ago 11 2010

Mateo 18, 15-20

Texto del evangelio (Mt 18, 15-20)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Si tu hermano llega a pecar, vete y repréndele, a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no te escucha, toma todavía contigo uno o dos, para que todo asunto quede zanjado por la palabra de dos o tres testigos. Si les desoye a ellos, díselo a la comunidad. Y si hasta a la comunidad desoye, sea para ti como el gentil y el publicano. Yo os aseguro: todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo. Os aseguro también que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, sea lo que fuere, lo conseguirán de mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».

Reflexión: Mt 18, 15-20

Hemos pues de luchar por nuestros hermanos, hasta agotar todos los recursos a nuestro alcance. No debemos darnos tan fácilmente, pero tan poco seguir insistiendo más allá de lo aconsejado. La estrategia propuesta es excelente y debemos tenerla en cuenta. Es que no se trata de imponer mis ideas y de salir ganando a cualquier precio, no. Debe haber un acuerdo razonable; por eso es menester que participen los demás hermanos y la comunidad. No vaya a ser que estemos equivocados…En cambio, si logramos apoyo, no necesariamente mayoritario (no lo dice), tendremos mayor certeza y si además lo hemos meditado y resuelto en oración, a la luz de la Verdad, podemos proponer este razonamiento a nuestro hermano equivocado, procurando que se rectifique. Ya si ni aun frente a la comunidad reconoce su error, dejémosle, como a un desconocido. El Señor, que sopla para todos, verá la forma de confrontarlo, persuadirlo y llegado el momento, de pedirle cuentas, pero tú habrás actuado como debías.

Es importante destacar la repetición de esta frase que generalmente se aplica a los sacerdotes, relacionándola con el Sacramento de la Penitencia, Reconciliación o Confesión: “Yo os aseguro: todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo.”

Debemos tener en cuenta que el Señor nos confiere este enorme poder, de abrir o cerrar las puertas del cielo. Es que si estamos cumpliendo con la Voluntad del Señor, si estamos haciendo lo que nos manda, nuestros surcos quedarán marcados  en el cielo. Procuraremos desatar, nos esforzaremos por hacerlo, sabiendo que aquello que finalmente condenemos, quedará condenado. Es una gran responsabilidad la que pone el Señor en nuestras manos. Debemos usarla con caridad, con amor.

Debemos buscar y procurar el acuerdo, la reflexión, no la imposición. Debemos apelar al diálogo a la persuasión mediante la palabra y la exposición de razones. Incluso ir más allá…apelar a la amistad, a la autoridad de aquel al que todos apreciamos y especialmente, aquél al que tratamos de persuadir de hacer lo correcto, lo que le conviene. No debemos desistir de usar todos los medios a nuestro alcance para lograr el cambio que buscamos. Solo cuando hemos hecho todo lo posible, si ya no logramos el cambio, recién entonces, actuaremos con él, como si fuera un gentil, un publicano…Es decir prácticamente como un desconocido, pero no un enemigo…ojo.

Oremos:

Padre Santo, ayúdanos a llevar la concordia, la paz, el diálogo, la comprensión; nunca la división, la rencilla o el odio. Que busquemos el acuerdo, la razón, el convencimiento. Que hagamos de ello una tarea, una actitud permanente. Que no desistamos a la primera. Que nos esforcemos por hacer siempre lo correcto teniendo en cuenta la gran responsabilidad que nos has confiado. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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may 11 2010

Juan 16, 5-11

Texto del evangelio (Jn 16, 5-11)

En aquel tiempo, Jesús habló así a sus discípulos: «Pero ahora me voy a Aquel que me ha enviado, y ninguno de vosotros me pregunta: ‘¿Adónde vas?’. Sino que por haberos dicho esto vuestros corazones se han llenado de tristeza. Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito; pero si me voy, os lo enviaré: y cuando Él venga, convencerá al mundo en lo referente al pecado, en lo referente a la justicia y en lo referente al juicio; en lo referente al pecado, porque no creen en mí; en lo referente a la justicia porque me voy al Padre, y ya no me veréis; en lo referente al juicio, porque el Príncipe de este mundo está juzgado».

Reflexión: Jn 16, 5-11

A veces nos cuesta entender lo que el Señor nos comunica, lo que nos propone. Sin embargo es cuestión de reflexionar. No puede haber nada malo en lo que nos revela, pues Él solo hace la Voluntad del Padre y esta es que nos salvemos y tengamos vida eterna, junto a Él.

De tal manera que aquello que a veces, inicialmente puede acarrearnos desolación y tristeza, no necesariamente es malo. Puede ser necesario para alcanzar el bien superior. Esta me parece que es la invitación que nos hace hoy el Señor. Meditar y reflexionar más allá de lo circunstancial, de lo aparente. Profundizar en la razón, en el motivo de las cosas, de los sucesos a nuestro alrededor.

