jul 29 2010

Juan 11, 19-27

Texto del evangelio (Jn 11, 19-27)

En aquel tiempo, muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María, para darles el pésame por su hermano. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa. Y dijo Marta a Jesús: “Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá.” Jesús le dijo: “Tu hermano resucitará.” Marta respondió: “Sé que resucitará en la resurrección del último día.” Jesús le dice: “Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?” Ella le contestó: “Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.

Reflexión: Jn 11, 19-27

Este es un nuevo encuentro con Marta y María, en un momento ingrato, pues acababa de morir su hermano. Marta que en el encuentro anterior había estado tan ocupada y ajetreada en la casa, ocupada en una serie de cosas, ciertamente importantes, pero no tanto como para desatender y dejar de oír a Jesús, siempre ansiosa y algo desenfocada, viene esta vez a reprocharle a Jesús el no haber estado presente. Si hubieras estado aquí otra sería la historia: “si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano.”

¿Cuántas veces reprochamos a Dios su ausencia? Le culpamos por lo que nos ocurre. Es que Él no está aquí, nos decimos, sino otro sería el fin. Pero debemos reflexionar en las palabras de Jesús, en la respuesta que le da a Marta. ¿Tú sabes quién soy? ¿Crees en mí? ¿Entonces de qué te preocupas? Entonces el problema no es que no esté el Señor, es que no tenemos fe. Así de simple, sino otra sería nuestra actitud en la vida. Esto es lo que nos pide el Señor…Tener fe, creer en Él, con eso basta.

En las dos ocasiones en las que se encuentra con Marta de una u otra manera se lo remarca: “Una sola cosa es importante, María la ha escogido y no se le quitará”.

¿Cómo enfocarnos adecuadamente aun en esos momentos de angustia, de tristeza, en los que parece que enfrentáramos algo irreparable, como es la muerte de algún ser querido? ¿Cómo mantener nuestra fe, cuando parecemos asistir al fin de alguien que amamos? Ese es tal vez uno de los retos más exigentes de la fe…Pero es precisamente para estos momentos que debemos cultivarla. Es en estos momentos que debemos pedir que aflore.

Todos pasamos por estos momentos en la vida y muchas veces, seguramente, en el transcurso de la misma, por más corta que esta sea.  Es entonces que nuestra fe debe ser confirmada, reafirmada, frente a Dios y frente a los demás. Si creo, si confío en Dios, se entiende que esté apenado, pero no afligido, como si todo hubiera terminado irremediablemente. ¿Creo o no creo? Es cuestión de optar, de decidir; y esa decisión debe perdurar toda mi vida, aun en estos momentos y mientras sea consciente, hasta la muerte.

Oremos:

Te pedimos Padre Santo que aumentes nuestra fe, que la solidifiques, para que podamos mostrarla aun en esto momentos “difíciles” de la vida.  Que demos testimonio de esperanza a todos cuantos nos rodean; una esperanza sólida, una esperanza que se muestra con nuestros actos, con nuestro testimonio cotidiano, en la forma en que enfrentamos la vida, aun en esos momentos. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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jul 22 2010

Juan 20, 1-2.11-18

Texto del evangelio (Jn 20, 1-2.11-18)

El primer día de la semana va María Magdalena de madrugada al sepulcro cuando todavía estaba oscuro, y ve la piedra quitada del sepulcro. Echa a correr y llega donde Simón Pedro y donde el otro discípulo a quien Jesús quería y les dice: «Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto».

Estaba María junto al sepulcro, fuera, llorando. Y mientras lloraba se inclinó hacia el sepulcro, y ve dos ángeles de blanco, sentados donde había estado el cuerpo de Jesús, uno a la cabecera y otro a los pies. Dícenle ellos: «Mujer, ¿por qué lloras?». Ella les respondió: «Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto». Dicho esto, se volvió y vio a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús. Le dice Jesús: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?». Ella, pensando que era el encargado del huerto, le dice: «Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo me lo llevaré». Jesús le dice: «María». Ella se vuelve y le dice en hebreo: «Rabbuní» —que quiere decir: “Maestro”—. Dícele Jesús: «No me toques, que todavía no he subido al Padre. Pero vete donde mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios». Fue María Magdalena y dijo a los discípulos que había visto al Señor y que había dicho estas palabras.

Reflexión: Jn 20, 1-2.11-18

El Señor es fiel a su Palabra. Cumple lo que nos ofrece, lo que nos promete. Lo que pasa es que nosotros no estamos dispuestos a creerle, por más evidencias que nos ofrezca …¡Somos tan incrédulos! No queremos dar crédito a lo que ven nuestros ojos. Dudamos de todo. Decimos. “no puede ser”, e inventamos historias “lógicas” para explicar lo que en realidad es un milagro evidente, que se ha producido frente a nuestros ojos.

“No puede ser”. ¿Cómo que no puede ser, si lo estás viendo ante tus ojos? Ha de ser un truco; debe haber habido un error. Y sin embargo, no. Los hechos están ahí. El Señor ha actuado frente a nuestros ojos, pero no es suficiente, no creemos…queremos más.

Será que sentimos que no lo merecemos o tal vez, que ha sido una coincidencia. Finalmente, nuestras dudas son tan grandes, que  llegamos a negar las evidencias. Eso nunca paso. Fue producto de mi imaginación. De cualquier modo lo minimizamos y seguimos adelante, sin añadir ni un ápice a nuestra fe. Lo merecemos todo, incluso “eso” por lo que rogamos tanto antes, sabiendo que sólo la intervención Divina podía cambiarlo. El Señor accedió a nuestras plegarias y produjo el milagro, sin embargo, una vez recibido, lo ponemos en duda. Así de ingratos somos…Por eso el Señor nos dice: “¡Generación malvada y adúltera! Una señal pide, y no se le dará otra señal que la señal del profeta Jonás.”

En el pasaje de hoy, ´María Magdalena se tropieza con Jesús, lo tiene al frente…incluso habla con Él y no está dispuesta a creer. No puede ver lo evidente, hasta que Jesús se lo hace notar de modo insistente. El hecho que aún a María le suceda, puede servirnos de consuelo, pues qué se puede esperar de nosotros…Pero debemos tener más abiertos los ojos y destapados los oídos. ¡No es posible que no percibamos lo evidente!

El Señor ha venido a este mundo en cumplimiento de la Voluntad del Padre. Ha venido a mostrarnos el Camino. Ha venido a Salvarnos. ¡Esa es su Voluntad! Todo lo que pide de nosotros es que creamos en Él y que nos amemos los unos a los otros. Un “millón” de pruebas nos ofrece para que le creamos..Decenas están escritas en los Evangelios; miles en la historia y muchísimas en nuestra vida cotidiana. Pero no hay peor ciego que el que no quiere ver.

Oremos:

Pidamos al Señor que abra nuestras entendederas, que seamos más rectos al juzgar las evidencias, que seamos justos y le demos al Señor el crédito que merece, ante las obras que despliega frente a nuestros ojos. Que no seamos tercos y necios, empecinándonos en negar lo evidente. Que por el contrario sirvan estos milagros para fortalecer nuestra fe y proclamar el Evangelio. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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may 31 2010

Luca 1, 39-56

Texto del evangelio (Lc 1, 39-56)

En aquellos días, se levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y sucedió que, en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, e Isabel quedó llena del Espíritu Santo; y exclamando con gran voz, dijo: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; y ¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí? Porque, apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno. ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!».

Y dijo María: «Engrandece mi alma al Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava, por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso, Santo es su nombre y su misericordia alcanza de generación en generación a los que le temen. Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los que son soberbios en su propio corazón. Derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes y despidió a los ricos sin nada. Acogió a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia -como había anunciado a nuestros padres- en favor de Abraham y de su linaje por los siglos». María permaneció con ella unos tres meses, y se volvió a su casa.

