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Lucas 15,1-3.11-32

Texto del evangelio (Lc 15,1-3.11-32)

Por alguna razón que sinceramente desconozco compartí con ustedes mi reflexión sobre esta lectura conocida como la “Parábola del Hijo Pródigo”, el sábado 6 de marzo. Seguramente el sitio de internet del que saco la lectura diaria se equivocó o la consideró por algún motivo para ese día y yo la tomé…o tal vez me equivoqué…Como sea, el hecho es que tanto la lectura como la reflexión pertinente la pueden encontrar aquí:
http://www.aqplink.com/roguemos/2010/03/lucas-15-1-3-11-32/
En todo caso, sirva la presente oportunidad para ampliar mis reflexiones sobre otros aspectos también notables de esta lectura, los que con vuestro permiso, me permito compartir seguidamente

Reflexión: Lc 15,1-3.11-32 (Segunda parte, el hijo fiel)

No puede dejar de conmovernos la actitud y la vivencia emocional del hijo fiel, aquél que había permanecido siempre al lado del padre, sirviéndole lealmente y el que, sin embargo y según sus propias palabras, nunca se hizo acreedor de ningún alago especial.

Conmueve, porque no es difícil sentir simpatía por él. Con poco esfuerzo, si somos honestos, podemos adoptar una pose empática y ponernos en sus zapatos. ¡Cómo friega el no haber sido motivo de distinción alguna por el padre, pese a la fidelidad y lealtad mantenida tantos años!

Pero, nuestro Padre, que nos ama tanto, nos llama precisamente a ser generosos, a ser amplios, a no ser mezquinos. Cuesta, es verdad, pero no es imposible. Es que el Señor siempre nos está exigiendo más. Por ello, no debemos conformarnos con lo alcanzado, ni dormirnos en nuestros laureles, sintiendo que lo merecemos todo, porque hemos hecho lo que teníamos que hacer. Siempre habrá lugar para el esfuerzo, para hacer algo más, para alcanzar una nueva meta, una meta superior…

El hijo fiel, aunque ciertamente reacciona como muchos de nosotros lo haríamos, está llamado, convocado por el Padre, a dar ese paso más. A deshacerse de su orgullo, de su soberbia, de su envidia, para compartir la dicha y alegría del Padre, por el hermano que estuvo perdido, que estuvo “muerto” y ha vuelto a la vida. No es fácil…Exige humildad; exige amor, desprendimiento…Un alma pura, cristalina, sin apetitos personales, que esté dispuesta siempre a ir más allá. Amar a Dios Padre por sobre todas las cosas y a los hermanos, como a nosotros mismos.

Oremos:

Señor, permítenos superar la mezquindad. Que sepamos alegrarnos sinceramente por el bien y el progreso de nuestros hermanos, más aun cuando este se manifiesta en bendiciones y trato generoso de Tu parte. Que no alberguemos envidia en nuestro corazón. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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Lucas 18, 9-14

Texto del evangelio (Lc 18, 9-14)

En aquel tiempo, Jesús dijo también a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, esta parábola: «Dos hombres subieron al templo a orar; uno fariseo, otro publicano. El fariseo, de pie, oraba en su interior de esta manera: ‘¡Oh Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás hombres, rapaces, injustos, adúlteros, ni tampoco como este publicano. Ayuno dos veces por semana, doy el diezmo de todas mis ganancias’. En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se atrevía ni a alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: ‘¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!’. Os digo que éste bajó a su casa justificado y aquél no. Porque todo el que se ensalce será humillado; y el que se humille será ensalzado».

Reflexión: Lc 18, 9-14

Somos muy propensos a juzgar a los demás. Es que es mucho más fácil y cómodo ver defectos en los demás, que reconocer los propios. Todo lo mejor, somos nosotros. Todo lo malo, proviene de los demás…Sin embargo fíjense que el Señor precisamente en eso, nos enseña lo contrario. Lo malo no viene de afuera, sino de adentro. Es de nosotros que brota y sale la maldad, no de afuera. “No es lo que entra, sino lo que sale…” nos dirá en otro pasaje.

Debemos expresarnos con más humildad y sobre todo, no creernos la última coca cola del desierto, porque no lo somos. No somos los únicos que podemos, no somos los únicos que comprendemos, no somos los únicos que lo hacen bien, no somos los elegidos, ni los únicos que podemos y sabemos. Antes que nosotros, el universo ya existía y después también lo hará.

Si nosotros somos algo, si valemos algo, es porque Dios nos ama; y Él nos ama incondicionalmente, no como respuesta, ni como resultado de ninguna de nuestras obras. Él nos ama desde siempre y nos amará por siempre, ni más ni menos que aquél al que desprecias, aquel que juzgas y condenas…Así que evita, abstente de calificar a nadie. Cuídate de la maledicencia, que no tienes la capacidad, ni está en tus manos juzgar. “Se perfecto” como nuestro Padre que está en los cielos lo es.

No te compares, ni repares en el bien o el mal que hacen los demás, antes bien, procura tú hacer siempre el bien. Da, sin esperar recibir. Ama y comprende, sin esperar ser amado o comprendido. No sabes lo que a tu hermano le cuesta ser como es. Esfuérzate tú por ser mejor cada día.

Oremos:

Señor, dame humildad; dame sencillez. Que no me envanezca por ninguna de las Gracias o dones recibidos, que me los diste gratuitamente y no hice ningún merito para tenerlos. Hazme dichoso al compartir, con los que menos tienen, con los que sufren, con los pobres, con los débiles, con los enfermos. Haz de mi, un don para los demás. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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Marcos 12, 28b-34

Texto del evangelio (Mc 12, 28b-34)

En aquel tiempo, uno de los maestros de la Ley se acercó a Jesús y le hizo esta pregunta: «¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?». Jesús le contestó: «El primero es: ‘Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas’. El segundo es: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. No existe otro mandamiento mayor que éstos».

Le dijo el escriba: «Muy bien, Maestro; tienes razón al decir que Él es único y que no hay otro fuera de Él, y amarle con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a si mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios». Y Jesús, viendo que le había contestado con sensatez, le dijo: «No estás lejos del Reino de Dios». Y nadie más se atrevía ya a hacerle preguntas.

