jul 31 2010

Mateo 14, 1-12

Texto del evangelio (Mt 14, 1-12)

En aquel tiempo, se enteró el tetrarca Herodes de la fama de Jesús, y dijo a sus criados: «Ese es Juan el Bautista; él ha resucitado de entre los muertos, y por eso actúan en él fuerzas milagrosas».

Es que Herodes había prendido a Juan, le había encadenado y puesto en la cárcel, por causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo. Porque Juan le decía: «No te es lícito tenerla». Y aunque quería matarle, temió a la gente, porque le tenían por profeta.

Mas llegado el cumpleaños de Herodes, la hija de Herodías danzó en medio de todos gustando tanto a Herodes, que éste le prometió bajo juramento darle lo que pidiese. Ella, instigada por su madre, «dame aquí, dijo, en una bandeja, la cabeza de Juan el Bautista». Entristecióse el rey, pero, a causa del juramento y de los comensales, ordenó que se le diese, y envió a decapitar a Juan en la cárcel. Su cabeza fue traída en una bandeja y entregada a la muchacha, la cual se la llevó a su madre. Llegando después sus discípulos, recogieron el cadáver y lo sepultaron; y fueron a informar a Jesús.

Reflexión: Mt 14, 1-12

Temor no es lo mismo que fe. Herodes tenía temor. Tenía un mal presagio con Juan a quien mandó decapitar tan solo por cumplir el capricho de una mujer que lo había seducido, deleitado y embobado. Cómo por un placer hedonista, por la promesa de un deleite sexual podemos ser capaces de cualquier cosa, incluso de obnubilarnos, de perder la cabeza, cometer un crimen atroz, abusivo y entregar nuestra libertad.

Este pasaje de Herodes nos muestra  precisamente a un hombre entregado a sus pasiones, esclavo de ellas. Vivía de tal manera, gobernado por el instinto, que le era imposible reflexionar, permitiendo que la razón se impusiera sobre las pasiones de las que era esclavo.  Es una muestra del extremo al que nos puede llevar el egoísmo desenfrenado. Antes estaba su palabra empeñada, su prestigio, que la vida de cualquiera, así fuera Juan, a quien tanto temía.

Y es que temor no es igual a fe. El temor puede ser instintivo o tal vez el aviso de un reparo de conciencia, de algo que en el fondo de nuestros corazones sabemos que no está bien. El escrúpulo que nace probablemente de aquella impronta, de aquella huella, de aquel sello dejado en nuestros espíritus por nuestro Creador, que nos hace distintos y superiores a los animales,  y por lo tanto aspirantes a lo Bueno, a lo Correcto, a lo que es mejor y más convenientes para nuestros congéneres.

El hombre, en la cúspide del poder, se hace esclavo de él y al perder su libertad, al hipotecarla, al entregarla a cambio del bienestar, de los goces hedonistas y pasajeros, pierde lo esencial, aquello que lo distingue del resto de la Creación, aquello que fue depositado en sus manos y con lo que Dios Padre cuenta para hacer posible nuestra salvación: la Libertad, la capacidad de optar y decidir…La capacidad de amar; de ver, guiado por la Luz y optar por el Bien, por Lo mejor.

Muchos, como Herodes, tenemos miedo a Dios. Algo, que le llamamos escrúpulos, nos frena, nos pone reparos para actuar de tal o cual modo. “Hasta eso no llego”, nos decimos. Por eso tal vez impedimos un mal mayor. ¿Eso nos hace buenos? Más aún, ¿Podemos decir que esto es fe? De cualquier modo, delata una fe débil, chata, mínima, insipiente. Y diría más bien, que evidencias dudas, más que fe.

Nuestra salvación está en decidir libremente, pero con firmeza, seguir a Jesús, lo que ha de evidenciarse en nuestra vida misma. No se trata de temores intuitivos, de pálpitos. No se trata de dejar de hacer tal o cual cosa por el temor a Dios. Se trata de optar, de hacer por amor. Se trata de salir de uno mismos, de dejar de buscar el placer egoísta y la obsesión por preservar nuestro bienestar, para volcarnos a trabajar, a obrar por los demás, por nuestros hermanos, por los que nos rodean, poniendo en su felicidad, en su paz y esperanza, nuestra mayor satisfacción, muestro mayor motivo de alegría. Si tu estás feliz y alegre, entonces yo también lo estoy…Y no puede haber mayor fundamento para nuestra alegría que la noticia revelada por Jesús: que Dios es nuestro Padre y que nos tiene reservado un sitio a su lado, como herederos del Reino. Que para ello sólo debemos volver a Él, por el Camino que nos muestra Jesús.

