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Lucas 15, 1-3.11-32

Texto del evangelio (Lc 15, 1-3.11-32)

En aquel tiempo, viendo que todos los publicanos y los pecadores se acercaban a Jesús para oírle, los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: «Este acoge a los pecadores y come con ellos». Entonces les dijo esta parábola. «Un hombre tenía dos hijos; y el menor de ellos dijo al padre: ‘Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde’. Y él les repartió la hacienda. Pocos días después el hijo menor lo reunió todo y se marchó a un país lejano donde malgastó su hacienda viviendo como un libertino. Cuando hubo gastado todo, sobrevino un hambre extrema en aquel país, y comenzó a pasar necesidad. Entonces, fue y se ajustó con uno de los ciudadanos de aquel país, que le envió a sus fincas a apacentar puercos. Y deseaba llenar su vientre con las algarrobas que comían los puercos, pero nadie se las daba. Y entrando en sí mismo, dijo: ‘¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, mientras que yo aquí me muero de hambre! Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, pequé contra el cielo y ante ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros’. Y, levantándose, partió hacia su padre.

»Estando él todavía lejos, le vio su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente. El hijo le dijo: ‘Padre, pequé contra el cielo y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo’. Pero el padre dijo a sus siervos: ‘Traed aprisa el mejor vestido y vestidle, ponedle un anillo en su mano y unas sandalias en los pies. Traed el novillo cebado, matadlo, y comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado’. Y comenzaron la fiesta.

»Su hijo mayor estaba en el campo y, al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y las danzas; y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. El le dijo: ‘Ha vuelto tu hermano y tu padre ha matado el novillo cebado, porque le ha recobrado sano’. Él se irritó y no quería entrar. Salió su padre, y le suplicaba. Pero él replicó a su padre: ‘Hace tantos años que te sirvo, y jamás dejé de cumplir una orden tuya, pero nunca me has dado un cabrito para tener una fiesta con mis amigos; y ¡ahora que ha venido ese hijo tuyo, que ha devorado tu hacienda con prostitutas, has matado para él el novillo cebado!’ Pero él le dijo: ‘Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero convenía celebrar una fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto, y ha vuelto a la vida; estaba perdido, y ha sido hallado’».

Reflexión: Lc 15, 1-3.11-32

Estamos probablemente ante una de las lecturas más bellas y conmovedoras del Nuevo Testamento. Aquí Jesús nos revela al Padre en toda su dimensión. Y lo hace precisamente a propósito de la acusación de los fariseos: «Este acoge a los pecadores y come con ellos». ¿Qué mejor testimonio del Padre? ¿Qué mejor forma de mostrarnos el camino, de enseñarnos nuestra misión? ¿Puede haber una actitud más esperanzadora que esta? El Señor no solamente dice lo que hay que hacer, lo muestra con hechos, con su ejemplo.

La respuesta de Jesús, la parábola tan conocida del Hijo Pródigo, es el sustento, la explicación de su proceder. Y no puede haber nada más alentador, más estimulante, más esperanzador, para quienes nos sentimos poca cosa, marginados, despreciados, pecadores, que la respuesta del Señor. Y en esta, no hace otra cosa que presentarnos al Padre Eterno, al Padre Creador, al Padre Amoroso, que todo lo que quiere es ver a su hijo de vuelta. Que sale a recibirlo, a darle alcance no bien lo ve venir, lo abraza y hace una gran fiesta “porque este hermano tuyo estaba muerto, y ha vuelto a la vida; estaba perdido, y ha sido hallado”.

“No necesitan médico los sanos, sino los enfermos” nos dirá en otro pasaje. Es que como Jesús mismo nos lo revela, Él ha venido a nosotros cumpliendo la Voluntad del Padre. Es Él que nos quiere de vuelta en Su casa, que es la nuestra; es Él que impaciente nos espera a que regresemos y cuando nos ve a lo lejos llegar, sale a nuestro encuentro, con los brazos abiertos.

Veamos y meditemos en torno a la historia de este hijo, que podría ser la historia de cualquiera de nosotros, que con mucha soberbia y ambición, renegamos de nuestro Padre y decidimos abandonarlo, para hacer uso de nuestro patrimonio, de nuestra vida, como nos da la gana, sin reparar en nada y prestando oídos sordos a sus consejos, a sus ruegos, a sus disposiciones. Viejo de miércoles, llegamos a decir, seguramente y lo mandamos a rodar, con la pretensión de liberarnos de Él, de sus órdenes, de su dependencia. No quisimos saber nada con Él, ni que se inmiscuyera en nuestros asuntos. De espaldas a Él, quisimos edificar nuestra vida y sin embargo todo lo que conseguimos fue dilapidar el patrimonio que nos fue confiado por un tiempo.

¿Qué has hecho de tu vida? ¿Qué frutos puedes exhibir? ¿Sigues viviendo en aquella farra que parece interminable o ya estás comiendo las sobras de los puercos? ¡Despierta! ¡Reacciona! No tienes que seguir hundiéndote…¡Vuelve al Padre, que Él te espera con los brazos abiertos!

Jesús viene y va precisamente a la gente despreciada, a los pecadores, para anunciarles el Evangelio; para anunciarles esta noticia: “Dios es tu Padre. Deja las tonterías que estás haciendo, arrepiéntete de la mala vida que has estado llevando y vuelve a Él, que te espera impaciente en el portal de tu casa.” Él inmediatamente te restaurará como hijo Suyo: te hará poner el mejor vestido, te pondrá el anillo, en señal de heredad y hará una fiesta por ti. ¿Qué esperas? Vuelve a la casa del Padre. Él te espera y te quiere como solo el Padre Eterno puede querer.

Oremos:

Señor, danos humildad para reconocer nuestros errores, para pedir perdón por ellos y volver a tu Camino. No dejes que la soberbia nos pierda, ni mucho menos la envidia por aquellos hermanos que acoges con cariño, porque supieron reconocer sus pecados y volver a ti. Gracias Padre Santo por tu bondad. Perdóname por cuantas veces te he defraudado, pretendiendo prescindir de Ti. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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Mateo 20, 17-28

Texto del evangelio (Mt 20, 17-28)

En aquel tiempo, cuando Jesús iba subiendo a Jerusalén, tomó aparte a los Doce, y les dijo por el camino: «Mirad que subimos a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado a los sumos sacerdotes y escribas; le condenarán a muerte y le entregarán a los gentiles, para burlarse de Él, azotarle y crucificarle, y al tercer día resucitará».

Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos, y se postró como para pedirle algo. Él le dijo: «¿Qué quieres?». Dícele ella: «Manda que estos dos hijos míos se sienten, uno a tu derecha y otro a tu izquierda, en tu Reino». Replicó Jesús: «No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber la copa que yo voy a beber?». Dícenle: «Sí, podemos». Díceles: «Mi copa, sí la beberéis; pero sentarse a mi derecha o mi izquierda no es cosa mía el concederlo, sino que es para quienes está preparado por mi Padre».

Al oír esto los otros diez, se indignaron contra los dos hermanos. Mas Jesús los llamó y dijo: «Sabéis que los jefes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder. No ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo; de la misma manera que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos».

Reflexión: Mt 20, 17-28

El Señor nos hace ver muy claramente cual debe ser nuestra actitud, como cristianos. Nosotros debemos ponernos al servicio de los demás. “…el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo.”  El Señor no habla figurativamente; no hay que interpretar sus palabras, como muchos pretendemos, acomodándolas a nuestros intereses. Sus palabras son claras y concretas, al mismo tiempo que exigentes. Es que no se puede pretender cambiar el mundo con paños tibios, con medias tintas. Esta tarea exige valor, sacrificio y un cambio diametralmente opuesto en lo que son nuestras aspiraciones.

Ver las cosas como Jesús las ve, no es fácil. Exige un tono espiritual que solo podemos alcanzar con la oración humilde. Acercarnos a Dios Padre cada día, pidiendo que se haga Su Voluntad. Pedirle el valor, la entereza, la fortaleza para ponernos a su disposición cada día, allá donde nos ponga, de modo tal que sea Él y no nosotros el que brille y alumbre la senda a nuestros hermanos. Ponernos al servicio del Reino del mismo modo “que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos”.

No se trata, pues de pedir privilegios ni defenderlos. Como diría San Ignacio, se trata de hacernos indiferentes. Pretender los bienes de este mundo y usarlos, en tanto nos ayuden a Servir al Señor y su Reino, y apartarnos de ellos, desprendernos, dejar de pretenderlos y alejarnos de ellos, en tanto constituyan un impedimento para hacer la Voluntad del Padre. Esta es la ley del “tanto cuanto” que debe guiar nuestras vidas. Pero esto sólo ocurrirá, cuando comprendamos que todo en nuestra vida debe estar al Servicio del Señor. Que todo lo que hacemos y somos debe estar orientado a Su mayor Gloria. No se trata de momentos, ni de ciertas palabras, que erróneamente llamamos “oraciones”, que repetimos como loros y que no tienen nada que ver con nuestras vidas, no. Se trata de la vida misma.

Tenemos que desprendernos a tal punto, o si se quiere, entregarnos a la Voluntad del Padre a tal extremo, que seamos indiferentes y no pretendamos, como la madre de los hijos de Zebedeo y ellos mismos, obtener posición ni privilegio alguno, ni aquí, ni mucho menos en el Reino. ¿Es difícil? ¡Claro que sí! Pero nada es imposible para el Señor y para quien está con Él. Es por eso que debemos pedir que venga su abundante Gracia sobre nosotros. Sin Él, somos nada. Con Él, lo tenemos todo. Con Él, lograremos esto y muchísimo más. Es cuestión de fe. Pongámonos en sus manos.

Oremos:

Padre Santo, purifica nuestros espíritus, límpianos, sánanos, y mándanos ir a Ti. Que no caigamos en la tentación de salirnos de El Camino, que es amarte y servirte con todo lo que tenemos y somos. Que nos entreguemos plenamente al servicio de la construcción del Reino, que no es otro que el servicio a nuestros hermanos. Que no escatimemos esfuerzos y cuando nos sintamos agotados, que seas Tú nuestro descanso. Acrecienta nuestra fe, para que no dejemos de tirar las redes allí donde Tú dispones. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Mateo 23, 1-12

Texto del evangelio (Mt 23, 1-12)

En aquel tiempo, Jesús se dirigió a la gente y a sus discípulos y les dijo: «En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos. Haced, pues, y observad todo lo que os digan; pero no imitéis su conducta, porque dicen y no hacen. Atan cargas pesadas y las echan a las espaldas de la gente, pero ellos ni con el dedo quieren moverlas. Todas sus obras las hacen para ser vistos por los hombres; se hacen bien anchas las filacterias y bien largas las orlas del manto; quieren el primer puesto en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas, que se les salude en las plazas y que la gente les llame “Rabbí”.

»Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar “Rabbí”, porque uno solo es vuestro Maestro; y vosotros sois todos hermanos. Ni llaméis a nadie “Padre” vuestro en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre: el del cielo. Ni tampoco os dejéis llamar “Doctores”, porque uno solo es vuestro Doctor: Cristo. El mayor entre vosotros será vuestro servidor. Pues el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado».

Reflexión: Mt 23, 1-12

Muy claramente, para que no quepa dudas, Jesús nos indica cual debe ser nuestra actitud en el mundo. Cómo debemos pasar por él, sin aspavientos, sin pretensiones. Nosotros debemos estar al servicio de los demás.

Cuando uno adquiere un puesto de importancia, adquiere también responsabilidades, a veces muy difíciles de cumplir. Necesita de la colaboración de todos y para eso tiene que actuar como líder. Tiene que saber motivar y arrastrar a los demás en la dirección correcta, a fin de lograr las metas que se ha propuesto o que los jefes esperan de él.

Siempre habremos de preguntarnos si lo que hacemos es correcto, si ello nos conducirá y conducirá a los que trabajan con nosotros a la perfección, a la construcción del Reino, a un bien superior. No hemos de aceptar, pues, tareas destructivas, que hagan daño a los hombres o al mundo en el que vivimos. Tenemos que ser críticos y aplicar nuestro buen juicio; para ello tenemos a nuestro Maestro, Jesús, que nos ayudará a dilucidar lo conveniente, lo correcto.

