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Mateo 20, 17-28

Texto del evangelio (Mt 20, 17-28)

En aquel tiempo, cuando Jesús iba subiendo a Jerusalén, tomó aparte a los Doce, y les dijo por el camino: «Mirad que subimos a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado a los sumos sacerdotes y escribas; le condenarán a muerte y le entregarán a los gentiles, para burlarse de Él, azotarle y crucificarle, y al tercer día resucitará».

Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos, y se postró como para pedirle algo. Él le dijo: «¿Qué quieres?». Dícele ella: «Manda que estos dos hijos míos se sienten, uno a tu derecha y otro a tu izquierda, en tu Reino». Replicó Jesús: «No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber la copa que yo voy a beber?». Dícenle: «Sí, podemos». Díceles: «Mi copa, sí la beberéis; pero sentarse a mi derecha o mi izquierda no es cosa mía el concederlo, sino que es para quienes está preparado por mi Padre».

Al oír esto los otros diez, se indignaron contra los dos hermanos. Mas Jesús los llamó y dijo: «Sabéis que los jefes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder. No ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo; de la misma manera que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos».

Reflexión: Mt 20, 17-28

El Señor nos hace ver muy claramente cual debe ser nuestra actitud, como cristianos. Nosotros debemos ponernos al servicio de los demás. “…el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo.”  El Señor no habla figurativamente; no hay que interpretar sus palabras, como muchos pretendemos, acomodándolas a nuestros intereses. Sus palabras son claras y concretas, al mismo tiempo que exigentes. Es que no se puede pretender cambiar el mundo con paños tibios, con medias tintas. Esta tarea exige valor, sacrificio y un cambio diametralmente opuesto en lo que son nuestras aspiraciones.

Ver las cosas como Jesús las ve, no es fácil. Exige un tono espiritual que solo podemos alcanzar con la oración humilde. Acercarnos a Dios Padre cada día, pidiendo que se haga Su Voluntad. Pedirle el valor, la entereza, la fortaleza para ponernos a su disposición cada día, allá donde nos ponga, de modo tal que sea Él y no nosotros el que brille y alumbre la senda a nuestros hermanos. Ponernos al servicio del Reino del mismo modo “que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos”.

No se trata, pues de pedir privilegios ni defenderlos. Como diría San Ignacio, se trata de hacernos indiferentes. Pretender los bienes de este mundo y usarlos, en tanto nos ayuden a Servir al Señor y su Reino, y apartarnos de ellos, desprendernos, dejar de pretenderlos y alejarnos de ellos, en tanto constituyan un impedimento para hacer la Voluntad del Padre. Esta es la ley del “tanto cuanto” que debe guiar nuestras vidas. Pero esto sólo ocurrirá, cuando comprendamos que todo en nuestra vida debe estar al Servicio del Señor. Que todo lo que hacemos y somos debe estar orientado a Su mayor Gloria. No se trata de momentos, ni de ciertas palabras, que erróneamente llamamos “oraciones”, que repetimos como loros y que no tienen nada que ver con nuestras vidas, no. Se trata de la vida misma.

Tenemos que desprendernos a tal punto, o si se quiere, entregarnos a la Voluntad del Padre a tal extremo, que seamos indiferentes y no pretendamos, como la madre de los hijos de Zebedeo y ellos mismos, obtener posición ni privilegio alguno, ni aquí, ni mucho menos en el Reino. ¿Es difícil? ¡Claro que sí! Pero nada es imposible para el Señor y para quien está con Él. Es por eso que debemos pedir que venga su abundante Gracia sobre nosotros. Sin Él, somos nada. Con Él, lo tenemos todo. Con Él, lograremos esto y muchísimo más. Es cuestión de fe. Pongámonos en sus manos.

Oremos:

Padre Santo, purifica nuestros espíritus, límpianos, sánanos, y mándanos ir a Ti. Que no caigamos en la tentación de salirnos de El Camino, que es amarte y servirte con todo lo que tenemos y somos. Que nos entreguemos plenamente al servicio de la construcción del Reino, que no es otro que el servicio a nuestros hermanos. Que no escatimemos esfuerzos y cuando nos sintamos agotados, que seas Tú nuestro descanso. Acrecienta nuestra fe, para que no dejemos de tirar las redes allí donde Tú dispones. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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Lucas 9, 28-36

Texto del evangelio (Lc 9, 28-36)

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, Juan y Santiago, y subió al monte a orar. Y sucedió que, mientras oraba, el aspecto de su rostro se mudó, y sus vestidos eran de una blancura fulgurante, y he aquí que conversaban con Él dos hombres, que eran Moisés y Elías; los cuales aparecían en gloria, y hablaban de su partida, que iba a cumplir en Jerusalén.

Pedro y sus compañeros estaban cargados de sueño, pero permanecían despiertos, y vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con Él. Y sucedió que, al separarse ellos de Él, dijo Pedro a Jesús: «Maestro, bueno es estarnos aquí. Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías», sin saber lo que decía. Estaba diciendo estas cosas cuando se formó una nube y los cubrió con su sombra; y al entrar en la nube, se llenaron de temor. Y vino una voz desde la nube, que decía: «Este es mi Hijo, mi Elegido; escuchadle». Y cuando la voz hubo sonado, se encontró Jesús solo. Ellos callaron y, por aquellos días, no dijeron a nadie nada de lo que habían visto.

