may 18 2010

Juan 17, 1-11a

Texto del evangelio (Jn 17, 1-11a)

En aquel tiempo, Jesús, alzando los ojos al cielo, dijo: «Padre, ha llegado la hora; glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti. Y que según el poder que le has dado sobre toda carne, dé también vida eterna a todos los que tú le has dado. Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo. Yo te he glorificado en la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste realizar.

»Ahora, Padre, glorifícame tú, junto a ti, con la gloria que tenía a tu lado antes que el mundo fuese. He manifestado tu Nombre a los hombres que tú me has dado tomándolos del mundo. Tuyos eran y tú me los has dado; y han guardado tu Palabra. Ahora ya saben que todo lo que me has dado viene de ti; porque las palabras que tú me diste se las he dado a ellos, y ellos las han aceptado y han reconocido verdaderamente que vengo de ti, y han creído que tú me has enviado.

»Por ellos ruego; no ruego por el mundo, sino por los que tú me has dado, porque son tuyos; y todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío; y yo he sido glorificado en ellos. Yo ya no estoy en el mundo, pero ellos sí están en el mundo, y yo voy a ti».

Reflexión: Jn 17, 1-11a

Una hermosa oración de Cristo por todos nosotros, sus discípulos sus seguidores. No puede dejar de conmovernos la forma en que Cristo, siendo Hijo y Dios también, ruega humildemente al Padre por todos “los que tú me has dado, porque son tuyos”.

Esta es una lección que debemos aprender en primer lugar. A orar al Padre con humildad, por todos los suyos, aquellos que en el fondo de sus corazones han decidido guardarlo y seguirlo. No somos nadie para juzgarlos, ni podemos saber exactamente quienes y cuántos son, pero por todos ellos hemos de orar, para que Dios Padre mantenga rectas sus intenciones, y sean la luz y sal del mundo.

Al orar por ellos, hemos de orar por nosotros mismos también, para que sepamos actuar a la altura de las circunstancias, para que demos testimonio de Cristo. Si realmente creemos en Dios, hemos de dar testimonio de Él.  Si somos hijos de la luz, hemos de alumbrar, porque nadie enciende una lámpara para ocultarla bajo la cama o bajo la mesa, sino que la pone en lo alto para que todos la vean, para que ilumine a todos a su alrededor.

En esto debemos reflexionar hoy. En nuestro papel y actuación en el medio, en las circunstancias en las que nos ha tocado vivir. ¿Es que nos amoldamos a ellas, mimetizándonos con el mundo, de modo tal que nuestra identidad queda totalmente oculta y resguardada? ¿O es que somos testimonio vivo de Cristo en cuanta ocasión y circunstancia nos toca vivir y afrontar, sin temor a ser luz, por el contrario, procurando iluminar conscientemente el camino de nuestros hermanos menores?

No es una expresión literaria, ni tan solo un modo de decir lo que el Señor nos revela en esta lectura de forma clara e inconfundible: “Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo.”

Eso es todo. En ello hemos de meditar; entorno a ello hemos de orar…¿Conocemos a Dios? ¿Conocemos a Jesucristo? ¿Qué ha de significar el conocerlos en nuestras vidas? ¿Qué tendría que significar el conocerlos para nuestra sociedad? ¿Qué debe hacer el que conoce? ¿Para qué se enciende una luz? ¿Para ocultarla? Estamos llamados a dar testimonio de la Luz…¿Cómo habremos de hacer esto en nuestras vidas, en nuestras circunstancias?

