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Mateo 18, 21-35

Texto del evangelio (Mt 18, 21-35)

 
En aquel tiempo, Pedro se acercó entonces y le dijo: «Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?». Dícele Jesús: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.

»Por eso el Reino de los Cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos. Al empezar a ajustarlas, le fue presentado uno que le debía 10.000 talentos. Como no tenía con qué pagar, ordenó el señor que fuese vendido él, su mujer y sus hijos y todo cuanto tenía, y que se le pagase. Entonces el siervo se echó a sus pies, y postrado le decía: ‘Ten paciencia conmigo, que todo te lo pagaré’. Movido a compasión el señor de aquel siervo, le dejó en libertad y le perdonó la deuda.

»Al salir de allí aquel siervo se encontró con uno de sus compañeros, que le debía cien denarios; le agarró y, ahogándole, le decía: ‘Paga lo que debes’. Su compañero, cayendo a sus pies, le suplicaba: ‘Ten paciencia conmigo, que ya te pagaré’. Pero él no quiso, sino que fue y le echó en la cárcel, hasta que pagase lo que debía. Al ver sus compañeros lo ocurrido, se entristecieron mucho, y fueron a contar a su señor todo lo sucedido. Su señor entonces le mandó llamar y le dijo: ‘Siervo malvado, yo te perdoné a ti toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también compadecerte de tu compañero, del mismo modo que yo me compadecí de ti?’. Y encolerizado su señor, le entregó a los verdugos hasta que pagase todo lo que le debía. Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si no perdonáis de corazón cada uno a vuestro hermano».

Reflexión: Mt 18, 21-35

Qué rápidos somos para pedir privilegios y ventajas para nosotros mismos. Queremos ser los primeros en la cola, que nos pongan en los primeros lugares, en los que se oye mejor, se ve mejor. Al momento del reparto, queremos ser los primeros, a los que les toque la mejor parte, la más grande, la más sabrosa, la mejor ubicada. Si se trata de pagar, que se nos indulte, que se nos perdone, que se nos rebaje…Pero cuando se trata de cobrar, que sea hasta el último centavo, que sea con creces. “Me las pagará”, decimos…

Pedimos misericordia a Dios, un trato benevolente. Pero no somos capaces de prodigarlo. Somos más proclives y estamos más dispuestos a poner cargas en las espaldas de nuestro prójimo, que nosotros no soportaríamos ni llevaríamos por un instante. Claro, siempre encontramos una excusa para nuestra exigencia con los demás y para la tolerancia con nosotros mismos.

No nos medimos con la misma vara que medimos a nuestros hermanos. Aquí el Señor nos recuerda que debemos ser tan tolerantes y contemplativos con los demás, y sobre todo, tan compasivos, como quisiéramos que fueran con nosotros.  Estamos nuevamente ante una lección de amor…Ama y serás amado. Da y recibirás…Solo recuerda que el primer paso debe ser tuyo, debes darlo tú; no debes esperar que el otro comience, que el otro lo haga, que el otro se allane. Hazlo tú, por amor, por Dios…Hazlo, sin esperar nada a cambio, y obtendrás la recompensa más grande, a la que puede aspirar ser humano alguno: la Vida Eterna, un lugar en el Paraíso, un asiento en la Mesa del Señor.

No lleves cuentas, como el Señor tampoco las lleva contigo. Cuando perdones, perdona de corazón de una sola vez y para siempre. Para eso no puede ni debe haber límites. Perdona las veces que sea necesario. “Hasta setenta veces siete”…Es decir, siempre, sin cuenta…

 

Oremos:

Señor, que no me fije tanto en lo que me dan, en lo que he de recibir, como en lo que doy y hago por los demás. Que esté siempre dispuesto a servirte; que acuda al primer llamado. Que no espere ruegos y súplicas; que me deje conmover por mis hermanos.   Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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Lucas 9, 28-36

Texto del evangelio (Lc 9, 28-36)

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, Juan y Santiago, y subió al monte a orar. Y sucedió que, mientras oraba, el aspecto de su rostro se mudó, y sus vestidos eran de una blancura fulgurante, y he aquí que conversaban con Él dos hombres, que eran Moisés y Elías; los cuales aparecían en gloria, y hablaban de su partida, que iba a cumplir en Jerusalén.

Pedro y sus compañeros estaban cargados de sueño, pero permanecían despiertos, y vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con Él. Y sucedió que, al separarse ellos de Él, dijo Pedro a Jesús: «Maestro, bueno es estarnos aquí. Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías», sin saber lo que decía. Estaba diciendo estas cosas cuando se formó una nube y los cubrió con su sombra; y al entrar en la nube, se llenaron de temor. Y vino una voz desde la nube, que decía: «Este es mi Hijo, mi Elegido; escuchadle». Y cuando la voz hubo sonado, se encontró Jesús solo. Ellos callaron y, por aquellos días, no dijeron a nadie nada de lo que habían visto.

Reflexión: Lc 9, 28-36

Uno de tantos episodios asombrosos en la vida de Jesús. Es realmente espectacular y con mucho respeto diría digno del mejor filme de Spilberg. No sé por qué frente a este acontecimiento tendemos a reaccionar como si se tratara de algo inverosímil y distinto a todo lo que hemos venido viendo en la vida pública de Jesús. ¿Acaso es menos “espectacular”, por llamarlo de algún modo, que Jesús perdone los pecados, que devuelva la vista a un ciego, el andar a un paralítico o la vida a un muerto o que alimente a 5mil con unos cuantos panes y peces?

