesús se lo entregó a su arbitrio.

Mientras lo conducían, echaron mano de un cierto Simón de Cirene, qué volvía del campo, y le cargaron la cruz para que la llevase detrás de Jesús. Lo seguía un gran gentío del pueblo, y de mujeres que se daban golpes y lanzaban lamentos por Él. Jesús se volvió hacia ellas y les dijo: «Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos, porque mirad que llegará el día en que dirán: ‘Dichosas las estériles y los vientres que no han dado a luz y los pechos que no han criado’. Entonces empezarán a decirles a los montes: ‘Desplomaos sobre nosotros’, y a las colinas: ‘Sepultadnos’; porque si así tratan al leño verde, ¿qué pasará con el seco?».

Conducían también a otros dos malhechores para ajusticiarlos con Él. Y cuando llegaron al lugar llamado “La Calavera”, lo crucificaron allí, a Él y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Jesús decía: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». Y se repartieron sus ropas, echándolas a suerte. El pueblo estaba mirando. Las autoridades le hacían muecas diciendo: «A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si Él es el Mesías de Dios, el Elegido». Se burlaban de Él también los soldados, ofreciéndole vinagre y diciendo: «Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo». Había encima un letrero en escritura griega, latina y hebrea: «Éste es el rey de los judíos».

Uno de los malhechores crucificados lo insultaba diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros». Pero el otro le increpaba: «¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en el mismo suplicio? Y lo nuestro es justo, porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha faltado en nada». Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino». Jesús le respondió: «Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso».

Era ya eso de mediodía y vinieron las tinieblas sobre toda la región, hasta la media tarde; porque se oscureció el sol. El velo del templo se rasgó por medio. Y Jesús, clamando con voz potente, dijo: «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu». Y dicho esto, expiró.

El centurión, al ver lo que pasaba, daba gloria a Dios diciendo: «Realmente, este hombre era justo». Toda la muchedumbre que había acudido a este espectáculo, habiendo visto lo que ocurría, se volvían dándose golpes de pecho. Todos sus conocidos se mantenían a distancia, y lo mismo las mujeres que lo habían seguido desde Galilea y que estaban mirando.

Un hombre llamado José, que era senador, hombre bueno y honrado (que no había votado a favor de la decisión y del crimen de ellos), que era natural de Arimatea y que aguardaba el Reino de Dios, acudió a Pilato a pedirle el cuerpo de Jesús. Y, bajándolo, lo envolvió en una sábana y lo colocó en un sepulcro excavado en la roca, donde no habían puesto a nadie todavía. Era el día de la Preparación y rayaba el sábado. Las mujeres que lo habían acompañado desde Galilea fueron detrás a examinar el sepulcro y cómo colocaban su cuerpo. A la vuelta prepararon aromas y ungüentos. Y el sábado guardaron reposo, conforme al mandamiento.

Reflexión: Lc 22,14-23,56

La Iglesia nos propone la meditación de un evangelio muy largo y rico el día de hoy. Se trata en realidad de varios episodios, que nos ponen frente a Jesús en los momentos previos a su sacrificio en la cruz. El Señor, nuestro Dios hecho hombre, sabe lo que vendrá, lo que tendrá que pasar, aun cuando sus discípulos no lo comprendan. Ellos están un poco al margen, distantes, como ajenos a los sucesos que Jesús vive y que están por llegar a su fin.

Han logrado formar una comunidad en torno a Jesús y se sienten fraternalmente unidos. Nada parece perturbarlos ni amenazarlos. De este modo, se siente suficientemente unidos y fortalecidos para rechazar cualquier amenaza que se cierna sobre ellos o sobre Jesús. Venga de donde venga. Parece poco creíble que en tan solo unas horas se dispersarán, desconcertados, asustados, perdidos, con el peso de una traición y el temor paralizante, que los lleva a esconderse e incluso a dar muestras de flaqueza extrema, como es el caso de Pedro, el más fuerte, aquél al que Jesús le encomendó la sucesión, que llegaría a negarlo hasta tres veces, antes que cantara el gallo, tal como Jesús se lo había anticipado.

Es que todo tenía que cumplirse tal como estaba escrito. El Señor tiene sus propios caminos, muchas veces distintos a los nuestros y los cumple, aún por encima de nuestras flaquezas y temores. En ese sentido, no depende de nosotros, aun cuando amable y cariñosamente nos invita a seguirlo. Y es que, no se trata de ir a la pelea, de ser el primero, de imponerse…Se trata de servir, de vencer dando, de convencer amando, al extremo de morir en la cruz. Solo así dará testimonio de Dios Padre, que es Amor, que no opone la fuerza, ni el poder para rechazar las falsas acusaciones, ni los expedientes que engañosamente se habían levantado en su contra. Y es que no había nada de qué acusarlo, salvo de dar muchas señales, de levantar mucho polvo, de constituir una amenaza al estatus quo, a la convivencia que habían logrado los sumos sacerdotes y los fariseos poderosos, con el inmenso poder político y militar romano. Este, Jesús, ponía en peligro sus privilegios…Había que matarlo. Eso era todo.

Jesús sabía cuál sería el desenlace, Sabía que tenía que pasar por este sacrificio.  “Para eso he venido”, nos dirá. Y no se corre, porque sabe que ha llegado la hora. Eso sí, ora al Padre, pidiendo fortaleza. Toda su prédica culmina aquí. Había dicho que nos amaba al extremo de ser capaz de dar su vida por nosotros, por nuestra salvación, y eso haría. Siendo Dios, se abajó a la altura del más humilde e indefenso hombre, aquél del que nadie tiene reparo en hacer escarnio,  en castigar, en insultar y flagelar…Solo, completamente solo, enfrenta a los guardias, a las autoridades y a la turba…Ya había dicho lo que tenía que decir y muchos fueron testigos de su vida pública; no tenía más que decir y no haría nada por defenderse…¿Hasta dónde somos capaces de ensañarnos con el indefenso, con aquél que carece de padrinos, con aquel del que todos hacen mofa y burla, con aquel que no ofrece resistencia? ¿Cuánto más nos irrita que no pida clemencia, que no pida perdón, que ni si quiera abra la boca para quejarse? Cómo nos ofende esa actitud, cuando Él sabe que está en nuestras manos salvarlo, cediendo ante el primer pedido de clemencia, pero nada. Ni una palabra.

