Posts tagged: Hijo de Dios

Mateo 16, 13-19

Texto del evangelio (Mt 16, 13-19)

En aquel tiempo, llegado Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?». Ellos dijeron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías, otros, que Jeremías o uno de los profetas». Díceles Él: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Simón Pedro contestó: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo».

Replicando Jesús le dijo: «Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos».

Reflexión: Mt 16, 13-19)

Qué duda cabe. De aquí proviene la autoridad de Pedro y de sus sucesores en la Iglesia. Del mismo modo en que Jesucristo reconoce que es Dios Padre quien le ha revelado quien es Jesucristo a Pedro, y con la misma autoridad del Padre es que Jesús instituye su Iglesia, poniendo a Pedro como cimiento, como piedra fundamental sobre la cual “edificaré mi iglesia”.

Este es el papel y el tremendo poder que Dios Padre, por medio de Jesucristo, otorga a Pedro en la Iglesia y con él, a todos sus sucesores hasta Benedicto XVI. Sin duda ha habido tipos en el sillón de Pedro que no lo merecían, que no debieron sucederlo, probablemente, que han hecho más daño que bien. Sin embargo este también es el recuerdo que la Iglesia de Cristo está conformada por hombres, falibles, imperfectos, pero que tienen una gran Misión, que no es otra que la de Cristo. Como toda organización humana, necesitamos una cabeza. Esta es el Papa, que tiene toda la autoridad de atar y desatar…Debemos orar asiduamente por nuestro pastor, para que sople el Espíritu Santo sobre él, y sepa conducir responsablemente y a la altura de la Misión encomendada a la Iglesia, fiel y leal a Cristo, ayudando a construir la ansiada civilización del amor.

Debemos procurar entender que todos los cristianos, es decir, los seguidores de Cristo, tenemos una misma y única misión: propagar el evangelio, que no es otra cosa que acrecentar el Reino. En ese sentido somos un mismo cuerpo, el Cuerpo Místico de Cristo, al servicio de la humanidad, al servicio de la Salvación. Configurados con Cristo, es decir hechos uno con Él, tenemos la misma misión. Es como piedra de toque, como cimiento de este cuerpo, que Cristo nombra y confiere autoridad a Pedro. Es, sin duda, la responsabilidad más grande que ha podido ser conferida a persona alguna. Responsabilidad que, sin embargo, todos compartimos de algún modo, pues todos tenemos la misma misión.

Tenemos pues que conformar una gran comunidad, incluyente, universal. Eso es lo que pretende, con muchos errores, seguramente, la Iglesia Católica, la Iglesia Universal. Ninguno de nosotros puede renunciar a este deber y a esta responsabilidad. En la medida en que cada uno de nosotros actúe apropiadamente, la Iglesia irá cumpliendo su Misión. Somos un solo Cuerpo, que tiene a Cristo a la cabeza, representado aquí por el Papa.

Oremos:

Padre Santo, permítenos entender esta organización que a veces se nos antoja misteriosa, tal vez por tantos ataques que recibe y por qué no, también, por los muchos errores cometidos. Haznos fieles y leales siervos tuyos, entendiendo que solo podemos servirte, sirviendo y amando a nuestros hermanos. Siendo unidos y manifestando amor entre nosotros como partes de un mismo  cuerpo, de una misma Iglesia, porque así te ha parecido bueno. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

Bookmark and Share

Lucas 4, 1-13

Texto del evangelio (Lc 4, 1-13)

En aquel tiempo, Jesús, lleno de Espíritu Santo, se volvió del Jordán, y era conducido por el Espíritu en el desierto, durante cuarenta días, tentado por el diablo. No comió nada en aquellos días y, al cabo de ellos, sintió hambre. Entonces el diablo le dijo: «Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan». Jesús le respondió: «Esta escrito: ‘No sólo de pan vive el hombre’».

Llevándole a una altura le mostró en un instante todos los reinos de la tierra; y le dijo el diablo: «Te daré todo el poder y la gloria de estos reinos, porque a mí me ha sido entregada, y se la doy a quien quiero. Si, pues, me adoras, toda será tuya». Jesús le respondió: «Está escrito: ‘Adorarás al Señor tu Dios y sólo a Él darás culto’».

Le llevó a Jerusalén, y le puso sobre el alero del Templo, y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo; porque está escrito: ‘A sus ángeles te encomendará para que te guarden’. Y: ‘En sus manos te llevarán para que no tropiece tu pie en piedra alguna’». Jesús le respondió: «Está dicho: ‘No tentarás al Señor tu Dios’». Acabada toda tentación, el diablo se alejó de Él hasta un tiempo oportuno.

