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Lucas 10, 21-24

Texto del evangelio (Lc 10, 21-24)

En aquel momento, Jesús se llenó de gozo en el Espíritu Santo, y dijo: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; y quién es el Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar». Volviéndose a los discípulos, les dijo aparte: «¡Dichosos los ojos que ven lo que veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis, pero no lo vieron, y oír lo que vosotros oís, pero no lo oyeron».

Reflexión: Lc 10, 21-24

Los pequeños…¿Quiénes son los pequeños para Jesús? Pienso que él mismo nació en una familia “pequeña”. Pequeños son los niños, por cuanto el pide que se dejen que se acerquen a Él y nos dice algo más: hay que ser como ellos, pues de ellos es el Reino. Pequeños son los sencillos, los simples, los humildes…que al no tener riqueza, ni poder, ni fama, no tienen a qué aferrarse, ni son esclavos de nada, por tanto pueden ver con mayor facilidad que es aquello de amar a Dios y amarse unos a otros, que pide el Señor.

Pequeños son los de corazón puro, aquellos que han hecho de su vida una entrega permanente a la Voluntad del Señor; aquellos que han puesto “sus riquezas” allí donde la polilla no puede carcomer. Aquellos que como el buen Samaritano, han hecho del servir y amar a los demás, la razón de sus vidas.

El Señor se revela a ellos y solo ellos le pueden conocer, porque no hay nada en su corazón, en su alma, que obstaculice este conocimiento, nada que nuble o tergiverse la Verdad.  

Oremos:

Pidamos al Señor que nos haga así, sencillos, humildes, puros…como niños, para que podamos comprenderle y seguirle.

Agradezcámosle por lo que Él ha querido revelarnos: que todo procede ne Nuestro Padre que está en el Cielo. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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Reflexión: Jn 14,7-14

Jn 14,7-14

El Señor no se cansa de pedirnos insistentemente Fe. Creer en Él, al menos por lo que Él hace, por sus obras. Creer que Él ha sido enviado por el Padre y que quien lo conoce al Él conoce al Padre. De allí que no podamos encontrar mejor ocupación que dedicarnos a conocerle. Conocer y creer son las condiciones para entrar en el Reino. Entonces podremos hacer sus obras y mayores aún.

Estas son las promesas de Jesús que debían mover nuestro corazón, nuestra inteligencia y nuestra voluntad. ¡Qué mejor tesoro! ¡Qué mejor aliado! ¡Qué mejor garantía! Tenemos todos los pases, todas las credenciales…no hay puerta que no se abra, camino que no se allane, corazón que no se alegre, inteligencia que no se ilumine, espíritu que no se exalte si obramos en su nombre. Todo está en empezar. Creer y dar el primer paso, el resto dejémoslo en sus manos, que Él sabrá guiarnos y llevarnos al lugar que nos tiene preparado desde siempre.

Vamos, caminemos alegres, gozosos, porque Dios está con nosotros y si le tenemos, nada nos falta.

Oremos:

Cristo, Jesús, ayúdame a entender que en Ti tenemos el mejor aliado, la mejor garantía. Que no hay nada que pueda impedir que cumpla con mi misión, que no es otra que la tuya. Condúceme, guíame, hazme un instrumento de tu fe, que sea ella creciente en mí y pueda iluminar a mis hermanos.

Concédenos la paz y la alegría, para llevar siempre tu mensaje de esperanza, sobre todo a los más afligidos.

Danos en abundancia, para compartir en abundancia.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
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Reflexión: Jn 6,35-40

Jn 6,35-40

Jesús ha venido al mundo cumpliendo la Voluntad de nuestro Padre Eterno, que quiere que le conozcamos, para que conociéndoles y creyendo en Él nos salvemos, tengamos Vida Eterna, para que gocemos con Él del Cielo.

No existe, ni puede existir objetivo más preciado que este. Que otra cosa podríamos anteponer a la Voluntad del Padre. ¿Qué es aquello que nos ciega, que nos perturba, que nos obstaculiza y nos impide ver por medio de Cristo a Dios Padre?

Jesús no nos abandonará jamás, porque esa es su misión encomendada por el Padre, que nos suelte, que no nos deje, que no nos pierda. Él debe ser nuestro alimento. ¿No es verdad que necesitamos comer para vivir? Pero si Él nos dice que “Yo soy el pan de la vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed”. Es que le necesitamos tanto y aun más que cualquier otra comida…Que Él debe ser primero…Que Él debe ser nuestro alimento…Que con Él basta. ¿Es así?