Reflexión: Lc 9, 28-36

Uno de tantos episodios asombrosos en la vida de Jesús. Es realmente espectacular y con mucho respeto diría digno del mejor filme de Spilberg. No sé por qué frente a este acontecimiento tendemos a reaccionar como si se tratara de algo inverosímil y distinto a todo lo que hemos venido viendo en la vida pública de Jesús. ¿Acaso es menos “espectacular”, por llamarlo de algún modo, que Jesús perdone los pecados, que devuelva la vista a un ciego, el andar a un paralítico o la vida a un muerto o que alimente a 5mil con unos cuantos panes y peces?

Estamos, pues, en presencia de Dios hecho hombre. Cristo es el Hijo de Dios Padre Eterno, como tal pertenece a la misma divinidad. Él mismo nos lo ha revelado. No es producto de nuestra imaginación. No se trata de ciencia ficción. Sí, posiblemente de una dimensión que nos resulta difícil comprender. Dios, creador del mundo, del universo y de todo lo existente, vive eternamente. Es y se mueve en un plano superior, que incluye y abarca el nuestro. Pero, Él nos ha creado para que vayamos a Él y vivamos con Él eternamente.

Dado que no comprendimos este mensaje, nos envió a su propio Hijo para que nos muestre el camino. Él, muriendo en la cruz y resucitando, nos mostró el camino. En el poco tiempo de predicación que tuvo entre nosotros, nos lo mostró. Nos reveló a Dios Padre y Su Voluntad: que nos amemos unos a otros, como Él mismo nos ama.

Para que entendamos este mensaje, Cristo nos dio muchas, muchísimas señales, entre ellas, la Transfiguración. Fue realmente indescriptible, tanto que los tres discípulos que lo acompañaron quedaron embobados, casi paralizados… “Ellos callaron y, por aquellos días, no dijeron a nadie nada de lo que habían visto.” ¿Qué iban a decir? ¿Qué podían decir? Habían vivido una experiencia única, maravillosa, inexplicable. Algo que, como decimos en Cursillos, se tiene que vivir, que no se puede contar, que no se puede explicar, porque va más allá de nuestra razón, de nuestro pobre entendimiento…Algo que te llena de asombro, pero al mismo tiempo de paz, de esperanza, de alegría… “Pedro y sus compañeros estaban cargados de sueño, pero permanecían despiertos, y vieron su gloria…”

Más allá del asombro, fue tal la dicha que los embargó que “dijo Pedro a Jesús: «Maestro, bueno es estarnos aquí. Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías», sin saber lo que decía.” Esta es la Gloria de Dios…un lugar sin tiempo ni espacio, que te llena de paz, de alegría, de plenitud…que está más allá de todo, por encima de todo, que una vez experimentado, no quisiéramos dejar jamás. Estas son primicias del Reino que a estos tres discípulos embobados, desconcertados, asombrados, les estuvo permitido ver, sentir, vivir…

Y aún pudieron oír: «Este es mi Hijo, mi Elegido; escuchadle».

Todo empezó con Cristo subiendo al monte a orar. Y ocurrió mientras Jesús oraba. No es casual. Es claramente la muestra palpable del poder de la oración. De la importancia de la oración en la vida de Jesús y por lo tanto, también de lo que debe ser en nuestras vidas. La oración tiene esta capacidad de transformarnos, de elevarnos, de cambiarnos, de unirnos a Dios Padre, con Cristo y con todos aquellos que han hecho del cumplimiento de la Voluntad del Padre la razón de sus vidas…La oración nos une con Dios en un “plano”, en una “dimensión” sin tiempo ni espacio, donde Él habita, donde nos espera, donde estamos llamados a ir…La oración nos permite atisbar aquél horizonte que habremos de alcanzar siguiendo a Jesús.

Oremos:

Padre Celestial, ilumínanos para entender que por ningún motivo debemos alejarnos de Ti y que siempre te podremos encontrar, si somos capaces de apartarnos por un momento de todo cuanto nos aflige y perturba, para encontrarte en la Oración. ¿Cómo podremos oír tu voz si no oramos? Tú eres nuestra fortaleza, Tu nuestra roca. Sin Ti nada podemos, nada somos. Permítenos perseverar en la oración diaria. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Lucas 4, 1-13

Texto del evangelio (Lc 4, 1-13)

En aquel tiempo, Jesús, lleno de Espíritu Santo, se volvió del Jordán, y era conducido por el Espíritu en el desierto, durante cuarenta días, tentado por el diablo. No comió nada en aquellos días y, al cabo de ellos, sintió hambre. Entonces el diablo le dijo: «Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan». Jesús le respondió: «Esta escrito: ‘No sólo de pan vive el hombre’».

Llevándole a una altura le mostró en un instante todos los reinos de la tierra; y le dijo el diablo: «Te daré todo el poder y la gloria de estos reinos, porque a mí me ha sido entregada, y se la doy a quien quiero. Si, pues, me adoras, toda será tuya». Jesús le respondió: «Está escrito: ‘Adorarás al Señor tu Dios y sólo a Él darás culto’».

Le llevó a Jerusalén, y le puso sobre el alero del Templo, y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo; porque está escrito: ‘A sus ángeles te encomendará para que te guarden’. Y: ‘En sus manos te llevarán para que no tropiece tu pie en piedra alguna’». Jesús le respondió: «Está dicho: ‘No tentarás al Señor tu Dios’». Acabada toda tentación, el diablo se alejó de Él hasta un tiempo oportuno.

