Reflexiones del Evangelio de hoy –
Oremos por la paz en el mundo…
Miguel Damiani B.

Miguel Damiani B.

Libre para servir

¿Quién es ese tal Jesús?
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julio 2015
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Cada día la Iglesia nos propone un evangelio y en cada uno de ellos el Señor nos da un mensaje.

Su palabra, como las manos del mejor alfarero, va modelando nuestro espíritu. Cada día nos enseña algo, nos corrige y orienta.

Si nos quedáramos con una sola palabra, con una frase y tratáramos de actuar conforme a ella, seguro que cada día seríamos mejores y estaríamos contribuyendo a la construcción del Reino






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Maestro

Lucas 5,1-11 – dejándolo todo, le siguieron

Texto del evangelio Lc 5,1-11 – dejándolo todo, le siguieron

En aquel tiempo, estaba Jesús a la orilla del lago Genesaret y la gente se agolpaba sobre él para oír la Palabra de Dios, cuando vio dos barcas que estaban a la orilla del lago. Los pescadores habían bajado de ellas, y lavaban las redes. Subiendo a una de las barcas, que era de Simón, le rogó que se alejara un poco de tierra; y, sentándose, enseñaba desde la barca a la muchedumbre.

Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: Remen mar adentro, y echen sus redes para pescar. Simón le respondió: «Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos pescado nada; pero, en tu palabra, echaré las redes». Y, haciéndolo así, pescaron gran cantidad de peces, de modo que las redes amenazaban romperse. Hicieron señas a los compañeros de la otra barca para que vinieran en su ayuda. Vinieron, pues, y llenaron tanto las dos barcas que casi se hundían. Al verlo Simón Pedro, cayó a las rodillas de Jesús, diciendo: «Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador». Pues el asombro se había apoderado de él y de cuantos con él estaban, a causa de los peces que habían pescado. Y lo mismo de Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Jesús dijo a Simón: «No temas. Desde ahora serás pescador de hombres». Llevaron a tierra las barcas y, dejándolo todo, le siguieron.

Reflexión: Lc 5,1-11

dejándolo todo, le siguieron

dejándolo todo, le siguieron

En verdad, una vez que hemos visto y oído a Cristo, es de necios seguir con lo mismo. Y, sin embargo, eso es lo que constatamos a cada paso. Poco a poco vamos perdiendo nuestra capacidad de asombro y ajustándonos nuevamente a la rutina, como si aquel encuentro no hubiera ocurrido jamás. Pasarán unas semanas, tal vez uno cuantos meses o muy pocos años y no habrá quedado huella de aquello, por más que coloquialmente reconozcamos que tuvimos un encuentro con el Señor. Y es que de nada sirve haber tenido la oportunidad de percibir y conocer a Dios, si luego de muy poco tiempo seguimos con nuestra vida como si nada hubiera ocurrido. Es como si paseando por los Andes un buen día nos topáramos con una mina abandonada repleta de oro y minerales preciosos, anotáramos las coordenadas con la ayuda del GPS y luego prosiguiéramos nuestro viaje con el propósito de hacer el denuncio a penas vueltos a casa, pero una vez allí, nuestras tareas cotidianas nos impidieran cumplir con este propósito, postergándolo una y otra vez, hasta finalmente echarlo al olvido. ¡Qué disparate, dejar esta fortuna multimillonaria, por cumplir con nuestra rutina! ¿Quién podría entenderlo? ¿Quién podría explicarlo? ¿Quién podría justificarlo? Jesús dijo a Simón: «No temas. Desde ahora serás pescador de hombres». Llevaron a tierra las barcas y, dejándolo todo, le siguieron.

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Mateo 22,34-40 – el mayor y el primer mandamiento

Texto del evangelio Mt 22,34-40 – el mayor y el primer mandamiento

En aquel tiempo, cuando los fariseos se enteraron de que Jesús había tapado la boca a los saduceos, se reunieron en grupo, y uno de ellos le preguntó con ánimo de ponerle a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento mayor de la Ley?». Él le dijo: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Éste es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas.

Reflexión: Mt 22,34-40

Éste es el mayor y el primer mandamiento.

Éste es el mayor y el primer mandamiento.

