ago 12 2010

Mateo 18, 21 – 19, 1

Texto del evangelio (Mt 18, 21 – 19, 1)

En aquel tiempo, Pedro preguntó a Jesús: «Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?». Dícele Jesús: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Por eso el Reino de los Cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos. Al empezar a ajustarlas, le fue presentado uno que le debía 10.000 talentos. Como no tenía con qué pagar, ordenó el señor que fuese vendido él, su mujer y sus hijos y todo cuanto tenía, y que se le pagase. Entonces el siervo se echó a sus pies, y postrado le decía: «Ten paciencia conmigo, que todo te lo pagaré». Movido a compasión el señor de aquel siervo, le dejó en libertad y le perdonó la deuda.

»Al salir de allí aquel siervo se encontró con uno de sus compañeros, que le debía cien denarios; le agarró y, ahogándole, le decía: «Paga lo que debes». Su compañero, cayendo a sus pies, le suplicaba: «Ten paciencia conmigo, que ya te pagaré». Pero él no quiso, sino que fue y le echó en la cárcel, hasta que pagase lo que debía. Al ver sus compañeros lo ocurrido, se entristecieron mucho, y fueron a contar a su señor todo lo sucedido. Su señor entonces le mandó llamar y le dijo: «Siervo malvado, yo te perdoné a ti toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también compadecerte de tu compañero, del mismo modo que yo me compadecí de ti?». Y encolerizado su señor, le entregó a los verdugos hasta que pagase todo lo que le debía. Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si no perdonáis de corazón cada uno a vuestro hermano».

Y sucedió que, cuando acabó Jesús estos discursos, partió de Galilea y fue a la región de Judea, al otro lado del Jordán.

Reflexión: Mt 18, 21 – 19, 1

Todo lo queremos para nosotros. Que nos traten bien, que nos tengan consideración, que no nos atropellen. ¿Pero, que hay de lo que damos a los demás? ¿Qué hay de los más débiles, de los más pequeños? ¿Procuramos que reciban trato digno y justo? Es más, llegado el momento ¿damos a nuestros hermanos menores, a los más humildes e indefensos, el trato de Hijos de Dios que merecen?

Lamentablemente muchas veces, arrastrados por la rutina y el sistema, somos nosotros mismos los que propinamos el mal trato. ¡Tenemos que sacudirnos de las cadenas de la rutina, de la indiferencia! ¡Tenemos que dejar de actuar como autómatas, a los que nos domina la costumbre, la práctica inhumana y salvaje! ¡Tenemos que dejar de protegernos a nosotros mismos y pensar un poco más en los demás! ¡No se trata de salvarnos a nosotros, aun cuando con ello hundamos a los demás!

¡Tenemos que ser promotores y dar oportunidad a cuantos nos lo piden y está en nuestras manos atender! Es verdad que las cosas suceden por algo, pero no debemos dejarnos manipular, ni mucho menos arrastrar por la inercia, que así se hacen la mayoría de cosas en este mundo y así se comenten las peores injusticias. Tenemos que saber tomar las riendas y orientar adecuadamente, sino ya los acontecimientos, por lo menos nuestra participación en ellos. No podemos actuar como cualquiera, como lo hubiera hecho cualquier otro…Esa no puede ser nuestra excusa, nuestra justificación…¡Tenemos que actuar cristianamente en toda ocasión! Especialmente cuando se involucra a los más débiles y humildes.

Nuestra paciencia y tolerancia, especialmente con los menores, no puede someterse a las leyes humanas, a la costumbre, a lo que dicen las prácticas profesionales, a lo que establece el sistema. Tenemos que aprender a ir más allá, convencidos que tratamos con seres humanos, con personas que tienen trazada una trayectoria, tal vez distinta a la nuestra, pero a las que el Padre las quiere y espera igual que a nosotros. Por ello, la misma exigencia que aplicamos sobre los demás la hemos de aplicar sobre nosotros. O para decirlo de otro modo, hemos de tratar a los demás con la misma tolerancia y paciencia que reclamamos para nosotros.

Recordemos que con la misma vara que medimos seremos medidos. No se trata de poner cargas insoportables en los hombros de los demás y exigirles sin contemplación, más allá de sus posibilidades. Hemos de aprender a perdonar “hasta setenta veces siete.”

Debemos dar el ejemplo en todo lo que hacemos. No debemos dejarnos arrastrar por los acontecimientos, por la costumbre, por lo normado o por lo que “dicta la buena práctica profesional”. Tenemos que recordar que no somos esclavos de nada ni de nadie; que estamos llamados a ir más allá. Más allá de la justicia, más allá de la costumbre, más allá de lo establecido y comúnmente aceptado. Tenemos que actuar con CARIDAD, que es el amor llevado al extremo.

Oremos:

Padre Santo, perdónanos todas las veces que impulsados por la inercia y la costumbre actuamos como autómatas, haciendo lo prescrito y causando dolor en el corazón ajeno. Perdona nuestra soberbia e indolencia. Danos sensibilidad y valor para actuar correctamente, aun cuando ello nos traiga inestabilidad y enemistad. Es Tú amor, que es el amor a los demás, el que hemos de preservar y difundir por sobre todas las cosas. Perdona nuestros errores y no permitas que a quienes tratamos mal se pierdan por este motivo. Ayúdanos a reparar las faltas allí donde se pueda. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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ago 09 2010

Mateo 17, 22-27

Texto del evangelio (Mt 17, 22-27)

En aquel tiempo, yendo un día juntos por Galilea, Jesús dijo a sus discípulos: «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres; le matarán, y al tercer día resucitará». Y se entristecieron mucho.

Cuando entraron en Cafarnaúm, se acercaron a Pedro los que cobraban el didracma y le dijeron: «¿No paga vuestro Maestro el didracma?». Dice Él: «Sí». Y cuando llegó a casa, se anticipó Jesús a decirle: «¿Qué te parece, Simón?; los reyes de la tierra, ¿de quién cobran tasas o tributo, de sus hijos o de los extraños?». Al contestar Él: «De los extraños», Jesús le dijo: «Por tanto, libres están los hijos. Sin embargo, para que no les sirvamos de escándalo, vete al mar, echa el anzuelo, y el primer pez que salga, cógelo, ábrele la boca y encontrarás un estárter. Tómalo y dáselo por mí y por ti».

Reflexión: Mt 17, 22-27

Tuvimos que recurrir a Google para buscar los significados de “didracma” y “estárter”. No fue fácil encontrar ambas…Pero finalmente sabemos que un didracma es dos dracmas (una moneda griega) y un estárter equivalía a 4 dracmas. Es decir que Jesús envió a Pedro a pagar el impuesto anual que se pedía en aquél entonces, tanto por él como por Pedro, con el fin de no generar escándalos. ni chismes, ni habladurías.