¿Es esta una metáfora, una bonita alegoría? ¿Llegamos a creer realmente lo que nos dice el Señor? Siempre nos estamos preocupando por tener, por cubrir nuestras necesidades y por acumular, para cuando lleguen las vacas flacas, o para ostentar y llenarnos de opulencia. ¿Qué es lo que debemos perseguir? ¿A qué debemos dedicar nuestro tiempo? ¿En qué nos debemos ocupar? ¿Cuáles son nuestras prioridades?

El Señor nos pide que vayamos a Él y que creamos en Él…eso es todo. Ir y creer. Tan solo eso basta. Todo lo demás son enredos, elucubraciones absurdas, fantasías, trampas destinadas a conducirnos fuera del Camino, fuera de la Verdad, fuera de la Vida. ¿O hay alguien que por ocuparse de acumular, de acaparar, de ostentar, de llenarse de propiedades, títulos, fama y riqueza puede alcanzar la Vida Eterna? ¿Alguna de estas cosas le sirven después de muerto o si quiera para agregar un segundo más a su vida?

Entonces, demos al Cesar lo que es del Cesar. Orientemos nuestra vida adecuadamente. Busquemos primero el Reino de Dios y todo lo demás se nos dará por añadidura.

Oremos:

Señor nuestro, has que comprendamos y hagamos carne de estas palabras: que seas Tú el primero y el último cada día. Que seas Tú nuestro alimento. Que nos ocupemos de construir el Reino antes que de cualquier intrascendencia nuestra. Que sea este nuestro motivo de oración y esfuerzo.

Aumenta nuestra fe…

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
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Reflexión: Jn 3,31-36

Jn 3,31-36

La humanidad entera celebra hoy el Día de la Tierra, la casa que nos dio el Señor para que habitáramos, para que preserváramos y cuidáramos para todas las generaciones que nos habrán de suceder y, ¿Qué hemos hecho de ella? ¿Qué es lo que anda mal en nuestro Planeta? ¿No ha sido obra nuestra? ¿No es esta una señal que vivimos de espaldas a Dios, que pretendemos alejarlo de nuestras vidas, que lo rechazamos, como todo aquello que viene de sus generosas manos? ¿A dónde podemos ir por este camino si no es a nuestra destrucción?

Pero no debemos temer, porque Dios ha venido a salvar al Mundo, por amor. No es por ningún merecimiento nuestro, es sola y únicamente por amor. Nuestro Señor Jesucristo, viniendo del Padre, se hizo hombre, como nosotros, para enseñarnos el Camino. Para darnos a conocer este misterio insondable, del inconmensurable amor de Dios, que nos amó primero, aun cuando estábamos perdidos y de espaldas a Él, nos tuvo compasión, nos amó y nos perdonó.

Dios ha enviado a su Hijo para que creamos en Él y de esta forma salvemos nuestra alma y tengamos vida eterna. Por ello debemos pedir, orar, implorar la Gracia de creer en Él, la Gracia de conocerle y seguirle cada segundo de nuestras vidas. La Gracia de dar testimonio de su amor con nuestra propia vida, con cada uno de nuestros actos, desde que amanece hasta que anochece, en todo momento y lugar, con todas sus creaturas, empezando por los que viven con nosotros, con nuestra familia, con nuestros compañeros de trabajo y con cada una de las personas que nos cruzamos ocasional o circunstancialmente. Y luego, debemos honrarlo preservando toda su Creación, haciendo racional uso de ella, no depredando ni contaminando, compartiendo los frutos de esta Tierra generosa, que es el hábitat que Él nos dio para que en ella construyamos nuestros hogar, para que en ella encontremos y hagamos el Camino. ¿Cómo maltratarla y despreciarla sin que ello constituya una negación de nuestro amor a quien generosamente nos la dio, sin ser ingratos, sin pecar?

Queramos nuestro planeta y sus frutos, y enseñemos a quererla a nuestros hijos.

Oremos:

Padre Santo, concédeme la Gracia de conocerte y amarte como Tú lo haces, a través de mis hermanos. Que muestre en cada uno de ellos el afecto que Tú nos tienes. Que mi vida sea un testimonio de Tú obra salvadora.