Porque nosotros, los cristianos, no podemos tener una vida doble, una vida dual, en la que una cosa es lo que hacemos y otra la que decimos y confesamos, sin importar el cargo que desempeñemos. Así es como actúan los fariseos, nos lo recuerda el Señor. Dicen una cosa, pero hacen otra. Y ponen cargas a sus empleados, a sus siervos, a sus seguidores, que ellos no llevarían ni por un segundo en sus espaldas. Qué fácil es culpar a los demás, exigir comportamientos, responsabilidades y tareas imposibles, que anulan sus vidas, que les restan libertad, que los inutilizan, que los deprimen, que los hunden, al no poder lograr las metas, pese a los múltiples esfuerzos y sacrificios que realizan y encima no obtener reconocimiento alguno, precisamente porque no lograron lo que se les exigía.

El Señor nos exige empatía con nuestros empleados, con nuestros siervos. E incluso, como siempre, va más allá. Debemos actuar como siervos, en lugar de estar regocijándonos con loas y reconocimientos a nuestra embestidura. Nuestro proceder debe hacer evidente a los demás que tenemos un solo Maestro, un solo Padre  y un solo Doctor, del que proviene la sabiduría, el amor y el servicio.

Se trata, pues, de actuar como hombres y mujeres nuevos, al servicio del Reino, y por lo tanto, al servicio de los demás. Oír, atender, escuchar…ser sensible a las necesidades de los demás, más aún si contigo se encuentran al servicio de una empresa, de un negocio. Tener en cuenta siempre las altas metas que el Señor nos propone, que están por encima de los fines particulares de cualquier emprendimiento mundano, que habrán de perseguir la promoción del ser humano y nunca su humillación. Nada justifica humillar a tu hermano. Por el contrario, si de humillación se trata, debe empezar por ti. Eso es lo que nos enseña Jesús…No a salvar nuestro “buen nombre” y reputación a costa de un “infeliz”, de un “pobre diablo”, como lamentablemente tendemos a hacer. Nos comparamos, juzgamos y nos sentimos superiores a los humildes y por lo tanto, menos merecedores de humillación. Si alguien habrá de salir perdedor y humillado de esta contienda, será siempre el otro, porque “yo soy harina de otro costal”. “No sabe con quién se ha metido…” son las palabras de quien no reconoce, ni admite humillación alguna posible. “Antes, muerto”….

Un momentito…¿Por qué no te detienes a meditar un poco en torno al escenario? ¿Qué está pasando? ¿Estás seguro que la verdad está contigo? ¿Esta “verdad” implica pasar como una aplanadora por encima de las vidas de algunos o de alguien en especial? ¿Crees que eso puede venir de un Dios que es Padre? ¿Al servicio de quién estás: de este Padre, tuyo o del demonio? Piensa, medita, reflexiona, ora….

Oremos:

Señor, danos tu luz para ver claramente en nuestras vidas, que seguimos el Camino correcto, que no nos estamos engañando, huyendo solamente de la humillación o buscando solamente que nos ensalcen, porque somos incapaces de equivocarnos, porque de nosotros solo pueden venir cosas buenas…porque la razón nos acompaña en todo, porque somos superiores, elegidos…¡Danos humildad para reconocer nuestras faltas, nuestra imperfección! Sobre todo, danos sensibilidad para sentir y amar como Tú. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Lucas 6, 36-38

Texto del evangelio (Lc 6, 36-38)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo. No juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados. Dad y se os dará; una medida buena, apretada, remecida, rebosante pondrán en el halda de vuestros vestidos. Porque con la medida con que midáis se os medirá».

Reflexión: Mc 6, 36-38

El Señor hoy nos invita a la prudencia. No andar por ahí despotricando de todo el mundo, porque del mismo modo en que juzgamos a los demás, seremos juzgados, con la misma medida. Así que, aunque sea por nuestro propio bien, debemos procurar ser un poco más tolerantes con los demás. Debemos darles cierta holgura, cierto margen…el mismo que procuramos para nosotros. Muchas veces reclamamos comprensión, reclamamos empatía…Pero, ¿somos comprensivos con los demás? ¿Somos empáticos?

Qué fácil es mirar la paja en el ojo ajeno, pero que difícil se nos hace percatarnos del tronco que tenemos en el nuestro. No pongamos sobre los hombros de los otros cargas que nosotros mismos no podríamos cargar. Seamos comprensivos, tolerantes. Ayudemos, facilitemos, mientras esté en nuestras manos. No seamos un obstáculo más. Seamos parte de la solución.

Si hemos de criticar, que nuestra crítica sea constructiva y no destructiva. Cuidemos nuestras palabras para no herir innecesariamente a nadie. Si habremos de ser severos, apliquemos la misma severidad con la que nos gustaría ser tratados, la misma severidad que estaríamos dispuestos a soportar.

Recordemos que nuestra misión ha de ser esperanzadora. Debemos llevar paz, debemos llevar amor. Si lo que hacemos no despierta estos buenos sentimientos en los demás, si para transmitir el mensaje debo exasperarme, perder la paciencia y encolerizarme…Revisémoslo todo, que es posible que por algún lado se esté filtrando el mal espíritu, pues las divisiones, las rencillas, las incomprensiones e intolerancias, son obras del demonio. Donde mete su cola, siembra discordia.

Nosotros somos portadores de la Buena Nueva del Reino. Nuestro lenguaje ha de ser amable, ponderado…buscando armonía, acuerdo, consenso. Hemos de promover a las personas, pensando antes que en nada, en su dignidad de Hijos de Dios, de Hijos de un mismo Padre. Cada quien es un tesoro valioso para nuestro Padre. Tratemos de ver a nuestro prójimo con los ojos que Él los ve y no les exijamos más de lo que a nosotros mismos nos gustaría que nos exijan.

Oremos:

El Buen Espíritu es producto de la oración…Oremos intensamente y pidamos al Señor que derrame sobre nosotros copiosamente su Espíritu Divino, para que veamos este mundo con los ojos que Él lo ve, lleno de esperanza e ilusión. Para que seamos portadores de esperanza, de consuelo y paz. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Mateo 5, 43-48

Texto del evangelio (Mt 5, 43-48)

 
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Habéis oído que se dijo: ‘Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo’. Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa vais a tener? ¿No hacen eso mismo también los publicanos? Y si no saludáis más que a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de particular? ¿No hacen eso mismo también los gentiles? Vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial».