Dejemos de ser esclavos de nuestras pasiones, que solo nos traen arrepentimiento y frustración; levantemos nuestra mirada al Padre y emprendamos el ascenso por la senda del Hijo del Hombre que nos llevará a la Mansión Infinita del Padre

Oremos:

Padre Santo, Tú que eres tan bueno, que has querido para nosotros lo mejor, permítenos descubrirte en nuestros hermanos y en cada detalle del mundo que nos rodea, especialmente en nuestro Planeta, que nos lo diste como un obsequio, para que lo compartamos entre todos, procurando siempre el Bien, Lo mejor…Danos Fe y danos Voluntad para seguir a Jesús, sin temor, aun por aquellas sendas que a veces se nos atojan difíciles.  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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mar 28 2010

Lucas 22,14-23,56

Texto del evangelio (Lc 22,14-23,56)

Llegada la hora, se sentó Jesús con sus discípulos, y les dijo: «He deseado enormemente comer esta comida pascual con vosotros antes de padecer, porque os digo que ya no la volveré a comer hasta que se cumpla en el Reino de Dios». Y tomando una copa, dio gracias y dijo: «Tomad esto, repartidlo entre vosotros; porque os digo que no beberé desde ahora del fruto de la vid hasta que venga el Reino de Dios».

Y tomando pan, dio gracias; lo partió y se lo dio diciendo: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía». Después de cenar, hizo lo mismo con la copa diciendo: «Esta copa es la Nueva Alianza sellada con mi sangre, que se derrama por vosotros. Pero mirad: la mano del que me entrega está con la mía en la mesa. Porque el Hijo del Hombre se va según lo establecido; pero ¡ay de ése que lo entrega!».

Ellos empezaron a preguntarse unos a otros quién de ellos podía ser el que iba a hacer eso. Los discípulos se pusieron a disputar sobre quién de ellos debía ser tenido como el primero. Jesús les dijo: «Los reyes de los gentiles los dominan y los que ejercen la autoridad se hacen llamar bienhechores. Vosotros no hagáis así, sino que el primero entre vosotros pórtese como el menor, y el que gobierne, como el que sirve. Porque, ¿quién es más, el que está en la mesa o el que sirve?, ¿verdad que el que está en la mesa? Pues yo estoy en medio de vosotros como el que sirve. Vosotros sois los que habéis perseverado conmigo en mis pruebas, y yo os transmito el Reino como me lo transmitió mi Padre a mí: comeréis y beberéis a mi mesa en mi Reino, y os sentaréis en tronos para regir a las doce tribus de Israel».

Y añadió: «Simón, Simón, mira que Satanás os ha reclamado para cribaros como trigo. Pero yo he pedido por ti para que tu fe no se apague. Y tú, cuando te recobres, da firmeza a tus hermanos». Él le contestó: «Señor, contigo estoy dispuesto a ir incluso a, la cárcel y a la muerte». Jesús le replicó: «Te digo, Pedro, que no cantará hoy el gallo antes que tres veces hayas negado conocerme».

Y dijo a todos: «Cuando os envié sin bolsa ni alforja, ni sandalias, ¿os faltó algo?». Contestaron: «Nada». Él añadió: «Pero ahora, el que tenga bolsa que la coja, y lo mismo la alforja; y el que no tiene espada que venda su manto y compre una. Porque os aseguro que tiene que cumplirse en mí lo que está escrito: ‘Fue contado con los malhechores’. Lo que se refiere a mí toca a su fin». Ellos dijeron: «Señor, aquí hay dos espadas». Él les contestó: «Basta».

Y salió Jesús como de costumbre al monte de los Olivos, y lo siguieron los discípulos. Al llegar al sitio, les dijo: «Orad, para no caer en la tentación». Él se arrancó de ellos, alejándose como a un tiro de piedra y arrodillado, oraba diciendo: «Padre, si quieres, aparta de mí ese cáliz. Pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya». Y se le apareció un ángel del cielo que lo animaba. En medio de su angustia oraba con más insistencia. Y le bajaba el sudor a goterones, como de sangre, hasta el suelo. Y, levantándose de la oración, fue hacia sus discípulos, los encontró dormidos por la pena, y les dijo: «¿Por qué dormís? Levantaos y orad, para no caer en la tentación».

Todavía estaba hablando, cuando aparece gente: y los guiaba el llamado Judas, uno de los Doce. Y se acercó a besar a Jesús. Jesús le dijo: «Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del Hombre?». Al darse cuenta los que estaban con él de lo que iba a pasar, dijeron: «Señor, ¿herimos con la espada?». Y uno de ellos hirió al criado del Sumo Sacerdote, y le cortó la oreja derecha. Jesús intervino diciendo: «Dejadlo, basta». Y, tocándole la oreja, lo curó. Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los oficiales del templo, y a los ancianos que habían venido contra Él: «¿Habéis salido con espadas y palos a caza de un bandido? A diario estaba en el templo con vosotros, y no me echasteis mano. Pero ésta es vuestra hora: la del poder de las tinieblas».

