sep 03 2010

Lucas 5, 33-39

Texto del evangelio (Lc 5, 33-39)

En aquel tiempo, los fariseos y los maestros de la Ley dijeron a Jesús: «Los discípulos de Juan ayunan frecuentemente y recitan oraciones, igual que los de los fariseos, pero los tuyos comen y beben». Jesús les dijo: «¿Podéis acaso hacer ayunar a los invitados a la boda mientras el novio está con ellos? Días vendrán en que les será arrebatado el novio; entonces ayunarán en aquellos días».

Les dijo también una parábola: «Nadie rompe un vestido nuevo para echar un remiendo a uno viejo; de otro modo, desgarraría el nuevo, y al viejo no le iría el remiendo del nuevo. Nadie echa tampoco vino nuevo en pellejos viejos; de otro modo, el vino nuevo reventaría los pellejos, el vino se derramaría, y los pellejos se echarían a perder; sino que el vino nuevo debe echarse en pellejos nuevos. Nadie, después de beber el vino añejo, quiere del nuevo porque dice: ‘El añejo es el bueno’».

Reflexión: Lc 5, 33-39

Que el Señor vino aquí y estuvo viviendo físicamente, como cualquier hombre entre nosotros, es un acontecimiento extraordinario, único en la historia de la humanidad, que el mismo Jesús se encarga de relevar. “¿Podéis acaso hacer ayunar a los invitados a la boda mientras el novio está con ellos?”

Este es un primer aspecto de la lectura que no podemos pasar por alto. Cristo es el centro de la historia. La importancia de su venida es vital. Por ello fue anunciada siglos antes que ocurriera y profetizada con detalle. Y no es sólo por relievar la figura de Cristo, o por enaltecerla sin más, sino que Dios Padre no encontró mejor modo de llamar la atención a nuestra inteligencia y libertad, que enviarnos a su propio Hijo, para mostrarnos el Camino de la Salvación. Para que viéndolo, lo siguiéramos, alcanzando de este modo la Vida Eterna.

Es decir que la presencia de Cristo en la Tierra es un signo, una señal del inconmensurable amor que nos tiene el Padre, que nos amó desde siempre y nos quiere de vuelta con Él. Eso es algo que Cristo sabe sobradamente –y ¿cómo no?-, y se encarga de propalarlo en cuanta ocasión le es permitido  y específicamente en esta.

Por otro lado, parece claro que lo que el Señor viene a proponernos es una Vida Nueva, una vida distinta a la anterior. No se trata de parcharla, de reformarla, de aplicar estos nuevos criterios a la vida vieja. Se trata de cambiar nuestra vida toda. Se trata de “volver a nacer” nos dirá en otro pasaje. Y la pregunta lógica es: “¿cómo puede volver a nacer un hombre viejo?” Pues la respuesta es, lo que es imposible para el hombre, es posible para Dios. Hay que volver a nacer del Agua y del Espíritu, es decir, de Dios.

Jesús nos viene a proponer una Vida Nueva. Nos cuesta comprenderlo, porque no nos dejamos llevar, porque no nos entregamos, porque nos falta fe. Creemos que se trata de repetir algunas fórmulas, de llevar una vida secreta, de hacer algunos cambios de decoración y no es así. El Señor pide un cambio drástico, radical, total; al punto que nos exige una Vida Nueva. Solo de este modo sintonizaremos con su Palabra y con el Padre; solo así lograremos comprender que de lo que se trata es de cumplir la Voluntad del Padre, que solo entonces nuestra vida adquiere valor, el verdadero valor que Dios aquilata y que si le damos vueltas, si lo meditamos en profundidad, encontraremos que este es el verdadero sentido de la Vida, que para eso fuimos creados; que allí estará nuestra dicha, nuestra felicidad, nuestra realización; que es lo mejor que podemos hacer.

De esto trata el Evangelio, la prédica de Jesús. Hay un solo Camino y nosotros estamos llamados a transitarlo. Dichosos los que entran por esta “Puerta angosta”, porque ellos heredarán el Reino de los Cielos. Ancho es el camino de la perdición…Hemos pues de tomar decisiones. ¿Creemos o no creemos? ¿Estamos con Él o estamos contra Él? Porque, recordemos que Él mismo nos lo dice, no hay términos medios. Nadie comete el disparate de “romper un vestido nuevo para echar un remiendo a uno viejo.”

¡Alegrémonos que el Señor está con nosotros y vivamos según Él, amando a Dios y a nuestros hermanos como a nosotros mismos! Esto es lo primero y lo único a lo que debemos tener consideración…lo demás se dará por añadidura.

Oremos:

Padre Santo, permítenos entender que en Ti está nuestra felicidad. Que no podemos hacer nada mejor que elegir el Camino que nos propones. Danos el coraje para asumir esta Vida Nueva y dedicarla a Ti.  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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jun 22 2010

Mateo 7, 6.12-14

Texto del evangelio (Mt 7, 6.12-14)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «No deis a los perros lo que es santo, ni echéis vuestras perlas delante de los puercos, no sea que las pisoteen con sus patas, y después, volviéndose, os despedacen. Por tanto, todo cuanto queráis que os hagan los hombres, hacédselo también vosotros a ellos; porque ésta es la Ley y los Profetas. Entrad por la entrada estrecha; porque ancha es la entrada y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por ella; mas ¡qué estrecha la entrada y qué angosto el camino que lleva a la Vida!; y pocos son los que lo encuentran».

Reflexión: Mt 7, 6.12-14

Inútil es hacer resistencia al Señor. Cuando Él nos llama, cuando Él pone sus ojos sobre nosotros, ya podemos hacernos los sordos, los que no le vemos ni entendemos, que tarde o temprano nos hará reconocer nuestro error y en forma contundente. Es que Él jamás nos abandona. Somos nosotros los que por momentos nos cansamos y pretendemos darle la espalda. Nos engreímos y aflojamos.  Pretendemos abandonar el camino…Pero es de necios hacer la contra a algo que ha calado tan hondo, que llevamos dentro y de lo que difícilmente podemos prescindir.

¡Dios es nuestro Padre! Esa es una realidad objetiva que nada ni nadie puede cambiar. Podemos pretender ignorarla, desconocerla, olvidarla…Pero ello no cambia esta gran verdad revelada por Jesucristo. Y, nuestro Padre sólo quiere lo mejor para nosotros. Entonces, mal hacemos pretendiendo ignorar su voluntad, desoyéndolo o haciendo caso omiso a sus indicaciones.

