Maestro
Lucas 20,27-40 – para Él todos viven
Texto del evangelio (Lucas 20, 27-40 ) – para Él todos viven
En aquel tiempo, acercándose a Jesús algunos de los saduceos, esos que sostienen que no hay resurrección, le preguntaron: «Maestro, Moisés nos dejó escrito que si muere el hermano de alguno, que estaba casado y no tenía hijos, que su hermano tome a la mujer para dar descendencia a su hermano. Eran siete hermanos; habiendo tomado mujer el primero, murió sin hijos; y la tomó el segundo, luego el tercero; del mismo modo los siete murieron también sin dejar hijos. Finalmente, también murió la mujer. Ésta, pues, ¿de cuál de ellos será mujer en la resurrección? Porque los siete la tuvieron por mujer».
Jesús les dijo: «Los hijos de este mundo toman mujer o marido; pero los que alcancen a ser dignos de tener parte en aquel mundo y en la resurrección de entre los muertos, ni ellos tomarán mujer ni ellas marido, ni pueden ya morir, porque son como ángeles, y son hijos de Dios, siendo hijos de la resurrección. Y que los muertos resucitan lo ha indicado también Moisés en lo de la zarza, cuando llama al Señor el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. No es un Dios de muertos, sino de vivos, porque para Él todos viven».
Algunos de los escribas le dijeron: «Maestro, has hablado bien». Pues ya no se atrevían a preguntarle nada.
Reflexión: Lc 20,27-40
El Señor aprovecha de un hecho cotidiano, de un encuentro con este tipo de hombres que siempre están tratando de ponerlo a prueba en sus razonamientos, para ver si finalmente puede responder a sus preocupaciones que pueden ser nobles y sinceras. Después de todo se trata de gentes como cualquiera de nosotros, que tratan de comprender esta vida y se aferran a ciertas creencias para darle la explicación más lógica conforme a lo que les han enseñado y aprendido, conforme a su experiencia.
Muchos andamos en búsqueda de explicaciones y especialmente aquella que nos permita decir ya con estos es suficiente, esto estoy dispuesto a creerlo y será la roca sólida el cimiento sobre el que edificaré mi vida. Sea consciente o inconscientemente, eso es lo que hacemos. Por algo Dios nos dotó de inteligencia. Entonces, lo que hacemos es aplicarla, hasta respondernos con una lógica lo suficientemente contundente a nuestra inteligencia y razonamiento, para hacer de ella la base de nuestras vidas.
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Juan 20,11-18 – vete donde mis hermanos
Texto del evangelio (Juan 20,11-18) – vete donde mis hermanos
En aquel tiempo, estaba María junto al sepulcro fuera llorando. Y mientras lloraba se inclinó hacia el sepulcro, y ve dos ángeles de blanco, sentados donde había estado el cuerpo de Jesús, uno a la cabecera y otro a los pies. Dícenle ellos: «Mujer, ¿por qué lloras?». Ella les respondió: «Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto». Dicho esto, se volvió y vio a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús. Le dice Jesús: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?». Ella, pensando que era el encargado del huerto, le dice: «Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo me lo llevaré». Jesús le dice: «María». Ella se vuelve y le dice en hebreo: «Rabbuní», que quiere decir “Maestro”». Dícele Jesús: «No me toques, que todavía no he subido al Padre. Pero vete donde mis hermanos y diles: ‘Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios’». Fue María Magdalena y dijo a los discípulos que había visto al Señor y que había dicho estas palabras.
Reflexión: Jn 20,11-18
Cómo no sentirse desconcertado. ¿Qué había pasado finalmente con nuestro Señor? Todos esperábamos que saliera vencedor y sin embargo, lo crucificaron sin ninguna piedad. ¿Por qué, si era tan bueno? ¿Y, por qué si había sido capaz de ayudar a los demás, de hacer tantos milagros y prodigios, tratándose de él, no pudo hacer nada? Es algo que no llegamos a entender, como no lo hicieron sus discípulos entonces. Ciertamente lo que ocurre con Jesús es algo que escapa a nuestra inteligencia, a nuestra capacidad. Se la pasó hablando de Fe, de Amor, del Padre y de lo importante que era para Él hacer la Voluntad del Padre…Lo escuchamos muy atentamente y aprendimos a citar sus palabras, pero es obvio que no entendimos nada, porque tratábamos de interpretar sus palabras, como si hablara en un lenguaje figurativo. Por eso, cuando ocurre lo que estaba previsto y finalmente RESUCITA, como también lo había anunciado, no estamos listos, no estamos preparados para entenderlo y nos cuesta creerlo, aun teniéndolo al frente. Tenemos que oírlo hablar, tenemos que tocarlo, para convencernos. Si esto pasa con María Magdalena, que lo había visto y oído…¿Cuánto más con nosotros? Y sin embargo así fue. El encargo que da Jesús a María no puede ser más explícito:…vete donde mis hermanos y diles: ‘Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios’.
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Juan 13,1-15 – os he dado ejemplo
Texto del evangelio (Juan 13,1-15) – os he dado ejemplo
Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Durante la cena, cuando ya el diablo había puesto en el corazón a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarle, sabiendo que el Padre le había puesto todo en sus manos y que había salido de Dios y a Dios volvía, se levanta de la mesa, se quita sus vestidos y, tomando una toalla, se la ciñó. Luego echa agua en un lebrillo y se puso a lavar los pies de los discípulos y a secárselos con la toalla con que estaba ceñido.
Llega a Simón Pedro; éste le dice: «Señor, ¿tú lavarme a mí los pies?». Jesús le respondió: «Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora: lo comprenderás más tarde». Le dice Pedro: «No me lavarás los pies jamás». Jesús le respondió: «Si no te lavo, no tienes parte conmigo». Le dice Simón Pedro: «Señor, no sólo los pies, sino hasta las manos y la cabeza». Jesús le dice: «El que se ha bañado, no necesita lavarse; está del todo limpio. Y vosotros estáis limpios, aunque no todos». Sabía quién le iba a entregar, y por eso dijo: «No estáis limpios todos».
Después que les lavó los pies, tomó sus vestidos, volvió a la mesa, y les dijo: «¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis “el Maestro” y “el Señor”, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros. Porque os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros».
Reflexión: Jn 13,1-15
El Señor actúa, no en el sentido histriónico, sino que hace cosas todo el tiempo. Está en permanente actividad, y todos sus gestos, así como sus palabras, tienen un significado que va más allá de nuestra inteligencia y nuestra capacidad de percibir. Todos sus actos son trascendentes y están plagados de simbolismo, porque apela a todos nuestros sentidos para que le entendamos. Aun sabiéndolo, gente tan cercana como sus discípulos, como Pedro, no llegan a comprenderle del todo, ni dejan de sorprenderse, aunque estén dispuestos a acatar lo que diga el Señor. Lo vemos aquí…¿Qué es esto de lavarme los pies a mí, se pregunta Pedro? ¿Qué le pasa a nuestro Señor? ¿Ha perdido la razón? ¿Sabemos que Él es Hijo de Dios? ¿Cómo puede adoptar esta posición de servicio, propia de los empleados, de los esclavos de la casa? No, yo no lo puedo permitir y sin embargo el Señor le da una respuesta irrefutable, que no puede desdeñar, ya que hay muchas cosas que no entiende, pero de una cosa está seguro, ha de seguir a Su Señor donde vaya, en lo que haga, porque el es el Cristo. Esto es lo que mueve a Pedro que inmediatamente acepta dejarse hacer lo que Cristo disponga: «Si no te lavo, no tienes parte conmigo».