No quería Jesús que lo encontraran culpable de infringir alguna de estas leyes y que por ella lo acusaran o se distrajeran y tuvieran una excusas para difamarlo, cuestionarlo o dejarlo. El estaba aquí como uno más de nosotros y aunque como Hijo de Dios, no le correspondía pagar ningún impuesto, lo pagaba como hombre, como cualquiera…Ese me parece el mensaje. No buscaba privilegios para sí, sino allanarse a las leyes y costumbres de los hombres, del pueblo del que se hizo parte.

Sin embargo ¿Qué podría decir Pedro de la forma en que se agenció del dinero aquél? ¿Qué podríamos decir nosotros? Este es un episodio que me llama la atención y en el que creo se encuentra parte de la lección de esta lectura. Jesús paga. No tiene problemas para hacerlo por él y por Pedro. ¿Por él y por nosotros? A Pedro, quien está con él, le quita está preocupación al resolverla como sólo él podía hacerlo, por ser hombre, pero al mismo tiempo Dios.

Pero, ¿por qué no hizo aparecer simplemente la moneda y listo? Porque el Señor necesita de nuestra participación, necesita de nuestro esfuerzo, de nuestra disposición a hacer lo que él nos manda, lo que él nos pide. ¡Necesita que participemos! ¡¡No basta decir sí, creo! ¡Hay que llevar la fe a la acción! Esa me parece que es la gran lección de hoy.

El Señor está con nosotros, está con quienes le aman. No nos abandona ni aun en estas necesidades que parecen tan triviales. El está con nosotros, nos acompaña y nos ayuda a resolverlas; pero para eso tenemos que estar dispuestos a hacer lo que Él nos manda, lo que Él nos pide.  Tenemos que tener Fe y luego actuar en función de ella. Nuestros actos deben revelar nuestra fe. Fe y acción son así dos caras de una misma moneda.

Oremos:

Padre Santo, ayúdanos a comprender que no existe una fe sin obras, que una fe sin obras es una fe muerta, que no sirve para nada. Que la fe debe movernos a actuar en la dirección que le Señor nos señala y a hacer lo que nos dice. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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ago 08 2010

Lucas 12, 32-48

Texto del evangelio (Lc 12, 32-48)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «No temas, pequeño rebaño, porque a vuestro Padre le ha parecido bien daros a vosotros el Reino. Vended vuestros bienes y dad limosna. Haceos bolsas que no se deterioran, un tesoro inagotable en los cielos, donde no llega el ladrón, ni la polilla; porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón. Estén ceñidos vuestros lomos y las lámparas encendidas, y sed como hombres que esperan a que su señor vuelva de la boda, para que, en cuanto llegue y llame, al instante le abran. Dichosos los siervos, que el señor al venir encuentre despiertos: yo os aseguro que se ceñirá, los hará ponerse a la mesa y, yendo de uno a otro, les servirá. Que venga en la segunda vigilia o en la tercera, si los encuentra así, ¡dichosos de ellos! Entendedlo bien: si el dueño de casa supiese a qué hora iba a venir el ladrón, no dejaría que le horadasen su casa. También vosotros estad preparados, porque en el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre».

Dijo Pedro: «Señor, ¿dices esta parábola para nosotros o para todos?». Respondió el Señor: «¿Quién es, pues, el administrador fiel y prudente a quien el señor pondrá al frente de su servidumbre para darles a su tiempo su ración conveniente? Dichoso aquel siervo a quien su señor, al llegar, encuentre haciéndolo así. De verdad os digo que le pondrá al frente de toda su hacienda. Pero si aquel siervo se dice en su corazón: ‘Mi señor tarda en venir’, y se pone a golpear a los criados y a las criadas, a comer y a beber y a emborracharse, vendrá el señor de aquel siervo el día que no espera y en el momento que no sabe, le separará y le señalará su suerte entre los infieles. Aquel siervo que, conociendo la voluntad de su señor, no ha preparado nada ni ha obrado conforme a su voluntad, recibirá muchos azotes; el que no la conoce y hace cosas dignas de azotes, recibirá pocos; a quien se le dio mucho, se le reclamará mucho; y a quien se confió mucho, se le pedirá más».

Reflexión: Lc 12, 32-48

No sé por qué siempre que hacemos una lectura como esta, tendemos a fijarnos más en el castigo y lo sentimos como una amenaza o una advertencia, que nos obliga a actuar bien, para evitar el castigo. Sin embargo, creo que el Señor trata de persuadirnos más bien de actuar con sentido común. Si sabemos que es lo correcto, qué es lo conveniente, ¿no debíamos concentrarnos en proceder de este modo?

Volvemos al tema que revisábamos estos días…Es un asunto de fe. Lo oímos, pero no queremos escucharlo, no queremos entenderlo. Se trata de decidir, de elegir lo que más nos conviene, pero tenemos tantas ofertas, que finalmente escogemos las que nos deslumbran, preferimos aquellas que nos ofrecen satisfacción inmediata, las que nos ofrecen deleite, placer, sin costo ni sacrificio alguno. No queremos promesas de largo alcance, no queremos proyectos de vida, queremos la felicidad plena y total, aquí y ahora.

Y, lamentablemente las hay. Hay propuestas ligeras, livianas, frívolas, que parecieran calzar con nuestras expectativas. Qué deseo de tomarlas…¿Por qué hacer lo que nos encargó el dueño de la hacienda? ¿Por qué no disfrutar? ¿Por qué no organizar una gran fiesta, un gran banquete mientras haya con qué? ¿Y después? Después ya veremos…

Caemos en la tentación de disfrutar el momento, de escoger la senda fácil, sin advertir que tenemos una misión encomendada por nuestro Señor. Misión a la que debemos dedicar toda nuestra vida, no sólo algunos momentos, porque es el cumplimiento de esta tarea lo que más nos conviene, porque solo así acumulamos riqueza  “donde no llega el ladrón, ni la polilla”.

Es un tema de fe, porque está dicho hasta el cansancio que si sabemos dónde se encuentra el tesoro más valioso, la perla más hermosa, lo razonable sería que vendiéramos todos y compráramos aquél lugar, sabiendo que de este modo no perderíamos, sino que por el contrario nos aseguraríamos el mayor tesoro. Siendo esto lo que dicta el sentido común, no lo hacemos ¿Por qué? Pues simplemente porque no le creemos al Señor; porque no importa cómo nos lo diga, ni cuantas veces nos lo demuestre, finalmente dudamos y entonces nos hundimos. Es un problema de fe.