Habrá todavía alguien, que haciéndose el tonto diga ¿y cuándo, dónde me ha dado Dios a conocer su voluntad, sus instrucciones para que yo las siga? Bueno, no hay peor sordo, ni peor ciego que el que no quiere oír ni ver.  Dios se revela a todo aquél que de veras quiere encontrarlo y le habla al corazón. ¡Sí! Allí, en tu interior Él está diciéndote a cada nada cosas que muchas veces no queremos oír, que acallamos, que pretendemos ignorar…Pero Él se comunica con nosotros a cada paso y a raíz de cada uno de nuestros actos, de cada una de nuestras decisiones…

Él nos pide hacer lo correcto, aunque ello no sea lo más popular. Nos pide entrar por la puerta angosta. Nos pide valor para hacer el bien, para tratar a nuestros hermanos como quisiéramos que nos traten. Que no hagamos las cosas solo para la tribuna, solo para el aplauso y el alago. Que las hagamos por convicción, aun en silencio y en secreto. Que el bien, de este modo, aun cuando no se sepa, ni se publicite, ni te de réditos ante los hombres, siempre será reconocido por Dios. Del mismo modo, el mal, aun a escondidas y en secreto, debilita el alma, abre campo al mal espíritu, al Príncipe de la tinieblas, que te quiere débil, desconcertado, centrado en ti, que está esperando tu primera trastabillada para tentarte, para hacerte caer.

Qué tiene de malo, nos decimos…después de todo estaba solo, a solas…nadie me ha visto, nadie se enterará de esto…Pero la verdad de las cosas es que tu lo sabes, Dios los sabe y el maldito demonio también. Y, como dicen por ahí, lo que no te fortalece, te debilita. Aun cuando solo sea por el hecho de estar haraganeando por ahí, que parece tan inocente y a veces tan merecido. El Señor no pone en nuestras espaldas pesos imposibles de cargar…Pero debemos recordar que tenemos mucho, muchísimo que hacer y que el tiempo juega en nuestra contra. Entonces, no hay que desperdiciar ni el tiempo, ni las oportunidades. Debemos estar siempre en guardia, alertas y dispuestos. No hay vacaciones en la fe, como no lo hay en la vida misma ¿O podemos dejar descansando nuestros pulmones o nuestro corazón por unos días? No podemos retirarnos jamás de la vida…ella sigue su curso, estemos o no comprometidos. ¡Hagamos siempre lo correcto!

Oremos:

Padre Santo, ayúdanos a mantenernos en el Camino, aun cuando muchos nos critiquen. Que solo busquemos la Verdad, la luz y el amor. Que no nos dejemos arrastrar por lo fácil, por lo masivo, por lo que hacen todos, sin aplicar nuestra inteligencia, nuestra voluntad y nuestra capacidad de discernimiento. Que no nos hagamos esclavos de nada ni nadie, tan solo de Tu Voluntad… Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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jun 09 2010

Mateo 5, 17-19

Texto del evangelio (Mt 5, 17-19)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento. Sí, os lo aseguro: el cielo y la tierra pasarán antes que pase una i o una tilde de la Ley sin que todo suceda. Por tanto, el que traspase uno de estos mandamientos más pequeños y así lo enseñe a los hombres, será el más pequeño en el Reino de los Cielos; en cambio, el que los observe y los enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos».

Reflexión: Mt 5, 17-19

El Señor mismo nos enseña y hace ver que su presencia y participación en nuestras vidas es parte de toda una Historia Sagrada, de una historia coherente, anticipada desde muchos siglos atrás por los profetas y por Dios mismos a través de las Escrituras. No se trata de una negación de lo anterior, por el contrario, es la culminación, o como dice Él mismo, el cumplimiento.

Jesucristo es Hijo de Dios, el Hijo de Dios, el Mesías, el Salvador prometido por Dios Padre a lo largo de la historia. No se trata pues de un exabrupto, mucho menos de la generación espontánea de una alternativa. No es resultado de la improvisación, porque con algo tan importante como nuestra Salvación, nuestro Padre no puede jugar. Cristo y su mensaje son parte del Plan de Salvación, de Redención ideado por el Padre desde siempre, comunicado a nosotros a través de las Escrituras del -así denominado- Antiguo Testamento, para que creyéramos y creyendo nos salvemos.

El que cree en Dios, cumple su Palabra, cumple sus mandamientos y enseña a los demás a cumplirlos. Nos enseña Jesús que Su Voluntad, así como Sus Mandamientos se pueden resumir en: Amar a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos. Eso es todo. Se pueden escribir libros al respecto, explayándonos y entrando en detalles y explicaciones al infinito, sin embargo el mensaje es así de sencillo y sólo necesita dos líneas para ser presentado.

Es nuestro egoísmo el que genera resistencia a comprenderlo y aceptarlo, obligándonos a dar rodeos, a extendernos en explicaciones e interpretaciones. Y es que no hay peor ciego que el que no quiere ver, ni peor sordo que el que no quiere oír…Y eso es lo que nos ocurre con el mensaje del Señor. La Luz viene a nosotros pero no la aceptamos, porque preferimos vivir en la oscuridad. Es tan sencillo como que hay cosas que no estamos dispuestos a ceder. Hemos acumulado propiedades y riquezas que las queremos solo para nosotros. Nos aferramos a ellas, como si ellas tuvieran el poder de dar sentido  a nuestras vidas. Nos sentimos desnudos, indefensos, vulnerables sin ellas. Nos aferramos a cosas, a situaciones, a privilegios…Es que estamos siempre buscando seguridad, nuestra propia seguridad y bienestar. Depositamos nuestras esperanzas en ciertas cosas, en ciertas situaciones en ciertas posesiones…Nos cuesta creer y confiar en Dios y en su Palabra. No estamos dispuestos a entregarnos, a abandonarnos a Él y al Evangelio. Eso es todo…

El Señor nos manda Amar sin condiciones, pero no somos capaces. Sentimos temor y fácilmente encontramos excusas en la falta de gratitud o de reciprocidad. Empezamos escudándonos en ella para no seguir. Empezamos a dar en función de la retribución y así, poco a poco vamos perdiendo la perspectiva del mandato del Señor y terminamos por poner la medida y los límites, es decir, haciendo nuestra propia voluntad, que no es, en definitiva, lo que vino a transmitirnos y enseñarnos el Señor. Terminamos siendo, seguramente, parientes cercanos de nuestro prójimo, pero no hermanos, como nos reveló Jesús y mucho menos aceptando la Paternidad de Dios sobre todos nosotros, que es el fundamento de nuestra hermandad.

