ago 06 2010

Marcos 9, 2-10

Texto del evangelio (Mc 9, 2-10)

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, Santiago y Juan, y los lleva, a ellos solos, aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos, y sus vestidos se volvieron resplandecientes, muy blancos, tanto que ningún batanero en la tierra sería capaz de blanquearlos de ese modo.

Se les aparecieron Elías y Moisés, y conversaban con Jesús. Toma la palabra Pedro y dice a Jesús: «Rabbí, bueno es estarnos aquí. Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías» -pues no sabía qué responder ya que estaban atemorizados-.

Entonces se formó una nube que les cubrió con su sombra, y vino una voz desde la nube: «Éste es mi Hijo amado, escuchadle». Y de pronto, mirando en derredor, ya no vieron a nadie más que a Jesús solo con ellos. Y cuando bajaban del monte les ordenó que a nadie contasen lo que habían visto hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos.

Ellos observaron esta recomendación, discutiendo entre sí qué era eso de «resucitar de los muertos».

Reflexión: Mc 9, 2-10

Este pasaje sin duda es hermoso y enternecedor, tanto por los hechos extraordinarios que narra, como por la reacción de los apóstoles que tuvieron la dicha de ser elegidos por el Señor para presenciar, para ser testigos anticipados de su Gloria.

Estaban pues con el Hijo de Dios y por si todavía les quedaba alguna duda, después de lo que habían visto frente a sus ojos, el Padre mismo se los reveló con una voz que vino desde la nube: “Este es mi Hijo amado, escuchadle”. Podemos imaginar lo sorprendidos y embobados que quedaron Pedro, Santiago y Juan. Se asustaron, se estremecieron…No sabían qué decir. Por otro lado experimentaban una paz, una dicha incomparable, que provenía entre otras cosas de ser testigos excepcionales de la procedencia Divina de Cristo, de su Maestro, a quien venían acompañando y oyendo, siendo testigos del poder extraordinario que desplegaba entre los más humildes, entre los más pobres, entre los afligidos, entre los pecadores. Se encontraban, sin duda, frente al Salvador, frente al Mesías anunciado. Por ello no atinaron a nada más que manifestar lo augustos que se sentían allí y su deseo de permanecer allí por todo el tiempo que el Señor dispusiera… «Rabbí, bueno es estarnos aquí. Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías»

¡Imagínense observar la Gloria de Dios, aun cuando sea por unos segundos! ¡Nadie querría moverse de allí! Eso ocurrió más o menos con estos apóstoles. Balbuceaban. Sin embargo muy rápidamente el Señor los “trajo a tierra”, recordándoles que tenía que cumplir una misión. Sin embargo, estos discípulos con los que había vivido tanto, todavía no entendían o no querían entender aquello de “hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos.

Es que estamos muy dispuestos a tomar la cruz, a aceptar la misión, pero sin el dolor que esta conlleva. Y es que siempre habrá un “cierto dolor” en el desprendimiento, en el olvidarse de uno mismo, en el poner primero a los demás, en amar. No se trata de masoquismo, sino de entrega. De saber que dando se recibe. De estar convencido de este principio, hasta el extremo, hasta ser capaz de dar la vida por los hermanos, como Cristo. Esta es una exigencia. No hay otra forma de alcanzar la Vida Eterna. No hay otra forma de ser cristiano.

Oremos:

Señor, danos el valor de seguirte aun cuando las cosas parecen no ir también, aun en el dolor y la pena. No permitas que huyamos del sacrificio cuando este sea necesario para salvar a nuestros hermanos. Que no cuidemos tanto de nuestra integridad, como de la felicidad y el bien de los demás.  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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jun 27 2010

Lucas 9, 51-62

Texto del evangelio (Lc 9, 51-62)

Sucedió que como se iban cumpliendo los días de su asunción, Jesús se afirmó en su voluntad de ir a Jerusalén, y envió mensajeros delante de sí, que fueron y entraron en un pueblo de samaritanos para prepararle posada; pero no le recibieron porque tenía intención de ir a Jerusalén. Al verlo sus discípulos Santiago y Juan, dijeron: «Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma?». Pero volviéndose, les reprendió; y se fueron a otro pueblo.

Mientras iban caminando, uno le dijo: «Te seguiré adondequiera que vayas». Jesús le dijo: «Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza». A otro dijo: «Sígueme». Él respondió: «Déjame ir primero a enterrar a mi padre». Le respondió: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el Reino de Dios». También otro le dijo: «Te seguiré, Señor; pero déjame antes despedirme de los de mi casa». Le dijo Jesús: «Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios».

Reflexión: Lc 9, 51-62

Estamos entre riscos…El camino es empinado, exigente, difícil y sin embargo debes hacerlo, sin esperar consuelo, ni ayuda, ni que alguien salve por ti los obstáculos. No, no se retirarán de tu vida esos malos ratos, ese dolor, aquella tragedia. No, aunque no lo creas es verdad; aquello sucedió, fue así. Ojala no hubiera pasado, pero pasó. La vida no es fácil. Pero si tú crees que la tienes difícil, mira no más a tu alrededor; encontrarás a muchos que les va peor.

No, no es un competencia por saber quien aguanta más dolor, quien puede soportar mejor el sufrimiento, no. No se trata de eso. Pero la vida, nuestra vida es finita, es limitada; y tiene muchos altibajos, propios de la vida misma. No pretendas que sea otra cosa. No pretendas pasar indemne, sin sentir hambre, sin sentir frio, sin sentir dolor, sin perder a un hermano, a un amigo, a un padre.

No se pueden hacer tortillas sin romper huevos…¡Atrévete a vivir! Asume el reto…acéptalo. Haz lo que esté a tu alcance para que quienes van contigo, vayan siempre adelante, avancen, salten, sufran menos y tengan esperanza. No, no mires atrás. Anda, camina, se fuerte, resiste, pon tu mirada en la cumbre…Y cuando te sientas desfallecer, cuando las piernas parezcan flaquear, cuando estés por rendirte, por retirarte, por claudicar, recuerda a Jesús, que ya hizo esta camino y cuando estaba por llegar, entre empellones y burlas y con el peso de la cruz a cuestas, siguió para adelante, hasta la cumbre, hasta el fin, sabiendo que el Padre allí le esperaba para tomar su espíritu, aquél que jamás dejaría morir.

