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Marcos 12, 28b-34

Texto del evangelio (Mc 12, 28b-34)

En aquel tiempo, uno de los maestros de la Ley se acercó a Jesús y le hizo esta pregunta: «¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?». Jesús le contestó: «El primero es: ‘Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas’. El segundo es: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. No existe otro mandamiento mayor que éstos».

Le dijo el escriba: «Muy bien, Maestro; tienes razón al decir que Él es único y que no hay otro fuera de Él, y amarle con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a si mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios». Y Jesús, viendo que le había contestado con sensatez, le dijo: «No estás lejos del Reino de Dios». Y nadie más se atrevía ya a hacerle preguntas.

Reflexión: Mc 12, 28b-34

El Señor resume así todas las enseñanzas y los mandamientos. No hay que darle más vueltas. No hay matices, ni tampoco hay nada más allá de esto, ni en otra perspectiva. No tratemos de encontrar otras explicaciones, porque no existen…Son puras tretas del demonio, que trata de engañarnos, de enredarnos. El mensaje es así de simple y si sólo pudiéramos quedarnos con estas líneas del evangelio, bastaría para trazar una vida recta, al servicio de Dios y nuestros hermanos, que es todo lo que quiere enseñarnos el Señor.

Es verdad que alguien podría decir, entonces por qué la “tremenda” Biblia…incluso el Nuevo Testamento, es decir los Evangelios y las cartas de los Apóstoles le podrían resultar extensos. Ello se explica, porque somos duros para entender y Dios Padre se toma todo el tiempo necesario para enseñarnos de diversas maneras y en diversas circunstancias esta gran verdad, este único mensaje. Jesús mismo lo reitera una y otra vez y de distintas maneras.

El mensaje es único y contundente, por eso “nadie más se atrevía ya a hacerle preguntas.” ¿Qué podían decir? El Señor había hablado con autoridad y había revelado con suma claridad toda su prédica, toda la verdad. No se trata de interpretaciones…Además, ni si quiera hay lugar a ellas. Se trata de ordenar la vida al servicio de Dios y de nuestros hermanos. Dios, nuestro Padre, nos ha dado todo…a Él debemos tornarlo a través de nuestros hermanos. Amando y sirviendo a ellos, le amamos y servimos a Él.

No necesitamos exégetas, ni sabios, ni teólogos para interpretar estas palabras. El Señor no habla en difícil para que luego lo interpreten los escogidos, los especialistas. El Señor habla en lenguaje sencillo, al alcance de todos, para que todos lo conozcamos y nos convirtamos, es decir, para que cambiemos y ordenemos nuestra vida en función de esta verdad revelada. ¿Cómo? Haciendo que en cada paso, en cada ocasión, tengamos en cuenta la voluntad de Dios, poniéndonos al servicio del Reino y por ende, de nuestros hermanos. No hay más vuelta que darle. ¿Cómo has de hacer esto en tu vida? Es algo que tú debes discernir, siendo honesto y sincero contigo mismo. Pues tu sabes mejor que nadie de qué se trata. No le busques 5 pies al gato. Hazte este buen propósito y trata de cumplirlo HOY.

Oremos:

Padre Santo, ayúdanos para saber discernir y orientar nuestra vida al servicio del Reino y por lo tanto al servicio de nuestros hermanos. Que aprendamos a verte en cada uno de ellos. Que por nada los dejemos abandonados, librados a su suerte. Que intervengamos con decisión, pero sobre todo con amor, allí donde debamos. Que dejemos las excusas, las disculpas y los miedos…que nos desinstalemos, porque es solo dando que se recibe. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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Mateo 23, 1-12

Texto del evangelio (Mt 23, 1-12)

En aquel tiempo, Jesús se dirigió a la gente y a sus discípulos y les dijo: «En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos. Haced, pues, y observad todo lo que os digan; pero no imitéis su conducta, porque dicen y no hacen. Atan cargas pesadas y las echan a las espaldas de la gente, pero ellos ni con el dedo quieren moverlas. Todas sus obras las hacen para ser vistos por los hombres; se hacen bien anchas las filacterias y bien largas las orlas del manto; quieren el primer puesto en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas, que se les salude en las plazas y que la gente les llame “Rabbí”.

»Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar “Rabbí”, porque uno solo es vuestro Maestro; y vosotros sois todos hermanos. Ni llaméis a nadie “Padre” vuestro en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre: el del cielo. Ni tampoco os dejéis llamar “Doctores”, porque uno solo es vuestro Doctor: Cristo. El mayor entre vosotros será vuestro servidor. Pues el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado».

Reflexión: Mt 23, 1-12

Muy claramente, para que no quepa dudas, Jesús nos indica cual debe ser nuestra actitud en el mundo. Cómo debemos pasar por él, sin aspavientos, sin pretensiones. Nosotros debemos estar al servicio de los demás.

Cuando uno adquiere un puesto de importancia, adquiere también responsabilidades, a veces muy difíciles de cumplir. Necesita de la colaboración de todos y para eso tiene que actuar como líder. Tiene que saber motivar y arrastrar a los demás en la dirección correcta, a fin de lograr las metas que se ha propuesto o que los jefes esperan de él.

Siempre habremos de preguntarnos si lo que hacemos es correcto, si ello nos conducirá y conducirá a los que trabajan con nosotros a la perfección, a la construcción del Reino, a un bien superior. No hemos de aceptar, pues, tareas destructivas, que hagan daño a los hombres o al mundo en el que vivimos. Tenemos que ser críticos y aplicar nuestro buen juicio; para ello tenemos a nuestro Maestro, Jesús, que nos ayudará a dilucidar lo conveniente, lo correcto.

Porque nosotros, los cristianos, no podemos tener una vida doble, una vida dual, en la que una cosa es lo que hacemos y otra la que decimos y confesamos, sin importar el cargo que desempeñemos. Así es como actúan los fariseos, nos lo recuerda el Señor. Dicen una cosa, pero hacen otra. Y ponen cargas a sus empleados, a sus siervos, a sus seguidores, que ellos no llevarían ni por un segundo en sus espaldas. Qué fácil es culpar a los demás, exigir comportamientos, responsabilidades y tareas imposibles, que anulan sus vidas, que les restan libertad, que los inutilizan, que los deprimen, que los hunden, al no poder lograr las metas, pese a los múltiples esfuerzos y sacrificios que realizan y encima no obtener reconocimiento alguno, precisamente porque no lograron lo que se les exigía.