Jesús nos lleva a una simplificación que difícilmente la encontraremos en otro lado. Modestamente creemos que por aquí debía empezar nuestro acercamiento a Dios Padre, constatando de labios de Su propio Hijo, lo sencillo que resulta nuestra doctrina. Hay muy poco que aprender y recordar. Es más, tal como lo subraya Jesús, toda la Ley y los profetas se reducen a dos mandamientos. Esto es todo lo que hay que cumplir para seguir a Jesús, haciendo la Voluntad del Padre. No tenemos que matricularnos en ningún curso de alguna universidad solo para iniciados, ni tenemos que hacer grandes estudios y millonarias inversiones para conocer a Dios y hacer lo que nos manda. No es preciso tener cualidades especiales, ni un mente brillante para entender este mensaje de Jesús. Basta poner atención durante un par de minutos, memorizar lo que nos dice –que será muy fácil porque está contenido en un solo párrafo-, y ponerlo en práctica. Eso es todo. Ya, si no queremos seguir a Jesús, será porque no nos da la gana, pero nadie podría decir que no llegó a captar o recordar lo que dijo. Es tan sencillo, que el más humilde lo comprende y lo puede memorizar. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Éste es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante

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Mateo 17,22-27 – vete al mar, echa el anzuelo

Texto del evangelio Mt 17,22-27 – vete al mar, echa el anzuelo

En aquel tiempo, yendo un día juntos por Galilea, Jesús dijo a sus discípulos: «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres; le matarán, y al tercer día resucitará». Y se entristecieron mucho.

Cuando entraron en Cafarnaúm, se acercaron a Pedro los que cobraban el didracma y le dijeron: «¿No paga su Maestro el didracma?». Dice él: «Sí». Y cuando llegó a casa, se anticipó Jesús a decirle: «¿Qué te parece, Simón?; los reyes de la tierra, ¿de quién cobran tasas o tributo, de sus hijos o de los extraños?». Al contestar él: «De los extraños», Jesús le dijo: «Por tanto, libres están los hijos. Sin embargo, para que no les sirvamos de escándalo, vete al mar, echa el anzuelo, y el primer pez que salga, cógelo, ábrele la boca y encontrarás un estárter. Tómalo y dáselo por mí y por ti.

Reflexión: Mt 17,22-27

vete al mar, echa el anzuelo, y el primer pez que salga, cógelo, ábrele la boca y encontrarás un estárter

vete al mar, echa el anzuelo, y el primer pez que salga, cógelo, ábrele la boca y encontrarás un estárter

Detengámonos a reflexionar un momento en lo que nos narra este pasaje. Todo judío debía pagar un impuesto anual de un didragma –una moneda equivalente al jornal de dos días- para el templo. Los sacerdotes estaban exentos. A los cobradores de este impuesto seguramente no habían pasado desapercibido Jesús como un personaje, un Maestro, notable. Es por eso que acuden discretamente a insinuarle este pago a Pedro, quien no evade esta responsabilidad y seguro se compromete a pagarlo después. Parece que Jesús no está con Él y sin embargo cuando Pedro llega a casa es el mismo Jesús el que pone el tema sobre la mesa, aprovechando para dar una lección de fe profunda. Si los sacerdotes no pagaban el impuesto, cuanto menos debía pagar Jesús el Hijo de Dios, el “dueño del templo”. Los cobradores así mismo lo intuían, por eso hicieron la pregunta a Pedro en forma reservada. ¿Qué hubiera hecho cualquiera? ¿Qué haríamos nosotros? Esta es en buena cuenta la pregunta que Jesús le dirige a Pedro. ¿Es justo que paguemos? ¿Debemos pagar? …vete al mar, echa el anzuelo, y el primer pez que salga, cógelo, ábrele la boca y encontrarás un estárter. Tómalo y dáselo por mí y por ti.