Reflexión: Mc 12, 28b-34

El Señor resume así todas las enseñanzas y los mandamientos. No hay que darle más vueltas. No hay matices, ni tampoco hay nada más allá de esto, ni en otra perspectiva. No tratemos de encontrar otras explicaciones, porque no existen…Son puras tretas del demonio, que trata de engañarnos, de enredarnos. El mensaje es así de simple y si sólo pudiéramos quedarnos con estas líneas del evangelio, bastaría para trazar una vida recta, al servicio de Dios y nuestros hermanos, que es todo lo que quiere enseñarnos el Señor.

Es verdad que alguien podría decir, entonces por qué la “tremenda” Biblia…incluso el Nuevo Testamento, es decir los Evangelios y las cartas de los Apóstoles le podrían resultar extensos. Ello se explica, porque somos duros para entender y Dios Padre se toma todo el tiempo necesario para enseñarnos de diversas maneras y en diversas circunstancias esta gran verdad, este único mensaje. Jesús mismo lo reitera una y otra vez y de distintas maneras.

El mensaje es único y contundente, por eso “nadie más se atrevía ya a hacerle preguntas.” ¿Qué podían decir? El Señor había hablado con autoridad y había revelado con suma claridad toda su prédica, toda la verdad. No se trata de interpretaciones…Además, ni si quiera hay lugar a ellas. Se trata de ordenar la vida al servicio de Dios y de nuestros hermanos. Dios, nuestro Padre, nos ha dado todo…a Él debemos tornarlo a través de nuestros hermanos. Amando y sirviendo a ellos, le amamos y servimos a Él.

No necesitamos exégetas, ni sabios, ni teólogos para interpretar estas palabras. El Señor no habla en difícil para que luego lo interpreten los escogidos, los especialistas. El Señor habla en lenguaje sencillo, al alcance de todos, para que todos lo conozcamos y nos convirtamos, es decir, para que cambiemos y ordenemos nuestra vida en función de esta verdad revelada. ¿Cómo? Haciendo que en cada paso, en cada ocasión, tengamos en cuenta la voluntad de Dios, poniéndonos al servicio del Reino y por ende, de nuestros hermanos. No hay más vuelta que darle. ¿Cómo has de hacer esto en tu vida? Es algo que tú debes discernir, siendo honesto y sincero contigo mismo. Pues tu sabes mejor que nadie de qué se trata. No le busques 5 pies al gato. Hazte este buen propósito y trata de cumplirlo HOY.

Oremos:

Padre Santo, ayúdanos para saber discernir y orientar nuestra vida al servicio del Reino y por lo tanto al servicio de nuestros hermanos. Que aprendamos a verte en cada uno de ellos. Que por nada los dejemos abandonados, librados a su suerte. Que intervengamos con decisión, pero sobre todo con amor, allí donde debamos. Que dejemos las excusas, las disculpas y los miedos…que nos desinstalemos, porque es solo dando que se recibe. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Lucas 11, 14-23

Texto del evangelio (Lc 11, 14-23)

En aquel tiempo, Jesús estaba expulsando un demonio que era mudo; sucedió que, cuando salió el demonio, rompió a hablar el mudo, y las gentes se admiraron. Pero algunos de ellos dijeron: «Por Beelzebul, Príncipe de los demonios, expulsa los demonios». Otros, para ponerle a prueba, le pedían una señal del cielo. Pero Él, conociendo sus pensamientos, les dijo: «Todo reino dividido contra sí mismo queda asolado, y casa contra casa, cae. Si, pues, también Satanás está dividido contra sí mismo, ¿cómo va a subsistir su reino?, porque decís que yo expulso los demonios por Beelzebul. Si yo expulso los demonios por Beelzebul, ¿por quién los expulsan vuestros hijos? Por eso, ellos serán vuestros jueces. Pero si por el dedo de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios. Cuando uno fuerte y bien armado custodia su palacio, sus bienes están en seguro; pero si llega uno más fuerte que él y le vence, le quita las armas en las que estaba confiado y reparte sus despojos. El que no está conmigo, está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama».

Reflexión: Lc 11, 14-23

El mal espíritu, el demonio, está rondándonos todo el tiempo, como un ave carroñera. Espera nuestro error, nuestro momento de debilidad para tentarnos y hacernos caer. Es absurdo pretender que no existe e ingenuamente ignorarlo, pues su cola está metida en toda controversia, en toda discusión, en toda desavenencia, procurando profundizarla y haciéndola irreconciliable.

No existe peor enemigo del alma que el demonio. Este quiere corromperla, debilitarla, asustarla…persuadirla de estupideces y miserias. A veces entra en forma tan sutil, que difícilmente nos damos cuenta. No por nada el mismo Jesús lo llama el Príncipe de este mundo; es pues, el Príncipe del engaño. Es astuto, muta, cambia…y está permanentemente al acecho. No da tregua.

Tras la denominación de Príncipe debemos entender que estamos frente alguien muy poderoso. No podemos taparnos los ojos frente a esta realidad. Príncipe es aquel que pretende heredar el Reino. Así de grande es su ambición y decisión. Sabemos que ello jamás será posible, porque Rey hay solo uno: Dios. Y, el jamás lo permitirá. Precisamente envió a Su Hijo, a Su legítimo heredero para decirnos cuál es Su Voluntad. Y esta es que nos salvemos. Que nos amemos unos a otros y a Dios por sobre todas las cosas, que de este modo salvaremos nuestra alma y alcanzaremos la Vida Eterna.

“Yo he vencido al mundo”, nos dirá en otro pasaje Jesús, aludiendo precisamente a la derrota del mal y con él, la derrota del demonio. Sino que este se resiste a abandonar el mundo, sin llevarse de encuentro a algunos de nosotros. ¿Podrá? Dependerá de nuestra firmeza, de nuestra fortaleza…Si soltamos la mano de Jesús que nos guía, que nos conduce por el Camino, es posible que este nos arrastre y nos empuje a la perdición, al engaño, al egoísmo. Pero si nos mantenemos unidos al Señor, como la vid a los sarmientos, esto será imposible. Por eso hoy Cristo nos recuerda que “El que no está conmigo, está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama.”

Estas son palabras muy fuertes, que nos obligan a meditar y reflexionar en torno a nuestro proceder cotidiano. ¿Somos de los que recogen o por el contrario, todo lo que hacemos es desparramar? No hay términos medios; no hay medias tintas. Recordemos que en otro pasaje, Jesús nos dice que “a los tibios los vomitaré”; es pues otra forma de decirnos que no hay términos medios: o estamos con Él o estamos contra Él. “El que pone la manos sobre el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino”. Estamos ante una gran responsabilidad, que comportan la vida misma. Nuestra salvación depende de lo que hagamos con nuestra vida. O la mandamos al tacho, siguiendo la tentadora propuesta del Príncipe, que en el fondo solo quiere nuestra perdición, aunque nos la presente como el más atractivo manjar, o reconocemos humildemente nuestra debilidad, nuestra incapacidad para afrontarlo solo y nos unimos a Jesús, para derrotarlo de una vez por todas y erradicarlo de nuestras vidas. Jesús es nuestra mejor garantía de Salvación, de corrección…con Él, no tenemos pierde.