Reflexión: Lc 4, 1-13)

El demonio, como no podía ser de otro modo, es un sin vergüenza y con toda desfachatez pretende tentar al mismísimo Jesucristo. Es una primera lección que debemos aprender…Con la tentación no se juega. No podemos pretender coquetear con el demonio, con el pecado, pensando que con nosotros no podrá. Es preferible evitar. Quien juega con fuego, corre el peligro de quemarse. El demonio siempre tratará de tentar aun al más pintado.

Hay situaciones en la vida que todos atravesamos parecidas al desierto que atraviesa Jesús. Situaciones en las que no parece salirnos nada, en las que nos sentimos totalmente solos y abandonados. En las que pareciera que nadie se anima a darnos una mano. Todos nos dan palmadas en el hombro, pero nadie realmente nos ayuda. Nadie se incomoda por ayudarte a parar la olla, como se dice. Todos a tu alrededor tienen, todos pueden…Es más, son tus amigos, y te ven como remontas los rápidos casi sin poder respirar, casi ahogándote, pero nadie te hecha la mano…Todos esperan, seguramente a que grites, que te rindas, que digas no puedo más…¡Denme una mano! Solo entonces es posible que te ayuden.

¿Por qué seremos a veces, así tan duros? No sabemos dar…Nos cuesta desprendernos, así, sin más. Si sabemos que nuestro amigo está pasando por un mal momento, por qué no tirarle una tabla. ¿Por qué no invitarlo a almorzar? ¿Por qué no llenar un día su despensa o su refrigeradora, si está a nuestro alcance? ¿Será por no humillarlo o será más bien porque en el fondo no somos capaces de desprendernos de nada? No somos capaces de un gesto noble y generoso…Nos cuesta. No queremos ver mermado en un ápice nuestro patrimonio.

Por otro lado, somos tan indiferentes, tan egoístas, que estamos enfrascados y absortos con lo nuestro, con lograr más utilidades, con maximizar nuestras ganancias y minimizar nuestros gastos, a tal punto, que ni si quiera nos damos cuenta, ni vemos a nuestros amigos o nuestros familiares más cercanos, muchos de los cuales están pasando dificultades. Lo peor de todo es que lo sabemos, porque estas situaciones son más o menos públicas dentro de la familia o del círculo íntimo de amigos, sin embargo, pasamos de largo…¿Qué queremos? ¿Qué nos extiendan la mano? ¿Qué nos toque la puerta? ¿Por qué somos tan duros?

Es en estos momentos, precisamente, cuando el demonio, frotándose las manos, relamiéndose, empieza a rondarnos, metiéndonos ideas absurdas en la cabeza. Carroñero, como él solo, es precisamente cuando más débiles nos encontramos que empieza a tentarnos con aquello que más precisamos. Debemos tener en cuenta el ejemplo de Jesús y no claudicar por nada del mundo. No hay nada que pueda justificar un trato con el demonio: ni el hambre, ni el frío, ni la pompa, ni el poder y ni si quiera el abandonarnos a la buena de Dios. Tenemos que sobreponernos y seguir luchando. Haciendo el bien por donde vamos, sin empeñar nuestros principio ni nuestra libertad por un plato de lentejas. Tenemos que mantenernos firmes, que ya el Señor sabrá prodigarnos en abundancia aquello que necesitamos, que definitivamente no es aquello que el demonio nos propone. ‘No sólo de pan vive el hombre’

Oremos:

Padre Santo, no nos dejes caer en tentación. Si habremos de pasar por escabrosos senderos, que sea siempre asidos a tu mano amorosa. No permitas que claudiquemos y nos abandonemos al enemigo. Que no prestemos oídos a sus falsas promesas. Que sepamos mantener nuestra integridad y dignidad. Y que estemos siempre dispuestos a compartir con quienes menos tienen. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

Bookmark and Share

Marcos 5, 1-20

Texto del evangelio (Mc 5, 1-20)

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos llegaron al otro lado del mar, a la región de los gerasenos. Apenas saltó de la barca, vino a su encuentro, de entre los sepulcros, un hombre con espíritu inmundo que moraba en los sepulcros y a quien nadie podía ya tenerle atado ni siquiera con cadenas, pues muchas veces le habían atado con grillos y cadenas, pero él había roto las cadenas y destrozado los grillos, y nadie podía dominarle. Y siempre, noche y día, andaba entre los sepulcros y por los montes, dando gritos e hiriéndose con piedras. Al ver de lejos a Jesús, corrió y se postró ante Él y gritó con gran voz: «¿Qué tengo yo contigo, Jesús, Hijo de Dios Altísimo? Te conjuro por Dios que no me atormentes». Es que Él le había dicho: «Espíritu inmundo, sal de este hombre». Y le preguntó: «¿Cuál es tu nombre?». Le contesta: «Mi nombre es Legión, porque somos muchos». Y le suplicaba con insistencia que no los echara fuera de la región.