El Señor no manda ir al templo los domingos, ni disponer una hora o un tiempo determinado para la oración. El Señor quiere que vivamos cristianamente SIEMPRE, no sólo en determinados momentos u ocasiones. Y solo somos cristianos si amamos a Dios por sobre todas las cosas y a nuestros hermanos como a nosotros mismos. Este ha de ser nuestro proceder SIEMPRE. Ese es el mandato y esta la actitud en la que espera encontrarnos.

Oremos:

Padre Santo, te damos gracias porque has querido darnos el mayor tesoro, porque nos has querido a tu lado, porque nos has hecho partícipes del Reino. Permítenos vivir conscientes de este gran don, que Te ha parecido bueno entregarnos. Que vivamos como dignos hijos tuyos, manteniendo este tesoro y compartiéndolo con los demás. ¡Danos fe! Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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ago 06 2010

Marcos 9, 2-10

Texto del evangelio (Mc 9, 2-10)

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, Santiago y Juan, y los lleva, a ellos solos, aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos, y sus vestidos se volvieron resplandecientes, muy blancos, tanto que ningún batanero en la tierra sería capaz de blanquearlos de ese modo.

Se les aparecieron Elías y Moisés, y conversaban con Jesús. Toma la palabra Pedro y dice a Jesús: «Rabbí, bueno es estarnos aquí. Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías» -pues no sabía qué responder ya que estaban atemorizados-.

Entonces se formó una nube que les cubrió con su sombra, y vino una voz desde la nube: «Éste es mi Hijo amado, escuchadle». Y de pronto, mirando en derredor, ya no vieron a nadie más que a Jesús solo con ellos. Y cuando bajaban del monte les ordenó que a nadie contasen lo que habían visto hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos.

Ellos observaron esta recomendación, discutiendo entre sí qué era eso de «resucitar de los muertos».

Reflexión: Mc 9, 2-10

Este pasaje sin duda es hermoso y enternecedor, tanto por los hechos extraordinarios que narra, como por la reacción de los apóstoles que tuvieron la dicha de ser elegidos por el Señor para presenciar, para ser testigos anticipados de su Gloria.

Estaban pues con el Hijo de Dios y por si todavía les quedaba alguna duda, después de lo que habían visto frente a sus ojos, el Padre mismo se los reveló con una voz que vino desde la nube: “Este es mi Hijo amado, escuchadle”. Podemos imaginar lo sorprendidos y embobados que quedaron Pedro, Santiago y Juan. Se asustaron, se estremecieron…No sabían qué decir. Por otro lado experimentaban una paz, una dicha incomparable, que provenía entre otras cosas de ser testigos excepcionales de la procedencia Divina de Cristo, de su Maestro, a quien venían acompañando y oyendo, siendo testigos del poder extraordinario que desplegaba entre los más humildes, entre los más pobres, entre los afligidos, entre los pecadores. Se encontraban, sin duda, frente al Salvador, frente al Mesías anunciado. Por ello no atinaron a nada más que manifestar lo augustos que se sentían allí y su deseo de permanecer allí por todo el tiempo que el Señor dispusiera… «Rabbí, bueno es estarnos aquí. Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías»

¡Imagínense observar la Gloria de Dios, aun cuando sea por unos segundos! ¡Nadie querría moverse de allí! Eso ocurrió más o menos con estos apóstoles. Balbuceaban. Sin embargo muy rápidamente el Señor los “trajo a tierra”, recordándoles que tenía que cumplir una misión. Sin embargo, estos discípulos con los que había vivido tanto, todavía no entendían o no querían entender aquello de “hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos.

Es que estamos muy dispuestos a tomar la cruz, a aceptar la misión, pero sin el dolor que esta conlleva. Y es que siempre habrá un “cierto dolor” en el desprendimiento, en el olvidarse de uno mismo, en el poner primero a los demás, en amar. No se trata de masoquismo, sino de entrega. De saber que dando se recibe. De estar convencido de este principio, hasta el extremo, hasta ser capaz de dar la vida por los hermanos, como Cristo. Esta es una exigencia. No hay otra forma de alcanzar la Vida Eterna. No hay otra forma de ser cristiano.

Oremos:

Señor, danos el valor de seguirte aun cuando las cosas parecen no ir también, aun en el dolor y la pena. No permitas que huyamos del sacrificio cuando este sea necesario para salvar a nuestros hermanos. Que no cuidemos tanto de nuestra integridad, como de la felicidad y el bien de los demás.  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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ago 05 2010

Mateo 16, 13-23

Texto del evangelio (Mt 16, 13-23)

En aquellos días, llegado Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?». Ellos dijeron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías, otros, que Jeremías o uno de los profetas». Díceles Él: «Y vosotros ¿quién decís que soy yo?». Simón Pedro contestó: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo». Replicando Jesús le dijo: «Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos». Entonces mandó a sus discípulos que no dijesen a nadie que Él era el Cristo.

Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que Él debía ir a Jerusalén y sufrir mucho de parte de los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, y ser matado y resucitar al tercer día. Tomándole aparte Pedro, se puso a reprenderle diciendo: «¡Lejos de ti, Señor! ¡De ningún modo te sucederá eso!». Pero Él, volviéndose, dijo a Pedro: «¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Escándalo eres para mí, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres!».

Reflexión: Mt 16, 13-23

¿Quién es para nosotros Jesús? Esa ha de ser la pregunta que debemos procurar responder hoy. Y no es desde la razón que debemos responder, sino desde la Fe. Claro está, que la razón puede ayudar a quien así lo dispone, a no ser necio, a no negar tercamente algo de lo que ya ha tenido evidencia, a recordar aquellas manifestaciones de la Gracia, aquellas evidencias recibidas, como en este caso lo hace Pedro…La gente puede decir lo que quiera, pero para Pedro que andaba con el Señor, que había presenciado tantos prodigios y que había oído Su palabra, no había duda…

Pues para nosotros que caminamos en su compañía e iluminados por su presencia, tampoco debía haber duda. El Señor se revela a los que le aman, a los que le oyen, a los que deciden seguirlo. La firmeza, la constancia, la perseverancia, son Gracias que debemos pedir, de modo tal que recibida la Verdad, no se diluya en nuestra memoria y luego, interrogada por la razón o exigida por a realidad, prefiera ser negada y se esconda cobardemente tras la duda, que resulta así la mejor aliada de la oscuridad, del egoísmo, del Príncipe de las tinieblas.

En esta respuesta que da Jesús a Pedro, la Iglesia ha visto siempre el origen del mandato de Pedro y de sus sucesores, los Papas. Es algo que no discutiremos. Sin embargo ello no debe impedirnos reflexionar en lo que nos dice a cada uno de nosotros. Hemos de poner la fe en primer lugar…una fe que además ha sido refrendada en nuestra propia historia personal, porque son innumerables las veces que por Gracia de Dios hemos tenido evidencias de su participación en nuestra vida cotidiana, una fe que, entonces, proviene de hechos irrefutables de los que nuestra memoria y nuestra razón guardan evidencia. ¿Cómo negarla?