No hay cosas buenas, que parecen malas. El mal jamás podrá traer bien. No nos engañemos, ni dejemos que nos engañen. Si pretendes un bien para tu hermano, si pretendes un bien para tu institución, no puedes esperar que este sea el fruto, el resultado de una mala obra, de una mala acción que finalmente se compondrá. Lo que brota y nace de las malas intenciones, no podrá enderezarse sin la intervención Divina. Y esta, no congenia ni anda con contemplaciones y componendas con el Demonio. O eres justo y procuras el bien tangible en todo cuanto haces, o estás contribuyendo a la destrucción del mundo, a la infelicidad y perdición de tus hermanos. O estas con Dios, o estás contra Él…No hay términos medios.

 

Oremos:

Oh Buen Jesús, no permitas que abandonemos el Camino que Tú nos has enseñado. Permite asirnos fuertemente a Tu mano generosa, para afrontar exitosamente toda tentación, toda trampa, toda celada preparada por el demonio. No dejes que caigamos en tentación. Ayúdanos a frecuentar lo Sacramentos, especialmente el de la Eucaristía, donde encontramos nuestra fortaleza. Que vivamos en oración permanente y demos testimonio de ello con nuestras propias vidas.  Sin Ti, no somos nada y seremos agitados, como trigo al viento; en cambio, contigo, lo tenemos todo. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Mateo 5, 17-19

Texto del evangelio (Mt 5, 17-19)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento. Sí, os lo aseguro: el cielo y la tierra pasarán antes que pase una i o una tilde de la Ley sin que todo suceda. Por tanto, el que traspase uno de estos mandamientos más pequeños y así lo enseñe a los hombres, será el más pequeño en el Reino de los Cielos; en cambio, el que los observe y los enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos».

Reflexión: Mt 5, 17-19

Algo que podemos constatar muy rápido tras estas palabras. Cristo no corrige el Antiguo Testamento, no lo modifica, sino que lo profundiza. No es que queda abolido, sino que se cumple. Él es el Salvador, el Mesías del que se habla a lo largo de muchas profecías. El esperado, el anunciado, ya está aquí. En un sentido, diríamos que se ha cumplido el ciclo. Por eso la división entre Antiguo y Nuevo Testamento.

La Antigua Alianza es a de la esperanza, la de la promesa. Dios Padre sabrá acordarse de nosotros y nos salvará. Los creyentes,  hemos de vivir de un modo que se condiga con los Mandamientos de la Ley de Dios. Esto es lo menos que se espera de un creyente antes de Cristo.

Con Cristo y a partir de Cristo, centro de la historia, se da cumplimiento al Antiguo Testamento, porque la promesa ha llegado, está aquí y nos ha Salvado. Con Cristo comienza otra historia, que es continuación de la primera; que se hace sobre la primera. Es en este sentido que, como dice Jesús, “No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento.”

El Nuevo Testamento es, diríamos, el penúltimo paso en la historia de la Salvación. Penúltimo, porque el último nos toca a nosotros.  Jesús ha restaurado la Alianza que por su soberbia había roto el hombre con Dios Padre. Jesús, con su vida, con su muerte en la cruz y con su resurrección, es decir con su sangre, ha sellado la alianza. Nos ha enseñado un Mandamiento que está en el fondo, por encima y más allá de los Mandamientos de la Ley de Dios: el del Amor. Esa es la nueva era que ha venido a inaugurar. Esa es la esencia del Nuevo Testamento.

No es pues, entonces, que ya los 10 Mandamientos han sido abolidos, sino todo lo contrario. La exigencia del Amor va más allá que cualquier ley. El amar a Dios por sobre todas la cosas y a nuestros hermanos como a nosotros mismos,  es el resumen de todas las leyes. No se puede cumplir esta ley, si cumplir las otras… Jesús nos enseña esta ley, con su vida misma, ganando para nosotros la vida eterna. El puente ha sido restaurado; el camino está trazado. El último paso debemos escribirlo nosotros, con nuestra vida. Aceptamos la propuesta de Jesús y transitamos por el Camino, o simplemente lo rechazamos y nos perdemos.

Dios Padre ha cumplido su promesa. Ha enviado a su Hijo, al Salvador. No habrá más señal. La tomamos o la dejamos.  Aunque lo aconsejable, obviamente es tomarla, somos libres de decidir, así que podemos hacer lo que queramos.  Recordando que “el que traspase uno de estos mandamientos más pequeños y así lo enseñe a los hombres, será el más pequeño en el Reino de los Cielos; en cambio, el que los observe y los enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos”.

Oremos:

Padre Santo, danos fe abundante para vivir según Jesús, amando a nuestros hermanos, sin importar la circunstancia, ni mucho menos el trato que nos dan.  Que amemos por sobre todo y al extremo que Jesús. Fortalece nuestro espíritu, para que sepamos afrontar  los embates del enemigo, que en cada esquina y recoveco está tentándonos con lo fácil, lo insensible, lo egoísta, como si todo se redujera a nuestra propia y exclusiva satisfacción temporal… Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Mateo 18, 21-35

Texto del evangelio (Mt 18, 21-35)

 
En aquel tiempo, Pedro se acercó entonces y le dijo: «Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?». Dícele Jesús: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.

»Por eso el Reino de los Cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos. Al empezar a ajustarlas, le fue presentado uno que le debía 10.000 talentos. Como no tenía con qué pagar, ordenó el señor que fuese vendido él, su mujer y sus hijos y todo cuanto tenía, y que se le pagase. Entonces el siervo se echó a sus pies, y postrado le decía: ‘Ten paciencia conmigo, que todo te lo pagaré’. Movido a compasión el señor de aquel siervo, le dejó en libertad y le perdonó la deuda.