Reflexión: Mt 5, 43-48

El llamado del Señor es exigente. No se trata de hacer lo que más nos gusta y acomoda…se trata siempre de ir más allá. No basta con tratar bien a quienes también nos tratan bien…hay que hacerlo con los que nos aborrecen, con los que no nos quieren, con los que preferiríamos evitar. ¿Díganme si este es un camino fácil? Hay que tener mucho valor y coraje para hacerlo. Hay que ser fuertes…Hay que tener muy claro los motivos por los que estás dispuesto a nadar contra corriente. ¡Sí! Eso es lo que espera de ti el Señor, que seas capaz de ir contra corriente. Por eso nos pide nacer de nuevo…Es que el seguimiento del Señor exige otro esquema mental, otros valores, una óptica, una perspectiva distinta.

El que pretende seguirlo siendo uno más, haciendo lo que todos hacen, comportándose como siempre, sin ningún esfuerzo y dando “ojo por ojo y diente por diente”, ese está totalmente equivocado. Ese es el camino fácil, el camino de la multitud. Nosotros estamos llamados a atravesar la puerta estrecha, a pasar por al lugar que todos descartan, a atender al despreciado, al marginado, al que nadie quiere.

No, hasta ahí no llegamos…Yo, saludar al antipático aquél, que encima me hizo quedar mal y me maltrató frente a mis amigos. Contestarle y tratarlo por lo menos en forma educada y condescendiente a aquél que no tuvo reparo en decirme animal y humillarme delante de todos, porque había cometido un error…¡Jamás!

Eso somos. Así somos. Por eso no servimos para el Reino. ¿Creías que seguir a Jesús consistía en comprar estampitas, poner cara de bueno y no meterse con nadie, procurando pasar desapercibido? Estás muy equivocado. El camino del Señor es para hombres y mujeres INTEGROS, valientes, humildes…Capaces de elevarse por encima de sus mezquindades y mirar al mundo desde otra perspectiva…Desde la perspectiva de Cristo, desde la perspectiva de la Salvación, desde la perspectiva de la Vida Eterna.

No puedes quedarte atrapado en minucias, ni darte por satisfecho con hacer lo mínimo, lo que todos hacen. Y no se trata de ser un nazi, un totalitario que exige a todo el mundo…Se trata de exigirte a ti mismo. Tú tienes que pasar por el crisol y templarte como el acero. Esos son los discípulos a los que llama el Señor. ¿Qué no puedes? ¡Claro que sí! Recuerda que no estás solo. Recuerda que tu y Cristo son mayoría…No necesitas más. Ruega que el Espíritu Santo venga sobre ti, y con eso tendrás de sobra. Mantente firme, mantente en línea. Escoge la senda correcta aun cuando te parezca imposible, aun cuando los demás la abandonen, aun cuando te dejen solo…Si estás por el camino del bien, en realidad nunca estarás solo, el Señor irá contigo. Solamente tienes que ser valiente, arrojado, decidido…El camino del Señor es difícil, pero no imposible. Tu anda la primera milla, el te ayudará a caminar la segunda.

Oremos:

Padre Santo, mientras tenga vida, dame la fuerza y el valor para servirte, en todo lugar, en toda ocasión. Que no caiga preso de mis debilidades, de mis temores. Permite que me sobreponga a todo contigo en mi mente y en mi corazón. Que no tema hacer el ridículo, ni humillarme, si debo correr este riesgo para alcanzarte. Que no deje de sentir compasión por mis hermanos. Que no se endurezca jamás mi corazón…

Concede descanso eterno a las víctimas del terremoto de Chile y dales consuelo a los hombres, mujeres y niños que han perdido un familiar, que lo han perdido todo, que se han quedado sin techo, sin comida, sin agua…Mueve a los corazones generosos y solidarios, para que se hagan cargo de ellos. Permíteme poner mi grano de arena… Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Mateo 7, 7-12

Texto del evangelio (Mt 7, 7-12) 

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide recibe; el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá. ¿O hay acaso alguno entre vosotros que al hijo que le pide pan le dé una piedra; o si le pide un pez, le dé una culebra? Si, pues, vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que se las pidan! Por tanto, todo cuanto queráis que os hagan los hombres, hacédselo también vosotros a ellos; porque ésta es la Ley y los Profetas».

Reflexión: Mt 7, 7-12

Pide, busca, llama. A eso nos anima Jesús. No estamos solos. Él está con nosotros. Entonces, no tenemos excusas para no hacer la voluntad del Padre. No es siempre fácil. Tenemos que armarnos de valor y amar a todo el mundo. No solo a quienes les caemos bien, a quienes nos aman, sino incluso a quienes no nos aman, a quienes nos aborrecen, a quienes nos maltratan. Esta es la única forma de levantarse por encima de todos y cumplir con lo que Dios nos manda.

Pero, no dejemos de pedir. No pongamos todo sobre nuestros hombros, como si estuviéramos solos. ¡No!, no estamos solos. El Señor nos acompaña siempre, y no nos abandona ni en las buenas, ni en las malas. Ese es su ofrecimiento hoy.

Una lección de vida es que, quien siembra vientos, cosecha tempestades. Debemos pues tener cuidado con el trato que damos a nuestros hermanos. Dejar de lado la pedantería, que a veces asumimos como resultado de un cargo, de una distinción, de un reconocimiento. Nosotros debemos ser humildes siempre, cuanto más cuando nuestro interlocutor también lo es. No debemos andar por ahí haciendo aspavientos de lo que recibimos, todo lo contrario debemos promover la caridad. Debemos actuar con desprendimiento, sin aferrarnos a nada, recordando que las cosas tienen valor en tanto cuanto nos ayudan a cumplir nuestra misión, en consecuencia, debemos hacer uso de ellas en tanto nos acercan al Señor y alejarnos, en cuanto nos lo impiden.

