ago 04 2010

Mateo 15, 21-28

Texto del evangelio (Mt 15, 21-28)

En aquel tiempo, Jesús se retiró hacia la región de Tiro y de Sidón. En esto, una mujer cananea, que había salido de aquel territorio, gritaba diciendo: «¡Ten piedad de mí, Señor, hijo de David! Mi hija está malamente endemoniada». Pero Él no le respondió palabra. Sus discípulos, acercándose, le rogaban: «Concédeselo, que viene gritando detrás de nosotros». Respondió Él: «No he sido enviado más que a las ovejas perdidas de la casa de Israel». Ella, no obstante, vino a postrarse ante Él y le dijo: «¡Señor, socórreme!». Él respondió: «No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos». «Sí, Señor -repuso ella-, pero también los perritos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos». Entonces Jesús le respondió: «Mujer, grande es tu fe; que te suceda como deseas». Y desde aquel momento quedó curada su hija.

Reflexión: Mt 15, 21-28

Tenemos una misión que cumplir y a ella debemos dedicar nuestro tiempo, nuestra vida. Esta ha de ser nuestra primera prioridad, sin embargo, no por ello habremos de discriminar, ni pasar por alto las exigencias y demandas de nuestro prójimo, aun de aquellos que por uno u otro motivo los tenemos catalogados entre aquellos que no merecen nuestra atención.
 
El Señor está dispuesto a obrar en todos sus maravillas, aun entre aquellos que no pertenecen a la Iglesia, al Pueblo escogido. Todos somos Hijos de Dios y herederos del Reino, por lo tanto, lo que realmente importa es la Fe.

Por eso es que debemos rezar constantemente pidiendo incrementar, acrecentar nuestra Fe. Ha de ser como la de esta mujer, que no teme importunar a Jesús, ni reclamar a gritos, si es necesario, lo que quiere, sabiendo que está en sus manos concedérselo y que ciertamente se lo dará.

Por otro lado, es inevitable dejar de observar la figura de  “los perritos”. Y es que cuantas veces reclamamos al Señor como si lo mereciéramos, como si fuéramos los escogidos, los únicos por los que debe velar. Que lección de humildad la de esta mujer, que acepta sin reparos conformarse aunque sea con las migajas…No reclama para sí un lugar central, ni el más rico manjar. Le basta con las sobras del Banquete del Reino, porque está convencida que aún en ella encontrará la Gracia de Dios. ¡Eso es Fe! Que si la tuviéramos del tamaño de un granito de mostaza…

Oremos:

Señor Jesús, tenemos Fe, pero es tan pequeña, tan débil…Aliméntala, increméntala, auméntala. ¡Regálanos un décimo de la fe de esta mujer! Ayúdanos a ordenar nuestras vidas en función de nuestra fe. Que vivamos según ella.  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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may 18 2010

Juan 17, 1-11a

Texto del evangelio (Jn 17, 1-11a)

En aquel tiempo, Jesús, alzando los ojos al cielo, dijo: «Padre, ha llegado la hora; glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti. Y que según el poder que le has dado sobre toda carne, dé también vida eterna a todos los que tú le has dado. Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo. Yo te he glorificado en la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste realizar.

»Ahora, Padre, glorifícame tú, junto a ti, con la gloria que tenía a tu lado antes que el mundo fuese. He manifestado tu Nombre a los hombres que tú me has dado tomándolos del mundo. Tuyos eran y tú me los has dado; y han guardado tu Palabra. Ahora ya saben que todo lo que me has dado viene de ti; porque las palabras que tú me diste se las he dado a ellos, y ellos las han aceptado y han reconocido verdaderamente que vengo de ti, y han creído que tú me has enviado.

»Por ellos ruego; no ruego por el mundo, sino por los que tú me has dado, porque son tuyos; y todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío; y yo he sido glorificado en ellos. Yo ya no estoy en el mundo, pero ellos sí están en el mundo, y yo voy a ti».

Reflexión: Jn 17, 1-11a

Una hermosa oración de Cristo por todos nosotros, sus discípulos sus seguidores. No puede dejar de conmovernos la forma en que Cristo, siendo Hijo y Dios también, ruega humildemente al Padre por todos “los que tú me has dado, porque son tuyos”.

Esta es una lección que debemos aprender en primer lugar. A orar al Padre con humildad, por todos los suyos, aquellos que en el fondo de sus corazones han decidido guardarlo y seguirlo. No somos nadie para juzgarlos, ni podemos saber exactamente quienes y cuántos son, pero por todos ellos hemos de orar, para que Dios Padre mantenga rectas sus intenciones, y sean la luz y sal del mundo.

