jul 08 2010

Mateo 10, 7-15

Texto del evangelio (Mt 10, 7-15)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus Apóstoles: «Id proclamando que el Reino de los Cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, purificad leprosos, expulsad demonios. Gratis lo recibisteis; dadlo gratis. No os procuréis oro, ni plata, ni calderilla en vuestras fajas; ni alforja para el camino, ni dos túnicas, ni sandalias, ni bastón; porque el obrero merece su sustento. En la ciudad o pueblo en que entréis, informaos de quién hay en él digno, y quedaos allí hasta que salgáis. Al entrar en la casa, saludadla. Si la casa es digna, llegue a ella vuestra paz; mas si no es digna, vuestra paz se vuelva a vosotros. Y si no se os recibe ni se escuchan vuestras palabras, salid de la casa o de la ciudad aquella sacudiendo el polvo de vuestros pies. Yo os aseguro: el día del Juicio habrá menos rigor para la tierra de Sodoma y Gomorra que para aquella ciudad».

Reflexión: Mt 10, 7-15

Las lecturas del evangelio estos días insisten en el papel misionero que debemos jugar todos los cristianos. No puede haber cristiano que no asuma la tarea de evangelizar. Eso es algo que debemos dar por sentado. El mundo necesita ser evangelizado, cristianizado; no podemos ser indiferentes ante esta tarea. Tenemos que involucrarnos y ser parte de ella. La misión es parte consustancial del ser cristiano. O para decirlo de otro modo, no hay cristiano sin misión.

El cristianismo es como un virus, que debe ser transmitido, contagiado. No se trata de una experiencia “muy personal”, que “llevo a mi modo” y que no trato de difundir porque “soy muy respetuoso de las creencias personales de cada quien”. No. Esta argumentación individualista, propia del siglo XXI quiere hacernos consentir que la fe es algo muy intimo y personal, que está ubicada en el ámbito personal y que por lo tanto cada quien tiene el derecho a ejercer o expresar a su modo. Así, cada quien “mata sus pulgas a su modo” y todos nos liberamos de responsabilidad.

Nada más adecuado para el Príncipe de la tinieblas, para el enemigo de Cristo, de la Luz y la Verdad, que dejar lo concerniente a la fe, al ámbito individual, personal y subjetivo, en el que nadie tiene que ver y por el que nadie debe pedir razones, como si estuviera bien que cada quien decida lo que le venga en gana. Es decir librado al relativismo moral.  Así, lo que está bien, lo que te conviene, depende de ti…depende de cada uno. Para alguno ha de ser esto, para otro, aquello. Es decir que lo Bueno, lo Justo, la Verdad queda librada al juicio individual, al juicio de cada quien…Esto parece lo correcto, sin embargo se trata de una argumentación falsa una celada tendida por el demonio para fomentar el individualismo, el relativismo y el egoísmo. Cada quien vela por sí mismo y responde por sí y a nadie le interesa nada más que su propio pellejo. Como si la Felicidad y la Vida Eterna se pudieran alcanzar sin que influya para nada, sin que tenga que ver para nada nuestra relación con los demás, lo que es TOTALMENTE FALSO.

Los evangelios de estos días nos lo recuerdan a cada paso. Tenemos una misión que se cumple en el mundo, en nuestra relación con los demás. Que no puede ser ejercida en la soledad de la montaña o en una isla, real o ficticia, en la que sólo importe yo. Y es importante notar que la misión no se ejerce con proclamas, con discursos, con citas memorizadas, dadas a conocer en plazas públicas…La misión se ejerce con hechos, con obras: “Curad enfermos, resucitad muertos, purificad leprosos, expulsad demonios.”

Se trata de transformar el mundo por el ejemplo y por la fe. No es lo que diga, sino lo que hago, lo que ha de arrastrar. No es a mí, sino a Jesús y al Padre al que habrán de descubrir quienes nos sigan, quienes busquen explicación de nuestro proceder. Hemos de ser sumamente delicados y cuidadosos con eso. Jesús, a través nuestro, llama y convoca a todos, a vivir en paz, en armonía, en el amor. Es de esto que debemos dar testimonio. En esto consiste nuestra misión. A esto nos manda Jesús al mundo; esta es la tarea que se nos encomienda. “Id proclamando que el Reino de los Cielos está cerca.”

Oremos:

Padre Santo, haznos dignos de la Misión encomendada. Permite purificar nuestros espíritus, nuestros corazones, para poner cada cosa en su lugar, empezando por la razón que estamos en este mundo, que no es otra que cumplir con Tu Voluntad. Que entendamos que ello no es ajeno a la vida, sino todo lo contrario, que ello da sentido a nuestras vidas. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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jul 04 2010

Lucas 10, 1-12.17-20

Texto del evangelio (Lc 10 1-12.17-20)

En aquel tiempo, designó el Señor otros setenta y dos y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir Él. Y les decía: «La mies es abundante y los obreros pocos: rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies. ¡Poneos en camino! Mirad que os envío como corderos en medio de lobos. No llevéis talega, ni alforja, ni sandalias; y no os detengáis a saludar a nadie por el camino. Cuando entréis en una casa, decid primero: ‘Paz a esta casa’. Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros. Quedaos en la misma casa, comed y bebed de lo que tengan: porque el obrero merece su salario. No andéis cambiando de casa.

