ago 06 2010

Marcos 9, 2-10

Texto del evangelio (Mc 9, 2-10)

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, Santiago y Juan, y los lleva, a ellos solos, aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos, y sus vestidos se volvieron resplandecientes, muy blancos, tanto que ningún batanero en la tierra sería capaz de blanquearlos de ese modo.

Se les aparecieron Elías y Moisés, y conversaban con Jesús. Toma la palabra Pedro y dice a Jesús: «Rabbí, bueno es estarnos aquí. Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías» -pues no sabía qué responder ya que estaban atemorizados-.

Entonces se formó una nube que les cubrió con su sombra, y vino una voz desde la nube: «Éste es mi Hijo amado, escuchadle». Y de pronto, mirando en derredor, ya no vieron a nadie más que a Jesús solo con ellos. Y cuando bajaban del monte les ordenó que a nadie contasen lo que habían visto hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos.

Ellos observaron esta recomendación, discutiendo entre sí qué era eso de «resucitar de los muertos».

Reflexión: Mc 9, 2-10

Este pasaje sin duda es hermoso y enternecedor, tanto por los hechos extraordinarios que narra, como por la reacción de los apóstoles que tuvieron la dicha de ser elegidos por el Señor para presenciar, para ser testigos anticipados de su Gloria.

Estaban pues con el Hijo de Dios y por si todavía les quedaba alguna duda, después de lo que habían visto frente a sus ojos, el Padre mismo se los reveló con una voz que vino desde la nube: “Este es mi Hijo amado, escuchadle”. Podemos imaginar lo sorprendidos y embobados que quedaron Pedro, Santiago y Juan. Se asustaron, se estremecieron…No sabían qué decir. Por otro lado experimentaban una paz, una dicha incomparable, que provenía entre otras cosas de ser testigos excepcionales de la procedencia Divina de Cristo, de su Maestro, a quien venían acompañando y oyendo, siendo testigos del poder extraordinario que desplegaba entre los más humildes, entre los más pobres, entre los afligidos, entre los pecadores. Se encontraban, sin duda, frente al Salvador, frente al Mesías anunciado. Por ello no atinaron a nada más que manifestar lo augustos que se sentían allí y su deseo de permanecer allí por todo el tiempo que el Señor dispusiera… «Rabbí, bueno es estarnos aquí. Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías»

¡Imagínense observar la Gloria de Dios, aun cuando sea por unos segundos! ¡Nadie querría moverse de allí! Eso ocurrió más o menos con estos apóstoles. Balbuceaban. Sin embargo muy rápidamente el Señor los “trajo a tierra”, recordándoles que tenía que cumplir una misión. Sin embargo, estos discípulos con los que había vivido tanto, todavía no entendían o no querían entender aquello de “hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos.

Es que estamos muy dispuestos a tomar la cruz, a aceptar la misión, pero sin el dolor que esta conlleva. Y es que siempre habrá un “cierto dolor” en el desprendimiento, en el olvidarse de uno mismo, en el poner primero a los demás, en amar. No se trata de masoquismo, sino de entrega. De saber que dando se recibe. De estar convencido de este principio, hasta el extremo, hasta ser capaz de dar la vida por los hermanos, como Cristo. Esta es una exigencia. No hay otra forma de alcanzar la Vida Eterna. No hay otra forma de ser cristiano.

Oremos:

Señor, danos el valor de seguirte aun cuando las cosas parecen no ir también, aun en el dolor y la pena. No permitas que huyamos del sacrificio cuando este sea necesario para salvar a nuestros hermanos. Que no cuidemos tanto de nuestra integridad, como de la felicidad y el bien de los demás.  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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jun 02 2010

Marcos 12, 18-27

Texto del evangelio (Mc 12, 18-27)

En aquel tiempo, se le acercaron a Jesús unos saduceos, que niegan que haya resurrección, y le preguntaban: «Maestro, Moisés nos dejó escrito que si muere el hermano de alguno y deja mujer y no deja hijos, que su hermano tome a la mujer para dar descendencia a su hermano. Eran siete hermanos: el primero tomó mujer, pero murió sin dejar descendencia; también el segundo la tomó y murió sin dejar descendencia; y el tercero lo mismo. Ninguno de los siete dejó descendencia. Después de todos, murió también la mujer. En la resurrección, cuando resuciten, ¿de cuál de ellos será mujer? Porque los siete la tuvieron por mujer».

Jesús les contestó: «¿No estáis en un error precisamente por esto, por no entender las Escrituras ni el poder de Dios? Pues cuando resuciten de entre los muertos, ni ellos tomarán mujer ni ellas marido, sino que serán como ángeles en los cielos. Y acerca de que los muertos resucitan, ¿no habéis leído en el libro de Moisés, en lo de la zarza, cómo Dios le dijo: Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? No es un Dios de muertos, sino de vivos. Estáis en un gran error».

Reflexión: Mc 12, 18-27

Si será así o asá en el más allá, es algo que no nos debe inquietar. ¡Qué más da! Podemos estar seguros que será lo que tenga que ser y si de nuestro Dios depende, será lo justo, lo correcto, lo adecuado. Pero no es esto lo que nos debe quitar el sueño, sino nuestra vida misma.

Nuestro Dios, “no es un Dios de muertos, sino de vivos”. ¿Qué me dice a mi el Señor en este pasaje? Pues que no me debo ocupar, ni preocupar por lo que será, o cómo habrá de ser la vida futura. Ello no tiene importancia; ningún sentido. Es una pérdida de tiempo y denota falta de entendimiento del mensaje del Señor, el estar ocupado, dedicado a meditar, pensar, reflexionar o especular respecto a cómo será aquella vida.

Habremos de Resucitar y estaremos eternamente con Dios Padre, que es Amor y como tal es Luz, Alegría, Paz, Vida Eterna…Esto debía ser suficiente. Especular más allá, es entrar en el plano de la imaginación y quedarse anclado allí es escapar de la realidad; y si buscamos una razón, un sentido basándonos en estas teorías, pues terminaremos por tergiversar el mensaje del Señor, que es acerca de los vivos y no de los muertos.

Es de vivir bien la vida actual, de lo que trata la prédica y el seguimiento al Señor. Amar al prójimo, no tiene otra connotación. No se trata de cómo lo amaré, o si lo hubiera amado…Se trata del Hoy, del Ahora. Como dice la canción, “lo que pasó, pasó…” Sí, es importante reflexionar sobre ello, para pedir perdón o perdonar y rectificar. Pero esto lo debemos hacer Hoy, Ahora. No mañana, ni en el futuro, ni mucho menos en la “vida futura”. Hoy y Ahora tenemos la OBLIGACIÓN, el DEBER de Amar a nuestros hermanos, como el Señor nos ha enseñado. Sin reparos, sin medida, sin condiciones…Porque nuestro Dios, nuestro Padre, es un Dios, un Padre nuestro, es decir de todos nosotros…Tuyo y mío; de todos los que estamos aquí y ahora en este barco, en esta nave. Lleva una vida recta, que no puede ser otra cosa u otra forma de decir: ama a tus semejantes y, como decía San Agustín, haz lo que quieras.

