jun 18 2010

Mateo 6, 19-23

Texto del evangelio (Mt 6, 19-23)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «No os amontonéis tesoros en la tierra, donde hay polilla y herrumbre que corroen, y ladrones que socavan y roban. Amontonaos más bien tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni herrumbre que corroan, ni ladrones que socaven y roben. Porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón.

»La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo está sano, todo tu cuerpo estará luminoso; pero si tu ojo está malo, todo tu cuerpo estará a oscuras. Y, si la luz que hay en ti es oscuridad, ¡qué oscuridad habrá!».

Reflexión: Mt 6, 19-23

Formas tan dramáticamente claras de señalar, de enseñar una gran verdad.  Tenemos que buscar la luz, procurar la luz y la verdad. Ese ha de ser el mayor tesoro: andar en la verdad. Llevar una vida transparente en la que se pueda hurgar y hurgar, sin encontrar nada. Lamentablemente no siempre es así. Todos tenemos episodios negros en nuestras vidas…Supongo que unos más que otros. Situaciones que no nos gustaría sacar en público ni dar a conocer a nadie. Situaciones de las que muchas veces nos hemos arrepentido y las hemos enterrado y olvidado, pretendiendo quizás que nunca fueron…

Es casi seguro que si arrepentidos hemos tratado de enmendar el daño que hicimos, el Señor nos habrá perdonado. Pero, hay que hacerles frente, porque el día menos pensado sale a la luz y te cuestionarán y señalarán. Podrás haber cambiado, ser distinto y haber echado al olvido estas situaciones, pero si realmente no las corregiste, sino solo las olvidaste, llegará el día en que saldrán a la luz, saldrán a flote…y será tal vez el día menos pensado, en la situación menos esperada…Entonces, tal vez, si no las meditaste y no supiste corregirlas a tiempo, te cogerán desprevenido y no sabrás reaccionar…Podrían convertirse en un lastre.

Debemos sacudirnos de todo grillete que nos esclaviza, incluyendo aquel pasado oscuro, aquellas situaciones inconfesables. Debemos pedir perdón a quienes afectamos o pudimos afectar y enmendar el mal que hicimos. Solo así tendremos paz. Solo entonces estaremos acumulando tesoros allí donde no entra la polilla. De vez en cuando hay que hacer una limpieza y sacar, botar todo aquello que no vale la pena conservar. Debemos cuidar por todos los medios de mantener la luz verdadera. No seamos necios, no seamos tontos, no nos engañemos pretendiendo que más luz en nuestra vidas es imposible…Todos sabemos que podemos ir más allá. Que podemos exigirnos un poco más…Que hay temas allí que no quisiéramos tocar. No se trata de exhibirlos, sino de superarlos plenamente y ello sólo se logra si reparamos el daño ocasionado, si pedimos perdón a quienes perjudicamos, incluso a nosotros mismos, y sobre todo al Señor, porque a la luz de su Palabra que hoy atesoramos, sabemos que aquello estuvo mal. No se trata pues entonces de esconderlo y negar que existió…se trata de asimilarlo, enmendarlo, pedir perdón, reconociendo que fue malo y que nunca más volvió, ni volverá a ocurrir, ya que en eso estamos empeñados y para eso hemos pedido ayuda a quien lo puede todo. Se trata de enderezar caminos y ascender con la frente en alto, hacia la luz, procurando siempre alcanzarla

Oremos:

Señor Jesús, ayúdame a enmendar el camino, a corregir todo aquello que no debía hacer, a reconocer mis faltas y pedir perdón, enmendando el daño que puedo haber hecho. Retira las enormes vigas que tengo en mis ojos y ayúdame a ser mejor, a dar testimonio de Ti en cada ocasión de mi vida. Apártame de las tentaciones y el pecado. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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jun 08 2010

Mateo 5, 13-16

Texto del evangelio (Mt 5, 13-16)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Vosotros sois la sal de la tierra. Mas si la sal se desvirtúa, ¿con qué se la salará? Ya no sirve para nada más que para ser tirada afuera y pisoteada por los hombres. Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en la cima de un monte. Ni tampoco se enciende una lámpara y la ponen debajo del celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa. Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos».

Reflexión: Mt 5, 13-16

Debemos dejarnos de tanto bla bla bla, de tanta declaración, manifiesto y discurso,  y actuar de tal modo, que nuestras obras hablen por nosotros. Nuestra fe debe manifestarse en obras. Una fe sin obras, es una fe muerta, no existe. Si creemos en Dios Padre, si confiamos en el Señor, nuestros hermanos deben saberlo y reconocerlo, no por lo que decimos, sino por lo que hacemos.

No se trata de memorizar un discurso y de repetirlo sin ton ni son, de memoria. Porque se pueden dar clases de religión, de ética y de moral, sin practicar ninguna de las tres. Es más, una de las características de los fariseos es precisamente esta. Dicen cosas que jamás cumplen y ponen pesos en las espaldas de los demás, que ellos jamás llevarían.

