ago 16 2010

Mateo 19, 16-22

Texto del evangelio (Mt 19, 16-22)

En aquel tiempo, un joven se acercó a Jesús y le dijo: «Maestro, ¿qué he de hacer de bueno para conseguir vida eterna?». Él le dijo: «¿Por qué me preguntas acerca de lo bueno? Uno solo es el Bueno. Mas si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos». «¿Cuáles?» —le dice él—. Y Jesús dijo: «No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre, y amarás a tu prójimo como a ti mismo». Dícele el joven: «Todo eso lo he guardado; ¿qué más me falta?». Jesús le dijo: «Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven, y sígueme». Al oír estas palabras, el joven se marchó entristecido, porque tenía muchos bienes.

Reflexión: Mt 19, 16-22

Nosotros tenemos la respuesta, pero nos hacemos los tontos porque es muy fuerte, es demasiado exigente y no estamos dispuestos a actuar en función de ella, por eso preferimos hacernos los sordos, los despistados, los que no entendemos. ¿Cómo vamos a dejar tanto? ¿Cómo vamos a vender todo y dárselo a los pobres? Jesús debe estar loco, o está hablándonos en forma figurativa…Sí, eso debe ser…¿Qué querrá decirnos? Y en esas disquisiciones nos perdemos, porque en realidad no queremos escucharle, no queremos hacer su voluntad, sino la nuestra o una buena combinación de ambas…pero esa posición no existe. O estamos con Él o contra Él.

No hay nada que hacer…Tenemos que examinarnos a fondo, pues estas palabras no son para el joven aquél, distante dos mil años de nosotros. ¡No! Son para nosotros…Para cada uno de nosotros. Todos tenemos mucho que guardar, mucho que preservar, mucho que no queremos perder, que no estamos dispuestos a dejar por nadie. Nos encantan las frases y posturas poéticas. Vestir en forma extravagante; leer y cantar canciones contestatarias. Hasta escribimos mensajes sumamente exigentes y humanos…Pero, ¿cuánto de lo que decimos somos capaces o estamos dispuestos a hacer?

La fórmulas declarativas son muy fáciles de recitar, de escribir, de dibujar, de representar…Pero ¿Somos capaces de vivir según las exigencias del Señor? «Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven, y sígueme».

¡Qué pequeños y mezquinos nos sentimos frente a esta exigencia! Y es que se trata de vivir día a día para los demás. De no guardarse ni reservarse nada para uno. Ahí tenemos el Camino, ahí el itinerario, allí la marca, allí el tope. No nos hagamos entonces los desentendidos, los extraños, los que no hemos oído, los que no sabemos. El Señor no se anda con rodeos. Entonces ¿Cómo es? ¿Somos o no somos?

Oremos:

Señor Jesús, danos la velentia para seguirte, para no atollarnos en la soberbia, en la ambición, en el egoísmo. Danos un corazón sensible y generoso. Que no nos guardemos nada para nosotros. Que no ambicionemos nada más que servirte y aliviar la pena y el dolor a los demás. Ser portadores de paz, amor y esperanza. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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ago 01 2010

Lucas 12, 13-21

Texto del evangelio (Lc 12, 13-21)

En aquel tiempo, uno de la gente le dijo: «Maestro, di a mi hermano que reparta la herencia conmigo». Él le respondió: «¡Hombre!, ¿quién me ha constituido juez o repartidor entre vosotros?». Y les dijo: «Mirad y guardaos de toda codicia, porque, aun en la abundancia, la vida de uno no está asegurada por sus bienes».

Les dijo una parábola: «Los campos de cierto hombre rico dieron mucho fruto; y pensaba entre sí, diciendo: ‘¿Qué haré, pues no tengo donde reunir mi cosecha?’. Y dijo: ‘Voy a hacer esto: Voy a demoler mis graneros, edificaré otros más grandes y reuniré allí todo mi trigo y mis bienes, y diré a mi alma: Alma, tienes muchos bienes en reserva para muchos años. Descansa, come, bebe, banquetea’. Pero Dios le dijo: ‘¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma; las cosas que preparaste, ¿para quién serán?’. Así es el que atesora riquezas para sí, y no se enriquece en orden a Dios».

Reflexión: Lc 12, 13-21

Enriquecerse en orden a Dios…¿Qué significa? Habrá quienes traten de interpretar esta frase a su modo, pensando que Dios santifica su riqueza, siempre y cuando la hagan teniéndolo en cuenta. Y de algún modo así podría ser. Si obrando el bien, si obrando siempre por amor e incluso sin proponérmelo, el Señor me recompensa con riqueza, bienvenida sea.

Sin embargo, para quienes seguimos día a día el Evangelio, tratando de hacer de este nuestra forma de vida, es claro que lo que el Señor quiere decirnos es otra cosa. Por supuesto que todo bien material es bendito, desde que Dios mismo lo ha creado y puesto a nuestra disposición. Pero el Señor pide guardarnos de tener aquella actitud de dependencia con respecto a los bienes materiales, como si en su acumulación estuviera nuestra felicidad, como si de ella dependiera nuestra seguridad. No es sobre su abundancia o carencia que debemos edificar nuestro provenir.

Si alguna riqueza hemos de acumular, es aquella que proviene del Señor. Es decir que, debemos ser ricos en afectos, ricos en consideraciones para nuestros hermanos, desprendidos de lo que tenemos y somos, en bien de nuestros hermanos. Generosos con todo lo que hemos recibido, que hoy está y mañana quién sabe. Es otra actitud la que nos reclama el Señor frente a los bienes materiales o terrenales. No es en ellos que debemos depositar nuestra esperanza. ¿Para qué los acumulamos, si de pronto hoy, en medio de sueños, partimos al encuentro definitivo con el Señor? ¿Para qué acumulamos?

Si hemos de acumular algo, que sean horas de servicio, que sean horas de amor, de acción por y para los demás, horas de oración. Si esta es nuestra riqueza, bendita sea.

