Posts tagged: Hijo del hombre

Mateo 20, 17-28

Texto del evangelio (Mt 20, 17-28)

En aquel tiempo, cuando Jesús iba subiendo a Jerusalén, tomó aparte a los Doce, y les dijo por el camino: «Mirad que subimos a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado a los sumos sacerdotes y escribas; le condenarán a muerte y le entregarán a los gentiles, para burlarse de Él, azotarle y crucificarle, y al tercer día resucitará».

Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos, y se postró como para pedirle algo. Él le dijo: «¿Qué quieres?». Dícele ella: «Manda que estos dos hijos míos se sienten, uno a tu derecha y otro a tu izquierda, en tu Reino». Replicó Jesús: «No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber la copa que yo voy a beber?». Dícenle: «Sí, podemos». Díceles: «Mi copa, sí la beberéis; pero sentarse a mi derecha o mi izquierda no es cosa mía el concederlo, sino que es para quienes está preparado por mi Padre».

Al oír esto los otros diez, se indignaron contra los dos hermanos. Mas Jesús los llamó y dijo: «Sabéis que los jefes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder. No ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo; de la misma manera que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos».

Reflexión: Mt 20, 17-28

El Señor nos hace ver muy claramente cual debe ser nuestra actitud, como cristianos. Nosotros debemos ponernos al servicio de los demás. “…el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo.”  El Señor no habla figurativamente; no hay que interpretar sus palabras, como muchos pretendemos, acomodándolas a nuestros intereses. Sus palabras son claras y concretas, al mismo tiempo que exigentes. Es que no se puede pretender cambiar el mundo con paños tibios, con medias tintas. Esta tarea exige valor, sacrificio y un cambio diametralmente opuesto en lo que son nuestras aspiraciones.

Ver las cosas como Jesús las ve, no es fácil. Exige un tono espiritual que solo podemos alcanzar con la oración humilde. Acercarnos a Dios Padre cada día, pidiendo que se haga Su Voluntad. Pedirle el valor, la entereza, la fortaleza para ponernos a su disposición cada día, allá donde nos ponga, de modo tal que sea Él y no nosotros el que brille y alumbre la senda a nuestros hermanos. Ponernos al servicio del Reino del mismo modo “que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos”.

No se trata, pues de pedir privilegios ni defenderlos. Como diría San Ignacio, se trata de hacernos indiferentes. Pretender los bienes de este mundo y usarlos, en tanto nos ayuden a Servir al Señor y su Reino, y apartarnos de ellos, desprendernos, dejar de pretenderlos y alejarnos de ellos, en tanto constituyan un impedimento para hacer la Voluntad del Padre. Esta es la ley del “tanto cuanto” que debe guiar nuestras vidas. Pero esto sólo ocurrirá, cuando comprendamos que todo en nuestra vida debe estar al Servicio del Señor. Que todo lo que hacemos y somos debe estar orientado a Su mayor Gloria. No se trata de momentos, ni de ciertas palabras, que erróneamente llamamos “oraciones”, que repetimos como loros y que no tienen nada que ver con nuestras vidas, no. Se trata de la vida misma.

Tenemos que desprendernos a tal punto, o si se quiere, entregarnos a la Voluntad del Padre a tal extremo, que seamos indiferentes y no pretendamos, como la madre de los hijos de Zebedeo y ellos mismos, obtener posición ni privilegio alguno, ni aquí, ni mucho menos en el Reino. ¿Es difícil? ¡Claro que sí! Pero nada es imposible para el Señor y para quien está con Él. Es por eso que debemos pedir que venga su abundante Gracia sobre nosotros. Sin Él, somos nada. Con Él, lo tenemos todo. Con Él, lograremos esto y muchísimo más. Es cuestión de fe. Pongámonos en sus manos.

Oremos:

Padre Santo, purifica nuestros espíritus, límpianos, sánanos, y mándanos ir a Ti. Que no caigamos en la tentación de salirnos de El Camino, que es amarte y servirte con todo lo que tenemos y somos. Que nos entreguemos plenamente al servicio de la construcción del Reino, que no es otro que el servicio a nuestros hermanos. Que no escatimemos esfuerzos y cuando nos sintamos agotados, que seas Tú nuestro descanso. Acrecienta nuestra fe, para que no dejemos de tirar las redes allí donde Tú dispones. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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Lucas 11, 29-32

Texto del evangelio (Lc 11, 29-32)

En aquel tiempo, habiéndose reunido la gente, Jesús comenzó a decir: «Esta generación es una generación malvada; pide una señal, y no se le dará otra señal que la señal de Jonás. Porque, así como Jonás fue señal para los ninivitas, así lo será el Hijo del hombre para esta generación. La reina del Mediodía se levantará en el Juicio con los hombres de esta generación y los condenará: porque ella vino de los confines de la tierra a oír la sabiduría de Salomón, y aquí hay algo más que Salomón. Los ninivitas se levantarán en el Juicio con esta generación y la condenarán; porque ellos se convirtieron por la predicación de Jonás, y aquí hay algo más que Jonás».

Reflexión: Lc 11, 29-32

Tendemos a quedarnos observando desde lejos la Palabra del Señor. Entendemos lo que dice, pero no lo asimilamos, no lo comprendemos, no lo hacemos nuestro. Y es que la pregunta que debemos hacernos es ¿Qué me dice el Señor a mí, aquí y ahora? Sus palabras tienen aplicación práctica en mi vida…No son el relato de algo que sucedió a unos seres extraños, distantes en el tiempo y el espacio, que vaya usted a saber por qué reaccionaron de tal o cual modo.

Nosotros, que nos decimos cristianos, que hemos sido bautizados, que provenimos de una familia cristiana, que hemos sido educados en la fe, que hemos llegado  hasta aquí inquietos por la lectura de la Palabra del Señor, pertenecemos a un grupo privilegiado, posiblemente no tanto en lo económico o social, pero por algo superior a ello: porque hemos sido escogidos para recibir y conocer al Señor. Porque muchos hubieran querido ver y comprender lo que nosotros vemos y comprendemos, y sin embargo no actuamos en función de ello. Lo tenemos todo, lo hemos recibido todo y sin embargo no actuamos como debemos. ¡Ese es nuestro juicio!

¿Qué debo hacer? Nos preguntamos buscando justificarnos, como si no supiéramos. Pero al Señor que todo lo ve, que sabe lo que tenemos en nuestros corazones, no podemos engañarlo.

