abr 27 2010

Juan 10, 22-30

Texto del evangelio (Jn 10, 22-30)

Se celebró por entonces en Jerusalén la fiesta de la Dedicación. Era invierno. Jesús se paseaba por el Templo, en el pórtico de Salomón. Le rodearon los judíos, y le decían: «¿Hasta cuándo vas a tenernos en vilo? Si tú eres el Cristo, dínoslo abiertamente». Jesús les respondió: «Ya os lo he dicho, pero no me creéis. Las obras que hago en nombre de mi Padre son las que dan testimonio de mí; pero vosotros no creéis porque no sois de mis ovejas. Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy vida eterna y no perecerán jamás, y nadie las arrebatará de mi mano. El Padre, que me las ha dado, es más grande que todos, y nadie puede arrebatar nada de la mano del Padre. Yo y el Padre somos uno».

Reflexión: Jn 10, 22-30

No hay peor sordo que el que no quiere oir, ni peor ciego que el que no quiere ver. Los judíos, como muchos de nosotros, saben lo que es correcto, lo que es verdadero, lo que está bien, pero no lo hacen, porque, como algunos dudan, otros tienen temor y a la mayoría simplemente no parece importarles, quieren que alguien haga por ellos, lo que ellos deben hacer. Quieren responsabilizar a Jesús de su falta de fe, de su incredulidad, de su falta de valor…Es decir que a tenor de lo que dicen, es por culpa de Jesús que aun no se definen: “¿Hasta cuándo vas a tenernos en vilo? Si tú eres el Cristo, dínoslo abiertamente.”

Queremos que nuestra vida sea transformada automáticamente, como por arte de magia. Sin ningún esfuerzo de nuestra parte, nos gustaría ser arrastrados, forzados a asumir la posición correcta y sin la menor duda, adquiriendo inmediatamente una coraza contundente e impenetrable, que nos permita sostenernos de manera firme e inquebrantable. Queremos pruebas irrefutables de que Cristo es Dios y ha venido a salvarnos. Que si hacemos lo que Él nos dice, seremos salvos. Queremos que nos de un certificado, un documento firmado de puño y letra, que sea incuestionable, que a su sola presentación nos abran paso sus enemigos, que serían entonces nuestros enemigos. Un salvo conducto que nos asegure el libre tránsito por la vida, que a su sola presentación, nos abran campo, nos abran las puertas y se inclinen ante nosotros, del más grande al más chico; que desate admiración y respeto.

Pero no es así. No se trata de magia, ni el Señor ha venido a avasallar nuestra libertad, aunque sea por nuestro bien. Tenemos temor a ser libres, por eso queremos hacernos inmediatamente esclavos de alguien que asuma la responsabilidad de nuestra libertad. Nos falta valor. Nos falta convicción.

Para eso ha venido el Señor. Para mostrarnos el Camino y alentarnos a seguirlo. Para iluminar nuestras mentes, nuestro espíritu y nuestro corazón. Hemos sido creados libres por Dios nuestro Padre y hemos sido dotados de inteligencia y voluntad. Hemos de aplicar estas facultades para dirigir nuestra vida hacia lo mejor, hacia lo que más nos conviene y esto es la Verdad, la Luz, la Vida, el Amor…

Nadie elegirá esta senda por nosotros y mucho menos Dios, que respeta nuestra dignidad de Hijos suyos. Hemos de ser nosotros mismos los que decidamos. ¿Queremos seguir siendo libres o preferimos ser esclavos? ¿Queremos levantarnos y caminar al Padre o preferimos arrastrarnos por la oscuridad, aferrándonos a riquezas, poder, fama, placeres, que hoy están y mañana no sabemos?

Es nuestra decisión: la eternidad o la finitud.

El Señor ilumina con su Luz esta decisión. Nos llama, nos deja oír su voz; nos muestra el Camino, la Verdad y la Vida, pero no nos hace, ni nos quiere esclavos. Hemos sido creados libres y ese es nuestro mejor destino: mantenernos libres y hacer lo que más nos conviene, lo mejor, lo correcto. Esta decisión es la que el Señor viene a iluminar. “Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy vida eterna y no perecerán jamás, y nadie las arrebatará de mi mano.”

 

Oremos:

Padre Santo, no permitas que nos apartemos de Ti. Danos el valor, el coraje de seguir a Jesús, por el Camino que Él nos señala. Danos Fe, para no dudar ni sentirnos atemorizados cuando todos parecen abandonarnos e ir por otro camino. Si seguimos a Cristo, no necesitamos más garantías.  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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abr 16 2010

Juan 6, 1-15

Texto del evangelio (Jn 6, 1-15)

En aquel tiempo, se fue Jesús a la otra ribera del mar de Galilea, el de Tiberíades, y mucha gente le seguía porque veían las señales que realizaba en los enfermos. Subió Jesús al monte y se sentó allí en compañía de sus discípulos. Estaba próxima la Pascua, la fiesta de los judíos. Al levantar Jesús los ojos y ver que venía hacia Él mucha gente, dice a Felipe: «¿Dónde vamos a comprar panes para que coman éstos?». Se lo decía para probarle, porque Él sabía lo que iba a hacer. Felipe le contestó: «Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno tome un poco». Le dice uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro: «Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero ¿qué es eso para tantos?».

Dijo Jesús: «Haced que se recueste la gente». Había en el lugar mucha hierba. Se recostaron, pues, los hombres en número de unos cinco mil. Tomó entonces Jesús los panes y, después de dar gracias, los repartió entre los que estaban recostados y lo mismo los peces, todo lo que quisieron. Cuando se saciaron, dice a sus discípulos: «Recoged los trozos sobrantes para que nada se pierda». Los recogieron, pues, y llenaron doce canastos con los trozos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido. Al ver la gente la señal que había realizado, decía: «Éste es verdaderamente el profeta que iba a venir al mundo». Dándose cuenta Jesús de que intentaban venir a tomarle por la fuerza para hacerle rey, huyó de nuevo al monte Él solo.

