may 28 2010

Marcos 11, 11-25

Texto del evangelio (Mc 11, 11-25)

En aquel tiempo, después de que la gente lo había aclamado, Jesús entró en Jerusalén, en el Templo. Y después de observar todo a su alrededor, siendo ya tarde, salió con los Doce para Betania.

Al día siguiente, saliendo ellos de Betania, sintió hambre. Y viendo de lejos una higuera con hojas, fue a ver si encontraba algo en ella; acercándose a ella, no encontró más que hojas; es que no era tiempo de higos. Entonces le dijo: «¡Que nunca jamás coma nadie fruto de ti!». Y sus discípulos oían esto.

Llegan a Jerusalén; y entrando en el Templo, comenzó a echar fuera a los que vendían y a los que compraban en el Templo; volcó las mesas de los cambistas y los puestos de los vendedores de palomas y no permitía que nadie transportase cosas por el Templo. Y les enseñaba, diciéndoles: «¿No está escrito: ‘Mi Casa será llamada Casa de oración para todas las gentes?’.¡Pero vosotros la tenéis hecha una cueva de bandidos!». Se enteraron de esto los sumos sacerdotes y los escribas y buscaban cómo podrían matarle; porque le tenían miedo, pues toda la gente estaba asombrada de su doctrina. Y al atardecer, salía fuera de la ciudad.

Al pasar muy de mañana, vieron la higuera, que estaba seca hasta la raíz. Pedro, recordándolo, le dice: «¡Rabbí, mira!, la higuera que maldijiste está seca». Jesús les respondió: «Tened fe en Dios. Yo os aseguro que quien diga a este monte: ‘Quítate y arrójate al mar’ y no vacile en su corazón sino que crea que va a suceder lo que dice, lo obtendrá. Por eso os digo: todo cuanto pidáis en la oración, creed que ya lo habéis recibido y lo obtendréis. Y cuando os pongáis de pie para orar, perdonad, si tenéis algo contra alguno, para que también vuestro Padre, que está en los cielos, os perdone vuestras ofensas».

Reflexión: Mc 11, 11-25

La lectura recomendada nos trae varios episodios distintos cuya relación no alcanzamos a ver inmediatamente. Trataremos de escudriñar y en cualquier caso, obtener una enseñanza e inspiración para nuestra vida cotidiana, confiados en que la Palabra del Señor, no podrá traer nada más que luz a nuestras vidas.

Este paso del Señor  por el Templo, teniendo ya multitudes que lo aclamaban y seguían, no resulta casual. Era necesario que los que le seguían y nosotros, recibiéramos una lección respecto a lo que debe ser el Templo. El Señor ha venido a enderezar, los caminos. A Mostrarnos  cual debe ser nuestro comportamiento, nuestra actitud cotidiana. No se trata de servirnos de la fe, de utilizarla para nuestros intereses y conveniencias, como los mercaderes del templo, que en realidad aprovechan  o pretenden aprovechar la fe de la gente, valerse de ella, para venderles sus productos. Es decir que estos crecen como parásitos en torno a la fe del pueblo; la usan para sus intereses, sin ningún escrúpulo y sin más intención que lograr mejorar sus utilidades, sus ingresos. Para maximizar sus ingresos no tienen ningún reparo. Son capaces incluso de proclamarse creyentes y de proclamar su fe -por su puesto, tan solo de palabra- con tal de vender.

El Señor, por eso, el primer día observa y se siente seguramente asqueado, conmovido, ante este triste espectáculo. ¿Qué es esto? ¿Esto es fe? ¿Qué derecho tienen estos mercaderes de usar y valerse de la fe del pueblo? ¿Qué testimonio están dando, a vista y paciencia de los sumos sacerdotes y autoridades judías? Él, que ha venido a mostrarnos al Padre, a darnos a conocer al Padre y promover la fe en Él,  no puede pasar y permanecer indiferente ante esta actitud, ante este proceder…Por eso, con una furia santa, imbuido del poder, la energía y la firmeza necesarias, expulsa a los mercaderes, volcando mesas y puestos. Alguien tenía que decirles muy claramente y con ellos a todos nosotros, que eso no está bien, que eso no es del agrado de Dios, que la fe en Dios y el Templo, lugar de oración y por lo tanto de fe, no puede ni debe ser un centro de transacciones comerciales, un centro de comercio, ni aun cuando sea para vender “animales para los supuestos sacrificios o cambiar monedas para la limosna”.

Estas son cosas propias de paganos. Dios, nuestro Dios Padre, no quiere esas tonterías. No es cuestión de vivir como sea y luego aplacar a Dios con unas monedas, con unos sacrificios, encima todo comprado y arreglado en el templo. Pretendiendo con ello hacer a Dios cómplice de esta actitud. Ese no es el Dios que ha venido a presentarnos; ese no es el Dios Padre cuya Voluntad ha venido a realizar Jesús.

El Dios de Jesús, el Dios de los cristianos, es Padre, es luz, es amor, es verdad…Y nos pide que creamos en Él. Para el que realmente cree en Él, para el que tiene fe, no hay imposibles. Porque el que cree, procurará, se esforzará en cumplir la Voluntad del Señor y caminando en esa dirección, no habrá nada que pidamos al Señor que no sea concedido, porque como dice el Señor: “…os aseguro que quien diga a este monte: ‘Quítate y arrójate al mar’ y no vacile en su corazón sino que crea que va a suceder lo que dice, lo obtendrá.”

Oremos:

Señor, danos fe, como el grano de mostaza…Ilumínanos y permítenos llevar una vida recta, justa, buena…que persigamos la paz, la reconciliación…que promovamos la esperanza, el encuentro, el perdón, el amor…Haznos instrumentos de fe….Danos valor para actuar con la energía y firmeza suficientes cuando sea necesario, para no actuar con condescendencia ni complicidad con el pecado, con el mal, la soberbia y la ambición…  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

Bookmark and Share
may 18 2010

Juan 17, 1-11a

Texto del evangelio (Jn 17, 1-11a)

En aquel tiempo, Jesús, alzando los ojos al cielo, dijo: «Padre, ha llegado la hora; glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti. Y que según el poder que le has dado sobre toda carne, dé también vida eterna a todos los que tú le has dado. Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo. Yo te he glorificado en la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste realizar.

