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Mateo 18, 21-35

Texto del evangelio (Mt 18, 21-35)

 
En aquel tiempo, Pedro se acercó entonces y le dijo: «Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?». Dícele Jesús: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.

»Por eso el Reino de los Cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos. Al empezar a ajustarlas, le fue presentado uno que le debía 10.000 talentos. Como no tenía con qué pagar, ordenó el señor que fuese vendido él, su mujer y sus hijos y todo cuanto tenía, y que se le pagase. Entonces el siervo se echó a sus pies, y postrado le decía: ‘Ten paciencia conmigo, que todo te lo pagaré’. Movido a compasión el señor de aquel siervo, le dejó en libertad y le perdonó la deuda.

»Al salir de allí aquel siervo se encontró con uno de sus compañeros, que le debía cien denarios; le agarró y, ahogándole, le decía: ‘Paga lo que debes’. Su compañero, cayendo a sus pies, le suplicaba: ‘Ten paciencia conmigo, que ya te pagaré’. Pero él no quiso, sino que fue y le echó en la cárcel, hasta que pagase lo que debía. Al ver sus compañeros lo ocurrido, se entristecieron mucho, y fueron a contar a su señor todo lo sucedido. Su señor entonces le mandó llamar y le dijo: ‘Siervo malvado, yo te perdoné a ti toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también compadecerte de tu compañero, del mismo modo que yo me compadecí de ti?’. Y encolerizado su señor, le entregó a los verdugos hasta que pagase todo lo que le debía. Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si no perdonáis de corazón cada uno a vuestro hermano».

Reflexión: Mt 18, 21-35

Qué rápidos somos para pedir privilegios y ventajas para nosotros mismos. Queremos ser los primeros en la cola, que nos pongan en los primeros lugares, en los que se oye mejor, se ve mejor. Al momento del reparto, queremos ser los primeros, a los que les toque la mejor parte, la más grande, la más sabrosa, la mejor ubicada. Si se trata de pagar, que se nos indulte, que se nos perdone, que se nos rebaje…Pero cuando se trata de cobrar, que sea hasta el último centavo, que sea con creces. “Me las pagará”, decimos…

Pedimos misericordia a Dios, un trato benevolente. Pero no somos capaces de prodigarlo. Somos más proclives y estamos más dispuestos a poner cargas en las espaldas de nuestro prójimo, que nosotros no soportaríamos ni llevaríamos por un instante. Claro, siempre encontramos una excusa para nuestra exigencia con los demás y para la tolerancia con nosotros mismos.

No nos medimos con la misma vara que medimos a nuestros hermanos. Aquí el Señor nos recuerda que debemos ser tan tolerantes y contemplativos con los demás, y sobre todo, tan compasivos, como quisiéramos que fueran con nosotros.  Estamos nuevamente ante una lección de amor…Ama y serás amado. Da y recibirás…Solo recuerda que el primer paso debe ser tuyo, debes darlo tú; no debes esperar que el otro comience, que el otro lo haga, que el otro se allane. Hazlo tú, por amor, por Dios…Hazlo, sin esperar nada a cambio, y obtendrás la recompensa más grande, a la que puede aspirar ser humano alguno: la Vida Eterna, un lugar en el Paraíso, un asiento en la Mesa del Señor.

No lleves cuentas, como el Señor tampoco las lleva contigo. Cuando perdones, perdona de corazón de una sola vez y para siempre. Para eso no puede ni debe haber límites. Perdona las veces que sea necesario. “Hasta setenta veces siete”…Es decir, siempre, sin cuenta…

 

Oremos:

Señor, que no me fije tanto en lo que me dan, en lo que he de recibir, como en lo que doy y hago por los demás. Que esté siempre dispuesto a servirte; que acuda al primer llamado. Que no espere ruegos y súplicas; que me deje conmover por mis hermanos.   Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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Mateo 23, 1-12

Texto del evangelio (Mt 23, 1-12)

En aquel tiempo, Jesús se dirigió a la gente y a sus discípulos y les dijo: «En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos. Haced, pues, y observad todo lo que os digan; pero no imitéis su conducta, porque dicen y no hacen. Atan cargas pesadas y las echan a las espaldas de la gente, pero ellos ni con el dedo quieren moverlas. Todas sus obras las hacen para ser vistos por los hombres; se hacen bien anchas las filacterias y bien largas las orlas del manto; quieren el primer puesto en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas, que se les salude en las plazas y que la gente les llame “Rabbí”.

»Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar “Rabbí”, porque uno solo es vuestro Maestro; y vosotros sois todos hermanos. Ni llaméis a nadie “Padre” vuestro en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre: el del cielo. Ni tampoco os dejéis llamar “Doctores”, porque uno solo es vuestro Doctor: Cristo. El mayor entre vosotros será vuestro servidor. Pues el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado».

Reflexión: Mt 23, 1-12

Muy claramente, para que no quepa dudas, Jesús nos indica cual debe ser nuestra actitud en el mundo. Cómo debemos pasar por él, sin aspavientos, sin pretensiones. Nosotros debemos estar al servicio de los demás.

Cuando uno adquiere un puesto de importancia, adquiere también responsabilidades, a veces muy difíciles de cumplir. Necesita de la colaboración de todos y para eso tiene que actuar como líder. Tiene que saber motivar y arrastrar a los demás en la dirección correcta, a fin de lograr las metas que se ha propuesto o que los jefes esperan de él.