El Señor nos exige empatía con nuestros empleados, con nuestros siervos. E incluso, como siempre, va más allá. Debemos actuar como siervos, en lugar de estar regocijándonos con loas y reconocimientos a nuestra embestidura. Nuestro proceder debe hacer evidente a los demás que tenemos un solo Maestro, un solo Padre  y un solo Doctor, del que proviene la sabiduría, el amor y el servicio.

Se trata, pues, de actuar como hombres y mujeres nuevos, al servicio del Reino, y por lo tanto, al servicio de los demás. Oír, atender, escuchar…ser sensible a las necesidades de los demás, más aún si contigo se encuentran al servicio de una empresa, de un negocio. Tener en cuenta siempre las altas metas que el Señor nos propone, que están por encima de los fines particulares de cualquier emprendimiento mundano, que habrán de perseguir la promoción del ser humano y nunca su humillación. Nada justifica humillar a tu hermano. Por el contrario, si de humillación se trata, debe empezar por ti. Eso es lo que nos enseña Jesús…No a salvar nuestro “buen nombre” y reputación a costa de un “infeliz”, de un “pobre diablo”, como lamentablemente tendemos a hacer. Nos comparamos, juzgamos y nos sentimos superiores a los humildes y por lo tanto, menos merecedores de humillación. Si alguien habrá de salir perdedor y humillado de esta contienda, será siempre el otro, porque “yo soy harina de otro costal”. “No sabe con quién se ha metido…” son las palabras de quien no reconoce, ni admite humillación alguna posible. “Antes, muerto”….

Un momentito…¿Por qué no te detienes a meditar un poco en torno al escenario? ¿Qué está pasando? ¿Estás seguro que la verdad está contigo? ¿Esta “verdad” implica pasar como una aplanadora por encima de las vidas de algunos o de alguien en especial? ¿Crees que eso puede venir de un Dios que es Padre? ¿Al servicio de quién estás: de este Padre, tuyo o del demonio? Piensa, medita, reflexiona, ora….

Oremos:

Señor, danos tu luz para ver claramente en nuestras vidas, que seguimos el Camino correcto, que no nos estamos engañando, huyendo solamente de la humillación o buscando solamente que nos ensalcen, porque somos incapaces de equivocarnos, porque de nosotros solo pueden venir cosas buenas…porque la razón nos acompaña en todo, porque somos superiores, elegidos…¡Danos humildad para reconocer nuestras faltas, nuestra imperfección! Sobre todo, danos sensibilidad para sentir y amar como Tú. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Lucas 9, 28-36

Texto del evangelio (Lc 9, 28-36)

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, Juan y Santiago, y subió al monte a orar. Y sucedió que, mientras oraba, el aspecto de su rostro se mudó, y sus vestidos eran de una blancura fulgurante, y he aquí que conversaban con Él dos hombres, que eran Moisés y Elías; los cuales aparecían en gloria, y hablaban de su partida, que iba a cumplir en Jerusalén.

Pedro y sus compañeros estaban cargados de sueño, pero permanecían despiertos, y vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con Él. Y sucedió que, al separarse ellos de Él, dijo Pedro a Jesús: «Maestro, bueno es estarnos aquí. Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías», sin saber lo que decía. Estaba diciendo estas cosas cuando se formó una nube y los cubrió con su sombra; y al entrar en la nube, se llenaron de temor. Y vino una voz desde la nube, que decía: «Este es mi Hijo, mi Elegido; escuchadle». Y cuando la voz hubo sonado, se encontró Jesús solo. Ellos callaron y, por aquellos días, no dijeron a nadie nada de lo que habían visto.

Reflexión: Lc 9, 28-36

Uno de tantos episodios asombrosos en la vida de Jesús. Es realmente espectacular y con mucho respeto diría digno del mejor filme de Spilberg. No sé por qué frente a este acontecimiento tendemos a reaccionar como si se tratara de algo inverosímil y distinto a todo lo que hemos venido viendo en la vida pública de Jesús. ¿Acaso es menos “espectacular”, por llamarlo de algún modo, que Jesús perdone los pecados, que devuelva la vista a un ciego, el andar a un paralítico o la vida a un muerto o que alimente a 5mil con unos cuantos panes y peces?

Estamos, pues, en presencia de Dios hecho hombre. Cristo es el Hijo de Dios Padre Eterno, como tal pertenece a la misma divinidad. Él mismo nos lo ha revelado. No es producto de nuestra imaginación. No se trata de ciencia ficción. Sí, posiblemente de una dimensión que nos resulta difícil comprender. Dios, creador del mundo, del universo y de todo lo existente, vive eternamente. Es y se mueve en un plano superior, que incluye y abarca el nuestro. Pero, Él nos ha creado para que vayamos a Él y vivamos con Él eternamente.

Dado que no comprendimos este mensaje, nos envió a su propio Hijo para que nos muestre el camino. Él, muriendo en la cruz y resucitando, nos mostró el camino. En el poco tiempo de predicación que tuvo entre nosotros, nos lo mostró. Nos reveló a Dios Padre y Su Voluntad: que nos amemos unos a otros, como Él mismo nos ama.

Para que entendamos este mensaje, Cristo nos dio muchas, muchísimas señales, entre ellas, la Transfiguración. Fue realmente indescriptible, tanto que los tres discípulos que lo acompañaron quedaron embobados, casi paralizados… “Ellos callaron y, por aquellos días, no dijeron a nadie nada de lo que habían visto.” ¿Qué iban a decir? ¿Qué podían decir? Habían vivido una experiencia única, maravillosa, inexplicable. Algo que, como decimos en Cursillos, se tiene que vivir, que no se puede contar, que no se puede explicar, porque va más allá de nuestra razón, de nuestro pobre entendimiento…Algo que te llena de asombro, pero al mismo tiempo de paz, de esperanza, de alegría… “Pedro y sus compañeros estaban cargados de sueño, pero permanecían despiertos, y vieron su gloria…”

Más allá del asombro, fue tal la dicha que los embargó que “dijo Pedro a Jesús: «Maestro, bueno es estarnos aquí. Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías», sin saber lo que decía.” Esta es la Gloria de Dios…un lugar sin tiempo ni espacio, que te llena de paz, de alegría, de plenitud…que está más allá de todo, por encima de todo, que una vez experimentado, no quisiéramos dejar jamás. Estas son primicias del Reino que a estos tres discípulos embobados, desconcertados, asombrados, les estuvo permitido ver, sentir, vivir…

Y aún pudieron oír: «Este es mi Hijo, mi Elegido; escuchadle».