Al orar por ellos, hemos de orar por nosotros mismos también, para que sepamos actuar a la altura de las circunstancias, para que demos testimonio de Cristo. Si realmente creemos en Dios, hemos de dar testimonio de Él.  Si somos hijos de la luz, hemos de alumbrar, porque nadie enciende una lámpara para ocultarla bajo la cama o bajo la mesa, sino que la pone en lo alto para que todos la vean, para que ilumine a todos a su alrededor.

En esto debemos reflexionar hoy. En nuestro papel y actuación en el medio, en las circunstancias en las que nos ha tocado vivir. ¿Es que nos amoldamos a ellas, mimetizándonos con el mundo, de modo tal que nuestra identidad queda totalmente oculta y resguardada? ¿O es que somos testimonio vivo de Cristo en cuanta ocasión y circunstancia nos toca vivir y afrontar, sin temor a ser luz, por el contrario, procurando iluminar conscientemente el camino de nuestros hermanos menores?

No es una expresión literaria, ni tan solo un modo de decir lo que el Señor nos revela en esta lectura de forma clara e inconfundible: “Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo.”

Eso es todo. En ello hemos de meditar; entorno a ello hemos de orar…¿Conocemos a Dios? ¿Conocemos a Jesucristo? ¿Qué ha de significar el conocerlos en nuestras vidas? ¿Qué tendría que significar el conocerlos para nuestra sociedad? ¿Qué debe hacer el que conoce? ¿Para qué se enciende una luz? ¿Para ocultarla? Estamos llamados a dar testimonio de la Luz…¿Cómo habremos de hacer esto en nuestras vidas, en nuestras circunstancias?

Oremos:

Padre Nuestro, se nos hace a veces muy difícil seguirte; tenemos temor a poner en juego lo que tenemos, lo que atesoramos, aquellas cosas que nos dan seguridad en esta vida, como si pudiéramos aferrarnos a ellas eternamente y asegurar que nunca nos faltarán. Es decir, en el fondo, nos falta fe. Tenemos más confianza en lo tangible, en lo contante y sonante y estamos dispuestos a hacernos de la vista gorda ante cualquier cosa, si a cambio recibimos una paga…Nos resistimos, pero finalmente llega un momento en el que se pone precio a nuestros principios, a nuestra fe…¡No permitas que caigamos en esta tentación! ¡Ayúdanos a rechazar con firmeza todas estas tretas del demonio! ¡Acrecienta nuestra fe!  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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abr 21 2010

Juan 6, 35-40

Texto del evangelio (Jn 6, 35-40)

En aquel tiempo, Jesús dijo a la gente: «Yo soy el pan de la vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed. Pero ya os lo he dicho: Me habéis visto y no creéis. Todo lo que me dé el Padre vendrá a mí, y al que venga a mí no lo echaré fuera; porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado. Y esta es la voluntad del que me ha enviado; que no pierda nada de lo que él me ha dado, sino que lo resucite el último día. Porque esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que vea al Hijo y crea en Él, tenga vida eterna y que yo le resucite el último día».

Reflexión: Jn 6, 35-40

Una reconfortante promesa realizada por Jesús a todos los que creemos en Él y nuevamente la Revelación de la Voluntad del Padre. Él quiere que tengamos vida eterna y la ofrece a quienes veamos y creamos en Jesús.

Se trata pues de creer, de tener Fe. Pero esta solo se puede poner de manifiesto mediante nuestras obras. Ellas hablan por nosotros. Si tenemos fe, si creemos viviremos de un modo que nos pondrá en evidencia. Esta evidencia, este testimonio, es el mejor indicador de nuestra fe y hará que otros vean y crean.

No se trata, como a veces confundimos, de hacer algo especial, de hacer algo distinto en algún momento de nuestras vidas. No se trata de llevar dos vidas o de tener dos registros de acciones, aquellas que realizamos en nuestra vida cotidiana y las que constituyen obras de piedad o caridad que realizamos en algunos momentos de nuestra vida. Se trata de asumir una forma única de vida, en la que damos cuenta y testimonio de nuestra fe en cada uno de nuestros actos, por más insignificantes que estos sean.

Por ello es absurdo hablar de un “católico practicante”, como si fuera una categoría, que permite asumir que hay dos tipos de católicos o de seguidores de Jesús: los que practican y los que no…Esto es falso. O eres o no eres, así de simple. O sigues o no sigues a Jesús, de lo que da evidencia toda tu vida, no parte de ella.

