Posts tagged: paz

Lucas 1, 67-79

Texto del evangelio (Lc 1, 67-79)

 
En aquel tiempo, Zacarías, el padre de Juan, quedó lleno de Espíritu Santo, y profetizó diciendo: «Bendito el Señor Dios de Israel porque ha visitado y redimido a su pueblo y nos ha suscitado una fuerza salvadora en la casa de David, su siervo, como había prometido desde tiempos antiguos, por boca de sus santos profetas, que nos salvaría de nuestros enemigos y de las manos de todos los que nos odiaban haciendo misericordia a nuestros padres y recordando su santa alianza y el juramento que juró a Abraham nuestro padre, de concedernos que, libres de manos enemigas, podamos servirle sin temor en santidad y justicia delante de Él todos nuestros días. Y tú, niño, serás llamado profeta del Altísimo, pues irás delante del Señor para preparar sus caminos y dar a su pueblo conocimiento de salvación por el perdón de sus pecados, por las entrañas de misericordia de nuestro Dios, que harán que nos visite una Luz de la altura, a fin de iluminar a los que habitan en tinieblas y sombras de muerte y guiar nuestros pasos por el camino de la paz».

Reflexión: Lc 1, 67-79

Estamos a tan sólo unas horas del suceso más extraordinario en la historia del universo. Nuestro Creador, fiel a Sus promesas, formuladas por boca de los profetas desde tiempos inmemoriales, nos enviará al Salvador, al Mesías, al Redentor. Y lo hará con intervención nuestra, pues María, la Virgen María, ha aceptado el Plan que Dios Padre tuvo desde siempre, para hacer que su Hijo, Jesucristo, naciera como cualquier hombre, de su seno materno.

El misterio maravilloso al que asistimos trasunta a un Dios que es Amor, que nos amó primero, a tal extremo de enviar a Su Hijo para que hecho hombre, tal como cualquiera de nosotros, nos proponga el Camino, sin mellar en modo alguno nuestra dignidad y nuestra libertad. Si Jesucristo hecho hombre, pudo vivir el amor, al extremo de morir en la cruz para redimirnos, y enseñarnos el Camino de la Paz y del Amor, fue tan solo para decirnos que Dios es nuestro Padre, que nos ama desde siempre y quiere lo mejor para nosotros. Que Él quiere que vivamos eternamente, y que para eso hay un único Camino: “que amemos a Dios como el nos ama y a nuestro prójimo como a nosotros mismos”.

Es esto lo que Zacarías, padre de Juan el Bautista, anuncia tras su inspirado discurso. Recordemos que Zacarías era un anciano, como muchos de aquellos que dejamos de lado, porque al parecer ni oyen ni hablan, y los tenemos como bultos a nuestro lado, pues algunos los ignoramos descaradamente en nuestras conversaciones, como si no existieran, sólo por el hecho de ser ancianos y estar enfermos. Hablamos entre nosotros e incluso muchas veces hablamos mal de ellos o de sus intimidades delante de ellos, como si fueran objetos…De tanto ignorarlos, vamos dejando que se hundan en tal depresión, que llega un momento en que realmente se sienten incapaces de tomar la palabra, de dar su opinión. Así imagino que se encontraba postrado Zacarías cuando rompió su silencio para dar este hermoso discurso que dejó maravillados a todos los que, conociéndolo, lo oyeron. Es que para Dios, nada es imposible. Si fuera preciso, hasta las piedras alabarían su Santo Nombre…

Oremos:

Padre Santo, permite que participemos de modo muy especial en el Sacramento de la Reconciliación…pidamos al Señor perdón de nuestras faltas y dispongámonos a recibirlo con el Alma pura y limpia. Que solo quepa Él, que lo ilumine todo, que lo purifique todo. Que nos sintamos llenos y rebosantes de alegría y que la llevemos a los demás. ¡Amén!

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

Bookmark and Share

Lucas 14, 25-33

Texto del evangelio (Lc 14,25-33)

 
En aquel tiempo, caminaba con Jesús mucha gente, y volviéndose les dijo: «Si alguno viene donde mí y no odia a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas y hasta su propia vida, no puede ser discípulo mío. El que no lleve su cruz y venga en pos de mí, no puede ser discípulo mío.

