Reflexiones del Evangelio de hoy -
Oremos por la paz en el mundo…
Miguel Damiani B.

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Cada día la Iglesia nos propone un evangelio y en cada uno de ellos el Señor nos da un mensaje.

Su palabra, como las manos del mejor alfarero, va modelando nuestro espíritu. Cada día nos enseña algo, nos corrige y orienta.

Si nos quedáramos con una sola palabra, con una frase y tratáramos de actuar conforme a ella, seguro que cada día seríamos mejores y estaríamos contribuyendo a la construcción del Reino






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Maestro

Lucas 17, 11-19 – tu fe te ha salvado

Texto del evangelio (Lc 17, 11-19) – tu fe te ha salvado

Un día, de camino a Jerusalén, Jesús pasaba por los confines entre Samaría y Galilea, y, al entrar en un pueblo, salieron a su encuentro diez hombres leprosos, que se pararon a distancia y, levantando la voz, dijeron: ¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!». Al verlos, les dijo: Vayan y preséntense a los sacerdotes.

Y sucedió que, mientras iban, quedaron limpios. Uno de ellos, viéndose curado, se volvió glorificando a Dios en alta voz; y postrándose rostro en tierra a los pies de Jesús, le daba gracias; y éste era un samaritano. Tomó la palabra Jesús y dijo: ¿No quedaron limpios los diez? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios sino este extranjero?. Y le dijo: Levántate y vete; tu fe te ha salvado.

Reflexión: Lc 17, 11-19

Y le dijo: Levántate y vete; tu fe te ha salvado.

Y le dijo: Levántate y vete; tu fe te ha salvado.

El Señor exige de nosotros mucho más de lo que muchas veces estamos dispuestos a dar, y es que Él ve y va más allá; en cambio nosotros nos conformamos con resolver, solucionar, superar el obstáculo que se nos presenta hoy y ahora. Este es el caso de los 10 leprosos. Es verdad que tenían una enfermedad terrible, incurable y que hacía tales estragos en quienes la padecían, que era casi como estar muertos en vida, así que poder superarla solo era posible por un milagro y quienes, como en este caso, pudieran hacerlo naturalmente sentirían que habían vuelto a la vida, que lo peor que pudo pasarles estaba superado, que estaban renaciendo…Podemos imaginar la euforia que tal situación podía generar en ellos. Viéndose curados ¿se habrían presentado a los sacerdotes como Jesús les instruyó? Seguro que sí. No podrían en peligro de ningún modo su curación, que fue lo mejor que según ellos podía haberles ocurrido, como seguramente todos estaríamos de acuerdo. ¡Qué más podían pedir! Habían vuelto a la normalidad. De aquí en adelante serían como cualquier otra persona. Este solo hecho era demasiado grande para no dejar estupefacto a cualquiera y sin embargo, pese a constarles que ello ocurrió por obedecer las instrucciones de Jesús, solo uno volvió a agradecerle…¿Por qué? Y le dijo: Levántate y vete; tu fe te ha salvado.

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Lucas 12, 13-21 – la vida de uno no está asegurada por sus bienes

Texto del evangelio (Lc 12, 13-21) – la vida de uno no está asegurada por sus bienes

En aquel tiempo, uno de la gente le dijo: «Maestro, di a mi hermano que reparta la herencia conmigo». Él le respondió: ¡Hombre! ¿quién me ha constituido juez o repartidor entre ustedes?. Y les dijo: Miren y guárdense de toda codicia, porque, aun en la abundancia, la vida de uno no está asegurada por sus bienes.

Les dijo una parábola: «Los campos de cierto hombre rico dieron mucho fruto; y pensaba entre sí, diciendo: ‘¿Qué haré, pues no tengo donde reunir mi cosecha?’. Y dijo: ‘Voy a hacer esto: Voy a demoler mis graneros, y edificaré otros más grandes y reuniré allí todo mi trigo y mis bienes, y diré a mi alma: Alma, tienes muchos bienes en reserva para muchos años. Descansa, come, bebe, banquetea’. Pero Dios le dijo: ‘¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma; las cosas que preparaste, ¿para quién serán?’. Así es el que atesora riquezas para sí, y no se enriquece en orden a Dios».