Siempre habremos de preguntarnos si lo que hacemos es correcto, si ello nos conducirá y conducirá a los que trabajan con nosotros a la perfección, a la construcción del Reino, a un bien superior. No hemos de aceptar, pues, tareas destructivas, que hagan daño a los hombres o al mundo en el que vivimos. Tenemos que ser críticos y aplicar nuestro buen juicio; para ello tenemos a nuestro Maestro, Jesús, que nos ayudará a dilucidar lo conveniente, lo correcto.

Porque nosotros, los cristianos, no podemos tener una vida doble, una vida dual, en la que una cosa es lo que hacemos y otra la que decimos y confesamos, sin importar el cargo que desempeñemos. Así es como actúan los fariseos, nos lo recuerda el Señor. Dicen una cosa, pero hacen otra. Y ponen cargas a sus empleados, a sus siervos, a sus seguidores, que ellos no llevarían ni por un segundo en sus espaldas. Qué fácil es culpar a los demás, exigir comportamientos, responsabilidades y tareas imposibles, que anulan sus vidas, que les restan libertad, que los inutilizan, que los deprimen, que los hunden, al no poder lograr las metas, pese a los múltiples esfuerzos y sacrificios que realizan y encima no obtener reconocimiento alguno, precisamente porque no lograron lo que se les exigía.

El Señor nos exige empatía con nuestros empleados, con nuestros siervos. E incluso, como siempre, va más allá. Debemos actuar como siervos, en lugar de estar regocijándonos con loas y reconocimientos a nuestra embestidura. Nuestro proceder debe hacer evidente a los demás que tenemos un solo Maestro, un solo Padre  y un solo Doctor, del que proviene la sabiduría, el amor y el servicio.

Se trata, pues, de actuar como hombres y mujeres nuevos, al servicio del Reino, y por lo tanto, al servicio de los demás. Oír, atender, escuchar…ser sensible a las necesidades de los demás, más aún si contigo se encuentran al servicio de una empresa, de un negocio. Tener en cuenta siempre las altas metas que el Señor nos propone, que están por encima de los fines particulares de cualquier emprendimiento mundano, que habrán de perseguir la promoción del ser humano y nunca su humillación. Nada justifica humillar a tu hermano. Por el contrario, si de humillación se trata, debe empezar por ti. Eso es lo que nos enseña Jesús…No a salvar nuestro “buen nombre” y reputación a costa de un “infeliz”, de un “pobre diablo”, como lamentablemente tendemos a hacer. Nos comparamos, juzgamos y nos sentimos superiores a los humildes y por lo tanto, menos merecedores de humillación. Si alguien habrá de salir perdedor y humillado de esta contienda, será siempre el otro, porque “yo soy harina de otro costal”. “No sabe con quién se ha metido…” son las palabras de quien no reconoce, ni admite humillación alguna posible. “Antes, muerto”….

Un momentito…¿Por qué no te detienes a meditar un poco en torno al escenario? ¿Qué está pasando? ¿Estás seguro que la verdad está contigo? ¿Esta “verdad” implica pasar como una aplanadora por encima de las vidas de algunos o de alguien en especial? ¿Crees que eso puede venir de un Dios que es Padre? ¿Al servicio de quién estás: de este Padre, tuyo o del demonio? Piensa, medita, reflexiona, ora….

Oremos:

Señor, danos tu luz para ver claramente en nuestras vidas, que seguimos el Camino correcto, que no nos estamos engañando, huyendo solamente de la humillación o buscando solamente que nos ensalcen, porque somos incapaces de equivocarnos, porque de nosotros solo pueden venir cosas buenas…porque la razón nos acompaña en todo, porque somos superiores, elegidos…¡Danos humildad para reconocer nuestras faltas, nuestra imperfección! Sobre todo, danos sensibilidad para sentir y amar como Tú. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Mateo 5, 20-26

Texto del evangelio (Mt 5, 20-26) 

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Os digo que, si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los cielos. Habéis oído que se dijo a los antepasados: ‘No matarás; y aquel que mate será reo ante el tribunal’. Pues yo os digo: Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal; pero el que llame a su hermano “imbécil”, será reo ante el Sanedrín; y el que le llame “renegado”, será reo de la gehenna de fuego.

»Si, pues, al presentar tu ofrenda en el altar te acuerdas entonces de que un hermano tuyo tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelves y presentas tu ofrenda. Ponte enseguida a buenas con tu adversario mientras vas con él por el camino; no sea que tu adversario te entregue al juez y el juez al guardia, y te metan en la cárcel. Yo te aseguro: no saldrás de allí hasta que no hayas pagado el último céntimo».

Reflexión: Mt 5, 20-26

Qué fácil es ofendernos. Hablar mal de alguien que no está, que está ausente, en presencia de otros, solo para desprestigiarlo o para justificar nuestro proceder con él. Queremos tener siempre la razón, así que si hemos cometido una injusticia, por ignorancia o simplemente por error, por falta de análisis o comprensión de los hechos, en lugar de enmendarlo, muchas veces por soberbia, insistimos en él, sin reparar en el daño que hacemos.