Oremos:

Padre Nuestro, se nos hace a veces muy difícil seguirte; tenemos temor a poner en juego lo que tenemos, lo que atesoramos, aquellas cosas que nos dan seguridad en esta vida, como si pudiéramos aferrarnos a ellas eternamente y asegurar que nunca nos faltarán. Es decir, en el fondo, nos falta fe. Tenemos más confianza en lo tangible, en lo contante y sonante y estamos dispuestos a hacernos de la vista gorda ante cualquier cosa, si a cambio recibimos una paga…Nos resistimos, pero finalmente llega un momento en el que se pone precio a nuestros principios, a nuestra fe…¡No permitas que caigamos en esta tentación! ¡Ayúdanos a rechazar con firmeza todas estas tretas del demonio! ¡Acrecienta nuestra fe!  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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mar 26 2010

Juan 10, 31-42

Texto del evangelio (Jn 10, 31-42)

En aquel tiempo, los judíos trajeron otra vez piedras para apedrearle. Jesús les dijo: «Muchas obras buenas que vienen del Padre os he mostrado. ¿Por cuál de esas obras queréis apedrearme?». Le respondieron los judíos: «No queremos apedrearte por ninguna obra buena, sino por una blasfemia y porque tú, siendo hombre, te haces a ti mismo Dios». Jesús les respondió: «¿No está escrito en vuestra Ley: ‘Yo he dicho: dioses sois’? Si llama dioses a aquellos a quienes se dirigió la Palabra de Dios —y no puede fallar la Escritura— a aquel a quien el Padre ha santificado y enviado al mundo, ¿cómo le decís que blasfema por haber dicho: ‘Yo soy Hijo de Dios’? Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis; pero si las hago, aunque a mí no me creáis, creed por las obras, y así sabréis y conoceréis que el Padre está en mí y yo en el Padre». Querían de nuevo prenderle, pero se les escapó de las manos. Se marchó de nuevo al otro lado del Jordán, al lugar donde Juan había estado antes bautizando, y se quedó allí. Muchos fueron donde Él y decían: «Juan no realizó ninguna señal, pero todo lo que dijo Juan de éste, era verdad». Y muchos allí creyeron en Él.

Reflexión: Jn 10, 31-42

Estamos asistiendo a una cronología inexorable. Está por llegar la hora para la cual vino Jesús. Ocurrirá de todos modos. Y, ya podemos ver como los judíos se van impacientando. Para muchos de ellos, que no quieren detenerse a meditar en torno a sus obras, que no están dispuestos a tolerar nada, si primero Jesús no muestra credenciales que para ellos sean convincentes, todo lo que dice es blasfemia.

Es que aceptarlo sería aceptar que hay que cambiar el orden de las cosas. Que el mundo que han forjado, en el que detentan poder y privilegios, en el que tienen una posición preponderante, afortunada, debe cambiar…Cambiar para promover a la chusma, a los pobres, a los desposeídos. ¿Por qué abrían de ceder? ¿Por qué lo decía Jesús? Y…-aquí viene el sustento de su rechazo- ¿Quién es Jesús? Dice muchas cosas, pero todas son blasfemias…A tal punto los altera, que ya no eran indiferentes, sino que querían matarlo…”Muerto el perro, se acabó la rabia”, como sostienen algunos de nuestros empleadores anti sindicalistas, que prefieren despedir y desaparecer a quienes osan mencionar esta palabra, antes que dialogar. Es que, para ellos, dialogar sería aceptar algo que es inadmisible: que están equivocados; que hay otra perspectiva; que los trabajadores no le deben todo a la bondad de los empleadores; que hay ciertos derechos, que los trabajadores también tienen, entre ellos el de opinar y ser escuchados.

En este pasaje, apelando seguramente a alguno de sus poderes divinos, Jesús se tiene que escabullir. Escapa por segunda vez, cuando hastiados, los judíos, están dispuestos a eliminarlo allí mismo. Esto no podía pasar, ni iba a pasar, porque tenían que cumplirse las escrituras. Pero vamos viendo ya, como va llegando la hora. Jesús es un enemigo del poder, del estatus quo. Jesús ha venido a revolucionar el mundo, a cambiarlo todo. Sencillamente intolerable, para quienes se encuentran en la parte superior de la pirámide. La prédica de Jesús es realmente exacerbante y es que choca frontalmente contra el individualismo, que propicia el culto al “mi, me, conmigo”, en el que “YO” debo ser primero, por sobre todas las cosas; en el que solo después de mí y si me sobra algo, lo daré a los que me plazca…Este es un mundo que colisiona contra la fraternidad predicada por Jesús. Hermandad que tiene su sustento en que TODOS somos hijos de un mismo Padre, Dios, y que por tanto nos debemos AMOR. Esta es la palabreja, para algunos incomprensible, para otros impronunciable y para muchos desvirtuada y devaluada, que finalmente llevará a Cristo a la Cruz.