Reflexión: Lc 12, 13-21

la vida de uno no está asegurada por sus bienes

la vida de uno no está asegurada por sus bienes

Meditando estas palabras y procurando hacer que resuenen en nosotros, de pronto vemos con mucha claridad una idea que tal vez pueda parecer polémica a algunos, sin embargo es preciso exponerla, porque sentimos que estamos en la senda correcta y en sintonía del Espíritu de Jesús. En primer lugar llama la atención aquella respuesta de Jesús refiriéndose a quién me ha constituido juez o repartidor entre ustedes. ¿No es esto lo que con frecuencia esperamos de Dios? ¿No es esto lo que muchas veces le reclamamos y hasta reprochamos? ¿Por qué le das tanto a aquel, a ese y a mi tan poco? ¿Por qué aquellos tienen para botar, para desperdiciar o para gozar en abundancia y en cambio nosotros la pasamos con las justas e incluso a veces no tenemos ni un pan para llevarnos a la boca? ¿Por qué no repartes mejor? ¿Es que nosotros no merecemos tanto como ellos? ¿No es que todos somos hijos tuyos? Y fijémonos la respuesta de Jesús: ¿quién me ha constituido juez o repartidor entre ustedes? Para muchos puede ser desconcertante, porque lo que esperamos es que Él haga justicia y esta -en nuestras cabezas-, consiste en una mejor distribución. La reflexión a la que parece invitarnos el Señor es: esta mejor distribución, que podríamos denominarla justicia, ¿le corresponde a Él? Por su respuesta parece que no. Detengámonos en este pensamiento un momento. Miren y guárdense de toda codicia, porque, aun en la abundancia, la vida de uno no está asegurada por sus bienes.

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Lucas 11, 42-46 – dejan a un lado la justicia y el amor a Dios

Texto del evangelio (Lc 11, 42-46) – dejan a un lado la justicia y el amor a Dios

En aquel tiempo, el Señor dijo: ¡Ay de ustedes, los fariseos, que pagan el diezmo de la menta, de la ruda y de toda hortaliza, y dejan a un lado la justicia y el amor a Dios! Esto es lo que había que practicar aunque sin omitir aquello. ¡Ay de ustedes, los fariseos, que aman el primer asiento en las sinagogas y que se les salude en las plazas! ¡Ay de ustedes, pues son como los sepulcros que no se ven, sobre los que andan los hombres sin saberlo!». Uno de los legistas le respondió: «¡Maestro, diciendo estas cosas, también nos injurias a nosotros!». Pero Él dijo: «¡Ay también de ustedes, los legistas, que imponen a los hombres cargas intolerables, y ustedes no las tocan ni con uno de sus dedos!».

Reflexión: Lc 11, 42-46

pagan el diezmo de la menta, de la ruda y de toda hortaliza, y dejan a un lado la justicia y el amor a Dios

pagan el diezmo de la menta, de la ruda y de toda hortaliza, y dejan a un lado la justicia y el amor a Dios