Hay algo muy fuerte en lo que además incide el Señor y hay que traducirlo y leerlo con valentía para nosotros mismos, para tenerlo en cuenta cuando llegue el momento, que lamentablemente nos llega a unos y otros, tarde o temprano. El momento aquel de la división de la herencia. Porque el finado o la finada, como acostumbremos llamarlos con respeto, se fueron de este mundo habiendo acumulado algunos bienes…muchos o pocos, pero que hay que dividir, de donde provienen la mayor parte de los pleitos y enemistades familiares. Surgen los consejos maliciosos, las tentaciones; la ambición nos asalta y nos nubla, y terminamos peleando por la repartición.

Si aquel difunto hubiera actuado cristianamente, no hubiera dejado nada, porque no tendría nada, no hubiera acumulado nada. O, en todo caso, hubiera tenido la precaución de dividir en vida lo poco que tenía para evitar estos problemas, de los que Jesús no quiere ser juez. Es que aún nuestras decisiones en este aspecto tienen que ver con aquella gran decisión que pone en nuestras manos el Señor: El que no está conmigo, está contra mí.

Jesús no ha venido a juzgar al mudo. El juicio está en nosotros; radica en nuestra decisión. O estamos con Él o no estamos con Él. Y esta decisión abarca toda la vida, todos los aspectos de nuestra vida, incluso estos tan cotidianos que muchas veces son la raíz de nuestras divisiones y rencillas.

Oremos:

Padre Santo, no permitas que cegados por la ambición, por la acumulación de bienes materiales, por la riqueza y el bienestar material, abandonemos el Camino. Que no sirvan estos bienes para separarnos, sino por el contrario, para unirnos.  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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jul 22 2010

Juan 20, 1-2.11-18

Texto del evangelio (Jn 20, 1-2.11-18)

El primer día de la semana va María Magdalena de madrugada al sepulcro cuando todavía estaba oscuro, y ve la piedra quitada del sepulcro. Echa a correr y llega donde Simón Pedro y donde el otro discípulo a quien Jesús quería y les dice: «Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto».

Estaba María junto al sepulcro, fuera, llorando. Y mientras lloraba se inclinó hacia el sepulcro, y ve dos ángeles de blanco, sentados donde había estado el cuerpo de Jesús, uno a la cabecera y otro a los pies. Dícenle ellos: «Mujer, ¿por qué lloras?». Ella les respondió: «Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto». Dicho esto, se volvió y vio a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús. Le dice Jesús: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?». Ella, pensando que era el encargado del huerto, le dice: «Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo me lo llevaré». Jesús le dice: «María». Ella se vuelve y le dice en hebreo: «Rabbuní» —que quiere decir: “Maestro”—. Dícele Jesús: «No me toques, que todavía no he subido al Padre. Pero vete donde mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios». Fue María Magdalena y dijo a los discípulos que había visto al Señor y que había dicho estas palabras.

Reflexión: Jn 20, 1-2.11-18

El Señor es fiel a su Palabra. Cumple lo que nos ofrece, lo que nos promete. Lo que pasa es que nosotros no estamos dispuestos a creerle, por más evidencias que nos ofrezca …¡Somos tan incrédulos! No queremos dar crédito a lo que ven nuestros ojos. Dudamos de todo. Decimos. “no puede ser”, e inventamos historias “lógicas” para explicar lo que en realidad es un milagro evidente, que se ha producido frente a nuestros ojos.

“No puede ser”. ¿Cómo que no puede ser, si lo estás viendo ante tus ojos? Ha de ser un truco; debe haber habido un error. Y sin embargo, no. Los hechos están ahí. El Señor ha actuado frente a nuestros ojos, pero no es suficiente, no creemos…queremos más.

Será que sentimos que no lo merecemos o tal vez, que ha sido una coincidencia. Finalmente, nuestras dudas son tan grandes, que  llegamos a negar las evidencias. Eso nunca paso. Fue producto de mi imaginación. De cualquier modo lo minimizamos y seguimos adelante, sin añadir ni un ápice a nuestra fe. Lo merecemos todo, incluso “eso” por lo que rogamos tanto antes, sabiendo que sólo la intervención Divina podía cambiarlo. El Señor accedió a nuestras plegarias y produjo el milagro, sin embargo, una vez recibido, lo ponemos en duda. Así de ingratos somos…Por eso el Señor nos dice: “¡Generación malvada y adúltera! Una señal pide, y no se le dará otra señal que la señal del profeta Jonás.”

En el pasaje de hoy, ´María Magdalena se tropieza con Jesús, lo tiene al frente…incluso habla con Él y no está dispuesta a creer. No puede ver lo evidente, hasta que Jesús se lo hace notar de modo insistente. El hecho que aún a María le suceda, puede servirnos de consuelo, pues qué se puede esperar de nosotros…Pero debemos tener más abiertos los ojos y destapados los oídos. ¡No es posible que no percibamos lo evidente!

El Señor ha venido a este mundo en cumplimiento de la Voluntad del Padre. Ha venido a mostrarnos el Camino. Ha venido a Salvarnos. ¡Esa es su Voluntad! Todo lo que pide de nosotros es que creamos en Él y que nos amemos los unos a los otros. Un “millón” de pruebas nos ofrece para que le creamos..Decenas están escritas en los Evangelios; miles en la historia y muchísimas en nuestra vida cotidiana. Pero no hay peor ciego que el que no quiere ver.

Oremos:

Pidamos al Señor que abra nuestras entendederas, que seamos más rectos al juzgar las evidencias, que seamos justos y le demos al Señor el crédito que merece, ante las obras que despliega frente a nuestros ojos. Que no seamos tercos y necios, empecinándonos en negar lo evidente. Que por el contrario sirvan estos milagros para fortalecer nuestra fe y proclamar el Evangelio. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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jul 19 2010

Mateo 12, 38-42

Texto del evangelio (Mt 12, 38-42)

 
En aquel tiempo, le interpelaron algunos escribas y fariseos: «Maestro, queremos ver una señal hecha por ti». Mas Él les respondió: «¡Generación malvada y adúltera! Una señal pide, y no se le dará otra señal que la señal del profeta Jonás. Porque de la misma manera que Jonás estuvo en el vientre del cetáceo tres días y tres noches, así también el Hijo del hombre estará en el seno de la tierra tres días y tres noches. Los ninivitas se levantarán en el Juicio con esta generación y la condenarán; porque ellos se convirtieron por la predicación de Jonás, y aquí hay algo más que Jonás. La reina del Mediodía se levantará en el Juicio con esta generación y la condenará; porque ella vino de los confines de la tierra a oír la sabiduría de Salomón, y aquí hay algo más que Salomón».