¡Eh ahí la paradoja! Como Judas y tantos otros, llegamos a creer que podríamos salvarlo, si tan solo ofreciera resistencia, si tan solo desatara su poder contra estos enemigos. Hay muchos dispuestos a desenvainar la espada, a su solo gesto, pero Jesús nada. No dará gusto ni a unos ni a otros…Seguirá con su misión, con la Voluntad del Padre. Con su sufrimiento, con su dolor y con su muerte, nos salvará.

Este es el Misterio que celebramos cada día en la Eucaristía. El inmenso amor de Jesús, que muere en la cruz para salvarnos y resucitando restaura los lazos con nuestro Padre, haciéndonos acreedores a la Vida Eterna junto con Él.

Oremos:

Padre Santo, permítenos entender el Sacrificio de la Cruz, que está en el centro de nuestra historia y de nuestra vida. Permítenos entender que sin cruz no hay salvación posible. Que no hubo ni hay otra forma de salvarnos que amando a nuestros hermanos. Que solo dando se recibe, que solo amando hasta la muerte, se resucita a la vida eterna.  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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mar 25 2010

Luca 1, 26-38

Texto del evangelio (Lc 1, 26-38)

Al sexto mes fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. Y entrando, le dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». Ella se conturbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo. El ángel le dijo: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin».

María respondió al ángel: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?». El ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios. Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y este es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril, porque ninguna cosa es imposible para Dios». Dijo María: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». Y el ángel dejándola se fue.

Reflexión: Lc 1, 26-38

Nada es imposible para Dios. Eso es algo que debemos retener en nuestra memoria. El tiene sus Planes, y estos se realizarán de todas maneras, aun cuando a nosotros nos parezca que en tales circunstancias y con tal gente podría ser imposible. Este hecho debía llenarnos de fe y de valor, sabiendo que si estamos obrando conforme Él lo ha dispuesto, no habrá nada que pueda interponerse con suficiente contundencia en nuestro camino, como para obligarnos a retroceder o cambiar de rumbo. Si estamos con Dios, nada nos podrá detener. Como decimos en el MCC (Movimiento de Cursillos de Cristiandad), Cristo y yo, somos mayoría.
 
Debemos pues reflexionar cada día y orar pidiendo a Dios que nos ilumine y nos permita elegir y caminar por la senda correcta, teniendo la plena seguridad que entonces no habrá nada ni nadie que interponiéndose en nuestro camino, evite que cumplamos nuestra Misión.

Lo que muchas veces flaquea es nuestra fe. Es que no llegamos a creernos del todo lo que el Señor nos propone. Dudamos, y ante la presión, ante la exigencia, titubeamos. Es en estas circunstancias en las que debemos aprender la lección de María, que acepta la propuesta y como sabemos, le exigirá una serie de decisiones y acciones en el futuro, destinadas a mantenerse en la Misión y el papel que concientemente asume. No escatimará esfuerzo para ello.

Pero nada de esto es posible sin La Gracia. Eso es lo que debemos procurar. Mantener una relación muy profunda con Dios, a través de la oración, rogando y pidiendo cada día su Gracia, la que vendrá en abundancia sobre nosotros si llevamos una vida recta, si nos empeñamos por hacer su voluntad, en amar a los demás, haciéndoles sentir lo mucho que les ama nuestro Padre, si llevamos una vida de oración y frecuentamos los Sacramentos…

Vivamos en la virtud y pidamos al Señor que derrame su abundante Gracia sobre nosotros; así conoceremos Su Voluntad para nuestra vida y no habrá nada que se interponga e impida su realización, porque para Dios, nada es imposible. “Hará cantar a las piedras, si fuera necesario”.

 

Oremos:

Padre Santo, derrama sobre nosotros Tu abundante Gracia, para que sepamos hacer tu Voluntad en nuestro día a día, en cada instante de nuestras vidas; siendo una luz de esperanza para quienes se sienten afligidos, solos, abandonados; para quienes se sienten excluidos, olvidados. Danos esa mirada tuya, para saber leer y comprender el corazón de nuestros hermanos. Sobre todo, danos valor y firmeza para seguirte, aun en la dificultad, sabiendo que finalmente el triunfo será tuyo, será nuestro, si nos mantenemos en Ti. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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mar 20 2010

Juan 7, 40-53

Texto del evangelio (Jn 7, 40-53)

En aquel tiempo, muchos entre la gente, que habían escuchado a Jesús, decían: «Éste es verdaderamente el profeta». Otros decían: «Éste es el Cristo». Pero otros replicaban: «¿Acaso va a venir de Galilea el Cristo? ¿No dice la Escritura que el Cristo vendrá de la descendencia de David y de Belén, el pueblo de donde era David?».

Se originó, pues, una disensión entre la gente por causa de Él. Algunos de ellos querían detenerle, pero nadie le echó mano. Los guardias volvieron donde los sumos sacerdotes y los fariseos. Estos les dijeron: «¿Por qué no le habéis traído?». Respondieron los guardias: «Jamás un hombre ha hablado como habla ese hombre». Los fariseos les respondieron: «¿Vosotros también os habéis dejado embaucar? ¿Acaso ha creído en Él algún magistrado o algún fariseo? Pero esa gente que no conoce la Ley son unos malditos».

Reflexión: Jn 7, 40-53

Nadie queda indiferente ante las palabras del Señor. Es asombrosa la reacción de los guardias que debían apresarle. Cómo se refieren al Él: “Jamás un hombre ha hablado como habla ese hombre”. Es que realmente Jesús es “La Verdad”, y esta tiene la virtud de llegar hasta a los corazones más endurecidos, e iluminarlos.

Es la gente hueca, superficial, la que se queda en la periferia de las cosas, la única que no es capaz de comprender, porque tiene demasiados prejuicios, porque, además, en el fondo se resisten a creer en nada que cuestione su poder, su mundo, su orden, en el que detentan poder y privilegios, que no están dispuestos a ver mellados por nadie, mucho menos por un “don nadie”, cuyas credenciales para ellos no son suficientes. “Un tipo de tal apellido, con tal apariencia física, de tal raza, que viene de no sé qué pueblucho, ¿me va a enseñar a mi algo? Anda primero, lávate la cara y después veremos si hablamos” ¿No somos muchas veces así de duros?