De paso y a propósito de este texto hay que decirlo de una vez. No existen los cristianos practicantes y los no practicantes. Esas son tonterías, excusas  de quienes quieren estar con Dios y con el Diablo. O eres, o no eres. No puedes permanecer al medio, inocuo, intocable. Se trata de una posición muy cómoda y conveniente, de aquél que no se quiere comprometer, que quisiera pasarse la vida como simple espectador, sin entregarse a nada y cuidando “astutamente” de sí y de lo que tiene, que es en realidad de lo que es esclavo…Podemos engañar a los demás y hasta tratar de engañarnos a nosotros mismos, pero no podremos engañar al Señor.

Hemos de ser luz y como tal habremos de ponernos en lo alto, sujetos a la mirada y el juicio de todos, sin nada que esconder y al mismo tiempo, mostrando con nuestros actos, con nuestro proceder, cual debe ser el proceder cristiano frente a cada acontecimiento. ¡Brille así nuestra luz! Y, al mismo tiempo, nuestra actuación en cada lugar y ocasión debe ser de tal modo, que no pase desapercibida, porque nosotros le daremos ese sabor especial, exactamente como la sal hace con cualquier plato, que de otro modo sería insípido. Al que por razones médicas se le ha recetado comida sin sal, sabe cuál es la diferencia y puede reconocer efectivamente cual es el valor de la sal en un guiso. No se trata de llamar la atención, se trata de marcar la diferencia, de orientar, de acentuar, de dirigir…¿A dónde? Pues al amor, al servicio a los demás, a los más humildes, a los débiles…a Dios.

Oremos:

Señor Jesús, haznos dignos seguidores tuyos. Que vayamos poniendo el verdadero sabor a la vida, iluminando a nuestros hermanos, enseñándoles el Camino, para que te conozcan como nosotros lo hacemos, para que descubran el amor de nuestro Padre y aprendan a ver en el prójimo a nuestros hermanos. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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abr 28 2010

Juan 12, 44-50

Texto del evangelio (Jn 12, 44-50)

 
En aquel tiempo, Jesús gritó y dijo: «El que cree en mí, no cree en mí, sino en aquel que me ha enviado; y el que me ve a mí, ve a aquel que me ha enviado. Yo, la luz, he venido al mundo para que todo el que crea en mí no siga en las tinieblas. Si alguno oye mis palabras y no las guarda, yo no le juzgo, porque no he venido para juzgar al mundo, sino para salvar al mundo. El que me rechaza y no recibe mis palabras, ya tiene quien le juzgue: la Palabra que yo he hablado, ésa le juzgará el último día; porque yo no he hablado por mi cuenta, sino que el Padre que me ha enviado me ha mandado lo que tengo que decir y hablar, y yo sé que su mandato es vida eterna. Por eso, lo que yo hablo lo hablo como el Padre me lo ha dicho a mí».

Reflexión: Jn 12, 44-50

Jesús habla fuerte y claro. Incluso como dicen las escrituras en este pasaje, gritó. Es decir que aquello que tenía que revelarnos lo dijo en voz suficientemente fuerte y audible para que lo escuchemos, sin ninguna duda y sin lugar a error.

Así nos vuelve a dar a conocer algo que es central en su prédica: “no he venido para juzgar al mundo, sino para salvar al mundo.” Esto es importante porque se anticipa a una distorsión que seguramente ya había en aquel tiempo y que aun hoy es muy frecuente, pese a sus palabras. Hemos creado la imagen de un Dios castigador, exigente y hasta vengativo, que va llevando un inventario de nuestros pecados y errores, para finalmente darnos nuestro merecido. ¿Quién ha sido el autor de esa imagen? Seguramente el enemigo, el demonio, que quiere convencernos para que abandonemos la senda del bien y nos dediquemos a una vida frívola, vacía, egoísta.

Este Dios castigador, inexorable y vengativo, es un invento que no corresponde con la Revelación de Jesús. Él nos dice muy claramente: “Yo, la luz, he venido al mundo para que todo el que crea en mí no siga en las tinieblas.” El Señor Jesús es la Luz, y toda luz se enciende para iluminar. Pero Él no es esa luz o aquella luz, tenue, mortecina, que podría permitirnos distinguir tan solo alguna cosas en determinadas circunstancias, no. Él es La Luz. Es decir que si algo es realmente visible e iluminado, es todo aquello que cae en su ámbito, en su radio de acción. Y Él ha venido a iluminar el mundo, la creación toda. Y ha venido a hacerlo porque esa es la Voluntad de nuestro Padre, Dios. Él quiere que veamos por donde vamos y que finalmente lleguemos a Él, precisamente guiados por la luz. Precisamente es cuestión de seguir la luz, de escoger el camino iluminado por su luz, por su Gracia y desechar las sombras y la oscuridad.

Jesús nos Revela la Voluntad del Padre, y esta, como lo dice aquí es que sigamos a Jesús, que es la luz y de esta forma seamos salvos, porque Jesús no ha venido a condenar, sino a salvar: “El que cree en mí, no cree en mí, sino en aquel que me ha enviado; y el que me ve a mí, ve a aquel que me ha enviado.”