»Si entráis en un pueblo y os reciben bien, comed lo que os pongan, curad a los enfermos que haya, y decid: ‘Está cerca de vosotros el Reino de Dios’. Cuando entréis en un pueblo y no os reciban, salid a la plaza y decid: ‘Hasta el polvo de vuestro pueblo, que se nos ha pegado a los pies, nos lo sacudimos sobre vosotros. De todos modos, sabed que está cerca el Reino de Dios’. Os digo que aquel día será más llevadero para Sodoma que para ese pueblo».

Los setenta y dos volvieron muy contentos y le dijeron: «Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre». Él les contestó: «Veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad: os he dado potestad para pisotear serpientes y escorpiones y todo el ejército del enemigo. Y no os hará daño alguno. Sin embargo, no estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo».

Reflexión: Lc 10, 1-12.17-20

El Señor nos envía a proclamar el Reino, manteniendo una actitud peculiar: no debemos preocuparnos por llevar nada, porque recibiremos todo lo que necesitamos; debemos, eso sí,  llevar paz a quienes estén dispuestos a aceptarla y quedarnos con ellos, sin más que lo que nos ofrezcan. No se trata de andar cambiando de casa, buscando probablemente la mejor, la que más nos acomoda, la que más nos brinda, no, sino más bien de aquilatar y apreciar lo que nos dan de corazón, porque cada quien recibe el fruto de su esfuerzo y si esto es lo que te ofrece compartir, debes aceptarlo, porque él lo tiene merecido.

El Señor confiere todo su poder a quien de este modo se dispone a seguirlo, cumpliendo con la Voluntad del Padre.  Estamos nuevamente frente a una situación que depende de la fe. El Señor da poder a quien de veras elige proclamar la Buena Nueva del Reino, a quien decide anunciarlo. El enemigo, el demonio está ahí, saldrá a nuestro encuentro, sin embargo no hemos de temer nada, porque tenemos poder para curar enfermos, expulsar demonios,  “para pisotear serpientes y escorpiones y todo el ejército del enemigo.”

La oferta del Señor es incomparable, para quien decide aliarse con Él, para quien decide ponerse a sus órdenes y marchar anunciando el Reino. No hemos de temer, porque el Señor nos ha dado todo el poder para derrotar al enemigo. Sin embargo aun aquí también el Señor nos hace una observación, una advertencia sobre cuál debe ser nuestra actitud. No se trata de vanagloriarnos por lo que conseguimos, no, sino de estar alegres porque cumplimos la Voluntad del Señor, porque hemos sido escogidos, porque tenemos un lugar reservado al lado del Padre. “No estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo.”

Esta debe ser nuestra perspectiva todo el tiempo. Tener nuestros tesoros allí donde no entra la polilla, ni corroe el gusano. Es por Él que nos movemos, es por Él que somos y actuamos. Es por Él que tenemos el poder y por Él que nuestra vida adquiere otro valor.

Oremos:

Señor Jesús, danos fe suficiente para andar por Tus caminos, sin doblegarnos, sin dudar, sin temer a nadie, sin más defensa y más precaución que Tu Palabra. Permítenos anunciar el Reino con nuestra propia vida. Que seamos portadores de alegría y paz a los corazones de todos nuestros hermanos. Que no seamos motivo de discordia, ni entremos en disputa por bienes materiales. No permitas que estas cosas nos dividan, nos enfrenten y separen. Antes bien, que entreguemos generosamente lo que nos reclaman, y nos alegremos por hacer lo que te agrada. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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may 17 2010

Juan 16, 29-33

Texto del evangelio (Jn 16, 29-33)

En aquel tiempo, los discípulos dijeron a Jesús: «Ahora sí que hablas claro, y no dices ninguna parábola. Sabemos ahora que lo sabes todo y no necesitas que nadie te pregunte. Por esto creemos que has salido de Dios». Jesús les respondió: «¿Ahora creéis? Mirad que llega la hora (y ha llegado ya) en que os dispersaréis cada uno por vuestro lado y me dejaréis solo. Pero no estoy solo, porque el Padre está conmigo. Os he dicho estas cosas para que tengáis paz en mí. En el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo!: yo he vencido al mundo».

Reflexión: Jn 16, 29-33

El Señor nos advierte que no es fácil su seguimiento…Tendremos tribulación. Sin embargo, no debemos desmayar ni desanimarnos:   “¡ánimo!: yo he vencido al mundo”.

Estas son palabras que deben resonar constantemente en nuestro interior. De ellas debemos sacar la fuerza para proseguir. Y cuando todo parezca oscuro, difícil, imposible, que hay momentos así en la vida, debemos recordar que Jesús ha vencido al mundo, que la victoria está asegurada, que finalmente triunfará la verdad. No debemos dejarnos desmoralizar, desesperanzar…Todo lo contrario, a ejemplo de Jesús, debemos animarnos unos a otros y animarnos nosotros mismos.