Estamos llenos de prejuicios, y en general no somos capaces de admitir que una persona humilde pueda enseñarnos algo. Es que nos hemos sumido en un mundo en el que los valores están tan tergiversados, que hemos llegado a confundir poder con sabiduría. Y ya vemos que Jesús viene de abajo, nace en un pesebre; es decir se hace como el más humilde, como el más pobre, precisamente para enseñarnos que no es del dinero ni del poder que brota la Verdad. No es por esa vía que lograremos la salvación. Es más bien por el amor; y el amor es servicial, es humilde…todo lo cree, todo lo espera.

El que no es capaz de amar, no es capaz de encontrar la Verdad. La Verdad sólo se alcanza a ver, -como diría el Principito- con los ojos del corazón.  Para justificar nuestro egoísmo y miseria, hemos creado un mundo artificial, efectivamente a nuestra imagen y semejanza; un mundo donde convivimos con el pecado, como un mal necesario…En el que todo depende; en el que el individualismo y el relativismo, que son dos caras de una misma moneda, reinan. Nuestras ansias de poder y dinero, nos ciegan y nos hacen capaces de todo con tal de obtenerlo, como si en ello estuviera la diferencia entre la vida y la muerte. Pero bien sabemos que esto es una ilusión. No hay nadie tan poderoso, ni tan rico que haya podido evitar la muerte o que se haya ido a la otra vida, con si quiera un gramo de lo que atesoró. Entonces, ¿por qué tanto afán?

Hemos sido cegados por el Príncipe de este mundo.  Efectivamente, el pretende y muchas veces logra que veamos el mundo desde su perspectiva superficial, perentoria, sumergiéndonos en la vorágine de la vida, sin ninguna perspectiva superior, perdiéndonos en el día a día, como si sólo importaran nuestro poder y satisfacción personales. El resto, que se hundan, me tienen sin cuidado. Cada quien debe velar por sí mismo…Esa es la cultura que este maldito propicia y en cuyas garras caemos. Todo lo queremos para hoy y para mí.

Por eso, como los ricos, los sacerdotes y los fariseos que condenan a Jesús, que incluso se atreven a condenar su procedencia, aun teniendo conocimiento de las escrituras, las que toman muy superficialmente, acomodándolas a sus intereses, no estamos dispuestos a que ningún “pelagatos” nos venga a enmendar la plana. “Para hablar conmigo y hacerme cambiar de opinión, tienes que haber leído por lo menos tantos libros a la semana, debes tener dos o tres maestrías o algún doctorado, debes mostrarme tu título de Harvard, debes tener tal apellido, la tez de tal color y haber sido aprobado por mi círculo de amigos, o por aquellos que admiro y envidio, cuya posición deseo alcanzar algún día.” Ese es nuestro patrón de comportamiento…Figúrense si realmente vamos a dejar que Jesús entre en nuestras vidas…Lo usaremos, como tantas otras cosas de las que nos valemos para acrecentar nuestro poder, pero jamás le permitiremos que se apodere de nuestras vidas. No estamos dispuestos a ceder un ápice de nuestra fama, de nuestro poder…

Oremos:

Señor Jesús, enséñanos a ser humildes; a buscar y ver la Verdad en el corazón de nuestros hermanos. Que seamos capaces de escuchar, de atender, de comprender, de condolernos, de congraciarnos. Danos sabiduría para superar nuestras miserias, para superar nuestro egoísmo, para romper las cadenas que nos atan y esclavizan en la oscuridad. Danos tu luz. ¡Haznos dóciles a Tu Espíritu! Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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mar 15 2010

Juan 4, 43-54

Texto del evangelio (Jn 4, 43-54)

En aquel tiempo, Jesús partió de Samaría para Galilea. Jesús mismo había afirmado que un profeta no goza de estima en su patria. Cuando llegó, pues, a Galilea, los galileos le hicieron un buen recibimiento, porque habían visto todo lo que había hecho en Jerusalén durante la fiesta, pues también ellos habían ido a la fiesta. Volvió, pues, a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino.

Había un funcionario real, cuyo hijo estaba enfermo en Cafarnaúm. Cuando se enteró de que Jesús había venido de Judea a Galilea, fue donde Él y le rogaba que bajase a curar a su hijo, porque se iba a morir. Entonces Jesús le dijo: «Si no veis señales y prodigios, no creéis». Le dice el funcionario: «Señor, baja antes que se muera mi hijo». Jesús le dice: «Vete, que tu hijo vive».

Creyó el hombre en la palabra que Jesús le había dicho y se puso en camino. Cuando bajaba, le salieron al encuentro sus siervos, y le dijeron que su hijo vivía. El les preguntó entonces la hora en que se había sentido mejor. Ellos le dijeron: «Ayer a la hora séptima le dejó la fiebre». El padre comprobó que era la misma hora en que le había dicho Jesús: «Tu hijo vive», y creyó él y toda su familia. Esta nueva señal, la segunda, la realizó Jesús cuando volvió de Judea a Galilea.

Reflexión: Jn 4, 43-54

El Señor dio muchas pruebas de su grandeza y poder  a los hombres de aquél tiempo, pruebas que vieron o de las que supieron por amigos, familiares o gentes muy cercanas. Sin embargo, como el mismo lo dice, dichoso el que cree sin haber visto estas “pruebas”. Esta es una dicha que está al alcance de todos, porque es Gracia que Él mismo concede. ¿Cómo?  Exactamente y del mismo modo en que curó al hijo de este funcionario real.

Para Jesús, no existen las barreras del tiempo o del espacio. Él se mueve en otro plano, en el que, el hoy, el ayer y el mañana, así como los lugares en el universo tienen otro significado. Es Dios. Así como es capaz de cambiar la composición química de los elementos, al cambiar el agua en vino (en las Bodas de Caná), es capaz de curar al hijo de este funcionario a través del tiempo y la distancia, como respuesta a las suplicas de aquél, si esa es Su Voluntad.

No es que este funcionario tuviera fe. Eso sí, había escuchado de Jesús y esperaba ardientemente que hiciera este milagro con su hijo.  Por eso no hace caso a la reflexión de Jesús y sigue insistiendo, implorando por la vida de su hijo. Por lo que fuere, quizás por llamar insistentemente (y al que toca se le abrirá), Jesús se conmueve y cura a este muchacho, sin verlo, con solo Su Palabra y Voluntad. No sabemos nada de este funcionario, así que no podemos decir si quiera que fuera un hombre recto; si, era un burócrata al servicio del sistema y por analogía con nuestros burócratas, podemos deducir cual sería su posición y prestigio, entre el pueblo.