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Marcos 14,1—15,47 – Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios
Texto del evangelio (Marcos 14,1—15,47) – Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios
Faltaban dos días para la Pascua y los Ázimos. Los sumos sacerdotes y los escribas buscaban cómo prenderle con engaño y matarle. Pues decían: «Durante la fiesta no, no sea que haya alboroto del pueblo».
Estando Él en Betania, en casa de Simón el leproso, recostado a la mesa, vino una mujer que traía un frasco de alabastro con perfume puro de nardo, de mucho precio; quebró el frasco y lo derramó sobre su cabeza. Había algunos que se decían entre sí indignados: «¿Para qué este despilfarro de perfume? Se podía haber vendido este perfume por más de trescientos denarios y habérselo dado a los pobres». Y refunfuñaban contra ella. Mas Jesús dijo: «Dejadla. ¿Por qué la molestáis? Ha hecho una obra buena en mí. Porque pobres tendréis siempre con vosotros y podréis hacerles bien cuando queráis; pero a mí no me tendréis siempre. Ha hecho lo que ha podido. Se ha anticipado a embalsamar mi cuerpo para la sepultura. Yo os aseguro: dondequiera que se proclame la Buena Nueva, en el mundo entero, se hablará también de lo que ésta ha hecho para memoria suya».
Entonces, Judas Iscariote, uno de los Doce, se fue donde los sumos sacerdotes para entregárselo. Al oírlo ellos, se alegraron y prometieron darle dinero. Y él andaba buscando cómo le entregaría en momento oportuno.
El primer día de los Ázimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le dicen sus discípulos: «¿Dónde quieres que vayamos a hacer los preparativos para que comas el cordero de Pascua?». Entonces, envía a dos de sus discípulos y les dice: «Id a la ciudad; os saldrá al encuentro un hombre llevando un cántaro de agua; seguidle y allí donde entre, decid al dueño de la casa: ‘El Maestro dice: ¿Dónde está mi sala, donde pueda comer la Pascua con mis discípulos?’. Él os enseñará en el piso superior una sala grande, ya dispuesta y preparada; haced allí los preparativos para nosotros». Los discípulos salieron, llegaron a la ciudad, lo encontraron tal como les había dicho, y prepararon la Pascua.
Y al atardecer, llega Él con los Doce. Y mientras comían recostados, Jesús dijo: «Yo os aseguro que uno de vosotros me entregará, el que come conmigo». Ellos empezaron a entristecerse y a decirle uno tras otro: «¿Acaso soy yo?». Él les dijo: «Uno de los Doce que moja conmigo en el mismo plato. Porque el Hijo del hombre se va, como está escrito de Él, pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre es entregado! ¡Más le valdría a ese hombre no haber nacido!».
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Mateo 23,1-12 – El mayor entre vosotros será vuestro servidor
Texto del evangelio (Mateo 23,1-12) – El mayor entre vosotros será vuestro servidor
En aquel tiempo, Jesús se dirigió a la gente y a sus discípulos y les dijo: «En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos. Haced, pues, y observad todo lo que os digan; pero no imitéis su conducta, porque dicen y no hacen. Atan cargas pesadas y las echan a las espaldas de la gente, pero ellos ni con el dedo quieren moverlas. Todas sus obras las hacen para ser vistos por los hombres; se hacen bien anchas las filacterias y bien largas las orlas del manto; quieren el primer puesto en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas, que se les salude en las plazas y que la gente les llame “Rabbí”.
»Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar “Rabbí”, porque uno solo es vuestro Maestro; y vosotros sois todos hermanos. Ni llaméis a nadie “Padre” vuestro en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre: el del cielo. Ni tampoco os dejéis llamar “Doctores”, porque uno solo es vuestro Doctor: Cristo. El mayor entre vosotros será vuestro servidor. Pues el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado».
Reflexión: Mt 23,1-12
¡Qué de revelaciones nos trae hoy Jesús! ¡Nadie se puede quejar! Tenemos el Secreto en nuestras manos. Si, aquel Secreto del que hablan tantos, porque el que se desviven otros tantos y del que lucran algunos. Está descrito aquí y está al alcance de todos. El gran Secreto es precisamente ese, que no es ningún secreto, que por obvio y evidente, pasa desapercibido. Está como mimetizado y por eso no le vemos o tal vez no le queremos ver. El mayor entre vosotros será vuestro servidor.
Persiguiendo fórmulas secretas para alcanzar el éxito y la felicidad en nuestras vidas, pasamos por alto las enseñanzas de Jesús, que muchos hemos tenido en nuestros hogares desde niños y empezamos a crear y creer en abigarrados modelos que no constituyen sino una copia burda del mensaje del Señor. Porque lo dicen en Hollywood, porque está escrito en twitter y facebook, porque hay montón de libros, páginas web y seminarios, nos parece aquello extraordinario. Pero ¿qué tiene de nuevo? Si está basado en los mismos principios que nos revela Jesús, solo que sin sus exigencias y sin su simplicidad al alcance de todos. ¡Dios Padre, quiere que seas feliz! ¡Métete eso en la cabeza! ¡Eso es lo que Jesús ha venido a Revelarnos! Pero la felicidad, contrariamente a lo que muchos pensamos no está en recibir, sino en dar; no está en ser amado, como en amar; ni en ser consolado, como en consolar. ¡Ese es el secreto!
¿No es fácil? ¡Nunca pretendió serlo! ¡Es sencillo, que no es lo mismo que fácil! ¿Entonces, cómo puede estar al alcance de todos? Porque todos tenemos lo que necesitamos para alcanzarla: libertad, inteligencia y voluntad. ¡Es solo que hay que aplicarlas, en dosis que vayan más allá del conformismo muelle a que tanto nos tienen acostumbrados estos tiempos modernos! Lo que pasa es que el Demonio, también hace su parte. Él no quiere que encontremos la felicidad; el no quiere que encontremos el sentido a nuestras vidas y nos salvemos, porque en nuestra salvación está su perdición. Recordemos que él está compitiendo con Dios y quiere ganarlo. Propósito insensato, destinado al fracaso, ¡Él lo sabe! Pero no quiere irse solo. Está dispuesto a llevarse a cuanto incauto encuentre en su camino. No nos dejemos engañar por los cantos de sirena, ni por los atractivos del poder, El mayor entre vosotros será vuestro servidor.