Reflexión: Lc 4, 1-13)

El demonio, como no podía ser de otro modo, es un sin vergüenza y con toda desfachatez pretende tentar al mismísimo Jesucristo. Es una primera lección que debemos aprender…Con la tentación no se juega. No podemos pretender coquetear con el demonio, con el pecado, pensando que con nosotros no podrá. Es preferible evitar. Quien juega con fuego, corre el peligro de quemarse. El demonio siempre tratará de tentar aun al más pintado.

Hay situaciones en la vida que todos atravesamos parecidas al desierto que atraviesa Jesús. Situaciones en las que no parece salirnos nada, en las que nos sentimos totalmente solos y abandonados. En las que pareciera que nadie se anima a darnos una mano. Todos nos dan palmadas en el hombro, pero nadie realmente nos ayuda. Nadie se incomoda por ayudarte a parar la olla, como se dice. Todos a tu alrededor tienen, todos pueden…Es más, son tus amigos, y te ven como remontas los rápidos casi sin poder respirar, casi ahogándote, pero nadie te hecha la mano…Todos esperan, seguramente a que grites, que te rindas, que digas no puedo más…¡Denme una mano! Solo entonces es posible que te ayuden.

¿Por qué seremos a veces, así tan duros? No sabemos dar…Nos cuesta desprendernos, así, sin más. Si sabemos que nuestro amigo está pasando por un mal momento, por qué no tirarle una tabla. ¿Por qué no invitarlo a almorzar? ¿Por qué no llenar un día su despensa o su refrigeradora, si está a nuestro alcance? ¿Será por no humillarlo o será más bien porque en el fondo no somos capaces de desprendernos de nada? No somos capaces de un gesto noble y generoso…Nos cuesta. No queremos ver mermado en un ápice nuestro patrimonio.

Por otro lado, somos tan indiferentes, tan egoístas, que estamos enfrascados y absortos con lo nuestro, con lograr más utilidades, con maximizar nuestras ganancias y minimizar nuestros gastos, a tal punto, que ni si quiera nos damos cuenta, ni vemos a nuestros amigos o nuestros familiares más cercanos, muchos de los cuales están pasando dificultades. Lo peor de todo es que lo sabemos, porque estas situaciones son más o menos públicas dentro de la familia o del círculo íntimo de amigos, sin embargo, pasamos de largo…¿Qué queremos? ¿Qué nos extiendan la mano? ¿Qué nos toque la puerta? ¿Por qué somos tan duros?

Es en estos momentos, precisamente, cuando el demonio, frotándose las manos, relamiéndose, empieza a rondarnos, metiéndonos ideas absurdas en la cabeza. Carroñero, como él solo, es precisamente cuando más débiles nos encontramos que empieza a tentarnos con aquello que más precisamos. Debemos tener en cuenta el ejemplo de Jesús y no claudicar por nada del mundo. No hay nada que pueda justificar un trato con el demonio: ni el hambre, ni el frío, ni la pompa, ni el poder y ni si quiera el abandonarnos a la buena de Dios. Tenemos que sobreponernos y seguir luchando. Haciendo el bien por donde vamos, sin empeñar nuestros principio ni nuestra libertad por un plato de lentejas. Tenemos que mantenernos firmes, que ya el Señor sabrá prodigarnos en abundancia aquello que necesitamos, que definitivamente no es aquello que el demonio nos propone. ‘No sólo de pan vive el hombre’

Oremos:

Padre Santo, no nos dejes caer en tentación. Si habremos de pasar por escabrosos senderos, que sea siempre asidos a tu mano amorosa. No permitas que claudiquemos y nos abandonemos al enemigo. Que no prestemos oídos a sus falsas promesas. Que sepamos mantener nuestra integridad y dignidad. Y que estemos siempre dispuestos a compartir con quienes menos tienen. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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Lucas 2, 22-40

Texto del evangelio (Lc 2, 22-40)

Cuando se cumplieron los días de la purificación de ellos, según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarle al Señor, como está escrito en la Ley del Señor: «Todo varón primogénito será consagrado al Señor» y para ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o dos pichones, conforme a lo que se dice en la Ley del Señor.

Y he aquí que había en Jerusalén un hombre llamado Simeón; este hombre era justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y estaba en él el Espíritu Santo. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor. Movido por el Espíritu, vino al Templo; y cuando los padres introdujeron al niño Jesús, para cumplir lo que la Ley prescribía sobre Él, le tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz; porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel». Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de Él.

Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: «Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción —¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!— a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones».

Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, de edad avanzada; después de casarse había vivido siete años con su marido, y permaneció viuda hasta los ochenta y cuatro años; no se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día en ayunos y oraciones. Como se presentase en aquella misma hora, alababa a Dios y hablaba del Niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén. Así que cumplieron todas las cosas según la Ley del Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El Niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre Él.

Reflexión: Lc 2, 22-40

La complacencia y el alago gratuito no son precisamente la cosecha del cristiano. Quien obra con rectitud, no puede esperar, lamentablemente, ser aplaudido por quienes ostentan el poder, por aquellos cuyos intereses precisamente se ven afectados por el recto proceder cristiano. Es penoso y a veces duele, pero basta afrontar una situación con dignidad y reclamando justicia, para que inmediatamente salten como lobos aquellos que deben ceder un milímetro de sus prerrogativas, de su posición, de su patrimonio. No están dispuestos a hacerlo por ningún motivo. Menos si son obligados por las circunstancias o por algún miserable de aquellos a los que dejan comer las migajas que caen de su mesa.