Reflexión: Lc 1, 39-56

Estamos frente a un hecho sagrado, que a veces no le damos la importancia que tiene, o pasamos desapercibido, como si no fuera desde ya un portento más obrado por Dios Padre, con el fin de llevarnos hacia Él. Pudiendo serlo, nada es casual en la Historia de la Salvación, sino que todo obedece a un Plan que se va desplegando ante nuestros ojos y que muestra el profundo amor de Dios Padre a nosotros.

Cada quien juega un papel en esta historia. Nosotros, cada uno, tenemos nuestro propio rol, nuestra propia misión, nuestra propia encomienda. Cada quien tiene su encargo y debe preservarlo y cultivarlo con mucho empeño, con mucho cuidado, como lo más importante.

Lamentablemente estamos viviendo en un mundo en el que los valores se encuentran trastocados, de cabeza. Se da prioridad a los bienes materiales, a las comodidades, a los certificados, a los nombramientos, a los homenajes, a las distinciones y sobre todo y antes que nada a la situación económica. Los jóvenes no se casan y si se llegan a casar, no quieren tener hijos hasta no tener todas sus demandas materiales cubiertas. Los que no lo hacen por hedonismo, por comodidad, lo hacen a nombre de una supuesta responsabilidad demasiado calculadora, por la cual asumen que no deben traer niños al mundo hasta no poder darles el mínimo de bienes materiales y comodidades que ellos han establecido como necesarios e indispensables para sus hijos…

Claro que esta última actitud descrita puede ser fácilmente tildada de amorosa y responsable y nadie podría dudar de la bondad, de la buena intención que la promueve. ¿Pero quién, sino solo Dios, tiene el poder y la potestad para resolver y asegurar de modo absoluto y perenne todas nuestras necesidades? ¿Quién puede agregar un segundo más a su vida, por más que se lo proponga?

Si eres mayor de edad, relativamente maduro, es decir mayor de 21, 22 o 23 años…probablemente ya con estudios superiores culminados, y haz vivido un noviazgo de algunos años…2, 3, 4 años…¿Por qué no puedes unirte en Santo Matrimonio? ¿Es decir, casarte por la Iglesia y formar una familia? ¿No es por que queremos preservar el estatus social y económico heredado y aun acrecentarlo? No pretendemos decir que ello no sea loable, pero no puede ser el más importante móvil, el determinante, en nuestras vidas. El amor debía estar primero. El amor completo, entero y bien entendido. El amor que es vida y vida en abundancia y no la negación a la vida, por una “excesiva” responsabilidad, que termina por anular la Voluntad de Dios en nuestras vidas y la Fe.

Difícil reflexión, seguramente.  Más aun, cuando actuamos como todos, presos de nuestra “cultura”, del modo de proceder estándar, de aquél que todos los jóvenes Europeos y Norte Americanos parecen haber hecho norma, como el único medio de asegurar los medios mínimos de subsistencia, en primer lugar, para cada individuo, luego para cada pareja y por último, para uno o máximo dos hijos.

Pero al aferrarnos a esta norma, a esta exigencia, hemos dejado de lado otras formas de vida, seguramente más exigentes, pero distintas y con seguridad, más humanas. Hemos dejado el campo, el oficio humilde, la artesanía, para hacernos todos exitosos profesionales citadinos, comerciantes, empresarios…Y es que todos queremos tener más, acumular más, más comodidades, más tecnología, más títulos, más honores…más cosas, más propiedades, más dinero, más, más…Y hemos olvidado lo único importante: la Vida, el Amor.

Ojala que la actitud de María frente a su embarazo y el de su prima, nos inspiren a reflexionar entorno a lo que es de veras importante en la vida. A meditar en torno a nuestra escala de valores. No aquella que recitamos, sino la que transmitimos a través de nuestros actos, de nuestras decisiones, de nuestra vida misma.

Oremos:

Señor, acrecienta nuestra Fe, para que vivamos como verdaderos Hijos Tuyos, amándonos los unos a los otros, ayudándonos, sirviéndonos, preocupándonos de los demás, ayudando a los más humildes, pero por sobre todo, poniendo al amor antes que nada, confiados plenamente en Tí. Danos perseverancia y valor, para ser consecuentes. Que no seamos un factor de discordia más, sino que por el contrario, procuremos siempre la paz y la unidad. Que no nos hagamos esclavos de la comodidad y del hedonismo, sino que aprendamos a valorar cada segundo de nuestra preciosa vida, más aun del poder compartirla con cada miembro de nuestra familia, esa que nos has dado y que has dispuesto que tengamos, de la cual muchas veces nos privamos por acumular más bienes materiales, más comodidades, más “bienestar”…  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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abr 06 2010

Juan 20,11-18

Texto del evangelio (Jn 20,11-18)

En aquel tiempo, estaba María junto al sepulcro fuera llorando. Y mientras lloraba se inclinó hacia el sepulcro, y ve dos ángeles de blanco, sentados donde había estado el cuerpo de Jesús, uno a la cabecera y otro a los pies. Dícenle ellos: «Mujer, ¿por qué lloras?». Ella les respondió: «Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto». Dicho esto, se volvió y vio a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús. Le dice Jesús: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?». Ella, pensando que era el encargado del huerto, le dice: «Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo me lo llevaré». Jesús le dice: «María». Ella se vuelve y le dice en hebreo: «Rabbuní», que quiere decir “Maestro”». Dícele Jesús: «No me toques, que todavía no he subido al Padre. Pero vete donde mis hermanos y diles: ‘Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios’». Fue María Magdalena y dijo a los discípulos que había visto al Señor y que había dicho estas palabras.

Reflexión: Jn 20,11-18

Hoy, en la figura de María Magdalena, podemos contemplar dos niveles de aceptación de nuestro Salvador: imperfecto, el primero; completo, el segundo. Desde el primero, María se nos muestra como una sincerísima discípula de Jesús. Ella lo sigue, maestro incomparable; le es heroicamente adherente, crucificado por amor; lo busca, más allá de la muerte, sepultado y desaparecido. ¡Cuán impregnadas de admirable entrega a su “Señor” son las dos exclamaciones que nos conservó, como perlas incomparables, el evangelista Juan: «Se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto» (Jn 20,13); «Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo me lo llevaré»! (Jn 20,15). Pocos discípulos ha contemplado la historia, tan afectos y leales como la Magdalena.

No obstante, la buena noticia de hoy, de este martes de la octava de Pascua, supera infinitamente toda bondad ética y toda fe religiosa en un Jesús admirable, pero, en último término, muerto; y nos traslada al ámbito de la fe en el Resucitado. Aquel Jesús que, en un primer momento, dejándola en el nivel de la fe imperfecta, se dirige a la Magdalena preguntándole: «Mujer, ¿por qué lloras?» (Jn 20,15) y a la cual ella, con ojos miopes, responde como corresponde a un hortelano que se interesa por su desazón; aquel Jesús, ahora, en un segundo momento, definitivo, la interpela con su nombre: «¡María!» y la conmociona hasta el punto de estremecerla de resurrección y de vida, es decir, de Él mismo, el Resucitado, el Viviente por siempre. ¿Resultado? Magdalena creyente y Magdalena apóstol: «Fue María Magdalena y dijo a los discípulos que había visto al Señor» (Jn 20,18).

Hoy no es infrecuente el caso de cristianos que no ven claro el más allá de esta vida y, pues, que dudan de la resurrección de Jesús. ¿Me cuento entre ellos? De modo semejante son numerosos los cristianos que tienen suficiente fe como para seguirle privadamente, pero que temen proclamarlo apostólicamente. ¿Formo parte de ese grupo? Si fuera así, como María Magdalena, digámosle: —¡Maestro!, abracémonos a sus pies y vayamos a encontrar a nuestros hermanos para decirles: —El Señor ha resucitado y le he visto.