»Ahora, Padre, glorifícame tú, junto a ti, con la gloria que tenía a tu lado antes que el mundo fuese. He manifestado tu Nombre a los hombres que tú me has dado tomándolos del mundo. Tuyos eran y tú me los has dado; y han guardado tu Palabra. Ahora ya saben que todo lo que me has dado viene de ti; porque las palabras que tú me diste se las he dado a ellos, y ellos las han aceptado y han reconocido verdaderamente que vengo de ti, y han creído que tú me has enviado.

»Por ellos ruego; no ruego por el mundo, sino por los que tú me has dado, porque son tuyos; y todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío; y yo he sido glorificado en ellos. Yo ya no estoy en el mundo, pero ellos sí están en el mundo, y yo voy a ti».

Reflexión: Jn 17, 1-11a

Una hermosa oración de Cristo por todos nosotros, sus discípulos sus seguidores. No puede dejar de conmovernos la forma en que Cristo, siendo Hijo y Dios también, ruega humildemente al Padre por todos “los que tú me has dado, porque son tuyos”.

Esta es una lección que debemos aprender en primer lugar. A orar al Padre con humildad, por todos los suyos, aquellos que en el fondo de sus corazones han decidido guardarlo y seguirlo. No somos nadie para juzgarlos, ni podemos saber exactamente quienes y cuántos son, pero por todos ellos hemos de orar, para que Dios Padre mantenga rectas sus intenciones, y sean la luz y sal del mundo.

Al orar por ellos, hemos de orar por nosotros mismos también, para que sepamos actuar a la altura de las circunstancias, para que demos testimonio de Cristo. Si realmente creemos en Dios, hemos de dar testimonio de Él.  Si somos hijos de la luz, hemos de alumbrar, porque nadie enciende una lámpara para ocultarla bajo la cama o bajo la mesa, sino que la pone en lo alto para que todos la vean, para que ilumine a todos a su alrededor.

En esto debemos reflexionar hoy. En nuestro papel y actuación en el medio, en las circunstancias en las que nos ha tocado vivir. ¿Es que nos amoldamos a ellas, mimetizándonos con el mundo, de modo tal que nuestra identidad queda totalmente oculta y resguardada? ¿O es que somos testimonio vivo de Cristo en cuanta ocasión y circunstancia nos toca vivir y afrontar, sin temor a ser luz, por el contrario, procurando iluminar conscientemente el camino de nuestros hermanos menores?

No es una expresión literaria, ni tan solo un modo de decir lo que el Señor nos revela en esta lectura de forma clara e inconfundible: “Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo.”

Eso es todo. En ello hemos de meditar; entorno a ello hemos de orar…¿Conocemos a Dios? ¿Conocemos a Jesucristo? ¿Qué ha de significar el conocerlos en nuestras vidas? ¿Qué tendría que significar el conocerlos para nuestra sociedad? ¿Qué debe hacer el que conoce? ¿Para qué se enciende una luz? ¿Para ocultarla? Estamos llamados a dar testimonio de la Luz…¿Cómo habremos de hacer esto en nuestras vidas, en nuestras circunstancias?

Oremos:

Padre Nuestro, se nos hace a veces muy difícil seguirte; tenemos temor a poner en juego lo que tenemos, lo que atesoramos, aquellas cosas que nos dan seguridad en esta vida, como si pudiéramos aferrarnos a ellas eternamente y asegurar que nunca nos faltarán. Es decir, en el fondo, nos falta fe. Tenemos más confianza en lo tangible, en lo contante y sonante y estamos dispuestos a hacernos de la vista gorda ante cualquier cosa, si a cambio recibimos una paga…Nos resistimos, pero finalmente llega un momento en el que se pone precio a nuestros principios, a nuestra fe…¡No permitas que caigamos en esta tentación! ¡Ayúdanos a rechazar con firmeza todas estas tretas del demonio! ¡Acrecienta nuestra fe!  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

Bookmark and Share
mar 28 2010

Lucas 22,14-23,56

Texto del evangelio (Lc 22,14-23,56)

Llegada la hora, se sentó Jesús con sus discípulos, y les dijo: «He deseado enormemente comer esta comida pascual con vosotros antes de padecer, porque os digo que ya no la volveré a comer hasta que se cumpla en el Reino de Dios». Y tomando una copa, dio gracias y dijo: «Tomad esto, repartidlo entre vosotros; porque os digo que no beberé desde ahora del fruto de la vid hasta que venga el Reino de Dios».

Y tomando pan, dio gracias; lo partió y se lo dio diciendo: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía». Después de cenar, hizo lo mismo con la copa diciendo: «Esta copa es la Nueva Alianza sellada con mi sangre, que se derrama por vosotros. Pero mirad: la mano del que me entrega está con la mía en la mesa. Porque el Hijo del Hombre se va según lo establecido; pero ¡ay de ése que lo entrega!».

Ellos empezaron a preguntarse unos a otros quién de ellos podía ser el que iba a hacer eso. Los discípulos se pusieron a disputar sobre quién de ellos debía ser tenido como el primero. Jesús les dijo: «Los reyes de los gentiles los dominan y los que ejercen la autoridad se hacen llamar bienhechores. Vosotros no hagáis así, sino que el primero entre vosotros pórtese como el menor, y el que gobierne, como el que sirve. Porque, ¿quién es más, el que está en la mesa o el que sirve?, ¿verdad que el que está en la mesa? Pues yo estoy en medio de vosotros como el que sirve. Vosotros sois los que habéis perseverado conmigo en mis pruebas, y yo os transmito el Reino como me lo transmitió mi Padre a mí: comeréis y beberéis a mi mesa en mi Reino, y os sentaréis en tronos para regir a las doce tribus de Israel».

Y añadió: «Simón, Simón, mira que Satanás os ha reclamado para cribaros como trigo. Pero yo he pedido por ti para que tu fe no se apague. Y tú, cuando te recobres, da firmeza a tus hermanos». Él le contestó: «Señor, contigo estoy dispuesto a ir incluso a, la cárcel y a la muerte». Jesús le replicó: «Te digo, Pedro, que no cantará hoy el gallo antes que tres veces hayas negado conocerme».

Y dijo a todos: «Cuando os envié sin bolsa ni alforja, ni sandalias, ¿os faltó algo?». Contestaron: «Nada». Él añadió: «Pero ahora, el que tenga bolsa que la coja, y lo mismo la alforja; y el que no tiene espada que venda su manto y compre una. Porque os aseguro que tiene que cumplirse en mí lo que está escrito: ‘Fue contado con los malhechores’. Lo que se refiere a mí toca a su fin». Ellos dijeron: «Señor, aquí hay dos espadas». Él les contestó: «Basta».