Para ver este mundo con otros ojos, con los ojos de Jesús, debemos purificarnos, desprendernos de tantas cosas que nos impiden ver como debemos, que nos perturban, que nublan y distorsionan la visión de las cosas. Solo hay una cosa importante, como le diría Jesús a Martha…esa es la que debemos escoger.

En este evangelio Jesús aborda de un modo distinto, con otras palabras, el único mensaje que viene a revelarnos con Su vida y que es la constante del evangelio:

  1.  Que no hay mayor pecado que no creer en Él. Que este es el pecado por antonomasia. Pues es este el que nos divide, identifica y diferencia.
  2. Que es Él, con su sacrificio, que nos abre el Camino al Padre. Que alcanzarlo, entonces, es el acto de justicia por excelencia, que como a Él, nos tiene reservado el Padre. Con Él, por Él y en Él se ha hecho la Justicia.
  3. Que Él no ha venido a juzgar, sino a Salvar. Que esta es la Voluntad del Padre y que si hay alguien que juzgue, este es el Príncipe de este mundo. Y el juicio consiste en que vino la Luz, la Verdad y no la quisimos, la rechazamos…En eso consiste el juicio que alienta el maligno en nosotros: en rechazar el Camino que nos propone el Señor.

Oremos:

Señor, danos fortaleza de espíritu, para no quedarnos en lo superficial, en lo pasajero y anecdótico y saber encontrar la Voluntad del Padre en cada circunstancia y a ejemplo Tuyo, hacerla nuestra. Que persigamos antes que nada y por sobre todo hacer la Voluntad de nuestro Padre. Que no nos dejemos cegar ni seducir por el oro, por todo aquello que parece brillar, pero que sin embargo no es nada comparado con los tesoros que Tú nos ofreces. Que no nos dejemos seducir por las promesas del Príncipe que temporalmente parecieran resolvernos nuestras angustias y responder a nuestras necesidades, pero que en realidad son formas de esclavizarnos y volvernos de espaldas a Ti. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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mar 21 2010

Juan 8, 1-11

Texto del evangelio (Jn 8, 1-11)

En aquel tiempo, Jesús se fue al monte de los Olivos. Pero de madrugada se presentó otra vez en el Templo, y todo el pueblo acudía a Él. Entonces se sentó y se puso a enseñarles. Los escribas y fariseos le llevan una mujer sorprendida en adulterio, la ponen en medio y le dicen: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés nos mandó en la Ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú qué dices?». Esto lo decían para tentarle, para tener de qué acusarle. Pero Jesús, inclinándose, se puso a escribir con el dedo en la tierra.

Pero, como ellos insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: «Aquel de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra». E inclinándose de nuevo, escribía en la tierra. Ellos, al oír estas palabras, se iban retirando uno tras otro, comenzando por los más viejos; y se quedó solo Jesús con la mujer, que seguía en medio. Incorporándose Jesús le dijo: «Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado?». Ella respondió: «Nadie, Señor». Jesús le dijo: «Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más».

Reflexión: Jn 8, 1-11

El evangelio de hoy, es muy hermoso. Nos transmite la grandeza de Jesús. Como él mismo dice varias veces, “aquí hay alguien más grande…” Estamos ante Dios hecho hombre. Solo Él podría tener tal gesto, muy elocuente respecto a la autoridad que brotaba de su sola presencia. Era un tipo íntegro, cabal, al que no se atrevían a tocarlo si quiera. Contra toda una multitud violenta, exasperada, que traía arrastrando a una mujer, que sabiendo lo que le esperaba, seguramente venía suplicando…Una multitud enardecida, que ya había juzgado “conforme a la ley”, tenía su veredicto y estaban dispuestos a ejecutar la sentencia…Jalones, empellones, gritos, tumulto…

Frente a una multitud furiosa, dispuesta a dar muerte a su víctima, con la plena seguridad que lo merecía, pues “así estaba ordenado por la ley”, una turba entre los que no faltaban los morbosos tan culpables o más que la acusada, que sin embargo no podían refrenar su deseo de aplastar, de destrozar a su víctima, tal vez buscando en ella su venganza o simplemente dando rienda suelta a sus bajos instintos…

Toda esta horda vociferante y enardecida era seguida de cerca por escribas y fariseos que avalaban este hecho, como si se tratara de algo inevitable, de algo consumado…Había faltado a la Ley de Moisés, por lo que no había otro camino.

¡Cómo contrasta toda esta escena con la actitud de Jesús! Lo estaban desafiando a Él, a su autoridad…Tratando de poner en entre dicho toda su prédica…¡Veamos, qué hace ahora! ¡Qué dice! ¡Tanto hablar del Reino, del amor!…¡Los gallos se miden en la cancha! Para escribas y fariseos, Jesús estaba perdido…Tendría que abdicar  de todo lo que había dicho para defenderla o participar en el apedreamiento. De cualquier modo, estaba perdido. Finalmente lo tenían. Habían encontrado la excusa perfecta para borrarlo del mapa, para desacreditarlo y condenarlo como a un charlatán más…En eso andaban cavilando, cuando lo encontraron.