»Al salir de allí aquel siervo se encontró con uno de sus compañeros, que le debía cien denarios; le agarró y, ahogándole, le decía: ‘Paga lo que debes’. Su compañero, cayendo a sus pies, le suplicaba: ‘Ten paciencia conmigo, que ya te pagaré’. Pero él no quiso, sino que fue y le echó en la cárcel, hasta que pagase lo que debía. Al ver sus compañeros lo ocurrido, se entristecieron mucho, y fueron a contar a su señor todo lo sucedido. Su señor entonces le mandó llamar y le dijo: ‘Siervo malvado, yo te perdoné a ti toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también compadecerte de tu compañero, del mismo modo que yo me compadecí de ti?’. Y encolerizado su señor, le entregó a los verdugos hasta que pagase todo lo que le debía. Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si no perdonáis de corazón cada uno a vuestro hermano».

Reflexión: Mt 18, 21-35

Qué rápidos somos para pedir privilegios y ventajas para nosotros mismos. Queremos ser los primeros en la cola, que nos pongan en los primeros lugares, en los que se oye mejor, se ve mejor. Al momento del reparto, queremos ser los primeros, a los que les toque la mejor parte, la más grande, la más sabrosa, la mejor ubicada. Si se trata de pagar, que se nos indulte, que se nos perdone, que se nos rebaje…Pero cuando se trata de cobrar, que sea hasta el último centavo, que sea con creces. “Me las pagará”, decimos…

Pedimos misericordia a Dios, un trato benevolente. Pero no somos capaces de prodigarlo. Somos más proclives y estamos más dispuestos a poner cargas en las espaldas de nuestro prójimo, que nosotros no soportaríamos ni llevaríamos por un instante. Claro, siempre encontramos una excusa para nuestra exigencia con los demás y para la tolerancia con nosotros mismos.

No nos medimos con la misma vara que medimos a nuestros hermanos. Aquí el Señor nos recuerda que debemos ser tan tolerantes y contemplativos con los demás, y sobre todo, tan compasivos, como quisiéramos que fueran con nosotros.  Estamos nuevamente ante una lección de amor…Ama y serás amado. Da y recibirás…Solo recuerda que el primer paso debe ser tuyo, debes darlo tú; no debes esperar que el otro comience, que el otro lo haga, que el otro se allane. Hazlo tú, por amor, por Dios…Hazlo, sin esperar nada a cambio, y obtendrás la recompensa más grande, a la que puede aspirar ser humano alguno: la Vida Eterna, un lugar en el Paraíso, un asiento en la Mesa del Señor.

No lleves cuentas, como el Señor tampoco las lleva contigo. Cuando perdones, perdona de corazón de una sola vez y para siempre. Para eso no puede ni debe haber límites. Perdona las veces que sea necesario. “Hasta setenta veces siete”…Es decir, siempre, sin cuenta…

 

Oremos:

Señor, que no me fije tanto en lo que me dan, en lo que he de recibir, como en lo que doy y hago por los demás. Que esté siempre dispuesto a servirte; que acuda al primer llamado. Que no espere ruegos y súplicas; que me deje conmover por mis hermanos.   Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Lucas 4, 24-30

Texto del evangelio (Lc 4, 24-30)

En aquel tiempo, Jesús dijo a la gente reunida en la sinagoga de Nazaret: «En verdad os digo que ningún profeta es bien recibido en su patria. Os digo de verdad: muchas viudas había en Israel en los días de Elías, cuando se cerró el cielo por tres años y seis meses, y hubo gran hambre en todo el país; y a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda de Sarepta de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue purificado sino Naamán, el sirio».

Oyendo estas cosas, todos los de la sinagoga se llenaron de ira; y, levantándose, le arrojaron fuera de la ciudad, y le llevaron a una altura escarpada del monte sobre el cual estaba edificada su ciudad, para despeñarle. Pero Él, pasando por medio de ellos, se marchó.

Reflexión: Lc 4, 24-30

Todo está en que empecemos, realmente, a tratar de convencer a quienes más nos conocen, que se burlarán de nosotros, pues ya nos tienen medidos y saben de qué pie cojeamos, para que den demasiado crédito a lo que decimos o hacemos. Buscarán alguna explicación en nuestra historia personal, que conocen muy bien, para desprestigiarnos, para desmerecer lo que hacemos.

No es pues fácil construir el Reino, empezando por los nuestros. Sin embargo es por allí por donde debemos empezar. En todo caso, no porque sea difícil, debemos abandonarlos; todo lo contrario. Sin embargo, aquí el Señor nos advierte, nos anticipa sobre esta dificultad, que debemos tener en cuenta. Pero aún ahí, y pese a la dificultad, no debemos abandonar nuestra misión, tal como nos los enseña Jesús, que llegó a desatar la ira de quienes, por conocerlo, seguramente, lo despreciaban, lo ninguneaban, a tal punto, que estuvieron a punto de matarlo…

Jesús tuvo que emplearse a fondo, entonces, y haciendo uso de toda su astucia y de los poderes de los que estaba envestido “pasando por medio de ellos, se marchó.” Es que Jesús es el Hijo de Dios, y no era en aquella ocasión, ni en aquellas manos que tenía que morir. Es obvio que Dios Padre, velaba por Él. Siempre me ha asombrado este pequeño fragmento…Era tal el poder divino que emanaba de Él, que llegado el momento, pudo pasar por en medio de ellos, sin que ofrecieran resistencia alguna. Su presencia, su mirada, su semblante, su decisión eran tales, que amilanaban al más pintado, al punto de hacerse de lado y dejarlo pasar, de no atreverse, finalmente, a ponerle un dedo encima…La escena es conmovedora. Pasó por en medio de ellos…

Es quizás, también, un ejemplo de la confianza que debemos tener en Dios, que sabrá apoyarnos y ayudarnos a salir de las situaciones más difíciles, más riesgosas, si nos damos íntegramente por Él, aun entre quienes menos posibilidades tenemos, como son aquellos que ya nos tienen catalogados, medidos…Llegado el momento, Él sabrá sacarnos de en medio de la situación más violenta y quizás esta sea la lección que haga falta a muchos de nosotros, para finalmente convencernos, que “aquí hay algo más”, algo más que Jonás, algo más que Moisés…

 

Oremos:

Padre Santo, danos confianza, danos fe para creer ciegamente en Ti, para abandonarnos en Tus manos, para hacernos instrumento en Tus manos sabias y poderosas, confiando en que Tú sabrás escribir las páginas más hermosas, allí donde nosotros no hubiéramos atinado a trazar ni siquiera un garabato. Acrecienta nuestra fe, nuestra confianza en Ti, dándonos la convicción íntima y personal que sin Ti, no somos nada, en cambio contigo, nada nos falta, todo es posible. Que estas no sean palabras huecas que repetimos sin sentido, sino que salga a relucir a cada paso en nuestra vida cotidiana. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Lucas 13, 1-9

Texto del evangelio (Lc 13, 1-9)

En aquel tiempo, llegaron algunos que contaron a Jesús lo de los galileos, cuya sangre había mezclado Pilato con la de sus sacrificios. Les respondió Jesús: «¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que todos los demás galileos, porque han padecido estas cosas? No, os lo aseguro; y si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo. O aquellos dieciocho sobre los que se desplomó la torre de Siloé matándolos, ¿pensáis que eran más culpables que los demás hombres que habitaban en Jerusalén? No, os lo aseguro; y si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo».