Reflexión: Mt 12, 38-42

El que no quiere creer, simplemente, no cree. Ya podrá culpar a una u otra cosa, a la falta de pruebas o a lo que sea. Hay que hacer un esfuerzo, hay que poner de nuestra parte, hay que empezar por tener la actitud adecuada. Al que no quiere creer puedes ponerle la prueba más contundente, que siempre le encontrará un pero para salir por la tangente. Es cuestión de actitud.

Sin embargo ha habido señales suficientes para todos…No solo aquellas de las que habla el Señor y que están escritas en el Evangelio, sino otras que cada uno de nosotros hemos tenido en nuestras vidas. Señales inequívocas de la presencia de Dios, de la Paternidad de Dios, del amor preferente y especial que nos tiene, sin el cual no hubiéramos podido sobrevivir un segundo en este Planeta…Pero, siempre como hijos incrédulos y escépticos, queremos más.

Como hay tantos derechos y se promueve a ultranza el relativismo moral, no es difícil encontrar respaldo a nuestras pretensiones, justificación a nuestras exigencias. Así que exigimos más. Somos muy “razonables”, muy letrados…sabemos demasiado. Somos soberbios…Nos consideramos especiales y mucho más exigentes que la plebe, que aquellos humildes miserables que por ignorantes son capaces de creer cualquier cosa. Nuestra “alcurnia” científica y cultural exige más…No nos vamos a dejar sorprender con cualquier cosa…Por ello no vamos a aceptar que alguien que vivió hace 2 mil años, pretenda decirnos como debemos vivir ahora, cómo debemos resolver los asuntos de economía, contaminación, población, etc ahora…¿Fe, amor, fraternidad, Dios trino, único, Mesías, religión? Recursos y muletas de ignorantes, de pueblos atrasados o de ricos para sojuzgar y explotar a pobres.

En pleno siglo XXI, las cosas son distintas. Hemos aprendido a razonar y no necesitamos a un Dios que explique nuestras existencias y que nos de motivos para vivir o para ser cuidadosos con nuestro planeta…Son cosas racionales que caen por su propio peso…¿Y la caridad? Es una palabra incomprensible, que alude a una realidad a una situación incomprensible.

Sin embargo, aquí el Señor en esta lectura nos advierte que hemos recibido todo…que hemos tenido todas las señales necesarias y que no habrá otras…Depende de nosotros dar este paso necesario para avanzar. ¿Lo daremos o nos quedaremos? Es nuestra decisión.

Oremos:

Señor, ayúdanos a tener fe, a reconocerte en nuestras vidas, en nuestro mundo. Tenemos fe, pero necesitamos que la incrementes y fortalezcas. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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jun 28 2010

Mateo 8, 18-22

Texto del evangelio (Mt 8, 18-22)

 
En aquel tiempo, viéndose Jesús rodeado de la muchedumbre, mandó pasar a la otra orilla. Y un escriba se acercó y le dijo: «Maestro, te seguiré adondequiera que vayas». Dícele Jesús: «Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza». Otro de los discípulos le dijo: «Señor, déjame ir primero a enterrar a mi padre». Dícele Jesús: «Sígueme, y deja que los muertos entierren a sus muertos».

Reflexión: Mt 8, 18-22

En el seguimiento de Jesús, no hay descanso, no hay vacaciones. Lo abarca todo, lo exige todo. Es que se trata de asumir una forma de vida, que tiene que ver con todo lo que hacemos, decimos y pensamos. No es una máscara, un barniz, una mera apariencia. El llamamiento de Jesús es radical. Es imperativo. Aquel que realmente lo asume, no tendrá descanso en ninguna parte y tendrá que renunciar incluso a algo que parece tan natural, como pretender enterrar a sus muertos.

La llamada del Señor es urgente. No hay tiempo. No podemos hacerle esperar. Hay mucho que hacer. Estamos con él o le damos la espalda. No hay lugar para las “medias tintas”. Hay tantas cosas así de exigentes en nuestras vidas…¿por qué no podemos o no queremos comprender que lo más importante es el llamado de Jesús y que este es así de exigente? ¿Por qué en este caso queremos degradarlo, aminorarlo, hacerlo más tolerante, como si diera lo mismos seguirlo ahora o mañana, con más o menos intensidad?

Sin embargo, estamos dispuestos a aceptar que si alguien habrá de ser campeón de tenis, o de gimnasia o de natación o de lo que sea, habrá que empezar cuando niño y no podrá ser competitivo siempre. Tendrá su tiempo…Si no se dan los pasos adecuados oportunamente, ya podrán plantarse de cabeza sus padres y el mismo, que no lo conseguirá. Se requieren ciertas condiciones y decisiones oportunas. Lo mismo pasa con el seguimiento del Señor. ¿Quiero ser un buen cristiano o en realidad me interesa un rábano? ¿Quiero dar sentido a mi vida y en este sentido SALVARLA, o solamente quiero zafar como sea de este momento angustioso, doloroso e incómodo?

Si quiero ganar en la bolsa, como muchos de mis amigos lo saben, debe comprar o vender en el momento oportuno. No da lo mismo. Tengo que tomar ciertas precauciones y hacer lo que es correcto dentro de las reglas de “este juego”. Algo habrá de azar, seguramente, pero mucho de decisión y voluntad. Debo escoger; debo intervenir. Es como la lotería…¿cómo ganaré el premio mayor si no comienzo por comprar por lo menos un número?

