Posts tagged: Moisés

Lucas 16, 19-31

Texto del evangelio (Lc 16, 19-31)

En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos: «Era un hombre rico que vestía de púrpura y lino, y celebraba todos los días espléndidas fiestas. Y un pobre, llamado Lázaro, que, echado junto a su portal, cubierto de llagas, deseaba hartarse de lo que caía de la mesa del rico pero hasta los perros venían y le lamían las llagas.

»Sucedió, pues, que murió el pobre y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. Murió también el rico y fue sepultado. Estando en el Hades entre tormentos, levantó los ojos y vio a lo lejos a Abraham, y a Lázaro en su seno. Y, gritando, dijo: ‘Padre Abraham, ten compasión de mí y envía a Lázaro a que moje en agua la punta de su dedo y refresque mi lengua, porque estoy atormentado en esta llama’. Pero Abraham le dijo: ‘Hijo, recuerda que recibiste tus bienes durante tu vida y Lázaro, al contrario, sus males; ahora, pues, él es aquí consolado y tú atormentado. Y además, entre nosotros y vosotros se interpone un gran abismo, de modo que los que quieran pasar de aquí a vosotros, no puedan; ni de ahí puedan pasar donde nosotros’.

»Replicó: ‘Con todo, te ruego, padre, que le envíes a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que les dé testimonio, y no vengan también ellos a este lugar de tormento’. Díjole Abraham: ‘Tienen a Moisés y a los profetas; que les oigan’. Él dijo: ‘No, padre Abraham; sino que si alguno de entre los muertos va donde ellos, se convertirán’. Le contestó: ‘Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se convencerán, aunque un muerto resucite’».

Reflexión: Lc 16, 19-31

Por alguna razón, somos selectivos en lo que estamos dispuestos a creer y lo que rechazamos como inverosímil o tomamos como algo meramente referencial y figurativo. Así, nos decimos cristianos, confesamos creer en Dios Padre, pero rechazamos la idea del demonio y del infierno, con el argumento, muy conveniente y convincente, que siendo nuestro Padre tan bueno, no lo puede permitir. Entonces armamos una serie de teorías, entre las que con más frecuencia encuentro una que dice: “todo lo que se hace aquí, aquí se paga,” que es una forma de negar precisamente el infierno…Y nos quedamos pensado en torno a ello, como el resultado de la sabiduría popular, que tiene tanto de sabia y nos preguntamos, ¿por qué no podría ser cierto? Y, lo dejamos ahí, como algo en lo que no nos gusta reflexionar mucho, una hondura en la que no queremos meternos…

Y sin embargo, Jesucristo que a develado para nosotros el misterio del Padre, hace una alusión muy concreta al infierno en esta lectura, dando cuenta de ciertas características muy precisas: hay un abismo insalvable entre el “seno de Abraham” y el Hades. No hay forma que allí alguien alivie tus tormentos. No hay forma de reparar allí lo que aquí hiciste. Cosecharás inevitablemente lo que sembraste, sin marcha atrás. Por más buenas intenciones que tuvieras entonces, incluso con tu prójimo, no habrá forma de advertirles para evitarles este sufrimiento, nada más que las que ya tenemos, como son los testimonios de los santos, de los profetas y de Jesucristo mismo, que nos señala el Camino de la salvación y de la Vida Eterna.

Si no escuchamos este llamado, si no escuchamos estas advertencias, nos perderemos irremediablemente. Si, es verdad, solo tenemos una vida, solo tenemos esta vida para decidir nuestro futuro eterno. O iremos a nuestro Padre, que nos llama y ha salido con los brazos abiertos a recibirnos, que tiene un sitio especialmente preparado para nosotros desde siempre, o nos condenamos a la oscuridad, al fuego eterno, al dolor y al sufrimiento, junto al Príncipe de este Mundo.

No, el Señor no nos amenaza. Nos advierte, nos da a a conocer el peligro que corremos y nos invita insistentemente a recorrer el camino correcto. El nos quiere y quiere que vayamos a reunirnos con el Padre. Él quiere a tal punto que nos salvemos, que se ha hecho hombre para mostrarnos El Camino, y no ha escatimado esfuerzo por nosotros, llegando incluso a dar su vida. Aparte de Cristo ¿Qué otro amigo conoces que haya dado la vida por ti?

Precisamente para que creamos y le sigamos en este ejemplo de amor extremo, resucitó, es decir que venció a la muerte, constituyéndose así en la garantía de salvación que buscamos. No hay ni se nos darán más pruebas. Las tomamos, creemos, las seguimos y nos salvamos, o nos perdemos para siempre. Esa es nuestra elección. No olvidemos que Dios nos ha creado LIBRES. Nos ha dado la razón y la voluntad para seguirlo o rechazarlo. Es nuestra decisión.

O nos apegamos como este hombre rico a los bienes terrenales, disfrutando egoístamente y con total indiferencia a quienes tenemos a nuestro alrededor, a quienes padecen hambre y sed, a quienes les bastarían nuestras sobras para saciarse, o nos desprendemos y repartimos generosamente lo que tenemos. Seremos bienaventurados, si miramos con amor al mundo que nos rodea y actuamos en consecuencia. El amor no tiene límites. “Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta.” El amor no acaba nunca.

Así, mientras tengamos vida demos todo lo que somos y tenemos, y recibiremos una medida colmada y rebosante. No actuemos como aquellos ricos que han puesto toda su esperanza en su fortuna, que creen que atesorándola y manteniéndola y aun acrecentándola a toda costa, tienen asegurada su felicidad. No nos aferremos a los bienes materiales, que hoy están y mañana no los tenemos; guardemos más bien nuestros tesoros allí donde no entra la polilla y no carcome el gusano. Seamos perfectos, como nuestro Padre que está en el cielo. Amemos a nuestro prójimo como a nosotros mismos y a Dios por encima de todo y al final de nuestros días, nos reuniremos con Lázaro en el seno de Abraham.

Oremos:

Padre Nuestro, enséñanos a amar, a ser generosos con nuestros hermanos. Que no escatimemos nada con tal de aliviar sus penas, su dolor, su sufrimiento. No permitas que pasemos indiferentes, preocupados y centrados solo en nosotros. Abre nuestros ojos y oídos, para que veamos y escuchemos. Haznos solidarios, compasivos, justos, caritativos. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

Bookmark and Share

Mateo 23, 1-12

Texto del evangelio (Mt 23, 1-12)

En aquel tiempo, Jesús se dirigió a la gente y a sus discípulos y les dijo: «En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos. Haced, pues, y observad todo lo que os digan; pero no imitéis su conducta, porque dicen y no hacen. Atan cargas pesadas y las echan a las espaldas de la gente, pero ellos ni con el dedo quieren moverlas. Todas sus obras las hacen para ser vistos por los hombres; se hacen bien anchas las filacterias y bien largas las orlas del manto; quieren el primer puesto en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas, que se les salude en las plazas y que la gente les llame “Rabbí”.

»Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar “Rabbí”, porque uno solo es vuestro Maestro; y vosotros sois todos hermanos. Ni llaméis a nadie “Padre” vuestro en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre: el del cielo. Ni tampoco os dejéis llamar “Doctores”, porque uno solo es vuestro Doctor: Cristo. El mayor entre vosotros será vuestro servidor. Pues el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado».

Reflexión: Mt 23, 1-12

Muy claramente, para que no quepa dudas, Jesús nos indica cual debe ser nuestra actitud en el mundo. Cómo debemos pasar por él, sin aspavientos, sin pretensiones. Nosotros debemos estar al servicio de los demás.

Cuando uno adquiere un puesto de importancia, adquiere también responsabilidades, a veces muy difíciles de cumplir. Necesita de la colaboración de todos y para eso tiene que actuar como líder. Tiene que saber motivar y arrastrar a los demás en la dirección correcta, a fin de lograr las metas que se ha propuesto o que los jefes esperan de él.

Siempre habremos de preguntarnos si lo que hacemos es correcto, si ello nos conducirá y conducirá a los que trabajan con nosotros a la perfección, a la construcción del Reino, a un bien superior. No hemos de aceptar, pues, tareas destructivas, que hagan daño a los hombres o al mundo en el que vivimos. Tenemos que ser críticos y aplicar nuestro buen juicio; para ello tenemos a nuestro Maestro, Jesús, que nos ayudará a dilucidar lo conveniente, lo correcto.

Porque nosotros, los cristianos, no podemos tener una vida doble, una vida dual, en la que una cosa es lo que hacemos y otra la que decimos y confesamos, sin importar el cargo que desempeñemos. Así es como actúan los fariseos, nos lo recuerda el Señor. Dicen una cosa, pero hacen otra. Y ponen cargas a sus empleados, a sus siervos, a sus seguidores, que ellos no llevarían ni por un segundo en sus espaldas. Qué fácil es culpar a los demás, exigir comportamientos, responsabilidades y tareas imposibles, que anulan sus vidas, que les restan libertad, que los inutilizan, que los deprimen, que los hunden, al no poder lograr las metas, pese a los múltiples esfuerzos y sacrificios que realizan y encima no obtener reconocimiento alguno, precisamente porque no lograron lo que se les exigía.

El Señor nos exige empatía con nuestros empleados, con nuestros siervos. E incluso, como siempre, va más allá. Debemos actuar como siervos, en lugar de estar regocijándonos con loas y reconocimientos a nuestra embestidura. Nuestro proceder debe hacer evidente a los demás que tenemos un solo Maestro, un solo Padre  y un solo Doctor, del que proviene la sabiduría, el amor y el servicio.

Se trata, pues, de actuar como hombres y mujeres nuevos, al servicio del Reino, y por lo tanto, al servicio de los demás. Oír, atender, escuchar…ser sensible a las necesidades de los demás, más aún si contigo se encuentran al servicio de una empresa, de un negocio. Tener en cuenta siempre las altas metas que el Señor nos propone, que están por encima de los fines particulares de cualquier emprendimiento mundano, que habrán de perseguir la promoción del ser humano y nunca su humillación. Nada justifica humillar a tu hermano. Por el contrario, si de humillación se trata, debe empezar por ti. Eso es lo que nos enseña Jesús…No a salvar nuestro “buen nombre” y reputación a costa de un “infeliz”, de un “pobre diablo”, como lamentablemente tendemos a hacer. Nos comparamos, juzgamos y nos sentimos superiores a los humildes y por lo tanto, menos merecedores de humillación. Si alguien habrá de salir perdedor y humillado de esta contienda, será siempre el otro, porque “yo soy harina de otro costal”. “No sabe con quién se ha metido…” son las palabras de quien no reconoce, ni admite humillación alguna posible. “Antes, muerto”….

Un momentito…¿Por qué no te detienes a meditar un poco en torno al escenario? ¿Qué está pasando? ¿Estás seguro que la verdad está contigo? ¿Esta “verdad” implica pasar como una aplanadora por encima de las vidas de algunos o de alguien en especial? ¿Crees que eso puede venir de un Dios que es Padre? ¿Al servicio de quién estás: de este Padre, tuyo o del demonio? Piensa, medita, reflexiona, ora….

Oremos:

Señor, danos tu luz para ver claramente en nuestras vidas, que seguimos el Camino correcto, que no nos estamos engañando, huyendo solamente de la humillación o buscando solamente que nos ensalcen, porque somos incapaces de equivocarnos, porque de nosotros solo pueden venir cosas buenas…porque la razón nos acompaña en todo, porque somos superiores, elegidos…¡Danos humildad para reconocer nuestras faltas, nuestra imperfección! Sobre todo, danos sensibilidad para sentir y amar como Tú. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

Bookmark and Share

Lucas 9, 28-36

Texto del evangelio (Lc 9, 28-36)

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, Juan y Santiago, y subió al monte a orar. Y sucedió que, mientras oraba, el aspecto de su rostro se mudó, y sus vestidos eran de una blancura fulgurante, y he aquí que conversaban con Él dos hombres, que eran Moisés y Elías; los cuales aparecían en gloria, y hablaban de su partida, que iba a cumplir en Jerusalén.

Pedro y sus compañeros estaban cargados de sueño, pero permanecían despiertos, y vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con Él. Y sucedió que, al separarse ellos de Él, dijo Pedro a Jesús: «Maestro, bueno es estarnos aquí. Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías», sin saber lo que decía. Estaba diciendo estas cosas cuando se formó una nube y los cubrió con su sombra; y al entrar en la nube, se llenaron de temor. Y vino una voz desde la nube, que decía: «Este es mi Hijo, mi Elegido; escuchadle». Y cuando la voz hubo sonado, se encontró Jesús solo. Ellos callaron y, por aquellos días, no dijeron a nadie nada de lo que habían visto.

Reflexión: Lc 9, 28-36

Uno de tantos episodios asombrosos en la vida de Jesús. Es realmente espectacular y con mucho respeto diría digno del mejor filme de Spilberg. No sé por qué frente a este acontecimiento tendemos a reaccionar como si se tratara de algo inverosímil y distinto a todo lo que hemos venido viendo en la vida pública de Jesús. ¿Acaso es menos “espectacular”, por llamarlo de algún modo, que Jesús perdone los pecados, que devuelva la vista a un ciego, el andar a un paralítico o la vida a un muerto o que alimente a 5mil con unos cuantos panes y peces?