Les dijo esta parábola: «Un hombre tenía plantada una higuera en su viña, y fue a buscar fruto en ella y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: ‘Ya hace tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro; córtala; ¿para qué va a cansar la tierra?’. Pero él le respondió: ‘Señor, déjala por este año todavía y mientras tanto cavaré a su alrededor y echaré abono, por si da fruto en adelante; y si no da, la cortas’».

Reflexión: Lc 13, 1-9

Tendemos a pensar que tras toda desgracia, tras toda muerte trágica está Dios, que envía su castigo sobre los que no le siguen, sobre los que no se comportan como Él lo ha dispuesto. Es decir que, para muchos de nosotros, Dios envía castigos a los malos y a veces, incluso castiga sin discriminar, a buenos y malos, por culpa de unos cuantos. Es decir que nuestro buen Dios aplica aquél viejo adagio que dice: “justos pagan por pecadores”. Esa es la imagen que muchos nos hemos forjado de Dios: severo y castigador, que a cada paso nos pide cuentas y que blande su espada justiciera sobre todo brazo, pierna o cabeza que no hace lo que Él ha dispuesto.

Ante esa imagen que nos hemos forjado ancestralmente para explicar de algún modo las desgracias, qué nos dice Jesús. Nos presenta a un Dios que es Padre, y por tanto, es muy distinto a aquella amenaza que erróneamente hemos forjado en nuestra imaginación, ya por ignorancia, ya por obra del demonio, que con argucias quiere alejarnos de nuestro Buen Padre, nuestro Padre Eterno.

Es que no puede ser de otro modo. Como Jesús mismo nos lo dirá en otro pasaje, “si nosotros sabemos dar cosas buenas a nuestros hijos, cuanto más nuestro Padre nos dará el Espíritu Divino a quien se lo pide”. Y no hay, ni puede haber Bien más precioso que este…Si nos da lo más, lo mayor, cuanto más nos dará “el pan de cada día”.

Nuestra vida aquí en la tierra, es finita. y está sujeta a las leyes naturales. Inundaciones, terremotos, cataclismos, son tan propios de nuestro planeta, como el invierno, el verano, la primavera…la lluvia, la cosecha, las plantas, los bosques, los animales…Nosotros debemos tratar con respeto y moderación toda la Creación, porque ha sido puesta a nuestro servicio, al servicio de todas las generaciones que habrán de poblar la tierra, hasta que llegue su fin, que indudablemente llegará algún día…mañana, dentro de 20 años, dentro de cinco mil o en varios millones o miles de millones más.

Debemos hacer uso correcto de todo lo recibido, empezando por nuestra vida misma. No podemos desperdiciarla, ni dejarla escurrir, como el agua entre nuestros dedos. Tenemos que hacer lo más que podemos, en función del Reino, en función de ese destino superior que llevamos como una impronta en nuestros genes, en nuestro espíritu y que Jesús nos ha Revelado y Confirmado.

Somos hijos de Dios. ¡¿Puede alguien imaginar honor más grande?! Y ese Dios, Padre nuestro, es la encarnación del Amor Eterno. Por lo tanto, solo puede querer y quiere nuestro bien, lo mejor de nosotros, como nos lo dice una y otra vez Jesús. Él nos pide que demos un paso más, que nos exijamos un poco más, porque sabe de lo que somos capaces, porque sabe lo que podemos. No nos pide nada más que carguemos con nuestra propia cruz. No la de Él, no la de nuestros hermanos, sino la nuestra.

Y, ¿en qué consiste esa “cruz”? En hacer cada día lo que nos corresponde. En hacer lo mejor que podamos todo lo que debemos hacer, esforzándonos por dar más. En no conformarnos con la mediocridad, la desidia, la flojera, la comodidad…porque ello acarrea consecuencias sobre los demás. En actuar responsablemente, solidariamente, procurando el bien ajeno, antes que el propio. Es decir, amando. ¡Eso es lo que nos pide el Señor! “Que nos amemos los unos a los otros, como Él nos ha amado”. ¿Cómo nos amó Jesús? Al extremo de morir por nosotros, para salvarnos…Esa es la medida.

Es así como espera nuestro Padre que vivamos cada día. Él no nos castiga; el por el contrario, es como aquél que pide al dueño de la viña: ‘Señor, déjala por este año todavía y mientras tanto cavaré a su alrededor y echaré abono, por si da fruto en adelante; y si no da, la cortas’». Siempre está buscando, procurando, prodigándonos una nueva oportunidad. ¡Ese es nuestro Padre, el Padre que Jesús nos presenta!

Oremos:

Padre Santo, concédenos la Gracia de vivir cada día en la virtud, procurando siempre el bien de los demás, exigiéndonos a nosotros mismos, antes que a los demás. Danos humildad para servir a nuestros hermanos. Que no busquemos privilegios, ni prebendas. Que en toda circunstancia y situación sepamos actuar iluminados por tu luz, en función de la construcción del Reino. Que no caigamos en la tentación. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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Mateo 21, 33-43.45-46

Texto del evangelio (Mt 21, 33-43.45-46)

En aquel tiempo, Jesús dijo a los grandes sacerdotes y a los notables del pueblo: «Escuchad otra parábola. Era un propietario que plantó una viña, la rodeó de una cerca, cavó en ella un lagar y edificó una torre; la arrendó a unos labradores y se ausentó. Cuando llegó el tiempo de los frutos, envió sus siervos a los labradores para recibir sus frutos. Pero los labradores agarraron a los siervos, y a uno le golpearon, a otro le mataron, a otro le apedrearon. De nuevo envió otros siervos en mayor número que los primeros; pero los trataron de la misma manera. Finalmente les envió a su hijo, diciendo: ‘A mi hijo le respetarán’. Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron entre sí: ‘Este es el heredero. Vamos, matémosle y quedémonos con su herencia’. Y agarrándole, le echaron fuera de la viña y le mataron. Cuando venga, pues, el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?».