Al empezar nuestro día, meditemos un poco en torno a él. Planifiquémoslo, para que no nos sorprenda, sobre todo en lo que respecta a la actitud que habremos de tener con los demás. No nos dejemos esclavizar por nuestro carácter. Hay algunos encuentros que podemos anticipar; hagamos que sean distintos, generosos, armónicos, pacíficos, esperanzadores, cariñosos, amistosos…No demos por hecho que con este o con aquél es imposible…Pongamos buen espíritu y buen corazón, y pidámosle al Señor que nos ayude en estos buenos propósitos.  Recordemos las palabras de esta lectura: “Por tanto, todo cuanto queráis que os hagan los hombres, hacédselo también vosotros a ellos; porque ésta es la Ley y los Profetas.”

Oremos:

Padre Santo, ayudanos en nuestro propósito de cambiar el mundo, de acercarlo cada día más a Ti. Que nuestros gestos, nuestras palabras sean señales de esperanza para cuantos nos rodean en cada ocasión, que permitan traslucir el Espíritu Santo, que es finalmente quien nos mueve y anima. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Mateo 6, 7-15

Texto del evangelio (Mt 6, 7-15) 

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Al orar, no charléis mucho, como los gentiles, que se figuran que por su palabrería van a ser escuchados. No seáis como ellos, porque vuestro Padre sabe lo que necesitáis antes de pedírselo.

»Vosotros, pues, orad así: ‘Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu Nombre; venga tu Reino; hágase tu Voluntad así en la tierra como en el cielo. Nuestro pan cotidiano dánosle hoy; y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros hemos perdonado a nuestros deudores; y no nos dejes caer en tentación, mas líbranos del mal’. Que si vosotros perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas».

Reflexión: Mt 6, 7-15

Me parece que no me equivoco al pensar que con el Padre Nuestro ocurre una paradoja. El Señor nos enseña una oración muy simple, pero de un significado muy profundo e íntegro, que prácticamente podría constituir el recuerdo de nuestra hoja de ruta, de nuestro plan de vida. Hemos de comportarnos así, es decir adoptando los valores y principios que nos propone esta oración. ¿Cómo no habría de reunir lo esencial, si fue el mismo Jesús que nos la enseñó, que nos la puso de modelo?

La paradoja está en que nos la enseñó Jesús para que no andemos llenándonos de palabras sin sentido al dirigirnos a Dios. Para que seamos concretos en lo que debemos pedir, siendo esta oración una manifestación de nuestra propia forma de vida. Porque no podemos orar de un modo y vivir de otro. La oración ha de ser un reflejo de la vida misma…Una confesión de fe; una adhesión a la Voluntad Divina en cada uno de los actos de nuestra vida cotidiana. De otro modo serán palabras huecas y sin sentido. Y eso es lo que lamentablemente hemos hecho del Padre Nuestro. La hemos aprendido de memoria y la recitamos quinientas veces, un millón de veces, sin reparar en lo que decimos, convirtiéndose, entonces, en una fórmula memorística, hueca y sin significado, tanto como el discurso interminable de aquellos que pretender palabrear, chamullar a Dios.

Ojala nos detuviéramos un momento a analizar lo que decimos y lo dijéramos de corazón. Con esta sola oración bastaría. Eso fue lo que nos reveló Jesús, para que no andemos con rodeos. Jesús nos llama a seguirlo; hemos pues de asumir el Padre Nuestro como nuestro programa.

“Padre nuestro”, es nuestra primera confesión, tras la cual estamos reconociendo que Dios es nuestro Padre, nuestro creador. Nosotros somos sus hijos y como tales, le debemos obediencia. Además, si todos somos sus hijos, quiere decir que somos hermanos, por lo tanto nos debemos amor fraterno. Mi prójimo no es cualquier cosa: es mi hermano, tanto si es rico, como pobre, lisiado, como intelectual o alcohólico…

“…que estás en los cielos, santificado sea tú Nombre”, es decir que nuestro Padre, ocupa un lugar de mucho respeto en nuestra vida. Todo lo ha hecho y creado para nosotros, por lo tanto, lo menos que podemos es honrarlo, usando todo como corresponde, de este modo estaremos santificando su Nombre. Cuando blasfemamos, cuando maldecimos, cuando nos impacientamos y descontrolamos, cuando actuamos violentamente, dejamos de reconocerlo y santificarlo en todo.

“Venga tu Reino”, es pues un reconocimiento de lo que queremos alcanzar, de cómo queremos vivir. El Reino de Dios es un Reino de amor y Jesús mismo nos lo dice, “no es de este mundo”. Quiere decir entonces que estamos dispuesto a nacer de nuevo, a cambiar, para guardar correspondencia con él. Si eso es lo que queremos, hemos de vivir como Él nos manda.

“…hágase tu Voluntad así en la tierra como en el cielo”, es la adhesión plena a lo que Dios disponga, sabiendo que todo lo  ha hecho bien y que estamos dispuestos a cumplir con lo que Él nos indique. Es aquí en la tierra donde a nosotros nos corresponde hacer su Voluntad. No tenemos que encerrarnos en elucubraciones filosóficas respecto al sentido de la vida, y la correspondencia que este puede tener con nuestra super hiper sofisticada vida…No. Se trata de hacer siempre lo correcto y de amar al prójimo…o exagerando, como diría San Agustín: “Ama y haz lo que quieras”. Es que si amas, no harás daño.

“Nuestro pan cotidiano dánosle hoy”, Tú sabes mejor que nadie cuales son nuestras necesidades, no dejes de atenderla hoy también. Nos conformamos con lo que hoy podemos recibir, porque a cada día debe corresponderle su afán. Nosotros debemos concentrarnos en hacer su Voluntad, cada día; no sólo algunos días o en algunos momentos. Ello debe llevarnos a desprendernos de nosotros mismos, de nuestra exigencias, de nuestras aspiraciones, de nuestro deseo de acumular para tenerlo todo asegurado hasta nuestra muerte y después de ella. En cambio el Señor nos aconseja pedir por lo que necesitamos hoy, nada más. Vivamos hoy, como si fuera el último día de nuestras vidas.

“… y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros hemos perdonado a nuestros deudores;” la condición para obtener perdón es perdonar. Si queremos que Dios nos perdone nuestras faltas hemos primero de perdonar a nuestro hermanos y no andar con rencillas, con odios, con injurias y con iras malsanas. Tenemos que aprender a perdonar, hoy. Que al llegar el fin del día, no tengamos deudas con nadie, y que hayamos perdonado de corazón a todos los que las tenían con nosotros…Entonces seremos dignos del perdón que pedimos.