 

Oremos:

Señor Jesús, acrecienta nuestra fe. Que tengamos el coraje de ponernos en Tus manos y dejarnos conducir por el camino que Tú iluminas y señalas para cada uno de nosotros.  No permitas que nos apartemos de Ti. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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ene 07 2010

Mateo 4, 12-17.23-25

Texto del evangelio (Mt 4, 12-17.23-25)

En aquel tiempo, cuando Jesús oyó que Juan estaba preso, se retiró a Galilea. Y dejando la ciudad de Nazaret, fue a morar en Cafarnaún, ciudad marítima, en los confines de Zabulón y de Neftalí. Para que se cumpliese lo que dijo Isaías el profeta: «Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, camino de la mar, de la otra parte del Jordán, Galilea de los gentiles. Pueblo que estaba sentado en tinieblas, vio una gran luz, y a los que moraban en tierra de sombra de muerte les nació una luz».

Desde entonces comenzó Jesús a predicar y a decir: «Haced penitencia, porque el Reino de los cielos está cerca». Y andaba Jesús rodeando toda Galilea, enseñando en las sinagogas de ellos y predicando el Evangelio del Reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia del pueblo. Y corrió su fama por toda Siria, y le trajeron todos los que tenían algún mal, poseídos de varios achaques y dolores, y los endemoniados, y los lunáticos y los paralíticos, y los sanó. Y le fueron siguiendo muchas gentes de Galilea y de Decápolis y de Jerusalén y de Judea, y de la otra ribera del Jordán.

Reflexión: Mt 4, 12-17.23-25

Comparto con ustedes algo que para mi es evidente en esta lectura y en todas las que venimos haciendo por estos días; algo que además me da una gran consolación. Dios interviene en nuestras vidas. Pero su intervención no es azarosa, de un momento a otra, apasionada o temperamental. Obedece a un Plan. Dios tiene un Plan para nuestras vidas. Para cada uno de nosotros. Y Él va actuando conforme a este Plan…Sin embargo no nos obliga a sujetarnos a Él, no nos esclaviza, no suprime nuestra libertad. El propone.

Se me antoja pensar que su presencia se manifiesta a lo largo de nuestra vida como grandes letreros luminosos, como grandes señales a lo largo de nuestro camino…señales que podemos ver, leer, interpretar y seguir o simplemente ignorar.

Así, todo lo que hace Jesús en Galilea, tal como podemos leer en este pasaje, todo fue hecho para que se cumplieran las escrituras. Es decir que, muchas veces nosotros nos quedamos en el asombro de los milagros, de las curaciones, de la expulsión de demonios, en fin, de los prodigios que iba haciendo Jesús a todos aquellos que se le acercaban, conociendo su fama…Pero no nos percatamos que junto a ello hay algo más grande aún…y es el Plan de Salvación anunciado por los profetas, siglos antes. Es la indiscutible intervención divina en nuestras vidas, destinada a darnos a conocer al Padre, a restaurar el puente que nos una a Él.

Habíamos renegado de Dios, pretendiendo ser como Él…Le dimos la espalda, pretendimos ignorarlo…nos perdimos. Sin embargo Él no nos abandonó jamás, como no nos abandona en nuestras propias vidas. Él nos estuvo y nos está esperando con los brazos abiertos. Él quiere acogernos y como la muestra más grande de su amor, nos envía a su propio Hijo, que haciéndose hombre como nosotros, nos muestra el camino de la redención y la salvación.

Él está allí siempre, caminando a nuestro lado, independientemente de que queramos verlo o no, que queramos seguirlo o no. El está allí siempre, mostrándonos el Camino.

Oremos:

Padre Santo, abre nuestros ojos, quita de nuestra alma toda pasión que nos ciega, todo impedimento que nos lastra y nos encadena a esta tierra, impidiéndonos ver el Camino que nos muestra Jesús. Purifica nuestras almas y nuestros corazones, para que superando toda mezquindad, todo egoísmo, seamos capaces de amar al extremo que Jesús nos enseña. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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dic 31 2009

Juan 1, 1-18

Texto del evangelio (Jn 1, 1-18)

En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios. Ella estaba en el principio con Dios. Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto existe. En ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres, y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron.

Hubo un hombre, enviado por Dios: se llamaba Juan. Éste vino para un testimonio, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por Él. No era él la luz, sino quien debía dar testimonio de la luz.

La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre; la cual no nació de sangre, ni de deseo de hombre, sino que nació de Dios. Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad.

Juan da testimonio de Él y clama: «Éste era del que yo dije: El que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo». Pues de su plenitud hemos recibido todos, y gracia por gracia. Porque la Ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo. A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, Él lo ha contado.

Reflexión: Jn 1, 1-18

La lectura propuesta es la misma que la del 25…Así que podemos aplicar la misma meditación, aprovechando adicionalmente para reflexionar en torno a lo que significa el fin de un año y el comienzo de otro. Períodos muy marcados por nuestra naturaleza humana, que necesita sentir que se cumplen ciertas etapas…que cierra un libro para comenzar otro.