Ellos lo prendieron, se lo llevaron y lo hicieron entrar en casa del sumo sacerdote. Pedro lo seguía desde lejos. Ellos encendieron fuego en medio del patio, se sentaron alrededor y Pedro se sentó entre ellos. Al verlo una criada sentado junto a la lumbre, se le quedó mirando y le dijo: «También éste estaba con Él». Pero él lo negó diciendo: «No lo conozco, mujer». Poco después lo vio otro y le dijo: «Tú también eres uno de ellos. Pedro replicó: «Hombre, no lo soy». Pasada cosa de una hora, otro insistía: «Sin duda, también éste estaba con Él, porque es galileo». Pedro contestó: «Hombre, no sé de qué hablas». Y estaba todavía hablando cuando cantó un gallo. El Señor, volviéndose, le echó una mirada a Pedro, y Pedro se acordó de la palabra que el Señor le había dicho: «Antes de que cante hoy el gallo, me negarás tres veces». Y, saliendo afuera, lloró amargamente.

Y los hombres que sujetaban a Jesús se burlaban de Él dándole golpes. Y, tapándole la cara, le preguntaban: «Haz de profeta: ¿quién te ha pegado?». Y proferían contra Él otros muchos insultos.

Cuando se hizo de día, se reunió el senado del pueblo, o sea, sumos sacerdotes y letrados, y, haciéndole comparecer ante su Sanedrín, le dijeron: «Si tú eres el Mesías, dínoslo». Él les contestó: «Si os lo digo, no lo vais a creer; y si os pregunto no me vais a responder. Desde ahora el Hijo del Hombre estará sentado a la derecha de Dios todopoderoso». Dijeron todos: «Entonces, ¿tú eres el Hijo de Dios?». Él les contestó: «Vosotros lo decís, yo lo soy». Ellos dijeron: «¿Qué necesidad tenemos ya de testimonios? Nosotros mismos lo hemos oído de su boca».

El senado del pueblo o sea, sumos sacerdotes y letrados, se levantaron y llevaron a Jesús a presencia de Pilato. Y se pusieron a acusarlo diciendo: «Hemos comprobado que éste anda amotinando a nuestra nación, y oponiéndose a que se paguen tributos al César, y diciendo que Él es el Mesías rey». Pilato preguntó a Jesús: «¿Eres tú el rey de los judíos?». Él le contestó: «Tú lo dices». Pilato dijo a los sumos sacerdotes y a la turba: «No encuentro ninguna culpa en este hombre». Ellos insistían con más fuerza diciendo: «Solivianta al pueblo enseñando por toda Judea, desde Galilea hasta aquí». Pilato, al oírlo, preguntó si era galileo; y al enterarse que era de la jurisdicción de Herodes se lo remitió. Herodes estaba precisamente en Jerusalén por aquellos días.

Herodes, al ver a Jesús, se puso muy contento; pues hacía bastante tiempo que quería verlo, porque oía hablar de Él y esperaba verlo hacer algún milagro. Le hizo un interrogatorio bastante largo; pero Él no le contestó ni palabra. Estaban allí los sumos sacerdotes y los letrados acusándolo con ahínco. Herodes, con su escolta, lo trató con desprecio y se burló de Él; y, poniéndole una vestidura blanca, se lo remitió a Pilato. Aquel mismo día se hicieron amigos Herodes y Pilato, porque antes se llevaban muy mal.

Pilato, convocando a los sumos sacerdotes, a las autoridades y al pueblo, les dijo: «Me habéis traído a este hombre, alegando que alborota al pueblo; y resulta que yo le he interrogado delante de vosotros, y no he encontrado en este hombre ninguna de las culpas que le imputáis; ni Herodes tampoco, porque nos lo ha remitido: ya veis que nada digno de muerte se le ha probado. Así que le daré un escarmiento y lo soltaré». Por la fiesta tenía que soltarles a uno. Ellos vociferaron en masa diciendo: «¡Fuera ése! Suéltanos a Barrabás». A éste lo habían metido en la cárcel por una revuelta acaecida en la ciudad y un homicidio. Pilato volvió a dirigirles la palabra con intención de soltar a Jesús. Pero ellos seguían gritando: «¡Crucifícalo, crucifícalo!». Él les dijo por tercera vez: «Pues, ¿qué mal ha hecho éste? No he encontrado en Él. ningún delito que merezca la muerte. Así es que le daré un escarmiento y lo soltaré». Ellos se le echaban encima pidiendo a gritos que lo crucificara; e iba creciendo el griterío. Pilato decidió que se cumpliera su petición: soltó al que le pedían (al que había metido en la cárcel por revuelta y homicidio), y a Jesús se lo entregó a su arbitrio.

