ago 11 2010

Mateo 18, 15-20

Texto del evangelio (Mt 18, 15-20)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Si tu hermano llega a pecar, vete y repréndele, a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no te escucha, toma todavía contigo uno o dos, para que todo asunto quede zanjado por la palabra de dos o tres testigos. Si les desoye a ellos, díselo a la comunidad. Y si hasta a la comunidad desoye, sea para ti como el gentil y el publicano. Yo os aseguro: todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo. Os aseguro también que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, sea lo que fuere, lo conseguirán de mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».

Reflexión: Mt 18, 15-20

Hemos pues de luchar por nuestros hermanos, hasta agotar todos los recursos a nuestro alcance. No debemos darnos tan fácilmente, pero tan poco seguir insistiendo más allá de lo aconsejado. La estrategia propuesta es excelente y debemos tenerla en cuenta. Es que no se trata de imponer mis ideas y de salir ganando a cualquier precio, no. Debe haber un acuerdo razonable; por eso es menester que participen los demás hermanos y la comunidad. No vaya a ser que estemos equivocados…En cambio, si logramos apoyo, no necesariamente mayoritario (no lo dice), tendremos mayor certeza y si además lo hemos meditado y resuelto en oración, a la luz de la Verdad, podemos proponer este razonamiento a nuestro hermano equivocado, procurando que se rectifique. Ya si ni aun frente a la comunidad reconoce su error, dejémosle, como a un desconocido. El Señor, que sopla para todos, verá la forma de confrontarlo, persuadirlo y llegado el momento, de pedirle cuentas, pero tú habrás actuado como debías.

Es importante destacar la repetición de esta frase que generalmente se aplica a los sacerdotes, relacionándola con el Sacramento de la Penitencia, Reconciliación o Confesión: “Yo os aseguro: todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo.”

Debemos tener en cuenta que el Señor nos confiere este enorme poder, de abrir o cerrar las puertas del cielo. Es que si estamos cumpliendo con la Voluntad del Señor, si estamos haciendo lo que nos manda, nuestros surcos quedarán marcados  en el cielo. Procuraremos desatar, nos esforzaremos por hacerlo, sabiendo que aquello que finalmente condenemos, quedará condenado. Es una gran responsabilidad la que pone el Señor en nuestras manos. Debemos usarla con caridad, con amor.

Debemos buscar y procurar el acuerdo, la reflexión, no la imposición. Debemos apelar al diálogo a la persuasión mediante la palabra y la exposición de razones. Incluso ir más allá…apelar a la amistad, a la autoridad de aquel al que todos apreciamos y especialmente, aquél al que tratamos de persuadir de hacer lo correcto, lo que le conviene. No debemos desistir de usar todos los medios a nuestro alcance para lograr el cambio que buscamos. Solo cuando hemos hecho todo lo posible, si ya no logramos el cambio, recién entonces, actuaremos con él, como si fuera un gentil, un publicano…Es decir prácticamente como un desconocido, pero no un enemigo…ojo.

Oremos:

Padre Santo, ayúdanos a llevar la concordia, la paz, el diálogo, la comprensión; nunca la división, la rencilla o el odio. Que busquemos el acuerdo, la razón, el convencimiento. Que hagamos de ello una tarea, una actitud permanente. Que no desistamos a la primera. Que nos esforcemos por hacer siempre lo correcto teniendo en cuenta la gran responsabilidad que nos has confiado. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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jul 20 2010

Mateo 12, 46-50

Texto del evangelio (Mt 12, 46-50)

 
En aquel tiempo, mientras Jesús estaba hablando a la muchedumbre, su madre y sus hermanos se presentaron fuera y trataban de hablar con Él. Alguien le dijo: «¡Oye! ahí fuera están tu madre y tus hermanos que desean hablarte». Pero Él respondió al que se lo decía: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?». Y, extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: «Éstos son mi madre y mis hermanos. Pues todo el que cumpla la voluntad de mi Padre celestial, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre».

Reflexión: Mt 12, 46-50

El Señor nos hablaba ayer de una decisión: la más importante y crucial en nuestras vidas, como es creer o no. Depende de nosotros. Somos nosotros los que debemos adoptarla. Todo ha sido dado para persuadirnos de la necesidad y corrección de optar por el Señor, por el Camino que Él nos señala. Sin embargo depende de nosotros…Nadie nos forzará. Somos libres, porque así lo ha querido nuestro Padre, que nos ha envestido de su misma dignidad.

Nos ha dado inteligencia, voluntad y libertad. No contento con ello, porque nos ama desde siempre y nos quiere con Él, nos envió a su Único Hijo para que nos muestre el Camino, quien, cumpliendo con Su Voluntad, se hizo hombre como nosotros, vivió, padeció y murió, como está narrado en los Evangelios y al tercer día Resucito, restaurando de este modo la alianza eterna, que nos hace Hijos y Herederos de Dios Padre, acreedores de la vida eterna, para lo cual solo hay una condición…QUERERLO…Efectivamente, pues antes de creer está querer creer…Si tomamos esta decisión, que es personal, única y nuestra…que está librada a nuestro libre albedrío, ya podrá venir el demonio con todos sus ejércitos, con todas sus tentaciones, con todo su poder, que le pasaremos por encima, pues estaremos del lado de quien tiene TODO EL PODER sobre el cielo y la tierra: Dios.

Y, como dice el Señor en la lectura de hoy, este es mi hermano, mi hermana y mi madre, “todo el que cumpla la voluntad de mi Padre celestial”. Se trata pues de un vínculo que está por encima de cualquier vínculo natural, que nos une más allá del tiempo y del espacio, que nos hace familia con Dios. ¿Puede haber algo más grande, más fuerte, más profundo o de mayor transcendencia que este vínculo?

