ago 05 2010

Mateo 16, 13-23

Texto del evangelio (Mt 16, 13-23)

En aquellos días, llegado Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?». Ellos dijeron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías, otros, que Jeremías o uno de los profetas». Díceles Él: «Y vosotros ¿quién decís que soy yo?». Simón Pedro contestó: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo». Replicando Jesús le dijo: «Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos». Entonces mandó a sus discípulos que no dijesen a nadie que Él era el Cristo.

Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que Él debía ir a Jerusalén y sufrir mucho de parte de los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, y ser matado y resucitar al tercer día. Tomándole aparte Pedro, se puso a reprenderle diciendo: «¡Lejos de ti, Señor! ¡De ningún modo te sucederá eso!». Pero Él, volviéndose, dijo a Pedro: «¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Escándalo eres para mí, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres!».

Reflexión: Mt 16, 13-23

¿Quién es para nosotros Jesús? Esa ha de ser la pregunta que debemos procurar responder hoy. Y no es desde la razón que debemos responder, sino desde la Fe. Claro está, que la razón puede ayudar a quien así lo dispone, a no ser necio, a no negar tercamente algo de lo que ya ha tenido evidencia, a recordar aquellas manifestaciones de la Gracia, aquellas evidencias recibidas, como en este caso lo hace Pedro…La gente puede decir lo que quiera, pero para Pedro que andaba con el Señor, que había presenciado tantos prodigios y que había oído Su palabra, no había duda…

Pues para nosotros que caminamos en su compañía e iluminados por su presencia, tampoco debía haber duda. El Señor se revela a los que le aman, a los que le oyen, a los que deciden seguirlo. La firmeza, la constancia, la perseverancia, son Gracias que debemos pedir, de modo tal que recibida la Verdad, no se diluya en nuestra memoria y luego, interrogada por la razón o exigida por a realidad, prefiera ser negada y se esconda cobardemente tras la duda, que resulta así la mejor aliada de la oscuridad, del egoísmo, del Príncipe de las tinieblas.

En esta respuesta que da Jesús a Pedro, la Iglesia ha visto siempre el origen del mandato de Pedro y de sus sucesores, los Papas. Es algo que no discutiremos. Sin embargo ello no debe impedirnos reflexionar en lo que nos dice a cada uno de nosotros. Hemos de poner la fe en primer lugar…una fe que además ha sido refrendada en nuestra propia historia personal, porque son innumerables las veces que por Gracia de Dios hemos tenido evidencias de su participación en nuestra vida cotidiana, una fe que, entonces, proviene de hechos irrefutables de los que nuestra memoria y nuestra razón guardan evidencia. ¿Cómo negarla?

Si sostenemos con firmeza nuestra fe y aun la acrecentamos, de allí vendrá el poder que señala Cristo de atar y desatar en la tierra y en los cielos. Y es que quien tiene fe, ama a Dios y quien le ama, hace Su Voluntad; y a quien hace Su Voluntad, se le allanan los caminos en la tierra, pues está haciendo lo que ha sido dispuesto por Dios en los cielos. De esta forma podemos ver en el cielo lo que ocurre en la tierra y viceversa, como si fuera un espejo.

Pero todo este descubrimiento realizado por Pedro y ahora realizado por nosotros, no aparta a Jesús del sacrificio de la cruz, que será necesario como la mayor muestra de amor…Lo que quiere decir que a nosotros tampoco nos ha de eximir de estar dispuestos a amar al extremo. Esa ha de ser la respuesta de la fe en nuestras vidas y cualquier duda, o retroceso en esta línea será una concesión al demonio, que no debemos permitir. Tenemos una misión que cumplir…Así que, como Cristo debemos decir a toda tentación que pretenda alejarnos del Camino: ¡Quítate de mi vista, Satanás!

Oremos:

Padre Santos, denos fuerza de voluntad y perseverancia para seguir a Jesús, aun a  través de las dificultades, confiando en que finalmente habremos de salir triunfantes, si hacemos lo que has dispuesto, lo que nos has mandado: amarte a Ti, por sobre todas las cosas y a nuestros hermanos como a nosotros mismos.  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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ago 03 2010

Mateo 14, 22-36

Texto del evangelio (Mt 14, 22-36)

En aquellos días, cuando la gente hubo comido, Jesús obligó a los discípulos a subir a la barca y a ir por delante de Él a la otra orilla, mientras Él despedía a la gente. Después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar; al atardecer estaba solo allí.

La barca se hallaba ya distante de la tierra muchos estadios, zarandeada por las olas, pues el viento era contrario. Y a la cuarta vigilia de la noche vino Él hacia ellos, caminando sobre el mar. Los discípulos, viéndole caminar sobre el mar, se turbaron y decían: «Es un fantasma», y de miedo se pusieron a gritar. Pero al instante les habló Jesús diciendo: «¡Animo!, que soy yo; no temáis». Pedro le respondió: «Señor, si eres tú, mándame ir donde tú sobre las aguas». «¡Ven!», le dijo. Bajó Pedro de la barca y se puso a caminar sobre las aguas, yendo hacia Jesús. Pero, viendo la violencia del viento, le entró miedo y, como comenzara a hundirse, gritó: «¡Señor, sálvame!». Al punto Jesús, tendiendo la mano, le agarró y le dice: «Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?». Subieron a la barca y amainó el viento. Y los que estaban en la barca se postraron ante él diciendo: «Verdaderamente eres Hijo de Dios».

Terminada la travesía, llegaron a tierra en Genesaret. Los hombres de aquel lugar, apenas le reconocieron, pregonaron la noticia por toda aquella comarca y le presentaron todos los enfermos. Le pedían que tocaran siquiera la orla de su manto; y cuantos la tocaron quedaron salvados.

Reflexión: Mt 14, 22-36

Lo primero que podemos notar en este pasaje es que el Señor dedica mucho tiempo a orar, a hablar con el Padre y que para ello se aparta, se va a la montaña. Algo que sin duda debemos aprender. No podemos pretender ser cristianos, amar a Dios, seguir su Voluntad si no dedicamos un tiempo significativo a la oración. Ella ha de estar presente toda nuestra vida, pero fundamentalmente antes y después de nuestras acciones. Primero para motivarlas y orientarlas y al final, para agradecer las gracias recibidas. Es verdad que específicamente aquí no se nos da cuanta nada más que estuvo a solas orando por varias horas. Jesús, el Enviado, nuestro ejemplo, oraba por largas horas al Padre…

Luego debemos destacar su inmenso poder, que viene precisamente del Padre y que le permite caminar sobre las aguas y apaciguarlas. Si realmente creemos, eso y mucho más podremos hacer. Esta es una muestra evidente del poder de Cristo y de la importancia de confiar en Él, de tener fe, teniendo la plena seguridad que él jamás nos abandonará. Si él nos ha tendido la mano, todo será posible, si no dudamos. Son nuestras dudas las que nos traen abajo, las que nos hunden.

Quizás nuestra oración debe estar fundamentalmente orientada a pedir esta fe, esta confianza en los mandatos del Señor, en su compañía, en los prodigios que Él es capaz de obrar en nuestras vidas, si dejamos que él nos acompañe. Su presencia es inesperada. Se aparece donde menos esperábamos. Es sorprendente para cualquiera. Sin embargo, nosotros con una mente y un espíritu más amplio, debíamos estar dispuestos a verlo, a reconocerlo, porque él está con nosotros, nos acompaña, aun en aquellos momentos difíciles, de duda, de desolación, de agitación, en loa que la misma naturaleza parece implacable…Él está ahí. El asunto es que creamos.