Mientras lo conducían, echaron mano de un cierto Simón de Cirene, qué volvía del campo, y le cargaron la cruz para que la llevase detrás de Jesús. Lo seguía un gran gentío del pueblo, y de mujeres que se daban golpes y lanzaban lamentos por Él. Jesús se volvió hacia ellas y les dijo: «Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos, porque mirad que llegará el día en que dirán: ‘Dichosas las estériles y los vientres que no han dado a luz y los pechos que no han criado’. Entonces empezarán a decirles a los montes: ‘Desplomaos sobre nosotros’, y a las colinas: ‘Sepultadnos’; porque si así tratan al leño verde, ¿qué pasará con el seco?».

Conducían también a otros dos malhechores para ajusticiarlos con Él. Y cuando llegaron al lugar llamado “La Calavera”, lo crucificaron allí, a Él y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Jesús decía: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». Y se repartieron sus ropas, echándolas a suerte. El pueblo estaba mirando. Las autoridades le hacían muecas diciendo: «A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si Él es el Mesías de Dios, el Elegido». Se burlaban de Él también los soldados, ofreciéndole vinagre y diciendo: «Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo». Había encima un letrero en escritura griega, latina y hebrea: «Éste es el rey de los judíos».

Uno de los malhechores crucificados lo insultaba diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros». Pero el otro le increpaba: «¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en el mismo suplicio? Y lo nuestro es justo, porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha faltado en nada». Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino». Jesús le respondió: «Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso».

Era ya eso de mediodía y vinieron las tinieblas sobre toda la región, hasta la media tarde; porque se oscureció el sol. El velo del templo se rasgó por medio. Y Jesús, clamando con voz potente, dijo: «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu». Y dicho esto, expiró.

El centurión, al ver lo que pasaba, daba gloria a Dios diciendo: «Realmente, este hombre era justo». Toda la muchedumbre que había acudido a este espectáculo, habiendo visto lo que ocurría, se volvían dándose golpes de pecho. Todos sus conocidos se mantenían a distancia, y lo mismo las mujeres que lo habían seguido desde Galilea y que estaban mirando.

Un hombre llamado José, que era senador, hombre bueno y honrado (que no había votado a favor de la decisión y del crimen de ellos), que era natural de Arimatea y que aguardaba el Reino de Dios, acudió a Pilato a pedirle el cuerpo de Jesús. Y, bajándolo, lo envolvió en una sábana y lo colocó en un sepulcro excavado en la roca, donde no habían puesto a nadie todavía. Era el día de la Preparación y rayaba el sábado. Las mujeres que lo habían acompañado desde Galilea fueron detrás a examinar el sepulcro y cómo colocaban su cuerpo. A la vuelta prepararon aromas y ungüentos. Y el sábado guardaron reposo, conforme al mandamiento.

Reflexión: Lc 22,14-23,56

La Iglesia nos propone la meditación de un evangelio muy largo y rico el día de hoy. Se trata en realidad de varios episodios, que nos ponen frente a Jesús en los momentos previos a su sacrificio en la cruz. El Señor, nuestro Dios hecho hombre, sabe lo que vendrá, lo que tendrá que pasar, aun cuando sus discípulos no lo comprendan. Ellos están un poco al margen, distantes, como ajenos a los sucesos que Jesús vive y que están por llegar a su fin.

Han logrado formar una comunidad en torno a Jesús y se sienten fraternalmente unidos. Nada parece perturbarlos ni amenazarlos. De este modo, se siente suficientemente unidos y fortalecidos para rechazar cualquier amenaza que se cierna sobre ellos o sobre Jesús. Venga de donde venga. Parece poco creíble que en tan solo unas horas se dispersarán, desconcertados, asustados, perdidos, con el peso de una traición y el temor paralizante, que los lleva a esconderse e incluso a dar muestras de flaqueza extrema, como es el caso de Pedro, el más fuerte, aquél al que Jesús le encomendó la sucesión, que llegaría a negarlo hasta tres veces, antes que cantara el gallo, tal como Jesús se lo había anticipado.

