Posts tagged: María

Lucas 2, 22-40

Texto del evangelio (Lc 2, 22-40)

Cuando se cumplieron los días de la purificación de ellos, según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarle al Señor, como está escrito en la Ley del Señor: «Todo varón primogénito será consagrado al Señor» y para ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o dos pichones, conforme a lo que se dice en la Ley del Señor.

Y he aquí que había en Jerusalén un hombre llamado Simeón; este hombre era justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y estaba en él el Espíritu Santo. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor. Movido por el Espíritu, vino al Templo; y cuando los padres introdujeron al niño Jesús, para cumplir lo que la Ley prescribía sobre Él, le tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz; porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel». Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de Él.

Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: «Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción —¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!— a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones».

Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, de edad avanzada; después de casarse había vivido siete años con su marido, y permaneció viuda hasta los ochenta y cuatro años; no se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día en ayunos y oraciones. Como se presentase en aquella misma hora, alababa a Dios y hablaba del Niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén. Así que cumplieron todas las cosas según la Ley del Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El Niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre Él.

Reflexión: Lc 2, 22-40

La complacencia y el alago gratuito no son precisamente la cosecha del cristiano. Quien obra con rectitud, no puede esperar, lamentablemente, ser aplaudido por quienes ostentan el poder, por aquellos cuyos intereses precisamente se ven afectados por el recto proceder cristiano. Es penoso y a veces duele, pero basta afrontar una situación con dignidad y reclamando justicia, para que inmediatamente salten como lobos aquellos que deben ceder un milímetro de sus prerrogativas, de su posición, de su patrimonio. No están dispuestos a hacerlo por ningún motivo. Menos si son obligados por las circunstancias o por algún miserable de aquellos a los que dejan comer las migajas que caen de su mesa.

¡Cómo puede osar alguno de estos miserables a exigirle dar, lo que da de pura bondad, porque así se lo ha impuesto a sí mismo, sin tener obligación alguna! ¡A qué vienen aquellas exigencias! ¡No me vengan con derechos! ¡Yo doy a quien me place y cuanto me place, lo único que pido es lealtad (sumisión, en realidad)!

 Este es el orden que viene a subvertir Jesús. Por eso Él y sus seguidores serán tan impopulares. Serán perseguidos y tendrán que obrar en la clandestinidad o someterse a los castigos y suplicios que los poderosos dictan en su contra.

Eso parece historia antigua, historia de circo, leones y cristianos…Sin embargo no lo es. Es muy cierto que Occidente asumió e hizo más digerible al cristianismo, al punto que países e imperios enteros se declararon cristianos y junto con ellos, sus gobernantes y sus clases dominantes. Sin embargo todo ello fue logrado a costa de acomodos y tergiversaciones tendientes a hacer inocuo el Evangelio. No por eso dejaron de existir los verdaderos cristianos, que siempre han actuado como dedo en la llaga, señalando la injusticia, el atropello, los abusos y la idolatría, de quienes llamándose muchas veces cristianos, han puesto por encima del amor, por encima de sus hermanos, el bienestar, la comodidad y las riquezas.

“Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción”, y ello será por siempre, mientras no se haya expandido el Reino en todo el mundo, mientras haya injusticia, mientras haya pobres, mientras haya hambre…mientras no hayamos aprendido a vivir como hermanos, compartiéndolo todo y poniendo como centro al Amor.

Estas preguntas pueden ser duras, sin embargo creo que pueden ayudarnos a desinstalarnos, a reflexionar en torno a lo que hacemos. Tú te dices cristiano y sin embargo solo cosechas aplausos y halagos por donde te mueves…¿Será que la Palabra del Señor se ha vuelto inocua o será más bien que la suavizas y degradas a tal extremo, que no constituye ya exigencia para nadie, y mucho menos para ti? ¿Vives cómodamente instalado, tienes todo lo que necesitas, sin ser rico quizás, mientras tus hermanos padecen todo tipo de necesidades…Será que te has vuelto insensible y egoísta, que no quieres ver ni involucrarte, para no afectar tu privilegiada situación? ¿Eres de los “intelectuales” de la fe y la religión, capaces de dar brillantes discursos, que sin embargo no dicen nada de tu propia vida? ¿Podemos hablar de cristianismo, sin que este se encarne en la vida misma? ¿La Verdad para ti se ha vuelto un hecho controversial, es decir que depende del ángulo del que se la mire? ¿Te has vuelto relativista? ¿Es Jesús relativista?