El Señor no tiene pelos en la lengua para cantarle la cartilla al más pintado. Esto es lo primero que destaca hoy. El Señor no se anda con rodeos y dices las cosas claras y de frente. No está cuidando su situación, ni evitando herir a las personas importantes e influyentes, que podrían decidir bajarle el dedo –como de hecho lo hicieron- y condenarlo no solo a la persecución, sino incluso a una muerte cruel. Este es el comportamiento ejemplar de Jesús que tanto nos cuesta asumir en nuestra vida cotidiana. ¿Nos hemos preguntado por qué? ¿Es que ahora no hay fariseos hipócritas ocupando puestos de mando en nuestra sociedad? ¿O es que eso estaba bien para Cristo, pero no para nosotros, seres insignificantes? ¡Qué fácil nos sacamos el bulto y nos hacemos cómplices de abusos e injusticias! Claro, tenemos que proteger nuestra estabilidad laboral, nuestra fuente de ingresos familiar, destinada a cubrir los gastos de subsistencia y salud de los nuestros…Por eso nos hacemos de la vista gorda y dejamos que la injusticia, la mentira y la corrupción se impongan. ¿Es este un proceder cristiano? ¿Y si todos tenemos excusas para dejar que el mal crezca y termine imponiéndose, a quién culparemos? Porque todos tenemos muy buenas excusas para disculparnos, para apartarnos, para no involucrarnos…Entonces: ¿Cristo estaba errado? ¿Su sacrificio fue inútil? ¿O es que es para otros, con más coraje, y no para nosotros? ¿Es solo coraje que nos falta? ¿No será también y sobre todo FE? ¡Ay de ustedes, los fariseos, que pagan el diezmo de la menta, de la ruda y de toda hortaliza, y dejan a un lado la justicia y el amor a Dios ! Esto es lo que había que practicar aunque sin omitir aquello.

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Lucas 17, 11-19 – tu fe te ha salvado

Texto del evangelio (Lc 17, 11-19) – tu fe te ha salvado

Un día, sucedió que, de camino a Jerusalén, Jesús pasaba por los confines entre Samaría y Galilea, y, al entrar en un pueblo, salieron a su encuentro diez hombres leprosos, que se pararon a distancia y, levantando la voz, dijeron: «¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!». Al verlos, les dijo: «Id y presentaos a los sacerdotes». Y sucedió que, mientras iban, quedaron limpios.

Uno de ellos, viéndose curado, se volvió glorificando a Dios en alta voz; y postrándose rostro en tierra a los pies de Jesús, le daba gracias; y éste era un samaritano. Tomó la palabra Jesús y dijo: ¿No quedaron limpios los diez? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios sino este extranjero?. Y le dijo: Levántate y vete; tu fe te ha salvado.

Reflexión: Lc 17, 11-19

Lo hemos repetido en varias oportunidades, pero hay que seguirlo haciendo, pues tiene que quedar grabado en nuestros subconscientes, si es preciso, que el Señor es Misericordioso, diría que ante todo y sobre todo. Pues nosotros tenemos que aprender a ser iguales. Dejarnos conmover por el sufrimiento, el dolor o el padecimiento de nuestros hermanos. Eso en primer lugar, antes de estar pidiendo cuentas, juzgando y midiendo si conviene aquí o no nuestra participación. Cuando nuestros hermanos piden ayuda, no podemos detenernos a hacer cálculos. Igual si es uno, son cinco o diez, como en este caso. Tenemos que estar dispuestos a darnos, sin importar cuantos sean, ni de donde provengan. Si en nuestras manos está el alivio de su sufrimiento, pues que así sea. Esta diría que es la primera lección de este pasaje que como dijimos, se reitera. ¡Tenemos que aprenderla! La misericordia ante todo. Debe ser como un acto reflejo nuestro. ¡Aprendamos a ejercerla de este modo, sin mirar a quién! ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios sino este extranjero?. Y le dijo: Levántate y vete; tu fe te ha salvado.

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Lucas 10, 25-37 – Vete y haz tú lo mismo

Texto del evangelio (Lc 10, 25-37) – Vete y haz tú lo mismo

En aquel tiempo, se levantó un maestro de la Ley, y dijo para poner a prueba a Jesús: «Maestro, ¿qué he de hacer para tener en herencia la vida eterna?». Él le dijo: «¿Qué está escrito en la Ley? ¿Cómo lees?». Respondió: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo». Díjole entonces: «Bien has respondido. Haz eso y vivirás».