Tienes que esforzarte por ser un auténtico cristiano. Por ser el ejemplo que buscan en ti los que te rodean. ¿Cómo? Siendo justo siempre en todo lo que se te presenta; dando a cada quien lo que le corresponde; ayudando, solidarizándote con los menos favorecidos; llevando consuelo a los que sufren; compartiendo lo que tienes, sea mucho o poco, con quienes te rodean, preferencialmente con los que menos tienen, con los que más lo necesitan.

El Señor nos pide un cambio, que se refleje en nuestra vida cotidiana, en la forma en que afrontamos la vida, en lo que hacemos. Un cambio real, que vaya más allá del mundo íntimo al que a veces reducimos nuestro proceder cristiano. Se trata de un cambio objetivo, concreto y real. Se trata de hacernos partícipes en la construcción del Reino, que tiene al centro el amor al Padre y por lo tanto, el amor a nuestros hermanos, al prójimo. Y solo ama el que es capaz de desprenderse de sí mismo, el que es capaz no solo de dar, sino de darse.

Todo esto lo sabes…¿A qué esperas? Recuerda a Jonás que pasó tres días en el vientre de una ballena y bastó que los Ninivitas lo vieran salir vivo para que se convirtieran…¿Tu no crees que Jesús ha resucitado, venciendo a la muerte, para salvarnos? En lo más íntimo de tu ser, de tu corazón…¿lo crees o no? Porque es cuestión de decidir. No podemos andar con medias tintas. No podemos servir a dos Señores. “El que pone la mano en el arado y mira hacia atrás, no es bueno para el Reino”.

Oremos:

Padre Santo, ayúdanos a ser consecuentes con el amor y la fe que profesamos. Que nuestras obras den testimonio de Ti, por donde vayamos, especialmente a aquellos que más sufren, que menos tienen, que más padecen. Que seamos capaces de portar esperanza. Que seamos ejemplo para niños y jóvenes, por llevar una vida coherente con los principios del evangelio. Que seamos ejemplo de cristiandad. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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Lucas 9, 22-25

Texto del evangelio (Lc 9, 22-25)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «El Hijo del hombre debe sufrir mucho, y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar al tercer día». Decía a todos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ése la salvará. Pues, ¿de qué le sirve al hombre haber ganado el mundo entero, si él mismo se pierde o se arruina?».

Reflexión: Lc 9, 22-25

Es esta una lectura muy corta, pero muy densa; riquísima en lo que respecta a la esencia del cristianismo: la vida, la pasión, la muerte y resurrección de Cristo, que ha de ser imitada por nosotros tomando nuestra cruz, negándonos a nosotros mismos y siguiéndolo.

Es el primer jueves de cuaresma. Ese tiempo especial en el que precisamente recordamos el sacrificio del Señor, su muerte y resurrección. Aquí lo anticipa a sus discípulos que, luego de ver tanto prodigio, no pueden creerlo, ni entenderlo. Cómo este Señor que puede tanto, que hasta las olas le obedecen va a tener que pasar por todo aquél itinerario que Él mismo señala…parece imposible. Los discípulos, que andaban a su lado, no entendían…veremos estos días varios pasajes en los que precisamente le pregunta a Jesús sobre su forma de hablar, sobre lo que realmente quería decir, porque no podían dar crédito a estas palabras.

Incluso podríamos decir que a partir de entonces Judas empieza a urdir la traición, porque no podía entender lo que Jesús le decía. Había oído hablar del Reino y había visto de lo que era capaz Jesús y ahora esto…Seguramente pensó para sí, este debe estar loco. Por eso, a la primera que pudo lo entregó y fue tarde ya cuando logró entenderlo todo y no aguantando su sentimiento de culpa, su remordimiento, al haber fallado a la confianza de Jesús, se mató.

Si bien los demás discípulos no siguieron el mismo camino extremo, la verdad es que cuando las papas quemaron, lo abandonaron, lo negaron, se desentendieron. Tenían mucho temor por lo que podía ocurrirles a ellos mismos y no llegaban a entender. Tenía que morir Jesús, luego resucitar y enviar el Espíritu Santo, para que se les abrieran sus mentes y pudieran atar cabos y entender el menaje global, total de Jesús.

Sin embargo la predicación de Jesús es hasta cierto punto reiterativa, Una y otra vez está tras lo mismo. Respondió Jesús: «Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuese de este mundo, mi gente habría combatido para que no fuese entregado a los judíos: pero mi Reino no es de aquí.» (Juan 18,36) Este versículo alude precisamente a esto. No es que debemos ir, viajar o trasladarnos a otro mundo para pertenecer al Reino o para participar en su construcción. Lo que quiere decir es que Él y su prédica no encajan en la forma en que llevamos las cosas, en la forma en que nos hemos organizado. En otras palabras, este mundo está de cabeza, no lo conozco, qué es esto. El dinero, las posesiones, los privilegios, los lujos, la ostentación y la fama se han puesto en primer lugar. ¡Así no es!, nos grita el Señor. ¡Así no vamos a ninguna parte! ¡Ese es un camino equivocado que sólo traerá odio, dolor, destrucción y muerte!

Por eso en otro lado dirá “Y el juicio está en que vino la luz al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas.” (Juan 3, 19) Este es el gran problema en realidad. No queremos vivir según la propuesta de Dios. Se nos hace difícil aceptarla. No estamos dispuestos a seguir el exigente camino que el Señor hoy nos propone, porque tenemos demasiado, porque nos hemos hecho esclavos de lo que tenemos, porque nos aferramos con uñas y dientes a lo que tenemos…y, así no vamos a ninguna parte. Si realmente queremos avanzar, si realmente queremos salvar a este mundo, que tiene solución, porque el mismísimo Jesucristo, Hijo de Dios ha sido portador de ella…Si queremos ayudar en la obra salvadora de Jesús, «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ése la salvará.”

El camino es claro, que no es lo mismo que fácil. Pero quien de veras cree, encuentra la fortaleza en Jesús, porque Él no abandona a los que le siguen y por el contrario, los protege, los consuela, los acompaña, los levanta, los limpia, les da paz, los llena de amor. ¡Cristo y yo, somos mayoría!”.