Por eso ha venido Jesús, a despertarnos de este letargo mediocre que sólo conduce a la perdición. Y Dios, ¡No está dispuesto a perdernos! ¿No es esta una gran noticia? Él está haciendo todo por salvarnos, pero no puede obligarnos. Allí está a la luz y en nuestras manos El Secreto; lo tomamos o lo dejamos. Depende de nosotros. El Reino se ha acercado. Con Jesús, se han cumplido las promesas. No pidamos más, porque no lo tendremos. Aquí está el amado Hijo de Dios hecho hombre, muerto y resucitado. Recordemos que con su vida, muerte y resurrección, Él nos señala el Camino. Nadie mejor que Él para decir entonces: El mayor entre vosotros será vuestro servidor.
¡Qué fácil caemos en las garras y la tentación del poder! ¿Por qué ha calado en nosotros tan hondo el ocio, y no aspiramos nada más que a que otros hagan las tareas que nos corresponden, que otros se incomoden, que otros se ensucien, que pongan las manos en la masa y se esfuercen. Nosotros solo queremos la crema del pastel, y gozo del festín, sin haber dado nada, sino tal vez aquello que teníamos de sobra. No queremos incomodarnos y por eso ciframos nuestra felicidad en lo que hagan o dejen de hacer otros. Ellos son los causantes de nuestra alegría o nuestra desgracia. ¡Qué equivocados andamos! ¡Oigamos y reflexionemos en lo que nos dice hoy el Señor! El mayor entre vosotros será vuestro servidor. Y recuerda, que no se trata de una declaración lírica. Él nos lo ha mostrado con Su Vida. No se trata de decir lo que otros deben hacer, se trata de hacer y enseñar con el ejemplo.
Oremos:
Padre Santo, ayúdanos a llevar una vida ejemplar, en el sentido literal de la palabra. Que seamos ejemplo para otros. Ejemplo de bondad, de generosidad, de paciencia, de perseverancia, de solidaridad, de fe, de justicia, de amor…Haznos cautos, reservados, sinceros, ¡compasivos!…Te lo pido por Cristo nuestro Señor…Amén.
Roguemos al Señor…
Te lo pedimos Señor.
(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)
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Marcos 9,14-29 – generación incrédula.
Texto del evangelio (Marcos 9,14-29) – generación incrédula.
En aquel tiempo, Jesús bajó de la montaña y, al llegar donde los discípulos, vio a mucha gente que les rodeaba y a unos escribas que discutían con ellos. Toda la gente, al verle, quedó sorprendida y corrieron a saludarle. Él les preguntó: «¿De qué discutís con ellos?». Uno de entre la gente le respondió: «Maestro, te he traído a mi hijo que tiene un espíritu mudo y, dondequiera que se apodera de él, le derriba, le hace echar espumarajos, rechinar de dientes y lo deja rígido. He dicho a tus discípulos que lo expulsaran, pero no han podido».
Él les responde: «¡Oh generación incrédula! ¿Hasta cuándo estaré con vosotros? ¿Hasta cuándo habré de soportaros? ¡Traédmelo!». Y se lo trajeron. Apenas el espíritu vio a Jesús, agitó violentamente al muchacho y, cayendo en tierra, se revolcaba echando espumarajos. Entonces Él preguntó a su padre: «¿Cuánto tiempo hace que le viene sucediendo esto?». Le dijo: «Desde niño. Y muchas veces le ha arrojado al fuego y al agua para acabar con él; pero, si algo puedes, ayúdanos, compadécete de nosotros». Jesús le dijo: «¡Qué es eso de si puedes! ¡Todo es posible para quien cree!». Al instante, gritó el padre del muchacho: «¡Creo, ayuda a mi poca fe!».
Viendo Jesús que se agolpaba la gente, increpó al espíritu inmundo, diciéndole: «Espíritu sordo y mudo, yo te lo mando: sal de él y no entres más en él». Y el espíritu salió dando gritos y agitándole con violencia. El muchacho quedó como muerto, hasta el punto de que muchos decían que había muerto. Pero Jesús, tomándole de la mano, le levantó y él se puso en pie. Cuando Jesús entró en casa, le preguntaban en privado sus discípulos: «¿Por qué nosotros no pudimos expulsarle?». Les dijo: «Esta clase con nada puede ser arrojada sino con la oración».
Reflexión: Mc 9,14-29
Es muy difícil, sino imposible que logremos algo, más aún, expulsar demonios, si no tenemos fe y si n oramos. La oración nos permite ponernos en contacto con Dios e invocar Su Espíritu. Con Su intervención, si tenemos Fe, todo es posible. Lo difícil es que nos “hagamos dóciles a Su Espíritu”. Es que no llegamos a ponernos en sintonía y en armonía con Él. Para eso es precisa la oración. El orar, el apartarnos, como Jesús, a conversar con el Padre cada día, en cuanta ocasión sea posible, es necesario. Precisamente en este pasaje podemos ver algo que constituye una constante en el comportamiento de Jesús. Él se alejaba a orar. Comienzan estos versículos mencionando que Jesús bajó de la montaña…¿De qué montaña? ¿Vivía en la montaña? ¿Qué hacía en la montaña? Los discípulos y toda la gente acuden a Él y se amontonan a su alrededor a penas lo ven bajar…Como que lo esperaban. Pero ¿Qué hacía allá? ORABA, conversaba con el Padre, agradecía al Padre, suplicaba al Padre. Necesitaba estar en permanente contacto con el Padre. Precisamente en este mismo pasaje Jesús termina afirmando que «Esta clase con nada puede ser arrojada sino con la oración».
Con sus gestos, con su proceder y actitud, en pocas palabras les dice a sus discípulos, a la gente que lo rodea y a nosotros, que no podemos enfrentarnos al demonio sin la oración. Si flaqueamos en nuestra Fe, si no llagamos a creer y mucho menos a hacer lo que debemos, será porque falta oración en nuestras vidas. ¡Tenemos que orar! Nos quedamos embobados con los “efectos especiales”, con las manifestaciones externas de Espíritu de Dios, pero jamás podremos desatarlas y mucho menos imitarlas, sino tenemos fe. Y la fe se alimenta de la oración. Necesitamos llevar una vida de oración. De otro modo andaremos desorientados, frustrados, decepcionados, atontados…nos habremos convertido en una generación incrédula. Recordemos que ¡Todo es posible para quien cree!