Si he de seguir a Jesús, debo tomar una decisión, que compromete y abarca toda mi vida. No es solamente hoy, ni solamente mañana, será para siempre. Y no es una elección que solo los curas, los religiosos deben realizar. Se trata de una elección de estado que todos estamos llamados a efectuar. Escoger la vida, el amor, el servicio, la paz, la esperanza, la solidaridad, la generosidad, el desprendimiento…Escoger al otro antes que a mí. Escoger a Jesús, para seguirlo cada segundo, cada instante de nuestras vidas, “sin tener ni buscar donde reclinar la cabeza”, hasta el fin…
 

Oremos:

Seños Jesús, permíteme seguirte sin desfallecer, todo el tiempo, en cada ocasión. Que seas Tú y no yo el que actúe y hable. Que todo lo haga en tu nombre. Hazme un instrumento tuyo. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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jun 03 2010

Marcos 12, 28-34

Texto del evangelio (Mc 12, 28-34)

En aquel tiempo, se llego uno de los escribas y le preguntó: «¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?». Jesús le contestó: «El primero es: ‘Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas’. El segundo es: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. No existe otro mandamiento mayor que éstos».

Le dijo el escriba: «Muy bien, Maestro; tienes razón al decir que Él es único y que no hay otro fuera de Él, y amarle con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a si mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios».

Y Jesús, viendo que le había contestado con sensatez, le dijo: «No estás lejos del Reino de Dios». Y nadie más se atrevía ya a hacerle preguntas.

Reflexión: Mc 12, 28-34

Eh aquí un resumen de la ley y los profetas, como dirá Jesús en otro pasaje. No hay nada más que recordar, nada más que aprender, nada más que practicar y cumplir.  No es realmente tan complicado como algunos intencionalmente pretenden hacerlo ver. Se trata de una “doctrina” muy simple, con solo dos principios, dos mandamientos: “Amar a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos”. Eso es todo. ¿Podría ser más simple? ¿Qué tan difícil de comprender o recordar puede ser?

No se necesita gran erudición para comprender estos mandamientos. Lo que ocurre, en realidad, es que no estamos dispuestos a obedecerlos, a cumplirlos. Nos cuesta. Y es que nos hemos acostumbrado a ponernos a nosotros mismos por sobre todas las cosas y lo que propone Jesús es un cambio de concepción, de visión, de actitud, que en muchos casos significa un viraje en 180 grados en la forma de vida que hemos adoptado. ¡Ese es el problema!

Para decirlo de otro modo, el seguimiento de Jesús exige de nosotros Amor y nos hemos acostumbrado a vivir egoístamente, a velar y cuidar solo de nuestro pellejo. No queremos enterarnos realmente de lo que ocurre a nuestro alrededor; no queremos involucrarnos, mucho menos si ello podría significar el tener que desprendernos de parte de la riqueza, propiedades, bienestar o comodidad que hemos acumulado. No estamos dispuestos al menor sacrificio…Nos duele. Hemos hecho del “buen vivir” un fin, por el que estamos dispuestos a todo, antes que vernos afectados de algún modo. Para alcanzar este objetivo, este estatus, no importan a cuantos y a quienes debamos sacrificar a nuestro alrededor, mientras no seamos nosotros mismos.

Esto es así de simple: Mientras el Señor nos exige mirar hacia arriba y a nuestro alrededor, nosotros insistimos en mirar hacia adentro. Mientras el Señor exige amar, servir y dar…Nosotros queremos que nos amen, que nos sirvan y nos den. No hay maldad en las cosas, por sí mismas. No es malo lo que viene de afuera. Malo es lo que brota de nosotros, nuestra actitud. Y en verdad, como dice el Señor, no podemos servir a dos Señores: o estamos con uno, o estamos con el otro. O ponemos a Dios y nuestros hermanos por encima de todo (Amor) o nos ponemos a nosotros mismos al centro y por encima de todo (egoísmo). O estamos con la vida, o estamos con la muerte. O estamos con la luz y la Verdad o preferimos las sombras, las tinieblas, la oscuridad y la mentira. O permanecemos libres, como hemos sido creados o nos hacemos esclavos, de las riquezas, del placer, de las comodidades, del egoísmo…

Oremos:

Señor Jesús, permítenos dar testimonio de nuestra fe con nuestra vida misma…Que nos bajemos del pedestal donde siempre queremos permanecer, desde el que queremos espectar el mundo, encerrados en nuestra burbuja de cristal. Que aprendamos a ser más humanos, a condolernos, a solidarizarnos con nuestros hermanos, sobre todo con los que más sufren, con los que menos tienen, con los desposeídos…Que no tengamos temor en participar, en comprometernos, en dar, aun cuando ello pudiera significar un sacrificio, un desprendernos de algo que pudiera ser muy preciado para nosotros… Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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jun 02 2010

Marcos 12, 18-27

Texto del evangelio (Mc 12, 18-27)

En aquel tiempo, se le acercaron a Jesús unos saduceos, que niegan que haya resurrección, y le preguntaban: «Maestro, Moisés nos dejó escrito que si muere el hermano de alguno y deja mujer y no deja hijos, que su hermano tome a la mujer para dar descendencia a su hermano. Eran siete hermanos: el primero tomó mujer, pero murió sin dejar descendencia; también el segundo la tomó y murió sin dejar descendencia; y el tercero lo mismo. Ninguno de los siete dejó descendencia. Después de todos, murió también la mujer. En la resurrección, cuando resuciten, ¿de cuál de ellos será mujer? Porque los siete la tuvieron por mujer».

Jesús les contestó: «¿No estáis en un error precisamente por esto, por no entender las Escrituras ni el poder de Dios? Pues cuando resuciten de entre los muertos, ni ellos tomarán mujer ni ellas marido, sino que serán como ángeles en los cielos. Y acerca de que los muertos resucitan, ¿no habéis leído en el libro de Moisés, en lo de la zarza, cómo Dios le dijo: Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? No es un Dios de muertos, sino de vivos. Estáis en un gran error».

Reflexión: Mc 12, 18-27

Si será así o asá en el más allá, es algo que no nos debe inquietar. ¡Qué más da! Podemos estar seguros que será lo que tenga que ser y si de nuestro Dios depende, será lo justo, lo correcto, lo adecuado. Pero no es esto lo que nos debe quitar el sueño, sino nuestra vida misma.