Estos últimos años hemos inventado o por lo menos redescubierto y relanzado muchos términos nuevos; uno de ellos es la “empatía”, que en pocas palabras significa ponernos en los zapatos del otro…tratar de ver las cosas desde su perspectiva; tratar de entender ese lado en cualquier situación, pero sobre todo en aquellas que muchas veces nos enfrentan inútilmente. ¿Por qué insistir en el insulto, en la diatriba, cuando es posible que si hubiéramos estado en sus pantalones hubiéramos obrado igual? Y si llegamos a ese convencimiento, ¿por qué no enmendar nuestro proceder, bajando la guardia y dejando de apuntar toda nuestra demoledora artillería contra esa persona? ¿Por qué ensañarnos? Definitivamente, aquí Jesús nos dice que esta es obra del mal espíritu; es obra del demonio, que se regodea en la división, en la envidia, en el odio, en las rencillas…

El cristiano está llamado a ir más allá de la justicia. Al cristiano no le interesa cumplir la ley, es muy poco para él. La única ley, la cual debemos esforzarnos por cumplir, es la de la caridad, la del amor, que está más allá y por encima de toda ley. Para quienes no logran entender esta simple pero muy profunda declaración, pasamos a explicar. La ley fija en mi país un “salario mínimo vital” con el cual todo el mundo, empezando por los legisladores (es decir los que dan la ley) saben que no alcanza para vivir. Los empresarios también lo saben. Sin embargo, muchos de ellos, teniendo cómo mejorar la situación de sus trabajadores, prefieren mantenerlos con el sueldo mínimo, ya que de este modo, se justifican, “están cumpliendo con la ley, por lo que nadie tiene nada que objetarles.  Son justos”. . .

Pero esta no es la justicia que manda el Señor. La justicia Divina va más allá. Tiene que ver con la caridad, con el amor. Obliga a este empresario a reconocer que esta es una mala ley, que hay error en ella y que mientras pueda y esté realmente a su alcance, se esforzará en enmendarla. Le costará, seguramente muchos disgustos, pues muchos de sus socios y accionistas no estarán dispuestos a comprender…Tendrá que convencerlos…Esta será, tal vez, su forma de evangelizar al mundo y ayudar a los menos favorecidos, en este caso, a sus trabajadores y sus familias…Es que el cristiano está obligado a ir más allá de la ley.

Lo justo y lo injusto en criterios mundanos, es lo mínimo que todo el mundo está dispuesto a cumplir. Es lo menos que se puede exigir a cualquier persona, a cualquier ser humano. Pero no podemos olvidarnos que estas leyes han sido hechas por hombres, muchas veces limitados por su conveniencia o su estrecho entender. Así el Señor Feudal tenía derechos sobre la mujer de sus siervos y ninguna mujer podía acceder a cargos públicos, a votar o usar pantalones…El cristiano no puede escudarse en la ley. Tiene que examinar su corazón y asegurarse que obra con caridad, guiado por el Espíritu Santo.

Oremos:

Señor, ayúdanos a perdonar. Que no guardemos rencor por nadie ni nada. Y que mientras esté a nuestro alcance, tratemos de reconciliarnos con todos, reconociéndonos como hermanos, hijos de un mismo Padre. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Marco 3, 31-35

Texto del evangelio (Mc 3, 31-35)

En aquel tiempo, llegan la madre y los hermanos de Jesús, y quedándose fuera, le envían a llamar. Estaba mucha gente sentada a su alrededor. Le dicen: «¡Oye!, tu madre, tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan». Él les responde: «¿Quién es mi madre y mis hermanos?». Y mirando en torno a los que estaban sentados en corro, a su alrededor, dice: «Éstos son mi madre y mis hermanos. Quien cumpla la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre».

Reflexión: Mc 3, 31-35

El Señor lo tienen bien claro. No hay excusas con Él. Porque nosotros siempre estamos poniendo la consabida excusa de nuestros padres, porque son muy viejitos, o porque somos solteros y nos hemos dedicado a ellos en cuerpo y alma, o porque somos casados y estamos dedicados a nuestros hijos o a nuestros cónyuges…El hecho es que siempre ellos nos sirven para eximirnos de mayor compromiso. Decimos, cuando ellos se vayan o cuando ellos ya no nos necesiten…En fin, el hecho es que ese día nunca llega y sentimos muy justificada nuestra vida por haberla dedicado plenamente a ellos…

¿Qué dice el Señor? «Éstos son mi madre y mis hermanos. Quien cumpla la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre». Es decir, yo tengo una misión que está por encima de mis naturales afectos, que va más allá. No hay excusa válida para eximirme de cumplir mi Misión, que está al lado de los hermanos que me ha puesto el Señor, es decir mis compañeros de trabajo, las personas con las que ocasionalmente vivo ciertos episodios de mi vida…La sociedad entera. Nosotros nos debemos a la humanidad entera. No podemos estar mezquinando nuestro deber y orientándolo sólo para aquellos que viven bajo nuestro mismo techo.

Esto es lo que debemos recordar siempre. Allí donde estemos, tenemos que dar testimonio de Jesús. En ese momento, estas personas que te rodean serán tus hermanos y hermanas, tus padres, tíos y abuelos. No puedes dejar hacer, dejar pasar, porque te estás reservando para los tuyos…Eso no es cristiano. Así nos lo revela Jesús.