No, no es masoquismo, es la vida que tiene un sentido, que debes seguir, que nada ni nadie se puede escabullir. Si no avanzas retrocedes y no avanza el que huye, el que evita la pena, el hambre o el dolor, el que mira a otro lado  pretendiendo que lo que no le pasa, no pasa, que lo que no le afecta no ocurre, porque tarde o temprano le pasa y le ocurre y no hay nada ni nadie que pueda librarlo de ser. Que si está vivo es para ser, y ser es nacer, vivir y morir. La vida es todo un paquete, en el que viene todo junto y no puedes escoger solo aquello que equívocamente alguien te enseñó a gustar. No se trata de ti, de lo que a ti te gusta, de lo que a ti te afecta.

La vida y su gracia, su encanto y su ley están en lo que tu hermano, tu padre y tu madre pueden sentir. Mira a tu alrededor, alivia el dolor; lava, calma, cura, perdona; alumbra, contrarresta, serena y conduce. No te guardes. Entrégate, que dando se recibe y muriendo se alcanza la Vida Eterna.

Oremos:

Padre Santo, ayúdanos a entender el amor…a comprender que hemos sido creados para el amor, que en el amor está nuestra realización, que solo amando viviremos…que solo vive quien ama, que solo ama quien da, que dar es olvidarse de uno mismo y que solo así se alcanza la Vida Eterna. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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jun 24 2010

Lucas 1, 57-66.80

Texto del evangelio (Lc 1, 57-66.80)

Se le cumplió a Isabel el tiempo de dar a luz, y tuvo un hijo. Oyeron sus vecinos y parientes que el Señor le había hecho gran misericordia, y se congratulaban con ella. Y sucedió que al octavo día fueron a circuncidar al niño, y querían ponerle el nombre de su padre, Zacarías, pero su madre, tomando la palabra, dijo: «No; se ha de llamar Juan». Le decían: «No hay nadie en tu parentela que tenga ese nombre». Y preguntaban por señas a su padre cómo quería que se le llamase. Él pidió una tablilla y escribió: ‘Juan es su nombre’. Y todos quedaron admirados.

Y al punto se abrió su boca y su lengua, y hablaba bendiciendo a Dios. Invadió el temor a todos sus vecinos, y en toda la montaña de Judea se comentaban todas estas cosas; todos los que las oían las grababan en su corazón, diciendo: «Pues ¿qué será este niño?». Porque, en efecto, la mano del Señor estaba con él. El niño crecía y su espíritu se fortalecía; vivió en los desiertos hasta el día de su manifestación a Israel.

Reflexión: Lc 1, 57-66.80

Juan antecedió a Jesús y vino a preparar el camino. Puede pasar desapercibido muchas veces. Nos declaramos cristianos, es decir, seguidores de Cristo y minimizamos la importancia de los santos, que como en el caso de Juan, son evidentes manifestaciones de la Divinidad, es decir, de la Voluntad del Señor.

Juan era tan solo unos meses mayor que Cristo, pero salió a la vida publica mucho antes, anunciando al Mesías…Todas las circunstancias que rodean su nacimiento constituyen un verdadero prodigio, así que la intervención Divina se hace obvia, para quien quiere verlo. Sus padres eran dos ancianos, por lo tanto a Isabel ya se le había pasado el tiempo para tener un hijo y sin embargo así fue. Luego están los testimonios de los que les conocieron, dando cuenta de cualidades excepcionales en Juan, las mismas que se manifestaron desde su nacimiento. Sin embargo él mismo dirá que no es capaz de ajustar las sandalias de Jesús y luego lo bautizará en el río Jordán.

Hoy celebramos en la Iglesia a este santo y con él, no podemos dejar de pensar en todos los que antecedieron y sucedieron a Jesús, muchos de cuyos nombres a lo mejor ni recordamos ni honramos, a través de los cuales habló el Señor a cada una de las generaciones de este mundo. .

La Voluntad del Padre ha sido puesta en forma evidente a lo largo de la historia y han sido y son muchos hombres y mujeres escogidos los encargados de transmitirla. Dios ha intervenido de este modo en nuestras vidas, porque es nuestro Padre y solo quiere lo mejor para nosotros, lo que pasa por “amarnos los unos a los otros”, como hijos de un mismo padre, como hermanos. Es en el amor que se encuentra la respuesta a todos nuestros desafíos, a todos los retos que nos plantea este mundo. Sin embargo y lamentablemente, el Príncipe de las tinieblas, el traidor pretende hacernos consentir que nada bueno sacaremos de los demás, que solo debemos cuidarnos a nosotros mismos, que en el acumular y guardar para mi, antes que para nadie, está mi esperanza.

Se trata pues de dos caras opuestas de una misma moneda.  De la luz y la oscuridad; de la vida y la muerte; de la Verdad y la mentira; de subir o bajar; de pasar por la puerta angosta o la ancha; de avanzar o retroceder; de amar y servir a los demás o servirse egoístamente de los demás, ocupándonos exclusivamente del bienestar personal, sin que nos importen un rábano los demás. Son dos posiciones opuestas, que como el agua y el aceite, no pueden combinarse ni mezclarse. Por eso el Señor dirá: el que no está conmigo  está en mi contra; el que no recoge conmigo, esparce.

A ejemplo de tantos santos, conocidos o no, de aquellos que tenemos la fortuna de encontrar en nuestras vidas, debemos optar por Jesús, y ello exige valor, decisión y entrega. El seguimiento del Señor no es fácil, y exige muchas veces remar contra corriente, remar mar adentro, por aguas turbulentas, sin más arma que la Fe. Pero para quien ha comprendido al Señor y se empeña en cumplir su Palabra y Voluntad, esta le basta.
 

Oremos:

Pidamos al Señor, nuestro Dios, que en esta fecha memorable, en la que recordamos a unos de sus siervos más destacados, nos de la misma humildad de Juan y la capacidad de renuncia a todo bien material, con tal de perseguir la verdad, la paz y el amor. Que nos haga dignos hijos suyos, para que podamos llevar paz y esperanza a los más afligidos y que, como Juan, procuremos cumplir su Voluntad, aun a costa de nuestras vidas…. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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may 29 2010

Marcos 11, 27-33

Texto del evangelio (Mc 11, 27-33)

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos volvieron a Jerusalén y, mientras paseaba por el Templo, se le acercan los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos, y le decían: «¿Con qué autoridad haces esto?, o ¿quién te ha dado tal autoridad para hacerlo?». Jesús les dijo: «Os voy a preguntar una cosa. Respondedme y os diré con qué autoridad hago esto. El bautismo de Juan, ¿era del cielo o de los hombres? Respondedme».