Es bueno tener la posibilidad de decir hasta aquí escribí un libro, ahora comienzo otro…”borrón y cuenta nueva” como se dice. Ello puede darnos la esperanza que el siguiente período probablemente sea mejor, distinto. Nos da también la ilusión, que podría ser cierta, de comenzar de nuevo. Podría ser cierta, digo, porque en realidad eso es lo que nos pide el Señor: que conociéndole, lo acojamos, pero como hombres y mujeres nuevos. Podría ser entonces que efectivamente decidamos finalmente cambiar, dejando en el olvido todo lo pasado y empezando una Vida Nueva. ¡Eso es lo que pide el Señor, a quien de veras pretende convertirse!

Vino nuevo en odres nuevos…Nadie parcha una tela vieja con un pedazo de tela nueva, porque echará ambos a perder. Nuestro mundo necesita de hombres y mujeres nuevos. Ojala esta fiestas de fin de año nos sirvan para reflexionar en todo lo que hemos hecho o dejado de hacer, que hagamos un buen propósito de enmienda y que nos propongamos cambiar el próximo año. Pero, recordemos que no podremos hacerlo si no mantenemos en nosotros la Gracia de Dios. Es decir que no debemos apelar sólo a nuestras fuerzas. Debemos dejar que Dios entre en nuestras vidas y con Él, confiando plenamente en sus fuerzas, todo lo podremos. No habrá “Misión Imposible”. Todo lo podemos en Cristo que nos fortalece.

Oremos:

Padre Santo, te pedimos que nos ilumines y nos llenes de Tu Gracia Infinita, para que reconociendo nuestras fallas, nuestros tropiezos y limitaciones, el próximo año nos esforcemos por caminar rectamente, siguiendo tus mandatos, siendo humildes, sencillos y amando a nuestro prójimo. Que no vivamos para nosotros, sino para Tí y para los demás, empezando por los más cercanos…nuestras esposas y esposos, nuestros hijos, nuestros padres, nuestros amigos, nuestros compañeros de trabajo, nuestra sociedad…No para hacer sus caprichos, sino para conducirlos a Tí, porque este es el verdadero sentido de la Vida. ¡Amén!

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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dic 25 2009

Juan 1, 1-18

Texto del evangelio (Jn 1, 1-18)

En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios. Ella estaba en el principio con Dios. Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto existe. En ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres, y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron.

Hubo un hombre, enviado por Dios: se llamaba Juan. Éste vino para un testimonio, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por él. No era él la luz, sino quien debía dar testimonio de la luz.

La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre; la cual no nació de sangre, ni de deseo de hombre, sino que nació de Dios. Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad.

Juan da testimonio de Él y clama: «Éste era del que yo dije: El que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo». Pues de su plenitud hemos recibido todos, y gracia por gracia. Porque la Ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo. A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, Él lo ha contado.

Reflexión: Jn 1, 1-18

Hasta que llegamos a la Fiesta principal del cristianismo. La celebración del nacimiento de nuestro Salvador. Juan nos describe este acontecimiento con palabras muy bellas y profundas, inspiradas por el Espíritu Santo. Dios que existió desde siempre, que es la luz, la verdad, la gracia, la vida…quiso hacerse partícipe de nuestra historia y vino a nosotros hecho hombre en Jesucristo.

Todas las señales que precedieron su nacimiento, incluyendo la predicación de Juan el Bautista, convergen en Jesucristo, el centro de la historia. Y es centro no sólo porque desde allí para adelante o para atrás empezamos a ubicar cualquier fecha histórica, sino porque en realidad es la Verdad y la Luz, es quien da sentido a nuestra vida. Es el centro porque en torno a Él debemos construir nuestra vida si queremos que tenga significado alguno. La piedra descartada por los constructores, ha venido a convertirse en la piedra angular. Él estuvo en el principio, y está en el fin…pero por su inmensa gracia, no ha querido dejarnos solos, y nos ha enviado su único Hijo, para que nos ilumine con su luz y nos muestre el Camino, para asegurarse que vayamos por él y a Él. Esa es la maravilla que celebramos hoy.

Hay algo más que me gustaría escudriñar en las palabras de Juan: “Porque la Ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo.”  La Ley es una exigencia, es aquello que de algún modo todos debemos cumplir para asegurar la convivencia y la integración social. La Ley es una norma impuesta, contra la que no podemos ir, porque terminaríamos por destruirnos a nosotros mismos y a la sociedad. La Ley es lo menos que se puede exigir. Sin embargo Jesucristo trae algo que está por encima de la Ley, de toda ley: la gracia y la verdad.

La Gracia…la capacidad de entender la Verdad revelada. Una capacidad que va más allá de nuestra inteligencia, que es un Don Divino. Esta Gracia es un regalo de Dios, que nos llega por su infinita bondad, por amor. Y la Verdad, absoluta y total: que hemos sido creados por Dios, por un Dios que es Amor…que nos amó primero, que nos ha amado siempre, porque es nuestro Padre, porque somos sus hijos y por lo tanto no quiere nada más que nuestro bien y nuestra felicidad. Quiere que vivamos eternamente a su lado. Y para asegurarse que así sea, nos envía a su Único Hijo, Jesucristo, para que nos muestre el Camino. Él es el Camino, la Verdad y la Vida. Por Él llegamos al Padre. ¿Qué quiere decir esto? Que debemos seguirlo, que debemos ser como Él, que debemos vivir como Él. ¿Y cuál es el distintivo de Jesús o cómo podríamos saber si somos o estamos viviendo como Él? Muy fácil, al menos de decir, aunque no sea igualmente de fácil de vivir: su distintivo es el Amor.