Reflexión: Jn 6, 1-15

Hoy leemos el Evangelio de la multiplicación de los panes: «Tomó entonces Jesús los panes y, después de dar gracias, los repartió entre los que estaban recostados y lo mismo los peces, todo lo que quisieron» (Jn 6,11). El agobio de los Apóstoles ante tanta gente hambrienta nos hace pensar en una multitud actual, no hambrienta, sino peor aún: alejada de Dios, con una “anorexia espiritual”, que impide participar de la Pascua y conocer a Jesús. No sabemos cómo llegar a tanta gente… Aletea en la lectura de hoy un mensaje de esperanza: no importa la falta de medios, sino los recursos sobrenaturales; no seamos “realistas”, sino “confiados” en Dios. Así, cuando Jesús pregunta a Felipe dónde podían comprar pan para todos, en realidad «se lo decía para probarle, porque Él sabía lo que iba a hacer» (Jn 6,5-6). El Señor espera que confiemos en Él.

Al contemplar esos “signos de los tiempos”, no queremos pasividad (pereza, languidez por falta de lucha…), sino esperanza: el Señor, para hacer el milagro, quiere la dedicación de los Apóstoles y la generosidad del joven que entrega unos panes y peces. Jesús aumenta nuestra fe, obediencia y audacia, aunque no veamos enseguida el fruto del trabajo, como el campesino no ve despuntar el tallo después de la siembra. «Fe, pues, sin permitir que nos domine el desaliento; sin pararnos en cálculos meramente humanos. Para superar los obstáculos, hay que empezar trabajando, metiéndonos de lleno en la tarea, de manera que el mismo esfuerzo nos lleve a abrir nuevas veredas» (San Josemaría), que aparecerán de modo insospechado.

No esperemos el momento ideal para poner lo que esté de nuestra parte: ¡cuanto antes!, pues Jesús nos espera para hacer el milagro. «Las dificultades que presenta el panorama mundial en este comienzo del nuevo milenio nos inducen a pensar que sólo una intervención de lo alto puede hacer esperar un futuro menos oscuro», escribió Juan Pablo II. Acompañemos, pues, con el Rosario a la Virgen, pues su intercesión se ha hecho notar en tantos momentos delicados por los que ha surcado la historia de la Humanidad.

Comentario: Rev. D. Llucià POU i Sabater (Vic, Barcelona, España)

Oremos:

Padre Santo, viene ahora a mi mente aquella oración que repetimos tanto antes de la Eucaristía…”No soy digno de Ti, pero una palabra Tuya bastará para sanarme”.  Quiero ir a Ti, no quiero alejarme jamás. Dame voluntad, valentía, humildad, sabiduría, templanza, modestia, alegría…para ser verdadero testimonio de Tu Amor. Haz de mi vida un camino hacia Ti. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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abr 02 2010

Juan 18, 1-19,42

Texto del evangelio (Jn 18, 1-19,42)

En aquel tiempo, Jesús pasó con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto, en el que entraron él y sus discípulos. Pero también Judas, el que le entregaba, conocía el sitio, porque Jesús se había reunido allí muchas veces con sus discípulos. Judas, pues, llega allí con la cohorte y los guardias enviados por los sumos sacerdotes y fariseos, con linternas, antorchas y armas. Jesús, que sabía todo lo que le iba a suceder, se adelanta y les pregunta: «¿A quién buscáis?». Le contestaron: «A Jesús el Nazareno». Díceles: «Yo soy». Judas, el que le entregaba, estaba también con ellos. Cuando les dijo: «Yo soy», retrocedieron y cayeron en tierra. Les preguntó de nuevo: «¿A quién buscáis?». Le contestaron: «A Jesús el Nazareno». Respondió Jesús: «Ya os he dicho que yo soy; así que si me buscáis a mí, dejad marchar a éstos». Así se cumpliría lo que había dicho: «De los que me has dado, no he perdido a ninguno». Entonces Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó e hirió al siervo del Sumo Sacerdote, y le cortó la oreja derecha. El siervo se llamaba Malco. Jesús dijo a Pedro: «Vuelve la espada a la vaina. La copa que me ha dado el Padre, ¿no la voy a beber?».

Entonces la cohorte, el tribuno y los guardias de los judíos prendieron a Jesús, le ataron y le llevaron primero a casa de Anás, pues era suegro de Caifás, el Sumo Sacerdote de aquel año. Caifás era el que aconsejó a los judíos que convenía que muriera un solo hombre por el pueblo. Seguían a Jesús Simón Pedro y otro discípulo. Este discípulo era conocido del Sumo Sacerdote y entró con Jesús en el atrio del Sumo Sacerdote, mientras Pedro se quedaba fuera, junto a la puerta. Entonces salió el otro discípulo, el conocido del Sumo Sacerdote, habló a la portera e hizo pasar a Pedro. La muchacha portera dice a Pedro: «¿No eres tú también de los discípulos de ese hombre?». Dice él: «No lo soy». Los siervos y los guardias tenían unas brasas encendidas porque hacía frío, y se calentaban. También Pedro estaba con ellos calentándose. El Sumo Sacerdote interrogó a Jesús sobre sus discípulos y su doctrina. Jesús le respondió: «He hablado abiertamente ante todo el mundo; he enseñado siempre en la sinagoga y en el Templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he hablado nada a ocultas. ¿Por qué me preguntas? Pregunta a los que me han oído lo que les he hablado; ellos saben lo que he dicho». Apenas dijo esto, uno de los guardias que allí estaba, dio una bofetada a Jesús, diciendo: «¿Así contestas al Sumo Sacerdote?». Jesús le respondió: «Si he hablado mal, declara lo que está mal; pero si he hablado bien, ¿por qué me pegas?». Anás entonces le envió atado al Sumo Sacerdote Caifás. Estaba allí Simón Pedro calentándose y le dijeron: «¿No eres tú también de sus discípulos?». El lo negó diciendo: «No lo soy». Uno de los siervos del Sumo Sacerdote, pariente de aquel a quien Pedro había cortado la oreja, le dice: «¿No te vi yo en el huerto con Él?». Pedro volvió a negar, y al instante cantó un gallo.