Finalmente, un hecho remarcado en esta lectura es que cuantos tocaron la orla de su manto, quedaron salvados. No dice que quedaron curados…Hay que tener fe para hablar así. Jesús tiene el poder de Salvar, que va mucho más allá que resolver un problema se salud, o económico o social de cualquier tipo que nos puede estar afligiendo en un momento en la vida. La salvación del Señor tiene que ver con algo que está más allá, que incumbe a nuestra alma, a nuestro espíritu, a la dignidad de Hijos de Dios. Jesús nos la devuelve…Se la da a quien cree en Él. Esa es la única condición.

Sacando un ejemplo de nuestra vida cotidiana, nos cuesta creer que Jesús se encuentra en los Sacramentos. No aceptamos la mano que nos tiende para consagrar nuestro matrimonio, por ejemplo, para sacarlo adelante. No creemos, y nos hundimos.

Oremos:

Señor Jesús, ayúdanos a creer que estás presente en nuestra vida cotidiana, que estás aquí, entre nosotros, de diversas formas. Muchas veces en nuestros hermanos y otras en lo que hacemos, en nuestras oraciones y en los sacramentos, que son la presencia visible de algo que es invisible: tu Gracia.  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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jul 29 2010

Juan 11, 19-27

Texto del evangelio (Jn 11, 19-27)

En aquel tiempo, muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María, para darles el pésame por su hermano. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa. Y dijo Marta a Jesús: “Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá.” Jesús le dijo: “Tu hermano resucitará.” Marta respondió: “Sé que resucitará en la resurrección del último día.” Jesús le dice: “Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?” Ella le contestó: “Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.

Reflexión: Jn 11, 19-27

Este es un nuevo encuentro con Marta y María, en un momento ingrato, pues acababa de morir su hermano. Marta que en el encuentro anterior había estado tan ocupada y ajetreada en la casa, ocupada en una serie de cosas, ciertamente importantes, pero no tanto como para desatender y dejar de oír a Jesús, siempre ansiosa y algo desenfocada, viene esta vez a reprocharle a Jesús el no haber estado presente. Si hubieras estado aquí otra sería la historia: “si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano.”

¿Cuántas veces reprochamos a Dios su ausencia? Le culpamos por lo que nos ocurre. Es que Él no está aquí, nos decimos, sino otro sería el fin. Pero debemos reflexionar en las palabras de Jesús, en la respuesta que le da a Marta. ¿Tú sabes quién soy? ¿Crees en mí? ¿Entonces de qué te preocupas? Entonces el problema no es que no esté el Señor, es que no tenemos fe. Así de simple, sino otra sería nuestra actitud en la vida. Esto es lo que nos pide el Señor…Tener fe, creer en Él, con eso basta.

En las dos ocasiones en las que se encuentra con Marta de una u otra manera se lo remarca: “Una sola cosa es importante, María la ha escogido y no se le quitará”.

¿Cómo enfocarnos adecuadamente aun en esos momentos de angustia, de tristeza, en los que parece que enfrentáramos algo irreparable, como es la muerte de algún ser querido? ¿Cómo mantener nuestra fe, cuando parecemos asistir al fin de alguien que amamos? Ese es tal vez uno de los retos más exigentes de la fe…Pero es precisamente para estos momentos que debemos cultivarla. Es en estos momentos que debemos pedir que aflore.

Todos pasamos por estos momentos en la vida y muchas veces, seguramente, en el transcurso de la misma, por más corta que esta sea.  Es entonces que nuestra fe debe ser confirmada, reafirmada, frente a Dios y frente a los demás. Si creo, si confío en Dios, se entiende que esté apenado, pero no afligido, como si todo hubiera terminado irremediablemente. ¿Creo o no creo? Es cuestión de optar, de decidir; y esa decisión debe perdurar toda mi vida, aun en estos momentos y mientras sea consciente, hasta la muerte.

Oremos:

Te pedimos Padre Santo que aumentes nuestra fe, que la solidifiques, para que podamos mostrarla aun en esto momentos “difíciles” de la vida.  Que demos testimonio de esperanza a todos cuantos nos rodean; una esperanza sólida, una esperanza que se muestra con nuestros actos, con nuestro testimonio cotidiano, en la forma en que enfrentamos la vida, aun en esos momentos. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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jun 30 2010

Mateo 8, 28-34

Texto del evangelio (Mt 8, 28-34)

En aquel tiempo, Jesús al llegar a la otra orilla, a la región de los gadarenos, vinieron a su encuentro dos endemoniados que salían de los sepulcros, y tan furiosos que nadie era capaz de pasar por aquel camino. Y se pusieron a gritar: «¿Qué tenemos nosotros contigo, Hijo de Dios? ¿Has venido aquí para atormentarnos antes de tiempo?». Había allí a cierta distancia una gran piara de puercos paciendo. Y le suplicaban los demonios: «Si nos echas, mándanos a esa piara de puercos». Él les dijo: «Id». Saliendo ellos, se fueron a los puercos, y de pronto toda la piara se arrojó al mar precipicio abajo, y perecieron en las aguas. Los porqueros huyeron, y al llegar a la ciudad lo contaron todo y también lo de los endemoniados. Y he aquí que toda la ciudad salió al encuentro de Jesús y, en viéndole, le rogaron que se retirase de su término.

Reflexión: Mt 8, 28-34

Muchas veces, preferimos el status Quo. Que se mantenga todo como está. Preferimos convivir con el mal, a cambio de recibir cierta ganancia que nos hemos acostumbrado a percibir…Como si fuera un mal necesario, como si fuera el costo que hemos aceptado pagar. . Además, mientras no nos afecta a nosotros directamente, sino a otros, en los que parece que nadie está interesado, a qué nos metemos. ¿Por qué sacrificar algo en bien de unos infelices por los que nadie da un medio? Si me dan a escoger, prefiero mantener mi piara, a sacrificarla o verla afectada a cambio del bienestar de estos marginados. ¿Por qué he de comprometer yo mi patrimonio a cambio de ellos? No Señor…¡Lárgate de aquí! Y que se quede todo como está.

Esta es, me parece, una de las lecciones de este evangelio. El Señor tiene la virtud de sacar a flote, a la luz, de poner en evidencia al mal, al demonio, todo aquellos chueco, torcido, con lo que nos hemos acostumbrado a convivir, como si fuera el precio que tendríamos que pagar por lo que recibimos, por lo que tenemos. Seguramente nos quejamos muchas veces por este mal…Pero, qué tan dispuestos estamos a enfrentarlo, a extirparlo…¿Seremos capaces de sacrificar parte de nuestro patrimonio o de aquello que atesoramos a cambio de liberarnos de este mal? ¿O preferiremos seguir con él, si a cambio hemos de vernos afectados por la pérdida o sacrificio de algo que atesoramos…?

Estos son dilemas con los que nos enfrentamos cada día. Lo queremos todo, pero no queremos dar nada a cambio. Pero mucho menos estamos dispuestos a sacrificar algo por otros. Si, queremos su bien, pero no a tal extremo. En todo caso, que cada quien se valga por sí mismo. Como se dice, por un justo, tal vez estaríamos dispuestos a dar algo, pero, por unos infelices…Ni hablar. Y, sin embargo, eso es lo que nos pide el Señor…Eso es lo que él mismo hizo, dando su vida por todos nosotros, por todos nuestros pecados, por todas nuestras inmundicias y no solamente por las de nuestros vecinos o por aquellos infelices, sino por cada uno de nosotros, cuando todavía éramos pecadores, cuando no lo merecíamos…Porque el amor de Dios es un Don, es una Gracia, no es un merecimiento alcanzado por nuestros méritos.

El amor de Dios es incondicional y va más allá de todo cuanto podemos imaginar. Pues es a ejemplo suyo, a imitación suya que debemos amar a nuestros hermanos. Eso es lo que se nos pide…Esa es su Voluntad.