Ponme la palabra, el gesto, la mirada, la presencia adecuada, para que pueda llegar a los corazones de mis hermanos e iluminarlos con Tú Gracia…Hazme un instrumento de tu Fe.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
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Reflexión: Jn 3,16-21

Jn 3,16-21

Tenemos que obrar correctamente siempre, no sólo cuando estamos en público, no sólo cuando estamos en presencia de alguien, sino SIEMPRE. Es cuestión de hábito. De práctica constante, de controlarse, de dominarse…de orientarse a donde uno debe y no siempre a donde uno quiere, por convicción.

Todo en este mundo debe ser tamizado y evaluado, bajo la perspectiva del hombre nuevo. Desde el punto de vista que el Señor nos ha enseñado con su Vida, las cosas se ven de otro modo. No como queremos que sean o como nos gustaría que fueran, sino como son. Porque la Verdad es una, la Luz es una, el Camino único.

Si podemos revestirnos con la perspectiva del Señor, si podemos configurarnos con Él, veremos todo como es y seríamos unos necios si no actuamos en función de esta realidad: SIEMPRE.

Me parece importante la acotación que hago con mayúsculas, porque creo que ese es uno de nuestros grandes peligros cuando procuramos seguir el Camino; caemos en la tentación de creer que nuestra vida privada, nuestra vida intima, no tiene por qué ser iluminada por la Luz, sino que podemos reservárnoslas para nosotros, como si fuera nuestro “pequeño feudo de libertad”, en el que somos y hacemos lo que queremos…Solo así uno se explica lo que viene pasando con el Presidente Paraguayo, anteriormente Obispo Fernando Lugo…que resulta que tiene dos hijos y sólo sabe Dios qué otras cosas que ocultar…

Cuando hemos avanzado en el Camino, estamos tentados a realizar esa separación de nuestra vida pública y nuestra vida privada. Yo también lo he hecho…Creo que todos caemos en este error, que es signo de inmadurez espiritual, de pequeñez, de mezquindad. Es que no hemos comprendido que el Señor ha venido a hacernos libres y a salvarnos por completo…No tan sólo una parte de nosotros; no sólo nuestra vida pública, sino también la privada, porque somos una unidad. No es cuestión de aparentar, sino de ser, y de ser siempre, en todo lugar y bajo toda circunstancia. ¿Es difícil? ¡Claro que lo és! Pero cuando uno está convencido, cuando uno ha visto la Luz, no puede andarse con medias tintas, porque se engañará a sí mismo y pretenderá engañar a los demás y, tarde o temprano, todo saldrá a la luz. Y entonces…¿cómo quedaremos? Como unos infelices más, como unos hipócritas, como cualquier fariseo…Como Fernando Lugo.

Las palabras de todo este evangelio son sumamente ricas y claras. ¡Ay, si pudiéramos entenderlas en su profundidad, y hacerlas vida! Debemos leerlo y releerlo todo muchas veces…es imposible citar una parte, sin citarlo todo. Solo quiero subrayar que todo es obra del inconmensurable amor de Dios por nosotros. Este quizás debía ser la idea principal que debía iluminar nuestro entendimiento. Todo fue hecho por amor…por el Amor más grande que podría existir, el más vasto…aquél del que nuestro amor es sólo un reflejo: el Amor de Dios, el Amor divino.

Si Dios que todo lo ve, que todo lo sabe, me ha amado tanto y me indica cual ha de ser mi camino…y si para iluminar mi falta de entendimiento y mi dureza de corazón, me envía a su propio Hijo, para que me muestre el Camino y no lo entiendo y no lo sigo, es porque soy un necio. No hay otra explicación. Soy libre para elegirlo, pero entre la luz y la sombra, prefiero la sombra, las tinieblas o la oscuridad…esa es mi elección…ese mi juicio.

Oremos:

Señor ayúdame a vivir siempre en la luz. Que no desfallezca, que no me rinda, que no caiga en la tentación de creer que sin ti soy libre, todo lo contrario.