Había allí una gran piara de puercos que pacían al pie del monte; y le suplicaron: «Envíanos a los puercos para que entremos en ellos». Y se lo permitió. Entonces los espíritus inmundos salieron y entraron en los puercos, y la piara -unos dos mil- se arrojó al mar de lo alto del precipicio y se fueron ahogando en el mar. Los porqueros huyeron y lo contaron por la ciudad y por las aldeas; y salió la gente a ver qué era lo que había ocurrido. Llegan donde Jesús y ven al endemoniado, al que había tenido la Legión, sentado, vestido y en su sano juicio, y se llenaron de temor. Los que lo habían visto les contaron lo ocurrido al endemoniado y lo de los puercos. Entonces comenzaron a rogarle que se alejara de su término.

Y al subir a la barca, el que había estado endemoniado le pedía estar con Él. Pero no se lo concedió, sino que le dijo: «Vete a tu casa, donde los tuyos, y cuéntales lo que el Señor ha hecho contigo y que ha tenido compasión de ti». Él se fue y empezó a proclamar por la Decápolis todo lo que Jesús había hecho con él, y todos quedaban maravillados.

Reflexión: Mc 5, 1-20

Se trata de una historia algo más larga de lo usual, en la que el Señor actúa, como siempre, fiel al evangelio, a los mandatos de un Dios Padre, que es ante todo AMOR.

No deja de asombrarnos y preocuparnos como Cristo no tuvo ningún reparo en enviar a los demonios a una piara de cerdos, entre los que se contaban unos dos mil. Es decir, eran muchísimos y sin embargo fueron cambiados por la vida de este endemoniado. Creo que es notable lo que pone Jesús en la balanza y la forma en que resuelve. ¿Cuánto estaríamos dispuestos a sacrificar por un hombre? ¿Cuánto si se tratara de un desconocido o de uno de esos “loquitos” que vemos por las calles? Jesús no tiene ningún reparo en sacrificar a estos cerdos, con tal de liberar el espíritu de este hombre.

Sin embargo, cual es la actitud de los dueños de los cerdos…Se molestaron y le pidieron que se fuera. Era para ellos un precio demasiado alto por un “infeliz”.

¿Cuánto estamos dispuestos a dar, a sacrificar nosotros por la salvación de un alma? Esa creo que debe ser la reflexión de hoy. ¿En qué orden ponemos las cosas? ¿Qué es lo más importante? Lo que hacemos, las decisiones que adoptamos a cada instante revelan nuestra opción. No se trata de andar proclamando nuestros valores, nuestros principios. Se trata de vivirlos, de reflejarlos en cada uno de nuestros actos.

Por sus obras los conoceréis, dice el Señor, no por su ropa, ni por los amigos que frecuentan o lucen en determinadas ocasiones. No por la ostentación de títulos o conocimientos, ni por su dinero. No es la cara que pongas, ni las estampas, oraciones o cofradías a las que pertenezcas. Han de ser tus obras las que hablen del amor del Padre, del orden que llevas en tu vida, de tus prioridades.

El Señor no tuvo ningún reparo en sacrificar esta piara de cerdos. ¿Qué patrimonio representaban? No se dice…Tampoco de quien eran. No importó. En eso, que son nuestras categorías, no reparó Jesús. Los cerdos estaban allí e importaba muy poco de quien fueran. Los escrúpulos respecto a la propiedad de las cosas: lo tuyo, lo mío, lo de él…no están dentro de los cálculos del Señor. Nada importa más que la vida y la salvación de un alma. Para ello no puede ni debe haber reparos. El no los pone. ¿Y nosotros, los ponemos? A lo mejor muchos de nosotros estaremos dispuestos a sacrificar esto o aquello, según de quien se trate…¿no? Esa es la diferencia entre Jesús y nosotros; entre  lo que nos pide y lo que somos…
 

Oremos:

Señor, danos la Gracia de servirte sin reparos, sin medidas, sin mezquindad. Sin pensar en nuestros hermanos en función del bien que recibimos a cambio. Que no hagamos de nuestro proceder cristiano una mercancía más, dispuesta a ser entregada a quien paga el precio. Que seamos generosos y no andemos calculando nuestra caridad. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

Bookmark and Share

Marcos 3, 7-12

Texto del evangelio (Mc 3, 7-12)

En aquel tiempo, Jesús se retiró con sus discípulos hacia el mar, y le siguió una gran muchedumbre de Galilea. También de Judea, de Jerusalén, de Idumea, del otro lado del Jordán, de los alrededores de Tiro y Sidón, una gran muchedumbre, al oír lo que hacía, acudió a Él. Entonces, a causa de la multitud, dijo a sus discípulos que le prepararan una pequeña barca, para que no le aplastaran. Pues curó a muchos, de suerte que cuantos padecían dolencias se le echaban encima para tocarle. Y los espíritus inmundos, al verle, se arrojaban a sus pies y gritaban: «Tú eres el Hijo de Dios». Pero Él les mandaba enérgicamente que no le descubrieran.