»Porque ¿quién de vosotros, que quiere edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, y ver si tiene para acabarla? No sea que, habiendo puesto los cimientos y no pudiendo terminar, todos los que lo vean se pongan a burlarse de él, diciendo: ‘Este comenzó a edificar y no pudo terminar’. O ¿qué rey, que sale a enfrentarse contra otro rey, no se sienta antes y delibera si con diez mil puede salir al paso del que viene contra él con veinte mil? Y si no, cuando está todavía lejos, envía una embajada para pedir condiciones de paz. Pues, de igual manera, cualquiera de vosotros que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío.

Reflexión: Lc 14,25-33

Estamos nuevamente ante la figura de nuestros Salvador. Su mensaje es muy claro y contundente; no deja lugar a dudas ni especulaciones. Pero nosotros queremos hacerlo inocuo. Es que posiblemente “de buena fe” queremos seguirlo; queremos ser cristianos. De algún modo Cristo nos ha deslumbrado…su Palabra, su mensaje ha calado hondo; no podemos desconocerlo…Nos conmueve. ¿Cómo no hacerlo, si habla de amor, el más sublime de los sentimientos?

Todos o casi todos hemos experimentado alguna vez el amor. Ya sea como padres, ya sea como hijos, ya sea como novios, como esposos o como amigos. Sobre todo cuando niños, cuando más inocentes y frágiles somos, el amor ha dejado en nosotros su huella indeleble. Sabemos en carne propia cuán grande puede ser el amor, sobre todo porque así lo hemos recibido, sobre todo en nuestra familia.

Conocemos también el dolor, el sufrimiento y el sacrificio. Algunos lo hemos experimentado en carne propia, otros lo hemos visto y comprendido también en familia. Lo vimos en nuestros padres, en nuestros abuelos, en nuestros hermanos o en algún pariente cercano. Aprendimos a valorarlos como parte de la vida y por sobre todos ellos, al amor, que se mantuvo inamovible cuando más arreció la tormenta.

Fue entonces que muchos conocimos a Jesús, el ejemplo más sublime de Amor; el Amor de Dios; el Amor del Padre Eterno, que no contento con crearnos y regalarnos la vida, interviene en nuestra historia, sin desmedro de nuestra libertad, para mostrarnos el Camino y no tiene reparos en enviar a Su propio Hijo para ello. Jesús, viviendo como nosotros, muriendo en la cruz por nuestros pecados y resucitando, nos muestra el Camino, nos muestra el Amor llevado al extremo. Es El Modelo. Es La Pauta, La Norma…

Por eso dice Jesús: “El que no lleve su cruz y venga en pos de mí, no puede ser discípulo mío.”

Todo esto es lo que hemos aprendido por enseñanza de nuestra Santa Madre Iglesia,  por enseñanza de nuestros padres, de nuestra familia. Todo esto lo conocemos y sabemos muy bien los cristianos. Pero incluso los que no lo son, llevan esta impronta de Dios en el alma, que les permite tomar contacto y conocer esta realidad. Porque el hombre es una creatura Divina, creada para el Amor.

Sin embargo, aunque casi todos lo sabemos y lo hemos experimentado, pocos estamos dispuesto a seguirle, tal como nos lo propone en la lectura de hoy. Así, elevamos el seguimiento de Jesús a nivel de poesía, de declaraciones líricas hermosas, incluso de canciones, pero no nos dejamos transformar, ni transformamos el mundo con Su Palabra, como Él lo exige. Es que oírlo y comprenderlo es una cosa, pero de ahí a hacer lo que dice, hay un trecho muy grande y exigente, que preferimos obviar. Ese es el drama de nuestro tiempo. Por eso tanta pobreza, tanta injusticia, tanto dolor y sufrimiento. Cuando tenemos todo en nuestras manos, para cambiar la historia, paradójicamente hemos renunciado a salvarnos, por retenerlo y atesorarlo todo. Nos hemos vuelto idólatras…hemos perdido la perspectiva.

Oremos:

Padre Santo, ayúdanos a retomar el Camino, a volver por el Sendero del Amor, del seguimiento a Cristo, Tú Hijo.

Acrecienta nuestra Fe y danos el valor para dejar lo que tengamos que dejar, con tal de seguirte a Ti, que sólo quieres nuestra Salvación.