Estamos, pues, en presencia de Dios hecho hombre. Cristo es el Hijo de Dios Padre Eterno, como tal pertenece a la misma divinidad. Él mismo nos lo ha revelado. No es producto de nuestra imaginación. No se trata de ciencia ficción. Sí, posiblemente de una dimensión que nos resulta difícil comprender. Dios, creador del mundo, del universo y de todo lo existente, vive eternamente. Es y se mueve en un plano superior, que incluye y abarca el nuestro. Pero, Él nos ha creado para que vayamos a Él y vivamos con Él eternamente.

Dado que no comprendimos este mensaje, nos envió a su propio Hijo para que nos muestre el camino. Él, muriendo en la cruz y resucitando, nos mostró el camino. En el poco tiempo de predicación que tuvo entre nosotros, nos lo mostró. Nos reveló a Dios Padre y Su Voluntad: que nos amemos unos a otros, como Él mismo nos ama.

Para que entendamos este mensaje, Cristo nos dio muchas, muchísimas señales, entre ellas, la Transfiguración. Fue realmente indescriptible, tanto que los tres discípulos que lo acompañaron quedaron embobados, casi paralizados… “Ellos callaron y, por aquellos días, no dijeron a nadie nada de lo que habían visto.” ¿Qué iban a decir? ¿Qué podían decir? Habían vivido una experiencia única, maravillosa, inexplicable. Algo que, como decimos en Cursillos, se tiene que vivir, que no se puede contar, que no se puede explicar, porque va más allá de nuestra razón, de nuestro pobre entendimiento…Algo que te llena de asombro, pero al mismo tiempo de paz, de esperanza, de alegría… “Pedro y sus compañeros estaban cargados de sueño, pero permanecían despiertos, y vieron su gloria…”

Más allá del asombro, fue tal la dicha que los embargó que “dijo Pedro a Jesús: «Maestro, bueno es estarnos aquí. Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías», sin saber lo que decía.” Esta es la Gloria de Dios…un lugar sin tiempo ni espacio, que te llena de paz, de alegría, de plenitud…que está más allá de todo, por encima de todo, que una vez experimentado, no quisiéramos dejar jamás. Estas son primicias del Reino que a estos tres discípulos embobados, desconcertados, asombrados, les estuvo permitido ver, sentir, vivir…

Y aún pudieron oír: «Este es mi Hijo, mi Elegido; escuchadle».

Todo empezó con Cristo subiendo al monte a orar. Y ocurrió mientras Jesús oraba. No es casual. Es claramente la muestra palpable del poder de la oración. De la importancia de la oración en la vida de Jesús y por lo tanto, también de lo que debe ser en nuestras vidas. La oración tiene esta capacidad de transformarnos, de elevarnos, de cambiarnos, de unirnos a Dios Padre, con Cristo y con todos aquellos que han hecho del cumplimiento de la Voluntad del Padre la razón de sus vidas…La oración nos une con Dios en un “plano”, en una “dimensión” sin tiempo ni espacio, donde Él habita, donde nos espera, donde estamos llamados a ir…La oración nos permite atisbar aquél horizonte que habremos de alcanzar siguiendo a Jesús.

Oremos:

Padre Celestial, ilumínanos para entender que por ningún motivo debemos alejarnos de Ti y que siempre te podremos encontrar, si somos capaces de apartarnos por un momento de todo cuanto nos aflige y perturba, para encontrarte en la Oración. ¿Cómo podremos oír tu voz si no oramos? Tú eres nuestra fortaleza, Tu nuestra roca. Sin Ti nada podemos, nada somos. Permítenos perseverar en la oración diaria. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Mateo 16, 13-19

Texto del evangelio (Mt 16, 13-19)

En aquel tiempo, llegado Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?». Ellos dijeron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías, otros, que Jeremías o uno de los profetas». Díceles Él: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Simón Pedro contestó: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo».

Replicando Jesús le dijo: «Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos».

Reflexión: Mt 16, 13-19)

Qué duda cabe. De aquí proviene la autoridad de Pedro y de sus sucesores en la Iglesia. Del mismo modo en que Jesucristo reconoce que es Dios Padre quien le ha revelado quien es Jesucristo a Pedro, y con la misma autoridad del Padre es que Jesús instituye su Iglesia, poniendo a Pedro como cimiento, como piedra fundamental sobre la cual “edificaré mi iglesia”.

Este es el papel y el tremendo poder que Dios Padre, por medio de Jesucristo, otorga a Pedro en la Iglesia y con él, a todos sus sucesores hasta Benedicto XVI. Sin duda ha habido tipos en el sillón de Pedro que no lo merecían, que no debieron sucederlo, probablemente, que han hecho más daño que bien. Sin embargo este también es el recuerdo que la Iglesia de Cristo está conformada por hombres, falibles, imperfectos, pero que tienen una gran Misión, que no es otra que la de Cristo. Como toda organización humana, necesitamos una cabeza. Esta es el Papa, que tiene toda la autoridad de atar y desatar…Debemos orar asiduamente por nuestro pastor, para que sople el Espíritu Santo sobre él, y sepa conducir responsablemente y a la altura de la Misión encomendada a la Iglesia, fiel y leal a Cristo, ayudando a construir la ansiada civilización del amor.