Dícenle: «A esos miserables les dará una muerte miserable y arrendará la viña a otros labradores, que le paguen los frutos a su tiempo». Y Jesús les dice: «¿No habéis leído nunca en las Escrituras: La piedra que los constructores desecharon, en piedra angular se ha convertido; fue el Señor quien hizo esto y es maravilloso a nuestros ojos? Por eso os digo: se os quitará el Reino de Dios para dárselo a un pueblo que rinda sus frutos».

Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír sus parábolas, comprendieron que estaba refiriéndose a ellos. Y trataban de detenerle, pero tuvieron miedo a la gente porque le tenían por profeta.

Reflexión: Mt 21, 33-43.45-46

¿Cómo aplicar aquí y ahora, a nosotros estás palabras? Lo hemos recibido todo, lo tenemos todo y sin embargo no hemos sido capaces de encaminar adecuadamente nuestra vida. La hemos desperdiciado, dedicándola a fines egoístas, ajenos a aquello para lo cual se nos entregó semejante patrimonio. Lo recibimos en custodia, con la autoridad suficiente para emplearlo de un modo tal que permitiera incrementarlo, acrecentarlo, en orden a la salvación, en orden a la construcción del Reino…¿Y, qué hemos hecho? Estas son las cuentas que nos pide el dueño de la viña.

Si recibimos tanto y en un momento no supimos qué hacer, el nos envió emisarios para explicarnos, para aclararnos y para pedirnos cuentas. ¿A quiénes? ¿Cuándo? Revisa tu vida y responde tu mismo estas preguntas. Se honesto. ¿Nunca se te dijo lo que debías hacer? ¿Lo hiciste? ¿Hiciste caso o más bien te agazapaste en ti y con mucha soberbia rechazaste aquella corrección? Sabías lo que tenías que hacer, y sin embargo preferiste la comodidad, la “tranquilidad”…Huiste del compromiso, y en vez de procurar los frutos que el dueño de la viña esperaba, te dedicaste a otra cosa. Te enviaron dinero para que adquirieras nutrientes, abono, agua para la viña, y tu preferiste emplearlos en otra cosa, descuidando la viña y dejando que la mala yerba crezca por doquier…

Preferiste la farra, la jarana, “el buen vivir”, antes que el trabajo abnegado y sacrificado para lograr los mejores frutos con el patrimonio que se te confió. Obraste posiblemente como muchos, como todos…Desechaste la piedra angular; despreciaste a cuanto emisario y oportunidad de corrección se te dio. No eres digno del Reino…se te quitará para dárselo a otro.

Así de duras y exigentes son las palabras del Señor. Por eso, debemos hacer un alto. Meditar y reflexionar lo que estamos haciendo con nuestra vida. No podemos seguir ciegamente por donde nos empujen, por donde nos llevan los demás. No porque todos lo hacen, yo debo hacerlo. Tengo en mis manos la posibilidad de emplear adecuadamente el patrimonio que se me ha confiado…Y no hay mayor patrimonio que la vida misma. He de orientarla como corresponde y esforzarme porque rinda los frutos que espera el dueño de la viña.

Oremos:

Padre Santo, permite que viva de tal modo que al final pueda decirte con alegría y paz: toma mi vida…Tú me la diste y a ti te la devuelvo. Ilumíname para llevar una vida santa, humilde, fructífera. Enséñame a amar cada día y a ver y oír tu voluntad en cada uno de mis hermanos, en cada acontecimiento. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Lucas 16, 19-31

Texto del evangelio (Lc 16, 19-31)

En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos: «Era un hombre rico que vestía de púrpura y lino, y celebraba todos los días espléndidas fiestas. Y un pobre, llamado Lázaro, que, echado junto a su portal, cubierto de llagas, deseaba hartarse de lo que caía de la mesa del rico pero hasta los perros venían y le lamían las llagas.

»Sucedió, pues, que murió el pobre y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. Murió también el rico y fue sepultado. Estando en el Hades entre tormentos, levantó los ojos y vio a lo lejos a Abraham, y a Lázaro en su seno. Y, gritando, dijo: ‘Padre Abraham, ten compasión de mí y envía a Lázaro a que moje en agua la punta de su dedo y refresque mi lengua, porque estoy atormentado en esta llama’. Pero Abraham le dijo: ‘Hijo, recuerda que recibiste tus bienes durante tu vida y Lázaro, al contrario, sus males; ahora, pues, él es aquí consolado y tú atormentado. Y además, entre nosotros y vosotros se interpone un gran abismo, de modo que los que quieran pasar de aquí a vosotros, no puedan; ni de ahí puedan pasar donde nosotros’.

»Replicó: ‘Con todo, te ruego, padre, que le envíes a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que les dé testimonio, y no vengan también ellos a este lugar de tormento’. Díjole Abraham: ‘Tienen a Moisés y a los profetas; que les oigan’. Él dijo: ‘No, padre Abraham; sino que si alguno de entre los muertos va donde ellos, se convertirán’. Le contestó: ‘Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se convencerán, aunque un muerto resucite’».

Reflexión: Lc 16, 19-31

Por alguna razón, somos selectivos en lo que estamos dispuestos a creer y lo que rechazamos como inverosímil o tomamos como algo meramente referencial y figurativo. Así, nos decimos cristianos, confesamos creer en Dios Padre, pero rechazamos la idea del demonio y del infierno, con el argumento, muy conveniente y convincente, que siendo nuestro Padre tan bueno, no lo puede permitir. Entonces armamos una serie de teorías, entre las que con más frecuencia encuentro una que dice: “todo lo que se hace aquí, aquí se paga,” que es una forma de negar precisamente el infierno…Y nos quedamos pensado en torno a ello, como el resultado de la sabiduría popular, que tiene tanto de sabia y nos preguntamos, ¿por qué no podría ser cierto? Y, lo dejamos ahí, como algo en lo que no nos gusta reflexionar mucho, una hondura en la que no queremos meternos…

Y sin embargo, Jesucristo que a develado para nosotros el misterio del Padre, hace una alusión muy concreta al infierno en esta lectura, dando cuenta de ciertas características muy precisas: hay un abismo insalvable entre el “seno de Abraham” y el Hades. No hay forma que allí alguien alivie tus tormentos. No hay forma de reparar allí lo que aquí hiciste. Cosecharás inevitablemente lo que sembraste, sin marcha atrás. Por más buenas intenciones que tuvieras entonces, incluso con tu prójimo, no habrá forma de advertirles para evitarles este sufrimiento, nada más que las que ya tenemos, como son los testimonios de los santos, de los profetas y de Jesucristo mismo, que nos señala el Camino de la salvación y de la Vida Eterna.