Es el amor del Padre, desplegado al extremo de dar la vida de su único Hijo por nuestra salvación. Este es el mensaje que estamos por celebrar estos días, que se reedita cada segundo en el universo. ¡Dios nos ha amado en extremo! Y esto es lo que pide que hagamos entre nosotros…amarnos unos a otros, como Él nos ha amado.

Oremos:

Señor Jesús, que en estos días previos a tu pasión y muerte en cruz, nos hagamos sensibles a tu mensaje de amor. Que lo expresemos a través de nuestros actos, antes que por nuestros labios. Que seamos un verdadero testimonio de vida cristiana. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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feb 09 2010

Marcos 7, 1-13

Texto del evangelio (Mc 7, 1-13)

En aquel tiempo, se reunieron junto a Jesús los fariseos, así como algunos escribas venidos de Jerusalén. Y al ver que algunos de sus discípulos comían con manos impuras, es decir no lavadas, -es que los fariseos y todos los judíos no comen sin haberse lavado las manos hasta el codo, aferrados a la tradición de los antiguos, y al volver de la plaza, si no se bañan, no comen; y hay otras muchas cosas que observan por tradición, como la purificación de copas, jarros y bandejas-.

Por ello, los fariseos y los escribas le preguntan: «¿Por qué tus discípulos no viven conforme a la tradición de los antepasados, sino que comen con manos impuras?». Él les dijo: «Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, según está escrito: ‘Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me rinden culto, ya que enseñan doctrinas que son preceptos de hombres’. Dejando el precepto de Dios, os aferráis a la tradición de los hombres». Les decía también: «¡Qué bien violáis el mandamiento de Dios, para conservar vuestra tradición! Porque Moisés dijo: ‘Honra a tu padre y a tu madre y: el que maldiga a su padre o a su madre, sea castigado con la muerte’. Pero vosotros decís: ‘Si uno dice a su padre o a su madre: Lo que de mí podrías recibir como ayuda lo declaro “Korbán” -es decir: ofrenda-’, ya no le dejáis hacer nada por su padre y por su madre, anulando así la Palabra de Dios por vuestra tradición que os habéis transmitido; y hacéis muchas cosas semejantes a éstas».

Reflexión: Mc 7, 1-13

El Señor es siempre muy claro, para aquél que realmente quiere oírlo. Nosotros hemos sido creados libres, por lo tanto no debemos sometimiento a nada ni nadie, sino solo a Dios nuestro creador. ¿Y qué es lo que quiere Dios de nosotros? Que hagamos lo mejor, lo que más nos conviene. Así, si somos inteligentes, porque así hemos sido creados y somos libres, es tonto que escojamos ir contra Dios, porque Él, en toda su sabiduría ha escogido lo mejor para nosotros y nos lo propone, no nos lo impone.

Sin embargo, muchos de nosotros, lamentablemente, preferimos no hacerle caso, darle las espaldas, e ir en contra, a sabiendas que terminaremos mal, prestándole oídos al demonio, que de este modo triunfa parcialmente en nosotros. Y es que así es de claro, de simple y de sencillo. “Quien no está conmigo –nos dice Jesús- está contra mí”. “El que no recoge conmigo, esparce”.

¿Qué tiene que ver con la lectura? Pues que los escribas y fariseos pretenden condenar a los discípulos de Jesús porque no cumplen con las tradiciones y estas no son buenas necesariamente, solo por el hecho de haber sido establecidas desde hace mucho y porque todo el mundo las sigue. ¡Eso es lo que les recuerda Jesús! “El sábado ha sido creado para el hombre y no el hombre para el sábado”. Nosotros somos libres y no hay nada que tengamos que hacer o que esté por encima de amar a nuestro prójimo, porque sólo así amamos a Dios.

