Posts tagged: Galilea

Juan 4, 43-54

Texto del evangelio (Jn 4, 43-54)

En aquel tiempo, Jesús partió de Samaría para Galilea. Jesús mismo había afirmado que un profeta no goza de estima en su patria. Cuando llegó, pues, a Galilea, los galileos le hicieron un buen recibimiento, porque habían visto todo lo que había hecho en Jerusalén durante la fiesta, pues también ellos habían ido a la fiesta. Volvió, pues, a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino.

Había un funcionario real, cuyo hijo estaba enfermo en Cafarnaúm. Cuando se enteró de que Jesús había venido de Judea a Galilea, fue donde Él y le rogaba que bajase a curar a su hijo, porque se iba a morir. Entonces Jesús le dijo: «Si no veis señales y prodigios, no creéis». Le dice el funcionario: «Señor, baja antes que se muera mi hijo». Jesús le dice: «Vete, que tu hijo vive».

Creyó el hombre en la palabra que Jesús le había dicho y se puso en camino. Cuando bajaba, le salieron al encuentro sus siervos, y le dijeron que su hijo vivía. El les preguntó entonces la hora en que se había sentido mejor. Ellos le dijeron: «Ayer a la hora séptima le dejó la fiebre». El padre comprobó que era la misma hora en que le había dicho Jesús: «Tu hijo vive», y creyó él y toda su familia. Esta nueva señal, la segunda, la realizó Jesús cuando volvió de Judea a Galilea.

Reflexión: Jn 4, 43-54

El Señor dio muchas pruebas de su grandeza y poder  a los hombres de aquél tiempo, pruebas que vieron o de las que supieron por amigos, familiares o gentes muy cercanas. Sin embargo, como el mismo lo dice, dichoso el que cree sin haber visto estas “pruebas”. Esta es una dicha que está al alcance de todos, porque es Gracia que Él mismo concede. ¿Cómo?  Exactamente y del mismo modo en que curó al hijo de este funcionario real.

Para Jesús, no existen las barreras del tiempo o del espacio. Él se mueve en otro plano, en el que, el hoy, el ayer y el mañana, así como los lugares en el universo tienen otro significado. Es Dios. Así como es capaz de cambiar la composición química de los elementos, al cambiar el agua en vino (en las Bodas de Caná), es capaz de curar al hijo de este funcionario a través del tiempo y la distancia, como respuesta a las suplicas de aquél, si esa es Su Voluntad.

No es que este funcionario tuviera fe. Eso sí, había escuchado de Jesús y esperaba ardientemente que hiciera este milagro con su hijo.  Por eso no hace caso a la reflexión de Jesús y sigue insistiendo, implorando por la vida de su hijo. Por lo que fuere, quizás por llamar insistentemente (y al que toca se le abrirá), Jesús se conmueve y cura a este muchacho, sin verlo, con solo Su Palabra y Voluntad. No sabemos nada de este funcionario, así que no podemos decir si quiera que fuera un hombre recto; si, era un burócrata al servicio del sistema y por analogía con nuestros burócratas, podemos deducir cual sería su posición y prestigio, entre el pueblo.

Jesús se deja conmover y atiende su súplica. Por si no nos basta la invitación del mismo Jesús a pedir insistentemente, aquí tenemos una evidencia, un ejemplo. ¿Por qué no habrá de obrar así con nosotros? ¿Supeditaremos a ello nuestra fe, como este funcionario y su familia, que solo entonces creyeron? Esto es algo que solo nosotros podemos decidir. El Señor no obliga, el Señor propone. Nosotros podemos elegir seguirlo, ir por la senda que Él nos propone, construyendo el Reino, es decir, la ansiada “Civilización del Amor”, o seguir al Príncipe de este mundo, andando por las sombras de la mentira, la falsedad y la injusticia, cuidando solamente de nuestro pellejo y desentendiéndonos de los demás. Esa es nuestra decisión.

El Señor ha dado muchas, muchísimas pruebas del Amor y la Voluntad del Padre. ¿Le creemos, o esperamos a un gesto íntimo y personal? Esa es cuestión nuestra. Fe y razón, no se oponen. La decisión está en nuestras manos. En lo personal, he visto y experimentado tantas veces la intervención divina en mi vida, que sería un tonto, un necio, si no creyera…¿Y tú?

Oremos:

Padre Santo, tengo fe, pero acreciéntala. Haz que mi vida sea un testimonio de fe. Que los me rodean crean por lo que ven y no tanto por lo que digo o dejo de decir. Te agradezco infinitamente por todos los prodigios que haz obrado en mí, por mi familia, por mi esposa, por mis padres, por mis hermanos, por mi hijo y su pareja, por mis parientes y amigos…por este mundo y el tiempo que me ha tocado vivir…Bendícelos a todos. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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Marcos 7, 31-37

Texto del evangelio (Mc 7, 31-37)

En aquel tiempo, Jesús se marchó de la región de Tiro y vino de nuevo, por Sidón, al mar de Galilea, atravesando la Decápolis. Le presentan un sordo que, además, hablaba con dificultad, y le ruegan imponga la mano sobre él. Él, apartándole de la gente, a solas, le metió sus dedos en los oídos y con su saliva le tocó la lengua. Y, levantando los ojos al cielo, dio un gemido, y le dijo: «Effatá», que quiere decir: “¡Ábrete!”.

Se abrieron sus oídos y, al instante, se soltó la atadura de su lengua y hablaba correctamente. Jesús les mandó que a nadie se lo contaran. Pero cuanto más se lo prohibía, tanto más ellos lo publicaban. Y se maravillaban sobremanera y decían: «Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos».