Pero él, queriendo justificarse, dijo a Jesús: «Y ¿quién es mi prójimo?». Jesús respondió: «Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de salteadores, que, después de despojarle y golpearle, se fueron dejándole medio muerto. Casualmente, bajaba por aquel camino un sacerdote y, al verle, dio un rodeo. De igual modo, un levita que pasaba por aquel sitio le vio y dio un rodeo. Pero un samaritano que iba de camino llegó junto a él, y al verle tuvo compasión; y, acercándose, vendó sus heridas, echando en ellas aceite y vino; y montándole sobre su propia cabalgadura, le llevó a una posada y cuidó de él. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y dijo: Cuida de él y, si gastas algo más, te lo pagaré cuando vuelva. ¿Quién de estos tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores?». Él dijo: «El que practicó la misericordia con él». Díjole Jesús: Vete y haz tú lo mismo.

Casualmente, bajaba por aquel camino un sacerdote y, al verle, dio un rodeo.

Casualmente, bajaba por aquel camino un sacerdote y, al verle, dio un rodeo.

Reflexión: Lc 10, 25-37

No hay peor ciego que el que no quiere ver, es una afirmación muy conocida, que tiene que ver precisamente con el comportamiento de este maestro de la ley y lo que nos sucede muchas veces, que con tal de justificarnos nos hacemos los locos, los que no entendemos, los que necesitamos más explicaciones. La verdad es que no queremos entender o asumir nuestra responsabilidad. Preferimos evadirnos argumentando falta de comprensión o desconocimiento, como si pudiéramos engañar a Jesús. Es una pretensión absurda. Es preferible que reconozcamos que nos da flojera, que no estamos dispuestos a realizar ningún esfuerzo ni sacrificio, que lo queremos todo fácil y suave, a que nos hagamos los tontos con la pretensión de engañar a Jesús. ¡Vano esfuerzo! Podremos engañarnos a nosotros mismos y hasta a nuestros hermanos, pero nunca a Jesús. «El que practicó la misericordia con él». Díjole Jesús: Vete y haz tú lo mismo.

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Lucas 9, 46-50 – el más pequeño de entre ustedes, ése es mayor

Texto del evangelio (Lc 9, 46-50) – el más pequeño de entre ustedes, ése es mayor

En aquel tiempo, se suscitó una discusión entre los discípulos sobre quién de ellos sería el mayor. Conociendo Jesús lo que pensaban en su corazón, tomó a un niño, le puso a su lado, y les dijo: «El que reciba a este niño en mi nombre, a mí me recibe; y el que me reciba a mí, recibe a Aquel que me ha enviado; pues el más pequeño de entre ustedes, ése es mayor».

Tomando Juan la palabra, dijo: «Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre, y tratamos de impedírselo, porque no viene con nosotros». Pero Jesús le dijo: «No se lo impidan, pues el que no está contra ustedes, está por ustedes».

...pues el más pequeño de entre ustedes, ése es mayor.

…pues el más pequeño de entre ustedes, ése es mayor.

Reflexión: (Lc 9, 46-50)

¡Qué riqueza de evangelio! ¡Muy difícil quedarnos con algo! ¡Son palabras tan luminosas! Se me ocurre gritar ahora: ¡No seamos mezquinos! Siempre comparándonos y regateando méritos a los demás. ¡Nosotros no somos tan brillantes como nos creemos! ¡Dejemos que los demás también digan su parte! Hay entre nosotros algunos que no podemos dejar de hablar. Todo el tiempo acaparamos la conversación, como si solo nuestra experiencia y nuestros pensamientos fueran válidos. Es verdad que a veces sentimos como que el Espíritu bulle incontenible en nosotros y nos resulta imposible dominarlo…Queremos dejarlo salir, dejarlo brotar, sin guardar ni refrenar nada. Y a cada profesión de fe le sigue otra y otra…No nos cansamos y podríamos seguir hablando y hablando mientras nos lo permitan. ¿Pero qué hay de los demás? ¿No tendríamos que controlarnos un poco, dejar el protagonismo y permitir que los demás se expresen también? Un poco de humildad nos vendría bien. Dejemos actuar al Señor. Recordemos que no por nada Dios nos hizo con dos orejas y una sola boca. Escuchemos el doble. «El que reciba a este niño en mi nombre, a mí me recibe; y el que me reciba a mí, recibe a Aquel que me ha enviado; pues el más pequeño de entre ustedes, ése es mayor».