Nuestro Dios, “no es un Dios de muertos, sino de vivos”. ¿Qué me dice a mi el Señor en este pasaje? Pues que no me debo ocupar, ni preocupar por lo que será, o cómo habrá de ser la vida futura. Ello no tiene importancia; ningún sentido. Es una pérdida de tiempo y denota falta de entendimiento del mensaje del Señor, el estar ocupado, dedicado a meditar, pensar, reflexionar o especular respecto a cómo será aquella vida.

Habremos de Resucitar y estaremos eternamente con Dios Padre, que es Amor y como tal es Luz, Alegría, Paz, Vida Eterna…Esto debía ser suficiente. Especular más allá, es entrar en el plano de la imaginación y quedarse anclado allí es escapar de la realidad; y si buscamos una razón, un sentido basándonos en estas teorías, pues terminaremos por tergiversar el mensaje del Señor, que es acerca de los vivos y no de los muertos.

Es de vivir bien la vida actual, de lo que trata la prédica y el seguimiento al Señor. Amar al prójimo, no tiene otra connotación. No se trata de cómo lo amaré, o si lo hubiera amado…Se trata del Hoy, del Ahora. Como dice la canción, “lo que pasó, pasó…” Sí, es importante reflexionar sobre ello, para pedir perdón o perdonar y rectificar. Pero esto lo debemos hacer Hoy, Ahora. No mañana, ni en el futuro, ni mucho menos en la “vida futura”. Hoy y Ahora tenemos la OBLIGACIÓN, el DEBER de Amar a nuestros hermanos, como el Señor nos ha enseñado. Sin reparos, sin medida, sin condiciones…Porque nuestro Dios, nuestro Padre, es un Dios, un Padre nuestro, es decir de todos nosotros…Tuyo y mío; de todos los que estamos aquí y ahora en este barco, en esta nave. Lleva una vida recta, que no puede ser otra cosa u otra forma de decir: ama a tus semejantes y, como decía San Agustín, haz lo que quieras.

Esto es lo que nos pide el Señor, nuestro Dios…Y en ello debe estar puesto todo nuestro empeño. “Ama y haz lo que quieras”, pero primero ama. Ama hoy, ama ahora, ama en este momento…Amar no es otra cosa que hacer lo correcto, que hacer el bien; amar no es otra cosa que servir, que dar, que ser para los demás, que vivir para los demás…que llegar a ser “verdadera comida y verdadera bebida”. Ese ha de ser nuestro empeño…transfigurarnos…llegar a ser como Jesús.

Oremos:

Padre Santo, ayúdanos a cumplir nuestra misión. Que por donde pasemos y con quien estemos sólo demos testimonio de Tu amor. Que si alguien quiere buscar explicación de nuestros actos, los encuentre allí. Que abandonemos todo temor y razón mezquina, para obrar en función del bien común, procurando el bien ajeno, antes que el nuestro. Que seamos testigos de fe, ejemplos de amor. Aparta de nosotros toda tentación y fortalece nuestro espíritu para que cuando llegue, sepamos superar la adversidad, sin perder la paz y sin dejar de obrar rectamente y movidos por el amor. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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jun 01 2010

Marcos 12, 13-17

Texto del evangelio (Mc 12, 13-17)

En aquel tiempo, enviaron a Jesús algunos fariseos y herodianos, para cazarle en alguna palabra. Vienen y le dicen: «Maestro, sabemos que eres veraz y que no te importa por nadie, porque no miras la condición de las personas, sino que enseñas con franqueza el camino de Dios: ¿Es lícito pagar tributo al César o no? ¿Pagamos o dejamos de pagar?».

Mas Él, dándose cuenta de su hipocresía, les dijo: «¿Por qué me tentáis? Traedme un denario, que lo vea». Se lo trajeron y les dice: «¿De quién es esta imagen y la inscripción?». Ellos le dijeron: «Del César». Jesús les dijo: «Lo del César, devolvédselo al César, y lo de Dios, a Dios». Y se maravillaban de Él.

Reflexión: Mc 12, 13-17

Es vana pretensión la de querer engañar a Jesús, nuestro salvador.  No pretendamos justificarnos con alguna ambigüedad, con un supuesto mal entendido. Recordemos que Él todo lo ve y sabe. Conoce lo más profundo de nuestras intenciones. Entonces…¿para qué o por qué hacernos los desentendidos?

No se trata de aparentar nada, de hacer creer a nadie. Podremos engañar a nuestros hermanos y quizás tratar de engañarnos hasta a nosotros mismos, pero con Dios jamás podremos.  Así que, no andemos con tretas. No podemos caminar por el medio. O recogemos con Él o esparcimos…Así de simple. O estamos con Él o estamos contra Él. Es Jesús quien nos exige esta definición, que no la hacemos para la galería, para los aplausos, ni aprobación de nadie, sino por una íntima convicción. Y, una vez que hemos decidido, nuestro proceder dará testimonio de nuestra elección. Serán nuestros hechos y no nuestras palabras las que hablen.

En la vida, hay muchas cosas de las que tenemos que valernos, pero no confundamos los medios con el fin…No hagamos de estos medios un fin. Cada cosa en su lugar y por encima de todo, Dios. Nada ni nadie puede hacernos claudicar de este principio, de este fundamento. Por ello Jesús señala en esta lectura que hay que darle a cada quien lo que le corresponde. Teniendo en cuenta esto, no podemos concluir, sin embargo, que el Señor está indicando que cada uno está al mismo nivel, no. Solo dice que a cada quien hay que darle lo que le corresponde, siendo obvio que Dios está por sobre todas las cosas y que por tanto nos debemos a Él en primer lugar. Y, quién sabe en qué lugar debía estar en nuestras vidas el dinero y todo lo que representa…Recordemos que son medios y no fines, a los que valga dedicar nuestras vidas, con tanto esfuerzo depositadas, como el don más grande, entre nuestras manos…¿Qué haremos con ella?
 