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Juan 20,11-18 – Subo a mi Padre y vuestro Padre

Texto del evangelio Jn 20,11-18 – Subo a mi Padre y vuestro Padre

En aquel tiempo, estaba María junto al sepulcro fuera llorando. Y mientras lloraba se inclinó hacia el sepulcro, y ve dos ángeles de blanco, sentados donde había estado el cuerpo de Jesús, uno a la cabecera y otro a los pies. Dícenle ellos: «Mujer, ¿por qué lloras?». Ella les respondió: «Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto». Dicho esto, se volvió y vio a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús. Le dice Jesús: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?». Ella, pensando que era el encargado del huerto, le dice: «Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo me lo llevaré». Jesús le dice: «María». Ella se vuelve y le dice en hebreo: «Rabbuní», que quiere decir “Maestro”». Dícele Jesús: «No me toques, que todavía no he subido al Padre. Pero vete donde mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios». Fue María Magdalena y dijo a los discípulos que había visto al Señor y que había dicho estas palabras.

Reflexión: Jn 20,11-18

Nos encontramos frente a Jesús Resucitado, que siendo el mismo que curo, sano, perdonó e hizo tantos milagros en Galilea, a pesar de ello difícilmente lo reconocen, incluso los que estuvieron más cercanos a Él. Sin embargo esta es la realidad central de nuestra fe. Si Jesucristo no hubiera resucitado, si no creyéramos en ello, el cristianismo no tendría sentido. La Resurrección prometida y cumplida es la que da sentido a nuestras vidas y a nuestra fe. Ella destaca el fin último, la razón de nuestras existencias. Es pues la pieza fundamental, la clave que nos anima a obrar rectamente, a oír y hacer lo que Jesús nos enseña. Como en una partitura musical, sin esta clave, nada de lo que hizo, ningún episodio de la historia sagrada, ni nada de lo que nos reveló tendría sentido. Sin ella, tal vez tendría sentido afirmar que Jesús fue un buen hombre, incluso un hombre excepcional, digno de seguir para quien le resulte cómodo o apetecible, pero nada más. Sin ella, caemos en el absurdo, en el vacío, en la falta de sentido, en la inutilidad efímera y hasta el capricho fatuo. «No me toques, que todavía no he subido al Padre. Pero vete donde mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios».

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Marcos 12,28b-34 – amarás al Señor, tu Dios

Texto del evangelio Mc 12,28b-34 – amarás al Señor, tu Dios

En aquel tiempo, uno de los maestros de la Ley se acercó a Jesús y le hizo esta pregunta: «¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?». Jesús le contestó: «El primero es: ‘Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas’. El segundo es: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. No existe otro mandamiento mayor que éstos».

Le dijo el escriba: «Muy bien, Maestro; tienes razón al decir que Él es único y que no hay otro fuera de Él, y amarle con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a si mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios». Y Jesús, viendo que le había contestado con sensatez, le dijo: «No estás lejos del Reino de Dios». Y nadie más se atrevía ya a hacerle preguntas.

Reflexión: Mc 12,28b-34

El Señor nos vuelve a resumir la ley y los profetas, a pedido de los escribas. Solo hay dos mandamientos y ambos se pueden resumir en uno solo, porque no puedes amar a Dios si no amas al prójimo y si amas al prójimo, estás amando a Dios. El tema está en definir y vivir adecuadamente el amor. El amor es la piedra fundamental sobre la que se edifica nuestra vida cristiana. Si no hay amor, no hay nada…¡ojo! Puedo estar haciendo cosas muy buenas, pero si no tengo amor, de nada sirven. Podría impartir justicia y dar a cada quien lo que le corresponde, pero si no tengo amor, de nada sirve. Puedo ponerme a favor de los más pobres y humildes pero si no lo hago por amor, no sirve para nada. El amor ha de ser el ingrediente que como un eje transversal debe estar presente en todo nuestros actos, por más insignificantes que estos parezcan. Pero ¿qué significa en realidad amar? Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas.

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Marcos 9,38-40 – el que no está contra nosotros, está por nosotros

Texto del evangelio Mc 9,38-40 – el que no está contra nosotros, está por nosotros

En aquel tiempo, Juan dijo a Jesús: «Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre y no viene con nosotros y tratamos de impedírselo porque no venía con nosotros». Pero Jesús dijo: No se lo impidan, pues no hay nadie que obre un milagro invocando mi nombre y que luego sea capaz de hablar mal de mí. Pues el que no está contra nosotros, está por nosotros.

Reflexión: Mc 9,38-40

Pues el que no está contra nosotros, está por nosotros.

Pues el que no está contra nosotros, está por nosotros.