Tengamos presente siempre que el Señor no ha venido a juzgarnos, sino a traernos hacia Él para salvarnos. El nos tiende a todos una invitación. Está en nosotros el aceptarla o rechazarla…Eh ahí el juicio que nosotros realizamos. Somos nosotros, con nuestras decisiones cotidianas los que aceptamos o rechazamos a Jesús, los que nos salvamos o condenamos.

“…esta es la voluntad del que me ha enviado; que no pierda nada de lo que él me ha dado, sino que lo resucite el último día.” No puede ser más claro.

 

Oremos:

Pidámosle al Señor, que nos permita vivir siempre según su mandato, según su ejemplo. Que no caigamos en la tentación de dividir nuestra vida en porciones sagradas y profanas. Que tengamos en cuenta que hemos sido llamados a dar testimonio con nuestra vida toda y que por lo tanto esta debe ser consagrada a Jesús desde que amanece…Pidámosle también que nos de la fortaleza, porque sin Él esta misión sería imposible; en cambio con su ayuda la victoria está asegurada. Basta ponernos en sintonía con la Voluntad del Padre  y hacerla nuestra.   Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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abr 15 2010

Juan 3,31-36

Texto del evangelio (Jn 3, 31-36)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «El que viene de arriba está por encima de todos: el que es de la tierra, es de la tierra y habla de la tierra. El que viene del cielo, da testimonio de lo que ha visto y oído, y su testimonio nadie lo acepta. El que acepta su testimonio certifica que Dios es veraz. Porque aquel a quien Dios ha enviado habla las palabras de Dios, porque da el Espíritu sin medida. El Padre ama al Hijo y ha puesto todo en su mano. El que cree en el Hijo tiene vida eterna; el que rehusa creer en el Hijo, no verá la vida, sino que la cólera de Dios permanece sobre él».

Reflexión: Jn 3, 31-36

Hoy, el Evangelio nos invita a dejar de ser “terrenales”, a dejar de ser hombres que sólo hablan de cosas mundanas, para hablar y movernos como «el que viene de arriba» (Jn 3,31), que es Jesús. En este texto vemos —una vez más— que en la radicalidad evangélica no hay término medio. Es necesario que en todo momento y circunstancia nos esforcemos por tener el pensamiento de Dios, ambicionemos tener los mismos sentimientos de Cristo y aspiremos a mirar a los hombres y las circunstancias con la misma mirada del Verbo hecho hombre. Si actuamos como “el que viene de arriba” descubriremos el montón de cosas positivas que pasan continuamente a nuestro alrededor, porque el amor de Dios es acción continua a favor del hombre. Si venimos de lo alto amaremos a todo el mundo sin excepción, siendo nuestra vida una tarjeta de invitación para hacer lo mismo.

«El que viene de arriba está por encima de todos» (Jn 3,31), por esto puede servir a cada hombre y a cada mujer justo en aquello que necesita; además «da testimonio de lo que ha visto y oído» (Jn 3,32). Y su servicio tiene el sello de la gratuidad. Esta actitud de servir sin esperar nada a cambio, sin necesitar la respuesta del otro, crea un ambiente profundamente humano y de respeto al libre albedrío de la persona; esta actitud se contagia y los otros se sienten libremente movidos a responder y actuar de la misma manera.

Servicio y testimonio siempre van juntos, el uno y el otro se identifican. Nuestro mundo tiene necesidad de aquello que es auténtico: ¿qué más auténtico que las palabras de Dios?, ¿qué más auténtico que quien «da el Espíritu sin medida» (Jn 3,34)? Es por esto que «el que acepta su testimonio certifica que Dios es veraz» (Jn 3,33).

“Creer en el Hijo” quiere decir tener vida eterna, significa que el día del Juicio no pesa encima del creyente porque ya ha sido juzgado y con un juicio favorable; en cambio, «el que rehusa creer en el Hijo, no verá la vida, sino que la cólera de Dios permanece sobre él» (Jn 3,36)…, mientras no crea.