Comentario: Rev. D. Antoni ORIOL i Tataret (Vic, Barcelona, España)

Oremos:

Señor mío Jesucristo, perdóname por las veces que he pasado indiferente delante de ti, por las veces que me he hecho el tonto, el que no te oigo, el que no te conozco. Perdona mi falta de valor, mi egoísmo, mi indiferencia. Aleja de mi toda tentación. Hazme donación generosa para todo aquél que te busca con avidez. Que mi vida sea un testimonio de tu amor. Gracias por todo lo que me das abundante y generosamente, que sin embargo no veo o dejo pasar inadvertido, por tener tanto que hacer. Gracias por mi esposa, mi familia y mis amigos. Gracias por mi cuerpo, mis sentidos y mi salud… Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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abr 02 2010

Juan 18, 1-19,42

Texto del evangelio (Jn 18, 1-19,42)

En aquel tiempo, Jesús pasó con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto, en el que entraron él y sus discípulos. Pero también Judas, el que le entregaba, conocía el sitio, porque Jesús se había reunido allí muchas veces con sus discípulos. Judas, pues, llega allí con la cohorte y los guardias enviados por los sumos sacerdotes y fariseos, con linternas, antorchas y armas. Jesús, que sabía todo lo que le iba a suceder, se adelanta y les pregunta: «¿A quién buscáis?». Le contestaron: «A Jesús el Nazareno». Díceles: «Yo soy». Judas, el que le entregaba, estaba también con ellos. Cuando les dijo: «Yo soy», retrocedieron y cayeron en tierra. Les preguntó de nuevo: «¿A quién buscáis?». Le contestaron: «A Jesús el Nazareno». Respondió Jesús: «Ya os he dicho que yo soy; así que si me buscáis a mí, dejad marchar a éstos». Así se cumpliría lo que había dicho: «De los que me has dado, no he perdido a ninguno». Entonces Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó e hirió al siervo del Sumo Sacerdote, y le cortó la oreja derecha. El siervo se llamaba Malco. Jesús dijo a Pedro: «Vuelve la espada a la vaina. La copa que me ha dado el Padre, ¿no la voy a beber?».

Entonces la cohorte, el tribuno y los guardias de los judíos prendieron a Jesús, le ataron y le llevaron primero a casa de Anás, pues era suegro de Caifás, el Sumo Sacerdote de aquel año. Caifás era el que aconsejó a los judíos que convenía que muriera un solo hombre por el pueblo. Seguían a Jesús Simón Pedro y otro discípulo. Este discípulo era conocido del Sumo Sacerdote y entró con Jesús en el atrio del Sumo Sacerdote, mientras Pedro se quedaba fuera, junto a la puerta. Entonces salió el otro discípulo, el conocido del Sumo Sacerdote, habló a la portera e hizo pasar a Pedro. La muchacha portera dice a Pedro: «¿No eres tú también de los discípulos de ese hombre?». Dice él: «No lo soy». Los siervos y los guardias tenían unas brasas encendidas porque hacía frío, y se calentaban. También Pedro estaba con ellos calentándose. El Sumo Sacerdote interrogó a Jesús sobre sus discípulos y su doctrina. Jesús le respondió: «He hablado abiertamente ante todo el mundo; he enseñado siempre en la sinagoga y en el Templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he hablado nada a ocultas. ¿Por qué me preguntas? Pregunta a los que me han oído lo que les he hablado; ellos saben lo que he dicho». Apenas dijo esto, uno de los guardias que allí estaba, dio una bofetada a Jesús, diciendo: «¿Así contestas al Sumo Sacerdote?». Jesús le respondió: «Si he hablado mal, declara lo que está mal; pero si he hablado bien, ¿por qué me pegas?». Anás entonces le envió atado al Sumo Sacerdote Caifás. Estaba allí Simón Pedro calentándose y le dijeron: «¿No eres tú también de sus discípulos?». El lo negó diciendo: «No lo soy». Uno de los siervos del Sumo Sacerdote, pariente de aquel a quien Pedro había cortado la oreja, le dice: «¿No te vi yo en el huerto con Él?». Pedro volvió a negar, y al instante cantó un gallo.

De la casa de Caifás llevan a Jesús al pretorio. Era de madrugada. Ellos no entraron en el pretorio para no contaminarse y poder así comer la Pascua. Salió entonces Pilato fuera donde ellos y dijo: «¿Qué acusación traéis contra este hombre?». Ellos le respondieron: «Si éste no fuera un malhechor, no te lo habríamos entregado». Pilato replicó: «Tomadle vosotros y juzgadle según vuestra Ley». Los judíos replicaron: «Nosotros no podemos dar muerte a nadie». Así se cumpliría lo que había dicho Jesús cuando indicó de qué muerte iba a morir. Entonces Pilato entró de nuevo al pretorio y llamó a Jesús y le dijo: «¿Eres tú el Rey de los judíos?». Respondió Jesús: «¿Dices eso por tu cuenta, o es que otros te lo han dicho de mí?». Pilato respondió: «¿Es que yo soy judío? Tu pueblo y los sumos sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?». Respondió Jesús: «Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuese de este mundo, mi gente habría combatido para que no fuese entregado a los judíos: pero mi Reino no es de aquí». Entonces Pilato le dijo: «¿Luego tú eres Rey?». Respondió Jesús: «Sí, como dices, soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz». Le dice Pilato: «¿Qué es la verdad?». Y, dicho esto, volvió a salir donde los judíos y les dijo: «Yo no encuentro ningún delito en Él. Pero es costumbre entre vosotros que os ponga en libertad a uno por la Pascua. ¿Queréis, pues, que os ponga en libertad al Rey de los judíos?». Ellos volvieron a gritar diciendo: «¡A ése, no; a Barrabás!». Barrabás era un salteador.

Pilato entonces tomó a Jesús y mandó azotarle. Los soldados trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza y le vistieron un manto de púrpura; y, acercándose a Él, le decían: «Salve, Rey de los judíos». Y le daban bofetadas. Volvió a salir Pilato y les dijo: «Mirad, os lo traigo fuera para que sepáis que no encuentro ningún delito en Él». Salió entonces Jesús fuera llevando la corona de espinas y el manto de púrpura. Díceles Pilato: «Aquí tenéis al hombre». Cuando lo vieron los sumos sacerdotes y los guardias, gritaron: «¡Crucifícalo, crucifícalo!». Les dice Pilato: «Tomadlo vosotros y crucificadle, porque yo ningún delito encuentro en Él». Los judíos le replicaron: «Nosotros tenemos una Ley y según esa Ley debe morir, porque se tiene por Hijo de Dios». Cuando oyó Pilato estas palabras, se atemorizó aún más. Volvió a entrar en el pretorio y dijo a Jesús: «¿De dónde eres tú?». Pero Jesús no le dio respuesta. Dícele Pilato: «¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo poder para soltarte y poder para crucificarte?». Respondió Jesús: «No tendrías contra mí ningún poder, si no se te hubiera dado de arriba; por eso, el que me ha entregado a ti tiene mayor pecado». Desde entonces Pilato trataba de librarle. Pero los judíos gritaron: «Si sueltas a ése, no eres amigo del César; todo el que se hace rey se enfrenta al César». Al oír Pilato estas palabras, hizo salir a Jesús y se sentó en el tribunal, en el lugar llamado Enlosado, en hebreo Gabbatá. Era el día de la Preparación de la Pascua, hacia la hora sexta. Dice Pilato a los judíos: «Aquí tenéis a vuestro Rey». Ellos gritaron: «¡Fuera, fuera! ¡Crucifícale!». Les dice Pilato: «¿A vuestro Rey voy a crucificar?». Replicaron los sumos sacerdotes: «No tenemos más rey que el César». Entonces se lo entregó para que fuera crucificado.