Gracias por darme la libertad y permitirme conocerte y seguirte. Dame fe para reconocerte y seguirte siempre, aun entre las dificultades y el dolor.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
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Reflexión: Jn 8,21-30

Por algún motivo que desconozco absolutamente, anoche soñé que estaba condenado a muerte. Iba a ser decapitado. Recuerdo que sentía que era injusto, que me parecía una pena desproporcionada, pero que no había nada que pudiera hacer. La sentencia había sido dictada y junto con otros dos hombres, cuyos rostros y nombres no recuerdo, pero con los que me unía cierta familiaridad, debía ser ejecutado. Recuerdo que por algún motivo, obnubilados por la angustia y la desesperación, ante el hecho inminente, finalmente decidí que sería el primero…Por alguien tenían que empezar y no corría ningún apuro, con tal que la sentencia se cumpliera antes de la puesta de sol. Luego de tal decisión y pasados los segundos de paz que me trajo, nuevamente entré en desesperación, ante el fin inminente. No podía creer que estuviera enfrentando el fin de mi vida. Eso era todo, allí terminaría. Luego, la oscuridad total o tal vez el dolor eterno de la muerte, de mi propia muerte…¿Quién sabía? ¿Quién podía decírmelo? ¿A quién podía creerle? Buscaba desesperadamente a alguien que me dijera, que me asegurara que todo pasaría en un instante y que luego todo sería paz, mientras esperaba probablemente el Juicio Final. Sin embargo vino a mi mente la escena en la que mi cabeza se desprendía de mi cuerpo. Sería tal vez algo como la sacada de una muela pero sin anestesia…algo muchísimo más intenso y doloroso que aquello…¿Cuánto duraría? Y mientras tanto toda la sangre se agolparía en mi cuello y empezaría a derramarse a borbotones. Tal vez trataría de respirar, de inhalar oxígeno, mientras sentía que era imposible, que no había ningún esfuerzo que pudiera hacer que me brindara el poco de aliento necesario para seguir viviendo y sentía la desesperación de ahogarme, de asfixiarme. ¿Cuánto duraría? ¿Cuánto tiempo permanecería consciente de todo aquello? ¿Y después, qué? ¿Le avisaría a mi esposa o tal vez era mejor que no lo supiera hasta después, cuando nada era ya posible? ¿Lo sabía? No se por qué tenía la sensación que todos lo sabían, pero lo aceptaban con indiferencia, como algo que tenía que ocurrir de todas maneras y no había modo de impedirlo, ni tenía sentido si quiera el tratar de evitarlo. Así era.

El Señor es el único que puede traernos consuelo. Él ha vencido a la muerte y para probarnos que Él ha venido a darnos vida eterna, se enfrentará a un destino similar al que soñé anoche, pero al tercer día resucitará. Lo hará en cumplimiento de la Misión que el Padre le ha encomendado. Por Él, en su infinita sabiduría nos conoce y sabe que será necesario llegar a ese extremo para salvarnos, porque no habrá otro modo que comprendamos y decidamos seguirlo libremente. Tendrá que morir en la cruz para salvarnos. Solo así se dará cumplimiento a las escrituras; solo así creeremos.

Oremos:

Señor, dame la fe suficiente y necesaria para creer en Ti y seguirte hasta la muerte, sabiendo que quien pierde la vida por Ti la ganará, en cambio quien la cuida y no es capaz de sacrificarla, la perderá. Por que hasta ese extremo nos amaste y nos enseñaste a amar.

Haznos un instrumento de tu Fe. Que seas Tú quien viva en nosotros.

Roguemos al Señor…

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Reflexión: Jn 3,14-21

Jn 3,14-21

El Señor es exigente. Para andar tras Él, para seguirlo hay que ser capaz de caminar en la luz y a no ser que seamos inconscientes o sin vergüenzas, difícilmente seremos capaces de mostrarnos totalmente desnudos al mundo entero. Quizás habrá quienes lleguen a mostrar su cuerpo, pero ¿cuántos seríamos capaces de mostrar nuestra alma en una función pública, en la que estuvieran invitados, por ejemplo nuestra esposa o esposo, nuestros padres, hermanos, hijos… nuestros compañeros de trabajo? Seguramente no muchos. Yo ciertamente no.

Allí está el juicio dice el Señor. Es decir que por mi vergüenza, por mi incapacidad de andar expuesto a la luz, me escondo en las sombras. ¿Quién nos ha juzgado primero, sino nosotros mismos? Y, en vez de enmendarnos, de limpiarnos, de obrar con transparencia preferimos seguir con nuestros enredos, con nuestras dos caras, con nuestra ambivalencia.