Y salió Jesús como de costumbre al monte de los Olivos, y lo siguieron los discípulos. Al llegar al sitio, les dijo: «Orad, para no caer en la tentación». Él se arrancó de ellos, alejándose como a un tiro de piedra y arrodillado, oraba diciendo: «Padre, si quieres, aparta de mí ese cáliz. Pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya». Y se le apareció un ángel del cielo que lo animaba. En medio de su angustia oraba con más insistencia. Y le bajaba el sudor a goterones, como de sangre, hasta el suelo. Y, levantándose de la oración, fue hacia sus discípulos, los encontró dormidos por la pena, y les dijo: «¿Por qué dormís? Levantaos y orad, para no caer en la tentación».

Todavía estaba hablando, cuando aparece gente: y los guiaba el llamado Judas, uno de los Doce. Y se acercó a besar a Jesús. Jesús le dijo: «Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del Hombre?». Al darse cuenta los que estaban con él de lo que iba a pasar, dijeron: «Señor, ¿herimos con la espada?». Y uno de ellos hirió al criado del Sumo Sacerdote, y le cortó la oreja derecha. Jesús intervino diciendo: «Dejadlo, basta». Y, tocándole la oreja, lo curó. Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los oficiales del templo, y a los ancianos que habían venido contra Él: «¿Habéis salido con espadas y palos a caza de un bandido? A diario estaba en el templo con vosotros, y no me echasteis mano. Pero ésta es vuestra hora: la del poder de las tinieblas».

Ellos lo prendieron, se lo llevaron y lo hicieron entrar en casa del sumo sacerdote. Pedro lo seguía desde lejos. Ellos encendieron fuego en medio del patio, se sentaron alrededor y Pedro se sentó entre ellos. Al verlo una criada sentado junto a la lumbre, se le quedó mirando y le dijo: «También éste estaba con Él». Pero él lo negó diciendo: «No lo conozco, mujer». Poco después lo vio otro y le dijo: «Tú también eres uno de ellos. Pedro replicó: «Hombre, no lo soy». Pasada cosa de una hora, otro insistía: «Sin duda, también éste estaba con Él, porque es galileo». Pedro contestó: «Hombre, no sé de qué hablas». Y estaba todavía hablando cuando cantó un gallo. El Señor, volviéndose, le echó una mirada a Pedro, y Pedro se acordó de la palabra que el Señor le había dicho: «Antes de que cante hoy el gallo, me negarás tres veces». Y, saliendo afuera, lloró amargamente.

Y los hombres que sujetaban a Jesús se burlaban de Él dándole golpes. Y, tapándole la cara, le preguntaban: «Haz de profeta: ¿quién te ha pegado?». Y proferían contra Él otros muchos insultos.

Cuando se hizo de día, se reunió el senado del pueblo, o sea, sumos sacerdotes y letrados, y, haciéndole comparecer ante su Sanedrín, le dijeron: «Si tú eres el Mesías, dínoslo». Él les contestó: «Si os lo digo, no lo vais a creer; y si os pregunto no me vais a responder. Desde ahora el Hijo del Hombre estará sentado a la derecha de Dios todopoderoso». Dijeron todos: «Entonces, ¿tú eres el Hijo de Dios?». Él les contestó: «Vosotros lo decís, yo lo soy». Ellos dijeron: «¿Qué necesidad tenemos ya de testimonios? Nosotros mismos lo hemos oído de su boca».

El senado del pueblo o sea, sumos sacerdotes y letrados, se levantaron y llevaron a Jesús a presencia de Pilato. Y se pusieron a acusarlo diciendo: «Hemos comprobado que éste anda amotinando a nuestra nación, y oponiéndose a que se paguen tributos al César, y diciendo que Él es el Mesías rey». Pilato preguntó a Jesús: «¿Eres tú el rey de los judíos?». Él le contestó: «Tú lo dices». Pilato dijo a los sumos sacerdotes y a la turba: «No encuentro ninguna culpa en este hombre». Ellos insistían con más fuerza diciendo: «Solivianta al pueblo enseñando por toda Judea, desde Galilea hasta aquí». Pilato, al oírlo, preguntó si era galileo; y al enterarse que era de la jurisdicción de Herodes se lo remitió. Herodes estaba precisamente en Jerusalén por aquellos días.

Herodes, al ver a Jesús, se puso muy contento; pues hacía bastante tiempo que quería verlo, porque oía hablar de Él y esperaba verlo hacer algún milagro. Le hizo un interrogatorio bastante largo; pero Él no le contestó ni palabra. Estaban allí los sumos sacerdotes y los letrados acusándolo con ahínco. Herodes, con su escolta, lo trató con desprecio y se burló de Él; y, poniéndole una vestidura blanca, se lo remitió a Pilato. Aquel mismo día se hicieron amigos Herodes y Pilato, porque antes se llevaban muy mal.

Pilato, convocando a los sumos sacerdotes, a las autoridades y al pueblo, les dijo: «Me habéis traído a este hombre, alegando que alborota al pueblo; y resulta que yo le he interrogado delante de vosotros, y no he encontrado en este hombre ninguna de las culpas que le imputáis; ni Herodes tampoco, porque nos lo ha remitido: ya veis que nada digno de muerte se le ha probado. Así que le daré un escarmiento y lo soltaré». Por la fiesta tenía que soltarles a uno. Ellos vociferaron en masa diciendo: «¡Fuera ése! Suéltanos a Barrabás». A éste lo habían metido en la cárcel por una revuelta acaecida en la ciudad y un homicidio. Pilato volvió a dirigirles la palabra con intención de soltar a Jesús. Pero ellos seguían gritando: «¡Crucifícalo, crucifícalo!». Él les dijo por tercera vez: «Pues, ¿qué mal ha hecho éste? No he encontrado en Él. ningún delito que merezca la muerte. Así es que le daré un escarmiento y lo soltaré». Ellos se le echaban encima pidiendo a gritos que lo crucificara; e iba creciendo el griterío. Pilato decidió que se cumpliera su petición: soltó al que le pedían (al que había metido en la cárcel por revuelta y homicidio), y a Jesús se lo entregó a su arbitrio.

Mientras lo conducían, echaron mano de un cierto Simón de Cirene, qué volvía del campo, y le cargaron la cruz para que la llevase detrás de Jesús. Lo seguía un gran gentío del pueblo, y de mujeres que se daban golpes y lanzaban lamentos por Él. Jesús se volvió hacia ellas y les dijo: «Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos, porque mirad que llegará el día en que dirán: ‘Dichosas las estériles y los vientres que no han dado a luz y los pechos que no han criado’. Entonces empezarán a decirles a los montes: ‘Desplomaos sobre nosotros’, y a las colinas: ‘Sepultadnos’; porque si así tratan al leño verde, ¿qué pasará con el seco?».