Quizás sea tiempo de reflexionar en torno al “sectarismo”; esa tendencia a cerrarnos en grupos exclusivos y excluyentes, de los que no salimos y a los que difícilmente dejamos entrar a alguien. Es verdad que parece natural que prefiramos juntarnos con quienes conocemos, porque –decimos-, les tenemos confianza, claro está, a unos más que a otros. A este le tengo confianza, porque le conozco de años, en cambio a aquel no, porque no sé ni quién es…¿de dónde ha salido? Entonces, es el conocimiento de las personas el que nos permite clasificarlos entre confiables y dudosos o poco confiables. Pero, profundicemos…A las personas las conocemos por sus actos, por lo que hacen, por la forma en que se manifiestan en realidad, más allá de sus gestos y palabras. Este nos traicionó, aquél es sincero, aquella nunca miente, en cambio esta otra te engaña a la primera pestañada. Este solo quiere utilizarte, es un convenencioso, en cambio aquél es recto y leal. Es lo que hacemos lo que nos da a conocer y nos hace dignos o no de confianza. Pues el que no está contra nosotros, está por nosotros.

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Juan 1,35-42 – tú te llamarás Cefas

Texto del evangelio Jn 1,35-42 – tú te llamarás Cefas

En aquel tiempo, Juan se encontraba de nuevo allí con dos de sus discípulos. Fijándose en Jesús que pasaba, dice: «He ahí el Cordero de Dios». Los dos discípulos le oyeron hablar así y siguieron a Jesús. Jesús se volvió, y al ver que le seguían les dice: «¿Qué buscan?». Ellos le respondieron: «Rabbí —que quiere decir, “Maestro”— ¿dónde vives?». Les respondió: «Vengan y lo verán». Fueron, pues, vieron dónde vivía y se quedaron con Él aquel día. Era más o menos la hora décima. Andrés, el hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que habían oído a Juan y habían seguido a Jesús. Éste se encuentra primeramente con su hermano Simón y le dice: «Hemos encontrado al Mesías» —que quiere decir, Cristo—. Y le llevó donde Jesús. Jesús, fijando su mirada en él, le dijo: Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas —que quiere decir, “Piedra”.

Reflexión: Jn 1,35-42

Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas —que quiere decir, “Piedra”.

Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas —que quiere decir, “Piedra”.

Jesús llama, Jesús atrae, Jesús escoge, Jesús bautiza. ¡Qué importantes son los nombres para el Señor! Es verdad que estos sirven para identificarnos y no sé cuánto nos aplicamos en realidad en seleccionarlos. Quizás en general la mayoría de los padres piensan bastante antes de escoger y dar nombre a sus hijos, y en esta selección, en este nombre hay una intención, una especie de sello y encargo que habrá de acompañarnos toda la vida. Sello, porque lo llevaremos con nosotros por donde vayamos y encargo, porque así mismo llevaremos impresa la misión y visión de nuestros padres. Ayer recordábamos el santísimo nombre de Jesús, “Dios con nosotros”, “el que salvará a su pueblo de sus pecados” y hoy vemos a Jesús poniéndole a Simón el nombre con el que todos lo recordamos: Cefas, Pedro, Piedra…Es que Pedro estaría llamado a ser la piedra sobre la cual edificaría Su Iglesia. Nuevamente estamos ante la iniciativa de Dios. Es Él quien decide. Es Él quien lo hace posible. No se trata de auscultar las cualidades de Pedro, de examinar por cuál de sus méritos obtiene este privilegio. No se trata de merecimientos nuestros, sino del Plan y la Voluntad de Dios, en los que todos jugamos un papel que Él nos asigna en función de la Salvación. Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas —que quiere decir, “Piedra”.

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Lucas 17, 11-19 – tu fe te ha salvado

Texto del evangelio (Lc 17, 11-19) – tu fe te ha salvado

Un día, de camino a Jerusalén, Jesús pasaba por los confines entre Samaría y Galilea, y, al entrar en un pueblo, salieron a su encuentro diez hombres leprosos, que se pararon a distancia y, levantando la voz, dijeron: ¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!». Al verlos, les dijo: Vayan y preséntense a los sacerdotes.