Sin embargo, la actitud el Señor es asombrosa. No dijo nada. No abrió la boca…Como si lloviera, “inclinándose, se puso a escribir con el dedo en la tierra”. ¡Qué paz! ¡Qué autoridad! ¡Qué seguridad! ¿Quién podría mantener tal calma en aquella situación, sino solo Dios? ¡Eso es lo que sintió aquél tumulto! Tenía que haber algo en Él, algo que podían percibir en el ambiente, en su presencia, en su sola mirada, en su voz…Algo que les impedía si quiera tocarle. Emanaba autoridad…

Pero como quiera que volviera a preguntarle, que prontos a perder la paciencia insistieran en exigirle una respuesta, “se incorporó y les dijo: «Aquel de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra». E inclinándose de nuevo, escribía en la tierra. Ellos, al oír estas palabras, se iban retirando uno tras otro, comenzando por los más viejos; y se quedó solo Jesús con la mujer, que seguía en medio. Incorporándose Jesús le dijo: «Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado?». Ella respondió: «Nadie, Señor». Jesús le dijo: «Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más».

¡Este es el Señor de Universo en el que creemos! ¡Él nos ha dado a conocer al Padre! ¡Qué paz, qué alegría, qué dicha podemos sentir después de conocer a nuestro Dios! ¿Eso no es lo que debió sentir esta mujer? Había estado a punto de morir apedreada por una turba enardecida, que estaba dispuesta a matarla y ella sabía muy bien por qué. No tenía salvación…No había salida. Había infligido la Ley y tanto ella como sus verdugos lo sabían…No había escapatoria.

Pero lo que es imposible para el hombre, es sin embargo posible para Dios. Jesús no hizo nada más que pronunciar una simple oración dirigida al corazón de cada uno de aquellos hombres, con tal contundencia, que no quedo ni uno solo que se sintiera en capacidad de condenarla. Es que si buscamos sinceramente en nuestro interior, encontraremos que todos hemos fallado alguna vez, y hemos sido culpables de faltas iguales o perores a aquellas que condenamos, sin embargo hemos sido dignos de perdón o cuando menos, no se ha sabido y hemos tenido una nueva oportunidad para rectificarnos…¿Por qué no habría de tenerla ella?

¿Si alguien supiera lo que he sido capaz de hacer yo?, se preguntaría seguramente cada una de estas personas y finalmente no se sintieron capaces de condenarla; empezando por los más viejos…Es que quienes más hemos vivido, podemos comprender más las flaquezas del hombre, porque nosotros mismos hemos caído y felizmente nadie nos condenó, por eso pudimos salir adelante…¿Cómo no darle una nueva oportunidad a esta mujer? Después de todo…¿Quién soy yo para condenar? Esa debió ser la conclusión a la que uno a uno fueron llegando.

Finalmente, perdonada por todos, recibió el perdón más importante…el perdón de Jesús: «Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más». ¡Imagínense la alegría de esta mujer! ¡Todo debió parecerle de otro color, todo distinto! ¡Había vuelto a nacer, gracias a Jesús! Este es un resumen de la historia de la Salvación, de nuestra Salvación.

Oremos:

Padre Santo, inspira en nuestro corazones el perdón; que no seamos tan propensos a condenar a todo el mundo, como a perdonar y comprender. Arranca de nuestros corazones la soberbia. No hay merecimiento alguno en nuestra Salvación, esta es solamente obra de Tu Infinita Gracia. Que caminemos así, con esta convicción por el mundo, dispuestos a amar y perdonar. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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mar 16 2010

Juan 5, 1-3.5-16

Texto del evangelio (Jn 5, 1-3.5-16)

Era el día de fiesta de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. Hay en Jerusalén, junto a la Probática, una piscina que se llama en hebreo Betsaida, que tiene cinco pórticos. En ellos yacía una multitud de enfermos, ciegos, cojos, paralíticos, esperando la agitación del agua. Había allí un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo. Jesús, viéndole tendido y sabiendo que llevaba ya mucho tiempo, le dice: «¿Quieres curarte?». Le respondió el enfermo: «Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se agita el agua; y mientras yo voy, otro baja antes que yo». Jesús le dice: «Levántate, toma tu camilla y anda». Y al instante el hombre quedó curado, tomó su camilla y se puso a andar.