Reflexión: Mc 7, 31-37

En tres cosas me quedo pensando después de esta lectura: la primera, que Jesús lleva a este sordo mudo a un lugar apartado de al gente; la segunda, que como siempre Jesús manda que no se lo contaran a nadie y sin embargo no le hacen caso y lo publican; la tercera, que todo el mundo quedó maravillado y decían, “todo lo ha hecho bien”…

Reflexionemos en cada una de estas escenas. ¿Por qué el Señor obra “apartándole de la gente y a solas”? Y me pregunto incluso más allá, ¿Por qué tenía que hacer estos gestos, cuando en otras ocasiones hizo milagros semejantes sin ellos? Es algo que no puedo responder. Solo Él sabe. Sin embargo me queda clara una lección, no importa lo que tengas que hacer, si puedes hacer algo para ayudar a superar un problema a uno de tus hermanos, si sabes que de este modo resolverás el problema, hazlo. Y no hagas un circo de lo que has hecho. Debes procurar discreción. No se trata de hacer un show para que todos vean, se asombren y sepan lo que eres capaz de hacer y cómo lo haces. Se trata de hacer lo mejor, de hacerlo bien y con discreción. Que tu mano derecha no sepa o que hace la izquierda.

Mi segunda reflexión va en torno al “mandato” del Señor. Fíjense que no es un pedido, sino un mandato, es decir una orden, una instrucción dada con autoridad, que por lo tanto es recomendable cumplir y sin embargo nadie lo hace. Esta es una escena que se repite varias veces en los evangelios. El Señor manda, ordena que no se lo cuenten a nadie y sin embargo no le hacen caso y por el contrario lo publican a los cuatro vientos.

¿Qué podemos decir al respecto? Es muy difícil callar las buenas noticias, todo aquello que nos hace bien, que nos permite superar un escollo que sin la ayuda divina hubiera sido imposible remontar. Tan grande era la imposibilidad, como grandes serán las ansias de comunicarlo a todo el mundo. Es difícil quedarse callado frente a un prodigio que ocurre frente a nuestros ojos…¿cómo callarlo? Sin embargo el Señor manda discreción, silencio, prudencia…Posiblemente porque no debemos quedar atrapados en estos hechos, al extremo que hagamos de ellos nuestra razón de actuar, nuestra razón para creer, nuestra razón para seguirlo.

No quiere Jesús que sigamos todos detrás de Él porque hace prodigios. ¡Claro que los hace y tiene el poder para hacer que cualquiera de nosotros también los haga y así mismo lo promete a quien lo siga! Y cómo no va a poder, si es Hijo de Dios! Pero no es cegados o asombrados por estos prodigios que el Señor quiere que le sigamos, sino por AMOR. Es decir, ante todo, porque siendo libres, ofrecemos todo lo que tenemos y somos por el bien de los demás. Porque queremos tanto el bien de nuestros hermanos, que haremos lo que esté a nuestro alcance por lograrlo, siguiendo el ejemplo de Cristo, que dio su vida para redimirnos de la muerte y del pecado. Ese es el fondo, ese El Camino. Quien se queda en los prodigios, quien pretende seguirlo por el asombro, corre el peligro de olvidarse de sus hermanos. Quien se queda embobado mirando al cielo, corre el peligro de olvidar que su mirada debe ser horizontal, que a Dios se le encuentra y se le sirve en los demás, en el prójimo.

Finalmente, “todo lo ha hecho bien”, es la exclamación de todos al ver lo que hacía. Y efectivamente es cierto, pero no sólo por aquello de lo que dan crédito sus ojos, sino por toda su vida misma, por lo que nos enseñó, por todas aquellas lecciones que culminan con su muerte y resurrección. Es preciso que nos convenzamos de ello: “todo lo ha hecho bien”. Es el mismo reconocimiento que leemos en el Génesis: “Y vio Dios que era bueno…” Siendo así, qué duda cabe que debemos empeñarnos en conocerle y seguirle, porque solamente quiere nuestro bien.

Claro está, que debe ser un modelo de actuación, pero no sólo por lo bien que hace las cosas, que es una perfección divina a la que debemos aspirar: “sed perfectos como mi Padre que está en los cielos”…Sino por la fidelidad y el amor que debemos prodigar. Recordemos que por encima de todo ha de estar el amor. “Aunque hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo caridad, soy como bronce que suena o címbalo que retiñe.”

Oremos:

Señor Jesús, danos discreción al obrar el bien, pero sobre todo voluntad y amor, para no detenernos ante el primer obstáculo. Que no busquemos recompensa alguna. Que procuremos ante todo el bien de nuestros hermanos. Que nos empeñemos en esta tarea con todo lo que somos y tenemos, dándonos por completo y de la mejor manera. Danos tino para actuar y humildad.  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Marcos 6, 14-29

Texto del evangelio (Mc 6, 14-29)

En aquel tiempo, se había hecho notorio el nombre de Jesús y llegó esto a noticia del rey Herodes. Algunos decían: «Juan el Bautista ha resucitado de entre los muertos y por eso actúan en él fuerzas milagrosas». Otros decían: «Es Elías»; otros: «Es un profeta como los demás profetas». Al enterarse Herodes, dijo: «Aquel Juan, a quien yo decapité, ése ha resucitado». Es que Herodes era el que había enviado a prender a Juan y le había encadenado en la cárcel por causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo, con quien Herodes se había casado. Porque Juan decía a Herodes: «No te está permitido tener la mujer de tu hermano». Herodías le aborrecía y quería matarle, pero no podía, pues Herodes temía a Juan, sabiendo que era hombre justo y santo, y le protegía; y al oírle, quedaba muy perplejo, y le escuchaba con gusto.