Y sucedió que, mientras iban, quedaron limpios. Uno de ellos, viéndose curado, se volvió glorificando a Dios en alta voz; y postrándose rostro en tierra a los pies de Jesús, le daba gracias; y éste era un samaritano. Tomó la palabra Jesús y dijo: ¿No quedaron limpios los diez? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios sino este extranjero?. Y le dijo: Levántate y vete; tu fe te ha salvado.

Reflexión: Lc 17, 11-19

Y le dijo: Levántate y vete; tu fe te ha salvado.

Y le dijo: Levántate y vete; tu fe te ha salvado.

El Señor exige de nosotros mucho más de lo que muchas veces estamos dispuestos a dar, y es que Él ve y va más allá; en cambio nosotros nos conformamos con resolver, solucionar, superar el obstáculo que se nos presenta hoy y ahora. Este es el caso de los 10 leprosos. Es verdad que tenían una enfermedad terrible, incurable y que hacía tales estragos en quienes la padecían, que era casi como estar muertos en vida, así que poder superarla solo era posible por un milagro y quienes, como en este caso, pudieran hacerlo naturalmente sentirían que habían vuelto a la vida, que lo peor que pudo pasarles estaba superado, que estaban renaciendo…Podemos imaginar la euforia que tal situación podía generar en ellos. Viéndose curados ¿se habrían presentado a los sacerdotes como Jesús les instruyó? Seguro que sí. No podrían en peligro de ningún modo su curación, que fue lo mejor que según ellos podía haberles ocurrido, como seguramente todos estaríamos de acuerdo. ¡Qué más podían pedir! Habían vuelto a la normalidad. De aquí en adelante serían como cualquier otra persona. Este solo hecho era demasiado grande para no dejar estupefacto a cualquiera y sin embargo, pese a constarles que ello ocurrió por obedecer las instrucciones de Jesús, solo uno volvió a agradecerle…¿Por qué? Y le dijo: Levántate y vete; tu fe te ha salvado.

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Lucas 12, 13-21 – la vida de uno no está asegurada por sus bienes

Texto del evangelio (Lc 12, 13-21) – la vida de uno no está asegurada por sus bienes

En aquel tiempo, uno de la gente le dijo: «Maestro, di a mi hermano que reparta la herencia conmigo». Él le respondió: ¡Hombre! ¿quién me ha constituido juez o repartidor entre ustedes?. Y les dijo: Miren y guárdense de toda codicia, porque, aun en la abundancia, la vida de uno no está asegurada por sus bienes.

Les dijo una parábola: «Los campos de cierto hombre rico dieron mucho fruto; y pensaba entre sí, diciendo: ‘¿Qué haré, pues no tengo donde reunir mi cosecha?’. Y dijo: ‘Voy a hacer esto: Voy a demoler mis graneros, y edificaré otros más grandes y reuniré allí todo mi trigo y mis bienes, y diré a mi alma: Alma, tienes muchos bienes en reserva para muchos años. Descansa, come, bebe, banquetea’. Pero Dios le dijo: ‘¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma; las cosas que preparaste, ¿para quién serán?’. Así es el que atesora riquezas para sí, y no se enriquece en orden a Dios».

Reflexión: Lc 12, 13-21

la vida de uno no está asegurada por sus bienes

la vida de uno no está asegurada por sus bienes

Meditando estas palabras y procurando hacer que resuenen en nosotros, de pronto vemos con mucha claridad una idea que tal vez pueda parecer polémica a algunos, sin embargo es preciso exponerla, porque sentimos que estamos en la senda correcta y en sintonía del Espíritu de Jesús. En primer lugar llama la atención aquella respuesta de Jesús refiriéndose a quién me ha constituido juez o repartidor entre ustedes. ¿No es esto lo que con frecuencia esperamos de Dios? ¿No es esto lo que muchas veces le reclamamos y hasta reprochamos? ¿Por qué le das tanto a aquel, a ese y a mi tan poco? ¿Por qué aquellos tienen para botar, para desperdiciar o para gozar en abundancia y en cambio nosotros la pasamos con las justas e incluso a veces no tenemos ni un pan para llevarnos a la boca? ¿Por qué no repartes mejor? ¿Es que nosotros no merecemos tanto como ellos? ¿No es que todos somos hijos tuyos? Y fijémonos la respuesta de Jesús: ¿quién me ha constituido juez o repartidor entre ustedes? Para muchos puede ser desconcertante, porque lo que esperamos es que Él haga justicia y esta -en nuestras cabezas-, consiste en una mejor distribución. La reflexión a la que parece invitarnos el Señor es: esta mejor distribución, que podríamos denominarla justicia, ¿le corresponde a Él? Por su respuesta parece que no. Detengámonos en este pensamiento un momento. Miren y guárdense de toda codicia, porque, aun en la abundancia, la vida de uno no está asegurada por sus bienes.