Si sostenemos con firmeza nuestra fe y aun la acrecentamos, de allí vendrá el poder que señala Cristo de atar y desatar en la tierra y en los cielos. Y es que quien tiene fe, ama a Dios y quien le ama, hace Su Voluntad; y a quien hace Su Voluntad, se le allanan los caminos en la tierra, pues está haciendo lo que ha sido dispuesto por Dios en los cielos. De esta forma podemos ver en el cielo lo que ocurre en la tierra y viceversa, como si fuera un espejo.

Pero todo este descubrimiento realizado por Pedro y ahora realizado por nosotros, no aparta a Jesús del sacrificio de la cruz, que será necesario como la mayor muestra de amor…Lo que quiere decir que a nosotros tampoco nos ha de eximir de estar dispuestos a amar al extremo. Esa ha de ser la respuesta de la fe en nuestras vidas y cualquier duda, o retroceso en esta línea será una concesión al demonio, que no debemos permitir. Tenemos una misión que cumplir…Así que, como Cristo debemos decir a toda tentación que pretenda alejarnos del Camino: ¡Quítate de mi vista, Satanás!

Oremos:

Padre Santos, denos fuerza de voluntad y perseverancia para seguir a Jesús, aun a  través de las dificultades, confiando en que finalmente habremos de salir triunfantes, si hacemos lo que has dispuesto, lo que nos has mandado: amarte a Ti, por sobre todas las cosas y a nuestros hermanos como a nosotros mismos.  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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ago 03 2010

Mateo 14, 22-36

Texto del evangelio (Mt 14, 22-36)

En aquellos días, cuando la gente hubo comido, Jesús obligó a los discípulos a subir a la barca y a ir por delante de Él a la otra orilla, mientras Él despedía a la gente. Después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar; al atardecer estaba solo allí.

La barca se hallaba ya distante de la tierra muchos estadios, zarandeada por las olas, pues el viento era contrario. Y a la cuarta vigilia de la noche vino Él hacia ellos, caminando sobre el mar. Los discípulos, viéndole caminar sobre el mar, se turbaron y decían: «Es un fantasma», y de miedo se pusieron a gritar. Pero al instante les habló Jesús diciendo: «¡Animo!, que soy yo; no temáis». Pedro le respondió: «Señor, si eres tú, mándame ir donde tú sobre las aguas». «¡Ven!», le dijo. Bajó Pedro de la barca y se puso a caminar sobre las aguas, yendo hacia Jesús. Pero, viendo la violencia del viento, le entró miedo y, como comenzara a hundirse, gritó: «¡Señor, sálvame!». Al punto Jesús, tendiendo la mano, le agarró y le dice: «Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?». Subieron a la barca y amainó el viento. Y los que estaban en la barca se postraron ante él diciendo: «Verdaderamente eres Hijo de Dios».

Terminada la travesía, llegaron a tierra en Genesaret. Los hombres de aquel lugar, apenas le reconocieron, pregonaron la noticia por toda aquella comarca y le presentaron todos los enfermos. Le pedían que tocaran siquiera la orla de su manto; y cuantos la tocaron quedaron salvados.

Reflexión: Mt 14, 22-36

Lo primero que podemos notar en este pasaje es que el Señor dedica mucho tiempo a orar, a hablar con el Padre y que para ello se aparta, se va a la montaña. Algo que sin duda debemos aprender. No podemos pretender ser cristianos, amar a Dios, seguir su Voluntad si no dedicamos un tiempo significativo a la oración. Ella ha de estar presente toda nuestra vida, pero fundamentalmente antes y después de nuestras acciones. Primero para motivarlas y orientarlas y al final, para agradecer las gracias recibidas. Es verdad que específicamente aquí no se nos da cuanta nada más que estuvo a solas orando por varias horas. Jesús, el Enviado, nuestro ejemplo, oraba por largas horas al Padre…

Luego debemos destacar su inmenso poder, que viene precisamente del Padre y que le permite caminar sobre las aguas y apaciguarlas. Si realmente creemos, eso y mucho más podremos hacer. Esta es una muestra evidente del poder de Cristo y de la importancia de confiar en Él, de tener fe, teniendo la plena seguridad que él jamás nos abandonará. Si él nos ha tendido la mano, todo será posible, si no dudamos. Son nuestras dudas las que nos traen abajo, las que nos hunden.

Quizás nuestra oración debe estar fundamentalmente orientada a pedir esta fe, esta confianza en los mandatos del Señor, en su compañía, en los prodigios que Él es capaz de obrar en nuestras vidas, si dejamos que él nos acompañe. Su presencia es inesperada. Se aparece donde menos esperábamos. Es sorprendente para cualquiera. Sin embargo, nosotros con una mente y un espíritu más amplio, debíamos estar dispuestos a verlo, a reconocerlo, porque él está con nosotros, nos acompaña, aun en aquellos momentos difíciles, de duda, de desolación, de agitación, en loa que la misma naturaleza parece implacable…Él está ahí. El asunto es que creamos.

Finalmente, un hecho remarcado en esta lectura es que cuantos tocaron la orla de su manto, quedaron salvados. No dice que quedaron curados…Hay que tener fe para hablar así. Jesús tiene el poder de Salvar, que va mucho más allá que resolver un problema se salud, o económico o social de cualquier tipo que nos puede estar afligiendo en un momento en la vida. La salvación del Señor tiene que ver con algo que está más allá, que incumbe a nuestra alma, a nuestro espíritu, a la dignidad de Hijos de Dios. Jesús nos la devuelve…Se la da a quien cree en Él. Esa es la única condición.

Sacando un ejemplo de nuestra vida cotidiana, nos cuesta creer que Jesús se encuentra en los Sacramentos. No aceptamos la mano que nos tiende para consagrar nuestro matrimonio, por ejemplo, para sacarlo adelante. No creemos, y nos hundimos.

Oremos:

Señor Jesús, ayúdanos a creer que estás presente en nuestra vida cotidiana, que estás aquí, entre nosotros, de diversas formas. Muchas veces en nuestros hermanos y otras en lo que hacemos, en nuestras oraciones y en los sacramentos, que son la presencia visible de algo que es invisible: tu Gracia.  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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jul 22 2010

Juan 20, 1-2.11-18

Texto del evangelio (Jn 20, 1-2.11-18)

El primer día de la semana va María Magdalena de madrugada al sepulcro cuando todavía estaba oscuro, y ve la piedra quitada del sepulcro. Echa a correr y llega donde Simón Pedro y donde el otro discípulo a quien Jesús quería y les dice: «Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto».