Todo empezó con Cristo subiendo al monte a orar. Y ocurrió mientras Jesús oraba. No es casual. Es claramente la muestra palpable del poder de la oración. De la importancia de la oración en la vida de Jesús y por lo tanto, también de lo que debe ser en nuestras vidas. La oración tiene esta capacidad de transformarnos, de elevarnos, de cambiarnos, de unirnos a Dios Padre, con Cristo y con todos aquellos que han hecho del cumplimiento de la Voluntad del Padre la razón de sus vidas…La oración nos une con Dios en un “plano”, en una “dimensión” sin tiempo ni espacio, donde Él habita, donde nos espera, donde estamos llamados a ir…La oración nos permite atisbar aquél horizonte que habremos de alcanzar siguiendo a Jesús.

Oremos:

Padre Celestial, ilumínanos para entender que por ningún motivo debemos alejarnos de Ti y que siempre te podremos encontrar, si somos capaces de apartarnos por un momento de todo cuanto nos aflige y perturba, para encontrarte en la Oración. ¿Cómo podremos oír tu voz si no oramos? Tú eres nuestra fortaleza, Tu nuestra roca. Sin Ti nada podemos, nada somos. Permítenos perseverar en la oración diaria. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Juan 1, 35-42

Texto del evangelio (Jn 1, 35-42)

En aquel tiempo, Juan se encontraba de nuevo allí con dos de sus discípulos. Fijándose en Jesús que pasaba, dice: «He ahí el Cordero de Dios». Los dos discípulos le oyeron hablar así y siguieron a Jesús. Jesús se volvió, y al ver que le seguían les dice: «¿Qué buscáis?». Ellos le respondieron: «Rabbí —que quiere decir, “Maestro”— ¿dónde vives?». Les respondió: «Venid y lo veréis». Fueron, pues, vieron dónde vivía y se quedaron con Él aquel día. Era más o menos la hora décima. Andrés, el hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que habían oído a Juan y habían seguido a Jesús. Éste se encuentra primeramente con su hermano Simón y le dice: «Hemos encontrado al Mesías» —que quiere decir, Cristo—. Y le llevó donde Jesús. Jesús, fijando su mirada en él, le dijo: «Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas» —que quiere decir, “Piedra”.

Reflexión: Jn 1, 35-42

Los encuentros de Jesús con sus discípulos no dejan de ser menos extraordinarios. Es que ciertamente tanto ellos habían sido preparados por Juan y por su formación previa, como Jesús salió a su encuentro. No había lugar a dudas. De Él se la habían pasado hablando seguramente muchas veces, esperando su llegada y ahora, tal como les había sido anticipado, lo tenían delante. 

El encuentro con Jesús es definitivo para quien realmente lo busca. La respuesta a la pregunta “¿dónde vives”? ha de ser totalmente cautivante, al extremo de no querer abandonarlo jamás, de seguirlo por donde vaya. Ese es Jesús: llena todo, colma todo, abarca todo. No hay nada más allá y quien lo conoce, no puede conformarse con menos.

Pero, para realmente conocer a Jesús tenemos que haber preparado nuestros corazones previamente. Jesús se da plenamente a quien lo quiere sinceramente, a quien es capaz de abrirse por sobre todas sus ataduras, a quien es capaz de levantarse por encima de sus miserias, tratando de mirar más alto, más lejos. A quien tiene vocación. Eso es lo que tenían los discípulos. Eso es lo que han tenido tanta gente santa y honesta que nos ha precedido. Vocación. La firme convicción que Dios está por encima de todo, que Él lo gobierna todo, que Él es nuestro creador, que Él es nuestro Padre y que a Él nos debemos cada día. Que no hay causa más noble que consagrar a Él la vida entera…Finalmente y resumiendo, que el AMOR está por encima de todo.

Eso lo ven y encuentran los discípulos desde la primera vez que cruzan sus miradas con la de Él. Luego, van con Él, lo siguen, lo oyen…y ya no pueden dejarlo. El Proyecto que el Señor propone para nuestras vidas es cautivante, es único…Una vez que los haz oído, no lo puedes abandonar. El siempre estará allí, esperándote, con los brazos abiertos, como la primera vez. Por eso los santos, los hombres rectos, nunca lo dejan.

Oremos:

Padre Santo, danos la Gracia de encontrar a Jesús en nuestras vidas, abrazarlo y no dejarlo jamás. Sin Él, nos hundiríamos, como Pedro en el lago. Solo siendo fieles lograremos alcanzar la meta que nos propone. Danos la luz, para ver claramente el Camino; el coraje para seguirlo y la Fe para abandonarnos confiadamente a Su Voluntad. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Lucas 21, 5-11

Texto del evangelio (Lc 21, 5-11)

En aquel tiempo, como dijeran algunos acerca del Templo que estaba adornado de bellas piedras y ofrendas votivas, Jesús dijo: «Esto que veis, llegarán días en que no quedará piedra sobre piedra que no sea derruida».

Le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo sucederá eso? Y ¿cuál será la señal de que todas estas cosas están para ocurrir?». Él dijo: «Estad alerta, no os dejéis engañar. Porque vendrán muchos usurpando mi nombre y diciendo: ‘Yo soy’ y ‘el tiempo está cerca’. No les sigáis. Cuando oigáis hablar de guerras y revoluciones, no os aterréis; porque es necesario que sucedan primero estas cosas, pero el fin no es inmediato». Entonces les dijo: «Se levantará nación contra nación y reino contra reino. Habrá grandes terremotos, peste y hambre en diversos lugares, habrá cosas espantosas, y grandes señales del cielo».