Jesús se deja conmover y atiende su súplica. Por si no nos basta la invitación del mismo Jesús a pedir insistentemente, aquí tenemos una evidencia, un ejemplo. ¿Por qué no habrá de obrar así con nosotros? ¿Supeditaremos a ello nuestra fe, como este funcionario y su familia, que solo entonces creyeron? Esto es algo que solo nosotros podemos decidir. El Señor no obliga, el Señor propone. Nosotros podemos elegir seguirlo, ir por la senda que Él nos propone, construyendo el Reino, es decir, la ansiada “Civilización del Amor”, o seguir al Príncipe de este mundo, andando por las sombras de la mentira, la falsedad y la injusticia, cuidando solamente de nuestro pellejo y desentendiéndonos de los demás. Esa es nuestra decisión.

El Señor ha dado muchas, muchísimas pruebas del Amor y la Voluntad del Padre. ¿Le creemos, o esperamos a un gesto íntimo y personal? Esa es cuestión nuestra. Fe y razón, no se oponen. La decisión está en nuestras manos. En lo personal, he visto y experimentado tantas veces la intervención divina en mi vida, que sería un tonto, un necio, si no creyera…¿Y tú?

Oremos:

Padre Santo, tengo fe, pero acreciéntala. Haz que mi vida sea un testimonio de fe. Que los me rodean crean por lo que ven y no tanto por lo que digo o dejo de decir. Te agradezco infinitamente por todos los prodigios que haz obrado en mí, por mi familia, por mi esposa, por mis padres, por mis hermanos, por mi hijo y su pareja, por mis parientes y amigos…por este mundo y el tiempo que me ha tocado vivir…Bendícelos a todos. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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feb 12 2010

Marcos 7, 31-37

Texto del evangelio (Mc 7, 31-37)

En aquel tiempo, Jesús se marchó de la región de Tiro y vino de nuevo, por Sidón, al mar de Galilea, atravesando la Decápolis. Le presentan un sordo que, además, hablaba con dificultad, y le ruegan imponga la mano sobre él. Él, apartándole de la gente, a solas, le metió sus dedos en los oídos y con su saliva le tocó la lengua. Y, levantando los ojos al cielo, dio un gemido, y le dijo: «Effatá», que quiere decir: “¡Ábrete!”.

Se abrieron sus oídos y, al instante, se soltó la atadura de su lengua y hablaba correctamente. Jesús les mandó que a nadie se lo contaran. Pero cuanto más se lo prohibía, tanto más ellos lo publicaban. Y se maravillaban sobremanera y decían: «Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos».

Reflexión: Mc 7, 31-37

En tres cosas me quedo pensando después de esta lectura: la primera, que Jesús lleva a este sordo mudo a un lugar apartado de al gente; la segunda, que como siempre Jesús manda que no se lo contaran a nadie y sin embargo no le hacen caso y lo publican; la tercera, que todo el mundo quedó maravillado y decían, “todo lo ha hecho bien”…

Reflexionemos en cada una de estas escenas. ¿Por qué el Señor obra “apartándole de la gente y a solas”? Y me pregunto incluso más allá, ¿Por qué tenía que hacer estos gestos, cuando en otras ocasiones hizo milagros semejantes sin ellos? Es algo que no puedo responder. Solo Él sabe. Sin embargo me queda clara una lección, no importa lo que tengas que hacer, si puedes hacer algo para ayudar a superar un problema a uno de tus hermanos, si sabes que de este modo resolverás el problema, hazlo. Y no hagas un circo de lo que has hecho. Debes procurar discreción. No se trata de hacer un show para que todos vean, se asombren y sepan lo que eres capaz de hacer y cómo lo haces. Se trata de hacer lo mejor, de hacerlo bien y con discreción. Que tu mano derecha no sepa o que hace la izquierda.

Mi segunda reflexión va en torno al “mandato” del Señor. Fíjense que no es un pedido, sino un mandato, es decir una orden, una instrucción dada con autoridad, que por lo tanto es recomendable cumplir y sin embargo nadie lo hace. Esta es una escena que se repite varias veces en los evangelios. El Señor manda, ordena que no se lo cuenten a nadie y sin embargo no le hacen caso y por el contrario lo publican a los cuatro vientos.

¿Qué podemos decir al respecto? Es muy difícil callar las buenas noticias, todo aquello que nos hace bien, que nos permite superar un escollo que sin la ayuda divina hubiera sido imposible remontar. Tan grande era la imposibilidad, como grandes serán las ansias de comunicarlo a todo el mundo. Es difícil quedarse callado frente a un prodigio que ocurre frente a nuestros ojos…¿cómo callarlo? Sin embargo el Señor manda discreción, silencio, prudencia…Posiblemente porque no debemos quedar atrapados en estos hechos, al extremo que hagamos de ellos nuestra razón de actuar, nuestra razón para creer, nuestra razón para seguirlo.

No quiere Jesús que sigamos todos detrás de Él porque hace prodigios. ¡Claro que los hace y tiene el poder para hacer que cualquiera de nosotros también los haga y así mismo lo promete a quien lo siga! Y cómo no va a poder, si es Hijo de Dios! Pero no es cegados o asombrados por estos prodigios que el Señor quiere que le sigamos, sino por AMOR. Es decir, ante todo, porque siendo libres, ofrecemos todo lo que tenemos y somos por el bien de los demás. Porque queremos tanto el bien de nuestros hermanos, que haremos lo que esté a nuestro alcance por lograrlo, siguiendo el ejemplo de Cristo, que dio su vida para redimirnos de la muerte y del pecado. Ese es el fondo, ese El Camino. Quien se queda en los prodigios, quien pretende seguirlo por el asombro, corre el peligro de olvidarse de sus hermanos. Quien se queda embobado mirando al cielo, corre el peligro de olvidar que su mirada debe ser horizontal, que a Dios se le encuentra y se le sirve en los demás, en el prójimo.

Finalmente, “todo lo ha hecho bien”, es la exclamación de todos al ver lo que hacía. Y efectivamente es cierto, pero no sólo por aquello de lo que dan crédito sus ojos, sino por toda su vida misma, por lo que nos enseñó, por todas aquellas lecciones que culminan con su muerte y resurrección. Es preciso que nos convenzamos de ello: “todo lo ha hecho bien”. Es el mismo reconocimiento que leemos en el Génesis: “Y vio Dios que era bueno…” Siendo así, qué duda cabe que debemos empeñarnos en conocerle y seguirle, porque solamente quiere nuestro bien.