Oremos:

Padre Santo, haz que vivamos coherentemente, guardando nuestra propia vida y la de nuestros hermanos como el más preciado tesoro que podríamos haber recibido de Tus manos. Que no mal gastemos nuestro tiempo en tonterías, en frivolidades, dedicados a incrementar nuestros ingresos…Que por el contrario, sepamos valorar a las personas con las que compartimos día a día nuestras vidas. Que nos empeñemos en hacer el bien, en llevar la paz, la esperanza y el amor. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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abr 12 2010

Juan 3,1-8

Texto del evangelio (Jn 3, 1-8)

Había entre los fariseos un hombre llamado Nicodemo, magistrado judío. Fue éste donde Jesús de noche y le dijo: «Rabbí, sabemos que has venido de Dios como maestro, porque nadie puede realizar las señales que tú realizas si Dios no está con él». Jesús le respondió: «En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de lo alto no puede ver el Reino de Dios». Dícele Nicodemo: «¿Cómo puede uno nacer siendo ya viejo? ¿Puede acaso entrar otra vez en el seno de su madre y nacer?». Respondió Jesús: «En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo nacido de la carne, es carne; lo nacido del Espíritu, es espíritu. No te asombres de que te haya dicho: ‘Tenéis que nacer de lo alto’. El viento sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que nace del Espíritu».

Reflexión: Jn 3, 1-8

El seguimiento del Señor exige una transformación. Esto es lo que llamamos conversión. El cambio es tan radical, que como dice Jesús, “hay que nacer de de lo alto”. Tiene que darse en nosotros una transformación total a partir de un nuevo nacimiento de agua y Espíritu. Tenemos que dar paso al “Hombre Nuevo”. Exactamente como la mariposa deja atrás la crisálida, pasando de gusano a mariposa…

Este cambio no se puede dar sin la intervención del Espíritu de Dios, sin su Gracia. Para ello nosotros debemos disponer nuestro espíritu, orar, purificar nuestros pensamientos, nuestras palabras, nuestras actitudes…Obrar el bien…Pedir perdón por nuestros pecados; abandonar las sombras, la oscuridad y caminar hacia la luz. Dejar las tentaciones y el egoísmo, que pretenden esclavizarnos al hombre viejo y amar a Dios por sobre todas las cosas y nuestro prójimo como a nosotros mismos. Se dice muy fácilmente, pero es imposible de lograr, si no nacemos de lo alto: En agua y en Espíritu. Esta es la Gracia que debemos pedir incesantemente y que el Señor nos regala a través de los Sacramentos, empezando por el Bautismo, y siguiendo por la Confesión (el perdón de los pecados), la Confirmación, la Eucaristía, el Matrimonio, el Orden Sacerdotal y la Unción de los Enfermos…

Cada momento importante de nuestras vidas es santificado por la intervención especial del Espíritu de Dios a través de los Sacramentos. Estos, así, son Gracia abundante derramada sobre el que realmente quiere purificarse con el “agua sagrada” y nacer del Espíritu.  Pero no está en nuestras manos obtenerlo…Es Gracia de Dios que Él concede a quien le ama. Por eso debemos hacer todo lo que depende de nosotros por llevar una vida santa y pedir constantemente su intervención, recordando que si estamos con Él, nada ni nadie podrá vencernos.

“…el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo nacido de la carne, es carne; lo nacido del Espíritu, es espíritu.” Eh ahí la transformación que debemos alcanzar. Dejar de ser esclavos de la tierra, de nuestra naturaleza, para levantarnos con la dignidad de Hijos de Dios y mirar con otra perspectiva el Mundo. ¿Cómo lograr esta transformación? Es un proceso que llamamos de “Conversión”. No está únicamente en nuestra manos lograrlo, sino que es Gracia de Dios que debemos pedir incesantemente. Él nos invita a pedirlo insistentemente: “llamad y se os abrirá; pedid y se os dará en una medida rebosante”, llena, plena…Para ello, debemos vivir en Gracia y orar insistentemente al Padre.

La Gracia solo recae sobre quien vive rectamente, sobre quien ama.

Oremos:

Señor Jesús, hazme digno de alcanzar el perdón y la Gracia de Dios. Quiero vivir con la dignidad de un hijo de Dios. Dejar de arrastrarme y volar hacia la luz, para alcanzar el Reino y   la Vida Eterna. Ayúdame a sacudir y dejar estas cadenas que me atan: el egoísmo, la soledad, la indiferencia, la mezquindad, la comodidad, la falta de solidaridad…Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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abr 06 2010

Juan 20,11-18

Texto del evangelio (Jn 20,11-18)

En aquel tiempo, estaba María junto al sepulcro fuera llorando. Y mientras lloraba se inclinó hacia el sepulcro, y ve dos ángeles de blanco, sentados donde había estado el cuerpo de Jesús, uno a la cabecera y otro a los pies. Dícenle ellos: «Mujer, ¿por qué lloras?». Ella les respondió: «Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto». Dicho esto, se volvió y vio a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús. Le dice Jesús: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?». Ella, pensando que era el encargado del huerto, le dice: «Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo me lo llevaré». Jesús le dice: «María». Ella se vuelve y le dice en hebreo: «Rabbuní», que quiere decir “Maestro”». Dícele Jesús: «No me toques, que todavía no he subido al Padre. Pero vete donde mis hermanos y diles: ‘Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios’». Fue María Magdalena y dijo a los discípulos que había visto al Señor y que había dicho estas palabras.

Reflexión: Jn 20,11-18

Hoy, en la figura de María Magdalena, podemos contemplar dos niveles de aceptación de nuestro Salvador: imperfecto, el primero; completo, el segundo. Desde el primero, María se nos muestra como una sincerísima discípula de Jesús. Ella lo sigue, maestro incomparable; le es heroicamente adherente, crucificado por amor; lo busca, más allá de la muerte, sepultado y desaparecido. ¡Cuán impregnadas de admirable entrega a su “Señor” son las dos exclamaciones que nos conservó, como perlas incomparables, el evangelista Juan: «Se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto» (Jn 20,13); «Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo me lo llevaré»! (Jn 20,15). Pocos discípulos ha contemplado la historia, tan afectos y leales como la Magdalena.

