jun 27 2010

Lucas 9, 51-62

Texto del evangelio (Lc 9, 51-62)

Sucedió que como se iban cumpliendo los días de su asunción, Jesús se afirmó en su voluntad de ir a Jerusalén, y envió mensajeros delante de sí, que fueron y entraron en un pueblo de samaritanos para prepararle posada; pero no le recibieron porque tenía intención de ir a Jerusalén. Al verlo sus discípulos Santiago y Juan, dijeron: «Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma?». Pero volviéndose, les reprendió; y se fueron a otro pueblo.

Mientras iban caminando, uno le dijo: «Te seguiré adondequiera que vayas». Jesús le dijo: «Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza». A otro dijo: «Sígueme». Él respondió: «Déjame ir primero a enterrar a mi padre». Le respondió: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el Reino de Dios». También otro le dijo: «Te seguiré, Señor; pero déjame antes despedirme de los de mi casa». Le dijo Jesús: «Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios».

Reflexión: Lc 9, 51-62

Estamos entre riscos…El camino es empinado, exigente, difícil y sin embargo debes hacerlo, sin esperar consuelo, ni ayuda, ni que alguien salve por ti los obstáculos. No, no se retirarán de tu vida esos malos ratos, ese dolor, aquella tragedia. No, aunque no lo creas es verdad; aquello sucedió, fue así. Ojala no hubiera pasado, pero pasó. La vida no es fácil. Pero si tú crees que la tienes difícil, mira no más a tu alrededor; encontrarás a muchos que les va peor.

No, no es un competencia por saber quien aguanta más dolor, quien puede soportar mejor el sufrimiento, no. No se trata de eso. Pero la vida, nuestra vida es finita, es limitada; y tiene muchos altibajos, propios de la vida misma. No pretendas que sea otra cosa. No pretendas pasar indemne, sin sentir hambre, sin sentir frio, sin sentir dolor, sin perder a un hermano, a un amigo, a un padre.

No se pueden hacer tortillas sin romper huevos…¡Atrévete a vivir! Asume el reto…acéptalo. Haz lo que esté a tu alcance para que quienes van contigo, vayan siempre adelante, avancen, salten, sufran menos y tengan esperanza. No, no mires atrás. Anda, camina, se fuerte, resiste, pon tu mirada en la cumbre…Y cuando te sientas desfallecer, cuando las piernas parezcan flaquear, cuando estés por rendirte, por retirarte, por claudicar, recuerda a Jesús, que ya hizo esta camino y cuando estaba por llegar, entre empellones y burlas y con el peso de la cruz a cuestas, siguió para adelante, hasta la cumbre, hasta el fin, sabiendo que el Padre allí le esperaba para tomar su espíritu, aquél que jamás dejaría morir.

No, no es masoquismo, es la vida que tiene un sentido, que debes seguir, que nada ni nadie se puede escabullir. Si no avanzas retrocedes y no avanza el que huye, el que evita la pena, el hambre o el dolor, el que mira a otro lado  pretendiendo que lo que no le pasa, no pasa, que lo que no le afecta no ocurre, porque tarde o temprano le pasa y le ocurre y no hay nada ni nadie que pueda librarlo de ser. Que si está vivo es para ser, y ser es nacer, vivir y morir. La vida es todo un paquete, en el que viene todo junto y no puedes escoger solo aquello que equívocamente alguien te enseñó a gustar. No se trata de ti, de lo que a ti te gusta, de lo que a ti te afecta.

La vida y su gracia, su encanto y su ley están en lo que tu hermano, tu padre y tu madre pueden sentir. Mira a tu alrededor, alivia el dolor; lava, calma, cura, perdona; alumbra, contrarresta, serena y conduce. No te guardes. Entrégate, que dando se recibe y muriendo se alcanza la Vida Eterna.

Oremos:

Padre Santo, ayúdanos a entender el amor…a comprender que hemos sido creados para el amor, que en el amor está nuestra realización, que solo amando viviremos…que solo vive quien ama, que solo ama quien da, que dar es olvidarse de uno mismo y que solo así se alcanza la Vida Eterna. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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jun 12 2010

Lucas 2, 41-51

Texto del evangelio (Lc 2, 41-51)

Los padres de Jesús iban todos los años a Jerusalén a la fiesta de la Pascua. Cuando tuvo doce años, subieron ellos como de costumbre a la fiesta y, al volverse, pasados los días, el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin saberlo sus padres. Pero creyendo que estaría en la caravana, hicieron un día de camino, y le buscaban entre los parientes y conocidos; pero al no encontrarle, se volvieron a Jerusalén en su busca.

Y sucedió que, al cabo de tres días, le encontraron en el Templo sentado en medio de los maestros, escuchándoles y preguntándoles; todos los que le oían, estaban estupefactos por su inteligencia y sus respuestas. Cuando le vieron, quedaron sorprendidos, y su madre le dijo: «Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando». Él les dijo: «Y ¿por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?». Pero ellos no comprendieron la respuesta que les dio. Bajó con ellos y vino a Nazaret, y vivía sujeto a ellos. Su madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón.

Reflexión: Lc 2, 41-51

Una referencia, diríamos histórica o biográfica, al niño tan especial que debió ser Jesús, desde siempre ocupado en las cosas de Su Padre. Una muy temprana indicación de la orientación que tendría su vida y a quién habría de dedicarla. En realidad , si tenemos en cuenta la anunciación y todos los signos que acompañaron su nacimiento, tendríamos que decir que fue una reiteración de algo que, claro, por momentos hasta sus padres olvidaban, por más devotos que fueran…Que estaban frente al Hijo de Dios, el Mesías, el Salvador, el Anunciado…que había venido a este mundo a cumplir una Misión, la Voluntad del Padre, como no se cansaría de revelarlo; la cual le tenía deparada una vida corta, pero suficiente para iluminar a la humanidad entera, por los siglos de los siglos…Aun a pesar de la ejecución de la que sería objeto, muriendo crucificado entre ladrones, entre la escoria y lo más despreciable de la sociedad, sería alzado por lo alto, Glorificando a Dios Padre con Su Resurrección y sellando una alianza santa con toda la humanidad, restaurando nuestra condición de Hijos de Dios y por lo tanto herederos del Reino.

Un niño precoz…¿Qué otra cosa podíamos esperar de quien, como Jesús, sabía la urgencia de su tarea y el poco tiempo del cual disponía? Es aquí también un ejemplo del imperativo y la urgencia con que debemos ponernos manos a la obra, ordenando nuestra vida en concordancia con la Misión encomendada. Todos somos constructores del Reino, obreros a órdenes de Nuestro Señor. No hay tiempo para disquisiciones, para postergaciones ni evasiones. La tarea es urgente. Ya en otro momento Jesús aclarará que su padre, su madre y sus hermanos son los que le oyen y hacen la Voluntad del Padre, los que creen. Se trata pues, de un cambio radical de actitud frente a la vida, frente al mundo que nos rodea.  No es desamor, como alguien mal intencionadamente pudiera querer interpretar…Se trata de poner la vida y todo cuanto a ella concierne, en el orden correcto.