Conducían también a otros dos malhechores para ajusticiarlos con Él. Y cuando llegaron al lugar llamado “La Calavera”, lo crucificaron allí, a Él y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Jesús decía: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». Y se repartieron sus ropas, echándolas a suerte. El pueblo estaba mirando. Las autoridades le hacían muecas diciendo: «A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si Él es el Mesías de Dios, el Elegido». Se burlaban de Él también los soldados, ofreciéndole vinagre y diciendo: «Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo». Había encima un letrero en escritura griega, latina y hebrea: «Éste es el rey de los judíos».

Uno de los malhechores crucificados lo insultaba diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros». Pero el otro le increpaba: «¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en el mismo suplicio? Y lo nuestro es justo, porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha faltado en nada». Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino». Jesús le respondió: «Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso».

Era ya eso de mediodía y vinieron las tinieblas sobre toda la región, hasta la media tarde; porque se oscureció el sol. El velo del templo se rasgó por medio. Y Jesús, clamando con voz potente, dijo: «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu». Y dicho esto, expiró.

El centurión, al ver lo que pasaba, daba gloria a Dios diciendo: «Realmente, este hombre era justo». Toda la muchedumbre que había acudido a este espectáculo, habiendo visto lo que ocurría, se volvían dándose golpes de pecho. Todos sus conocidos se mantenían a distancia, y lo mismo las mujeres que lo habían seguido desde Galilea y que estaban mirando.

Un hombre llamado José, que era senador, hombre bueno y honrado (que no había votado a favor de la decisión y del crimen de ellos), que era natural de Arimatea y que aguardaba el Reino de Dios, acudió a Pilato a pedirle el cuerpo de Jesús. Y, bajándolo, lo envolvió en una sábana y lo colocó en un sepulcro excavado en la roca, donde no habían puesto a nadie todavía. Era el día de la Preparación y rayaba el sábado. Las mujeres que lo habían acompañado desde Galilea fueron detrás a examinar el sepulcro y cómo colocaban su cuerpo. A la vuelta prepararon aromas y ungüentos. Y el sábado guardaron reposo, conforme al mandamiento.

Reflexión: Lc 22,14-23,56

La Iglesia nos propone la meditación de un evangelio muy largo y rico el día de hoy. Se trata en realidad de varios episodios, que nos ponen frente a Jesús en los momentos previos a su sacrificio en la cruz. El Señor, nuestro Dios hecho hombre, sabe lo que vendrá, lo que tendrá que pasar, aun cuando sus discípulos no lo comprendan. Ellos están un poco al margen, distantes, como ajenos a los sucesos que Jesús vive y que están por llegar a su fin.

Han logrado formar una comunidad en torno a Jesús y se sienten fraternalmente unidos. Nada parece perturbarlos ni amenazarlos. De este modo, se siente suficientemente unidos y fortalecidos para rechazar cualquier amenaza que se cierna sobre ellos o sobre Jesús. Venga de donde venga. Parece poco creíble que en tan solo unas horas se dispersarán, desconcertados, asustados, perdidos, con el peso de una traición y el temor paralizante, que los lleva a esconderse e incluso a dar muestras de flaqueza extrema, como es el caso de Pedro, el más fuerte, aquél al que Jesús le encomendó la sucesión, que llegaría a negarlo hasta tres veces, antes que cantara el gallo, tal como Jesús se lo había anticipado.

Es que todo tenía que cumplirse tal como estaba escrito. El Señor tiene sus propios caminos, muchas veces distintos a los nuestros y los cumple, aún por encima de nuestras flaquezas y temores. En ese sentido, no depende de nosotros, aun cuando amable y cariñosamente nos invita a seguirlo. Y es que, no se trata de ir a la pelea, de ser el primero, de imponerse…Se trata de servir, de vencer dando, de convencer amando, al extremo de morir en la cruz. Solo así dará testimonio de Dios Padre, que es Amor, que no opone la fuerza, ni el poder para rechazar las falsas acusaciones, ni los expedientes que engañosamente se habían levantado en su contra. Y es que no había nada de qué acusarlo, salvo de dar muchas señales, de levantar mucho polvo, de constituir una amenaza al estatus quo, a la convivencia que habían logrado los sumos sacerdotes y los fariseos poderosos, con el inmenso poder político y militar romano. Este, Jesús, ponía en peligro sus privilegios…Había que matarlo. Eso era todo.

Jesús sabía cuál sería el desenlace, Sabía que tenía que pasar por este sacrificio.  “Para eso he venido”, nos dirá. Y no se corre, porque sabe que ha llegado la hora. Eso sí, ora al Padre, pidiendo fortaleza. Toda su prédica culmina aquí. Había dicho que nos amaba al extremo de ser capaz de dar su vida por nosotros, por nuestra salvación, y eso haría. Siendo Dios, se abajó a la altura del más humilde e indefenso hombre, aquél del que nadie tiene reparo en hacer escarnio,  en castigar, en insultar y flagelar…Solo, completamente solo, enfrenta a los guardias, a las autoridades y a la turba…Ya había dicho lo que tenía que decir y muchos fueron testigos de su vida pública; no tenía más que decir y no haría nada por defenderse…¿Hasta dónde somos capaces de ensañarnos con el indefenso, con aquél que carece de padrinos, con aquel del que todos hacen mofa y burla, con aquel que no ofrece resistencia? ¿Cuánto más nos irrita que no pida clemencia, que no pida perdón, que ni si quiera abra la boca para quejarse? Cómo nos ofende esa actitud, cuando Él sabe que está en nuestras manos salvarlo, cediendo ante el primer pedido de clemencia, pero nada. Ni una palabra.

¡Eh ahí la paradoja! Como Judas y tantos otros, llegamos a creer que podríamos salvarlo, si tan solo ofreciera resistencia, si tan solo desatara su poder contra estos enemigos. Hay muchos dispuestos a desenvainar la espada, a su solo gesto, pero Jesús nada. No dará gusto ni a unos ni a otros…Seguirá con su misión, con la Voluntad del Padre. Con su sufrimiento, con su dolor y con su muerte, nos salvará.

Este es el Misterio que celebramos cada día en la Eucaristía. El inmenso amor de Jesús, que muere en la cruz para salvarnos y resucitando restaura los lazos con nuestro Padre, haciéndonos acreedores a la Vida Eterna junto con Él.