Sí, claro, entonces seremos de los primeros en decir que ya no hay milagros; que eso era antes e incluso, blasfemando, llegaremos a afirmar que Dios ya no hace milagros o que quizás nunca los hizo. Racionalizaremos que aquellos eran unos pobres ignorantes a las que un tipo con ciertos poderes sensoriales o “paranormales” les hizo creer lo que le dio la gana. Es que sin una vida espiritual, sin oración, no se puede entender nada. Vida espiritual he dicho y no accidentalmente, porque el que ora, tiene en sus manos las llaves de esta vida y por lo tanto, también de la fe y por supuesto, la capacidad de expulsar demonios. Porque esta no es obra de hombres. Es obra que Dios realiza a través de nosotros. Él se manifestará a quien realmente cree. Y creerás y verás que tu fe se afianza y crece en la medida que puedas establecer contacto con Él, lo que es especialmente posible a través de la oración. Tal vez lo que nos está faltando para expiar nuestras faltas, nuestros pecados…para remontar nuestros problemas y superar los obstáculos de nuestro tiempo, sea precisamente la oración. Es que somos una generación incrédula.
¿Qué no? Pues revisemos un poco nuestras vidas. Cuanto queremos dejar librado a nuestra capacidad, a nuestras manos, a nuestra voluntad. No somos capaces de encontrar el momento apropiado para apartarnos y poner todo esto que nos agobia y aflige en manos del Señor. No se trata de ir a pedirle milagros y que resuelva como nosotros queremos y como nos conviene todo. No se trata de ir a pedirle que nos saquemos la Tinka, porque con eso, aparentemente resolveríamos todo. Se trata de entrar en sintonía con Él. De poner nuestra vida integra en sus manos. De esforzarnos por oír su Voluntad para nuestras vidas…¿Qué quieres de mí Señor?
Empezaré agradeciendo por todo lo que he recibido hasta el momento; por todo lo que tengo y soy. Por mis sentidos, por el nuevo día, porque puedo respirar, porque tengo abrigo y qué comer. Porque tengo familia, amigos, trabajo, patria…En fin. Luego pediré por todos aquellos que no tienen estas mismas posibilidades, estas mismas opciones; por todos los afligido y angustiados, para los que hoy comienza un día más de tormentos, o los que ni siquiera pudieron pegar un ojo debido a ellos…Pediré porque todos puedan recibir hoy tu poderosa consolación. Luego pediré que me hagas parte de ello; que me admitas como instrumento tuyo. Que me ayudes a llevar paz y amor allí donde vaya, por donde esté. Que actúe en Tu Nombre. Que seas Tu y no yo, el que viva en mí. ¡Qué se haga Tu Voluntad!
No quiero ser parte de esta generación incrédula. Quiero, por el contrario, ser de aquellos que revolucionan este mundo. De aquellos que reclamas a tu lado. ¡Quiero ser un hombre de fe y oración! Porque sé que allí encontraré las respuestas a todo aquello que nos aflige y angustia, a todo aquello que parece insalvable. ¡Déjame ponerme en tus manos!
Oremos:
Padre Santo, incrementa mi fe. Que no deje de orar, de encontrar el momento y lugar para estar contigo, para oírte y poner mi vida en tus manos. Haz que mi vida se trsnforme, para derrotar toda mi mezquindad y egoísmo. Desinstálame para trabajar por la construcción del Reino…te lo pedimos por Cristo nuestro Señor…Amén.
Roguemos al Señor…
Te lo pedimos Señor.
(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)
Leída (420) vecesMarcos 5,21-43 – tu fe te ha salvado
Texto del evangelio (Marcos 5,21-43) - tu fe te ha salvado
En aquel tiempo, Jesús pasó de nuevo en la barca a la otra orilla y se aglomeró junto a Él mucha gente; Él estaba a la orilla del mar. Llega uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo, y al verle, cae a sus pies, y le suplica con insistencia diciendo: «Mi hija está a punto de morir; ven, impón tus manos sobre ella, para que se salve y viva». Y se fue con él. Le seguía un gran gentío que le oprimía.
Entonces, una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años, y que había sufrido mucho con muchos médicos y había gastado todos sus bienes sin provecho alguno, antes bien, yendo a peor, habiendo oído lo que se decía de Jesús, se acercó por detrás entre la gente y tocó su manto. Pues decía: «Si logro tocar aunque sólo sea sus vestidos, me salvaré». Inmediatamente se le secó la fuente de sangre y sintió en su cuerpo que quedaba sana del mal. Al instante, Jesús, dándose cuenta de la fuerza que había salido de Él, se volvió entre la gente y decía: «¿Quién me ha tocado los vestidos?». Sus discípulos le contestaron: «Estás viendo que la gente te oprime y preguntas: ‘¿Quién me ha tocado?’». Pero Él miraba a su alrededor para descubrir a la que lo había hecho. Entonces, la mujer, viendo lo que le había sucedido, se acercó atemorizada y temblorosa, se postró ante Él y le contó toda la verdad. Él le dijo: «Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda curada de tu enfermedad».
Mientras estaba hablando llegan de la casa del jefe de la sinagoga unos diciendo: «Tu hija ha muerto; ¿a qué molestar ya al Maestro?». Jesús que oyó lo que habían dicho, dice al jefe de la sinagoga: «No temas; solamente ten fe». Y no permitió que nadie le acompañara, a no ser Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegan a la casa del jefe de la sinagoga y observa el alboroto, unos que lloraban y otros que daban grandes alaridos. Entra y les dice: «¿Por qué alborotáis y lloráis? La niña no ha muerto; está dormida». Y se burlaban de Él. Pero Él después de echar fuera a todos, toma consigo al padre de la niña, a la madre y a los suyos, y entra donde estaba la niña. Y tomando la mano de la niña, le dice: «Talitá kum», que quiere decir: «Muchacha, a ti te digo, levántate». La muchacha se levantó al instante y se puso a andar, pues tenía doce años. Quedaron fuera de sí, llenos de estupor. Y les insistió mucho en que nadie lo supiera; y les dijo que le dieran a ella de comer.
Reflexión: Mc 5,21-43 - tu fe te ha salvado
¿Qué podemos decir de estas manifestaciones evidentes del poder de Dios? Son realmente extraordinarias. Ayer lo veíamos expulsando demonios; hoy venciendo a la enfermedad y nada menos que a la muerte. Es que para Dios, no hay imposibles. Esto es lo que tenemos que meternos en la cabeza. Lo único que hace falta para desencadenar este poder es tener FE.
Pero veamos y examinemos en qué consiste esta Fe. No es una confesión de boca, de palabra. Es más bien un movimiento interno que se proyecta en nuestros actos, en nuestro proceder.
La especial circunstancia en la que esta mujer que padecía flujo de sangre es curada merece especial atención, porque se trata de un milagro arrancado al vuelo. Contrasta con el que alcanza la hija de unos de los jefes de la Sinagoga, que fue expresamente a solicitárselo a Jesús. Pero en los dos casos el resultado es el mismo, porque ambos obtienen la curación pedida. El común denominador es la Fe.
El detalle aquél de Jesús, que iba evidentemente con su atención puesta en otra cosa y apretado por la muchedumbre, y que sin embargo se da cuenta que alguien lo ha tocado de modo especial, sirve precisamente para comunicarnos que Dios siempre está atento y presto a responder a quien se acerca a Él y le pide con Fe. Lo que Él hace y cómo lo hace, es un asunto que no nos incumbe. Dejémoslo a su entera Voluntad, que Él, con su inmenso poder sabrá responder. «Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda curada de tu enfermedad».