Cuanto más difícil y desoladora parece una situación, cuando tendemos a ver todo gris y oscuro, cuando nos sentimos solos e indefensos, cundo el mundo entero parece ensañarse contra nosotros, debemos buscar un momentito, apartarnos como Jesús y orar al Padre…el nos mostrará el camino, la salida…el soplará el Espíritu Santo que vendrá a darnos el consuelo y la esperanza necesarios.

Todo tiene algún motivo, aunque quizás ahora nos cueste verlo.  Dios nos ama y solo quiere nuestro bien. Ordenemos nuestra vida hacia él y no dejemos que nada nos desanime y aparte del camino. Él sabrá recompensarnos, confortarnos y darnos la fortaleza para mantenernos inquebrantables en su seguimiento.

No permitamos que desfallezca en nosotros el amor, que ha de ser el motivo de todos nuestros actos, de todos nuestros propósitos, de toda nuestra vida. No olvidemos que esta vida es finita y que hemos de transitar por ella “ligeros de equipaje”. Cuanto menos atesoremos, más libres seremos para servir y dar lo que tenemos. No nos hagamos esclavos de nada: ni del prestigio, ni de las propiedades, ni de la situación social o económica. “Hasta el último de nuestros cabellos está contado”. Seamos libres y vivamos para servir.

Oremos:

Padre Santo, danos tu consuelo eterno. No permitas que nos alejemos de ti y cuando más profundo y negro nos parezca el porvenir, permítenos ver la esperanza de Tu Reino. Permítenos tener ánimo aun cuando nos falta salud, aun cuando no tenemos trabajo, aun cuando el mundo entero parece ensañarse con nosotros…¡Danos esperanza, danos fe, danos paz, danos alegría, danos optimismo! Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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abr 11 2010

Juan 20,19-31

Texto del evangelio (Jn 20, 19-31)

 
Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros». Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: «La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío». Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré».

Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo: «La paz con vosotros». Luego dice a Tomás: «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente». Tomás le contestó: «Señor mío y Dios mío». Dícele Jesús: «Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído».

Jesús realizó en presencia de los discípulos otras muchas señales que no están escritas en este libro. Éstas han sido escritas para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre.

Reflexión: Jn 20, 19-31

El encuentro con el Señor es íntimo, personal. El viene y se presenta ante nosotros en ese momento de intimidad, en el que cerrando las puertas  nos encontramos con nosotros mismos. Es aquella actitud penitente, reflexiva, humilde asumida por esta primera comunidad cristiana, la  de los discípulos de Jesús, que es iluminada, fortalecida por la presencia de Jesús. Es sobre esta comunidad y en esa actitud que el Señor sopla el Espíritu Santo.

Es pues este el ejemplo de recogimiento y de oración comunitaria que debemos seguir, sabiéndonos humildes e indefensos sin Él, pero al mismo tiempo invencibles en la construcción del Reino, de cuyo triunfo nos ha dado garantía absoluta.

Es verdad, es cuestión de fe y no hay peor sordo o peor ciego que el que no quiere oír o ver. Nada le convencerá al escéptico, que como Tomás, necesita tocar las heridas para convencerse. Es posible que aún a aquél incrédulo el Señor, en su divina providencia tenga a bien presentarle señales tan claras, tan obvias e irrefutables como las mostradas a Tomas.

Sin embargo, no debemos esperar ello para creer. No debemos ser tan necios. Tenemos sobradas señales tan claras como que dos más dos es cuatro,  para creer. Las evidencias están escritas y narradas en La Biblia, tal como Jesús les hizo comprender a los discípulos camino a Emaus. Toda esta Historia Sagrada, de cientos de años, tiene una lógica. Es una historia de amor. Del Amor inconmensurable de nuestro Padre Creador, que espera impaciente reunirse con nosotros; que nos quiere a todos de vuelta; que no quiere que se pierda ni uno solo…Que nos amó al extremo de no reparar en sacrificio alguno por tenernos a su lado. Un Padre que envió a su único Hijo, con una Misión: hacer Su Voluntad. Esta es, “salvarnos de la muerte y del pecado” a toda costa, incluso de su preciosa sangre.

Esto fue lo que hizo Jesús. Murió por nosotros en la Cruz y Resucitando nos reconcilió con el Padre, abriéndonos el Camino de la Vida Eterna. Sí, es verdad, estamos en camino…Hay todavía unas cuantas pendientes, algunos valles y uno que otro desierto que remontar, pero Jesús va adelante, señalándonos el camino, iluminándolo cuando es necesario, ayudándonos, jalándonos, animándonos. El Padre ya se ha incorporado y está saliendo apresurado a la verja, con los brazos abiertos…ya nos ha divisado. ¿Vamos a dejarlo por falta de fe? ¿Vamos a desairarlo y tomar otro camino, después de todo lo que ha hecho Jesús por orientarnos y encaminarnos?

¡Qué más evidencia queremos! ¿Qué otra prueba? ¡No se darán más pruebas que las de Jonás! ¡No pongamos excusas! ¡No nos dejemos engañar por el demonio! ¡Si ponemos las manos en el arado y miramos hacia atrás, no servimos para el Reino!