Tomaron, pues, a Jesús, y Él cargando con su cruz, salió hacia el lugar llamado Calvario, que en hebreo se llama Gólgota, y allí le crucificaron y con Él a otros dos, uno a cada lado, y Jesús en medio. Pilato redactó también una inscripción y la puso sobre la cruz. Lo escrito era: «Jesús el Nazareno, el Rey de los judíos». Esta inscripción la leyeron muchos judíos, porque el lugar donde había sido crucificado Jesús estaba cerca de la ciudad; y estaba escrita en hebreo, latín y griego. Los sumos sacerdotes de los judíos dijeron a Pilato: «No escribas: ‘El Rey de los judíos’, sino: ‘Éste ha dicho: Yo soy Rey de los judíos’». Pilato respondió: «Lo que he escrito, lo he escrito». Los soldados, después que crucificaron a Jesús, tomaron sus vestidos, con los que hicieron cuatro lotes, un lote para cada soldado, y la túnica. La túnica era sin costura, tejida de una pieza de arriba abajo. Por eso se dijeron: «No la rompamos; sino echemos a suertes a ver a quién le toca». Para que se cumpliera la Escritura: «Se han repartido mis vestidos, han echado a suertes mi túnica». Y esto es lo que hicieron los soldados. Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego dice al discípulo: «Ahí tienes a tu madre». Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa.

Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura, dice: «Tengo sed». Había allí una vasija llena de vinagre. Sujetaron a una rama de hisopo una esponja empapada en vinagre y se la acercaron a la boca. Cuando tomó Jesús el vinagre, dijo: «Todo está cumplido». E inclinando la cabeza entregó el espíritu.

Los judíos, como era el día de la Preparación, para que no quedasen los cuerpos en la cruz el sábado —porque aquel sábado era muy solemne— rogaron a Pilato que les quebraran las piernas y los retiraran. Fueron, pues, los soldados y quebraron las piernas del primero y del otro crucificado con Él. Pero al llegar a Jesús, como lo vieron ya muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua. El que lo vio lo atestigua y su testimonio es válido, y él sabe que dice la verdad, para que también vosotros creáis. Y todo esto sucedió para que se cumpliera la Escritura: «No se le quebrará hueso alguno». Y también otra Escritura dice: «Mirarán al que traspasaron».

Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús, aunque en secreto por miedo a los judíos, pidió a Pilato autorización para retirar el cuerpo de Jesús. Pilato se lo concedió. Fueron, pues, y retiraron su cuerpo. Fue también Nicodemo —aquel que anteriormente había ido a verle de noche— con una mezcla de mirra y áloe de unas cien libras. Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en vendas con los aromas, conforme a la costumbre judía de sepultar. En el lugar donde había sido crucificado había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo, en el que nadie todavía había sido depositado. Allí, pues, porque era el día de la Preparación de los judíos y el sepulcro estaba cerca, pusieron a Jesús.

Reflexión: Jn 18, 1-19,42

Todo ocurre conforme estaba escrito. La intervención de Dios es nuestra historia, en nuestra salvación, no es antojadiza, ni mucho menos improvisada. Obedece a un Plan, trazado mucho antes que viniéramos a este mundo. Dios nos crea a su imagen y semejanza. Esto quiere decir que en lo más recóndito de nuestro ser, en el núcleo, en el centro, en la esencia o como queramos llamar a aquello fundamental que nos distingue de todas las creaturas vivientes, está la impronta de Dios, su huella indeleble, que nos hace tender a Él, volver a Él, para hacernos uno, con Él.

Este es el camino natural, lógico por el que debíamos transitar, erguidos, levantando la mirada y dirigiéndonos al Padre. No hemos sido creados para arrastrarnos por la tierra como serpientes, ni para escondernos como sabandijas, entre las sobras. Somos hijos de la Luz y por lo tanto debemos permanecer en ella, caminar por ella hacia La Verdad.

Sin embargo el Demonio aparece en esta escena, pretendiendo que nada de esto es cierto. Que podemos prescindir de Dios, porque nosotros mismos somos como Dios. Viene a sembrar confusión entre nosotros, haciéndonos asumir como la verdad, historias tejidas por hombres, destinadas a justificarse, a respaldar sus actitudes egocéntricas, pequeñas, mezquinas, llenas de soberbia y ambición. Historias finitas, que pretenden que no hay más allá, que Dios no existe, que no existe otra razón de ser en la vida que lograr la propia satisfacción personal, entronizándose a sí mismos, como el centro del universo.

El hombre, creado libre por Dios, tendiendo hacia Él, puede sin embargo escoger el mal, y eso lo sabe el Príncipe de las tinieblas, que no pierde oportunidad para tentarlo y perderlo, pretendiendo hacerle creer que puede ser feliz por sobre los demás o sin tenerlos en cuenta. Por eso el Padre, que nos amó desde siempre, que no quiere que nos perdamos, ni restarnos libertad, envía a su propio Hijo, para dar testimonio de Él, para enseñarnos el Camino, que no es otro que el de el Amor. Esto es lo que celebramos en estas fechas: el Amor de Dios. Este es el misterio que debemos develar. La muerte de Jesús en la cruz, no es otra cosa que una muestra de amor llevada al extremo. Es el mayor testimonio de amor, porque no hay amor más grande que el de aquel que es capaz de dar la vida por los que ama. Esa fue la Voluntad del Padre, que Jesús vino a cumplir, tal como se lo dice a Pedro y con él a todos nosotros: «Vuelve la espada a la vaina. La copa que me ha dado el Padre, ¿no la voy a beber?»

No se trata de un acto simbólico, de un cuento o de una leyenda, sino de un hecho histórico, real, que ocurrió hace poco más de 2mil años, que evidencia el amor de Dios por los hombres. Un amor eterno, revelado por Jesús con su vida muerte y resurrección, convirtiéndose en el centro de nuestra historia, en el hito más importante, que marca un antes y un después, tanto en la historia de la humanidad, como en la historia de cada una de las personas que tienen la Gracia de encontrase con Él a lo largo de su vida.

Oremos:

Señor mío Jesucristo, perdóname por las veces que he pasado indiferente delante de ti, por las veces que me he hecho el tonto, el que no te oigo, el que no te conozco. Perdona mi falta de valor, mi egoísmo, mi indiferencia. Aleja de mi toda tentación. Hazme donación generosa para todo aquél que te busca con avidez. Que mi vida sea un testimonio de tu amor. Gracias por todo lo que me das abundante y generosamente, que sin embargo no veo o dejo pasar inadvertido, por tener tanto que hacer. Gracias por mi esposa, mi familia y mis amigos. Gracias por mi cuerpo, mis sentidos y mi salud… Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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mar 29 2010

Juan 12, 1-11

Texto del evangelio (Jn 12, 1-11)

Seis días antes de la Pascua, Jesús se fue a Betania, donde estaba Lázaro, a quien Jesús había resucitado de entre los muertos. Le dieron allí una cena. Marta servía y Lázaro era uno de los que estaban con Él a la mesa.

Entonces María, tomando una libra de perfume de nardo puro, muy caro, ungió los pies de Jesús y los secó con sus cabellos. Y la casa se llenó del olor del perfume. Dice Judas Iscariote, uno de los discípulos, el que lo había de entregar: «¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios y se ha dado a los pobres?». Pero no decía esto porque le preocuparan los pobres, sino porque era ladrón, y como tenía la bolsa, se llevaba lo que echaban en ella. Jesús dijo: «Déjala, que lo guarde para el día de mi sepultura. Porque pobres siempre tendréis con vosotros; pero a mí no siempre me tendréis».