Finalmente meditemos un momento en que para Dios no hay imposibles…Se dice muy rápido, pero ¿realmente alcanzamos a entender el significado de esta oración? Claro, entonces alguien dirá y por qué a mí no me concede el milagro que con tanta ansia vengo pidiendo desde hace tanto tiempo. Creo que en tal caso debemos revisar nuestra vida. Algo no anda bien…Algo no se condice con la Voluntad de nuestro Padre. Podemos estar diciendo y repitiendo hasta el cansancio: sí, creo. Pero ¿damos testimonio de esta Fe con nuestros actos? ¿Hemos tomado la decisión de optar por el camino que nos propone el Señor? ¿Estamos encaminados, de modo tal que nuestros actos y nuestros pasos así lo demuestran? Si pudiéramos responder positivamente a todas estas preguntas, lo único que nos queda es precisamente tener Fe, es decir plena confianza en que el Señor sabrá darnos el Espíritu Santo en el momento justo. ¿A qué mayor riqueza y poder podemos aspirar?
¡Vivamos dando testimonio de nuestra Fe!
Oremos:
Padre Santo, danos Fe suficiente para vivir día a día, para enfrentar cada segundo al mundo, conforme a tus enseñanzas y sin perder la esperanza en la salvación definitiva, por ninguna circunstancia. Que seamos portadores de Fe, Esperanza y Caridad, allí donde más las necesitan… por Cristo nuestro Señor…Amén.
Roguemos al Señor…
Te lo pedimos Señor.
(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)
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Marcos 4,35-41 – ¿Cómo no tenéis fe?
Texto del evangelio (Mc 4,35-41)
Un día, al atardecer, dijo Jesús a sus discípulos: «Pasemos a la otra orilla». Despiden a la gente y le llevan en la barca, como estaba; e iban otras barcas con Él. En esto, se levantó una fuerte borrasca y las olas irrumpían en la barca, de suerte que ya se anegaba la barca. Él estaba en popa, durmiendo sobre un cabezal. Le despiertan y le dicen: «Maestro, ¿no te importa que perezcamos?».
Él, habiéndose despertado, increpó al viento y dijo al mar: «¡Calla, enmudece!» El viento se calmó y sobrevino una gran bonanza. Y les dijo: «¿Por qué estáis con tanto miedo? ¿Cómo no tenéis fe?». Ellos se llenaron de gran temor y se decían unos a otros: «Pues ¿quién es éste que hasta el viento y el mar le obedecen?».
Reflexión: Mc 4,35-41
A nosotros, como a sus discípulos entonces, nos pasa lo mismo. No le llegamos a creer. Nos asustamos y no llegamos a darnos cuenta que no podríamos estar más seguros que a su lado. Que Él tiene todo el poder para vencer al mundo y que de hecho ya lo ha vencido. ¡Si señores! ¡Esta batalla es nuestra! Es cuestión de tiempo y veremos cómo triunfa el amor sobre la tierra.
La semilla del Reino de Dios ha sido sembrada y crece cada día, tal como nos lo anticipó Jesús, quien con su sangre aseguró la sabia necesaria para garantizar la victoria final. Esto es irreversible. Así ocurrirá porque es Voluntad de nuestro Padre y muy pronto todos terminaremos por darnos cuenta…Cuanto antes, mejor.
Sí, es verdad. Seguramente alguno que otro tonto, alguno que otro necio terminará por perderse, por terco, por orgulloso, por soberbio, por egoísta. Esperemos que ni tu, ni yo, ni ninguno de nosotros sea contado entre los descarriados. Porque, claro, el Señor no obliga a nadie.
Todos estamos metidos en el mismo barco y Jesús va con nosotros…¿A qué hemos de temer? ¿A la tormenta? ¿A la borrasca? ¿A las guerras? ¿A la corrupción? ¿Al hambre? ¿A la contaminación? ¿A la depredación del planeta? ¿Al calentamiento global? ¡Dios está con nosotros y quiere que todos nos salvemos! Mantengámonos a su lado y confiemos en Él, que nada ni nadie se le puede oponer…que para Dios no hay imposibles. No es a nosotros que nos dice: ¿Cómo no tenéis fe?
Pienso en estos días en aquellos amigos, incluso familiares muy queridos, que tienen miedo a volar en los aviones, que en buena cuenta no son sino misiles sofisticados, vagones de un metro, diseñado para transportarnos más rápidamente, a algunos cientos de metros de la superficie terrestre. Claro, allí colgados, es difícil no sentir la indefensión, como les pasó a los discípulos en el pasaje que leemos.
Pero es que no nos hemos puesto a pensar que cada segundo de nuestras vidas estamos así colgados, expuestos al mismo peligro que con tanta fuerza percibimos dentro del avión. ¿Es una gracia de Dios que lleguemos al otro lado intactos? ¡Sin duda! Pero lo es tanto, como cada segundo que te permite proseguir con esta reflexión.
¿Te has puesto a pensar que aunque la mayor parte del tiempo no somos conscientes de ello, atravesamos el cosmos, sobre una roca que llamamos Tierra, a una velocidad que sería suficiente para dar vértigo al más valeroso de los mortales? ¿Acaso estamos solos en el universo para viajar a tales velocidades? Desde luego, todos son estimados, porque nadie se ha puesto a contar las estrellas, los planetas, los asteroides y cuanto cuerpo celeste existen solo en nuestra galaxia, pero dicen que habría alrededor de 300,000 millones de estrellas. ¡Si, estrellas, como el Sol! ¿Y planetas? Según un último censo efectuado por la NASA, la Vía Láctea, es decir nuestra galaxia tendría algo así como 50,000 millones de planetas…Y en estas cifras todavía no hemos contado los cometas, los meteoritos y otros…
Si estas cifras todavía no te hacen caer en la cuenta del milagro que constituye nuestra existencia, la tuya y la mía, te invito a tener en cuenta las siguientes. Dentro de esta multitud de cuerpos celeste que componen nuestra galaxia, todo, absolutamente todo está en movimiento. ¿Cómo es que no colisionamos? ¿Sabes a qué velocidad nos estamos desplazando en este momento por el cosmos, alrededor de nuestra galaxia? Si, mientras yo escribo y tu lees en la más tediosa inmovilidad…¡estamos viajando a 792,000 kilómetros por hora! Es decir más de 640 veces la velocidad del sonido. ¿No te parece un horror?
Luego, quien puede temer a los aviones, sintiendo amenazada su existencia, si la vida es un milagro cada centésima de segundo. ¡Estamos en las mejores manos! ¡Estamos en manos de Dios! ¡Confiemos en Él! ...¿Cómo no tenéis fe?
Aquí el cuadro de velocidades para meditar…sin contar con la de la luz, que también se produce en el cosmos que habitamos, la cual constituye un fenómeno abstracto para simples mortales, como nosotros.