Ama a Dios por sobre todas las cosas y a tu prójimo como a ti mismo. El que así vive, tiene asegurada la gloria de Dios. Eso es lo que nos viene a revelar Jesucristo, el único que ha visto al Padre y lo conoce desde siempre. Él nos tiene reservada una morada a su lado desde siempre y para siempre. Pero para alcanzarla NOS PROPONE vivir en la Verdad. Esa es la diferencia con la Ley. La ley es una exigencia que estamos obligados a cumplir; la Verdad revelada por Jesucristo es  una propuesta, que al final se traduce en una exigencia mayor, es decir que demanda mucho más esfuerzo probablemente que cumplir la ley, porque nos exige ir MAS ALLÁ, pero no se nos impone, sino que se nos propone, porque Dios ha querido respetar nuestra dignidad, nuestra libertad. No somos esclavos; somos hijos suyos. Tendríamos que escoger el bien mejor, el bien mayor, sin embargo somos libres de acogerlo o rechazarlo. Ese es el Dios del que tenemos que aprender, el Dios que Jesucristo nos revela.

Oremos:

Padre Santo, ilumínanos para preferir y escoger siempre el bien. Que caminemos en la luz y la verdad. Que hagamos tu Voluntad, sabiendo que Tu no puedes querer otra cosa que lo mejor para nuestras vidas. Si pudiéramos aferrarnos a ella, abrazarnos a ella y no dejarla jamás, qué dichosos seríamos. Danos tu Gracia abundante para ver claramente el Camino que nos propones y seguirlo, sin desviaciones de ninguna clase. Perdona nuestros pecados. Perdona nuestra soberbia, nuestro orgullo, nuestra vanidad. Haznos humildes, portadores de paz y amor. ¡Amén!

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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dic 24 2009

Lucas 1, 67-79

Texto del evangelio (Lc 1, 67-79)

 
En aquel tiempo, Zacarías, el padre de Juan, quedó lleno de Espíritu Santo, y profetizó diciendo: «Bendito el Señor Dios de Israel porque ha visitado y redimido a su pueblo y nos ha suscitado una fuerza salvadora en la casa de David, su siervo, como había prometido desde tiempos antiguos, por boca de sus santos profetas, que nos salvaría de nuestros enemigos y de las manos de todos los que nos odiaban haciendo misericordia a nuestros padres y recordando su santa alianza y el juramento que juró a Abraham nuestro padre, de concedernos que, libres de manos enemigas, podamos servirle sin temor en santidad y justicia delante de Él todos nuestros días. Y tú, niño, serás llamado profeta del Altísimo, pues irás delante del Señor para preparar sus caminos y dar a su pueblo conocimiento de salvación por el perdón de sus pecados, por las entrañas de misericordia de nuestro Dios, que harán que nos visite una Luz de la altura, a fin de iluminar a los que habitan en tinieblas y sombras de muerte y guiar nuestros pasos por el camino de la paz».

Reflexión: Lc 1, 67-79

Estamos a tan sólo unas horas del suceso más extraordinario en la historia del universo. Nuestro Creador, fiel a Sus promesas, formuladas por boca de los profetas desde tiempos inmemoriales, nos enviará al Salvador, al Mesías, al Redentor. Y lo hará con intervención nuestra, pues María, la Virgen María, ha aceptado el Plan que Dios Padre tuvo desde siempre, para hacer que su Hijo, Jesucristo, naciera como cualquier hombre, de su seno materno.

El misterio maravilloso al que asistimos trasunta a un Dios que es Amor, que nos amó primero, a tal extremo de enviar a Su Hijo para que hecho hombre, tal como cualquiera de nosotros, nos proponga el Camino, sin mellar en modo alguno nuestra dignidad y nuestra libertad. Si Jesucristo hecho hombre, pudo vivir el amor, al extremo de morir en la cruz para redimirnos, y enseñarnos el Camino de la Paz y del Amor, fue tan solo para decirnos que Dios es nuestro Padre, que nos ama desde siempre y quiere lo mejor para nosotros. Que Él quiere que vivamos eternamente, y que para eso hay un único Camino: “que amemos a Dios como el nos ama y a nuestro prójimo como a nosotros mismos”.