Gran número de judíos supieron que Jesús estaba allí y fueron, no sólo por Jesús, sino también por ver a Lázaro, a quien había resucitado de entre los muertos. Los sumos sacerdotes decidieron dar muerte también a Lázaro, porque a causa de él muchos judíos se les iban y creían en Jesús.

Reflexión: Jn 12, 1-11

Podemos reflexionar en torno a diferentes aspectos de la naturaleza humana, todos tomando posición respecto a Jesús. Él tiene esta cualidad. No se puede permanecer indiferente frente a su presencia.

Están los mezquinos, como Judas, que cuestionan cualquier atención que se realiza al Señor, porque en realidad son esclavos de “don dinero”. Tienen a su cargo las cuentas y solo quieren verlo incrementarse y si algo habrá de salir, que sea para incrementar sus arcas personales. Porque, eso sí, manejan el dinero público a su antojo. Meten mano cuando pueden y se llevan cuanto quieren, pero no están dispuestos a compartirlo con nadie. Cualquier gasto les parece insulso si no es en su favor.  Son hipócritas y capaces de usar  y manipular cualquier argumento, sin ningún escrúpulo, con tal de encubrir su mezquindad. No son los pobres, ni tampoco el seguimiento de Jesús lo que les preocupa, sino los privilegios que han obtenido y que pueden seguir obteniendo al manejar las arcas.

Es así que Judas parece uno de ellos, uno de los discípulos, porque anda con ellos. Pero sabe Dios en qué momento en realidad lo dejó y se desvió por sus propios intereses. Él estaba con ellos, pero tenía otros intereses. Quería el poder que le daría pertenecer a la “Corte” del Reino. Manejaba los fondos que se ponían en común y hacía de ellos lo que le venía en gana, sin control alguno, aunque muchos, como Juan, seguramente, se habían dado cuenta hace rato que era un ladrón. Es que, en la Iglesia, es tan fácil hacerse y disponer de bienes comunitarios. Entonces, como hoy, nunca ha sido objetivo de los cristianos la acumulación de riquezas. El dinero recaudado de limosnas, producto de la generosidad de los fieles habría de servir para atender necesidades comunitarias, confiando su manejo a alguien, no para que lo atesore y disponga a su gusto, sino para atenderlas necesidades de la comunidad dedicada al servicio del Reino y de los pobres, en lo que alcanzara.

María Magdalena, que ya antes se había postrado a los pies de Jesús, mientras su hermana se deshacía en idas y venidas destinadas a atender al Señor, vuelve nuevamente a prestarle atención, pero esta vez, acariciando, masajeando y perfumando sus pies cansados. Era una forma de agradecerle y mostrarle su admiración. ¡Qué más podía ofrecerle que le hiciera sentir, cómodo, augusto, relajado! Era una dicha tenerlo con ellos y esta era su mejor forma de demostrarlo. Si era muy costosa, el único que reparó en ello fue Judas, pero como vemos, por motivos mezquinos, aunque los encubriera de buenas intenciones…Para María, Jesús merecía esto y muchísimo más…¡Si tan sólo pudiera dárselo!

Luego está el pueblo judío, que lo seguía a donde iba, muchos de los cuales se convirtieron sabiendo lo que había ocurrido con Lázaro. Lo había resucitado de entre los muertos y ahora comían juntos. Esta es otra de las “señales” por las cuales sacerdotes y fariseos quería desaparecerlo…y no sólo a Él.

Cómo las fuerzas del mal solas se van decantando ante la presencia de Jesús. Es que nadie puede pasar indiferente ante Él. No se anda con rodeos. O estás con Él o estás contra Él. No hay medias tintas. Judas, los sacerdotes y los fariseos, cada quien en defensa de lo suyo, se van uniendo contra Él. Y es que pone en peligro su situación y a cambio ofrece una locura, un Reino que no es de este mundo. ¡Qué es esto! ¡Una oferta totalmente gaseosa! ¡Nada tangible! Y es que el seguimiento de Jesús exige un cambio interno, que no están dispuestos a realizar. Dinero, riquezas, poder, eso es lo que quieren y Jesús ofrece, amor, servicio, entrega, desprendimiento…Es el choque de dos concepciones del mundo, de dos fuerzas poderosas, la del bien y la del mal, que no pueden terminar sino en la muerte de Jesús y paradójicamente con ello darán pie a su resurrección y al triunfo del Bien, la Verdad y la Vida, sobre las tinieblas, la mentira y la muerte.

¿De qué lado estamos? Estos días de Semana Santa deben servirnos para reflexionar en torno a este misterio y para tomar posición. O nos convertimos o lo crucificamos, desterrándolo de nuestras vidas, como si pudiéramos vivir sin Él.

Oremos:

Padre Santo, ayúdanos a encontrarte en nuestros hermanos. No permitas que reneguemos de Ti, menos por alguna mezquindad. Danos generosidad, para prodigar amor, solidaridad y comprensión. Que no antepongamos nuestros intereses para todo, que no nos engañemos, ni tratemos de engañar a los demás. Purifica nuestros corazones.  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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mar 27 2010

Juan 11, 45-56

Texto del evangelio (Jn 11, 45-56)

En aquel tiempo, muchos de los judíos que habían venido a casa de María, viendo lo que había hecho, creyeron en Él. Pero algunos de ellos fueron donde los fariseos y les contaron lo que había hecho Jesús. Entonces los sumos sacerdotes y los fariseos convocaron consejo y decían: «¿Qué hacemos? Porque este hombre realiza muchas señales. Si le dejamos que siga así, todos creerán en Él y vendrán los romanos y destruirán nuestro Lugar Santo y nuestra nación». Pero uno de ellos, Caifás, que era el Sumo Sacerdote de aquel año, les dijo: «Vosotros no sabéis nada, ni caéis en la cuenta que os conviene que muera uno solo por el pueblo y no perezca toda la nación». Esto no lo dijo por su propia cuenta, sino que, como era Sumo Sacerdote aquel año, profetizó que Jesús iba a morir por la nación —y no sólo por la nación, sino también para reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos—. Desde este día, decidieron darle muerte.

Por eso Jesús no andaba ya en público entre los judíos, sino que se retiró de allí a la región cercana al desierto, a una ciudad llamada Efraim, y allí residía con sus discípulos. Estaba cerca la Pascua de los judíos, y muchos del país habían subido a Jerusalén, antes de la Pascua para purificarse. Buscaban a Jesús y se decían unos a otros estando en el Templo: «¿Qué os parece? ¿Que no vendrá a la fiesta?». Los sumos sacerdotes y los fariseos habían dado órdenes de que, si alguno sabía dónde estaba, lo notificara para detenerle.

Reflexión: Jn 11, 45-56

Más claro, imposible. Los sumos sacerdotes condenan a muerte a Jesús para salvarse, para mantener el estatus, para no verse perjudicados por su prédica, ya que como ellos mismos reconocen: “este hombre realiza muchas señales. Si le dejamos que siga así, todos creerán en Él y vendrán los romanos y destruirán nuestro Lugar Santo y nuestra nación.”