 

Oremos:

Señor, no permitas que nos perdamos. Que solo tu Luz ilumine nuestras vidas. Que busquemos y defendamos siempre la Verdad, la Justicia y el Amor. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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Juan 2, 1-12

Texto del evangelio (Jn 2, 1-12)

En aquel tiempo, se celebraba una boda en Caná de Galilea y estaba allí la madre de Jesús. Fue invitado también a la boda Jesús con sus discípulos. Y, como faltara vino, porque se había acabado el vino de la boda, le dice a Jesús su madre: «No tienen vino». Jesús le responde: «¿Qué tengo yo contigo, mujer? Todavía no ha llegado mi hora». Dice su madre a los sirvientes: «Haced lo que Él os diga».

Había allí seis tinajas de piedra, puestas para las purificaciones de los judíos, de dos o tres medidas cada una. Les dice Jesús: «Llenad las tinajas de agua». Y las llenaron hasta arriba. «Sacadlo ahora, les dice, y llevadlo al maestresala». Ellos lo llevaron. Cuando el maestresala probó el agua convertida en vino, como ignoraba de dónde era (los sirvientes, los que habían sacado el agua, sí que lo sabían), llama el maestresala al novio y le dice: «Todos sirven primero el vino bueno y cuando ya están bebidos, el inferior. Pero tú has guardado el vino bueno hasta ahora».

Así, en Caná de Galilea, dio Jesús comienzo a sus señales. Y manifestó su gloria, y creyeron en Él sus discípulos. Después bajó a Cafarnaúm con su madre y sus hermanos y sus discípulos, pero no se quedaron allí muchos días.

Reflexión: Jn 2, 1-12

Esta lectura nos da a conocer dos aspectos muy importantes de Jesús. Primero su humanidad, como consecuencia de la cual es sumamente sensible y perceptivo a  nuestras necesidades y debilidades. Tiene una madre, María, a cuyas órdenes y deseos no puede sustraerse. ¡Es su madre! Así, es notable que sea ella el morito de su primer milagro; que sea ella la que altera el programa que tenía trazado Jesús. Que sea ella la que le diga cuando ha llegado el momento de empezar y dónde. Jesús, como todo buen hijo es respetuoso y cariñoso con su madre, pero al mismo tiempo sabe lo que tiene que hacer, por eso le dice: «¿Qué tengo yo contigo, mujer? Todavía no ha llegado mi hora». Dice su madre a los sirvientes: «Haced lo que Él os diga».

Sin embargo, María insiste, con la autoridad y confianza que tiene toda madre en su hijo, al que le está pidiendo algo bueno…bueno para los demás, algo que exige desprendimiento, romper esquemas, salir del libreto, alterar los planes…pero que sin embargo sabe que es bueno. ¿Por qué no aquí? ¿Por qué no ahora? Parece decir María.

¿Cómo era aquél momento? Era, seguramente, de alegría, de confraternidad, de amistad, de amor. Era seguramente uno de esos momentos que algunos hemos tenido la suerte de vivir en familia. Esos momentos en que todos se reúnen en torno a un acontecimiento trascendente para la familia ampliada  y los amigos. Todos celebran felices un acontecimiento que dejará huella en sus vidas: un matrimonio. El sello que muchas veces sirve para unir dos grandes vertientes, dos familias. Matrimonio, símbolo de unión familiar, de profundo amor humano.

Risas, llantos, abrazos, promesas, recuerdos, planes, anécdotas, regaños, súplicas, reproches, alegría, baile, cariño, emoción, tertulia, buena comida, buen vino y mucho, mucho amor…Todos hemos tenido oportunidad de participar alguna vez de una de estas reuniones familiares, que han quedado guardadas en lo más profundo de nuestro corazón y muchas veces recordamos con nostalgia…¡Oh, la casa paterna! ¡Cómo se fueron aquellos años…!

Es precisamente en esa ocasión tan importante para la familia de Jesús, con la que Él había crecido, que su madre, María, le pide que resuelva un pequeño problema logístico o doméstico. Se acabó el vino; algo que podríamos pasar como suntuario. Sin embargo era importante para la celebración aquella. María había observado seguramente que algunos de los invitados estaban quedando algo desairados…quizás habían excedido en el número esperado. Quizás los novios y sus familias eran más populares y queridos de lo que pensaban…quizás había faltado algo de previsión, o quizás simplemente no habían tenido recursos suficientes para comprar lo necesario. Por lo que fuere, María quedó conmovida y sintió en su corazón que podía resolverlo, con la participación de su hijo. Y como cualquier madre haría, se lo pidió.

Jesús, aunque argumenta en son de reproche, no puede negarse a María. ¡Eh ahí un fundamento esencial de la devoción Mariana! Jesús oye a su madre y finalmente consiente en su pedido. No había nada malo en ello y aunque tenía otros planes, no encontró razón para no atender la súplica de su madre, para no complacerla.

