Posts tagged: oración

Lucas 21, 25-28.34-36

Texto del evangelio (Lc 21, 25-28.34-36)

En aquel tiempo, decía Jesús a sus discípulos: «Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra, angustia de las gentes, perplejas por el estruendo del mar y de las olas, muriéndose los hombres de terror y de ansiedad por las cosas que vendrán sobre el mundo; porque las fuerzas de los cielos serán sacudidas. Y entonces verán venir al Hijo del hombre en una nube con gran poder y gloria. Cuando empiecen a suceder estas cosas, cobrad ánimo y levantad la cabeza porque se acerca vuestra liberación.

»Guardaos de que no se hagan pesados vuestros corazones por el libertinaje, por la embriaguez y por las preocupaciones de la vida, y venga aquel Día de improviso sobre vosotros, como un lazo; porque vendrá sobre todos los que habitan toda la faz de la tierra. Estad en vela, pues, orando en todo tiempo para que tengáis fuerza y escapéis a todo lo que está para venir, y podáis estar en pie delante del Hijo del hombre».

Reflexión: Lc 21, 25-28.34-36

La lectura de hoy de algún modo es una reiteración de la de ayer…un poco más ampliada con los versículos que se leyeron antes de ayer. Se trata nuevamente de una advertencia para estar alertas y listos esperando al Señor. No debemos dejar que nada nos distraiga o absorba tanto nuestra atención, al punto que olvidemos lo más importante, como es amar y servir al Señor con cada uno de nuestros actos.

No hay nada más importante en esta vida que la Misión encomendada. Todo lo demás es accesorio y prescindible, a pesar que muchas veces nosotros vivos al revés, es decir que en la práctica tratamos de prescindir de Dios o más bien, vivimos como si eso fuera posible. Lamentablemente llegamos a engañarnos, porque hay momentos en que la vida y sus posibilidades parecen ilimitadas…entonces, ¿por qué volver los ojos a Dios, cuando en realidad no lo necesitamos?

En tales ocasiones llegamos a sentir que Dios es un estorbo, un limitante, un ancla, una prisión. ¡Qué paradoja! Cuando es precisamente al revés. Este es, pues, el famoso hedonismo que actualmente nos gobierna. La ciencia y la tecnología o más bien el progreso de las mismas, pareciera ilimitado y con ellos, el confort, la comodidad y el placer parecieran no tener fin. Todo parece ser posible para el que tiene dinero. Ante tal perspectiva, la vida cotidiana, la rutina,  nos lleva muy pronto a olvidar de dónde venimos y a donde vamos.

Tenemos que estar en vela y orando, para tener fuerzas para escapar a todas estas tentaciones. Mantenernos en pie, para que así nos encuentre el Señor. Realmente no hay mejor ejemplo, más crudo y real que el de la embriaguez. Los que hemos tenido esta experiencia sabemos que en esos momentos no somos dueños de nuestros actos; entramos en un estado de inconsciencia, en el que cualquier cosa puede pasar. No somos dueños de nosotros, nos dejamos arrastrar, nos dejamos llevar. En el momento hay un aparente disfrute, pero al día siguiente ni nos acordamos lo que paso. Podría ser tan bueno, que bien hubiera valido la pena por lo menos tenerlo registrado en la memoria, o tan malo, que al tomar conciencia podríamos sentirnos profundamente avergonzados, adoloridos y apenados por haber causado un mal irreparable…

No nos dejemos embriagar por el mundo, por nuestras preocupaciones, por la rutina. Debemos tener las riendas de nuestra vida y conducirla por donde debe ir…estando siempre ecuánimes y en pie.