Pero era sábado aquel día. Por eso los judíos decían al que había sido curado: «Es sábado y no te está permitido llevar la camilla». Él le respondió: «El que me ha curado me ha dicho: ‘Toma tu camilla y anda’». Ellos le preguntaron: «¿Quién es el hombre que te ha dicho: ‘Tómala y anda?’». Pero el curado no sabía quién era, pues Jesús había desaparecido porque había mucha gente en aquel lugar. Más tarde Jesús le encuentra en el Templo y le dice: «Mira, estás curado; no peques más, para que no te suceda algo peor». El hombre se fue a decir a los judíos que era Jesús el que lo había curado. Por eso los judíos perseguían a Jesús, porque hacía estas cosas en sábado.

Reflexión: Jn 5, 1-3.5-16

Lo primero que surge a mi mente es la mezquindad del hombre, atado a la ley, a los preceptos, al cumplimiento mecánico e irracional de disposiciones. Habiendo sido creados libres, preferimos hacernos esclavos. La sujeción a la norma nos da seguridad; además es a esta a la que muchas veces debemos nuestro estatus y cuestionarla, ponerla en entredicho podría acarrear la pérdida de nuestros privilegios…Preferimos que las cosas sigan así, como están. Nada de novedades, ni cuestionamientos. Nada de reflexión, ni interpretación.

La norma política, económica o social, esa que muchas veces no está ni siquiera escrita, dice que no debo hacer esto o aquello o que por el contrario debo hacer esto otro, pues así lo hago, no sea que los que tienen el poder y el prestigio me condenen y a eso sí que le temo, porque afecta inmediatamente mi prestigio y posición.

Por ejemplo, muchos de los funcionarios que se hacen cargo de una empresa o negocio privado, tienen como precepto, como norma procurar sacar la vuelta a las leyes y normas existentes, para no pagar lo establecido a sus trabajadores y de este modo, por el sacrificio de aquellos, maximizar sus ganancias.   Esta no es una norma escrita, pero está profundamente arraigada entre nuestros empresarios y/o sus representantes. Incluso sus servidores, sus administradores muchas veces son más duros y extreman las medidas, procurando algún beneficio adicional extra para ellos y buscando, así mismo, el reconocimiento y agrado de sus accionistas, de sus empleadores. Así lo vemos a cada nada. No hay en esto nada de originalidad…es una constante.

Así, difícilmente encontraremos –si lo hay-, un funcionario (un Gerente, un Administrador, un Director) que viendo surgir un sindicato entre los trabajadores a su servicio, no reaccione como el más vil tirano y diezme, decapite, desbarranque o mande al patíbulo sin ninguna contemplación a los sospechosos de “sedición”; porque esto es para ellos, la sola idea del sindicato. Son extremistas, subversivos, mal agradecidos, comunistas, detestables, conflictivos…los que no se contentan con las migajas, los que se cansan de las arbitrariedades, los que osan cuestionar sus métodos, sus estilos, su poder, su orden, su injusticia…No hay lugar al dialogo, mientras este no sea de arriba abajo y en completa sumisión. El diálogo será cuando ellos dispongan, en el tono que les agrade y versará sobre lo que ellos decidan. El trabajador no puede pensar, ni decir otra cosa que: así sea. De otro modo, hay un millón llamando a la puerta para hacer aun por menos, lo que el reclama…

Ese es el orden, esa la ley por la que pretenden condenar a Cristo. ¡Ha curado en sábado! ¡Imagínense! Importa un rábano el bien causado a este pobre infeliz, que hacía treintaiocho años que esperaba esta curación milagrosa, que le sería imposible alcanzar sin la ayuda de los demás, sin la solidaridad de los demás, sin que los demás se conmuevan y haciendo un sacrificio lo pongan a él en primer lugar. Claro, todos sufrían y estaban desesperados por curar sus males. Podría haber quizás algunos que se conmovieran, pero era muy difícil que todos se pusieran de acuerdo para darle a este una oportunidad…

Pero lo que es imposible para los hombres, es posible para Jesús. Por eso el Señor va y es a este hombre precisamente, al más indefenso, al menos favorecido, al más desdichado y despreciado posiblemente entre sus congéneres, al que curará, importándole un comino aquella norma que no puede estar por encima del hombre, que no puede impedirle hacer el bien, porque no hay nada ni nadie que pueda impedir que se haga el bien, cuando y donde sea. El Señor sabía a lo que se exponía, pero su Misión está por encima de amenazas y de mezquinos razonamientos: Por eso los judíos perseguían a Jesús, porque hacía estas cosas en sábado.