Pidamos al Señor que nos ayude a dar este primer paso; a tomar esta decisión y luego que incremente, que acreciente nuestra fe. Esto es todo lo que importa…Toda gran misión comienza con el primer paso. Es este paso el que debemos dar, el que Jesús trata de inspirarnos con su palabra, su vida y sus obras…El que Dios Padre espera que demos, para tomarnos de la mano y conducirnos hasta el Reino sin fin…en el que nos tiene reservado un lugar muy especial.

Oremos:

Padre Santo, ayúdanos a dar este paso; a contestar “Sí, creo” y ha vivir entonces en función de esta decisión. Tengo fe, pero necesito que la acrecientes y fortalezcas. Permíteme contarme entre tus hermanos. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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jul 09 2010

Mateo 10, 16-23

Texto del evangelio (Mt 10, 16-23)

 
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Mirad que yo os envío como ovejas en medio de lobos. Sed, pues, prudentes como las serpientes, y sencillos como las palomas. Guardaos de los hombres, porque os entregarán a los tribunales y os azotarán en sus sinagogas; y por mi causa seréis llevados ante gobernadores y reyes, para que deis testimonio ante ellos y ante los gentiles. Mas cuando os entreguen, no os preocupéis de cómo o qué vais a hablar. Lo que tengáis que hablar se os comunicará en aquel momento. Porque no seréis vosotros los que hablaréis, sino el Espíritu de vuestro Padre el que hablará en vosotros. Entregará a la muerte hermano a hermano y padre a hijo; se levantarán hijos contra padres y los matarán. Y seréis odiados de todos por causa de mi nombre; pero el que persevere hasta el fin, ése se salvará. Cuando os persigan en una ciudad huid a otra, y si también en ésta os persiguen, marchaos a otra. Yo os aseguro: no acabaréis de recorrer las ciudades de Israel antes que venga el Hijo del hombre».

Reflexión: Mt 10, 16-23

No es nada fácil la Misión encomendada. Así que, si la estas pasando piola, puede ser precisamente una advertencia que no estás haciendo lo correcto…Claro está, nadie quiere tener problemas con nadie, y todos quisiéramos ser acogidos y apreciados en todo lugar y por todos, pero ello no es posible. Sin embargo, con la fortaleza que nos da la fe en el Señor, podemos aprender a vivir en paz y siempre alegres. Y es que esta paz y alegría tienen su sustento, tienen su origen en la convicción que “el Señor  ha vencido al mundo”, a la muerte, a las tinieblas y al pecado…Es decir que si confiamos en Él, nada ni nadie podrá contra nosotros…Cualquier cosa que ocurra, no pasará de una escaramuza del mal, en una batalla que ya tiene perdida.

Sin embargo, el Señor nos advierte que no es fácil hacerle frente; que debemos estar advertidos, para responder adecuadamente, a la altura de las circunstancias. Me parece sumamente importante el no pretender prepararnos en modo alguno, sino el hacernos disponibles, el convertirnos en instrumentos suyos, porque el sabrá disponer frente a cada ocasión lo mejor. Es pues finalmente FE lo que debemos pedir, lo que debemos tener. Esta ha de ser nuestro único implemento…

Premunidos de Fe, podremos hacer frente a toda circunstancia y situación que la vida nos plantee, mientras esta dure. Pero, ojo, que no hemos de esperar pasivamente lo que sucede…No. Nosotros somos enviados…Tenemos obligación de participar, de involucrarnos, de estar presentes, aun donde no nos llaman. Es el Señor el que nos convoca y envía…Nadie más. Es su aprobación y anuencia la única que hemos de procurar. De allí la importancia de la oración…¿Pues cómo podremos saber su Voluntad si no lo oímos, si no le prestamos atención, si no le dedicamos unos momentos a solas y en comunidad?

Las palabras del Señor en este pasaje son muy duras y es que exigen definición. No podemos pretender servirlo si andamos a medias tintas, si somos tibios. O estamos con él, o no estamos y ello significa muchas veces enfrentarnos a nuestros propios hermanos. Es que nosotros seguimos el Bien, la Verdad, la Luz y ninguna otra bandera puede, ni debe hacernos claudicar, por más que esta sea portada por algún entrañable familiar nuestro. O estamos con la luz, o estamos con las tinieblas…No se puede servir a dos señores.

Oremos:

Señor, te pido de modo muy especial por este día, en el que habré de reencontrarme con los hermanos de mi promoción, después de 40 años. Que aun en estas circunstancias no deje de brillar Tu luz en mí. Es más, que brille con la intensidad necesaria para que vean y crean en Tí. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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jun 02 2010

Marcos 12, 18-27

Texto del evangelio (Mc 12, 18-27)

En aquel tiempo, se le acercaron a Jesús unos saduceos, que niegan que haya resurrección, y le preguntaban: «Maestro, Moisés nos dejó escrito que si muere el hermano de alguno y deja mujer y no deja hijos, que su hermano tome a la mujer para dar descendencia a su hermano. Eran siete hermanos: el primero tomó mujer, pero murió sin dejar descendencia; también el segundo la tomó y murió sin dejar descendencia; y el tercero lo mismo. Ninguno de los siete dejó descendencia. Después de todos, murió también la mujer. En la resurrección, cuando resuciten, ¿de cuál de ellos será mujer? Porque los siete la tuvieron por mujer».

Jesús les contestó: «¿No estáis en un error precisamente por esto, por no entender las Escrituras ni el poder de Dios? Pues cuando resuciten de entre los muertos, ni ellos tomarán mujer ni ellas marido, sino que serán como ángeles en los cielos. Y acerca de que los muertos resucitan, ¿no habéis leído en el libro de Moisés, en lo de la zarza, cómo Dios le dijo: Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? No es un Dios de muertos, sino de vivos. Estáis en un gran error».

Reflexión: Mc 12, 18-27

Si será así o asá en el más allá, es algo que no nos debe inquietar. ¡Qué más da! Podemos estar seguros que será lo que tenga que ser y si de nuestro Dios depende, será lo justo, lo correcto, lo adecuado. Pero no es esto lo que nos debe quitar el sueño, sino nuestra vida misma.