Esto es lo que nos pide el Señor, nuestro Dios…Y en ello debe estar puesto todo nuestro empeño. “Ama y haz lo que quieras”, pero primero ama. Ama hoy, ama ahora, ama en este momento…Amar no es otra cosa que hacer lo correcto, que hacer el bien; amar no es otra cosa que servir, que dar, que ser para los demás, que vivir para los demás…que llegar a ser “verdadera comida y verdadera bebida”. Ese ha de ser nuestro empeño…transfigurarnos…llegar a ser como Jesús.

Oremos:

Padre Santo, ayúdanos a cumplir nuestra misión. Que por donde pasemos y con quien estemos sólo demos testimonio de Tu amor. Que si alguien quiere buscar explicación de nuestros actos, los encuentre allí. Que abandonemos todo temor y razón mezquina, para obrar en función del bien común, procurando el bien ajeno, antes que el nuestro. Que seamos testigos de fe, ejemplos de amor. Aparta de nosotros toda tentación y fortalece nuestro espíritu para que cuando llegue, sepamos superar la adversidad, sin perder la paz y sin dejar de obrar rectamente y movidos por el amor. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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abr 08 2010

Lucas 24, 35-48

Texto del evangelio (Lc 24, 35-48)

En aquel tiempo, los discípulos contaron lo que había pasado en el camino y cómo habían conocido a Jesús en la fracción del pan. Estaban hablando de estas cosas, cuando Él se presentó en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros». Sobresaltados y asustados, creían ver un espíritu. Pero Él les dijo: «¿Por qué os turbáis, y por qué se suscitan dudas en vuestro corazón? Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo. Palpadme y ved que un espíritu no tiene carne y huesos como veis que yo tengo». Y, diciendo esto, les mostró las manos y los pies. Como ellos no acabasen de creerlo a causa de la alegría y estuviesen asombrados, les dijo: «¿Tenéis aquí algo de comer?». Ellos le ofrecieron parte de un pez asado. Lo tomó y comió delante de ellos.

Después les dijo: «Éstas son aquellas palabras mías que os hablé cuando todavía estaba con vosotros: ‘Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí’». Y, entonces, abrió sus inteligencias para que comprendieran las Escrituras, y les dijo: «Así está escrito que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día y se predicara en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén. Vosotros sois testigos de estas cosas».

Reflexión: Lc 24, 35-48

Jesús resucitado se presenta a los discípulos, pero estos no acaban de convencerse que se trata de Él mismo y no de un espíritu. Como a ellos, el temor nos impide creer. No nos damos íntegramente por temor.  ¿Y si no fuera cierto?, nos preguntamos…¿Y si perdemos? ¿Y si nos hacen fraude? ¿Y si nos ganan?  Todos esto temores nos impiden seguir a Jesús.

¿Por qué nos aferraremos así, de este modo a la vida y a las comodidades? Estamos dispuestos a sacrificar muy poco; quizás solamente lo que nos sobra, aquello de lo que podemos prescindir; aquello que no nos hace falta. No estamos dispuestos a comprometer y mucho menos sacrificar nuestra vida.

Muy fácilmente hablamos de amor, de ética, de moral y de preceptos cristianos, pero estamos dispuestos a pasarlos por alto si su cumplimiento nos exige algún sacrificio significativo. No entendemos o no queremos darnos por enterados que el seguimiento de Cristo tiene que ver con la vida misma. No se trata de recitar nada o de presentar argumentaciones sumamente razonables y lógicas; no es una actividad intelectual. Se trata de manifestarlo en cada una de las acciones de nuestra vida. Es en cómo encaramos la vida, cómo nos comportamos que se nos ha de reconocer, exactamente como los discípulos contaron que habían reconocido al Señor.

De eso se trata, de dar ejemplo, de dar testimonio…de dar que hablar, por lo que somos y hacemos, no por lo que decimos. “Así está escrito que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día y se predicara en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones…” Pero esta predicación, que muchas veces entendemos como la proclamación de la Palabra por plazas y calles, ha de ser sobre todo con el ejemplo. Es el ejemplo el que arrastra. Nosotros, si creemos en Cristo, si hemos de seguirle, tenemos como misión “predicar la conversión”, para ello debemos ser conversos nosotros mismos. Este proceso tiene que darse en nosotros y no será algo que pueda o deba leerse en nuestro DNI o en alguno de nuestros títulos, sino que se verá y los demás lo reconocerán.

Oremos:

Padre Santo, permíteme salir de la vorágine de las presiones y responsabilidades mundanas, para ver las cosas con otra perspectiva, desde la óptica de Cristo, para actuar y desenvolverme en cada momento, en cada acto, cristianamente, sin tranzar en nada con el demonio, es decir, sin llevar una doble vida. Que se imponga el seguimiento a mi Señor, antes que mis intereses o el quedar bien con tal o cual. Que aprenda a vivir en la caridad, y el mundo entero lo vea y reconozca, como señal de conversión. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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abr 07 2010

Lucas 24,13-35

Texto del evangelio (Lc 24,13-35)

Aquel mismo día iban dos de ellos a un pueblo llamado Emaús, que distaba sesenta estadios de Jerusalén, y conversaban entre sí sobre todo lo que había pasado. Y sucedió que, mientras ellos conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió con ellos; pero sus ojos estaban retenidos para que no le conocieran.

Él les dijo: «¿De qué discutís entre vosotros mientras vais andando?». Ellos se pararon con aire entristecido. Uno de ellos llamado Cleofás le respondió: «¿Eres tú el único residente en Jerusalén que no sabe las cosas que estos días han pasado en ella?». Él les dijo: «¿Qué cosas?». Ellos le dijeron: «Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo; cómo nuestros sumos sacerdotes y magistrados le condenaron a muerte y le crucificaron. Nosotros esperábamos que sería Él el que iba a librar a Israel; pero, con todas estas cosas, llevamos ya tres días desde que esto pasó. El caso es que algunas mujeres de las nuestras nos han sobresaltado, porque fueron de madrugada al sepulcro, y, al no hallar su cuerpo, vinieron diciendo que hasta habían visto una aparición de ángeles, que decían que Él vivía. Fueron también algunos de los nuestros al sepulcro y lo hallaron tal como las mujeres habían dicho, pero a Él no le vieron». Él les dijo: «¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?». Y, empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que había sobre Él en todas las Escrituras.

Al acercarse al pueblo a donde iban, Él hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le forzaron diciéndole: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado». Y entró a quedarse con ellos. Y sucedió que, cuando se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando.

Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron, pero Él desapareció de su lado. Se dijeron uno a otro: «¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?». Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén y encontraron reunidos a los Once y a los que estaban con ellos, que decían: «¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!». Ellos, por su parte, contaron lo que había pasado en el camino y cómo le habían conocido en la fracción del pan.