¿Cómo podríamos endilgar desamor a un Dios que por el contrario es Amor? Lo que ocurre es que el Señor pone al descubierto todas nuestras intenciones. Frente a su mensaje, debemos adoptar partido, y nos cuesta. No por nuestro padres y hermanos, no por nuestros cónyuges o nuestra familia…En realidad nos cuesta por nosotros, porque debemos abandonar ciertas actitudes egoístas a las que nos hemos acostumbrado, por las cuales siempre estamos primero nosotros, aunque digamos lo contrario, aunque pongamos como excusa a nuestras familias…En el fondo lo que ocurre es que no queremos exponernos a perder nuestra seguridad, nuestra comodidad…Es a nosotros a quienes protegemos…No queremos dar el paso radical del amor, por no quedar al descubierto, desnudos y vulnerables…No queremos perder seguridad.

Pues en vano y efímero fin hemos puesto toda nuestra confianza. Si sabemos que la vida es corta y que no hay nada que podamos tener, poseer o atesorar que sea suficientemente fuerte y grande para librarnos de nuestro destino mortal, solo Dios, solo el Amor tiene el poder para salvarnos, para redimirnos. Por lo tanto es de necios hacerle la contra.

Oremos:

Señor Jesús, ayúdanos a entender tu mensaje y ponernos en camino, bajo tus órdenes. Que no perdamos el tiempo buscando excusas para rehuir nuestra responsabilidad. Danos valor para hacer lo que debemos a cada paso, a cada instante. Que sintamos como Tú, que todo el que hace la Voluntad del Padre es nuestro hermano, nuestro padre y madre, nuestra familia…Que no perdamos el sentido de la urgencia, que no nos envanezcamos en la comodidad y el egoísmo. Haznos conscientes que esta es nuestra oportunidad, que es ahora cuando debemos actuar, a ejemplo del niño Jesús, que no esperó a ser adulto, a “tenerlo todo”, a “controlarlo todo”, para poner en orden su vida y actuar en consecuencia. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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may 28 2010

Marcos 11, 11-25

Texto del evangelio (Mc 11, 11-25)

En aquel tiempo, después de que la gente lo había aclamado, Jesús entró en Jerusalén, en el Templo. Y después de observar todo a su alrededor, siendo ya tarde, salió con los Doce para Betania.

Al día siguiente, saliendo ellos de Betania, sintió hambre. Y viendo de lejos una higuera con hojas, fue a ver si encontraba algo en ella; acercándose a ella, no encontró más que hojas; es que no era tiempo de higos. Entonces le dijo: «¡Que nunca jamás coma nadie fruto de ti!». Y sus discípulos oían esto.

Llegan a Jerusalén; y entrando en el Templo, comenzó a echar fuera a los que vendían y a los que compraban en el Templo; volcó las mesas de los cambistas y los puestos de los vendedores de palomas y no permitía que nadie transportase cosas por el Templo. Y les enseñaba, diciéndoles: «¿No está escrito: ‘Mi Casa será llamada Casa de oración para todas las gentes?’.¡Pero vosotros la tenéis hecha una cueva de bandidos!». Se enteraron de esto los sumos sacerdotes y los escribas y buscaban cómo podrían matarle; porque le tenían miedo, pues toda la gente estaba asombrada de su doctrina. Y al atardecer, salía fuera de la ciudad.

Al pasar muy de mañana, vieron la higuera, que estaba seca hasta la raíz. Pedro, recordándolo, le dice: «¡Rabbí, mira!, la higuera que maldijiste está seca». Jesús les respondió: «Tened fe en Dios. Yo os aseguro que quien diga a este monte: ‘Quítate y arrójate al mar’ y no vacile en su corazón sino que crea que va a suceder lo que dice, lo obtendrá. Por eso os digo: todo cuanto pidáis en la oración, creed que ya lo habéis recibido y lo obtendréis. Y cuando os pongáis de pie para orar, perdonad, si tenéis algo contra alguno, para que también vuestro Padre, que está en los cielos, os perdone vuestras ofensas».

Reflexión: Mc 11, 11-25

La lectura recomendada nos trae varios episodios distintos cuya relación no alcanzamos a ver inmediatamente. Trataremos de escudriñar y en cualquier caso, obtener una enseñanza e inspiración para nuestra vida cotidiana, confiados en que la Palabra del Señor, no podrá traer nada más que luz a nuestras vidas.

Este paso del Señor  por el Templo, teniendo ya multitudes que lo aclamaban y seguían, no resulta casual. Era necesario que los que le seguían y nosotros, recibiéramos una lección respecto a lo que debe ser el Templo. El Señor ha venido a enderezar, los caminos. A Mostrarnos  cual debe ser nuestro comportamiento, nuestra actitud cotidiana. No se trata de servirnos de la fe, de utilizarla para nuestros intereses y conveniencias, como los mercaderes del templo, que en realidad aprovechan  o pretenden aprovechar la fe de la gente, valerse de ella, para venderles sus productos. Es decir que estos crecen como parásitos en torno a la fe del pueblo; la usan para sus intereses, sin ningún escrúpulo y sin más intención que lograr mejorar sus utilidades, sus ingresos. Para maximizar sus ingresos no tienen ningún reparo. Son capaces incluso de proclamarse creyentes y de proclamar su fe -por su puesto, tan solo de palabra- con tal de vender.

El Señor, por eso, el primer día observa y se siente seguramente asqueado, conmovido, ante este triste espectáculo. ¿Qué es esto? ¿Esto es fe? ¿Qué derecho tienen estos mercaderes de usar y valerse de la fe del pueblo? ¿Qué testimonio están dando, a vista y paciencia de los sumos sacerdotes y autoridades judías? Él, que ha venido a mostrarnos al Padre, a darnos a conocer al Padre y promover la fe en Él,  no puede pasar y permanecer indiferente ante esta actitud, ante este proceder…Por eso, con una furia santa, imbuido del poder, la energía y la firmeza necesarias, expulsa a los mercaderes, volcando mesas y puestos. Alguien tenía que decirles muy claramente y con ellos a todos nosotros, que eso no está bien, que eso no es del agrado de Dios, que la fe en Dios y el Templo, lugar de oración y por lo tanto de fe, no puede ni debe ser un centro de transacciones comerciales, un centro de comercio, ni aun cuando sea para vender “animales para los supuestos sacrificios o cambiar monedas para la limosna”.

Estas son cosas propias de paganos. Dios, nuestro Dios Padre, no quiere esas tonterías. No es cuestión de vivir como sea y luego aplacar a Dios con unas monedas, con unos sacrificios, encima todo comprado y arreglado en el templo. Pretendiendo con ello hacer a Dios cómplice de esta actitud. Ese no es el Dios que ha venido a presentarnos; ese no es el Dios Padre cuya Voluntad ha venido a realizar Jesús.