Estaba María junto al sepulcro, fuera, llorando. Y mientras lloraba se inclinó hacia el sepulcro, y ve dos ángeles de blanco, sentados donde había estado el cuerpo de Jesús, uno a la cabecera y otro a los pies. Dícenle ellos: «Mujer, ¿por qué lloras?». Ella les respondió: «Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto». Dicho esto, se volvió y vio a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús. Le dice Jesús: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?». Ella, pensando que era el encargado del huerto, le dice: «Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo me lo llevaré». Jesús le dice: «María». Ella se vuelve y le dice en hebreo: «Rabbuní» —que quiere decir: “Maestro”—. Dícele Jesús: «No me toques, que todavía no he subido al Padre. Pero vete donde mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios». Fue María Magdalena y dijo a los discípulos que había visto al Señor y que había dicho estas palabras.

Reflexión: Jn 20, 1-2.11-18

El Señor es fiel a su Palabra. Cumple lo que nos ofrece, lo que nos promete. Lo que pasa es que nosotros no estamos dispuestos a creerle, por más evidencias que nos ofrezca …¡Somos tan incrédulos! No queremos dar crédito a lo que ven nuestros ojos. Dudamos de todo. Decimos. “no puede ser”, e inventamos historias “lógicas” para explicar lo que en realidad es un milagro evidente, que se ha producido frente a nuestros ojos.

“No puede ser”. ¿Cómo que no puede ser, si lo estás viendo ante tus ojos? Ha de ser un truco; debe haber habido un error. Y sin embargo, no. Los hechos están ahí. El Señor ha actuado frente a nuestros ojos, pero no es suficiente, no creemos…queremos más.

Será que sentimos que no lo merecemos o tal vez, que ha sido una coincidencia. Finalmente, nuestras dudas son tan grandes, que  llegamos a negar las evidencias. Eso nunca paso. Fue producto de mi imaginación. De cualquier modo lo minimizamos y seguimos adelante, sin añadir ni un ápice a nuestra fe. Lo merecemos todo, incluso “eso” por lo que rogamos tanto antes, sabiendo que sólo la intervención Divina podía cambiarlo. El Señor accedió a nuestras plegarias y produjo el milagro, sin embargo, una vez recibido, lo ponemos en duda. Así de ingratos somos…Por eso el Señor nos dice: “¡Generación malvada y adúltera! Una señal pide, y no se le dará otra señal que la señal del profeta Jonás.”

En el pasaje de hoy, ´María Magdalena se tropieza con Jesús, lo tiene al frente…incluso habla con Él y no está dispuesta a creer. No puede ver lo evidente, hasta que Jesús se lo hace notar de modo insistente. El hecho que aún a María le suceda, puede servirnos de consuelo, pues qué se puede esperar de nosotros…Pero debemos tener más abiertos los ojos y destapados los oídos. ¡No es posible que no percibamos lo evidente!

El Señor ha venido a este mundo en cumplimiento de la Voluntad del Padre. Ha venido a mostrarnos el Camino. Ha venido a Salvarnos. ¡Esa es su Voluntad! Todo lo que pide de nosotros es que creamos en Él y que nos amemos los unos a los otros. Un “millón” de pruebas nos ofrece para que le creamos..Decenas están escritas en los Evangelios; miles en la historia y muchísimas en nuestra vida cotidiana. Pero no hay peor ciego que el que no quiere ver.

Oremos:

Pidamos al Señor que abra nuestras entendederas, que seamos más rectos al juzgar las evidencias, que seamos justos y le demos al Señor el crédito que merece, ante las obras que despliega frente a nuestros ojos. Que no seamos tercos y necios, empecinándonos en negar lo evidente. Que por el contrario sirvan estos milagros para fortalecer nuestra fe y proclamar el Evangelio. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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may 22 2010

Juan 21, 20-25

Texto del evangelio (Jn 21, 20-25)

En aquel tiempo, volviéndose Pedro vio que le seguía aquel discípulo a quién Jesús amaba, que además durante la cena se había recostado en su pecho y le había dicho: «Señor, ¿quién es el que te va a entregar?». Viéndole Pedro, dice a Jesús: «Señor, y éste, ¿qué?». Jesús le respondió: «Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿qué te importa? Tú, sígueme». Corrió, pues, entre los hermanos la voz de que este discípulo no moriría. Pero Jesús no había dicho a Pedro: «No morirá», sino: «Si quiero que se quede hasta que yo venga».

Éste es el discípulo que da testimonio de estas cosas y que las ha escrito, y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero. Hay además otras muchas cosas que hizo Jesús. Si se escribieran una por una, pienso que ni todo el mundo bastaría para contener los libros que se escribieran.

Reflexión: Jn 21, 20-25

El Señor, nuestro Dios, sabe las historias íntimas de cada uno de nosotros; nos conoce al dedillo, de tal manera que no hay nada que podamos ocultarle. Así que Él sabe lo que espera y exige a cada quien. Por eso, nosotros, no debemos detenernos a juzgar y a preguntar por qué este, o este está bien, pero aquél…Debemos ocuparnos de nosotros mismos y asegurarnos que realmente seguimos al Señor. Eso es lo que importa: Jesús le respondió: «Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿qué te importa? Tú, sígueme».

El Señor no quiere chismes, ni prejuicios, ni comparaciones. Así que no estemos con reproches en nuestras oraciones. No nos detengamos a examinar qué hizo el otro, que hace, que suerte tiene, cómo le va. Asegurémonos de hacer nosotros las cosas bien…¿qué te importa? Tú, sígueme.

El llamado es personal. Aunque es muy cierto que el testimonio se da en la comunidad, con nuestra vida misma, en la vida cotidiana y entre los que nos rodean, el llamado sigue siendo personal. A ti me dirijo…Tú, ven, sígueme.

No es cuestión de acomodarnos, entonces, y pretender justificarnos en lo que hacen los demás. Si Perico no lo hace, porque habré de hacerlo yo…O, si él lo hace, porque no yo también. No andemos mirando la paja en el ojo ajeno, cuando en el nuestro tenemos una viga…Exijámonos a nosotros mismos. Hagamos lo que el Señor ha dispuesto, hagamos su Voluntad, sin juzgar ni poner en lo que hagan los demás nuestra medida. Lo que se te pide a ti, no es lo mismo que lo que se le pide a tu hermano, porque ambos tienen historias distintas, porque cada uno es distinto, único e irrepetible para Dios. Da tú lo mejor de ti. Haz tu mejor esfuerzo…Comprométete a fondo con el Señor, sin reparar en la medida de los demás. No critiques, ni reproches…Solo mira adelante, síguelo y confía en Él.