Reflexión: Lc 21, 5-11

Todo llegará a su fin, tarde o temprano. Aquí, nada es eterno. Hasta el templo más hermoso….es decir la mejor de las obras humanas que podamos imaginar, tendrán su fin. Por ello es absurdo que nos aferremos a ellas. Que hagamos de ellas nuestra razón de vivir; que les demos tal importancia, que sin ellas no encontremos razón de vivir. Todo pasará. Todo tendrá su momento. Habrá momentos de esplendor, pero también de sufrimiento, de dolor, de destrucción, de persecución.

En aquellos momentos de dificultad, de angustia, de zozobra que habremos de enfrentar, habrá muchos que se pintarán como nuestros salvadores, como la respuesta que esperábamos, como la esperanza. Debemos tener cuidado. No debemos dejarnos engañar. Nosotros somos Hijos de la luz y todo esto lo sabíamos, lo teníamos advertido, así que no debemos dejarnos echar a perder, con propuestas indecorosas, indignas, con engaños. Es cuando más firmes debemos mantenernos, creyendo sólo en Dios, solo en el Amor, solo en la Verdad.

No importa lo que veamos y aquello que tal vez tengamos que sufrir antes de llegar al fin. Debemos recordar que todos los que nos precedieron de uno u otro modo pasaron por estos momentos. Que esta vida es finita, y que esto ya lo sabíamos de antemano. Por temor, no nos arrojemos a los brazos de enemigo. No nos dejemos engañar. No nos aferremos a nada en este mundo, que nada podrá evitar este fin. Este ha de llegar, tan seguro, como que un día tu vida tuvo un comienzo y un día tuviste que pasar por la experiencia del parto y nacer.

Así, llegará el fin de esta vida, pero con este, el comienzo de una Vida Nueva, la Vida Eterna, para todos aquellos que supieron mantenerse firmes en la Luz y en el Amor; para todos los Hijos de Dios.

Ante este panorama sombrío, el Señor nos ofrece su Redención. Él nos ha dejado libres, para que vivamos y escojamos lo que queramos. Sin embargo nos advierte de aquellos caminos que solo llevan a la perdición y nos muestra con Su Luz, el Camino. Para esto vino al mundo el Hijo de Dios y se hizo hombre como cualquiera de nosotros: para mostrarnos el Camino. El es nuestra esperanza. El es la Luz, que rompiendo las tinieblas, nos señala el camino.

Oremos:

Pidamos al Señor que nos de valor para seguirlo, que no claudiquemos, que no nos dejemos asustar y engañar por agoreros que anunciando maldiciones, nos ofrecen soluciones distintas a las de Jesús. Todos tenemos que pasar por la muerte en esta vida, para llegar a alcanzar las Promesas de Cristo. No debemos amilanarnos y mucho menos cambiar de Camino.

Danos Señor firmeza y perseverancia. Que no cejemos en nuestro empeño de caminar siempre en la Luz y en la Verdad. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Lucas 20, 27-40

Texto del evangelio (Lc 20,27-40)

En aquel tiempo, acercándose a Jesús algunos de los saduceos, esos que sostienen que no hay resurrección, le preguntaron: «Maestro, Moisés nos dejó escrito que si muere el hermano de alguno, que estaba casado y no tenía hijos, que su hermano tome a la mujer para dar descendencia a su hermano. Eran siete hermanos; habiendo tomado mujer el primero, murió sin hijos; y la tomó el segundo, luego el tercero; del mismo modo los siete murieron también sin dejar hijos. Finalmente, también murió la mujer. Ésta, pues, ¿de cuál de ellos será mujer en la resurrección? Porque los siete la tuvieron por mujer».

Jesús les dijo: «Los hijos de este mundo toman mujer o marido; pero los que alcancen a ser dignos de tener parte en aquel mundo y en la resurrección de entre los muertos, ni ellos tomarán mujer ni ellas marido, ni pueden ya morir, porque son como ángeles, y son hijos de Dios, siendo hijos de la resurrección. Y que los muertos resucitan lo ha indicado también Moisés en lo de la zarza, cuando llama al Señor el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. No es un Dios de muertos, sino de vivos, porque para él todos viven».

Algunos de los escribas le dijeron: «Maestro, has hablado bien». Pues ya no se atrevían a preguntarle nada.

Reflexión: Lc 20,27-40

Me parece encontrar aquí la típica reacción nuestra. Queremos ver e interpretar la Vida Eterna con nuestras propias categorías. Así la Resurrección no traerá sino una continuación por los siglos de los siglos de lo que veníamos haciendo y viviendo aquí en la Tierra…como una prolongación eterna de nuestras vidas. Como resultado, queremos trasladar obviamente nuestros dilemas, nuestras mismas inquietudes, preferencias y vivencias terrenas al cielo. Mas el Señor nos Revela que esto no es así.

Nuestra vida y preocupaciones de aquí no serán trasladadas allí. No se trata de un prolongar allí nuestra vida…Se trata de una vida distinta. Esto me parece que es en el fondo lo que nos cuesta entender y aceptar.

Estamos llamados a vivir de otro modo y esto no solo en la Vida Futura, sino desde aquí. Estamos llamados a vivir en el Amor y Este, está sobre todas las categorías y divisiones que hemos creado. El Verdadero Amor no nos permite hacer distinciones entre familiares, amigos, hijos, hermanos, esposas o esposos…El Verdadero Amor no tiene límites y nos obliga, por lo tanto, a vivir de otro modo. Si nosotros entendiéramos ello, empezaríamos desde ahora a vivir de un modo distinto, a vivir las primicias del Reino, a vivir como Hijos de Dios.

El Amor es todo aquello que señala Pablo en Corintios 13 y lo podemos empezar a vivir desde aquí, desde ahora…pero lo alcanzaremos en plenitud cuando Resucitemos de entre los muertos para amar y servir a Dios por toda la Eternidad.