De la casa de Caifás llevan a Jesús al pretorio. Era de madrugada. Ellos no entraron en el pretorio para no contaminarse y poder así comer la Pascua. Salió entonces Pilato fuera donde ellos y dijo: «¿Qué acusación traéis contra este hombre?». Ellos le respondieron: «Si éste no fuera un malhechor, no te lo habríamos entregado». Pilato replicó: «Tomadle vosotros y juzgadle según vuestra Ley». Los judíos replicaron: «Nosotros no podemos dar muerte a nadie». Así se cumpliría lo que había dicho Jesús cuando indicó de qué muerte iba a morir. Entonces Pilato entró de nuevo al pretorio y llamó a Jesús y le dijo: «¿Eres tú el Rey de los judíos?». Respondió Jesús: «¿Dices eso por tu cuenta, o es que otros te lo han dicho de mí?». Pilato respondió: «¿Es que yo soy judío? Tu pueblo y los sumos sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?». Respondió Jesús: «Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuese de este mundo, mi gente habría combatido para que no fuese entregado a los judíos: pero mi Reino no es de aquí». Entonces Pilato le dijo: «¿Luego tú eres Rey?». Respondió Jesús: «Sí, como dices, soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz». Le dice Pilato: «¿Qué es la verdad?». Y, dicho esto, volvió a salir donde los judíos y les dijo: «Yo no encuentro ningún delito en Él. Pero es costumbre entre vosotros que os ponga en libertad a uno por la Pascua. ¿Queréis, pues, que os ponga en libertad al Rey de los judíos?». Ellos volvieron a gritar diciendo: «¡A ése, no; a Barrabás!». Barrabás era un salteador.

Pilato entonces tomó a Jesús y mandó azotarle. Los soldados trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza y le vistieron un manto de púrpura; y, acercándose a Él, le decían: «Salve, Rey de los judíos». Y le daban bofetadas. Volvió a salir Pilato y les dijo: «Mirad, os lo traigo fuera para que sepáis que no encuentro ningún delito en Él». Salió entonces Jesús fuera llevando la corona de espinas y el manto de púrpura. Díceles Pilato: «Aquí tenéis al hombre». Cuando lo vieron los sumos sacerdotes y los guardias, gritaron: «¡Crucifícalo, crucifícalo!». Les dice Pilato: «Tomadlo vosotros y crucificadle, porque yo ningún delito encuentro en Él». Los judíos le replicaron: «Nosotros tenemos una Ley y según esa Ley debe morir, porque se tiene por Hijo de Dios». Cuando oyó Pilato estas palabras, se atemorizó aún más. Volvió a entrar en el pretorio y dijo a Jesús: «¿De dónde eres tú?». Pero Jesús no le dio respuesta. Dícele Pilato: «¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo poder para soltarte y poder para crucificarte?». Respondió Jesús: «No tendrías contra mí ningún poder, si no se te hubiera dado de arriba; por eso, el que me ha entregado a ti tiene mayor pecado». Desde entonces Pilato trataba de librarle. Pero los judíos gritaron: «Si sueltas a ése, no eres amigo del César; todo el que se hace rey se enfrenta al César». Al oír Pilato estas palabras, hizo salir a Jesús y se sentó en el tribunal, en el lugar llamado Enlosado, en hebreo Gabbatá. Era el día de la Preparación de la Pascua, hacia la hora sexta. Dice Pilato a los judíos: «Aquí tenéis a vuestro Rey». Ellos gritaron: «¡Fuera, fuera! ¡Crucifícale!». Les dice Pilato: «¿A vuestro Rey voy a crucificar?». Replicaron los sumos sacerdotes: «No tenemos más rey que el César». Entonces se lo entregó para que fuera crucificado.

Tomaron, pues, a Jesús, y Él cargando con su cruz, salió hacia el lugar llamado Calvario, que en hebreo se llama Gólgota, y allí le crucificaron y con Él a otros dos, uno a cada lado, y Jesús en medio. Pilato redactó también una inscripción y la puso sobre la cruz. Lo escrito era: «Jesús el Nazareno, el Rey de los judíos». Esta inscripción la leyeron muchos judíos, porque el lugar donde había sido crucificado Jesús estaba cerca de la ciudad; y estaba escrita en hebreo, latín y griego. Los sumos sacerdotes de los judíos dijeron a Pilato: «No escribas: ‘El Rey de los judíos’, sino: ‘Éste ha dicho: Yo soy Rey de los judíos’». Pilato respondió: «Lo que he escrito, lo he escrito». Los soldados, después que crucificaron a Jesús, tomaron sus vestidos, con los que hicieron cuatro lotes, un lote para cada soldado, y la túnica. La túnica era sin costura, tejida de una pieza de arriba abajo. Por eso se dijeron: «No la rompamos; sino echemos a suertes a ver a quién le toca». Para que se cumpliera la Escritura: «Se han repartido mis vestidos, han echado a suertes mi túnica». Y esto es lo que hicieron los soldados. Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego dice al discípulo: «Ahí tienes a tu madre». Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa.

Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura, dice: «Tengo sed». Había allí una vasija llena de vinagre. Sujetaron a una rama de hisopo una esponja empapada en vinagre y se la acercaron a la boca. Cuando tomó Jesús el vinagre, dijo: «Todo está cumplido». E inclinando la cabeza entregó el espíritu.

Los judíos, como era el día de la Preparación, para que no quedasen los cuerpos en la cruz el sábado —porque aquel sábado era muy solemne— rogaron a Pilato que les quebraran las piernas y los retiraran. Fueron, pues, los soldados y quebraron las piernas del primero y del otro crucificado con Él. Pero al llegar a Jesús, como lo vieron ya muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua. El que lo vio lo atestigua y su testimonio es válido, y él sabe que dice la verdad, para que también vosotros creáis. Y todo esto sucedió para que se cumpliera la Escritura: «No se le quebrará hueso alguno». Y también otra Escritura dice: «Mirarán al que traspasaron».

Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús, aunque en secreto por miedo a los judíos, pidió a Pilato autorización para retirar el cuerpo de Jesús. Pilato se lo concedió. Fueron, pues, y retiraron su cuerpo. Fue también Nicodemo —aquel que anteriormente había ido a verle de noche— con una mezcla de mirra y áloe de unas cien libras. Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en vendas con los aromas, conforme a la costumbre judía de sepultar. En el lugar donde había sido crucificado había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo, en el que nadie todavía había sido depositado. Allí, pues, porque era el día de la Preparación de los judíos y el sepulcro estaba cerca, pusieron a Jesús.

Reflexión: Jn 18, 1-19,42

Todo ocurre conforme estaba escrito. La intervención de Dios es nuestra historia, en nuestra salvación, no es antojadiza, ni mucho menos improvisada. Obedece a un Plan, trazado mucho antes que viniéramos a este mundo. Dios nos crea a su imagen y semejanza. Esto quiere decir que en lo más recóndito de nuestro ser, en el núcleo, en el centro, en la esencia o como queramos llamar a aquello fundamental que nos distingue de todas las creaturas vivientes, está la impronta de Dios, su huella indeleble, que nos hace tender a Él, volver a Él, para hacernos uno, con Él.

Este es el camino natural, lógico por el que debíamos transitar, erguidos, levantando la mirada y dirigiéndonos al Padre. No hemos sido creados para arrastrarnos por la tierra como serpientes, ni para escondernos como sabandijas, entre las sobras. Somos hijos de la Luz y por lo tanto debemos permanecer en ella, caminar por ella hacia La Verdad.

Sin embargo el Demonio aparece en esta escena, pretendiendo que nada de esto es cierto. Que podemos prescindir de Dios, porque nosotros mismos somos como Dios. Viene a sembrar confusión entre nosotros, haciéndonos asumir como la verdad, historias tejidas por hombres, destinadas a justificarse, a respaldar sus actitudes egocéntricas, pequeñas, mezquinas, llenas de soberbia y ambición. Historias finitas, que pretenden que no hay más allá, que Dios no existe, que no existe otra razón de ser en la vida que lograr la propia satisfacción personal, entronizándose a sí mismos, como el centro del universo.

El hombre, creado libre por Dios, tendiendo hacia Él, puede sin embargo escoger el mal, y eso lo sabe el Príncipe de las tinieblas, que no pierde oportunidad para tentarlo y perderlo, pretendiendo hacerle creer que puede ser feliz por sobre los demás o sin tenerlos en cuenta. Por eso el Padre, que nos amó desde siempre, que no quiere que nos perdamos, ni restarnos libertad, envía a su propio Hijo, para dar testimonio de Él, para enseñarnos el Camino, que no es otro que el de el Amor. Esto es lo que celebramos en estas fechas: el Amor de Dios. Este es el misterio que debemos develar. La muerte de Jesús en la cruz, no es otra cosa que una muestra de amor llevada al extremo. Es el mayor testimonio de amor, porque no hay amor más grande que el de aquel que es capaz de dar la vida por los que ama. Esa fue la Voluntad del Padre, que Jesús vino a cumplir, tal como se lo dice a Pedro y con él a todos nosotros: «Vuelve la espada a la vaina. La copa que me ha dado el Padre, ¿no la voy a beber?»

No se trata de un acto simbólico, de un cuento o de una leyenda, sino de un hecho histórico, real, que ocurrió hace poco más de 2mil años, que evidencia el amor de Dios por los hombres. Un amor eterno, revelado por Jesús con su vida muerte y resurrección, convirtiéndose en el centro de nuestra historia, en el hito más importante, que marca un antes y un después, tanto en la historia de la humanidad, como en la historia de cada una de las personas que tienen la Gracia de encontrase con Él a lo largo de su vida.

Oremos:

Señor mío Jesucristo, perdóname por las veces que he pasado indiferente delante de ti, por las veces que me he hecho el tonto, el que no te oigo, el que no te conozco. Perdona mi falta de valor, mi egoísmo, mi indiferencia. Aleja de mi toda tentación. Hazme donación generosa para todo aquél que te busca con avidez. Que mi vida sea un testimonio de tu amor. Gracias por todo lo que me das abundante y generosamente, que sin embargo no veo o dejo pasar inadvertido, por tener tanto que hacer. Gracias por mi esposa, mi familia y mis amigos. Gracias por mi cuerpo, mis sentidos y mi salud… Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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mar 27 2010

Juan 11, 45-56

Texto del evangelio (Jn 11, 45-56)

En aquel tiempo, muchos de los judíos que habían venido a casa de María, viendo lo que había hecho, creyeron en Él. Pero algunos de ellos fueron donde los fariseos y les contaron lo que había hecho Jesús. Entonces los sumos sacerdotes y los fariseos convocaron consejo y decían: «¿Qué hacemos? Porque este hombre realiza muchas señales. Si le dejamos que siga así, todos creerán en Él y vendrán los romanos y destruirán nuestro Lugar Santo y nuestra nación». Pero uno de ellos, Caifás, que era el Sumo Sacerdote de aquel año, les dijo: «Vosotros no sabéis nada, ni caéis en la cuenta que os conviene que muera uno solo por el pueblo y no perezca toda la nación». Esto no lo dijo por su propia cuenta, sino que, como era Sumo Sacerdote aquel año, profetizó que Jesús iba a morir por la nación —y no sólo por la nación, sino también para reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos—. Desde este día, decidieron darle muerte.

Por eso Jesús no andaba ya en público entre los judíos, sino que se retiró de allí a la región cercana al desierto, a una ciudad llamada Efraim, y allí residía con sus discípulos. Estaba cerca la Pascua de los judíos, y muchos del país habían subido a Jerusalén, antes de la Pascua para purificarse. Buscaban a Jesús y se decían unos a otros estando en el Templo: «¿Qué os parece? ¿Que no vendrá a la fiesta?». Los sumos sacerdotes y los fariseos habían dado órdenes de que, si alguno sabía dónde estaba, lo notificara para detenerle.