Ellos discurrían entre sí: «Si decimos: ‘Del cielo’, dirá: ‘Entonces, ¿por qué no le creísteis?’. Pero, ¿vamos a decir: ‘De los hombres’?». Tenían miedo a la gente; pues todos tenían a Juan por un verdadero profeta. Responden, pues, a Jesús: «No sabemos». Jesús entonces les dice: «Tampoco yo os digo con qué autoridad hago esto».

Reflexión: Mc 11, 27-33

Una lección muy clara de aquél dicho popular, que “no hay peor sordo que el que no quiere oír”. Es que muchas veces queremos disfrazar la verdad, queremos que las cosas sean como nos gustaría o como estamos dispuestos a aceptar que sean, porque no estamos dispuestos a ceder ni a aceptar que pueden ser y son distintas a lo que más nos agrada o acomoda. Nos cuesta ceder un centímetro de nuestro poder, de nuestro orgullo, de nuestra posición. Más allá de la razón, muchas veces es solo una cuestión de prevalencia: por qué voy a ceder yo…que seda él o ella. En el fondo, es soberbia, orgullo, falta de humildad.

Queremos entrar en componendas con el Señor, hacerle pasar aspas de molino, cuando sabemos que el no entra en estas cosas, que el no las acepta. Nos queremos hacer de la vista gorda y aplicamos hacia nuestras actitudes y nuestro proceder una tolerancia que jamás estaríamos dispuestos a brindárselas a nadie. Aplicamos una ética y una moral laxa para nosotros y pretendemos que el Señor nos la avale, cuando en el fondo sabemos que Él jamás lo hará. Pero los hijos de la luz no podemos entrar en estos acomodos y contubernios, debemos proceder según la Verdad.

No se trata de hacer creer a nadie nada, se trata de obrar rectamente, de ser auténticos. Nosotros sabemos en nuestro corazón cual es la verdad. El Espíritu nos la revela. No podemos hacernos los tontos, los ciegos ante nuestra conciencia. Superados el orgullo, la soberbia, la indiferencia, la complacencia, la desidia…ella está ahí, gritándonos la verdad, lo correcto…Otra cosa es que no lo queramos ver y pretendamos ocultarla bajo una serie de triquiñuelas, razonamientos torcidos y excusas…La verdad estará siempre ahí, desnuda y dispuesta a revelarse en el momento menos esperado….Porque Dios es Verdad y la Verdad ya ha triunfado sobre el engaño, sobre la mentira, sobre el pecado, la destrucción, la desesperanza y la muerte. Podemos estar seguros que la Verdad siempre se sabrá y finalmente triunfará, donde fuere. Puede tardar, quizás, pero su hora llegará y finalmente saldrá a la luz, para condenar a los mentirosos, a los tramposos, a quienes se valieron de propósitos torcidos, del engaño, de las malas artes, de su poder, de su posición…a quienes abusaron de los humildes, de los pequeños, de los menores, solo porque no tenían voz, porque eran indefensos…

Entonces, no seamos necios como los sumos sacerdotes en el templo, que pretenden engañar a Jesús. Dios todo lo sabe, y nosotros al menos eso sabemos. ¡Hagamos las cosas bien! No por quedar bien con nadie, no por agradar  a nadie que nos sea Dios…¡Hagámoslo porque eso es lo correcto, porque la armonía universal nos lo exige, porque ello constituye nuestra convicción más profunda, y nosotros lo sabemos…porque en estos movimientos del Espíritu está Él!

Oremos:

Señor, no permitas que nos engañemos a nosotros mismos, que evadamos nuestra responsabilidad, que tratemos de aplacar nuestras conciencias y de apagar ese fuego que nos dice lo que debemos hacer, lo que es correcto…No permitas que andemos por senderos torcidos, pedregoso, oscuros…Que prefiramos la luz, la verdad, aunque duela y a veces nos cueste…Que no acumulemos nada en la oscuridad, en el engaño, en la mentira…  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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may 21 2010

Juan 21, 15-19

Texto del evangelio (Jn 21, 15-19)

Habiéndose aparecido Jesús a sus discípulos y comiendo con ellos, dice Jesús a Simón Pedro: «Simón de Juan, ¿me amas más que éstos?» Le dice él: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Le dice Jesús: «Apacienta mis corderos». Vuelve a decirle por segunda vez: «Simón de Juan, ¿me amas?». Le dice él: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Le dice Jesús: «Apacienta mis ovejas». Le dice por tercera vez: «Simón de Juan, ¿me quieres?». Se entristeció Pedro de que le preguntase por tercera vez: «¿Me quieres?» y le dijo: «Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero». Le dice Jesús: «Apacienta mis ovejas. En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías, e ibas a donde querías; pero cuando llegues a viejo, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará a donde tú no quieras». Con esto indicaba la clase de muerte con que iba a glorificar a Dios. Dicho esto, añadió: «Sígueme».

Reflexión: Jn 21, 15-19

Efectivamente, llegará el momento en el que no podremos hacer lo que queremos, entonces, quien podrá juzgarnos por lo que hacemos o dejamos de hacer…Pero mientras somos capaces de responder, mientras somos conscientes y dueños de nuestra voluntad y libertad, debemos hacer lo correcto, lo que el Señor nos manda. Esto me dice a mi también, que no a todos se les pide y exige lo mismo, cada quien según su capacidad y conciencia. Se espera más de quien más recibe, de quien más dueño de sí es. Muy poco podemos esperar y reclamar a aquel que debe ser trasladado  y ayudado aun en lo más simple y vital…¿Cómo podremos juzgarlo? Pero a ti que lo tienes todo, que entendiste el mensaje, que hubo quien te lo aclarara, que pudiste meditarlo y aun orarlo, ¿cómo se te puede tolerar que no seas consecuente?

¿Qué nos pide el Señor? Que mostremos con hechos y no con palabras que le amamos. El que me ama, apaciente mis ovejas. No basta decirlo y pregonarlo a los cuatro vientos, tiene que ser demostrado con hechos. Y me parece sumamente importante, no es accesoria la responsabilidad, la obligación, el compromiso que Jesús, a través de Pedro, nos pide a todos: “apacienta mis ovejas”. No dice que las alimente, tampoco que las suelte o libere, ni si quiera que luche por ellas…sino que las apaciente.