Y llegó el día oportuno, cuando Herodes, en su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a los tribunos y a los principales de Galilea. Entró la hija de la misma Herodías, danzó, y gustó mucho a Herodes y a los comensales. El rey, entonces, dijo a la muchacha: «Pídeme lo que quieras y te lo daré». Y le juró: «Te daré lo que me pidas, hasta la mitad de mi reino». Salió la muchacha y preguntó a su madre: «¿Qué voy a pedir?». Y ella le dijo: «La cabeza de Juan el Bautista». Entrando al punto apresuradamente adonde estaba el rey, le pidió: «Quiero que ahora mismo me des, en una bandeja, la cabeza de Juan el Bautista». El rey se llenó de tristeza, pero no quiso desairarla a causa del juramento y de los comensales. Y al instante mandó el rey a uno de su guardia, con orden de traerle la cabeza de Juan. Se fue y le decapitó en la cárcel y trajo su cabeza en una bandeja, y se la dio a la muchacha, y la muchacha se la dio a su madre. Al enterarse sus discípulos, vinieron a recoger el cadáver y le dieron sepultura.

Reflexión: Mc 6, 14-29

Esta es una lamentable muestra del extremo al que puede llegar la necedad del hombre. ¿Cómo es posible que un tipo que aparentemente había reflexionado en torno a quién era Juan el Bautista, es decir, un tipo aparentemente inteligente y sensible, llegado el momento no tuvo ningún reparo , ningún escrúpulo en sacrificarlo, con tal de complacer el frívolo capricho de  de una seductora mujer y cumplir las palabras de las que había quedado preso? Por encima de vida alguna estaba su prestigio. Tenía que dar una lección; fiel a su fama, tenía que mostrarse indoblegable sea como fuere, y no tuvo reparos ni aun tratándose de Juan el Bautista, por quien realmente sentía una profunda admiración, ni aun con su propia conciencia, que le dictaba que estaba cometiendo un error, que se lo reprocharía por siempre…

Así de ligeros e inflexibles somos para juzgar y condenar a los demás.  Sobre todo a aquellos que de algún modo pueden atreverse a poner en entredicho nuestra situación, nuestro prestigio, la imagen que nos hemos forjado. Todo lo toleramos, menos que un “infeliz”, un lacayo nuestro, alguien que pretendemos debía estar agradeciéndonos su situación, su trabajo e incluso el aprecio que sentimos por él, venga de pronto a cuestionarnos, a poner en tela de juicio lo que somos y hacemos.

Como nos concebimos como el centro del mundo y mientras más elevados, mientras mejor posición ostentamos, más consentimos esta idea, no podemos tolerar otro sol en nuestro universo, y estamos dispuestos a apagar con un solo soplo a quien osa cuestionarnos, solo para mostrar nuestro poder, para mostrar quien manda realmente. Entonces, somos inflexibles con el débil, con aquél que dejamos tener alas, hasta donde quisimos…¿Creyó el infeliz que en realidad podía ser libre por sobre mi voluntad? Veamos ahora como lo desaparezco con un solo chasquido de mis dedos.

Esa es la triste historia de tantos Herodes que vemos a nuestro alrededor, que dominan los cargos públicos, que ostentan poder político, económico o social…Y de tantos Juanes que con su sola presencia, tal vez una sonrisa de más, un gesto o una palabra, una actitud o la exigencia de un derecho, osan cuestionar el poder, la fama o el prestigio de estos semi dioses, que se han levantado a sí mismos por encima de todo y se creen con derecho sobre la vida y la muerte de los “infelices” que los rodean.

Esa es la lógica malévola del Príncipe de este mundo, al que sirven con esmero, pretendiendo ser como dioses. Esta es la gran tentación “del árbol de la ciencia del bien y del mal”, que se reedita una y otra vez, siglo tras siglo en la historia de la naturaleza humana.

Pero no olvidemos algo que es fundamental. Hemos sido creados por Dios Padre LIBRES, y no hay atadura humana que nos pueda detener o esclavizar. Hemos recibido de Dios y por su Gracia, su misma dignidad, al crearnos a su imagen y semejanza y estamos llamados a volver a Él, atravesando la vida, por sobre toda las cosas, sin perder de vista este espléndido horizonte. Dios Padre está al final del camino, esperándonos con los brazos abiertos y Jesús y el Espíritu Santo están aquí para conducirnos. Jesús, venciendo a la muerte, ha vencido al Mundo y con él al Príncipe de las tinieblas, mostrándonos el camino y enseñándonos que Sí se puede. ¡No hemos sido, no somos, ni seremos más esclavos! Estamos llamados a transitar por el Camino de la Luz y la Verdad y este sólo nos puede llevar al Amor y  la Libertad.

Oremos:

Padre Santo, haznos fieles hijos tuyos. Que no flaqueemos frente a la adversidad, frente al enemigo. ¡Aparta de nosotros el temor! Que enfrentemos al demonio premunidos de Tu Gracia y Tu Luz, confiados en el Amor, sabiendo que la victoria, finalmente, habrá de ser nuestra. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Lucas 2, 22-40

Texto del evangelio (Lc 2, 22-40)

Cuando se cumplieron los días de la purificación de ellos, según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarle al Señor, como está escrito en la Ley del Señor: «Todo varón primogénito será consagrado al Señor» y para ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o dos pichones, conforme a lo que se dice en la Ley del Señor.

Y he aquí que había en Jerusalén un hombre llamado Simeón; este hombre era justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y estaba en él el Espíritu Santo. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor. Movido por el Espíritu, vino al Templo; y cuando los padres introdujeron al niño Jesús, para cumplir lo que la Ley prescribía sobre Él, le tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz; porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel». Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de Él.

Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: «Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción —¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!— a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones».

Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, de edad avanzada; después de casarse había vivido siete años con su marido, y permaneció viuda hasta los ochenta y cuatro años; no se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día en ayunos y oraciones. Como se presentase en aquella misma hora, alababa a Dios y hablaba del Niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén. Así que cumplieron todas las cosas según la Ley del Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El Niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre Él.