Claro está, que debe ser un modelo de actuación, pero no sólo por lo bien que hace las cosas, que es una perfección divina a la que debemos aspirar: “sed perfectos como mi Padre que está en los cielos”…Sino por la fidelidad y el amor que debemos prodigar. Recordemos que por encima de todo ha de estar el amor. “Aunque hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo caridad, soy como bronce que suena o címbalo que retiñe.”

Oremos:

Señor Jesús, danos discreción al obrar el bien, pero sobre todo voluntad y amor, para no detenernos ante el primer obstáculo. Que no busquemos recompensa alguna. Que procuremos ante todo el bien de nuestros hermanos. Que nos empeñemos en esta tarea con todo lo que somos y tenemos, dándonos por completo y de la mejor manera. Danos tino para actuar y humildad.  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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feb 05 2010

Marcos 6, 14-29

Texto del evangelio (Mc 6, 14-29)

En aquel tiempo, se había hecho notorio el nombre de Jesús y llegó esto a noticia del rey Herodes. Algunos decían: «Juan el Bautista ha resucitado de entre los muertos y por eso actúan en él fuerzas milagrosas». Otros decían: «Es Elías»; otros: «Es un profeta como los demás profetas». Al enterarse Herodes, dijo: «Aquel Juan, a quien yo decapité, ése ha resucitado». Es que Herodes era el que había enviado a prender a Juan y le había encadenado en la cárcel por causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo, con quien Herodes se había casado. Porque Juan decía a Herodes: «No te está permitido tener la mujer de tu hermano». Herodías le aborrecía y quería matarle, pero no podía, pues Herodes temía a Juan, sabiendo que era hombre justo y santo, y le protegía; y al oírle, quedaba muy perplejo, y le escuchaba con gusto.

Y llegó el día oportuno, cuando Herodes, en su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a los tribunos y a los principales de Galilea. Entró la hija de la misma Herodías, danzó, y gustó mucho a Herodes y a los comensales. El rey, entonces, dijo a la muchacha: «Pídeme lo que quieras y te lo daré». Y le juró: «Te daré lo que me pidas, hasta la mitad de mi reino». Salió la muchacha y preguntó a su madre: «¿Qué voy a pedir?». Y ella le dijo: «La cabeza de Juan el Bautista». Entrando al punto apresuradamente adonde estaba el rey, le pidió: «Quiero que ahora mismo me des, en una bandeja, la cabeza de Juan el Bautista». El rey se llenó de tristeza, pero no quiso desairarla a causa del juramento y de los comensales. Y al instante mandó el rey a uno de su guardia, con orden de traerle la cabeza de Juan. Se fue y le decapitó en la cárcel y trajo su cabeza en una bandeja, y se la dio a la muchacha, y la muchacha se la dio a su madre. Al enterarse sus discípulos, vinieron a recoger el cadáver y le dieron sepultura.

Reflexión: Mc 6, 14-29

Esta es una lamentable muestra del extremo al que puede llegar la necedad del hombre. ¿Cómo es posible que un tipo que aparentemente había reflexionado en torno a quién era Juan el Bautista, es decir, un tipo aparentemente inteligente y sensible, llegado el momento no tuvo ningún reparo , ningún escrúpulo en sacrificarlo, con tal de complacer el frívolo capricho de  de una seductora mujer y cumplir las palabras de las que había quedado preso? Por encima de vida alguna estaba su prestigio. Tenía que dar una lección; fiel a su fama, tenía que mostrarse indoblegable sea como fuere, y no tuvo reparos ni aun tratándose de Juan el Bautista, por quien realmente sentía una profunda admiración, ni aun con su propia conciencia, que le dictaba que estaba cometiendo un error, que se lo reprocharía por siempre…

Así de ligeros e inflexibles somos para juzgar y condenar a los demás.  Sobre todo a aquellos que de algún modo pueden atreverse a poner en entredicho nuestra situación, nuestro prestigio, la imagen que nos hemos forjado. Todo lo toleramos, menos que un “infeliz”, un lacayo nuestro, alguien que pretendemos debía estar agradeciéndonos su situación, su trabajo e incluso el aprecio que sentimos por él, venga de pronto a cuestionarnos, a poner en tela de juicio lo que somos y hacemos.

Como nos concebimos como el centro del mundo y mientras más elevados, mientras mejor posición ostentamos, más consentimos esta idea, no podemos tolerar otro sol en nuestro universo, y estamos dispuestos a apagar con un solo soplo a quien osa cuestionarnos, solo para mostrar nuestro poder, para mostrar quien manda realmente. Entonces, somos inflexibles con el débil, con aquél que dejamos tener alas, hasta donde quisimos…¿Creyó el infeliz que en realidad podía ser libre por sobre mi voluntad? Veamos ahora como lo desaparezco con un solo chasquido de mis dedos.

Esa es la triste historia de tantos Herodes que vemos a nuestro alrededor, que dominan los cargos públicos, que ostentan poder político, económico o social…Y de tantos Juanes que con su sola presencia, tal vez una sonrisa de más, un gesto o una palabra, una actitud o la exigencia de un derecho, osan cuestionar el poder, la fama o el prestigio de estos semi dioses, que se han levantado a sí mismos por encima de todo y se creen con derecho sobre la vida y la muerte de los “infelices” que los rodean.

Esa es la lógica malévola del Príncipe de este mundo, al que sirven con esmero, pretendiendo ser como dioses. Esta es la gran tentación “del árbol de la ciencia del bien y del mal”, que se reedita una y otra vez, siglo tras siglo en la historia de la naturaleza humana.

Pero no olvidemos algo que es fundamental. Hemos sido creados por Dios Padre LIBRES, y no hay atadura humana que nos pueda detener o esclavizar. Hemos recibido de Dios y por su Gracia, su misma dignidad, al crearnos a su imagen y semejanza y estamos llamados a volver a Él, atravesando la vida, por sobre toda las cosas, sin perder de vista este espléndido horizonte. Dios Padre está al final del camino, esperándonos con los brazos abiertos y Jesús y el Espíritu Santo están aquí para conducirnos. Jesús, venciendo a la muerte, ha vencido al Mundo y con él al Príncipe de las tinieblas, mostrándonos el camino y enseñándonos que Sí se puede. ¡No hemos sido, no somos, ni seremos más esclavos! Estamos llamados a transitar por el Camino de la Luz y la Verdad y este sólo nos puede llevar al Amor y  la Libertad.