Elevémonos también nosotros y rompamos estas ataduras que nos esclavizan, al servicio del status quo, del bien egoísta de unos pocos, en desmedro de las mayorías, oprimidas, atemorizadas, empobrecidas…

Oremos:

Padre Santo, danos el coraje de seguirte y proclamarte con nuestra vida, sin importar la hora ni el lugar. Tú nos has enviado a aliviar las penas y el dolor de los que sufren; que tengamos el coraje de hacerlo, aun por encima de la contrariedad de quienes detentan el poder, de quienes ven como amenaza a todo aquél que no se somete incondicionalmente a sus disposiciones. Aparta de nosotros cualquier tentación revanchista o violenta. Que caminemos en la senda de la luz, la verdad y el amor. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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sep 27 2009

Reflexión: Mc 9,38-43.45.47-48

Mc 9,38-43.45.47-48

Nadie obra el bien, si no está con Dios, sea que lo reconozca o no. Y, si hace el bien, si hace milagros, no puede estar contra el Señor. En ese sentido debemos ser abiertos, tolerantes, comprensivos. Es el bien y el amor lo que necesita nuestro mundo. Si quien lo imparte, aliviando el sufrimiento y el dolor no conoce a Cristo, es seguro que Dios está obrando en Él. “El que no recoge, desparrama”, “el que no están conmigo está contra mí”. No se puede servir a dos Señores…

Ahora que si en este proceder hubiera engaño, si alguien obrara aparentemente el bien, engañando a la gente para luego traicionarla, o valerse de ella con otros fines, el Señor advierte que más le valdría atarle una piedra al cuello y lanzarlo al mar. El Señor no tolera el engaño, la falsedad, ni la hipocresía.

Finalmente el Señor nos pide un esfuerzo por reconocer aquello que nos daña, aquello que nos perjudica en nuestra Misión, todo aquello que constituye un lastre en nuestra vida. Debemos ser capaces de vernos, de examinarnos y cortar con todo aquello que nos daña, con nuestras debilidades, con nuestros vicios. Cuesta decirlo, pero parece ser que también debemos reconocer entre nosotros a quienes  en realidad nos dañan, y alejarnos de ellos. Un mal amigo, una relación nociva, es preferible cortarla, aunque duela. A veces debemos tomar este tipo de decisiones por el bien del resto del cuerpo. Es como un cáncer, que es preferible extirparlo cuando recién se detecta, de otro modo termina por corromperlo todo.

Son duras las implicancias de estas palabras en una comunidad. Pero a veces es preciso tomar medidas para preservar al resto. Será preciso “extirpar” el fruto podrido, el árbol torcido. ¿Cuándo y cómo hacerlo? El Señor nos recomienda todo un procedimiento previo. Primero, estar dispuestos a comprender y perdonar todo lo que sea necesario…hasta setenta veces siete. Luego, hablar a solas, tratando de hacerle ver sus errores. Si persiste en los mismos, ir con un amigo, con un testigo y procurar que se rectifique. Si aun así no logramos el cambio esperado, exponerlo a la comunidad entera y si aún así no logras el cambio, que sea para ti como un desconocido, peor aún, alguien con el que es preferible no juntarse, como si fuera el representante de un enemigo, de un invasor, de un opresor. Marcar distancia. Hacerse indiferente, hasta donde sea posible, sin faltar a la caridad.

“Si tu hermano llega a pecar, vete y repréndele, a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano.  
Si no te escucha, toma todavía contigo uno o dos, para que todo asunto quede zanjado por la palabra de dos o tres testigos.  
Si les desoye a ellos, díselo a la comunidad. Y si hasta a la comunidad desoye, sea para ti como el gentil y el publicano.”(Mc 18,15-17)

 

Oremos:

Señor, danos paciencia y comprensión para tratar a nuestros hermanos. Que seamos tolerantes y comprensivos en la corrección. Sin embargo, cuando hay que cortar de raíz, danos el valor y la caridad para hacerlo del modo menos doloroso posible, pero con firmeza y decisión.

No hay nada más peligroso que ser tolerante  y condescendiente con el mal. Debemos evitar actuar con simpatía con quien tiene el poder para condenarnos.

Danos ti Gracia abundante Señor, para extirpar cualquier rastro de mal y pecado en nosotros.

 Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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sep 03 2009

Reflexión Lc 5,1-11

Lc 5,1-11

 ¿Qué nos quiere decir aquí el Señor? ¿Qué me dice a mí en particular? Creo escuchar que debo hacer Su Voluntad. Que debo disponerme a seguirlo, a obedecerle confiadamente, porque más allá de mi lógica, de mi opinión, de mi esfuerzo…de lo que yo he hecho o puedo hacer, más allá de aquél esfuerzo que puede parecerme inútil, porque según mis criterios no dará fruto, está su intervención y lo que Él puede lograr a través mío. ¿Qué me queda? Solo disponerme como instrumento Suyo y hacer lo que me pide, lo que me ordena.

Él da sentido a mi acción. Desconocer su intervención o no contar y confiar en ella es un absurdo para un hombre de fe. Por ello cada día debo encomendárselo y dedicárselo al Señor, porque el dará sentido a mis obras, aun las más minúsculas e insignificantes. Debo disponerme a hacer lo que Él quiere, lo que Él me pide cada día y dejar el resto en sus manos. Si hago de Su Voluntad mi norte, si lo escucho y me dispongo a realizar lo que Él me pide cada día, sin duda mi vida dará mucho fruto y tendrá sentido.