Así que, vive con amor, da amor y deja el resto en manos del Señor, que sabrá compensarte de un modo pleno, que solo puedes alcanzar a vislumbrar, como una primicia, en el amor humano, en el amor a los hombres, en el amor a los demás, en el amor al prójimo. Recuerda que Dios te amó primero y te amo tanto, que te regaló el precioso e incomparable don de la vida y te ha dejado en libertad para que tú, por tus propios medios, escojas vivir eternamente. Para ello solo tienes que ser feliz. Y es feliz el que ama. El amor es la llave para la Vida Eterna…

Oremos:

Señor, permítenos entender que es en esta vida que debemos ser felices y que la felicidad está en el amor y que el amor consiste en ver por los demás, en velar por los demás, en negarnos a nosotros mismos, buscando primero el bien ajeno, el bien del prójimo, sin importar que este sea nuestro familiar o nuestro amigo o nuestro compañero de trabajo. El Amor está por encima de todo esto y no se detiene en clasificación alguna, en miramientos ni reparos.

Señor, enséñanos a amar. Amén.

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Lucas 12, 13-21

Texto del evangelio (Lc 12,13-21)

En aquel tiempo, uno de la gente le dijo: «Maestro, di a mi hermano que reparta la herencia conmigo». Él le respondió: «¡Hombre! ¿quién me ha constituido juez o repartidor entre vosotros?». Y les dijo: «Mirad y guardaos de toda codicia, porque, aun en la abundancia, la vida de uno no está asegurada por sus bienes».

Les dijo una parábola: «Los campos de cierto hombre rico dieron mucho fruto; y pensaba entre sí, diciendo: ‘¿Qué haré, pues no tengo donde reunir mi cosecha?’. Y dijo: ‘Voy a hacer esto: Voy a demoler mis graneros, y edificaré otros más grandes y reuniré allí todo mi trigo y mis bienes, y diré a mi alma: Alma, tienes muchos bienes en reserva para muchos años. Descansa, come, bebe, banquetea’. Pero Dios le dijo: ‘¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma; las cosas que preparaste, ¿para quién serán?’. Así es el que atesora riquezas para sí, y no se enriquece en orden a Dios».

Reflexión: Lc 12,13-21

El Señor nos recuerda nuevamente dónde deben estar nuestros tesoros, nuestras riquezas: donde no entra la polilla, ni los ladrones. ¡Tanto apego que tenemos a las cosas! ¡Tanta angustia que nos causan! Y ninguna de ellas podría agregar un segundo más a nuestras vidas. 

Claro, queremos vivir cómodamente y no tener que pedir a nadie. Es que hemos aprendido a vivir egoístamente, velando tan solo por nosotros mismos, sin mirar a nuestro alrededor, sin importarnos cómo la pasan nuestros vecinos y atendiendo única y exclusivamente nuestras necesidades. Si sobra, atesoramos, acumulamos…asegurándonos el futuro.

Hacemos de este acumular, de este incrementar el motivo de nuestras vidas. Todas nuestras acciones están encaminadas a preservar e incrementar. Esa es nuestra regla de oro en función de la cual tomamos decisiones y parece tan razonable, que no dejamos que nada la altere. Estamos dispuestos a todo, a decir y opinar lo que sea, a levantar cualquier bandera, siempre y cuando no se vea amenazado nuestro patrimonio, nuestro bienestar.

Como jugando, casi sin darnos ni cuenta, nos hemos hecho esclavos de nuestro estatus socio-económico. Podemos mejorarlo, podemos incrementarlo, pero por nada del mundo ponerlo en juego y mucho menos por valores y frases gaseosas, como justicia, libertad, dignidad, hermandad o amor.

Lo que “hemos ganado” es nuestro tesoro y nada ni nadie merece que lo pongamos en riesgo, a no ser en teoría, en una plática ideal y metafórica. Somos pues todos ricos y afortunados en alguna medida. Tenemos muchos apegos. Las posesiones nos dividen. Envidiamos al que tiene más que nosotros, le admiramos, lo hacemos nuestro ideal…cómo quisiéramos cambiarnos por él o ella, tener su suerte… Nos pavoneamos frente a los que tienen menos, nos jactamos de nuestra capacidad, de nuestros logros, que para que tengan alguna significación deben estar materializados en algo que se puede mostrar, ver, pesar, aquilatar.

Entre tanta posesión, entre tantos deseos, entre tantas ambiciones, hemos extraviado el espíritu y la razón de ser. ¿Para qué estamos aquí? Hemos perdido el norte. La Cruz es un símbolo, un ideal inalcanzable que debe guiar nuestros sermones, nuestra reflexiones, nuestra poesía, pero que no debe impedirnos poner los pies en la tierra y actuar según las exigencias y designios de la tierra. Es un fin romántico, que poco tiene que hacer con la realidad, con este mundo cruel, que se mueve con sus propias reglas y que debes seguirlas, si no quieres caer devorado, perdido.

Hemos hecho de nuestro Dios, un concepto inocuo, inofensivo, inútil. Un producto de consumo más, para las cátedras, para los libros, para las tertulias y las veladas. Encerrado en los templos y desterrado al mundo intelectual, tiene muy poco o nada que decirnos respecto a la vida real, a la vida cotidiana, en la que todos nos sumimos en un Sistema Capitalista despiadado, que tiene sus propias reglas y Dios y tus creencias, son solamente una mercancía, con un código de barras y un precio. ¿Cuánto vale Dios en tu vida? ¿Cuánto el prójimo? ¿Cuánto el Amor?

Oremos:

Señor, perdónanos por haberte cosificado Por haber hecho de Ti una mercancía. Permite que nos elevemos, que nos sacudamos de esas cadenas y seamos finalmente libres. ¡Líbranos de toda tentación! ¡Que sólo Tu Amor nos baste! ¡Fotalécenos en estas horas difíciles! ¡Danos Tú consuelo! Amén.

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Marcos 10, 35-45

Texto del evangelio (Mc 10,35-45)

 
En aquel tiempo, Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, se acercan a Jesús y le dijeron: «Maestro, queremos, nos concedas lo que te pidamos». Él les dijo: «¿Qué queréis que os conceda?». Ellos le respondieron: «Concédenos que nos sentemos en tu gloria, uno a tu derecha y otro a tu izquierda». Jesús les dijo: «No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber la copa que yo voy a beber, o ser bautizados con el bautismo con que yo voy a ser bautizado?». Ellos le dijeron: «Sí, podemos». Jesús les dijo: «La copa que yo voy a beber, sí la beberéis y también seréis bautizados con el bautismo con que yo voy a ser bautizado; pero, sentarse a mi derecha o a mi izquierda no es cosa mía el concederlo, sino que es para quienes está preparado».