Nuestro Dios, “no es un Dios de muertos, sino de vivos”. ¿Qué me dice a mi el Señor en este pasaje? Pues que no me debo ocupar, ni preocupar por lo que será, o cómo habrá de ser la vida futura. Ello no tiene importancia; ningún sentido. Es una pérdida de tiempo y denota falta de entendimiento del mensaje del Señor, el estar ocupado, dedicado a meditar, pensar, reflexionar o especular respecto a cómo será aquella vida.

Habremos de Resucitar y estaremos eternamente con Dios Padre, que es Amor y como tal es Luz, Alegría, Paz, Vida Eterna…Esto debía ser suficiente. Especular más allá, es entrar en el plano de la imaginación y quedarse anclado allí es escapar de la realidad; y si buscamos una razón, un sentido basándonos en estas teorías, pues terminaremos por tergiversar el mensaje del Señor, que es acerca de los vivos y no de los muertos.

Es de vivir bien la vida actual, de lo que trata la prédica y el seguimiento al Señor. Amar al prójimo, no tiene otra connotación. No se trata de cómo lo amaré, o si lo hubiera amado…Se trata del Hoy, del Ahora. Como dice la canción, “lo que pasó, pasó…” Sí, es importante reflexionar sobre ello, para pedir perdón o perdonar y rectificar. Pero esto lo debemos hacer Hoy, Ahora. No mañana, ni en el futuro, ni mucho menos en la “vida futura”. Hoy y Ahora tenemos la OBLIGACIÓN, el DEBER de Amar a nuestros hermanos, como el Señor nos ha enseñado. Sin reparos, sin medida, sin condiciones…Porque nuestro Dios, nuestro Padre, es un Dios, un Padre nuestro, es decir de todos nosotros…Tuyo y mío; de todos los que estamos aquí y ahora en este barco, en esta nave. Lleva una vida recta, que no puede ser otra cosa u otra forma de decir: ama a tus semejantes y, como decía San Agustín, haz lo que quieras.

Esto es lo que nos pide el Señor, nuestro Dios…Y en ello debe estar puesto todo nuestro empeño. “Ama y haz lo que quieras”, pero primero ama. Ama hoy, ama ahora, ama en este momento…Amar no es otra cosa que hacer lo correcto, que hacer el bien; amar no es otra cosa que servir, que dar, que ser para los demás, que vivir para los demás…que llegar a ser “verdadera comida y verdadera bebida”. Ese ha de ser nuestro empeño…transfigurarnos…llegar a ser como Jesús.

Oremos:

Padre Santo, ayúdanos a cumplir nuestra misión. Que por donde pasemos y con quien estemos sólo demos testimonio de Tu amor. Que si alguien quiere buscar explicación de nuestros actos, los encuentre allí. Que abandonemos todo temor y razón mezquina, para obrar en función del bien común, procurando el bien ajeno, antes que el nuestro. Que seamos testigos de fe, ejemplos de amor. Aparta de nosotros toda tentación y fortalece nuestro espíritu para que cuando llegue, sepamos superar la adversidad, sin perder la paz y sin dejar de obrar rectamente y movidos por el amor. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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mar 09 2010

Mateo 18, 21-35

Texto del evangelio (Mt 18, 21-35)

 
En aquel tiempo, Pedro se acercó entonces y le dijo: «Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?». Dícele Jesús: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.

»Por eso el Reino de los Cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos. Al empezar a ajustarlas, le fue presentado uno que le debía 10.000 talentos. Como no tenía con qué pagar, ordenó el señor que fuese vendido él, su mujer y sus hijos y todo cuanto tenía, y que se le pagase. Entonces el siervo se echó a sus pies, y postrado le decía: ‘Ten paciencia conmigo, que todo te lo pagaré’. Movido a compasión el señor de aquel siervo, le dejó en libertad y le perdonó la deuda.

»Al salir de allí aquel siervo se encontró con uno de sus compañeros, que le debía cien denarios; le agarró y, ahogándole, le decía: ‘Paga lo que debes’. Su compañero, cayendo a sus pies, le suplicaba: ‘Ten paciencia conmigo, que ya te pagaré’. Pero él no quiso, sino que fue y le echó en la cárcel, hasta que pagase lo que debía. Al ver sus compañeros lo ocurrido, se entristecieron mucho, y fueron a contar a su señor todo lo sucedido. Su señor entonces le mandó llamar y le dijo: ‘Siervo malvado, yo te perdoné a ti toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también compadecerte de tu compañero, del mismo modo que yo me compadecí de ti?’. Y encolerizado su señor, le entregó a los verdugos hasta que pagase todo lo que le debía. Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si no perdonáis de corazón cada uno a vuestro hermano».

Reflexión: Mt 18, 21-35

Qué rápidos somos para pedir privilegios y ventajas para nosotros mismos. Queremos ser los primeros en la cola, que nos pongan en los primeros lugares, en los que se oye mejor, se ve mejor. Al momento del reparto, queremos ser los primeros, a los que les toque la mejor parte, la más grande, la más sabrosa, la mejor ubicada. Si se trata de pagar, que se nos indulte, que se nos perdone, que se nos rebaje…Pero cuando se trata de cobrar, que sea hasta el último centavo, que sea con creces. “Me las pagará”, decimos…

Pedimos misericordia a Dios, un trato benevolente. Pero no somos capaces de prodigarlo. Somos más proclives y estamos más dispuestos a poner cargas en las espaldas de nuestro prójimo, que nosotros no soportaríamos ni llevaríamos por un instante. Claro, siempre encontramos una excusa para nuestra exigencia con los demás y para la tolerancia con nosotros mismos.