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Lucas 11, 42-46 – dejan a un lado la justicia y el amor a Dios

Texto del evangelio (Lc 11, 42-46) – dejan a un lado la justicia y el amor a Dios

En aquel tiempo, el Señor dijo: ¡Ay de ustedes, los fariseos, que pagan el diezmo de la menta, de la ruda y de toda hortaliza, y dejan a un lado la justicia y el amor a Dios! Esto es lo que había que practicar aunque sin omitir aquello. ¡Ay de ustedes, los fariseos, que aman el primer asiento en las sinagogas y que se les salude en las plazas! ¡Ay de ustedes, pues son como los sepulcros que no se ven, sobre los que andan los hombres sin saberlo!». Uno de los legistas le respondió: «¡Maestro, diciendo estas cosas, también nos injurias a nosotros!». Pero Él dijo: «¡Ay también de ustedes, los legistas, que imponen a los hombres cargas intolerables, y ustedes no las tocan ni con uno de sus dedos!».

Reflexión: Lc 11, 42-46

pagan el diezmo de la menta, de la ruda y de toda hortaliza, y dejan a un lado la justicia y el amor a Dios

pagan el diezmo de la menta, de la ruda y de toda hortaliza, y dejan a un lado la justicia y el amor a Dios

El Señor no tiene pelos en la lengua para cantarle la cartilla al más pintado. Esto es lo primero que destaca hoy. El Señor no se anda con rodeos y dices las cosas claras y de frente. No está cuidando su situación, ni evitando herir a las personas importantes e influyentes, que podrían decidir bajarle el dedo –como de hecho lo hicieron- y condenarlo no solo a la persecución, sino incluso a una muerte cruel. Este es el comportamiento ejemplar de Jesús que tanto nos cuesta asumir en nuestra vida cotidiana. ¿Nos hemos preguntado por qué? ¿Es que ahora no hay fariseos hipócritas ocupando puestos de mando en nuestra sociedad? ¿O es que eso estaba bien para Cristo, pero no para nosotros, seres insignificantes? ¡Qué fácil nos sacamos el bulto y nos hacemos cómplices de abusos e injusticias! Claro, tenemos que proteger nuestra estabilidad laboral, nuestra fuente de ingresos familiar, destinada a cubrir los gastos de subsistencia y salud de los nuestros…Por eso nos hacemos de la vista gorda y dejamos que la injusticia, la mentira y la corrupción se impongan. ¿Es este un proceder cristiano? ¿Y si todos tenemos excusas para dejar que el mal crezca y termine imponiéndose, a quién culparemos? Porque todos tenemos muy buenas excusas para disculparnos, para apartarnos, para no involucrarnos…Entonces: ¿Cristo estaba errado? ¿Su sacrificio fue inútil? ¿O es que es para otros, con más coraje, y no para nosotros? ¿Es solo coraje que nos falta? ¿No será también y sobre todo FE? ¡Ay de ustedes, los fariseos, que pagan el diezmo de la menta, de la ruda y de toda hortaliza, y dejan a un lado la justicia y el amor a Dios ! Esto es lo que había que practicar aunque sin omitir aquello.

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Lucas 17, 11-19 – tu fe te ha salvado

Texto del evangelio (Lc 17, 11-19) – tu fe te ha salvado

Un día, sucedió que, de camino a Jerusalén, Jesús pasaba por los confines entre Samaría y Galilea, y, al entrar en un pueblo, salieron a su encuentro diez hombres leprosos, que se pararon a distancia y, levantando la voz, dijeron: «¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!». Al verlos, les dijo: «Id y presentaos a los sacerdotes». Y sucedió que, mientras iban, quedaron limpios.