Oremos:

Padre Santo, haznos fieles hijos tuyos. Que no flaqueemos frente a la adversidad, frente al enemigo. ¡Aparta de nosotros el temor! Que enfrentemos al demonio premunidos de Tu Gracia y Tu Luz, confiados en el Amor, sabiendo que la victoria, finalmente, habrá de ser nuestra. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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feb 02 2010

Lucas 2, 22-40

Texto del evangelio (Lc 2, 22-40)

Cuando se cumplieron los días de la purificación de ellos, según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarle al Señor, como está escrito en la Ley del Señor: «Todo varón primogénito será consagrado al Señor» y para ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o dos pichones, conforme a lo que se dice en la Ley del Señor.

Y he aquí que había en Jerusalén un hombre llamado Simeón; este hombre era justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y estaba en él el Espíritu Santo. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor. Movido por el Espíritu, vino al Templo; y cuando los padres introdujeron al niño Jesús, para cumplir lo que la Ley prescribía sobre Él, le tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz; porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel». Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de Él.

Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: «Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción —¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!— a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones».

Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, de edad avanzada; después de casarse había vivido siete años con su marido, y permaneció viuda hasta los ochenta y cuatro años; no se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día en ayunos y oraciones. Como se presentase en aquella misma hora, alababa a Dios y hablaba del Niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén. Así que cumplieron todas las cosas según la Ley del Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El Niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre Él.

Reflexión: Lc 2, 22-40

La complacencia y el alago gratuito no son precisamente la cosecha del cristiano. Quien obra con rectitud, no puede esperar, lamentablemente, ser aplaudido por quienes ostentan el poder, por aquellos cuyos intereses precisamente se ven afectados por el recto proceder cristiano. Es penoso y a veces duele, pero basta afrontar una situación con dignidad y reclamando justicia, para que inmediatamente salten como lobos aquellos que deben ceder un milímetro de sus prerrogativas, de su posición, de su patrimonio. No están dispuestos a hacerlo por ningún motivo. Menos si son obligados por las circunstancias o por algún miserable de aquellos a los que dejan comer las migajas que caen de su mesa.

¡Cómo puede osar alguno de estos miserables a exigirle dar, lo que da de pura bondad, porque así se lo ha impuesto a sí mismo, sin tener obligación alguna! ¡A qué vienen aquellas exigencias! ¡No me vengan con derechos! ¡Yo doy a quien me place y cuanto me place, lo único que pido es lealtad (sumisión, en realidad)!

 Este es el orden que viene a subvertir Jesús. Por eso Él y sus seguidores serán tan impopulares. Serán perseguidos y tendrán que obrar en la clandestinidad o someterse a los castigos y suplicios que los poderosos dictan en su contra.

Eso parece historia antigua, historia de circo, leones y cristianos…Sin embargo no lo es. Es muy cierto que Occidente asumió e hizo más digerible al cristianismo, al punto que países e imperios enteros se declararon cristianos y junto con ellos, sus gobernantes y sus clases dominantes. Sin embargo todo ello fue logrado a costa de acomodos y tergiversaciones tendientes a hacer inocuo el Evangelio. No por eso dejaron de existir los verdaderos cristianos, que siempre han actuado como dedo en la llaga, señalando la injusticia, el atropello, los abusos y la idolatría, de quienes llamándose muchas veces cristianos, han puesto por encima del amor, por encima de sus hermanos, el bienestar, la comodidad y las riquezas.

“Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción”, y ello será por siempre, mientras no se haya expandido el Reino en todo el mundo, mientras haya injusticia, mientras haya pobres, mientras haya hambre…mientras no hayamos aprendido a vivir como hermanos, compartiéndolo todo y poniendo como centro al Amor.

Estas preguntas pueden ser duras, sin embargo creo que pueden ayudarnos a desinstalarnos, a reflexionar en torno a lo que hacemos. Tú te dices cristiano y sin embargo solo cosechas aplausos y halagos por donde te mueves…¿Será que la Palabra del Señor se ha vuelto inocua o será más bien que la suavizas y degradas a tal extremo, que no constituye ya exigencia para nadie, y mucho menos para ti? ¿Vives cómodamente instalado, tienes todo lo que necesitas, sin ser rico quizás, mientras tus hermanos padecen todo tipo de necesidades…Será que te has vuelto insensible y egoísta, que no quieres ver ni involucrarte, para no afectar tu privilegiada situación? ¿Eres de los “intelectuales” de la fe y la religión, capaces de dar brillantes discursos, que sin embargo no dicen nada de tu propia vida? ¿Podemos hablar de cristianismo, sin que este se encarne en la vida misma? ¿La Verdad para ti se ha vuelto un hecho controversial, es decir que depende del ángulo del que se la mire? ¿Te has vuelto relativista? ¿Es Jesús relativista?

 

Oremos:

Señor, no permitas que nos perdamos. Que solo tu Luz ilumine nuestras vidas. Que busquemos y defendamos siempre la Verdad, la Justicia y el Amor. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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ene 17 2010

Juan 2, 1-12

Texto del evangelio (Jn 2, 1-12)

En aquel tiempo, se celebraba una boda en Caná de Galilea y estaba allí la madre de Jesús. Fue invitado también a la boda Jesús con sus discípulos. Y, como faltara vino, porque se había acabado el vino de la boda, le dice a Jesús su madre: «No tienen vino». Jesús le responde: «¿Qué tengo yo contigo, mujer? Todavía no ha llegado mi hora». Dice su madre a los sirvientes: «Haced lo que Él os diga».

Había allí seis tinajas de piedra, puestas para las purificaciones de los judíos, de dos o tres medidas cada una. Les dice Jesús: «Llenad las tinajas de agua». Y las llenaron hasta arriba. «Sacadlo ahora, les dice, y llevadlo al maestresala». Ellos lo llevaron. Cuando el maestresala probó el agua convertida en vino, como ignoraba de dónde era (los sirvientes, los que habían sacado el agua, sí que lo sabían), llama el maestresala al novio y le dice: «Todos sirven primero el vino bueno y cuando ya están bebidos, el inferior. Pero tú has guardado el vino bueno hasta ahora».

Así, en Caná de Galilea, dio Jesús comienzo a sus señales. Y manifestó su gloria, y creyeron en Él sus discípulos. Después bajó a Cafarnaúm con su madre y sus hermanos y sus discípulos, pero no se quedaron allí muchos días.