Oremos:

Padre Santo, permítenos entender el Sacrificio de la Cruz, que está en el centro de nuestra historia y de nuestra vida. Permítenos entender que sin cruz no hay salvación posible. Que no hubo ni hay otra forma de salvarnos que amando a nuestros hermanos. Que solo dando se recibe, que solo amando hasta la muerte, se resucita a la vida eterna.  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

Bookmark and Share
nov 29 2009

Lucas 21, 25-28.34-36

Texto del evangelio (Lc 21, 25-28.34-36)

En aquel tiempo, decía Jesús a sus discípulos: «Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra, angustia de las gentes, perplejas por el estruendo del mar y de las olas, muriéndose los hombres de terror y de ansiedad por las cosas que vendrán sobre el mundo; porque las fuerzas de los cielos serán sacudidas. Y entonces verán venir al Hijo del hombre en una nube con gran poder y gloria. Cuando empiecen a suceder estas cosas, cobrad ánimo y levantad la cabeza porque se acerca vuestra liberación.

»Guardaos de que no se hagan pesados vuestros corazones por el libertinaje, por la embriaguez y por las preocupaciones de la vida, y venga aquel Día de improviso sobre vosotros, como un lazo; porque vendrá sobre todos los que habitan toda la faz de la tierra. Estad en vela, pues, orando en todo tiempo para que tengáis fuerza y escapéis a todo lo que está para venir, y podáis estar en pie delante del Hijo del hombre».

Reflexión: Lc 21, 25-28.34-36

La lectura de hoy de algún modo es una reiteración de la de ayer…un poco más ampliada con los versículos que se leyeron antes de ayer. Se trata nuevamente de una advertencia para estar alertas y listos esperando al Señor. No debemos dejar que nada nos distraiga o absorba tanto nuestra atención, al punto que olvidemos lo más importante, como es amar y servir al Señor con cada uno de nuestros actos.

No hay nada más importante en esta vida que la Misión encomendada. Todo lo demás es accesorio y prescindible, a pesar que muchas veces nosotros vivos al revés, es decir que en la práctica tratamos de prescindir de Dios o más bien, vivimos como si eso fuera posible. Lamentablemente llegamos a engañarnos, porque hay momentos en que la vida y sus posibilidades parecen ilimitadas…entonces, ¿por qué volver los ojos a Dios, cuando en realidad no lo necesitamos?

En tales ocasiones llegamos a sentir que Dios es un estorbo, un limitante, un ancla, una prisión. ¡Qué paradoja! Cuando es precisamente al revés. Este es, pues, el famoso hedonismo que actualmente nos gobierna. La ciencia y la tecnología o más bien el progreso de las mismas, pareciera ilimitado y con ellos, el confort, la comodidad y el placer parecieran no tener fin. Todo parece ser posible para el que tiene dinero. Ante tal perspectiva, la vida cotidiana, la rutina,  nos lleva muy pronto a olvidar de dónde venimos y a donde vamos.

Tenemos que estar en vela y orando, para tener fuerzas para escapar a todas estas tentaciones. Mantenernos en pie, para que así nos encuentre el Señor. Realmente no hay mejor ejemplo, más crudo y real que el de la embriaguez. Los que hemos tenido esta experiencia sabemos que en esos momentos no somos dueños de nuestros actos; entramos en un estado de inconsciencia, en el que cualquier cosa puede pasar. No somos dueños de nosotros, nos dejamos arrastrar, nos dejamos llevar. En el momento hay un aparente disfrute, pero al día siguiente ni nos acordamos lo que paso. Podría ser tan bueno, que bien hubiera valido la pena por lo menos tenerlo registrado en la memoria, o tan malo, que al tomar conciencia podríamos sentirnos profundamente avergonzados, adoloridos y apenados por haber causado un mal irreparable…

No nos dejemos embriagar por el mundo, por nuestras preocupaciones, por la rutina. Debemos tener las riendas de nuestra vida y conducirla por donde debe ir…estando siempre ecuánimes y en pie.

Oremos:

Señor, ayúdanos a mantenernos siempre libres de toda atadura, siempre libres para amarte y servirte. No permitas que caigamos en las garras del maligno, que habrá de tentarnos con aquello que precisamente constituye nuestra mayor debilidad. Mantennos ecuánimes y en pie. Amén

 
Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

Bookmark and Share
nov 28 2009

Lucas 21, 34-36

Texto del evangelio (Lc 21, 34-36)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Guardaos de que no se hagan pesados vuestros corazones por el libertinaje, por la embriaguez y por las preocupaciones de la vida, y venga aquel Día de improviso sobre vosotros, como un lazo; porque vendrá sobre todos los que habitan toda la faz de la tierra. Estad en vela, pues, orando en todo tiempo para que tengáis fuerza y escapéis a todo lo que está para venir, y podáis estar en pie delante del Hijo del hombre».

Reflexión: Lc 21, 34-36

“Guardaos de que no se hagan pesados vuestros corazones por el libertinaje, por la embriaguez y por las preocupaciones de la vida.” Esta es la mejor recomendación que nos puede hacer el Señor…Que no se hagan nuestros corazones pesados…¡Qué bien dicho! Un corazón pesado se va haciendo insensible, difícilmente se deja afectar por lo que ve a su alrededor…Tiene tantas cosas para atender de sí y para sí, que no tiene ojos, ni oídos para los demás…Cuando no se ha dejado atrapar por los vicios y el placer, se encuentra asfixiado por “las preocupaciones de la vida”.

¿Es que no está bien que uno de espacio y lugar a “las preocupaciones de la vida? No. Desde luego, seguramente hay que atenderlas, pero sin perder de vista lo que es verdaderamente importante. El hombre ha sido creado libre, por lo tanto no puede dejarse esclavizar por nada. Además, tenemos una misión, que ha de estar por encima de todo y hacia la cual debe estar orientada toda nuestra vida. Lamentablemente resulta que “estas preocupaciones” terminan por absorbernos íntegramente, por ahogarnos, a tal extremo que sucumbimos ante ellas y ya no tenemos tiempo ni lugar para nada más. Tenemos tanto que hacer, tanto que atender, que no vemos ni oímos cuando el Señor pasa por nuestro lado repetidas veces pidiéndonos una mano o señalándonos el camino. Nos excusamos “porque tenemos que ir a enterrar a nuestros muertos”.