Reflexión: Lc 2, 22-40

La complacencia y el alago gratuito no son precisamente la cosecha del cristiano. Quien obra con rectitud, no puede esperar, lamentablemente, ser aplaudido por quienes ostentan el poder, por aquellos cuyos intereses precisamente se ven afectados por el recto proceder cristiano. Es penoso y a veces duele, pero basta afrontar una situación con dignidad y reclamando justicia, para que inmediatamente salten como lobos aquellos que deben ceder un milímetro de sus prerrogativas, de su posición, de su patrimonio. No están dispuestos a hacerlo por ningún motivo. Menos si son obligados por las circunstancias o por algún miserable de aquellos a los que dejan comer las migajas que caen de su mesa.

¡Cómo puede osar alguno de estos miserables a exigirle dar, lo que da de pura bondad, porque así se lo ha impuesto a sí mismo, sin tener obligación alguna! ¡A qué vienen aquellas exigencias! ¡No me vengan con derechos! ¡Yo doy a quien me place y cuanto me place, lo único que pido es lealtad (sumisión, en realidad)!

 Este es el orden que viene a subvertir Jesús. Por eso Él y sus seguidores serán tan impopulares. Serán perseguidos y tendrán que obrar en la clandestinidad o someterse a los castigos y suplicios que los poderosos dictan en su contra.

Eso parece historia antigua, historia de circo, leones y cristianos…Sin embargo no lo es. Es muy cierto que Occidente asumió e hizo más digerible al cristianismo, al punto que países e imperios enteros se declararon cristianos y junto con ellos, sus gobernantes y sus clases dominantes. Sin embargo todo ello fue logrado a costa de acomodos y tergiversaciones tendientes a hacer inocuo el Evangelio. No por eso dejaron de existir los verdaderos cristianos, que siempre han actuado como dedo en la llaga, señalando la injusticia, el atropello, los abusos y la idolatría, de quienes llamándose muchas veces cristianos, han puesto por encima del amor, por encima de sus hermanos, el bienestar, la comodidad y las riquezas.

“Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción”, y ello será por siempre, mientras no se haya expandido el Reino en todo el mundo, mientras haya injusticia, mientras haya pobres, mientras haya hambre…mientras no hayamos aprendido a vivir como hermanos, compartiéndolo todo y poniendo como centro al Amor.

Estas preguntas pueden ser duras, sin embargo creo que pueden ayudarnos a desinstalarnos, a reflexionar en torno a lo que hacemos. Tú te dices cristiano y sin embargo solo cosechas aplausos y halagos por donde te mueves…¿Será que la Palabra del Señor se ha vuelto inocua o será más bien que la suavizas y degradas a tal extremo, que no constituye ya exigencia para nadie, y mucho menos para ti? ¿Vives cómodamente instalado, tienes todo lo que necesitas, sin ser rico quizás, mientras tus hermanos padecen todo tipo de necesidades…Será que te has vuelto insensible y egoísta, que no quieres ver ni involucrarte, para no afectar tu privilegiada situación? ¿Eres de los “intelectuales” de la fe y la religión, capaces de dar brillantes discursos, que sin embargo no dicen nada de tu propia vida? ¿Podemos hablar de cristianismo, sin que este se encarne en la vida misma? ¿La Verdad para ti se ha vuelto un hecho controversial, es decir que depende del ángulo del que se la mire? ¿Te has vuelto relativista? ¿Es Jesús relativista?

 

Oremos:

Señor, no permitas que nos perdamos. Que solo tu Luz ilumine nuestras vidas. Que busquemos y defendamos siempre la Verdad, la Justicia y el Amor. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Juan 2, 1-12

Texto del evangelio (Jn 2, 1-12)

En aquel tiempo, se celebraba una boda en Caná de Galilea y estaba allí la madre de Jesús. Fue invitado también a la boda Jesús con sus discípulos. Y, como faltara vino, porque se había acabado el vino de la boda, le dice a Jesús su madre: «No tienen vino». Jesús le responde: «¿Qué tengo yo contigo, mujer? Todavía no ha llegado mi hora». Dice su madre a los sirvientes: «Haced lo que Él os diga».

Había allí seis tinajas de piedra, puestas para las purificaciones de los judíos, de dos o tres medidas cada una. Les dice Jesús: «Llenad las tinajas de agua». Y las llenaron hasta arriba. «Sacadlo ahora, les dice, y llevadlo al maestresala». Ellos lo llevaron. Cuando el maestresala probó el agua convertida en vino, como ignoraba de dónde era (los sirvientes, los que habían sacado el agua, sí que lo sabían), llama el maestresala al novio y le dice: «Todos sirven primero el vino bueno y cuando ya están bebidos, el inferior. Pero tú has guardado el vino bueno hasta ahora».

Así, en Caná de Galilea, dio Jesús comienzo a sus señales. Y manifestó su gloria, y creyeron en Él sus discípulos. Después bajó a Cafarnaúm con su madre y sus hermanos y sus discípulos, pero no se quedaron allí muchos días.

Reflexión: Jn 2, 1-12

Esta lectura nos da a conocer dos aspectos muy importantes de Jesús. Primero su humanidad, como consecuencia de la cual es sumamente sensible y perceptivo a  nuestras necesidades y debilidades. Tiene una madre, María, a cuyas órdenes y deseos no puede sustraerse. ¡Es su madre! Así, es notable que sea ella el morito de su primer milagro; que sea ella la que altera el programa que tenía trazado Jesús. Que sea ella la que le diga cuando ha llegado el momento de empezar y dónde. Jesús, como todo buen hijo es respetuoso y cariñoso con su madre, pero al mismo tiempo sabe lo que tiene que hacer, por eso le dice: «¿Qué tengo yo contigo, mujer? Todavía no ha llegado mi hora». Dice su madre a los sirvientes: «Haced lo que Él os diga».