Reflexión: Jn 11, 45-56

Más claro, imposible. Los sumos sacerdotes condenan a muerte a Jesús para salvarse, para mantener el estatus, para no verse perjudicados por su prédica, ya que como ellos mismos reconocen: “este hombre realiza muchas señales. Si le dejamos que siga así, todos creerán en Él y vendrán los romanos y destruirán nuestro Lugar Santo y nuestra nación.”

¡Qué tal paradoja! ¡Qué tal juicio! Le condenan a muerte porque realiza muchas señales. Ni si quiera entran a calificar las señales. Si son buenas o malas, no está en discución. Eso a muchos no les importa. Mientras que otros, están dispuestos a creer y tolerar el mensaje del Señor, hasta cierto punto. Mientras no lo transgreda y pase con perfil bajo, es bueno y hasta simpático. Mientras no los comprometa, mientras no ponga en juego su posición, su situación, qué más da que el pueblo crea en esto o en aquello…Pero, este  “realiza muchas señales”. ¡Es peligroso! Puede llegar a ser intolerable para los romanos, para aquellos con los que convivimos en contubernio, en un acuerdo tácito, en el que respetamos mutuamente nuestros privilegios, a costa del mismo sufrido pueblo, que no tiene más alternativa que aguantarlos a ambos. No sea que los romanos, que son muy poderosos y han actuado con tolerancia nos castiguen. No están dispuestos a pagar por Jesús y su prédica, lo que para ellos supone un alto costo: la destrucción de su templo y de su nación. Seamos claros: en realidad su templo y la nación son meras excusas, pues para ellos significan poco. Lo que en realidad temen es perder sus privilegios, mantenidos bajo esta aparente pacífica convivencia.

Se acerca la Pascua, y con ella, la hora en que Jesús será entregado y sacrificado por todos nosotros. Es así que sin querer y sin saberlo Caifás profetiza la muerte de Jesús: “os conviene que muera uno solo por el pueblo y no perezca toda la nación.” Esta es una de las formas en que Dios interviene en la historia. Los hechos son los mismos…Y mientras “el consejo” (las autoridades del pueblo judío) encuentran la excusa perfecta para eliminarlo, seguramente sin presagiar todavía que sería en esa Pascua, ni que habrían de crucificarle públicamente, los planes del Señor siguen su curso, y pasan precisamente por su sacrificio en la cruz, por su muerte y resurrección, para salvarnos del pecado y la muerte, sellando así la nueva alianza.

Es así que mientras el Consejo decide eliminarle porque “realiza muchas señales”, precipitan precisamente la señal más grande e imperecedera, la muerte y resurrección de Jesús, que será la señal de los cristianos, el símbolo supremo de nuestra salvación. Por eso la cruz será el recuerdo eterno de nuestra redención, de nuestra salvación, de la nueva alianza forjada con la sangre de Jesús. Quisieron borrarlo, eliminarlo y desataron la señal más grande, que con muchas vicisitudes, seguramente, después de más de 2mil años, sigue tan radiante y fresca como entonces, promoviendo adhesiones sinceras, en gentes humildes, más allá de toda la propaganda que, como entonces desatan los poderosos en su contra, para no perder privilegios, fama y poder.

Oremos:

Señor Jesús, que no seamos uno más de aquellos que buscan sacrificarte, eliminarte, borrarte del mapa, porque nos perturba tu prédica. Por el contrario, que seamos de los que se aferran a tu cruz, sabiendo que con tu muerte y resurrección, haz vencido al mundo, perdonando nuestros pecados y restaurando la alianza con nuestro Padre, que nos espera con los brazos abiertos, teniendo reservado para nosotros un lugar a su lado, en el que viviremos eternamente.  Amén.

Roguemos al Señor…

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mar 26 2010

Juan 10, 31-42

Texto del evangelio (Jn 10, 31-42)

En aquel tiempo, los judíos trajeron otra vez piedras para apedrearle. Jesús les dijo: «Muchas obras buenas que vienen del Padre os he mostrado. ¿Por cuál de esas obras queréis apedrearme?». Le respondieron los judíos: «No queremos apedrearte por ninguna obra buena, sino por una blasfemia y porque tú, siendo hombre, te haces a ti mismo Dios». Jesús les respondió: «¿No está escrito en vuestra Ley: ‘Yo he dicho: dioses sois’? Si llama dioses a aquellos a quienes se dirigió la Palabra de Dios —y no puede fallar la Escritura— a aquel a quien el Padre ha santificado y enviado al mundo, ¿cómo le decís que blasfema por haber dicho: ‘Yo soy Hijo de Dios’? Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis; pero si las hago, aunque a mí no me creáis, creed por las obras, y así sabréis y conoceréis que el Padre está en mí y yo en el Padre». Querían de nuevo prenderle, pero se les escapó de las manos. Se marchó de nuevo al otro lado del Jordán, al lugar donde Juan había estado antes bautizando, y se quedó allí. Muchos fueron donde Él y decían: «Juan no realizó ninguna señal, pero todo lo que dijo Juan de éste, era verdad». Y muchos allí creyeron en Él.

Reflexión: Jn 10, 31-42

Estamos asistiendo a una cronología inexorable. Está por llegar la hora para la cual vino Jesús. Ocurrirá de todos modos. Y, ya podemos ver como los judíos se van impacientando. Para muchos de ellos, que no quieren detenerse a meditar en torno a sus obras, que no están dispuestos a tolerar nada, si primero Jesús no muestra credenciales que para ellos sean convincentes, todo lo que dice es blasfemia.

Es que aceptarlo sería aceptar que hay que cambiar el orden de las cosas. Que el mundo que han forjado, en el que detentan poder y privilegios, en el que tienen una posición preponderante, afortunada, debe cambiar…Cambiar para promover a la chusma, a los pobres, a los desposeídos. ¿Por qué abrían de ceder? ¿Por qué lo decía Jesús? Y…-aquí viene el sustento de su rechazo- ¿Quién es Jesús? Dice muchas cosas, pero todas son blasfemias…A tal punto los altera, que ya no eran indiferentes, sino que querían matarlo…”Muerto el perro, se acabó la rabia”, como sostienen algunos de nuestros empleadores anti sindicalistas, que prefieren despedir y desaparecer a quienes osan mencionar esta palabra, antes que dialogar. Es que, para ellos, dialogar sería aceptar algo que es inadmisible: que están equivocados; que hay otra perspectiva; que los trabajadores no le deben todo a la bondad de los empleadores; que hay ciertos derechos, que los trabajadores también tienen, entre ellos el de opinar y ser escuchados.