No obstante, la buena noticia de hoy, de este martes de la octava de Pascua, supera infinitamente toda bondad ética y toda fe religiosa en un Jesús admirable, pero, en último término, muerto; y nos traslada al ámbito de la fe en el Resucitado. Aquel Jesús que, en un primer momento, dejándola en el nivel de la fe imperfecta, se dirige a la Magdalena preguntándole: «Mujer, ¿por qué lloras?» (Jn 20,15) y a la cual ella, con ojos miopes, responde como corresponde a un hortelano que se interesa por su desazón; aquel Jesús, ahora, en un segundo momento, definitivo, la interpela con su nombre: «¡María!» y la conmociona hasta el punto de estremecerla de resurrección y de vida, es decir, de Él mismo, el Resucitado, el Viviente por siempre. ¿Resultado? Magdalena creyente y Magdalena apóstol: «Fue María Magdalena y dijo a los discípulos que había visto al Señor» (Jn 20,18).

Hoy no es infrecuente el caso de cristianos que no ven claro el más allá de esta vida y, pues, que dudan de la resurrección de Jesús. ¿Me cuento entre ellos? De modo semejante son numerosos los cristianos que tienen suficiente fe como para seguirle privadamente, pero que temen proclamarlo apostólicamente. ¿Formo parte de ese grupo? Si fuera así, como María Magdalena, digámosle: —¡Maestro!, abracémonos a sus pies y vayamos a encontrar a nuestros hermanos para decirles: —El Señor ha resucitado y le he visto.

Comentario: Rev. D. Antoni ORIOL i Tataret (Vic, Barcelona, España)

Oremos:

Señor mío Jesucristo, perdóname por las veces que he pasado indiferente delante de ti, por las veces que me he hecho el tonto, el que no te oigo, el que no te conozco. Perdona mi falta de valor, mi egoísmo, mi indiferencia. Aleja de mi toda tentación. Hazme donación generosa para todo aquél que te busca con avidez. Que mi vida sea un testimonio de tu amor. Gracias por todo lo que me das abundante y generosamente, que sin embargo no veo o dejo pasar inadvertido, por tener tanto que hacer. Gracias por mi esposa, mi familia y mis amigos. Gracias por mi cuerpo, mis sentidos y mi salud… Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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abr 01 2010

Juan 13, 1-15

Texto del evangelio (Jn 13, 1-15)

Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Durante la cena, cuando ya el diablo había puesto en el corazón a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarle, sabiendo que el Padre le había puesto todo en sus manos y que había salido de Dios y a Dios volvía, se levanta de la mesa, se quita sus vestidos y, tomando una toalla, se la ciñó. Luego echa agua en un lebrillo y se puso a lavar los pies de los discípulos y a secárselos con la toalla con que estaba ceñido.

Llega a Simón Pedro; éste le dice: «Señor, ¿tú lavarme a mí los pies?». Jesús le respondió: «Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora: lo comprenderás más tarde». Le dice Pedro: «No me lavarás los pies jamás». Jesús le respondió: «Si no te lavo, no tienes parte conmigo». Le dice Simón Pedro: «Señor, no sólo los pies, sino hasta las manos y la cabeza». Jesús le dice: «El que se ha bañado, no necesita lavarse; está del todo limpio. Y vosotros estáis limpios, aunque no todos». Sabía quién le iba a entregar, y por eso dijo: «No estáis limpios todos».

Después que les lavó los pies, tomó sus vestidos, volvió a la mesa, y les dijo: «¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis “el Maestro” y “el Señor”, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros. Porque os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros».

Reflexión: Jn 13, 1-15

Uno de los últimos gestos de Jesús, antes de pasar por la cruz y para que no quepa duda de la actitud de servicio que debe mantener el cristiano siempre, nos da el ejemplo. Siendo el más grande de todos, no tiene problemas en ceñirse para realizar la labor más humilde, deparada para los sirvientes y esclavos de la casa: lavar los pies.

Por ello el cristiano, por más poderoso que llegue a ser, jamás ha de ser de aquellos que se sientan a esperar que su “corte” los sirva, por el contrario deben dar ejemplo de disponibilidad y servicio, empezando por los más humildes. Ese es el mensaje de Cristo, Dios hecho hombre. Ser empático y comprensivo con los menos afortunados, ese es el mandato. No se trata de una postura, sino de una actitud que debe ser corroborada por hechos.

Me parece importante reflexionar también en torno al hecho que Jesús sabía lo que iba a padecer en tan solo unas horas y sabía cuál iba a ser la actitud de sus discípulos: uno entre ellos lo traicionaría, otro lo negaría y todos se dispersaría y esconderían, dejándolo sólo…Aun teniendo este conocimiento, que a cualquiera de nosotros nos llevaría por lo menos a sentir despecho e incomodidad, supo controlarse, acallar y aplacar cualquier reproche, para, por el contrario, humillarse y condolerse con cada uno de ellos, al extremo de lavarles los pies a todos. Ese gesto no fue un mero formalismo, como muchas veces lo vemos repetir los Jueves Santos, sino que efectivamente fue un lavado de pies. Requirió postrarse ante cada uno de ellos y tomar con sus manos santas, los trajinados pies de cada uno de los discípulos para lavarlos, quitando toda inmundicia que podían haber acarreado del camino, cuidando de no maltratar heridas, acariciándolas, tal vez, y secándolos con cuidado y ternura, como si se tratara de los propios pies.

Una forma de reconocer el esfuerzo que estos pies habían realizado en la jornada, de agradecerlo, de ser profundamente empático con cada uno de ellos. Finalmente, una muestra más de este gran amor, que no se amilana, ni se corta o inhibe, sino que se da creativamente, a cada instante y sin medida. .¿Cómo habrían de sentir los discípulos después? El Señor había reconocido y limpiado, lavado los pies de cada uno de ellos. No había secretos. Él los conocía íntimamente. Sus pies los delataban; sus pies eran mudos testigos de su jornada, de su vida cotidiana. Transportaban su peso por donde quiera que hubieran estado, llevando impregnado parte de su curso…Jesús sabía eso y no tiene reparo en lavarlos. Era una forma de purificar y perdonar, de decir, yo sé quiénes son, se por donde van y sin importar ello, mi Padre y Yo, los amamos. Como muestra y señal de este amor y sin ningún reparo, como el más humilde, les lavo los pies…

Vosotros me llamáis “el Maestro” y “el Señor”, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros. Porque os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros».