¡Qué tal paradoja! ¡Qué tal juicio! Le condenan a muerte porque realiza muchas señales. Ni si quiera entran a calificar las señales. Si son buenas o malas, no está en discución. Eso a muchos no les importa. Mientras que otros, están dispuestos a creer y tolerar el mensaje del Señor, hasta cierto punto. Mientras no lo transgreda y pase con perfil bajo, es bueno y hasta simpático. Mientras no los comprometa, mientras no ponga en juego su posición, su situación, qué más da que el pueblo crea en esto o en aquello…Pero, este  “realiza muchas señales”. ¡Es peligroso! Puede llegar a ser intolerable para los romanos, para aquellos con los que convivimos en contubernio, en un acuerdo tácito, en el que respetamos mutuamente nuestros privilegios, a costa del mismo sufrido pueblo, que no tiene más alternativa que aguantarlos a ambos. No sea que los romanos, que son muy poderosos y han actuado con tolerancia nos castiguen. No están dispuestos a pagar por Jesús y su prédica, lo que para ellos supone un alto costo: la destrucción de su templo y de su nación. Seamos claros: en realidad su templo y la nación son meras excusas, pues para ellos significan poco. Lo que en realidad temen es perder sus privilegios, mantenidos bajo esta aparente pacífica convivencia.

Se acerca la Pascua, y con ella, la hora en que Jesús será entregado y sacrificado por todos nosotros. Es así que sin querer y sin saberlo Caifás profetiza la muerte de Jesús: “os conviene que muera uno solo por el pueblo y no perezca toda la nación.” Esta es una de las formas en que Dios interviene en la historia. Los hechos son los mismos…Y mientras “el consejo” (las autoridades del pueblo judío) encuentran la excusa perfecta para eliminarlo, seguramente sin presagiar todavía que sería en esa Pascua, ni que habrían de crucificarle públicamente, los planes del Señor siguen su curso, y pasan precisamente por su sacrificio en la cruz, por su muerte y resurrección, para salvarnos del pecado y la muerte, sellando así la nueva alianza.

Es así que mientras el Consejo decide eliminarle porque “realiza muchas señales”, precipitan precisamente la señal más grande e imperecedera, la muerte y resurrección de Jesús, que será la señal de los cristianos, el símbolo supremo de nuestra salvación. Por eso la cruz será el recuerdo eterno de nuestra redención, de nuestra salvación, de la nueva alianza forjada con la sangre de Jesús. Quisieron borrarlo, eliminarlo y desataron la señal más grande, que con muchas vicisitudes, seguramente, después de más de 2mil años, sigue tan radiante y fresca como entonces, promoviendo adhesiones sinceras, en gentes humildes, más allá de toda la propaganda que, como entonces desatan los poderosos en su contra, para no perder privilegios, fama y poder.

Oremos:

Señor Jesús, que no seamos uno más de aquellos que buscan sacrificarte, eliminarte, borrarte del mapa, porque nos perturba tu prédica. Por el contrario, que seamos de los que se aferran a tu cruz, sabiendo que con tu muerte y resurrección, haz vencido al mundo, perdonando nuestros pecados y restaurando la alianza con nuestro Padre, que nos espera con los brazos abiertos, teniendo reservado para nosotros un lugar a su lado, en el que viviremos eternamente.  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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mar 25 2010

Luca 1, 26-38

Texto del evangelio (Lc 1, 26-38)

Al sexto mes fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. Y entrando, le dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». Ella se conturbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo. El ángel le dijo: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin».

María respondió al ángel: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?». El ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios. Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y este es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril, porque ninguna cosa es imposible para Dios». Dijo María: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». Y el ángel dejándola se fue.

Reflexión: Lc 1, 26-38

Nada es imposible para Dios. Eso es algo que debemos retener en nuestra memoria. El tiene sus Planes, y estos se realizarán de todas maneras, aun cuando a nosotros nos parezca que en tales circunstancias y con tal gente podría ser imposible. Este hecho debía llenarnos de fe y de valor, sabiendo que si estamos obrando conforme Él lo ha dispuesto, no habrá nada que pueda interponerse con suficiente contundencia en nuestro camino, como para obligarnos a retroceder o cambiar de rumbo. Si estamos con Dios, nada nos podrá detener. Como decimos en el MCC (Movimiento de Cursillos de Cristiandad), Cristo y yo, somos mayoría.
 
Debemos pues reflexionar cada día y orar pidiendo a Dios que nos ilumine y nos permita elegir y caminar por la senda correcta, teniendo la plena seguridad que entonces no habrá nada ni nadie que interponiéndose en nuestro camino, evite que cumplamos nuestra Misión.

Lo que muchas veces flaquea es nuestra fe. Es que no llegamos a creernos del todo lo que el Señor nos propone. Dudamos, y ante la presión, ante la exigencia, titubeamos. Es en estas circunstancias en las que debemos aprender la lección de María, que acepta la propuesta y como sabemos, le exigirá una serie de decisiones y acciones en el futuro, destinadas a mantenerse en la Misión y el papel que concientemente asume. No escatimará esfuerzo para ello.

Pero nada de esto es posible sin La Gracia. Eso es lo que debemos procurar. Mantener una relación muy profunda con Dios, a través de la oración, rogando y pidiendo cada día su Gracia, la que vendrá en abundancia sobre nosotros si llevamos una vida recta, si nos empeñamos por hacer su voluntad, en amar a los demás, haciéndoles sentir lo mucho que les ama nuestro Padre, si llevamos una vida de oración y frecuentamos los Sacramentos…

Vivamos en la virtud y pidamos al Señor que derrame su abundante Gracia sobre nosotros; así conoceremos Su Voluntad para nuestra vida y no habrá nada que se interponga e impida su realización, porque para Dios, nada es imposible. “Hará cantar a las piedras, si fuera necesario”.

 

Oremos:

Padre Santo, derrama sobre nosotros Tu abundante Gracia, para que sepamos hacer tu Voluntad en nuestro día a día, en cada instante de nuestras vidas; siendo una luz de esperanza para quienes se sienten afligidos, solos, abandonados; para quienes se sienten excluidos, olvidados. Danos esa mirada tuya, para saber leer y comprender el corazón de nuestros hermanos. Sobre todo, danos valor y firmeza para seguirte, aun en la dificultad, sabiendo que finalmente el triunfo será tuyo, será nuestro, si nos mantenemos en Ti. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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mar 19 2010

Mateo 1,16.18-21.24a

Texto del evangelio (Mt 1,16.18-21.24a)

Jacob engendró a José, el esposo de María, de la que nació Jesús, llamado Cristo. La generación de Jesucristo fue de esta manera: Su madre, María, estaba desposada con José y, antes de empezar a estar juntos ellos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo. Su marido José, como era justo y no quería ponerla en evidencia, resolvió repudiarla en secreto.

Así lo tenía planeado, cuando el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: «José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados». Despertado José del sueño, hizo como el Ángel del Señor le había mandado.

Reflexión: Mt 1,16.18-21.24a

Estamos frente a uno de los capítulos más importantes en la historia de la Salvación. María engendra un hijo por obra y gracia del Espíritu Santo. La tercera persona de la Trinidad interviene en la historia, pero para ello necesita de nuestra colaboración. Primero de la Virgen María, pura e inmaculada, quien había sido preparada desde siempre para este acontecimiento y que a su corta edad, ya había meditado profundamente en estos misterios, dándoles cabida con su propia vida y con aquél “Sí” que la eleva a los altares, como Santa, Madre de toda la humanidad, pues es a través de ella que llega la salvación a todos.

Pero, después de ella, tan digna de aprecio y respeto es la actitud de José, de quien el evangelio dice que “era justo”. En esta sola palabra y en la actitud que asumió frente a estos acontecimientos, podemos tener la medida exacta de la valentía, de la generosidad, de la integridad de José. En primer lugar, no actuó como todos con “derecho” hubieran actuado. No hizo lo que cualquiera hubiera hecho en su lugar, sino que con mucha fortaleza de espíritu y demostrando el gran amor que sentía por María, su profundo respeto y aprecio,  que no estaba dispuesto a poner en boca de todos, para que se ensañen con ella y la juzguen, decidió repudiarla en secreto. Una gran muestra de lealtad, de humildad, de amor. Prefirió callar, y tragarse en silencio aquel dolor, antes que herir o mellar de alguno a María. ¡Cómo debió amarla!