Oremos:

Padre Santo, danos un corazón libre y siempre dispuesto a amar. Que sepamos sacudirnos de todo prejuicio, de toda tara y egoísmo que nos mantiene anclados, detenidos en nosotros mismos. Haz que lo mejor de nosotros salga como un don a los demás, a cada instante de nuestras vidas. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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mar 28 2010

Lucas 22,14-23,56

Texto del evangelio (Lc 22,14-23,56)

Llegada la hora, se sentó Jesús con sus discípulos, y les dijo: «He deseado enormemente comer esta comida pascual con vosotros antes de padecer, porque os digo que ya no la volveré a comer hasta que se cumpla en el Reino de Dios». Y tomando una copa, dio gracias y dijo: «Tomad esto, repartidlo entre vosotros; porque os digo que no beberé desde ahora del fruto de la vid hasta que venga el Reino de Dios».

Y tomando pan, dio gracias; lo partió y se lo dio diciendo: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía». Después de cenar, hizo lo mismo con la copa diciendo: «Esta copa es la Nueva Alianza sellada con mi sangre, que se derrama por vosotros. Pero mirad: la mano del que me entrega está con la mía en la mesa. Porque el Hijo del Hombre se va según lo establecido; pero ¡ay de ése que lo entrega!».

Ellos empezaron a preguntarse unos a otros quién de ellos podía ser el que iba a hacer eso. Los discípulos se pusieron a disputar sobre quién de ellos debía ser tenido como el primero. Jesús les dijo: «Los reyes de los gentiles los dominan y los que ejercen la autoridad se hacen llamar bienhechores. Vosotros no hagáis así, sino que el primero entre vosotros pórtese como el menor, y el que gobierne, como el que sirve. Porque, ¿quién es más, el que está en la mesa o el que sirve?, ¿verdad que el que está en la mesa? Pues yo estoy en medio de vosotros como el que sirve. Vosotros sois los que habéis perseverado conmigo en mis pruebas, y yo os transmito el Reino como me lo transmitió mi Padre a mí: comeréis y beberéis a mi mesa en mi Reino, y os sentaréis en tronos para regir a las doce tribus de Israel».

Y añadió: «Simón, Simón, mira que Satanás os ha reclamado para cribaros como trigo. Pero yo he pedido por ti para que tu fe no se apague. Y tú, cuando te recobres, da firmeza a tus hermanos». Él le contestó: «Señor, contigo estoy dispuesto a ir incluso a, la cárcel y a la muerte». Jesús le replicó: «Te digo, Pedro, que no cantará hoy el gallo antes que tres veces hayas negado conocerme».

Y dijo a todos: «Cuando os envié sin bolsa ni alforja, ni sandalias, ¿os faltó algo?». Contestaron: «Nada». Él añadió: «Pero ahora, el que tenga bolsa que la coja, y lo mismo la alforja; y el que no tiene espada que venda su manto y compre una. Porque os aseguro que tiene que cumplirse en mí lo que está escrito: ‘Fue contado con los malhechores’. Lo que se refiere a mí toca a su fin». Ellos dijeron: «Señor, aquí hay dos espadas». Él les contestó: «Basta».

Y salió Jesús como de costumbre al monte de los Olivos, y lo siguieron los discípulos. Al llegar al sitio, les dijo: «Orad, para no caer en la tentación». Él se arrancó de ellos, alejándose como a un tiro de piedra y arrodillado, oraba diciendo: «Padre, si quieres, aparta de mí ese cáliz. Pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya». Y se le apareció un ángel del cielo que lo animaba. En medio de su angustia oraba con más insistencia. Y le bajaba el sudor a goterones, como de sangre, hasta el suelo. Y, levantándose de la oración, fue hacia sus discípulos, los encontró dormidos por la pena, y les dijo: «¿Por qué dormís? Levantaos y orad, para no caer en la tentación».

Todavía estaba hablando, cuando aparece gente: y los guiaba el llamado Judas, uno de los Doce. Y se acercó a besar a Jesús. Jesús le dijo: «Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del Hombre?». Al darse cuenta los que estaban con él de lo que iba a pasar, dijeron: «Señor, ¿herimos con la espada?». Y uno de ellos hirió al criado del Sumo Sacerdote, y le cortó la oreja derecha. Jesús intervino diciendo: «Dejadlo, basta». Y, tocándole la oreja, lo curó. Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los oficiales del templo, y a los ancianos que habían venido contra Él: «¿Habéis salido con espadas y palos a caza de un bandido? A diario estaba en el templo con vosotros, y no me echasteis mano. Pero ésta es vuestra hora: la del poder de las tinieblas».

Ellos lo prendieron, se lo llevaron y lo hicieron entrar en casa del sumo sacerdote. Pedro lo seguía desde lejos. Ellos encendieron fuego en medio del patio, se sentaron alrededor y Pedro se sentó entre ellos. Al verlo una criada sentado junto a la lumbre, se le quedó mirando y le dijo: «También éste estaba con Él». Pero él lo negó diciendo: «No lo conozco, mujer». Poco después lo vio otro y le dijo: «Tú también eres uno de ellos. Pedro replicó: «Hombre, no lo soy». Pasada cosa de una hora, otro insistía: «Sin duda, también éste estaba con Él, porque es galileo». Pedro contestó: «Hombre, no sé de qué hablas». Y estaba todavía hablando cuando cantó un gallo. El Señor, volviéndose, le echó una mirada a Pedro, y Pedro se acordó de la palabra que el Señor le había dicho: «Antes de que cante hoy el gallo, me negarás tres veces». Y, saliendo afuera, lloró amargamente.

Y los hombres que sujetaban a Jesús se burlaban de Él dándole golpes. Y, tapándole la cara, le preguntaban: «Haz de profeta: ¿quién te ha pegado?». Y proferían contra Él otros muchos insultos.

Cuando se hizo de día, se reunió el senado del pueblo, o sea, sumos sacerdotes y letrados, y, haciéndole comparecer ante su Sanedrín, le dijeron: «Si tú eres el Mesías, dínoslo». Él les contestó: «Si os lo digo, no lo vais a creer; y si os pregunto no me vais a responder. Desde ahora el Hijo del Hombre estará sentado a la derecha de Dios todopoderoso». Dijeron todos: «Entonces, ¿tú eres el Hijo de Dios?». Él les contestó: «Vosotros lo decís, yo lo soy». Ellos dijeron: «¿Qué necesidad tenemos ya de testimonios? Nosotros mismos lo hemos oído de su boca».

El senado del pueblo o sea, sumos sacerdotes y letrados, se levantaron y llevaron a Jesús a presencia de Pilato. Y se pusieron a acusarlo diciendo: «Hemos comprobado que éste anda amotinando a nuestra nación, y oponiéndose a que se paguen tributos al César, y diciendo que Él es el Mesías rey». Pilato preguntó a Jesús: «¿Eres tú el rey de los judíos?». Él le contestó: «Tú lo dices». Pilato dijo a los sumos sacerdotes y a la turba: «No encuentro ninguna culpa en este hombre». Ellos insistían con más fuerza diciendo: «Solivianta al pueblo enseñando por toda Judea, desde Galilea hasta aquí». Pilato, al oírlo, preguntó si era galileo; y al enterarse que era de la jurisdicción de Herodes se lo remitió. Herodes estaba precisamente en Jerusalén por aquellos días.

Herodes, al ver a Jesús, se puso muy contento; pues hacía bastante tiempo que quería verlo, porque oía hablar de Él y esperaba verlo hacer algún milagro. Le hizo un interrogatorio bastante largo; pero Él no le contestó ni palabra. Estaban allí los sumos sacerdotes y los letrados acusándolo con ahínco. Herodes, con su escolta, lo trató con desprecio y se burló de Él; y, poniéndole una vestidura blanca, se lo remitió a Pilato. Aquel mismo día se hicieron amigos Herodes y Pilato, porque antes se llevaban muy mal.