Oremos:

Padre Santo, haznos fieles y leales seguidores de Cristo y su mensaje. Que obremos como Hijos Tuyos, profesándonos amor unos a otros…Amor que se refleje en obras concretas y no en palabras que se lleva el viento. Danos el valor de seguirte a fondo, hasta el final, sin miramientos, sin medida, ni mezquindad. Que no nos guardemos nada para nosotros. Que seamos capaces de compartirlo todo, aun aquello que siempre estamos reservando para nosotros. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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abr 08 2010

Lucas 24, 35-48

Texto del evangelio (Lc 24, 35-48)

En aquel tiempo, los discípulos contaron lo que había pasado en el camino y cómo habían conocido a Jesús en la fracción del pan. Estaban hablando de estas cosas, cuando Él se presentó en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros». Sobresaltados y asustados, creían ver un espíritu. Pero Él les dijo: «¿Por qué os turbáis, y por qué se suscitan dudas en vuestro corazón? Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo. Palpadme y ved que un espíritu no tiene carne y huesos como veis que yo tengo». Y, diciendo esto, les mostró las manos y los pies. Como ellos no acabasen de creerlo a causa de la alegría y estuviesen asombrados, les dijo: «¿Tenéis aquí algo de comer?». Ellos le ofrecieron parte de un pez asado. Lo tomó y comió delante de ellos.

Después les dijo: «Éstas son aquellas palabras mías que os hablé cuando todavía estaba con vosotros: ‘Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí’». Y, entonces, abrió sus inteligencias para que comprendieran las Escrituras, y les dijo: «Así está escrito que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día y se predicara en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén. Vosotros sois testigos de estas cosas».

Reflexión: Lc 24, 35-48

Jesús resucitado se presenta a los discípulos, pero estos no acaban de convencerse que se trata de Él mismo y no de un espíritu. Como a ellos, el temor nos impide creer. No nos damos íntegramente por temor.  ¿Y si no fuera cierto?, nos preguntamos…¿Y si perdemos? ¿Y si nos hacen fraude? ¿Y si nos ganan?  Todos esto temores nos impiden seguir a Jesús.

¿Por qué nos aferraremos así, de este modo a la vida y a las comodidades? Estamos dispuestos a sacrificar muy poco; quizás solamente lo que nos sobra, aquello de lo que podemos prescindir; aquello que no nos hace falta. No estamos dispuestos a comprometer y mucho menos sacrificar nuestra vida.

Muy fácilmente hablamos de amor, de ética, de moral y de preceptos cristianos, pero estamos dispuestos a pasarlos por alto si su cumplimiento nos exige algún sacrificio significativo. No entendemos o no queremos darnos por enterados que el seguimiento de Cristo tiene que ver con la vida misma. No se trata de recitar nada o de presentar argumentaciones sumamente razonables y lógicas; no es una actividad intelectual. Se trata de manifestarlo en cada una de las acciones de nuestra vida. Es en cómo encaramos la vida, cómo nos comportamos que se nos ha de reconocer, exactamente como los discípulos contaron que habían reconocido al Señor.

De eso se trata, de dar ejemplo, de dar testimonio…de dar que hablar, por lo que somos y hacemos, no por lo que decimos. “Así está escrito que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día y se predicara en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones…” Pero esta predicación, que muchas veces entendemos como la proclamación de la Palabra por plazas y calles, ha de ser sobre todo con el ejemplo. Es el ejemplo el que arrastra. Nosotros, si creemos en Cristo, si hemos de seguirle, tenemos como misión “predicar la conversión”, para ello debemos ser conversos nosotros mismos. Este proceso tiene que darse en nosotros y no será algo que pueda o deba leerse en nuestro DNI o en alguno de nuestros títulos, sino que se verá y los demás lo reconocerán.

Oremos:

Padre Santo, permíteme salir de la vorágine de las presiones y responsabilidades mundanas, para ver las cosas con otra perspectiva, desde la óptica de Cristo, para actuar y desenvolverme en cada momento, en cada acto, cristianamente, sin tranzar en nada con el demonio, es decir, sin llevar una doble vida. Que se imponga el seguimiento a mi Señor, antes que mis intereses o el quedar bien con tal o cual. Que aprenda a vivir en la caridad, y el mundo entero lo vea y reconozca, como señal de conversión. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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mar 21 2010

Juan 8, 1-11

Texto del evangelio (Jn 8, 1-11)

En aquel tiempo, Jesús se fue al monte de los Olivos. Pero de madrugada se presentó otra vez en el Templo, y todo el pueblo acudía a Él. Entonces se sentó y se puso a enseñarles. Los escribas y fariseos le llevan una mujer sorprendida en adulterio, la ponen en medio y le dicen: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés nos mandó en la Ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú qué dices?». Esto lo decían para tentarle, para tener de qué acusarle. Pero Jesús, inclinándose, se puso a escribir con el dedo en la tierra.

Pero, como ellos insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: «Aquel de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra». E inclinándose de nuevo, escribía en la tierra. Ellos, al oír estas palabras, se iban retirando uno tras otro, comenzando por los más viejos; y se quedó solo Jesús con la mujer, que seguía en medio. Incorporándose Jesús le dijo: «Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado?». Ella respondió: «Nadie, Señor». Jesús le dijo: «Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más».

Reflexión: Jn 8, 1-11

El evangelio de hoy, es muy hermoso. Nos transmite la grandeza de Jesús. Como él mismo dice varias veces, “aquí hay alguien más grande…” Estamos ante Dios hecho hombre. Solo Él podría tener tal gesto, muy elocuente respecto a la autoridad que brotaba de su sola presencia. Era un tipo íntegro, cabal, al que no se atrevían a tocarlo si quiera. Contra toda una multitud violenta, exasperada, que traía arrastrando a una mujer, que sabiendo lo que le esperaba, seguramente venía suplicando…Una multitud enardecida, que ya había juzgado “conforme a la ley”, tenía su veredicto y estaban dispuestos a ejecutar la sentencia…Jalones, empellones, gritos, tumulto…

Frente a una multitud furiosa, dispuesta a dar muerte a su víctima, con la plena seguridad que lo merecía, pues “así estaba ordenado por la ley”, una turba entre los que no faltaban los morbosos tan culpables o más que la acusada, que sin embargo no podían refrenar su deseo de aplastar, de destrozar a su víctima, tal vez buscando en ella su venganza o simplemente dando rienda suelta a sus bajos instintos…

Toda esta horda vociferante y enardecida era seguida de cerca por escribas y fariseos que avalaban este hecho, como si se tratara de algo inevitable, de algo consumado…Había faltado a la Ley de Moisés, por lo que no había otro camino.