Es decir que nuestro primer deber, nuestra primera obligación es con los demás, con el rebaño del Señor, con nuestros hermanos; y lo que debemos llevar y procurar es la Paz. Apacentarlos…¿Qué implica? Puede significar y demandar muchas cosas, sin embargo si lo que hacemos no acarrea, no lleva a la paz, no estamos haciendo lo que el Señor nos pide. Él quiere que busquemos y procuremos la paz…Sólo puede tener paz quien tiene esperanza; quien, sobre cualquier aflicción de la vida, puede sobreponerse, puede poner por encima la seguridad, la fe en quien tiene poder para resolver esto y mucho más…

Nuestro deber es APACENTAR…Es algo que n o debemos olvidar y que debe bañar en impregnar toda nuestra acción. Lo que hacemos no tendrá sentido, ni estará de acuerdo con la voluntad del Señor, si no trae paz, si por el contrario trae rencillas, disputas, odios, venganza…Si esto se desata a propósito de nuestra participación, debemos procurar intenciones limpias y rectas, y esforzarnos por llevar la paz y la reconciliación, que por su puesto no tiene porqué hacerse sobre a injusticia, pero tampoco sobre la venganza.

“Si me amas, debes ser portador de paz” eso es lo que nos dice el Señor en esta lectura. Y es entorno a esta misión que debemos reflexionar y orar. Tenemos un compromiso y una responsabilidad, que va más allá de las palabras, que exige participación y compromiso. No la protesta fácil, ni los improperios, ni los actos hostiles o de venganza que nos pongan a la altura de quienes nos agravian, sino la búsqueda de la armonía y la comprensión, para que las cosas se resuelvan en paz y todos los involucrados puedan sentir esa paz…”Si me amas, apacienta mis ovejas”. Debemos ser constructores de paz…Eh ahí el gran reto en nuestra vida cotidiana.

 Oremos:

Señor, ayúdanos a ser sembradores de paz, por donde vayamos, con quien estemos y ante cualquier circunstancia en la vida. Que no nos dejemos llevar por malos sentimientos. No permitas que estos nos invadan, ni aun cuando seamos víctimas de un ataque…Que sepamos ver siempre claramente al mundo bajo Tu Luz. Haznos constructores de Tú Paz. Esto es seguramente lo que entendió San Francisco…

Señor, hazme Instrumento de Tu paz.
Donde haya odio, siembre yo amor;
Donde haya injuria, perdón;
Donde haya duda, Fe;
Donde haya desaliento, esperanza;
Donde haya oscuridad, luz;
Y donde haya tristeza, alegría.
 
 
Oh Divino Maestro,
 
Haz que no busque ser consolado sino consolar;
Que no busque ser comprendido sino comprender;
Que no busque ser amado sino amar;
Porque dando es como recibimos;
Perdonando es como Tú nos perdonas;
Y muriendo en Ti es como nacemos en Vida Eterna.

Ayúdanos a perseverar en esta línea.  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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mar 26 2010

Juan 10, 31-42

Texto del evangelio (Jn 10, 31-42)

En aquel tiempo, los judíos trajeron otra vez piedras para apedrearle. Jesús les dijo: «Muchas obras buenas que vienen del Padre os he mostrado. ¿Por cuál de esas obras queréis apedrearme?». Le respondieron los judíos: «No queremos apedrearte por ninguna obra buena, sino por una blasfemia y porque tú, siendo hombre, te haces a ti mismo Dios». Jesús les respondió: «¿No está escrito en vuestra Ley: ‘Yo he dicho: dioses sois’? Si llama dioses a aquellos a quienes se dirigió la Palabra de Dios —y no puede fallar la Escritura— a aquel a quien el Padre ha santificado y enviado al mundo, ¿cómo le decís que blasfema por haber dicho: ‘Yo soy Hijo de Dios’? Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis; pero si las hago, aunque a mí no me creáis, creed por las obras, y así sabréis y conoceréis que el Padre está en mí y yo en el Padre». Querían de nuevo prenderle, pero se les escapó de las manos. Se marchó de nuevo al otro lado del Jordán, al lugar donde Juan había estado antes bautizando, y se quedó allí. Muchos fueron donde Él y decían: «Juan no realizó ninguna señal, pero todo lo que dijo Juan de éste, era verdad». Y muchos allí creyeron en Él.

Reflexión: Jn 10, 31-42

Estamos asistiendo a una cronología inexorable. Está por llegar la hora para la cual vino Jesús. Ocurrirá de todos modos. Y, ya podemos ver como los judíos se van impacientando. Para muchos de ellos, que no quieren detenerse a meditar en torno a sus obras, que no están dispuestos a tolerar nada, si primero Jesús no muestra credenciales que para ellos sean convincentes, todo lo que dice es blasfemia.

Es que aceptarlo sería aceptar que hay que cambiar el orden de las cosas. Que el mundo que han forjado, en el que detentan poder y privilegios, en el que tienen una posición preponderante, afortunada, debe cambiar…Cambiar para promover a la chusma, a los pobres, a los desposeídos. ¿Por qué abrían de ceder? ¿Por qué lo decía Jesús? Y…-aquí viene el sustento de su rechazo- ¿Quién es Jesús? Dice muchas cosas, pero todas son blasfemias…A tal punto los altera, que ya no eran indiferentes, sino que querían matarlo…”Muerto el perro, se acabó la rabia”, como sostienen algunos de nuestros empleadores anti sindicalistas, que prefieren despedir y desaparecer a quienes osan mencionar esta palabra, antes que dialogar. Es que, para ellos, dialogar sería aceptar algo que es inadmisible: que están equivocados; que hay otra perspectiva; que los trabajadores no le deben todo a la bondad de los empleadores; que hay ciertos derechos, que los trabajadores también tienen, entre ellos el de opinar y ser escuchados.

En este pasaje, apelando seguramente a alguno de sus poderes divinos, Jesús se tiene que escabullir. Escapa por segunda vez, cuando hastiados, los judíos, están dispuestos a eliminarlo allí mismo. Esto no podía pasar, ni iba a pasar, porque tenían que cumplirse las escrituras. Pero vamos viendo ya, como va llegando la hora. Jesús es un enemigo del poder, del estatus quo. Jesús ha venido a revolucionar el mundo, a cambiarlo todo. Sencillamente intolerable, para quienes se encuentran en la parte superior de la pirámide. La prédica de Jesús es realmente exacerbante y es que choca frontalmente contra el individualismo, que propicia el culto al “mi, me, conmigo”, en el que “YO” debo ser primero, por sobre todas las cosas; en el que solo después de mí y si me sobra algo, lo daré a los que me plazca…Este es un mundo que colisiona contra la fraternidad predicada por Jesús. Hermandad que tiene su sustento en que TODOS somos hijos de un mismo Padre, Dios, y que por tanto nos debemos AMOR. Esta es la palabreja, para algunos incomprensible, para otros impronunciable y para muchos desvirtuada y devaluada, que finalmente llevará a Cristo a la Cruz.