¡Cómo puede osar alguno de estos miserables a exigirle dar, lo que da de pura bondad, porque así se lo ha impuesto a sí mismo, sin tener obligación alguna! ¡A qué vienen aquellas exigencias! ¡No me vengan con derechos! ¡Yo doy a quien me place y cuanto me place, lo único que pido es lealtad (sumisión, en realidad)!

 Este es el orden que viene a subvertir Jesús. Por eso Él y sus seguidores serán tan impopulares. Serán perseguidos y tendrán que obrar en la clandestinidad o someterse a los castigos y suplicios que los poderosos dictan en su contra.

Eso parece historia antigua, historia de circo, leones y cristianos…Sin embargo no lo es. Es muy cierto que Occidente asumió e hizo más digerible al cristianismo, al punto que países e imperios enteros se declararon cristianos y junto con ellos, sus gobernantes y sus clases dominantes. Sin embargo todo ello fue logrado a costa de acomodos y tergiversaciones tendientes a hacer inocuo el Evangelio. No por eso dejaron de existir los verdaderos cristianos, que siempre han actuado como dedo en la llaga, señalando la injusticia, el atropello, los abusos y la idolatría, de quienes llamándose muchas veces cristianos, han puesto por encima del amor, por encima de sus hermanos, el bienestar, la comodidad y las riquezas.

“Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción”, y ello será por siempre, mientras no se haya expandido el Reino en todo el mundo, mientras haya injusticia, mientras haya pobres, mientras haya hambre…mientras no hayamos aprendido a vivir como hermanos, compartiéndolo todo y poniendo como centro al Amor.

Estas preguntas pueden ser duras, sin embargo creo que pueden ayudarnos a desinstalarnos, a reflexionar en torno a lo que hacemos. Tú te dices cristiano y sin embargo solo cosechas aplausos y halagos por donde te mueves…¿Será que la Palabra del Señor se ha vuelto inocua o será más bien que la suavizas y degradas a tal extremo, que no constituye ya exigencia para nadie, y mucho menos para ti? ¿Vives cómodamente instalado, tienes todo lo que necesitas, sin ser rico quizás, mientras tus hermanos padecen todo tipo de necesidades…Será que te has vuelto insensible y egoísta, que no quieres ver ni involucrarte, para no afectar tu privilegiada situación? ¿Eres de los “intelectuales” de la fe y la religión, capaces de dar brillantes discursos, que sin embargo no dicen nada de tu propia vida? ¿Podemos hablar de cristianismo, sin que este se encarne en la vida misma? ¿La Verdad para ti se ha vuelto un hecho controversial, es decir que depende del ángulo del que se la mire? ¿Te has vuelto relativista? ¿Es Jesús relativista?

 

Oremos:

Señor, no permitas que nos perdamos. Que solo tu Luz ilumine nuestras vidas. Que busquemos y defendamos siempre la Verdad, la Justicia y el Amor. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Lucas 2, 36-40

Texto del evangelio (Lc 2, 36-40)

 
Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, de edad avanzada; después de casarse había vivido siete años con su marido, y permaneció viuda hasta los ochenta y cuatro años; no se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día en ayunos y oraciones. Como se presentase en aquella misma hora, alababa a Dios y hablaba del Niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.

Así que cumplieron todas las cosas según la Ley del Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El Niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre Él.

Reflexión: Lc 2, 36-40

Las lecturas de estos días tienen por objeto hacernos ver y constatar en forma reiterada que el nacimiento de Cristo estuvo precedido de muchos signos y señales, de muchas profecías. No hay en ello nada más que el cumplimiento de las promesas de Dios. No se trata de un hecho aislado o que surge inexplicablemente…Todo tiene sentido y ocurre dentro de una lógica histórica, que fue anunciada muchos siglos antes. Estamos pues ante hechos históricos, que forman parte de la Historia Sagrada, esa historia que se refiere a la permanente relación de Dios con su pueblo elegido, en el que se encarnan y representan todas las vicisitudes de la humanidad.

Es a través de este pueblo que Dios Padre nos comunica su voluntad. Es por boca de sus profetas que se dirige a todos  nosotros. Él se Revela a través de ellos a toda la humanidad. Del mismo modo, es un heredero de esta tradición, un representante de este pueblo, en realidad el mayor, el más destacado, del que hablaron todas las Escrituras, el que sellará la alianza definitiva entre Dios Padre y la humanidad entera. Ese es Jesucristo, verdadero Dios y verdadero Hombre, al que tres años de vida pública le bastaron para revolucionar el mundo, para ponerlo en marcha, en una dirección, en un Camino que lo eleva, devolviéndole la esperanza, devolviéndole la dignidad y haciendo posible la Reconciliación definitiva con nuestro Padre, Creador del Universo.

Cristo es el Centro de la Historia. Es el Puente, el Camino, la Luz, la Verdad y la Vida. Por Él llegamos a Dios Padre. Él restaura la relación filial que el Padre siempre mantuvo con nosotros, pero de la cual renegamos. Él hace posible que enmendemos nuestro camino, sabiendo que tenemos un Padre amoroso, que nos espera desde siempre con los brazos abiertos. De este modo, nos devuelve “el sentido de la vida”.

Pero todas estas palabras que pueden parecer poéticas y sublimes, tienen una contrapartida objetiva y concreta en la vida cotidiana de todos los hombres, que se llama Amor. Esto quiere decir, en buena cuenta y en resumen, que toda esta prédica puede sintetizarse en la frase de San Agustín: “Ama y haz lo que quieras”.  