¡Cómo contrasta toda esta escena con la actitud de Jesús! Lo estaban desafiando a Él, a su autoridad…Tratando de poner en entre dicho toda su prédica…¡Veamos, qué hace ahora! ¡Qué dice! ¡Tanto hablar del Reino, del amor!…¡Los gallos se miden en la cancha! Para escribas y fariseos, Jesús estaba perdido…Tendría que abdicar  de todo lo que había dicho para defenderla o participar en el apedreamiento. De cualquier modo, estaba perdido. Finalmente lo tenían. Habían encontrado la excusa perfecta para borrarlo del mapa, para desacreditarlo y condenarlo como a un charlatán más…En eso andaban cavilando, cuando lo encontraron.

Sin embargo, la actitud el Señor es asombrosa. No dijo nada. No abrió la boca…Como si lloviera, “inclinándose, se puso a escribir con el dedo en la tierra”. ¡Qué paz! ¡Qué autoridad! ¡Qué seguridad! ¿Quién podría mantener tal calma en aquella situación, sino solo Dios? ¡Eso es lo que sintió aquél tumulto! Tenía que haber algo en Él, algo que podían percibir en el ambiente, en su presencia, en su sola mirada, en su voz…Algo que les impedía si quiera tocarle. Emanaba autoridad…

Pero como quiera que volviera a preguntarle, que prontos a perder la paciencia insistieran en exigirle una respuesta, “se incorporó y les dijo: «Aquel de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra». E inclinándose de nuevo, escribía en la tierra. Ellos, al oír estas palabras, se iban retirando uno tras otro, comenzando por los más viejos; y se quedó solo Jesús con la mujer, que seguía en medio. Incorporándose Jesús le dijo: «Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado?». Ella respondió: «Nadie, Señor». Jesús le dijo: «Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más».

¡Este es el Señor de Universo en el que creemos! ¡Él nos ha dado a conocer al Padre! ¡Qué paz, qué alegría, qué dicha podemos sentir después de conocer a nuestro Dios! ¿Eso no es lo que debió sentir esta mujer? Había estado a punto de morir apedreada por una turba enardecida, que estaba dispuesta a matarla y ella sabía muy bien por qué. No tenía salvación…No había salida. Había infligido la Ley y tanto ella como sus verdugos lo sabían…No había escapatoria.

Pero lo que es imposible para el hombre, es sin embargo posible para Dios. Jesús no hizo nada más que pronunciar una simple oración dirigida al corazón de cada uno de aquellos hombres, con tal contundencia, que no quedo ni uno solo que se sintiera en capacidad de condenarla. Es que si buscamos sinceramente en nuestro interior, encontraremos que todos hemos fallado alguna vez, y hemos sido culpables de faltas iguales o perores a aquellas que condenamos, sin embargo hemos sido dignos de perdón o cuando menos, no se ha sabido y hemos tenido una nueva oportunidad para rectificarnos…¿Por qué no habría de tenerla ella?

¿Si alguien supiera lo que he sido capaz de hacer yo?, se preguntaría seguramente cada una de estas personas y finalmente no se sintieron capaces de condenarla; empezando por los más viejos…Es que quienes más hemos vivido, podemos comprender más las flaquezas del hombre, porque nosotros mismos hemos caído y felizmente nadie nos condenó, por eso pudimos salir adelante…¿Cómo no darle una nueva oportunidad a esta mujer? Después de todo…¿Quién soy yo para condenar? Esa debió ser la conclusión a la que uno a uno fueron llegando.

Finalmente, perdonada por todos, recibió el perdón más importante…el perdón de Jesús: «Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más». ¡Imagínense la alegría de esta mujer! ¡Todo debió parecerle de otro color, todo distinto! ¡Había vuelto a nacer, gracias a Jesús! Este es un resumen de la historia de la Salvación, de nuestra Salvación.

Oremos:

Padre Santo, inspira en nuestro corazones el perdón; que no seamos tan propensos a condenar a todo el mundo, como a perdonar y comprender. Arranca de nuestros corazones la soberbia. No hay merecimiento alguno en nuestra Salvación, esta es solamente obra de Tu Infinita Gracia. Que caminemos así, con esta convicción por el mundo, dispuestos a amar y perdonar. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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mar 20 2010

Juan 7, 40-53

Texto del evangelio (Jn 7, 40-53)

En aquel tiempo, muchos entre la gente, que habían escuchado a Jesús, decían: «Éste es verdaderamente el profeta». Otros decían: «Éste es el Cristo». Pero otros replicaban: «¿Acaso va a venir de Galilea el Cristo? ¿No dice la Escritura que el Cristo vendrá de la descendencia de David y de Belén, el pueblo de donde era David?».

Se originó, pues, una disensión entre la gente por causa de Él. Algunos de ellos querían detenerle, pero nadie le echó mano. Los guardias volvieron donde los sumos sacerdotes y los fariseos. Estos les dijeron: «¿Por qué no le habéis traído?». Respondieron los guardias: «Jamás un hombre ha hablado como habla ese hombre». Los fariseos les respondieron: «¿Vosotros también os habéis dejado embaucar? ¿Acaso ha creído en Él algún magistrado o algún fariseo? Pero esa gente que no conoce la Ley son unos malditos».

Reflexión: Jn 7, 40-53

Nadie queda indiferente ante las palabras del Señor. Es asombrosa la reacción de los guardias que debían apresarle. Cómo se refieren al Él: “Jamás un hombre ha hablado como habla ese hombre”. Es que realmente Jesús es “La Verdad”, y esta tiene la virtud de llegar hasta a los corazones más endurecidos, e iluminarlos.

Es la gente hueca, superficial, la que se queda en la periferia de las cosas, la única que no es capaz de comprender, porque tiene demasiados prejuicios, porque, además, en el fondo se resisten a creer en nada que cuestione su poder, su mundo, su orden, en el que detentan poder y privilegios, que no están dispuestos a ver mellados por nadie, mucho menos por un “don nadie”, cuyas credenciales para ellos no son suficientes. “Un tipo de tal apellido, con tal apariencia física, de tal raza, que viene de no sé qué pueblucho, ¿me va a enseñar a mi algo? Anda primero, lávate la cara y después veremos si hablamos” ¿No somos muchas veces así de duros?

Estamos llenos de prejuicios, y en general no somos capaces de admitir que una persona humilde pueda enseñarnos algo. Es que nos hemos sumido en un mundo en el que los valores están tan tergiversados, que hemos llegado a confundir poder con sabiduría. Y ya vemos que Jesús viene de abajo, nace en un pesebre; es decir se hace como el más humilde, como el más pobre, precisamente para enseñarnos que no es del dinero ni del poder que brota la Verdad. No es por esa vía que lograremos la salvación. Es más bien por el amor; y el amor es servicial, es humilde…todo lo cree, todo lo espera.