Jesús aquí mismo desenmascara una tradición por la cual los judíos de aquella época trataban de justificar su desatención a sus padres, es decir a uno de sus prójimos más cercanos. Claro, y encima se justificaban diciendo que lo que debían dárselo a ellos se lo habían dado como ofrenda a Dios. ¡Eso no es ni puede ser lo que quiere Dios! Y así de claro lo expresa Jesús. “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí.” Es que a Dios no se le ama mirando al cielo y blanqueando los ojos…A Dios se le honra y se le ama, cuando amamos a nuestro prójimo. ¡Eso es lo primero!, y no las leyes, ni tradiciones…El hombre ha de ser primero. Amándole a él, amaremos a Dios.

 

Oremos:

Señor Jesús, que comprendamos que en realidad toda la ley, las profecías y los evangelios se reducen a: “Amar a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos”. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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feb 07 2010

Lucas 5, 1-11

Texto del evangelio (Lc 5, 1-11)

En una ocasión, Jesús estaba a la orilla del lago Genesaret y la gente se agolpaba sobre Él para oír la Palabra de Dios, cuando vio dos barcas que estaban a la orilla del lago. Los pescadores habían bajado de ellas, y lavaban las redes. Subiendo a una de las barcas, que era de Simón, le rogó que se alejara un poco de tierra; y, sentándose, enseñaba desde la barca a la muchedumbre. Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: «Boga mar adentro, y echad vuestras redes para pescar». Simón le respondió: «Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos pescado nada; pero, en tu palabra, echaré las redes». Y, haciéndolo así, pescaron gran cantidad de peces, de modo que las redes amenazaban romperse. Hicieron señas a los compañeros de la otra barca para que vinieran en su ayuda. Vinieron, pues, y llenaron tanto las dos barcas que casi se hundían.

Al verlo Simón Pedro, cayó a las rodillas de Jesús, diciendo: «Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador». Pues el asombro se había apoderado de él y de cuantos con él estaban, a causa de los peces que habían pescado. Y lo mismo de Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Jesús dijo a Simón: «No temas. Desde ahora serás pescador de hombres». Llevaron a tierra las barcas y, dejándolo todo, le siguieron.

Reflexión: Lc 5, 1-11

El señor es capaz de estos prodigios y muchos más. La verdad es que siempre los está desarrollando frente a nuestros ojos, sino que muchas veces somos incapaces de verlos, porque estamos ciegos. El conduce y orienta nuestras vidas. Nos lleva de aquí para allá…Nos saca de aquí y nos pone allá. Algunas veces nos invita a hacer una elección; otras nos pone frente a varias disyuntivas…Tenemos que escoger, tenemos que elegir…Pero es Él quien propone, y va siguiendo nuestro desempeño. Nos anticipa los peligros, nos advierte y algunas veces nos da un empujón para que saltemos, para que salgamos, para que pasemos. Él no quiere que caigamos en las manos del maligno y hace lo indecible para cuidar el tesoro que tenemos en nuestro ser, nuestra alma, nuestro espíritu.  Sin embargo nosotros somos libres de decidir y está en nuestras manos escoger aquello que es el bien superior o sumergirnos y degradarnos en el miasma que nos propone el Príncipe del as tinieblas.

El Señor, como a Simón Pedro nos dice, vamos allá, ahí pescaremos…Pero nosotros, incrédulos, faltos de fe y muchas veces llenos de soberbia le increpamos, que no es lógico, que no lo haremos, porque no somos tontos. Ya hemos estado por allí y hemos visto y por tanto tenemos el convencimiento que no hay nada. No haremos el papelón. Entonces, no le hacemos caso y dejamos pasar una preciosa oportunidad. ¿Para qué? Para dar fruto. El Señor quiere que demos fruto y en abundancia. “Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador. Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo corta, y todo el que da fruto, lo limpia, para que dé más fruto.” (Juan 15, 1-2) “La gloria de mi Padre está en que deis mucho fruto, y seáis mis discípulos.” (Juan 15,8)