Oremos:

Señor, ayúdanos a mantenernos siempre libres de toda atadura, siempre libres para amarte y servirte. No permitas que caigamos en las garras del maligno, que habrá de tentarnos con aquello que precisamente constituye nuestra mayor debilidad. Mantennos ecuánimes y en pie. Amén

 
Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

Bookmark and Share

Lucas 21, 34-36

Texto del evangelio (Lc 21, 34-36)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Guardaos de que no se hagan pesados vuestros corazones por el libertinaje, por la embriaguez y por las preocupaciones de la vida, y venga aquel Día de improviso sobre vosotros, como un lazo; porque vendrá sobre todos los que habitan toda la faz de la tierra. Estad en vela, pues, orando en todo tiempo para que tengáis fuerza y escapéis a todo lo que está para venir, y podáis estar en pie delante del Hijo del hombre».

Reflexión: Lc 21, 34-36

“Guardaos de que no se hagan pesados vuestros corazones por el libertinaje, por la embriaguez y por las preocupaciones de la vida.” Esta es la mejor recomendación que nos puede hacer el Señor…Que no se hagan nuestros corazones pesados…¡Qué bien dicho! Un corazón pesado se va haciendo insensible, difícilmente se deja afectar por lo que ve a su alrededor…Tiene tantas cosas para atender de sí y para sí, que no tiene ojos, ni oídos para los demás…Cuando no se ha dejado atrapar por los vicios y el placer, se encuentra asfixiado por “las preocupaciones de la vida”.

¿Es que no está bien que uno de espacio y lugar a “las preocupaciones de la vida? No. Desde luego, seguramente hay que atenderlas, pero sin perder de vista lo que es verdaderamente importante. El hombre ha sido creado libre, por lo tanto no puede dejarse esclavizar por nada. Además, tenemos una misión, que ha de estar por encima de todo y hacia la cual debe estar orientada toda nuestra vida. Lamentablemente resulta que “estas preocupaciones” terminan por absorbernos íntegramente, por ahogarnos, a tal extremo que sucumbimos ante ellas y ya no tenemos tiempo ni lugar para nada más. Tenemos tanto que hacer, tanto que atender, que no vemos ni oímos cuando el Señor pasa por nuestro lado repetidas veces pidiéndonos una mano o señalándonos el camino. Nos excusamos “porque tenemos que ir a enterrar a nuestros muertos”.

Es importante notar aquí, a qué extremo nos urge el Señor. “dejad que los muertos entierren a sus muertos…” Es decir, incluso aquella excusa que nos parece tan “sagrada”, tan entendible y respetable, la desecha el Señor. “El que pone la mano sobre el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino”, dice el Señor. En el fondo nuevamente surge el mismo tema. O estás con el Señor o no estás…Porque no se puede servir a dos señores. “El que no recoge conmigo, desparrama”. No caben los términos medios…”A los tibios, los vomitaré”, sentencia finalmente.

“Estad en vela, pues, orando en todo tiempo para que tengáis fuerza y escapéis a todo lo que está para venir, y podáis estar en pie delante del Hijo del hombre”. Esa es la actitud que espera de nosotros el Señor. Siempre “en vela y orando”, erguidos, con la cabeza en alto, para que podamos estar “en pie delante del Señor”. ¡Guau! Qué fuerte, que exigente. Pero así debe ser la vida del verdadero cristiano. Estar atentos cada día, cada momento, cada instante, pensando, viviendo y siendo para el Señor, para cumplir la Misión encomendada. Ese es el objetivo de nuestra vida. No hay nada mejor a lo que la podamos dedicarla. Nada, por ningún motivo nos puede hacer renunciar a ello. No dejemos que nuestro corazón se haga pesado, duro, insensible. Debemos mantenernos ágiles, atentos, despiertos de tal manera que reaccionemos a la primera…Es más, yo diría incluso, de tal manera que nos anticipemos al maligno que no cejará esfuerzo por enredarnos y atraparnos, porque él nos quiere esclavos y sabe como tentarnos, conoce de memoria nuestras debilidades…

Oremos:

Señor, danos la capacidad y el valor para ordenar nuestra vida  en función del Reino. Danos el discernimiento para ponerlo a tu servicio, para distinguir lo importante de lo accesorio. Pero lo importante en función de Reino y no de mis “preocupaciones”.

No permitas que se endurezcan nuestros corazones, que les pongamos una coraza impenetrable, al punto que se hagan tan pesados que no sirvan para vivir y que por ellos muramos a la Vida Eterna.