Comentario: Rev. D. Melcior QUEROL i Solà (Ribes de Freser, Girona, España)

Oremos:

Padre Santo, viene ahora a mi mente aquella oración que repetimos tanto antes de la Eucaristía…”No soy digno de Ti, pero una palabra Tuya bastará para sanarme”.  Quiero ir a Ti, no quiero alejarme jamás. Dame voluntad, valentía, humildad, sabiduría, templanza, modestia, alegría…para ser verdadero testimonio de Tu Amor. Haz de mi vida un camino hacia Ti. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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dic 01 2009

Lucas 10, 21-24

Texto del evangelio (Lc 10, 21-24)

En aquel momento, Jesús se llenó de gozo en el Espíritu Santo, y dijo: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; y quién es el Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar». Volviéndose a los discípulos, les dijo aparte: «¡Dichosos los ojos que ven lo que veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis, pero no lo vieron, y oír lo que vosotros oís, pero no lo oyeron».

Reflexión: Lc 10, 21-24

Los pequeños…¿Quiénes son los pequeños para Jesús? Pienso que él mismo nació en una familia “pequeña”. Pequeños son los niños, por cuanto el pide que se dejen que se acerquen a Él y nos dice algo más: hay que ser como ellos, pues de ellos es el Reino. Pequeños son los sencillos, los simples, los humildes…que al no tener riqueza, ni poder, ni fama, no tienen a qué aferrarse, ni son esclavos de nada, por tanto pueden ver con mayor facilidad que es aquello de amar a Dios y amarse unos a otros, que pide el Señor.

Pequeños son los de corazón puro, aquellos que han hecho de su vida una entrega permanente a la Voluntad del Señor; aquellos que han puesto “sus riquezas” allí donde la polilla no puede carcomer. Aquellos que como el buen Samaritano, han hecho del servir y amar a los demás, la razón de sus vidas.

El Señor se revela a ellos y solo ellos le pueden conocer, porque no hay nada en su corazón, en su alma, que obstaculice este conocimiento, nada que nuble o tergiverse la Verdad.  

Oremos:

Pidamos al Señor que nos haga así, sencillos, humildes, puros…como niños, para que podamos comprenderle y seguirle.

Agradezcámosle por lo que Él ha querido revelarnos: que todo procede ne Nuestro Padre que está en el Cielo. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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may 09 2009

Reflexión: Jn 14,7-14

Jn 14,7-14

El Señor no se cansa de pedirnos insistentemente Fe. Creer en Él, al menos por lo que Él hace, por sus obras. Creer que Él ha sido enviado por el Padre y que quien lo conoce al Él conoce al Padre. De allí que no podamos encontrar mejor ocupación que dedicarnos a conocerle. Conocer y creer son las condiciones para entrar en el Reino. Entonces podremos hacer sus obras y mayores aún.

Estas son las promesas de Jesús que debían mover nuestro corazón, nuestra inteligencia y nuestra voluntad. ¡Qué mejor tesoro! ¡Qué mejor aliado! ¡Qué mejor garantía! Tenemos todos los pases, todas las credenciales…no hay puerta que no se abra, camino que no se allane, corazón que no se alegre, inteligencia que no se ilumine, espíritu que no se exalte si obramos en su nombre. Todo está en empezar. Creer y dar el primer paso, el resto dejémoslo en sus manos, que Él sabrá guiarnos y llevarnos al lugar que nos tiene preparado desde siempre.

Vamos, caminemos alegres, gozosos, porque Dios está con nosotros y si le tenemos, nada nos falta.

Oremos:

Cristo, Jesús, ayúdame a entender que en Ti tenemos el mejor aliado, la mejor garantía. Que no hay nada que pueda impedir que cumpla con mi misión, que no es otra que la tuya. Condúceme, guíame, hazme un instrumento de tu fe, que sea ella creciente en mí y pueda iluminar a mis hermanos.

Concédenos la paz y la alegría, para llevar siempre tu mensaje de esperanza, sobre todo a los más afligidos.

Danos en abundancia, para compartir en abundancia.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
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abr 29 2009

Reflexión: Jn 6,35-40

Jn 6,35-40

Jesús ha venido al mundo cumpliendo la Voluntad de nuestro Padre Eterno, que quiere que le conozcamos, para que conociéndoles y creyendo en Él nos salvemos, tengamos Vida Eterna, para que gocemos con Él del Cielo.

No existe, ni puede existir objetivo más preciado que este. Que otra cosa podríamos anteponer a la Voluntad del Padre. ¿Qué es aquello que nos ciega, que nos perturba, que nos obstaculiza y nos impide ver por medio de Cristo a Dios Padre?

Jesús no nos abandonará jamás, porque esa es su misión encomendada por el Padre, que nos suelte, que no nos deje, que no nos pierda. Él debe ser nuestro alimento. ¿No es verdad que necesitamos comer para vivir? Pero si Él nos dice que “Yo soy el pan de la vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed”. Es que le necesitamos tanto y aun más que cualquier otra comida…Que Él debe ser primero…Que Él debe ser nuestro alimento…Que con Él basta. ¿Es así?