Hagamos pues una reflexión íntima y sincera…¿A qué tememos? ¿Qué es lo que nos impide ver a Jesús? ¿Qué estamos haciendo para que entre en nuestras vidas; para verlo presente ante nosotros? ¿No ha venido hoy a ti o es tal vez que no has querido verle? Medita con mucho recogimiento estas palabras. Ábrete; sincérate, el Señor está contigo diciéndote lo que debes hacer.

Oremos:

Padre Santo, no dejes que el ruido de la calle, el ruido de mis compromisos, de mis deseos, de mis angustias, de mis temores y anhelos, me impidan ver a Jesús, que irrumpe en mi vida para mostrarme el Camino. Acrecienta mi fe… Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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abr 08 2010

Lucas 24, 35-48

Texto del evangelio (Lc 24, 35-48)

En aquel tiempo, los discípulos contaron lo que había pasado en el camino y cómo habían conocido a Jesús en la fracción del pan. Estaban hablando de estas cosas, cuando Él se presentó en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros». Sobresaltados y asustados, creían ver un espíritu. Pero Él les dijo: «¿Por qué os turbáis, y por qué se suscitan dudas en vuestro corazón? Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo. Palpadme y ved que un espíritu no tiene carne y huesos como veis que yo tengo». Y, diciendo esto, les mostró las manos y los pies. Como ellos no acabasen de creerlo a causa de la alegría y estuviesen asombrados, les dijo: «¿Tenéis aquí algo de comer?». Ellos le ofrecieron parte de un pez asado. Lo tomó y comió delante de ellos.

Después les dijo: «Éstas son aquellas palabras mías que os hablé cuando todavía estaba con vosotros: ‘Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí’». Y, entonces, abrió sus inteligencias para que comprendieran las Escrituras, y les dijo: «Así está escrito que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día y se predicara en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén. Vosotros sois testigos de estas cosas».

Reflexión: Lc 24, 35-48

Jesús resucitado se presenta a los discípulos, pero estos no acaban de convencerse que se trata de Él mismo y no de un espíritu. Como a ellos, el temor nos impide creer. No nos damos íntegramente por temor.  ¿Y si no fuera cierto?, nos preguntamos…¿Y si perdemos? ¿Y si nos hacen fraude? ¿Y si nos ganan?  Todos esto temores nos impiden seguir a Jesús.

¿Por qué nos aferraremos así, de este modo a la vida y a las comodidades? Estamos dispuestos a sacrificar muy poco; quizás solamente lo que nos sobra, aquello de lo que podemos prescindir; aquello que no nos hace falta. No estamos dispuestos a comprometer y mucho menos sacrificar nuestra vida.

Muy fácilmente hablamos de amor, de ética, de moral y de preceptos cristianos, pero estamos dispuestos a pasarlos por alto si su cumplimiento nos exige algún sacrificio significativo. No entendemos o no queremos darnos por enterados que el seguimiento de Cristo tiene que ver con la vida misma. No se trata de recitar nada o de presentar argumentaciones sumamente razonables y lógicas; no es una actividad intelectual. Se trata de manifestarlo en cada una de las acciones de nuestra vida. Es en cómo encaramos la vida, cómo nos comportamos que se nos ha de reconocer, exactamente como los discípulos contaron que habían reconocido al Señor.

De eso se trata, de dar ejemplo, de dar testimonio…de dar que hablar, por lo que somos y hacemos, no por lo que decimos. “Así está escrito que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día y se predicara en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones…” Pero esta predicación, que muchas veces entendemos como la proclamación de la Palabra por plazas y calles, ha de ser sobre todo con el ejemplo. Es el ejemplo el que arrastra. Nosotros, si creemos en Cristo, si hemos de seguirle, tenemos como misión “predicar la conversión”, para ello debemos ser conversos nosotros mismos. Este proceso tiene que darse en nosotros y no será algo que pueda o deba leerse en nuestro DNI o en alguno de nuestros títulos, sino que se verá y los demás lo reconocerán.

Oremos:

Padre Santo, permíteme salir de la vorágine de las presiones y responsabilidades mundanas, para ver las cosas con otra perspectiva, desde la óptica de Cristo, para actuar y desenvolverme en cada momento, en cada acto, cristianamente, sin tranzar en nada con el demonio, es decir, sin llevar una doble vida. Que se imponga el seguimiento a mi Señor, antes que mis intereses o el quedar bien con tal o cual. Que aprenda a vivir en la caridad, y el mundo entero lo vea y reconozca, como señal de conversión. Amén.

Roguemos al Señor…

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dic 24 2009

Lucas 1, 67-79

Texto del evangelio (Lc 1, 67-79)

 
En aquel tiempo, Zacarías, el padre de Juan, quedó lleno de Espíritu Santo, y profetizó diciendo: «Bendito el Señor Dios de Israel porque ha visitado y redimido a su pueblo y nos ha suscitado una fuerza salvadora en la casa de David, su siervo, como había prometido desde tiempos antiguos, por boca de sus santos profetas, que nos salvaría de nuestros enemigos y de las manos de todos los que nos odiaban haciendo misericordia a nuestros padres y recordando su santa alianza y el juramento que juró a Abraham nuestro padre, de concedernos que, libres de manos enemigas, podamos servirle sin temor en santidad y justicia delante de Él todos nuestros días. Y tú, niño, serás llamado profeta del Altísimo, pues irás delante del Señor para preparar sus caminos y dar a su pueblo conocimiento de salvación por el perdón de sus pecados, por las entrañas de misericordia de nuestro Dios, que harán que nos visite una Luz de la altura, a fin de iluminar a los que habitan en tinieblas y sombras de muerte y guiar nuestros pasos por el camino de la paz».