El Dios de Jesús, el Dios de los cristianos, es Padre, es luz, es amor, es verdad…Y nos pide que creamos en Él. Para el que realmente cree en Él, para el que tiene fe, no hay imposibles. Porque el que cree, procurará, se esforzará en cumplir la Voluntad del Señor y caminando en esa dirección, no habrá nada que pidamos al Señor que no sea concedido, porque como dice el Señor: “…os aseguro que quien diga a este monte: ‘Quítate y arrójate al mar’ y no vacile en su corazón sino que crea que va a suceder lo que dice, lo obtendrá.”

Oremos:

Señor, danos fe, como el grano de mostaza…Ilumínanos y permítenos llevar una vida recta, justa, buena…que persigamos la paz, la reconciliación…que promovamos la esperanza, el encuentro, el perdón, el amor…Haznos instrumentos de fe….Danos valor para actuar con la energía y firmeza suficientes cuando sea necesario, para no actuar con condescendencia ni complicidad con el pecado, con el mal, la soberbia y la ambición…  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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abr 27 2010

Juan 10, 22-30

Texto del evangelio (Jn 10, 22-30)

Se celebró por entonces en Jerusalén la fiesta de la Dedicación. Era invierno. Jesús se paseaba por el Templo, en el pórtico de Salomón. Le rodearon los judíos, y le decían: «¿Hasta cuándo vas a tenernos en vilo? Si tú eres el Cristo, dínoslo abiertamente». Jesús les respondió: «Ya os lo he dicho, pero no me creéis. Las obras que hago en nombre de mi Padre son las que dan testimonio de mí; pero vosotros no creéis porque no sois de mis ovejas. Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy vida eterna y no perecerán jamás, y nadie las arrebatará de mi mano. El Padre, que me las ha dado, es más grande que todos, y nadie puede arrebatar nada de la mano del Padre. Yo y el Padre somos uno».

Reflexión: Jn 10, 22-30

No hay peor sordo que el que no quiere oir, ni peor ciego que el que no quiere ver. Los judíos, como muchos de nosotros, saben lo que es correcto, lo que es verdadero, lo que está bien, pero no lo hacen, porque, como algunos dudan, otros tienen temor y a la mayoría simplemente no parece importarles, quieren que alguien haga por ellos, lo que ellos deben hacer. Quieren responsabilizar a Jesús de su falta de fe, de su incredulidad, de su falta de valor…Es decir que a tenor de lo que dicen, es por culpa de Jesús que aun no se definen: “¿Hasta cuándo vas a tenernos en vilo? Si tú eres el Cristo, dínoslo abiertamente.”

Queremos que nuestra vida sea transformada automáticamente, como por arte de magia. Sin ningún esfuerzo de nuestra parte, nos gustaría ser arrastrados, forzados a asumir la posición correcta y sin la menor duda, adquiriendo inmediatamente una coraza contundente e impenetrable, que nos permita sostenernos de manera firme e inquebrantable. Queremos pruebas irrefutables de que Cristo es Dios y ha venido a salvarnos. Que si hacemos lo que Él nos dice, seremos salvos. Queremos que nos de un certificado, un documento firmado de puño y letra, que sea incuestionable, que a su sola presentación nos abran paso sus enemigos, que serían entonces nuestros enemigos. Un salvo conducto que nos asegure el libre tránsito por la vida, que a su sola presentación, nos abran campo, nos abran las puertas y se inclinen ante nosotros, del más grande al más chico; que desate admiración y respeto.

Pero no es así. No se trata de magia, ni el Señor ha venido a avasallar nuestra libertad, aunque sea por nuestro bien. Tenemos temor a ser libres, por eso queremos hacernos inmediatamente esclavos de alguien que asuma la responsabilidad de nuestra libertad. Nos falta valor. Nos falta convicción.

Para eso ha venido el Señor. Para mostrarnos el Camino y alentarnos a seguirlo. Para iluminar nuestras mentes, nuestro espíritu y nuestro corazón. Hemos sido creados libres por Dios nuestro Padre y hemos sido dotados de inteligencia y voluntad. Hemos de aplicar estas facultades para dirigir nuestra vida hacia lo mejor, hacia lo que más nos conviene y esto es la Verdad, la Luz, la Vida, el Amor…

Nadie elegirá esta senda por nosotros y mucho menos Dios, que respeta nuestra dignidad de Hijos suyos. Hemos de ser nosotros mismos los que decidamos. ¿Queremos seguir siendo libres o preferimos ser esclavos? ¿Queremos levantarnos y caminar al Padre o preferimos arrastrarnos por la oscuridad, aferrándonos a riquezas, poder, fama, placeres, que hoy están y mañana no sabemos?

Es nuestra decisión: la eternidad o la finitud.

El Señor ilumina con su Luz esta decisión. Nos llama, nos deja oír su voz; nos muestra el Camino, la Verdad y la Vida, pero no nos hace, ni nos quiere esclavos. Hemos sido creados libres y ese es nuestro mejor destino: mantenernos libres y hacer lo que más nos conviene, lo mejor, lo correcto. Esta decisión es la que el Señor viene a iluminar. “Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy vida eterna y no perecerán jamás, y nadie las arrebatará de mi mano.”

 

Oremos:

Padre Santo, no permitas que nos apartemos de Ti. Danos el valor, el coraje de seguir a Jesús, por el Camino que Él nos señala. Danos Fe, para no dudar ni sentirnos atemorizados cuando todos parecen abandonarnos e ir por otro camino. Si seguimos a Cristo, no necesitamos más garantías.  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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mar 16 2010

Juan 5, 1-3.5-16

Texto del evangelio (Jn 5, 1-3.5-16)

Era el día de fiesta de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. Hay en Jerusalén, junto a la Probática, una piscina que se llama en hebreo Betsaida, que tiene cinco pórticos. En ellos yacía una multitud de enfermos, ciegos, cojos, paralíticos, esperando la agitación del agua. Había allí un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo. Jesús, viéndole tendido y sabiendo que llevaba ya mucho tiempo, le dice: «¿Quieres curarte?». Le respondió el enfermo: «Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se agita el agua; y mientras yo voy, otro baja antes que yo». Jesús le dice: «Levántate, toma tu camilla y anda». Y al instante el hombre quedó curado, tomó su camilla y se puso a andar.

Pero era sábado aquel día. Por eso los judíos decían al que había sido curado: «Es sábado y no te está permitido llevar la camilla». Él le respondió: «El que me ha curado me ha dicho: ‘Toma tu camilla y anda’». Ellos le preguntaron: «¿Quién es el hombre que te ha dicho: ‘Tómala y anda?’». Pero el curado no sabía quién era, pues Jesús había desaparecido porque había mucha gente en aquel lugar. Más tarde Jesús le encuentra en el Templo y le dice: «Mira, estás curado; no peques más, para que no te suceda algo peor». El hombre se fue a decir a los judíos que era Jesús el que lo había curado. Por eso los judíos perseguían a Jesús, porque hacía estas cosas en sábado.