Reflexión: Lc 24,13-35

Hoy el Evangelio nos asegura que Jesús está vivo y continúa siendo el centro sobre el cual se construye la comunidad de los discípulos. Es precisamente en este contexto eclesial —en el encuentro comunitario, en el diálogo con los hermanos que comparten la misma fe, en la escucha comunitaria de la Palabra de Dios, en el amor compartido en gestos de fraternidad y de servicio— que los discípulos pueden realizar la experiencia del encuentro con Jesús resucitado.

Los discípulos cargados de tristes pensamientos, no imaginaban que aquel desconocido fuese precisamente su Maestro, ya resucitado. Pero sentían «arder» su corazón (cf. Lc 24,32), cuando Él les hablaba, «explicando» las Escrituras. La luz de la Palabra disipaba la dureza de su corazón y «sus ojos se abrieron» (Lc 24, 31).

El icono de los discípulos de Emaús nos sirve para guiar el largo camino de nuestras dudas, inquietudes y a veces amargas desilusiones. El divino Viajante sigue siendo nuestro compañero para introducirnos, con la interpretación de las Escrituras, en la comprensión de los misterios de Dios. Cuando el encuentro se vuelve pleno, la luz de la Palabra sigue a la luz que brota del «Pan de vida», por el cual Cristo cumple de modo supremo su promesa de «yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20).

El Papa Benedicto XVI explica que «el anuncio de la Resurrección del Señor ilumina las zonas oscuras del mundo en el que vivimos».

 

Comentario: P. Luis PERALTA Hidalgo SDB (Lisboa, Portugal)

Oremos:

Señor mío Jesucristo, perdóname por las veces que he pasado indiferente delante de ti, por las veces que me he hecho el tonto, el que no te oigo, el que no te conozco. Perdona mi falta de valor, mi egoísmo, mi indiferencia. Aleja de mi toda tentación. Hazme donación generosa para todo aquél que te busca con avidez. Que mi vida sea un testimonio de tu amor. Gracias por todo lo que me das abundante y generosamente, que sin embargo no veo o dejo pasar inadvertido, por tener tanto que hacer. Gracias por mi esposa, mi familia y mis amigos. Gracias por mi cuerpo, mis sentidos y mi salud… Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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mar 21 2010

Juan 8, 1-11

Texto del evangelio (Jn 8, 1-11)

En aquel tiempo, Jesús se fue al monte de los Olivos. Pero de madrugada se presentó otra vez en el Templo, y todo el pueblo acudía a Él. Entonces se sentó y se puso a enseñarles. Los escribas y fariseos le llevan una mujer sorprendida en adulterio, la ponen en medio y le dicen: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés nos mandó en la Ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú qué dices?». Esto lo decían para tentarle, para tener de qué acusarle. Pero Jesús, inclinándose, se puso a escribir con el dedo en la tierra.

Pero, como ellos insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: «Aquel de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra». E inclinándose de nuevo, escribía en la tierra. Ellos, al oír estas palabras, se iban retirando uno tras otro, comenzando por los más viejos; y se quedó solo Jesús con la mujer, que seguía en medio. Incorporándose Jesús le dijo: «Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado?». Ella respondió: «Nadie, Señor». Jesús le dijo: «Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más».

Reflexión: Jn 8, 1-11

El evangelio de hoy, es muy hermoso. Nos transmite la grandeza de Jesús. Como él mismo dice varias veces, “aquí hay alguien más grande…” Estamos ante Dios hecho hombre. Solo Él podría tener tal gesto, muy elocuente respecto a la autoridad que brotaba de su sola presencia. Era un tipo íntegro, cabal, al que no se atrevían a tocarlo si quiera. Contra toda una multitud violenta, exasperada, que traía arrastrando a una mujer, que sabiendo lo que le esperaba, seguramente venía suplicando…Una multitud enardecida, que ya había juzgado “conforme a la ley”, tenía su veredicto y estaban dispuestos a ejecutar la sentencia…Jalones, empellones, gritos, tumulto…

Frente a una multitud furiosa, dispuesta a dar muerte a su víctima, con la plena seguridad que lo merecía, pues “así estaba ordenado por la ley”, una turba entre los que no faltaban los morbosos tan culpables o más que la acusada, que sin embargo no podían refrenar su deseo de aplastar, de destrozar a su víctima, tal vez buscando en ella su venganza o simplemente dando rienda suelta a sus bajos instintos…

Toda esta horda vociferante y enardecida era seguida de cerca por escribas y fariseos que avalaban este hecho, como si se tratara de algo inevitable, de algo consumado…Había faltado a la Ley de Moisés, por lo que no había otro camino.

¡Cómo contrasta toda esta escena con la actitud de Jesús! Lo estaban desafiando a Él, a su autoridad…Tratando de poner en entre dicho toda su prédica…¡Veamos, qué hace ahora! ¡Qué dice! ¡Tanto hablar del Reino, del amor!…¡Los gallos se miden en la cancha! Para escribas y fariseos, Jesús estaba perdido…Tendría que abdicar  de todo lo que había dicho para defenderla o participar en el apedreamiento. De cualquier modo, estaba perdido. Finalmente lo tenían. Habían encontrado la excusa perfecta para borrarlo del mapa, para desacreditarlo y condenarlo como a un charlatán más…En eso andaban cavilando, cuando lo encontraron.

Sin embargo, la actitud el Señor es asombrosa. No dijo nada. No abrió la boca…Como si lloviera, “inclinándose, se puso a escribir con el dedo en la tierra”. ¡Qué paz! ¡Qué autoridad! ¡Qué seguridad! ¿Quién podría mantener tal calma en aquella situación, sino solo Dios? ¡Eso es lo que sintió aquél tumulto! Tenía que haber algo en Él, algo que podían percibir en el ambiente, en su presencia, en su sola mirada, en su voz…Algo que les impedía si quiera tocarle. Emanaba autoridad…

Pero como quiera que volviera a preguntarle, que prontos a perder la paciencia insistieran en exigirle una respuesta, “se incorporó y les dijo: «Aquel de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra». E inclinándose de nuevo, escribía en la tierra. Ellos, al oír estas palabras, se iban retirando uno tras otro, comenzando por los más viejos; y se quedó solo Jesús con la mujer, que seguía en medio. Incorporándose Jesús le dijo: «Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado?». Ella respondió: «Nadie, Señor». Jesús le dijo: «Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más».

¡Este es el Señor de Universo en el que creemos! ¡Él nos ha dado a conocer al Padre! ¡Qué paz, qué alegría, qué dicha podemos sentir después de conocer a nuestro Dios! ¿Eso no es lo que debió sentir esta mujer? Había estado a punto de morir apedreada por una turba enardecida, que estaba dispuesta a matarla y ella sabía muy bien por qué. No tenía salvación…No había salida. Había infligido la Ley y tanto ella como sus verdugos lo sabían…No había escapatoria.