Te agradecemos por el P. Manolo Cavanna sj que tanto nos ha dado y que tan bien te ha servido. Si ha de pasar ya a tu lado, que sea con el menor sufrimiento posible, ya que te ha servido como un Santo toda su vida. Danos valor para seguirlo y sentir sus apremios, que son los tuyos. ¡Amén!

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

Bookmark and Share

Reflexión: Mt 18,15-20

Mt 18,15-20
 

El Señor nos recuerda el deber que tenemos para con nuestros hermanos. No podemos andar indiferentes ante lo que ocurre con ellos. No se trata de que nos afecte o no…Se trata de que si nosotros nos damos cuenta que están equivocados, que están en error, se los digamos. Este es un deber, una obligación que tenemos como verdaderos seguidores de Jesús, como cristianos, que hemos asumido el Amor como bandera, como norte, como principio y fundamento. No podemos desentendernos de la realidad que nos rodea y mucho menos en lo que atañe a nuestra familia, a nuestros amigos, a nuestros compañeros de trabajo, a nuestra comunidad parroquial, a los miembros de nuestro club, a nuestros correligionarios…finalmente a nuestra sociedad.

Si hemos recibido dones de Dios, tenemos el deber de compartirlos. No son para guardarlos para nosotros, porque terminarán por perderse, por desnaturalizarse. Estos se acrecentarán en la medida que los compartamos con todos, cuanto más, con los más necesitados, con los que han extraviado el camino, con los que deambulan desorientados, los que han perdido la brújula y les da lo mismo esto que aquello.

Estamos llamados a servir. Sin servicio no hay misión posible. Pero al que sirve el Señor le respalda con todo su poder. Y sin embargo, pese a cumplir con nuestra misión, pese a contar con el apoyo del Señor, es posible que no lleguemos al corazón, al alma de nuestro hermano…Y, el Señor nos lo advierte. Él no desconoce esta posibilidad, que puede depender tanto de nuestras convicciones, de nuestro modo de expresarnos o de la circunstancia de nuestro hermano, o, en fin, de lo que fuere. Pero si no tenemos éxito, todavía tenemos un camino que recorrer. Aún en ese momento, no podemos desentendernos. Tenemos que seguir hasta el final. Hagámonos acompañar de otro hermano y finalmente por la comunidad…Solo entonces, y habiendo orado lo suficiente, podremos decir que hicimos lo que estuvo a nuestro alcance.

Tenemos entonces un deber con nuestra comunidad. La vida cristiana no se puede desarrollar enclaustrada, encerrada en sí misa. Tiene que revelarse a los demás. No debemos tener miedo. El que se guarda para sí mismo, se pierde.

Oremos:

Señor, ayúdame a cumplir mi misión. Dame el valor y la convicción para expresarme en tu nombre. Dame fe, para reconocerme como tu instrumento y dejarte actuar en mi. Que no me cuide tanto en mis palabra y en mis gestos, que muchas veces ello sólo es motivado por mi inmenso amor propio, por el temor a quedar mal, por el temor a no caer bien, por el temor a desprestigiarme. ¡Dame valor!

Permíteme ser testigo de tu amor entre los que más lo necesitan. Que pueda encender en ellos una pequeña llama, que quizás cuando crezca pueda servir para iluminar sus vidas.

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

Bookmark and Share

Reflexión: Jn 4,43-54

Jesús se deja conmover ante las súplicas de este funcionario real. Pero no hay duda que aquí, como antes, el Señor ve el interior de las personas. Así pudo ver la fe con la que este hombre le pedía este milagro. Estaba convencido que si Jesús quería, tenía el poder de sanar a su hijo. De allí su forma de pedir, que si leemos detenidamente pues hasta parece impertinente. A la reflexión que hace Jesús respecto a las señales, el responde insistiendo en su pedido, quizás diciendo: “no busco señales; sé que lo puedes hacer; por favor te pido que lo hagas…”

El Señor, fiel a sus promesas, responde. Al que toca se le abre, el que busca encuentra…El Señor sabe lo que necesitamos aún antes que lo pidamos, pero debemos tener fe para alcanzarlo.