No debió ser fácil para José aceptar este hecho, sin embargo puso todo de sí para adoptar la actitud que menos pudiera afectar a María. Fue prudente. Y el tiempo le dio la razón, porque el Ángel del Señor finalmente le reveló el misterio aquél y estuvo dispuesto a comprender que se trataba de una intervención divina, quizás una de las más importantes en la historia de la salvación, para la cual habían sido escogidos, teniendo cada quien que jugar un rol especial. José, no sería un obstáculo, ni se amilanaría ante el papel que le tocó.

Hay sucesos, como estos, en la vida de todos, que a veces nos cuesta entender. Pero debemos aprender a ser prudentes, a tener paciencia y esperar, porque la Voluntad de Dios Padre es que nos salvemos, que seamos felices, aun cuando a veces nos cueste entenderlo. Él tiene un Plan para cada uno de nosotros. Todos tenemos un papel que jugar en la construcción del Reino, en la Salvación de la Humanidad…Descubrirlo y aplicarnos a vivir en consecuencia, es el reto. ¿Para qué estoy aquí? ¿Cómo desde mi posición puedo contribuir a la Salvación, a la construcción del Reino?

Oremos:

Padre Santo, ilumínanos para entender nuestra Misión en el mundo; danos el valor para seguirla y la prudencia para saber esperar. Que nos esforcemos por no herir ni mellar reputaciones, que antes bien, tomando el ejemplo de José, seamos constructores de paz, armonía y amor. Que sobreponiéndome a cualquier temor, sepa ponerme a Tús órdenes. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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feb 02 2010

Lucas 2, 22-40

Texto del evangelio (Lc 2, 22-40)

Cuando se cumplieron los días de la purificación de ellos, según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarle al Señor, como está escrito en la Ley del Señor: «Todo varón primogénito será consagrado al Señor» y para ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o dos pichones, conforme a lo que se dice en la Ley del Señor.

Y he aquí que había en Jerusalén un hombre llamado Simeón; este hombre era justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y estaba en él el Espíritu Santo. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor. Movido por el Espíritu, vino al Templo; y cuando los padres introdujeron al niño Jesús, para cumplir lo que la Ley prescribía sobre Él, le tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz; porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel». Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de Él.

Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: «Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción —¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!— a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones».

Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, de edad avanzada; después de casarse había vivido siete años con su marido, y permaneció viuda hasta los ochenta y cuatro años; no se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día en ayunos y oraciones. Como se presentase en aquella misma hora, alababa a Dios y hablaba del Niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén. Así que cumplieron todas las cosas según la Ley del Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El Niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre Él.

Reflexión: Lc 2, 22-40

La complacencia y el alago gratuito no son precisamente la cosecha del cristiano. Quien obra con rectitud, no puede esperar, lamentablemente, ser aplaudido por quienes ostentan el poder, por aquellos cuyos intereses precisamente se ven afectados por el recto proceder cristiano. Es penoso y a veces duele, pero basta afrontar una situación con dignidad y reclamando justicia, para que inmediatamente salten como lobos aquellos que deben ceder un milímetro de sus prerrogativas, de su posición, de su patrimonio. No están dispuestos a hacerlo por ningún motivo. Menos si son obligados por las circunstancias o por algún miserable de aquellos a los que dejan comer las migajas que caen de su mesa.

¡Cómo puede osar alguno de estos miserables a exigirle dar, lo que da de pura bondad, porque así se lo ha impuesto a sí mismo, sin tener obligación alguna! ¡A qué vienen aquellas exigencias! ¡No me vengan con derechos! ¡Yo doy a quien me place y cuanto me place, lo único que pido es lealtad (sumisión, en realidad)!

 Este es el orden que viene a subvertir Jesús. Por eso Él y sus seguidores serán tan impopulares. Serán perseguidos y tendrán que obrar en la clandestinidad o someterse a los castigos y suplicios que los poderosos dictan en su contra.

Eso parece historia antigua, historia de circo, leones y cristianos…Sin embargo no lo es. Es muy cierto que Occidente asumió e hizo más digerible al cristianismo, al punto que países e imperios enteros se declararon cristianos y junto con ellos, sus gobernantes y sus clases dominantes. Sin embargo todo ello fue logrado a costa de acomodos y tergiversaciones tendientes a hacer inocuo el Evangelio. No por eso dejaron de existir los verdaderos cristianos, que siempre han actuado como dedo en la llaga, señalando la injusticia, el atropello, los abusos y la idolatría, de quienes llamándose muchas veces cristianos, han puesto por encima del amor, por encima de sus hermanos, el bienestar, la comodidad y las riquezas.

“Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción”, y ello será por siempre, mientras no se haya expandido el Reino en todo el mundo, mientras haya injusticia, mientras haya pobres, mientras haya hambre…mientras no hayamos aprendido a vivir como hermanos, compartiéndolo todo y poniendo como centro al Amor.

Estas preguntas pueden ser duras, sin embargo creo que pueden ayudarnos a desinstalarnos, a reflexionar en torno a lo que hacemos. Tú te dices cristiano y sin embargo solo cosechas aplausos y halagos por donde te mueves…¿Será que la Palabra del Señor se ha vuelto inocua o será más bien que la suavizas y degradas a tal extremo, que no constituye ya exigencia para nadie, y mucho menos para ti? ¿Vives cómodamente instalado, tienes todo lo que necesitas, sin ser rico quizás, mientras tus hermanos padecen todo tipo de necesidades…Será que te has vuelto insensible y egoísta, que no quieres ver ni involucrarte, para no afectar tu privilegiada situación? ¿Eres de los “intelectuales” de la fe y la religión, capaces de dar brillantes discursos, que sin embargo no dicen nada de tu propia vida? ¿Podemos hablar de cristianismo, sin que este se encarne en la vida misma? ¿La Verdad para ti se ha vuelto un hecho controversial, es decir que depende del ángulo del que se la mire? ¿Te has vuelto relativista? ¿Es Jesús relativista?

 

Oremos:

Señor, no permitas que nos perdamos. Que solo tu Luz ilumine nuestras vidas. Que busquemos y defendamos siempre la Verdad, la Justicia y el Amor. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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ene 17 2010

Juan 2, 1-12

Texto del evangelio (Jn 2, 1-12)

En aquel tiempo, se celebraba una boda en Caná de Galilea y estaba allí la madre de Jesús. Fue invitado también a la boda Jesús con sus discípulos. Y, como faltara vino, porque se había acabado el vino de la boda, le dice a Jesús su madre: «No tienen vino». Jesús le responde: «¿Qué tengo yo contigo, mujer? Todavía no ha llegado mi hora». Dice su madre a los sirvientes: «Haced lo que Él os diga».

Había allí seis tinajas de piedra, puestas para las purificaciones de los judíos, de dos o tres medidas cada una. Les dice Jesús: «Llenad las tinajas de agua». Y las llenaron hasta arriba. «Sacadlo ahora, les dice, y llevadlo al maestresala». Ellos lo llevaron. Cuando el maestresala probó el agua convertida en vino, como ignoraba de dónde era (los sirvientes, los que habían sacado el agua, sí que lo sabían), llama el maestresala al novio y le dice: «Todos sirven primero el vino bueno y cuando ya están bebidos, el inferior. Pero tú has guardado el vino bueno hasta ahora».