Pero lo que es imposible para el hombre, es sin embargo posible para Dios. Jesús no hizo nada más que pronunciar una simple oración dirigida al corazón de cada uno de aquellos hombres, con tal contundencia, que no quedo ni uno solo que se sintiera en capacidad de condenarla. Es que si buscamos sinceramente en nuestro interior, encontraremos que todos hemos fallado alguna vez, y hemos sido culpables de faltas iguales o perores a aquellas que condenamos, sin embargo hemos sido dignos de perdón o cuando menos, no se ha sabido y hemos tenido una nueva oportunidad para rectificarnos…¿Por qué no habría de tenerla ella?

¿Si alguien supiera lo que he sido capaz de hacer yo?, se preguntaría seguramente cada una de estas personas y finalmente no se sintieron capaces de condenarla; empezando por los más viejos…Es que quienes más hemos vivido, podemos comprender más las flaquezas del hombre, porque nosotros mismos hemos caído y felizmente nadie nos condenó, por eso pudimos salir adelante…¿Cómo no darle una nueva oportunidad a esta mujer? Después de todo…¿Quién soy yo para condenar? Esa debió ser la conclusión a la que uno a uno fueron llegando.

Finalmente, perdonada por todos, recibió el perdón más importante…el perdón de Jesús: «Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más». ¡Imagínense la alegría de esta mujer! ¡Todo debió parecerle de otro color, todo distinto! ¡Había vuelto a nacer, gracias a Jesús! Este es un resumen de la historia de la Salvación, de nuestra Salvación.

Oremos:

Padre Santo, inspira en nuestro corazones el perdón; que no seamos tan propensos a condenar a todo el mundo, como a perdonar y comprender. Arranca de nuestros corazones la soberbia. No hay merecimiento alguno en nuestra Salvación, esta es solamente obra de Tu Infinita Gracia. Que caminemos así, con esta convicción por el mundo, dispuestos a amar y perdonar. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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mar 18 2010

Juan 5,31-47

Texto del evangelio (Jn 5,31-47)

En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: «Si yo diera testimonio de mí mismo, mi testimonio no sería válido. Otro es el que da testimonio de mí, y yo sé que es válido el testimonio que da de mí. Vosotros mandasteis enviados donde Juan, y él dio testimonio de la verdad. No es que yo busque testimonio de un hombre, sino que digo esto para que os salvéis. Él era la lámpara que arde y alumbra y vosotros quisisteis recrearos una hora con su luz. Pero yo tengo un testimonio mayor que el de Juan; porque las obras que el Padre me ha encomendado llevar a cabo, las mismas obras que realizo, dan testimonio de mí, de que el Padre me ha enviado. Y el Padre, que me ha enviado, es el que ha dado testimonio de mí. Vosotros no habéis oído nunca su voz, ni habéis visto nunca su rostro, ni habita su palabra en vosotros, porque no creéis al que Él ha enviado.

»Vosotros investigáis las escrituras, ya que creéis tener en ellas vida eterna; ellas son las que dan testimonio de mí; y vosotros no queréis venir a mí para tener vida. La gloria no la recibo de los hombres. Pero yo os conozco: no tenéis en vosotros el amor de Dios.

»Yo he venido en nombre de mi Padre, y no me recibís; si otro viene en su propio nombre, a ése le recibiréis. ¿Cómo podéis creer vosotros, que aceptáis gloria unos de otros, y no buscáis la gloria que viene del único Dios? No penséis que os voy a acusar yo delante del Padre. Vuestro acusador es Moisés, en quién habéis puesto vuestra esperanza. Porque, si creyerais a Moisés, me creeríais a mí, porque él escribió de mí. Pero, si no creéis en sus escritos, ¿cómo vais a creer en mis palabras?».

Reflexión: Jn 5, 31-47

En el estilo de Juan, que es muy erudito y tiene una lógica muy contundente y algo poética, Jesús se nos vuelve a presentar como el Hijo de Dios, el Mesías, enviado por el Padre para salvarnos, del cual hablan y dan testimonio todas las escrituras que lo precedieron, desde Moisés.

Este ha de ser Jesús para nosotros: testimonio del Amor del Padre. Es a través de Él, de sus parábolas, de sus enseñanzas, que conocemos al Padre, a quién el Hijo se encuentra profundamente ligado. Él hace, lo que Dios Padre ha dispuesto. El está aquí para cumplir la Voluntad del Padre y es lo que hace, hasta el extremo de morir en la cruz. Aunque siempre es preciso recordar, en este punto, que si bien se sacrificó hasta ese extremo por redimirnos, por salvarnos del pecado y la muerte, por renovar nuestra antigua Alianza con Dios, Resucitó, venciendo a la muerte, cerrando de este modo su mensaje de esperanza y dando testimonio, como Él mismo nos dice, de la Voluntad del Padre, como es, que todos resucitemos con Él y tengamos Vida Eterna.

He aquí una de las claves de nuestra Fe: nosotros creemos en un Dios resucitado, en un Dios vivo, en un Dios Eterno, en un Dios que es Redentor, que ha vencido a la muerte y al pecado, restaurando de este modo el Puente, el Camino, los Lazos que nos unen desde siempre con nuestro Padre Creador.

Luego del testimonio que con su vida nos dio Jesús, siento que estas palabras del Señor, escritas por Juan, este discurso está dirigido a obtener de nosotros una respuesta de Fe. Está llamado a lograr la adhesión voluntaria que expresamos en el Credo.

“Creo en Dios, Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra. Creo en Jesucristo, su único Hijo, Nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo…”  Nosotros elegimos, decidimos creer. A esto nos convoca Jesús. Para eso nos ha dado Su testimonio. Esta es la respuesta que espera, no de boca, como muchas veces recitamos en esta fórmula, que repetida de memoria, no tiene sentido alguno. Jesús espera mover nuestra voluntad, nuestra decisión, nuestra libre opción a seguirlo, cumpliendo de este modo la Voluntad del Padre. Porque en ello radica la salvación: en cumplir la Voluntad del Padre. Él quiere que nos salvemos y nos da la fórmula; nos dice cómo, a través de Jesús…Le creemos y le seguimos, o lo rechazamos y nos perdemos. Esa es nuestra decisión. Sin embargo, Jesús no escatimará esfuerzo alguno por convencernos, con sus obras, con su Palabra y con su ejemplo, trazando con su preciosísima sangre la ruta que debemos seguir. Nos ha amado hasta ese extremo.

Esto es lo que llego a entender en esta lectura. Una invitación a confesar mi fe, y compartir la misión de Jesús, el Hijo Predilecto, el Enviado del Padre, hasta el extremo. Amar, hasta llegar a dar la vida misma por cumplir la Voluntad del Padre, que es la que debe regir nuestra vida.

Oremos:

Padre Santo, permítenos reconocer Tu Voluntad en nuestra vida y seguirla ciegamente, sabiendo que en ello radica precisamente nuestra salvación y la de la humanidad entera. Ilumina nuestro día a día y no nos dejes caer en tentación. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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mar 04 2010

Lucas 16, 19-31

Texto del evangelio (Lc 16, 19-31)

En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos: «Era un hombre rico que vestía de púrpura y lino, y celebraba todos los días espléndidas fiestas. Y un pobre, llamado Lázaro, que, echado junto a su portal, cubierto de llagas, deseaba hartarse de lo que caía de la mesa del rico pero hasta los perros venían y le lamían las llagas.