Es el amor del Padre, desplegado al extremo de dar la vida de su único Hijo por nuestra salvación. Este es el mensaje que estamos por celebrar estos días, que se reedita cada segundo en el universo. ¡Dios nos ha amado en extremo! Y esto es lo que pide que hagamos entre nosotros…amarnos unos a otros, como Él nos ha amado.

Oremos:

Señor Jesús, que en estos días previos a tu pasión y muerte en cruz, nos hagamos sensibles a tu mensaje de amor. Que lo expresemos a través de nuestros actos, antes que por nuestros labios. Que seamos un verdadero testimonio de vida cristiana. Amén.

Roguemos al Señor…

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mar 18 2010

Juan 5,31-47

Texto del evangelio (Jn 5,31-47)

En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: «Si yo diera testimonio de mí mismo, mi testimonio no sería válido. Otro es el que da testimonio de mí, y yo sé que es válido el testimonio que da de mí. Vosotros mandasteis enviados donde Juan, y él dio testimonio de la verdad. No es que yo busque testimonio de un hombre, sino que digo esto para que os salvéis. Él era la lámpara que arde y alumbra y vosotros quisisteis recrearos una hora con su luz. Pero yo tengo un testimonio mayor que el de Juan; porque las obras que el Padre me ha encomendado llevar a cabo, las mismas obras que realizo, dan testimonio de mí, de que el Padre me ha enviado. Y el Padre, que me ha enviado, es el que ha dado testimonio de mí. Vosotros no habéis oído nunca su voz, ni habéis visto nunca su rostro, ni habita su palabra en vosotros, porque no creéis al que Él ha enviado.

»Vosotros investigáis las escrituras, ya que creéis tener en ellas vida eterna; ellas son las que dan testimonio de mí; y vosotros no queréis venir a mí para tener vida. La gloria no la recibo de los hombres. Pero yo os conozco: no tenéis en vosotros el amor de Dios.

»Yo he venido en nombre de mi Padre, y no me recibís; si otro viene en su propio nombre, a ése le recibiréis. ¿Cómo podéis creer vosotros, que aceptáis gloria unos de otros, y no buscáis la gloria que viene del único Dios? No penséis que os voy a acusar yo delante del Padre. Vuestro acusador es Moisés, en quién habéis puesto vuestra esperanza. Porque, si creyerais a Moisés, me creeríais a mí, porque él escribió de mí. Pero, si no creéis en sus escritos, ¿cómo vais a creer en mis palabras?».

Reflexión: Jn 5, 31-47

En el estilo de Juan, que es muy erudito y tiene una lógica muy contundente y algo poética, Jesús se nos vuelve a presentar como el Hijo de Dios, el Mesías, enviado por el Padre para salvarnos, del cual hablan y dan testimonio todas las escrituras que lo precedieron, desde Moisés.

Este ha de ser Jesús para nosotros: testimonio del Amor del Padre. Es a través de Él, de sus parábolas, de sus enseñanzas, que conocemos al Padre, a quién el Hijo se encuentra profundamente ligado. Él hace, lo que Dios Padre ha dispuesto. El está aquí para cumplir la Voluntad del Padre y es lo que hace, hasta el extremo de morir en la cruz. Aunque siempre es preciso recordar, en este punto, que si bien se sacrificó hasta ese extremo por redimirnos, por salvarnos del pecado y la muerte, por renovar nuestra antigua Alianza con Dios, Resucitó, venciendo a la muerte, cerrando de este modo su mensaje de esperanza y dando testimonio, como Él mismo nos dice, de la Voluntad del Padre, como es, que todos resucitemos con Él y tengamos Vida Eterna.

He aquí una de las claves de nuestra Fe: nosotros creemos en un Dios resucitado, en un Dios vivo, en un Dios Eterno, en un Dios que es Redentor, que ha vencido a la muerte y al pecado, restaurando de este modo el Puente, el Camino, los Lazos que nos unen desde siempre con nuestro Padre Creador.

Luego del testimonio que con su vida nos dio Jesús, siento que estas palabras del Señor, escritas por Juan, este discurso está dirigido a obtener de nosotros una respuesta de Fe. Está llamado a lograr la adhesión voluntaria que expresamos en el Credo.

“Creo en Dios, Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra. Creo en Jesucristo, su único Hijo, Nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo…”  Nosotros elegimos, decidimos creer. A esto nos convoca Jesús. Para eso nos ha dado Su testimonio. Esta es la respuesta que espera, no de boca, como muchas veces recitamos en esta fórmula, que repetida de memoria, no tiene sentido alguno. Jesús espera mover nuestra voluntad, nuestra decisión, nuestra libre opción a seguirlo, cumpliendo de este modo la Voluntad del Padre. Porque en ello radica la salvación: en cumplir la Voluntad del Padre. Él quiere que nos salvemos y nos da la fórmula; nos dice cómo, a través de Jesús…Le creemos y le seguimos, o lo rechazamos y nos perdemos. Esa es nuestra decisión. Sin embargo, Jesús no escatimará esfuerzo alguno por convencernos, con sus obras, con su Palabra y con su ejemplo, trazando con su preciosísima sangre la ruta que debemos seguir. Nos ha amado hasta ese extremo.

Esto es lo que llego a entender en esta lectura. Una invitación a confesar mi fe, y compartir la misión de Jesús, el Hijo Predilecto, el Enviado del Padre, hasta el extremo. Amar, hasta llegar a dar la vida misma por cumplir la Voluntad del Padre, que es la que debe regir nuestra vida.

Oremos:

Padre Santo, permítenos reconocer Tu Voluntad en nuestra vida y seguirla ciegamente, sabiendo que en ello radica precisamente nuestra salvación y la de la humanidad entera. Ilumina nuestro día a día y no nos dejes caer en tentación. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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feb 28 2010

Lucas 9, 28-36

Texto del evangelio (Lc 9, 28-36)

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, Juan y Santiago, y subió al monte a orar. Y sucedió que, mientras oraba, el aspecto de su rostro se mudó, y sus vestidos eran de una blancura fulgurante, y he aquí que conversaban con Él dos hombres, que eran Moisés y Elías; los cuales aparecían en gloria, y hablaban de su partida, que iba a cumplir en Jerusalén.