Reflexión: Lc 1, 67-79

Estamos a tan sólo unas horas del suceso más extraordinario en la historia del universo. Nuestro Creador, fiel a Sus promesas, formuladas por boca de los profetas desde tiempos inmemoriales, nos enviará al Salvador, al Mesías, al Redentor. Y lo hará con intervención nuestra, pues María, la Virgen María, ha aceptado el Plan que Dios Padre tuvo desde siempre, para hacer que su Hijo, Jesucristo, naciera como cualquier hombre, de su seno materno.

El misterio maravilloso al que asistimos trasunta a un Dios que es Amor, que nos amó primero, a tal extremo de enviar a Su Hijo para que hecho hombre, tal como cualquiera de nosotros, nos proponga el Camino, sin mellar en modo alguno nuestra dignidad y nuestra libertad. Si Jesucristo hecho hombre, pudo vivir el amor, al extremo de morir en la cruz para redimirnos, y enseñarnos el Camino de la Paz y del Amor, fue tan solo para decirnos que Dios es nuestro Padre, que nos ama desde siempre y quiere lo mejor para nosotros. Que Él quiere que vivamos eternamente, y que para eso hay un único Camino: “que amemos a Dios como el nos ama y a nuestro prójimo como a nosotros mismos”.

Es esto lo que Zacarías, padre de Juan el Bautista, anuncia tras su inspirado discurso. Recordemos que Zacarías era un anciano, como muchos de aquellos que dejamos de lado, porque al parecer ni oyen ni hablan, y los tenemos como bultos a nuestro lado, pues algunos los ignoramos descaradamente en nuestras conversaciones, como si no existieran, sólo por el hecho de ser ancianos y estar enfermos. Hablamos entre nosotros e incluso muchas veces hablamos mal de ellos o de sus intimidades delante de ellos, como si fueran objetos…De tanto ignorarlos, vamos dejando que se hundan en tal depresión, que llega un momento en que realmente se sienten incapaces de tomar la palabra, de dar su opinión. Así imagino que se encontraba postrado Zacarías cuando rompió su silencio para dar este hermoso discurso que dejó maravillados a todos los que, conociéndolo, lo oyeron. Es que para Dios, nada es imposible. Si fuera preciso, hasta las piedras alabarían su Santo Nombre…

Oremos:

Padre Santo, permite que participemos de modo muy especial en el Sacramento de la Reconciliación…pidamos al Señor perdón de nuestras faltas y dispongámonos a recibirlo con el Alma pura y limpia. Que solo quepa Él, que lo ilumine todo, que lo purifique todo. Que nos sintamos llenos y rebosantes de alegría y que la llevemos a los demás. ¡Amén!

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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nov 04 2009

Lucas 14, 25-33

Texto del evangelio (Lc 14,25-33)

 
En aquel tiempo, caminaba con Jesús mucha gente, y volviéndose les dijo: «Si alguno viene donde mí y no odia a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas y hasta su propia vida, no puede ser discípulo mío. El que no lleve su cruz y venga en pos de mí, no puede ser discípulo mío.

»Porque ¿quién de vosotros, que quiere edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, y ver si tiene para acabarla? No sea que, habiendo puesto los cimientos y no pudiendo terminar, todos los que lo vean se pongan a burlarse de él, diciendo: ‘Este comenzó a edificar y no pudo terminar’. O ¿qué rey, que sale a enfrentarse contra otro rey, no se sienta antes y delibera si con diez mil puede salir al paso del que viene contra él con veinte mil? Y si no, cuando está todavía lejos, envía una embajada para pedir condiciones de paz. Pues, de igual manera, cualquiera de vosotros que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío.

Reflexión: Lc 14,25-33

Estamos nuevamente ante la figura de nuestros Salvador. Su mensaje es muy claro y contundente; no deja lugar a dudas ni especulaciones. Pero nosotros queremos hacerlo inocuo. Es que posiblemente “de buena fe” queremos seguirlo; queremos ser cristianos. De algún modo Cristo nos ha deslumbrado…su Palabra, su mensaje ha calado hondo; no podemos desconocerlo…Nos conmueve. ¿Cómo no hacerlo, si habla de amor, el más sublime de los sentimientos?

Todos o casi todos hemos experimentado alguna vez el amor. Ya sea como padres, ya sea como hijos, ya sea como novios, como esposos o como amigos. Sobre todo cuando niños, cuando más inocentes y frágiles somos, el amor ha dejado en nosotros su huella indeleble. Sabemos en carne propia cuán grande puede ser el amor, sobre todo porque así lo hemos recibido, sobre todo en nuestra familia.