Estamos, pues, en presencia de Dios hecho hombre. Cristo es el Hijo de Dios Padre Eterno, como tal pertenece a la misma divinidad. Él mismo nos lo ha revelado. No es producto de nuestra imaginación. No se trata de ciencia ficción. Sí, posiblemente de una dimensión que nos resulta difícil comprender. Dios, creador del mundo, del universo y de todo lo existente, vive eternamente. Es y se mueve en un plano superior, que incluye y abarca el nuestro. Pero, Él nos ha creado para que vayamos a Él y vivamos con Él eternamente.

Dado que no comprendimos este mensaje, nos envió a su propio Hijo para que nos muestre el camino. Él, muriendo en la cruz y resucitando, nos mostró el camino. En el poco tiempo de predicación que tuvo entre nosotros, nos lo mostró. Nos reveló a Dios Padre y Su Voluntad: que nos amemos unos a otros, como Él mismo nos ama.

Para que entendamos este mensaje, Cristo nos dio muchas, muchísimas señales, entre ellas, la Transfiguración. Fue realmente indescriptible, tanto que los tres discípulos que lo acompañaron quedaron embobados, casi paralizados… “Ellos callaron y, por aquellos días, no dijeron a nadie nada de lo que habían visto.” ¿Qué iban a decir? ¿Qué podían decir? Habían vivido una experiencia única, maravillosa, inexplicable. Algo que, como decimos en Cursillos, se tiene que vivir, que no se puede contar, que no se puede explicar, porque va más allá de nuestra razón, de nuestro pobre entendimiento…Algo que te llena de asombro, pero al mismo tiempo de paz, de esperanza, de alegría… “Pedro y sus compañeros estaban cargados de sueño, pero permanecían despiertos, y vieron su gloria…”

Más allá del asombro, fue tal la dicha que los embargó que “dijo Pedro a Jesús: «Maestro, bueno es estarnos aquí. Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías», sin saber lo que decía.” Esta es la Gloria de Dios…un lugar sin tiempo ni espacio, que te llena de paz, de alegría, de plenitud…que está más allá de todo, por encima de todo, que una vez experimentado, no quisiéramos dejar jamás. Estas son primicias del Reino que a estos tres discípulos embobados, desconcertados, asombrados, les estuvo permitido ver, sentir, vivir…

Y aún pudieron oír: «Este es mi Hijo, mi Elegido; escuchadle».

Todo empezó con Cristo subiendo al monte a orar. Y ocurrió mientras Jesús oraba. No es casual. Es claramente la muestra palpable del poder de la oración. De la importancia de la oración en la vida de Jesús y por lo tanto, también de lo que debe ser en nuestras vidas. La oración tiene esta capacidad de transformarnos, de elevarnos, de cambiarnos, de unirnos a Dios Padre, con Cristo y con todos aquellos que han hecho del cumplimiento de la Voluntad del Padre la razón de sus vidas…La oración nos une con Dios en un “plano”, en una “dimensión” sin tiempo ni espacio, donde Él habita, donde nos espera, donde estamos llamados a ir…La oración nos permite atisbar aquél horizonte que habremos de alcanzar siguiendo a Jesús.

Oremos:

Padre Celestial, ilumínanos para entender que por ningún motivo debemos alejarnos de Ti y que siempre te podremos encontrar, si somos capaces de apartarnos por un momento de todo cuanto nos aflige y perturba, para encontrarte en la Oración. ¿Cómo podremos oír tu voz si no oramos? Tú eres nuestra fortaleza, Tu nuestra roca. Sin Ti nada podemos, nada somos. Permítenos perseverar en la oración diaria. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

Bookmark and Share

Marcos 7, 1-13

Texto del evangelio (Mc 7, 1-13)

En aquel tiempo, se reunieron junto a Jesús los fariseos, así como algunos escribas venidos de Jerusalén. Y al ver que algunos de sus discípulos comían con manos impuras, es decir no lavadas, -es que los fariseos y todos los judíos no comen sin haberse lavado las manos hasta el codo, aferrados a la tradición de los antiguos, y al volver de la plaza, si no se bañan, no comen; y hay otras muchas cosas que observan por tradición, como la purificación de copas, jarros y bandejas-.

Por ello, los fariseos y los escribas le preguntan: «¿Por qué tus discípulos no viven conforme a la tradición de los antepasados, sino que comen con manos impuras?». Él les dijo: «Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, según está escrito: ‘Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me rinden culto, ya que enseñan doctrinas que son preceptos de hombres’. Dejando el precepto de Dios, os aferráis a la tradición de los hombres». Les decía también: «¡Qué bien violáis el mandamiento de Dios, para conservar vuestra tradición! Porque Moisés dijo: ‘Honra a tu padre y a tu madre y: el que maldiga a su padre o a su madre, sea castigado con la muerte’. Pero vosotros decís: ‘Si uno dice a su padre o a su madre: Lo que de mí podrías recibir como ayuda lo declaro “Korbán” -es decir: ofrenda-’, ya no le dejáis hacer nada por su padre y por su madre, anulando así la Palabra de Dios por vuestra tradición que os habéis transmitido; y hacéis muchas cosas semejantes a éstas».

Reflexión: Mc 7, 1-13

El Señor es siempre muy claro, para aquél que realmente quiere oírlo. Nosotros hemos sido creados libres, por lo tanto no debemos sometimiento a nada ni nadie, sino solo a Dios nuestro creador. ¿Y qué es lo que quiere Dios de nosotros? Que hagamos lo mejor, lo que más nos conviene. Así, si somos inteligentes, porque así hemos sido creados y somos libres, es tonto que escojamos ir contra Dios, porque Él, en toda su sabiduría ha escogido lo mejor para nosotros y nos lo propone, no nos lo impone.

Sin embargo, muchos de nosotros, lamentablemente, preferimos no hacerle caso, darle las espaldas, e ir en contra, a sabiendas que terminaremos mal, prestándole oídos al demonio, que de este modo triunfa parcialmente en nosotros. Y es que así es de claro, de simple y de sencillo. “Quien no está conmigo –nos dice Jesús- está contra mí”. “El que no recoge conmigo, esparce”.