Sin embargo, María insiste, con la autoridad y confianza que tiene toda madre en su hijo, al que le está pidiendo algo bueno…bueno para los demás, algo que exige desprendimiento, romper esquemas, salir del libreto, alterar los planes…pero que sin embargo sabe que es bueno. ¿Por qué no aquí? ¿Por qué no ahora? Parece decir María.

¿Cómo era aquél momento? Era, seguramente, de alegría, de confraternidad, de amistad, de amor. Era seguramente uno de esos momentos que algunos hemos tenido la suerte de vivir en familia. Esos momentos en que todos se reúnen en torno a un acontecimiento trascendente para la familia ampliada  y los amigos. Todos celebran felices un acontecimiento que dejará huella en sus vidas: un matrimonio. El sello que muchas veces sirve para unir dos grandes vertientes, dos familias. Matrimonio, símbolo de unión familiar, de profundo amor humano.

Risas, llantos, abrazos, promesas, recuerdos, planes, anécdotas, regaños, súplicas, reproches, alegría, baile, cariño, emoción, tertulia, buena comida, buen vino y mucho, mucho amor…Todos hemos tenido oportunidad de participar alguna vez de una de estas reuniones familiares, que han quedado guardadas en lo más profundo de nuestro corazón y muchas veces recordamos con nostalgia…¡Oh, la casa paterna! ¡Cómo se fueron aquellos años…!

Es precisamente en esa ocasión tan importante para la familia de Jesús, con la que Él había crecido, que su madre, María, le pide que resuelva un pequeño problema logístico o doméstico. Se acabó el vino; algo que podríamos pasar como suntuario. Sin embargo era importante para la celebración aquella. María había observado seguramente que algunos de los invitados estaban quedando algo desairados…quizás habían excedido en el número esperado. Quizás los novios y sus familias eran más populares y queridos de lo que pensaban…quizás había faltado algo de previsión, o quizás simplemente no habían tenido recursos suficientes para comprar lo necesario. Por lo que fuere, María quedó conmovida y sintió en su corazón que podía resolverlo, con la participación de su hijo. Y como cualquier madre haría, se lo pidió.

Jesús, aunque argumenta en son de reproche, no puede negarse a María. ¡Eh ahí un fundamento esencial de la devoción Mariana! Jesús oye a su madre y finalmente consiente en su pedido. No había nada malo en ello y aunque tenía otros planes, no encontró razón para no atender la súplica de su madre, para no complacerla.

Esas son las bodas de Caná. Un momento pleno de alegría y felicidad familiar, en el que Jesús, el enviado del Padre no puede dejar de manifestar también su alegría, derramando su Gracia en forma abundante. Dios está aquí y presta oídos a nuestras necesidades. Él no nos abandona nunca y goza con nosotros cuando se trata de celebrar el amor.

Oremos:

Padre Santo, ayúdanos con Tu intervención divina a resolver tantos malos entendidos y dificultades que encontramos en nuestras relaciones familiares. Ayúdanos a ceder, a dar el primer paso, a procurar siempre el entendimiento…a deponer nuestra altivez, nuestra resolución, por el bien de los demás, por la alegría y felicidad de los demás. Que seamos constructores de la unión familiar…que nos esforcemos por conseguirla. Que no nos conformemos con la tibieza y menos con el distanciamiento, como si no hubiera más remedio. ¡Ayúdanos, Señor. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Marcos 1, 21-28

Texto del evangelio (Mc 1, 21-28)

Llegó Jesús a Cafarnaum y el sábado entró en la sinagoga y se puso a enseñar. Y quedaban asombrados de su doctrina, porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas. Había precisamente en su sinagoga un hombre poseído por un espíritu inmundo, que se puso a gritar: «¿Qué tenemos nosotros contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Sé quién eres tú: el Santo de Dios». Jesús, entonces, le conminó diciendo: «Cállate y sal de él». Y agitándole violentamente el espíritu inmundo, dio un fuerte grito y salió de él.

Todos quedaron pasmados de tal manera que se preguntaban unos a otros: «¿Qué es esto? ¡Una doctrina nueva, expuesta con autoridad! Manda hasta a los espíritus inmundos y le obedecen». Bien pronto su fama se extendió por todas partes, en toda la región de Galilea.

Reflexión: Mc 1, 21-28

Creo que hoy debemos quedarnos  y meditar respecto a la forma en que Jesús enseñaba, que fue lo que llamó la atención a sus coetáneos: enseñaba como quien tiene autoridad. Esta debe ser una grande y fuerte lección para cuantos tenemos que hacer discursos, pretendiendo enseñar a niños y adultos a reflexionar, a meditar, a orar, a vivir. Para enseñar, hay que tener autoridad y esta no proviene, como engañosamente nos pretender hacer creer, del dominio del tema, sino, de adentro, es decir de la convicción de lo que uno dice, de la Fe, de la consecuencia…es decir, de vivir lo que uno pretende enseñar.

Claro, es cierto que si tú dominas la matemática, la física o la literatura, te moverás como pez en el agua y tendrás la posibilidad de transmitir lo que sabes, exhibiendo dominio del tema, cuando se trate de exponer un tema de estas ciencias. Ello te dará cierta autoridad…Sin embargo, para llegar a los corazones y a las almas de las personas hay que tener una autoridad que va más allá del conocimiento, una autoridad que está por encima de los conocimientos mundanos, la autoridad que proviene de Dios, que tiene la capacidad de atravesar toda barrera, desnudándonos y llegando al fondo de nuestro ser. Esa es la autoridad que tiene Jesús…Esa es la autoridad a la que tenemos que aspirar, que es muy distinta a la soberbia. Es la autoridad de quien está profundamente arraigado a Jesús, que lo exhala por todos los poros, que no tiene nada que esconder, que ha puesto todo en juego a favor de la construcción del Reino, la autoridad del que camina en la Luz y la Verdad.