“…y no nos dejes caer en tentación, mas líbranos del mal’”. No permitas que nos salgamos del camino, que nos desviemos, El demonio está al asecho todo el día, buscando tentarnos en nuestra debilidad, allí donde somos más vulnerables…No permitas Señor que esto ocurra. Aléjanos del mal, que existe, que nos rodea, que nos tienta…

Esta es la oración que nos pide Jesús cada día. Este el sentimiento que debe brotar tras el Padre Nuestro. El recuerdo de nuestro compromiso de seguir cada día el Programa, el Plan que nos propone Jesús.

Oremos:

Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu Nombre; venga tu Reino; hágase tu Voluntad así en la tierra como en el cielo. Nuestro pan cotidiano dánosle hoy; y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros hemos perdonado a nuestros deudores; y no nos dejes caer en tentación, mas líbranos del mal’. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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Mateo 6, 1-6.16-18

Texto del evangelio (Mt 6, 1-6.16-18)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial. Por tanto, cuando hagas limosna, no lo vayas trompeteando por delante como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles, con el fin de ser honrados por los hombres; en verdad os digo que ya reciben su paga. Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.

»Y cuando oréis, no seáis como los hipócritas, que gustan de orar en las sinagogas y en las esquinas de las plazas bien plantados para ser vistos de los hombres; en verdad os digo que ya reciben su paga. Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como los hipócritas, que desfiguran su rostro para que los hombres vean que ayunan; en verdad os digo que ya reciben su paga. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu rostro, para que tu ayuno sea visto, no por los hombres, sino por tu Padre que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará».

Reflexión: Mt 6, 1-6.16-18

El Señor nos habla aquí de la actitud que debemos tener los cristianos en la vida. Se trata de agradar a Dios, de ser agradecido, y por lo tanto comportarnos con la misma generosidad con la que Él nos da, con nuestros hermanos. Si tenemos en cuenta que en el fondo todo lo hacemos por Él, que de Él viene todo y que Él ve todo lo que hacemos, no debemos buscar el reconocimiento frívolo de la gente. No es necesario andar publicando lo que hacemos. Es más, nadie tiene por qué saberlo, porque nosotros no buscamos ninguna recompensa, ni reconocimiento aquí en la Tierra. No la negaremos, si llega, porque caeríamos en soberbia, pero ese no ha de ser el motivo de vuestra acción.

Debemos meditar y reflexionar en lo que hacemos cada día, exactamente como lo hacemos al emprender cualquier tarea profana (si existe). Las técnicas de gestión y administración moderna, por ejemplo, nos exigen planificar cada evento, cada tarea, con el propósito de alcanzar una meta, en las que debemos tener en cuenta varios aspectos, como son los productos, los precios, la logística, el embalaje, el traslado, el marketing, la venta, la instalación, la post venta y, el más importante, las personas de las que dependerá la misión, comúnmente conocidos como recursos humanos…

¿Si toda esta ciencia y técnica la desplegamos para desarrollar nuestras tareas cotidianas, por qué no somos capaces de dedicar serena y organizadamente unos minutos diarios a Dios, revisando lo que hicimos hoy, examinando en qué nos equivocamos y cómo podemos enmendarlo, y planificando minuciosamente nuestro próximo día, para que, por lo menos en lo que a nosotros respecta se desarrolle completamente al servicio del Señor?

Eso es lo que nos pide Jesús. En todo lo que hacemos debemos tener en cuenta que hay un Plan Superior, una Misión que está por encima, que no puede estar sujeta a nuestra rutina “mundana”. Es verdad que debemos desplegar ciertas tareas rutinarias, ciertas actividades propias de nuestro trabajo, pero ninguna de estas nos puede esclavizar, ninguna de estas puede significar la postergación del Plan del Señor. Por lo tanto debemos reflexionar a cada paso lo que hacemos. Esto es, ponernos en manos del Señor, pedir su luz y actuar en función de la construcción del Reino. Y esto no lo podremos hacer si no meditamos…Pero más aún, si no oramos. La oración, que es la comunicación, el vínculo que mantenemos con nuestro Padre, debe ser constante, amplia, abierta, íntima, privada…

Tenemos que poner a Su consideración todo lo que hacemos y debemos lograr su aprobación. Esa es la única que nos interesa. Pero ojo, que eso no podrá ser logrado si no estamos en íntima sintonía con Él y eso solo se logra a través de la oración. Tenemos pues que aprender a orar y hacerlo siempre, hasta que la vida misma se convierta en oración.

Quien así actúa, será distinguido por el profundo amor que revelan sus obras, así como por su humildad y desprendimiento. El espíritu del verdadero cristiano, lo inclina a la austeridad. Se trata, pues, de agradar al Padre, y a Él no le interesa toda esta lisonja. Él se contenta con que amemos a nuestro prójimo, como Él nos ha amado. ¡Vaya programa! ¡Vaya misión en la vida!

De eso se trata. De ser sensibles, de ser comprensivos, de ser solidarios…y de hacerlo todo por amor, que exige salir de uno mismo, para entender y compartir la necesidad ajena, sus aflicciones, sus angustias y si es posible, aliviarlas o por lo menos llevar consuelo y esperanza. ¡Dios ha vencido al mundo!

Oremos:

Padre Santo, ayúdanos a perseverar en la dificultad, a no dejarnos seducir por la fama y el poder. A superar la tristeza de la autocompasión. A salir de nosotros mismos, procurando ver y sentir lo que siente nuestro prójimo inmediato…Llevándole consuelo y esperanza, cuando no por lo menos la caricia, el cariño y sobre todo, el amor, cuya fuente infinita eres Tú. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Juan 1, 1-18

Texto del evangelio (Jn 1, 1-18)

En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios. Ella estaba en el principio con Dios. Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto existe. En ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres, y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron.

Hubo un hombre, enviado por Dios: se llamaba Juan. Éste vino para un testimonio, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por Él. No era él la luz, sino quien debía dar testimonio de la luz.