Reflexión: Jn 5, 1-3.5-16

Lo primero que surge a mi mente es la mezquindad del hombre, atado a la ley, a los preceptos, al cumplimiento mecánico e irracional de disposiciones. Habiendo sido creados libres, preferimos hacernos esclavos. La sujeción a la norma nos da seguridad; además es a esta a la que muchas veces debemos nuestro estatus y cuestionarla, ponerla en entredicho podría acarrear la pérdida de nuestros privilegios…Preferimos que las cosas sigan así, como están. Nada de novedades, ni cuestionamientos. Nada de reflexión, ni interpretación.

La norma política, económica o social, esa que muchas veces no está ni siquiera escrita, dice que no debo hacer esto o aquello o que por el contrario debo hacer esto otro, pues así lo hago, no sea que los que tienen el poder y el prestigio me condenen y a eso sí que le temo, porque afecta inmediatamente mi prestigio y posición.

Por ejemplo, muchos de los funcionarios que se hacen cargo de una empresa o negocio privado, tienen como precepto, como norma procurar sacar la vuelta a las leyes y normas existentes, para no pagar lo establecido a sus trabajadores y de este modo, por el sacrificio de aquellos, maximizar sus ganancias.   Esta no es una norma escrita, pero está profundamente arraigada entre nuestros empresarios y/o sus representantes. Incluso sus servidores, sus administradores muchas veces son más duros y extreman las medidas, procurando algún beneficio adicional extra para ellos y buscando, así mismo, el reconocimiento y agrado de sus accionistas, de sus empleadores. Así lo vemos a cada nada. No hay en esto nada de originalidad…es una constante.

Así, difícilmente encontraremos –si lo hay-, un funcionario (un Gerente, un Administrador, un Director) que viendo surgir un sindicato entre los trabajadores a su servicio, no reaccione como el más vil tirano y diezme, decapite, desbarranque o mande al patíbulo sin ninguna contemplación a los sospechosos de “sedición”; porque esto es para ellos, la sola idea del sindicato. Son extremistas, subversivos, mal agradecidos, comunistas, detestables, conflictivos…los que no se contentan con las migajas, los que se cansan de las arbitrariedades, los que osan cuestionar sus métodos, sus estilos, su poder, su orden, su injusticia…No hay lugar al dialogo, mientras este no sea de arriba abajo y en completa sumisión. El diálogo será cuando ellos dispongan, en el tono que les agrade y versará sobre lo que ellos decidan. El trabajador no puede pensar, ni decir otra cosa que: así sea. De otro modo, hay un millón llamando a la puerta para hacer aun por menos, lo que el reclama…

Ese es el orden, esa la ley por la que pretenden condenar a Cristo. ¡Ha curado en sábado! ¡Imagínense! Importa un rábano el bien causado a este pobre infeliz, que hacía treintaiocho años que esperaba esta curación milagrosa, que le sería imposible alcanzar sin la ayuda de los demás, sin la solidaridad de los demás, sin que los demás se conmuevan y haciendo un sacrificio lo pongan a él en primer lugar. Claro, todos sufrían y estaban desesperados por curar sus males. Podría haber quizás algunos que se conmovieran, pero era muy difícil que todos se pusieran de acuerdo para darle a este una oportunidad…

Pero lo que es imposible para los hombres, es posible para Jesús. Por eso el Señor va y es a este hombre precisamente, al más indefenso, al menos favorecido, al más desdichado y despreciado posiblemente entre sus congéneres, al que curará, importándole un comino aquella norma que no puede estar por encima del hombre, que no puede impedirle hacer el bien, porque no hay nada ni nadie que pueda impedir que se haga el bien, cuando y donde sea. El Señor sabía a lo que se exponía, pero su Misión está por encima de amenazas y de mezquinos razonamientos: Por eso los judíos perseguían a Jesús, porque hacía estas cosas en sábado.

Elevémonos también nosotros y rompamos estas ataduras que nos esclavizan, al servicio del status quo, del bien egoísta de unos pocos, en desmedro de las mayorías, oprimidas, atemorizadas, empobrecidas…

Oremos:

Padre Santo, danos el coraje de seguirte y proclamarte con nuestra vida, sin importar la hora ni el lugar. Tú nos has enviado a aliviar las penas y el dolor de los que sufren; que tengamos el coraje de hacerlo, aun por encima de la contrariedad de quienes detentan el poder, de quienes ven como amenaza a todo aquél que no se somete incondicionalmente a sus disposiciones. Aparta de nosotros cualquier tentación revanchista o violenta. Que caminemos en la senda de la luz, la verdad y el amor. Amén.

Roguemos al Señor…

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mar 15 2010

Juan 4, 43-54

Texto del evangelio (Jn 4, 43-54)

En aquel tiempo, Jesús partió de Samaría para Galilea. Jesús mismo había afirmado que un profeta no goza de estima en su patria. Cuando llegó, pues, a Galilea, los galileos le hicieron un buen recibimiento, porque habían visto todo lo que había hecho en Jerusalén durante la fiesta, pues también ellos habían ido a la fiesta. Volvió, pues, a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino.

Había un funcionario real, cuyo hijo estaba enfermo en Cafarnaúm. Cuando se enteró de que Jesús había venido de Judea a Galilea, fue donde Él y le rogaba que bajase a curar a su hijo, porque se iba a morir. Entonces Jesús le dijo: «Si no veis señales y prodigios, no creéis». Le dice el funcionario: «Señor, baja antes que se muera mi hijo». Jesús le dice: «Vete, que tu hijo vive».

Creyó el hombre en la palabra que Jesús le había dicho y se puso en camino. Cuando bajaba, le salieron al encuentro sus siervos, y le dijeron que su hijo vivía. El les preguntó entonces la hora en que se había sentido mejor. Ellos le dijeron: «Ayer a la hora séptima le dejó la fiebre». El padre comprobó que era la misma hora en que le había dicho Jesús: «Tu hijo vive», y creyó él y toda su familia. Esta nueva señal, la segunda, la realizó Jesús cuando volvió de Judea a Galilea.

Reflexión: Jn 4, 43-54

El Señor dio muchas pruebas de su grandeza y poder  a los hombres de aquél tiempo, pruebas que vieron o de las que supieron por amigos, familiares o gentes muy cercanas. Sin embargo, como el mismo lo dice, dichoso el que cree sin haber visto estas “pruebas”. Esta es una dicha que está al alcance de todos, porque es Gracia que Él mismo concede. ¿Cómo?  Exactamente y del mismo modo en que curó al hijo de este funcionario real.

Para Jesús, no existen las barreras del tiempo o del espacio. Él se mueve en otro plano, en el que, el hoy, el ayer y el mañana, así como los lugares en el universo tienen otro significado. Es Dios. Así como es capaz de cambiar la composición química de los elementos, al cambiar el agua en vino (en las Bodas de Caná), es capaz de curar al hijo de este funcionario a través del tiempo y la distancia, como respuesta a las suplicas de aquél, si esa es Su Voluntad.