Es que todo tenía que cumplirse tal como estaba escrito. El Señor tiene sus propios caminos, muchas veces distintos a los nuestros y los cumple, aún por encima de nuestras flaquezas y temores. En ese sentido, no depende de nosotros, aun cuando amable y cariñosamente nos invita a seguirlo. Y es que, no se trata de ir a la pelea, de ser el primero, de imponerse…Se trata de servir, de vencer dando, de convencer amando, al extremo de morir en la cruz. Solo así dará testimonio de Dios Padre, que es Amor, que no opone la fuerza, ni el poder para rechazar las falsas acusaciones, ni los expedientes que engañosamente se habían levantado en su contra. Y es que no había nada de qué acusarlo, salvo de dar muchas señales, de levantar mucho polvo, de constituir una amenaza al estatus quo, a la convivencia que habían logrado los sumos sacerdotes y los fariseos poderosos, con el inmenso poder político y militar romano. Este, Jesús, ponía en peligro sus privilegios…Había que matarlo. Eso era todo.

Jesús sabía cuál sería el desenlace, Sabía que tenía que pasar por este sacrificio.  “Para eso he venido”, nos dirá. Y no se corre, porque sabe que ha llegado la hora. Eso sí, ora al Padre, pidiendo fortaleza. Toda su prédica culmina aquí. Había dicho que nos amaba al extremo de ser capaz de dar su vida por nosotros, por nuestra salvación, y eso haría. Siendo Dios, se abajó a la altura del más humilde e indefenso hombre, aquél del que nadie tiene reparo en hacer escarnio,  en castigar, en insultar y flagelar…Solo, completamente solo, enfrenta a los guardias, a las autoridades y a la turba…Ya había dicho lo que tenía que decir y muchos fueron testigos de su vida pública; no tenía más que decir y no haría nada por defenderse…¿Hasta dónde somos capaces de ensañarnos con el indefenso, con aquél que carece de padrinos, con aquel del que todos hacen mofa y burla, con aquel que no ofrece resistencia? ¿Cuánto más nos irrita que no pida clemencia, que no pida perdón, que ni si quiera abra la boca para quejarse? Cómo nos ofende esa actitud, cuando Él sabe que está en nuestras manos salvarlo, cediendo ante el primer pedido de clemencia, pero nada. Ni una palabra.

¡Eh ahí la paradoja! Como Judas y tantos otros, llegamos a creer que podríamos salvarlo, si tan solo ofreciera resistencia, si tan solo desatara su poder contra estos enemigos. Hay muchos dispuestos a desenvainar la espada, a su solo gesto, pero Jesús nada. No dará gusto ni a unos ni a otros…Seguirá con su misión, con la Voluntad del Padre. Con su sufrimiento, con su dolor y con su muerte, nos salvará.

Este es el Misterio que celebramos cada día en la Eucaristía. El inmenso amor de Jesús, que muere en la cruz para salvarnos y resucitando restaura los lazos con nuestro Padre, haciéndonos acreedores a la Vida Eterna junto con Él.

Oremos:

Padre Santo, permítenos entender el Sacrificio de la Cruz, que está en el centro de nuestra historia y de nuestra vida. Permítenos entender que sin cruz no hay salvación posible. Que no hubo ni hay otra forma de salvarnos que amando a nuestros hermanos. Que solo dando se recibe, que solo amando hasta la muerte, se resucita a la vida eterna.  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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feb 16 2010

Marcos 8, 14-21

Texto del evangelio (Mc 8, 14-21)

En aquel tiempo, los discípulos se habían olvidado de tomar panes, y no llevaban consigo en la barca más que un pan. Jesús les hacía esta advertencia: «Abrid los ojos y guardaos de la levadura de los fariseos y de la levadura de Herodes». Ellos hablaban entre sí que no tenían panes. Dándose cuenta, les dice: «¿Por qué estáis hablando de que no tenéis panes? ¿Aún no comprendéis ni entendéis? ¿Es que tenéis la mente embotada? ¿Teniendo ojos no veis y teniendo oídos no oís? ¿No os acordáis de cuando partí los cinco panes para los cinco mil? ¿Cuántos canastos llenos de trozos recogisteis?». «Doce», le dicen. «Y cuando partí los siete entre los cuatro mil, ¿cuántas espuertas llenas de trozos recogisteis?» Le dicen: «Siete». Y continuó: «¿Aún no entendéis?».

Reflexión: Mc 8, 14-21

Efectivamente, nos cuesta entender y creer. Vemos que ocurre ante nuestros ojos a cada rato, una y mil veces. Pero aún así no creemos. Somos duros; somos testarudos.  Por eso hasta el Señor se llega a exasperar, sobre todo con los que están más cerca de Él, con los que han sido testigos de excepción, con sus favoritos.