¿Qué tiene que ver con la lectura? Pues que los escribas y fariseos pretenden condenar a los discípulos de Jesús porque no cumplen con las tradiciones y estas no son buenas necesariamente, solo por el hecho de haber sido establecidas desde hace mucho y porque todo el mundo las sigue. ¡Eso es lo que les recuerda Jesús! “El sábado ha sido creado para el hombre y no el hombre para el sábado”. Nosotros somos libres y no hay nada que tengamos que hacer o que esté por encima de amar a nuestro prójimo, porque sólo así amamos a Dios.

Jesús aquí mismo desenmascara una tradición por la cual los judíos de aquella época trataban de justificar su desatención a sus padres, es decir a uno de sus prójimos más cercanos. Claro, y encima se justificaban diciendo que lo que debían dárselo a ellos se lo habían dado como ofrenda a Dios. ¡Eso no es ni puede ser lo que quiere Dios! Y así de claro lo expresa Jesús. “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí.” Es que a Dios no se le ama mirando al cielo y blanqueando los ojos…A Dios se le honra y se le ama, cuando amamos a nuestro prójimo. ¡Eso es lo primero!, y no las leyes, ni tradiciones…El hombre ha de ser primero. Amándole a él, amaremos a Dios.

 

Oremos:

Señor Jesús, que comprendamos que en realidad toda la ley, las profecías y los evangelios se reducen a: “Amar a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos”. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

Bookmark and Share

Juan 1, 43-51

Texto del evangelio (Jn 1, 43-51)

En aquel tiempo, Jesús quiso partir para Galilea. Se encuentra con Felipe y le dice: «Sígueme». Felipe era de Bestsaida, de la ciudad de Andrés y Pedro. Felipe se encuentra con Natanael y le dice: «Ése del que escribió Moisés en la Ley, y también los profetas, lo hemos encontrado: Jesús el hijo de José, el de Nazaret». Le respondió Natanael: «¿De Nazaret puede haber cosa buena?». Le dice Felipe: «Ven y lo verás».

Vio Jesús que se acercaba Natanael y dijo de él: «Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño». Le dice Natanael: «¿De qué me conoces?». Le respondió Jesús: «Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi». Le respondió Natanael: «Rabbí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel». Jesús le contestó: «¿Por haberte dicho que te vi debajo de la higuera, crees? Has de ver cosas mayores». Y le añadió: «En verdad, en verdad os digo: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre».

Reflexión: Jn 1, 43-51

El encuentro con Jesús no es casual. Él ha estado esperando por cada uno de nosotros. Él sabe donde estamos, quienes somos y qué hacemos. Él sale a nuestro encuentro. Y es imposible negarlo o dejar de reconocerlo cuando lo vemos.

Podemos tratar de engañarnos, fingir que no lo vimos, que no lo escuchamos, que no supimos donde estaba ni quién era, sin embargo no podremos engañar a nuestro corazón y una vez que lo hayamos encontrado, difícilmente podremos perderlo de vista, ignorarlo en nuestras vidas.

Y es que todos estos encuentros fueron previstos desde antes que viéramos la luz. No, no estamos hablando de un determinismo o una predestinación, en el sentido que estuviéramos siendo manipulados o hubiéramos perdido la libertad. No. Siempre tendremos frente a nosotros la opción de seguirlo o dejarlo marcha, dejarlo pasar. Pero si lo hacemos, seremos unos estúpidos, pues aplicando nuestra razón y si somos consecuentes, caeremos en la cuenta que toda nuestra vida estuvimos buscándolo o, si se quiere, caminando hacia Él…Entonces ¿Cómo dejarlo marchar, si Él mismo sale a nuestro encuentro? Lo lógico sería adherir a Él…¿Qué nos detiene? Ya sé…Tenemos tanto…Tanto que preservar, tanto que proteger, tanto que mantener, tanto que perder…

Es que nos falta fe. Fe para entender que Él es el Bien Superior; que no hay nada sobre Él…que no hay nada más allá de Él o por encima de Él. Que quien lo tiene a Él, lo tiene todo…no necesita más. Si lo pudiéramos entender, seríamos como San Francisco o tantos otros santos que supieron abandonarlo todo, todo por Él.  “Deja que los muertos entierren a sus muertos…” “Quien pone la mano en el arado y mira hacia a tras, no es apto para el Reino”…Esas son palabras de Jesús. Así de radical es su llamado, así de exigente. Y, si lo pensamos bien, no podía ser de otro modo. Si estamos hablando del “Bien Superior”, ¿cómo tendría que ser su llamado? Tu mismo no le dirías a tu hijo: “oye niño, ven por aquí, que yo se qué es lo que te conviene”…Y si tu serías capaz de tanto bien, imagínate de lo que será capaz nuestro Padre Celestial, que tiene cada uno de nuestros cabellos contados…

¡Aleluya!

Oremos:

¡Bendito seas Dios mío, Padre de nuestros Señor Jesucristo, que nos permites ver tanta bondad…Que nos has deparado tan dichoso y vivificante encuentro! Todo lo abarcas, todo lo llenas…Nuestra alma reboza de alegría ante tu sola presencia. Gracias Señor. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

Bookmark and Share

Lucas 2, 22-35

Texto del evangelio (Lc 2, 22-35)

Cuando se cumplieron los días de la purificación según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarle al Señor, como está escrito en la Ley del Señor: Todo varón primogénito será consagrado al Señor y para ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o dos pichones, conforme a lo que se dice en la Ley del Señor.

Y he aquí que había en Jerusalén un hombre llamado Simeón; este hombre era justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y en él estaba el Espíritu Santo. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor. Movido por el Espíritu, vino al Templo; y cuando los padres introdujeron al Niño Jesús, para cumplir lo que la Ley prescribía sobre Él, le tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz; porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel».

Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de Él. Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: «Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción -¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!- a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones».

Reflexión: Lc 2, 22-35

Todos estos sucesos fueron previstos con mucha anticipación. Fueron profetizados y precisamente su cumplimiento debe ser razón suficiente para que creamos, ya que finalmente, todas estas previsiones, no son sino intervenciones de Dios en nuestra historia.

Dios ha querido salvarnos con nuestra propia intervención. Él que es Todopoderoso, no ha querido, sin embargo, hacer nada sin nuestro consentimiento y nuestra propia participación. Él necesita, exige que participemos. No se trata de sentarnos a mirar desde la tribuna…Tenemos que actuar. En cada una de sus manifestaciones, a la par que se hace imposible negar su existencia, su inspiración o su intervención, podemos ver que en ella siempre juegan un papel especial hombres y mujeres, comunes y corrientes, que muchas veces, como en este caso, actúan movidos y llenos del Espíritu Santo.