No es que este funcionario tuviera fe. Eso sí, había escuchado de Jesús y esperaba ardientemente que hiciera este milagro con su hijo.  Por eso no hace caso a la reflexión de Jesús y sigue insistiendo, implorando por la vida de su hijo. Por lo que fuere, quizás por llamar insistentemente (y al que toca se le abrirá), Jesús se conmueve y cura a este muchacho, sin verlo, con solo Su Palabra y Voluntad. No sabemos nada de este funcionario, así que no podemos decir si quiera que fuera un hombre recto; si, era un burócrata al servicio del sistema y por analogía con nuestros burócratas, podemos deducir cual sería su posición y prestigio, entre el pueblo.

Jesús se deja conmover y atiende su súplica. Por si no nos basta la invitación del mismo Jesús a pedir insistentemente, aquí tenemos una evidencia, un ejemplo. ¿Por qué no habrá de obrar así con nosotros? ¿Supeditaremos a ello nuestra fe, como este funcionario y su familia, que solo entonces creyeron? Esto es algo que solo nosotros podemos decidir. El Señor no obliga, el Señor propone. Nosotros podemos elegir seguirlo, ir por la senda que Él nos propone, construyendo el Reino, es decir, la ansiada “Civilización del Amor”, o seguir al Príncipe de este mundo, andando por las sombras de la mentira, la falsedad y la injusticia, cuidando solamente de nuestro pellejo y desentendiéndonos de los demás. Esa es nuestra decisión.

El Señor ha dado muchas, muchísimas pruebas del Amor y la Voluntad del Padre. ¿Le creemos, o esperamos a un gesto íntimo y personal? Esa es cuestión nuestra. Fe y razón, no se oponen. La decisión está en nuestras manos. En lo personal, he visto y experimentado tantas veces la intervención divina en mi vida, que sería un tonto, un necio, si no creyera…¿Y tú?

Oremos:

Padre Santo, tengo fe, pero acreciéntala. Haz que mi vida sea un testimonio de fe. Que los me rodean crean por lo que ven y no tanto por lo que digo o dejo de decir. Te agradezco infinitamente por todos los prodigios que haz obrado en mí, por mi familia, por mi esposa, por mis padres, por mis hermanos, por mi hijo y su pareja, por mis parientes y amigos…por este mundo y el tiempo que me ha tocado vivir…Bendícelos a todos. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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mar 03 2010

Mateo 20, 17-28

Texto del evangelio (Mt 20, 17-28)

En aquel tiempo, cuando Jesús iba subiendo a Jerusalén, tomó aparte a los Doce, y les dijo por el camino: «Mirad que subimos a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado a los sumos sacerdotes y escribas; le condenarán a muerte y le entregarán a los gentiles, para burlarse de Él, azotarle y crucificarle, y al tercer día resucitará».

Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos, y se postró como para pedirle algo. Él le dijo: «¿Qué quieres?». Dícele ella: «Manda que estos dos hijos míos se sienten, uno a tu derecha y otro a tu izquierda, en tu Reino». Replicó Jesús: «No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber la copa que yo voy a beber?». Dícenle: «Sí, podemos». Díceles: «Mi copa, sí la beberéis; pero sentarse a mi derecha o mi izquierda no es cosa mía el concederlo, sino que es para quienes está preparado por mi Padre».

Al oír esto los otros diez, se indignaron contra los dos hermanos. Mas Jesús los llamó y dijo: «Sabéis que los jefes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder. No ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo; de la misma manera que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos».

Reflexión: Mt 20, 17-28

El Señor nos hace ver muy claramente cual debe ser nuestra actitud, como cristianos. Nosotros debemos ponernos al servicio de los demás. “…el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo.”  El Señor no habla figurativamente; no hay que interpretar sus palabras, como muchos pretendemos, acomodándolas a nuestros intereses. Sus palabras son claras y concretas, al mismo tiempo que exigentes. Es que no se puede pretender cambiar el mundo con paños tibios, con medias tintas. Esta tarea exige valor, sacrificio y un cambio diametralmente opuesto en lo que son nuestras aspiraciones.

Ver las cosas como Jesús las ve, no es fácil. Exige un tono espiritual que solo podemos alcanzar con la oración humilde. Acercarnos a Dios Padre cada día, pidiendo que se haga Su Voluntad. Pedirle el valor, la entereza, la fortaleza para ponernos a su disposición cada día, allá donde nos ponga, de modo tal que sea Él y no nosotros el que brille y alumbre la senda a nuestros hermanos. Ponernos al servicio del Reino del mismo modo “que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos”.

No se trata, pues de pedir privilegios ni defenderlos. Como diría San Ignacio, se trata de hacernos indiferentes. Pretender los bienes de este mundo y usarlos, en tanto nos ayuden a Servir al Señor y su Reino, y apartarnos de ellos, desprendernos, dejar de pretenderlos y alejarnos de ellos, en tanto constituyan un impedimento para hacer la Voluntad del Padre. Esta es la ley del “tanto cuanto” que debe guiar nuestras vidas. Pero esto sólo ocurrirá, cuando comprendamos que todo en nuestra vida debe estar al Servicio del Señor. Que todo lo que hacemos y somos debe estar orientado a Su mayor Gloria. No se trata de momentos, ni de ciertas palabras, que erróneamente llamamos “oraciones”, que repetimos como loros y que no tienen nada que ver con nuestras vidas, no. Se trata de la vida misma.

Tenemos que desprendernos a tal punto, o si se quiere, entregarnos a la Voluntad del Padre a tal extremo, que seamos indiferentes y no pretendamos, como la madre de los hijos de Zebedeo y ellos mismos, obtener posición ni privilegio alguno, ni aquí, ni mucho menos en el Reino. ¿Es difícil? ¡Claro que sí! Pero nada es imposible para el Señor y para quien está con Él. Es por eso que debemos pedir que venga su abundante Gracia sobre nosotros. Sin Él, somos nada. Con Él, lo tenemos todo. Con Él, lograremos esto y muchísimo más. Es cuestión de fe. Pongámonos en sus manos.

Oremos:

Padre Santo, purifica nuestros espíritus, límpianos, sánanos, y mándanos ir a Ti. Que no caigamos en la tentación de salirnos de El Camino, que es amarte y servirte con todo lo que tenemos y somos. Que nos entreguemos plenamente al servicio de la construcción del Reino, que no es otro que el servicio a nuestros hermanos. Que no escatimemos esfuerzos y cuando nos sintamos agotados, que seas Tú nuestro descanso. Acrecienta nuestra fe, para que no dejemos de tirar las redes allí donde Tú dispones. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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feb 28 2010

Lucas 9, 28-36

Texto del evangelio (Lc 9, 28-36)

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, Juan y Santiago, y subió al monte a orar. Y sucedió que, mientras oraba, el aspecto de su rostro se mudó, y sus vestidos eran de una blancura fulgurante, y he aquí que conversaban con Él dos hombres, que eran Moisés y Elías; los cuales aparecían en gloria, y hablaban de su partida, que iba a cumplir en Jerusalén.