Es importante notar aquí, a qué extremo nos urge el Señor. “dejad que los muertos entierren a sus muertos…” Es decir, incluso aquella excusa que nos parece tan “sagrada”, tan entendible y respetable, la desecha el Señor. “El que pone la mano sobre el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino”, dice el Señor. En el fondo nuevamente surge el mismo tema. O estás con el Señor o no estás…Porque no se puede servir a dos señores. “El que no recoge conmigo, desparrama”. No caben los términos medios…”A los tibios, los vomitaré”, sentencia finalmente.

“Estad en vela, pues, orando en todo tiempo para que tengáis fuerza y escapéis a todo lo que está para venir, y podáis estar en pie delante del Hijo del hombre”. Esa es la actitud que espera de nosotros el Señor. Siempre “en vela y orando”, erguidos, con la cabeza en alto, para que podamos estar “en pie delante del Señor”. ¡Guau! Qué fuerte, que exigente. Pero así debe ser la vida del verdadero cristiano. Estar atentos cada día, cada momento, cada instante, pensando, viviendo y siendo para el Señor, para cumplir la Misión encomendada. Ese es el objetivo de nuestra vida. No hay nada mejor a lo que la podamos dedicarla. Nada, por ningún motivo nos puede hacer renunciar a ello. No dejemos que nuestro corazón se haga pesado, duro, insensible. Debemos mantenernos ágiles, atentos, despiertos de tal manera que reaccionemos a la primera…Es más, yo diría incluso, de tal manera que nos anticipemos al maligno que no cejará esfuerzo por enredarnos y atraparnos, porque él nos quiere esclavos y sabe como tentarnos, conoce de memoria nuestras debilidades…

Oremos:

Señor, danos la capacidad y el valor para ordenar nuestra vida  en función del Reino. Danos el discernimiento para ponerlo a tu servicio, para distinguir lo importante de lo accesorio. Pero lo importante en función de Reino y no de mis “preocupaciones”.

No permitas que se endurezcan nuestros corazones, que les pongamos una coraza impenetrable, al punto que se hagan tan pesados que no sirvan para vivir y que por ellos muramos a la Vida Eterna.

Te agradecemos por el P. Manolo Cavanna sj que tanto nos ha dado y que tan bien te ha servido. Si ha de pasar ya a tu lado, que sea con el menor sufrimiento posible, ya que te ha servido como un Santo toda su vida. Danos valor para seguirlo y sentir sus apremios, que son los tuyos. ¡Amén!

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

Bookmark and Share
ago 12 2009

Reflexión: Mt 18,15-20

Mt 18,15-20
 

El Señor nos recuerda el deber que tenemos para con nuestros hermanos. No podemos andar indiferentes ante lo que ocurre con ellos. No se trata de que nos afecte o no…Se trata de que si nosotros nos damos cuenta que están equivocados, que están en error, se los digamos. Este es un deber, una obligación que tenemos como verdaderos seguidores de Jesús, como cristianos, que hemos asumido el Amor como bandera, como norte, como principio y fundamento. No podemos desentendernos de la realidad que nos rodea y mucho menos en lo que atañe a nuestra familia, a nuestros amigos, a nuestros compañeros de trabajo, a nuestra comunidad parroquial, a los miembros de nuestro club, a nuestros correligionarios…finalmente a nuestra sociedad.

Si hemos recibido dones de Dios, tenemos el deber de compartirlos. No son para guardarlos para nosotros, porque terminarán por perderse, por desnaturalizarse. Estos se acrecentarán en la medida que los compartamos con todos, cuanto más, con los más necesitados, con los que han extraviado el camino, con los que deambulan desorientados, los que han perdido la brújula y les da lo mismo esto que aquello.

Estamos llamados a servir. Sin servicio no hay misión posible. Pero al que sirve el Señor le respalda con todo su poder. Y sin embargo, pese a cumplir con nuestra misión, pese a contar con el apoyo del Señor, es posible que no lleguemos al corazón, al alma de nuestro hermano…Y, el Señor nos lo advierte. Él no desconoce esta posibilidad, que puede depender tanto de nuestras convicciones, de nuestro modo de expresarnos o de la circunstancia de nuestro hermano, o, en fin, de lo que fuere. Pero si no tenemos éxito, todavía tenemos un camino que recorrer. Aún en ese momento, no podemos desentendernos. Tenemos que seguir hasta el final. Hagámonos acompañar de otro hermano y finalmente por la comunidad…Solo entonces, y habiendo orado lo suficiente, podremos decir que hicimos lo que estuvo a nuestro alcance.

Tenemos entonces un deber con nuestra comunidad. La vida cristiana no se puede desarrollar enclaustrada, encerrada en sí misa. Tiene que revelarse a los demás. No debemos tener miedo. El que se guarda para sí mismo, se pierde.

Oremos:

Señor, ayúdame a cumplir mi misión. Dame el valor y la convicción para expresarme en tu nombre. Dame fe, para reconocerme como tu instrumento y dejarte actuar en mi. Que no me cuide tanto en mis palabra y en mis gestos, que muchas veces ello sólo es motivado por mi inmenso amor propio, por el temor a quedar mal, por el temor a no caer bien, por el temor a desprestigiarme. ¡Dame valor!

Permíteme ser testigo de tu amor entre los que más lo necesitan. Que pueda encender en ellos una pequeña llama, que quizás cuando crezca pueda servir para iluminar sus vidas.

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

Bookmark and Share
mar 23 2009

Reflexión: Jn 4,43-54

Jesús se deja conmover ante las súplicas de este funcionario real. Pero no hay duda que aquí, como antes, el Señor ve el interior de las personas. Así pudo ver la fe con la que este hombre le pedía este milagro. Estaba convencido que si Jesús quería, tenía el poder de sanar a su hijo. De allí su forma de pedir, que si leemos detenidamente pues hasta parece impertinente. A la reflexión que hace Jesús respecto a las señales, el responde insistiendo en su pedido, quizás diciendo: “no busco señales; sé que lo puedes hacer; por favor te pido que lo hagas…”

El Señor, fiel a sus promesas, responde. Al que toca se le abre, el que busca encuentra…El Señor sabe lo que necesitamos aún antes que lo pidamos, pero debemos tener fe para alcanzarlo.

Seamos insistente en pedir, pero mucho más aún en acrecentar nuestra fe. Pero esta es un don , una gracia que nos concede Dios…Entonces vivamos intensamente nuestro cristianismo, sirviendo a los demás, buscando la paz, amando y orando a Dios Padre, reconociéndonos como pecadores hijos suyos, necesitados de su perdón y agradecidos por la redención.