No nos medimos con la misma vara que medimos a nuestros hermanos. Aquí el Señor nos recuerda que debemos ser tan tolerantes y contemplativos con los demás, y sobre todo, tan compasivos, como quisiéramos que fueran con nosotros.  Estamos nuevamente ante una lección de amor…Ama y serás amado. Da y recibirás…Solo recuerda que el primer paso debe ser tuyo, debes darlo tú; no debes esperar que el otro comience, que el otro lo haga, que el otro se allane. Hazlo tú, por amor, por Dios…Hazlo, sin esperar nada a cambio, y obtendrás la recompensa más grande, a la que puede aspirar ser humano alguno: la Vida Eterna, un lugar en el Paraíso, un asiento en la Mesa del Señor.

No lleves cuentas, como el Señor tampoco las lleva contigo. Cuando perdones, perdona de corazón de una sola vez y para siempre. Para eso no puede ni debe haber límites. Perdona las veces que sea necesario. “Hasta setenta veces siete”…Es decir, siempre, sin cuenta…

 

Oremos:

Señor, que no me fije tanto en lo que me dan, en lo que he de recibir, como en lo que doy y hago por los demás. Que esté siempre dispuesto a servirte; que acuda al primer llamado. Que no espere ruegos y súplicas; que me deje conmover por mis hermanos.   Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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mar 02 2010

Mateo 23, 1-12

Texto del evangelio (Mt 23, 1-12)

En aquel tiempo, Jesús se dirigió a la gente y a sus discípulos y les dijo: «En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos. Haced, pues, y observad todo lo que os digan; pero no imitéis su conducta, porque dicen y no hacen. Atan cargas pesadas y las echan a las espaldas de la gente, pero ellos ni con el dedo quieren moverlas. Todas sus obras las hacen para ser vistos por los hombres; se hacen bien anchas las filacterias y bien largas las orlas del manto; quieren el primer puesto en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas, que se les salude en las plazas y que la gente les llame “Rabbí”.

»Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar “Rabbí”, porque uno solo es vuestro Maestro; y vosotros sois todos hermanos. Ni llaméis a nadie “Padre” vuestro en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre: el del cielo. Ni tampoco os dejéis llamar “Doctores”, porque uno solo es vuestro Doctor: Cristo. El mayor entre vosotros será vuestro servidor. Pues el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado».

Reflexión: Mt 23, 1-12

Muy claramente, para que no quepa dudas, Jesús nos indica cual debe ser nuestra actitud en el mundo. Cómo debemos pasar por él, sin aspavientos, sin pretensiones. Nosotros debemos estar al servicio de los demás.

Cuando uno adquiere un puesto de importancia, adquiere también responsabilidades, a veces muy difíciles de cumplir. Necesita de la colaboración de todos y para eso tiene que actuar como líder. Tiene que saber motivar y arrastrar a los demás en la dirección correcta, a fin de lograr las metas que se ha propuesto o que los jefes esperan de él.

Siempre habremos de preguntarnos si lo que hacemos es correcto, si ello nos conducirá y conducirá a los que trabajan con nosotros a la perfección, a la construcción del Reino, a un bien superior. No hemos de aceptar, pues, tareas destructivas, que hagan daño a los hombres o al mundo en el que vivimos. Tenemos que ser críticos y aplicar nuestro buen juicio; para ello tenemos a nuestro Maestro, Jesús, que nos ayudará a dilucidar lo conveniente, lo correcto.

Porque nosotros, los cristianos, no podemos tener una vida doble, una vida dual, en la que una cosa es lo que hacemos y otra la que decimos y confesamos, sin importar el cargo que desempeñemos. Así es como actúan los fariseos, nos lo recuerda el Señor. Dicen una cosa, pero hacen otra. Y ponen cargas a sus empleados, a sus siervos, a sus seguidores, que ellos no llevarían ni por un segundo en sus espaldas. Qué fácil es culpar a los demás, exigir comportamientos, responsabilidades y tareas imposibles, que anulan sus vidas, que les restan libertad, que los inutilizan, que los deprimen, que los hunden, al no poder lograr las metas, pese a los múltiples esfuerzos y sacrificios que realizan y encima no obtener reconocimiento alguno, precisamente porque no lograron lo que se les exigía.

El Señor nos exige empatía con nuestros empleados, con nuestros siervos. E incluso, como siempre, va más allá. Debemos actuar como siervos, en lugar de estar regocijándonos con loas y reconocimientos a nuestra embestidura. Nuestro proceder debe hacer evidente a los demás que tenemos un solo Maestro, un solo Padre  y un solo Doctor, del que proviene la sabiduría, el amor y el servicio.

Se trata, pues, de actuar como hombres y mujeres nuevos, al servicio del Reino, y por lo tanto, al servicio de los demás. Oír, atender, escuchar…ser sensible a las necesidades de los demás, más aún si contigo se encuentran al servicio de una empresa, de un negocio. Tener en cuenta siempre las altas metas que el Señor nos propone, que están por encima de los fines particulares de cualquier emprendimiento mundano, que habrán de perseguir la promoción del ser humano y nunca su humillación. Nada justifica humillar a tu hermano. Por el contrario, si de humillación se trata, debe empezar por ti. Eso es lo que nos enseña Jesús…No a salvar nuestro “buen nombre” y reputación a costa de un “infeliz”, de un “pobre diablo”, como lamentablemente tendemos a hacer. Nos comparamos, juzgamos y nos sentimos superiores a los humildes y por lo tanto, menos merecedores de humillación. Si alguien habrá de salir perdedor y humillado de esta contienda, será siempre el otro, porque “yo soy harina de otro costal”. “No sabe con quién se ha metido…” son las palabras de quien no reconoce, ni admite humillación alguna posible. “Antes, muerto”….

Un momentito…¿Por qué no te detienes a meditar un poco en torno al escenario? ¿Qué está pasando? ¿Estás seguro que la verdad está contigo? ¿Esta “verdad” implica pasar como una aplanadora por encima de las vidas de algunos o de alguien en especial? ¿Crees que eso puede venir de un Dios que es Padre? ¿Al servicio de quién estás: de este Padre, tuyo o del demonio? Piensa, medita, reflexiona, ora….