Conocemos también el dolor, el sufrimiento y el sacrificio. Algunos lo hemos experimentado en carne propia, otros lo hemos visto y comprendido también en familia. Lo vimos en nuestros padres, en nuestros abuelos, en nuestros hermanos o en algún pariente cercano. Aprendimos a valorarlos como parte de la vida y por sobre todos ellos, al amor, que se mantuvo inamovible cuando más arreció la tormenta.

Fue entonces que muchos conocimos a Jesús, el ejemplo más sublime de Amor; el Amor de Dios; el Amor del Padre Eterno, que no contento con crearnos y regalarnos la vida, interviene en nuestra historia, sin desmedro de nuestra libertad, para mostrarnos el Camino y no tiene reparos en enviar a Su propio Hijo para ello. Jesús, viviendo como nosotros, muriendo en la cruz por nuestros pecados y resucitando, nos muestra el Camino, nos muestra el Amor llevado al extremo. Es El Modelo. Es La Pauta, La Norma…

Por eso dice Jesús: “El que no lleve su cruz y venga en pos de mí, no puede ser discípulo mío.”

Todo esto es lo que hemos aprendido por enseñanza de nuestra Santa Madre Iglesia,  por enseñanza de nuestros padres, de nuestra familia. Todo esto lo conocemos y sabemos muy bien los cristianos. Pero incluso los que no lo son, llevan esta impronta de Dios en el alma, que les permite tomar contacto y conocer esta realidad. Porque el hombre es una creatura Divina, creada para el Amor.

Sin embargo, aunque casi todos lo sabemos y lo hemos experimentado, pocos estamos dispuesto a seguirle, tal como nos lo propone en la lectura de hoy. Así, elevamos el seguimiento de Jesús a nivel de poesía, de declaraciones líricas hermosas, incluso de canciones, pero no nos dejamos transformar, ni transformamos el mundo con Su Palabra, como Él lo exige. Es que oírlo y comprenderlo es una cosa, pero de ahí a hacer lo que dice, hay un trecho muy grande y exigente, que preferimos obviar. Ese es el drama de nuestro tiempo. Por eso tanta pobreza, tanta injusticia, tanto dolor y sufrimiento. Cuando tenemos todo en nuestras manos, para cambiar la historia, paradójicamente hemos renunciado a salvarnos, por retenerlo y atesorarlo todo. Nos hemos vuelto idólatras…hemos perdido la perspectiva.

Oremos:

Padre Santo, ayúdanos a retomar el Camino, a volver por el Sendero del Amor, del seguimiento a Cristo, Tú Hijo.

Acrecienta nuestra Fe y danos el valor para dejar lo que tengamos que dejar, con tal de seguirte a Ti, que sólo quieres nuestra Salvación.

Danos un corazón inmenso, grande y noble, para amar. Para amar a todos, sin distinción y sin límites. Amén

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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oct 22 2009

Lucas 12, 49-53

Texto del evangelio (Lc 12,49-53)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «He venido a prender fuego en el mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo! Tengo que pasar por un bautismo. ¡y qué angustia hasta que se cumpla! ¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división. En adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos: el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra».

Reflexión: Lc 12,49-53

Este es el Jesús que nos negamos a ver, que nos resistimos a conocer. Qué lindo es ver una imagen medio bobalicona en estampitas y figuras de yeso. Pero qué distante está ese Jesús inocuo, que nos acepta a todos por igual, no importa lo que estemos haciendo, no importa lo que acabamos de hacer -aun cuando tengamos sangre fresca de nuestros hermanos en las manos- de aquél Jesús que nos habla en las Escrituras. “He venido a prender fuego en el mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo!”

El Señor no se anda con rodeos. Él sabe, como nosotros, que hay tareas urgentes que realizar, tareas urgentes que afrontar, que deben ser encaradas inmediatamente, con valentía y decisión, que no hay tiempo para estar con contemplaciones y medias tintas. ¡No podemos pretender conciliar el bien con el mal! Y eso, traerá división.  ¡Sí! Porque tenemos que decantarnos…O estamos con uno o estamos con otro. ¡No podemos estar con los dos!

Estas no son palabras pías, simbólicas, metafóricas. Son crudas y descarnadas. ¿Eres o no eres? Si no eres, sal de aquí, salpica, ¡fuera…! ¡Basta de enjuagues! ¡A los tibios, los vomitaré!

Si eres, respira profundo y agarra con firmeza el timón, para que resistas la arremetida de los cobardes, de los traidores, de los mediocres, de los débiles…de los que no creen en Dios, de los que han hecho de Dios una mascarada que les abre muchas puertas y les da comodidad, de los que han tergiversado a nuestro Dios…

Si eres, confía en este Tu Dios, pues Él es bueno, y con esta misma claridad con la que nos habla hoy, nos ha ofrecido estar con nosotros HASTA EL FIN DEL MUNDO. Él es nuestra roca fuerte; Él nuestra fortaleza; Él nuestro Guía. Sin Él nada somos, nada podemos…Con Él, lo tenemos todo.

Recuerda que estamos navegando por un mar en que el maligno es el Príncipe, que en todo mete su cola, tergiversando todo, engañando, coqueteando, sobornando, amedrentando, coimeando, chantajeando, “endulzando”, en fin, tratando de hacerte creer que es posible una postura intermedia, que es posible estar con uno y con otro. ¡Pero no es cierto!