Debemos procurar entender que todos los cristianos, es decir, los seguidores de Cristo, tenemos una misma y única misión: propagar el evangelio, que no es otra cosa que acrecentar el Reino. En ese sentido somos un mismo cuerpo, el Cuerpo Místico de Cristo, al servicio de la humanidad, al servicio de la Salvación. Configurados con Cristo, es decir hechos uno con Él, tenemos la misma misión. Es como piedra de toque, como cimiento de este cuerpo, que Cristo nombra y confiere autoridad a Pedro. Es, sin duda, la responsabilidad más grande que ha podido ser conferida a persona alguna. Responsabilidad que, sin embargo, todos compartimos de algún modo, pues todos tenemos la misma misión.

Tenemos pues que conformar una gran comunidad, incluyente, universal. Eso es lo que pretende, con muchos errores, seguramente, la Iglesia Católica, la Iglesia Universal. Ninguno de nosotros puede renunciar a este deber y a esta responsabilidad. En la medida en que cada uno de nosotros actúe apropiadamente, la Iglesia irá cumpliendo su Misión. Somos un solo Cuerpo, que tiene a Cristo a la cabeza, representado aquí por el Papa.

Oremos:

Padre Santo, permítenos entender esta organización que a veces se nos antoja misteriosa, tal vez por tantos ataques que recibe y por qué no, también, por los muchos errores cometidos. Haznos fieles y leales siervos tuyos, entendiendo que solo podemos servirte, sirviendo y amando a nuestros hermanos. Siendo unidos y manifestando amor entre nosotros como partes de un mismo  cuerpo, de una misma Iglesia, porque así te ha parecido bueno. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Lucas 5, 1-11

Texto del evangelio (Lc 5, 1-11)

En una ocasión, Jesús estaba a la orilla del lago Genesaret y la gente se agolpaba sobre Él para oír la Palabra de Dios, cuando vio dos barcas que estaban a la orilla del lago. Los pescadores habían bajado de ellas, y lavaban las redes. Subiendo a una de las barcas, que era de Simón, le rogó que se alejara un poco de tierra; y, sentándose, enseñaba desde la barca a la muchedumbre. Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: «Boga mar adentro, y echad vuestras redes para pescar». Simón le respondió: «Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos pescado nada; pero, en tu palabra, echaré las redes». Y, haciéndolo así, pescaron gran cantidad de peces, de modo que las redes amenazaban romperse. Hicieron señas a los compañeros de la otra barca para que vinieran en su ayuda. Vinieron, pues, y llenaron tanto las dos barcas que casi se hundían.

Al verlo Simón Pedro, cayó a las rodillas de Jesús, diciendo: «Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador». Pues el asombro se había apoderado de él y de cuantos con él estaban, a causa de los peces que habían pescado. Y lo mismo de Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Jesús dijo a Simón: «No temas. Desde ahora serás pescador de hombres». Llevaron a tierra las barcas y, dejándolo todo, le siguieron.

Reflexión: Lc 5, 1-11

El señor es capaz de estos prodigios y muchos más. La verdad es que siempre los está desarrollando frente a nuestros ojos, sino que muchas veces somos incapaces de verlos, porque estamos ciegos. El conduce y orienta nuestras vidas. Nos lleva de aquí para allá…Nos saca de aquí y nos pone allá. Algunas veces nos invita a hacer una elección; otras nos pone frente a varias disyuntivas…Tenemos que escoger, tenemos que elegir…Pero es Él quien propone, y va siguiendo nuestro desempeño. Nos anticipa los peligros, nos advierte y algunas veces nos da un empujón para que saltemos, para que salgamos, para que pasemos. Él no quiere que caigamos en las manos del maligno y hace lo indecible para cuidar el tesoro que tenemos en nuestro ser, nuestra alma, nuestro espíritu.  Sin embargo nosotros somos libres de decidir y está en nuestras manos escoger aquello que es el bien superior o sumergirnos y degradarnos en el miasma que nos propone el Príncipe del as tinieblas.

El Señor, como a Simón Pedro nos dice, vamos allá, ahí pescaremos…Pero nosotros, incrédulos, faltos de fe y muchas veces llenos de soberbia le increpamos, que no es lógico, que no lo haremos, porque no somos tontos. Ya hemos estado por allí y hemos visto y por tanto tenemos el convencimiento que no hay nada. No haremos el papelón. Entonces, no le hacemos caso y dejamos pasar una preciosa oportunidad. ¿Para qué? Para dar fruto. El Señor quiere que demos fruto y en abundancia. “Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador. Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo corta, y todo el que da fruto, lo limpia, para que dé más fruto.” (Juan 15, 1-2) “La gloria de mi Padre está en que deis mucho fruto, y seáis mis discípulos.” (Juan 15,8)

El Señor sale a nuestro encuentro, a cada instante, en las más diversas circunstancias. Y es que Él, en realidad, está siempre con nosotros, acompañándonos, guiando nuestros pasos. Debemos hacernos disponibles  para oírle. Esto es Gracia que el mismo Señor concede a quien de veras lo busca, a quien de veras lo quiere. Oye a tu corazón. Medita, ora. No actúes irreflexivamente, como un animalito. Para eso Dios te dio inteligencia, para que te distingas de los animales, para que no sigas tus instintos, sino que piense y procures SIEMPRE el bien mejor, lo que realmente te conviene. Si siempre actúas así, no tendrás pierde. Y verás como nunca lo que más te conviene es hacer daño a nadie; por el contrario, mientras más bien hagas a los demás, más bien estarás haciéndote a ti mismo. Esa es la lección que viene a darnos Jesucristo: “Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado.” (Juan 15, 12). “Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos.” (Juan 15, 13)

Así que, prestémosle oídos y tiremos las redes por donde él nos indica y daremos mucho fruto. No hay nada más precioso que el ser humano. Por eso, el quiere hacernos “pescadores de hombres”. Si hemos visto la luz, no podemos esconderla bajo nuestra cama; no podemos guardárnosla para nosotros; tenemos que ponerla en lo alto, para que alumbre a los demás y así todos puedan encontrar el camino y dar todos el fruto a que están llamados.