Reflexión: Mc 3, 7-12

Todos siguen al Señor. De todas las naciones, de todas las razas, de todas las condiciones sociales. Todos quieren verle, oírle, tocarle. Todos han oído lo que ha hecho el Señor por donde pasó, así que todos quieren recibir alguna gracia. Son tantos, que Jesús tiene que ponerse a buen recaudo, para que no lo aplasten…El Señor curaba incansablemente…pero no se daba abasto, por eso algunos se conformaban con solo tocarle, lo que entre tal multitud era poco menos que imposible.

El Señor no huye, no deja a quienes lo siguen, sino que debe proteger su integridad. Es un Dios Hombre…No se abstrae de esta situación. No crea un círculo mágico, ni un ejército, ni una guardia para que lo proteja. Se da como hombre, en su fragilidad y por eso debe ponerse a buen recaudo, como cualquier hombre, pero si escapar. El conoce y sabe de las necesidades del pueblo, de los hombres y mujeres que lo siguen, nuestras necesidades…y quiere atenderlas todas, pero son demasiadas. Entonces tiene que tomar algunas previsiones. Coyunturalmente, allí, en el mar, tendrá que subirse a una barca. Pero paralelamente y a lo largo de toda su predicación ordenará discípulos suyos y los enviará por todo el mundo, para que vayan, bauticen, perdonen los pecados y proclamen la Buena Nueva del Señor.

La mies es mucha, los operarios pocos. La multitud, la humanidad busca desesperadamente una luz, alguien que le cure sus heridas y les de esperanzas, alguien que pueda perdonarles sus pecados y restaurar el equilibrio en sus vidas, alguien que les diga cual es el camino, por donde deben ir. Alguien que de solución a tantas interrogantes, a tantas dudas, a tanto error que pareciera quitar sentido a la vida. La humanidad toda busca esa luz, que solamente puede encontrar en el Señor.

Nosotros hemos sido llamados a servir a Dios como misioneros, como discípulos y constructores del Reino. El Señor nos necesita. Y en la situación descrita en la lectura de hoy es más que evidente. Debemos aprender de Él, a ser para el mundo, sin distinciones, esforzándonos por llegar a todos, sin otro obstáculo que no sean las propias limitaciones humanas.

Finalmente, siempre me intriga por qué manda a callar a los demonios, quienes inmediatamente lo reconocen. Entiendo que porque Él no quiere que le sigamos por temor, sino por convicción. No nos quiere esclavos de nada. Y no va a ser al propósito de reconocimiento que hagan sus enemigos que debamos convencernos…ese no es el camino. El camino es positivo, a favor de…no en contra de. No es por temor, sino por amor que hemos de adherirnos a su mensaje, a su vida.

Oremos:

Señor mío, aquí estamos para servirte, para ayudarte a expandir el Reino. Queremos ser alivio para el que sufre, luz para el que te busca, consuelo para el afligido, esperanza para el que se siente agobiado. Fortalécenos…Haznos contigo un solo cuerpo, para que viéndonos, crean. Amén.

Roguemos al Señor…

 

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

Bookmark and Share

Juan 1, 43-51

Texto del evangelio (Jn 1, 43-51)

En aquel tiempo, Jesús quiso partir para Galilea. Se encuentra con Felipe y le dice: «Sígueme». Felipe era de Bestsaida, de la ciudad de Andrés y Pedro. Felipe se encuentra con Natanael y le dice: «Ése del que escribió Moisés en la Ley, y también los profetas, lo hemos encontrado: Jesús el hijo de José, el de Nazaret». Le respondió Natanael: «¿De Nazaret puede haber cosa buena?». Le dice Felipe: «Ven y lo verás».

Vio Jesús que se acercaba Natanael y dijo de él: «Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño». Le dice Natanael: «¿De qué me conoces?». Le respondió Jesús: «Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi». Le respondió Natanael: «Rabbí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel». Jesús le contestó: «¿Por haberte dicho que te vi debajo de la higuera, crees? Has de ver cosas mayores». Y le añadió: «En verdad, en verdad os digo: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre».

Reflexión: Jn 1, 43-51

El encuentro con Jesús no es casual. Él ha estado esperando por cada uno de nosotros. Él sabe donde estamos, quienes somos y qué hacemos. Él sale a nuestro encuentro. Y es imposible negarlo o dejar de reconocerlo cuando lo vemos.

Podemos tratar de engañarnos, fingir que no lo vimos, que no lo escuchamos, que no supimos donde estaba ni quién era, sin embargo no podremos engañar a nuestro corazón y una vez que lo hayamos encontrado, difícilmente podremos perderlo de vista, ignorarlo en nuestras vidas.