Al oír esto los otros diez, empezaron a indignarse contra Santiago y Juan. Jesús, llamándoles, les dice: «Sabéis que los que son tenidos como jefes de las naciones, las dominan como señores absolutos y sus grandes las oprimen con su poder. Pero no ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo de todos, que tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos».

Reflexión: Mc 10,35-45

¿En qué nos afanamos? ¿Qué nos preocupa? Queremos destacar. Queremos ser admirados. Queremos llamar la atención. Queremos que nos vean, nos admiren y envidien. ¡Qué grandes, qué importantes somos! ¡Oh, qué grandes somos! ¡Qué sabios! ¡Qué magnánimos!

Si eso es lo que queremos, estamos lejos del Camino del Señor. Él nos propone un camino totalmente distinto. Para ser primero hay que estar dispuesto a servir. Pero no se trata sólo de una disposición aparente, de fachada…No se trata de una pose, de una decoración. Se trata de una realidad. El más grande debe estar al servicio de los demás, exactamente como Jesús se pone al servicio de los pobres y humildes, de los desposeídos, de los marginados, de los discriminados. No es poesía, es acción.

Cómo un deseo una propuesta aparentemente tan inocente y humana, tan engañosamente exenta de malicia, puede encerrar en realidad toda una concepción egoísta, mezquina de la vida, a tal punto que lo demás apóstoles se llenan de vergüenza. ¡Qué pequeños! ¡Qué miserables! Ocupándose de tonterías, parecieran decir. ¿Qué es esto? ¿Haces las cosas por congraciarte, por lograr una distinción, por lograr un puesto? O las haces por convicción. . . El Señor ha venido a dar Su Vida por nosotros, sin miramientos, sin condiciones, sin pedirnos nada a cambio y nosotros con mezquindades y trivialidades, trabajando para las tribunas, para la galería, para el aplauso, para el reconocimiento. ¡Basta! ¡Comportémonos como verdaderos Hijos de Dios! ¡Hagamos todo por amor! No dejemos que nada corrompa nuestras intenciones, nuestros motivos. Procuremos siempre lo mejor, lo más alto, lo Bueno, la Verdad, la Justicia, el Amor.

Oremos:

Señor, purifica nuestro pensamientos, nuestras intenciones. Que no busquemos tanto la notoriedad, la fama, el prestigio, como el amor. Que no andemos cuidándonos tanto de recibir distinciones y reconocimientos, por el contrario que procuremos la alegría, la distinción, la felicidad y la sonrisa de los humildes, de los que nadie ve, de los que parecen estar allí para servirnos. Que nos interesemos por nuestros hermanos, sin condiciones, sin cuidar las apariencias. Que nos conformemos por tener como única razón el Amor. Amén

 
Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)
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Lucas 11, 42-46

Texto del evangelio (Lc 11,42-46)

En aquel tiempo, el Señor dijo: «¡Ay de vosotros, los fariseos, que pagáis el diezmo de la menta, de la ruda y de toda hortaliza, y dejáis a un lado la justicia y el amor a Dios! Esto es lo que había que practicar aunque sin omitir aquello. ¡Ay de vosotros, los fariseos, que amáis el primer asiento en las sinagogas y que se os salude en las plazas! ¡Ay de vosotros, pues sois como los sepulcros que no se ven, sobre los que andan los hombres sin saberlo!». Uno de los legistas le respondió: «¡Maestro, diciendo estas cosas, también nos injurias a nosotros!». Pero Él dijo: «¡Ay también de vosotros, los legistas, que imponéis a los hombres cargas intolerables, y vosotros no las tocáis ni con uno de vuestros dedos!».

Reflexión: Lc 11,42-46

Las Palabras del Señor aquí han de servir del mejor consuelo para quienes buscamos la justicia. ¿Qué más puede ofrecernos? ¿Qué mejor que saber que Él está con nosotros, con los que sufren atropellos, con los que sufren arbitrariedades, con los que sufren los caprichos de los que se siente por encima de la ley? ¿Qué mejor aliado que Jesús?

Preocupémonos por mantener motivaciones puras, limpias. Que el amor sea siempre nuestro móvil, asumiendo en cada instante la construcción del Reino. No se trata de imponer a los demás cargas que nosotros jamás llevaríamos. Se trata de obrar con justicia y amor: “¡Ay de vosotros, los fariseos, que pagáis el diezmo de la menta, de la ruda y de toda hortaliza, y dejáis a un lado la justicia y el amor a Dios! Esto es lo que había que practicar aunque sin omitir aquello.”

El Camino del Señor es estrecho y exigente. Tenemos que revisar nuestros actos, cada uno de nuestros pasos y asegurarnos que estén exentos de impurezas, de razones torcidas, de egoísmo, de maldad. Los cristianos no sólo tenemos la obligación de practicar la justicia, de dar a cada quien lo que le corresponde…tenemos que ir más allá. Tenemos que ser portadores de consuelo, tenemos que ser solidarios, tenemos que llevar amor y paz.

¡Qué fácil nos resulta poner sobre hombros ajenos cargas que jamás llevaríamos! ¡Qué fácilmente hablamos, enjuiciamos y sancionamos! ¡Un poco de empatía, eso es lo que necesitamos! Tener en cuenta no sólo nuestra humanidad, sino también la del otro…más aún cuando se trata de un pobre, un desvalido, un inocente, un niño…

¡Cuánta exigencia para los demás, y cuanta condescendencia para nosotros! No toleramos vicios, pecados ni errores en los demás, sin embargo nos tragamos ruedas de molino cuando se trata de nosotros. “¡Ay de vosotros, pues sois como los sepulcros que no se ven, sobre los que andan los hombres sin saberlo!”. Estamos podridos por dentro, llenos de torcidas razones, de motivos egoístas, en los que prima por sobre todo nuestro ego y bienestar, sin importarnos un rábano los demás. Sin embargo utilizamos a nuestro favor toda una decoración de valores y principios, que no ejercemos, pero que nos son útiles para sojuzgar y someter a los débiles, a los humildes.