Pedro y sus compañeros estaban cargados de sueño, pero permanecían despiertos, y vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con Él. Y sucedió que, al separarse ellos de Él, dijo Pedro a Jesús: «Maestro, bueno es estarnos aquí. Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías», sin saber lo que decía. Estaba diciendo estas cosas cuando se formó una nube y los cubrió con su sombra; y al entrar en la nube, se llenaron de temor. Y vino una voz desde la nube, que decía: «Este es mi Hijo, mi Elegido; escuchadle». Y cuando la voz hubo sonado, se encontró Jesús solo. Ellos callaron y, por aquellos días, no dijeron a nadie nada de lo que habían visto.

Reflexión: Lc 9, 28-36

Uno de tantos episodios asombrosos en la vida de Jesús. Es realmente espectacular y con mucho respeto diría digno del mejor filme de Spilberg. No sé por qué frente a este acontecimiento tendemos a reaccionar como si se tratara de algo inverosímil y distinto a todo lo que hemos venido viendo en la vida pública de Jesús. ¿Acaso es menos “espectacular”, por llamarlo de algún modo, que Jesús perdone los pecados, que devuelva la vista a un ciego, el andar a un paralítico o la vida a un muerto o que alimente a 5mil con unos cuantos panes y peces?

Estamos, pues, en presencia de Dios hecho hombre. Cristo es el Hijo de Dios Padre Eterno, como tal pertenece a la misma divinidad. Él mismo nos lo ha revelado. No es producto de nuestra imaginación. No se trata de ciencia ficción. Sí, posiblemente de una dimensión que nos resulta difícil comprender. Dios, creador del mundo, del universo y de todo lo existente, vive eternamente. Es y se mueve en un plano superior, que incluye y abarca el nuestro. Pero, Él nos ha creado para que vayamos a Él y vivamos con Él eternamente.

Dado que no comprendimos este mensaje, nos envió a su propio Hijo para que nos muestre el camino. Él, muriendo en la cruz y resucitando, nos mostró el camino. En el poco tiempo de predicación que tuvo entre nosotros, nos lo mostró. Nos reveló a Dios Padre y Su Voluntad: que nos amemos unos a otros, como Él mismo nos ama.

Para que entendamos este mensaje, Cristo nos dio muchas, muchísimas señales, entre ellas, la Transfiguración. Fue realmente indescriptible, tanto que los tres discípulos que lo acompañaron quedaron embobados, casi paralizados… “Ellos callaron y, por aquellos días, no dijeron a nadie nada de lo que habían visto.” ¿Qué iban a decir? ¿Qué podían decir? Habían vivido una experiencia única, maravillosa, inexplicable. Algo que, como decimos en Cursillos, se tiene que vivir, que no se puede contar, que no se puede explicar, porque va más allá de nuestra razón, de nuestro pobre entendimiento…Algo que te llena de asombro, pero al mismo tiempo de paz, de esperanza, de alegría… “Pedro y sus compañeros estaban cargados de sueño, pero permanecían despiertos, y vieron su gloria…”

Más allá del asombro, fue tal la dicha que los embargó que “dijo Pedro a Jesús: «Maestro, bueno es estarnos aquí. Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías», sin saber lo que decía.” Esta es la Gloria de Dios…un lugar sin tiempo ni espacio, que te llena de paz, de alegría, de plenitud…que está más allá de todo, por encima de todo, que una vez experimentado, no quisiéramos dejar jamás. Estas son primicias del Reino que a estos tres discípulos embobados, desconcertados, asombrados, les estuvo permitido ver, sentir, vivir…

Y aún pudieron oír: «Este es mi Hijo, mi Elegido; escuchadle».

Todo empezó con Cristo subiendo al monte a orar. Y ocurrió mientras Jesús oraba. No es casual. Es claramente la muestra palpable del poder de la oración. De la importancia de la oración en la vida de Jesús y por lo tanto, también de lo que debe ser en nuestras vidas. La oración tiene esta capacidad de transformarnos, de elevarnos, de cambiarnos, de unirnos a Dios Padre, con Cristo y con todos aquellos que han hecho del cumplimiento de la Voluntad del Padre la razón de sus vidas…La oración nos une con Dios en un “plano”, en una “dimensión” sin tiempo ni espacio, donde Él habita, donde nos espera, donde estamos llamados a ir…La oración nos permite atisbar aquél horizonte que habremos de alcanzar siguiendo a Jesús.

Oremos:

Padre Celestial, ilumínanos para entender que por ningún motivo debemos alejarnos de Ti y que siempre te podremos encontrar, si somos capaces de apartarnos por un momento de todo cuanto nos aflige y perturba, para encontrarte en la Oración. ¿Cómo podremos oír tu voz si no oramos? Tú eres nuestra fortaleza, Tu nuestra roca. Sin Ti nada podemos, nada somos. Permítenos perseverar en la oración diaria. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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feb 21 2010

Lucas 4, 1-13

Texto del evangelio (Lc 4, 1-13)

En aquel tiempo, Jesús, lleno de Espíritu Santo, se volvió del Jordán, y era conducido por el Espíritu en el desierto, durante cuarenta días, tentado por el diablo. No comió nada en aquellos días y, al cabo de ellos, sintió hambre. Entonces el diablo le dijo: «Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan». Jesús le respondió: «Esta escrito: ‘No sólo de pan vive el hombre’».

Llevándole a una altura le mostró en un instante todos los reinos de la tierra; y le dijo el diablo: «Te daré todo el poder y la gloria de estos reinos, porque a mí me ha sido entregada, y se la doy a quien quiero. Si, pues, me adoras, toda será tuya». Jesús le respondió: «Está escrito: ‘Adorarás al Señor tu Dios y sólo a Él darás culto’».

Le llevó a Jerusalén, y le puso sobre el alero del Templo, y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo; porque está escrito: ‘A sus ángeles te encomendará para que te guarden’. Y: ‘En sus manos te llevarán para que no tropiece tu pie en piedra alguna’». Jesús le respondió: «Está dicho: ‘No tentarás al Señor tu Dios’». Acabada toda tentación, el diablo se alejó de Él hasta un tiempo oportuno.

Reflexión: Lc 4, 1-13)

El demonio, como no podía ser de otro modo, es un sin vergüenza y con toda desfachatez pretende tentar al mismísimo Jesucristo. Es una primera lección que debemos aprender…Con la tentación no se juega. No podemos pretender coquetear con el demonio, con el pecado, pensando que con nosotros no podrá. Es preferible evitar. Quien juega con fuego, corre el peligro de quemarse. El demonio siempre tratará de tentar aun al más pintado.

Hay situaciones en la vida que todos atravesamos parecidas al desierto que atraviesa Jesús. Situaciones en las que no parece salirnos nada, en las que nos sentimos totalmente solos y abandonados. En las que pareciera que nadie se anima a darnos una mano. Todos nos dan palmadas en el hombro, pero nadie realmente nos ayuda. Nadie se incomoda por ayudarte a parar la olla, como se dice. Todos a tu alrededor tienen, todos pueden…Es más, son tus amigos, y te ven como remontas los rápidos casi sin poder respirar, casi ahogándote, pero nadie te hecha la mano…Todos esperan, seguramente a que grites, que te rindas, que digas no puedo más…¡Denme una mano! Solo entonces es posible que te ayuden.