Y es que todos estos encuentros fueron previstos desde antes que viéramos la luz. No, no estamos hablando de un determinismo o una predestinación, en el sentido que estuviéramos siendo manipulados o hubiéramos perdido la libertad. No. Siempre tendremos frente a nosotros la opción de seguirlo o dejarlo marcha, dejarlo pasar. Pero si lo hacemos, seremos unos estúpidos, pues aplicando nuestra razón y si somos consecuentes, caeremos en la cuenta que toda nuestra vida estuvimos buscándolo o, si se quiere, caminando hacia Él…Entonces ¿Cómo dejarlo marchar, si Él mismo sale a nuestro encuentro? Lo lógico sería adherir a Él…¿Qué nos detiene? Ya sé…Tenemos tanto…Tanto que preservar, tanto que proteger, tanto que mantener, tanto que perder…

Es que nos falta fe. Fe para entender que Él es el Bien Superior; que no hay nada sobre Él…que no hay nada más allá de Él o por encima de Él. Que quien lo tiene a Él, lo tiene todo…no necesita más. Si lo pudiéramos entender, seríamos como San Francisco o tantos otros santos que supieron abandonarlo todo, todo por Él.  “Deja que los muertos entierren a sus muertos…” “Quien pone la mano en el arado y mira hacia a tras, no es apto para el Reino”…Esas son palabras de Jesús. Así de radical es su llamado, así de exigente. Y, si lo pensamos bien, no podía ser de otro modo. Si estamos hablando del “Bien Superior”, ¿cómo tendría que ser su llamado? Tu mismo no le dirías a tu hijo: “oye niño, ven por aquí, que yo se qué es lo que te conviene”…Y si tu serías capaz de tanto bien, imagínate de lo que será capaz nuestro Padre Celestial, que tiene cada uno de nuestros cabellos contados…

¡Aleluya!

Oremos:

¡Bendito seas Dios mío, Padre de nuestros Señor Jesucristo, que nos permites ver tanta bondad…Que nos has deparado tan dichoso y vivificante encuentro! Todo lo abarcas, todo lo llenas…Nuestra alma reboza de alegría ante tu sola presencia. Gracias Señor. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

Bookmark and Share

Lucas 1, 26-38

Texto del evangelio (Lc 1, 26-38)

En aquel tiempo, fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María.

Y entrando, le dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». Ella se conturbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo. El ángel le dijo: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin». María respondió al ángel: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?». El ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios. Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y éste es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril, porque ninguna cosa es imposible para Dios». Dijo María: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». Y el ángel dejándola se fue.

Reflexión: Lc 1, 26-38

Hoy es un día muy importante para la historia de la humanidad y para la Iglesia toda:  la Inmaculada concepción, el “Sí” de María…Una mujer muy joven y humilde, descendiente de Abraham y sobre todo “llena de Gracia” ha sido elegida por Dios para jugar uno de los más importantes papeles en “el Plan de Salvación de Dios”, ser nada menos que la madre del Salvador, del Mesías, del Hijo de Dios, de Jesús.

El Señor, nuestro Dios, escoge, llama y propone. ¿Cuál ha de ser nuestra respuesta?  Si estamos en el Camino, si vivimos en Gracia, como María, no puede ser otra que “aquí estoy”, “hágase en mi según tu palabra”. Ese es el gran ejemplo de María…Una aceptación incondicional, dispuesta y disponible a lo que sea, con tal de servir a la Voluntad de Dios, a Sus Planes.

Y qué es lo que el Ángel nos confirma precisamente por medio de María: “ninguna cosa es imposible para Dios”. Eso es lo que debemos tener en cuenta siempre. Dios tiene planes para todos nosotros y sus planes son convenientes y buenos, como no podría ser de otro modo, tratándose de un Dios que es Amor. Si nos alineamos y nos ponemos en ese Camino, si nos disponemos a seguirlo con convicción, con decisión, confiando plenamente en Él y aceptando lo que nos ofrece, sin poner reparos, nada podrá detenernos, porque estamos con Él y para el no hay nada imposible. NADA.

Oremos:

Padre Santo, para que se haga Tu Voluntad quieres contar con nuestra decisión, con nuestra adhesión libre y voluntaria. Danos la Fe, el valor y la entrega para hacerlo como María, incondicionalmente, sabiendo que lo mejor que podemos hacer es arrojarnos a tus brazos ciegamente, como un niño a los brazos de su padre. No permitas que tontamente desdeñemos las oportunidades que nos regalas cada día…

Acrecienta nuestra Fe y ayúdanos a llevar una vida LLENA DE GRACIA. Amén

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias

Bookmark and Share

Lucas 20, 27-40

Texto del evangelio (Lc 20,27-40)

En aquel tiempo, acercándose a Jesús algunos de los saduceos, esos que sostienen que no hay resurrección, le preguntaron: «Maestro, Moisés nos dejó escrito que si muere el hermano de alguno, que estaba casado y no tenía hijos, que su hermano tome a la mujer para dar descendencia a su hermano. Eran siete hermanos; habiendo tomado mujer el primero, murió sin hijos; y la tomó el segundo, luego el tercero; del mismo modo los siete murieron también sin dejar hijos. Finalmente, también murió la mujer. Ésta, pues, ¿de cuál de ellos será mujer en la resurrección? Porque los siete la tuvieron por mujer».