¡Dejémonos de estupideces! ¡Seamos francos, sinceros, abiertos, transparentes, como niños! ¡Basta de gestos, de fruncir el ceño, de falsas posturas, de pretensiones! ¡Seamos sencillos y humildes! No tenemos que ser el centro, los protagonistas sin cuya intervención nada ocurre o todo se hace mal. Confiemos en nuestros hermanos y ante todo en la Providencia Divina. ¡Pongámonos en manos de Dios! y enfrentemos confiados cada día de nuestras vidas, sabiendo que quien en Dios confía nada puede temer y tendremos todo cuanto necesitamos para andar por el Camino de Luz hasta alcanzar la Vida Eterna y ver a Dios. ¡Qué mejor destino!

Si tan sólo llegáramos a comprender o imaginar la inmensa alegría de aquel que es capaz de caminar en la luz, entenderíamos el valor inconmensurable del Sacramento de la Reconciliación, del Perdón. Lo que para ningún hombre sería posible, Dios quiso obsequiarlo a la humanidad entera, a todo aquél que libremente quisiera tomarlo. El Perdón de todos nuestros pecados es posible gracias al sacramento de la Confesión. El Señor ha querido bendecirnos aliviando nuestras penas, purificando nuestras almas y librándonos de toda culpa, para que así, “libres de equipaje”, podamos seguirlo, como plumas al viento.

Gracias Señor por tan inmerecida gracia.

Oremos:

Señor, perdóname todos mis pecados, lávame, límpiame, purifícame. Sé que no merezco la gracia que generosamente has querido obsequiarme. Por ello te pido que me perdones y no permitas que vuelva a caer en pecado, te lo pido por intercesión de la Santa Virgen María, tu Madre y de todos los Santos, que habiéndote encontrado han sabido aquilatarte como el más preciado tesoro y me han enseñado a quererte así.

Señor, no permitas que como un necio vuelva a caer, que me deje llevar, que me deje arrastrar. “¡Qué bien se está aquí!” No permitas que me pierda, que me aleje, que te deje, por el contrario acércame más, más y más…¡Quiero andar por tu Camino!

Déjame decirte junto con Santa Teresa: “quien a Dios tiene nada le falta, sólo Dios basta”.

Roguemos al Señor…

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Reflexión: Lc 15,1-3.11-32

Estamos frente a uno de los episodios más conmovedores del evangelio, la parábola del hijo pródigo. Podemos reparar que Jesús la cuenta a propósito de las murmuraciones de los escribas y fariseos, por las malas juntas que este tenía, al reunirse con publicanos y pecadores.

Los “dueños de la verdad”, los “limpios”, los “puros” resentían que Jesús se juntara con aquellos que ellos rechazaban o cuando menos mantenían distancia, para no contaminarse. Les escandaliza que Jesús ande con pecadores y seguramente también con pobres, humildes y andrajosos.

Jesús en cambio, no rechazaba a ninguno que se le acercara y no temía juntarse con nadie. Conversar, ayuda, alivia, cura a prostitutas, leprosos, cobradores de impuestos, oficiales romanos y cuanta gente le buscaba afligida, arrepentida, dolida…Jesús era portador de paz, la transmitía y obraba un gran cambio en quienes lo recibían. Jesús venía a anunciar al Padre de todos, al Padre de la humanidad entera, de buenos y malos, de ricos y pobres, de sanos y enfermos, aun de los despechados y pecadores como el hijo pródigo.

Y es que Jesús, como dirá en otro momento, ha venido a sanar a los enfermos. Es penoso y lamentable que el que está bien, el que lo ha tenido todo, incluso claridad y discernimiento, recienta que su hermano menor, ofuscado, ambicioso y seguramente preso de sus debilidades, habiendo caído en lo más hondo, haya recapacitado y vuelto al Padre, lejos del cual le era imposible vivir. Más aún, que recienta el extraordinario recibimiento que le hace el Padre, “porque este hermano tuyo estaba muerto, y ha vuelto a la vida; estaba perdido, y ha sido hallado”.

Debemos procurar comprender esta parábola para tratar de entender el inmenso amor que nos tiene el Padre, quién para reconciliarnos, para salvarnos fue capaz de enviar a su único hijo, al que maltratamos y mandamos morir en la cruz. Arrepentidos volvemos los ojos a Él y Él nos perdona, abraza y nos vuelve a dar nuestro lugar de hijos y herederos del reino. Hemos sido perdonados, hemos sido salvados…

Oremos:

Señor, no permitas que viva comparándome siempre con mis hermanos y mucho menos envidiando o anhelando lo que tienen. Dame fe para saber que tú me das lo que necesito a cada instante y valor para vivir con ello dando testimonio de tu amor.