¿Por qué seremos a veces, así tan duros? No sabemos dar…Nos cuesta desprendernos, así, sin más. Si sabemos que nuestro amigo está pasando por un mal momento, por qué no tirarle una tabla. ¿Por qué no invitarlo a almorzar? ¿Por qué no llenar un día su despensa o su refrigeradora, si está a nuestro alcance? ¿Será por no humillarlo o será más bien porque en el fondo no somos capaces de desprendernos de nada? No somos capaces de un gesto noble y generoso…Nos cuesta. No queremos ver mermado en un ápice nuestro patrimonio.

Por otro lado, somos tan indiferentes, tan egoístas, que estamos enfrascados y absortos con lo nuestro, con lograr más utilidades, con maximizar nuestras ganancias y minimizar nuestros gastos, a tal punto, que ni si quiera nos damos cuenta, ni vemos a nuestros amigos o nuestros familiares más cercanos, muchos de los cuales están pasando dificultades. Lo peor de todo es que lo sabemos, porque estas situaciones son más o menos públicas dentro de la familia o del círculo íntimo de amigos, sin embargo, pasamos de largo…¿Qué queremos? ¿Qué nos extiendan la mano? ¿Qué nos toque la puerta? ¿Por qué somos tan duros?

Es en estos momentos, precisamente, cuando el demonio, frotándose las manos, relamiéndose, empieza a rondarnos, metiéndonos ideas absurdas en la cabeza. Carroñero, como él solo, es precisamente cuando más débiles nos encontramos que empieza a tentarnos con aquello que más precisamos. Debemos tener en cuenta el ejemplo de Jesús y no claudicar por nada del mundo. No hay nada que pueda justificar un trato con el demonio: ni el hambre, ni el frío, ni la pompa, ni el poder y ni si quiera el abandonarnos a la buena de Dios. Tenemos que sobreponernos y seguir luchando. Haciendo el bien por donde vamos, sin empeñar nuestros principio ni nuestra libertad por un plato de lentejas. Tenemos que mantenernos firmes, que ya el Señor sabrá prodigarnos en abundancia aquello que necesitamos, que definitivamente no es aquello que el demonio nos propone. ‘No sólo de pan vive el hombre’

Oremos:

Padre Santo, no nos dejes caer en tentación. Si habremos de pasar por escabrosos senderos, que sea siempre asidos a tu mano amorosa. No permitas que claudiquemos y nos abandonemos al enemigo. Que no prestemos oídos a sus falsas promesas. Que sepamos mantener nuestra integridad y dignidad. Y que estemos siempre dispuestos a compartir con quienes menos tienen. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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feb 02 2010

Lucas 2, 22-40

Texto del evangelio (Lc 2, 22-40)

Cuando se cumplieron los días de la purificación de ellos, según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarle al Señor, como está escrito en la Ley del Señor: «Todo varón primogénito será consagrado al Señor» y para ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o dos pichones, conforme a lo que se dice en la Ley del Señor.

Y he aquí que había en Jerusalén un hombre llamado Simeón; este hombre era justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y estaba en él el Espíritu Santo. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor. Movido por el Espíritu, vino al Templo; y cuando los padres introdujeron al niño Jesús, para cumplir lo que la Ley prescribía sobre Él, le tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz; porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel». Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de Él.

Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: «Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción —¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!— a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones».

Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, de edad avanzada; después de casarse había vivido siete años con su marido, y permaneció viuda hasta los ochenta y cuatro años; no se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día en ayunos y oraciones. Como se presentase en aquella misma hora, alababa a Dios y hablaba del Niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén. Así que cumplieron todas las cosas según la Ley del Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El Niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre Él.

Reflexión: Lc 2, 22-40

La complacencia y el alago gratuito no son precisamente la cosecha del cristiano. Quien obra con rectitud, no puede esperar, lamentablemente, ser aplaudido por quienes ostentan el poder, por aquellos cuyos intereses precisamente se ven afectados por el recto proceder cristiano. Es penoso y a veces duele, pero basta afrontar una situación con dignidad y reclamando justicia, para que inmediatamente salten como lobos aquellos que deben ceder un milímetro de sus prerrogativas, de su posición, de su patrimonio. No están dispuestos a hacerlo por ningún motivo. Menos si son obligados por las circunstancias o por algún miserable de aquellos a los que dejan comer las migajas que caen de su mesa.

¡Cómo puede osar alguno de estos miserables a exigirle dar, lo que da de pura bondad, porque así se lo ha impuesto a sí mismo, sin tener obligación alguna! ¡A qué vienen aquellas exigencias! ¡No me vengan con derechos! ¡Yo doy a quien me place y cuanto me place, lo único que pido es lealtad (sumisión, en realidad)!

 Este es el orden que viene a subvertir Jesús. Por eso Él y sus seguidores serán tan impopulares. Serán perseguidos y tendrán que obrar en la clandestinidad o someterse a los castigos y suplicios que los poderosos dictan en su contra.

Eso parece historia antigua, historia de circo, leones y cristianos…Sin embargo no lo es. Es muy cierto que Occidente asumió e hizo más digerible al cristianismo, al punto que países e imperios enteros se declararon cristianos y junto con ellos, sus gobernantes y sus clases dominantes. Sin embargo todo ello fue logrado a costa de acomodos y tergiversaciones tendientes a hacer inocuo el Evangelio. No por eso dejaron de existir los verdaderos cristianos, que siempre han actuado como dedo en la llaga, señalando la injusticia, el atropello, los abusos y la idolatría, de quienes llamándose muchas veces cristianos, han puesto por encima del amor, por encima de sus hermanos, el bienestar, la comodidad y las riquezas.

“Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción”, y ello será por siempre, mientras no se haya expandido el Reino en todo el mundo, mientras haya injusticia, mientras haya pobres, mientras haya hambre…mientras no hayamos aprendido a vivir como hermanos, compartiéndolo todo y poniendo como centro al Amor.

Estas preguntas pueden ser duras, sin embargo creo que pueden ayudarnos a desinstalarnos, a reflexionar en torno a lo que hacemos. Tú te dices cristiano y sin embargo solo cosechas aplausos y halagos por donde te mueves…¿Será que la Palabra del Señor se ha vuelto inocua o será más bien que la suavizas y degradas a tal extremo, que no constituye ya exigencia para nadie, y mucho menos para ti? ¿Vives cómodamente instalado, tienes todo lo que necesitas, sin ser rico quizás, mientras tus hermanos padecen todo tipo de necesidades…Será que te has vuelto insensible y egoísta, que no quieres ver ni involucrarte, para no afectar tu privilegiada situación? ¿Eres de los “intelectuales” de la fe y la religión, capaces de dar brillantes discursos, que sin embargo no dicen nada de tu propia vida? ¿Podemos hablar de cristianismo, sin que este se encarne en la vida misma? ¿La Verdad para ti se ha vuelto un hecho controversial, es decir que depende del ángulo del que se la mire? ¿Te has vuelto relativista? ¿Es Jesús relativista?