Oremos:

Señor, ayúdanos a ser consecuentes, a actuar n función del Reino; a configurarnos, a semejanza tuya, en hombres y mujeres nuevos. Enséñanos a amar. Que no nos queramos tanto a nosotros mismos, como a los demás. Que llegado el extremo, sepamos elegir siempre lo correcto. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Lucas 9, 22-25

Texto del evangelio (Lc 9, 22-25)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «El Hijo del hombre debe sufrir mucho, y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar al tercer día». Decía a todos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ése la salvará. Pues, ¿de qué le sirve al hombre haber ganado el mundo entero, si él mismo se pierde o se arruina?».

Reflexión: Lc 9, 22-25

Es esta una lectura muy corta, pero muy densa; riquísima en lo que respecta a la esencia del cristianismo: la vida, la pasión, la muerte y resurrección de Cristo, que ha de ser imitada por nosotros tomando nuestra cruz, negándonos a nosotros mismos y siguiéndolo.

Es el primer jueves de cuaresma. Ese tiempo especial en el que precisamente recordamos el sacrificio del Señor, su muerte y resurrección. Aquí lo anticipa a sus discípulos que, luego de ver tanto prodigio, no pueden creerlo, ni entenderlo. Cómo este Señor que puede tanto, que hasta las olas le obedecen va a tener que pasar por todo aquél itinerario que Él mismo señala…parece imposible. Los discípulos, que andaban a su lado, no entendían…veremos estos días varios pasajes en los que precisamente le pregunta a Jesús sobre su forma de hablar, sobre lo que realmente quería decir, porque no podían dar crédito a estas palabras.

Incluso podríamos decir que a partir de entonces Judas empieza a urdir la traición, porque no podía entender lo que Jesús le decía. Había oído hablar del Reino y había visto de lo que era capaz Jesús y ahora esto…Seguramente pensó para sí, este debe estar loco. Por eso, a la primera que pudo lo entregó y fue tarde ya cuando logró entenderlo todo y no aguantando su sentimiento de culpa, su remordimiento, al haber fallado a la confianza de Jesús, se mató.

Si bien os demás discípulos no siguieron el mismo camino extremo, la verdad es que cuando las papas quemaron, lo abandonaron, lo negaron, se desentendieron. Tenían mucho temor por lo que podía ocurrirles a ellos mismos y no llegaban a entender. Tenía que morir Jesús, luego resucitar y enviar el Espíritu Santo, para que se les abrieran sus mentes y pudieran atar cabos y entender el menaje global, total de Jesús.

Sin embargo la predicación de Jesús es hasta cierto punto reiterativa, Una y otra vez está tras lo mismo. Respondió Jesús: «Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuese de este mundo, mi gente habría combatido para que no fuese entregado a los judíos: pero mi Reino no es de aquí.» (Juan 18,36) Este versículo alude precisamente a esto. No es que debemos ir, viajar o trasladarnos a otro mundo para pertenecer al Reino o para participar en su construcción. Lo que quiere decir es que Él y su prédica no encajan en la forma en que llevamos las cosas, en la forma en que nos hemos organizado. En otras palabras, este mundo está de cabeza, no lo conozco, qué es esto. El dinero, las posesiones, los privilegios, los lujos, la ostentación y la fama se han puesto en primer lugar. ¡Así no es!, nos grita el Señor. ¡Así no vamos a ninguna parte! ¡Ese es un camino equivocado que sólo traerá odio, dolor, destrucción y muerte!

Por eso en otro lado dirá “Y el juicio está en que vino la luz al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas.” (Juan 3, 19) Este es el gran problema en realidad. No queremos vivir según la propuesta de Dios. Se nos hace difícil aceptarla. No estamos dispuestos a seguir el exigente camino que el Señor hoy nos propone, porque tenemos demasiado, porque nos hemos hecho esclavos de lo que tenemos, porque nos aferramos con uñas y dientes a lo que tenemos…y, así no vamos a ninguna parte. Si realmente queremos avanzar, si realmente queremos salvar a este mundo, que tiene solución, porque el mismísimo Jesucristo, Hijo de Dios ha sido portador de ella…Si queremos ayudar en la obra salvadora de Jesús, «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ése la salvará.”

El camino es claro, que no es lo mismo que fácil. Pero quien de veras cree, encuentra la fortaleza en Jesús, porque Él no abandona a los que le siguen y por el contrario, los protege, los consuela, los acompaña, los levanta, los limpia, les da paz, los llena de amor. “¡Cristo y yo, somos mayoría!”.

Oremos:

Señor, ayúdanos a ser consecuentes, a actuar n función del Reino; a configurarnos, a semejanza tuya, en hombres y mujeres nuevos. Enséñanos a amar. Que no nos queramos tanto a nosotros mismos, como a los demás. Que llegado el extremo, sepamos elegir siempre lo correcto. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Lucas 6, 17.20-26

Texto del evangelio (Lc 6, 17.20-26)

En aquel tiempo, Jesús bajó de la montaña y se detuvo con sus discípulos en un paraje llano; había una gran multitud de discípulos suyos y gran muchedumbre del pueblo, de toda Judea, de Jerusalén y de la región costera de Tiro y Sidón. Y Él, alzando los ojos hacia sus discípulos, decía: «Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios. Bienaventurados los que tenéis hambre ahora, porque seréis saciados. Bienaventurados los que lloráis ahora, porque reiréis. Bienaventurados seréis cuando los hombres os odien, cuando os expulsen, os injurien y proscriban vuestro nombre como malo, por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, que vuestra recompensa será grande en el cielo. Pues de ese modo trataban sus padres a los profetas. 

»Pero ¡ay de vosotros, los ricos!, porque habéis recibido vuestro consuelo. ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis hartos!, porque tendréis hambre. ¡Ay de los que reís ahora!, porque tendréis aflicción y llanto. ¡Ay cuando todos los hombres hablen bien de vosotros!, pues de ese modo trataban sus padres a los falsos profetas».

Reflexión: Lc 6, 17.20-26

El seguimiento del Señor no es un lecho de rosas. Es un reto, es exigente. Requiere de mucha fuerza de voluntad y perseverancia, porque la mayor parte del tiempo hay que ir contra corriente y como decía Juan Pablo II, remar mar adentro. No podemos quedarnos afuera, en la orilla mojándonos la punta de los pies. Es necesario que entremos allá, donde se encuentran nuestros hermanos, en aguas muchas veces turbulentas.