Pilato, convocando a los sumos sacerdotes, a las autoridades y al pueblo, les dijo: «Me habéis traído a este hombre, alegando que alborota al pueblo; y resulta que yo le he interrogado delante de vosotros, y no he encontrado en este hombre ninguna de las culpas que le imputáis; ni Herodes tampoco, porque nos lo ha remitido: ya veis que nada digno de muerte se le ha probado. Así que le daré un escarmiento y lo soltaré». Por la fiesta tenía que soltarles a uno. Ellos vociferaron en masa diciendo: «¡Fuera ése! Suéltanos a Barrabás». A éste lo habían metido en la cárcel por una revuelta acaecida en la ciudad y un homicidio. Pilato volvió a dirigirles la palabra con intención de soltar a Jesús. Pero ellos seguían gritando: «¡Crucifícalo, crucifícalo!». Él les dijo por tercera vez: «Pues, ¿qué mal ha hecho éste? No he encontrado en Él. ningún delito que merezca la muerte. Así es que le daré un escarmiento y lo soltaré». Ellos se le echaban encima pidiendo a gritos que lo crucificara; e iba creciendo el griterío. Pilato decidió que se cumpliera su petición: soltó al que le pedían (al que había metido en la cárcel por revuelta y homicidio), y a Jesús se lo entregó a su arbitrio.

Mientras lo conducían, echaron mano de un cierto Simón de Cirene, qué volvía del campo, y le cargaron la cruz para que la llevase detrás de Jesús. Lo seguía un gran gentío del pueblo, y de mujeres que se daban golpes y lanzaban lamentos por Él. Jesús se volvió hacia ellas y les dijo: «Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos, porque mirad que llegará el día en que dirán: ‘Dichosas las estériles y los vientres que no han dado a luz y los pechos que no han criado’. Entonces empezarán a decirles a los montes: ‘Desplomaos sobre nosotros’, y a las colinas: ‘Sepultadnos’; porque si así tratan al leño verde, ¿qué pasará con el seco?».

Conducían también a otros dos malhechores para ajusticiarlos con Él. Y cuando llegaron al lugar llamado “La Calavera”, lo crucificaron allí, a Él y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Jesús decía: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». Y se repartieron sus ropas, echándolas a suerte. El pueblo estaba mirando. Las autoridades le hacían muecas diciendo: «A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si Él es el Mesías de Dios, el Elegido». Se burlaban de Él también los soldados, ofreciéndole vinagre y diciendo: «Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo». Había encima un letrero en escritura griega, latina y hebrea: «Éste es el rey de los judíos».

Uno de los malhechores crucificados lo insultaba diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros». Pero el otro le increpaba: «¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en el mismo suplicio? Y lo nuestro es justo, porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha faltado en nada». Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino». Jesús le respondió: «Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso».

Era ya eso de mediodía y vinieron las tinieblas sobre toda la región, hasta la media tarde; porque se oscureció el sol. El velo del templo se rasgó por medio. Y Jesús, clamando con voz potente, dijo: «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu». Y dicho esto, expiró.

El centurión, al ver lo que pasaba, daba gloria a Dios diciendo: «Realmente, este hombre era justo». Toda la muchedumbre que había acudido a este espectáculo, habiendo visto lo que ocurría, se volvían dándose golpes de pecho. Todos sus conocidos se mantenían a distancia, y lo mismo las mujeres que lo habían seguido desde Galilea y que estaban mirando.

Un hombre llamado José, que era senador, hombre bueno y honrado (que no había votado a favor de la decisión y del crimen de ellos), que era natural de Arimatea y que aguardaba el Reino de Dios, acudió a Pilato a pedirle el cuerpo de Jesús. Y, bajándolo, lo envolvió en una sábana y lo colocó en un sepulcro excavado en la roca, donde no habían puesto a nadie todavía. Era el día de la Preparación y rayaba el sábado. Las mujeres que lo habían acompañado desde Galilea fueron detrás a examinar el sepulcro y cómo colocaban su cuerpo. A la vuelta prepararon aromas y ungüentos. Y el sábado guardaron reposo, conforme al mandamiento.

Reflexión: Lc 22,14-23,56

La Iglesia nos propone la meditación de un evangelio muy largo y rico el día de hoy. Se trata en realidad de varios episodios, que nos ponen frente a Jesús en los momentos previos a su sacrificio en la cruz. El Señor, nuestro Dios hecho hombre, sabe lo que vendrá, lo que tendrá que pasar, aun cuando sus discípulos no lo comprendan. Ellos están un poco al margen, distantes, como ajenos a los sucesos que Jesús vive y que están por llegar a su fin.

Han logrado formar una comunidad en torno a Jesús y se sienten fraternalmente unidos. Nada parece perturbarlos ni amenazarlos. De este modo, se siente suficientemente unidos y fortalecidos para rechazar cualquier amenaza que se cierna sobre ellos o sobre Jesús. Venga de donde venga. Parece poco creíble que en tan solo unas horas se dispersarán, desconcertados, asustados, perdidos, con el peso de una traición y el temor paralizante, que los lleva a esconderse e incluso a dar muestras de flaqueza extrema, como es el caso de Pedro, el más fuerte, aquél al que Jesús le encomendó la sucesión, que llegaría a negarlo hasta tres veces, antes que cantara el gallo, tal como Jesús se lo había anticipado.

Es que todo tenía que cumplirse tal como estaba escrito. El Señor tiene sus propios caminos, muchas veces distintos a los nuestros y los cumple, aún por encima de nuestras flaquezas y temores. En ese sentido, no depende de nosotros, aun cuando amable y cariñosamente nos invita a seguirlo. Y es que, no se trata de ir a la pelea, de ser el primero, de imponerse…Se trata de servir, de vencer dando, de convencer amando, al extremo de morir en la cruz. Solo así dará testimonio de Dios Padre, que es Amor, que no opone la fuerza, ni el poder para rechazar las falsas acusaciones, ni los expedientes que engañosamente se habían levantado en su contra. Y es que no había nada de qué acusarlo, salvo de dar muchas señales, de levantar mucho polvo, de constituir una amenaza al estatus quo, a la convivencia que habían logrado los sumos sacerdotes y los fariseos poderosos, con el inmenso poder político y militar romano. Este, Jesús, ponía en peligro sus privilegios…Había que matarlo. Eso era todo.

Jesús sabía cuál sería el desenlace, Sabía que tenía que pasar por este sacrificio.  “Para eso he venido”, nos dirá. Y no se corre, porque sabe que ha llegado la hora. Eso sí, ora al Padre, pidiendo fortaleza. Toda su prédica culmina aquí. Había dicho que nos amaba al extremo de ser capaz de dar su vida por nosotros, por nuestra salvación, y eso haría. Siendo Dios, se abajó a la altura del más humilde e indefenso hombre, aquél del que nadie tiene reparo en hacer escarnio,  en castigar, en insultar y flagelar…Solo, completamente solo, enfrenta a los guardias, a las autoridades y a la turba…Ya había dicho lo que tenía que decir y muchos fueron testigos de su vida pública; no tenía más que decir y no haría nada por defenderse…¿Hasta dónde somos capaces de ensañarnos con el indefenso, con aquél que carece de padrinos, con aquel del que todos hacen mofa y burla, con aquel que no ofrece resistencia? ¿Cuánto más nos irrita que no pida clemencia, que no pida perdón, que ni si quiera abra la boca para quejarse? Cómo nos ofende esa actitud, cuando Él sabe que está en nuestras manos salvarlo, cediendo ante el primer pedido de clemencia, pero nada. Ni una palabra.

¡Eh ahí la paradoja! Como Judas y tantos otros, llegamos a creer que podríamos salvarlo, si tan solo ofreciera resistencia, si tan solo desatara su poder contra estos enemigos. Hay muchos dispuestos a desenvainar la espada, a su solo gesto, pero Jesús nada. No dará gusto ni a unos ni a otros…Seguirá con su misión, con la Voluntad del Padre. Con su sufrimiento, con su dolor y con su muerte, nos salvará.