Es esto lo que Zacarías, padre de Juan el Bautista, anuncia tras su inspirado discurso. Recordemos que Zacarías era un anciano, como muchos de aquellos que dejamos de lado, porque al parecer ni oyen ni hablan, y los tenemos como bultos a nuestro lado, pues algunos los ignoramos descaradamente en nuestras conversaciones, como si no existieran, sólo por el hecho de ser ancianos y estar enfermos. Hablamos entre nosotros e incluso muchas veces hablamos mal de ellos o de sus intimidades delante de ellos, como si fueran objetos…De tanto ignorarlos, vamos dejando que se hundan en tal depresión, que llega un momento en que realmente se sienten incapaces de tomar la palabra, de dar su opinión. Así imagino que se encontraba postrado Zacarías cuando rompió su silencio para dar este hermoso discurso que dejó maravillados a todos los que, conociéndolo, lo oyeron. Es que para Dios, nada es imposible. Si fuera preciso, hasta las piedras alabarían su Santo Nombre…

Oremos:

Padre Santo, permite que participemos de modo muy especial en el Sacramento de la Reconciliación…pidamos al Señor perdón de nuestras faltas y dispongámonos a recibirlo con el Alma pura y limpia. Que solo quepa Él, que lo ilumine todo, que lo purifique todo. Que nos sintamos llenos y rebosantes de alegría y que la llevemos a los demás. ¡Amén!

 

Roguemos al Señor…

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oct 16 2009

Lucas 12, 1-7

Texto del evangelio (Lc 12,1-7)

En aquel tiempo, habiéndose reunido miles y miles de personas, hasta pisarse unos a otros, Jesús se puso a decir primeramente a sus discípulos: «Guardaos de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía. Nada hay encubierto que no haya de ser descubierto ni oculto que no haya de saberse. Porque cuanto dijisteis en la oscuridad, será oído a la luz, y lo que hablasteis al oído en las habitaciones privadas, será proclamado desde los terrados. Os digo a vosotros, amigos míos: No temáis a los que matan el cuerpo, y después de esto no pueden hacer más. Os mostraré a quién debéis temer: temed a aquel que, después de matar, tiene poder para arrojar a la gehenna; sí, os repito: temed a ése. ¿No se venden cinco pajarillos por dos ases? Pues bien, ni uno de ellos está olvidado ante Dios. Hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. No temáis; valéis más que muchos pajarillos».

Reflexión: Lc 12,1-7

No puede dejar de asombrarnos el día de hoy, cómo seguía la gente a Jesús…Habían miles y miles, “hasta pisarse unos a otros”. Qué importante lección que debemos aprender. El Señor es nuestro ejemplo a seguir. ¿Cómo da su mensaje? ¿A quién da su mensaje?

El Señor habla públicamente; no tiene nada que esconder. No confabula ni esconde nada. Habla y dice la Verdad abiertamente, a todos, para que todos la escuchen. No la acomoda según el auditorio. No va cuchicheando por los rincones, para unos cuantos. El habla igual para todos. Su mensaje es único y no dora la píldora a nadie.

El Señor nos invita a hacer lo mismo; a no andar con rodeos; a no hablar al oído en las habitaciones privadas, porque todo será proclamado públicamente desde las terrazas. Todo se pondrá al descubierto. ¡Qué fuerte llamada a la reflexión! Nada de lo que hacemos, NADA quedará oculto, todo se sabrá, tarde o temprano. ¿Estamos dispuestos realmente a caminar así? ¿Somos traslúcidos, transparentes? ¿Cuántas cosas hay en nuestras vidas que realmente nos daría vergüenza mostrar? ¿Qué pasaría si un día tu esposa, tu esposo, tus hijos vieran u oyeran lo que haces o dices? ¿Es tu vida un libro abierto?

Todos tenemos derecho a la intimidad, es verdad. ¿pero no será más grande aquél hombre o mujer, que no tiene nada que esconder, que dice siempre la verdad? Además, no nos confundamos, ni confundamos a los demás. El Señor se refiere a la transparencia que debe haber en todos nuestros actos, iluminados y expuestos a la luz, sin ningún temor, porque no tenemos intenciones retorcidas, mezquinas, secretas, como los fariseos, que dicen una cosa, cuando en realidad piensan y hacen otra.

A eso se refiere el Señor, que tiene “los cabellos de vuestra cabeza (están) todos contados”. No podemos engañarnos a nosotros y menos a Él. Y llegará el momento que tampoco podremos engañar a los demás. Entonces, ¿por qué no arrepentirnos, pedir perdón y cambiar, ahora que podemos? Todos hemos cometido errores alguna vez. Todos nos equivocamos. El problema, “el pecado” está en que sabiéndolo no nos rectificamos, no cambiamos y persistimos en nuestra mentira, en nuestro engaño. ¡Debemos cambiar! ¡Tenemos que cambiar! ¡Somos hijos de la luz, no podemos caminar en las tinieblas! ¡Tenemos que levantar la cabeza, no arrastrarnos!

Oremos:

Señor, danos el coraje para andar siempre en la verdad; para decir siempre la verdad. Para llevar una vida transparente y ejemplar.

Perdónanos por todas las veces que hemos faltado a los demás, por las veces que hemos sido egoístas, por las veces que nos hemos aprovechado de la buena fe de los demás, por las veces que les hemos engañado, que les hemos mentido, en especial a nuestros seres queridos.

¡No nos dejes caer en tentación! ¡Aparta de nosotros la maldad, la venganza, la soberbia, la lujuria, la mentira…! Amén.