¡Qué difícil! ¡Qué miedo! Es verdad, si estuviéramos solos probablemente sería una misión imposible. Pero no lo es para nosotros, porque contamos con el apoyo de Cristo, y con Él, como decimos en el MCC, somos mayoría…No hay fuerza que pueda doblegarnos, no hay poder en el mundo que pueda detenerlo: ¡Cristo, ha vencido al mundo! Es decir que, resucitando a derrotado a la muerte, al demonio y al pecado y ha ganado para nosotros la Vida Eterna, al reconciliarnos con nuestro Padre Dios, que está en el cielo.

Esto sólo ha sido posible por Cristo, Hijo de Dios Padre, quien amándonos tanto, envió a su único hijo para que muriendo en la cruz, redimiera todos nuestros pecados y resucitando nos diera Vida Eterna. Esta es la razón de nuestra fe, de nuestra esperanza y nuestra perseverancia. Pero Dios Padre, no contento con todo lo que ha hecho por nosotros, nos ha enviado al Espíritu Santo, la tercera persona de la Trinidad, para que nos fortalezca, nos de ánimo y multiplique nuestras fuerzas todo lo que sea necesario para alcanzar nuestra meta, para cumplir nuestra misión, que es llevar la Buena Nueva a nuestros hermanos, curando a los enfermos, perdonando los pecados y bautizando.

El Señor se apiada de los pobres, de los que sufren por cualquier motivo…Sin embargo, es -me parece- importante notar que, en este evangelio el Señor se dirige en primer lugar a sus discípulos, porque es “alzando los ojos hacia sus discípulos” que lanza este sermón. Y es que, de este modo, les está anticipando el camino por el que han de transitar para cumplir su misión. Es que son benditos, los pobres, los que sufren injusticias y persecución, pero cuanto más si es por causa del Reino. Este ha de ser un indicador de una vida recta y buena. Por el contrario, el que lo tiene todo, el que está harto, el que ríe, porque incluso goza de fama, de prestigio ya que todo el mundo habla bien de él, debe tener cuidado, debe ponerse en guardia, porque seguramente no está haciendo lo posible por sus hermanos, no está exigiéndose al máximo, no se está comprometiendo, está caminando siempre por las orillas o buscando las aguas mansas y así, ni se conduce a sí mismo al Padre, ni mucho menos a los demás.

Si lo has tenido todo y no has sido capaz de inquietarte, de incomodarte por lo demás, si no has sido capaz de compartir, vendrá el tiempo en que no tendrás nada, que serás despojado de todo y entonces lloraras, pero será demasiado tarde, porque ya no habrá más tiempo ni espacio para revertir lo que hiciste…”Entonces será el rechinar de dientes…”

Los verdaderos cristianos, los discípulos de Jesús, tenemos que ser capaces de leer en las Bienaventuranzas nuestro itinerario. Mientras haya pobreza, injusticia, hambre y dolor, mientras no haya amor, no podemos darnos por satisfechos y pasar indiferentes por el mundo.

Es bueno aclarar aquí, que no es que el Señor quiera que seamos pobres y que suframos y que solo entonces salvaremos nuestra alma. ¡No! La pobreza, el dolor, el hambre, el sufrimiento, no son buenos per se. No estamos ante un Dios masoquista. ¡No! El Señor quiere que nos amemos los unos a los otros, como Él nos ha amado. Y él fue capaz de entregar su vida por nosotros. Lo que espera es que tengamos la decisión de amar hasta ese extremo, si fuera necesario. Que estemos dispuestos al sacrificio, que no seamos indiferentes. No podremos dar por concluida la Misión encomendada, ni regodearnos con nada, mientras haya hermanos que sufren, que padecen pobreza, hambre, frio, dolor, injusticia…Si en esta lucha tú también tienes que padecer hambre, pobreza, frio , dolor, humillación, persecución e incluso muerte, ¡Bendito seas!, porque lo has hecho por el Reino y serás recompensado con creces por nuestro Padre que está en el cielo, desde donde lo ve y siente todo. Por medio del Espíritu Santo, el te dará su mano cálida cuando sea necesario.

Oremos:

Padre Santo, dame voluntad y coraje para perseverar. No permitas que flaquee. Que sin titubear acepte los retos que me propones y me de alegre a mi misión, confiado que en ella me acompañas, y que habiendo vencido al mundo, no hay razón para estar tristes. Que lleve consuelo y esperanza a quienes más lo necesitan. Que sepa compartir lo que soy y tengo, con desprendimiento. Que no tema navegar mar adentro, ni en aguas turbulentas, porque contigo nada me falta. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Marcos 2, 23-28

Texto del evangelio (Mc 2, 23-28)

Un sábado, cruzaba Jesús por los sembrados, y sus discípulos empezaron a abrir camino arrancando espigas. Decíanle los fariseos: «Mira ¿por qué hacen en sábado lo que no es lícito?». Él les dice: «¿Nunca habéis leído lo que hizo David cuando tuvo necesidad, y él y los que le acompañaban sintieron hambre, cómo entró en la Casa de Dios, en tiempos del Sumo Sacerdote Abiatar, y comió los panes de la presencia, que sólo a los sacerdotes es lícito comer, y dio también a los que estaban con él?». Y les dijo: «El sábado ha sido instituido para el hombre y no el hombre para el sábado. De suerte que el Hijo del hombre también es señor del sábado».

Reflexión: Mc 2, 23-28

Muy pocas palabras para revelar cuál es el sitio del hombre. Todo ha sido creado para él, incluso las leyes. Todo está a su servicio. Por lo tanto, no es posible que sea condenado un hombre por no cumplir tal o cual ley, cuando su vida está en peligro. El don superior a preservar es la vida y no puede haber nada por encima de ella, solo Dios.

De aquí también se deriva la superioridad del amor, de la caridad frente a la ley. Muchas veces queremos justificar nuestros actos alegando que sólo estamos cumpliendo con la ley y que las leyes se han hecho para cumplirlas. Esto último es verdad. No tendría sentido promulgar leyes que no se cumplan, aunque de hecho se haga muchas veces.

Sin embargo, lo importante es notar que no podemos esgrimir la ley como excusa para obrar de uno u otro modo. El hombre no puede estar sujeto a la ley. Si bien esta lo orienta, llegado el caso tiene que ser capaz de discernir e ir más allá de la ley. Esto es el amor, la caridad, que no se rige por prescripciones humanas, que no tiene límites y que es capaz de perdonar siete veces siete (es decir, toda las veces que sea necesario), dar la otra mejilla y acompañar dos millas, cuando sólo te pidieron una.