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Lucas 7, 36-50 – Tu fe te ha salvado

Texto del evangelio (Lc 7, 36-50) – Tu fe te ha salvado

En aquel tiempo, un fariseo rogó a Jesús que comiera con él, y, entrando en la casa del fariseo, se puso a la mesa. Había en la ciudad una mujer pecadora pública, quien al saber que estaba comiendo en casa del fariseo, llevó un frasco de alabastro de perfume, y poniéndose detrás, a los pies de Jesús, comenzó a llorar, y con sus lágrimas le mojaba los pies y con los cabellos de su cabeza se los secaba; besaba sus pies y los ungía con el perfume.

Al verlo el fariseo que le había invitado, se decía para sí: «Si éste fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que le está tocando, pues es una pecadora». Jesús le respondió: «Simón, tengo algo que decirte». Él dijo: «Di, maestro». «Un acreedor tenía dos deudores: uno debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían para pagarle, perdonó a los dos. ¿Quién de ellos le amará más?». Respondió Simón: «Supongo que aquel a quien perdonó más». Él le dijo: «Has juzgado bien», y volviéndose hacia la mujer, dijo a Simón: «¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y no me diste agua para los pies. Ella, en cambio, ha mojado mis pies con lágrimas, y los ha secado con sus cabellos. No me diste el beso. Ella, desde que entró, no ha dejado de besarme los pies. No ungiste mi cabeza con aceite. Ella ha ungido mis pies con perfume. Por eso te digo que quedan perdonados sus muchos pecados, porque ha mostrado mucho amor. A quien poco se le perdona, poco amor muestra».

Y le dijo a ella: «Tus pecados quedan perdonados». Los comensales empezaron a decirse para sí: «¿Quién es éste que hasta perdona los pecados?». Pero Él dijo a la mujer: Tu fe te ha salvado. Vete en paz.

Reflexión: (Lc 7, 36-50)

Siempre estamos juzgando y comparando, en vez de fijarnos en nosotros mismos. Todo el tiempo viendo la paja en el ojo ajeno en vez de ver la viga que tenemos en el nuestro. Qué fácil nos resulta juzgar a los demás. Nos resulta muy cómodo y nuestra elocuencia desborda cuando se trata de referirnos a este, ese o aquél. Pero qué hay de nosotros. ¿Por qué no nos detenemos un poco más en nosotros mismos y examinamos lo que hacemos y lo que podríamos estar haciendo, en vez de fijarnos en lo que hacen o dejan de hacer los demás? ¿Por qué compararnos y menospreciar a los otros? ¿Qué sabemos lo que hay en la historia y los corazones de los demás? Dejemos la soberbia de lado y procuremos ser humildes, que nada de lo que tenemos y somos sería posible si Dios no lo permite. Si alguien es grande es Él. Los demás, somos tan solo sus humildes servidores…¿Qué más da quien pone más empeño en amarlo? Ocupémonos de dar lo mejor que podemos. Él nos da todo gratis, haciendo llover sobre justos y pecadores. Fijémonos en nuestras posibilidades y esforcémonos a fondo, sin compararnos, que nunca nada será suficiente, ni demasiado. «¿Quién es éste que hasta perdona los pecados?». Pero Él dijo a la mujer: Tu fe te ha salvado. Vete en paz.

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Lucas 6, 39-42 – ¿Podrá un ciego guiar a otro ciego?

Texto del evangelio (Lc 6, 39-42) – ¿Podrá un ciego guiar a otro ciego?