¿Es esta una metáfora, una bonita alegoría? ¿Llegamos a creer realmente lo que nos dice el Señor? Siempre nos estamos preocupando por tener, por cubrir nuestras necesidades y por acumular, para cuando lleguen las vacas flacas, o para ostentar y llenarnos de opulencia. ¿Qué es lo que debemos perseguir? ¿A qué debemos dedicar nuestro tiempo? ¿En qué nos debemos ocupar? ¿Cuáles son nuestras prioridades?

El Señor nos pide que vayamos a Él y que creamos en Él…eso es todo. Ir y creer. Tan solo eso basta. Todo lo demás son enredos, elucubraciones absurdas, fantasías, trampas destinadas a conducirnos fuera del Camino, fuera de la Verdad, fuera de la Vida. ¿O hay alguien que por ocuparse de acumular, de acaparar, de ostentar, de llenarse de propiedades, títulos, fama y riqueza puede alcanzar la Vida Eterna? ¿Alguna de estas cosas le sirven después de muerto o si quiera para agregar un segundo más a su vida?

Entonces, demos al Cesar lo que es del Cesar. Orientemos nuestra vida adecuadamente. Busquemos primero el Reino de Dios y todo lo demás se nos dará por añadidura.

Oremos:

Señor nuestro, has que comprendamos y hagamos carne de estas palabras: que seas Tú el primero y el último cada día. Que seas Tú nuestro alimento. Que nos ocupemos de construir el Reino antes que de cualquier intrascendencia nuestra. Que sea este nuestro motivo de oración y esfuerzo.

Aumenta nuestra fe…

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
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abr 23 2009

Reflexión: Jn 3,31-36

Jn 3,31-36

La humanidad entera celebra hoy el Día de la Tierra, la casa que nos dio el Señor para que habitáramos, para que preserváramos y cuidáramos para todas las generaciones que nos habrán de suceder y, ¿Qué hemos hecho de ella? ¿Qué es lo que anda mal en nuestro Planeta? ¿No ha sido obra nuestra? ¿No es esta una señal que vivimos de espaldas a Dios, que pretendemos alejarlo de nuestras vidas, que lo rechazamos, como todo aquello que viene de sus generosas manos? ¿A dónde podemos ir por este camino si no es a nuestra destrucción?

Pero no debemos temer, porque Dios ha venido a salvar al Mundo, por amor. No es por ningún merecimiento nuestro, es sola y únicamente por amor. Nuestro Señor Jesucristo, viniendo del Padre, se hizo hombre, como nosotros, para enseñarnos el Camino. Para darnos a conocer este misterio insondable, del inconmensurable amor de Dios, que nos amó primero, aun cuando estábamos perdidos y de espaldas a Él, nos tuvo compasión, nos amó y nos perdonó.

Dios ha enviado a su Hijo para que creamos en Él y de esta forma salvemos nuestra alma y tengamos vida eterna. Por ello debemos pedir, orar, implorar la Gracia de creer en Él, la Gracia de conocerle y seguirle cada segundo de nuestras vidas. La Gracia de dar testimonio de su amor con nuestra propia vida, con cada uno de nuestros actos, desde que amanece hasta que anochece, en todo momento y lugar, con todas sus creaturas, empezando por los que viven con nosotros, con nuestra familia, con nuestros compañeros de trabajo y con cada una de las personas que nos cruzamos ocasional o circunstancialmente. Y luego, debemos honrarlo preservando toda su Creación, haciendo racional uso de ella, no depredando ni contaminando, compartiendo los frutos de esta Tierra generosa, que es el hábitat que Él nos dio para que en ella construyamos nuestros hogar, para que en ella encontremos y hagamos el Camino. ¿Cómo maltratarla y despreciarla sin que ello constituya una negación de nuestro amor a quien generosamente nos la dio, sin ser ingratos, sin pecar?

Queramos nuestro planeta y sus frutos, y enseñemos a quererla a nuestros hijos.

Oremos:

Padre Santo, concédeme la Gracia de conocerte y amarte como Tú lo haces, a través de mis hermanos. Que muestre en cada uno de ellos el afecto que Tú nos tienes. Que mi vida sea un testimonio de Tú obra salvadora.