Recuerda también que El Señor, con su muerte y resurrección, ha vencido al Mundo; que Él es REY. Que Él está en la antípoda. Que venciendo a la muerte, ha vencido al maligno. Ese es el camino que nos invita a transitar. ¡Saquemos también nosotros a este pestilente demonio de nuestras vidas! Solos, no podremos…¡Con la ayuda del Señor, nada será imposible!

Oremos:

Señor, ven en nuestro auxilio. Nos hemos alineado en tus huestes. Somos tus fieles servidores. ¡Ordénanos! Protégenos…no permitas que decaigamos, que aflojemos, por el contrario, fortalécenos con Tu espíritu, para que te seamos fieles, leales, aun en la tormenta.

Señor, danos Tú consuelo. Amén.

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)
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oct 01 2009

Reflexión: Lc 10,1-12

Lc 10,1-12

Que la misión es urgente y que hay muchísimo que hacer para cristianizar el mundo, queda muy claro. No es fácil, sin embargo el Señor nos pide que no llevemos nada, y es que así debe ser el transitar de un seguidor de Jesús por el mundo: ligero de equipaje.

Nos cuesta realmente entender y vivir estas palabras. Pero la verdad es que el cristiano no puede adaptarse al mundo y aceptarlo mientras haya injusticia, mientras haya rencillas entre hermanos, mientras no haya paz, mientras la caridad no se imponga, mientras lo gobiernen las pasiones.

Somos indiferentes, mientras no se nos toca. Y procuramos por todos los medios que no se nos toque. Preferimos el estatus quo y estamos dispuestos a alinearnos con lo que venga, mientras no nos afecte. Pero esto es un error, pues no hay nada que aquí podamos cuidar de tal modo que prevalezca para siempre. Nosotros mismos estamos limitados y en el momento que menos pensemos o esperemos, podemos perder lo más preciado: nuestro trabajo, el crédito, nuestra reputación, nuestro carro, nuestra casa, un hijo, una esposa o esposo…un ojo, una pierna…la vida.

Si esto ha de ser así, ¿cómo y en qué debemos emplear el don más preciado que hemos recibido? El Señor nos manda y nos da una Misión. “Id; mirad que os envío como corderos en medio de lobos. No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias. Y no saludéis a nadie en el camino.” (…)”En la ciudad en que entréis y os reciban, comed lo que os pongan; curad los enfermos que haya en ella, y decidles: ‘El Reino de Dios está cerca de vosotros’”.

Esa es nuestra misión. Es a esto que debemos dedicar el don más preciado que hemos recibido: nuestra vida. Ser cristianos, ser como Él. Claro, nadie da lo que no tiene…Entonces debemos conocerle, pero no podemos usar esto como excusa tampoco, porque entonces diremos, todavía no lo conozco lo suficiente, así que hay que esperar…

El Señor conoce muy bien lo que hay en nuestros corazones. El que lo ve todo, nos indicará el camino. Solo hay que saberlo escuchar a través de la oración. Por eso no debemos dejar que la Vida de Gracia decrezca en nosotros…todo lo contrario, debemos fortalecerla. Recurrir constantemente a la oración y los sacramentos. Sin Él nada podemos…en cambio con Él, nada podrá interponerse en nuestra misión y podremos seguirla hasta alcanzar la Vida Eterna.

Oremos:

Señor, condúcenos por esta vida; no permitas que por ningún motivo nos apartemos de Ti Que no caigamos en la tentación de la soberbia, de la mentira, de los privilegios. Que caminemos rectamente hacia Ti, ya sea que llueva o truene.

Haznos capaces de conmovernos ante el dolor y el sufrimiento de los demás. Danos un corazón sencillo y simple. Danos serenidad. Que no alberguemos malos sentimientos, que los dominemos y nos sobrepongamos a ellos.

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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jul 09 2009

Reflexión Mt 10, 7-15

Mt 10, 7-15

¿Cómo debemos disponernos a cumplir nuestra misión? Pues confiando plenamente en el Señor. Debemos dar gratis lo que gratis hemos recibido y no debemos preocuparnos por nada, pues el Señor sabe lo que necesitamos y nos dará lo que necesitamos y merecemos. Si pudiéramos comprender la exigencia del Señor, no andaríamos preocupándonos por nada y mucho menos por lo que diremos o haremos en cada lugar. Se trata de hacernos TOTALMENTE  disponibles para cumplir con la misión encomendada. Entregarnos plenamente, sabiendo que todo lo que no podamos hacer o lo que dejemos de hacer por cumplir con la Misión encomendada, será cubierto por Jesús.

No tenemos que preocuparnos por la vestimenta, ni por la comida, ni por la ropa y ni si quiera por un lugar donde quedarnos. La estrategia es clara: buscar al vecino digno y quedarnos en su casa hasta el final. No andar cambiando de casa. Llevar la paz a donde vamos. Y si no nos reciben ni nos escuchan, darnos media vuelta y salir a otro lado. ¡No hay tiempo que perder! Vayamos donde nos reciban bien y nos escuchen. El Señor se encargará después, el día del juicio, de dar su merecido a quienes nos maltraten o no nos reciban, ni escuchen.