De aquí también se deriva el Principio y Fundamento revelado por San Ignacio, que dice:

“El hombre es criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor y, mediante esto, salvar su ánima; y las otras cosas sobre la haz de la tierra son criadas para el hombre, y para que le ayuden en la prosecución del fin para que es criado.
De donde se sigue, que el hombre tanto ha de usar dellas, quanto le ayudan para su fin, y tanto debe quitarse dellas, quanto para ello le impiden.
Por lo qual es menester hacernos indiferentes a todas las cosas criadas, en todo lo que es concedido a la libertad de nuestro libre albedrío, y no le está prohibido; en tal manera, que no queramos de nuestra parte más salud que enfermedad, riqueza que pobreza, honor que deshonor, vida larga que corta, y por consiguiente en todo lo demás; solamente deseando y eligiendo lo que más nos conduce para el fin que somos criados.”

El hombre ha sido creado libre. No hay ley que lo sujete, más allá del amor a Dios por sobre todas las cosas. Pero aún ello, ha querido Dios dejárselo a su libre albedrío. Él nos propone el camino del Bien, la Felicidad y la Vida Eterna, a través de su hijo amado, Jesucristo. Está en nosotros decidir si lo tomamos o si preferimos las sombras, las tinieblas, la oscuridad, el egoísmo y la muerte.

Como tan bellamente dice San Ignacio, todo, todo lo que nos rodea, todas las “cosas sobre la haz de la tierra son criadas para el hombre”,   todo está a nuestro servicio. El hombre es el centro, el señor absoluto de la creación…Sin embargo el hombre ha sido creado para “alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor”. Este es el orden, en el que también toda ley, toda tradición y costumbre deben caer.

Por eso, al cristiano no le basta con cumplir la ley. Está llamado a ir más allá.

Oremos:

Señor mío, Jesucristo, ayúdanos a levantarnos por encima de nuestras miserias, por encima de nuestros egoísmos y mezquindades, para darnos generosamente a nuestros hermanos, sabiendo que el amor no tiene límites y sin pedir nada a cambio. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Marcos 2, 1-12

Texto del evangelio (Mc 2, 1-12)

Entró de nuevo en Cafarnaum; al poco tiempo había corrido la voz de que estaba en casa. Se agolparon tantos que ni siquiera ante la puerta había ya sitio, y Él les anunciaba la Palabra.

Y le vienen a traer a un paralítico llevado entre cuatro. Al no poder presentárselo a causa de la multitud, abrieron el techo encima de donde Él estaba y, a través de la abertura que hicieron, descolgaron la camilla donde yacía el paralítico. Viendo Jesús la fe de ellos, dice al paralítico: «Hijo, tus pecados te son perdonados».

Estaban allí sentados algunos escribas que pensaban en sus corazones: «¿Por qué éste habla así? Está blasfemando. ¿Quién puede perdonar pecados, sino Dios sólo?». Pero, al instante, conociendo Jesús en su espíritu lo que ellos pensaban en su interior, les dice: «¿Por qué pensáis así en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil, decir al paralítico: ‘Tus pecados te son perdonados’, o decir: ‘Levántate, toma tu camilla y anda?’ Pues para que sepáis que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder de perdonar pecados -dice al paralítico-: ‘A ti te digo, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa’».

Se levantó y, al instante, tomando la camilla, salió a la vista de todos, de modo que quedaban todos asombrados y glorificaban a Dios, diciendo: «Jamás vimos cosa parecida».

Reflexión: Mc 2, 1-12

Quien puede lo más, puede lo menos. Aquí Jesús muestra a la multitud que lo seguía, pero especialmente a los fariseos que no querían creerle, que Él es Hijo de Dios, y como tal tiene poder sobre la vida y la muerte, Así mismo muestra qué es lo más importante para Dios: nuestra alma. Antes que ocuparnos en nuestro cuerpo, en aliviar los sufrimientos del cuerpo y el dolor, mucho antes debe estar preservar nuestra alma. Tan es así que lo primero que le dice al paralítico es: “tus pecados te son perdonados”.

 Estamos pues ante Dios hecho hombre. Esta es la primera Gracia que debemos reconocer y agradecer  a Dios Padre. Jesús es el Cristo, es el Redentor. Jesús es el Camino que habrá de conducirnos de vuelta al Padre. Jesús es el Camino de nuestra Salvación. Jesús es el Camino a la Vida Eterna. Es a Él a quien debemos seguir para alcanzar las promesas ofrecidas desde siempre, para alcanzar nuestro sitio al lado del trono del Padre Eterno. Jesús es Vida…es alimento para la Vida Eterna. Eso es lo que celebramos en cada Eucaristía.

Jesús ha querido permanecer entre nosotros y darse como alimento, en el Sacramento de la Eucaristía. Es en la Comunión que fortalecemos nuestro espíritu. Es en la Comunión que nos hacemos uno con Él y con nuestros hermanos. Pero esto, que es una señal exterior de algo que es invisible, debe trascender a nuestra vida cotidiana, en verdadera unión con los demás. Estamos llamados a vivir como hermanos, como hijos de un mismo Padre.

Es de lo contrario que nos quiere preservar Jesús. Son las tentaciones o los pecados contra esta unión, las que perdona Cristo al paralítico. Porque es el egoísmo el principal atentado contra el Reino. Es el egoísmo el que nos saca del camino, el que nos ciega y nos impide ver a Dios como Padre y a los demás como hermanos. Es este egoísmo la señal del Príncipe de la Tinieblas. Quiere decir que preferimos la oscuridad a la luz, porque tenemos tanto que esconder, tanta intención torcida, que no queremos exponernos a ser descubiertos…

O estamos con Dios, o estamos contra Él. No hay medias tintas. El que no recoge conmigo, esparce, dice el Señor.

Oremos:

Ayúdanos, Padre Santo, a preservar nuestra Alma, sabiendo que ello sólo será posible si dejamos crecer y fructificar el amor. Donde hay amor, estás Tú. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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Juan 1, 43-51

Texto del evangelio (Jn 1, 43-51)

En aquel tiempo, Jesús quiso partir para Galilea. Se encuentra con Felipe y le dice: «Sígueme». Felipe era de Bestsaida, de la ciudad de Andrés y Pedro. Felipe se encuentra con Natanael y le dice: «Ése del que escribió Moisés en la Ley, y también los profetas, lo hemos encontrado: Jesús el hijo de José, el de Nazaret». Le respondió Natanael: «¿De Nazaret puede haber cosa buena?». Le dice Felipe: «Ven y lo verás».