Esas son las bodas de Caná. Un momento pleno de alegría y felicidad familiar, en el que Jesús, el enviado del Padre no puede dejar de manifestar también su alegría, derramando su Gracia en forma abundante. Dios está aquí y presta oídos a nuestras necesidades. Él no nos abandona nunca y goza con nosotros cuando se trata de celebrar el amor.

Oremos:

Padre Santo, ayúdanos con Tu intervención divina a resolver tantos malos entendidos y dificultades que encontramos en nuestras relaciones familiares. Ayúdanos a ceder, a dar el primer paso, a procurar siempre el entendimiento…a deponer nuestra altivez, nuestra resolución, por el bien de los demás, por la alegría y felicidad de los demás. Que seamos constructores de la unión familiar…que nos esforcemos por conseguirla. Que no nos conformemos con la tibieza y menos con el distanciamiento, como si no hubiera más remedio. ¡Ayúdanos, Señor. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Lucas 2, 22-35

Texto del evangelio (Lc 2, 22-35)

Cuando se cumplieron los días de la purificación según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarle al Señor, como está escrito en la Ley del Señor: Todo varón primogénito será consagrado al Señor y para ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o dos pichones, conforme a lo que se dice en la Ley del Señor.

Y he aquí que había en Jerusalén un hombre llamado Simeón; este hombre era justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y en él estaba el Espíritu Santo. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor. Movido por el Espíritu, vino al Templo; y cuando los padres introdujeron al Niño Jesús, para cumplir lo que la Ley prescribía sobre Él, le tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz; porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel».

Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de Él. Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: «Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción -¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!- a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones».

Reflexión: Lc 2, 22-35

Todos estos sucesos fueron previstos con mucha anticipación. Fueron profetizados y precisamente su cumplimiento debe ser razón suficiente para que creamos, ya que finalmente, todas estas previsiones, no son sino intervenciones de Dios en nuestra historia.

Dios ha querido salvarnos con nuestra propia intervención. Él que es Todopoderoso, no ha querido, sin embargo, hacer nada sin nuestro consentimiento y nuestra propia participación. Él necesita, exige que participemos. No se trata de sentarnos a mirar desde la tribuna…Tenemos que actuar. En cada una de sus manifestaciones, a la par que se hace imposible negar su existencia, su inspiración o su intervención, podemos ver que en ella siempre juegan un papel especial hombres y mujeres, comunes y corrientes, que muchas veces, como en este caso, actúan movidos y llenos del Espíritu Santo.

¿Qué se nos dice de Simeón? Que era justo y piadoso. Esto es lo que mínimamente se puede pedir a una persona correcta.  Que sea justa, es decir que de a cada quien lo que le corresponde y que sea piadosa, es decir que se incline humildemente ante el creador, que le reconozca y predisponga su espíritu para entrar en contacto con Dios permanentemente. Que sea Dios quien inspire su vida. Ese es un hombre piadoso, que puede ver y reconocer la presencia cotidiana de Dios, que espera en Él, que está en Su búsqueda permanentemente, que puede ver sus manifestaciones a cada paso…

Simeón ha encontrado el sentido de la vida. No hay nada más importante que su encuentro con Jesucristo, con el Salvador. Y es capaz de reconocer inmediatamente una gran Verdad, que cimienta toda la vida y prédica de Jesús: que Él es la luz que ha venido al mundo. Que el que cree en Él y sigue lo que Él ordena, tendrá vida eterna. Que Jesús es, finalmente, como el ácido aquél que sirve para separar el metal precioso de las impurezas. La sola presencia del Señor en nuestras vidas sirve para que inmediatamente los hombres nos decantemos: por un lado los que estamos con Él y por otro los que están en su contra. O recogemos o esparcimos. Para Él, no hay términos medios: “Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción… a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones”

Frente a Jesús, hay que tomar partido. No podemos permanecer indiferentes, ni postergarlo. Estás o no estás. Y es el Amor, la exigencia suprema. Para Dios, no basta la justicia. Es en la caridad que seremos examinados. Y la caridad es superior a la justicia, va más allá.

Oremos:

Padre Santo, concédenos la gracia de vivir en la caridad, de ir siempre en nuestras vidas más allá de la justicia mundana; de aspirar siempre a la mayor gloria de Dios.  ¡Amén!

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Lucas 1, 46-56

Texto del evangelio (Lc 1, 46-56)

 
En aquel tiempo, dijo María: «Engrandece mi alma al Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava, por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso, Santo es su nombre y su misericordia alcanza de generación en generación a los que le temen. Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los que son soberbios en su propio corazón. Derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes y despidió a los ricos sin nada. Acogió a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia —como había anunciado a nuestros padres— en favor de Abraham y de su linaje por los siglos».