Oremos:

Señor, no permitas que nos distraigamos en chismes y mucho menos en maledicencias. Que no salga de nuestra boca juicio a nuestros hermanos. Más bien que nos empeñemos por hacer los que nos mandas, en cumplir acertadamente y hasta el fin con nuestra misión.  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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may 21 2010

Juan 21, 15-19

Texto del evangelio (Jn 21, 15-19)

Habiéndose aparecido Jesús a sus discípulos y comiendo con ellos, dice Jesús a Simón Pedro: «Simón de Juan, ¿me amas más que éstos?» Le dice él: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Le dice Jesús: «Apacienta mis corderos». Vuelve a decirle por segunda vez: «Simón de Juan, ¿me amas?». Le dice él: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Le dice Jesús: «Apacienta mis ovejas». Le dice por tercera vez: «Simón de Juan, ¿me quieres?». Se entristeció Pedro de que le preguntase por tercera vez: «¿Me quieres?» y le dijo: «Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero». Le dice Jesús: «Apacienta mis ovejas. En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías, e ibas a donde querías; pero cuando llegues a viejo, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará a donde tú no quieras». Con esto indicaba la clase de muerte con que iba a glorificar a Dios. Dicho esto, añadió: «Sígueme».

Reflexión: Jn 21, 15-19

Efectivamente, llegará el momento en el que no podremos hacer lo que queremos, entonces, quien podrá juzgarnos por lo que hacemos o dejamos de hacer…Pero mientras somos capaces de responder, mientras somos conscientes y dueños de nuestra voluntad y libertad, debemos hacer lo correcto, lo que el Señor nos manda. Esto me dice a mi también, que no a todos se les pide y exige lo mismo, cada quien según su capacidad y conciencia. Se espera más de quien más recibe, de quien más dueño de sí es. Muy poco podemos esperar y reclamar a aquel que debe ser trasladado  y ayudado aun en lo más simple y vital…¿Cómo podremos juzgarlo? Pero a ti que lo tienes todo, que entendiste el mensaje, que hubo quien te lo aclarara, que pudiste meditarlo y aun orarlo, ¿cómo se te puede tolerar que no seas consecuente?

¿Qué nos pide el Señor? Que mostremos con hechos y no con palabras que le amamos. El que me ama, apaciente mis ovejas. No basta decirlo y pregonarlo a los cuatro vientos, tiene que ser demostrado con hechos. Y me parece sumamente importante, no es accesoria la responsabilidad, la obligación, el compromiso que Jesús, a través de Pedro, nos pide a todos: “apacienta mis ovejas”. No dice que las alimente, tampoco que las suelte o libere, ni si quiera que luche por ellas…sino que las apaciente.

Es decir que nuestro primer deber, nuestra primera obligación es con los demás, con el rebaño del Señor, con nuestros hermanos; y lo que debemos llevar y procurar es la Paz. Apacentarlos…¿Qué implica? Puede significar y demandar muchas cosas, sin embargo si lo que hacemos no acarrea, no lleva a la paz, no estamos haciendo lo que el Señor nos pide. Él quiere que busquemos y procuremos la paz…Sólo puede tener paz quien tiene esperanza; quien, sobre cualquier aflicción de la vida, puede sobreponerse, puede poner por encima la seguridad, la fe en quien tiene poder para resolver esto y mucho más…

Nuestro deber es APACENTAR…Es algo que n o debemos olvidar y que debe bañar en impregnar toda nuestra acción. Lo que hacemos no tendrá sentido, ni estará de acuerdo con la voluntad del Señor, si no trae paz, si por el contrario trae rencillas, disputas, odios, venganza…Si esto se desata a propósito de nuestra participación, debemos procurar intenciones limpias y rectas, y esforzarnos por llevar la paz y la reconciliación, que por su puesto no tiene porqué hacerse sobre a injusticia, pero tampoco sobre la venganza.

“Si me amas, debes ser portador de paz” eso es lo que nos dice el Señor en esta lectura. Y es entorno a esta misión que debemos reflexionar y orar. Tenemos un compromiso y una responsabilidad, que va más allá de las palabras, que exige participación y compromiso. No la protesta fácil, ni los improperios, ni los actos hostiles o de venganza que nos pongan a la altura de quienes nos agravian, sino la búsqueda de la armonía y la comprensión, para que las cosas se resuelvan en paz y todos los involucrados puedan sentir esa paz…”Si me amas, apacienta mis ovejas”. Debemos ser constructores de paz…Eh ahí el gran reto en nuestra vida cotidiana.

 Oremos:

Señor, ayúdanos a ser sembradores de paz, por donde vayamos, con quien estemos y ante cualquier circunstancia en la vida. Que no nos dejemos llevar por malos sentimientos. No permitas que estos nos invadan, ni aun cuando seamos víctimas de un ataque…Que sepamos ver siempre claramente al mundo bajo Tu Luz. Haznos constructores de Tú Paz. Esto es seguramente lo que entendió San Francisco…

Señor, hazme Instrumento de Tu paz.
Donde haya odio, siembre yo amor;
Donde haya injuria, perdón;
Donde haya duda, Fe;
Donde haya desaliento, esperanza;
Donde haya oscuridad, luz;
Y donde haya tristeza, alegría.
 
 
Oh Divino Maestro,
 
Haz que no busque ser consolado sino consolar;
Que no busque ser comprendido sino comprender;
Que no busque ser amado sino amar;
Porque dando es como recibimos;
Perdonando es como Tú nos perdonas;
Y muriendo en Ti es como nacemos en Vida Eterna.

Ayúdanos a perseverar en esta línea.  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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abr 24 2010

Juan 6, 60-69

Texto del evangelio (Jn 6, 60-69)

En aquel tiempo, muchos de sus discípulos, al oírle, dijeron: «Es duro este lenguaje. ¿Quién puede escucharlo?». Pero sabiendo Jesús en su interior que sus discípulos murmuraban por esto, les dijo: «¿Esto os escandaliza? ¿Y cuando veáis al Hijo del hombre subir adonde estaba antes?. El espíritu es el que da vida; la carne no sirve para nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida. Pero hay entre vosotros algunos que no creen». Porque Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que no creían y quién era el que lo iba a entregar. Y decía: «Por esto os he dicho que nadie puede venir a mí si no se lo concede el Padre».

Desde entonces muchos de sus discípulos se volvieron atrás y ya no andaban con Él. Jesús dijo entonces a los Doce: «¿También vosotros queréis marcharos?». Le respondió Simón Pedro: «Señor, ¿a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios».

Reflexión: Jn 6, 60-69

Espíritu y Vida, dos conceptos, dos Verdades reveladas por el Señor. Es el Espíritu el que da la Vida. Todo lo demás no tiene importancia. Es más, el Señor nos dice que “no sirve para nada”. Ciertamente son duras sus palabras y por eso muchos, entonces como ahora, lo dejan.