Oremos:

Gracias Señor por los maravillosos dones con los que he sido bendecido, por mi esposa, por mi familia, por mis amigos, por mi trabajo, por mi ciudad, por mi país, por el planeta en el que habito, en el que la vida brota a cada instante.

Ayúdame Señor a retomar cada día, cada mañana, la senda de la oración, porque sólo entrando en contacto contigo puedo conocer Tu Voluntad y solo si la cumplo mi vida en realidad llega a tener sentido y a fructificar.

Dame fortaleza para seguirte cada día. Dame perseverancia para no abandonarte aun cuando parezca acecharme la oscuridad. Por el contrario, en esos momentos de desolación, que Tú seas mi consuelo. Tú, el amigo que nunca falla.

En este 3 de setiembre te pido por todos los hombres y mujeres que han decidido ofrecerte sus vidas abrazando la vocación religiosa, especialmente por Tito Tapia sj, que hizo tanto por el MCC de Arequipa y que estoy seguro que goza de tu presencia desde que se fue a Tu encuentro definitivo, hace ya más de 15 años y quien hoy cumpliría un año más de vida.

Roguemos al Señor

Te lo pedimos señor.

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ago 12 2009

Reflexión: Mt 18,15-20

Mt 18,15-20
 

El Señor nos recuerda el deber que tenemos para con nuestros hermanos. No podemos andar indiferentes ante lo que ocurre con ellos. No se trata de que nos afecte o no…Se trata de que si nosotros nos damos cuenta que están equivocados, que están en error, se los digamos. Este es un deber, una obligación que tenemos como verdaderos seguidores de Jesús, como cristianos, que hemos asumido el Amor como bandera, como norte, como principio y fundamento. No podemos desentendernos de la realidad que nos rodea y mucho menos en lo que atañe a nuestra familia, a nuestros amigos, a nuestros compañeros de trabajo, a nuestra comunidad parroquial, a los miembros de nuestro club, a nuestros correligionarios…finalmente a nuestra sociedad.

Si hemos recibido dones de Dios, tenemos el deber de compartirlos. No son para guardarlos para nosotros, porque terminarán por perderse, por desnaturalizarse. Estos se acrecentarán en la medida que los compartamos con todos, cuanto más, con los más necesitados, con los que han extraviado el camino, con los que deambulan desorientados, los que han perdido la brújula y les da lo mismo esto que aquello.

Estamos llamados a servir. Sin servicio no hay misión posible. Pero al que sirve el Señor le respalda con todo su poder. Y sin embargo, pese a cumplir con nuestra misión, pese a contar con el apoyo del Señor, es posible que no lleguemos al corazón, al alma de nuestro hermano…Y, el Señor nos lo advierte. Él no desconoce esta posibilidad, que puede depender tanto de nuestras convicciones, de nuestro modo de expresarnos o de la circunstancia de nuestro hermano, o, en fin, de lo que fuere. Pero si no tenemos éxito, todavía tenemos un camino que recorrer. Aún en ese momento, no podemos desentendernos. Tenemos que seguir hasta el final. Hagámonos acompañar de otro hermano y finalmente por la comunidad…Solo entonces, y habiendo orado lo suficiente, podremos decir que hicimos lo que estuvo a nuestro alcance.

Tenemos entonces un deber con nuestra comunidad. La vida cristiana no se puede desarrollar enclaustrada, encerrada en sí misa. Tiene que revelarse a los demás. No debemos tener miedo. El que se guarda para sí mismo, se pierde.

Oremos:

Señor, ayúdame a cumplir mi misión. Dame el valor y la convicción para expresarme en tu nombre. Dame fe, para reconocerme como tu instrumento y dejarte actuar en mi. Que no me cuide tanto en mis palabra y en mis gestos, que muchas veces ello sólo es motivado por mi inmenso amor propio, por el temor a quedar mal, por el temor a no caer bien, por el temor a desprestigiarme. ¡Dame valor!

Permíteme ser testigo de tu amor entre los que más lo necesitan. Que pueda encender en ellos una pequeña llama, que quizás cuando crezca pueda servir para iluminar sus vidas.

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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may 31 2009

Reflexión: Jn 20, 19-23

Jn 20, 19-23

Hoy celebramos una fiesta muy especial: Pentecostés. El Señor nos deja su Espíritu, el Espíritu Santo como fuerza, como potencia que habrá de conducirnos por el camino, que habrá de guiarnos y ayudarnos en el seguimiento a Jesús. Solos no podemos. Es bueno que recordemos siempre esto. Esta es su obra y si estamos en ella, si estamos comprometidos en ella, no es por nuestros méritos, es porque hemos sido convocados por Él, porque Él nos quiere a su lado y si habremos de seguirlo y llevar su paz al mundo, si habremos de llevar amor y luz, no será por nuestros méritos, ni por nuestras excelentes cualidades, será por obra de Dios Padre, que trabaja en nosotros por medio del Espíritu Santo.