Reflexión: Lc 1, 46-56

Es, pues, la Gracia que inunda a María la que la lleva a hacer esta declaración de fe profunda, esta exaltación a la Gloria y el Poder de Dios, que ha querido intervenir en nuestra historia, apiadándose de nosotros y manteniendo sus promesas, haciendo posible nuestra Salvación, gracias a su Hijo, que se hace hombre y viene a nosotros a través de María.

Qué otra cosa podemos sentir después de esta lectura, sino una gran consolación, que nos llega a través de las luminosas y sabias palabras de María, que sintetizan todo el evangelio en esta hermosa plegaria, inspirada por el Espíritu Santo.

Hemos sido colmados con toda clase de bienes materiales, espirituales y celestiales. Ha querido Dios en su grandeza, poner sus ojos y su esperanza en cada uno de nosotros. Ha querido hacernos partícipes de su Vida Divina, porque así le ha parecido bueno. Él, que nos amó primero, que nos amó desde siempre, nos convoca, nos invita a alcanzar la felicidad plena, lo que sólo es posible con nuestro consentimiento. Esta es la gran paradoja que nos cuesta entender: Dios, Todo Poderoso, no se impone a nosotros, sino que nos propone el camino, el mejor, para nuestros intereses y felicidad, sin embargo nos deja libres para que escojamos lo que queremos. Esta es la mejor muestra del respeto incondicional que Dios tiene hacia nuestra dignidad. Nos ha creado libres, nos ha dado inteligencia y voluntad…De nosotros depende nuestra salvación.

Diremos con María “Sí”, “•Sí, Señor, lo que Tú quieras”, Eh aquí la esclava del Señor, hágase en mí según Tu Palabra”. O rechazaremos esta invitación a participar en el Reino, porque tenemos muchas cosas que atender, mucho que cuidar, mucho que preservar, mucho que alcanzar…Tal vez cuando nos decidamos sea demasiado tarde. Dios quiera que no.

Oremos:

Señor queremos seguirte, queremos abandonarnos a Tu entera Voluntad. Danos el coraje, la decisión y la firmeza para acogerte y no abandonarte cuando las olas del mar arremetan bravamente contra nosotros. Amén.

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Lucas 1, 39-45

Texto del evangelio (Lc 1, 31-45)

En aquellos días, se levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y sucedió que, en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, e Isabel quedó llena de Espíritu Santo; y exclamando con gran voz, dijo: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; y ¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí? Porque, apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno. ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!».

Reflexión: Lc 1, 31-45

Quien tiene fe ve a Dios en todo lado, en cada cosa que le sucede…Todo es signo de la presencia de Dios en su vida, y todo lo medita y acoge como una señal. La vida está llena de “señales luminosas” que indican el camino, los peligros y sobre todo de certidumbre por el camino que debe seguir. Por ello, el que tiene fe, no puede estar triste, todo lo contrario, lleno de optimismo conduce a los demás hacia el fin más alto, que es alcanzar la voluntad del Señor.

María está alegre por la parte, por el papel que le ha tocado en la historia de La Salvación e Isabel también comparte esta alegría. Es contagiante y la transmite por su sola presencia. 

El que cree, es portador del Espíritu Santo y este lo acompaña en cada uno de sus actos. El Señor jamás abandona a los suyos. Todo lo contrario: consuela, anima, empuja, ayuda…

Nuestra historia ha sido transformada por Jesús. Dejémosle entrar en nuestra vida, para que también estas sean transformadas por su poder único y afrontaremos el futuro y todo lo que nos salga al paso, con serenidad, con alegría y confianza, sabiendo que Él tendrá la última palabra. ¡Ánimo, el Señor ha vencido al Mundo!

Oremos:

Señor Jesús, danos una fe inquebrantable, que crezca en nosotros como el grano de mostaza, hasta convertirse en inmensa, más allá de nuestro ser y nuestras limitaciones. Que vayamos por el mundo irradiando Tu alegría. Amén.

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Mateo 1, 18-24

Texto del evangelio (Mt 1, 18-24)

La generación de Jesucristo fue de esta manera: Su madre, María, estaba desposada con José y, antes de empezar a estar juntos ellos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo. Su marido José, como era justo y no quería ponerla en evidencia, resolvió repudiarla en secreto.

Así lo tenía planeado, cuando el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: «José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en Ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados». Todo esto sucedió para que se cumpliese el oráculo del Señor por medio del profeta: «Ved que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel, que traducido significa: “Dios con nosotros”». Despertado José del sueño, hizo como el Ángel del Señor le había mandado, y tomó consigo a su mujer.