Uno de ellos, viéndose curado, se volvió glorificando a Dios en alta voz; y postrándose rostro en tierra a los pies de Jesús, le daba gracias; y éste era un samaritano. Tomó la palabra Jesús y dijo: ¿No quedaron limpios los diez? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios sino este extranjero?. Y le dijo: Levántate y vete; tu fe te ha salvado.

Reflexión: Lc 17, 11-19

Lo hemos repetido en varias oportunidades, pero hay que seguirlo haciendo, pues tiene que quedar grabado en nuestros subconscientes, si es preciso, que el Señor es Misericordioso, diría que ante todo y sobre todo. Pues nosotros tenemos que aprender a ser iguales. Dejarnos conmover por el sufrimiento, el dolor o el padecimiento de nuestros hermanos. Eso en primer lugar, antes de estar pidiendo cuentas, juzgando y midiendo si conviene aquí o no nuestra participación. Cuando nuestros hermanos piden ayuda, no podemos detenernos a hacer cálculos. Igual si es uno, son cinco o diez, como en este caso. Tenemos que estar dispuestos a darnos, sin importar cuantos sean, ni de donde provengan. Si en nuestras manos está el alivio de su sufrimiento, pues que así sea. Esta diría que es la primera lección de este pasaje que como dijimos, se reitera. ¡Tenemos que aprenderla! La misericordia ante todo. Debe ser como un acto reflejo nuestro. ¡Aprendamos a ejercerla de este modo, sin mirar a quién! ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios sino este extranjero?. Y le dijo: Levántate y vete; tu fe te ha salvado.

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Lucas 10, 25-37 – Vete y haz tú lo mismo

Texto del evangelio (Lc 10, 25-37) – Vete y haz tú lo mismo

En aquel tiempo, se levantó un maestro de la Ley, y dijo para poner a prueba a Jesús: «Maestro, ¿qué he de hacer para tener en herencia la vida eterna?». Él le dijo: «¿Qué está escrito en la Ley? ¿Cómo lees?». Respondió: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo». Díjole entonces: «Bien has respondido. Haz eso y vivirás».

Pero él, queriendo justificarse, dijo a Jesús: «Y ¿quién es mi prójimo?». Jesús respondió: «Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de salteadores, que, después de despojarle y golpearle, se fueron dejándole medio muerto. Casualmente, bajaba por aquel camino un sacerdote y, al verle, dio un rodeo. De igual modo, un levita que pasaba por aquel sitio le vio y dio un rodeo. Pero un samaritano que iba de camino llegó junto a él, y al verle tuvo compasión; y, acercándose, vendó sus heridas, echando en ellas aceite y vino; y montándole sobre su propia cabalgadura, le llevó a una posada y cuidó de él. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y dijo: Cuida de él y, si gastas algo más, te lo pagaré cuando vuelva. ¿Quién de estos tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores?». Él dijo: «El que practicó la misericordia con él». Díjole Jesús: Vete y haz tú lo mismo.

Casualmente, bajaba por aquel camino un sacerdote y, al verle, dio un rodeo.

Casualmente, bajaba por aquel camino un sacerdote y, al verle, dio un rodeo.

Reflexión: Lc 10, 25-37

No hay peor ciego que el que no quiere ver, es una afirmación muy conocida, que tiene que ver precisamente con el comportamiento de este maestro de la ley y lo que nos sucede muchas veces, que con tal de justificarnos nos hacemos los locos, los que no entendemos, los que necesitamos más explicaciones. La verdad es que no queremos entender o asumir nuestra responsabilidad. Preferimos evadirnos argumentando falta de comprensión o desconocimiento, como si pudiéramos engañar a Jesús. Es una pretensión absurda. Es preferible que reconozcamos que nos da flojera, que no estamos dispuestos a realizar ningún esfuerzo ni sacrificio, que lo queremos todo fácil y suave, a que nos hagamos los tontos con la pretensión de engañar a Jesús. ¡Vano esfuerzo! Podremos engañarnos a nosotros mismos y hasta a nuestros hermanos, pero nunca a Jesús. «El que practicó la misericordia con él». Díjole Jesús: Vete y haz tú lo mismo.

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