Pedro y sus compañeros estaban cargados de sueño, pero permanecían despiertos, y vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con Él. Y sucedió que, al separarse ellos de Él, dijo Pedro a Jesús: «Maestro, bueno es estarnos aquí. Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías», sin saber lo que decía. Estaba diciendo estas cosas cuando se formó una nube y los cubrió con su sombra; y al entrar en la nube, se llenaron de temor. Y vino una voz desde la nube, que decía: «Este es mi Hijo, mi Elegido; escuchadle». Y cuando la voz hubo sonado, se encontró Jesús solo. Ellos callaron y, por aquellos días, no dijeron a nadie nada de lo que habían visto.

Reflexión: Lc 9, 28-36

Uno de tantos episodios asombrosos en la vida de Jesús. Es realmente espectacular y con mucho respeto diría digno del mejor filme de Spilberg. No sé por qué frente a este acontecimiento tendemos a reaccionar como si se tratara de algo inverosímil y distinto a todo lo que hemos venido viendo en la vida pública de Jesús. ¿Acaso es menos “espectacular”, por llamarlo de algún modo, que Jesús perdone los pecados, que devuelva la vista a un ciego, el andar a un paralítico o la vida a un muerto o que alimente a 5mil con unos cuantos panes y peces?

Estamos, pues, en presencia de Dios hecho hombre. Cristo es el Hijo de Dios Padre Eterno, como tal pertenece a la misma divinidad. Él mismo nos lo ha revelado. No es producto de nuestra imaginación. No se trata de ciencia ficción. Sí, posiblemente de una dimensión que nos resulta difícil comprender. Dios, creador del mundo, del universo y de todo lo existente, vive eternamente. Es y se mueve en un plano superior, que incluye y abarca el nuestro. Pero, Él nos ha creado para que vayamos a Él y vivamos con Él eternamente.

Dado que no comprendimos este mensaje, nos envió a su propio Hijo para que nos muestre el camino. Él, muriendo en la cruz y resucitando, nos mostró el camino. En el poco tiempo de predicación que tuvo entre nosotros, nos lo mostró. Nos reveló a Dios Padre y Su Voluntad: que nos amemos unos a otros, como Él mismo nos ama.

Para que entendamos este mensaje, Cristo nos dio muchas, muchísimas señales, entre ellas, la Transfiguración. Fue realmente indescriptible, tanto que los tres discípulos que lo acompañaron quedaron embobados, casi paralizados… “Ellos callaron y, por aquellos días, no dijeron a nadie nada de lo que habían visto.” ¿Qué iban a decir? ¿Qué podían decir? Habían vivido una experiencia única, maravillosa, inexplicable. Algo que, como decimos en Cursillos, se tiene que vivir, que no se puede contar, que no se puede explicar, porque va más allá de nuestra razón, de nuestro pobre entendimiento…Algo que te llena de asombro, pero al mismo tiempo de paz, de esperanza, de alegría… “Pedro y sus compañeros estaban cargados de sueño, pero permanecían despiertos, y vieron su gloria…”

Más allá del asombro, fue tal la dicha que los embargó que “dijo Pedro a Jesús: «Maestro, bueno es estarnos aquí. Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías», sin saber lo que decía.” Esta es la Gloria de Dios…un lugar sin tiempo ni espacio, que te llena de paz, de alegría, de plenitud…que está más allá de todo, por encima de todo, que una vez experimentado, no quisiéramos dejar jamás. Estas son primicias del Reino que a estos tres discípulos embobados, desconcertados, asombrados, les estuvo permitido ver, sentir, vivir…

Y aún pudieron oír: «Este es mi Hijo, mi Elegido; escuchadle».

Todo empezó con Cristo subiendo al monte a orar. Y ocurrió mientras Jesús oraba. No es casual. Es claramente la muestra palpable del poder de la oración. De la importancia de la oración en la vida de Jesús y por lo tanto, también de lo que debe ser en nuestras vidas. La oración tiene esta capacidad de transformarnos, de elevarnos, de cambiarnos, de unirnos a Dios Padre, con Cristo y con todos aquellos que han hecho del cumplimiento de la Voluntad del Padre la razón de sus vidas…La oración nos une con Dios en un “plano”, en una “dimensión” sin tiempo ni espacio, donde Él habita, donde nos espera, donde estamos llamados a ir…La oración nos permite atisbar aquél horizonte que habremos de alcanzar siguiendo a Jesús.

Oremos:

Padre Celestial, ilumínanos para entender que por ningún motivo debemos alejarnos de Ti y que siempre te podremos encontrar, si somos capaces de apartarnos por un momento de todo cuanto nos aflige y perturba, para encontrarte en la Oración. ¿Cómo podremos oír tu voz si no oramos? Tú eres nuestra fortaleza, Tu nuestra roca. Sin Ti nada podemos, nada somos. Permítenos perseverar en la oración diaria. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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feb 19 2010

Mateo 9, 14-15

Texto del evangelio (Mt 9, 14-15)

En aquel tiempo, se le acercan los discípulos de Juan y le dicen: «¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos, y tus discípulos no ayunan?». Jesús les dijo: «Pueden acaso los invitados a la boda ponerse tristes mientras el novio está con ellos? Días vendrán en que les será arrebatado el novio; entonces ayunarán».

Reflexión: Mt 9, 14-15)

El ayuno es un precepto de la Iglesia, y en ese sentido es sabio, como toda aquella disposición que emana de nuestra Santa Madre Iglesia, que en cualquier caso nos corresponde a los fieles acatar, pero sobre el cual, tenemos derecho a reflexionar, sin que ello lo invalide. Lo malo es que muchas veces por el catecismo aprendemos de memoria estas enseñanzas, y así, descarnadas, no tienen sentido y nos revelamos contra ellas, porque nos resistimos a hacer lo que hay que hacer, simplemente por eso, porque hay que hacerlo. Es decir que sin una explicación razonable y lógica, no estamos dispuestos a nada. No resistimos a cumplir, simplemente porque todo el mundo lo hace o por tradición.