En este pasaje, apelando seguramente a alguno de sus poderes divinos, Jesús se tiene que escabullir. Escapa por segunda vez, cuando hastiados, los judíos, están dispuestos a eliminarlo allí mismo. Esto no podía pasar, ni iba a pasar, porque tenían que cumplirse las escrituras. Pero vamos viendo ya, como va llegando la hora. Jesús es un enemigo del poder, del estatus quo. Jesús ha venido a revolucionar el mundo, a cambiarlo todo. Sencillamente intolerable, para quienes se encuentran en la parte superior de la pirámide. La prédica de Jesús es realmente exacerbante y es que choca frontalmente contra el individualismo, que propicia el culto al “mi, me, conmigo”, en el que “YO” debo ser primero, por sobre todas las cosas; en el que solo después de mí y si me sobra algo, lo daré a los que me plazca…Este es un mundo que colisiona contra la fraternidad predicada por Jesús. Hermandad que tiene su sustento en que TODOS somos hijos de un mismo Padre, Dios, y que por tanto nos debemos AMOR. Esta es la palabreja, para algunos incomprensible, para otros impronunciable y para muchos desvirtuada y devaluada, que finalmente llevará a Cristo a la Cruz.

Es el amor del Padre, desplegado al extremo de dar la vida de su único Hijo por nuestra salvación. Este es el mensaje que estamos por celebrar estos días, que se reedita cada segundo en el universo. ¡Dios nos ha amado en extremo! Y esto es lo que pide que hagamos entre nosotros…amarnos unos a otros, como Él nos ha amado.

Oremos:

Señor Jesús, que en estos días previos a tu pasión y muerte en cruz, nos hagamos sensibles a tu mensaje de amor. Que lo expresemos a través de nuestros actos, antes que por nuestros labios. Que seamos un verdadero testimonio de vida cristiana. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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mar 18 2010

Juan 5,31-47

Texto del evangelio (Jn 5,31-47)

En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: «Si yo diera testimonio de mí mismo, mi testimonio no sería válido. Otro es el que da testimonio de mí, y yo sé que es válido el testimonio que da de mí. Vosotros mandasteis enviados donde Juan, y él dio testimonio de la verdad. No es que yo busque testimonio de un hombre, sino que digo esto para que os salvéis. Él era la lámpara que arde y alumbra y vosotros quisisteis recrearos una hora con su luz. Pero yo tengo un testimonio mayor que el de Juan; porque las obras que el Padre me ha encomendado llevar a cabo, las mismas obras que realizo, dan testimonio de mí, de que el Padre me ha enviado. Y el Padre, que me ha enviado, es el que ha dado testimonio de mí. Vosotros no habéis oído nunca su voz, ni habéis visto nunca su rostro, ni habita su palabra en vosotros, porque no creéis al que Él ha enviado.

»Vosotros investigáis las escrituras, ya que creéis tener en ellas vida eterna; ellas son las que dan testimonio de mí; y vosotros no queréis venir a mí para tener vida. La gloria no la recibo de los hombres. Pero yo os conozco: no tenéis en vosotros el amor de Dios.

»Yo he venido en nombre de mi Padre, y no me recibís; si otro viene en su propio nombre, a ése le recibiréis. ¿Cómo podéis creer vosotros, que aceptáis gloria unos de otros, y no buscáis la gloria que viene del único Dios? No penséis que os voy a acusar yo delante del Padre. Vuestro acusador es Moisés, en quién habéis puesto vuestra esperanza. Porque, si creyerais a Moisés, me creeríais a mí, porque él escribió de mí. Pero, si no creéis en sus escritos, ¿cómo vais a creer en mis palabras?».

Reflexión: Jn 5, 31-47

En el estilo de Juan, que es muy erudito y tiene una lógica muy contundente y algo poética, Jesús se nos vuelve a presentar como el Hijo de Dios, el Mesías, enviado por el Padre para salvarnos, del cual hablan y dan testimonio todas las escrituras que lo precedieron, desde Moisés.

Este ha de ser Jesús para nosotros: testimonio del Amor del Padre. Es a través de Él, de sus parábolas, de sus enseñanzas, que conocemos al Padre, a quién el Hijo se encuentra profundamente ligado. Él hace, lo que Dios Padre ha dispuesto. El está aquí para cumplir la Voluntad del Padre y es lo que hace, hasta el extremo de morir en la cruz. Aunque siempre es preciso recordar, en este punto, que si bien se sacrificó hasta ese extremo por redimirnos, por salvarnos del pecado y la muerte, por renovar nuestra antigua Alianza con Dios, Resucitó, venciendo a la muerte, cerrando de este modo su mensaje de esperanza y dando testimonio, como Él mismo nos dice, de la Voluntad del Padre, como es, que todos resucitemos con Él y tengamos Vida Eterna.

He aquí una de las claves de nuestra Fe: nosotros creemos en un Dios resucitado, en un Dios vivo, en un Dios Eterno, en un Dios que es Redentor, que ha vencido a la muerte y al pecado, restaurando de este modo el Puente, el Camino, los Lazos que nos unen desde siempre con nuestro Padre Creador.

Luego del testimonio que con su vida nos dio Jesús, siento que estas palabras del Señor, escritas por Juan, este discurso está dirigido a obtener de nosotros una respuesta de Fe. Está llamado a lograr la adhesión voluntaria que expresamos en el Credo.

