jun 11 2010

Lucas 15, 3-7

Texto del evangelio (Lc 15, 3-7)

En aquel tiempo, Jesús dijo esta parábola a los fariseos y maestros de la Ley: «¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto, y va a buscar la que se perdió hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, contento, la pone sobre sus hombros; y llegando a casa, convoca a los amigos y vecinos, y les dice: ‘Alegraos conmigo, porque he hallado la oveja que se me había perdido’. Os digo que, de igual modo, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión».

Reflexión: Lc 15, 3-7

El Señor Jesús pone las cosas en orden, bajo la perspectiva Divina, siempre distinta a la nuestra, aun cuando valiéndose de nuestras motivaciones. Es verdad que nos esforzamos por encontrar lo perdido y nos alegramos cuando lo encontramos…Sin embargo, difícilmente aceptamos que el Señor se alegre tanto al recuperar a los perdidos, a los pecadores. Y sin embargo esa es su Voluntad; esa su intención y su mayor satisfacción. De allí la importancia de la Evangelización, de llevar al Señor y su Palabra a todos los rincones de la tierra, empezando por aquellos ambientes en los que pareciera abundar la perdición y el pecado. Quien tiene este atrevimiento, esta osadía, cuanta más alegría lleva al Señor.

Esto es lo que hacen mis hermanos del Movimiento de Cursillos de Cristiandad (MCC) en todo el mundo, por quienes invito a orar de modo muy especial hoy día, en que, por el mundo entero se realizan decenas de Cursillos, donde centenas de hombres y mujeres tienen la oportunidad de encontrarse con Cristo, gracias a este movimiento evangelizador que no busca otro fin que conducir a nuevos hermanos y hermanas a la conversión, que significa cambiar, transformar sus corazones, sus espíritus para poner Gracia, donde había pecado.

Esta es la Misión de todo cristiano, llevar el mensaje de Dios a todo los rincones del mundo, empezando por los más cercanos a nosotros, por nuestros vecinos, por nuestros familiares y amigos. No podemos ser indiferentes ante los demás. Ya vemos que el Señor no promueve ni le alegra la reunión aséptica de los justos, de aquellos que se cierran en sí mismos por no contaminarse, de aquellos que solamente se juntan entre ellos, para aplaudirse, alabarse y vanagloriarse, como si lo único importante fuera su propia salvación, la que dan por hecha, porque observan una conducta intachable, al menos a sus ojos y según su juicio…¿Pero, qué hay de los demás? El Cristiano no puede convivir con el pecado, ni con el pecador, en actitud indiferente o marcando distancias para no contaminarse…El cristiano tiene que procurar la evangelización y conversión del mundo entero, tanto más si los que le rodean son pecadores, porque esta conversión será la mayor alegría del Señor…Será como el retorno del Hijo Pródigo. ¡Eso es lo que debemos perseguir! ¡Eso lo que debemos proponernos! ¡Eso lo que debemos lograr!

No se trata pues, entonces, de pasar indemne y con la nariz respingada, haciendo ascos a los pecadores, se trata de involucrase, de meter las manos, de comprometerse, sabiendo guardarse, es verdad, pero no aislándose, ni abandonando al mundo por nuestra propia salvación. Nos salvamos juntos o no nos salvamos, decimos en el MCC. Se trata pues entonces, de cambiar el mundo, de santificarlo, de evangelizarlo, con nuestras obras, sin dejar de lado , ni excluir a los pecadores…todo lo contrario, procurando recuperarlos y convertirlos.