 

Oremos:

Padre Santo, haznos digno de Tu amor. Que sepamos irradiarlo a nuestros hermanos; que no nos lo guardemos egoístamente tan sólo para nosotros. Que propiciemos y estemos atentos a esos encuentros que pueden cambiar una vida: ya seas las nuestras o las de nuestros hermanos. Abre nuestros ojos. Quita de nuestra alma tanto prejuicio, tanta maleza que solo nos impide brillar y ver el brillo de nuestros hermanos… Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Juan 1, 43-51

Texto del evangelio (Jn 1, 43-51)

En aquel tiempo, Jesús quiso partir para Galilea. Se encuentra con Felipe y le dice: «Sígueme». Felipe era de Bestsaida, de la ciudad de Andrés y Pedro. Felipe se encuentra con Natanael y le dice: «Ése del que escribió Moisés en la Ley, y también los profetas, lo hemos encontrado: Jesús el hijo de José, el de Nazaret». Le respondió Natanael: «¿De Nazaret puede haber cosa buena?». Le dice Felipe: «Ven y lo verás».

Vio Jesús que se acercaba Natanael y dijo de él: «Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño». Le dice Natanael: «¿De qué me conoces?». Le respondió Jesús: «Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi». Le respondió Natanael: «Rabbí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel». Jesús le contestó: «¿Por haberte dicho que te vi debajo de la higuera, crees? Has de ver cosas mayores». Y le añadió: «En verdad, en verdad os digo: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre».

Reflexión: Jn 1, 43-51

El encuentro con Jesús no es casual. Él ha estado esperando por cada uno de nosotros. Él sabe donde estamos, quienes somos y qué hacemos. Él sale a nuestro encuentro. Y es imposible negarlo o dejar de reconocerlo cuando lo vemos.

Podemos tratar de engañarnos, fingir que no lo vimos, que no lo escuchamos, que no supimos donde estaba ni quién era, sin embargo no podremos engañar a nuestro corazón y una vez que lo hayamos encontrado, difícilmente podremos perderlo de vista, ignorarlo en nuestras vidas.

Y es que todos estos encuentros fueron previstos desde antes que viéramos la luz. No, no estamos hablando de un determinismo o una predestinación, en el sentido que estuviéramos siendo manipulados o hubiéramos perdido la libertad. No. Siempre tendremos frente a nosotros la opción de seguirlo o dejarlo marcha, dejarlo pasar. Pero si lo hacemos, seremos unos estúpidos, pues aplicando nuestra razón y si somos consecuentes, caeremos en la cuenta que toda nuestra vida estuvimos buscándolo o, si se quiere, caminando hacia Él…Entonces ¿Cómo dejarlo marchar, si Él mismo sale a nuestro encuentro? Lo lógico sería adherir a Él…¿Qué nos detiene? Ya sé…Tenemos tanto…Tanto que preservar, tanto que proteger, tanto que mantener, tanto que perder…

Es que nos falta fe. Fe para entender que Él es el Bien Superior; que no hay nada sobre Él…que no hay nada más allá de Él o por encima de Él. Que quien lo tiene a Él, lo tiene todo…no necesita más. Si lo pudiéramos entender, seríamos como San Francisco o tantos otros santos que supieron abandonarlo todo, todo por Él.  “Deja que los muertos entierren a sus muertos…” “Quien pone la mano en el arado y mira hacia a tras, no es apto para el Reino”…Esas son palabras de Jesús. Así de radical es su llamado, así de exigente. Y, si lo pensamos bien, no podía ser de otro modo. Si estamos hablando del “Bien Superior”, ¿cómo tendría que ser su llamado? Tu mismo no le dirías a tu hijo: “oye niño, ven por aquí, que yo se qué es lo que te conviene”…Y si tu serías capaz de tanto bien, imagínate de lo que será capaz nuestro Padre Celestial, que tiene cada uno de nuestros cabellos contados…

¡Aleluya!

Oremos:

¡Bendito seas Dios mío, Padre de nuestros Señor Jesucristo, que nos permites ver tanta bondad…Que nos has deparado tan dichoso y vivificante encuentro! Todo lo abarcas, todo lo llenas…Nuestra alma reboza de alegría ante tu sola presencia. Gracias Señor. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Juan 1, 35-42

Texto del evangelio (Jn 1, 35-42)

En aquel tiempo, Juan se encontraba de nuevo allí con dos de sus discípulos. Fijándose en Jesús que pasaba, dice: «He ahí el Cordero de Dios». Los dos discípulos le oyeron hablar así y siguieron a Jesús. Jesús se volvió, y al ver que le seguían les dice: «¿Qué buscáis?». Ellos le respondieron: «Rabbí —que quiere decir, “Maestro”— ¿dónde vives?». Les respondió: «Venid y lo veréis». Fueron, pues, vieron dónde vivía y se quedaron con Él aquel día. Era más o menos la hora décima. Andrés, el hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que habían oído a Juan y habían seguido a Jesús. Éste se encuentra primeramente con su hermano Simón y le dice: «Hemos encontrado al Mesías» —que quiere decir, Cristo—. Y le llevó donde Jesús. Jesús, fijando su mirada en él, le dijo: «Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas» —que quiere decir, “Piedra”.