Danos un corazón inmenso, grande y noble, para amar. Para amar a todos, sin distinción y sin límites. Amén

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

Bookmark and Share

Lucas 12, 49-53

Texto del evangelio (Lc 12,49-53)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «He venido a prender fuego en el mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo! Tengo que pasar por un bautismo. ¡y qué angustia hasta que se cumpla! ¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división. En adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos: el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra».

Reflexión: Lc 12,49-53

Este es el Jesús que nos negamos a ver, que nos resistimos a conocer. Qué lindo es ver una imagen medio bobalicona en estampitas y figuras de yeso. Pero qué distante está ese Jesús inocuo, que nos acepta a todos por igual, no importa lo que estemos haciendo, no importa lo que acabamos de hacer -aun cuando tengamos sangre fresca de nuestros hermanos en las manos- de aquél Jesús que nos habla en las Escrituras. “He venido a prender fuego en el mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo!”

El Señor no se anda con rodeos. Él sabe, como nosotros, que hay tareas urgentes que realizar, tareas urgentes que afrontar, que deben ser encaradas inmediatamente, con valentía y decisión, que no hay tiempo para estar con contemplaciones y medias tintas. ¡No podemos pretender conciliar el bien con el mal! Y eso, traerá división.  ¡Sí! Porque tenemos que decantarnos…O estamos con uno o estamos con otro. ¡No podemos estar con los dos!

Estas no son palabras pías, simbólicas, metafóricas. Son crudas y descarnadas. ¿Eres o no eres? Si no eres, sal de aquí, salpica, ¡fuera…! ¡Basta de enjuagues! ¡A los tibios, los vomitaré!

Si eres, respira profundo y agarra con firmeza el timón, para que resistas la arremetida de los cobardes, de los traidores, de los mediocres, de los débiles…de los que no creen en Dios, de los que han hecho de Dios una mascarada que les abre muchas puertas y les da comodidad, de los que han tergiversado a nuestro Dios…

Si eres, confía en este Tu Dios, pues Él es bueno, y con esta misma claridad con la que nos habla hoy, nos ha ofrecido estar con nosotros HASTA EL FIN DEL MUNDO. Él es nuestra roca fuerte; Él nuestra fortaleza; Él nuestro Guía. Sin Él nada somos, nada podemos…Con Él, lo tenemos todo.

Recuerda que estamos navegando por un mar en que el maligno es el Príncipe, que en todo mete su cola, tergiversando todo, engañando, coqueteando, sobornando, amedrentando, coimeando, chantajeando, “endulzando”, en fin, tratando de hacerte creer que es posible una postura intermedia, que es posible estar con uno y con otro. ¡Pero no es cierto!

Recuerda también que El Señor, con su muerte y resurrección, ha vencido al Mundo; que Él es REY. Que Él está en la antípoda. Que venciendo a la muerte, ha vencido al maligno. Ese es el camino que nos invita a transitar. ¡Saquemos también nosotros a este pestilente demonio de nuestras vidas! Solos, no podremos…¡Con la ayuda del Señor, nada será imposible!

Oremos:

Señor, ven en nuestro auxilio. Nos hemos alineado en tus huestes. Somos tus fieles servidores. ¡Ordénanos! Protégenos…no permitas que decaigamos, que aflojemos, por el contrario, fortalécenos con Tu espíritu, para que te seamos fieles, leales, aun en la tormenta.

Señor, danos Tú consuelo. Amén.

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)
Bookmark and Share

Reflexión: Lc 10,1-12

Lc 10,1-12

Que la misión es urgente y que hay muchísimo que hacer para cristianizar el mundo, queda muy claro. No es fácil, sin embargo el Señor nos pide que no llevemos nada, y es que así debe ser el transitar de un seguidor de Jesús por el mundo: ligero de equipaje.

Nos cuesta realmente entender y vivir estas palabras. Pero la verdad es que el cristiano no puede adaptarse al mundo y aceptarlo mientras haya injusticia, mientras haya rencillas entre hermanos, mientras no haya paz, mientras la caridad no se imponga, mientras lo gobiernen las pasiones.

Somos indiferentes, mientras no se nos toca. Y procuramos por todos los medios que no se nos toque. Preferimos el estatus quo y estamos dispuestos a alinearnos con lo que venga, mientras no nos afecte. Pero esto es un error, pues no hay nada que aquí podamos cuidar de tal modo que prevalezca para siempre. Nosotros mismos estamos limitados y en el momento que menos pensemos o esperemos, podemos perder lo más preciado: nuestro trabajo, el crédito, nuestra reputación, nuestro carro, nuestra casa, un hijo, una esposa o esposo…un ojo, una pierna…la vida.