Jesús les dijo: «Los hijos de este mundo toman mujer o marido; pero los que alcancen a ser dignos de tener parte en aquel mundo y en la resurrección de entre los muertos, ni ellos tomarán mujer ni ellas marido, ni pueden ya morir, porque son como ángeles, y son hijos de Dios, siendo hijos de la resurrección. Y que los muertos resucitan lo ha indicado también Moisés en lo de la zarza, cuando llama al Señor el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. No es un Dios de muertos, sino de vivos, porque para él todos viven».

Algunos de los escribas le dijeron: «Maestro, has hablado bien». Pues ya no se atrevían a preguntarle nada.

Reflexión: Lc 20,27-40

Me parece encontrar aquí la típica reacción nuestra. Queremos ver e interpretar la Vida Eterna con nuestras propias categorías. Así la Resurrección no traerá sino una continuación por los siglos de los siglos de lo que veníamos haciendo y viviendo aquí en la Tierra…como una prolongación eterna de nuestras vidas. Como resultado, queremos trasladar obviamente nuestros dilemas, nuestras mismas inquietudes, preferencias y vivencias terrenas al cielo. Mas el Señor nos Revela que esto no es así.

Nuestra vida y preocupaciones de aquí no serán trasladadas allí. No se trata de un prolongar allí nuestra vida…Se trata de una vida distinta. Esto me parece que es en el fondo lo que nos cuesta entender y aceptar.

Estamos llamados a vivir de otro modo y esto no solo en la Vida Futura, sino desde aquí. Estamos llamados a vivir en el Amor y Este, está sobre todas las categorías y divisiones que hemos creado. El Verdadero Amor no nos permite hacer distinciones entre familiares, amigos, hijos, hermanos, esposas o esposos…El Verdadero Amor no tiene límites y nos obliga, por lo tanto, a vivir de otro modo. Si nosotros entendiéramos ello, empezaríamos desde ahora a vivir de un modo distinto, a vivir las primicias del Reino, a vivir como Hijos de Dios.

El Amor es todo aquello que señala Pablo en Corintios 13 y lo podemos empezar a vivir desde aquí, desde ahora…pero lo alcanzaremos en plenitud cuando Resucitemos de entre los muertos para amar y servir a Dios por toda la Eternidad.

Así que, vive con amor, da amor y deja el resto en manos del Señor, que sabrá compensarte de un modo pleno, que solo puedes alcanzar a vislumbrar, como una primicia, en el amor humano, en el amor a los hombres, en el amor a los demás, en el amor al prójimo. Recuerda que Dios te amó primero y te amo tanto, que te regaló el precioso e incomparable don de la vida y te ha dejado en libertad para que tú, por tus propios medios, escojas vivir eternamente. Para ello solo tienes que ser feliz. Y es feliz el que ama. El amor es la llave para la Vida Eterna…

Oremos:

Señor, permítenos entender que es en esta vida que debemos ser felices y que la felicidad está en el amor y que el amor consiste en ver por los demás, en velar por los demás, en negarnos a nosotros mismos, buscando primero el bien ajeno, el bien del prójimo, sin importar que este sea nuestro familiar o nuestro amigo o nuestro compañero de trabajo. El Amor está por encima de todo esto y no se detiene en clasificación alguna, en miramientos ni reparos.

Señor, enséñanos a amar. Amén.

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

Bookmark and Share

Lucas 10, 17-24

Texto del evangelio (Lc 10,17-24)

En aquel tiempo, regresaron alegres los setenta y dos, diciendo: «Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre». Él les dijo: «Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad, os he dado el poder de pisar sobre serpientes y escorpiones, y sobre todo poder del enemigo, y nada os podrá hacer daño; pero no os alegréis de que los espíritus se os sometan; alegraos de que vuestros nombres estén escritos en los cielos».

En aquel momento, se llenó de gozo Jesús en el Espíritu Santo, y dijo: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; y quién es el Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar».

Volviéndose a los discípulos, les dijo aparte: «¡Dichosos los ojos que ven lo que veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis, pero no lo vieron, y oír lo que vosotros oís, pero no lo oyeron».

Reflexión: Lc 10,17-24

Es esta una lectura que brinda gran consolación. Los discípulos pueden volver felices de su misión, sintiendo y compartiendo que efectivamente cuentan con el poder extraordinario de Dios. Incluso Jesús comparte esta dicha: En aquel momento, se llenó de gozo Jesús en el Espíritu Santo.