Vio Jesús que se acercaba Natanael y dijo de él: «Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño». Le dice Natanael: «¿De qué me conoces?». Le respondió Jesús: «Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi». Le respondió Natanael: «Rabbí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel». Jesús le contestó: «¿Por haberte dicho que te vi debajo de la higuera, crees? Has de ver cosas mayores». Y le añadió: «En verdad, en verdad os digo: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre».

Reflexión: Jn 1, 43-51

El encuentro con Jesús no es casual. Él ha estado esperando por cada uno de nosotros. Él sabe donde estamos, quienes somos y qué hacemos. Él sale a nuestro encuentro. Y es imposible negarlo o dejar de reconocerlo cuando lo vemos.

Podemos tratar de engañarnos, fingir que no lo vimos, que no lo escuchamos, que no supimos donde estaba ni quién era, sin embargo no podremos engañar a nuestro corazón y una vez que lo hayamos encontrado, difícilmente podremos perderlo de vista, ignorarlo en nuestras vidas.

Y es que todos estos encuentros fueron previstos desde antes que viéramos la luz. No, no estamos hablando de un determinismo o una predestinación, en el sentido que estuviéramos siendo manipulados o hubiéramos perdido la libertad. No. Siempre tendremos frente a nosotros la opción de seguirlo o dejarlo marcha, dejarlo pasar. Pero si lo hacemos, seremos unos estúpidos, pues aplicando nuestra razón y si somos consecuentes, caeremos en la cuenta que toda nuestra vida estuvimos buscándolo o, si se quiere, caminando hacia Él…Entonces ¿Cómo dejarlo marchar, si Él mismo sale a nuestro encuentro? Lo lógico sería adherir a Él…¿Qué nos detiene? Ya sé…Tenemos tanto…Tanto que preservar, tanto que proteger, tanto que mantener, tanto que perder…

Es que nos falta fe. Fe para entender que Él es el Bien Superior; que no hay nada sobre Él…que no hay nada más allá de Él o por encima de Él. Que quien lo tiene a Él, lo tiene todo…no necesita más. Si lo pudiéramos entender, seríamos como San Francisco o tantos otros santos que supieron abandonarlo todo, todo por Él.  “Deja que los muertos entierren a sus muertos…” “Quien pone la mano en el arado y mira hacia a tras, no es apto para el Reino”…Esas son palabras de Jesús. Así de radical es su llamado, así de exigente. Y, si lo pensamos bien, no podía ser de otro modo. Si estamos hablando del “Bien Superior”, ¿cómo tendría que ser su llamado? Tu mismo no le dirías a tu hijo: “oye niño, ven por aquí, que yo se qué es lo que te conviene”…Y si tu serías capaz de tanto bien, imagínate de lo que será capaz nuestro Padre Celestial, que tiene cada uno de nuestros cabellos contados…

¡Aleluya!

Oremos:

¡Bendito seas Dios mío, Padre de nuestros Señor Jesucristo, que nos permites ver tanta bondad…Que nos has deparado tan dichoso y vivificante encuentro! Todo lo abarcas, todo lo llenas…Nuestra alma reboza de alegría ante tu sola presencia. Gracias Señor. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Mateo 17, 10-13

Texto del evangelio (Mt 17, 10-13)

Bajando Jesús del monte con ellos, sus discípulos le preguntaron: «¿Por qué, pues, dicen los escribas que Elías debe venir primero?». Respondió Él: «Ciertamente, Elías ha de venir a restaurarlo todo. Os digo, sin embargo: Elías vino ya, pero no le reconocieron sino que hicieron con él cuanto quisieron. Así también el Hijo del hombre tendrá que padecer de parte de ellos». Entonces los discípulos comprendieron que se refería a Juan el Bautista.

Reflexión: Mt 17, 10-13

Nuestro mayor problema es no poder o más bien no querer ver a Jesús donde se encuentra.  No queremos reconocerle; nos cuesta creer que está allí donde el nos dijo, tal como a los judíos les costó reconocer al Elías en Juan y a Jesucristo como el Enviado.

En los pobres, en los olvidados, en los despreciados, en los marginados, allí está Jesús…Es allí que podemos encontrarlo. Es a ellos que debemos servir; a ellos que debemos llevar el anuncio del Reino; a ellos que debemos amar…a su salvación que debemos dedicar nuestra vida…Pero, no. Siempre estamos ocupados en cosas importantes…No tenemos tiempo para mirar a estos infelices…Nosotros tenemos citas, reuniones con gente importante. No tenemos tiempo para perderlo en tonterías

¿Por qué habría de detenerme ante un miserable? ¿Qué me dará? ¿Qué obtendré? ¿A quien le interesa? ¿Qué merito alcanzaré con ello? ¿Cómo mejorará mi balance? ¿Eso me hará más distinguido y notable?

Así, de ese tamaño son los troncos que tenemos en nuestros ojos, que ya no pajitas…Estos nos impiden ver al Señor, reconocerlo en nuestro camino, saliéndonos al encuentro a cada nada.

La forma de ver de Cristo es diametralmente opuesta a la nuestra. Si queremos seguirlo, tenemos que aprender a ver y pensar como Él. Así que es mejor que nos detengamos un momento y empecemos a reflexionar en cada una de las cosas que hacemos. ¿Por qué las hacemos, para qué, para quién? ¿Nuestra vida tiene un sentido definido? ¿La hemos orientado hacia algún objetivo? O todo depende…Depende de nuestro estado de ánimo, de nuestra situación, de los otros, de las circunstancias…A veces juego por este equipo, otras por aquél. ¿Somos e los que jugamos a cachacos (policías) y ladrones en nuestra vida y unas veces nos toca un papel y otras el otro…? ¿Igual nos acomodamos a lo que nos toque?

¿O somos más bien de los que han tomado una decisión en su vida y no importan lo que hagan y con quién esté, siempre procurarán el bien? ¿Somos de los que han acogido las enseñanzas de Jesús y tratamos de vivir en Gracia,  de modo consciente, creciente y compartida? Debemos ponernos “los lentes de Jesús” y procurar ver siempre el mundo con ellos, solo así lo descubriremos en cada rincón, en cada esquina…en toda ocasión.