Saber que el Señor también deslinda con estos, no puede nada más que traernos consuelo.

Oremos:

Señor, no permitas que sea como estos fariseos. Purifica mis pensamientos. Purifica mi alma. Purifica cada uno de mis actos. Que seas Tú el que vive en mi. Tú mi razón de existir; Tu mi razón de ser. Que cada paso lo de en Tú nombre.

¡Líbrame del egoísmo y la soberbia! ¡Hazme humilde y sencillo! ¡Que sólo me mueva el amor!

¡Dame Tu Gracia! ¡Que sea ella creciente en mí! ¡Perdóname mis pecados y no permitas que caiga otra vez!

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)
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Marcos 10, 17-30

Texto del evangelio (Mc 10,17-30)

En aquel tiempo, cuando Jesús se ponía en camino, uno corrió a su encuentro y arrodillándose ante Él, le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué he de hacer para tener en herencia vida eterna?». Jesús le dijo: «¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios. Ya sabes los mandamientos: No mates, no cometas adulterio, no robes, no levantes falso testimonio, no seas injusto, honra a tu padre y a tu madre». Él, entonces, le dijo: «Maestro, todo eso lo he guardado desde mi juventud». Jesús, fijando en él su mirada, le amó y le dijo: «Una cosa te falta: anda, cuanto tienes véndelo y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; luego, ven y sígueme».

Pero él, abatido por estas palabras, se marchó entristecido, porque tenía muchos bienes. Jesús, mirando a su alrededor, dice a sus discípulos: «¡Qué difícil es que los que tienen riquezas entren en el Reino de Dios!». Los discípulos quedaron sorprendidos al oírle estas palabras. Mas Jesús, tomando de nuevo la palabra, les dijo: «¡Hijos, qué difícil es entrar en el Reino de Dios! Es más fácil que un camello pase por el ojo de la aguja que un rico entre en el Reino de Dios». Pero ellos se asombraban aún más y se decían unos a otros: «Y ¿quién se podrá salvar?». Jesús, mirándolos fijamente, dice: «Para los hombres, imposible; pero no para Dios, porque todo es posible para Dios». Pedro se puso a decirle: «Ya lo ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido». Jesús dijo: «Yo os aseguro: nadie que haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o hacienda por mí y por el Evangelio, quedará sin recibir el ciento por uno: ahora al presente, casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y hacienda, con persecuciones; y en el mundo venidero, vida eterna».

Reflexión: Mc 10,17-30

El llamado del Señor es exigente. No es fácil, porque demanda la entrega total. El gran problema es que tendemos a aferrarnos a las cosas. Muchas veces se interpretan tendenciosamente estas palabras como si sólo fueran una sentencia para los ricos. Y, en realidad, se refieren a todos, pues de algún modo todos somos ricos. Somos ricos cuando nos aferramos a ciertas cosas, que las consideramos indispensables, de las que no estamos dispuestos a deshacernos; las que no estamos dispuestos a sacrificar por nadie, ni por Dios, ni por el Evangelio.

Estas riquezas son relativas. Siempre habrá alguien que comparado con nosotros no tiene nada y sin embargo, será “rico” en la medida que se aferra a ello y no está dispuesto a ceder ni un ápice por el bien común, por su familia, por su prójimo, por la paz, por amor. Puede haber extremadamente ricos, no conozco muchos, ni soy quien para juzgarlos, que en cambio son muy generosos; dan y reparten a diestra y siniestra, sin reparos…quizás precisamente porque tienen de sobra y aunque dan muchísimo, no lo hacen al extremo que ello signifique un sacrificio imposible de sobre llevar.
El Señor pide fidelidad y seguimiento total, pleno.  “…anda, cuanto tienes véndelo y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; luego, ven y sígueme.”

Esto exige poner en orden nuestra vida. Tener una escala de valores y saber reconocer ahora y siempre qué es primero y actuar en función de ello. Ojo, aquí es necesario hacer una precisión. Es verdad que el Señor nos deja en completa libertad y que Él propone el seguimiento de Su Palabra, del Evangelio…no lo impone. Pero tan cierto es esto como que Él es el Camino. Es decir que Él es la opción correcta; la opción perfecta. No hay otra. Está en nosotros discernir y alcanzar la luz necesaria para su seguimiento. Esto es lo que debemos pedir.
   

Oremos:

Señor, danos Tú luz para saber elegir siempre todo aquello que nos acerca más a Ti Para preferir siempre Tu Camino y para no caer engañados en el egoísmo. Haznos ligeros de equipaje. Que comprendamos que lo mejor que tenemos  está en nosotros, que nuestro mayor tesoro eres Tú. Que teniéndote a Ti, lo tenemos todo. Que sin Ti no somos nada. Que estemos siempre dispuestos, siempre disponibles y que no haya nada ni nadie que nos “obligue” a postergarte. 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)
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Lucas 10, 25-37

Texto del evangelio (Lc 10,25-37)

En aquel tiempo, se levantó un maestro de la Ley, y dijo para poner a prueba a Jesús: «Maestro, ¿qué he de hacer para tener en herencia la vida eterna?». Él le dijo: «¿Qué está escrito en la Ley? ¿Cómo lees?». Respondió: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo». Díjole entonces: «Bien has respondido. Haz eso y vivirás».

Pero él, queriendo justificarse, dijo a Jesús: «Y ¿quién es mi prójimo?». Jesús respondió: «Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de salteadores, que, después de despojarle y golpearle, se fueron dejándole medio muerto. Casualmente, bajaba por aquel camino un sacerdote y, al verle, dio un rodeo. De igual modo, un levita que pasaba por aquel sitio le vio y dio un rodeo. Pero un samaritano que iba de camino llegó junto a él, y al verle tuvo compasión; y, acercándose, vendó sus heridas, echando en ellas aceite y vino; y montándole sobre su propia cabalgadura, le llevó a una posada y cuidó de él. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y dijo: ‘Cuida de él y, si gastas algo más, te lo pagaré cuando vuelva’. ¿Quién de estos tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores?». Él dijo: «El que practicó la misericordia con él». Díjole Jesús: «Vete y haz tú lo mismo».