Nosotros no somos dueños de nuestra vida, sino que es un Don Gratuito que hemos recibido de Dios y que por tanto debemos ponerlo a su servicio, allí donde estemos, allí donde nos encontremos, sin escatimar esfuerzos, sin medir, sin calcular. Hay que hacer lo que debemos hacer cada vez, en cada situación, siempre. No podemos ser cristianos en ciertas ocasiones y con cierta gente, la que nos gusta, la que hemos escogido, la que nos halaga y aplaude, la que nos agradece…¡No! Tenemos que ser cristianos SIEMPRE y con todos.

Oremos:

Padre Santo, concédenos la Gracia de obrar cristianamente siempre y con todos los que nos rodean, sin reservas, sin predilecciones, sin mezquindades. Queremos servirte cada día, allá donde nos pones, con el coraje y decisión que la situación demande, teniendo en cuenta siempre una sola cosa: cumplir nuestra Misión. Para ello no hay momento ni ocasión mejor…Es SIEMPRE, mientras tengamos vida…. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Lucas 20, 27-40

Texto del evangelio (Lc 20,27-40)

En aquel tiempo, acercándose a Jesús algunos de los saduceos, esos que sostienen que no hay resurrección, le preguntaron: «Maestro, Moisés nos dejó escrito que si muere el hermano de alguno, que estaba casado y no tenía hijos, que su hermano tome a la mujer para dar descendencia a su hermano. Eran siete hermanos; habiendo tomado mujer el primero, murió sin hijos; y la tomó el segundo, luego el tercero; del mismo modo los siete murieron también sin dejar hijos. Finalmente, también murió la mujer. Ésta, pues, ¿de cuál de ellos será mujer en la resurrección? Porque los siete la tuvieron por mujer».

Jesús les dijo: «Los hijos de este mundo toman mujer o marido; pero los que alcancen a ser dignos de tener parte en aquel mundo y en la resurrección de entre los muertos, ni ellos tomarán mujer ni ellas marido, ni pueden ya morir, porque son como ángeles, y son hijos de Dios, siendo hijos de la resurrección. Y que los muertos resucitan lo ha indicado también Moisés en lo de la zarza, cuando llama al Señor el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. No es un Dios de muertos, sino de vivos, porque para él todos viven».

Algunos de los escribas le dijeron: «Maestro, has hablado bien». Pues ya no se atrevían a preguntarle nada.

Reflexión: Lc 20,27-40

Me parece encontrar aquí la típica reacción nuestra. Queremos ver e interpretar la Vida Eterna con nuestras propias categorías. Así la Resurrección no traerá sino una continuación por los siglos de los siglos de lo que veníamos haciendo y viviendo aquí en la Tierra…como una prolongación eterna de nuestras vidas. Como resultado, queremos trasladar obviamente nuestros dilemas, nuestras mismas inquietudes, preferencias y vivencias terrenas al cielo. Mas el Señor nos Revela que esto no es así.

Nuestra vida y preocupaciones de aquí no serán trasladadas allí. No se trata de un prolongar allí nuestra vida…Se trata de una vida distinta. Esto me parece que es en el fondo lo que nos cuesta entender y aceptar.

Estamos llamados a vivir de otro modo y esto no solo en la Vida Futura, sino desde aquí. Estamos llamados a vivir en el Amor y Este, está sobre todas las categorías y divisiones que hemos creado. El Verdadero Amor no nos permite hacer distinciones entre familiares, amigos, hijos, hermanos, esposas o esposos…El Verdadero Amor no tiene límites y nos obliga, por lo tanto, a vivir de otro modo. Si nosotros entendiéramos ello, empezaríamos desde ahora a vivir de un modo distinto, a vivir las primicias del Reino, a vivir como Hijos de Dios.

El Amor es todo aquello que señala Pablo en Corintios 13 y lo podemos empezar a vivir desde aquí, desde ahora…pero lo alcanzaremos en plenitud cuando Resucitemos de entre los muertos para amar y servir a Dios por toda la Eternidad.

Así que, vive con amor, da amor y deja el resto en manos del Señor, que sabrá compensarte de un modo pleno, que solo puedes alcanzar a vislumbrar, como una primicia, en el amor humano, en el amor a los hombres, en el amor a los demás, en el amor al prójimo. Recuerda que Dios te amó primero y te amo tanto, que te regaló el precioso e incomparable don de la vida y te ha dejado en libertad para que tú, por tus propios medios, escojas vivir eternamente. Para ello solo tienes que ser feliz. Y es feliz el que ama. El amor es la llave para la Vida Eterna…

Oremos:

Señor, permítenos entender que es en esta vida que debemos ser felices y que la felicidad está en el amor y que el amor consiste en ver por los demás, en velar por los demás, en negarnos a nosotros mismos, buscando primero el bien ajeno, el bien del prójimo, sin importar que este sea nuestro familiar o nuestro amigo o nuestro compañero de trabajo. El Amor está por encima de todo esto y no se detiene en clasificación alguna, en miramientos ni reparos.

Señor, enséñanos a amar. Amén.