La verdad es que no solo los discípulos que lo acompañaron físicamente hace 2 mil años, han podido ver sus maravillas. A nosotros también nos ha cabido la ocasión de contemplarlas. En más de una oportunidad en nuestras vidas hemos tenido la certeza de haber recibido un favor suyo, algo que no hubiera podido ser sin su participación, algo que definitivamente no merecíamos. Lo malo es que, después de un tiempo, tendemos a minimizarlo, a banalizarlo. Muy pronto lo olvidamos y hasta nos parece mentira que haya ocurrido…Es bueno que así sea, pues nos recuperemos de nuestras heridas, pero es malo que efectivamente olvidemos que estuvimos en presencia de un auténtico milagro.

Nuestras vidas están plagadas de ellos. Pero es nuestra soberbia, que pretende que somos autosuficientes, que somos extraordinarios (en verdad lo somos) y que por lo tanto nos merecemos todo (eso no tanto).  De este modo, muy pronto volvemos a las andadas, dudando y pecando. Por eso el Señor como a sus discípulos nos repite: “¿Aún no entendéis?”.

¿Qué necesitamos? ¿Ver volar una ballena llevando una gacela en sus espaldas? No seamos incrédulos. No seamos necios. No hagamos que se nos repita una y otra vez la misma lección. ¡Hasta cuando!

En verdad asumimos una actitud infantil y queremos hacernos los que no comprendemos, porque no queremos vivir como Jesús nos propone. No queremos sacrificarnos, ni queremos exponernos al hambre, el dolor, a la tristeza y la miseria. Así, no nos fiamos de Jesús y queremos tenerlo todo previsto, todo fríamente calculado, contando con todo lo necesario para cumplir nuestra misión, sin tener que poner en juego nada, muchísimo menos lo poco que tenemos. Así, ellos, estando con Jesús, hablaban sin embargo acerca de su preocupación porque “no tenían panes”.  ¿No es para  exasperar a cualquiera? Como si fueran nuevos, como si recién estuvieran conociendo y descubriendo a Jesús. Por eso Él les dice: “¿Es que tenéis la mente embotada? ¿Teniendo ojos no veis y teniendo oídos no oís?” Podríamos muy bien traducirlo a “¿es que sois tontos o os hacéis? Es que ya antes, como se los recuerda,  delante de ellos había realizado el milagro de la multiplicación de los panes y peces, hasta en dos oportunidades…

Oremos:

Señor, aparta de mi la necedad, la bobería. No permitas que sea un lloricón, que a todo le teme y que no está dispuesto a confiar en Ti cuando hay que jugársela, porque para eso nos has convocado, para eso nos has llamado, para eso nos has preparado. ¡Hasta cuando! Ya vamos a entregar nuestros huesos y seguimos temiendo al cuco…? Aparta de nuestros labios la excusa pueril. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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feb 05 2010

Marcos 6, 14-29

Texto del evangelio (Mc 6, 14-29)

En aquel tiempo, se había hecho notorio el nombre de Jesús y llegó esto a noticia del rey Herodes. Algunos decían: «Juan el Bautista ha resucitado de entre los muertos y por eso actúan en él fuerzas milagrosas». Otros decían: «Es Elías»; otros: «Es un profeta como los demás profetas». Al enterarse Herodes, dijo: «Aquel Juan, a quien yo decapité, ése ha resucitado». Es que Herodes era el que había enviado a prender a Juan y le había encadenado en la cárcel por causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo, con quien Herodes se había casado. Porque Juan decía a Herodes: «No te está permitido tener la mujer de tu hermano». Herodías le aborrecía y quería matarle, pero no podía, pues Herodes temía a Juan, sabiendo que era hombre justo y santo, y le protegía; y al oírle, quedaba muy perplejo, y le escuchaba con gusto.

Y llegó el día oportuno, cuando Herodes, en su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a los tribunos y a los principales de Galilea. Entró la hija de la misma Herodías, danzó, y gustó mucho a Herodes y a los comensales. El rey, entonces, dijo a la muchacha: «Pídeme lo que quieras y te lo daré». Y le juró: «Te daré lo que me pidas, hasta la mitad de mi reino». Salió la muchacha y preguntó a su madre: «¿Qué voy a pedir?». Y ella le dijo: «La cabeza de Juan el Bautista». Entrando al punto apresuradamente adonde estaba el rey, le pidió: «Quiero que ahora mismo me des, en una bandeja, la cabeza de Juan el Bautista». El rey se llenó de tristeza, pero no quiso desairarla a causa del juramento y de los comensales. Y al instante mandó el rey a uno de su guardia, con orden de traerle la cabeza de Juan. Se fue y le decapitó en la cárcel y trajo su cabeza en una bandeja, y se la dio a la muchacha, y la muchacha se la dio a su madre. Al enterarse sus discípulos, vinieron a recoger el cadáver y le dieron sepultura.