El Señor nos pide otra vez ordenar nuestras vidas, en función de lo que es realmente importante. Saber discernir y hacer con nuestro tiempo, con nuestra vida  y con todo lo que hemos recibido gratis, lo que debemos, es lo importante. Lo que recibiste gratis, dalo gratis. ¿Qué cosa podemos decir que merecíamos? ¿Qué de lo que tenemos lo hemos ganado? Nuestra vista, nuestra inteligencia, nuestra simpatía, el don de la palabra, nuestras extremidades, nuestra familia, nuestros padres, nuestros hijos?

¿Por qué nos perdemos entre tanta tontería y las convertimos en indispensables, cuando una sola cosa es importante…? Recordemos que cuando Martha le reprochó a Jesús que María no la ayudaba en las cosas de la casa, este le recordó que una sola cosa es importante y esta es la que había escogido María.

Oremos:

Ayúdanos Señor a confiar plenamente en Ti, a mantener una fe firme, fuerte e inquebrantable, sabiendo que si nosotros nos dedicamos a cumplir la Misión que nos has encomendado, tu estarás allí para poner todo aquello que hace falta, todo aquello que pudiera ser necesario tanto para nosotros, como para nuestros hermanos.

No hay nada de qué preocuparnos si estamos contigo; no hay nada que temer, incluso nada que prever. ¡Quién tiene a Dios, nada le falta!

Roguemos al Señor

Te lo pedimos señor.

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jul 03 2009

Reflexión Jn 20, 24-29

Jn 20, 24-29

Nuevamente la Iglesia nos propone reflexionar sobre la importancia de la Fe. El Señor comprende nuestra dificultad para creer sin evidencia y nos la concede en repetidas oportunidades. Ayer, después de perdonar los pecados al paralítico, lo hizo andar, solo para probar su poder a los incrédulos. Pero no es solo en el poder de sanar en el que nos invita a reflexionar, sino en el poder de perdonar, de limpiarnos del pecado, de redimirnos y salvarnos.

Es un su mensaje de salvación en el que quiere que creamos. Conocerle, quererle, aceptarle y seguirle…en eso radica la salvación. Por ello dice el Señor: “Dichosos los que no han visto y han creído”.

De aquí nace la responsabilidad de transmitir fielmente el evangelio, para que otros creamos, como aquellos creyeron. El Señor nos brinda el auxilio de su Gracia, la luz y fuerza transformadora del Espíritu Santo para que creamos en Él, y creyendo, demos testimonio con nuestra vida. Porque de eso se trata; no tanto de decir, de hablar, como de actuar. La fe la debemos mostrar en nuestro proceder, en nuestro modo de vivir y afrontar cada día, con sus cosas buenas y con las dificultades cotidianas, sabiendo que finalmente el Señor ha vencido a la muerte y con ello ha ganado para todos nosotros la vida eterna. Sabiendo que nuestro paso por aquí es efímero, pero que mientras dure debemos iluminar a nuestros hermanos. Para que quieran hacer lo que queremos, para que quieran vivir como vivimos, para que quieran amar como amamos, para que, finalmente y a través nuestro descubran y quieran al Padre, pues según nos lo ha revelado el mismo Señor Jesucristo, en ello consiste la Vida Eterna.

 

Oremos:

Ser para dar, eso es lo que te pedimos querido Señor nuestro. Que demos testimonio de ti en cada uno de nuestros actos. Que vivas en nosotros y nosotros e Ti, como Tú en el Padre.

Danos fe, ahora y en la hora de las dificultades, el dolor y la muerte. Que sepamos mantener la dignidad de hijos del Padre siempre y que nos abandonemos en sus brazos como lo hacen las aves, las flores…

Danos un corazón grande…muy grande, en el que sólo quepa el amor.

Roguemos al Señor

Te lo pedimos señor.

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may 31 2009

Reflexión: Jn 20, 19-23

Jn 20, 19-23

Hoy celebramos una fiesta muy especial: Pentecostés. El Señor nos deja su Espíritu, el Espíritu Santo como fuerza, como potencia que habrá de conducirnos por el camino, que habrá de guiarnos y ayudarnos en el seguimiento a Jesús. Solos no podemos. Es bueno que recordemos siempre esto. Esta es su obra y si estamos en ella, si estamos comprometidos en ella, no es por nuestros méritos, es porque hemos sido convocados por Él, porque Él nos quiere a su lado y si habremos de seguirlo y llevar su paz al mundo, si habremos de llevar amor y luz, no será por nuestros méritos, ni por nuestras excelentes cualidades, será por obra de Dios Padre, que trabaja en nosotros por medio del Espíritu Santo.

Hemos pues de pedirle en forma incansable que nos guie, que nos haga instrumentos suyos, que sin Él nada podemos. ¡Abandonémonos en sus manos! Vivamos la vida que Él dispone.

 

Oremos:

 

Padre Santo, que sea Tú y no yo quien oriente mi vida. Que sea Tú y no yo quien hable, quien obre, quien ame. Hágase Tú voluntad.

  

Roguemos al Señor…

 

Te lo pedimos Señor.

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