Oremos:

Señor mío Jesucristo, toda tu vida ha sido un ejemplo para nosotros. Incluso el último gesto, hasta el fin, no dejarás de amarnos…Haznos dignos de este amor. Que sepamos darlo generosamente, sin re parar en condición social, color de piel o concepción del universo. Haznos humildes, serviciales, agradecidos. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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mar 31 2010

Mateo 26, 14-25

Texto del evangelio (Mt 26, 14-25)

En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue donde los sumos sacerdotes, y les dijo: «¿Qué queréis darme, y yo os lo entregaré?». Ellos le asignaron treinta monedas de plata. Y desde ese momento andaba buscando una oportunidad para entregarle.

El primer día de los Ázimos, los discípulos se acercaron a Jesús y le dijeron: «¿Dónde quieres que te hagamos los preparativos para comer el cordero de Pascua?». Él les dijo: «Id a la ciudad, a casa de fulano, y decidle: ‘El Maestro dice: Mi tiempo está cerca; en tu casa voy a celebrar la Pascua con mis discípulos’». Los discípulos hicieron lo que Jesús les había mandado, y prepararon la Pascua.

Al atardecer, se puso a la mesa con los Doce. Y mientras comían, dijo: «Yo os aseguro que uno de vosotros me entregará». Muy entristecidos, se pusieron a decirle uno por uno: «¿Acaso soy yo, Señor?». Él respondió: «El que ha mojado conmigo la mano en el plato, ése me entregará. El Hijo del hombre se va, como está escrito de Él, pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre es entregado! ¡Más le valdría a ese hombre no haber nacido!». Entonces preguntó Judas, el que iba a entregarle: «¿Soy yo acaso, Rabbí?». Dícele: «Sí, tú lo has dicho».

Reflexión: Mt 26, 14-25

La hora está cerca. Y todo habrá de cumplirse, conforme estaba escrito. No es posible reescribir y cambiar el fin. En todo caso ello está en las manos de los hombres; está en nuestras manos…Lamentablemente somos obstinados y no hacemos caso a ninguna recomendación. Lo queremos todo, en duro y en cocido.

Nos resulta sumamente difícil cambiar de actitud. Somos demasiado egoístas. Nos hemos acostumbrado a poner siempre delante de todo y antes que nada, nuestro bienestar, nuestra comodidad, nuestro beneficio. Ahora más que nunca, vivimos en una sociedad individualista, completamente egoísta. Es que se promociona tanto que cada quien es dueño de su vida, que cada quien tiene derecho a hacer lo que le venga en gana con ella, que hemos terminado por justificar todo.

Aunque se hable mucho de ello, en realidad en nuestra cultura, en nuestro siglo XXI, no existe para nosotros La Verdad. Hemos entronizado el relativismo, bajo el cual cada quien es “libre” de hacer y pensar como quiera y nadie tiene por qué ni para qué intervenir. Es emblemático que hayamos hecho del sexo una opción…Colocamos tatuajes y pircings en los lugares más inverosímiles, pretendiendo quizás la manipulación extrema de nuestra apariencia; queriendo decir, quizás, que aun en eso “somos como queremos ser”, que nadie tiene que decirnos lo que podemos o no hacer con nuestro cuerpo. Nos sometemos a operaciones invasivas para cambiar de sexo, de apariencia, de volumen…Queremos ser como nos de la gana, sin sujetarnos a reglas y leyes establecidas por nuestra propia naturaleza. Nos revelamos contra ellas y pretendemos vivir y morir cuándo, cómo y dónde nos de la gana.
 
Esta es la forma que hemos elegido para mostrar nuestra superioridad: el individualismo extremo; la dictadura del “Yo”. Todo lo que me place, mientras no afecte a los demás, o mientras no se sepa que afecta a los demás, es bueno. Todos caemos en la tentación de probar el fruto prohibido. Parece tan natural, que son seguramente muy escasos, nuestros hermanos que logran eximirse de tal tentación, los que logran pasar invictos…Son bichos raros, anormales. Y, sin embargo, gracias a Dios, los hay.

Porque, quién quiere ser virgen hoy, quien quiere casarse y tener una familia. Quién está dispuesto a sacrificar su futuro, su fortuna por un ideal social; y sin embargo vivimos en una sociedad de abundancia, donde con lo que sobra se hace mucho…Pero, quién está realmente dispuesto a sacrificarse por los demás… Pocos, muy pocos.

Es a esta rebeldía, es a esta traición, a esta actitud soberbia, sínica que condena Jesús con estas palabras: “El Hijo del hombre se va, como está escrito de Él, pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre es entregado! ¡Más le valdría a ese hombre no haber nacido!” Nos quejamos del mundo, de nuestra sociedad…¿Pero cuántas veces somos cómplices de su destrucción? ¿Cuántas veces somos cómplices de Judas? ¿De traición a Jesús? Entre tantos escándalos sociales y en el seno de nuestra propia Iglesia, estas palabras suenan más condenatorias que nunca…“El que no recoge conmigo, desparrama”, dice el Señor.

Oremos:

Señor, haznos fieles y leales a Tu mandato. Que no nos apoquemos, ni acobardemos a la primera. Que seamos capaces de mantener nuestros principios y la Verdad, aun a costa de nuestras propias vidas. Que, en todo caso, se haga siempre la Voluntad del Padre y no la nuestra, no la más fácil, la más cómoda, ni la que nos da placer. Hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios; permítenos levantar los ojos al cielo, hacia nuestro Padre…Él se encuentra impaciente esperando que volvamos…Hoy es el día, ahora es la hora. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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