“Creo en Dios, Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra. Creo en Jesucristo, su único Hijo, Nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo…”  Nosotros elegimos, decidimos creer. A esto nos convoca Jesús. Para eso nos ha dado Su testimonio. Esta es la respuesta que espera, no de boca, como muchas veces recitamos en esta fórmula, que repetida de memoria, no tiene sentido alguno. Jesús espera mover nuestra voluntad, nuestra decisión, nuestra libre opción a seguirlo, cumpliendo de este modo la Voluntad del Padre. Porque en ello radica la salvación: en cumplir la Voluntad del Padre. Él quiere que nos salvemos y nos da la fórmula; nos dice cómo, a través de Jesús…Le creemos y le seguimos, o lo rechazamos y nos perdemos. Esa es nuestra decisión. Sin embargo, Jesús no escatimará esfuerzo alguno por convencernos, con sus obras, con su Palabra y con su ejemplo, trazando con su preciosísima sangre la ruta que debemos seguir. Nos ha amado hasta ese extremo.

Esto es lo que llego a entender en esta lectura. Una invitación a confesar mi fe, y compartir la misión de Jesús, el Hijo Predilecto, el Enviado del Padre, hasta el extremo. Amar, hasta llegar a dar la vida misma por cumplir la Voluntad del Padre, que es la que debe regir nuestra vida.

Oremos:

Padre Santo, permítenos reconocer Tu Voluntad en nuestra vida y seguirla ciegamente, sabiendo que en ello radica precisamente nuestra salvación y la de la humanidad entera. Ilumina nuestro día a día y no nos dejes caer en tentación. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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feb 09 2010

Marcos 7, 1-13

Texto del evangelio (Mc 7, 1-13)

En aquel tiempo, se reunieron junto a Jesús los fariseos, así como algunos escribas venidos de Jerusalén. Y al ver que algunos de sus discípulos comían con manos impuras, es decir no lavadas, -es que los fariseos y todos los judíos no comen sin haberse lavado las manos hasta el codo, aferrados a la tradición de los antiguos, y al volver de la plaza, si no se bañan, no comen; y hay otras muchas cosas que observan por tradición, como la purificación de copas, jarros y bandejas-.

Por ello, los fariseos y los escribas le preguntan: «¿Por qué tus discípulos no viven conforme a la tradición de los antepasados, sino que comen con manos impuras?». Él les dijo: «Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, según está escrito: ‘Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me rinden culto, ya que enseñan doctrinas que son preceptos de hombres’. Dejando el precepto de Dios, os aferráis a la tradición de los hombres». Les decía también: «¡Qué bien violáis el mandamiento de Dios, para conservar vuestra tradición! Porque Moisés dijo: ‘Honra a tu padre y a tu madre y: el que maldiga a su padre o a su madre, sea castigado con la muerte’. Pero vosotros decís: ‘Si uno dice a su padre o a su madre: Lo que de mí podrías recibir como ayuda lo declaro “Korbán” -es decir: ofrenda-’, ya no le dejáis hacer nada por su padre y por su madre, anulando así la Palabra de Dios por vuestra tradición que os habéis transmitido; y hacéis muchas cosas semejantes a éstas».

Reflexión: Mc 7, 1-13

El Señor es siempre muy claro, para aquél que realmente quiere oírlo. Nosotros hemos sido creados libres, por lo tanto no debemos sometimiento a nada ni nadie, sino solo a Dios nuestro creador. ¿Y qué es lo que quiere Dios de nosotros? Que hagamos lo mejor, lo que más nos conviene. Así, si somos inteligentes, porque así hemos sido creados y somos libres, es tonto que escojamos ir contra Dios, porque Él, en toda su sabiduría ha escogido lo mejor para nosotros y nos lo propone, no nos lo impone.

Sin embargo, muchos de nosotros, lamentablemente, preferimos no hacerle caso, darle las espaldas, e ir en contra, a sabiendas que terminaremos mal, prestándole oídos al demonio, que de este modo triunfa parcialmente en nosotros. Y es que así es de claro, de simple y de sencillo. “Quien no está conmigo –nos dice Jesús- está contra mí”. “El que no recoge conmigo, esparce”.

¿Qué tiene que ver con la lectura? Pues que los escribas y fariseos pretenden condenar a los discípulos de Jesús porque no cumplen con las tradiciones y estas no son buenas necesariamente, solo por el hecho de haber sido establecidas desde hace mucho y porque todo el mundo las sigue. ¡Eso es lo que les recuerda Jesús! “El sábado ha sido creado para el hombre y no el hombre para el sábado”. Nosotros somos libres y no hay nada que tengamos que hacer o que esté por encima de amar a nuestro prójimo, porque sólo así amamos a Dios.

Jesús aquí mismo desenmascara una tradición por la cual los judíos de aquella época trataban de justificar su desatención a sus padres, es decir a uno de sus prójimos más cercanos. Claro, y encima se justificaban diciendo que lo que debían dárselo a ellos se lo habían dado como ofrenda a Dios. ¡Eso no es ni puede ser lo que quiere Dios! Y así de claro lo expresa Jesús. “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí.” Es que a Dios no se le ama mirando al cielo y blanqueando los ojos…A Dios se le honra y se le ama, cuando amamos a nuestro prójimo. ¡Eso es lo primero!, y no las leyes, ni tradiciones…El hombre ha de ser primero. Amándole a él, amaremos a Dios.

 

Oremos:

Señor Jesús, que comprendamos que en realidad toda la ley, las profecías y los evangelios se reducen a: “Amar a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos”. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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nov 09 2009

Juan 2, 13-22

Texto del evangelio (Jn 2,13-22)

Cuando se acercaba la Pascua de los judíos, Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas en sus puestos. Haciendo un látigo con cuerdas, echó a todos fuera del Templo, con las ovejas y los bueyes; desparramó el dinero de los cambistas y les volcó las mesas; y dijo a los que vendían palomas: «Quitad esto de aquí. No hagáis de la Casa de mi Padre una casa de mercado». Sus discípulos se acordaron de que estaba escrito: El celo por tu Casa me devorará.

Los judíos entonces le replicaron diciéndole: «Qué señal nos muestras para obrar así?». Jesús les respondió: «Destruid este templo y en tres días lo levantaré». Los judíos le contestaron: «Cuarenta y seis años se han tardado en construir este Santuario, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?». Pero Él hablaba del Santuario de su cuerpo. Cuando resucitó, pues, de entre los muertos, se acordaron sus discípulos de que había dicho eso, y creyeron en la Escritura y en las palabras que había dicho Jesús.