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos esta parábola: ¿Podrá un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo? No está el discípulo por encima del maestro. Todo discípulo que esté bien formado, será como su maestro. ¿Cómo es que miras la brizna que hay en el ojo de tu hermano, y no reparas en la viga que hay en tu propio ojo? ¿Cómo puedes decir a tu hermano: ‘Hermano, deja que saque la brizna que hay en tu ojo’, no viendo tú mismo la viga que hay en el tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces podrás ver para sacar la brizna que hay en el ojo de tu hermano».

¿Podrá un ciego guiar a otro ciego?

¿Podrá un ciego guiar a otro ciego?

Reflexión: Lc 6, 39-42

Somos muy prestos a juzgar y criticar. Siempre creemos que los demás no lo hacen como nosotros lo hubiéramos hecho. ¿Por qué somos tan vanidosos? ¿Por qué nos ponemos en el centro y nos erigimos en la medida? Todo queremos juzgarlo según nuestros criterios y algunos de nosotros –en este sentido-, somos realmente intolerables. Solo tenemos oídos para nosotros mismos. Hacemos como que escuchamos a los demás, pero en realidad nos importa muy poco lo que puedan decirnos, porque solo tenemos ojos y oídos para nosotros. Somos testarudos y difícilmente cambiamos de opinión, una vez que nos hemos aferrado a una idea. ¡Es como nosotros decimos, como nosotros lo hemos concebido y punto! Estamos llenos de prejuicios e ideas pre establecidas. Queremos que todo se haga y funcione como mejor nos acomoda, incluso en las cosas más nimias. Si no es como nosotros pensamos y queremos, no cuenten con nosotros. No estamos dispuestos a ceder, porque sentimos que de este modo perdemos prestigio, poder, importancia…¡Que los otros cedan! ¿Podrá un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo?

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Mateo 22, 34-40 – De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas

Texto del evangelio (Mt 22, 34-40) – De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas

En aquel tiempo, cuando los fariseos se enteraron de que Jesús había tapado la boca a los saduceos, se reunieron en grupo, y uno de ellos le preguntó con ánimo de ponerle a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento mayor de la Ley?». Él le dijo: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Éste es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas.

Reflexión: Mt 22, 34-40

De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas

De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas

Todos los días el Señor nos enseña algo nuevo. Al menos esta es la sensación que tenemos quienes nos esforzamos por cumplir diariamente con la lectura de la Palabra de Dios, procurando hacer de ella nuestra guía. En verdad no debía haber nada más importante que este momento de oración antes de comenzar el día. Luego por condescendencia y para no incomodar a los seguidores de Cristo, nosotros mismos vamos tranzando y suavizando esto que debía ser fundamental, para convertirlo en una tibia recomendación que finalmente queda como el consejo de darse un tiempo cada día para orar y si es posible meditar la Palabra del Señor, sin darle mucha importancia al Evangelio que sea…Obviamente esto es preferible que nada, pero por esta misma vía poco a poco llegamos a que por lo menos se haga una vez a la semana, en la Misa Dominical, lo que siempre será mejor que nada, pero si nos ponemos a reflexionar seriamente, tenemos que concluir en que resulta una incoherencia, si tenemos en cuenta que el verdadero cristiano debe hacer de Cristo el centro de su vida. Por lo tanto, conocer Su Voluntad, meditarla y actuar según ella debe ser el primero y más importante acto de la vida cotidiana. Esto es a lo que Jesús nos invita todos los días, a quienes efectivamente nos esforzamos por seguirle. En realidad no hay otra forma de ser cristiano, exactamente como no puedes pretender ser parte de un equipo de fútbol profesional si no entrenas y lo tienes presente cada día, convirtiéndose en tu pensamiento, preocupación y acción cotidiana. Aun en este caso, el ser cristiano debía estar por encima de nuestra práctica deportiva, así que ya podemos imaginar el nivel del compromiso que Jesús nos exige. De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas.