Oremos:

Señor, danos tu luz para ver claramente en nuestras vidas, que seguimos el Camino correcto, que no nos estamos engañando, huyendo solamente de la humillación o buscando solamente que nos ensalcen, porque somos incapaces de equivocarnos, porque de nosotros solo pueden venir cosas buenas…porque la razón nos acompaña en todo, porque somos superiores, elegidos…¡Danos humildad para reconocer nuestras faltas, nuestra imperfección! Sobre todo, danos sensibilidad para sentir y amar como Tú. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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feb 26 2010

Mateo 5, 20-26

Texto del evangelio (Mt 5, 20-26) 

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Os digo que, si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los cielos. Habéis oído que se dijo a los antepasados: ‘No matarás; y aquel que mate será reo ante el tribunal’. Pues yo os digo: Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal; pero el que llame a su hermano “imbécil”, será reo ante el Sanedrín; y el que le llame “renegado”, será reo de la gehenna de fuego.

»Si, pues, al presentar tu ofrenda en el altar te acuerdas entonces de que un hermano tuyo tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelves y presentas tu ofrenda. Ponte enseguida a buenas con tu adversario mientras vas con él por el camino; no sea que tu adversario te entregue al juez y el juez al guardia, y te metan en la cárcel. Yo te aseguro: no saldrás de allí hasta que no hayas pagado el último céntimo».

Reflexión: Mt 5, 20-26

Qué fácil es ofendernos. Hablar mal de alguien que no está, que está ausente, en presencia de otros, solo para desprestigiarlo o para justificar nuestro proceder con él. Queremos tener siempre la razón, así que si hemos cometido una injusticia, por ignorancia o simplemente por error, por falta de análisis o comprensión de los hechos, en lugar de enmendarlo, muchas veces por soberbia, insistimos en él, sin reparar en el daño que hacemos.

Estos últimos años hemos inventado o por lo menos redescubierto y relanzado muchos términos nuevos; uno de ellos es la “empatía”, que en pocas palabras significa ponernos en los zapatos del otro…tratar de ver las cosas desde su perspectiva; tratar de entender ese lado en cualquier situación, pero sobre todo en aquellas que muchas veces nos enfrentan inútilmente. ¿Por qué insistir en el insulto, en la diatriba, cuando es posible que si hubiéramos estado en sus pantalones hubiéramos obrado igual? Y si llegamos a ese convencimiento, ¿por qué no enmendar nuestro proceder, bajando la guardia y dejando de apuntar toda nuestra demoledora artillería contra esa persona? ¿Por qué ensañarnos? Definitivamente, aquí Jesús nos dice que esta es obra del mal espíritu; es obra del demonio, que se regodea en la división, en la envidia, en el odio, en las rencillas…

El cristiano está llamado a ir más allá de la justicia. Al cristiano no le interesa cumplir la ley, es muy poco para él. La única ley, la cual debemos esforzarnos por cumplir, es la de la caridad, la del amor, que está más allá y por encima de toda ley. Para quienes no logran entender esta simple pero muy profunda declaración, pasamos a explicar. La ley fija en mi país un “salario mínimo vital” con el cual todo el mundo, empezando por los legisladores (es decir los que dan la ley) saben que no alcanza para vivir. Los empresarios también lo saben. Sin embargo, muchos de ellos, teniendo cómo mejorar la situación de sus trabajadores, prefieren mantenerlos con el sueldo mínimo, ya que de este modo, se justifican, “están cumpliendo con la ley, por lo que nadie tiene nada que objetarles.  Son justos”. . .

Pero esta no es la justicia que manda el Señor. La justicia Divina va más allá. Tiene que ver con la caridad, con el amor. Obliga a este empresario a reconocer que esta es una mala ley, que hay error en ella y que mientras pueda y esté realmente a su alcance, se esforzará en enmendarla. Le costará, seguramente muchos disgustos, pues muchos de sus socios y accionistas no estarán dispuestos a comprender…Tendrá que convencerlos…Esta será, tal vez, su forma de evangelizar al mundo y ayudar a los menos favorecidos, en este caso, a sus trabajadores y sus familias…Es que el cristiano está obligado a ir más allá de la ley.

Lo justo y lo injusto en criterios mundanos, es lo mínimo que todo el mundo está dispuesto a cumplir. Es lo menos que se puede exigir a cualquier persona, a cualquier ser humano. Pero no podemos olvidarnos que estas leyes han sido hechas por hombres, muchas veces limitados por su conveniencia o su estrecho entender. Así el Señor Feudal tenía derechos sobre la mujer de sus siervos y ninguna mujer podía acceder a cargos públicos, a votar o usar pantalones…El cristiano no puede escudarse en la ley. Tiene que examinar su corazón y asegurarse que obra con caridad, guiado por el Espíritu Santo.

Oremos:

Señor, ayúdanos a perdonar. Que no guardemos rencor por nadie ni nada. Y que mientras esté a nuestro alcance, tratemos de reconciliarnos con todos, reconociéndonos como hermanos, hijos de un mismo Padre. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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ene 26 2010

Marco 3, 31-35

Texto del evangelio (Mc 3, 31-35)

En aquel tiempo, llegan la madre y los hermanos de Jesús, y quedándose fuera, le envían a llamar. Estaba mucha gente sentada a su alrededor. Le dicen: «¡Oye!, tu madre, tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan». Él les responde: «¿Quién es mi madre y mis hermanos?». Y mirando en torno a los que estaban sentados en corro, a su alrededor, dice: «Éstos son mi madre y mis hermanos. Quien cumpla la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre».