Este es el Misterio que celebramos cada día en la Eucaristía. El inmenso amor de Jesús, que muere en la cruz para salvarnos y resucitando restaura los lazos con nuestro Padre, haciéndonos acreedores a la Vida Eterna junto con Él.

Oremos:

Padre Santo, permítenos entender el Sacrificio de la Cruz, que está en el centro de nuestra historia y de nuestra vida. Permítenos entender que sin cruz no hay salvación posible. Que no hubo ni hay otra forma de salvarnos que amando a nuestros hermanos. Que solo dando se recibe, que solo amando hasta la muerte, se resucita a la vida eterna.  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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mar 27 2010

Juan 11, 45-56

Texto del evangelio (Jn 11, 45-56)

En aquel tiempo, muchos de los judíos que habían venido a casa de María, viendo lo que había hecho, creyeron en Él. Pero algunos de ellos fueron donde los fariseos y les contaron lo que había hecho Jesús. Entonces los sumos sacerdotes y los fariseos convocaron consejo y decían: «¿Qué hacemos? Porque este hombre realiza muchas señales. Si le dejamos que siga así, todos creerán en Él y vendrán los romanos y destruirán nuestro Lugar Santo y nuestra nación». Pero uno de ellos, Caifás, que era el Sumo Sacerdote de aquel año, les dijo: «Vosotros no sabéis nada, ni caéis en la cuenta que os conviene que muera uno solo por el pueblo y no perezca toda la nación». Esto no lo dijo por su propia cuenta, sino que, como era Sumo Sacerdote aquel año, profetizó que Jesús iba a morir por la nación —y no sólo por la nación, sino también para reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos—. Desde este día, decidieron darle muerte.

Por eso Jesús no andaba ya en público entre los judíos, sino que se retiró de allí a la región cercana al desierto, a una ciudad llamada Efraim, y allí residía con sus discípulos. Estaba cerca la Pascua de los judíos, y muchos del país habían subido a Jerusalén, antes de la Pascua para purificarse. Buscaban a Jesús y se decían unos a otros estando en el Templo: «¿Qué os parece? ¿Que no vendrá a la fiesta?». Los sumos sacerdotes y los fariseos habían dado órdenes de que, si alguno sabía dónde estaba, lo notificara para detenerle.

Reflexión: Jn 11, 45-56

Más claro, imposible. Los sumos sacerdotes condenan a muerte a Jesús para salvarse, para mantener el estatus, para no verse perjudicados por su prédica, ya que como ellos mismos reconocen: “este hombre realiza muchas señales. Si le dejamos que siga así, todos creerán en Él y vendrán los romanos y destruirán nuestro Lugar Santo y nuestra nación.”

¡Qué tal paradoja! ¡Qué tal juicio! Le condenan a muerte porque realiza muchas señales. Ni si quiera entran a calificar las señales. Si son buenas o malas, no está en discución. Eso a muchos no les importa. Mientras que otros, están dispuestos a creer y tolerar el mensaje del Señor, hasta cierto punto. Mientras no lo transgreda y pase con perfil bajo, es bueno y hasta simpático. Mientras no los comprometa, mientras no ponga en juego su posición, su situación, qué más da que el pueblo crea en esto o en aquello…Pero, este  “realiza muchas señales”. ¡Es peligroso! Puede llegar a ser intolerable para los romanos, para aquellos con los que convivimos en contubernio, en un acuerdo tácito, en el que respetamos mutuamente nuestros privilegios, a costa del mismo sufrido pueblo, que no tiene más alternativa que aguantarlos a ambos. No sea que los romanos, que son muy poderosos y han actuado con tolerancia nos castiguen. No están dispuestos a pagar por Jesús y su prédica, lo que para ellos supone un alto costo: la destrucción de su templo y de su nación. Seamos claros: en realidad su templo y la nación son meras excusas, pues para ellos significan poco. Lo que en realidad temen es perder sus privilegios, mantenidos bajo esta aparente pacífica convivencia.

Se acerca la Pascua, y con ella, la hora en que Jesús será entregado y sacrificado por todos nosotros. Es así que sin querer y sin saberlo Caifás profetiza la muerte de Jesús: “os conviene que muera uno solo por el pueblo y no perezca toda la nación.” Esta es una de las formas en que Dios interviene en la historia. Los hechos son los mismos…Y mientras “el consejo” (las autoridades del pueblo judío) encuentran la excusa perfecta para eliminarlo, seguramente sin presagiar todavía que sería en esa Pascua, ni que habrían de crucificarle públicamente, los planes del Señor siguen su curso, y pasan precisamente por su sacrificio en la cruz, por su muerte y resurrección, para salvarnos del pecado y la muerte, sellando así la nueva alianza.

Es así que mientras el Consejo decide eliminarle porque “realiza muchas señales”, precipitan precisamente la señal más grande e imperecedera, la muerte y resurrección de Jesús, que será la señal de los cristianos, el símbolo supremo de nuestra salvación. Por eso la cruz será el recuerdo eterno de nuestra redención, de nuestra salvación, de la nueva alianza forjada con la sangre de Jesús. Quisieron borrarlo, eliminarlo y desataron la señal más grande, que con muchas vicisitudes, seguramente, después de más de 2mil años, sigue tan radiante y fresca como entonces, promoviendo adhesiones sinceras, en gentes humildes, más allá de toda la propaganda que, como entonces desatan los poderosos en su contra, para no perder privilegios, fama y poder.

Oremos:

Señor Jesús, que no seamos uno más de aquellos que buscan sacrificarte, eliminarte, borrarte del mapa, porque nos perturba tu prédica. Por el contrario, que seamos de los que se aferran a tu cruz, sabiendo que con tu muerte y resurrección, haz vencido al mundo, perdonando nuestros pecados y restaurando la alianza con nuestro Padre, que nos espera con los brazos abiertos, teniendo reservado para nosotros un lugar a su lado, en el que viviremos eternamente.  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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mar 26 2010

Juan 10, 31-42

Texto del evangelio (Jn 10, 31-42)

En aquel tiempo, los judíos trajeron otra vez piedras para apedrearle. Jesús les dijo: «Muchas obras buenas que vienen del Padre os he mostrado. ¿Por cuál de esas obras queréis apedrearme?». Le respondieron los judíos: «No queremos apedrearte por ninguna obra buena, sino por una blasfemia y porque tú, siendo hombre, te haces a ti mismo Dios». Jesús les respondió: «¿No está escrito en vuestra Ley: ‘Yo he dicho: dioses sois’? Si llama dioses a aquellos a quienes se dirigió la Palabra de Dios —y no puede fallar la Escritura— a aquel a quien el Padre ha santificado y enviado al mundo, ¿cómo le decís que blasfema por haber dicho: ‘Yo soy Hijo de Dios’? Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis; pero si las hago, aunque a mí no me creáis, creed por las obras, y así sabréis y conoceréis que el Padre está en mí y yo en el Padre». Querían de nuevo prenderle, pero se les escapó de las manos. Se marchó de nuevo al otro lado del Jordán, al lugar donde Juan había estado antes bautizando, y se quedó allí. Muchos fueron donde Él y decían: «Juan no realizó ninguna señal, pero todo lo que dijo Juan de éste, era verdad». Y muchos allí creyeron en Él.

Reflexión: Jn 10, 31-42

Estamos asistiendo a una cronología inexorable. Está por llegar la hora para la cual vino Jesús. Ocurrirá de todos modos. Y, ya podemos ver como los judíos se van impacientando. Para muchos de ellos, que no quieren detenerse a meditar en torno a sus obras, que no están dispuestos a tolerar nada, si primero Jesús no muestra credenciales que para ellos sean convincentes, todo lo que dice es blasfemia.