Seamos insistente en pedir, pero mucho más aún en acrecentar nuestra fe. Pero esta es un don , una gracia que nos concede Dios…Entonces vivamos intensamente nuestro cristianismo, sirviendo a los demás, buscando la paz, amando y orando a Dios Padre, reconociéndonos como pecadores hijos suyos, necesitados de su perdón y agradecidos por la redención.

Oremos:

Señor, danos fe del tamaño de un grano de mostaza, para alcanzar la luz, para seguir por tus Caminos. Que no busque ser amado, como amar, ser comprendido como comprender. Que entienda que dando se recibe.

Ayúdame a llevar una vida honesta, limpia, transparente. Que todo el mundo pueda ver y hurgar en ella, sin nada que me avergüence. Dame la gracia del perdón. Perdóname todos mis pecados, límpiame y ponme en tu camino de luz.

Que brille tu luz en mí para guiar a mis hermanos. Que no sea jamás motivo de perdición.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

Bookmark and Share

Reflexión: Lc 18,9-14

Jesús nos señala y advierte sobre el gran peligro de creernos los únicos, los perfectos, los poseedores de la verdad, despreciando a los demás, por considerarlos inferiores o en todo caso con una capacidad y un tono espiritual inferior al nuestro. Pues de esa actitud, como de toda actitud egoísta y vanidosa debemos huir. Nosotros debemos ser siempre humildes y debemos rogar al Señor que nos de auténtica humildad, no aquella externa, aparente, destinada a engañar a quienes nos rodean, mientras por dentro nos vanagloriamos de nuestras cualidades y excelsas virtudes.

El problema no es sólo que nos creemos algo que no es verdad, que no es cierto, sino que encima esta actitud se convierte en un obstáculo para nuestra conversión. Claro, si somos tan perfectos, si somos tan virtuosos, no dejamos espacio a la autocrítica, a la superación, al cuestionamiento de nuestros defectos, que seguramente los tenemos en cantidad; el orgullo nos satura y ciega. Así difícilmente enmendaremos nuestro camino y persistiremos en nuestros errores.

Debemos dejar el juicio a Dios. Nosotros debemos limitarnos a servir del mejor modo posible, procurando corregirnos siempre. Debemos acercarnos con humildad a nuestro Padre, reconociéndonos pecadores.

Oremos:

Señor, qué difícil es ser humilde, realmente humilde de corazón, de espíritu, cuando siempre tenemos por dentro el gusanillo aquél del fariseo, que nos anda alagando por nuestros “aciertos”, por nuestra “sabiduría”, por nuestra “claridad” y “lucidez” para ver y juzgar todo. ¡Señor, danos humildad! Humildad para aceptar y entender a nuestros hermanos, para escucharles, para ponernos en su lugar.

Hazme entender que no soy el único bueno, que hay muchos mejores que yo…que los ha habido antes y que los habrá después. Dame un corazón puro, limpio, libre, dócil…amable.

Señor, hazme un instrumento de tu fe, que sólo así participe y opine donde haya que hacerlo, nunca por ganar votos, por ganar prestigio y aceptación.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

Bookmark and Share

Reflexión: Mt 5,43-48

De nuevo nos encontramos con el contraste. Hay una ruptura entre lo que se dijo antes (el Antiguo Testamento) y lo que ahora dice Jesús (el Nuevo Testamento) y Él nos la remarca. Antes se dijo…ahora yo les digo…

Esta primera consideración me parece importante, pues hay muchos hermanos nuestros que se han quedado anclados en el Antiguo Testamento, donde había muchas normas y leyes. Hay muchos entre nosotros que al igual que en el antiguo testamento, buscamos llenar de normas y leyes todo. Queremos aclararlo todo mediante la abundancia de palabras. Damos mil vueltas a las cosas, muchas veces porque consciente o inconscientemente queremos mantener la ambigüedad, queremos restar contundencia a La Palabra, al mensaje de Jesús. Él, sin embargo, es muy claro y concreto. No se va con rodeos. No deja lugar a dudas, sino para aquel que quiere interpretarlo y hacerle decir lo que no dijo; para aquel que quiere entibiar el mensaje y hacerlo inocuo.

“Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan”. Hay ciertamente que tener mucho valor para seguir a Jesús y hacer lo que nos propone. El camino no es fácil, ni dulzón , ni romántico como sin entenderlo o quizás por evadirse alguno lo presentan. El camino es exigente. El Señor no pide nuestro tiempo libre o aquél del que buenamente podemos disponer. Él pide un cambio en nuestra vida TODA. Ver, pensar y actuar de otro modo, siempre, incluso cuando estamos solos y pensamos que nadie nos ve, porque nuestro Padre que está en los cielos lo ve todo y no hay nada que podamos mantenerle oculto.

“Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa vais a tener? ¿No hacen eso mismo también los publicanos? Y si no saludáis más que a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de particular? ¿No hacen eso mismo también los gentiles? Vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial” Agregar más palabras a este mensaje es pretender encontrar tres pies al gato; es buscar acomodarlo a nuestro interés, rebajarlo, amoldarlo, suavizarlo. “El que tiene oídos, que oiga”.

Hay que buscar la santidad. Ser santos, ser perfectos…qué duda cabe que ese es el llamado de Jesús para nosotros. Ser santo no es empezar a torcer el cuello y mirar con cara de tonto todo. ¡Qué disparate! Ser Santo es tener el coraje de vivir la vida como nos lo propone Jesús. No hay mensaje más claro y concreto que el de este evangelio. ¿Somos capaces de hacerlo?

Oremos:

Ayúdanos a ser consecuentes con la vida que nos propones. Que vayamos creciendo en “cristiandad”…Que ello abarque cada rincón de nuestra vida.

Que entendamos que es precisamente cuando estamos solos, cuando nos apartamos, que debemos purificarnos, limpiarnos, uniéndonos a ti mediante la oración. A veces entendemos muy mal la intimidad…

Que entendamos, así mismo, que no podemos vivir apartados e indiferentes a lo que ocurre en el mundo, que debemos involucrarnos y llevara a cada espacio, a cada acontecimiento tu palabra. Y que esto no se trata de ir parando o entrometiéndose en cada cosa para citar un texto bíblico, sino que debemos hacer y actuar como tú lo harías…como si fuéramos tú en cada ocasión.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

Bookmark and Share

Reflexión: Mt 7,7-12

Nuevamente el Señor nos recuerda que no hay otra forma de llegar a Dios que a través de nuestros hermanos. Si, es verdad que nos invita a pedir, a buscar, a llamar… “Porque todo el que pide recibe; el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá.”, pero agrega, no por casualidad, ni por decir algo, sino más bien porque no podemos esperar recibir si no somos capaces de dar y porque la medida de lo que recibiremos será aquella misma de lo que seamos capaces de dar. Por ello agrega, decía: “Por tanto, todo cuanto queráis que os hagan los hombres, hacédselo también vosotros a ellos; porque ésta es la Ley y los Profetas”.

Es decir que el Señor nos dará lo que pidamos, del mismo modo en que nosotros sabemos dar cosas buenas a nuestros hijos. Dicho de otro modo: ¿Si no somos capaces de dar cosas buenas, ni aun a nuestros hijos, si no somos capaces de dar nada a nuestros hermanos, qué podemos esperar? Mejor aún: ¿Qué debemos esperar?

El Señor es justo. Cosecharemos lo que sembramos. Tanto das, tanto recibes. Si la cosecha es abundante, será seguramente porque has sido generoso. Pero no debemos dar pensando en la recompensa, ella se nos dará por añadidura…El Señor nos invita como siempre a amar, a dar, a poner primero y por delante a nuestro prójimo, a nuestros hermanos, porque el que quiera salvar su vida la perderá, en cambio el que la pierda por uno de estos pequeños, la ganará. Así de simple.