Reflexión: Mc 3, 31-35

El Señor lo tienen bien claro. No hay excusas con Él. Porque nosotros siempre estamos poniendo la consabida excusa de nuestros padres, porque son muy viejitos, o porque somos solteros y nos hemos dedicado a ellos en cuerpo y alma, o porque somos casados y estamos dedicados a nuestros hijos o a nuestros cónyuges…El hecho es que siempre ellos nos sirven para eximirnos de mayor compromiso. Decimos, cuando ellos se vayan o cuando ellos ya no nos necesiten…En fin, el hecho es que ese día nunca llega y sentimos muy justificada nuestra vida por haberla dedicado plenamente a ellos…

¿Qué dice el Señor? «Éstos son mi madre y mis hermanos. Quien cumpla la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre». Es decir, yo tengo una misión que está por encima de mis naturales afectos, que va más allá. No hay excusa válida para eximirme de cumplir mi Misión, que está al lado de los hermanos que me ha puesto el Señor, es decir mis compañeros de trabajo, las personas con las que ocasionalmente vivo ciertos episodios de mi vida…La sociedad entera. Nosotros nos debemos a la humanidad entera. No podemos estar mezquinando nuestro deber y orientándolo sólo para aquellos que viven bajo nuestro mismo techo.

Esto es lo que debemos recordar siempre. Allí donde estemos, tenemos que dar testimonio de Jesús. En ese momento, estas personas que te rodean serán tus hermanos y hermanas, tus padres, tíos y abuelos. No puedes dejar hacer, dejar pasar, porque te estás reservando para los tuyos…Eso no es cristiano. Así nos lo revela Jesús.

Nosotros no somos dueños de nuestra vida, sino que es un Don Gratuito que hemos recibido de Dios y que por tanto debemos ponerlo a su servicio, allí donde estemos, allí donde nos encontremos, sin escatimar esfuerzos, sin medir, sin calcular. Hay que hacer lo que debemos hacer cada vez, en cada situación, siempre. No podemos ser cristianos en ciertas ocasiones y con cierta gente, la que nos gusta, la que hemos escogido, la que nos halaga y aplaude, la que nos agradece…¡No! Tenemos que ser cristianos SIEMPRE y con todos.

Oremos:

Padre Santo, concédenos la Gracia de obrar cristianamente siempre y con todos los que nos rodean, sin reservas, sin predilecciones, sin mezquindades. Queremos servirte cada día, allá donde nos pones, con el coraje y decisión que la situación demande, teniendo en cuenta siempre una sola cosa: cumplir nuestra Misión. Para ello no hay momento ni ocasión mejor…Es SIEMPRE, mientras tengamos vida…. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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nov 21 2009

Lucas 20, 27-40

Texto del evangelio (Lc 20,27-40)

En aquel tiempo, acercándose a Jesús algunos de los saduceos, esos que sostienen que no hay resurrección, le preguntaron: «Maestro, Moisés nos dejó escrito que si muere el hermano de alguno, que estaba casado y no tenía hijos, que su hermano tome a la mujer para dar descendencia a su hermano. Eran siete hermanos; habiendo tomado mujer el primero, murió sin hijos; y la tomó el segundo, luego el tercero; del mismo modo los siete murieron también sin dejar hijos. Finalmente, también murió la mujer. Ésta, pues, ¿de cuál de ellos será mujer en la resurrección? Porque los siete la tuvieron por mujer».

Jesús les dijo: «Los hijos de este mundo toman mujer o marido; pero los que alcancen a ser dignos de tener parte en aquel mundo y en la resurrección de entre los muertos, ni ellos tomarán mujer ni ellas marido, ni pueden ya morir, porque son como ángeles, y son hijos de Dios, siendo hijos de la resurrección. Y que los muertos resucitan lo ha indicado también Moisés en lo de la zarza, cuando llama al Señor el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. No es un Dios de muertos, sino de vivos, porque para él todos viven».

Algunos de los escribas le dijeron: «Maestro, has hablado bien». Pues ya no se atrevían a preguntarle nada.

Reflexión: Lc 20,27-40

Me parece encontrar aquí la típica reacción nuestra. Queremos ver e interpretar la Vida Eterna con nuestras propias categorías. Así la Resurrección no traerá sino una continuación por los siglos de los siglos de lo que veníamos haciendo y viviendo aquí en la Tierra…como una prolongación eterna de nuestras vidas. Como resultado, queremos trasladar obviamente nuestros dilemas, nuestras mismas inquietudes, preferencias y vivencias terrenas al cielo. Mas el Señor nos Revela que esto no es así.

Nuestra vida y preocupaciones de aquí no serán trasladadas allí. No se trata de un prolongar allí nuestra vida…Se trata de una vida distinta. Esto me parece que es en el fondo lo que nos cuesta entender y aceptar.

Estamos llamados a vivir de otro modo y esto no solo en la Vida Futura, sino desde aquí. Estamos llamados a vivir en el Amor y Este, está sobre todas las categorías y divisiones que hemos creado. El Verdadero Amor no nos permite hacer distinciones entre familiares, amigos, hijos, hermanos, esposas o esposos…El Verdadero Amor no tiene límites y nos obliga, por lo tanto, a vivir de otro modo. Si nosotros entendiéramos ello, empezaríamos desde ahora a vivir de un modo distinto, a vivir las primicias del Reino, a vivir como Hijos de Dios.

El Amor es todo aquello que señala Pablo en Corintios 13 y lo podemos empezar a vivir desde aquí, desde ahora…pero lo alcanzaremos en plenitud cuando Resucitemos de entre los muertos para amar y servir a Dios por toda la Eternidad.

Así que, vive con amor, da amor y deja el resto en manos del Señor, que sabrá compensarte de un modo pleno, que solo puedes alcanzar a vislumbrar, como una primicia, en el amor humano, en el amor a los hombres, en el amor a los demás, en el amor al prójimo. Recuerda que Dios te amó primero y te amo tanto, que te regaló el precioso e incomparable don de la vida y te ha dejado en libertad para que tú, por tus propios medios, escojas vivir eternamente. Para ello solo tienes que ser feliz. Y es feliz el que ama. El amor es la llave para la Vida Eterna…

Oremos:

Señor, permítenos entender que es en esta vida que debemos ser felices y que la felicidad está en el amor y que el amor consiste en ver por los demás, en velar por los demás, en negarnos a nosotros mismos, buscando primero el bien ajeno, el bien del prójimo, sin importar que este sea nuestro familiar o nuestro amigo o nuestro compañero de trabajo. El Amor está por encima de todo esto y no se detiene en clasificación alguna, en miramientos ni reparos.