Si no escuchamos este llamado, si no escuchamos estas advertencias, nos perderemos irremediablemente. Si, es verdad, solo tenemos una vida, solo tenemos esta vida para decidir nuestro futuro eterno. O iremos a nuestro Padre, que nos llama y ha salido con los brazos abiertos a recibirnos, que tiene un sitio especialmente preparado para nosotros desde siempre, o nos condenamos a la oscuridad, al fuego eterno, al dolor y al sufrimiento, junto al Príncipe de este Mundo.

No, el Señor no nos amenaza. Nos advierte, nos da a a conocer el peligro que corremos y nos invita insistentemente a recorrer el camino correcto. El nos quiere y quiere que vayamos a reunirnos con el Padre. Él quiere a tal punto que nos salvemos, que se ha hecho hombre para mostrarnos El Camino, y no ha escatimado esfuerzo por nosotros, llegando incluso a dar su vida. Aparte de Cristo ¿Qué otro amigo conoces que haya dado la vida por ti?

Precisamente para que creamos y le sigamos en este ejemplo de amor extremo, resucitó, es decir que venció a la muerte, constituyéndose así en la garantía de salvación que buscamos. No hay ni se nos darán más pruebas. Las tomamos, creemos, las seguimos y nos salvamos, o nos perdemos para siempre. Esa es nuestra elección. No olvidemos que Dios nos ha creado LIBRES. Nos ha dado la razón y la voluntad para seguirlo o rechazarlo. Es nuestra decisión.

O nos apegamos como este hombre rico a los bienes terrenales, disfrutando egoístamente y con total indiferencia a quienes tenemos a nuestro alrededor, a quienes padecen hambre y sed, a quienes les bastarían nuestras sobras para saciarse, o nos desprendemos y repartimos generosamente lo que tenemos. Seremos bienaventurados, si miramos con amor al mundo que nos rodea y actuamos en consecuencia. El amor no tiene límites. “Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta.” El amor no acaba nunca.

Así, mientras tengamos vida demos todo lo que somos y tenemos, y recibiremos una medida colmada y rebosante. No actuemos como aquellos ricos que han puesto toda su esperanza en su fortuna, que creen que atesorándola y manteniéndola y aun acrecentándola a toda costa, tienen asegurada su felicidad. No nos aferremos a los bienes materiales, que hoy están y mañana no los tenemos; guardemos más bien nuestros tesoros allí donde no entra la polilla y no carcome el gusano. Seamos perfectos, como nuestro Padre que está en el cielo. Amemos a nuestro prójimo como a nosotros mismos y a Dios por encima de todo y al final de nuestros días, nos reuniremos con Lázaro en el seno de Abraham.

Oremos:

Padre Nuestro, enséñanos a amar, a ser generosos con nuestros hermanos. Que no escatimemos nada con tal de aliviar sus penas, su dolor, su sufrimiento. No permitas que pasemos indiferentes, preocupados y centrados solo en nosotros. Abre nuestros ojos y oídos, para que veamos y escuchemos. Haznos solidarios, compasivos, justos, caritativos. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Mateo 20, 17-28

Texto del evangelio (Mt 20, 17-28)

En aquel tiempo, cuando Jesús iba subiendo a Jerusalén, tomó aparte a los Doce, y les dijo por el camino: «Mirad que subimos a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado a los sumos sacerdotes y escribas; le condenarán a muerte y le entregarán a los gentiles, para burlarse de Él, azotarle y crucificarle, y al tercer día resucitará».

Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos, y se postró como para pedirle algo. Él le dijo: «¿Qué quieres?». Dícele ella: «Manda que estos dos hijos míos se sienten, uno a tu derecha y otro a tu izquierda, en tu Reino». Replicó Jesús: «No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber la copa que yo voy a beber?». Dícenle: «Sí, podemos». Díceles: «Mi copa, sí la beberéis; pero sentarse a mi derecha o mi izquierda no es cosa mía el concederlo, sino que es para quienes está preparado por mi Padre».

Al oír esto los otros diez, se indignaron contra los dos hermanos. Mas Jesús los llamó y dijo: «Sabéis que los jefes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder. No ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo; de la misma manera que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos».

Reflexión: Mt 20, 17-28

El Señor nos hace ver muy claramente cual debe ser nuestra actitud, como cristianos. Nosotros debemos ponernos al servicio de los demás. “…el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo.”  El Señor no habla figurativamente; no hay que interpretar sus palabras, como muchos pretendemos, acomodándolas a nuestros intereses. Sus palabras son claras y concretas, al mismo tiempo que exigentes. Es que no se puede pretender cambiar el mundo con paños tibios, con medias tintas. Esta tarea exige valor, sacrificio y un cambio diametralmente opuesto en lo que son nuestras aspiraciones.

Ver las cosas como Jesús las ve, no es fácil. Exige un tono espiritual que solo podemos alcanzar con la oración humilde. Acercarnos a Dios Padre cada día, pidiendo que se haga Su Voluntad. Pedirle el valor, la entereza, la fortaleza para ponernos a su disposición cada día, allá donde nos ponga, de modo tal que sea Él y no nosotros el que brille y alumbre la senda a nuestros hermanos. Ponernos al servicio del Reino del mismo modo “que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos”.

No se trata, pues de pedir privilegios ni defenderlos. Como diría San Ignacio, se trata de hacernos indiferentes. Pretender los bienes de este mundo y usarlos, en tanto nos ayuden a Servir al Señor y su Reino, y apartarnos de ellos, desprendernos, dejar de pretenderlos y alejarnos de ellos, en tanto constituyan un impedimento para hacer la Voluntad del Padre. Esta es la ley del “tanto cuanto” que debe guiar nuestras vidas. Pero esto sólo ocurrirá, cuando comprendamos que todo en nuestra vida debe estar al Servicio del Señor. Que todo lo que hacemos y somos debe estar orientado a Su mayor Gloria. No se trata de momentos, ni de ciertas palabras, que erróneamente llamamos “oraciones”, que repetimos como loros y que no tienen nada que ver con nuestras vidas, no. Se trata de la vida misma.