Oremos:
Padre Santo, acrecienta nuestra fe. Que tomemos conciencia que sin Ti somos nada; que de Ti depende nuestra existencia cada día; que nos quieres contigo eternamente. Que solo temamos, realmente, alejarnos de Ti, porque mientras estemos contigo nada ni nadie podrá contra nosotros, por Cristo nuestro Señor…Amén.
Roguemos al Señor…
Te lo pedimos Señor.
(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)
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Lucas 21,5-11
Texto del evangelio (Lc 21,5-11)
En aquel tiempo, como dijeran algunos acerca del Templo que estaba adornado de bellas piedras y ofrendas votivas, Jesús dijo: «Esto que veis, llegarán días en que no quedará piedra sobre piedra que no sea derruida».
Le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo sucederá eso? Y ¿cuál será la señal de que todas estas cosas están para ocurrir?». Él dijo: «Estad alerta, no os dejéis engañar. Porque vendrán muchos usurpando mi nombre y diciendo: ‘Yo soy’ y ‘el tiempo está cerca’. No les sigáis. Cuando oigáis hablar de guerras y revoluciones, no os aterréis; porque es necesario que sucedan primero estas cosas, pero el fin no es inmediato». Entonces les dijo: «Se levantará nación contra nación y reino contra reino. Habrá grandes terremotos, peste y hambre en diversos lugares, habrá cosas espantosas, y grandes señales del cielo».
Reflexión: Lc 21,5-11
Habrá más de uno que tratará de interpretar literalmente estas palabras y anticipará grandes catástrofes antes del fin, y querrá ver en cada tiempo, en cada generación, las pruebas o las evidencias de que el fin está cerca.
Sin embargo y visto en perspectiva, el Señor no se refiere a un tiempo específico y si esa fue su intención, no nos dio señas suficientes como para decir que se refería a este o aquel acontecimiento. Y como el Señor siempre fue claro y sabio en lo que dijo, o se equivocaron los que después escribieron este pasaje o simplemente no quiso decir lo que muchos pretenden interpretar literalmente.
Me inclino por esto último y mis razones son las siguientes:
1. ¿Qué pudieron sentir los habitantes de Hiroshima y Nagasaki? Si tuvieron algunos segundos de conciencia, seguramente pensaron en este fin…
2. ¿Qué pensaron y sintieron las víctimas de los últimos terremotos y tsunamis? Habrá sido lo mismo, si tuvieron tiempo…
3. ¿Qué piensan y/o sienten los pasajeros de un bus que viajando en la noche de pronto se estrella, falleciendo entre los fierros retorcidos varios de sus ocupantes?
4. ¿Qué piensa o siente cualquier ser humano frente a la muerte, por el motivo que sea? ¿Qué creemos que sintieron o pensaron nuestros seres queridos?
Para todos ellos, el fin ya llegó. Como no puede ser de otro modo, llegó con la muerte, estuvieran donde estuvieran, en el tiempo y lugar que haya sido. La muerte es inexorable y, por lo tanto, en una perspectiva Divina, como ve Cristo al mundo, todo lo que vemos, por más faustuoso que nos parezca, desaparecerá. Desaparecieron los Mayas, los Aztecas, los Incas, los Griegos, los Romanos, los Egipcios…Cayó el Zar y luego la Unión Soviética. “Todo pasa y nada queda”, como diría el poeta.
Entonces, podemos pretender que Jesús quería darnos señales específicas del fin…¡No! Si reflexionamos, coincidiremos en que lo importante era señalar que todo, finalmente, llegará a su fin. Que nada de lo que vemos permanecerá…¡Solo Dios!
¡Aquí está el mensaje! ¡No nos dejemos engañar! Incluso el templo desaparecerá, como de hecho ocurrió y podría ocurrir mañana con el Vaticano y la Capilla Sixtina. Pero, ¿qué es lo importante? No que desaparezcan, no. Lo importante es que no hagamos caso a tonterías y nos mantengamos firmes en nuestra fe, creyendo que Dios es nuestro Padre y que Él envió a su único hijo, Jesucristo para Salvarnos.
Que sólo podemos manifestar nuestra fe si amamos. Que una fe sin obras es una fe muerta. Que amando damos cuenta de aquello en lo que creemos. Que no importa lo que ocurra; sea que truene, llueva o arda…hemos de permanecer en el amor. Que solo así seremos fieles a Cristo y solo así entraremos al Reino.
El Señor nos advierte que llevados al extremo, estaremos tentados a renunciar, a hacer caso a otros, con la pretensión de salvarnos, de evitar la muerte, de evitar el dolor y el sufrimiento. Debemos mantenernos firmes aun en esas circunstancias. Para eso debemos educar nuestra fe, día a día, a fin de robustecerla, de modo tal que enfrentados a la adversidad, no renunciemos, sino que por el contrario lo reconozcamos y nos aferremos a Él, seguros de la victoria final. “Yo he vencido al Mundo”, nos dice el Señor. ¿Creemos? Creemos hoy…¿Le creeremos entonces? Preparémonos, para que cuando llegue ese momento en nuestras vidas –que habrá de llegar- estemos listos para responder con Amor, que es la forma en que se concretiza la Fe.
Oremos:
Padre Santo, fortalece nuestra Fe. Haznos fieles a Tu amor. Que amando a cuantos nos rodean demos testimonio de Tu Amor y de nuestra Fe. Fortalécenos para que estemos siempre listos para enfrentar y responder fielmente ante cualquier prueba, ante cualquier revés, ante cualquier calamidad, ante cualquier ofensa, ante cualquier agresión, ante cualquier sacrificio… por Cristo Nuestro Señor… Amén
Roguemos al Señor…
Te lo pedimos Señor.
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Mateo 22,34-40
Texto del evangelio (Mt 22,34-40)
En aquel tiempo, cuando los fariseos se enteraron de que Jesús había tapado la boca a los saduceos, se reunieron en grupo, y uno de ellos le preguntó con ánimo de ponerle a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento mayor de la Ley?». Él le dijo: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Éste es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas».
Reflexión: Mt 22,34-40
Creo que no siempre prestamos la debida atención a estas palabras, dichas nada menos que por Jesús, Hijo de Dios Padre. Él nos revela al Padre. Es por Él que somos salvados. Es por Él que sabemos cuál es el Camino, cuál es la Voluntad del Padre, qué espera de nosotros; por dónde debemos ir. Él ha venido a traer la Luz al mundo. Él es el Camino, la Verdad y la Vida.
¿Qué quiere decir todo esto? No son palabras nada más. Constituyen la respuestas que andábamos buscando. Estas nos revelan el Sentido de la vida. Es decir que, para quien quiera oir, en estas tres (3) líneas y un poquito más, se encuentra resumida la Voluntad del Padre y con ella la Receta de la felicidad. Es decir que si queremos realmente saber qué debemos hacer o hacia donde debemos ir, solo debemos empeñarnos en entender lo que nos revela aquí Cristo.