Dame generosidad para alegrarme del bien que produces en mis hermanos. Permíteme seguirte siempre y si flaqueo, ayúdame a encontrarte y caminar siempre por tu senda.

Roguemos al Señor…

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Reflexión: Mc 9,2-13

Mc 9,2-13

Estamos frente a un acontecimiento especial, en el que sólo tienen participación los discípulos más cercanos a Jesús, a quienes él mismo invito a presenciarlo. Aún ellos no entendieron mucho y quedaron asombrados de lo que ocurrió frente a sus ojos. Jesús se transfiguró y por un momento lo vieron conversando con Moisés y Elías. Los discípulos quedaron pasmados; no sabían qué decir. Se trataba de algo extraordinario que bien hubieran querido perpetuar, por lo asombroso.
Pero, duró poco. Sin embargo lo suficiente para que en medio de una nube que los cubrió oyeran hablar a Dios Padre. ¿Y qué les dice? El mensaje es muy breve y suficiente para confirmar la predicación de Jesús. «Este es mi Hijo amado, escuchadle.»
Al bajar Jesús les ordenó que no contaran nada de lo que habían visto hasta que resucitara. ¿Qué es eso de resucitar?, se preguntaban.
Tratando de entender la relación lógica de los acontecimientos, empezaron a interrogar a Jesús, que les hace ver que todo se va cumpliendo conforme estaba escrito, así que lo que tiene que ver con él también se cumplirá.
Para Jesús todo encaja y responde a la Voluntad del Padre, aquella que ha venido a cumplir, tal como estaba escrito. Para los discípulos, como para nosotros seguramente, las cosas no están muy claras. Nos perdemos. Es que hay una parte en todo este mensaje que disgusta, que nos resistimos a ver, a afrontar, a asumir. Y es el sufrimiento. ¿Por qué, a qué viene? ¿Por qué no puede ser todo el tiempo triunfal, vencedor, fulgurante, convincente, arrasador, contundente?
Pero no. Aunque habrá de Resucitar, antes tendrá que morir, como todos. Nos quedamos en la muerte y nos resulta difícil mirar más allá, hasta la Resurrección.

Oremos:

Señor, danos tu luz, ilumina nuestras mentes y nuestros corazones para que podamos a entender que solo amando llegaremos a Ti Que quien ama verdaderamente, tendrá que sufrir, aunque su sufrimiento no será eterno, pues finalmente resucitaremos.
Ayúdanos a entender que el amor no está exento de sufrimiento por nuestra misma naturaleza humana, limitada. Dar más allá de nuestras fuerzas, más allá de lo que tenemos, siempre será doloroso. Pero el que ama está dispuesto a dar su vida…y el que da su vida por el que ama, la salva.
Ayúdanos a entender este maravilloso misterio y sobre todo, danos el valor para no huir, para no escapar, cubriéndonos, regateando, mezquinando lo que debemos dar cuando nos toca.
Ayúdanos a reconocer lo que se nos pide a cada instante.

Roguemos al Señor…

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Reflexión: Jn 19,25-27

Jn 19,25-27

La lectura de hoy es muy pequeña, pero de una significación que escapa a nuestro entendimiento e imaginación. Sin embargo, siguiendo las reflexiones del Padre Manolo Cavanna S.J. en la Primera Edición de “Les doy una Buena Noticia”, es claro que tras estas palabras une inseparablemente a su madre con sus discípulos. , representados por Juan, el más joven. De este modo hace a María Madre de todos, madre de la Iglesia, con aquellas palabras: “Mujer, ahí tienes a tu hijo” y al discípulo: “Ahí tienes a tu madre.”
María acoge a Juan como a su hijo, de este modo, en Juan, acoge con el corazón a todos los discípulos. Hay aquí un doble pedido…una doble acogida.
A María le pide que acoja, proteja, crie y ayude a los suyos, a sus discípulos a sus seguidores, encarnados por Juan, el más querido. Y a Juan se le pide que acoja a María en su corazón, como su madre. Cada uno tiene una misión en la Historia de la Salvación.

Oremos:

Señor, creo en Ti, pero aumenta mi Fe.

Permítenos entender el misterio de la Iglesia y la maternidad de María.
Enséñanos y danos fuerzas para ser leales hasta el fin.
Permite que acojamos a nuestra Santa Madre Iglesia con Amor., como quien, efectivamente acoge a tú Madre, ya que así lo quisiste.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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