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Lucas 14, 25-33

Texto del evangelio (Lc 14,25-33)

 
En aquel tiempo, caminaba con Jesús mucha gente, y volviéndose les dijo: «Si alguno viene donde mí y no odia a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas y hasta su propia vida, no puede ser discípulo mío. El que no lleve su cruz y venga en pos de mí, no puede ser discípulo mío.

»Porque ¿quién de vosotros, que quiere edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, y ver si tiene para acabarla? No sea que, habiendo puesto los cimientos y no pudiendo terminar, todos los que lo vean se pongan a burlarse de él, diciendo: ‘Este comenzó a edificar y no pudo terminar’. O ¿qué rey, que sale a enfrentarse contra otro rey, no se sienta antes y delibera si con diez mil puede salir al paso del que viene contra él con veinte mil? Y si no, cuando está todavía lejos, envía una embajada para pedir condiciones de paz. Pues, de igual manera, cualquiera de vosotros que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío.

Reflexión: Lc 14,25-33

Estamos nuevamente ante la figura de nuestros Salvador. Su mensaje es muy claro y contundente; no deja lugar a dudas ni especulaciones. Pero nosotros queremos hacerlo inocuo. Es que posiblemente “de buena fe” queremos seguirlo; queremos ser cristianos. De algún modo Cristo nos ha deslumbrado…su Palabra, su mensaje ha calado hondo; no podemos desconocerlo…Nos conmueve. ¿Cómo no hacerlo, si habla de amor, el más sublime de los sentimientos?

Todos o casi todos hemos experimentado alguna vez el amor. Ya sea como padres, ya sea como hijos, ya sea como novios, como esposos o como amigos. Sobre todo cuando niños, cuando más inocentes y frágiles somos, el amor ha dejado en nosotros su huella indeleble. Sabemos en carne propia cuán grande puede ser el amor, sobre todo porque así lo hemos recibido, sobre todo en nuestra familia.

Conocemos también el dolor, el sufrimiento y el sacrificio. Algunos lo hemos experimentado en carne propia, otros lo hemos visto y comprendido también en familia. Lo vimos en nuestros padres, en nuestros abuelos, en nuestros hermanos o en algún pariente cercano. Aprendimos a valorarlos como parte de la vida y por sobre todos ellos, al amor, que se mantuvo inamovible cuando más arreció la tormenta.

Fue entonces que muchos conocimos a Jesús, el ejemplo más sublime de Amor; el Amor de Dios; el Amor del Padre Eterno, que no contento con crearnos y regalarnos la vida, interviene en nuestra historia, sin desmedro de nuestra libertad, para mostrarnos el Camino y no tiene reparos en enviar a Su propio Hijo para ello. Jesús, viviendo como nosotros, muriendo en la cruz por nuestros pecados y resucitando, nos muestra el Camino, nos muestra el Amor llevado al extremo. Es El Modelo. Es La Pauta, La Norma…

Por eso dice Jesús: “El que no lleve su cruz y venga en pos de mí, no puede ser discípulo mío.”

Todo esto es lo que hemos aprendido por enseñanza de nuestra Santa Madre Iglesia,  por enseñanza de nuestros padres, de nuestra familia. Todo esto lo conocemos y sabemos muy bien los cristianos. Pero incluso los que no lo son, llevan esta impronta de Dios en el alma, que les permite tomar contacto y conocer esta realidad. Porque el hombre es una creatura Divina, creada para el Amor.

Sin embargo, aunque casi todos lo sabemos y lo hemos experimentado, pocos estamos dispuesto a seguirle, tal como nos lo propone en la lectura de hoy. Así, elevamos el seguimiento de Jesús a nivel de poesía, de declaraciones líricas hermosas, incluso de canciones, pero no nos dejamos transformar, ni transformamos el mundo con Su Palabra, como Él lo exige. Es que oírlo y comprenderlo es una cosa, pero de ahí a hacer lo que dice, hay un trecho muy grande y exigente, que preferimos obviar. Ese es el drama de nuestro tiempo. Por eso tanta pobreza, tanta injusticia, tanto dolor y sufrimiento. Cuando tenemos todo en nuestras manos, para cambiar la historia, paradójicamente hemos renunciado a salvarnos, por retenerlo y atesorarlo todo. Nos hemos vuelto idólatras…hemos perdido la perspectiva.

Oremos:

Padre Santo, ayúdanos a retomar el Camino, a volver por el Sendero del Amor, del seguimiento a Cristo, Tú Hijo.

Acrecienta nuestra Fe y danos el valor para dejar lo que tengamos que dejar, con tal de seguirte a Ti, que sólo quieres nuestra Salvación.

Danos un corazón inmenso, grande y noble, para amar. Para amar a todos, sin distinción y sin límites. Amén

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Reflexión: Lc 8,19-21

Lc 8,19-21

Estamos frente a otra lectura muy corta y sencilla, para el que realmente quiere oír y entender la Palabra del Señor. Aquél que quiere quedarse con lo anecdótico, encontrará tema suficiente para enfrascarse en una discusión bizantina, que puede dar origen a un trabajo de investigación que puede tomarle el resto de su vida y no servirá para nada, a no ser para justificar su falta de fe, su inacción y la ocupación o desperdicio absurdo de su tiempo.

No es ninguna novedad que algunos detractores quieran ver en estos versículos la prueba que María no era tan Virgen, tratando por allí de desarmar el “andamiaje” de la fe católica. Absurdo.