Jesús nos invita a seguirlo, para hacer de nosotros “pescadores de hombres”. De eso se trata precisamente. Quien está con Él, está con la Luz y la Verdad. Y quien tiene la Luz y la Verdad en su corazón, no puede nada menos que vivirlas y enseñarlas con Autoridad. Es que esta autoridad no provine de la posición en un organigrama, ni de las certificaciones obtenidas o de las que alguien se puede ufanar…esta autoridad viene de más allá, viene de Dios y la tiene quien es auténtico, quien es consecuente, el que vive prendido a la rama: “Yo soy la vid verdadera, ustedes los sarmientos”; “el que vive en mí, yo vivo en Él”; “Mi Padre se alegra cuando dan mucho fruto y los limpia para que su fruto sea abundante”; “Él es el Viñador”…

Estamos hablando de una forma nueva, distinta de ver el mundo. Esa es la perspectiva que nos propone Jesús. Es a lo que nos invita. Se necesitan hombres y mujeres nuevos, nacidos de lo alto. Hombres y mujeres que sean capaces de una sola cosa: de Amar.

Oremos:

Padre Santo, ayúdanos a ser consecuentes, a vivir en la verdad; a mantener limpios nuestros corazones y a estar siempre dispuestos a proclamarte con nuestra vida misma. Danos Tú Autoridad para enseñar a nuestros hermanos; para darles paz, esperanza, luz, verdad y alegría.  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Mateo 1, 14-20

Texto del evangelio (Mt 1, 14-20)

Después que Juan fue entregado, marchó Jesús a Galilea; y proclamaba la Buena Nueva de Dios: «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva». Bordeando el mar de Galilea, vio a Simón y Andrés, el hermano de Simón, largando las redes en el mar, pues eran pescadores. Jesús les dijo: «Venid conmigo, y os haré llegar a ser pescadores de hombres». Al instante, dejando las redes, le siguieron. Caminando un poco más adelante, vio a Santiago, el de Zebedeo, y a su hermano Juan; estaban también en la barca arreglando las redes; y al instante los llamó. Y ellos, dejando a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros, se fueron tras Él.

Reflexión: Mt 1, 14-20

Todo se cumple conforme a la Escrituras, conforme al Plan trazado por Dios Padre. Jesús tiene una Misión muy clara y específica: proclamaba la Buena Nueva de Dios: «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva». Esta es la misma misión que nosotros, sus seguidores debemos asumir. Nuestra vida llega a tener sentido en tanto, en cuanto la cumplamos.

En qué consiste esta Buena Nueva: pues en saber que aquello que esperábamos ya llegó. No hay nada más que esperar. Él, nuestro Salvador, está aquí, entre nosotros, tal como lo prometió desde siempre. Este es un primer dato importante que debe cambiar nuestra perspectiva de la vida. Jesús, el Mesías ha venido. Dios Padre, como no podía ser de otro modo, ha cumplido su promesa y nos ha enviado un Salvador: nada menos que a Su Hijo.

Lo segundo…”el Reino de Dios está cerca”. ¿Qué tan cerca? ¿Dónde está? ¿Por qué no lo vemos? Todas estas preguntas están respondidas de uno u otro modo en los Evangelios. En resumen podemos afirmar que está aquí, que nos rodea; que está en ti…que crece a nuestro alrededor, como el grano de mostaza, como el fermento…No lo vemos, porque hemos visto muchas películas de Spilberg y quisiéramos ver ejércitos uniformados de gente distinta, más grande, más blanca (o más negra, dependiendo de la raza), con poderes extraordinarios, tele transportándose de aquí a allá y haciendo prodigios asombrosos.

Y en cambio, Jesús, el Hijo de Dios, nació en el seno de una familia humilde, en un pesebre. Vivió, cumplió su misión y proclamó el Evangelio entre los más pobres y humildes, entre el pueblo de una nación oprimida. Es que Jesús, verdadero Hombre y verdadero Dios, nos trae un mensaje distinto. No está sujeto a nuestros criterios, a nuestra perspectiva, a nuestra forma de ver las cosas. Él rompe esquemas…En realidad rompe cadenas y nos libera de las ataduras de este mundo, para proponernos una perspectiva distinta y no por eso menos asequible. Acostumbrados a velar egoístamente por nosotros mismos, y habiendo hecho de este el modo de vida por excelencia, Jesús nos dice que estamos equivocados, que ese no es el camino, que hemos sido creados para el amor y que es por allí que debemos transitar.

Y, el amor exige desprendimiento, generosidad, sacrificio…Una perspectiva distinta, radicalmente distinta. Es solo así que podemos comprender por qué Jesús nace en un hogar pobre, en el seno de un pueblo oprimido y una familia perseguida. No, no es fácil seguir a Jesús…pero tampoco es imposible, sino no nos hubiera llamado a “hacernos pescadores de hombres”. Esa es nuestra misión: Creer en Dios y luego, o  conjuntamente, llevarlo a los demás. En eso consiste el Reino, y va creciendo…Es una “plaga” que crece incesante desde hace más de 2 mil años, que se propaga por el mundo. Que a veces en forma velada, y otras en forma abierta; que a veces en forma tergiversada, manipulada y no tan ortodoxa, tal vez, sin embargo sigue transmitiéndose, de aquí a allí y brota en los lugares menos esperados, sorprendiéndonos gratamente. ¡Dios está aquí! ¡El Amor está aquí! Solo hay que dejarlo crecer…Para eso, debemos cambiar; enderezar nuestros caminos…

Oremos:

Señor, haznos fieles seguidores tuyos. Que no claudiquemos ante la comodidad, ante la tentación egoísta. Sabemos que no es por allí que llegamos a Ti. Sabemos que Tú eres nuestra Salvación, que Tú solo quieres nuestro bien…Danos fe para entregarnos plenamente y seguirte confiadamente, sabiendo que donde hay amor estás Tú y por eso mismo, no transigiendo con el rencor, la envidia, la soberbia y todas esas manifestaciones de desamor… Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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Mateo 4, 12-17.23-25

Texto del evangelio (Mt 4, 12-17.23-25)

En aquel tiempo, cuando Jesús oyó que Juan estaba preso, se retiró a Galilea. Y dejando la ciudad de Nazaret, fue a morar en Cafarnaún, ciudad marítima, en los confines de Zabulón y de Neftalí. Para que se cumpliese lo que dijo Isaías el profeta: «Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, camino de la mar, de la otra parte del Jordán, Galilea de los gentiles. Pueblo que estaba sentado en tinieblas, vio una gran luz, y a los que moraban en tierra de sombra de muerte les nació una luz».