Reflexión: Jn 2, 1-12

Esta lectura nos da a conocer dos aspectos muy importantes de Jesús. Primero su humanidad, como consecuencia de la cual es sumamente sensible y perceptivo a  nuestras necesidades y debilidades. Tiene una madre, María, a cuyas órdenes y deseos no puede sustraerse. ¡Es su madre! Así, es notable que sea ella el morito de su primer milagro; que sea ella la que altera el programa que tenía trazado Jesús. Que sea ella la que le diga cuando ha llegado el momento de empezar y dónde. Jesús, como todo buen hijo es respetuoso y cariñoso con su madre, pero al mismo tiempo sabe lo que tiene que hacer, por eso le dice: «¿Qué tengo yo contigo, mujer? Todavía no ha llegado mi hora». Dice su madre a los sirvientes: «Haced lo que Él os diga».

Sin embargo, María insiste, con la autoridad y confianza que tiene toda madre en su hijo, al que le está pidiendo algo bueno…bueno para los demás, algo que exige desprendimiento, romper esquemas, salir del libreto, alterar los planes…pero que sin embargo sabe que es bueno. ¿Por qué no aquí? ¿Por qué no ahora? Parece decir María.

¿Cómo era aquél momento? Era, seguramente, de alegría, de confraternidad, de amistad, de amor. Era seguramente uno de esos momentos que algunos hemos tenido la suerte de vivir en familia. Esos momentos en que todos se reúnen en torno a un acontecimiento trascendente para la familia ampliada  y los amigos. Todos celebran felices un acontecimiento que dejará huella en sus vidas: un matrimonio. El sello que muchas veces sirve para unir dos grandes vertientes, dos familias. Matrimonio, símbolo de unión familiar, de profundo amor humano.

Risas, llantos, abrazos, promesas, recuerdos, planes, anécdotas, regaños, súplicas, reproches, alegría, baile, cariño, emoción, tertulia, buena comida, buen vino y mucho, mucho amor…Todos hemos tenido oportunidad de participar alguna vez de una de estas reuniones familiares, que han quedado guardadas en lo más profundo de nuestro corazón y muchas veces recordamos con nostalgia…¡Oh, la casa paterna! ¡Cómo se fueron aquellos años…!

Es precisamente en esa ocasión tan importante para la familia de Jesús, con la que Él había crecido, que su madre, María, le pide que resuelva un pequeño problema logístico o doméstico. Se acabó el vino; algo que podríamos pasar como suntuario. Sin embargo era importante para la celebración aquella. María había observado seguramente que algunos de los invitados estaban quedando algo desairados…quizás habían excedido en el número esperado. Quizás los novios y sus familias eran más populares y queridos de lo que pensaban…quizás había faltado algo de previsión, o quizás simplemente no habían tenido recursos suficientes para comprar lo necesario. Por lo que fuere, María quedó conmovida y sintió en su corazón que podía resolverlo, con la participación de su hijo. Y como cualquier madre haría, se lo pidió.

Jesús, aunque argumenta en son de reproche, no puede negarse a María. ¡Eh ahí un fundamento esencial de la devoción Mariana! Jesús oye a su madre y finalmente consiente en su pedido. No había nada malo en ello y aunque tenía otros planes, no encontró razón para no atender la súplica de su madre, para no complacerla.

Esas son las bodas de Caná. Un momento pleno de alegría y felicidad familiar, en el que Jesús, el enviado del Padre no puede dejar de manifestar también su alegría, derramando su Gracia en forma abundante. Dios está aquí y presta oídos a nuestras necesidades. Él no nos abandona nunca y goza con nosotros cuando se trata de celebrar el amor.

Oremos:

Padre Santo, ayúdanos con Tu intervención divina a resolver tantos malos entendidos y dificultades que encontramos en nuestras relaciones familiares. Ayúdanos a ceder, a dar el primer paso, a procurar siempre el entendimiento…a deponer nuestra altivez, nuestra resolución, por el bien de los demás, por la alegría y felicidad de los demás. Que seamos constructores de la unión familiar…que nos esforcemos por conseguirla. Que no nos conformemos con la tibieza y menos con el distanciamiento, como si no hubiera más remedio. ¡Ayúdanos, Señor. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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ene 12 2010

Marcos 1, 21-28

Texto del evangelio (Mc 1, 21-28)

Llegó Jesús a Cafarnaum y el sábado entró en la sinagoga y se puso a enseñar. Y quedaban asombrados de su doctrina, porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas. Había precisamente en su sinagoga un hombre poseído por un espíritu inmundo, que se puso a gritar: «¿Qué tenemos nosotros contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Sé quién eres tú: el Santo de Dios». Jesús, entonces, le conminó diciendo: «Cállate y sal de él». Y agitándole violentamente el espíritu inmundo, dio un fuerte grito y salió de él.

Todos quedaron pasmados de tal manera que se preguntaban unos a otros: «¿Qué es esto? ¡Una doctrina nueva, expuesta con autoridad! Manda hasta a los espíritus inmundos y le obedecen». Bien pronto su fama se extendió por todas partes, en toda la región de Galilea.

Reflexión: Mc 1, 21-28

Creo que hoy debemos quedarnos  y meditar respecto a la forma en que Jesús enseñaba, que fue lo que llamó la atención a sus coetáneos: enseñaba como quien tiene autoridad. Esta debe ser una grande y fuerte lección para cuantos tenemos que hacer discursos, pretendiendo enseñar a niños y adultos a reflexionar, a meditar, a orar, a vivir. Para enseñar, hay que tener autoridad y esta no proviene, como engañosamente nos pretender hacer creer, del dominio del tema, sino, de adentro, es decir de la convicción de lo que uno dice, de la Fe, de la consecuencia…es decir, de vivir lo que uno pretende enseñar.

Claro, es cierto que si tú dominas la matemática, la física o la literatura, te moverás como pez en el agua y tendrás la posibilidad de transmitir lo que sabes, exhibiendo dominio del tema, cuando se trate de exponer un tema de estas ciencias. Ello te dará cierta autoridad…Sin embargo, para llegar a los corazones y a las almas de las personas hay que tener una autoridad que va más allá del conocimiento, una autoridad que está por encima de los conocimientos mundanos, la autoridad que proviene de Dios, que tiene la capacidad de atravesar toda barrera, desnudándonos y llegando al fondo de nuestro ser. Esa es la autoridad que tiene Jesús…Esa es la autoridad a la que tenemos que aspirar, que es muy distinta a la soberbia. Es la autoridad de quien está profundamente arraigado a Jesús, que lo exhala por todos los poros, que no tiene nada que esconder, que ha puesto todo en juego a favor de la construcción del Reino, la autoridad del que camina en la Luz y la Verdad.