Reflexión: Mt 1, 18-24

En la Salvación, todos debemos jugar un papel. Todos tenemos un papel. El Señor no nos impone la Salvación; no nos salva a la fuerza. El Señor propone, no impone. Esto quiere decir que necesita de nuestra anuencia, de nuestro consentimiento y aun diría más: necesita de nuestra participación activa.

No se trata, pues, de un chasquido de dedos. La Salvación no es cuestión de magia. Para nacer Jesús entre nosotros, requiere de nuestra intervención, de la participación humana. Primero fue necesario que María abrazara y viviera por convicción una vida llena de Gracia. Su vida era virtuosa. Una persona humilde, sacrificada, abnegada, buena, amorosa, solidaria, sensible…Luego tenía que aceptar el Plan de Dios…Era necesario el “Sí” con todas sus consecuencias.

Pero la participación de José, que muchas veces no es tenida en cuenta, también es importante. José, más allá de las costumbres, del qué dirán, de cualquier influencia externa, que podría haberlo llevado a repudiar a su amada, decide, valientemente, amarla por encima de cualquier convención, de cualquier opinión o tradición; incluso por encima de cualquier ley. Hace de María, de su amor, una ley superior. Es por ella que está dispuesto a todo, aun antes de la Revelación del Ángel.

Evidentemente, después de aquél sueño, asume plenamente su papel. En todo este pasaje podemos ver cómo Dios interviene en nuestra historia, pero no lo hace sin nuestro consentimiento. Y este no puede ser tan solo de pensamiento, debe llevarnos a actuar. Si consentimos en que Dios intervenga en nuestras vidas, ello será evidenciado por nuestros actos; ello nos obligará a un proceder determinado frente a las diversas situaciones que nos toca vivir. Las vidas de José y María son un ejemplo heroico de ello.

Oremos:

Padre Santo, permítenos entender Tu propuesta, verla cada mañana en nuestras vidas y asumirla. Haznos instrumentos de Fe. Que viéndonos los demás, crean. Amén.

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Lucas 1, 26-38

Texto del evangelio (Lc 1, 26-38)

En aquel tiempo, fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María.

Y entrando, le dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». Ella se conturbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo. El ángel le dijo: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin». María respondió al ángel: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?». El ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios. Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y éste es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril, porque ninguna cosa es imposible para Dios». Dijo María: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». Y el ángel dejándola se fue.

Reflexión: Lc 1, 26-38

Hoy es un día muy importante para la historia de la humanidad y para la Iglesia toda:  la Inmaculada concepción, el “Sí” de María…Una mujer muy joven y humilde, descendiente de Abraham y sobre todo “llena de Gracia” ha sido elegida por Dios para jugar uno de los más importantes papeles en “el Plan de Salvación de Dios”, ser nada menos que la madre del Salvador, del Mesías, del Hijo de Dios, de Jesús.

El Señor, nuestro Dios, escoge, llama y propone. ¿Cuál ha de ser nuestra respuesta?  Si estamos en el Camino, si vivimos en Gracia, como María, no puede ser otra que “aquí estoy”, “hágase en mi según tu palabra”. Ese es el gran ejemplo de María…Una aceptación incondicional, dispuesta y disponible a lo que sea, con tal de servir a la Voluntad de Dios, a Sus Planes.

Y qué es lo que el Ángel nos confirma precisamente por medio de María: “ninguna cosa es imposible para Dios”. Eso es lo que debemos tener en cuenta siempre. Dios tiene planes para todos nosotros y sus planes son convenientes y buenos, como no podría ser de otro modo, tratándose de un Dios que es Amor. Si nos alineamos y nos ponemos en ese Camino, si nos disponemos a seguirlo con convicción, con decisión, confiando plenamente en Él y aceptando lo que nos ofrece, sin poner reparos, nada podrá detenernos, porque estamos con Él y para el no hay nada imposible. NADA.

Oremos:

Padre Santo, para que se haga Tu Voluntad quieres contar con nuestra decisión, con nuestra adhesión libre y voluntaria. Danos la Fe, el valor y la entrega para hacerlo como María, incondicionalmente, sabiendo que lo mejor que podemos hacer es arrojarnos a tus brazos ciegamente, como un niño a los brazos de su padre. No permitas que tontamente desdeñemos las oportunidades que nos regalas cada día…

Acrecienta nuestra Fe y ayúdanos a llevar una vida LLENA DE GRACIA. Amén

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Lucas 10, 38-42

Texto del evangelio (Lc 10,38-42)

En aquel tiempo, Jesús entró en un pueblo; y una mujer, llamada Marta, le recibió en su casa. Tenía ella una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su Palabra, mientras Marta estaba atareada en muchos quehaceres. Acercándose, pues, dijo: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en el trabajo? Dile, pues, que me ayude». Le respondió el Señor: «Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola. María ha elegido la mejor parte, que no le será quitada».