El que no es capaz de amar, no es capaz de encontrar la Verdad. La Verdad sólo se alcanza a ver, -como diría el Principito- con los ojos del corazón.  Para justificar nuestro egoísmo y miseria, hemos creado un mundo artificial, efectivamente a nuestra imagen y semejanza; un mundo donde convivimos con el pecado, como un mal necesario…En el que todo depende; en el que el individualismo y el relativismo, que son dos caras de una misma moneda, reinan. Nuestras ansias de poder y dinero, nos ciegan y nos hacen capaces de todo con tal de obtenerlo, como si en ello estuviera la diferencia entre la vida y la muerte. Pero bien sabemos que esto es una ilusión. No hay nadie tan poderoso, ni tan rico que haya podido evitar la muerte o que se haya ido a la otra vida, con si quiera un gramo de lo que atesoró. Entonces, ¿por qué tanto afán?

Hemos sido cegados por el Príncipe de este mundo.  Efectivamente, el pretende y muchas veces logra que veamos el mundo desde su perspectiva superficial, perentoria, sumergiéndonos en la vorágine de la vida, sin ninguna perspectiva superior, perdiéndonos en el día a día, como si sólo importaran nuestro poder y satisfacción personales. El resto, que se hundan, me tienen sin cuidado. Cada quien debe velar por sí mismo…Esa es la cultura que este maldito propicia y en cuyas garras caemos. Todo lo queremos para hoy y para mí.

Por eso, como los ricos, los sacerdotes y los fariseos que condenan a Jesús, que incluso se atreven a condenar su procedencia, aun teniendo conocimiento de las escrituras, las que toman muy superficialmente, acomodándolas a sus intereses, no estamos dispuestos a que ningún “pelagatos” nos venga a enmendar la plana. “Para hablar conmigo y hacerme cambiar de opinión, tienes que haber leído por lo menos tantos libros a la semana, debes tener dos o tres maestrías o algún doctorado, debes mostrarme tu título de Harvard, debes tener tal apellido, la tez de tal color y haber sido aprobado por mi círculo de amigos, o por aquellos que admiro y envidio, cuya posición deseo alcanzar algún día.” Ese es nuestro patrón de comportamiento…Figúrense si realmente vamos a dejar que Jesús entre en nuestras vidas…Lo usaremos, como tantas otras cosas de las que nos valemos para acrecentar nuestro poder, pero jamás le permitiremos que se apodere de nuestras vidas. No estamos dispuestos a ceder un ápice de nuestra fama, de nuestro poder…

Oremos:

Señor Jesús, enséñanos a ser humildes; a buscar y ver la Verdad en el corazón de nuestros hermanos. Que seamos capaces de escuchar, de atender, de comprender, de condolernos, de congraciarnos. Danos sabiduría para superar nuestras miserias, para superar nuestro egoísmo, para romper las cadenas que nos atan y esclavizan en la oscuridad. Danos tu luz. ¡Haznos dóciles a Tu Espíritu! Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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mar 10 2010

Mateo 5, 17-19

Texto del evangelio (Mt 5, 17-19)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento. Sí, os lo aseguro: el cielo y la tierra pasarán antes que pase una i o una tilde de la Ley sin que todo suceda. Por tanto, el que traspase uno de estos mandamientos más pequeños y así lo enseñe a los hombres, será el más pequeño en el Reino de los Cielos; en cambio, el que los observe y los enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos».

Reflexión: Mt 5, 17-19

Algo que podemos constatar muy rápido tras estas palabras. Cristo no corrige el Antiguo Testamento, no lo modifica, sino que lo profundiza. No es que queda abolido, sino que se cumple. Él es el Salvador, el Mesías del que se habla a lo largo de muchas profecías. El esperado, el anunciado, ya está aquí. En un sentido, diríamos que se ha cumplido el ciclo. Por eso la división entre Antiguo y Nuevo Testamento.

La Antigua Alianza es a de la esperanza, la de la promesa. Dios Padre sabrá acordarse de nosotros y nos salvará. Los creyentes,  hemos de vivir de un modo que se condiga con los Mandamientos de la Ley de Dios. Esto es lo menos que se espera de un creyente antes de Cristo.

Con Cristo y a partir de Cristo, centro de la historia, se da cumplimiento al Antiguo Testamento, porque la promesa ha llegado, está aquí y nos ha Salvado. Con Cristo comienza otra historia, que es continuación de la primera; que se hace sobre la primera. Es en este sentido que, como dice Jesús, “No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento.”

El Nuevo Testamento es, diríamos, el penúltimo paso en la historia de la Salvación. Penúltimo, porque el último nos toca a nosotros.  Jesús ha restaurado la Alianza que por su soberbia había roto el hombre con Dios Padre. Jesús, con su vida, con su muerte en la cruz y con su resurrección, es decir con su sangre, ha sellado la alianza. Nos ha enseñado un Mandamiento que está en el fondo, por encima y más allá de los Mandamientos de la Ley de Dios: el del Amor. Esa es la nueva era que ha venido a inaugurar. Esa es la esencia del Nuevo Testamento.

No es pues, entonces, que ya los 10 Mandamientos han sido abolidos, sino todo lo contrario. La exigencia del Amor va más allá que cualquier ley. El amar a Dios por sobre todas la cosas y a nuestros hermanos como a nosotros mismos,  es el resumen de todas las leyes. No se puede cumplir esta ley, si cumplir las otras… Jesús nos enseña esta ley, con su vida misma, ganando para nosotros la vida eterna. El puente ha sido restaurado; el camino está trazado. El último paso debemos escribirlo nosotros, con nuestra vida. Aceptamos la propuesta de Jesús y transitamos por el Camino, o simplemente lo rechazamos y nos perdemos.

Dios Padre ha cumplido su promesa. Ha enviado a su Hijo, al Salvador. No habrá más señal. La tomamos o la dejamos.  Aunque lo aconsejable, obviamente es tomarla, somos libres de decidir, así que podemos hacer lo que queramos.  Recordando que “el que traspase uno de estos mandamientos más pequeños y así lo enseñe a los hombres, será el más pequeño en el Reino de los Cielos; en cambio, el que los observe y los enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos”.

Oremos:

Padre Santo, danos fe abundante para vivir según Jesús, amando a nuestros hermanos, sin importar la circunstancia, ni mucho menos el trato que nos dan.  Que amemos por sobre todo y al extremo que Jesús. Fortalece nuestro espíritu, para que sepamos afrontar  los embates del enemigo, que en cada esquina y recoveco está tentándonos con lo fácil, lo insensible, lo egoísta, como si todo se redujera a nuestra propia y exclusiva satisfacción temporal… Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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feb 02 2010

Lucas 2, 22-40

Texto del evangelio (Lc 2, 22-40)

Cuando se cumplieron los días de la purificación de ellos, según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarle al Señor, como está escrito en la Ley del Señor: «Todo varón primogénito será consagrado al Señor» y para ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o dos pichones, conforme a lo que se dice en la Ley del Señor.