Quien se acerca con esa actitud a la Biblia, mejor que la deje y no pierda su tiempo, pues no encontrará en ella la prueba científica que esperaba para fundamentar su fe. La Biblia no es un libro científico, ni histórico y ni si quiera una pieza literaria.

La Biblia es un libro que lleva registrada la Palabra de Dios, dirigida a los hombres de ayer, hoy, mañana y siempre. La Biblia contiene la Palabra de Dios, la Verdad revelada a diferentes hombres y en diferentes épocas, de un Pueblo Escogido. Y alcanza la cima, el fin de esta Revelación, cuando Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, nace, vive y muere hace dos mil años, exactamente del modo en que había sido profetizado cientos de años antes.

Jesucristo, el Enviado de Dios Padre, viene a redimirnos del pecado y la muerta, viene a salvarnos y a darnos vida, para que la tengamos en abundancia. Para eso nos enseña que hay que amar y servir a nuestro prójimo, como si se tratara de Dios mismo, perdonando y dando hasta el extremo. Muriendo en la cruz, nos muestra el Camino de la donación y el amor perfecto y nos enseña que el amor no tiene límites, que el amor de Dios a nosotros es Infinito, que Él solo quiere nuestra felicidad; que para eso, debemos amar a nuestros hermanos como a nosotros mismos.

Él nos hace hermanos a todos, como hijos de un Único Padre. Es en ese contexto que tenemos que entender estas palabras. Por eso cuando le hablan de su madre y hermanos Él dice:   «Mi madre y mis hermanos son aquellos que oyen la Palabra de Dios y la cumplen». No es que quiera negar el parentesco con la gente que lo buscaba, ni viene al caso aclarar cuantos eran, ni a quienes efectivamente se referían los que le hicieron el anuncio. Lo que trata de enfatizar Jesús es el vínculo que lo une con todos. El vínculo que debe unirnos y que debe estar por sobre cualquier otro vínculo: «Mi madre y mis hermanos son aquellos que oyen la Palabra de Dios y la cumplen». El resto son pamplinas.

Así de radical y exigente es el Señor. Dios ha de estar por encima de todo. ¿Ese no es el primer mandamiento? ¿De qué estamos hablando entonces? Cristo no hace más que destacar cual debe ser el orden en nuestra vida. Dejarnos de “mi mamita” o “mi papito” o “mis hijitos” como excusa para no hacer lo que debemos. Nosotros, TODOS, tenemos una misión y esta tiene que estar por encima. Si no lo entendemos así, entonces no pertenecemos a la familia de Dios, ni somos hermanos de Jesús. ¡Eso es todo! 

Oremos:

Padre Santo, danos el coraje para seguir a Jesús y vivir como hermanos, dejando de utilizar a nuestros seres queridos para no cumplir con nuestro deber.

Danos perseverancia, para pasar de las declaraciones líricas a la acción, teniendo siempre como banderas, la paz y el amor.

¡Apártanos de la soberbia y el egoísmo!.

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Reflexión: Mt 18,15-20

Mt 18,15-20
 

El Señor nos recuerda el deber que tenemos para con nuestros hermanos. No podemos andar indiferentes ante lo que ocurre con ellos. No se trata de que nos afecte o no…Se trata de que si nosotros nos damos cuenta que están equivocados, que están en error, se los digamos. Este es un deber, una obligación que tenemos como verdaderos seguidores de Jesús, como cristianos, que hemos asumido el Amor como bandera, como norte, como principio y fundamento. No podemos desentendernos de la realidad que nos rodea y mucho menos en lo que atañe a nuestra familia, a nuestros amigos, a nuestros compañeros de trabajo, a nuestra comunidad parroquial, a los miembros de nuestro club, a nuestros correligionarios…finalmente a nuestra sociedad.

Si hemos recibido dones de Dios, tenemos el deber de compartirlos. No son para guardarlos para nosotros, porque terminarán por perderse, por desnaturalizarse. Estos se acrecentarán en la medida que los compartamos con todos, cuanto más, con los más necesitados, con los que han extraviado el camino, con los que deambulan desorientados, los que han perdido la brújula y les da lo mismo esto que aquello.

Estamos llamados a servir. Sin servicio no hay misión posible. Pero al que sirve el Señor le respalda con todo su poder. Y sin embargo, pese a cumplir con nuestra misión, pese a contar con el apoyo del Señor, es posible que no lleguemos al corazón, al alma de nuestro hermano…Y, el Señor nos lo advierte. Él no desconoce esta posibilidad, que puede depender tanto de nuestras convicciones, de nuestro modo de expresarnos o de la circunstancia de nuestro hermano, o, en fin, de lo que fuere. Pero si no tenemos éxito, todavía tenemos un camino que recorrer. Aún en ese momento, no podemos desentendernos. Tenemos que seguir hasta el final. Hagámonos acompañar de otro hermano y finalmente por la comunidad…Solo entonces, y habiendo orado lo suficiente, podremos decir que hicimos lo que estuvo a nuestro alcance.

Tenemos entonces un deber con nuestra comunidad. La vida cristiana no se puede desarrollar enclaustrada, encerrada en sí misa. Tiene que revelarse a los demás. No debemos tener miedo. El que se guarda para sí mismo, se pierde.