Lo más importante, lo verdaderamente importante es la Vida que podemos alcanzar por el Espíritu. Es en ello que tenemos que empeñarnos. Es esta la que debemos proponernos alcanzar, aquí y ahora, porque lo demás “no sirve para nada”. ¿Pero, cómo alcanzamos esa Vida por el Espíritu?

En verdad no está en nuestras manos. Es Gracia que Dios concede a quien de veras y muy sinceramente se lo pide. Es requisito indispensable creer. Y el creer se demuestra con la vida misma. Si crees o no, se evidencia en tu forma de vida. No es cuestión de confesar solamente que crees…Ese tal vez puede ser un inicio. Pero si realmente crees, tu vida estará ordenada en forma tal, que no habrá duda que el Espíritu sopla en ti y te sostiene. Ese ha de ser el testimonio cristiano que debemos dar a cada instante, en cada lugar y en toda circunstancia.

No se trata  de un accionar calculado, en el que primero pongo a buen recaudo todos aquellos bienes que he acumulado, sin los cuales siento que es imposible vivir, para recién entonces ver si puedo involucrarme en un tema que afecta los derechos de mis hermanos, en un motivo de justicia o caridad. Se trata de desprenderse, de nos esclavizarse a todo aquello que, como dice el Señor, “no sirve para nada” e involucrarse inmediatamente, procurando el bien  de nuestros hermanos, sin importar raza o condición social, y ni si quiera, si serás reconocido o agradecido por ello. Se trata de dar, sin esperar recibir; de amar sin medida ni condiciones.

Todo esto se dice muy fácil…pero, ¿quién lo practica? Sin embargo esta es la exigencia del Señor. Él no se anda con medias tintas, con rodeos. Por eso muchos nos alejamos. No tenemos el coraje de seguirlo. Estamos aferrados a minucias, a tonterías en realidad, de las que nos hemos hecho esclavos. Preferimos rendirles culto a todas estas tonterías que en realidad “no sirven para nada”, antes que seguir al Señor. Nos sentimos desamparados sin todos estos adefesios: títulos, reconocimientos, propiedades, cuentas, tarjetas, prestigio, riquezas…

Ponemos las manos en el arado, pero no miramos adelante, sino atrás, y así “no servimos para el reino”. El seguimiento de Jesús exige en primer lugar creer; y quien cree, renuncia a todo menos al Espíritu, que guía sus pasos y lo conduce finalmente a lo más valioso, a la Vida Eterna, frente a la cual todo lo demás es realmente despreciable, no vale nada.

¿Crees realmente? No digas palabra. Revisa tu vida. Ella ha de ser la evidencia. Si tu mismo no puedes encontrar  que ella es un testimonio de amor de Dios, de la Verdad revelada, pide fervientemente a Dios Padre que te conceda esta Gracia.

 Oremos:

Padre Santo, danos la Gracia de vivir según el Espíritu y en el Espíritu. Haznos instrumentos de fe. Que vivas Tú en mí y que cada paso, cada acción cada obra, cada palabra que salga de mi boca sea antes que nada para alabarte y agradecerte. Purifícame Padre Bueno, para que merezca alcanzar la Vida Eterna, dando gloria a Ti en cada segundo de mi vida. Transfórmame. Levántame y mándame ir a Ti.  Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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abr 18 2010

Juan 21, 1-19

exto del evangelio (Jn 21, 1-19)

En aquel tiempo, se apareció Jesús otra vez a los discípulos a orillas del mar de Tiberíades. Se manifestó de esta manera. Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael, el de Caná de Galilea, los de Zebedeo y otros dos de sus discípulos. Simón Pedro les dice: «Voy a pescar». Le contestan ellos: «También nosotros vamos contigo». Fueron y subieron a la barca, pero aquella noche no pescaron nada.

Cuando ya amaneció, estaba Jesús en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús. Díceles Jesús: «Muchachos, ¿no tenéis pescado?». Le contestaron: «No». Él les dijo: «Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis». La echaron, pues, y ya no podían arrastrarla por la abundancia de peces. El discípulo a quien Jesús amaba dice entonces a Pedro: «Es el Señor». Al oír Simón Pedro que era el Señor se puso el vestido —pues estaba desnudo— y se lanzó al mar. Los demás discípulos vinieron en la barca, arrastrando la red con los peces; pues no distaban mucho de tierra, sino unos doscientos codos.

Nada más saltar a tierra, ven preparadas unas brasas y un pez sobre ellas y pan. Díceles Jesús: «Traed algunos de los peces que acabáis de pescar». Subió Simón Pedro y sacó la red a tierra, llena de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y, aun siendo tantos, no se rompió la red. Jesús les dice: «Venid y comed». Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: «¿Quién eres tú?», sabiendo que era el Señor. Viene entonces Jesús, toma el pan y se lo da; y de igual modo el pez. Esta fue ya la tercera vez que Jesús se manifestó a los discípulos después de resucitar de entre los muertos.

Después de haber comido, dice Jesús a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?». Le dice él: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Le dice Jesús: «Apacienta mis corderos». Vuelve a decirle por segunda vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?». Le dice él: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Le dice Jesús: «Apacienta mis ovejas». Le dice por tercera vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?». Se entristeció Pedro de que le preguntase por tercera vez: «¿Me quieres?» y le dijo: «Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero». Le dice Jesús: «Apacienta mis ovejas. En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías, e ibas adonde querías; pero cuando llegues a viejo, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará adonde tú no quieras». Con esto indicaba la clase de muerte con que iba a glorificar a Dios. Dicho esto, añadió: «Sígueme».

Reflexión: Jn 21, 1-19

El Señor se hace visible para quien realmente lo quiere ver. Él está con nosotros y obra prodigios. Solo que quien no tiene el corazón y el espíritu dispuesto, las adjudica a la casualidad, a la coincidencia, a la suerte. Es que, no hay peor ciego que el que no quiere ver.

Sin embargo, cuando estamos en sintonía con Él, resulta muy sencillo constatar cómo nos cuida y protege, como nos señala el camino y cómo, a cada nada, interviene ayudándonos a resolver situaciones que de otro modo no sabríamos cómo manejar, o proponiéndonos encuentros o circunstancias, que simplemente no se darían, si no es que Él interviene proponiéndonoslas o dejando que ocurran frente a nuestros ojos, como un reto.

Está en nosotros decidir si le obedecemos, si hacemos lo que Él nos dice, lo que Él nos propone o simplemente lo dejamos pasar, hacemos oídos sordos y no hacemos lo que Él, de un modo inconfundible nos dice en voz alta y muy claramente, para que no tengamos dudas.