Tenemos que desprendernos a tal punto, o si se quiere, entregarnos a la Voluntad del Padre a tal extremo, que seamos indiferentes y no pretendamos, como la madre de los hijos de Zebedeo y ellos mismos, obtener posición ni privilegio alguno, ni aquí, ni mucho menos en el Reino. ¿Es difícil? ¡Claro que sí! Pero nada es imposible para el Señor y para quien está con Él. Es por eso que debemos pedir que venga su abundante Gracia sobre nosotros. Sin Él, somos nada. Con Él, lo tenemos todo. Con Él, lograremos esto y muchísimo más. Es cuestión de fe. Pongámonos en sus manos.

Oremos:

Padre Santo, purifica nuestros espíritus, límpianos, sánanos, y mándanos ir a Ti. Que no caigamos en la tentación de salirnos de El Camino, que es amarte y servirte con todo lo que tenemos y somos. Que nos entreguemos plenamente al servicio de la construcción del Reino, que no es otro que el servicio a nuestros hermanos. Que no escatimemos esfuerzos y cuando nos sintamos agotados, que seas Tú nuestro descanso. Acrecienta nuestra fe, para que no dejemos de tirar las redes allí donde Tú dispones. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Mateo 23, 1-12

Texto del evangelio (Mt 23, 1-12)

En aquel tiempo, Jesús se dirigió a la gente y a sus discípulos y les dijo: «En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos. Haced, pues, y observad todo lo que os digan; pero no imitéis su conducta, porque dicen y no hacen. Atan cargas pesadas y las echan a las espaldas de la gente, pero ellos ni con el dedo quieren moverlas. Todas sus obras las hacen para ser vistos por los hombres; se hacen bien anchas las filacterias y bien largas las orlas del manto; quieren el primer puesto en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas, que se les salude en las plazas y que la gente les llame “Rabbí”.

»Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar “Rabbí”, porque uno solo es vuestro Maestro; y vosotros sois todos hermanos. Ni llaméis a nadie “Padre” vuestro en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre: el del cielo. Ni tampoco os dejéis llamar “Doctores”, porque uno solo es vuestro Doctor: Cristo. El mayor entre vosotros será vuestro servidor. Pues el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado».

Reflexión: Mt 23, 1-12

Muy claramente, para que no quepa dudas, Jesús nos indica cual debe ser nuestra actitud en el mundo. Cómo debemos pasar por él, sin aspavientos, sin pretensiones. Nosotros debemos estar al servicio de los demás.

Cuando uno adquiere un puesto de importancia, adquiere también responsabilidades, a veces muy difíciles de cumplir. Necesita de la colaboración de todos y para eso tiene que actuar como líder. Tiene que saber motivar y arrastrar a los demás en la dirección correcta, a fin de lograr las metas que se ha propuesto o que los jefes esperan de él.

Siempre habremos de preguntarnos si lo que hacemos es correcto, si ello nos conducirá y conducirá a los que trabajan con nosotros a la perfección, a la construcción del Reino, a un bien superior. No hemos de aceptar, pues, tareas destructivas, que hagan daño a los hombres o al mundo en el que vivimos. Tenemos que ser críticos y aplicar nuestro buen juicio; para ello tenemos a nuestro Maestro, Jesús, que nos ayudará a dilucidar lo conveniente, lo correcto.

Porque nosotros, los cristianos, no podemos tener una vida doble, una vida dual, en la que una cosa es lo que hacemos y otra la que decimos y confesamos, sin importar el cargo que desempeñemos. Así es como actúan los fariseos, nos lo recuerda el Señor. Dicen una cosa, pero hacen otra. Y ponen cargas a sus empleados, a sus siervos, a sus seguidores, que ellos no llevarían ni por un segundo en sus espaldas. Qué fácil es culpar a los demás, exigir comportamientos, responsabilidades y tareas imposibles, que anulan sus vidas, que les restan libertad, que los inutilizan, que los deprimen, que los hunden, al no poder lograr las metas, pese a los múltiples esfuerzos y sacrificios que realizan y encima no obtener reconocimiento alguno, precisamente porque no lograron lo que se les exigía.

El Señor nos exige empatía con nuestros empleados, con nuestros siervos. E incluso, como siempre, va más allá. Debemos actuar como siervos, en lugar de estar regocijándonos con loas y reconocimientos a nuestra embestidura. Nuestro proceder debe hacer evidente a los demás que tenemos un solo Maestro, un solo Padre  y un solo Doctor, del que proviene la sabiduría, el amor y el servicio.

Se trata, pues, de actuar como hombres y mujeres nuevos, al servicio del Reino, y por lo tanto, al servicio de los demás. Oír, atender, escuchar…ser sensible a las necesidades de los demás, más aún si contigo se encuentran al servicio de una empresa, de un negocio. Tener en cuenta siempre las altas metas que el Señor nos propone, que están por encima de los fines particulares de cualquier emprendimiento mundano, que habrán de perseguir la promoción del ser humano y nunca su humillación. Nada justifica humillar a tu hermano. Por el contrario, si de humillación se trata, debe empezar por ti. Eso es lo que nos enseña Jesús…No a salvar nuestro “buen nombre” y reputación a costa de un “infeliz”, de un “pobre diablo”, como lamentablemente tendemos a hacer. Nos comparamos, juzgamos y nos sentimos superiores a los humildes y por lo tanto, menos merecedores de humillación. Si alguien habrá de salir perdedor y humillado de esta contienda, será siempre el otro, porque “yo soy harina de otro costal”. “No sabe con quién se ha metido…” son las palabras de quien no reconoce, ni admite humillación alguna posible. “Antes, muerto”….

Un momentito…¿Por qué no te detienes a meditar un poco en torno al escenario? ¿Qué está pasando? ¿Estás seguro que la verdad está contigo? ¿Esta “verdad” implica pasar como una aplanadora por encima de las vidas de algunos o de alguien en especial? ¿Crees que eso puede venir de un Dios que es Padre? ¿Al servicio de quién estás: de este Padre, tuyo o del demonio? Piensa, medita, reflexiona, ora….

Oremos:

Señor, danos tu luz para ver claramente en nuestras vidas, que seguimos el Camino correcto, que no nos estamos engañando, huyendo solamente de la humillación o buscando solamente que nos ensalcen, porque somos incapaces de equivocarnos, porque de nosotros solo pueden venir cosas buenas…porque la razón nos acompaña en todo, porque somos superiores, elegidos…¡Danos humildad para reconocer nuestras faltas, nuestra imperfección! Sobre todo, danos sensibilidad para sentir y amar como Tú. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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