Se trata, como siempre, de un cambio de actitud. De una revolución mental. De un aprender a pensar de otro modo. No del modo más popular entre nosotros, no del modo egoísta que es tan popular entre nosotros los hombres, como la cosa más natural y a veces engañosa, no. Se trata de pensar y vivir como Cristo, nuestro Señor nos enseñó.

Oremos:

Te pedimos Señor que nos des un corazón generoso, siempre dispuesto, siempre atento a los demás. Que aprendamos a dar, antes que a pedir o mucho menos exigir.

Que no nos aferremos a las cosas materiales, antes bien, que estemos dispuestos a desprendernos de ellas a la primera, sin consideraciones, sin engaños, ni rebuscados pretextos.

Aparta de nosotros esta forma egoísta de obrar, que nos brota con tanta naturalidad, como si tuviera que ser así. Saca de nosotros tantos malos hábitos, tanta envidia, tanto orgullo y vanidad. Haznos humildes y fieles, siempre dispuestos a servirte.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

Bookmark and Share

Reflexión: Mt 6,7-15

El Señor nos enseña la forma en que debemos orar. Nos regala una fórmula compuesta por pocas pero bien escogidas palabras, frases y oraciones. Porque como nos lo aclara, no se trata de palabrear, de chamullar. Dios Padre no quiere este tipo de oración hueca y sin sentido. Prefiere más bien algo más preciso, más concreto. Y no hay oración más completa que la que Cristo mismo nos enseño: el Padre Nuestro. Si pudiéramos meditar en cada palabra, en cada frase…No tiene pierde.

Pero hay algo que es fundamental para que nuestra oración sea oída, para que tenga sentido: y es la actitud. Antes de empezar a orar, debo haberme puesto en paz con mis hermanos. ¡Qué importante! Antes de ponernos a orar, el Señor requiere, exige de nosotros un gesto y este está dirigido a nuestro prójimo. No podemos pretender dirigirnos a Dios, mirara a Dios, si antes no hemos mirado a nuestros hermanos.

Si no perdonamos primero a nuestros hermanos, si no perdonamos las ofensas, los insultos, los agravios, traiciones y malos tratos recibidos de quienes nos rodean, no podemos pretender que Dios nos perdone. Antes de orar, debemos hacer este breve examen de conciencia. ¿Hemos perdonado a todos? ¿Por qué hemos recibido mal? ¿No estaremos siendo más bien nosotros portadores del mal para nuestros hermanos? ¿No estaremos causando daño, división, malestar, odio? Nosotros vivimos en comunidad…¿Qué huella vamos dejando en ella? ¿Somos cristianos? “Por sus obras los conoceréis”. ¿Proclamamos el evangelio con nuestras vidas?

Oremos:

Te pedimos, oh Señor, que nos ayudes a entender lo importante que es llevar una vida cristiana en todo momento. Que mantengamos la actitud que tú nos propones toda nuestra vida. Viendo primero el bienestar de nuestros hermanos, arreglándonos con ellos, buscando siempre la paz, la comprensión y la convivencia.

Somos distintos, somos “de colores”, pero todos somos hijos tuyos. Tu no haces distingos. Permite que nosotros tampoco los hagamos.

Ayúdanos a tener una sincera actitud de perdón…a perdonar verdaderamente en nuestros corazones, antes de ponernos a orar. Señor, escúchanos.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

Bookmark and Share

Reflexión: Mt 6,1-6.16-18

Mt 6,1-6.16-18

Qué bueno Señor que nos enseñes qué es lo importante. Ni cuando oramos, ni cuando damos limosna, ni cuando ayunamos debemos hacerlo para impresionar a los demás, para que nos vean, para que nos noten y aprecien, de otro modo, habremos desnaturalizado la intención de nuestros actos y tendremos que conformarnos con aquella recompensa.

Si realmente queremos servir, hagámoslo en silencio y con humildad; sin aspavientos, sin andar pavoneándonos por lo que hacemos, sin pregonarlo a los cuatro vientos y el Señor que ve lo secreto nos recompensará.