Reflexión: Jn 2,13-22

Nosotros siempre tratamos de dar interpretaciones de la Palabra del Señor, ajustadas a nuestros intereses, a lo que queremos oírle decir. Pero el Señor tiene un lenguaje claro y más allá de lo que quisiéramos o de la forma en que cada quien trata de adaptarla a su vida, Él nos comunica La Verdad.

Su mensaje es Único, es decir que no se acomoda  según el marchante, ni según las circunstancias. O somos, o no somos. No podemos quedarnos en el medio tratando de quedar bien con Dios y con el Diablo. Es lo que finalmente nos dice al expulsar a estos mercaderes. Estamos parados a la puerta del templo. Es decir, estamos a la orilla. El Señor no llama adentro, pero tenemos tanto que negociar, tanto que vender, tanto que tranzar, tanto que convenir, que no nos atrevemos a entrar.

Nuestro afán por acomodarnos llega a tal extremo, que nos ubicamos en la periferia del templo, en sus alrededores. Escogemos como lugar para nuestros negocios, las cercanías del templo. No queremos perderle de vista, Así es nuestra fe: periférica. Como los mercaderes, que distraen y obstaculizan el ingreso. Ni entramos, ni dejamos entrar.

Esta es pues una de las pocas veces que vemos al Señor perder la calma…creo que la única. Y es que como dice al comienzo de este pasaje: “Cuando se acercaba la Pascua de los judíos, Jesús subió a Jerusalén.” Es decir que se acerca el día y le impacienta ver que no cambiamos. Somos como los mercaderes, que nos quedamos a la puerta del templo. Y en el templo, es decir en nosotros mismos, habita el Padre, a quien despreciamos por llevar una vida superflua, sustentada en una aparatosa parafernalia, en una tremenda decoración externa, que creemos imprescindible para ser, para sentirnos algo, alguien, para ser felices. Cuando la verdadera felicidad no está en ninguna de estas cosas, sino en nosotros mismos, pues allí habita nuestro Padre y Él no necesita nada de esto. Nada de lo que nos afanamos por tener, por cuidar, por incrementar. Para Él, nosotros somos importantes, nosotros somos su templo y es una verdadera lástima que nosotros mismos no lo sintamos, ni lo veamos, ni lo vivamos así.

Todo lo demás, que si había realmente un templo (como lo hubo) y que podría aplicarse a otros templos, se deriva de ahí y es realmente secundario. El Señor nos pide a cada uno de nosotros que cambiemos y se impacienta por nuestro pertinaz apego a la cosas y a seguir haciendo siempre lo mismo. ¡Hasta cuando! ¡Ya está por llegar el día en que habrás de rendir cuentas y sigues en lo mismo! ¡Es por eso que saca su látigo y echa todo por tierra! Y es que nos cegamos y nos negamos a entender Su Palabra.

Examinemos nuestras vidas…¿No estará pasando eso con nosotros? ¿No estaremos actuando como los mercaderes, aferrándonos a toda esta “mercadería”, que ni si quiera es nuestra, porque debemos tranzarla para poder vivir, como si fuera lo más importante, como si fuera imprescindible, olvidándonos que lo que está adentro, lo que está al fondo es lo mejor y no tiene precio? ¿No seremos de los que obstaculizan la entrada y ni entramos, ni dejamos entrar?

¡Basta ya de excusas! ¡O recoges conmigo o desparramas! ¡O entras, o sales…pero no puedes quedarte al medio! ¡El Señor te está invitando a entrar, con impaciencia!

Oremos:

Señor, no permitas que andemos por el mundo como tibios testigos, que no son ni chicha ni limonada. Danos el coraje de decidir, ¡ya! Y seguirte para siempre, confiando en Ti. Contigo lo tenemos todo. Sin Ti, no somos nada.

Danos hoy la oportunidad de servirte. No permitas que flaqueemos. Que seamos consecuentes en todo lo que decimos y hacemos. Amén.

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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abr 10 2009

Reflexión: Jn 18,1—19,42

Jn 18,1—19,42

Todo ocurre conforme estaba escrito, hasta el último suspiro. De nada se retracta y muere sólo y abandonado por todos. Luego de haberlo visto tantas veces antes escabulléndose, evadiendo a cuantos quería atraparle y ajusticiarlo, llegada la hora, está ahí, cargando con su cruz, hasta la muerte.

¿Qué fue de todos los que había curado? ¿Qué de todos cuanto le habían oído y creído? ¿Qué fue de las muchedumbres que le seguían? ¡Hasta Pedro, el discípulo al que tantas veces antes había distinguido Jesús, el que tantas veces había proclamado que lo seguiría a donde fuera, hasta él lo abandono…! ¡No sólo lo abandono, sino que incluso lo negó!

Entre sus discípulos, entre sus más allegado estuvo el que lo traicionó. ¿Qué ocurrió? ¿Cómo fue que todos cambiaron hasta el extremo de mostrar tal grado de desamor e indiferencia, cuando no odio? Razonablemente no lo puedo explicar. Tal vez todos se acobardaron como nos sucede tantas veces, cuando sentimos que llevamos las de perder. O quizás se cansaron de esperar una respuesta enérgica, fulminante de Jesús. Si había mostrado tanto poder sobre las enfermedades, sobre las fuerzas naturales, incluso sobre la muerte…¿por qué no vencía a sus enemigos o se libraba de ellos? ¿Bastaría con un chasquido de sus dedos para vencerlos y atraería a todo el mundo tras Él de nuevo y quizás con más fuerza, pues se habría impuesto finalmente como el Rey de los Judíos que todos esperaban, aquél que los libraría de la opresión Romana.

Pero no. Jesús desconcierta a todos. A Judas, que termina por entregarlo; a Pedro que lo niega tres veces; al pueblo que pide que lo crucifique; a Pilatos, que no encuentra culpa en él…

Es que Jesús es el Rey de un Reino que no es de este mundo y en el que sin embargo todos estamos invitados a participar.

Oremos:

Señor, no soy digno que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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