El Señor sale a nuestro encuentro, a cada instante, en las más diversas circunstancias. Y es que Él, en realidad, está siempre con nosotros, acompañándonos, guiando nuestros pasos. Debemos hacernos disponibles  para oírle. Esto es Gracia que el mismo Señor concede a quien de veras lo busca, a quien de veras lo quiere. Oye a tu corazón. Medita, ora. No actúes irreflexivamente, como un animalito. Para eso Dios te dio inteligencia, para que te distingas de los animales, para que no sigas tus instintos, sino que piense y procures SIEMPRE el bien mejor, lo que realmente te conviene. Si siempre actúas así, no tendrás pierde. Y verás como nunca lo que más te conviene es hacer daño a nadie; por el contrario, mientras más bien hagas a los demás, más bien estarás haciéndote a ti mismo. Esa es la lección que viene a darnos Jesucristo: “Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado.” (Juan 15, 12). “Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos.” (Juan 15, 13)

Así que, prestémosle oídos y tiremos las redes por donde él nos indica y daremos mucho fruto. No hay nada más precioso que el ser humano. Por eso, el quiere hacernos “pescadores de hombres”. Si hemos visto la luz, no podemos esconderla bajo nuestra cama; no podemos guardárnosla para nosotros; tenemos que ponerla en lo alto, para que alumbre a los demás y así todos puedan encontrar el camino y dar todos el fruto a que están llamados.

 

Oremos:

Padre Santo, haznos digno de Tu amor. Que sepamos irradiarlo a nuestros hermanos; que no nos lo guardemos egoístamente tan sólo para nosotros. Que propiciemos y estemos atentos a esos encuentros que pueden cambiar una vida: ya seas las nuestras o las de nuestros hermanos. Abre nuestros ojos. Quita de nuestra alma tanto prejuicio, tanta maleza que solo nos impide brillar y ver el brillo de nuestros hermanos… Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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oct 10 2009

Lucas 11, 27-28

Texto del evangelio (Lc 11,27-28)

En aquel tiempo, mientras Jesús hablaba, sucedió que una mujer de entre la gente alzó la voz, y dijo: «¡Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron!». Pero Él dijo: «Dichosos más bien los que oyen la Palabra de Dios y la guardan».

Reflexión: Lc 11,27-28

Siempre preciso y atento el Señor, nos hace una distinción que no es sutil,  y conviene señalar, para que no nos quedemos  en lo superficial, en lo circunstancial e histórico. Sí, es verdad, Dios Padre escogió un pueblo, un tiempo, unas personas, una situación, una circunstancia histórica para manifestarse. Está María, está José, están los discípulos y toda esa gente que en aquel tiempo fueron testigo de la vida de Jesús. ¡Qué bueno, porque ellos nos lo cuentan! ¡Por ellos nos ha llegado la Palabra! Fueron ellos los recipientes, pero más importante, los que la guardaron hasta hoy.

El Señor nos invita a no distraernos ni quedarnos en lo accesorio. Sí, habrá que rendir homenaje posiblemente a muchas personas, muchos testigos de excepción, muchos grandes personajes de nuestra historia, verdaderos ejemplos que nos ayudan a seguir a Cristo, pero no podemos quedarnos en eso. En el fondo, creo entender que no se trata de procesiones, monumentos y grandes distinciones a quienes fueron…que no está mal, pero más importante que todo eso es acoger la Palabra y guardarla, es decir, hacerla vida.   

El Señor nos llama a hacer vida su Palabra, pues solo la guarda, es decir, la mantiene, quien es consecuente con ella. No se trata de recitarla bonito, ni de homenajear a aquellos que la guardaron, no. No quiere decir que esté mal que lleve flores a María o que participe en una acto litúrgico en que se recuerde a alguno de los grandes santos de la Iglesia, no. Esto no puede ser malo. No lo es. Lo malo está en pretender quedarnos solo con ello, como si solamente eso bastara. ¡No señor! Nuestra religión no trata fundamentalmente de prácticas religiosas; no te salvarás por la cantidad de misas, comuniones, procesiones o rosarios que hayas rezado. Te salvarás porque diste testimonio de Cristo en tu vida; porque oíste su palabra y la guardaste. Para decirlo en pocas palabras: porque amaste a Dios y a tu prójimo como a ti mismo. En eso consiste guardar la palabra. Eh ahí todo el Evangelio, como Él mismo nos lo recordará en otro pasaje.