Ojo, el Señor sigue cada uno de nuestros actos. Nos ve y se alegra o entristece con cada uno de ellos. Así, si son buenos y están dedicados a Él, no es necesario que los vayamos pregonando. Él ve y sabe lo que hemos hecho, no tenemos que contárselo y si quisimos agradarle, bendecirlo y adorarle, a qué lo publicamos, si Él lo conoce perfectamente.

Preocupémonos por hacer el bien a nuestro paso, a todo el que se nos cruza y no por la recompensa o el reconocimiento que habremos de recibir. No busquemos la vana gloria ni el reconocimiento barato, tengamos presente que es por Dios y para Dios que actuamos y somos. Él no necesita demostraciones…Él nos conoce, y si con nuestros actos hemos llevado alegría, esperanza o paz, quedará registrado en su infinita memoria, sin que tengamos que hacérselo notar a nadie, porque será a Él al que le habremos llevado paz, alegría, esperanza o amor. Preocupémonos por ser antes que por parecer o aparentar.

Oremos:

Señor, dame un corazón puro en el que no anide la envidia ni el orgullo. Que sea sencillo y humilde, bastándome tan solo con tu inmensa recompensa, aunque no la pueda ver ni sentir ahora.

Que no repare en intereses personales para hacer el bien, por el contrario, que no busque razón, ni motivos, ni merecimiento para hacerlo. Que me baste con saber que si es bueno, ha de ser Tu Voluntad.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

Bookmark and Share

Reflexión: Mc 9,14-29

Mc 9,14-29

Otra vez estamos ante un milagro público. Se ve que los discípulos habían tomado la posta mientras él se había alejado. ¿A dónde fue? ¿Dónde estuvo? Sólo se lee que “bajo de la montaña”. Al parecer, era la costumbre del Señor. Alejarse y subir a la montaña a orar. Podemos presumir que eso es lo que estuvo haciendo, cuando encontró a sus discípulos en difícil trance: no podían curara al enfermo que les habían traído. Por fortuna llegó Jesús y se interesó en el tema.

Luego de oír la explicación, el Señor se propone curarlo. Es importante la aclaración que hace el Señor al padre del muchacho: «¡Qué es eso de si puedes! ¡Todo es posible para quien cree!». El milagro se da, si tenemos fe. Somos nosotros los que debemos cambiar, los que debemos creer. Sólo entonces podemos alcanzar lo que pedimos, lo que nos proponemos.

Sin embargo hace falta algo más. Es preciso implorar la intervención Divina. Para ello hay que orar a Dios Padre, puesto que es en realidad Su intervención la que hará posible la expulsión de los demonios. Es preciso, entonces, no solamente querer, aunque es necesario. Tampoco basta creer, tener fe. Debemos orar, ponernos en Sus manos; suplicar que se haga su voluntad.

La oración produce una actitud especial en quien la realiza. Orar es hablar con Dios. Pero para oírle, hay que acallar por dentro y por fuera todo aquello que nos inquieta, que perturba, que nos quita paz. Fe y oración deben acompañarnos siempre.

Oremos:
Señor, danos fe, como un grano de mostaza para poder hacer tu voluntad y llevar tu palabra a todos nuestros hermanos.

Seremos capaces de actuar como tú, en tu ausencia física sólo si tenemos fé y llevamos una vida de oración. Haz que así sea, Señor.

El que ora no es soberbio; sabe que depende en última instancia de la voluntad Divina, la cual tiene obligación de escudriñar en cada acontecimiento. Haznos dóciles a tu Espíritu y proclives al diálogo permanente con Dios. Decía San Agustín: “La oración es la fuerza del hombre y la debilidad de Dios”

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

Bookmark and Share

Reflexión: Lc 11, 27-28

Sábado 11 de octubre de 2008.

Lc 11, 27-28

La alegría, la euforia que produce el conocimiento de Jesús es incontenible. ¡Cómo dejar de aclamar con esta mujer a María que dio a luz y amamantó a Jesús!