Si esto ha de ser así, ¿cómo y en qué debemos emplear el don más preciado que hemos recibido? El Señor nos manda y nos da una Misión. “Id; mirad que os envío como corderos en medio de lobos. No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias. Y no saludéis a nadie en el camino.” (…)”En la ciudad en que entréis y os reciban, comed lo que os pongan; curad los enfermos que haya en ella, y decidles: ‘El Reino de Dios está cerca de vosotros’”.

Esa es nuestra misión. Es a esto que debemos dedicar el don más preciado que hemos recibido: nuestra vida. Ser cristianos, ser como Él. Claro, nadie da lo que no tiene…Entonces debemos conocerle, pero no podemos usar esto como excusa tampoco, porque entonces diremos, todavía no lo conozco lo suficiente, así que hay que esperar…

El Señor conoce muy bien lo que hay en nuestros corazones. El que lo ve todo, nos indicará el camino. Solo hay que saberlo escuchar a través de la oración. Por eso no debemos dejar que la Vida de Gracia decrezca en nosotros…todo lo contrario, debemos fortalecerla. Recurrir constantemente a la oración y los sacramentos. Sin Él nada podemos…en cambio con Él, nada podrá interponerse en nuestra misión y podremos seguirla hasta alcanzar la Vida Eterna.

Oremos:

Señor, condúcenos por esta vida; no permitas que por ningún motivo nos apartemos de Ti Que no caigamos en la tentación de la soberbia, de la mentira, de los privilegios. Que caminemos rectamente hacia Ti, ya sea que llueva o truene.

Haznos capaces de conmovernos ante el dolor y el sufrimiento de los demás. Danos un corazón sencillo y simple. Danos serenidad. Que no alberguemos malos sentimientos, que los dominemos y nos sobrepongamos a ellos.

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)
Bookmark and Share

Reflexión Mt 10, 7-15

Mt 10, 7-15

¿Cómo debemos disponernos a cumplir nuestra misión? Pues confiando plenamente en el Señor. Debemos dar gratis lo que gratis hemos recibido y no debemos preocuparnos por nada, pues el Señor sabe lo que necesitamos y nos dará lo que necesitamos y merecemos. Si pudiéramos comprender la exigencia del Señor, no andaríamos preocupándonos por nada y mucho menos por lo que diremos o haremos en cada lugar. Se trata de hacernos TOTALMENTE  disponibles para cumplir con la misión encomendada. Entregarnos plenamente, sabiendo que todo lo que no podamos hacer o lo que dejemos de hacer por cumplir con la Misión encomendada, será cubierto por Jesús.

No tenemos que preocuparnos por la vestimenta, ni por la comida, ni por la ropa y ni si quiera por un lugar donde quedarnos. La estrategia es clara: buscar al vecino digno y quedarnos en su casa hasta el final. No andar cambiando de casa. Llevar la paz a donde vamos. Y si no nos reciben ni nos escuchan, darnos media vuelta y salir a otro lado. ¡No hay tiempo que perder! Vayamos donde nos reciban bien y nos escuchen. El Señor se encargará después, el día del juicio, de dar su merecido a quienes nos maltraten o no nos reciban, ni escuchen.

El Señor nos pide otra vez ordenar nuestras vidas, en función de lo que es realmente importante. Saber discernir y hacer con nuestro tiempo, con nuestra vida  y con todo lo que hemos recibido gratis, lo que debemos, es lo importante. Lo que recibiste gratis, dalo gratis. ¿Qué cosa podemos decir que merecíamos? ¿Qué de lo que tenemos lo hemos ganado? Nuestra vista, nuestra inteligencia, nuestra simpatía, el don de la palabra, nuestras extremidades, nuestra familia, nuestros padres, nuestros hijos?

¿Por qué nos perdemos entre tanta tontería y las convertimos en indispensables, cuando una sola cosa es importante…? Recordemos que cuando Martha le reprochó a Jesús que María no la ayudaba en las cosas de la casa, este le recordó que una sola cosa es importante y esta es la que había escogido María.