Oremos:

Señor Jesús, haznos activos militantes tuyos, que realmente luchemos por la evangelización del mundo en nuestra vida cotidiana, en cada uno de nuestros actos comunes y corrientes. Que no busquemos gestos grandilocuentes, pero que tampoco caigamos en la indiferencia y en la comodidad de los tibios. ¡Cámbianos! ¡Conviértenos en esa piedra angular, en sal y luz del mundo! Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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mar 13 2010

Lucas 18, 9-14

Texto del evangelio (Lc 18, 9-14)

En aquel tiempo, Jesús dijo también a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, esta parábola: «Dos hombres subieron al templo a orar; uno fariseo, otro publicano. El fariseo, de pie, oraba en su interior de esta manera: ‘¡Oh Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás hombres, rapaces, injustos, adúlteros, ni tampoco como este publicano. Ayuno dos veces por semana, doy el diezmo de todas mis ganancias’. En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se atrevía ni a alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: ‘¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!’. Os digo que éste bajó a su casa justificado y aquél no. Porque todo el que se ensalce será humillado; y el que se humille será ensalzado».

Reflexión: Lc 18, 9-14

Somos muy propensos a juzgar a los demás. Es que es mucho más fácil y cómodo ver defectos en los demás, que reconocer los propios. Todo lo mejor, somos nosotros. Todo lo malo, proviene de los demás…Sin embargo fíjense que el Señor precisamente en eso, nos enseña lo contrario. Lo malo no viene de afuera, sino de adentro. Es de nosotros que brota y sale la maldad, no de afuera. “No es lo que entra, sino lo que sale…” nos dirá en otro pasaje.

Debemos expresarnos con más humildad y sobre todo, no creernos la última coca cola del desierto, porque no lo somos. No somos los únicos que podemos, no somos los únicos que comprendemos, no somos los únicos que lo hacen bien, no somos los elegidos, ni los únicos que podemos y sabemos. Antes que nosotros, el universo ya existía y después también lo hará.

Si nosotros somos algo, si valemos algo, es porque Dios nos ama; y Él nos ama incondicionalmente, no como respuesta, ni como resultado de ninguna de nuestras obras. Él nos ama desde siempre y nos amará por siempre, ni más ni menos que aquél al que desprecias, aquel que juzgas y condenas…Así que evita, abstente de calificar a nadie. Cuídate de la maledicencia, que no tienes la capacidad, ni está en tus manos juzgar. “Se perfecto” como nuestro Padre que está en los cielos lo es.

No te compares, ni repares en el bien o el mal que hacen los demás, antes bien, procura tú hacer siempre el bien. Da, sin esperar recibir. Ama y comprende, sin esperar ser amado o comprendido. No sabes lo que a tu hermano le cuesta ser como es. Esfuérzate tú por ser mejor cada día.

Oremos:

Señor, dame humildad; dame sencillez. Que no me envanezca por ninguna de las Gracias o dones recibidos, que me los diste gratuitamente y no hice ningún merito para tenerlos. Hazme dichoso al compartir, con los que menos tienen, con los que sufren, con los pobres, con los débiles, con los enfermos. Haz de mi, un don para los demás. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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feb 07 2010

Lucas 5, 1-11

Texto del evangelio (Lc 5, 1-11)

En una ocasión, Jesús estaba a la orilla del lago Genesaret y la gente se agolpaba sobre Él para oír la Palabra de Dios, cuando vio dos barcas que estaban a la orilla del lago. Los pescadores habían bajado de ellas, y lavaban las redes. Subiendo a una de las barcas, que era de Simón, le rogó que se alejara un poco de tierra; y, sentándose, enseñaba desde la barca a la muchedumbre. Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: «Boga mar adentro, y echad vuestras redes para pescar». Simón le respondió: «Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos pescado nada; pero, en tu palabra, echaré las redes». Y, haciéndolo así, pescaron gran cantidad de peces, de modo que las redes amenazaban romperse. Hicieron señas a los compañeros de la otra barca para que vinieran en su ayuda. Vinieron, pues, y llenaron tanto las dos barcas que casi se hundían.

Al verlo Simón Pedro, cayó a las rodillas de Jesús, diciendo: «Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador». Pues el asombro se había apoderado de él y de cuantos con él estaban, a causa de los peces que habían pescado. Y lo mismo de Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Jesús dijo a Simón: «No temas. Desde ahora serás pescador de hombres». Llevaron a tierra las barcas y, dejándolo todo, le siguieron.