Señor, enséñanos a amar. Amén.

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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nov 04 2009

Lucas 14, 25-33

Texto del evangelio (Lc 14,25-33)

 
En aquel tiempo, caminaba con Jesús mucha gente, y volviéndose les dijo: «Si alguno viene donde mí y no odia a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas y hasta su propia vida, no puede ser discípulo mío. El que no lleve su cruz y venga en pos de mí, no puede ser discípulo mío.

»Porque ¿quién de vosotros, que quiere edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, y ver si tiene para acabarla? No sea que, habiendo puesto los cimientos y no pudiendo terminar, todos los que lo vean se pongan a burlarse de él, diciendo: ‘Este comenzó a edificar y no pudo terminar’. O ¿qué rey, que sale a enfrentarse contra otro rey, no se sienta antes y delibera si con diez mil puede salir al paso del que viene contra él con veinte mil? Y si no, cuando está todavía lejos, envía una embajada para pedir condiciones de paz. Pues, de igual manera, cualquiera de vosotros que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío.

Reflexión: Lc 14,25-33

Estamos nuevamente ante la figura de nuestros Salvador. Su mensaje es muy claro y contundente; no deja lugar a dudas ni especulaciones. Pero nosotros queremos hacerlo inocuo. Es que posiblemente “de buena fe” queremos seguirlo; queremos ser cristianos. De algún modo Cristo nos ha deslumbrado…su Palabra, su mensaje ha calado hondo; no podemos desconocerlo…Nos conmueve. ¿Cómo no hacerlo, si habla de amor, el más sublime de los sentimientos?

Todos o casi todos hemos experimentado alguna vez el amor. Ya sea como padres, ya sea como hijos, ya sea como novios, como esposos o como amigos. Sobre todo cuando niños, cuando más inocentes y frágiles somos, el amor ha dejado en nosotros su huella indeleble. Sabemos en carne propia cuán grande puede ser el amor, sobre todo porque así lo hemos recibido, sobre todo en nuestra familia.

Conocemos también el dolor, el sufrimiento y el sacrificio. Algunos lo hemos experimentado en carne propia, otros lo hemos visto y comprendido también en familia. Lo vimos en nuestros padres, en nuestros abuelos, en nuestros hermanos o en algún pariente cercano. Aprendimos a valorarlos como parte de la vida y por sobre todos ellos, al amor, que se mantuvo inamovible cuando más arreció la tormenta.

Fue entonces que muchos conocimos a Jesús, el ejemplo más sublime de Amor; el Amor de Dios; el Amor del Padre Eterno, que no contento con crearnos y regalarnos la vida, interviene en nuestra historia, sin desmedro de nuestra libertad, para mostrarnos el Camino y no tiene reparos en enviar a Su propio Hijo para ello. Jesús, viviendo como nosotros, muriendo en la cruz por nuestros pecados y resucitando, nos muestra el Camino, nos muestra el Amor llevado al extremo. Es El Modelo. Es La Pauta, La Norma…

Por eso dice Jesús: “El que no lleve su cruz y venga en pos de mí, no puede ser discípulo mío.”

Todo esto es lo que hemos aprendido por enseñanza de nuestra Santa Madre Iglesia,  por enseñanza de nuestros padres, de nuestra familia. Todo esto lo conocemos y sabemos muy bien los cristianos. Pero incluso los que no lo son, llevan esta impronta de Dios en el alma, que les permite tomar contacto y conocer esta realidad. Porque el hombre es una creatura Divina, creada para el Amor.

Sin embargo, aunque casi todos lo sabemos y lo hemos experimentado, pocos estamos dispuesto a seguirle, tal como nos lo propone en la lectura de hoy. Así, elevamos el seguimiento de Jesús a nivel de poesía, de declaraciones líricas hermosas, incluso de canciones, pero no nos dejamos transformar, ni transformamos el mundo con Su Palabra, como Él lo exige. Es que oírlo y comprenderlo es una cosa, pero de ahí a hacer lo que dice, hay un trecho muy grande y exigente, que preferimos obviar. Ese es el drama de nuestro tiempo. Por eso tanta pobreza, tanta injusticia, tanto dolor y sufrimiento. Cuando tenemos todo en nuestras manos, para cambiar la historia, paradójicamente hemos renunciado a salvarnos, por retenerlo y atesorarlo todo. Nos hemos vuelto idólatras…hemos perdido la perspectiva.

Oremos:

Padre Santo, ayúdanos a retomar el Camino, a volver por el Sendero del Amor, del seguimiento a Cristo, Tú Hijo.

Acrecienta nuestra Fe y danos el valor para dejar lo que tengamos que dejar, con tal de seguirte a Ti, que sólo quieres nuestra Salvación.

Danos un corazón inmenso, grande y noble, para amar. Para amar a todos, sin distinción y sin límites. Amén

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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sep 22 2009

Reflexión: Lc 8,19-21

Lc 8,19-21

Estamos frente a otra lectura muy corta y sencilla, para el que realmente quiere oír y entender la Palabra del Señor. Aquél que quiere quedarse con lo anecdótico, encontrará tema suficiente para enfrascarse en una discusión bizantina, que puede dar origen a un trabajo de investigación que puede tomarle el resto de su vida y no servirá para nada, a no ser para justificar su falta de fe, su inacción y la ocupación o desperdicio absurdo de su tiempo.

No es ninguna novedad que algunos detractores quieran ver en estos versículos la prueba que María no era tan Virgen, tratando por allí de desarmar el “andamiaje” de la fe católica. Absurdo.