El Señor, que ha venido por amor, nos ha enseñado el verdadero camino del amor y nos pide que lo sigamos. ¿Estamos con Él? Solo hay dos respuestas posibles: Si o no. “El que no recoge conmigo, desparrama”, dice el Señor.
 

Oremos:

Padre Santo, te pedimos que nos ayudes a concretar en nuestra vida diaria el amor. Que so se trate de una prédica teórica, poética y descarnada. Que día a día, empezando hoy, ahora mismo, evidenciemos el amor en cada uno de nuestros actos. Moldéanos, transfórmanos. Haznos fieles seguidores tuyos, para que nuestros hermanos vean Tú luz en nosotros.  ¡Amén!

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Lucas 2, 22-35

Texto del evangelio (Lc 2, 22-35)

Cuando se cumplieron los días de la purificación según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarle al Señor, como está escrito en la Ley del Señor: Todo varón primogénito será consagrado al Señor y para ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o dos pichones, conforme a lo que se dice en la Ley del Señor.

Y he aquí que había en Jerusalén un hombre llamado Simeón; este hombre era justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y en él estaba el Espíritu Santo. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor. Movido por el Espíritu, vino al Templo; y cuando los padres introdujeron al Niño Jesús, para cumplir lo que la Ley prescribía sobre Él, le tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz; porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel».

Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de Él. Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: «Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción -¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!- a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones».

Reflexión: Lc 2, 22-35

Todos estos sucesos fueron previstos con mucha anticipación. Fueron profetizados y precisamente su cumplimiento debe ser razón suficiente para que creamos, ya que finalmente, todas estas previsiones, no son sino intervenciones de Dios en nuestra historia.

Dios ha querido salvarnos con nuestra propia intervención. Él que es Todopoderoso, no ha querido, sin embargo, hacer nada sin nuestro consentimiento y nuestra propia participación. Él necesita, exige que participemos. No se trata de sentarnos a mirar desde la tribuna…Tenemos que actuar. En cada una de sus manifestaciones, a la par que se hace imposible negar su existencia, su inspiración o su intervención, podemos ver que en ella siempre juegan un papel especial hombres y mujeres, comunes y corrientes, que muchas veces, como en este caso, actúan movidos y llenos del Espíritu Santo.

¿Qué se nos dice de Simeón? Que era justo y piadoso. Esto es lo que mínimamente se puede pedir a una persona correcta.  Que sea justa, es decir que de a cada quien lo que le corresponde y que sea piadosa, es decir que se incline humildemente ante el creador, que le reconozca y predisponga su espíritu para entrar en contacto con Dios permanentemente. Que sea Dios quien inspire su vida. Ese es un hombre piadoso, que puede ver y reconocer la presencia cotidiana de Dios, que espera en Él, que está en Su búsqueda permanentemente, que puede ver sus manifestaciones a cada paso…

Simeón ha encontrado el sentido de la vida. No hay nada más importante que su encuentro con Jesucristo, con el Salvador. Y es capaz de reconocer inmediatamente una gran Verdad, que cimienta toda la vida y prédica de Jesús: que Él es la luz que ha venido al mundo. Que el que cree en Él y sigue lo que Él ordena, tendrá vida eterna. Que Jesús es, finalmente, como el ácido aquél que sirve para separar el metal precioso de las impurezas. La sola presencia del Señor en nuestras vidas sirve para que inmediatamente los hombres nos decantemos: por un lado los que estamos con Él y por otro los que están en su contra. O recogemos o esparcimos. Para Él, no hay términos medios: “Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción… a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones”

Frente a Jesús, hay que tomar partido. No podemos permanecer indiferentes, ni postergarlo. Estás o no estás. Y es el Amor, la exigencia suprema. Para Dios, no basta la justicia. Es en la caridad que seremos examinados. Y la caridad es superior a la justicia, va más allá.

Oremos:

Padre Santo, concédenos la gracia de vivir en la caridad, de ir siempre en nuestras vidas más allá de la justicia mundana; de aspirar siempre a la mayor gloria de Dios.  ¡Amén!

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Lucas 21, 20-28

Texto del evangelio (Lc 21, 20-28)

 
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Cuando veáis a Jerusalén cercada por ejércitos, sabed entonces que se acerca su desolación. Entonces, los que estén en Judea, huyan a los montes; y los que estén en medio de la ciudad, que se alejen; y los que estén en los campos, que no entren en ella; porque éstos son días de venganza, y se cumplirá todo cuanto está escrito.

¡Ay de las que estén encinta o criando en aquellos días! Habrá, en efecto, una gran calamidad sobre la tierra, y cólera contra este pueblo; y caerán a filo de espada, y serán llevados cautivos a todas las naciones, y Jerusalén será pisoteada por los gentiles, hasta que se cumpla el tiempo de los gentiles. Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra, angustia de las gentes, perplejas por el estruendo del mar y de las olas, muriéndose los hombres de terror y de ansiedad por las cosas que vendrán sobre el mundo; porque las fuerzas de los cielos serán sacudidas. Y entonces verán venir al Hijo del hombre en una nube con gran poder y gloria. Cuando empiecen a suceder estas cosas, cobrad ánimo y levantad la cabeza porque se acerca vuestra liberación».