Reflexión: Lc 5, 1-11

El señor es capaz de estos prodigios y muchos más. La verdad es que siempre los está desarrollando frente a nuestros ojos, sino que muchas veces somos incapaces de verlos, porque estamos ciegos. El conduce y orienta nuestras vidas. Nos lleva de aquí para allá…Nos saca de aquí y nos pone allá. Algunas veces nos invita a hacer una elección; otras nos pone frente a varias disyuntivas…Tenemos que escoger, tenemos que elegir…Pero es Él quien propone, y va siguiendo nuestro desempeño. Nos anticipa los peligros, nos advierte y algunas veces nos da un empujón para que saltemos, para que salgamos, para que pasemos. Él no quiere que caigamos en las manos del maligno y hace lo indecible para cuidar el tesoro que tenemos en nuestro ser, nuestra alma, nuestro espíritu.  Sin embargo nosotros somos libres de decidir y está en nuestras manos escoger aquello que es el bien superior o sumergirnos y degradarnos en el miasma que nos propone el Príncipe del as tinieblas.

El Señor, como a Simón Pedro nos dice, vamos allá, ahí pescaremos…Pero nosotros, incrédulos, faltos de fe y muchas veces llenos de soberbia le increpamos, que no es lógico, que no lo haremos, porque no somos tontos. Ya hemos estado por allí y hemos visto y por tanto tenemos el convencimiento que no hay nada. No haremos el papelón. Entonces, no le hacemos caso y dejamos pasar una preciosa oportunidad. ¿Para qué? Para dar fruto. El Señor quiere que demos fruto y en abundancia. “Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador. Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo corta, y todo el que da fruto, lo limpia, para que dé más fruto.” (Juan 15, 1-2) “La gloria de mi Padre está en que deis mucho fruto, y seáis mis discípulos.” (Juan 15,8)

El Señor sale a nuestro encuentro, a cada instante, en las más diversas circunstancias. Y es que Él, en realidad, está siempre con nosotros, acompañándonos, guiando nuestros pasos. Debemos hacernos disponibles  para oírle. Esto es Gracia que el mismo Señor concede a quien de veras lo busca, a quien de veras lo quiere. Oye a tu corazón. Medita, ora. No actúes irreflexivamente, como un animalito. Para eso Dios te dio inteligencia, para que te distingas de los animales, para que no sigas tus instintos, sino que piense y procures SIEMPRE el bien mejor, lo que realmente te conviene. Si siempre actúas así, no tendrás pierde. Y verás como nunca lo que más te conviene es hacer daño a nadie; por el contrario, mientras más bien hagas a los demás, más bien estarás haciéndote a ti mismo. Esa es la lección que viene a darnos Jesucristo: “Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado.” (Juan 15, 12). “Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos.” (Juan 15, 13)

Así que, prestémosle oídos y tiremos las redes por donde él nos indica y daremos mucho fruto. No hay nada más precioso que el ser humano. Por eso, el quiere hacernos “pescadores de hombres”. Si hemos visto la luz, no podemos esconderla bajo nuestra cama; no podemos guardárnosla para nosotros; tenemos que ponerla en lo alto, para que alumbre a los demás y así todos puedan encontrar el camino y dar todos el fruto a que están llamados.

 

Oremos:

Padre Santo, haznos digno de Tu amor. Que sepamos irradiarlo a nuestros hermanos; que no nos lo guardemos egoístamente tan sólo para nosotros. Que propiciemos y estemos atentos a esos encuentros que pueden cambiar una vida: ya seas las nuestras o las de nuestros hermanos. Abre nuestros ojos. Quita de nuestra alma tanto prejuicio, tanta maleza que solo nos impide brillar y ver el brillo de nuestros hermanos… Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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