Oremos:

Ayúdanos Señor a confiar plenamente en Ti, a mantener una fe firme, fuerte e inquebrantable, sabiendo que si nosotros nos dedicamos a cumplir la Misión que nos has encomendado, tu estarás allí para poner todo aquello que hace falta, todo aquello que pudiera ser necesario tanto para nosotros, como para nuestros hermanos.

No hay nada de qué preocuparnos si estamos contigo; no hay nada que temer, incluso nada que prever. ¡Quién tiene a Dios, nada le falta!

Roguemos al Señor

Te lo pedimos señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

Bookmark and Share

Reflexión Jn 20, 24-29

Jn 20, 24-29

Nuevamente la Iglesia nos propone reflexionar sobre la importancia de la Fe. El Señor comprende nuestra dificultad para creer sin evidencia y nos la concede en repetidas oportunidades. Ayer, después de perdonar los pecados al paralítico, lo hizo andar, solo para probar su poder a los incrédulos. Pero no es solo en el poder de sanar en el que nos invita a reflexionar, sino en el poder de perdonar, de limpiarnos del pecado, de redimirnos y salvarnos.

Es un su mensaje de salvación en el que quiere que creamos. Conocerle, quererle, aceptarle y seguirle…en eso radica la salvación. Por ello dice el Señor: “Dichosos los que no han visto y han creído”.

De aquí nace la responsabilidad de transmitir fielmente el evangelio, para que otros creamos, como aquellos creyeron. El Señor nos brinda el auxilio de su Gracia, la luz y fuerza transformadora del Espíritu Santo para que creamos en Él, y creyendo, demos testimonio con nuestra vida. Porque de eso se trata; no tanto de decir, de hablar, como de actuar. La fe la debemos mostrar en nuestro proceder, en nuestro modo de vivir y afrontar cada día, con sus cosas buenas y con las dificultades cotidianas, sabiendo que finalmente el Señor ha vencido a la muerte y con ello ha ganado para todos nosotros la vida eterna. Sabiendo que nuestro paso por aquí es efímero, pero que mientras dure debemos iluminar a nuestros hermanos. Para que quieran hacer lo que queremos, para que quieran vivir como vivimos, para que quieran amar como amamos, para que, finalmente y a través nuestro descubran y quieran al Padre, pues según nos lo ha revelado el mismo Señor Jesucristo, en ello consiste la Vida Eterna.

 

Oremos:

Ser para dar, eso es lo que te pedimos querido Señor nuestro. Que demos testimonio de ti en cada uno de nuestros actos. Que vivas en nosotros y nosotros e Ti, como Tú en el Padre.

Danos fe, ahora y en la hora de las dificultades, el dolor y la muerte. Que sepamos mantener la dignidad de hijos del Padre siempre y que nos abandonemos en sus brazos como lo hacen las aves, las flores…

Danos un corazón grande…muy grande, en el que sólo quepa el amor.

Roguemos al Señor

Te lo pedimos señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

Bookmark and Share

Reflexión: Jn 20, 19-23

Jn 20, 19-23

Hoy celebramos una fiesta muy especial: Pentecostés. El Señor nos deja su Espíritu, el Espíritu Santo como fuerza, como potencia que habrá de conducirnos por el camino, que habrá de guiarnos y ayudarnos en el seguimiento a Jesús. Solos no podemos. Es bueno que recordemos siempre esto. Esta es su obra y si estamos en ella, si estamos comprometidos en ella, no es por nuestros méritos, es porque hemos sido convocados por Él, porque Él nos quiere a su lado y si habremos de seguirlo y llevar su paz al mundo, si habremos de llevar amor y luz, no será por nuestros méritos, ni por nuestras excelentes cualidades, será por obra de Dios Padre, que trabaja en nosotros por medio del Espíritu Santo.

Hemos pues de pedirle en forma incansable que nos guie, que nos haga instrumentos suyos, que sin Él nada podemos. ¡Abandonémonos en sus manos! Vivamos la vida que Él dispone.

 

Oremos:

 

Padre Santo, que sea Tú y no yo quien oriente mi vida. Que sea Tú y no yo quien hable, quien obre, quien ame. Hágase Tú voluntad.