»Sucedió, pues, que murió el pobre y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. Murió también el rico y fue sepultado. Estando en el Hades entre tormentos, levantó los ojos y vio a lo lejos a Abraham, y a Lázaro en su seno. Y, gritando, dijo: ‘Padre Abraham, ten compasión de mí y envía a Lázaro a que moje en agua la punta de su dedo y refresque mi lengua, porque estoy atormentado en esta llama’. Pero Abraham le dijo: ‘Hijo, recuerda que recibiste tus bienes durante tu vida y Lázaro, al contrario, sus males; ahora, pues, él es aquí consolado y tú atormentado. Y además, entre nosotros y vosotros se interpone un gran abismo, de modo que los que quieran pasar de aquí a vosotros, no puedan; ni de ahí puedan pasar donde nosotros’.

»Replicó: ‘Con todo, te ruego, padre, que le envíes a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que les dé testimonio, y no vengan también ellos a este lugar de tormento’. Díjole Abraham: ‘Tienen a Moisés y a los profetas; que les oigan’. Él dijo: ‘No, padre Abraham; sino que si alguno de entre los muertos va donde ellos, se convertirán’. Le contestó: ‘Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se convencerán, aunque un muerto resucite’».

Reflexión: Lc 16, 19-31

Por alguna razón, somos selectivos en lo que estamos dispuestos a creer y lo que rechazamos como inverosímil o tomamos como algo meramente referencial y figurativo. Así, nos decimos cristianos, confesamos creer en Dios Padre, pero rechazamos la idea del demonio y del infierno, con el argumento, muy conveniente y convincente, que siendo nuestro Padre tan bueno, no lo puede permitir. Entonces armamos una serie de teorías, entre las que con más frecuencia encuentro una que dice: “todo lo que se hace aquí, aquí se paga,” que es una forma de negar precisamente el infierno…Y nos quedamos pensado en torno a ello, como el resultado de la sabiduría popular, que tiene tanto de sabia y nos preguntamos, ¿por qué no podría ser cierto? Y, lo dejamos ahí, como algo en lo que no nos gusta reflexionar mucho, una hondura en la que no queremos meternos…

Y sin embargo, Jesucristo que a develado para nosotros el misterio del Padre, hace una alusión muy concreta al infierno en esta lectura, dando cuenta de ciertas características muy precisas: hay un abismo insalvable entre el “seno de Abraham” y el Hades. No hay forma que allí alguien alivie tus tormentos. No hay forma de reparar allí lo que aquí hiciste. Cosecharás inevitablemente lo que sembraste, sin marcha atrás. Por más buenas intenciones que tuvieras entonces, incluso con tu prójimo, no habrá forma de advertirles para evitarles este sufrimiento, nada más que las que ya tenemos, como son los testimonios de los santos, de los profetas y de Jesucristo mismo, que nos señala el Camino de la salvación y de la Vida Eterna.

Si no escuchamos este llamado, si no escuchamos estas advertencias, nos perderemos irremediablemente. Si, es verdad, solo tenemos una vida, solo tenemos esta vida para decidir nuestro futuro eterno. O iremos a nuestro Padre, que nos llama y ha salido con los brazos abiertos a recibirnos, que tiene un sitio especialmente preparado para nosotros desde siempre, o nos condenamos a la oscuridad, al fuego eterno, al dolor y al sufrimiento, junto al Príncipe de este Mundo.

No, el Señor no nos amenaza. Nos advierte, nos da a a conocer el peligro que corremos y nos invita insistentemente a recorrer el camino correcto. El nos quiere y quiere que vayamos a reunirnos con el Padre. Él quiere a tal punto que nos salvemos, que se ha hecho hombre para mostrarnos El Camino, y no ha escatimado esfuerzo por nosotros, llegando incluso a dar su vida. Aparte de Cristo ¿Qué otro amigo conoces que haya dado la vida por ti?

Precisamente para que creamos y le sigamos en este ejemplo de amor extremo, resucitó, es decir que venció a la muerte, constituyéndose así en la garantía de salvación que buscamos. No hay ni se nos darán más pruebas. Las tomamos, creemos, las seguimos y nos salvamos, o nos perdemos para siempre. Esa es nuestra elección. No olvidemos que Dios nos ha creado LIBRES. Nos ha dado la razón y la voluntad para seguirlo o rechazarlo. Es nuestra decisión.

O nos apegamos como este hombre rico a los bienes terrenales, disfrutando egoístamente y con total indiferencia a quienes tenemos a nuestro alrededor, a quienes padecen hambre y sed, a quienes les bastarían nuestras sobras para saciarse, o nos desprendemos y repartimos generosamente lo que tenemos. Seremos bienaventurados, si miramos con amor al mundo que nos rodea y actuamos en consecuencia. El amor no tiene límites. “Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta.” El amor no acaba nunca.

Así, mientras tengamos vida demos todo lo que somos y tenemos, y recibiremos una medida colmada y rebosante. No actuemos como aquellos ricos que han puesto toda su esperanza en su fortuna, que creen que atesorándola y manteniéndola y aun acrecentándola a toda costa, tienen asegurada su felicidad. No nos aferremos a los bienes materiales, que hoy están y mañana no los tenemos; guardemos más bien nuestros tesoros allí donde no entra la polilla y no carcome el gusano. Seamos perfectos, como nuestro Padre que está en el cielo. Amemos a nuestro prójimo como a nosotros mismos y a Dios por encima de todo y al final de nuestros días, nos reuniremos con Lázaro en el seno de Abraham.

Oremos:

Padre Nuestro, enséñanos a amar, a ser generosos con nuestros hermanos. Que no escatimemos nada con tal de aliviar sus penas, su dolor, su sufrimiento. No permitas que pasemos indiferentes, preocupados y centrados solo en nosotros. Abre nuestros ojos y oídos, para que veamos y escuchemos. Haznos solidarios, compasivos, justos, caritativos. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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mar 02 2010

Mateo 23, 1-12

Texto del evangelio (Mt 23, 1-12)

En aquel tiempo, Jesús se dirigió a la gente y a sus discípulos y les dijo: «En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos. Haced, pues, y observad todo lo que os digan; pero no imitéis su conducta, porque dicen y no hacen. Atan cargas pesadas y las echan a las espaldas de la gente, pero ellos ni con el dedo quieren moverlas. Todas sus obras las hacen para ser vistos por los hombres; se hacen bien anchas las filacterias y bien largas las orlas del manto; quieren el primer puesto en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas, que se les salude en las plazas y que la gente les llame “Rabbí”.

»Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar “Rabbí”, porque uno solo es vuestro Maestro; y vosotros sois todos hermanos. Ni llaméis a nadie “Padre” vuestro en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre: el del cielo. Ni tampoco os dejéis llamar “Doctores”, porque uno solo es vuestro Doctor: Cristo. El mayor entre vosotros será vuestro servidor. Pues el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado».

Reflexión: Mt 23, 1-12

Muy claramente, para que no quepa dudas, Jesús nos indica cual debe ser nuestra actitud en el mundo. Cómo debemos pasar por él, sin aspavientos, sin pretensiones. Nosotros debemos estar al servicio de los demás.

Cuando uno adquiere un puesto de importancia, adquiere también responsabilidades, a veces muy difíciles de cumplir. Necesita de la colaboración de todos y para eso tiene que actuar como líder. Tiene que saber motivar y arrastrar a los demás en la dirección correcta, a fin de lograr las metas que se ha propuesto o que los jefes esperan de él.

Siempre habremos de preguntarnos si lo que hacemos es correcto, si ello nos conducirá y conducirá a los que trabajan con nosotros a la perfección, a la construcción del Reino, a un bien superior. No hemos de aceptar, pues, tareas destructivas, que hagan daño a los hombres o al mundo en el que vivimos. Tenemos que ser críticos y aplicar nuestro buen juicio; para ello tenemos a nuestro Maestro, Jesús, que nos ayudará a dilucidar lo conveniente, lo correcto.

Porque nosotros, los cristianos, no podemos tener una vida doble, una vida dual, en la que una cosa es lo que hacemos y otra la que decimos y confesamos, sin importar el cargo que desempeñemos. Así es como actúan los fariseos, nos lo recuerda el Señor. Dicen una cosa, pero hacen otra. Y ponen cargas a sus empleados, a sus siervos, a sus seguidores, que ellos no llevarían ni por un segundo en sus espaldas. Qué fácil es culpar a los demás, exigir comportamientos, responsabilidades y tareas imposibles, que anulan sus vidas, que les restan libertad, que los inutilizan, que los deprimen, que los hunden, al no poder lograr las metas, pese a los múltiples esfuerzos y sacrificios que realizan y encima no obtener reconocimiento alguno, precisamente porque no lograron lo que se les exigía.

El Señor nos exige empatía con nuestros empleados, con nuestros siervos. E incluso, como siempre, va más allá. Debemos actuar como siervos, en lugar de estar regocijándonos con loas y reconocimientos a nuestra embestidura. Nuestro proceder debe hacer evidente a los demás que tenemos un solo Maestro, un solo Padre  y un solo Doctor, del que proviene la sabiduría, el amor y el servicio.

Se trata, pues, de actuar como hombres y mujeres nuevos, al servicio del Reino, y por lo tanto, al servicio de los demás. Oír, atender, escuchar…ser sensible a las necesidades de los demás, más aún si contigo se encuentran al servicio de una empresa, de un negocio. Tener en cuenta siempre las altas metas que el Señor nos propone, que están por encima de los fines particulares de cualquier emprendimiento mundano, que habrán de perseguir la promoción del ser humano y nunca su humillación. Nada justifica humillar a tu hermano. Por el contrario, si de humillación se trata, debe empezar por ti. Eso es lo que nos enseña Jesús…No a salvar nuestro “buen nombre” y reputación a costa de un “infeliz”, de un “pobre diablo”, como lamentablemente tendemos a hacer. Nos comparamos, juzgamos y nos sentimos superiores a los humildes y por lo tanto, menos merecedores de humillación. Si alguien habrá de salir perdedor y humillado de esta contienda, será siempre el otro, porque “yo soy harina de otro costal”. “No sabe con quién se ha metido…” son las palabras de quien no reconoce, ni admite humillación alguna posible. “Antes, muerto”….

Un momentito…¿Por qué no te detienes a meditar un poco en torno al escenario? ¿Qué está pasando? ¿Estás seguro que la verdad está contigo? ¿Esta “verdad” implica pasar como una aplanadora por encima de las vidas de algunos o de alguien en especial? ¿Crees que eso puede venir de un Dios que es Padre? ¿Al servicio de quién estás: de este Padre, tuyo o del demonio? Piensa, medita, reflexiona, ora….

Oremos:

Señor, danos tu luz para ver claramente en nuestras vidas, que seguimos el Camino correcto, que no nos estamos engañando, huyendo solamente de la humillación o buscando solamente que nos ensalcen, porque somos incapaces de equivocarnos, porque de nosotros solo pueden venir cosas buenas…porque la razón nos acompaña en todo, porque somos superiores, elegidos…¡Danos humildad para reconocer nuestras faltas, nuestra imperfección! Sobre todo, danos sensibilidad para sentir y amar como Tú. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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feb 28 2010

Lucas 9, 28-36

Texto del evangelio (Lc 9, 28-36)

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, Juan y Santiago, y subió al monte a orar. Y sucedió que, mientras oraba, el aspecto de su rostro se mudó, y sus vestidos eran de una blancura fulgurante, y he aquí que conversaban con Él dos hombres, que eran Moisés y Elías; los cuales aparecían en gloria, y hablaban de su partida, que iba a cumplir en Jerusalén.

Pedro y sus compañeros estaban cargados de sueño, pero permanecían despiertos, y vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con Él. Y sucedió que, al separarse ellos de Él, dijo Pedro a Jesús: «Maestro, bueno es estarnos aquí. Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías», sin saber lo que decía. Estaba diciendo estas cosas cuando se formó una nube y los cubrió con su sombra; y al entrar en la nube, se llenaron de temor. Y vino una voz desde la nube, que decía: «Este es mi Hijo, mi Elegido; escuchadle». Y cuando la voz hubo sonado, se encontró Jesús solo. Ellos callaron y, por aquellos días, no dijeron a nadie nada de lo que habían visto.

Reflexión: Lc 9, 28-36

Uno de tantos episodios asombrosos en la vida de Jesús. Es realmente espectacular y con mucho respeto diría digno del mejor filme de Spilberg. No sé por qué frente a este acontecimiento tendemos a reaccionar como si se tratara de algo inverosímil y distinto a todo lo que hemos venido viendo en la vida pública de Jesús. ¿Acaso es menos “espectacular”, por llamarlo de algún modo, que Jesús perdone los pecados, que devuelva la vista a un ciego, el andar a un paralítico o la vida a un muerto o que alimente a 5mil con unos cuantos panes y peces?

Estamos, pues, en presencia de Dios hecho hombre. Cristo es el Hijo de Dios Padre Eterno, como tal pertenece a la misma divinidad. Él mismo nos lo ha revelado. No es producto de nuestra imaginación. No se trata de ciencia ficción. Sí, posiblemente de una dimensión que nos resulta difícil comprender. Dios, creador del mundo, del universo y de todo lo existente, vive eternamente. Es y se mueve en un plano superior, que incluye y abarca el nuestro. Pero, Él nos ha creado para que vayamos a Él y vivamos con Él eternamente.