Oremos:

Señor, ayúdame a cumplir mi misión. Dame el valor y la convicción para expresarme en tu nombre. Dame fe, para reconocerme como tu instrumento y dejarte actuar en mi. Que no me cuide tanto en mis palabra y en mis gestos, que muchas veces ello sólo es motivado por mi inmenso amor propio, por el temor a quedar mal, por el temor a no caer bien, por el temor a desprestigiarme. ¡Dame valor!

Permíteme ser testigo de tu amor entre los que más lo necesitan. Que pueda encender en ellos una pequeña llama, que quizás cuando crezca pueda servir para iluminar sus vidas.

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Reflexión: Mt 12,46-50

Mt 12,46-50

A primera impresión suenan duras las palabras de Jesús, que pareciera desconocer a su madre, a su familia…Otros se quedan pensado en algo todavía más trivial…¿Entonces, Jesús tenía hermanos, se preguntan?

Nosotros debemos preguntarnos: ¿Qué es realmente lo importante? ¿Qué nos quiere decir el Señor a ti y a mí, cristianos del siglo XXI? 

Siempre estamos poniendo como excusa para hacer o dejar de hacer a nuestra familia y sin embargo, si hurgamos, algunas veces constatamos que no se trata nada más que de razones egoístas, que nos satisfacen a nosotros. Sin duda la familia es importante, mucho más para Jesús. Pero un cristiano no puede poner como excusa la familia para dejar de evangelizar. Tenemos una Misión que va más allá de los estrechos límites de mi ser, o de mis allegados, o de los míos. Es importante la familia, pero no al punto que me desentienda de los demás; no al punto que me deba a ellos en exclusividad y que sólo me importen ellos. Si mi familia está bien, el resto del mundo se puede venir abajo. Eso no es lo que pide el Señor. Aunque puede ser un buen punto de partida, no podemos quedarnos en él.

Tenemos que entender entonces las palabras de Jesús aquí. No se trata de una negación de su familia. No se trata de desentenderse, sino de poner las cosas en el orden adecuado. Dios es primero. Primero Su voluntad, la Misión que nos ha encomendado, que nos hermana a todos, que nos hace una sola familia. Somos todos hijos de Dios y hermanos en Jesucristo. Por ello Jesús nos dice: “Pues todo el que cumpla la voluntad de mi Padre celestial, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre”.

Otra cosa con la que yo me quedo es el ejemplo. Jesús predica con el ejemplo y así nos enseña a actuar. No nos dice hagan esto, mientras Él hace otra cosa. Él hace lo que dice. Él nos enseña el Camino. Él muere en la cruz por nosotros. No nos dice que nos fijemos en tal o cual buen hombre; nos pide que tomemos nuestra cruz y le sigamos. El va por delante, aligerando la carga de los que de veras creemos en Él.

Oremos:

Padre Santo, ayúdanos a ordenar nuestra vida, de tal modo que seas nuestro principio y fundamento. Que Tú seas nuestro fin. Que Tú seas nuestro argumento. Que Tú seas nuestra razón.

Que realmente lleguemos a comprender que no se llega a Ti  si no es a través de nuestros hermanos.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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Reflexión: Mt 28,8-15

Mt 28,8-15

Para disipar toda duda Jesús se presenta a las mujeres que habían ido a ver su tumba y no lo habían encontrado y les da un importante mensaje: “No temáis. Id, avisad a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán”. El triunfo definitivo sobre la muerte había sido sellado…

Sin embargo, como ocurre en todo crimen, los que lo habían consentido y cometido estaban dispuestos a sostener lo que habían hecho, aun por sobre las evidencias. Testarudamente tratan de ocultar la verdad, de distorsionar los hechos, comprando voluntades y conciencias…y, así lamentablemente lo logran. No causan efecto para siempre, ni con todos, porque la verdad siempre termina por imponerse y triunfar. Pero es notable como la maldad siempre encuentra aliados, gente dispuesta a colaborar. Es claro, viven en la sombra, en la oscuridad, donde obtienen pingües ganancias y privilegios, que no están dispuestos a perder, así que, si es preciso están dispuestos a sobornar a quien sea, con tal de mantener su situación. Y lo peor es que con el tiempo ellos mismos se llegan a creer sus mentiras.

¿Cuántas veces con nuestros actos, con nuestro proceder, nos convertimos en cómplices de estos cínicos, mentirosos? ¿Cuántas veces nuestra actitud, nuestras obras comunican a nuestros hermanos que no hay esperanza, que la muerte, la mentira, el crimen, el temor y la persecución han triunfado sobre la verdad?

¿Somos portadores de la Buena Nueva? ¿Somos portadores de esperanza? ¿Llevamos alegría a los corazones de los que sufren? ¿O somos más bien de los tremendista, de los derrotistas, de los pesimistas que nunca encuentran salida a nada, que creen que todo está perdido, que no hay nada que hacer?