Reflexión: Jn 1, 35-42

Los encuentros de Jesús con sus discípulos no dejan de ser menos extraordinarios. Es que ciertamente tanto ellos habían sido preparados por Juan y por su formación previa, como Jesús salió a su encuentro. No había lugar a dudas. De Él se la habían pasado hablando seguramente muchas veces, esperando su llegada y ahora, tal como les había sido anticipado, lo tenían delante. 

El encuentro con Jesús es definitivo para quien realmente lo busca. La respuesta a la pregunta “¿dónde vives”? ha de ser totalmente cautivante, al extremo de no querer abandonarlo jamás, de seguirlo por donde vaya. Ese es Jesús: llena todo, colma todo, abarca todo. No hay nada más allá y quien lo conoce, no puede conformarse con menos.

Pero, para realmente conocer a Jesús tenemos que haber preparado nuestros corazones previamente. Jesús se da plenamente a quien lo quiere sinceramente, a quien es capaz de abrirse por sobre todas sus ataduras, a quien es capaz de levantarse por encima de sus miserias, tratando de mirar más alto, más lejos. A quien tiene vocación. Eso es lo que tenían los discípulos. Eso es lo que han tenido tanta gente santa y honesta que nos ha precedido. Vocación. La firme convicción que Dios está por encima de todo, que Él lo gobierna todo, que Él es nuestro creador, que Él es nuestro Padre y que a Él nos debemos cada día. Que no hay causa más noble que consagrar a Él la vida entera…Finalmente y resumiendo, que el AMOR está por encima de todo.

Eso lo ven y encuentran los discípulos desde la primera vez que cruzan sus miradas con la de Él. Luego, van con Él, lo siguen, lo oyen…y ya no pueden dejarlo. El Proyecto que el Señor propone para nuestras vidas es cautivante, es único…Una vez que los haz oído, no lo puedes abandonar. El siempre estará allí, esperándote, con los brazos abiertos, como la primera vez. Por eso los santos, los hombres rectos, nunca lo dejan.

Oremos:

Padre Santo, danos la Gracia de encontrar a Jesús en nuestras vidas, abrazarlo y no dejarlo jamás. Sin Él, nos hundiríamos, como Pedro en el lago. Solo siendo fieles lograremos alcanzar la meta que nos propone. Danos la luz, para ver claramente el Camino; el coraje para seguirlo y la Fe para abandonarnos confiadamente a Su Voluntad. Amén.

Roguemos al Señor…

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Mateo 4, 18-22

Texto del evangelio (Mt 4, 18-22)

En aquel tiempo, caminando por la ribera del mar de Galilea vio a dos hermanos, Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés, echando la red en el mar, pues eran pescadores, y les dice: «Venid conmigo, y os haré pescadores de hombres». Y ellos al instante, dejando las redes, le siguieron. Caminando adelante, vio a otros dos hermanos, Santiago el de Zebedeo y su hermano Juan, que estaban en la barca con su padre Zebedeo arreglando sus redes; y los llamó. Y ellos al instante, dejando la barca y a su padre, le siguieron.

Reflexión: Mt 4, 18-22

El llamado del Señor es imperativo. No deja lugar a dudas, ni espera. A los cuatro discípulos que llama en esta lectura los encuentra trabajando. Eran pescadores y estaban ocupados en sus labores cotidianas. Sin embargo al oír el llamado, dejan todo y lo siguen. No lo piensan dos veces, ni se ponen a calcular la conveniencia o inconveniencia…¿cuánto dejarán de ganar? ¿Cuánto perderán? ¿Cuánto estarán poniendo en peligro?

Los hijos de Zebedeo incluso dejan a su padre. Pedro y Andrés también acuden al llamado para convertirse en “pescadores de hombres”. ¿Qué tiene este Señor que inmediatamente cautiva a tal extremo de dejarlo todo por seguirlo?  Seguramente estos pescadores ya habían oído hablar de Jesús y tenían algún conocimiento del Mesías que habría de venir…Habrían escuchado hablar de Jesús, e imaginando cual sería su misión, que los llevaría seguramente a liberarse del yugo opresor de los Romanos, no dudaron un instante en unirse a aquél hombre que hablaba tan claramente, tan sabiamente y arrastraba multitudes…Ya debieron tener alguna referencia de Él…Por eso se unen inmediatamente.

Eran hombres valientes, sinceros, sencillos, generosos…que sabían del sufrimiento de su pueblo y ante el llamado de un líder que viene a liberarlos, a imponerse, no dudan ni un solo instante en unirse. Inmediatamente se ponen a órdenes del Señor. “Di Señor, que quieres que hagamos”. “Aquí estamos, a tus órdenes” “Tu manda, que nosotros inmediatamente obedeceremos.” Esta debió ser la actitud de los discípulos en general…

Había mucho por qué luchar…Sólo necesitaban un líder, y este apareció. Este sería, tal vez, el que liberaría al pueblo de Israel y los discípulos estaban dispuestos a luchar a su lado. Estaban lejos de comprender, seguramente, la trascendencia de la misión que el Señor les habría de encomendar.  Pero es su buena disposición y su entrega generosa lo que debemos rescatar hoy.