Oremos:

Señor, que sepamos hacer vida el Evangelio. Que seamos verdaderos testigos tuyos. No permitas que nos quedemos en lo accesorio y muchas veces irrelevante. Que sepamos entrar al meollo del asunto, guardando siempre Tú Palabra. Haznos fieles a Tú Espíritu.

 

 Roguemos al Señor…

 

Te lo pedimos Señor.

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sep 22 2009

Reflexión: Lc 8,19-21

Lc 8,19-21

Estamos frente a otra lectura muy corta y sencilla, para el que realmente quiere oír y entender la Palabra del Señor. Aquél que quiere quedarse con lo anecdótico, encontrará tema suficiente para enfrascarse en una discusión bizantina, que puede dar origen a un trabajo de investigación que puede tomarle el resto de su vida y no servirá para nada, a no ser para justificar su falta de fe, su inacción y la ocupación o desperdicio absurdo de su tiempo.

No es ninguna novedad que algunos detractores quieran ver en estos versículos la prueba que María no era tan Virgen, tratando por allí de desarmar el “andamiaje” de la fe católica. Absurdo.

Quien se acerca con esa actitud a la Biblia, mejor que la deje y no pierda su tiempo, pues no encontrará en ella la prueba científica que esperaba para fundamentar su fe. La Biblia no es un libro científico, ni histórico y ni si quiera una pieza literaria.

La Biblia es un libro que lleva registrada la Palabra de Dios, dirigida a los hombres de ayer, hoy, mañana y siempre. La Biblia contiene la Palabra de Dios, la Verdad revelada a diferentes hombres y en diferentes épocas, de un Pueblo Escogido. Y alcanza la cima, el fin de esta Revelación, cuando Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, nace, vive y muere hace dos mil años, exactamente del modo en que había sido profetizado cientos de años antes.

Jesucristo, el Enviado de Dios Padre, viene a redimirnos del pecado y la muerta, viene a salvarnos y a darnos vida, para que la tengamos en abundancia. Para eso nos enseña que hay que amar y servir a nuestro prójimo, como si se tratara de Dios mismo, perdonando y dando hasta el extremo. Muriendo en la cruz, nos muestra el Camino de la donación y el amor perfecto y nos enseña que el amor no tiene límites, que el amor de Dios a nosotros es Infinito, que Él solo quiere nuestra felicidad; que para eso, debemos amar a nuestros hermanos como a nosotros mismos.

Él nos hace hermanos a todos, como hijos de un Único Padre. Es en ese contexto que tenemos que entender estas palabras. Por eso cuando le hablan de su madre y hermanos Él dice:   «Mi madre y mis hermanos son aquellos que oyen la Palabra de Dios y la cumplen». No es que quiera negar el parentesco con la gente que lo buscaba, ni viene al caso aclarar cuantos eran, ni a quienes efectivamente se referían los que le hicieron el anuncio. Lo que trata de enfatizar Jesús es el vínculo que lo une con todos. El vínculo que debe unirnos y que debe estar por sobre cualquier otro vínculo: «Mi madre y mis hermanos son aquellos que oyen la Palabra de Dios y la cumplen». El resto son pamplinas.

Así de radical y exigente es el Señor. Dios ha de estar por encima de todo. ¿Ese no es el primer mandamiento? ¿De qué estamos hablando entonces? Cristo no hace más que destacar cual debe ser el orden en nuestra vida. Dejarnos de “mi mamita” o “mi papito” o “mis hijitos” como excusa para no hacer lo que debemos. Nosotros, TODOS, tenemos una misión y esta tiene que estar por encima. Si no lo entendemos así, entonces no pertenecemos a la familia de Dios, ni somos hermanos de Jesús. ¡Eso es todo! 

Oremos:

Padre Santo, danos el coraje para seguir a Jesús y vivir como hermanos, dejando de utilizar a nuestros seres queridos para no cumplir con nuestro deber.

Danos perseverancia, para pasar de las declaraciones líricas a la acción, teniendo siempre como banderas, la paz y el amor.

¡Apártanos de la soberbia y el egoísmo!.