Desde entonces comenzó Jesús a predicar y a decir: «Haced penitencia, porque el Reino de los cielos está cerca». Y andaba Jesús rodeando toda Galilea, enseñando en las sinagogas de ellos y predicando el Evangelio del Reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia del pueblo. Y corrió su fama por toda Siria, y le trajeron todos los que tenían algún mal, poseídos de varios achaques y dolores, y los endemoniados, y los lunáticos y los paralíticos, y los sanó. Y le fueron siguiendo muchas gentes de Galilea y de Decápolis y de Jerusalén y de Judea, y de la otra ribera del Jordán.

Reflexión: Mt 4, 12-17.23-25

Comparto con ustedes algo que para mi es evidente en esta lectura y en todas las que venimos haciendo por estos días; algo que además me da una gran consolación. Dios interviene en nuestras vidas. Pero su intervención no es azarosa, de un momento a otra, apasionada o temperamental. Obedece a un Plan. Dios tiene un Plan para nuestras vidas. Para cada uno de nosotros. Y Él va actuando conforme a este Plan…Sin embargo no nos obliga a sujetarnos a Él, no nos esclaviza, no suprime nuestra libertad. El propone.

Se me antoja pensar que su presencia se manifiesta a lo largo de nuestra vida como grandes letreros luminosos, como grandes señales a lo largo de nuestro camino…señales que podemos ver, leer, interpretar y seguir o simplemente ignorar.

Así, todo lo que hace Jesús en Galilea, tal como podemos leer en este pasaje, todo fue hecho para que se cumplieran las escrituras. Es decir que, muchas veces nosotros nos quedamos en el asombro de los milagros, de las curaciones, de la expulsión de demonios, en fin, de los prodigios que iba haciendo Jesús a todos aquellos que se le acercaban, conociendo su fama…Pero no nos percatamos que junto a ello hay algo más grande aún…y es el Plan de Salvación anunciado por los profetas, siglos antes. Es la indiscutible intervención divina en nuestras vidas, destinada a darnos a conocer al Padre, a restaurar el puente que nos una a Él.

Habíamos renegado de Dios, pretendiendo ser como Él…Le dimos la espalda, pretendimos ignorarlo…nos perdimos. Sin embargo Él no nos abandonó jamás, como no nos abandona en nuestras propias vidas. Él nos estuvo y nos está esperando con los brazos abiertos. Él quiere acogernos y como la muestra más grande de su amor, nos envía a su propio Hijo, que haciéndose hombre como nosotros, nos muestra el camino de la redención y la salvación.

Él está allí siempre, caminando a nuestro lado, independientemente de que queramos verlo o no, que queramos seguirlo o no. El está allí siempre, mostrándonos el Camino.

Oremos:

Padre Santo, abre nuestros ojos, quita de nuestra alma toda pasión que nos ciega, todo impedimento que nos lastra y nos encadena a esta tierra, impidiéndonos ver el Camino que nos muestra Jesús. Purifica nuestras almas y nuestros corazones, para que superando toda mezquindad, todo egoísmo, seamos capaces de amar al extremo que Jesús nos enseña. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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Lucas 1, 26-38

Texto del evangelio (Lc 1, 26-38)

En aquel tiempo, fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María.

Y entrando, le dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». Ella se conturbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo. El ángel le dijo: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin». María respondió al ángel: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?». El ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios. Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y éste es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril, porque ninguna cosa es imposible para Dios». Dijo María: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». Y el ángel dejándola se fue.

Reflexión: Lc 1, 26-38

Hoy es un día muy importante para la historia de la humanidad y para la Iglesia toda:  la Inmaculada concepción, el “Sí” de María…Una mujer muy joven y humilde, descendiente de Abraham y sobre todo “llena de Gracia” ha sido elegida por Dios para jugar uno de los más importantes papeles en “el Plan de Salvación de Dios”, ser nada menos que la madre del Salvador, del Mesías, del Hijo de Dios, de Jesús.

El Señor, nuestro Dios, escoge, llama y propone. ¿Cuál ha de ser nuestra respuesta?  Si estamos en el Camino, si vivimos en Gracia, como María, no puede ser otra que “aquí estoy”, “hágase en mi según tu palabra”. Ese es el gran ejemplo de María…Una aceptación incondicional, dispuesta y disponible a lo que sea, con tal de servir a la Voluntad de Dios, a Sus Planes.

Y qué es lo que el Ángel nos confirma precisamente por medio de María: “ninguna cosa es imposible para Dios”. Eso es lo que debemos tener en cuenta siempre. Dios tiene planes para todos nosotros y sus planes son convenientes y buenos, como no podría ser de otro modo, tratándose de un Dios que es Amor. Si nos alineamos y nos ponemos en ese Camino, si nos disponemos a seguirlo con convicción, con decisión, confiando plenamente en Él y aceptando lo que nos ofrece, sin poner reparos, nada podrá detenernos, porque estamos con Él y para el no hay nada imposible. NADA.