Así, en Caná de Galilea, dio Jesús comienzo a sus señales. Y manifestó su gloria, y creyeron en Él sus discípulos. Después bajó a Cafarnaúm con su madre y sus hermanos y sus discípulos, pero no se quedaron allí muchos días.

Reflexión: Jn 2, 1-12

Esta lectura nos da a conocer dos aspectos muy importantes de Jesús. Primero su humanidad, como consecuencia de la cual es sumamente sensible y perceptivo a  nuestras necesidades y debilidades. Tiene una madre, María, a cuyas órdenes y deseos no puede sustraerse. ¡Es su madre! Así, es notable que sea ella el morito de su primer milagro; que sea ella la que altera el programa que tenía trazado Jesús. Que sea ella la que le diga cuando ha llegado el momento de empezar y dónde. Jesús, como todo buen hijo es respetuoso y cariñoso con su madre, pero al mismo tiempo sabe lo que tiene que hacer, por eso le dice: «¿Qué tengo yo contigo, mujer? Todavía no ha llegado mi hora». Dice su madre a los sirvientes: «Haced lo que Él os diga».

Sin embargo, María insiste, con la autoridad y confianza que tiene toda madre en su hijo, al que le está pidiendo algo bueno…bueno para los demás, algo que exige desprendimiento, romper esquemas, salir del libreto, alterar los planes…pero que sin embargo sabe que es bueno. ¿Por qué no aquí? ¿Por qué no ahora? Parece decir María.

¿Cómo era aquél momento? Era, seguramente, de alegría, de confraternidad, de amistad, de amor. Era seguramente uno de esos momentos que algunos hemos tenido la suerte de vivir en familia. Esos momentos en que todos se reúnen en torno a un acontecimiento trascendente para la familia ampliada  y los amigos. Todos celebran felices un acontecimiento que dejará huella en sus vidas: un matrimonio. El sello que muchas veces sirve para unir dos grandes vertientes, dos familias. Matrimonio, símbolo de unión familiar, de profundo amor humano.

Risas, llantos, abrazos, promesas, recuerdos, planes, anécdotas, regaños, súplicas, reproches, alegría, baile, cariño, emoción, tertulia, buena comida, buen vino y mucho, mucho amor…Todos hemos tenido oportunidad de participar alguna vez de una de estas reuniones familiares, que han quedado guardadas en lo más profundo de nuestro corazón y muchas veces recordamos con nostalgia…¡Oh, la casa paterna! ¡Cómo se fueron aquellos años…!

Es precisamente en esa ocasión tan importante para la familia de Jesús, con la que Él había crecido, que su madre, María, le pide que resuelva un pequeño problema logístico o doméstico. Se acabó el vino; algo que podríamos pasar como suntuario. Sin embargo era importante para la celebración aquella. María había observado seguramente que algunos de los invitados estaban quedando algo desairados…quizás habían excedido en el número esperado. Quizás los novios y sus familias eran más populares y queridos de lo que pensaban…quizás había faltado algo de previsión, o quizás simplemente no habían tenido recursos suficientes para comprar lo necesario. Por lo que fuere, María quedó conmovida y sintió en su corazón que podía resolverlo, con la participación de su hijo. Y como cualquier madre haría, se lo pidió.

Jesús, aunque argumenta en son de reproche, no puede negarse a María. ¡Eh ahí un fundamento esencial de la devoción Mariana! Jesús oye a su madre y finalmente consiente en su pedido. No había nada malo en ello y aunque tenía otros planes, no encontró razón para no atender la súplica de su madre, para no complacerla.

Esas son las bodas de Caná. Un momento pleno de alegría y felicidad familiar, en el que Jesús, el enviado del Padre no puede dejar de manifestar también su alegría, derramando su Gracia en forma abundante. Dios está aquí y presta oídos a nuestras necesidades. Él no nos abandona nunca y goza con nosotros cuando se trata de celebrar el amor.

Oremos:

Padre Santo, ayúdanos con Tu intervención divina a resolver tantos malos entendidos y dificultades que encontramos en nuestras relaciones familiares. Ayúdanos a ceder, a dar el primer paso, a procurar siempre el entendimiento…a deponer nuestra altivez, nuestra resolución, por el bien de los demás, por la alegría y felicidad de los demás. Que seamos constructores de la unión familiar…que nos esforcemos por conseguirla. Que no nos conformemos con la tibieza y menos con el distanciamiento, como si no hubiera más remedio. ¡Ayúdanos, Señor. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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dic 29 2009

Lucas 2, 22-35

Texto del evangelio (Lc 2, 22-35)

Cuando se cumplieron los días de la purificación según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarle al Señor, como está escrito en la Ley del Señor: Todo varón primogénito será consagrado al Señor y para ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o dos pichones, conforme a lo que se dice en la Ley del Señor.

Y he aquí que había en Jerusalén un hombre llamado Simeón; este hombre era justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y en él estaba el Espíritu Santo. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor. Movido por el Espíritu, vino al Templo; y cuando los padres introdujeron al Niño Jesús, para cumplir lo que la Ley prescribía sobre Él, le tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz; porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel».

Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de Él. Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: «Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción -¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!- a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones».

Reflexión: Lc 2, 22-35

Todos estos sucesos fueron previstos con mucha anticipación. Fueron profetizados y precisamente su cumplimiento debe ser razón suficiente para que creamos, ya que finalmente, todas estas previsiones, no son sino intervenciones de Dios en nuestra historia.

Dios ha querido salvarnos con nuestra propia intervención. Él que es Todopoderoso, no ha querido, sin embargo, hacer nada sin nuestro consentimiento y nuestra propia participación. Él necesita, exige que participemos. No se trata de sentarnos a mirar desde la tribuna…Tenemos que actuar. En cada una de sus manifestaciones, a la par que se hace imposible negar su existencia, su inspiración o su intervención, podemos ver que en ella siempre juegan un papel especial hombres y mujeres, comunes y corrientes, que muchas veces, como en este caso, actúan movidos y llenos del Espíritu Santo.

¿Qué se nos dice de Simeón? Que era justo y piadoso. Esto es lo que mínimamente se puede pedir a una persona correcta.  Que sea justa, es decir que de a cada quien lo que le corresponde y que sea piadosa, es decir que se incline humildemente ante el creador, que le reconozca y predisponga su espíritu para entrar en contacto con Dios permanentemente. Que sea Dios quien inspire su vida. Ese es un hombre piadoso, que puede ver y reconocer la presencia cotidiana de Dios, que espera en Él, que está en Su búsqueda permanentemente, que puede ver sus manifestaciones a cada paso…

Simeón ha encontrado el sentido de la vida. No hay nada más importante que su encuentro con Jesucristo, con el Salvador. Y es capaz de reconocer inmediatamente una gran Verdad, que cimienta toda la vida y prédica de Jesús: que Él es la luz que ha venido al mundo. Que el que cree en Él y sigue lo que Él ordena, tendrá vida eterna. Que Jesús es, finalmente, como el ácido aquél que sirve para separar el metal precioso de las impurezas. La sola presencia del Señor en nuestras vidas sirve para que inmediatamente los hombres nos decantemos: por un lado los que estamos con Él y por otro los que están en su contra. O recogemos o esparcimos. Para Él, no hay términos medios: “Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción… a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones”

Frente a Jesús, hay que tomar partido. No podemos permanecer indiferentes, ni postergarlo. Estás o no estás. Y es el Amor, la exigencia suprema. Para Dios, no basta la justicia. Es en la caridad que seremos examinados. Y la caridad es superior a la justicia, va más allá.

Oremos:

Padre Santo, concédenos la gracia de vivir en la caridad, de ir siempre en nuestras vidas más allá de la justicia mundana; de aspirar siempre a la mayor gloria de Dios.  ¡Amén!

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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