¿Qué se nos dice de Simeón? Que era justo y piadoso. Esto es lo que mínimamente se puede pedir a una persona correcta.  Que sea justa, es decir que de a cada quien lo que le corresponde y que sea piadosa, es decir que se incline humildemente ante el creador, que le reconozca y predisponga su espíritu para entrar en contacto con Dios permanentemente. Que sea Dios quien inspire su vida. Ese es un hombre piadoso, que puede ver y reconocer la presencia cotidiana de Dios, que espera en Él, que está en Su búsqueda permanentemente, que puede ver sus manifestaciones a cada paso…

Simeón ha encontrado el sentido de la vida. No hay nada más importante que su encuentro con Jesucristo, con el Salvador. Y es capaz de reconocer inmediatamente una gran Verdad, que cimienta toda la vida y prédica de Jesús: que Él es la luz que ha venido al mundo. Que el que cree en Él y sigue lo que Él ordena, tendrá vida eterna. Que Jesús es, finalmente, como el ácido aquél que sirve para separar el metal precioso de las impurezas. La sola presencia del Señor en nuestras vidas sirve para que inmediatamente los hombres nos decantemos: por un lado los que estamos con Él y por otro los que están en su contra. O recogemos o esparcimos. Para Él, no hay términos medios: “Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción… a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones”

Frente a Jesús, hay que tomar partido. No podemos permanecer indiferentes, ni postergarlo. Estás o no estás. Y es el Amor, la exigencia suprema. Para Dios, no basta la justicia. Es en la caridad que seremos examinados. Y la caridad es superior a la justicia, va más allá.

Oremos:

Padre Santo, concédenos la gracia de vivir en la caridad, de ir siempre en nuestras vidas más allá de la justicia mundana; de aspirar siempre a la mayor gloria de Dios.  ¡Amén!

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

Bookmark and Share

Juan 1, 1-18

Texto del evangelio (Jn 1, 1-18)

En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios. Ella estaba en el principio con Dios. Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto existe. En ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres, y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron.

Hubo un hombre, enviado por Dios: se llamaba Juan. Éste vino para un testimonio, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por él. No era él la luz, sino quien debía dar testimonio de la luz.

La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre; la cual no nació de sangre, ni de deseo de hombre, sino que nació de Dios. Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad.

Juan da testimonio de Él y clama: «Éste era del que yo dije: El que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo». Pues de su plenitud hemos recibido todos, y gracia por gracia. Porque la Ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo. A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, Él lo ha contado.

Reflexión: Jn 1, 1-18

Hasta que llegamos a la Fiesta principal del cristianismo. La celebración del nacimiento de nuestro Salvador. Juan nos describe este acontecimiento con palabras muy bellas y profundas, inspiradas por el Espíritu Santo. Dios que existió desde siempre, que es la luz, la verdad, la gracia, la vida…quiso hacerse partícipe de nuestra historia y vino a nosotros hecho hombre en Jesucristo.

Todas las señales que precedieron su nacimiento, incluyendo la predicación de Juan el Bautista, convergen en Jesucristo, el centro de la historia. Y es centro no sólo porque desde allí para adelante o para atrás empezamos a ubicar cualquier fecha histórica, sino porque en realidad es la Verdad y la Luz, es quien da sentido a nuestra vida. Es el centro porque en torno a Él debemos construir nuestra vida si queremos que tenga significado alguno. La piedra descartada por los constructores, ha venido a convertirse en la piedra angular. Él estuvo en el principio, y está en el fin…pero por su inmensa gracia, no ha querido dejarnos solos, y nos ha enviado su único Hijo, para que nos ilumine con su luz y nos muestre el Camino, para asegurarse que vayamos por él y a Él. Esa es la maravilla que celebramos hoy.

Hay algo más que me gustaría escudriñar en las palabras de Juan: “Porque la Ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo.”  La Ley es una exigencia, es aquello que de algún modo todos debemos cumplir para asegurar la convivencia y la integración social. La Ley es una norma impuesta, contra la que no podemos ir, porque terminaríamos por destruirnos a nosotros mismos y a la sociedad. La Ley es lo menos que se puede exigir. Sin embargo Jesucristo trae algo que está por encima de la Ley, de toda ley: la gracia y la verdad.

La Gracia…la capacidad de entender la Verdad revelada. Una capacidad que va más allá de nuestra inteligencia, que es un Don Divino. Esta Gracia es un regalo de Dios, que nos llega por su infinita bondad, por amor. Y la Verdad, absoluta y total: que hemos sido creados por Dios, por un Dios que es Amor…que nos amó primero, que nos ha amado siempre, porque es nuestro Padre, porque somos sus hijos y por lo tanto no quiere nada más que nuestro bien y nuestra felicidad. Quiere que vivamos eternamente a su lado. Y para asegurarse que así sea, nos envía a su Único Hijo, Jesucristo, para que nos muestre el Camino. Él es el Camino, la Verdad y la Vida. Por Él llegamos al Padre. ¿Qué quiere decir esto? Que debemos seguirlo, que debemos ser como Él, que debemos vivir como Él. ¿Y cuál es el distintivo de Jesús o cómo podríamos saber si somos o estamos viviendo como Él? Muy fácil, al menos de decir, aunque no sea igualmente de fácil de vivir: su distintivo es el Amor.

Ama a Dios por sobre todas las cosas y a tu prójimo como a ti mismo. El que así vive, tiene asegurada la gloria de Dios. Eso es lo que nos viene a revelar Jesucristo, el único que ha visto al Padre y lo conoce desde siempre. Él nos tiene reservada una morada a su lado desde siempre y para siempre. Pero para alcanzarla NOS PROPONE vivir en la Verdad. Esa es la diferencia con la Ley. La ley es una exigencia que estamos obligados a cumplir; la Verdad revelada por Jesucristo es  una propuesta, que al final se traduce en una exigencia mayor, es decir que demanda mucho más esfuerzo probablemente que cumplir la ley, porque nos exige ir MAS ALLÁ, pero no se nos impone, sino que se nos propone, porque Dios ha querido respetar nuestra dignidad, nuestra libertad. No somos esclavos; somos hijos suyos. Tendríamos que escoger el bien mejor, el bien mayor, sin embargo somos libres de acogerlo o rechazarlo. Ese es el Dios del que tenemos que aprender, el Dios que Jesucristo nos revela.

Oremos:

Padre Santo, ilumínanos para preferir y escoger siempre el bien. Que caminemos en la luz y la verdad. Que hagamos tu Voluntad, sabiendo que Tu no puedes querer otra cosa que lo mejor para nuestras vidas. Si pudiéramos aferrarnos a ella, abrazarnos a ella y no dejarla jamás, qué dichosos seríamos. Danos tu Gracia abundante para ver claramente el Camino que nos propones y seguirlo, sin desviaciones de ninguna clase. Perdona nuestros pecados. Perdona nuestra soberbia, nuestro orgullo, nuestra vanidad. Haznos humildes, portadores de paz y amor. ¡Amén!