Pero hay dos cosas más que son importantes: Primero, la inmediata reflexión que nos hace Jesús respecto al poder que nos ha sido dado. No es de ello de lo que debemos alegrarnos, no es por vencer al enemigo, ni por doblegar a los espíritus, sino porque nuestros nombres están escritos en los cielos. Es decir que nuestra mirada tiene que ir más allá. No podemos ni debemos envanecernos. No es del poder que debemos jactarnos, no es por la derrota del malvado y la mentira que debemos alegrarnos, ni si quiera por el triunfo de la Verdad y la Justicia, sino porque gracias al bien que hemos podido hacer  nuestros nombres están inscritos en los cielos….¡Ese es el fin último que queremos alcanzar! No debemos caer en la tentación de cantar victoria sobre alguien o algo, y empezar a contar y acumular triunfos. Nosotros debemos obrar con caridad, llevando a la justicia más allá, hasta alcanzar el amor.

Y lo segundo, que llena de gozo a Jesús es que sean “los pequeños” a quienes Dios ha querido revelarse, porque seguramente son ellos los que mejor pueden entender y usar este conocimiento, este poder que viene de Dios, conforme a Su Plan. Él mismo vino a nacer en un establo como la señal más sublime de unión con los pobres, con los humildes, con los desposeídos, con los perseguidos, con los débiles, con los humildes. Y a lo largo de su vida no fue a los ricos y poderosos a quitarles su poder, ni a competir con ellos, fue al pueblo, a los humildes y a cuantos querían escucharle, a curarles y enseñarles el Camino, el Amor.

Finalmente, es una alegría, una dicha poder ver lo que vemos…poder entenderlo. Es un gran gozo, es un gran consuelo que solo puede venir de Dios. Una Gracia por la que debemos alegrarnos y estar agradecidos.

Oremos:

Gracias Señor por el enorme consuelo que nos brindas hoy a través de esta lectura. Ha sido nuestra primera alegría, después de ver la luz del día. Gracias Señor.

Señor, danos humildad y paz, para conducirnos como discípulos tuyos donde quiera que vayamos y ante quien debamos enfrentar. No permitas que caigamos en la tentación de la soberbia, de la vanidad, ni mucho menos en el juego del maltrato y la agresión. Que seamos dignos testigos tuyos. Amén.

Dales consuelo a nuestros amigos y a nuestras familias. Que todos sepan entender y asumir el papel que les toca. ¡Que triunfe la verdad y el amor!

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)
Bookmark and Share

Reflexión: Jn 1,47-51

Jn 1,47-51

Natanael habría de ser un hombre muy sencillo y de una gran fe, pues le faltó un simple gesto de Jesús para creer en Él. Es verdad que seguramente le conocía, como muchos de sus contemporáneos en aquellas tierras; habría oído de Él, sus mensajes y sus prodigiosos milagros. Es probable además que conociera las escrituras y tan solo le faltaba ese contacto con el Señor, que se da cuando le dice “te vi”. Es que la forma en que ve Jesús es realmente conmovedora y nada ni nadie puede escapar a su efecto…Eso es lo que termina confesando Natanael: “Rabbí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel”.

Jesús nos revela su divinidad y la relación tan profunda y  la vez misteriosa que tiene con Dios y la humanidad. Los ángeles de Dios suben y baja sobre Él…Es que es el Hijo del hombre. Dios y Hombre al mismo tiempo. Pero es “el Hombre”, es decir aquél en el que se reúnen todos los atributos humanos; aquél, además –y quizás esto es lo más importante- que asume sobre sus espaldas todos los pecados de la humanidad. Aquél por cuyo sacrificio todos hemos sido perdonados. El Único que podía hacerlo. Aquél que constituye la Llave, o más aún, la Puerta que nos ha de llevar al Cielo. El Nexo entre Dios y los hombres, gracias al cual recuperamos nuestra dignidad de Hijos de Dios. El Sacrificio perfecto: el Hijo del hombre.

 

Oremos:

Señor, dame tu luz para entender estos misterios y hacerlos míos. Dame fe para amarte tanto como Tú nos has amado. Dame coraje para servirte hasta dar mi vida si es preciso, como Tú lo hiciste por nosotros. Amén.

Permíteme mostrar con mi vida la “fe viva” que tu reclamas.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)
Bookmark and Share

Reflexión: Mt 11,25-27

Mt 11,25-27

Aquí el Señor nos revela una dinámica especial. En primer lugar, nos hace notar como sólo el corazón de los sencillos y humildes puede conocer a Dios. Es que los otros están tan “copado”, tan llenos de cosas, tan ocupados por los bienes materiales e incluso intelectuales que les es imposible conocer a Dios, quien se expresa en la simplicidad, en la sencillez. No se requiere tesoros ni sabiduría para conocer a Dios…Por el contrario, estas son más bien trampas que ciegan, que nos desvían del camino.