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Mateo 19, 16-22 – para conseguir vida eterna

Texto del evangelio (Mt 19, 16-22) – para conseguir vida eterna

En aquel tiempo, un joven se acercó a Jesús y le dijo: Maestro, ¿qué he de hacer de bueno para conseguir vida eterna ?. Él le dijo: ¿Por qué me preguntas acerca de lo bueno? Uno solo es el Bueno. Mas si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos. «¿Cuáles?» —le dice él—. Y Jesús dijo: «No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre, y amarás a tu prójimo como a ti mismo». Dícele el joven: «Todo eso lo he guardado; ¿qué más me falta?». Jesús le dijo: «Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven, y sígueme». Al oír estas palabras, el joven se marchó entristecido, porque tenía muchos bienes.

Reflexión: Mt 19, 16-22

¿qué he de hacer de bueno para conseguir vida eterna ?

¿qué he de hacer de bueno para conseguir vida eterna ?

Aquí el Señor, en muy pocas palabras nos dice qué es necesario para alcanzar la vida eterna, si esa a la que todos aspiramos y quisiéramos tener. Gracias a Dios y a la muerte y resurrección de Jesucristo es posible alcanzarla. Está en nuestras manos lograrlo. Solo tenemos que quererlo con toda el alma y con todo el corazón. Cuando uno realmente quiere algo, debe proponerse conseguirlo y hacer lo indicado para alcanzar tal propósito. Por ejemplo, los Conquistadores españoles que quisieron alcanzar riqueza y fama, vieron esta posibilidad en las costas del Nuevo Continente y fueron muchos los que entregaron sus vidas por este propósito. Emboscados, torturados, asesinados, en constantes batallas por lo que querían y muchas veces por sus vidas. Muchos murieron en el camino. Si lees con atención estos pasajes de la historia encontrarás que realmente estos tuvieron una idea fija que los impulsaba con mucho valor, tesón y hasta testarudez. Tenían que alcanzar gloria, fama y fortuna, y algunos realmente lo lograron y pagaron muy caro por eso. ¿Pero qué lección podemos aprender para nuestras vidas? Que hay que trazarse una meta, que hay que tener un propósito muy firme en la vida, que hay que tomar decisiones, que deben ser acompañadas de firmeza y perseverancia. ¿Da lo mismo cual sea el fin? En cierto modo sí. Sin embargo hay uno sólo que es superior y este es el que aquí nos pone como meta el Señor: la perfección y la Vida Eterna. ¿qué he de hacer de bueno para conseguir vida eterna ?

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Mateo 17, 22-27 – libres están los hijos

Texto del evangelio (Mt 17, 22-27) – libres están los hijos

En aquel tiempo, yendo un día juntos por Galilea, Jesús dijo a sus discípulos: «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres; le matarán, y al tercer día resucitará». Y se entristecieron mucho.

Cuando entraron en Cafarnaúm, se acercaron a Pedro los que cobraban el didracma y le dijeron: «¿No paga vuestro Maestro el didracma?». Dice él: «Sí». Y cuando llegó a casa, se anticipó Jesús a decirle: «¿Qué te parece, Simón?; los reyes de la tierra, ¿de quién cobran tasas o tributo, de sus hijos o de los extraños?». Al contestar él: «De los extraños», Jesús le dijo: «Por tanto, libres están los hijos. Sin embargo, para que no les sirvamos de escándalo, vete al mar, echa el anzuelo, y el primer pez que salga, cógelo, ábrele la boca y encontrarás un estárter. Tómalo y dáselo por mí y por ti».