No necesitamos más libros, ni más erudición, ni dogmas, ni leyes, ni ciencia…Aquí está la respuesta a todas nuestras inquietudes, a todas nuestras preguntas, a todas nuestras dudas. En verdad, no se requiere más. El asunto está en que lo aceptemos; en que le creamos…en que tengamos Fe.
¿Cómo es que llegamos a enredarlo y complicarlo todo? No lo sé. Quizás en nuestro afán por suavizar las cosas, por adaptarlas, por morigerarlas para hacerlas más a nuestro modo, a nuestro capricho, a nuestro temple. Queremos poner ciertos límites a esta exigencia, que por momentos y en determinadas situaciones, nos parece exagerada. Por ejemplo, cuando hay pocas oportunidades para obtener un beneficio y somos demasiados los que competimos por él, no dudamos en hacernos de él a la primera, sin reparar en la infelicidad que ello podría acarrear a otros. Pocas veces estamos dispuestos a compartir. Lo queremos todo, primero para nosotros y después, si queda algo, lo que sobre, quizás lo compartamos.
Así actuamos. Somos en realidad muy egoístas. Y esta sociedad consumista, capitalista en la que vivimos, ha reforzado esta actitud exacerbando el individualismo. Yo, mi, me, conmigo…es lo primero; después vienen nosotros y si todavía hay espacio, ellos.
En cambio el Señor nos invita a mirar “arriba” y luego “al frente”. Es decir, fuera de nosotros. Y si hemos de ocuparnos de nosotros, será en la misma medida que hemos de hacerlo con los demás. Eh ahí el mandato: Dios primero, luego nuestros hermanos y finalmente nosotros. Este es el orden que nos propone el Señor y con seguridad es el único que nos sacará del hoyo en el que nos encontramos. Cuando todos podamos verlo, llegaremos a constituir el Reino en la Tierra. Esa es nuestra Misión. Es a divulgar esta Verdad que llamamos Evangelización.
Oremos:
Padre Santo, danos humildad para entender el Mensaje revelado por Jesús. Que vivamos según lo que nos propone, cambiando el orden comúnmente aceptado en nuestra sociedad y procurando el servicio a Ti y hacia los demás, antes que nuestro bienestar y comodidad. Sacúdenos de este egoísmo hedonista y consumista. ¡Danos el coraje de amar, sin barreras ni distingos!…Te lo pedimos por Cristo Nuestro Señor… Amén
Roguemos al Señor…
Te lo pedimos Señor.
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Mateo 12, 38-42
Texto del evangelio (Mt 12, 38-42)
En aquel tiempo, le interpelaron algunos escribas y fariseos: «Maestro, queremos ver una señal hecha por ti». Mas Él les respondió: «¡Generación malvada y adúltera! Una señal pide, y no se le dará otra señal que la señal del profeta Jonás. Porque de la misma manera que Jonás estuvo en el vientre del cetáceo tres días y tres noches, así también el Hijo del hombre estará en el seno de la tierra tres días y tres noches. Los ninivitas se levantarán en el Juicio con esta generación y la condenarán; porque ellos se convirtieron por la predicación de Jonás, y aquí hay algo más que Jonás. La reina del Mediodía se levantará en el Juicio con esta generación y la condenará; porque ella vino de los confines de la tierra a oír la sabiduría de Salomón, y aquí hay algo más que Salomón».
Reflexión: Mt 12, 38-42
Es la historia de siempre. Siempre queremos más. Nada nos parece suficiente. No nos conformamos. Tenemos decenas de evidencias en nuestras vidas de la presencia del Señor, de su Bondad, de su Generosidad, de su Amor. Pero en algún momento decidimos que no es suficiente, que no basta y nos cruzamos de brazos a esperar la próxima, esa que nos falta para decidirnos y entregarnos plenamente, porque la anterior, vista a la distancia, ya no parece tan definitiva…A lo mejor fue solo idea mía, nos decimos.
¡Que más tengo que hacer para que crean!, nos dice el Señor. ¡No tendrán ninguna prueba más! ¡Las tienen todas!
¿Es esto cierto? Detengámonos un momento a meditar en nuestras vidas. Veamos lo que hemos recibido, lo que hemos pasado, lo que nos viene ocurriendo. ¿Es que nuestras vidas tienen alguna direccionalidad? ¿Es que van a algún sitio? ¿O es que discurren sin ton ni son? ¿De quién es esta obra? ¿Quién lo ha hecho posible?
¿Qué es aquello que realmente has decidió en tu vida? ¿Cuándo empezaste a gobernarla? ¿Cuándo tomaste las riendas? ¿Todo ha sido obra tuya? Piensa bien…¿Todo lo que tienes lo merecías? ¿Lo ganaste? ¿Lo lograste?
Empecemos por lo más básico: ¿Tal vez escogiste dónde y cuándo nacer? ¿No? ¿Sabes de alguien que lo hizo? Si, para tu asombro seguramente hay alguien que si lo hizo, ese fue Jesús. ¿Que cómo lo sé? Pues hay libros que se escribieron decenas y aun centenas de años antes del nacimiento de Jesús en los que se anticipó no sólo su nacimiento, sino su vida y muerte. ¿No te parece suficiente? ¡Claro! Ya lo decíamos…¡Nada nos parece suficiente! Queremos ver chanchos volando. Esta es la necedad que clava en nosotros el maligno. La duda, la desconfianza en nuestro Creador, en nuestro Padre, en nuestro Salvador. ¿Por qué? Justamente porque no quiere que nos salvemos.
Quiere vernos hundidos, perdidos, esclavizados. En eso tiene cifrada su victoria. Por eso nos seduce y engaña; por eso se disfraza y nos hace creer estupideces. ¡Ese es nuestro enemigo! ¡El Príncipe de las tinieblas! El Rey de la mentira, de la soberbia, del orgullo, de la pereza, de la hipocresía y del egoísmo. El quiere verte arrastrándote como serpiente; siempre por el piso, por los recovecos, bajo las piedras, en los desagües, al acecho.
Traiciona, quita, rompe, gana, esconde, miente, engaña, no aceptes, roba; cobra el doble, cobra más; no dejes que te vean; hazlo, que nadie se da cuenta; aprovecha, sácate el clavo; es tuya, la tienes; ¡qué te importan los demás! ¿qué te dan ellos? ¡Sácale la vuelta! Ojos que no ven, corazón que no siente.
¿Hasta cuándo viviremos arrastrándonos? ¿Es que no ha venido el Señor a enseñarnos el Camino? ¿A iluminarlo con su luz? ¿Es que no quedó claro lo que teníamos que hacer? ¿O es que simplemente no queremos hacerlo, porque nos cuesta, porque preferimos lo laxo, lo plano, lo ligero, lo que no nos cuesta ni representa sacrificio.