Reflexión: Lc 10,38-42

Dependemos de tantas cosas para ser felices…Todo nos parece importante y nada queremos perder. No estamos dispuestos a deshacernos de nada. El menor sacrificio nos cuesta, nos duele y nos deprime. Queremos acumular y acumular, todo lo que nos sea posible…ropa, hábitos, gustos, libros, recuerdos, fotos, títulos, distinciones, alhajas, tragos, platos favoritos, momentos, rincones, muebles….

Así, nos decimos, que nos quiten lo que sea, pero no tal plato, tal traje, tal costumbre, tal libro…En realidad nos aferramos a muchas cosas. Nos consideramos humildes y sencillos, porque en realidad muchas veces lo somos. No tenemos gran cosa y nos atemoriza perderlo. Eso nos PREOCUPA. Andamos todo el tiempo preocupados, evitando y eludiendo las supuestas amenazas. Evitamos todo aquello que podría poner en peligro, lo que más apreciamos, lo que hemos atesorado y consideramos imprescindible. Para algunos es poco, para otros mucho. Lo cierto es que muchas veces nuestras posesiones son ridículas al lado de otras,  pero son nuestras, nos ha costado trabajo alcanzarlas y no quisiéramos perderlas. Nos atemoriza verlas si quiera amenazadas…por eso no nos comprometemos, por eso huimos de cualquier situación difícil…Duele decirlo, pero nos vamos volviendo esclavos de ellas. Mientras más tienes, más temores, más angustias, más preocupaciones…

Incluso nos hacemos esclavos del trabajo y de la supuesta estabilidad laboral. ¡Qué duda hay que el trabajo es un bien escaso! Pocos lo tienen o quizás podríamos decir que muchos no lo tienen y tú sí; entonces debes cuidarlo…Pero, ¿hasta qué punto? Esa me parece la reflexión de hoy…Marta viene y va, trabajando, preocupada por servir bien al Señor que ha llegado a verla. En cambio María, “sentada a los pies del Señor, escuchaba su Palabra”.

Es la oración, es el espíritu, es la atención a las cosas del Señor, Su Voluntad, nuestra Misión, la que debemos atender. No es cuestión de andar PREOCUPADOS. Es cuestión de ocuparse cada día con lo que trae. Recordemos que no por mucho preocuparnos podremos agregar una centésima a nuestras vidas. Vemos y recordamos cada día a nuestros difuntos…guardamos sus memorias con mucho cariñó, pero, por aquí y por allá están sus cosas, todo cuanto quisieron y apreciaron, nada se pudieron llevar.  Lo mismo ocurrirá con nosotros…Entonces, ¿por qué no escuchamos lo que nos dice el Señor?

“Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola. María ha elegido la mejor parte, que no le será quitada.”

 Oremos:

Señor, que no caigamos en la tentación de atesorar. Que aspiremos y luchemos siempre por la libertad; no permitas que caigamos en la esclavitud de nada, ni de nadie.

Tú que nos hiciste libres, permítenos escoger siempre el bien mejor, el mayor, el superior, sin temor, recordando que no hay amor más grande que aquél que da su vida por sus amigos. Todo, incluyendo nuestra vida, que es el bien más preciado que podemos tener, debe estar a Tu servicio, al servicio de la construcción del Reino. Danos la fortaleza para hacerlo así, cada día. No permitas que claudiquemos.

Concédenos la gracia de ocuparnos, antes que preocuparnos. Amén

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Reflexión: Lc 1,39-56

Lc 1,39-56
 

Hoy celebramos la solemnidad de la Asunción de Santa María en cuerpo y alma a los cielos. «Hoy —dice san Bernardo— sube al cielo la Virgen llena de gloria, y colma de gozo a los ciudadanos celestes». Y añadirá estas preciosas palabras: «¡Qué regalo más hermoso envía hoy nuestra tierra al cielo! Con este gesto maravilloso de amistad —que es dar y recibir— se funden lo humano y lo divino, lo terreno y lo celeste, lo humilde y lo sublime. El fruto más granado de la tierra está allí, de donde proceden los mejores regalos y los dones de más valor. Encumbrada a las alturas, la Virgen Santa prodigará sus dones a los hombres».