Reflexión: Mt 17, 22-27

libres están los hijos

libres están los hijos

Podemos percibir en esta historia otra forma que encuentra Jesús de decirle a Pedro ya través de él a todos nosotros que los hijos de Dios no están sujetos a las leyes de los hombres, porque está por encima de ellas gracias a que Dios nos ha creado libres. No tenemos por qué sujetarnos a ninguna ley, lo que no debe ser entendido como que somos o seremos unos transgresores. No es esto lo que se está consagrando con estas palabras. ¡No señor! Nosotros, como hijos de Dios, estamos libres de estas leyes, lo que no quiere decir que no las cumplamos, incluso con creces. Esto quiere decir, más bien, que nuestra ley, la Ley de Dios es superior y lo abarca todo. Todo está sujeto a Él, así que quien cumple Su ley, que es la mayor, definitivamente estará cumpliendo las leyes de los hombres, si son justas, por ser menores…libres están los hijos .

Los hombres hacen leyes que luego los poderosos las manejan de acuerdo a su conveniencia y su mejor parecer. Las amistades y sus preferencias permiten flexibilizar o endurecer su aplicación, la que muchas veces es arbitraria. No ocurre lo mismo con la Ley de Dios que es una e igual para todos. No es que se trate de un Dios inflexible, sino más bien justo, que espera de cada quien que dé conforme a los dones recibidos. Y es que la ley de Dios es muy simple y sin embargo está por encima de todas nuestras leyes. Sus mandamientos, como hemos repetido tantas veces se reducen a Dos en realidad: Amar a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos. Eso es todo lo que tenemos que hacer y no estamos obligados a nada más, porque somos libres. Sin embargo el Señor aquí nos enseña a obrar con prudencia, para que no les sirvamos de escándalo. Sin embargo, es sumamente interesante la forma en que, con la participación de Pedro, decide cumplir la ley…libres están los hijos .

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Lucas 12, 13-21 – la vida de uno no está asegurada por sus bienes

Texto del evangelio (Lc 12, 13-21) – la vida de uno no está asegurada por sus bienes

En aquel tiempo, uno de la gente le dijo: «Maestro, di a mi hermano que reparta la herencia conmigo». Él le respondió: «¡Hombre!, ¿quién me ha constituido juez o repartidor entre vosotros?». Y les dijo: Miren y guárdense de toda codicia, porque, aun en la abundancia, la vida de uno no está asegurada por sus bienes.

Les dijo una parábola: «Los campos de cierto hombre rico dieron mucho fruto; y pensaba entre sí, diciendo: ‘¿Qué haré, pues no tengo donde reunir mi cosecha?’. Y dijo: ‘Voy a hacer esto: Voy a demoler mis graneros, edificaré otros más grandes y reuniré allí todo mi trigo y mis bienes, y diré a mi alma: Alma, tienes muchos bienes en reserva para muchos años. Descansa, come, bebe, banquetea’. Pero Dios le dijo: ‘¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma; las cosas que preparaste, ¿para quién serán?’. Así es el que atesora riquezas para sí, y no se enriquece en orden a Dios».

Miren y guárdense de toda codicia, porque, aun en la abundancia, la vida de uno no está asegurada por sus bienes.

…aun en la abundancia, la vida de uno no está asegurada por sus bienes.

Reflexión: Lc 12, 13-21

Realmente nos cuesta entender y creer en lo que nos dice el Señor. Siempre pensamos que nos está hablando en modo figurativo y sin embargo el nos dice cosas muy concretas, pero como preferimos no oírlas, ni entenderlas, porque no estamos dispuestos a seguirlas, nos hacemos los desentendidos. Me atrevería a decir que este es uno de los mensajes que menos dispuestos estamos a oír y seguir. Es que todos tenemos algo, por mínimo que esto sea, a lo que nos aferramos con uñas y dientes. Puede ser una fotografía, un adorno, algo que alguien importante nos legó y de lo que no admitimos deshacernos por ningún motivo. Esto se hace más grande y notorio cuanto más rica es la persona. Así llegamos a atesorar obras de arte, fincas, propiedades, automóviles, costumbres y hasta personas…Parece mentira, pero así es. Miren y guárdense de toda codicia, porque, aun en la abundancia, la vida de uno no está asegurada por sus bienes.

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