Hemos pues de pedirle en forma incansable que nos guie, que nos haga instrumentos suyos, que sin Él nada podemos. ¡Abandonémonos en sus manos! Vivamos la vida que Él dispone.

 

Oremos:

 

Padre Santo, que sea Tú y no yo quien oriente mi vida. Que sea Tú y no yo quien hable, quien obre, quien ame. Hágase Tú voluntad.

  

Roguemos al Señor…

 

Te lo pedimos Señor.

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may 19 2009

Reflexión: Jn 16, 5-11

Jn 16, 5-11

Señor, concédenos tu luz para entender estas palabras. Sabemos que es bueno que te vayas, porque nos enviarás al Paráclito, la fuerza del Espíritu Santo que habrá de guiarnos y mantenernos en ti, ayudándonos a cristianizar el mundo. Él nos ayudará. Tú lo has ofrecido y así será.

 

Por otro lado, hay un misterio en ese irse tuyo, porque al irte, vas al Padre y el Padre está con nosotros, en nosotros. Y nosotros estamos en Ti, permanecemos en Ti, si hacemos lo que Tú nos has mandado: amarnos los unos a los otros. Si Tú estás en nosotros y nosotros en Ti y Tú estás en Tú Padre y nosotros por lo tanto también estamos en Él, al irte, en realidad te estás quedando unido más profundamente a nosotros, en una unión santa y misteriosa, que además es fortalecida por el Espíritu Santo.

 

El pecado y todo lo que nos lleva a él, finalmente ha sido derrotado y será desterrado de este mundo. Esa es la confianza que debemos tener. Se ha hecho justicia, porque has vuelto al Padre, habiendo cumplido tu misión en este mundo. La justicia consiste en que hemos sido redimidos por Ti, en que hemos sido salvados, en que se ha restituido lo que había sido tomado, ha sido restituida la unión con el Padre. La falta ha sido borrada con tu preciosísima sangre. Es Tu sacrificio en la cruz lo que lo ha hecho posible. Muriendo, nos has salvado. Se ha hecho justicia.

 

El enemigo del mundo, el homicida, el Príncipe del mal, el miserable, el traidor, el mentiroso, el que camina por las tinieblas, por la oscuridad…el que nos mantenía presos en la caverna, en la ignorancia, en el odio, en la amargura, en el dolor y el sufrimiento…el Principie de este mundo ha sido juzgado y condenado. Es Cristo quien por amor a nosotros y siguiendo las órdenes de Dios Padre, lo ha vencido. No hay nada que temer.

 

 

 

Oremos:

 

Ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor. Envía tu espíritu y todo será creado y renovarás la faz de la tierra. ¡Oh Dios, que has iluminado a tus hijos con la luz del Espíritu Santo, haznos dóciles a Tu Espíritu, para obrar rectamente y gozar siempre de su consuelo!

Por Cristo nuestro Señor.

¡Amén!

 

 

 

Roguemos al Señor…

 

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

 

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abr 01 2009

Reflexión: Jn 8,31-42

El Señor es muy claro, como siempre, pero sólo para aquél que realmente lo quiere entender, para aquél que lo quiere ver. Otra vez tenemos que decir que “no hay peor ciego que aquél que no quiere ver”. ¿Y por qué nos cerramos y preferimos vivir en la oscuridad, o en las sombras, antes que en la luz? Porque sabemos que lo que hacemos no es tan bueno, porque hay segundas razones que motivan nuestros actos…Más allá del amor que podemos aparentar, hay razones mezquinas, egoístas. Engañamos y utilizamos a nuestros hermanos a sabiendas…Somos hipócritas. Así, no nos puede interesar para nada la prédica de alguien que nos exige ser transparentes, caminar en la luz, desnudos y expuestos.

Hay una barrera, una serie de obstáculos tras los cuales hemos puesto nuestra trinchera para protegernos de la luz: son nuestros prejuicios. Tenemos temor a la verdad y así, como dice el Señor, nos hacemos esclavos del pecado. Empezamos a ocultar ciertas cosas, en vez de corregirlas y superarlas. Luego unas tapan a otras y finalmente se convierten en un monstruos que ocultamos por vergüenza, por temor, y pretendemos que ello es correcto, que no existe, y que podemos mostrarnos limpios, mientras por dentro somos un verdadero asco y lo sabemos.

Dios Padre, que tienen el poder de vernos por dentro como realmente somos, también lo sabe. Y lo sabe mejor que nosotros. Por ello envió a su Hijo ha salvarnos, a hacernos libres. Él nos enseña el camino, como en este pasaje del evangelio, pero está en nosotros el seguirlo. Lamentablemente, muchos preferimos no verle y lo condenamos nuevamente, como hicieron los judíos, a morir en la cruz de la indiferencia y del olvido, o lo que es peor, en la cruz de la blasfemia, del odio, de la idolatría y del rencor.