Es que aceptarlo sería aceptar que hay que cambiar el orden de las cosas. Que el mundo que han forjado, en el que detentan poder y privilegios, en el que tienen una posición preponderante, afortunada, debe cambiar…Cambiar para promover a la chusma, a los pobres, a los desposeídos. ¿Por qué abrían de ceder? ¿Por qué lo decía Jesús? Y…-aquí viene el sustento de su rechazo- ¿Quién es Jesús? Dice muchas cosas, pero todas son blasfemias…A tal punto los altera, que ya no eran indiferentes, sino que querían matarlo…”Muerto el perro, se acabó la rabia”, como sostienen algunos de nuestros empleadores anti sindicalistas, que prefieren despedir y desaparecer a quienes osan mencionar esta palabra, antes que dialogar. Es que, para ellos, dialogar sería aceptar algo que es inadmisible: que están equivocados; que hay otra perspectiva; que los trabajadores no le deben todo a la bondad de los empleadores; que hay ciertos derechos, que los trabajadores también tienen, entre ellos el de opinar y ser escuchados.

En este pasaje, apelando seguramente a alguno de sus poderes divinos, Jesús se tiene que escabullir. Escapa por segunda vez, cuando hastiados, los judíos, están dispuestos a eliminarlo allí mismo. Esto no podía pasar, ni iba a pasar, porque tenían que cumplirse las escrituras. Pero vamos viendo ya, como va llegando la hora. Jesús es un enemigo del poder, del estatus quo. Jesús ha venido a revolucionar el mundo, a cambiarlo todo. Sencillamente intolerable, para quienes se encuentran en la parte superior de la pirámide. La prédica de Jesús es realmente exacerbante y es que choca frontalmente contra el individualismo, que propicia el culto al “mi, me, conmigo”, en el que “YO” debo ser primero, por sobre todas las cosas; en el que solo después de mí y si me sobra algo, lo daré a los que me plazca…Este es un mundo que colisiona contra la fraternidad predicada por Jesús. Hermandad que tiene su sustento en que TODOS somos hijos de un mismo Padre, Dios, y que por tanto nos debemos AMOR. Esta es la palabreja, para algunos incomprensible, para otros impronunciable y para muchos desvirtuada y devaluada, que finalmente llevará a Cristo a la Cruz.

Es el amor del Padre, desplegado al extremo de dar la vida de su único Hijo por nuestra salvación. Este es el mensaje que estamos por celebrar estos días, que se reedita cada segundo en el universo. ¡Dios nos ha amado en extremo! Y esto es lo que pide que hagamos entre nosotros…amarnos unos a otros, como Él nos ha amado.

Oremos:

Señor Jesús, que en estos días previos a tu pasión y muerte en cruz, nos hagamos sensibles a tu mensaje de amor. Que lo expresemos a través de nuestros actos, antes que por nuestros labios. Que seamos un verdadero testimonio de vida cristiana. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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mar 25 2010

Luca 1, 26-38

Texto del evangelio (Lc 1, 26-38)

Al sexto mes fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. Y entrando, le dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». Ella se conturbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo. El ángel le dijo: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin».

María respondió al ángel: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?». El ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios. Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y este es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril, porque ninguna cosa es imposible para Dios». Dijo María: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». Y el ángel dejándola se fue.

Reflexión: Lc 1, 26-38

Nada es imposible para Dios. Eso es algo que debemos retener en nuestra memoria. El tiene sus Planes, y estos se realizarán de todas maneras, aun cuando a nosotros nos parezca que en tales circunstancias y con tal gente podría ser imposible. Este hecho debía llenarnos de fe y de valor, sabiendo que si estamos obrando conforme Él lo ha dispuesto, no habrá nada que pueda interponerse con suficiente contundencia en nuestro camino, como para obligarnos a retroceder o cambiar de rumbo. Si estamos con Dios, nada nos podrá detener. Como decimos en el MCC (Movimiento de Cursillos de Cristiandad), Cristo y yo, somos mayoría.
 
Debemos pues reflexionar cada día y orar pidiendo a Dios que nos ilumine y nos permita elegir y caminar por la senda correcta, teniendo la plena seguridad que entonces no habrá nada ni nadie que interponiéndose en nuestro camino, evite que cumplamos nuestra Misión.

Lo que muchas veces flaquea es nuestra fe. Es que no llegamos a creernos del todo lo que el Señor nos propone. Dudamos, y ante la presión, ante la exigencia, titubeamos. Es en estas circunstancias en las que debemos aprender la lección de María, que acepta la propuesta y como sabemos, le exigirá una serie de decisiones y acciones en el futuro, destinadas a mantenerse en la Misión y el papel que concientemente asume. No escatimará esfuerzo para ello.

Pero nada de esto es posible sin La Gracia. Eso es lo que debemos procurar. Mantener una relación muy profunda con Dios, a través de la oración, rogando y pidiendo cada día su Gracia, la que vendrá en abundancia sobre nosotros si llevamos una vida recta, si nos empeñamos por hacer su voluntad, en amar a los demás, haciéndoles sentir lo mucho que les ama nuestro Padre, si llevamos una vida de oración y frecuentamos los Sacramentos…

Vivamos en la virtud y pidamos al Señor que derrame su abundante Gracia sobre nosotros; así conoceremos Su Voluntad para nuestra vida y no habrá nada que se interponga e impida su realización, porque para Dios, nada es imposible. “Hará cantar a las piedras, si fuera necesario”.

 

Oremos:

Padre Santo, derrama sobre nosotros Tu abundante Gracia, para que sepamos hacer tu Voluntad en nuestro día a día, en cada instante de nuestras vidas; siendo una luz de esperanza para quienes se sienten afligidos, solos, abandonados; para quienes se sienten excluidos, olvidados. Danos esa mirada tuya, para saber leer y comprender el corazón de nuestros hermanos. Sobre todo, danos valor y firmeza para seguirte, aun en la dificultad, sabiendo que finalmente el triunfo será tuyo, será nuestro, si nos mantenemos en Ti. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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feb 22 2010

Mateo 16, 13-19

Texto del evangelio (Mt 16, 13-19)

En aquel tiempo, llegado Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?». Ellos dijeron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías, otros, que Jeremías o uno de los profetas». Díceles Él: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Simón Pedro contestó: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo».

Replicando Jesús le dijo: «Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos».

Reflexión: Mt 16, 13-19)

Qué duda cabe. De aquí proviene la autoridad de Pedro y de sus sucesores en la Iglesia. Del mismo modo en que Jesucristo reconoce que es Dios Padre quien le ha revelado quien es Jesucristo a Pedro, y con la misma autoridad del Padre es que Jesús instituye su Iglesia, poniendo a Pedro como cimiento, como piedra fundamental sobre la cual “edificaré mi iglesia”.

Este es el papel y el tremendo poder que Dios Padre, por medio de Jesucristo, otorga a Pedro en la Iglesia y con él, a todos sus sucesores hasta Benedicto XVI. Sin duda ha habido tipos en el sillón de Pedro que no lo merecían, que no debieron sucederlo, probablemente, que han hecho más daño que bien. Sin embargo este también es el recuerdo que la Iglesia de Cristo está conformada por hombres, falibles, imperfectos, pero que tienen una gran Misión, que no es otra que la de Cristo. Como toda organización humana, necesitamos una cabeza. Esta es el Papa, que tiene toda la autoridad de atar y desatar…Debemos orar asiduamente por nuestro pastor, para que sople el Espíritu Santo sobre él, y sepa conducir responsablemente y a la altura de la Misión encomendada a la Iglesia, fiel y leal a Cristo, ayudando a construir la ansiada civilización del amor.