En el afán por tener y saber, empezamos a poner una serie de prioridades que poco a poco nos van sumiendo en la oscuridad, al tener tanto que realizar antes de llegar a ocuparnos de lo verdaderamente importante, de lo único que interesa. Nuestro afán de poder, de riqueza, de fama…en fin, nuestra soberbia y nuestro orgullo nos ciegan.

Y es que cuando se trata de Jesucristo todo parece al revés. Y tenemos que estar dispuestos a abrirnos a esta óptica si queremos entenderlo, conocerlo y seguirle. Si nos quedamos en lo “universalmente” aceptado, en los convencionalismos, nos perdemos y jamás lo conoceremos.

Debemos tener en cuenta que sólo podemos conocer al Padre si Cristo, el Hijo, nos lo revela. Y sólo lo conoceremos si somos capaces de hacernos como niños, humildes, sencillos. Si somos capaces de desarmar el intrincado aparato, lleno de recovecos, repisas, cornisas y adornos que hemos armado para alcanzarlo. No necesitamos una “torre de babel” para llegar a Él. Debemos ver dentro nuestro, en nuestros corazones para encontrarlo, y con el la Gracia de Dios Padre y la Vida Eterna.

 
Oremos:

Padre Santo, haznos sencillos como niños, para conocerte, amarte y servirte. Que nos dejemos de pompas y ampulosidades. Que te busquemos en el rostro de cada uno de nuestros hermanos, en la luz del día, en la belleza natural, en la pureza de los ingenuos, de los que creen y esperan. Que no defraudemos.

Aparta de nosotros el orgullo y la soberbia.

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

Bookmark and Share

Reflexión Mt 8,28-34

Mt 8,28-34

Hoy contemplamos un triste contraste. “Contraste” porque admiramos el poder y majestad divinos de Jesucristo, a quien voluntariamente se le someten los demonios (señal cierta de la llegada del Reino de los cielos). Pero, a la vez, deploramos la estrechez y mezquindad de las que es capaz el corazón humano al rechazar al portador de la Buena Nueva: «Toda la ciudad salió al encuentro de Jesús y, en viéndole, le rogaron que se retirase de su término» (Mt 8,34). Y “triste” porque «la luz verdadera (…) vino a los suyos, pero los suyos no le recibieron» (Jn 1,9.11).

 Más contraste y más sorpresa si ponemos atención en el hecho de que el hombre es libre y esta libertad tiene el “poder de detener” el poder infinito de Dios. Digámoslo de otra manera: la infinita potestad divina llega hasta donde se lo permite nuestra “poderosa” libertad. Y esto es así porque Dios nos ama principalmente con un amor de Padre y, por tanto, no nos ha de extrañar que Él sea muy respetuoso de nuestra libertad: Él no impone su amor, sino que nos lo propone.

 Dios, con sabiduría y bondad infinitas, gobierna providencialmente el universo, respetando nuestra libertad; también cuando esta libertad humana le gira las espaldas y no quiere aceptar su voluntad. Al contrario de lo que pudiera parecer, no se le escapa el mundo de las manos: Dios lo lleva todo a buen término, a pesar de los impedimentos que le podamos poner. De hecho, nuestros impedimentos son, antes que nada, impedimentos para nosotros mismos.

 Con todo, uno puede afirmar que «frente a la libertad humana Dios ha querido hacerse “impotente”. Y puede decirse asimismo que Dios está pagando por este gran don [la libertad] que ha concedido a un ser creado por Él a su imagen y semejanza [el hombre]» (Juan Pablo II). ¡Dios paga!: si le echamos, Él obedece y se marcha. Él paga, pero nosotros perdemos. Salimos ganando, en cambio, cuando respondemos como Santa María: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38).

Comentario: Rev. D. Antoni Carol i Hostench (Sant Cugat del Vallès-Barcelona, España)

 Oremos:

Señor, perdóname por todas las veces que debiendo salir en tu defensa me he hecho el desentendido, prefiriendo cuidar mi integridad, mi comodidad, antes que servirte, aun sabiendo que la causa tuya era la justa.

Perdóname por pretender ser sólo bueno, alguien que no hace daño a nadie, en vez de ponerme a tus órdenes y preocuparme por ser más bien un constructor del Reino.

Perdóname por hacer mal uso de mi libertad, aun a sabiendas.

Dame valor para escoger siempre lo recto, lo que humaniza, lo que nos dignifica y hace merecedores de tu filiación divina.

 

 

 

Roguemos al Señor

 

Te lo pedimos señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

 

Bookmark and Share

WordPress Themes

Better Tag Cloud