Dado que no comprendimos este mensaje, nos envió a su propio Hijo para que nos muestre el camino. Él, muriendo en la cruz y resucitando, nos mostró el camino. En el poco tiempo de predicación que tuvo entre nosotros, nos lo mostró. Nos reveló a Dios Padre y Su Voluntad: que nos amemos unos a otros, como Él mismo nos ama.

Para que entendamos este mensaje, Cristo nos dio muchas, muchísimas señales, entre ellas, la Transfiguración. Fue realmente indescriptible, tanto que los tres discípulos que lo acompañaron quedaron embobados, casi paralizados… “Ellos callaron y, por aquellos días, no dijeron a nadie nada de lo que habían visto.” ¿Qué iban a decir? ¿Qué podían decir? Habían vivido una experiencia única, maravillosa, inexplicable. Algo que, como decimos en Cursillos, se tiene que vivir, que no se puede contar, que no se puede explicar, porque va más allá de nuestra razón, de nuestro pobre entendimiento…Algo que te llena de asombro, pero al mismo tiempo de paz, de esperanza, de alegría… “Pedro y sus compañeros estaban cargados de sueño, pero permanecían despiertos, y vieron su gloria…”

Más allá del asombro, fue tal la dicha que los embargó que “dijo Pedro a Jesús: «Maestro, bueno es estarnos aquí. Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías», sin saber lo que decía.” Esta es la Gloria de Dios…un lugar sin tiempo ni espacio, que te llena de paz, de alegría, de plenitud…que está más allá de todo, por encima de todo, que una vez experimentado, no quisiéramos dejar jamás. Estas son primicias del Reino que a estos tres discípulos embobados, desconcertados, asombrados, les estuvo permitido ver, sentir, vivir…

Y aún pudieron oír: «Este es mi Hijo, mi Elegido; escuchadle».

Todo empezó con Cristo subiendo al monte a orar. Y ocurrió mientras Jesús oraba. No es casual. Es claramente la muestra palpable del poder de la oración. De la importancia de la oración en la vida de Jesús y por lo tanto, también de lo que debe ser en nuestras vidas. La oración tiene esta capacidad de transformarnos, de elevarnos, de cambiarnos, de unirnos a Dios Padre, con Cristo y con todos aquellos que han hecho del cumplimiento de la Voluntad del Padre la razón de sus vidas…La oración nos une con Dios en un “plano”, en una “dimensión” sin tiempo ni espacio, donde Él habita, donde nos espera, donde estamos llamados a ir…La oración nos permite atisbar aquél horizonte que habremos de alcanzar siguiendo a Jesús.

Oremos:

Padre Celestial, ilumínanos para entender que por ningún motivo debemos alejarnos de Ti y que siempre te podremos encontrar, si somos capaces de apartarnos por un momento de todo cuanto nos aflige y perturba, para encontrarte en la Oración. ¿Cómo podremos oír tu voz si no oramos? Tú eres nuestra fortaleza, Tu nuestra roca. Sin Ti nada podemos, nada somos. Permítenos perseverar en la oración diaria. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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feb 09 2010

Marcos 7, 1-13

Texto del evangelio (Mc 7, 1-13)

En aquel tiempo, se reunieron junto a Jesús los fariseos, así como algunos escribas venidos de Jerusalén. Y al ver que algunos de sus discípulos comían con manos impuras, es decir no lavadas, -es que los fariseos y todos los judíos no comen sin haberse lavado las manos hasta el codo, aferrados a la tradición de los antiguos, y al volver de la plaza, si no se bañan, no comen; y hay otras muchas cosas que observan por tradición, como la purificación de copas, jarros y bandejas-.

Por ello, los fariseos y los escribas le preguntan: «¿Por qué tus discípulos no viven conforme a la tradición de los antepasados, sino que comen con manos impuras?». Él les dijo: «Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, según está escrito: ‘Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me rinden culto, ya que enseñan doctrinas que son preceptos de hombres’. Dejando el precepto de Dios, os aferráis a la tradición de los hombres». Les decía también: «¡Qué bien violáis el mandamiento de Dios, para conservar vuestra tradición! Porque Moisés dijo: ‘Honra a tu padre y a tu madre y: el que maldiga a su padre o a su madre, sea castigado con la muerte’. Pero vosotros decís: ‘Si uno dice a su padre o a su madre: Lo que de mí podrías recibir como ayuda lo declaro “Korbán” -es decir: ofrenda-’, ya no le dejáis hacer nada por su padre y por su madre, anulando así la Palabra de Dios por vuestra tradición que os habéis transmitido; y hacéis muchas cosas semejantes a éstas».

Reflexión: Mc 7, 1-13

El Señor es siempre muy claro, para aquél que realmente quiere oírlo. Nosotros hemos sido creados libres, por lo tanto no debemos sometimiento a nada ni nadie, sino solo a Dios nuestro creador. ¿Y qué es lo que quiere Dios de nosotros? Que hagamos lo mejor, lo que más nos conviene. Así, si somos inteligentes, porque así hemos sido creados y somos libres, es tonto que escojamos ir contra Dios, porque Él, en toda su sabiduría ha escogido lo mejor para nosotros y nos lo propone, no nos lo impone.

Sin embargo, muchos de nosotros, lamentablemente, preferimos no hacerle caso, darle las espaldas, e ir en contra, a sabiendas que terminaremos mal, prestándole oídos al demonio, que de este modo triunfa parcialmente en nosotros. Y es que así es de claro, de simple y de sencillo. “Quien no está conmigo –nos dice Jesús- está contra mí”. “El que no recoge conmigo, esparce”.

¿Qué tiene que ver con la lectura? Pues que los escribas y fariseos pretenden condenar a los discípulos de Jesús porque no cumplen con las tradiciones y estas no son buenas necesariamente, solo por el hecho de haber sido establecidas desde hace mucho y porque todo el mundo las sigue. ¡Eso es lo que les recuerda Jesús! “El sábado ha sido creado para el hombre y no el hombre para el sábado”. Nosotros somos libres y no hay nada que tengamos que hacer o que esté por encima de amar a nuestro prójimo, porque sólo así amamos a Dios.

Jesús aquí mismo desenmascara una tradición por la cual los judíos de aquella época trataban de justificar su desatención a sus padres, es decir a uno de sus prójimos más cercanos. Claro, y encima se justificaban diciendo que lo que debían dárselo a ellos se lo habían dado como ofrenda a Dios. ¡Eso no es ni puede ser lo que quiere Dios! Y así de claro lo expresa Jesús. “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí.” Es que a Dios no se le ama mirando al cielo y blanqueando los ojos…A Dios se le honra y se le ama, cuando amamos a nuestro prójimo. ¡Eso es lo primero!, y no las leyes, ni tradiciones…El hombre ha de ser primero. Amándole a él, amaremos a Dios.