Reflexión: Lc 21, 20-28

Esta parece la ratificación del Señor de aquel dicho: “nunca es más oscuro que cuando va a amanecer”. Tendemos a fijarnos en el tremendismo del anuncio. Realmente es tétrico el panorama que se pinta. Pero si nos detenemos un momento e inspirados en esta lectura, en los trágicos sucesos que allí se anuncian y los comparamos un poco con los vaticinios que hacen los científicos respecto a las consecuencias del calentamiento global, no suenan tan descabellados y exagerados estos anuncios. ¿O sí?

Pero, ¿qué pretende el Señor con este mensaje?…¿Amedrentarnos? ¿Asustarnos e inmovilizarnos por el miedo? ¿Trabajarnos al susto, para que le sigamos y obremos correctamente…atentos a la amenaza que pende sobre nuestras cabezas?

No, aun cuando comprensiblemente tendemos a asustarnos y a interpretarlo así, eso no es lo que el Señor de la Vida, de la Luz, de la Verdad y de la Esperanza puede querer decirnos.

La naturaleza humana es finita. Eso lo intuimos desde que nacemos y aprendemos a reconocerlo a lo largo de la vida. El que no llega a comprenderlo, o le falta un tornillo, o pretende aferrarse con tal fuerza a esta vida, que ha perdido la perspectiva de la realidad. Ver morir a tus abuelos, padre, hermanos y amigos, debía haberte persuadido de esta realidad y prepararte para ella; estar alerta.

Sin embargo, con mucha frecuencia y en la práctica, vivimos de espaldas a esta realidad. Pretendemos que no ocurrirá, simplemente porque no la miramos, porque tratamos de ignorarla. Pero ella inexorablemente llegará, cuando menos lo pensemos, cuando menos la esperemos. Si esto es así, entonces ¿por qué no vivir de otro modo? ¿Por qué no vivir hoy como si fuera el último día de tu vida? Hemos recibido inmerecidamente tanto, por qué no usarlo para dejar una huella profunda…No para mal, sino para bien, porque para eso hemos venido a este mundo. Y no hay nadie que tenga tan poco que no pueda dar nada, aunque solo sea una sonrisa, una palmada…

La humanidad ciertamente atraviesa por momentos difíciles…¿pero alguna vez habrá sido distinto? ¿Qué sintió la humanidad toda, pero especialmente Japón cuando Hiroshima y Nagasaki? ¿Qué han sentido y siente nuestros hermanos de Afganistán e Irak? ¿Qué sintió estados Unidos y la humanidad toda cuando lo de las Torres Gemelas? ¿Qué siente el pueblo Palestino sitiado y acosado por Israel? ¿Qué sintieron los peruanos cuando hace poco más de un siglo fueron arrasados por las hordas chilenas? ¿Qué debieron sentir los Incas al ver llegar a esos centauros despidiendo fuego y acribillando a su pueblo? ¿Qué sintieron los Romanos ante las invasiones de la “chusma” bárbara?

Pues todos sintieron como sintieron nuestros abuelos, nuestros padres, nuestros hermanos y amigos, que su fin había llegado. Después de todo, he llegado a pensar, qué importa cómo, el hecho es que morirás…Degollado, aplastado, ahogado o de un síncope, muerte es muerte. ¿Qué más da cómo? Claro, un sufrimiento prolongado, será menos sufrible…Pero lo importante no es cómo mueras, sino ¿Qué has hecho con tu vida? ¿Qué hiciste con ese don precioso, con ese magnífico regalo que recibiste?

Porque detrás de esa respuesta, en el horizonte está la promesa de Cristo: “Cuando empiecen a suceder estas cosas, cobrad ánimo y levantad la cabeza porque se acerca vuestra liberación”. Lo que se nos viene, tras la muerte, es la liberación. La liberación de esta naturaleza finita, de tantas esclavitudes que nos encadenan a la tierra. Del tener, del atesorar, del prestigio, de la seguridad, de la salud…Tanto que nos obsesiona por tener y poseer. Hemos puesto nuestras esperanzas en tantas cosas y una sola es importante: “María la ha sabido escoger”

«Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola. María ha elegido la mejor parte, que no le será quitada».

Entonces, recordando al P. Alberto (Tito) Tapia sj, más aún ahora que estamos celebrando 50 años del Movimiento de Cursillos de Cristiandad en Arequipa, repitamos con Cristo y con él:

 ¡Ánimo!

Oremos:

Haz Señor que vivamos transmitiendo esperanza, una esperanza basada en la Fe. Que seamos consecuentes. Que no tengamos miedo a morir, sino a no vivir correctamente, a tener una vida estéril, vacía, hueca.

Llénanos de tu Alegría, para que vayamos por el mundo llevándola y compartiéndola.

Que nuestra sola presencia lleve ánimo a todos aquellos que lo necesitan. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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Juan 2, 13-22

Texto del evangelio (Jn 2,13-22)

Cuando se acercaba la Pascua de los judíos, Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas en sus puestos. Haciendo un látigo con cuerdas, echó a todos fuera del Templo, con las ovejas y los bueyes; desparramó el dinero de los cambistas y les volcó las mesas; y dijo a los que vendían palomas: «Quitad esto de aquí. No hagáis de la Casa de mi Padre una casa de mercado». Sus discípulos se acordaron de que estaba escrito: El celo por tu Casa me devorará.

Los judíos entonces le replicaron diciéndole: «Qué señal nos muestras para obrar así?». Jesús les respondió: «Destruid este templo y en tres días lo levantaré». Los judíos le contestaron: «Cuarenta y seis años se han tardado en construir este Santuario, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?». Pero Él hablaba del Santuario de su cuerpo. Cuando resucitó, pues, de entre los muertos, se acordaron sus discípulos de que había dicho eso, y creyeron en la Escritura y en las palabras que había dicho Jesús.