Ponme la palabra, el gesto, la mirada, la presencia adecuada, para que pueda llegar a los corazones de mis hermanos e iluminarlos con Tú Gracia…Hazme un instrumento de tu Fe.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
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abr 22 2009

Reflexión: Jn 3,16-21

Jn 3,16-21

Tenemos que obrar correctamente siempre, no sólo cuando estamos en público, no sólo cuando estamos en presencia de alguien, sino SIEMPRE. Es cuestión de hábito. De práctica constante, de controlarse, de dominarse…de orientarse a donde uno debe y no siempre a donde uno quiere, por convicción.

Todo en este mundo debe ser tamizado y evaluado, bajo la perspectiva del hombre nuevo. Desde el punto de vista que el Señor nos ha enseñado con su Vida, las cosas se ven de otro modo. No como queremos que sean o como nos gustaría que fueran, sino como son. Porque la Verdad es una, la Luz es una, el Camino único.

Si podemos revestirnos con la perspectiva del Señor, si podemos configurarnos con Él, veremos todo como es y seríamos unos necios si no actuamos en función de esta realidad: SIEMPRE.

Me parece importante la acotación que hago con mayúsculas, porque creo que ese es uno de nuestros grandes peligros cuando procuramos seguir el Camino; caemos en la tentación de creer que nuestra vida privada, nuestra vida intima, no tiene por qué ser iluminada por la Luz, sino que podemos reservárnoslas para nosotros, como si fuera nuestro “pequeño feudo de libertad”, en el que somos y hacemos lo que queremos…Solo así uno se explica lo que viene pasando con el Presidente Paraguayo, anteriormente Obispo Fernando Lugo…que resulta que tiene dos hijos y sólo sabe Dios qué otras cosas que ocultar…

Cuando hemos avanzado en el Camino, estamos tentados a realizar esa separación de nuestra vida pública y nuestra vida privada. Yo también lo he hecho…Creo que todos caemos en este error, que es signo de inmadurez espiritual, de pequeñez, de mezquindad. Es que no hemos comprendido que el Señor ha venido a hacernos libres y a salvarnos por completo…No tan sólo una parte de nosotros; no sólo nuestra vida pública, sino también la privada, porque somos una unidad. No es cuestión de aparentar, sino de ser, y de ser siempre, en todo lugar y bajo toda circunstancia. ¿Es difícil? ¡Claro que lo és! Pero cuando uno está convencido, cuando uno ha visto la Luz, no puede andarse con medias tintas, porque se engañará a sí mismo y pretenderá engañar a los demás y, tarde o temprano, todo saldrá a la luz. Y entonces…¿cómo quedaremos? Como unos infelices más, como unos hipócritas, como cualquier fariseo…Como Fernando Lugo.

Las palabras de todo este evangelio son sumamente ricas y claras. ¡Ay, si pudiéramos entenderlas en su profundidad, y hacerlas vida! Debemos leerlo y releerlo todo muchas veces…es imposible citar una parte, sin citarlo todo. Solo quiero subrayar que todo es obra del inconmensurable amor de Dios por nosotros. Este quizás debía ser la idea principal que debía iluminar nuestro entendimiento. Todo fue hecho por amor…por el Amor más grande que podría existir, el más vasto…aquél del que nuestro amor es sólo un reflejo: el Amor de Dios, el Amor divino.

Si Dios que todo lo ve, que todo lo sabe, me ha amado tanto y me indica cual ha de ser mi camino…y si para iluminar mi falta de entendimiento y mi dureza de corazón, me envía a su propio Hijo, para que me muestre el Camino y no lo entiendo y no lo sigo, es porque soy un necio. No hay otra explicación. Soy libre para elegirlo, pero entre la luz y la sombra, prefiero la sombra, las tinieblas o la oscuridad…esa es mi elección…ese mi juicio.

Oremos:

Señor ayúdame a vivir siempre en la luz. Que no desfallezca, que no me rinda, que no caiga en la tentación de creer que sin ti soy libre, todo lo contrario.

Gracias por darme la libertad y permitirme conocerte y seguirte. Dame fe para reconocerte y seguirte siempre, aun entre las dificultades y el dolor.