Oremos:

Padre Santo y Bueno, que enviaste a Tú único Hijo a salvarnos, permite que entendamos esta verdad, pero por sobre todo, danos el valor, la decisión y la lucidez para escoger siempre lo bueno, lo mejor, lo correcto, la verdad, aun cuando ella afecte nuestros egoístas intereses. Que obremos siempre inspirados en el verdadero amor. Que seamos capaces de seguir a Jesús por donde vaya, siempre. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
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mar 30 2009

Reflexión: Jn 8,1-11

Qué rápidos somos para juzgar y condenar a todos, sin embargo, cuando se trata de nosotros mismos, pedimos clemencia y comprensión. Así nos lo hace notar hoy Jesús. Finalmente nadie se atrevió a apedrear a la adúltera, pues todos vieron en su interior y se encontraron que no eran dignos de juzgar e impartir tamaña pena.

¡Qué proclives somos a juzgar y condenar a nuestros hermanos! No les queremos pasar una…no se la perdonamos. Debemos aprender a actuar con un poco más de tino. Ser más lentos a la cólera y más compasivos. No podemos pretender ser más papistas que el Papa. Aprendamos de Jesús…Si nosotros merecemos una segunda oportunidad, si el Señor nos la da una y otra vez…¿Por qué nosotros no somos capaces de perdonar? Además…¿Quién somos nosotros para condenar y encima ejecutar a alguien?

Seamos severos y exigentes con nosotros mismos y estemos dispuestos siempre a perdonar a nuestros hermanos, orando por ellos y sabiendo que si Dios quiere habrá siempre esperanza en sus vidas y podrán cambiar. Mientras haya vida, siempre habrá la posibilidad. Nosotros no somos nadie para negárselas.

Oremos:

Señor, haznos más prestos a perdonar que a juzgar y condenar. Que no olvidemos que con la misma vara que medimos, seremos medidos.

Gracias por tu perdón y compasión. Gracias por darnos una nueva oportunidad. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
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mar 14 2009

Reflexión: Lc 15,1-3.11-32

Estamos frente a uno de los episodios más conmovedores del evangelio, la parábola del hijo pródigo. Podemos reparar que Jesús la cuenta a propósito de las murmuraciones de los escribas y fariseos, por las malas juntas que este tenía, al reunirse con publicanos y pecadores.

Los “dueños de la verdad”, los “limpios”, los “puros” resentían que Jesús se juntara con aquellos que ellos rechazaban o cuando menos mantenían distancia, para no contaminarse. Les escandaliza que Jesús ande con pecadores y seguramente también con pobres, humildes y andrajosos.

Jesús en cambio, no rechazaba a ninguno que se le acercara y no temía juntarse con nadie. Conversar, ayuda, alivia, cura a prostitutas, leprosos, cobradores de impuestos, oficiales romanos y cuanta gente le buscaba afligida, arrepentida, dolida…Jesús era portador de paz, la transmitía y obraba un gran cambio en quienes lo recibían. Jesús venía a anunciar al Padre de todos, al Padre de la humanidad entera, de buenos y malos, de ricos y pobres, de sanos y enfermos, aun de los despechados y pecadores como el hijo pródigo.

Y es que Jesús, como dirá en otro momento, ha venido a sanar a los enfermos. Es penoso y lamentable que el que está bien, el que lo ha tenido todo, incluso claridad y discernimiento, recienta que su hermano menor, ofuscado, ambicioso y seguramente preso de sus debilidades, habiendo caído en lo más hondo, haya recapacitado y vuelto al Padre, lejos del cual le era imposible vivir. Más aún, que recienta el extraordinario recibimiento que le hace el Padre, “porque este hermano tuyo estaba muerto, y ha vuelto a la vida; estaba perdido, y ha sido hallado”.

Debemos procurar comprender esta parábola para tratar de entender el inmenso amor que nos tiene el Padre, quién para reconciliarnos, para salvarnos fue capaz de enviar a su único hijo, al que maltratamos y mandamos morir en la cruz. Arrepentidos volvemos los ojos a Él y Él nos perdona, abraza y nos vuelve a dar nuestro lugar de hijos y herederos del reino. Hemos sido perdonados, hemos sido salvados…

Oremos:

Señor, no permitas que viva comparándome siempre con mis hermanos y mucho menos envidiando o anhelando lo que tienen. Dame fe para saber que tú me das lo que necesito a cada instante y valor para vivir con ello dando testimonio de tu amor.

Dame generosidad para alegrarme del bien que produces en mis hermanos. Permíteme seguirte siempre y si flaqueo, ayúdame a encontrarte y caminar siempre por tu senda.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.
(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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