Reflexión: Jn 2,13-22

Nosotros siempre tratamos de dar interpretaciones de la Palabra del Señor, ajustadas a nuestros intereses, a lo que queremos oírle decir. Pero el Señor tiene un lenguaje claro y más allá de lo que quisiéramos o de la forma en que cada quien trata de adaptarla a su vida, Él nos comunica La Verdad.

Su mensaje es Único, es decir que no se acomoda  según el marchante, ni según las circunstancias. O somos, o no somos. No podemos quedarnos en el medio tratando de quedar bien con Dios y con el Diablo. Es lo que finalmente nos dice al expulsar a estos mercaderes. Estamos parados a la puerta del templo. Es decir, estamos a la orilla. El Señor no llama adentro, pero tenemos tanto que negociar, tanto que vender, tanto que tranzar, tanto que convenir, que no nos atrevemos a entrar.

Nuestro afán por acomodarnos llega a tal extremo, que nos ubicamos en la periferia del templo, en sus alrededores. Escogemos como lugar para nuestros negocios, las cercanías del templo. No queremos perderle de vista, Así es nuestra fe: periférica. Como los mercaderes, que distraen y obstaculizan el ingreso. Ni entramos, ni dejamos entrar.

Esta es pues una de las pocas veces que vemos al Señor perder la calma…creo que la única. Y es que como dice al comienzo de este pasaje: “Cuando se acercaba la Pascua de los judíos, Jesús subió a Jerusalén.” Es decir que se acerca el día y le impacienta ver que no cambiamos. Somos como los mercaderes, que nos quedamos a la puerta del templo. Y en el templo, es decir en nosotros mismos, habita el Padre, a quien despreciamos por llevar una vida superflua, sustentada en una aparatosa parafernalia, en una tremenda decoración externa, que creemos imprescindible para ser, para sentirnos algo, alguien, para ser felices. Cuando la verdadera felicidad no está en ninguna de estas cosas, sino en nosotros mismos, pues allí habita nuestro Padre y Él no necesita nada de esto. Nada de lo que nos afanamos por tener, por cuidar, por incrementar. Para Él, nosotros somos importantes, nosotros somos su templo y es una verdadera lástima que nosotros mismos no lo sintamos, ni lo veamos, ni lo vivamos así.

Todo lo demás, que si había realmente un templo (como lo hubo) y que podría aplicarse a otros templos, se deriva de ahí y es realmente secundario. El Señor nos pide a cada uno de nosotros que cambiemos y se impacienta por nuestro pertinaz apego a la cosas y a seguir haciendo siempre lo mismo. ¡Hasta cuando! ¡Ya está por llegar el día en que habrás de rendir cuentas y sigues en lo mismo! ¡Es por eso que saca su látigo y echa todo por tierra! Y es que nos cegamos y nos negamos a entender Su Palabra.

Examinemos nuestras vidas…¿No estará pasando eso con nosotros? ¿No estaremos actuando como los mercaderes, aferrándonos a toda esta “mercadería”, que ni si quiera es nuestra, porque debemos tranzarla para poder vivir, como si fuera lo más importante, como si fuera imprescindible, olvidándonos que lo que está adentro, lo que está al fondo es lo mejor y no tiene precio? ¿No seremos de los que obstaculizan la entrada y ni entramos, ni dejamos entrar?

¡Basta ya de excusas! ¡O recoges conmigo o desparramas! ¡O entras, o sales…pero no puedes quedarte al medio! ¡El Señor te está invitando a entrar, con impaciencia!

Oremos:

Señor, no permitas que andemos por el mundo como tibios testigos, que no son ni chicha ni limonada. Danos el coraje de decidir, ¡ya! Y seguirte para siempre, confiando en Ti. Contigo lo tenemos todo. Sin Ti, no somos nada.

Danos hoy la oportunidad de servirte. No permitas que flaqueemos. Que seamos consecuentes en todo lo que decimos y hacemos. Amén.

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Lucas 13, 31-35

Texto del evangelio (Lc 13,31-35)

En aquel tiempo, algunos fariseos se acercaron a Jesús y le dijeron: «Sal y vete de aquí, porque Herodes quiere matarte». Y Él les dijo: «Id a decir a ese zorro: ‘Yo expulso demonios y llevo a cabo curaciones hoy y mañana, y al tercer día soy consumado. Pero conviene que hoy y mañana y pasado siga adelante, porque no cabe que un profeta perezca fuera de Jerusalén’.

»¡Oh Jerusalén, Jerusalén!, la que mata a los profetas y apedrea a los que le son enviados. ¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como una gallina su nidada bajo las alas, y no habéis querido! Pues bien, se os va a dejar vuestra casa. Os digo que no me volveréis a ver hasta que llegue el día en que digáis: ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!».

Reflexión: Lc 13,31-35

El Señor da aquí una clara muestra de valentía. Él tiene una Misión que cumplir que está muy por encima de lo que quiera decirle Herodes, y no va a ser él quien lo detenga o atemorice.

Este debe ser el camino para nosotros; este es el mejor ejemplo. Hay cosas que debemos hacer; hay deberes que tenemos que cumplir, que no pueden estar sujetos al temor, a la amenaza. Cuanto más temor y amenaza, más oración debemos realizar para mantenernos firmes, para fortalecernos en nuestra posición.