Oremos:

Señor, ayúdanos a cambiar, a luchar contra nuestro carácter siempre negativo y triste. Ayúdanos a ser portadores de la Buena Nueva de la Resurrección. Que nuestra presencia baste para dar ánimos a quienes se siente afligidos, derrotados, acabados. Que seamos portadores de paz, de tú paz y de una alegría verdadera, basada en el triunfo definitivo de la vida sobre la muerte, en el perdón de nuestros pecados y en la salvación eterna.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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Reflexión: Mt 18,21-35

Mt 18,21-35

¿Cómo será el Reino?, nos preguntamos muchas veces. El Señor nos dice como es. Es decir, una primera idea que salta a la vista es que el Reino ES…no será. Ya hoy y aquí, como en aquel entonces, lo estamos construyendo, pero él es. Quizás podemos decir en proceso, en desarrollo, en un devenir…pero es.

La segunda idea es que nuestro perdón no debe tener límites. La expresión parece absurda, innecesaria y exagerada. Me recuerda a las discusiones que tenía con mis hermanos cuando era pequeño y uno decía infinito, el otro agregaba infinito más uno y finalmente supuestamente ganaba el que terciaba infinito más infinito…y la discusión se prolongaba interminablemente por precisar quien había dicho más. Está muy claro: Nuestra capacidad de perdonar no debe tener límites.

Y, finalmente toda la historia que nos relata nos recuerda ni más ni menos que al Padre Nuestro. Es la misma y única prédica de Cristo, abordada de otro modo. Como tratas, serás tratado. Con la misma vara que mides, será medido. Si quieres que Dios Padre te oiga, sea compasivo y te perdone, oye a tus hermanos, se compasivo y perdónalos primero. No es cuestión de decir Señor, Señor…Es cuestión de obrar, de amar, de pasar por el mundo como Él, haciendo el bien.

El Señor, nuestro Dios, es bueno y compasivo con nosotros. Ya lo ha sido, al enviar a su único Hijo a salvarnos, a redimirnos del pecado, a enseñarnos el Camino. Nosotros debemos actuar en consecuencia. Eso es lo que nuestro Padre Celestial espera.

Oremos:

Dios Santo, danos la capacidad, la paciencia, el amor y la sabiduría necesaria para perdonar a nuestros hermanos, pero de corazón, con hechos…no de palabra hueca y vacía. Que nuestra actitud, nuestra mirada, nuestro gesto sea otro, “hasta setenta veces siete”.

Que no llevemos cuentas de las ofensas, ni de los malos tratos. Esto lo solemos recordar inmediatamente y cambiamos de actitud. Que sepamos dominarnos y que voluntariamente, con valor y decisión obremos con quienes no nos quieren, con quienes han manifestado su antipatía hacia nosotros, incluso con aquellos que nos han hecho daño, como si fueran nuestro mejores amigos, sin reparo, sin medida, sin límites…¡Qué difícil, Señor! Pero con tu ayuda todo lo podemos.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
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Reflexión: Lc 15,1-3.11-32

Estamos frente a uno de los episodios más conmovedores del evangelio, la parábola del hijo pródigo. Podemos reparar que Jesús la cuenta a propósito de las murmuraciones de los escribas y fariseos, por las malas juntas que este tenía, al reunirse con publicanos y pecadores.

Los “dueños de la verdad”, los “limpios”, los “puros” resentían que Jesús se juntara con aquellos que ellos rechazaban o cuando menos mantenían distancia, para no contaminarse. Les escandaliza que Jesús ande con pecadores y seguramente también con pobres, humildes y andrajosos.

Jesús en cambio, no rechazaba a ninguno que se le acercara y no temía juntarse con nadie. Conversar, ayuda, alivia, cura a prostitutas, leprosos, cobradores de impuestos, oficiales romanos y cuanta gente le buscaba afligida, arrepentida, dolida…Jesús era portador de paz, la transmitía y obraba un gran cambio en quienes lo recibían. Jesús venía a anunciar al Padre de todos, al Padre de la humanidad entera, de buenos y malos, de ricos y pobres, de sanos y enfermos, aun de los despechados y pecadores como el hijo pródigo.

Y es que Jesús, como dirá en otro momento, ha venido a sanar a los enfermos. Es penoso y lamentable que el que está bien, el que lo ha tenido todo, incluso claridad y discernimiento, recienta que su hermano menor, ofuscado, ambicioso y seguramente preso de sus debilidades, habiendo caído en lo más hondo, haya recapacitado y vuelto al Padre, lejos del cual le era imposible vivir. Más aún, que recienta el extraordinario recibimiento que le hace el Padre, “porque este hermano tuyo estaba muerto, y ha vuelto a la vida; estaba perdido, y ha sido hallado”.

Debemos procurar comprender esta parábola para tratar de entender el inmenso amor que nos tiene el Padre, quién para reconciliarnos, para salvarnos fue capaz de enviar a su único hijo, al que maltratamos y mandamos morir en la cruz. Arrepentidos volvemos los ojos a Él y Él nos perdona, abraza y nos vuelve a dar nuestro lugar de hijos y herederos del reino. Hemos sido perdonados, hemos sido salvados…

Oremos:

Señor, no permitas que viva comparándome siempre con mis hermanos y mucho menos envidiando o anhelando lo que tienen. Dame fe para saber que tú me das lo que necesito a cada instante y valor para vivir con ello dando testimonio de tu amor.

Dame generosidad para alegrarme del bien que produces en mis hermanos. Permíteme seguirte siempre y si flaqueo, ayúdame a encontrarte y caminar siempre por tu senda.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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