Y he aquí que había en Jerusalén un hombre llamado Simeón; este hombre era justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y estaba en él el Espíritu Santo. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor. Movido por el Espíritu, vino al Templo; y cuando los padres introdujeron al niño Jesús, para cumplir lo que la Ley prescribía sobre Él, le tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz; porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel». Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de Él.

Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: «Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción —¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!— a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones».

Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, de edad avanzada; después de casarse había vivido siete años con su marido, y permaneció viuda hasta los ochenta y cuatro años; no se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día en ayunos y oraciones. Como se presentase en aquella misma hora, alababa a Dios y hablaba del Niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén. Así que cumplieron todas las cosas según la Ley del Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El Niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre Él.

Reflexión: Lc 2, 22-40

La complacencia y el alago gratuito no son precisamente la cosecha del cristiano. Quien obra con rectitud, no puede esperar, lamentablemente, ser aplaudido por quienes ostentan el poder, por aquellos cuyos intereses precisamente se ven afectados por el recto proceder cristiano. Es penoso y a veces duele, pero basta afrontar una situación con dignidad y reclamando justicia, para que inmediatamente salten como lobos aquellos que deben ceder un milímetro de sus prerrogativas, de su posición, de su patrimonio. No están dispuestos a hacerlo por ningún motivo. Menos si son obligados por las circunstancias o por algún miserable de aquellos a los que dejan comer las migajas que caen de su mesa.

¡Cómo puede osar alguno de estos miserables a exigirle dar, lo que da de pura bondad, porque así se lo ha impuesto a sí mismo, sin tener obligación alguna! ¡A qué vienen aquellas exigencias! ¡No me vengan con derechos! ¡Yo doy a quien me place y cuanto me place, lo único que pido es lealtad (sumisión, en realidad)!

 Este es el orden que viene a subvertir Jesús. Por eso Él y sus seguidores serán tan impopulares. Serán perseguidos y tendrán que obrar en la clandestinidad o someterse a los castigos y suplicios que los poderosos dictan en su contra.

Eso parece historia antigua, historia de circo, leones y cristianos…Sin embargo no lo es. Es muy cierto que Occidente asumió e hizo más digerible al cristianismo, al punto que países e imperios enteros se declararon cristianos y junto con ellos, sus gobernantes y sus clases dominantes. Sin embargo todo ello fue logrado a costa de acomodos y tergiversaciones tendientes a hacer inocuo el Evangelio. No por eso dejaron de existir los verdaderos cristianos, que siempre han actuado como dedo en la llaga, señalando la injusticia, el atropello, los abusos y la idolatría, de quienes llamándose muchas veces cristianos, han puesto por encima del amor, por encima de sus hermanos, el bienestar, la comodidad y las riquezas.

“Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción”, y ello será por siempre, mientras no se haya expandido el Reino en todo el mundo, mientras haya injusticia, mientras haya pobres, mientras haya hambre…mientras no hayamos aprendido a vivir como hermanos, compartiéndolo todo y poniendo como centro al Amor.

Estas preguntas pueden ser duras, sin embargo creo que pueden ayudarnos a desinstalarnos, a reflexionar en torno a lo que hacemos. Tú te dices cristiano y sin embargo solo cosechas aplausos y halagos por donde te mueves…¿Será que la Palabra del Señor se ha vuelto inocua o será más bien que la suavizas y degradas a tal extremo, que no constituye ya exigencia para nadie, y mucho menos para ti? ¿Vives cómodamente instalado, tienes todo lo que necesitas, sin ser rico quizás, mientras tus hermanos padecen todo tipo de necesidades…Será que te has vuelto insensible y egoísta, que no quieres ver ni involucrarte, para no afectar tu privilegiada situación? ¿Eres de los “intelectuales” de la fe y la religión, capaces de dar brillantes discursos, que sin embargo no dicen nada de tu propia vida? ¿Podemos hablar de cristianismo, sin que este se encarne en la vida misma? ¿La Verdad para ti se ha vuelto un hecho controversial, es decir que depende del ángulo del que se la mire? ¿Te has vuelto relativista? ¿Es Jesús relativista?

 

Oremos:

Señor, no permitas que nos perdamos. Que solo tu Luz ilumine nuestras vidas. Que busquemos y defendamos siempre la Verdad, la Justicia y el Amor. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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ene 05 2010

Juan 1, 43-51

Texto del evangelio (Jn 1, 43-51)

En aquel tiempo, Jesús quiso partir para Galilea. Se encuentra con Felipe y le dice: «Sígueme». Felipe era de Bestsaida, de la ciudad de Andrés y Pedro. Felipe se encuentra con Natanael y le dice: «Ése del que escribió Moisés en la Ley, y también los profetas, lo hemos encontrado: Jesús el hijo de José, el de Nazaret». Le respondió Natanael: «¿De Nazaret puede haber cosa buena?». Le dice Felipe: «Ven y lo verás».

Vio Jesús que se acercaba Natanael y dijo de él: «Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño». Le dice Natanael: «¿De qué me conoces?». Le respondió Jesús: «Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi». Le respondió Natanael: «Rabbí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel». Jesús le contestó: «¿Por haberte dicho que te vi debajo de la higuera, crees? Has de ver cosas mayores». Y le añadió: «En verdad, en verdad os digo: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre».

Reflexión: Jn 1, 43-51

El encuentro con Jesús no es casual. Él ha estado esperando por cada uno de nosotros. Él sabe donde estamos, quienes somos y qué hacemos. Él sale a nuestro encuentro. Y es imposible negarlo o dejar de reconocerlo cuando lo vemos.

Podemos tratar de engañarnos, fingir que no lo vimos, que no lo escuchamos, que no supimos donde estaba ni quién era, sin embargo no podremos engañar a nuestro corazón y una vez que lo hayamos encontrado, difícilmente podremos perderlo de vista, ignorarlo en nuestras vidas.