Jesús nos invita a seguirlo, para hacer de nosotros “pescadores de hombres”. De eso se trata precisamente. Quien está con Él, está con la Luz y la Verdad. Y quien tiene la Luz y la Verdad en su corazón, no puede nada menos que vivirlas y enseñarlas con Autoridad. Es que esta autoridad no provine de la posición en un organigrama, ni de las certificaciones obtenidas o de las que alguien se puede ufanar…esta autoridad viene de más allá, viene de Dios y la tiene quien es auténtico, quien es consecuente, el que vive prendido a la rama: “Yo soy la vid verdadera, ustedes los sarmientos”; “el que vive en mí, yo vivo en Él”; “Mi Padre se alegra cuando dan mucho fruto y los limpia para que su fruto sea abundante”; “Él es el Viñador”…

Estamos hablando de una forma nueva, distinta de ver el mundo. Esa es la perspectiva que nos propone Jesús. Es a lo que nos invita. Se necesitan hombres y mujeres nuevos, nacidos de lo alto. Hombres y mujeres que sean capaces de una sola cosa: de Amar.

Oremos:

Padre Santo, ayúdanos a ser consecuentes, a vivir en la verdad; a mantener limpios nuestros corazones y a estar siempre dispuestos a proclamarte con nuestra vida misma. Danos Tú Autoridad para enseñar a nuestros hermanos; para darles paz, esperanza, luz, verdad y alegría.  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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ene 11 2010

Mateo 1, 14-20

Texto del evangelio (Mt 1, 14-20)

Después que Juan fue entregado, marchó Jesús a Galilea; y proclamaba la Buena Nueva de Dios: «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva». Bordeando el mar de Galilea, vio a Simón y Andrés, el hermano de Simón, largando las redes en el mar, pues eran pescadores. Jesús les dijo: «Venid conmigo, y os haré llegar a ser pescadores de hombres». Al instante, dejando las redes, le siguieron. Caminando un poco más adelante, vio a Santiago, el de Zebedeo, y a su hermano Juan; estaban también en la barca arreglando las redes; y al instante los llamó. Y ellos, dejando a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros, se fueron tras Él.

Reflexión: Mt 1, 14-20

Todo se cumple conforme a la Escrituras, conforme al Plan trazado por Dios Padre. Jesús tiene una Misión muy clara y específica: proclamaba la Buena Nueva de Dios: «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva». Esta es la misma misión que nosotros, sus seguidores debemos asumir. Nuestra vida llega a tener sentido en tanto, en cuanto la cumplamos.

En qué consiste esta Buena Nueva: pues en saber que aquello que esperábamos ya llegó. No hay nada más que esperar. Él, nuestro Salvador, está aquí, entre nosotros, tal como lo prometió desde siempre. Este es un primer dato importante que debe cambiar nuestra perspectiva de la vida. Jesús, el Mesías ha venido. Dios Padre, como no podía ser de otro modo, ha cumplido su promesa y nos ha enviado un Salvador: nada menos que a Su Hijo.

Lo segundo…”el Reino de Dios está cerca”. ¿Qué tan cerca? ¿Dónde está? ¿Por qué no lo vemos? Todas estas preguntas están respondidas de uno u otro modo en los Evangelios. En resumen podemos afirmar que está aquí, que nos rodea; que está en ti…que crece a nuestro alrededor, como el grano de mostaza, como el fermento…No lo vemos, porque hemos visto muchas películas de Spilberg y quisiéramos ver ejércitos uniformados de gente distinta, más grande, más blanca (o más negra, dependiendo de la raza), con poderes extraordinarios, tele transportándose de aquí a allá y haciendo prodigios asombrosos.

Y en cambio, Jesús, el Hijo de Dios, nació en el seno de una familia humilde, en un pesebre. Vivió, cumplió su misión y proclamó el Evangelio entre los más pobres y humildes, entre el pueblo de una nación oprimida. Es que Jesús, verdadero Hombre y verdadero Dios, nos trae un mensaje distinto. No está sujeto a nuestros criterios, a nuestra perspectiva, a nuestra forma de ver las cosas. Él rompe esquemas…En realidad rompe cadenas y nos libera de las ataduras de este mundo, para proponernos una perspectiva distinta y no por eso menos asequible. Acostumbrados a velar egoístamente por nosotros mismos, y habiendo hecho de este el modo de vida por excelencia, Jesús nos dice que estamos equivocados, que ese no es el camino, que hemos sido creados para el amor y que es por allí que debemos transitar.

Y, el amor exige desprendimiento, generosidad, sacrificio…Una perspectiva distinta, radicalmente distinta. Es solo así que podemos comprender por qué Jesús nace en un hogar pobre, en el seno de un pueblo oprimido y una familia perseguida. No, no es fácil seguir a Jesús…pero tampoco es imposible, sino no nos hubiera llamado a “hacernos pescadores de hombres”. Esa es nuestra misión: Creer en Dios y luego, o  conjuntamente, llevarlo a los demás. En eso consiste el Reino, y va creciendo…Es una “plaga” que crece incesante desde hace más de 2 mil años, que se propaga por el mundo. Que a veces en forma velada, y otras en forma abierta; que a veces en forma tergiversada, manipulada y no tan ortodoxa, tal vez, sin embargo sigue transmitiéndose, de aquí a allí y brota en los lugares menos esperados, sorprendiéndonos gratamente. ¡Dios está aquí! ¡El Amor está aquí! Solo hay que dejarlo crecer…Para eso, debemos cambiar; enderezar nuestros caminos…

Oremos:

Señor, haznos fieles seguidores tuyos. Que no claudiquemos ante la comodidad, ante la tentación egoísta. Sabemos que no es por allí que llegamos a Ti. Sabemos que Tú eres nuestra Salvación, que Tú solo quieres nuestro bien…Danos fe para entregarnos plenamente y seguirte confiadamente, sabiendo que donde hay amor estás Tú y por eso mismo, no transigiendo con el rencor, la envidia, la soberbia y todas esas manifestaciones de desamor… Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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