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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jul 11 2009

Reflexión Mt 10, 24-33

Mt 10, 24-33

El Señor no dora la píldora a nadie, como dijimos antes, pero nos ofrece su inigualable apoyo y cuidado. Si Él está con nosotros, no tenemos porqué temer a nada ni nadie. Si de Él han dicho que obra por el poder del demonio, otro tanto podemos esperar que digan de nosotros. No debemos desanimarnos por lo que puedan hablar o decir de nosotros. Obremos con la Verdad y la Justicia que llegado el momento todo será puesto al descubierto. Cuidémonos más bien de obrar bien siempre, para que no tengamos nada de qué avergonzarnos cuando todo salga a la luz.

El Señor quiere contar con nosotros para la construcción del Reino, pero no nos obliga. Nos deja en completa libertad para decidir, a pesar que no hay nada para el secreto, no hay nada que podamos pensar, decir o hacer que le sea desconocido, pues hasta los pelos de nuestra cabeza los tiene contados –fíjense a qué extremo- sin embargo, nos deja en libertad. Él no quiere nuestro mal, sino todo lo contrario y nos ofrece su ayuda y apoyo para obrar el bien, para nuestra propia salvación. No es solamente que nos pone entre el bien y el mal y nos deja decidir, sino que si optamos por el bien que es nuestro propio bien y por tanto lo correcto, Él nos apoya y ayuda. Nosotros hacemos nuestra parte, hasta donde podemos y Él hace el resto.

Oremos:

Señor, danos la lucidez y el discernimiento suficiente para escoger  siempre el bien, aunque nos cueste.

Roguemos al Señor

Te lo pedimos señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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may 06 2009

Reflexión: Jn 12,44-50

Jn 12,44-50

Padre, Hijo y Espíritu Santo son la tres personas del Único Dios Verdadero. Jesucristo, con toda autoridad nos hace notar que Él no habla por Sí, que lo que nos transmite es la Palabra de Dios. Que es Dios Padre el que le ha enviado para que nos de Su mensaje. Que no hay forma de conocer al Padre, sino a través de Hijo y que, por tanto quien conoce al Hijo conoce al Padre. Se puede decir que alguien conoce a Cristo, si hace su palabra. Es el hacer, el guardar su palabra, el obrar cristianamente lo que nos distingue, no el mucho hablar y razonar. “Por sus obras los conoceréis”.

Al que me parece sumamente importante en este mensaje es que Jesús es la Luz que ha venido al mundo para que no andemos en tinieblas, para iluminarnos y mostrarnos el Camino, en buena cuenta para Salvarnos, no para condenarnos. Hay aquí una diferencia fundamental que debemos destacar. La obra de Dios es POSITIVA, constructiva. Se nos pide GUARDAR AU PALABRA. Creer y hacer lo que Él nos dice, porque lo que nos revela es por mandato del mismísimo Dios.

Nadie nos juzga y no es para eso que ha venido Jesús. Él pone la luz, ilumina y nos saca de las tinieblas. Él es la Verdad, el Camino y la Vida. Nosotros somos libres de optar por las palabras de Dios y seguir su mandato que es de Vida Eterna o rechazarlo…Y ahí está nuestro juicio. Somos nosotros mismos los que nos condenamos.

No puede haber mejor propuesta para el mundo, para la humanidad entera y por supuesto que para mí, que la que Cristo nos trae, porque es la que Dios mismo, nuestro Padre le ha encomendado. Está en nosotros el aceptarla y seguirla. Seremos unos necios si no hacemos lo que DIOS nos propone, si no le creemos…si más bien, nosotros le juzgamos y rechazamos…¿quién juzga?

Oremos:

Padre Santo, danos la fe necesaria…acreciéntala día a día en nosotros, para seguirte. Para que no haya otra razón, otro motivo en nuestras vidas que hacer lo que tú nos ordenas a través de tu Hijo Jesucristo y nuestra Santa Madre Iglesia fundada por Él.

Danos un corazón puro, grande, transparente…para amara a todo el mundo y dar a cada quien lo que necesita. Haznos sensibles al dolor, el sufrimiento y la pobreza.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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abr 22 2009

Reflexión: Jn 3,16-21

Jn 3,16-21

Tenemos que obrar correctamente siempre, no sólo cuando estamos en público, no sólo cuando estamos en presencia de alguien, sino SIEMPRE. Es cuestión de hábito. De práctica constante, de controlarse, de dominarse…de orientarse a donde uno debe y no siempre a donde uno quiere, por convicción.

Todo en este mundo debe ser tamizado y evaluado, bajo la perspectiva del hombre nuevo. Desde el punto de vista que el Señor nos ha enseñado con su Vida, las cosas se ven de otro modo. No como queremos que sean o como nos gustaría que fueran, sino como son. Porque la Verdad es una, la Luz es una, el Camino único.

Si podemos revestirnos con la perspectiva del Señor, si podemos configurarnos con Él, veremos todo como es y seríamos unos necios si no actuamos en función de esta realidad: SIEMPRE.