Y es que todos estos encuentros fueron previstos desde antes que viéramos la luz. No, no estamos hablando de un determinismo o una predestinación, en el sentido que estuviéramos siendo manipulados o hubiéramos perdido la libertad. No. Siempre tendremos frente a nosotros la opción de seguirlo o dejarlo marcha, dejarlo pasar. Pero si lo hacemos, seremos unos estúpidos, pues aplicando nuestra razón y si somos consecuentes, caeremos en la cuenta que toda nuestra vida estuvimos buscándolo o, si se quiere, caminando hacia Él…Entonces ¿Cómo dejarlo marchar, si Él mismo sale a nuestro encuentro? Lo lógico sería adherir a Él…¿Qué nos detiene? Ya sé…Tenemos tanto…Tanto que preservar, tanto que proteger, tanto que mantener, tanto que perder…

Es que nos falta fe. Fe para entender que Él es el Bien Superior; que no hay nada sobre Él…que no hay nada más allá de Él o por encima de Él. Que quien lo tiene a Él, lo tiene todo…no necesita más. Si lo pudiéramos entender, seríamos como San Francisco o tantos otros santos que supieron abandonarlo todo, todo por Él.  “Deja que los muertos entierren a sus muertos…” “Quien pone la mano en el arado y mira hacia a tras, no es apto para el Reino”…Esas son palabras de Jesús. Así de radical es su llamado, así de exigente. Y, si lo pensamos bien, no podía ser de otro modo. Si estamos hablando del “Bien Superior”, ¿cómo tendría que ser su llamado? Tu mismo no le dirías a tu hijo: “oye niño, ven por aquí, que yo se qué es lo que te conviene”…Y si tu serías capaz de tanto bien, imagínate de lo que será capaz nuestro Padre Celestial, que tiene cada uno de nuestros cabellos contados…

¡Aleluya!

Oremos:

¡Bendito seas Dios mío, Padre de nuestros Señor Jesucristo, que nos permites ver tanta bondad…Que nos has deparado tan dichoso y vivificante encuentro! Todo lo abarcas, todo lo llenas…Nuestra alma reboza de alegría ante tu sola presencia. Gracias Señor. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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dic 31 2009

Juan 1, 1-18

Texto del evangelio (Jn 1, 1-18)

En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios. Ella estaba en el principio con Dios. Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto existe. En ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres, y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron.

Hubo un hombre, enviado por Dios: se llamaba Juan. Éste vino para un testimonio, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por Él. No era él la luz, sino quien debía dar testimonio de la luz.

La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre; la cual no nació de sangre, ni de deseo de hombre, sino que nació de Dios. Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad.

Juan da testimonio de Él y clama: «Éste era del que yo dije: El que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo». Pues de su plenitud hemos recibido todos, y gracia por gracia. Porque la Ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo. A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, Él lo ha contado.

Reflexión: Jn 1, 1-18

La lectura propuesta es la misma que la del 25…Así que podemos aplicar la misma meditación, aprovechando adicionalmente para reflexionar en torno a lo que significa el fin de un año y el comienzo de otro. Períodos muy marcados por nuestra naturaleza humana, que necesita sentir que se cumplen ciertas etapas…que cierra un libro para comenzar otro.

Es bueno tener la posibilidad de decir hasta aquí escribí un libro, ahora comienzo otro…”borrón y cuenta nueva” como se dice. Ello puede darnos la esperanza que el siguiente período probablemente sea mejor, distinto. Nos da también la ilusión, que podría ser cierta, de comenzar de nuevo. Podría ser cierta, digo, porque en realidad eso es lo que nos pide el Señor: que conociéndole, lo acojamos, pero como hombres y mujeres nuevos. Podría ser entonces que efectivamente decidamos finalmente cambiar, dejando en el olvido todo lo pasado y empezando una Vida Nueva. ¡Eso es lo que pide el Señor, a quien de veras pretende convertirse!

Vino nuevo en odres nuevos…Nadie parcha una tela vieja con un pedazo de tela nueva, porque echará ambos a perder. Nuestro mundo necesita de hombres y mujeres nuevos. Ojala esta fiestas de fin de año nos sirvan para reflexionar en todo lo que hemos hecho o dejado de hacer, que hagamos un buen propósito de enmienda y que nos propongamos cambiar el próximo año. Pero, recordemos que no podremos hacerlo si no mantenemos en nosotros la Gracia de Dios. Es decir que no debemos apelar sólo a nuestras fuerzas. Debemos dejar que Dios entre en nuestras vidas y con Él, confiando plenamente en sus fuerzas, todo lo podremos. No habrá “Misión Imposible”. Todo lo podemos en Cristo que nos fortalece.

Oremos:

Padre Santo, te pedimos que nos ilumines y nos llenes de Tu Gracia Infinita, para que reconociendo nuestras fallas, nuestros tropiezos y limitaciones, el próximo año nos esforcemos por caminar rectamente, siguiendo tus mandatos, siendo humildes, sencillos y amando a nuestro prójimo. Que no vivamos para nosotros, sino para Tí y para los demás, empezando por los más cercanos…nuestras esposas y esposos, nuestros hijos, nuestros padres, nuestros amigos, nuestros compañeros de trabajo, nuestra sociedad…No para hacer sus caprichos, sino para conducirlos a Tí, porque este es el verdadero sentido de la Vida. ¡Amén!

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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dic 29 2009

Lucas 2, 22-35

Texto del evangelio (Lc 2, 22-35)

Cuando se cumplieron los días de la purificación según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarle al Señor, como está escrito en la Ley del Señor: Todo varón primogénito será consagrado al Señor y para ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o dos pichones, conforme a lo que se dice en la Ley del Señor.

Y he aquí que había en Jerusalén un hombre llamado Simeón; este hombre era justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y en él estaba el Espíritu Santo. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor. Movido por el Espíritu, vino al Templo; y cuando los padres introdujeron al Niño Jesús, para cumplir lo que la Ley prescribía sobre Él, le tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz; porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel».

Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de Él. Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: «Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción -¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!- a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones».

Reflexión: Lc 2, 22-35

Todos estos sucesos fueron previstos con mucha anticipación. Fueron profetizados y precisamente su cumplimiento debe ser razón suficiente para que creamos, ya que finalmente, todas estas previsiones, no son sino intervenciones de Dios en nuestra historia.

Dios ha querido salvarnos con nuestra propia intervención. Él que es Todopoderoso, no ha querido, sin embargo, hacer nada sin nuestro consentimiento y nuestra propia participación. Él necesita, exige que participemos. No se trata de sentarnos a mirar desde la tribuna…Tenemos que actuar. En cada una de sus manifestaciones, a la par que se hace imposible negar su existencia, su inspiración o su intervención, podemos ver que en ella siempre juegan un papel especial hombres y mujeres, comunes y corrientes, que muchas veces, como en este caso, actúan movidos y llenos del Espíritu Santo.