Reflexión: Mc 6, 14-29

Esta es una lamentable muestra del extremo al que puede llegar la necedad del hombre. ¿Cómo es posible que un tipo que aparentemente había reflexionado en torno a quién era Juan el Bautista, es decir, un tipo aparentemente inteligente y sensible, llegado el momento no tuvo ningún reparo , ningún escrúpulo en sacrificarlo, con tal de complacer el frívolo capricho de  de una seductora mujer y cumplir las palabras de las que había quedado preso? Por encima de vida alguna estaba su prestigio. Tenía que dar una lección; fiel a su fama, tenía que mostrarse indoblegable sea como fuere, y no tuvo reparos ni aun tratándose de Juan el Bautista, por quien realmente sentía una profunda admiración, ni aun con su propia conciencia, que le dictaba que estaba cometiendo un error, que se lo reprocharía por siempre…

Así de ligeros e inflexibles somos para juzgar y condenar a los demás.  Sobre todo a aquellos que de algún modo pueden atreverse a poner en entredicho nuestra situación, nuestro prestigio, la imagen que nos hemos forjado. Todo lo toleramos, menos que un “infeliz”, un lacayo nuestro, alguien que pretendemos debía estar agradeciéndonos su situación, su trabajo e incluso el aprecio que sentimos por él, venga de pronto a cuestionarnos, a poner en tela de juicio lo que somos y hacemos.

Como nos concebimos como el centro del mundo y mientras más elevados, mientras mejor posición ostentamos, más consentimos esta idea, no podemos tolerar otro sol en nuestro universo, y estamos dispuestos a apagar con un solo soplo a quien osa cuestionarnos, solo para mostrar nuestro poder, para mostrar quien manda realmente. Entonces, somos inflexibles con el débil, con aquél que dejamos tener alas, hasta donde quisimos…¿Creyó el infeliz que en realidad podía ser libre por sobre mi voluntad? Veamos ahora como lo desaparezco con un solo chasquido de mis dedos.

Esa es la triste historia de tantos Herodes que vemos a nuestro alrededor, que dominan los cargos públicos, que ostentan poder político, económico o social…Y de tantos Juanes que con su sola presencia, tal vez una sonrisa de más, un gesto o una palabra, una actitud o la exigencia de un derecho, osan cuestionar el poder, la fama o el prestigio de estos semi dioses, que se han levantado a sí mismos por encima de todo y se creen con derecho sobre la vida y la muerte de los “infelices” que los rodean.

Esa es la lógica malévola del Príncipe de este mundo, al que sirven con esmero, pretendiendo ser como dioses. Esta es la gran tentación “del árbol de la ciencia del bien y del mal”, que se reedita una y otra vez, siglo tras siglo en la historia de la naturaleza humana.

Pero no olvidemos algo que es fundamental. Hemos sido creados por Dios Padre LIBRES, y no hay atadura humana que nos pueda detener o esclavizar. Hemos recibido de Dios y por su Gracia, su misma dignidad, al crearnos a su imagen y semejanza y estamos llamados a volver a Él, atravesando la vida, por sobre toda las cosas, sin perder de vista este espléndido horizonte. Dios Padre está al final del camino, esperándonos con los brazos abiertos y Jesús y el Espíritu Santo están aquí para conducirnos. Jesús, venciendo a la muerte, ha vencido al Mundo y con él al Príncipe de las tinieblas, mostrándonos el camino y enseñándonos que Sí se puede. ¡No hemos sido, no somos, ni seremos más esclavos! Estamos llamados a transitar por el Camino de la Luz y la Verdad y este sólo nos puede llevar al Amor y  la Libertad.

Oremos:

Padre Santo, haznos fieles hijos tuyos. Que no flaqueemos frente a la adversidad, frente al enemigo. ¡Aparta de nosotros el temor! Que enfrentemos al demonio premunidos de Tu Gracia y Tu Luz, confiados en el Amor, sabiendo que la victoria, finalmente, habrá de ser nuestra. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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oct 29 2009

Lucas 13, 31-35

Texto del evangelio (Lc 13,31-35)

En aquel tiempo, algunos fariseos se acercaron a Jesús y le dijeron: «Sal y vete de aquí, porque Herodes quiere matarte». Y Él les dijo: «Id a decir a ese zorro: ‘Yo expulso demonios y llevo a cabo curaciones hoy y mañana, y al tercer día soy consumado. Pero conviene que hoy y mañana y pasado siga adelante, porque no cabe que un profeta perezca fuera de Jerusalén’.