Roguemos al Señor…

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mar 31 2009

Reflexión: Jn 8,21-30

Por algún motivo que desconozco absolutamente, anoche soñé que estaba condenado a muerte. Iba a ser decapitado. Recuerdo que sentía que era injusto, que me parecía una pena desproporcionada, pero que no había nada que pudiera hacer. La sentencia había sido dictada y junto con otros dos hombres, cuyos rostros y nombres no recuerdo, pero con los que me unía cierta familiaridad, debía ser ejecutado. Recuerdo que por algún motivo, obnubilados por la angustia y la desesperación, ante el hecho inminente, finalmente decidí que sería el primero…Por alguien tenían que empezar y no corría ningún apuro, con tal que la sentencia se cumpliera antes de la puesta de sol. Luego de tal decisión y pasados los segundos de paz que me trajo, nuevamente entré en desesperación, ante el fin inminente. No podía creer que estuviera enfrentando el fin de mi vida. Eso era todo, allí terminaría. Luego, la oscuridad total o tal vez el dolor eterno de la muerte, de mi propia muerte…¿Quién sabía? ¿Quién podía decírmelo? ¿A quién podía creerle? Buscaba desesperadamente a alguien que me dijera, que me asegurara que todo pasaría en un instante y que luego todo sería paz, mientras esperaba probablemente el Juicio Final. Sin embargo vino a mi mente la escena en la que mi cabeza se desprendía de mi cuerpo. Sería tal vez algo como la sacada de una muela pero sin anestesia…algo muchísimo más intenso y doloroso que aquello…¿Cuánto duraría? Y mientras tanto toda la sangre se agolparía en mi cuello y empezaría a derramarse a borbotones. Tal vez trataría de respirar, de inhalar oxígeno, mientras sentía que era imposible, que no había ningún esfuerzo que pudiera hacer que me brindara el poco de aliento necesario para seguir viviendo y sentía la desesperación de ahogarme, de asfixiarme. ¿Cuánto duraría? ¿Cuánto tiempo permanecería consciente de todo aquello? ¿Y después, qué? ¿Le avisaría a mi esposa o tal vez era mejor que no lo supiera hasta después, cuando nada era ya posible? ¿Lo sabía? No se por qué tenía la sensación que todos lo sabían, pero lo aceptaban con indiferencia, como algo que tenía que ocurrir de todas maneras y no había modo de impedirlo, ni tenía sentido si quiera el tratar de evitarlo. Así era.

El Señor es el único que puede traernos consuelo. Él ha vencido a la muerte y para probarnos que Él ha venido a darnos vida eterna, se enfrentará a un destino similar al que soñé anoche, pero al tercer día resucitará. Lo hará en cumplimiento de la Misión que el Padre le ha encomendado. Por Él, en su infinita sabiduría nos conoce y sabe que será necesario llegar a ese extremo para salvarnos, porque no habrá otro modo que comprendamos y decidamos seguirlo libremente. Tendrá que morir en la cruz para salvarnos. Solo así se dará cumplimiento a las escrituras; solo así creeremos.

Oremos:

Señor, dame la fe suficiente y necesaria para creer en Ti y seguirte hasta la muerte, sabiendo que quien pierde la vida por Ti la ganará, en cambio quien la cuida y no es capaz de sacrificarla, la perderá. Por que hasta ese extremo nos amaste y nos enseñaste a amar.

Haznos un instrumento de tu Fe. Que seas Tú quien viva en nosotros.

Roguemos al Señor…

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mar 22 2009

Reflexión: Jn 3,14-21

Jn 3,14-21

El Señor es exigente. Para andar tras Él, para seguirlo hay que ser capaz de caminar en la luz y a no ser que seamos inconscientes o sin vergüenzas, difícilmente seremos capaces de mostrarnos totalmente desnudos al mundo entero. Quizás habrá quienes lleguen a mostrar su cuerpo, pero ¿cuántos seríamos capaces de mostrar nuestra alma en una función pública, en la que estuvieran invitados, por ejemplo nuestra esposa o esposo, nuestros padres, hermanos, hijos… nuestros compañeros de trabajo? Seguramente no muchos. Yo ciertamente no.

Allí está el juicio dice el Señor. Es decir que por mi vergüenza, por mi incapacidad de andar expuesto a la luz, me escondo en las sombras. ¿Quién nos ha juzgado primero, sino nosotros mismos? Y, en vez de enmendarnos, de limpiarnos, de obrar con transparencia preferimos seguir con nuestros enredos, con nuestras dos caras, con nuestra ambivalencia.

¡Dejémonos de estupideces! ¡Seamos francos, sinceros, abiertos, transparentes, como niños! ¡Basta de gestos, de fruncir el ceño, de falsas posturas, de pretensiones! ¡Seamos sencillos y humildes! No tenemos que ser el centro, los protagonistas sin cuya intervención nada ocurre o todo se hace mal. Confiemos en nuestros hermanos y ante todo en la Providencia Divina. ¡Pongámonos en manos de Dios! y enfrentemos confiados cada día de nuestras vidas, sabiendo que quien en Dios confía nada puede temer y tendremos todo cuanto necesitamos para andar por el Camino de Luz hasta alcanzar la Vida Eterna y ver a Dios. ¡Qué mejor destino!