¿Qué se nos dice de Simeón? Que era justo y piadoso. Esto es lo que mínimamente se puede pedir a una persona correcta.  Que sea justa, es decir que de a cada quien lo que le corresponde y que sea piadosa, es decir que se incline humildemente ante el creador, que le reconozca y predisponga su espíritu para entrar en contacto con Dios permanentemente. Que sea Dios quien inspire su vida. Ese es un hombre piadoso, que puede ver y reconocer la presencia cotidiana de Dios, que espera en Él, que está en Su búsqueda permanentemente, que puede ver sus manifestaciones a cada paso…

Simeón ha encontrado el sentido de la vida. No hay nada más importante que su encuentro con Jesucristo, con el Salvador. Y es capaz de reconocer inmediatamente una gran Verdad, que cimienta toda la vida y prédica de Jesús: que Él es la luz que ha venido al mundo. Que el que cree en Él y sigue lo que Él ordena, tendrá vida eterna. Que Jesús es, finalmente, como el ácido aquél que sirve para separar el metal precioso de las impurezas. La sola presencia del Señor en nuestras vidas sirve para que inmediatamente los hombres nos decantemos: por un lado los que estamos con Él y por otro los que están en su contra. O recogemos o esparcimos. Para Él, no hay términos medios: “Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción… a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones”

Frente a Jesús, hay que tomar partido. No podemos permanecer indiferentes, ni postergarlo. Estás o no estás. Y es el Amor, la exigencia suprema. Para Dios, no basta la justicia. Es en la caridad que seremos examinados. Y la caridad es superior a la justicia, va más allá.

Oremos:

Padre Santo, concédenos la gracia de vivir en la caridad, de ir siempre en nuestras vidas más allá de la justicia mundana; de aspirar siempre a la mayor gloria de Dios.  ¡Amén!

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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dic 25 2009

Juan 1, 1-18

Texto del evangelio (Jn 1, 1-18)

En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios. Ella estaba en el principio con Dios. Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto existe. En ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres, y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron.

Hubo un hombre, enviado por Dios: se llamaba Juan. Éste vino para un testimonio, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por él. No era él la luz, sino quien debía dar testimonio de la luz.

La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre; la cual no nació de sangre, ni de deseo de hombre, sino que nació de Dios. Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad.

Juan da testimonio de Él y clama: «Éste era del que yo dije: El que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo». Pues de su plenitud hemos recibido todos, y gracia por gracia. Porque la Ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo. A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, Él lo ha contado.

Reflexión: Jn 1, 1-18

Hasta que llegamos a la Fiesta principal del cristianismo. La celebración del nacimiento de nuestro Salvador. Juan nos describe este acontecimiento con palabras muy bellas y profundas, inspiradas por el Espíritu Santo. Dios que existió desde siempre, que es la luz, la verdad, la gracia, la vida…quiso hacerse partícipe de nuestra historia y vino a nosotros hecho hombre en Jesucristo.

Todas las señales que precedieron su nacimiento, incluyendo la predicación de Juan el Bautista, convergen en Jesucristo, el centro de la historia. Y es centro no sólo porque desde allí para adelante o para atrás empezamos a ubicar cualquier fecha histórica, sino porque en realidad es la Verdad y la Luz, es quien da sentido a nuestra vida. Es el centro porque en torno a Él debemos construir nuestra vida si queremos que tenga significado alguno. La piedra descartada por los constructores, ha venido a convertirse en la piedra angular. Él estuvo en el principio, y está en el fin…pero por su inmensa gracia, no ha querido dejarnos solos, y nos ha enviado su único Hijo, para que nos ilumine con su luz y nos muestre el Camino, para asegurarse que vayamos por él y a Él. Esa es la maravilla que celebramos hoy.

Hay algo más que me gustaría escudriñar en las palabras de Juan: “Porque la Ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo.”  La Ley es una exigencia, es aquello que de algún modo todos debemos cumplir para asegurar la convivencia y la integración social. La Ley es una norma impuesta, contra la que no podemos ir, porque terminaríamos por destruirnos a nosotros mismos y a la sociedad. La Ley es lo menos que se puede exigir. Sin embargo Jesucristo trae algo que está por encima de la Ley, de toda ley: la gracia y la verdad.

La Gracia…la capacidad de entender la Verdad revelada. Una capacidad que va más allá de nuestra inteligencia, que es un Don Divino. Esta Gracia es un regalo de Dios, que nos llega por su infinita bondad, por amor. Y la Verdad, absoluta y total: que hemos sido creados por Dios, por un Dios que es Amor…que nos amó primero, que nos ha amado siempre, porque es nuestro Padre, porque somos sus hijos y por lo tanto no quiere nada más que nuestro bien y nuestra felicidad. Quiere que vivamos eternamente a su lado. Y para asegurarse que así sea, nos envía a su Único Hijo, Jesucristo, para que nos muestre el Camino. Él es el Camino, la Verdad y la Vida. Por Él llegamos al Padre. ¿Qué quiere decir esto? Que debemos seguirlo, que debemos ser como Él, que debemos vivir como Él. ¿Y cuál es el distintivo de Jesús o cómo podríamos saber si somos o estamos viviendo como Él? Muy fácil, al menos de decir, aunque no sea igualmente de fácil de vivir: su distintivo es el Amor.

Ama a Dios por sobre todas las cosas y a tu prójimo como a ti mismo. El que así vive, tiene asegurada la gloria de Dios. Eso es lo que nos viene a revelar Jesucristo, el único que ha visto al Padre y lo conoce desde siempre. Él nos tiene reservada una morada a su lado desde siempre y para siempre. Pero para alcanzarla NOS PROPONE vivir en la Verdad. Esa es la diferencia con la Ley. La ley es una exigencia que estamos obligados a cumplir; la Verdad revelada por Jesucristo es  una propuesta, que al final se traduce en una exigencia mayor, es decir que demanda mucho más esfuerzo probablemente que cumplir la ley, porque nos exige ir MAS ALLÁ, pero no se nos impone, sino que se nos propone, porque Dios ha querido respetar nuestra dignidad, nuestra libertad. No somos esclavos; somos hijos suyos. Tendríamos que escoger el bien mejor, el bien mayor, sin embargo somos libres de acogerlo o rechazarlo. Ese es el Dios del que tenemos que aprender, el Dios que Jesucristo nos revela.

Oremos:

Padre Santo, ilumínanos para preferir y escoger siempre el bien. Que caminemos en la luz y la verdad. Que hagamos tu Voluntad, sabiendo que Tu no puedes querer otra cosa que lo mejor para nuestras vidas. Si pudiéramos aferrarnos a ella, abrazarnos a ella y no dejarla jamás, qué dichosos seríamos. Danos tu Gracia abundante para ver claramente el Camino que nos propones y seguirlo, sin desviaciones de ninguna clase. Perdona nuestros pecados. Perdona nuestra soberbia, nuestro orgullo, nuestra vanidad. Haznos humildes, portadores de paz y amor. ¡Amén!

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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