Oremos:

Padre Santo, danos el valor para responder al llamado de Jesús en forma inmediata, sin titubeos; para seguirlo y ponernos generosamente a su disposición, sin pedir nada a cambio. Que nos pongamos en marcha, sin excusas. Amén.

Roguemos al Señor…

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Lucas 12, 39-48

Texto del evangelio (Lc 12,39-48)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Entendedlo bien: si el dueño de casa supiese a qué hora iba a venir el ladrón, no dejaría que le horadasen su casa. También vosotros estad preparados, porque en el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre».

Dijo Pedro: «Señor, ¿dices esta parábola para nosotros o para todos?». Respondió el Señor: «¿Quién es, pues, el administrador fiel y prudente a quien el señor pondrá al frente de su servidumbre para darles a su tiempo su ración conveniente? Dichoso aquel siervo a quien su señor, al llegar, encuentre haciéndolo así. De verdad os digo que le pondrá al frente de toda su hacienda. Pero si aquel siervo se dice en su corazón: ‘Mi señor tarda en venir’, y se pone a golpear a los criados y a las criadas, a comer y a beber y a emborracharse, vendrá el señor de aquel siervo el día que no espera y en el momento que no sabe, le separará y le señalará su suerte entre los infieles.

»Aquel siervo que, conociendo la voluntad de su señor, no ha preparado nada ni ha obrado conforme a su voluntad, recibirá muchos azotes; el que no la conoce y hace cosas dignas de azotes, recibirá pocos; a quien se le dio mucho, se le reclamará mucho; y a quien se confió mucho, se le pedirá más».

Reflexión: Lc 12,39-48

Más claro, el agua. Siempre estamos dándole vueltas y vueltas a las Palabras del Señor para encontrar el resquicio que permita evadirlas, para tornarlas más dóciles y complacientes con nuestra falta de decisión, con nuestra inacción, con nuestra cobardía. Queremos hacerlas inocuas, para seguir obrando como tenemos costumbre. Como si se tratara de un estilo de vida opcional; nuevamente, una mascarada. Es que no queremos perder ni una sola de las comodidades a las que nos hemos acostumbrado. No estamos dispuestos a arriesgar nada por su Palabra. Queremos estar con Él y también con el demonio. Queremos tenerlo todo. ¡Eso no es posible!

Peor aún, aquellos que mucho han recibido, aquellos que han visto, aquellos que saben de qué va la cosa…No pueden hacerse los locos o las locas. Pueden tratar de engañarse a sí mismos, e incluso engañar a los demás por algún tiempo, pero al Señor no lo podrán engañar jamás. Del mismo modo que el agua y el aceite no se junta, tampoco se pueden juntar la Voluntad del Señor con la de Satán. Parecen palabras muy gruesas, para alguien tan sencillo como uno, nos decimos. ¡Qué fácil engañarnos y engañar a los demás! ¡Tú sabes lo que está mal y lo que está bien!

El fuego más grande comienza con una chispa. Alguna vez haz visto seguramente como se rompe un parabrisas…basta un solo golpecito, un pequeña fisura para que se corra y se rompa todo…como una media nylon. ¿Entonces, no digas que no sabes cómo algo tan pequeño puede causar una daño tan grande? No lo sabemos. Esa es parte de la historia de la humanidad ¿Cuánto mal pudimos evitar? ¿Cuánto bien impedimos realizar?

¿Cuál es pues, finalmente, el gran crimen del aborto? ¿Es solamente esa vida cegada, lo que ya es bastante? ¿O son también cuántas vidas que vendrían de ella? ¿Cuántas esperanzas? ¿Cuántas promesas? Todo por una decisión….No olvidemos que amar es tomar una decisión.

Con todo lo que me ha sido dado…con todo lo que he recibido en esta vida…¿He decidido amar? O estoy todavía a la espera ¿de qué? ¿Crees que alguien decidirá por ti? ¿Qué esperas? Ojala no sea demasiado tarde.

Oremos:

Padre Santo, danos tu luz para ver lo que tenemos que hacer. Danos Tu paz y Tu valor para resistir. No permitas que nadie sufra por nuestras decisiones, aquellas que tomamos en Tu Nombre. Ablanda los corazones de nuestros enemigos, para que vean ellos también Tu luz y caigan rendidos ante tu majestad. ¡Que triunfe el amor! Amén.

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Marcos 10, 17-30

Texto del evangelio (Mc 10,17-30)

En aquel tiempo, cuando Jesús se ponía en camino, uno corrió a su encuentro y arrodillándose ante Él, le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué he de hacer para tener en herencia vida eterna?». Jesús le dijo: «¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios. Ya sabes los mandamientos: No mates, no cometas adulterio, no robes, no levantes falso testimonio, no seas injusto, honra a tu padre y a tu madre». Él, entonces, le dijo: «Maestro, todo eso lo he guardado desde mi juventud». Jesús, fijando en él su mirada, le amó y le dijo: «Una cosa te falta: anda, cuanto tienes véndelo y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; luego, ven y sígueme».