Oremos:

Padre Santo, que no perdamos la sensibilidad y la ocasión de ver a Jesús en cada uno de nuestros hermanos, desde el más pequeño hasta el más grande.

Que irradiemos siempre tu Luz, Paz y Amor. Amén.

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Mateo 11, 16-19

Texto del evangelio (Mt 11, 16-19)

 
En aquel tiempo dijo Jesús a la gente: «¿Pero, con quién compararé a esta generación? Se parece a los chiquillos que, sentados en las plazas, se gritan unos a otros diciendo: ‘Os hemos tocado la flauta, y no habéis bailado, os hemos entonado endechas, y no os habéis lamentado’. Porque vino Juan, que ni comía ni bebía, y dicen: ‘Demonio tiene’. Vino el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: ‘Ahí tenéis un comilón y un borracho, amigo de publicanos y pecadores’. Y la Sabiduría se ha acreditado por sus obras».

Reflexión: Mt 11, 16-19

Nada parece satisfacernos. Nada parece llenarnos. Es que no hay peor ciego que el que no quiere ver. Estamos buscando cualquier resquicio, cualquier excusa para escaparnos, para disculparnos, para no comprometernos. Tenemos miedo a entregarnos. Tenemos temor a decidirnos…preferimos el status quo. ¡Cómo quisiéramos volver al vientre de nuestra madre, tibios e inocentes, sin que nada perturbe nuestra calma y nada nos comprometa! ¡Uhmmm! ¡Qué alguien se haga cargo! ¡Qué alguien resuelva todo por nosotros! Nosotros queremos estar en un remanso apacible, donde nadie se meta con nosotros y nosotros tampoco nos metamos con nadie. Donde solamente podamos percibir beneficios a cambio de nada…

¡Oh, ese sería el paraíso para muchos de nosotros! ¿Por qué tener que vivir para alcanzarlo? ¿Por qué tener que exponerse, que arriesgarse para ganarlo?

Es que junto con la vida Dios nos ha regalado la Libertad. Además nos ha dotado de Inteligencia y Voluntad. Así, nos ha creado a su imagen y semejanza. Podemos decidir qué es lo que queremos. Podemos conducir nuestra vidas por el camino que queramos…¡Somos libres! ¡No somos esclavos de nadie, a no ser que voluntariamente escojamos este estado!

Tenemos las facultades necesarias para conducirnos y hacer lo correcto con nuestras vidas. Por si fuera poco, y ante la duda y nuestros temores, Dios Padre, nuestro Creador, nos ha enviado a Su Hijo para que haciéndose exactamente igual como cualquiera de nosotros, nos enseñe el Camino. Nos ha dicho que vayamos por la luz; que somos hijos de la luz…Que busquemos la Verdad, que vivamos en la Verdad…Que nos amemos los unos a los otros como Dios nos ha amado. Tenemos un mapa. Tenemos un Plan…No hay cómo perderse. Entonces, el que se pierde es por decisión propia, porque así lo quiso. Y, claro, está el Príncipe del Mundo, el Príncipe de las tinieblas que habrá de tentarnos con ser más que Dios…Seremos más que Él, dice, si no le seguimos, si no le hacemos caso…si hacemos todo lo contrario…Si en lugar de mirar hacia arriba, nos arrastramos. Seremos más si nos aferramos a este mundo, porque no hay otro. Seremos más si recibimos aplausos, si nos rinden honores, si sometidos todos bajo nuestros pies, nos rinden pleitesía…Seremos más si acumulamos riquezas, si ostentamos, si somos sujetos de envidia. Seremos más si tenemos qué y dónde ostentar…Esa es la tentación.

Y sin embargo,  “la Sabiduría se ha acreditado por sus obras.” ¡Abramos los ojos!

Oremos:

Padre Santo, fortalece nuestro espíritu para que también nosotros demos crédito de Ti con nuestras obras. Que sean nuestros actos, nuestro proceder y no tanto nuestras palabras las que hablen de Ti. Que no seamos motivo de escándalo, sino que por el contrario seamos ejemplo para los que sufren, para los pobres, para los humildes…

Danos paz y permítenos llevar paz. Amén.

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Lucas 5, 17-26

Texto del evangelio (Lc 5, 17-26)

Un día que Jesús estaba enseñando, había sentados algunos fariseos y doctores de la ley que habían venido de todos los pueblos de Galilea y Judea, y de Jerusalén. El poder del Señor le hacía obrar curaciones. En esto, unos hombres trajeron en una camilla a un paralítico y trataban de introducirle, para ponerle delante de Él. Pero no encontrando por dónde meterle, a causa de la multitud, subieron al terrado, le bajaron con la camilla a través de las tejas, y le pusieron en medio, delante de Jesús. Viendo Jesús la fe de ellos, dijo: «Hombre, tus pecados te quedan perdonados».

Los escribas y fariseos empezaron a pensar: «¿Quién es éste, que dice blasfemias? ¿Quién puede perdonar pecados sino sólo Dios?». Conociendo Jesús sus pensamientos, les dijo: «¿Qué estáis pensando en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil, decir: ‘Tus pecados te quedan perdonados’, o decir: ‘Levántate y anda’? Pues para que sepáis que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder de perdonar pecados -dijo al paralítico- ‘A ti te digo, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa’». Y al instante, levantándose delante de ellos, tomó la camilla en que yacía y se fue a su casa, glorificando a Dios. El asombro se apoderó de todos, y glorificaban a Dios. Y llenos de temor, decían: «Hoy hemos visto cosas increíbles».

Reflexión: Lc 5, 17-26

Quien hace lo más difícil, lo más complicado, puede hacer lo más sencillo. Y aquí nuevamente el Señor nos da una lección respecto al orden que debe tener nuestra vida. ¿Qué es lo más importante para nosotros? Nuestro bienestar, nuestra salud. Tener las facultades completas y la salud suficiente para desenvolvernos…después de eso empezamos a pedir dinero y comodidades, y se nos abre una infinidad de posibilidades…tantas, que nunca estamos satisfechos.