Me parece importante la acotación que hago con mayúsculas, porque creo que ese es uno de nuestros grandes peligros cuando procuramos seguir el Camino; caemos en la tentación de creer que nuestra vida privada, nuestra vida intima, no tiene por qué ser iluminada por la Luz, sino que podemos reservárnoslas para nosotros, como si fuera nuestro “pequeño feudo de libertad”, en el que somos y hacemos lo que queremos…Solo así uno se explica lo que viene pasando con el Presidente Paraguayo, anteriormente Obispo Fernando Lugo…que resulta que tiene dos hijos y sólo sabe Dios qué otras cosas que ocultar…

Cuando hemos avanzado en el Camino, estamos tentados a realizar esa separación de nuestra vida pública y nuestra vida privada. Yo también lo he hecho…Creo que todos caemos en este error, que es signo de inmadurez espiritual, de pequeñez, de mezquindad. Es que no hemos comprendido que el Señor ha venido a hacernos libres y a salvarnos por completo…No tan sólo una parte de nosotros; no sólo nuestra vida pública, sino también la privada, porque somos una unidad. No es cuestión de aparentar, sino de ser, y de ser siempre, en todo lugar y bajo toda circunstancia. ¿Es difícil? ¡Claro que lo és! Pero cuando uno está convencido, cuando uno ha visto la Luz, no puede andarse con medias tintas, porque se engañará a sí mismo y pretenderá engañar a los demás y, tarde o temprano, todo saldrá a la luz. Y entonces…¿cómo quedaremos? Como unos infelices más, como unos hipócritas, como cualquier fariseo…Como Fernando Lugo.

Las palabras de todo este evangelio son sumamente ricas y claras. ¡Ay, si pudiéramos entenderlas en su profundidad, y hacerlas vida! Debemos leerlo y releerlo todo muchas veces…es imposible citar una parte, sin citarlo todo. Solo quiero subrayar que todo es obra del inconmensurable amor de Dios por nosotros. Este quizás debía ser la idea principal que debía iluminar nuestro entendimiento. Todo fue hecho por amor…por el Amor más grande que podría existir, el más vasto…aquél del que nuestro amor es sólo un reflejo: el Amor de Dios, el Amor divino.

Si Dios que todo lo ve, que todo lo sabe, me ha amado tanto y me indica cual ha de ser mi camino…y si para iluminar mi falta de entendimiento y mi dureza de corazón, me envía a su propio Hijo, para que me muestre el Camino y no lo entiendo y no lo sigo, es porque soy un necio. No hay otra explicación. Soy libre para elegirlo, pero entre la luz y la sombra, prefiero la sombra, las tinieblas o la oscuridad…esa es mi elección…ese mi juicio.

Oremos:

Señor ayúdame a vivir siempre en la luz. Que no desfallezca, que no me rinda, que no caiga en la tentación de creer que sin ti soy libre, todo lo contrario.

Gracias por darme la libertad y permitirme conocerte y seguirte. Dame fe para reconocerte y seguirte siempre, aun entre las dificultades y el dolor.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
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abr 01 2009

Reflexión: Jn 8,31-42

El Señor es muy claro, como siempre, pero sólo para aquél que realmente lo quiere entender, para aquél que lo quiere ver. Otra vez tenemos que decir que “no hay peor ciego que aquél que no quiere ver”. ¿Y por qué nos cerramos y preferimos vivir en la oscuridad, o en las sombras, antes que en la luz? Porque sabemos que lo que hacemos no es tan bueno, porque hay segundas razones que motivan nuestros actos…Más allá del amor que podemos aparentar, hay razones mezquinas, egoístas. Engañamos y utilizamos a nuestros hermanos a sabiendas…Somos hipócritas. Así, no nos puede interesar para nada la prédica de alguien que nos exige ser transparentes, caminar en la luz, desnudos y expuestos.

Hay una barrera, una serie de obstáculos tras los cuales hemos puesto nuestra trinchera para protegernos de la luz: son nuestros prejuicios. Tenemos temor a la verdad y así, como dice el Señor, nos hacemos esclavos del pecado. Empezamos a ocultar ciertas cosas, en vez de corregirlas y superarlas. Luego unas tapan a otras y finalmente se convierten en un monstruos que ocultamos por vergüenza, por temor, y pretendemos que ello es correcto, que no existe, y que podemos mostrarnos limpios, mientras por dentro somos un verdadero asco y lo sabemos.

Dios Padre, que tienen el poder de vernos por dentro como realmente somos, también lo sabe. Y lo sabe mejor que nosotros. Por ello envió a su Hijo ha salvarnos, a hacernos libres. Él nos enseña el camino, como en este pasaje del evangelio, pero está en nosotros el seguirlo. Lamentablemente, muchos preferimos no verle y lo condenamos nuevamente, como hicieron los judíos, a morir en la cruz de la indiferencia y del olvido, o lo que es peor, en la cruz de la blasfemia, del odio, de la idolatría y del rencor.

Oremos:

Padre Santo y Bueno, que enviaste a Tú único Hijo a salvarnos, permite que entendamos esta verdad, pero por sobre todo, danos el valor, la decisión y la lucidez para escoger siempre lo bueno, lo mejor, lo correcto, la verdad, aun cuando ella afecte nuestros egoístas intereses. Que obremos siempre inspirados en el verdadero amor. Que seamos capaces de seguir a Jesús por donde vaya, siempre. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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