El primer don que te prodiga es la Palabra, que Ella supo guardar con tanta fidelidad en el corazón, y hacerla fructificar desde su profundo silencio acogedor. Con esta Palabra en su espacio interior, engendrando la Vida para los hombres en su vientre, «se levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel» (Lc 1,39-40). La presencia de María expande la alegría: «Apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno» (Lc 1,44), exclama Isabel.

Sobre todo, nos hace el don de su alabanza, su misma alegría hecha canto, su Magníficat: «Proclama mi alma la grandeza del Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador…» (Lc 1,46-47). ¡Qué regalo más hermoso nos devuelve hoy el cielo con el canto de María, hecho Palabra de Dios! En este canto hallamos los indicios para aprender cómo se funden lo humano y lo divino, lo terreno y lo celeste, y llegar a responder como Ella al regalo que nos hace Dios en su Hijo, a través de su Santa Madre: para ser un regalo de Dios para el mundo, y mañana un regalo de nuestra humanidad a Dios, siguiendo el ejemplo de María, que nos precede en esta glorificación a la que estamos destinados.

P. Abad Dom Josep ALEGRE Abad de Santa Mª de Poblet (Tarragona, España)

Oremos:

Señor, permítenos percibir Tu Espíritu del mismo modo que Isabel. Llenarnos de fe y alegría con tu presencia.

Virgen Santa que con tu fe y tu aceptación incondicional del Plan de Dios hiciste posible la llegada de nuestro Salvador Jesucristo, tu hijo, nuestro hermano, e Hijo de Dios, ayúdanos a guardar en nuestro corazón, proteger y hacer que fructifique la Palabra del Señor. Que seamos portadores de ella, como tú lo fuiste, llevando alegría, paz y la salvación a todos cuantos nos rodean.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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Reflexión: Lc 10,38-42

Lc 10,38-42

Hoy, también nosotros —atareados como vamos a veces por muchas cosas— hemos de escuchar cómo el Señor nos recuerda que «hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola» (Lc 10,42): el amor, la santidad. Es el punto de mira, el horizonte que no hemos de perder nunca de vista en medio de nuestras ocupaciones cotidianas.

Porque “ocupados” lo estaremos si obedecemos a la indicación del Creador: «Sed fecundos y multiplicaos y henchid la tierra y sometedla» (Gn 1,28). ¡La tierra!, ¡el mundo!: he aquí nuestro lugar de encuentro con el Señor. «No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del Maligno» (Jn 17,15). Sí, el mundo es “altar” para nosotros y para nuestra entrega a Dios y a los otros.

Somos del mundo, pero no hemos de ser mundanos. Bien al contrario, estamos llamados a ser —en bella expresión de Juan Pablo II— “sacerdotes de la creación”, “sacerdotes” de nuestro mundo, de un mundo que amamos apasionadamente.

He aquí la cuestión: el mundo y la santidad; el tráfico diario y la única cosa necesaria. No son dos realidades opuestas: hemos de procurar la confluencia de ambas. Y esta confluencia se ha de producir —en primer lugar y sobre todo— en nuestro corazón, que es donde se pueden unir cielo y tierra. Porque en el corazón humano es donde puede nacer el diálogo entre el Creador y la criatura.

Es necesaria, por tanto, la oración. «El nuestro es un tiempo de continuo movimiento, que a menudo desemboca en el activismo, con el riesgo fácil del “hacer por hacer”. Tenemos que resistir a esta tentación, buscando “ser” antes que “hacer”. Recordemos a este respecto el reproche de Jesús a Marta: ‘Tú te afanas y te preocupas por muchas cosas y sin embargo sólo una es necesaria’ (Lc 10,41-42)» (Juan Pablo II).

No hay oposición entre el ser y el hacer, pero sí que hay un orden de prioridad, de precedencia: «María ha elegido la parte buena, que no le será quitada» (Lc 10,42).

Rev. D. Antoni CAROL i Hostench (Sant Cugat del Vallès, Barcelona, España)

 Oremos:

 Señor danos la lucidez necesaria para saber escoger siempre lo que es importante y no distraernos con tanta tontería superflua. Nada es más importante que servirte a ti  y a nuestros hermanos.

Que sepamos detenernos, bajarnos de este caballo desbocado que a veces parece la vida y contemplemos en silencio una tarde o simplemente la dediquemos a escuchar a aquellos que claman porque alguien les preste un poco de atención.

  

Roguemos al Señor…

 Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)
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Reflexión: Jn 20,1-2.11-18

Jn 20, 1-2.11-18

Hoy celebramos la fiesta de Santa María Magdalena. Suele ser propio de la juventud apasionarse locamente por alguna película llegando a la identificación personal con alguno de los protagonistas. Los cristianos deberíamos ser siempre jóvenes en este sentido ante la vida del mismo Jesús de Nazaret, y sabernos identificar con esta gran mujer de la que habla el Evangelio, María Magdalena. Siguió los caminos de Jesús, escuchó su Palabra. Cristo supo corresponder y le concedió el privilegio histórico de ser la primera a quien le fue comunicado el hecho de la resurrección.
 