Debemos procurar entender que todos los cristianos, es decir, los seguidores de Cristo, tenemos una misma y única misión: propagar el evangelio, que no es otra cosa que acrecentar el Reino. En ese sentido somos un mismo cuerpo, el Cuerpo Místico de Cristo, al servicio de la humanidad, al servicio de la Salvación. Configurados con Cristo, es decir hechos uno con Él, tenemos la misma misión. Es como piedra de toque, como cimiento de este cuerpo, que Cristo nombra y confiere autoridad a Pedro. Es, sin duda, la responsabilidad más grande que ha podido ser conferida a persona alguna. Responsabilidad que, sin embargo, todos compartimos de algún modo, pues todos tenemos la misma misión.

Tenemos pues que conformar una gran comunidad, incluyente, universal. Eso es lo que pretende, con muchos errores, seguramente, la Iglesia Católica, la Iglesia Universal. Ninguno de nosotros puede renunciar a este deber y a esta responsabilidad. En la medida en que cada uno de nosotros actúe apropiadamente, la Iglesia irá cumpliendo su Misión. Somos un solo Cuerpo, que tiene a Cristo a la cabeza, representado aquí por el Papa.

Oremos:

Padre Santo, permítenos entender esta organización que a veces se nos antoja misteriosa, tal vez por tantos ataques que recibe y por qué no, también, por los muchos errores cometidos. Haznos fieles y leales siervos tuyos, entendiendo que solo podemos servirte, sirviendo y amando a nuestros hermanos. Siendo unidos y manifestando amor entre nosotros como partes de un mismo  cuerpo, de una misma Iglesia, porque así te ha parecido bueno. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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feb 21 2010

Lucas 4, 1-13

Texto del evangelio (Lc 4, 1-13)

En aquel tiempo, Jesús, lleno de Espíritu Santo, se volvió del Jordán, y era conducido por el Espíritu en el desierto, durante cuarenta días, tentado por el diablo. No comió nada en aquellos días y, al cabo de ellos, sintió hambre. Entonces el diablo le dijo: «Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan». Jesús le respondió: «Esta escrito: ‘No sólo de pan vive el hombre’».

Llevándole a una altura le mostró en un instante todos los reinos de la tierra; y le dijo el diablo: «Te daré todo el poder y la gloria de estos reinos, porque a mí me ha sido entregada, y se la doy a quien quiero. Si, pues, me adoras, toda será tuya». Jesús le respondió: «Está escrito: ‘Adorarás al Señor tu Dios y sólo a Él darás culto’».

Le llevó a Jerusalén, y le puso sobre el alero del Templo, y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo; porque está escrito: ‘A sus ángeles te encomendará para que te guarden’. Y: ‘En sus manos te llevarán para que no tropiece tu pie en piedra alguna’». Jesús le respondió: «Está dicho: ‘No tentarás al Señor tu Dios’». Acabada toda tentación, el diablo se alejó de Él hasta un tiempo oportuno.

Reflexión: Lc 4, 1-13)

El demonio, como no podía ser de otro modo, es un sin vergüenza y con toda desfachatez pretende tentar al mismísimo Jesucristo. Es una primera lección que debemos aprender…Con la tentación no se juega. No podemos pretender coquetear con el demonio, con el pecado, pensando que con nosotros no podrá. Es preferible evitar. Quien juega con fuego, corre el peligro de quemarse. El demonio siempre tratará de tentar aun al más pintado.

Hay situaciones en la vida que todos atravesamos parecidas al desierto que atraviesa Jesús. Situaciones en las que no parece salirnos nada, en las que nos sentimos totalmente solos y abandonados. En las que pareciera que nadie se anima a darnos una mano. Todos nos dan palmadas en el hombro, pero nadie realmente nos ayuda. Nadie se incomoda por ayudarte a parar la olla, como se dice. Todos a tu alrededor tienen, todos pueden…Es más, son tus amigos, y te ven como remontas los rápidos casi sin poder respirar, casi ahogándote, pero nadie te hecha la mano…Todos esperan, seguramente a que grites, que te rindas, que digas no puedo más…¡Denme una mano! Solo entonces es posible que te ayuden.

¿Por qué seremos a veces, así tan duros? No sabemos dar…Nos cuesta desprendernos, así, sin más. Si sabemos que nuestro amigo está pasando por un mal momento, por qué no tirarle una tabla. ¿Por qué no invitarlo a almorzar? ¿Por qué no llenar un día su despensa o su refrigeradora, si está a nuestro alcance? ¿Será por no humillarlo o será más bien porque en el fondo no somos capaces de desprendernos de nada? No somos capaces de un gesto noble y generoso…Nos cuesta. No queremos ver mermado en un ápice nuestro patrimonio.

Por otro lado, somos tan indiferentes, tan egoístas, que estamos enfrascados y absortos con lo nuestro, con lograr más utilidades, con maximizar nuestras ganancias y minimizar nuestros gastos, a tal punto, que ni si quiera nos damos cuenta, ni vemos a nuestros amigos o nuestros familiares más cercanos, muchos de los cuales están pasando dificultades. Lo peor de todo es que lo sabemos, porque estas situaciones son más o menos públicas dentro de la familia o del círculo íntimo de amigos, sin embargo, pasamos de largo…¿Qué queremos? ¿Qué nos extiendan la mano? ¿Qué nos toque la puerta? ¿Por qué somos tan duros?

Es en estos momentos, precisamente, cuando el demonio, frotándose las manos, relamiéndose, empieza a rondarnos, metiéndonos ideas absurdas en la cabeza. Carroñero, como él solo, es precisamente cuando más débiles nos encontramos que empieza a tentarnos con aquello que más precisamos. Debemos tener en cuenta el ejemplo de Jesús y no claudicar por nada del mundo. No hay nada que pueda justificar un trato con el demonio: ni el hambre, ni el frío, ni la pompa, ni el poder y ni si quiera el abandonarnos a la buena de Dios. Tenemos que sobreponernos y seguir luchando. Haciendo el bien por donde vamos, sin empeñar nuestros principio ni nuestra libertad por un plato de lentejas. Tenemos que mantenernos firmes, que ya el Señor sabrá prodigarnos en abundancia aquello que necesitamos, que definitivamente no es aquello que el demonio nos propone. ‘No sólo de pan vive el hombre’

Oremos:

Padre Santo, no nos dejes caer en tentación. Si habremos de pasar por escabrosos senderos, que sea siempre asidos a tu mano amorosa. No permitas que claudiquemos y nos abandonemos al enemigo. Que no prestemos oídos a sus falsas promesas. Que sepamos mantener nuestra integridad y dignidad. Y que estemos siempre dispuestos a compartir con quienes menos tienen. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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feb 01 2010

Marcos 5, 1-20

Texto del evangelio (Mc 5, 1-20)

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos llegaron al otro lado del mar, a la región de los gerasenos. Apenas saltó de la barca, vino a su encuentro, de entre los sepulcros, un hombre con espíritu inmundo que moraba en los sepulcros y a quien nadie podía ya tenerle atado ni siquiera con cadenas, pues muchas veces le habían atado con grillos y cadenas, pero él había roto las cadenas y destrozado los grillos, y nadie podía dominarle. Y siempre, noche y día, andaba entre los sepulcros y por los montes, dando gritos e hiriéndose con piedras. Al ver de lejos a Jesús, corrió y se postró ante Él y gritó con gran voz: «¿Qué tengo yo contigo, Jesús, Hijo de Dios Altísimo? Te conjuro por Dios que no me atormentes». Es que Él le había dicho: «Espíritu inmundo, sal de este hombre». Y le preguntó: «¿Cuál es tu nombre?». Le contesta: «Mi nombre es Legión, porque somos muchos». Y le suplicaba con insistencia que no los echara fuera de la región.