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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sep 19 2009

Reflexión: Lc 8,4-15

Lc 8,4-15

Qué mejor descripción de nuestro proceder, que no por humano justifica esta falta de consecuencia. Ocurre que vivimos engañados. Yo diría que el demonio también ha hecho su labor, nublando nuestra razón, torciendo nuestras intenciones y haciéndonos creer que es velando por nosotros mismos que alcanzaremos la felicidad. El ha puesto en nosotros la tentación de desentendernos de los demás y buscar exclusivamente nuestra comodidad, en última instancia nuestra salvación, como si ello efectivamente estuviera en nuestras manos, a condición de soltar las amarras, los lazos que nos unen a los demás.

¡Imposible! Nos dice el Señor. Tú sólo te salvas si amas. Y el que ama no puede ponerse a sí mismo en primer lugar, sino a sus hermanos: a sus esposo o esposa, a sus hijos, a sus padres, a sus hermanos, a sus vecinos, a sus compañeros de trabajo, a sus paisanos. Y qué es poner primero al prójimo, sino posponer tus caprichos, tus necesidades, tu bienestar, tu comodidad, finalmente, tu salvación. Esto quiere decir que ante una situación exigente seas capaz de posponerte a ti mismo, por el bien de los demás.  Eso es amor.

Claramente podemos ver cómo frente a la Palabra del Señor cada uno se decanta. Estamos los que oímos sin oír, como si se tratara de poesía, bonita pero irreal. Nos parece lindo, pero impracticable y desde el saque, precisamente porque somos “pragmáticos” descartamos de plano el mensaje, bueno para idiotas. El mundo no es así, nos decimos y volteamos la página para seguir nuestro instinto, nuestra estrategia y el ejemplo de tantos “triunfadores” que encontramos en la vida.

De otro lado, estamos aquellos a los que la Palabra nos llega a cautivar,  la reconocemos como válida e incluso la citamos. Nos proclamamos cristianos y pretendemos actuar cristianamente, pero a nuestro modo; solo hasta el punto en que ello no demande exigencias mayores, pues en el fondo no estamos tan convencidos y por lo tanto, no estamos dispuestos a dejar lo que tenemos, a sacrificar nuestra comodidad, nuestras propiedades, nuestros bienes, por el mensaje. Defendemos “lo nuestro” aún a costa de enemistarnos con medio mundo, y es que el bienestar material para nosotros está por encima de todo. Queremos atesorarlo…Somos capaces de dar, pero no de sacrificar. Damos de lo que nos sobra, es decir, mientras ello no ponga en riesgo lo que tenemos, lo que hemos atesorado.

Finalmente están los que oyen y ponen en práctica el mensaje. Son pocos, pero creo que más de los que suponemos. Estos nos sorprenden a cada nada por su desprendimiento, porque son capaces de dar lo que sea, lo que se les pide, sin esperar nada a cambio. La Gracia de Dios ha querido que sea testigo de muchos de estos casos. Estos son los que realmente siguen el Evangelio de Jesús, los que se han dejado transformar por Su Palabra, los que la han puesto en práctica y han hecho de ella su norte. Como dice el Señor, “conservan la Palabra con corazón bueno y recto, y dan fruto con perseverancia.” Y es que a quien da, se le da mucho más, como dice el Señor. Es casi una fórmula que podemos evidenciar a cada paso. Unidos a Cristo lo podemos todo. Si hacemos Su Voluntad los resultados de nuestros esfuerzos se multiplican con creces; todo lo podemos con Cristo. Así de simple. Para ello necesitamos tener fe y vivir rectamente, es decir en la Verdad y la Luz, amando y sirviendo a los demás.

 
Oremos:

Padre Santo, que seamos tierra fértil para el mensaje del Señor. Que no nos acobardemos a la primera. Que seamos perseverantes y demos permanente testimonio de tu amor.

Danos coraje para luchar contra nuestros vicios, nuestra quietud, nuestro conformismo, nuestra comodidad y nuestro carácter. Haznos dóciles a tu Espíritu y que el guie y gobierne siempre nuestros actos. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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