Dice el evangelista que ella al principio no lo reconoció, sino que lo confundió con un campesino del lugar. Pero cuando el Señor la llamó por su nombre:«María», tal vez por la manera peculiar de decírselo, entonces esta santa mujer no dudó ni un instante: «Ella se vuelve y le dice en hebreo: «Rabbuní —que quiere decir: “Maestro”—» (Jn 20,16). Después de su encuentro con Jesús, ella fue la primera que corrió a anunciarlo a los demás discípulos: «Fue María Magdalena y dijo a los discípulos que había visto al Señor y que había dicho estas palabras» (Jn 20,18).
 
El cristiano, que en su programa diario de vida cuida el trato con Cristo, en la Eucaristía haciendo un rato de oración contemplativa y cultiva la lectura asidua del Evangelio de Jesús, también tendrá el privilegio de escuchar la llamada personal del Señor. Es el mismo Cristo que nos llama personalmente por nuestro nombre y nos anima a seguir el camino firme de la santidad.
 
«La oración es conversación y diálogo con Dios: contemplación para los que se distraen, seguridad de las cosas que se esperan, igualdad de condición y de honor con los ángeles, progreso e incremento de los bienes, enmienda de los pecados, remedio de los males, fruto de los bienes presentes, garantía de los bienes futuros» (San Gregorio de Nisa).

Digámosle al Señor: —Jesús, que mi amistad contigo sea tan fuerte y tan profunda que, como María Magdalena, sea capaz de reconocerte en mi vida.

Comentario: Rev. D. Albert Sols i Lúcia (Barcelona, España)

Oremos:

Pidámosle al Señor: —Jesús, que nuestra amistad con Él sea tan fuerte y tan profunda que, como María Magdalena, seamos capaces de reconocerle en nuestra vida.

 Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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Reflexión: Jn 20,11-18

Jn 20,11-18

Esta vez nos encontramos ante el encuentro de una desconcertada María Magdalena con Jesús Resucitado, narrado por Juan. Me llama la atención como a veces no queremos ver lo evidente. Nuestra incredulidad nos ciega. No me explico de qué otro modo María pregunta a los ángeles por Jesús y no se da cuenta que son ángeles, y que por lo tanto estaba en presencia de algo extraordinario. Incluso inicialmente tampoco es capaz de ver a Jesús. Es solo una vez que Jesús habla por segunda vez diciendo el nombre de María, que recién ella cae en cuenta que hablaba con el mismo Jesús.

Nos desconcertamos, no lo podemos creer. Eso nos pasa ante semejante honor. ¿Quién somos nosotros para que Jesús muera por nosotros? ¿Quién para que resucite y venga y nos llame por nuestro nombre? Y sin embargo Jesús a muerto y resucitado por nosotros, sellando definitivamente la alianza con nuestro Padre. Por eso dice: “vete donde mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios”.

Las palabras del Señor tienen definitivamente otro acento. Estamos frente al Cristo Resucitado. Todo ha cambiado. Se ha inaugurado una nueva etapa. El Universo es otro. Hemos sido definitivamente, eternamente Reconciliados con nuestro Padre. Jesús ha sido el puente. Jesús nos ha rescatado. Jesús ha ganado para nosotros un espacio a su lado, como sus Hermanos. Nos ha convertido den Herederos del Reino.

¿Por qué? ¿Qué merecimiento hemos hecho? ¿Cuál de nuestras acciones o actitudes a valido tal distinción, tal sacrificio, tal premio? ¡Ninguna! ¡Esa es la más grande lección, que no alcanzamos a comprender, que nos resistimos a entender, a aceptar! Todo ha sido hecho por Amor. Así de simple. Él nos ha amado primero, antes que abriéramos la boca, antes que existiéramos…Él nos amó desde siempre, y quiere que nos reunamos con él. Eso es lo que Él quiere, eso es lo que Él nos propone..Y, tú ¿qué quieres?

Oremos:

Señor mío Jesucristo, gracias por tanto amor. Gracias por todo lo que me haz querido dar. Gracias por todo. Soy indigno de tanto, sin embargo, con tu ayuda puedo tratar de alcanzar algún merecimiento…puedo tratar de llevar una vida más justa, más comprometida con mis hermanos, para que ellos te conozcan y gocen de la misma alegría que tu ahora me das a conocer. Una palabra tuya bastará para salvarme.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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