Es en aquellos momentos de desolación, cuando parece que todo está perdido,  cuando parece que seremos condenados irremisiblemente, que Él se presenta señalándonos la puerta, dándonos una salida. Es que, efectivamente es Dios y todo lo puede, menos forzarnos a aceptar su voluntad. Él ha querido que nosotros elijamos LIBREMENTE el seguirle y obedecerle y así salvar nuestra alma. De este modo, está en nosotros la salvación o la condena. En lo que a Él concierne, estamos salvados. Nos toca a nosotros hacer nuestra parte. «Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis». Nosotros podemos echar la red a la izquierda o simplemente no echarla.

Hay algo que adicionalmente me llama la atención en esta lectura. Sabemos que el Señor pregunta tres veces a Pedro si lo ama, porque él antes lo había negado tres veces. Pero hay algo más en la respuesta de Jesús; hay una exigencia. “Apacienta mis ovejas”. Es que no hay otra forma de responder al amor del Señor o no hay otra forma de demostrarle nuestro amor, que amando a los demás. Si yo me sé amado por Dios, si yo me sé bendecido por Él, debo hacer lo que Él me pide…Y todo lo que Él me pide en reciprocidad es que ame a los demás, que los apaciente, que les de tranquilidad, que les de paz, que les de esperanza, que les muestre el camino…Que les haga conocer el gran amor que nos tiene Dios Padre, porque de allí ha de venir la paz, la esperanza, la alegría, la paciencia, la docilidad…en una palabra, el amor.

No hay por qué fatigarse, no hay por qué desesperarse, por qué perder la calma. Jesucristo ha vencido al mundo. La victoria está asegurada. “Vamos caminando juntos al encuentro del Señor”.

 
Oremos:

Padre Santo, hazme portador de fe y esperanza. No permitas que dude jamás de Ti. Aun cuando atraviese por campos minados, donde la codicia, la envidia, el odio y el egoísmo parecen reinar, no permitas que me pierda. Que siempre sea una estrella fulgurante, aun en la noche más oscura, que guie a mis hermanos a Ti. Obra en mí Tus maravillas. Que no sea yo, sino Tu quien vive en mi. Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

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abr 09 2010

Juan 21, 1-14

Texto del evangelio (Jn 21, 1-14)

En aquel tiempo, se manifestó Jesús otra vez a los discípulos a orillas del mar de Tiberíades. Se manifestó de esta manera. Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael, el de Caná de Galilea, los de Zebedeo y otros dos de sus discípulos. Simón Pedro les dice: «Voy a pescar». Le contestan ellos: «También nosotros vamos contigo». Fueron y subieron a la barca, pero aquella noche no pescaron nada.

Cuando ya amaneció, estaba Jesús en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús. Díceles Jesús: «Muchachos, ¿no tenéis pescado?». Le contestaron: «No». Él les dijo: «Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis». La echaron, pues, y ya no podían arrastrarla por la abundancia de peces. El discípulo a quien Jesús amaba dice entonces a Pedro: «Es el Señor». Simón Pedro, cuando oyó que era el Señor, se puso el vestido —pues estaba desnudo— y se lanzó al mar. Los demás discípulos vinieron en la barca, arrastrando la red con los peces; pues no distaban mucho de tierra, sino unos doscientos codos.

Nada más saltar a tierra, ven preparadas unas brasas y un pez sobre ellas y pan. Díceles Jesús: «Traed algunos de los peces que acabáis de pescar». Subió Simón Pedro y sacó la red a tierra, llena de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y, aun siendo tantos, no se rompió la red. Jesús les dice: «Venid y comed». Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: «¿Quién eres tú?», sabiendo que era el Señor. Viene entonces Jesús, toma el pan y se lo da; y de igual modo el pez. Ésta fue ya la tercera vez que Jesús se manifestó a los discípulos después de resucitar de entre los muertos.

Reflexión: Jn 21, 1-14

El Señor está con nosotros. Ya resucitado, ha venido a quedarse entre nosotros; sino Él precisamente,  el Espíritu Santo, que es la tercera persona de la Trinidad. Esto es lo que Jesús les hace notar a los discípulos en este evangelio. Él no nos abandona, y si hacemos lo que Él nos dice, tendremos asegurada una pesca abundante.

Como los apóstoles, debemos abandonar esa sensación de desolación, que es propia de gente si fe. Nosotros tenemos que estar alegres y mirar el mundo con optimismo. ¡El Señor ha vencido al Mundo! ¡Qué mayor prueba! ¡Qué mayor señal! Entonces, no podemos andar por ahí, cabizbajos, tristes, aplastados, aplanados, como si no tuviéramos esperanzas…Su Espíritu debe alimentarnos…Él es la fuente de nuestra alegría, de nuestro optimismo, de nuestra esperanza. Y así debemos gritarlo al mundo. Nuestra vida debe reflejar esta sintonía con el Señor. Tenemos que mantener una actitud positiva en todo momento y lugar…Tenemos razones de sobra.

Como humanos que somos, es natural que tengamos momentos de desolación, es verdad, en los que parece que nada nos sale bien, que todo está perdido, y que todo el mundo está contra nosotros, que a veces aparecemos como los tontos de la escena…Pero debemos aprender a controlarlos y a controlarnos nosotros mismos. Sigamos los consejos de San Ignacio…Hagamos la contra y cuando nos resulta difícil, por lo menos hagamos el esfuerzo de reconocer que estamos pasando por este momento, que es temporal y tiene que ver más con nuestras percepciones de las cosas, con nuestra subjetividad, que con los Planes del Señor y la perspectiva del Reino. Por eso, en tiempos de desolación, no efectuar mudanza.

Los cristianos debemos ser portadores de paz, de amor, de alegría, de optimismo. Pues no hay nada que pueda vencernos, si estamos con Cristo. Y Él está con nosotros. Su sacrificio no ha sido en vano. Tenemos que grabarlo en lo más profundo, recóndito y sólido de nuestro ser: Jesús ha triunfado sobre el pecado y la muerte; sobre la destrucción y la maldad. Él es nuestra garantía que el triunfo definitivo será nuestro, será del Bien, de la Verdad, de la Vida, de la Luz.

Entonces, no importa que desiertos tengamos que atravesar, que mares borrascosos tengamos que enfrentar, con Él, tenemos garantizado el triunfo. ¡Hagamos lo que nos dice! “Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis”.

Oremos:

Señor Jesús, tengo fe en Ti, pero fortalécela y acreciéntala. No permitas que me comporte como un cretino más, como un autómata que hace lo que todos, sin reflexionar, sobre todo en aquellos aspectos de mi vida cotidiana en los que la costumbre y los modelos aprendidos parecen gobernarne. Permíteme liberarme de mis prejuicios, de mis estupideces, de mis mezquindades, para servirte aun en lo más pequeño e insignificante. Líbrame de las ataduras culturales con las que muchas veces justifico mi obrar falto de caridad…¡Hazme incondicional servidor Tuyo! ¡Perdona mi soberbia! Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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