Sí, es imposible dejarse conmover con este Jesús ejemplar que vamos conociendo a través de los evangelios, este Jesús que, como dice el Padre Manolo en sus reflexiones (Les doy una Buena Noticia) es realmente ejemplar. Lucas lo ha ido presentando paso tras paso, faceta tras faceta.
Jesús debe ser El Ejemplo en nuestras vidas y me parece que esto es lo que Él quiere enfatizar en su respuesta.
¡Si pues, está muy bien! ¡Qué viva Jesús! ¡Qué viva María! Pero no nos quedemos en los cohetones, en las procesiones, en las devociones…Es preciso “escuchar la Palabra de Dios y cumplirla”.

Oremos:

Señor, permítenos ir más allá de las formas, más allá de las apariencias, para dar verdaderamente testimonio de Ti con nuestras propias vidas.
Deja que salgamos de nuestra euforia, de nuestra natural alegría por haberte conocido, para transmitir con nuestra vida tu mensaje.
No podemos quedarnos allí pasmados, embobados…debemos actuar.
Permíteme salir de mi mismo, de la lectura, de la interpretación, para pasar a la acción.
Danos la alegría, la felicidad de actuar siempre en tu nombre, Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)
Bookmark and Share

Reflexión: Lc 11, 5-13

Jueves 9 de octubre de 2008.

Lc 11, 5-13

Si antes Jesús nos había enseñado a orar, refiriéndonos al Padre, nuevamente aquí nos hace reflexionar en torno a la bondad del Padre. Hasta donde podemos pedirle, molestarlo, impacientarlo…Y qué podemos esperar de Él.

Por qué podemos creer tan fácilmente en nuestras cualidades y sin embargo nos cuesta pensar que si nosotros podemos ser tan buenos, tan generosos, tan comprensivos…cuánto más será nuestro Padre, que es Dios.
Jesús nos pretende hacer entender que si nosotros somos capaces de bondad, si podemos encontrar entre nosotros esa figura del padre ideal, entonces estamos en condiciones de entender que nuestro Padre, Dios, es infinitamente superior. Podemos esperar de Él, que nos dé lo que pedimos, aun importunándolo, pues de la misma manera actuaríamos nosotros con aquél que viniera con insistencia a pedirnos algo, aún en forma inoportuna.
Pero Jesús añade algo más, una idea, un concepto que muchas veces pasa inadvertido para nosotros, porque todo el texto anterior es tan rebosante, que nos detenemos en el, nos basta y nos sobra, aun cuando no lleguemos a entender la última parte.
Y sin embargo, si meditamos sobre lo que nos quiere decir con esta última pregunta, posiblemente recién podamos tener el cuadro completo de lo que nos quiso transmitir, de lo que debemos buscar. El don más importante, el bien más preciado, aquél con el cual somos invencibles: el Espíritu Santo.
¿Lo creemos? ¿Lo queremos? ¿O es algo más bien incomprensible, un pegote en el texto, que no alcanzamos a comprender y que por eso no tomamos en cuenta? Preferimos quedarnos con todo lo anterior, porque parece más amplio, más a nuestro gusto y nos permite crear nuestra propia escala, nuestra propia lista de necesidades, que seguramente serán satisfechas si pedimos con insistencia. Nuestra propia lista, en la que incluso no figura el “Espíritu Santo”. ¿A qué viene esta aclaración?

Oremos:

Señor, dame tu luz para entender que nuestro Padre nos ha dejado, nos ha dado el don más preciado, aquél que debía colmar todas nuestras aspiraciones, todos nuestros anhelos, el don del Espíritu Santo.
Permíteme entender que puedo pedir todo, puedo pedir lo que sea y si está en Tú Voluntad, me lo darás, pero que sin embargo ya hay algo que me has dado, algo que poseo que vale más que cualquier cosa que pudiera imaginar, querer o encontrar, y es el Don de Tu Espíritu Santo.
Báñame, lléname, cólmame de tu Espíritu, para que vaya por el mundo derramando tu Gracia, Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)
Bookmark and Share

WordPress Themes

Better Tag Cloud