Oremos:

Padre Santo, para que se haga Tu Voluntad quieres contar con nuestra decisión, con nuestra adhesión libre y voluntaria. Danos la Fe, el valor y la entrega para hacerlo como María, incondicionalmente, sabiendo que lo mejor que podemos hacer es arrojarnos a tus brazos ciegamente, como un niño a los brazos de su padre. No permitas que tontamente desdeñemos las oportunidades que nos regalas cada día…

Acrecienta nuestra Fe y ayúdanos a llevar una vida LLENA DE GRACIA. Amén

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Mateo 4, 18-22

Texto del evangelio (Mt 4, 18-22)

En aquel tiempo, caminando por la ribera del mar de Galilea vio a dos hermanos, Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés, echando la red en el mar, pues eran pescadores, y les dice: «Venid conmigo, y os haré pescadores de hombres». Y ellos al instante, dejando las redes, le siguieron. Caminando adelante, vio a otros dos hermanos, Santiago el de Zebedeo y su hermano Juan, que estaban en la barca con su padre Zebedeo arreglando sus redes; y los llamó. Y ellos al instante, dejando la barca y a su padre, le siguieron.

Reflexión: Mt 4, 18-22

El llamado del Señor es imperativo. No deja lugar a dudas, ni espera. A los cuatro discípulos que llama en esta lectura los encuentra trabajando. Eran pescadores y estaban ocupados en sus labores cotidianas. Sin embargo al oír el llamado, dejan todo y lo siguen. No lo piensan dos veces, ni se ponen a calcular la conveniencia o inconveniencia…¿cuánto dejarán de ganar? ¿Cuánto perderán? ¿Cuánto estarán poniendo en peligro?

Los hijos de Zebedeo incluso dejan a su padre. Pedro y Andrés también acuden al llamado para convertirse en “pescadores de hombres”. ¿Qué tiene este Señor que inmediatamente cautiva a tal extremo de dejarlo todo por seguirlo?  Seguramente estos pescadores ya habían oído hablar de Jesús y tenían algún conocimiento del Mesías que habría de venir…Habrían escuchado hablar de Jesús, e imaginando cual sería su misión, que los llevaría seguramente a liberarse del yugo opresor de los Romanos, no dudaron un instante en unirse a aquél hombre que hablaba tan claramente, tan sabiamente y arrastraba multitudes…Ya debieron tener alguna referencia de Él…Por eso se unen inmediatamente.

Eran hombres valientes, sinceros, sencillos, generosos…que sabían del sufrimiento de su pueblo y ante el llamado de un líder que viene a liberarlos, a imponerse, no dudan ni un solo instante en unirse. Inmediatamente se ponen a órdenes del Señor. “Di Señor, que quieres que hagamos”. “Aquí estamos, a tus órdenes” “Tu manda, que nosotros inmediatamente obedeceremos.” Esta debió ser la actitud de los discípulos en general…

Había mucho por qué luchar…Sólo necesitaban un líder, y este apareció. Este sería, tal vez, el que liberaría al pueblo de Israel y los discípulos estaban dispuestos a luchar a su lado. Estaban lejos de comprender, seguramente, la trascendencia de la misión que el Señor les habría de encomendar.  Pero es su buena disposición y su entrega generosa lo que debemos rescatar hoy.

Oremos:

Padre Santo, danos el valor para responder al llamado de Jesús en forma inmediata, sin titubeos; para seguirlo y ponernos generosamente a su disposición, sin pedir nada a cambio. Que nos pongamos en marcha, sin excusas. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Reflexión: Jn 6,1-15

Jn 6,1-15

Hoy, podemos contemplar cómo se forja en nuestro interior tanto el amor humano como el amor sobrenatural, ya que tenemos un mismo corazón para amar a Dios y a los otros.

Generalmente, el amor va abriéndose paso en el corazón humano cuando se descubre el atractivo del otro: su simpatía, su bondad. Es el caso del «muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces» (Jn 6,9). Da a Jesús todo lo que lleva, los panes y los peces, porque se ha dejado conquistar por el atractivo de Jesús. -He descubierto el atractivo del Señor?
A continuación, el enamoramiento, fruto de sentirse correspondido. Dice que «mucha gente le seguía porque veían las señales que realizaba en los enfermos» (Jn 6,2). Jesús les escuchaba, les hacía caso, porque sabía lo que necesitaban.

Jesucristo siente un poderoso atractivo por mí y quiere mi realización humana y sobrenatural. Me ama tal como soy, con mis miserias, porque pido perdón y, con su ayuda, sigo esforzándome.

«Dándose cuenta Jesús de que intentaban venir a tomarle por la fuerza para hacerle rey, huyó de nuevo al monte Él solo» (Jn 6,15). Les dirá al día siguiente: «En verdad, en verdad os digo: vosotros me buscáis, no porque habéis visto señales, sino porque habéis comido de los panes y os habéis saciado» (Jn 6,26). Escribe san Agustín: «¡Cuántos hay que buscan a Jesús, guiados solamente por intereses temporales! (…) Apenas se busca a Jesús por Jesús».

La plenitud del amor es el amor de donación; cuando se busca el bien del amado, sin esperar nada a cambio, aunque sea al precio del sacrificio personal.

Hoy, yo le puedo decir: «Señor, que nos haces participar del milagro de la Eucaristía: te pedimos que no te escondas, que vivas con nosotros, que te veamos, que te toquemos, que te sintamos, que queramos estar siempre a tu lado, que seas el Rey de nuestras vidas y de nuestros trabajos» (San Josemaría).

Rev. D. Pere Calmell i Turet (Barcelona, España)

Oremos:

Señor Te pedimos saber dar y poner lo nuestro confiadamente, sabiendo que Tú habrás de multiplicarlo con creces para que alcance para todos y aun sobre.

Te pedimos que nos enseñes a no desperdiciar. A compartir con todos los que nos rodean y a guardar lo que nos sobra una vez que todos los nuestros estén saciados. Debemos aprender a aprovechar todo lo que nos das, sin desperdicio alguno. Guardar para las futuras generaciones…

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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