Pero este no es el fundamento del ayuno, como no lo es el de la fe que profesa la Iglesia. El fundamento es Cristo o si preferimos el Amor. Isaias nos da la pauta para el verdadero ayuno: “Parte con el hambriento tu pan, y a los pobres y peregrinos mételos en tu casa; cuando vieres al desnudo, cúbrelo; no los rehuyas, que son hermanos.” (Is 58,7)  No se trata entonces de privarnos, tan solo, sino de compartir lo que tenemos. Y, ese es el verdadero espíritu cristiano que debe prevalecer tras el ayuno. Es decir, una ocasión para exigirnos un poco más. Si siempre estamos buscando el bien, si siempre estamos procurando dar y compartir, en estas ocasiones excepcionales, como el primer viernes de cuaresma, la Iglesia nos recuerda de modo especial este precepto, que debe estar en el fondo de nuestro proceder cotidiano, como cristianos.

Así que ese es el verdadero sentido del ayuno…No tanto privarte, como compartir, aunque ello signifique privarte. Practicar la empatía y la solidaridad con los menos favorecidos, recordando que son hermanos tuyos. Si bien los cristianos estamos llamados a vivir así siempre, hoy debemos recordarlo y practicarlo de modo especial, con mayor conciencia y tal vez con mayor exigencia.

Oremos:

Señor, buscaremos de modo especial el día de hoy ocasiones para expresar con mayor énfasis nuestra empatía y solidaridad con los menos favorecidos que viven a nuestro alrededor, dando siempre testimonio de Ti. Danos tus ojos, tus oídos, tu corazón para ver, oir y sentir como Tú. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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feb 07 2010

Lucas 5, 1-11

Texto del evangelio (Lc 5, 1-11)

En una ocasión, Jesús estaba a la orilla del lago Genesaret y la gente se agolpaba sobre Él para oír la Palabra de Dios, cuando vio dos barcas que estaban a la orilla del lago. Los pescadores habían bajado de ellas, y lavaban las redes. Subiendo a una de las barcas, que era de Simón, le rogó que se alejara un poco de tierra; y, sentándose, enseñaba desde la barca a la muchedumbre. Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: «Boga mar adentro, y echad vuestras redes para pescar». Simón le respondió: «Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos pescado nada; pero, en tu palabra, echaré las redes». Y, haciéndolo así, pescaron gran cantidad de peces, de modo que las redes amenazaban romperse. Hicieron señas a los compañeros de la otra barca para que vinieran en su ayuda. Vinieron, pues, y llenaron tanto las dos barcas que casi se hundían.

Al verlo Simón Pedro, cayó a las rodillas de Jesús, diciendo: «Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador». Pues el asombro se había apoderado de él y de cuantos con él estaban, a causa de los peces que habían pescado. Y lo mismo de Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Jesús dijo a Simón: «No temas. Desde ahora serás pescador de hombres». Llevaron a tierra las barcas y, dejándolo todo, le siguieron.

Reflexión: Lc 5, 1-11

El señor es capaz de estos prodigios y muchos más. La verdad es que siempre los está desarrollando frente a nuestros ojos, sino que muchas veces somos incapaces de verlos, porque estamos ciegos. El conduce y orienta nuestras vidas. Nos lleva de aquí para allá…Nos saca de aquí y nos pone allá. Algunas veces nos invita a hacer una elección; otras nos pone frente a varias disyuntivas…Tenemos que escoger, tenemos que elegir…Pero es Él quien propone, y va siguiendo nuestro desempeño. Nos anticipa los peligros, nos advierte y algunas veces nos da un empujón para que saltemos, para que salgamos, para que pasemos. Él no quiere que caigamos en las manos del maligno y hace lo indecible para cuidar el tesoro que tenemos en nuestro ser, nuestra alma, nuestro espíritu.  Sin embargo nosotros somos libres de decidir y está en nuestras manos escoger aquello que es el bien superior o sumergirnos y degradarnos en el miasma que nos propone el Príncipe del as tinieblas.

El Señor, como a Simón Pedro nos dice, vamos allá, ahí pescaremos…Pero nosotros, incrédulos, faltos de fe y muchas veces llenos de soberbia le increpamos, que no es lógico, que no lo haremos, porque no somos tontos. Ya hemos estado por allí y hemos visto y por tanto tenemos el convencimiento que no hay nada. No haremos el papelón. Entonces, no le hacemos caso y dejamos pasar una preciosa oportunidad. ¿Para qué? Para dar fruto. El Señor quiere que demos fruto y en abundancia. “Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador. Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo corta, y todo el que da fruto, lo limpia, para que dé más fruto.” (Juan 15, 1-2) “La gloria de mi Padre está en que deis mucho fruto, y seáis mis discípulos.” (Juan 15,8)

El Señor sale a nuestro encuentro, a cada instante, en las más diversas circunstancias. Y es que Él, en realidad, está siempre con nosotros, acompañándonos, guiando nuestros pasos. Debemos hacernos disponibles  para oírle. Esto es Gracia que el mismo Señor concede a quien de veras lo busca, a quien de veras lo quiere. Oye a tu corazón. Medita, ora. No actúes irreflexivamente, como un animalito. Para eso Dios te dio inteligencia, para que te distingas de los animales, para que no sigas tus instintos, sino que piense y procures SIEMPRE el bien mejor, lo que realmente te conviene. Si siempre actúas así, no tendrás pierde. Y verás como nunca lo que más te conviene es hacer daño a nadie; por el contrario, mientras más bien hagas a los demás, más bien estarás haciéndote a ti mismo. Esa es la lección que viene a darnos Jesucristo: “Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado.” (Juan 15, 12). “Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos.” (Juan 15, 13)

Así que, prestémosle oídos y tiremos las redes por donde él nos indica y daremos mucho fruto. No hay nada más precioso que el ser humano. Por eso, el quiere hacernos “pescadores de hombres”. Si hemos visto la luz, no podemos esconderla bajo nuestra cama; no podemos guardárnosla para nosotros; tenemos que ponerla en lo alto, para que alumbre a los demás y así todos puedan encontrar el camino y dar todos el fruto a que están llamados.

 

Oremos:

Padre Santo, haznos digno de Tu amor. Que sepamos irradiarlo a nuestros hermanos; que no nos lo guardemos egoístamente tan sólo para nosotros. Que propiciemos y estemos atentos a esos encuentros que pueden cambiar una vida: ya seas las nuestras o las de nuestros hermanos. Abre nuestros ojos. Quita de nuestra alma tanto prejuicio, tanta maleza que solo nos impide brillar y ver el brillo de nuestros hermanos… Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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ene 18 2010

Marcos 2, 18-22

Texto del evangelio (Mc 2, 18-22)

Como los discípulos de Juan y los fariseos estaban ayunando, vienen y le dicen a Jesús: «¿Por qué mientras los discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos ayunan, tus discípulos no ayunan?». Jesús les dijo: «¿Pueden acaso ayunar los invitados a la boda mientras el novio está con ellos? Mientras tengan consigo al novio no pueden ayunar. Días vendrán en que les será arrebatado el novio; entonces ayunarán, en aquel día.