¿Es que alguno de nosotros puede agregar un segundo a su vida? ¿Conoces a alguien que luego de muerto haya vuelto a vivir por lo menos un segundo adicional? Sí, en realidad sí: Jesucristo. Sin embargo no nos parece suficiente. Nos parece poco. Queremos algo más. ¿Alguien más? Quizás si yo…¡No seas cínico! ¿Cuántas veces te consta que estuviste a un pelo de pasar a la otra y sin embargo sigues aquí? ¿Cuántas veces? ¡Ah! ¿Ya no te acuerdas? ¡Qué cómodo! Sin embargo Dios como tú mismo saben que fueron muchas! A Él no lo engañas.
Entonces, ¿por qué no cambias? ¿Qué esperas? Es algo que debe pasar fuera de ti…Porque si es así, puedes esperar sentado, porque todo ha pasado frente a tus ojos y nada ha sido suficiente. Pero nadie te va a obligar y menos Dios. Él te ha creado libre y te quiere así. Eres tú el que debe decidir. Dios Padre ha puesto el bien más preciado en tus manos: Tu vida misma. Y nada le haría más dichoso que la lleves a buen término, que seas feliz POR SIEMPRE, pero depende de ti. Tú debes decidir. Levantarás cabeza y volarás o te seguirás arrastrando, escondiéndote por los rincones, comiendo carroña, avergonzado…
¡No seas tonto! ¡Ama, sé feliz, que para eso has sido creado!
Oremos:
Padre, te doy gracias por que hoy me traes nuevamente a Tu redil, a beber de la fuente de Tú Palabra, sin la cual soy nada. No dejes que me pierda. Que no me absorba la rutina diaria, a tal punto que te posponga, cuando sabemos que sin Ti soy nada. Dame de comer y de beber de tu cuerpo y de tu sangre cada día, para avanzar en la senda que me conduce a Ti ¡Te siento tan cerca! ¡No me dejes caer en tentación! Por Cristo nuestro Señor… Amén
Roguemos al Señor…
Te lo pedimos Señor.
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Mateo 23, 1-12
Texto del evangelio (Mt 23, 1-12)
En aquel tiempo, Jesús se dirigió a la gente y a sus discípulos y les dijo: «En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos. Haced, pues, y observad todo lo que os digan; pero no imitéis su conducta, porque dicen y no hacen. Atan cargas pesadas y las echan a las espaldas de la gente, pero ellos ni con el dedo quieren moverlas. Todas sus obras las hacen para ser vistos por los hombres; se hacen bien anchas las filacterias y bien largas las orlas del manto; quieren el primer puesto en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas, que se les salude en las plazas y que la gente les llame “Rabbí”.
»Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar “Rabbí”, porque uno solo es vuestro Maestro; y vosotros sois todos hermanos. Ni llaméis a nadie “Padre” vuestro en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre: el del cielo. Ni tampoco os dejéis llamar “Doctores”, porque uno solo es vuestro Doctor: Cristo. El mayor entre vosotros será vuestro servidor. Pues el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado».
Reflexión: Mt 23, 1-12
¿Qué es lo que perseguimos en la vida? Ojala fuera servir al Señor. Lamentablemente muchas veces lo único que queremos y buscamos son privilegios, reconocimientos, distinciones. De uno u otro modo, si no será riqueza por lo que nos distinguiremos, buscamos el poder, la fama, el reconocimiento público. Que se nos salude anteponiendo el grado de “nobleza” o profesional que hemos logrado: Ingeniero, licenciado, doctor, magister…Eso es notable especialmente en algunas provincias y generalizado en las entidades estatales.
Supongo que es una forma de justificar rápidamente porque está uno donde está y de exigir cierto respeto, aun antes de cruzar palabra con nuestro interlocutor. Si ha alcanzado tal reconocimiento, será por algo, debe ser la reflexión anticipada. Otros usarán anillos, pulseras, cadenas…Y, por último, habrá los que no pueden dejar de exhibirse en carros lujosos y con mujeres atractivas…
Todos pretendiendo abrirse camino, cosechar admiración y pleitesía de los menos favorecidos, de los humildes y de los espíritus frívolos, vacíos, que los envidian, anhelando estar en su lugar. Todos aquellos que se dejan deslumbrar y actúan servilmente frente al poder, el lujo o el dinero y que tan prestamente los desprecian, una vez que estos desaparecen.
Los apegos…¿Serán parte de la naturaleza humana? Por si así lo creemos, el Señor nos viene a decir que no. Nosotros debemos tener nuestros ojos puestos en otros tesoros, que han de estar allí, “donde ni el ladrón ni la polilla alcanzan”. ¿Cuál ha de ser nuestro mayor tesoro? El descubrir que somos hijos de Dios, que Dios es nuestro Padre y que por lo tanto todos, TODOS somos hermanos. Esta es, si se quiere, la UNICA distinción. La más grande, que ni si quiera debemos buscar, porque ha sido Dios mismo, con toda su sabiduría y generosidad el que nos la ha dado. Todos la tenemos por igual y es nuestro deber preservarla. ¿Cómo? Haciendo Su Voluntad.
Entonces, en primer lugar debemos ser humildes, porque no existe mérito alguno en esta distinción, que es la mayor que creatura alguna en el Universo podría alcanzar. Es Dios quien nos la ha dado por Su Voluntad, porque así le ha parecido bien, porque así lo ha querido. Porque Él nos amó desde siempre y quiere reunirse con nosotros en el Banquete sin fin. Si hemos de estar presentes o no, depende de nosotros, porque Él nos ha creado libres…Nos invita, nos propone, más no nos obliga. Hemos de elegir.
¿De qué podemos jactarnos entonces? Hemos de ser humildes, acatar y hacer la Voluntad del Padre, como el Señor mismo nos enseño, al extremo de dar su vida por nuestra salvación, aun de aquellos que no la quieren y la rechazan; a ese extremo…
¿Y por qué hizo esto el Señor?¿Acaso por lograr alguna distinción, algún título nobiliario, algún poder político, alguna posesión territorial? ¡No! Lo hizo por amor, por nosotros, porque así lo había dispuesto el Padre. Ese es el ejemplo, el Camino que hemos de seguir.
Y, sin embargo, el Señor siempre nos habló en palabras que pudiéramos entender. Por ello nos presentó Su Reino, como aquel que no es de este mundo, porque hay que nacer de nuevo para entenderlo, para seguirlo, para verlo brotar y crecer, para ponerse a su servicio. Este no es otro que el Reino del Amor Celestial; aquél al que todos estamos invitados, y al que no podemos entrar sino amando a nuestros hermanos. Esa es la única credencial que vale; la única que será tenida en cuenta. ¡Vivamos de tal modo, que brillen nuestras obras, para mayor Gloria de Dios!
Oremos:
Padre Santo, danos humildad. Que no andemos buscando privilegios ni nos jactemos de nada, que no hay nada que tengamos que no haya sido dado por Tu Voluntad. Que todo lo que somos y hemos recibido lo pongamos al servicio del Reino. Amén
Roguemos al Señor…
Te lo pedimos Señor.
(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)
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