Pero él, abatido por estas palabras, se marchó entristecido, porque tenía muchos bienes. Jesús, mirando a su alrededor, dice a sus discípulos: «¡Qué difícil es que los que tienen riquezas entren en el Reino de Dios!». Los discípulos quedaron sorprendidos al oírle estas palabras. Mas Jesús, tomando de nuevo la palabra, les dijo: «¡Hijos, qué difícil es entrar en el Reino de Dios! Es más fácil que un camello pase por el ojo de la aguja que un rico entre en el Reino de Dios». Pero ellos se asombraban aún más y se decían unos a otros: «Y ¿quién se podrá salvar?». Jesús, mirándolos fijamente, dice: «Para los hombres, imposible; pero no para Dios, porque todo es posible para Dios». Pedro se puso a decirle: «Ya lo ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido». Jesús dijo: «Yo os aseguro: nadie que haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o hacienda por mí y por el Evangelio, quedará sin recibir el ciento por uno: ahora al presente, casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y hacienda, con persecuciones; y en el mundo venidero, vida eterna».

Reflexión: Mc 10,17-30

El llamado del Señor es exigente. No es fácil, porque demanda la entrega total. El gran problema es que tendemos a aferrarnos a las cosas. Muchas veces se interpretan tendenciosamente estas palabras como si sólo fueran una sentencia para los ricos. Y, en realidad, se refieren a todos, pues de algún modo todos somos ricos. Somos ricos cuando nos aferramos a ciertas cosas, que las consideramos indispensables, de las que no estamos dispuestos a deshacernos; las que no estamos dispuestos a sacrificar por nadie, ni por Dios, ni por el Evangelio.

Estas riquezas son relativas. Siempre habrá alguien que comparado con nosotros no tiene nada y sin embargo, será “rico” en la medida que se aferra a ello y no está dispuesto a ceder ni un ápice por el bien común, por su familia, por su prójimo, por la paz, por amor. Puede haber extremadamente ricos, no conozco muchos, ni soy quien para juzgarlos, que en cambio son muy generosos; dan y reparten a diestra y siniestra, sin reparos…quizás precisamente porque tienen de sobra y aunque dan muchísimo, no lo hacen al extremo que ello signifique un sacrificio imposible de sobre llevar.
El Señor pide fidelidad y seguimiento total, pleno.  “…anda, cuanto tienes véndelo y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; luego, ven y sígueme.”

Esto exige poner en orden nuestra vida. Tener una escala de valores y saber reconocer ahora y siempre qué es primero y actuar en función de ello. Ojo, aquí es necesario hacer una precisión. Es verdad que el Señor nos deja en completa libertad y que Él propone el seguimiento de Su Palabra, del Evangelio…no lo impone. Pero tan cierto es esto como que Él es el Camino. Es decir que Él es la opción correcta; la opción perfecta. No hay otra. Está en nosotros discernir y alcanzar la luz necesaria para su seguimiento. Esto es lo que debemos pedir.
   

Oremos:

Señor, danos Tú luz para saber elegir siempre todo aquello que nos acerca más a Ti Para preferir siempre Tu Camino y para no caer engañados en el egoísmo. Haznos ligeros de equipaje. Que comprendamos que lo mejor que tenemos  está en nosotros, que nuestro mayor tesoro eres Tú. Que teniéndote a Ti, lo tenemos todo. Que sin Ti no somos nada. Que estemos siempre dispuestos, siempre disponibles y que no haya nada ni nadie que nos “obligue” a postergarte. 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)
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Reflexión: Lc 9,18-22

Lc 9,18-22

Nos cuesta entender al Señor, no porque sea difícil, no. Lo que pasa es que no queremos oír lo que dice. Nos incomoda, nos mortifica. ¿Por qué Cristo habría de querer que no se diga quién era?

Es que no iba a escudarse en ello, ni valerse de lo que con toda naturalidad nosotros hubiéramos echado mano: Su Poder. Si nuestra salvación dependiera de Su Poder o mejor dicho, si hubiera querido Dios Padre que nuestra salvación dependiera de Su Poder o del Poder de Cristo, en primer lugar no hubiera enviado a Jesús, ni lo hubiera dejado padecer para salvarnos. Hubiera chasqueado los dedos y listo…¡Todos salvos! ¡Qué lindo!

Pero eso hubiera sido denigrante, hubiera ido en contra de nuestra dignidad. ¿No fuimos creados LIBRES? ¿Cómo podía Dios respetar nuestra libertad si al mismo tiempo nos impedía decidir? Podemos darle un millón de vueltas, finalmente tendremos que concluir en que Dios lo hizo todo bien. No podía ser de otro modo, tratándose de un Dios que es Amor.

Somos nosotros los que nos alocamos, los que perdemos la paciencia, los que dejamos de perseverar. ¿Queremos tenerlo todo, sin que nos cueste nada, sin el menor esfuerzo, sin el menor sacrificio. Queremos servir a dos Señores y como nos lo recordó Jesucristo, eso es imposible. No podemos estar con Dios y con el Diablo al mismo tiempo. O estamos en la luz o estamos en la oscuridad. O estamos con la verdad o estamos con la mentira.

El hombre lleva el bien, la verdad y la luz en su corazón; es la impronta de Dios. Sin embargo necesita ser convencido que debe actuar siempre en función de la verdad y la luz. Necesita ser convencido que en el amor está su felicidad. Escribe millones de libros y versos declarándolo, pero difícilmente llega a vivirlo plenamente.