Reflexión: Lc 10,25-37

Que prestos estamos siempre a dar un rodeo a los que tienen dificultades. Hace poco una buena amiga mía iba en su caballo galopando por la campiña. Víctima de una celada, la apuñalaron y dejaron sangrando en paños menores. Reponiéndose, montó su caballo y volvió como pudo al pueblo. Se desvanecía…Sin embargo recuerda que por el camino nadie atinaba a socorrerle. Todos se apartaban de ella como si tuviera la peste. Incluso cuando por sus propios medios llegó desangrándose al hospital, no quisieron atenderle porque no contaba con los 3 mil soles de garantía que debía depositar. Finalmente contactó telefónicamente a una amiga que le ayudó a resolver todo y prácticamente le salvó la vida. Todo esto actualmente ha empezado a ventilarse ante las autoridades correspondientes…

¿Por qué somos tan indolentes? Nos da pavor el sufrimiento, el dolor y en vez de solidarizarnos, huimos, tapándonos los ojos, los oídos, la boca…poniendo mil excusas, desentendiéndonos y mirando para otro lado. Como si pudiéramos engañarnos y lo peor, como si pudiéramos engañar a Jesús. Damos un rodeo y fingimos no haber visto, no haber oído, no saber nada…La cosa no es con nosotros. Pretendemos así mantenernos indemnes, inmaculados…no solamente físicamente, resguardando los bienes que hemos atesorado y que por ningún motivo queremos ponerlos en juego y mucho menos por un desconocido, sino que pretendemos que logramos lo mismo con nuestra vida y nuestro espíritu, cuando el Señor es muy claro: “quien guarde su vida, la perderá”.

“No se puede servir a dos señores”. No podemos estar con Dios y con el Diablo. El que no recoge, esparce. Es así de simple. Podemos ser comprensivos con los cobardes, con los indiferentes, incluso con los traidores…En algún momento habremos de perdonarlos. Pero cada quien tendrá que enfrentar a su conciencia y llegará el momento en que tendrá que rendir cuentas ¡Que Dios nos tenga piedad, si fuimos de los que pusimos en un baúl bajo siete llaves todos nuestros valores, para vestirlos cobardemente solo como decoración en situaciones inocuas!

Oremos:

Señor, aparta de nosotros el temor. Danos el valor de actuar oportunamente, allí donde se nos necesita, sin reparar en recompensas, en prestigio, en patrimonio…incluso en la vida. ¡Cuántos hemos sido salvados de la muerte por otros, aun a costa de sus vidas! ¡Permítenos seguir ese ejemplo si llegara el momento!

Danos firmeza. Danos paz. Danos amor. Danos consuelo…Para que sepamos llevarlo a nuestros hermanos siempre y sobre todo cuando más lo necesiten. Que sepamos y tengamos el valor de ponernos en último lugar, cuando sea preciso. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Reflexión: Lc 9,46-50

Lc 9,46-50

Siempre nosotros buscando aquello que nos interesa, nuestra conveniencia…Está bien, nos decimos, te seguiremos y veremos qué partido podemos sacar de este asunto. No estamos dispuestos a dar puntada sin nudo. Ok, te sigo, pero qué me das a cambio. ¿Cuál será mi puesto? ¿Cuál mi lugar? Porque, eso sí, nos creemos los mejores. Nadie entiende como nosotros, nadie capta mejor el mensaje, nadie merece tanto como nosotros. Nos creemos la última colca cola del desierto. Nos pintamos solos.

El Señor, conociendo nuestros pensamientos ocultos, viéndonos como sólo Él nos puede ver, nos hace reaccionar, rompiéndonos los esquemas. Nosotros, grandes y distinguidos señores, tan preparados para ocupar los lugares más importantes, para salir a tratar de igual a igual a los más distinguidos personajes, sin embargo debemos ser capaces de recibir…¿a un niño? ¿Qué hacemos con un niño? ¿Y, sobre todo, qué hacemos con las pompas que habíamos soñado? ¿Qué de las conversaciones bajo palio que habíamos imaginado con otros numero uno? Porque nosotros no somos cualquiera. Somos los primeros, los más importantes, los elegidos…

¿Qué le pasa al Señor? Ha de estar loco. Habrá perdido la razón. ¿Quién puede seguir a un tipo así? ¡Qué temperamental! ¡Tanta preparación, tanto esfuerzo para que nos pida recibir a un niño como ese, como aquél, como cualquiera, qué más da…un niño!

¿Eso es lo que tienes reservado para nosotros? Y encima, ayer nos pedía que nos cortemos una mano, que nos cortemos un pie, que nos arranquemos un ojo…¿Qué quiere? ¿Quién le entiende? ¡Qué exageración! Si pensamos igual, ¿por qué habla tan feo? Por eso es que he decidido ser cristiano a mi manera. Tomo lo que me parece correcto, lo que me parece bueno. A Jesús hay que interpretarlo…habla en tono figurado….No puede estar tan loco. Hay que interpretarlo y yo soy su mejor intérprete, por eso soy el primero; por eso merezco ser el primero. Yo soy la norma. Yo diré lo que hay que hacer, para ser buen cristiano sin tomar literalmente lo que dice. Al final, hasta estoy salvando su mensaje…Ojalá eso también me sea tenido en cuenta…

Así de presuntuosos y cerrados somos. ¡Perdónanos Señor!

Oremos:

Señor, danos tu luz para entender y ver lo que no queremos ver. Danos valor para hacer lo que debemos…Danos humildad para ponernos al servicio de los niños, de los desposeídos, de los que menos tienen, de los marginados

Señor, perdónanos y en especial a los españoles por haber aprobado la ley contra los más pequeños e indefensos, la ley del aborto a los 16 años…¡Perdónanos Señor y ayúdanos a combatir semejante abuso, semejante atropello, semejante crimen!

Tú nos hablas de niños…y mira lo que hacemos….¡Qué vergüenza!

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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