 

Oremos:

Señor Jesús, que comprendamos que en realidad toda la ley, las profecías y los evangelios se reducen a: “Amar a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos”. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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ene 05 2010

Juan 1, 43-51

Texto del evangelio (Jn 1, 43-51)

En aquel tiempo, Jesús quiso partir para Galilea. Se encuentra con Felipe y le dice: «Sígueme». Felipe era de Bestsaida, de la ciudad de Andrés y Pedro. Felipe se encuentra con Natanael y le dice: «Ése del que escribió Moisés en la Ley, y también los profetas, lo hemos encontrado: Jesús el hijo de José, el de Nazaret». Le respondió Natanael: «¿De Nazaret puede haber cosa buena?». Le dice Felipe: «Ven y lo verás».

Vio Jesús que se acercaba Natanael y dijo de él: «Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño». Le dice Natanael: «¿De qué me conoces?». Le respondió Jesús: «Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi». Le respondió Natanael: «Rabbí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel». Jesús le contestó: «¿Por haberte dicho que te vi debajo de la higuera, crees? Has de ver cosas mayores». Y le añadió: «En verdad, en verdad os digo: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre».

Reflexión: Jn 1, 43-51

El encuentro con Jesús no es casual. Él ha estado esperando por cada uno de nosotros. Él sabe donde estamos, quienes somos y qué hacemos. Él sale a nuestro encuentro. Y es imposible negarlo o dejar de reconocerlo cuando lo vemos.

Podemos tratar de engañarnos, fingir que no lo vimos, que no lo escuchamos, que no supimos donde estaba ni quién era, sin embargo no podremos engañar a nuestro corazón y una vez que lo hayamos encontrado, difícilmente podremos perderlo de vista, ignorarlo en nuestras vidas.

Y es que todos estos encuentros fueron previstos desde antes que viéramos la luz. No, no estamos hablando de un determinismo o una predestinación, en el sentido que estuviéramos siendo manipulados o hubiéramos perdido la libertad. No. Siempre tendremos frente a nosotros la opción de seguirlo o dejarlo marcha, dejarlo pasar. Pero si lo hacemos, seremos unos estúpidos, pues aplicando nuestra razón y si somos consecuentes, caeremos en la cuenta que toda nuestra vida estuvimos buscándolo o, si se quiere, caminando hacia Él…Entonces ¿Cómo dejarlo marchar, si Él mismo sale a nuestro encuentro? Lo lógico sería adherir a Él…¿Qué nos detiene? Ya sé…Tenemos tanto…Tanto que preservar, tanto que proteger, tanto que mantener, tanto que perder…

Es que nos falta fe. Fe para entender que Él es el Bien Superior; que no hay nada sobre Él…que no hay nada más allá de Él o por encima de Él. Que quien lo tiene a Él, lo tiene todo…no necesita más. Si lo pudiéramos entender, seríamos como San Francisco o tantos otros santos que supieron abandonarlo todo, todo por Él.  “Deja que los muertos entierren a sus muertos…” “Quien pone la mano en el arado y mira hacia a tras, no es apto para el Reino”…Esas son palabras de Jesús. Así de radical es su llamado, así de exigente. Y, si lo pensamos bien, no podía ser de otro modo. Si estamos hablando del “Bien Superior”, ¿cómo tendría que ser su llamado? Tu mismo no le dirías a tu hijo: “oye niño, ven por aquí, que yo se qué es lo que te conviene”…Y si tu serías capaz de tanto bien, imagínate de lo que será capaz nuestro Padre Celestial, que tiene cada uno de nuestros cabellos contados…

¡Aleluya!

Oremos:

¡Bendito seas Dios mío, Padre de nuestros Señor Jesucristo, que nos permites ver tanta bondad…Que nos has deparado tan dichoso y vivificante encuentro! Todo lo abarcas, todo lo llenas…Nuestra alma reboza de alegría ante tu sola presencia. Gracias Señor. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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dic 29 2009

Lucas 2, 22-35

Texto del evangelio (Lc 2, 22-35)

Cuando se cumplieron los días de la purificación según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarle al Señor, como está escrito en la Ley del Señor: Todo varón primogénito será consagrado al Señor y para ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o dos pichones, conforme a lo que se dice en la Ley del Señor.

Y he aquí que había en Jerusalén un hombre llamado Simeón; este hombre era justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y en él estaba el Espíritu Santo. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor. Movido por el Espíritu, vino al Templo; y cuando los padres introdujeron al Niño Jesús, para cumplir lo que la Ley prescribía sobre Él, le tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz; porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel».

Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de Él. Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: «Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción -¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!- a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones».

Reflexión: Lc 2, 22-35

Todos estos sucesos fueron previstos con mucha anticipación. Fueron profetizados y precisamente su cumplimiento debe ser razón suficiente para que creamos, ya que finalmente, todas estas previsiones, no son sino intervenciones de Dios en nuestra historia.

Dios ha querido salvarnos con nuestra propia intervención. Él que es Todopoderoso, no ha querido, sin embargo, hacer nada sin nuestro consentimiento y nuestra propia participación. Él necesita, exige que participemos. No se trata de sentarnos a mirar desde la tribuna…Tenemos que actuar. En cada una de sus manifestaciones, a la par que se hace imposible negar su existencia, su inspiración o su intervención, podemos ver que en ella siempre juegan un papel especial hombres y mujeres, comunes y corrientes, que muchas veces, como en este caso, actúan movidos y llenos del Espíritu Santo.

¿Qué se nos dice de Simeón? Que era justo y piadoso. Esto es lo que mínimamente se puede pedir a una persona correcta.  Que sea justa, es decir que de a cada quien lo que le corresponde y que sea piadosa, es decir que se incline humildemente ante el creador, que le reconozca y predisponga su espíritu para entrar en contacto con Dios permanentemente. Que sea Dios quien inspire su vida. Ese es un hombre piadoso, que puede ver y reconocer la presencia cotidiana de Dios, que espera en Él, que está en Su búsqueda permanentemente, que puede ver sus manifestaciones a cada paso…

Simeón ha encontrado el sentido de la vida. No hay nada más importante que su encuentro con Jesucristo, con el Salvador. Y es capaz de reconocer inmediatamente una gran Verdad, que cimienta toda la vida y prédica de Jesús: que Él es la luz que ha venido al mundo. Que el que cree en Él y sigue lo que Él ordena, tendrá vida eterna. Que Jesús es, finalmente, como el ácido aquél que sirve para separar el metal precioso de las impurezas. La sola presencia del Señor en nuestras vidas sirve para que inmediatamente los hombres nos decantemos: por un lado los que estamos con Él y por otro los que están en su contra. O recogemos o esparcimos. Para Él, no hay términos medios: “Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción… a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones”

Frente a Jesús, hay que tomar partido. No podemos permanecer indiferentes, ni postergarlo. Estás o no estás. Y es el Amor, la exigencia suprema. Para Dios, no basta la justicia. Es en la caridad que seremos examinados. Y la caridad es superior a la justicia, va más allá.

Oremos:

Padre Santo, concédenos la gracia de vivir en la caridad, de ir siempre en nuestras vidas más allá de la justicia mundana; de aspirar siempre a la mayor gloria de Dios.  ¡Amén!

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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