Es por eso que necesitamos de Cristo, para que Él nos enseñe el Camino. Y tendrá que llegar al extremo de padecer y morir en la cruz para que le entendamos. Entonces, recién después de pasar por este cáliz puede el Señor mostrar su poder Resucitando, venciendo a la Muerte. Es por esto que Cristo manda callar a Pedro. Conociéndonos, sabía que inmediatamente íbamos a querer apartarlo de su Misión, pidiendo que de una vez venza a los Romanos, sin tener que pasar por la humillación, por el calvario y la cruz.

Sin embargo hay un refrán popular que reza: “el que quiere celeste, que le cueste”. Este nos debe hacer recordar que el camino de la felicidad y el amor no es fácil. Parece paradójico, pero así es. Esto es lo que nos cuesta entender. Para Vivir, hay que ser capaz de morir.

Oremos:

Padre Santo, danos la luz del Espíritu Santo para que podamos entender la Verdad revelada por Tú Hijo, Nuestro Señor Jesucristo.

Que seamos fieles y leales a la Verdad. Danos valor, para no abandonarla aunque nos cueste, aunque duela, aunque tengamos que morir por ella. Amén.

 Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Reflexión: Mt 18,21-19,1

Mt 18,21-19,1

Somos muy compasivos y condescendientes con nosotros mismos, pero no siempre estamos dispuestos a aplicar la misma medida con nuestros hermanos. Con ellos si somos exigentes y no estamos dispuestos a perdonarles una.

Qué proclives a mirar la paja en el ojo ajeno y tan duros y lentos para reconocer la viga que tenemos en el nuestro. Sin embargo el Señor nos recuerda que con la misma medida con la que medimos, seremos medidos.
¿Y es que si nosotros hemos recibido tanto, no debíamos estar dispuestos por lo menos a dar lo mismo? El Señor nos señala muy claramente hasta donde debemos estar dispuestos a perdonar…Y, así como su perdón no tiene fin, nosotros también debemos perdonar las veces que sea necesario. Es de verdad muy difícil asumir lo que nos pide el Señor, sin embargo debemos esforzarnos por cumplirlo, si nos confesamos cristianos y estamos dispuestos a seguirlo.

Ser cristiano no es fácil; requiere valor y esto es lo más difícil de encontraren este mundo ligth en el que vivimos, en el que todo parece caminar a medio pelo; en que la exigencia no es tolerada; en el que nos conformamos con el “así no más”. El Señor nos pide siempre ir más allá. Ser comprensivos, compasivos y CARITATIVOS. No de la boca para afuera, sino de corazón.

Oremos:

Padre Santo, ayúdanos a perdonar tanto como Tú estás dispuesto a perdonarnos.

Que en lugar de andar contando las faltas los yerros de nuestros hermanos, estemos dispuestos a perdonarlos, corregirlos y ayudarlos.

 
Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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Reflexión: Mc 9,2-10

Mc 9,2-10

Hoy, el Evangelio nos habla de la Transfiguración de Jesucristo en el monte Tabor. Jesús, después de la confesión de Pedro, empezó a mostrar la necesidad de que el Hijo del hombre fuera condenado a muerte, y anunció también su resurrección al tercer día. En este contexto debemos situar el episodio de la Transfiguración de Jesús. Atanasio el Sinaíta escribe que «Él se había revestido con nuestra miserable túnica de piel, hoy se ha puesto el vestido divino, y la luz le ha envuelto como un manto». El mensaje que Jesús transfigurado nos trae son las palabras del Padre: «Éste es mi Hijo amado; escuchadle» (Mc 9,7). Escuchar significa hacer su voluntad, contemplar su persona, imitarlo, poner en práctica sus consejos, tomar nuestra cruz y seguirlo.

Con el fin de evitar equívocos y malas interpretaciones, Jesús «les ordenó que no contaran a nadie lo que habían visto hasta que el Hijo del hombre hubiera resucitado de entre los muertos» (Mc 9,9). Los tres apóstoles contemplan a Jesús transfigurado, signo de su divinidad, pero el Salvador no quiere que lo difundan hasta después de su resurrección, entonces se podrá comprender el alcance de este episodio. Cristo nos habla en el Evangelio y en nuestra oración; podemos repetir entonces las palabras de Pedro: «Maestro, ¡qué bien estamos aquí!» (Mc 9,5), sobre todo después de ir a comulgar.

El prefacio de la misa de hoy nos ofrece un bello resumen de la Transfiguración de Jesús. Dice así: «Porque Cristo, Señor, habiendo anunciado su muerte a los discípulos, reveló su gloria en la montaña sagrada y, teniendo también la Ley y los profetas como testigos, les hizo comprender que la pasión es necesaria para llegar a la gloria de la resurrección». Una lección que los cristianos no debemos olvidar nunca.

Rev. D. Joan SERRA i Fontanet (Barcelona, España)

Oremos:

Señor, el encuentro contigo es maravilloso, es reconfortante y ha iluminado nuestras vidas de un modo único, el que sólo Tú puedes lograr. No ermitas que caigamos en la tentación de guardarte sólo para nosotros y mucho menos de quedarnos paralizados, embobados, extasiados, como si pudiéramos abstraernos de nuestra Misión. ¡Es en ella que radica nuestra salvación y la salvación de la humanidad!

Danos valor para proclamarte en todo lugar. Danos tu sabiduría para proponerte y presentarte a nuestros hermanos con serenidad, pero con convicción y lucidez, recordando que toda ocasión es buena cuando se trata de evangelizar.

Finalmente, que llevemos una vida coherente con el amor que declaramos, pues no hay mejor prédica que el ejemplo.

 

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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