La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre; la cual no nació de sangre, ni de deseo de hombre, sino que nació de Dios. Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad.

Juan da testimonio de Él y clama: «Éste era del que yo dije: El que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo». Pues de su plenitud hemos recibido todos, y gracia por gracia. Porque la Ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo. A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, Él lo ha contado.

Reflexión: Jn 1, 1-18

La lectura propuesta es la misma que la del 25…Así que podemos aplicar la misma meditación, aprovechando adicionalmente para reflexionar en torno a lo que significa el fin de un año y el comienzo de otro. Períodos muy marcados por nuestra naturaleza humana, que necesita sentir que se cumplen ciertas etapas…que cierra un libro para comenzar otro.

Es bueno tener la posibilidad de decir hasta aquí escribí un libro, ahora comienzo otro…”borrón y cuenta nueva” como se dice. Ello puede darnos la esperanza que el siguiente período probablemente sea mejor, distinto. Nos da también la ilusión, que podría ser cierta, de comenzar de nuevo. Podría ser cierta, digo, porque en realidad eso es lo que nos pide el Señor: que conociéndole, lo acojamos, pero como hombres y mujeres nuevos. Podría ser entonces que efectivamente decidamos finalmente cambiar, dejando en el olvido todo lo pasado y empezando una Vida Nueva. ¡Eso es lo que pide el Señor, a quien de veras pretende convertirse!

Vino nuevo en odres nuevos…Nadie parcha una tela vieja con un pedazo de tela nueva, porque echará ambos a perder. Nuestro mundo necesita de hombres y mujeres nuevos. Ojala esta fiestas de fin de año nos sirvan para reflexionar en todo lo que hemos hecho o dejado de hacer, que hagamos un buen propósito de enmienda y que nos propongamos cambiar el próximo año. Pero, recordemos que no podremos hacerlo si no mantenemos en nosotros la Gracia de Dios. Es decir que no debemos apelar sólo a nuestras fuerzas. Debemos dejar que Dios entre en nuestras vidas y con Él, confiando plenamente en sus fuerzas, todo lo podremos. No habrá “Misión Imposible”. Todo lo podemos en Cristo que nos fortalece.

Oremos:

Padre Santo, te pedimos que nos ilumines y nos llenes de Tu Gracia Infinita, para que reconociendo nuestras fallas, nuestros tropiezos y limitaciones, el próximo año nos esforcemos por caminar rectamente, siguiendo tus mandatos, siendo humildes, sencillos y amando a nuestro prójimo. Que no vivamos para nosotros, sino para Tí y para los demás, empezando por los más cercanos…nuestras esposas y esposos, nuestros hijos, nuestros padres, nuestros amigos, nuestros compañeros de trabajo, nuestra sociedad…No para hacer sus caprichos, sino para conducirlos a Tí, porque este es el verdadero sentido de la Vida. ¡Amén!

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Juan 1, 1-18

Texto del evangelio (Jn 1, 1-18)

En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios. Ella estaba en el principio con Dios. Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto existe. En ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres, y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron.

Hubo un hombre, enviado por Dios: se llamaba Juan. Éste vino para un testimonio, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por él. No era él la luz, sino quien debía dar testimonio de la luz.

La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre; la cual no nació de sangre, ni de deseo de hombre, sino que nació de Dios. Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad.

Juan da testimonio de Él y clama: «Éste era del que yo dije: El que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo». Pues de su plenitud hemos recibido todos, y gracia por gracia. Porque la Ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo. A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, Él lo ha contado.

Reflexión: Jn 1, 1-18

Hasta que llegamos a la Fiesta principal del cristianismo. La celebración del nacimiento de nuestro Salvador. Juan nos describe este acontecimiento con palabras muy bellas y profundas, inspiradas por el Espíritu Santo. Dios que existió desde siempre, que es la luz, la verdad, la gracia, la vida…quiso hacerse partícipe de nuestra historia y vino a nosotros hecho hombre en Jesucristo.

Todas las señales que precedieron su nacimiento, incluyendo la predicación de Juan el Bautista, convergen en Jesucristo, el centro de la historia. Y es centro no sólo porque desde allí para adelante o para atrás empezamos a ubicar cualquier fecha histórica, sino porque en realidad es la Verdad y la Luz, es quien da sentido a nuestra vida. Es el centro porque en torno a Él debemos construir nuestra vida si queremos que tenga significado alguno. La piedra descartada por los constructores, ha venido a convertirse en la piedra angular. Él estuvo en el principio, y está en el fin…pero por su inmensa gracia, no ha querido dejarnos solos, y nos ha enviado su único Hijo, para que nos ilumine con su luz y nos muestre el Camino, para asegurarse que vayamos por él y a Él. Esa es la maravilla que celebramos hoy.

Hay algo más que me gustaría escudriñar en las palabras de Juan: “Porque la Ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo.”  La Ley es una exigencia, es aquello que de algún modo todos debemos cumplir para asegurar la convivencia y la integración social. La Ley es una norma impuesta, contra la que no podemos ir, porque terminaríamos por destruirnos a nosotros mismos y a la sociedad. La Ley es lo menos que se puede exigir. Sin embargo Jesucristo trae algo que está por encima de la Ley, de toda ley: la gracia y la verdad.

La Gracia…la capacidad de entender la Verdad revelada. Una capacidad que va más allá de nuestra inteligencia, que es un Don Divino. Esta Gracia es un regalo de Dios, que nos llega por su infinita bondad, por amor. Y la Verdad, absoluta y total: que hemos sido creados por Dios, por un Dios que es Amor…que nos amó primero, que nos ha amado siempre, porque es nuestro Padre, porque somos sus hijos y por lo tanto no quiere nada más que nuestro bien y nuestra felicidad. Quiere que vivamos eternamente a su lado. Y para asegurarse que así sea, nos envía a su Único Hijo, Jesucristo, para que nos muestre el Camino. Él es el Camino, la Verdad y la Vida. Por Él llegamos al Padre. ¿Qué quiere decir esto? Que debemos seguirlo, que debemos ser como Él, que debemos vivir como Él. ¿Y cuál es el distintivo de Jesús o cómo podríamos saber si somos o estamos viviendo como Él? Muy fácil, al menos de decir, aunque no sea igualmente de fácil de vivir: su distintivo es el Amor.