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

Bookmark and Share

Lucas 20, 27-40

Texto del evangelio (Lc 20,27-40)

En aquel tiempo, acercándose a Jesús algunos de los saduceos, esos que sostienen que no hay resurrección, le preguntaron: «Maestro, Moisés nos dejó escrito que si muere el hermano de alguno, que estaba casado y no tenía hijos, que su hermano tome a la mujer para dar descendencia a su hermano. Eran siete hermanos; habiendo tomado mujer el primero, murió sin hijos; y la tomó el segundo, luego el tercero; del mismo modo los siete murieron también sin dejar hijos. Finalmente, también murió la mujer. Ésta, pues, ¿de cuál de ellos será mujer en la resurrección? Porque los siete la tuvieron por mujer».

Jesús les dijo: «Los hijos de este mundo toman mujer o marido; pero los que alcancen a ser dignos de tener parte en aquel mundo y en la resurrección de entre los muertos, ni ellos tomarán mujer ni ellas marido, ni pueden ya morir, porque son como ángeles, y son hijos de Dios, siendo hijos de la resurrección. Y que los muertos resucitan lo ha indicado también Moisés en lo de la zarza, cuando llama al Señor el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. No es un Dios de muertos, sino de vivos, porque para él todos viven».

Algunos de los escribas le dijeron: «Maestro, has hablado bien». Pues ya no se atrevían a preguntarle nada.

Reflexión: Lc 20,27-40

Me parece encontrar aquí la típica reacción nuestra. Queremos ver e interpretar la Vida Eterna con nuestras propias categorías. Así la Resurrección no traerá sino una continuación por los siglos de los siglos de lo que veníamos haciendo y viviendo aquí en la Tierra…como una prolongación eterna de nuestras vidas. Como resultado, queremos trasladar obviamente nuestros dilemas, nuestras mismas inquietudes, preferencias y vivencias terrenas al cielo. Mas el Señor nos Revela que esto no es así.

Nuestra vida y preocupaciones de aquí no serán trasladadas allí. No se trata de un prolongar allí nuestra vida…Se trata de una vida distinta. Esto me parece que es en el fondo lo que nos cuesta entender y aceptar.

Estamos llamados a vivir de otro modo y esto no solo en la Vida Futura, sino desde aquí. Estamos llamados a vivir en el Amor y Este, está sobre todas las categorías y divisiones que hemos creado. El Verdadero Amor no nos permite hacer distinciones entre familiares, amigos, hijos, hermanos, esposas o esposos…El Verdadero Amor no tiene límites y nos obliga, por lo tanto, a vivir de otro modo. Si nosotros entendiéramos ello, empezaríamos desde ahora a vivir de un modo distinto, a vivir las primicias del Reino, a vivir como Hijos de Dios.

El Amor es todo aquello que señala Pablo en Corintios 13 y lo podemos empezar a vivir desde aquí, desde ahora…pero lo alcanzaremos en plenitud cuando Resucitemos de entre los muertos para amar y servir a Dios por toda la Eternidad.

Así que, vive con amor, da amor y deja el resto en manos del Señor, que sabrá compensarte de un modo pleno, que solo puedes alcanzar a vislumbrar, como una primicia, en el amor humano, en el amor a los hombres, en el amor a los demás, en el amor al prójimo. Recuerda que Dios te amó primero y te amo tanto, que te regaló el precioso e incomparable don de la vida y te ha dejado en libertad para que tú, por tus propios medios, escojas vivir eternamente. Para ello solo tienes que ser feliz. Y es feliz el que ama. El amor es la llave para la Vida Eterna…

Oremos:

Señor, permítenos entender que es en esta vida que debemos ser felices y que la felicidad está en el amor y que el amor consiste en ver por los demás, en velar por los demás, en negarnos a nosotros mismos, buscando primero el bien ajeno, el bien del prójimo, sin importar que este sea nuestro familiar o nuestro amigo o nuestro compañero de trabajo. El Amor está por encima de todo esto y no se detiene en clasificación alguna, en miramientos ni reparos.

Señor, enséñanos a amar. Amén.

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

Bookmark and Share

Marcos 10, 2-16

Texto del evangelio (Mc 10,2-16)
 

En aquel tiempo, se acercaron unos fariseos que, para ponerle a prueba, preguntaban: «¿Puede el marido repudiar a la mujer?». Él les respondió: «¿Qué os prescribió Moisés?». Ellos le dijeron: «Moisés permitió escribir el acta de divorcio y repudiarla». Jesús les dijo: «Teniendo en cuenta la dureza de vuestro corazón escribió para vosotros este precepto. Pero desde el comienzo de la creación, Él los hizo varón y hembra. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y los dos se harán una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió, no lo separe el hombre». Y ya en casa, los discípulos le volvían a preguntar sobre esto. Él les dijo: «Quien repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra aquélla; y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio».

Le presentaban unos niños para que los tocara; pero los discípulos les reñían. Mas Jesús, al ver esto, se enfadó y les dijo: «Dejad que los niños vengan a mí, no se lo impidáis, porque de los que son como éstos es el Reino de Dios. Yo os aseguro: el que no reciba el Reino de Dios como niño, no entrará en él». Y abrazaba a los niños, y los bendecía poniendo las manos sobre ellos.

Reflexión: Mc 10,2-16

Dos lecciones muy interesantes, a las que finalmente quizás podremos encontrar conexión. La primera, sobre el matrimonio. No hay contemplaciones: no hay separación ni divorcio que valga. El mandato de Cristo es superior al de Moisés, es más exigente. Por eso en alguna parte dice que no ha venido a abolir las Escrituras (el Antiguo Testamento), sino a dar cumplimiento. Y es que en el fondo, el que obra la Voluntad del Señor toda su vida, el que decide seguir a Cristo, da cada paso en su nombre y se deja conducir por el Amor.

Uno de estos pasos, importantísimo por cierto, es la unión en el Sacramento Sagrado del Matrimonio. No es un juego. No es un pasatiempo, ni una diversión. Es una decisión reflexionada serena y profundamente, que se toma en el camino del seguimiento a Jesús, en el que dos personas deciden juntas, caminar en la misma dirección, apoyándose, ayudándose, amándose…que incluye la unión íntima de sus cuerpos, como un medio evidente de la unión de sus espíritus…pero que va muchísimo más allá. Nos hacemos uno, no sólo por la unión de cóncavo y convexo, que en sí es un símbolo, sino por la unión de nuestros espíritus y la bendición divina, que también nos une allá en el cielo. Y lo que Dios une, no lo puede separar el hombre.