Si tan sólo llegáramos a comprender o imaginar la inmensa alegría de aquel que es capaz de caminar en la luz, entenderíamos el valor inconmensurable del Sacramento de la Reconciliación, del Perdón. Lo que para ningún hombre sería posible, Dios quiso obsequiarlo a la humanidad entera, a todo aquél que libremente quisiera tomarlo. El Perdón de todos nuestros pecados es posible gracias al sacramento de la Confesión. El Señor ha querido bendecirnos aliviando nuestras penas, purificando nuestras almas y librándonos de toda culpa, para que así, “libres de equipaje”, podamos seguirlo, como plumas al viento.

Gracias Señor por tan inmerecida gracia.

Oremos:

Señor, perdóname todos mis pecados, lávame, límpiame, purifícame. Sé que no merezco la gracia que generosamente has querido obsequiarme. Por ello te pido que me perdones y no permitas que vuelva a caer en pecado, te lo pido por intercesión de la Santa Virgen María, tu Madre y de todos los Santos, que habiéndote encontrado han sabido aquilatarte como el más preciado tesoro y me han enseñado a quererte así.

Señor, no permitas que como un necio vuelva a caer, que me deje llevar, que me deje arrastrar. “¡Qué bien se está aquí!” No permitas que me pierda, que me aleje, que te deje, por el contrario acércame más, más y más…¡Quiero andar por tu Camino!

Déjame decirte junto con Santa Teresa: “quien a Dios tiene nada le falta, sólo Dios basta”.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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mar 14 2009

Reflexión: Lc 15,1-3.11-32

Estamos frente a uno de los episodios más conmovedores del evangelio, la parábola del hijo pródigo. Podemos reparar que Jesús la cuenta a propósito de las murmuraciones de los escribas y fariseos, por las malas juntas que este tenía, al reunirse con publicanos y pecadores.

Los “dueños de la verdad”, los “limpios”, los “puros” resentían que Jesús se juntara con aquellos que ellos rechazaban o cuando menos mantenían distancia, para no contaminarse. Les escandaliza que Jesús ande con pecadores y seguramente también con pobres, humildes y andrajosos.

Jesús en cambio, no rechazaba a ninguno que se le acercara y no temía juntarse con nadie. Conversar, ayuda, alivia, cura a prostitutas, leprosos, cobradores de impuestos, oficiales romanos y cuanta gente le buscaba afligida, arrepentida, dolida…Jesús era portador de paz, la transmitía y obraba un gran cambio en quienes lo recibían. Jesús venía a anunciar al Padre de todos, al Padre de la humanidad entera, de buenos y malos, de ricos y pobres, de sanos y enfermos, aun de los despechados y pecadores como el hijo pródigo.

Y es que Jesús, como dirá en otro momento, ha venido a sanar a los enfermos. Es penoso y lamentable que el que está bien, el que lo ha tenido todo, incluso claridad y discernimiento, recienta que su hermano menor, ofuscado, ambicioso y seguramente preso de sus debilidades, habiendo caído en lo más hondo, haya recapacitado y vuelto al Padre, lejos del cual le era imposible vivir. Más aún, que recienta el extraordinario recibimiento que le hace el Padre, “porque este hermano tuyo estaba muerto, y ha vuelto a la vida; estaba perdido, y ha sido hallado”.

Debemos procurar comprender esta parábola para tratar de entender el inmenso amor que nos tiene el Padre, quién para reconciliarnos, para salvarnos fue capaz de enviar a su único hijo, al que maltratamos y mandamos morir en la cruz. Arrepentidos volvemos los ojos a Él y Él nos perdona, abraza y nos vuelve a dar nuestro lugar de hijos y herederos del reino. Hemos sido perdonados, hemos sido salvados…

Oremos:

Señor, no permitas que viva comparándome siempre con mis hermanos y mucho menos envidiando o anhelando lo que tienen. Dame fe para saber que tú me das lo que necesito a cada instante y valor para vivir con ello dando testimonio de tu amor.

Dame generosidad para alegrarme del bien que produces en mis hermanos. Permíteme seguirte siempre y si flaqueo, ayúdame a encontrarte y caminar siempre por tu senda.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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