»Nadie cose un remiendo de paño sin tundir en un vestido viejo, pues de otro modo, lo añadido tira de él, el paño nuevo del viejo, y se produce un desgarrón peor. Nadie echa tampoco vino nuevo en pellejos viejos; de otro modo, el vino reventaría los pellejos y se echaría a perder tanto el vino como los pellejos: sino que el vino nuevo se echa en pellejos nuevos».

Reflexión: Mc 2, 18-22

Para recibir al Señor, para recibir su Palabra, debemos cambiar. Mientras nos mantengamos aferrados a las antiguas categorías, al mismo proceder rutinario, a la misma manera de ver y juzgar el mundo, difícilmente podremos entender a Jesús y sintonizar con su mensaje.

Jesucristo ha traído un gran cambio a nuestras vidas; es la Buena Nueva, el Evangelio. Estos necesitan un cambio profundo en nosotros, para poderlos realmente recibir. De otro modo, simplemente pasaran por nuestra vida, sin que los asimilemos. El que recibe la Palabra del Señor y sigue igual que antes, no opera ningún cambio, es que en realidad la oyó, pero no supo escucharla. Si no ponemos en practica lo que el Señor nos enseña, de nada sirve.

 Quien está con Jesús, no puede estar triste. El mensaje del Señor, la Buena Nueva, no puede nada más que traernos alegría, felicidad y deseos de compartir. Por eso la actitud del cristiano frente a la vida no puede ser la misma. Tiene que ver con optimismo al mundo…Después de todo, Jesús ha vencido al mundo. Las ataduras han sido rotas. El puente ha sido restablecido. Tenemos señalado el Camino y sabemos que es posible transitarlo, porque ya antes lo hizo Jesús. ¿Entonces a qué tenemos miedo? ¿Por qué habríamos de estar tristes y compungidos? ¡Todo lo contrario! ¡Ánimo! ¡Levantemos la frente! Miremos el futuro con optimismo. ¡Todo saldrá bien! ¡Finalmente la verdad triunfará! ¡Camina en la luz!

¡Deja que los muertos entierren a sus muertos! ¡Tú has puesto la mano en el arado, no mires hacia atrás! ¡Adelante! ¡Paso de vencedores!

 

Oremos:

Padre Santo, quiero hacer vida estas palabras. Quiero como Tú Hijo, Jesús, andar por este mundo con optimismo, con Fe, irradiando alegría, paz y luz. ¡Quiero dar amor! ¡Hazlo posible! Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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ene 13 2010

Lucas 1, 29-39

Texto del evangelio (Lc 1, 29-39)

En aquel tiempo, Jesús, saliendo de la sinagoga se fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre; y le hablan de ella. Se acercó y, tomándola de la mano, la levantó. La fiebre la dejó y ella se puso a servirles.

Al atardecer, a la puesta del sol, le trajeron todos los enfermos y endemoniados; la ciudad entera estaba agolpada a la puerta. Jesús curó a muchos que se encontraban mal de diversas enfermedades y expulsó muchos demonios. Y no dejaba hablar a los demonios, pues le conocían.

De madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se levantó, salió y fue a un lugar solitario y allí se puso a hacer oración. Simón y sus compañeros fueron en su busca; al encontrarle, le dicen: «Todos te buscan». El les dice: «Vayamos a otra parte, a los pueblos vecinos, para que también allí predique; pues para eso he salido». Y recorrió toda Galilea, predicando en sus sinagogas y expulsando los demonios.

Reflexión: Lc 1, 29-39

El Señor tiene una Misión y está aquí para cumplirla. Él es consciente todo el tiempo de ella; esto es lo que tenemos que imitar. Podemos hacer muchas cosas, ocuparnos de mil tareas en la vida, sin embargo no podemos dejar de lado nuestra Misión, no podemos perderla de vista y todo debe de algún modo confluir a ella.

Es importante la forma en que distribuimos nuestro tiempo; ello habla realmente de lo que somos y creemos. ¿Cuáles son nuestra prioridades? Hagamos como el Señor, que comienza el día apartándose y orando. ¿Cómo podemos hacer o pretender hacer la Voluntad de nuestro Padre, si no nos ponemos en contacto con Él. Es verdad, la vida toda debe ser una oración, pero no debemos dejar de buscar momentos expresamente dedicados a la oración durante el día…Y qué mejor que empezar y terminar el día orando.  En la mañana, pidiendo luz y poniéndonos a sus órdenes, en sus manos…En la noche, haciendo un balance de lo realizado, agradeciendo por las oportunidades y proponiendo alguna corrección para nuestros errores, para finalmente volvernos a poner en sus manos, para dormir en paz…

No perder de vista la Misión es fundamental. El Señor iba predicando, oyendo y curando, pero no se hizo “esclavo” de las necesidades de aquellos hombres y mujeres, que eran muchas. Si, las atendía, porque no podía ser indiferente y mientras estaba a su alcance y era posible, pues las atendía. Sin embargo cuanto más curaba, más crecía su fama y más gente lo buscaba…Aún sabiendo ello, aun conmoviéndose, no se entrega ciega y totalmente a esta tarea, sino que pone las cosas en orden. Ustedes quisieran que yo siga aliviando sus penas, sus dolores y sus males, y yo lo haré mientras pueda, pero…«Vayamos a otra parte, a los pueblos vecinos, para que también allí predique; pues para eso he salido».

Predicar, anunciar el Reino, la Buena Nueva, esa es la Misión, para eso he salido. Para eso tenemos que salir cada día. Para eso estamos aquí. Para eso vivimos. “Eso” es lo que da sentido a nuestras vidas: anunciar el evangelio.

Oremos:

Señor, que no perdamos de vista lo verdaderamente importante. Que no dejemos de orar y anunciar el evangelio con nuestras vidas. No permitas que seamos atrapados por nada; aun cuando nuestro trabajo sea tan noble como curar a los que sufren, a los que padecen, que no dejemos por eso de anunciarte y de orar a nuestro Padre.  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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