»¡Oh Jerusalén, Jerusalén!, la que mata a los profetas y apedrea a los que le son enviados. ¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como una gallina su nidada bajo las alas, y no habéis querido! Pues bien, se os va a dejar vuestra casa. Os digo que no me volveréis a ver hasta que llegue el día en que digáis: ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!».

Reflexión: Lc 13,31-35

El Señor da aquí una clara muestra de valentía. Él tiene una Misión que cumplir que está muy por encima de lo que quiera decirle Herodes, y no va a ser él quien lo detenga o atemorice.

Este debe ser el camino para nosotros; este es el mejor ejemplo. Hay cosas que debemos hacer; hay deberes que tenemos que cumplir, que no pueden estar sujetos al temor, a la amenaza. Cuanto más temor y amenaza, más oración debemos realizar para mantenernos firmes, para fortalecernos en nuestra posición.

Nuestra lucha va más allá de intereses personales, de mi bienestar, de mi beneficio. Nosotros estamos luchando por propagar el mensaje de salvación de Cristo y no podemos detenernos frente al enemigo. Si precisamente gran parte de nuestra misión consiste en combatirlo, en erradicarlo, en hacerlo retroceder. Y, tenemos el poder para ello. Mientras el bien avanza, el mal retrocede. Pero el bien avanza y tiene garantizado el triunfo, porque Cristo con su muerte en cruz y su resurrección, ha vencido al mundo y constituye la mejor garantía del triunfo.

Entonces, no se trata de rencillas personales, de motivaciones mezquinas. Nuestra lucha, nuestra misión, no se agota tras cada escaramuza; tenemos un trabajo de largo alcance que realizar y no terminará hasta que el mundo haya sido totalmente cristianizado. Tenemos, así, una misión que puede tomarnos toda la vida o todo el tiempo que el Señor disponga. Estamos a su servicio y el dirá si habremos de terminar aquí, o si habremos de consagrarle toda la vida, como tantos otros que nos precedieron.

Nuestra lucha ha de ser por unir, por armonizar, por lograr la paz y el amor entre hermanos. Si por eso hemos de ser perseguidos y aún morir, pues, dejaremos este mundo con la certeza que llegará el momento del triunfo final: “Os digo que no me volveréis a ver hasta que llegue el día en que digáis: ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!”

Oremos:

Señor, danos tu firmeza y fortaleza para seguirte sin importar cuan sinuoso, pendiente o difícil se muestra a veces el camino. No son las amenazas ni el temor los que pondrán fin a nuestra Misión, que habremos de seguirla hasta que tu dispongas y cueste lo que cueste. Mientras tengamos un hálito de vida, permítenos trabajar para el Reino. Amén.

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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sep 24 2009

Reflexión: Lc 9,7-9

Lc 9,7-9

Otra vez nos encontramos frente a un evangelio muy corto ¿Qué nos quiere decir el Señor? Tal vez debamos preguntarnos como Herodes, ¿quién es Jesús para nosotros? ¿Nos es fácil responder esta pregunta o tal vez debemos escudriñar en nuestro interior para finalmente sentirnos satisfechos? ¿Lo tenemos? ¿Lo vemos? ¿O tal vez tenemos que ponernos a buscarlo? ¿Queremos realmente encontrarlo o nos conformamos con lo que nos venga en suerte? Es decir que si sale a nuestro encuentro y nos tropezamos con Él, entonces nos rendiremos ante la evidencia, pero si no lo vemos, quedará allí como una inquietud, como una curiosidad,  insatisfecha, tal vez, pero no muy urgente.

Estas son algunas preguntas que surgen de la lectura. ¿Quién es Jesús para nosotros? Tal vez estés pensando por qué surge este Señor ahora…¿Ya no lo habíamos sacado de nuestro panorama? ¿Ya no lo habíamos superado? ¿Qué me pasa que vuelvo a pensar en estas “tonterías”? Si Jesús, Dios, religión, santos, oraciones, rosario y María son conceptos ya superados, impropios para un ciudadano culto y preparado, un tecnólogo del siglo XXI. ¿Qué me pasa?

Quizás debíamos decir, parafraseando a Herodes «A “Jesús”, le decapité yo. ¿Quién es, pues, éste de quien oigo tales cosas?».

¿Somos de los que se quedaron con la muerte de Jesús? ¿O somos de los que celebramos Su Resurrección?

 
Oremos:

Señor, permítenos comunicar con nuestra vida la alegría de encontrarte Vivo entre nuestros hermanos. Que antes que buscarte en el espacio, en el firmamento, a la distancia, seamos capaces de encontrarte en cada uno de nuestros hermanos.

Danos humildad para reconocer que sin Ti no somos nada, para buscarte y acercarnos a Ti cada segundo de nuestras vidas.

 
Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)
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