¿Qué quiere decir? Que una vez tomada la decisión, por nuestra propia voluntad, en un Camino iluminado por su Luz, una vez decidida reflexivamente y en oración la unión en Santo Matrimonio, una vez que los dos dan consentimiento, Dios mismo los bendice y une. Y si Dios mismo lo ha bendecido y unido, ¿quién podrá separarlo? Si alguien osara intentarlo, estará yendo contra la Voluntad Divina.

Pero ahí mismo surge otra reflexión. Qué de aquellos que se casaron sin amor, llevando una vida extraviada, sin principios, buscando intereses, buscando placer…aquellos que llevan una vida frívola, vacía en la que en su matrimonio, como en todo prima la inmadurez, el egoísmo, el hedonismo y no tienen ni idea de lo que es el amor. Si a lo largo de su vida y su unión conyugal, que comenzó mal, no logran purificar sus motivos y madurar como personas, terminarán a las patadas y más temprano que tarde se separarán y divorciarán, ateniéndose a tantas facilidades que les otorga el Príncipe de este mundo.

Y es que, aunque pudieron haberse casado en una Ceremonia Religiosa, en la que efectivamente Dios estuvo presente dándoles Su Bendición, su matrimonio en realidad no fue nunca un paso más en El Camino, fue una circunstancia, fue un desatino, un despropósito egoísta, con fines subalternos…Fue probablemente la unión de dos inmaduros, engañados, superfluos, desquiciados, abusivos, inoperantes, acomplejados, resentidos….en fin, donde incluso uno de ellos podría ser víctima del otro…Dos extraviados en la amplitud filosófica de la palabra.

¿Cuál debe ser el papel de la sociedad en este caso? ¿Facilitar la salida? ¡No! Por el contrario, debe ¡Iluminar la entrada! Bueno, pero que hacemos con los que efectivamente maduran y se dan cuenta que aquello fue un disparate. Primero, no pueden olvidar que invocaron la Bendición de Dios en su unión, que como producto de ello tienen hijos…Habrá que ayudarlos; pero no es así no más, cada uno para su lado y busque nueva pareja y procure esta vez no cometer el mismo error…¡No! No es así de fácil. No se trata de una camiseta o un calzoncillo; no se trata de un trabajo, ni de un carro o una casa…Ni si quiera se trata de una ciudad, un país o una nacionalidad. ¿Puede hacerse alguien ciudadano Norte Americano, renunciando a su nacionalidad y luego renunciar a ambas y hacerse –digamos- francés?

Quizás alguien podría lograr este objetivo tras engorrosos trámites y después de muchos años.  ¿Por qué crees que puedes unirte hoy en matrimonio con una persona y tener todas las facilidades para separarte de ella mañana? Aceptarlo es denigrar al matrimonio, es ponerlo a la altura de un calzoncillo, de un par de medias, de un carro, de una casa….de un objeto. Y nosotros no somos objetos. Hemos sido creados a Imagen y Semejanza de Dios.

Como todo esto es tan fuerte, como todo esto es tan contundente…¿qué aconseja el Príncipe? Patea el tablero y manda todo al carajo…Por eso es que pretendemos vivir de espaldas a Dios. Es que Él nos invita a ser Hombres. Nos invita a vivir conforme a la dignidad que hemos recibido de Dios. Somos sus hijos y hemos sido creados para caminar erguidos, para mirar al cielo…no para arrastrarnos como esclavos de nuestros vicios, de nuestras pasiones, de nuestra mezquindad, de nuestras debilidades, de nuestro egoísmo.

¿Cómo obrar entonces? Como niño. Recibir el Reino de Dios como niño…Creer en Él, con ilusión, con alegría, esperándolo todo, dándolo todo, compartiéndolo todo, dándose, sin mirar el color de la piel, la posición social, el currículum…Dándonos como se da un niño, que no bien te conoce te convida la mitad de la galleta que estaba comiendo, te extiende la mano y te da un beso, sin importarle si te bañaste esta mañana, ni cómo te apellidas. Un niño que puede verte a los ojos y sonreír, sin ocultar nada, sin temer nada.

Así es como debemos ver el mundo cada mañana. Así es como debemos vivir cada día, ya sea que estemos casados, solteros o hayamos asumido el orden sacerdotal. Debemos ser como niños, recibir a los niños y recibir el Reino de Dios como niños….Nos lo dice Jesús de un modo que en realidad no resulta difícil comprender, pero que de repente no queremos aceptar, porque hace rato que aprendimos a vivir mañosamente, entre mentiras, entre verdades a medias, entre traiciones, en la sombra…

 

Oremos:

Señor, danos esa alma de niño. Purifícanos…límpianos. Aparta de nosotros la mentira, el orgullo, la indiferencia, la soberbia…Haznos dóciles a tu Espíritu…como niños.

Gracias por el Sacramento del Matrimonio. Fortalécenos para que seamos siempre fieles el uno al otro, amorosos, tiernos, comprensivos, generosos, alegres, creativos…Bendice nuestra unión cada día. Amén.

 

Roguemos al Señor…

 

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)
Bookmark and Share

Reflexión: Mt 19,3-12

Mt 19,3-12

Hoy, Jesús contesta a las preguntas de sus contemporáneos acerca del verdadero significado del matrimonio, subrayando la indisolubilidad del mismo.

Su respuesta, sin embargo, también proporciona la base adecuada para que los cristianos podamos responder a aquéllos cuyos tercos corazones les han hecho buscar la ampliación de la definición de matrimonio para las parejas homosexuales.

Al hacer retroceder el matrimonio al plan original de Dios, Jesús subraya cuatro aspectos relevantes por los cuales sólo pueden ser unidos en matrimonio un hombre y una mujer:

1) «El Creador, desde el comienzo, los hizo varón y hembra» (Mt 19,4). Jesús nos enseña que, en el plan divino, la masculinidad y la feminidad tienen un gran significado. Ignorarlo, pues, es ignorar lo que somos.
2)  «Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer» (Mt 19,5). El plan de Dios no es que el hombre abandone a sus padres y se vaya con quien desee, sino con una esposa.
3)  «De manera que ya no son dos, sino una sola carne» (Mt 19,5). Esta unión corporal va más allá de la poco duradera unión física que ocurre en el acto conyugal. Se refiere a la unión duradera que se presenta cuando un hombre y una mujer, a través de su amor, conciben una nueva vida que es el matrimonio perdurable o unión de sus cuerpos. Es obvio que un hombre con otro hombre, o una mujer con otra mujer, no pueden considerarse un único cuerpo de esa forma.
4)  «Pues lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre» (Mt 19,6). Dios mismo ha unido en matrimonio al hombre y a la mujer, y siempre que intentemos separar lo que Él ha unido, lo estaremos haciendo por nuestra cuenta y a expensas de la sociedad.