Quien se acerca con esa actitud a la Biblia, mejor que la deje y no pierda su tiempo, pues no encontrará en ella la prueba científica que esperaba para fundamentar su fe. La Biblia no es un libro científico, ni histórico y ni si quiera una pieza literaria.

La Biblia es un libro que lleva registrada la Palabra de Dios, dirigida a los hombres de ayer, hoy, mañana y siempre. La Biblia contiene la Palabra de Dios, la Verdad revelada a diferentes hombres y en diferentes épocas, de un Pueblo Escogido. Y alcanza la cima, el fin de esta Revelación, cuando Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, nace, vive y muere hace dos mil años, exactamente del modo en que había sido profetizado cientos de años antes.

Jesucristo, el Enviado de Dios Padre, viene a redimirnos del pecado y la muerta, viene a salvarnos y a darnos vida, para que la tengamos en abundancia. Para eso nos enseña que hay que amar y servir a nuestro prójimo, como si se tratara de Dios mismo, perdonando y dando hasta el extremo. Muriendo en la cruz, nos muestra el Camino de la donación y el amor perfecto y nos enseña que el amor no tiene límites, que el amor de Dios a nosotros es Infinito, que Él solo quiere nuestra felicidad; que para eso, debemos amar a nuestros hermanos como a nosotros mismos.

Él nos hace hermanos a todos, como hijos de un Único Padre. Es en ese contexto que tenemos que entender estas palabras. Por eso cuando le hablan de su madre y hermanos Él dice:   «Mi madre y mis hermanos son aquellos que oyen la Palabra de Dios y la cumplen». No es que quiera negar el parentesco con la gente que lo buscaba, ni viene al caso aclarar cuantos eran, ni a quienes efectivamente se referían los que le hicieron el anuncio. Lo que trata de enfatizar Jesús es el vínculo que lo une con todos. El vínculo que debe unirnos y que debe estar por sobre cualquier otro vínculo: «Mi madre y mis hermanos son aquellos que oyen la Palabra de Dios y la cumplen». El resto son pamplinas.

Así de radical y exigente es el Señor. Dios ha de estar por encima de todo. ¿Ese no es el primer mandamiento? ¿De qué estamos hablando entonces? Cristo no hace más que destacar cual debe ser el orden en nuestra vida. Dejarnos de “mi mamita” o “mi papito” o “mis hijitos” como excusa para no hacer lo que debemos. Nosotros, TODOS, tenemos una misión y esta tiene que estar por encima. Si no lo entendemos así, entonces no pertenecemos a la familia de Dios, ni somos hermanos de Jesús. ¡Eso es todo! 

Oremos:

Padre Santo, danos el coraje para seguir a Jesús y vivir como hermanos, dejando de utilizar a nuestros seres queridos para no cumplir con nuestro deber.

Danos perseverancia, para pasar de las declaraciones líricas a la acción, teniendo siempre como banderas, la paz y el amor.

¡Apártanos de la soberbia y el egoísmo!.

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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ago 12 2009

Reflexión: Mt 18,15-20

Mt 18,15-20
 

El Señor nos recuerda el deber que tenemos para con nuestros hermanos. No podemos andar indiferentes ante lo que ocurre con ellos. No se trata de que nos afecte o no…Se trata de que si nosotros nos damos cuenta que están equivocados, que están en error, se los digamos. Este es un deber, una obligación que tenemos como verdaderos seguidores de Jesús, como cristianos, que hemos asumido el Amor como bandera, como norte, como principio y fundamento. No podemos desentendernos de la realidad que nos rodea y mucho menos en lo que atañe a nuestra familia, a nuestros amigos, a nuestros compañeros de trabajo, a nuestra comunidad parroquial, a los miembros de nuestro club, a nuestros correligionarios…finalmente a nuestra sociedad.

Si hemos recibido dones de Dios, tenemos el deber de compartirlos. No son para guardarlos para nosotros, porque terminarán por perderse, por desnaturalizarse. Estos se acrecentarán en la medida que los compartamos con todos, cuanto más, con los más necesitados, con los que han extraviado el camino, con los que deambulan desorientados, los que han perdido la brújula y les da lo mismo esto que aquello.

Estamos llamados a servir. Sin servicio no hay misión posible. Pero al que sirve el Señor le respalda con todo su poder. Y sin embargo, pese a cumplir con nuestra misión, pese a contar con el apoyo del Señor, es posible que no lleguemos al corazón, al alma de nuestro hermano…Y, el Señor nos lo advierte. Él no desconoce esta posibilidad, que puede depender tanto de nuestras convicciones, de nuestro modo de expresarnos o de la circunstancia de nuestro hermano, o, en fin, de lo que fuere. Pero si no tenemos éxito, todavía tenemos un camino que recorrer. Aún en ese momento, no podemos desentendernos. Tenemos que seguir hasta el final. Hagámonos acompañar de otro hermano y finalmente por la comunidad…Solo entonces, y habiendo orado lo suficiente, podremos decir que hicimos lo que estuvo a nuestro alcance.

Tenemos entonces un deber con nuestra comunidad. La vida cristiana no se puede desarrollar enclaustrada, encerrada en sí misa. Tiene que revelarse a los demás. No debemos tener miedo. El que se guarda para sí mismo, se pierde.

Oremos:

Señor, ayúdame a cumplir mi misión. Dame el valor y la convicción para expresarme en tu nombre. Dame fe, para reconocerme como tu instrumento y dejarte actuar en mi. Que no me cuide tanto en mis palabra y en mis gestos, que muchas veces ello sólo es motivado por mi inmenso amor propio, por el temor a quedar mal, por el temor a no caer bien, por el temor a desprestigiarme. ¡Dame valor!

Permíteme ser testigo de tu amor entre los que más lo necesitan. Que pueda encender en ellos una pequeña llama, que quizás cuando crezca pueda servir para iluminar sus vidas.

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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