Pero eso sí, queremos que el Señor nos de algo tangible, algo que se pueda tocar. Nos negamos a creer que todos los días hace milagros, que todo los días nos da a manos llenas, porque sentimos que todo lo merecemos. No nos damos cuenta del milagro cotidiano de la vida; de la cantidad de encuentros que nos depara y de las oportunidades que nos pone en bandeja, para que actuemos correctamente, conforme a Su Palabra. Todo lo damos por descontado y bien merecido…

Es por eso que cuando el Señor nos da lo más importante, lo minimizamos, como si se tratara de cualquier cosa. ¿Para qué quiero la Gracia? ¿Qué puedo hacer con ella? ¿Puedo depositarla en el banco? ¿A cuánto se cotiza la Gracia en la Bolsa? ¿Me servirá para comer hoy? ¿Me servirá para viajar? ¿Para comprarme una camioneta como la que tienen mis vecinos?  ¿Para hacer una espléndida reunión e invitar a gil y mil, sin reparar en gastos, sólo para no quedarme atrás?

¿Para qué me sirve la Gracia, si ni si quiera se ve, ni se puede palpar? ¿Podré acaso caminar por ahí pavoneándome de mi Gracia? ¿Alguien reparará en mi estado de Gracia, me saludará y me hará pasar por la puerta principal, invitándome a ocupar los primeros lugares? Solo el Señor…Solo para Él, que ve con otros ojos, que tiene otra perspectiva, que ha venido a enseñarnos la Verdad y a mostrarnos el Camino…Sólo para Él serás el elegido, el más importante. Solo esa credencial te valdrá para entrar en el Cielo.

Sin embargo, siendo la más importante, es la más despreciada. Como la Gracia no se ve, la ensuciamos, la pisoteamos…La arrastramos por rincones, por donde nunca pasearíamos nuestra vanidosa dignidad. Así somos los humanos. “¿Qué es más fácil, decir: ‘Tus pecados te quedan perdonados’, o decir: ‘Levántate y anda’?” Nosotros queremos lo tangible, lo que puede servirnos para ganar en el mercado…La Gracia, en cambio, es un elemento etéreo. Sin embargo, incluso sobre eso, que es lo más valiosos que podemos tener, aunque no se vea, incluso sobre eso tiene poder el Señor. Y es eso lo que quiere que preservemos, aun a costa de nuestras vidas…¡Qué distinto es el Señor, y qué Grande…!

Oremos:

Padre Santo, ayúdanos a comprender que si tenemos la Gracia, tenemos todo cuanto podemos desear. Que no hay nada más importante que Tu amor y que si así lo creemos, haremos que esta Gracia sea consciente, creciente y compartida.

Acrecienta nuestra fe y danos una Vida de Gracia llena, como la de María. Amén.

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Lucas 21, 25-28.34-36

Texto del evangelio (Lc 21, 25-28.34-36)

En aquel tiempo, decía Jesús a sus discípulos: «Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra, angustia de las gentes, perplejas por el estruendo del mar y de las olas, muriéndose los hombres de terror y de ansiedad por las cosas que vendrán sobre el mundo; porque las fuerzas de los cielos serán sacudidas. Y entonces verán venir al Hijo del hombre en una nube con gran poder y gloria. Cuando empiecen a suceder estas cosas, cobrad ánimo y levantad la cabeza porque se acerca vuestra liberación.

»Guardaos de que no se hagan pesados vuestros corazones por el libertinaje, por la embriaguez y por las preocupaciones de la vida, y venga aquel Día de improviso sobre vosotros, como un lazo; porque vendrá sobre todos los que habitan toda la faz de la tierra. Estad en vela, pues, orando en todo tiempo para que tengáis fuerza y escapéis a todo lo que está para venir, y podáis estar en pie delante del Hijo del hombre».

Reflexión: Lc 21, 25-28.34-36

La lectura de hoy de algún modo es una reiteración de la de ayer…un poco más ampliada con los versículos que se leyeron antes de ayer. Se trata nuevamente de una advertencia para estar alertas y listos esperando al Señor. No debemos dejar que nada nos distraiga o absorba tanto nuestra atención, al punto que olvidemos lo más importante, como es amar y servir al Señor con cada uno de nuestros actos.

No hay nada más importante en esta vida que la Misión encomendada. Todo lo demás es accesorio y prescindible, a pesar que muchas veces nosotros vivos al revés, es decir que en la práctica tratamos de prescindir de Dios o más bien, vivimos como si eso fuera posible. Lamentablemente llegamos a engañarnos, porque hay momentos en que la vida y sus posibilidades parecen ilimitadas…entonces, ¿por qué volver los ojos a Dios, cuando en realidad no lo necesitamos?

En tales ocasiones llegamos a sentir que Dios es un estorbo, un limitante, un ancla, una prisión. ¡Qué paradoja! Cuando es precisamente al revés. Este es, pues, el famoso hedonismo que actualmente nos gobierna. La ciencia y la tecnología o más bien el progreso de las mismas, pareciera ilimitado y con ellos, el confort, la comodidad y el placer parecieran no tener fin. Todo parece ser posible para el que tiene dinero. Ante tal perspectiva, la vida cotidiana, la rutina,  nos lleva muy pronto a olvidar de dónde venimos y a donde vamos.

Tenemos que estar en vela y orando, para tener fuerzas para escapar a todas estas tentaciones. Mantenernos en pie, para que así nos encuentre el Señor. Realmente no hay mejor ejemplo, más crudo y real que el de la embriaguez. Los que hemos tenido esta experiencia sabemos que en esos momentos no somos dueños de nuestros actos; entramos en un estado de inconsciencia, en el que cualquier cosa puede pasar. No somos dueños de nosotros, nos dejamos arrastrar, nos dejamos llevar. En el momento hay un aparente disfrute, pero al día siguiente ni nos acordamos lo que paso. Podría ser tan bueno, que bien hubiera valido la pena por lo menos tenerlo registrado en la memoria, o tan malo, que al tomar conciencia podríamos sentirnos profundamente avergonzados, adoloridos y apenados por haber causado un mal irreparable…

No nos dejemos embriagar por el mundo, por nuestras preocupaciones, por la rutina. Debemos tener las riendas de nuestra vida y conducirla por donde debe ir…estando siempre ecuánimes y en pie.

Oremos:

Señor, ayúdanos a mantenernos siempre libres de toda atadura, siempre libres para amarte y servirte. No permitas que caigamos en las garras del maligno, que habrá de tentarnos con aquello que precisamente constituye nuestra mayor debilidad. Mantennos ecuánimes y en pie. Amén

 
Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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