Había allí una gran piara de puercos que pacían al pie del monte; y le suplicaron: «Envíanos a los puercos para que entremos en ellos». Y se lo permitió. Entonces los espíritus inmundos salieron y entraron en los puercos, y la piara -unos dos mil- se arrojó al mar de lo alto del precipicio y se fueron ahogando en el mar. Los porqueros huyeron y lo contaron por la ciudad y por las aldeas; y salió la gente a ver qué era lo que había ocurrido. Llegan donde Jesús y ven al endemoniado, al que había tenido la Legión, sentado, vestido y en su sano juicio, y se llenaron de temor. Los que lo habían visto les contaron lo ocurrido al endemoniado y lo de los puercos. Entonces comenzaron a rogarle que se alejara de su término.

Y al subir a la barca, el que había estado endemoniado le pedía estar con Él. Pero no se lo concedió, sino que le dijo: «Vete a tu casa, donde los tuyos, y cuéntales lo que el Señor ha hecho contigo y que ha tenido compasión de ti». Él se fue y empezó a proclamar por la Decápolis todo lo que Jesús había hecho con él, y todos quedaban maravillados.

Reflexión: Mc 5, 1-20

Se trata de una historia algo más larga de lo usual, en la que el Señor actúa, como siempre, fiel al evangelio, a los mandatos de un Dios Padre, que es ante todo AMOR.

No deja de asombrarnos y preocuparnos como Cristo no tuvo ningún reparo en enviar a los demonios a una piara de cerdos, entre los que se contaban unos dos mil. Es decir, eran muchísimos y sin embargo fueron cambiados por la vida de este endemoniado. Creo que es notable lo que pone Jesús en la balanza y la forma en que resuelve. ¿Cuánto estaríamos dispuestos a sacrificar por un hombre? ¿Cuánto si se tratara de un desconocido o de uno de esos “loquitos” que vemos por las calles? Jesús no tiene ningún reparo en sacrificar a estos cerdos, con tal de liberar el espíritu de este hombre.

Sin embargo, cual es la actitud de los dueños de los cerdos…Se molestaron y le pidieron que se fuera. Era para ellos un precio demasiado alto por un “infeliz”.

¿Cuánto estamos dispuestos a dar, a sacrificar nosotros por la salvación de un alma? Esa creo que debe ser la reflexión de hoy. ¿En qué orden ponemos las cosas? ¿Qué es lo más importante? Lo que hacemos, las decisiones que adoptamos a cada instante revelan nuestra opción. No se trata de andar proclamando nuestros valores, nuestros principios. Se trata de vivirlos, de reflejarlos en cada uno de nuestros actos.

Por sus obras los conoceréis, dice el Señor, no por su ropa, ni por los amigos que frecuentan o lucen en determinadas ocasiones. No por la ostentación de títulos o conocimientos, ni por su dinero. No es la cara que pongas, ni las estampas, oraciones o cofradías a las que pertenezcas. Han de ser tus obras las que hablen del amor del Padre, del orden que llevas en tu vida, de tus prioridades.

El Señor no tuvo ningún reparo en sacrificar esta piara de cerdos. ¿Qué patrimonio representaban? No se dice…Tampoco de quien eran. No importó. En eso, que son nuestras categorías, no reparó Jesús. Los cerdos estaban allí e importaba muy poco de quien fueran. Los escrúpulos respecto a la propiedad de las cosas: lo tuyo, lo mío, lo de él…no están dentro de los cálculos del Señor. Nada importa más que la vida y la salvación de un alma. Para ello no puede ni debe haber reparos. El no los pone. ¿Y nosotros, los ponemos? A lo mejor muchos de nosotros estaremos dispuestos a sacrificar esto o aquello, según de quien se trate…¿no? Esa es la diferencia entre Jesús y nosotros; entre  lo que nos pide y lo que somos…
 

Oremos:

Señor, danos la Gracia de servirte sin reparos, sin medidas, sin mezquindad. Sin pensar en nuestros hermanos en función del bien que recibimos a cambio. Que no hagamos de nuestro proceder cristiano una mercancía más, dispuesta a ser entregada a quien paga el precio. Que seamos generosos y no andemos calculando nuestra caridad. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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ene 21 2010

Marcos 3, 7-12

Texto del evangelio (Mc 3, 7-12)

En aquel tiempo, Jesús se retiró con sus discípulos hacia el mar, y le siguió una gran muchedumbre de Galilea. También de Judea, de Jerusalén, de Idumea, del otro lado del Jordán, de los alrededores de Tiro y Sidón, una gran muchedumbre, al oír lo que hacía, acudió a Él. Entonces, a causa de la multitud, dijo a sus discípulos que le prepararan una pequeña barca, para que no le aplastaran. Pues curó a muchos, de suerte que cuantos padecían dolencias se le echaban encima para tocarle. Y los espíritus inmundos, al verle, se arrojaban a sus pies y gritaban: «Tú eres el Hijo de Dios». Pero Él les mandaba enérgicamente que no le descubrieran.

Reflexión: Mc 3, 7-12

Todos siguen al Señor. De todas las naciones, de todas las razas, de todas las condiciones sociales. Todos quieren verle, oírle, tocarle. Todos han oído lo que ha hecho el Señor por donde pasó, así que todos quieren recibir alguna gracia. Son tantos, que Jesús tiene que ponerse a buen recaudo, para que no lo aplasten…El Señor curaba incansablemente…pero no se daba abasto, por eso algunos se conformaban con solo tocarle, lo que entre tal multitud era poco menos que imposible.

El Señor no huye, no deja a quienes lo siguen, sino que debe proteger su integridad. Es un Dios Hombre…No se abstrae de esta situación. No crea un círculo mágico, ni un ejército, ni una guardia para que lo proteja. Se da como hombre, en su fragilidad y por eso debe ponerse a buen recaudo, como cualquier hombre, pero si escapar. El conoce y sabe de las necesidades del pueblo, de los hombres y mujeres que lo siguen, nuestras necesidades…y quiere atenderlas todas, pero son demasiadas. Entonces tiene que tomar algunas previsiones. Coyunturalmente, allí, en el mar, tendrá que subirse a una barca. Pero paralelamente y a lo largo de toda su predicación ordenará discípulos suyos y los enviará por todo el mundo, para que vayan, bauticen, perdonen los pecados y proclamen la Buena Nueva del Señor.

La mies es mucha, los operarios pocos. La multitud, la humanidad busca desesperadamente una luz, alguien que le cure sus heridas y les de esperanzas, alguien que pueda perdonarles sus pecados y restaurar el equilibrio en sus vidas, alguien que les diga cual es el camino, por donde deben ir. Alguien que de solución a tantas interrogantes, a tantas dudas, a tanto error que pareciera quitar sentido a la vida. La humanidad toda busca esa luz, que solamente puede encontrar en el Señor.

Nosotros hemos sido llamados a servir a Dios como misioneros, como discípulos y constructores del Reino. El Señor nos necesita. Y en la situación descrita en la lectura de hoy es más que evidente. Debemos aprender de Él, a ser para el mundo, sin distinciones, esforzándonos por llegar a todos, sin otro obstáculo que no sean las propias limitaciones humanas.

Finalmente, siempre me intriga por qué manda a callar a los demonios, quienes inmediatamente lo reconocen. Entiendo que porque Él no quiere que le sigamos por temor, sino por convicción. No nos quiere esclavos de nada. Y no va a ser al propósito de reconocimiento que hagan sus enemigos que debamos convencernos…ese no es el camino. El camino es positivo, a favor de…no en contra de. No es por temor, sino por amor que hemos de adherirnos a su mensaje, a su vida.

Oremos:

Señor mío, aquí estamos para servirte, para ayudarte a expandir el Reino. Queremos ser alivio para el que sufre, luz para el que te busca, consuelo para el afligido, esperanza para el que se siente agobiado. Fortalécenos…Haznos contigo un solo cuerpo, para que viéndonos, crean. Amén.

Roguemos al Señor…

 

Te lo pedimos Señor.

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