Oremos:

Señor, danos fe del tamaño de un grano de mostaza, para alcanzar la luz, para seguir por tus Caminos. Que no busque ser amado, como amar, ser comprendido como comprender. Que entienda que dando se recibe.

Ayúdame a llevar una vida honesta, limpia, transparente. Que todo el mundo pueda ver y hurgar en ella, sin nada que me avergüence. Dame la gracia del perdón. Perdóname todos mis pecados, límpiame y ponme en tu camino de luz.

Que brille tu luz en mí para guiar a mis hermanos. Que no sea jamás motivo de perdición.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

Bookmark and Share
mar 21 2009

Reflexión: Lc 18,9-14

Jesús nos señala y advierte sobre el gran peligro de creernos los únicos, los perfectos, los poseedores de la verdad, despreciando a los demás, por considerarlos inferiores o en todo caso con una capacidad y un tono espiritual inferior al nuestro. Pues de esa actitud, como de toda actitud egoísta y vanidosa debemos huir. Nosotros debemos ser siempre humildes y debemos rogar al Señor que nos de auténtica humildad, no aquella externa, aparente, destinada a engañar a quienes nos rodean, mientras por dentro nos vanagloriamos de nuestras cualidades y excelsas virtudes.

El problema no es sólo que nos creemos algo que no es verdad, que no es cierto, sino que encima esta actitud se convierte en un obstáculo para nuestra conversión. Claro, si somos tan perfectos, si somos tan virtuosos, no dejamos espacio a la autocrítica, a la superación, al cuestionamiento de nuestros defectos, que seguramente los tenemos en cantidad; el orgullo nos satura y ciega. Así difícilmente enmendaremos nuestro camino y persistiremos en nuestros errores.

Debemos dejar el juicio a Dios. Nosotros debemos limitarnos a servir del mejor modo posible, procurando corregirnos siempre. Debemos acercarnos con humildad a nuestro Padre, reconociéndonos pecadores.

Oremos:

Señor, qué difícil es ser humilde, realmente humilde de corazón, de espíritu, cuando siempre tenemos por dentro el gusanillo aquél del fariseo, que nos anda alagando por nuestros “aciertos”, por nuestra “sabiduría”, por nuestra “claridad” y “lucidez” para ver y juzgar todo. ¡Señor, danos humildad! Humildad para aceptar y entender a nuestros hermanos, para escucharles, para ponernos en su lugar.

Hazme entender que no soy el único bueno, que hay muchos mejores que yo…que los ha habido antes y que los habrá después. Dame un corazón puro, limpio, libre, dócil…amable.

Señor, hazme un instrumento de tu fe, que sólo así participe y opine donde haya que hacerlo, nunca por ganar votos, por ganar prestigio y aceptación.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

Bookmark and Share
mar 07 2009

Reflexión: Mt 5,43-48

De nuevo nos encontramos con el contraste. Hay una ruptura entre lo que se dijo antes (el Antiguo Testamento) y lo que ahora dice Jesús (el Nuevo Testamento) y Él nos la remarca. Antes se dijo…ahora yo les digo…

Esta primera consideración me parece importante, pues hay muchos hermanos nuestros que se han quedado anclados en el Antiguo Testamento, donde había muchas normas y leyes. Hay muchos entre nosotros que al igual que en el antiguo testamento, buscamos llenar de normas y leyes todo. Queremos aclararlo todo mediante la abundancia de palabras. Damos mil vueltas a las cosas, muchas veces porque consciente o inconscientemente queremos mantener la ambigüedad, queremos restar contundencia a La Palabra, al mensaje de Jesús. Él, sin embargo, es muy claro y concreto. No se va con rodeos. No deja lugar a dudas, sino para aquel que quiere interpretarlo y hacerle decir lo que no dijo; para aquel que quiere entibiar el mensaje y hacerlo inocuo.

“Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan”. Hay ciertamente que tener mucho valor para seguir a Jesús y hacer lo que nos propone. El camino no es fácil, ni dulzón , ni romántico como sin entenderlo o quizás por evadirse alguno lo presentan. El camino es exigente. El Señor no pide nuestro tiempo libre o aquél del que buenamente podemos disponer. Él pide un cambio en nuestra vida TODA. Ver, pensar y actuar de otro modo, siempre, incluso cuando estamos solos y pensamos que nadie nos ve, porque nuestro Padre que está en los cielos lo ve todo y no hay nada que podamos mantenerle oculto.

“Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa vais a tener? ¿No hacen eso mismo también los publicanos? Y si no saludáis más que a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de particular? ¿No hacen eso mismo también los gentiles? Vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial” Agregar más palabras a este mensaje es pretender encontrar tres pies al gato; es buscar acomodarlo a nuestro interés, rebajarlo, amoldarlo, suavizarlo. “El que tiene oídos, que oiga”.

Hay que buscar la santidad. Ser santos, ser perfectos…qué duda cabe que ese es el llamado de Jesús para nosotros. Ser santo no es empezar a torcer el cuello y mirar con cara de tonto todo. ¡Qué disparate! Ser Santo es tener el coraje de vivir la vida como nos lo propone Jesús. No hay mensaje más claro y concreto que el de este evangelio. ¿Somos capaces de hacerlo?

Oremos:

Ayúdanos a ser consecuentes con la vida que nos propones. Que vayamos creciendo en “cristiandad”…Que ello abarque cada rincón de nuestra vida.

Que entendamos que es precisamente cuando estamos solos, cuando nos apartamos, que debemos purificarnos, limpiarnos, uniéndonos a ti mediante la oración. A veces entendemos muy mal la intimidad…

Que entendamos, así mismo, que no podemos vivir apartados e indiferentes a lo que ocurre en el mundo, que debemos involucrarnos y llevara a cada espacio, a cada acontecimiento tu palabra. Y que esto no se trata de ir parando o entrometiéndose en cada cosa para citar un texto bíblico, sino que debemos hacer y actuar como tú lo harías…como si fuéramos tú en cada ocasión.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

Bookmark and Share
mar 05 2009

Reflexión: Mt 7,7-12

Nuevamente el Señor nos recuerda que no hay otra forma de llegar a Dios que a través de nuestros hermanos. Si, es verdad que nos invita a pedir, a buscar, a llamar… “Porque todo el que pide recibe; el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá.”, pero agrega, no por casualidad, ni por decir algo, sino más bien porque no podemos esperar recibir si no somos capaces de dar y porque la medida de lo que recibiremos será aquella misma de lo que seamos capaces de dar. Por ello agrega, decía: “Por tanto, todo cuanto queráis que os hagan los hombres, hacédselo también vosotros a ellos; porque ésta es la Ley y los Profetas”.