En su catequesis sobre el Génesis, el Papa Juan Pablo II ha dicho: «En su respuesta a los fariseos, Jesucristo plantea a sus interlocutores la visión total del hombre, sin la cual no es posible ofrecer una respuesta adecuada a las preguntas relacionadas con el matrimonio».

Cada uno de nosotros está llamado a ser el “eco” de esta Palabra de Dios en nuestro momento.

Fr. Roger J. LANDRY (Hyannis, Massachusetts, Estados Unidos)

Oremos:

Padre Santo, te pedimos que nos ayudes a comprender que debemos santificar nuestros matrimonios, que tal vez en este deterioro, en esta pédida del valor del matrimonio se encuentre la raíz de los malos de la sociedad de nuestro tiempo.

Que no confundamos amor con sexo, ni separemos el sexo del amor conyugal, que es donde adquiere su verdadera dimensión. 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

Bookmark and Share

Reflexión: Mc 9,2-10

Mc 9,2-10

Hoy, el Evangelio nos habla de la Transfiguración de Jesucristo en el monte Tabor. Jesús, después de la confesión de Pedro, empezó a mostrar la necesidad de que el Hijo del hombre fuera condenado a muerte, y anunció también su resurrección al tercer día. En este contexto debemos situar el episodio de la Transfiguración de Jesús. Atanasio el Sinaíta escribe que «Él se había revestido con nuestra miserable túnica de piel, hoy se ha puesto el vestido divino, y la luz le ha envuelto como un manto». El mensaje que Jesús transfigurado nos trae son las palabras del Padre: «Éste es mi Hijo amado; escuchadle» (Mc 9,7). Escuchar significa hacer su voluntad, contemplar su persona, imitarlo, poner en práctica sus consejos, tomar nuestra cruz y seguirlo.

Con el fin de evitar equívocos y malas interpretaciones, Jesús «les ordenó que no contaran a nadie lo que habían visto hasta que el Hijo del hombre hubiera resucitado de entre los muertos» (Mc 9,9). Los tres apóstoles contemplan a Jesús transfigurado, signo de su divinidad, pero el Salvador no quiere que lo difundan hasta después de su resurrección, entonces se podrá comprender el alcance de este episodio. Cristo nos habla en el Evangelio y en nuestra oración; podemos repetir entonces las palabras de Pedro: «Maestro, ¡qué bien estamos aquí!» (Mc 9,5), sobre todo después de ir a comulgar.

El prefacio de la misa de hoy nos ofrece un bello resumen de la Transfiguración de Jesús. Dice así: «Porque Cristo, Señor, habiendo anunciado su muerte a los discípulos, reveló su gloria en la montaña sagrada y, teniendo también la Ley y los profetas como testigos, les hizo comprender que la pasión es necesaria para llegar a la gloria de la resurrección». Una lección que los cristianos no debemos olvidar nunca.

Rev. D. Joan SERRA i Fontanet (Barcelona, España)

Oremos:

Señor, el encuentro contigo es maravilloso, es reconfortante y ha iluminado nuestras vidas de un modo único, el que sólo Tú puedes lograr. No ermitas que caigamos en la tentación de guardarte sólo para nosotros y mucho menos de quedarnos paralizados, embobados, extasiados, como si pudiéramos abstraernos de nuestra Misión. ¡Es en ella que radica nuestra salvación y la salvación de la humanidad!

Danos valor para proclamarte en todo lugar. Danos tu sabiduría para proponerte y presentarte a nuestros hermanos con serenidad, pero con convicción y lucidez, recordando que toda ocasión es buena cuando se trata de evangelizar.

Finalmente, que llevemos una vida coherente con el amor que declaramos, pues no hay mejor prédica que el ejemplo.

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

Bookmark and Share

Reflexión: Jn 6,30-35

Jn 6,30-35

El Señor se ofrece como alimento nuestro, para alcanzar la vida eterna. El es realmente el pan del cielo, el pan de la vida. Quien le toma por verdadera comida y verdadera bebida no tendrá hambre ni sed nunca. Debeos ir hacia Él y creer en Él, eso es todo lo que nos pide.

Por eso el verdadero cristiano debe empezar el día buscándoles y ofreciéndole cada uno de sus actos, cada uno de sus pensamientos, haciendo todo aquello que más y mejor lo conduce hacia Él. Esa debe ser nuestra mayor preocupación, porque de ella recibiremos la mejor recompensa. Buscarlo permanentemente, tratando de aproximarnos más y más a Él y creyendo firmemente en su palabra.

Pero el creer no se manifiesta cerrando los ojos fuertemente y diciendo si creo…El creer debe manifestarse en cada uno de nuestros actos, en cada una de nuestras actitudes. Debemos vivir de tal modo que quien nos vea, crea por lo que ve, no por lo que decimos.

“Yo soy el pan de la vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed”. En esta oración aparentemente tan corta y tan sencilla el Señor nos ofrece dos ejes en torno a los cuales debemos elaborar el programa de nuestra vida. Dos ejes que en realidad, a la larga se transforman en uno solo: aproximarnos a Él siempre y hacer lo que Él nos dice…porque hacer lo que Él dice es la mejor forma, la única en realidad de decir “Yo creo en Ti”.

Ambas podríamos resumirlas en amar a Dios por sobre todas las cosas y a nuestros hermanos como a nosotros mismos. Son diferentes modos de decir lo mismo o como diría San Agustín, “ama y haz lo que quieras”. Porque de eso se trata finalmente, de Amar. De pasar por el mundo, por nuestra vida cotidiana prodigando amor a todos, sin distinción y en todo momento.

Oremos:

Danos Señor la fortaleza, la decisión y el valor para seguirte cada día de nuestras vidas, desde que amanece hasta que acaba el día. Que todos nuestros pensamientos, todas nuestras reflexiones y nuestros actos estén dedicados a Ti

Que sepamos cada día encontrarte en cada uno de nuestros hermanos y sirviéndoles nos acerquemos más a Ti.

Danos siempre de esa tu comida y bebida, para que seamos fieles hasta alcanzar la Vida Eterna.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

Bookmark and Share

WordPress Themes

Better Tag Cloud