  

Roguemos al Señor…

 

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

 

Bookmark and Share

Reflexión: Jn 14,27-31a

Jn 14,27-31a

Hoy me llama especialmente la atención la mención que Cristo hace del Príncipe del mundo, que no tiene ningún poder sobre Él. Sin embargo es importante recordar que existe y que es un Homicida y mentiroso. Conociendo nuestras debilidades, busca engañarnos a cada paso. Le molesta que nos acerquemos al Señor y emplea mil argucias para alejarnos, al extremo que cuando más cerca creemos estar podemos encontrarnos, por el contrario, tan distantes. Solo así se explica la maldad que hay en el mundo, disfrazada de generosidad y benevolencia. No soy quien para juzgar, pero lo encontramos a cada nada y por eso, más vale estar en guardia.

 

No debemos temerle, porque como bien nos dice Cristo, quien guarda sus mandamientos y le ama, Él y Dios Padre harán morada en el, pues quien ama a Cristo ama a Dios y en ello encuentra Dios Padre su gloria.

 

Cristo no muere en la cruz por obra del mal, no es el mal el que lo ha vencido. Todo lo contrario. Tal como nos lo dice: “pero ha de saber el mundo que amo al Padre y que obro según el Padre me ha ordenado”. Es cumpliendo las órdenes de Dios Padre que Jesús llega hasta el extremo de dar su vida por nosotros. Es que su Voluntad es salvarnos y sólo puede hacerlo mostrándonos que es posible.

 

Dios nos quiere libres; no nos quiere esclavos de nada, ni por nada. Es preciso que Él muera en la cruz para que quedemos convencidos que hay una opción. No nos olvidemos que no solamente muere. No podemos quedarnos en su muerte…Muere y ¡Resucita! En eso consiste nuestra salvación. El Señor, Rey de reyes ha vencido al mundo. No hay ley que se le pueda imponer, ni nada que lo pueda someter…él es superior; él Es.

 

 

 

Oremos:

 

Señor mío Jesucristo, que siempre opte por ti. Que no me deje acobardar ni amedrentar por el maldito homicida y mentiroso demonio. ¡Que siempre camine en Tú luz!

 

Purifícame, sáname, sálvame…Mándame ir a Ti

 

 

 

Roguemos al Señor…

 

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

 

 

Bookmark and Share

Reflexión: Lc 24,35-48

Lc 24,35-48

Como los discípulos entonces, nosotros hasta ahora no salimos de nuestra perplejidad. No nos creemos todo lo que se nos ha dicho. No nos creemos lo que nos ha enseñado Jesús. Queremos interpretarlo y adaptarlo a nuestra comprensión, a nuestra razón , que por si fuera poco está distorsionada por una serie de complejos, traumas, limitaciones, prejuicios y mil obstáculos que hemos ido creando a lo largo de nuestra vida para que todo parezca y sea como nosotros queremos. Así, con tanta basura acumulada, con tatos parches, mentiras, hipocresías, superficialidades y castillos edificados sobre la arena, así con estos lentes contra el astigmatismo, cuando en realidad tenemos miopía, es imposible verlo. Y sin embargo Él está aquí, al lado de cada uno de nosotros, rodeándonos, abrazándonos, envolviéndonos, guiándonos, llevándonos, levantándonos, cuidándonos, empujándonos, propiciando cada situación, dándonos amor, dándonos vida.

Debemos sacudirnos de todo prejuicio, de todo temor, de todo pesimismo. El Señor está con nosotros y ¡ha vencido al mundo! Pedir al Señor que purifique nuestra alma, nuestra mente y nuestro corazón. Que nos haga como niños, como una fuente cristalina de agua fresca y pura, como el día más transparente, templado y soleado, frescos como la brisa del mar que da sobre nuestro rostro cuando paseamos por una playa en primavera. Que nos haga dóciles para encontrarlo y verlo en nuestras vidas, allí donde menos esperamos…En realidad, allí donde posamos los ojos. Porque Él está en todas partes…acompañándonos, guiándonos, mostrándonos el Camino. El nos dice donde debemos dar el siguiente paso, donde debemos posar nuestros pies y nosotros le oímos, pero no siempre le hacemos caso.

Somos necios. No nos llegamos a creer todavía que Él está a nuestro lado y que sólo quiere nuestra felicidad; la de todos y cada uno de nosotros. Sólo debemos hacerle caso. Oír y hacer ciegamente lo que Él nos dice. No hay nada que nos proponga que no sea por nuestro bien y si nos cuesta, seguramente la recompensa será muchísimo mayor. Solamente tienes que tirar la red del lado que Él te indica y verás que la pesca será abundante.