Nuestra lucha va más allá de intereses personales, de mi bienestar, de mi beneficio. Nosotros estamos luchando por propagar el mensaje de salvación de Cristo y no podemos detenernos frente al enemigo. Si precisamente gran parte de nuestra misión consiste en combatirlo, en erradicarlo, en hacerlo retroceder. Y, tenemos el poder para ello. Mientras el bien avanza, el mal retrocede. Pero el bien avanza y tiene garantizado el triunfo, porque Cristo con su muerte en cruz y su resurrección, ha vencido al mundo y constituye la mejor garantía del triunfo.

Entonces, no se trata de rencillas personales, de motivaciones mezquinas. Nuestra lucha, nuestra misión, no se agota tras cada escaramuza; tenemos un trabajo de largo alcance que realizar y no terminará hasta que el mundo haya sido totalmente cristianizado. Tenemos, así, una misión que puede tomarnos toda la vida o todo el tiempo que el Señor disponga. Estamos a su servicio y el dirá si habremos de terminar aquí, o si habremos de consagrarle toda la vida, como tantos otros que nos precedieron.

Nuestra lucha ha de ser por unir, por armonizar, por lograr la paz y el amor entre hermanos. Si por eso hemos de ser perseguidos y aún morir, pues, dejaremos este mundo con la certeza que llegará el momento del triunfo final: “Os digo que no me volveréis a ver hasta que llegue el día en que digáis: ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!”

Oremos:

Señor, danos tu firmeza y fortaleza para seguirte sin importar cuan sinuoso, pendiente o difícil se muestra a veces el camino. No son las amenazas ni el temor los que pondrán fin a nuestra Misión, que habremos de seguirla hasta que tu dispongas y cueste lo que cueste. Mientras tengamos un hálito de vida, permítenos trabajar para el Reino. Amén.

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Lucas 13, 1-9

Texto del evangelio (Lc 13,1-9)

En aquel tiempo, llegaron algunos que le contaron lo de los galileos, cuya sangre había mezclado Pilato con la de sus sacrificios. Les respondió Jesús: «¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que todos los demás galileos, porque han padecido estas cosas? No, os lo aseguro; y si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo. O aquellos dieciocho sobre los que se desplomó la torre de Siloé matándolos, ¿pensáis que eran más culpables que los demás hombres que habitaban en Jerusalén? No, os lo aseguro; y si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo».

Les dijo esta parábola: «Un hombre tenía plantada una higuera en su viña, y fue a buscar fruto en ella y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: ‘Ya hace tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro; córtala; ¿para qué va a cansar la tierra?’. Pero él le respondió: ‘Señor, déjala por este año todavía y mientras tanto cavaré a su alrededor y echaré abono, por si da fruto en adelante; y si no da, la cortas’».

Reflexión: Lc 13,1-9

Muerto y bien muerto quedará el que no de fruto en su vida. La muerte, no importa cómo, igualmente le alcanza a todo aquél que no da fruto. ¡Esa es la muerte que debemos temer! ¡De esa muerte nos habla Jesús! ¡Sobre esa muerte nos advierte!

El Señor, como el viñador, nos limpia, nos cuida, nos riega, nos abona y nos tiene paciencia…Un año, otro año…espera y espera que finalmente habremos de tomar conciencia del enorme Don recibido y que habremos de hacer con él lo correcto: ponerlo al servicio de Dios, ponerlo al servicio de los demás, ponerlo al servicio de la vida, del amor…

Una y otra vez nos corrige. Una y otra vez nos ayuda a levantar. Una y otra vez nos perdona. Nos vuelve a dar otra oportunidad. Como la higuera, estamos llamados a dar fruto, y Él lo espera. Es paciente…nos comprende y nos pule. Quiere que vivamos para siempre.

Como la higuera, tenemos una misión en la vida. Para algo estamos aquí. Nuestra vida no puede ser inútil y lo será, si nos guardamos para nosotros mismos, si no nos damos, si no damos fruto.

Una cosa nos pide el Señor, que nos hará distintos a los demás. Una sola cosa que impedirá que muramos como los demás: CONVERSIÓN.   “…si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo”.

Pero, ¿Qué cosa es convertirse, en qué consiste? Para decirlo de modo sencillo y rápido, mirar al mundo como Jesús lo ve. Vivir, ser, actuar como Él.  Seguir a Jesús. En resumen, hacer la Voluntad del Padre. ¿Y qué quiere el Padre de nosotros? Que le amemos a Él por sobre todas las cosas y que amemos a los demás, a nuestro prójimo, como a nosotros mismos. Eso es todo. Como nos dirá Jesús: en eso se resume toda la ley y los mandamientos.

Entonces, no es en realidad tan complicado el mensaje del Señor…Lo hemos resumido en un solo párrafo. El problema es que se dice muy fácil, pero hacerlo es otra cosa.

Oremos:

Señor, límpianos, purifícanos, para que veamos así de claro el Camino que nos propones. Danos Tu Luz y ayúdanos a seguirte con valor, sin dudas.

Aparta de nosotros la maldad, la codicia, la avaricia, la lujuria, la soberbia…todo aquello que engañosamente nos enreda; todas esas argucias del demonio que nos hacen creer que te servimos, cuando en el fondo, en realidad pretendemos servirnos de Ti y de los demás, para nuestros propios mezquinos  intereses.

Aparta de nuestro camino toda tentación. Ayúdanos a ser fuertes y a mantenernos puros. Amén.

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)
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