Ama a Dios por sobre todas las cosas y a tu prójimo como a ti mismo. El que así vive, tiene asegurada la gloria de Dios. Eso es lo que nos viene a revelar Jesucristo, el único que ha visto al Padre y lo conoce desde siempre. Él nos tiene reservada una morada a su lado desde siempre y para siempre. Pero para alcanzarla NOS PROPONE vivir en la Verdad. Esa es la diferencia con la Ley. La ley es una exigencia que estamos obligados a cumplir; la Verdad revelada por Jesucristo es  una propuesta, que al final se traduce en una exigencia mayor, es decir que demanda mucho más esfuerzo probablemente que cumplir la ley, porque nos exige ir MAS ALLÁ, pero no se nos impone, sino que se nos propone, porque Dios ha querido respetar nuestra dignidad, nuestra libertad. No somos esclavos; somos hijos suyos. Tendríamos que escoger el bien mejor, el bien mayor, sin embargo somos libres de acogerlo o rechazarlo. Ese es el Dios del que tenemos que aprender, el Dios que Jesucristo nos revela.

Oremos:

Padre Santo, ilumínanos para preferir y escoger siempre el bien. Que caminemos en la luz y la verdad. Que hagamos tu Voluntad, sabiendo que Tu no puedes querer otra cosa que lo mejor para nuestras vidas. Si pudiéramos aferrarnos a ella, abrazarnos a ella y no dejarla jamás, qué dichosos seríamos. Danos tu Gracia abundante para ver claramente el Camino que nos propones y seguirlo, sin desviaciones de ninguna clase. Perdona nuestros pecados. Perdona nuestra soberbia, nuestro orgullo, nuestra vanidad. Haznos humildes, portadores de paz y amor. ¡Amén!

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Lucas 10, 21-24

Texto del evangelio (Lc 10, 21-24)

En aquel momento, Jesús se llenó de gozo en el Espíritu Santo, y dijo: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; y quién es el Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar». Volviéndose a los discípulos, les dijo aparte: «¡Dichosos los ojos que ven lo que veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis, pero no lo vieron, y oír lo que vosotros oís, pero no lo oyeron».

Reflexión: Lc 10, 21-24

Los pequeños…¿Quiénes son los pequeños para Jesús? Pienso que él mismo nació en una familia “pequeña”. Pequeños son los niños, por cuanto el pide que se dejen que se acerquen a Él y nos dice algo más: hay que ser como ellos, pues de ellos es el Reino. Pequeños son los sencillos, los simples, los humildes…que al no tener riqueza, ni poder, ni fama, no tienen a qué aferrarse, ni son esclavos de nada, por tanto pueden ver con mayor facilidad que es aquello de amar a Dios y amarse unos a otros, que pide el Señor.

Pequeños son los de corazón puro, aquellos que han hecho de su vida una entrega permanente a la Voluntad del Señor; aquellos que han puesto “sus riquezas” allí donde la polilla no puede carcomer. Aquellos que como el buen Samaritano, han hecho del servir y amar a los demás, la razón de sus vidas.

El Señor se revela a ellos y solo ellos le pueden conocer, porque no hay nada en su corazón, en su alma, que obstaculice este conocimiento, nada que nuble o tergiverse la Verdad.  

Oremos:

Pidamos al Señor que nos haga así, sencillos, humildes, puros…como niños, para que podamos comprenderle y seguirle.

Agradezcámosle por lo que Él ha querido revelarnos: que todo procede ne Nuestro Padre que está en el Cielo. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Lucas 11, 5-13

Texto del evangelio (Lc 11,5-13)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Si uno de vosotros tiene un amigo y, acudiendo a él a medianoche, le dice: ‘Amigo, préstame tres panes, porque ha llegado de viaje a mi casa un amigo mío y no tengo qué ofrecerle’, y aquél, desde dentro, le responde: ‘No me molestes; la puerta ya está cerrada, y mis hijos y yo estamos acostados; no puedo levantarme a dártelos’, os aseguro, que si no se levanta a dárselos por ser su amigo, al menos se levantará por su importunidad, y le dará cuanto necesite.

»Yo os digo: Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá. ¿Qué padre hay entre vosotros que, si su hijo le pide un pez, en lugar de un pez le da una culebra; o, si pide un huevo, le da un escorpión? Si, pues, vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!».

Reflexión: Lc 11,5-13

Tenemos que aprender a pedir, insistentemente, y a esperar del Padre lo mejor. El Señor solo quiere nuestro bien, por eso en esta lectura nos revela algo que muchos no queremos oír…No se trata únicamente de pedir y recibir aquello que pedimos…Que es en lo que generalmente nos quedamos enganchados y postulamos que Dios es bueno, porque nos da todo lo que pedimos. Y pretendemos medir nuestra fe y su bondad por cuanto hemos pedido y nos ha sido concedido. Se trata de pedir y recibir aquello que nos convienen, aquellos que es mejor, aquello que constituye el bien más preciado que Dios nos puede ofrecer y que pone en nuestras manos. Este es más grande que cualquiera; por eso explícitamente lo señala Jesús: ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!

¿No es pues, entonces, el Espíritu Santo lo que debemos pedir? Si, es verdad, el Señor nos invita a pedir sin reparo todo lo que necesitamos. No debemos tener temor a importunarlo, pues es más que nuestro mejor amigo. Pero es precisamente por eso que debemos pedir el Espíritu Santo. Él llenará nuestros corazones y encenderá en nosotros el Fuego de su Amor. Con Su solo Espíritu TODO será creado y todo aquello que sea necesario, será Renovado.

Pidamos, solamente, ser dóciles, ser fieles a Su Espíritu. ¿No hay relación entre esta lectura y la de Marta y María? Una sola cosa es importante; María ha escogido la mejor y no le será quitada.

Oremos:

Señor, danos Tu luz; abre nuestros ojos, nuestra mente y nuestro espíritu, para que entendamos que no hay nada mejor que Tú, que no tenemos que pedir más. Que si te tenemos a Ti, lo tenemos todo. Y que tú estás ávido de entregarte a nosotros; solo debemos tener el coraje de recibirte y llevarte en nuestros corazones siempre. Amen

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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