 

Oremos:

Señor, no permitas que nos perdamos. Que solo tu Luz ilumine nuestras vidas. Que busquemos y defendamos siempre la Verdad, la Justicia y el Amor. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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dic 30 2009

Lucas 2, 36-40

Texto del evangelio (Lc 2, 36-40)

 
Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, de edad avanzada; después de casarse había vivido siete años con su marido, y permaneció viuda hasta los ochenta y cuatro años; no se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día en ayunos y oraciones. Como se presentase en aquella misma hora, alababa a Dios y hablaba del Niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.

Así que cumplieron todas las cosas según la Ley del Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El Niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre Él.

Reflexión: Lc 2, 36-40

Las lecturas de estos días tienen por objeto hacernos ver y constatar en forma reiterada que el nacimiento de Cristo estuvo precedido de muchos signos y señales, de muchas profecías. No hay en ello nada más que el cumplimiento de las promesas de Dios. No se trata de un hecho aislado o que surge inexplicablemente…Todo tiene sentido y ocurre dentro de una lógica histórica, que fue anunciada muchos siglos antes. Estamos pues ante hechos históricos, que forman parte de la Historia Sagrada, esa historia que se refiere a la permanente relación de Dios con su pueblo elegido, en el que se encarnan y representan todas las vicisitudes de la humanidad.

Es a través de este pueblo que Dios Padre nos comunica su voluntad. Es por boca de sus profetas que se dirige a todos  nosotros. Él se Revela a través de ellos a toda la humanidad. Del mismo modo, es un heredero de esta tradición, un representante de este pueblo, en realidad el mayor, el más destacado, del que hablaron todas las Escrituras, el que sellará la alianza definitiva entre Dios Padre y la humanidad entera. Ese es Jesucristo, verdadero Dios y verdadero Hombre, al que tres años de vida pública le bastaron para revolucionar el mundo, para ponerlo en marcha, en una dirección, en un Camino que lo eleva, devolviéndole la esperanza, devolviéndole la dignidad y haciendo posible la Reconciliación definitiva con nuestro Padre, Creador del Universo.

Cristo es el Centro de la Historia. Es el Puente, el Camino, la Luz, la Verdad y la Vida. Por Él llegamos a Dios Padre. Él restaura la relación filial que el Padre siempre mantuvo con nosotros, pero de la cual renegamos. Él hace posible que enmendemos nuestro camino, sabiendo que tenemos un Padre amoroso, que nos espera desde siempre con los brazos abiertos. De este modo, nos devuelve “el sentido de la vida”.

Pero todas estas palabras que pueden parecer poéticas y sublimes, tienen una contrapartida objetiva y concreta en la vida cotidiana de todos los hombres, que se llama Amor. Esto quiere decir, en buena cuenta y en resumen, que toda esta prédica puede sintetizarse en la frase de San Agustín: “Ama y haz lo que quieras”.  

El Señor, que ha venido por amor, nos ha enseñado el verdadero camino del amor y nos pide que lo sigamos. ¿Estamos con Él? Solo hay dos respuestas posibles: Si o no. “El que no recoge conmigo, desparrama”, dice el Señor.
 

Oremos:

Padre Santo, te pedimos que nos ayudes a concretar en nuestra vida diaria el amor. Que so se trate de una prédica teórica, poética y descarnada. Que día a día, empezando hoy, ahora mismo, evidenciemos el amor en cada uno de nuestros actos. Moldéanos, transfórmanos. Haznos fieles seguidores tuyos, para que nuestros hermanos vean Tú luz en nosotros.  ¡Amén!

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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dic 29 2009

Lucas 2, 22-35

Texto del evangelio (Lc 2, 22-35)

Cuando se cumplieron los días de la purificación según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarle al Señor, como está escrito en la Ley del Señor: Todo varón primogénito será consagrado al Señor y para ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o dos pichones, conforme a lo que se dice en la Ley del Señor.

Y he aquí que había en Jerusalén un hombre llamado Simeón; este hombre era justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y en él estaba el Espíritu Santo. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor. Movido por el Espíritu, vino al Templo; y cuando los padres introdujeron al Niño Jesús, para cumplir lo que la Ley prescribía sobre Él, le tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz; porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel».

Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de Él. Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: «Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción -¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!- a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones».

Reflexión: Lc 2, 22-35

Todos estos sucesos fueron previstos con mucha anticipación. Fueron profetizados y precisamente su cumplimiento debe ser razón suficiente para que creamos, ya que finalmente, todas estas previsiones, no son sino intervenciones de Dios en nuestra historia.

Dios ha querido salvarnos con nuestra propia intervención. Él que es Todopoderoso, no ha querido, sin embargo, hacer nada sin nuestro consentimiento y nuestra propia participación. Él necesita, exige que participemos. No se trata de sentarnos a mirar desde la tribuna…Tenemos que actuar. En cada una de sus manifestaciones, a la par que se hace imposible negar su existencia, su inspiración o su intervención, podemos ver que en ella siempre juegan un papel especial hombres y mujeres, comunes y corrientes, que muchas veces, como en este caso, actúan movidos y llenos del Espíritu Santo.

¿Qué se nos dice de Simeón? Que era justo y piadoso. Esto es lo que mínimamente se puede pedir a una persona correcta.  Que sea justa, es decir que de a cada quien lo que le corresponde y que sea piadosa, es decir que se incline humildemente ante el creador, que le reconozca y predisponga su espíritu para entrar en contacto con Dios permanentemente. Que sea Dios quien inspire su vida. Ese es un hombre piadoso, que puede ver y reconocer la presencia cotidiana de Dios, que espera en Él, que está en Su búsqueda permanentemente, que puede ver sus manifestaciones a cada paso…

Simeón ha encontrado el sentido de la vida. No hay nada más importante que su encuentro con Jesucristo, con el Salvador. Y es capaz de reconocer inmediatamente una gran Verdad, que cimienta toda la vida y prédica de Jesús: que Él es la luz que ha venido al mundo. Que el que cree en Él y sigue lo que Él ordena, tendrá vida eterna. Que Jesús es, finalmente, como el ácido aquél que sirve para separar el metal precioso de las impurezas. La sola presencia del Señor en nuestras vidas sirve para que inmediatamente los hombres nos decantemos: por un lado los que estamos con Él y por otro los que están en su contra. O recogemos o esparcimos. Para Él, no hay términos medios: “Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción… a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones”

Frente a Jesús, hay que tomar partido. No podemos permanecer indiferentes, ni postergarlo. Estás o no estás. Y es el Amor, la exigencia suprema. Para Dios, no basta la justicia. Es en la caridad que seremos examinados. Y la caridad es superior a la justicia, va más allá.

Oremos:

Padre Santo, concédenos la gracia de vivir en la caridad, de ir siempre en nuestras vidas más allá de la justicia mundana; de aspirar siempre a la mayor gloria de Dios.  ¡Amén!

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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