Es decir que el Señor nos dará lo que pidamos, del mismo modo en que nosotros sabemos dar cosas buenas a nuestros hijos. Dicho de otro modo: ¿Si no somos capaces de dar cosas buenas, ni aun a nuestros hijos, si no somos capaces de dar nada a nuestros hermanos, qué podemos esperar? Mejor aún: ¿Qué debemos esperar?

El Señor es justo. Cosecharemos lo que sembramos. Tanto das, tanto recibes. Si la cosecha es abundante, será seguramente porque has sido generoso. Pero no debemos dar pensando en la recompensa, ella se nos dará por añadidura…El Señor nos invita como siempre a amar, a dar, a poner primero y por delante a nuestro prójimo, a nuestros hermanos, porque el que quiera salvar su vida la perderá, en cambio el que la pierda por uno de estos pequeños, la ganará. Así de simple.

Se trata, como siempre, de un cambio de actitud. De una revolución mental. De un aprender a pensar de otro modo. No del modo más popular entre nosotros, no del modo egoísta que es tan popular entre nosotros los hombres, como la cosa más natural y a veces engañosa, no. Se trata de pensar y vivir como Cristo, nuestro Señor nos enseñó.

Oremos:

Te pedimos Señor que nos des un corazón generoso, siempre dispuesto, siempre atento a los demás. Que aprendamos a dar, antes que a pedir o mucho menos exigir.

Que no nos aferremos a las cosas materiales, antes bien, que estemos dispuestos a desprendernos de ellas a la primera, sin consideraciones, sin engaños, ni rebuscados pretextos.

Aparta de nosotros esta forma egoísta de obrar, que nos brota con tanta naturalidad, como si tuviera que ser así. Saca de nosotros tantos malos hábitos, tanta envidia, tanto orgullo y vanidad. Haznos humildes y fieles, siempre dispuestos a servirte.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

Bookmark and Share
mar 03 2009

Reflexión: Mt 6,7-15

El Señor nos enseña la forma en que debemos orar. Nos regala una fórmula compuesta por pocas pero bien escogidas palabras, frases y oraciones. Porque como nos lo aclara, no se trata de palabrear, de chamullar. Dios Padre no quiere este tipo de oración hueca y sin sentido. Prefiere más bien algo más preciso, más concreto. Y no hay oración más completa que la que Cristo mismo nos enseño: el Padre Nuestro. Si pudiéramos meditar en cada palabra, en cada frase…No tiene pierde.

Pero hay algo que es fundamental para que nuestra oración sea oída, para que tenga sentido: y es la actitud. Antes de empezar a orar, debo haberme puesto en paz con mis hermanos. ¡Qué importante! Antes de ponernos a orar, el Señor requiere, exige de nosotros un gesto y este está dirigido a nuestro prójimo. No podemos pretender dirigirnos a Dios, mirara a Dios, si antes no hemos mirado a nuestros hermanos.

Si no perdonamos primero a nuestros hermanos, si no perdonamos las ofensas, los insultos, los agravios, traiciones y malos tratos recibidos de quienes nos rodean, no podemos pretender que Dios nos perdone. Antes de orar, debemos hacer este breve examen de conciencia. ¿Hemos perdonado a todos? ¿Por qué hemos recibido mal? ¿No estaremos siendo más bien nosotros portadores del mal para nuestros hermanos? ¿No estaremos causando daño, división, malestar, odio? Nosotros vivimos en comunidad…¿Qué huella vamos dejando en ella? ¿Somos cristianos? “Por sus obras los conoceréis”. ¿Proclamamos el evangelio con nuestras vidas?

Oremos:

Te pedimos, oh Señor, que nos ayudes a entender lo importante que es llevar una vida cristiana en todo momento. Que mantengamos la actitud que tú nos propones toda nuestra vida. Viendo primero el bienestar de nuestros hermanos, arreglándonos con ellos, buscando siempre la paz, la comprensión y la convivencia.

Somos distintos, somos “de colores”, pero todos somos hijos tuyos. Tu no haces distingos. Permite que nosotros tampoco los hagamos.

Ayúdanos a tener una sincera actitud de perdón…a perdonar verdaderamente en nuestros corazones, antes de ponernos a orar. Señor, escúchanos.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

Bookmark and Share
feb 24 2009

Reflexión: Mt 6,1-6.16-18

Mt 6,1-6.16-18

Qué bueno Señor que nos enseñes qué es lo importante. Ni cuando oramos, ni cuando damos limosna, ni cuando ayunamos debemos hacerlo para impresionar a los demás, para que nos vean, para que nos noten y aprecien, de otro modo, habremos desnaturalizado la intención de nuestros actos y tendremos que conformarnos con aquella recompensa.

Si realmente queremos servir, hagámoslo en silencio y con humildad; sin aspavientos, sin andar pavoneándonos por lo que hacemos, sin pregonarlo a los cuatro vientos y el Señor que ve lo secreto nos recompensará.

Ojo, el Señor sigue cada uno de nuestros actos. Nos ve y se alegra o entristece con cada uno de ellos. Así, si son buenos y están dedicados a Él, no es necesario que los vayamos pregonando. Él ve y sabe lo que hemos hecho, no tenemos que contárselo y si quisimos agradarle, bendecirlo y adorarle, a qué lo publicamos, si Él lo conoce perfectamente.

Preocupémonos por hacer el bien a nuestro paso, a todo el que se nos cruza y no por la recompensa o el reconocimiento que habremos de recibir. No busquemos la vana gloria ni el reconocimiento barato, tengamos presente que es por Dios y para Dios que actuamos y somos. Él no necesita demostraciones…Él nos conoce, y si con nuestros actos hemos llevado alegría, esperanza o paz, quedará registrado en su infinita memoria, sin que tengamos que hacérselo notar a nadie, porque será a Él al que le habremos llevado paz, alegría, esperanza o amor. Preocupémonos por ser antes que por parecer o aparentar.

Oremos:

Señor, dame un corazón puro en el que no anide la envidia ni el orgullo. Que sea sencillo y humilde, bastándome tan solo con tu inmensa recompensa, aunque no la pueda ver ni sentir ahora.

Que no repare en intereses personales para hacer el bien, por el contrario, que no busque razón, ni motivos, ni merecimiento para hacerlo. Que me baste con saber que si es bueno, ha de ser Tu Voluntad.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

Bookmark and Share
Better Tag Cloud