“Así está escrito que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día y se predicara en su nombre la conversión para el perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén. Vosotros sois testigos de estas cosas”. Hemos sido testigos y somos los primeros beneficiarios de esta Gracia. Somos consientes de ello. Somos testigos. Los testigos están llamados a dar testimonio verás de lo que han visto, oído y creído.

Oremos:

Señor acrecienta nuestra Fe. Creemos en Ti, pero no lo suficiente, por eso a veces flaqueamos, dudamos, nos acobardamos. Haznos un instrumento de tu Fe.

Queremos andar confiadamente por los caminos, sabiendo que Tú estás siempre a nuestro lado.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

Bookmark and Share

Reflexión: Lc 24,35-48

Lc 24,35-48

Apareciendo nuevamente entre sus discípulos, con el saludo de la paz y pidiéndole algo de comer, Jesús trata de acabar con el desconcierto entre ellos, centrarlos y encaminarlos nuevamente en su misión. Todo lo que ha ocurrido ha sucedido como estaba escrito y, algo que es sumamente importante: ustedes son testigos de estas cosas.

Un testigo está llamado a dar testimonio. El Señor nos compromete a eso. Ustedes saben, ustedes conocen, porque lo han visto…están llamados a darlo a conocer, a testificar, a llevar la Buena Nueva, a evangelizar. Este es un mandado, es nuestro DEBER. Como dice el documento de nuestros obispos en Aparecida: NO ES OPCIONAL.

Esto quiere decir, en mi modesto entender, que por ello seremos juzgados, que de eso se nos pedirá cuentas; que de esta forma podemos dar muestra concreta de amor, es decir si con nuestros actos EVANGELIZAMOS. ¿Y cómo podemos evangelizar al mundo con nuestros actos? Pues siendo verdaderos cristianos…Y, ¿Qué hace un verdadero cristiano? ¿Cómo se puede reconocer a un verdadero cristiano? No por lo que dice, ciertamente, si no por lo que hace.

Un verdadero cristiano es un hombre de paz. Un hombre que lleva y da la paz, tal como lo hizo el Señor. No es por costumbre o un mero modismo, que Jesús saluda de este modo a sus discípulos a penas los ve: “La paz con vosotros”. Es que para quien ha comprendido el mensaje, para quien ha sido testigo de todo esto que el Señor resume con las siguientes palabras: “Éstas son aquellas palabras mías que os hablé cuando todavía estaba con vosotros: ‘Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí’”. Para quien ha entendido el mensaje del Señor, decía, no puede haber sino paz; la paz de quien ha resuelto todos los nudos, de quien ha encontrado por el fin el Camino, de quien ha encontrado explicación y sentido a la Vida. Es Cristo, su vida, muerte y resurrección quien da sentido a nuestras vidas…Quien ha sido testigo, y quien realmente lo ha comprendido, deber tener la paz del Señor y debe darla.

Tener la paz del Señor y darla implica hacer un alto en el camino, hacer una reingienería total a nuestras vidas y mirar el mundo con otros ojos. Implica poner primero el amor. Esto quiere decir, empezando desde este momento, desde este segundo, poner a nuestros hermanos en primer lugar y vivir para dar antes que para recibir. Dar, amar, quiere decir desprenderse. Es cambiar totalmente el eje central de nuestras vidas y por ende, todos nuestros planes y proyectos. Es vivir hoy y cada día como un verdadero cristiano, y esto sólo se logra si cada día, a cada instante, todo el tiempo amas. ¿Cómo? ¿A quién? Empezando por quien está a tu lado y siguiendo con cada creatura que vayas encontrando en este tu día. Todos tienen que saber de Cristo. La noticia es urgente, es prioritaria, no puede esperar. La darás a conocer no con bonitas y rebuscadas palabras, sino con tu vida, con tus actos, con tus actitudes, con tu proceder cotidiano, a cada instante.

Oremos:

Señor ayúdame a caminar por este mundo siendo tu testigo. Dame el valor para anunciarte en cada uno de mis actos, con cada gesto, desde que amanece hasta que termine el día. Que vaya derramando paz y amor por donde pase. Que no necesite abrir la boca para que te reconozcan y si en todo caso habré de hacerlo, que sólo sea para proclamarte. ¡Dame tu paz y tu amor!

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

Bookmark and Share

Reflexión: Mt 5,20-26

El Camino que el Señor nos muestra es exigente. No es cuestión de pasar todo por aguas tibias. Es una cuestión de actitud, como ya lo ha repetido antes. Pero una actitud que abarca y mueve todo nuestro ser; es profunda y determinante. Se trata de tener otra óptica, otra perspectiva en la vida, donde siempre nuestros hermanos son primero, más aún si los hemos ofendido o si creemos que tienen algo contra nosotros. Tenemos que saldar nuestras deudas.

No podemos pretender dirigirnos a Dios, empezar a orar, si no estamos en paz con nuestros hermanos. Pero se trata de una paz verdadera, no de apariencias, no de un puro barniz.

Así que el ser seguidores de Cristo, de un Dios que es Amor, no quiere decir que las penas sean más benignas, que podemos andar por la vida con indiferencia, instalados cómodamente, porque total, el Señor ya nos ha salvado. ¡No! Nuestra salvación la alcanzaremos en la medida en que sintonicemos con Él, en la que hagamos con nuestra vida lo que debemos hacer, en que pongamos las cosas en el orden que merecen, primero nuestros hermanos, primero el amor, primero el servicio y luego nosotros.

Busquemos la paz y la concordia en todo y con todos, incluso con aquél que mantenemos querella por algún motivo. Procuremos ponernos de acuerdo. La propuesta que nos hace el Señor no es fácil. No es el camino llano y parejo del indiferente, del que pasa piola. Se trata de jugársela día a día por el evangelio, allí donde nos toque estar.

¿Y qué significa jugarse por el evangelio? Pues vivir como Cristo…En resumen: Amarnos los unos a los otros, como Él nos ha amado.

¡Cuidado con las medidas que el Señor propone! Son exigentes, porque el mundo es exigente. Porque lo será en tanto que haya hambre, miseria, injusticia, pobreza y dolor.

Oremos:

Señor, enséñanos a perdonar de verdad. Danos el ánimo, la valentía, la creatividad y la generosidad para devolver bien por el mal que recibimos, venga de quién venga.

Que hagamos del bien, del amor, de la paz y la justicia nuestras banderas comprendiendo que finalmente lo que hacemos lo hacemos por Ti, es decir por alguien que va muchísimo más allá de lo que vemos, de lo que parece.

Que comprendamos que aunque a veces nos asaltan las dudas, tras todo ser humano, tras toda persona, por más despreciable que nos pueda parecer, estás Tú.

Que estemos siempre dispuesto a perdonar, como Tú lo haces con nosotros.
Que llevemos esperanza…Las cosas pueden y van a cambiar. Mejorarán.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

Bookmark and Share

Reflexión: Lc 10, 1-9

Lc 10, 1-9

Jesús envía a sus misioneros y les dice cómo deben comportarse…Tenemos que ir anunciándole, si llevar nada más que su palabra, que es un mensaje de paz y amor, quedándonos con quien quiere recibirnos. No andar de aquí para allá, sino quedarnos y compartir todo con quien nos reciba.

La misión no es fácil, pero quien tiene a Dios, nada le falta. No es preciso nada. Confiar en Dios, apoyarnos entre nosotros y en quienes nos quieran recibir. Con solo estas recomendaciones y la advertencia que vamos como corderos en medio de lobos, debemos afrontar nuestra misión. No hay nada más que decir, pues ya nos ha dado todo. Hay que tener fe, y con la fuerza del Espíritu Santo, marchar adelante, anunciando la Buena Nueva a quienes quieran oírla.
Nuestra misión es anunciar.

Oremos:

Señor danos lucidez e inteligencia para entender cuál es nuestra misión, luego valor y perseverancia para cumplirla.
Que no andemos con tanto rodeo antes de ponernos en camino. Que entendamos que lo único que necesitamos, ya lo tenemos.
Que no nos detengamos, si no para recibir aquello que es justo y necesario.
Que no andemos como picaflores, aquí y allí, sino antes bien, que nos detengamos y profundicemos con quienes nos reciben, mientras permanecemos allí.
Que no nos detengamos, que no nos estanquemos. Que comprendamos que nuestra misión no estará culminada en tanto queden gentes que no conocen a Jesús, a Dios Padre y al Espíritu Santo. En tanto hay pobreza, injusticia y atropellos.
Que seamos portadores de la paz y el amor de Dios Padre.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

Bookmark and Share

WordPress Themes

Better Tag Cloud